Ejercicios espirituales con el Padrenuestro - Pablo Domínguez Prieto - E-Book

Ejercicios espirituales con el Padrenuestro E-Book

Pablo Domínguez Prieto

0,0

Beschreibung

Pablo Domínguez Prieto recorre en estos Ejercicios espirituales el Padrenuestro y nos lleva a saborear "la oración de las oraciones". Hace que entremos y metamos el corazón y la razón en toda la riqueza que encierra la oración que Cristo enseñó a sus discípulos. Esta obra está íntimamente ligada a su testamento espiritual, Hasta la cumbre. Ambos libros póstumos son la transcripción de unos Ejercicios espirituales y expresan una misma situación interior y biográfica. Estos Ejercicios fueron dirigidos a un grupo de sacerdotes en Colombia en enero de 2009, veinticinco días antes de su muerte en el descenso del Moncayo.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 313

Veröffentlichungsjahr: 2011

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ejercicios espirituales con el Padrenuestro

La oración de Jesús

Pablo Domínguez Prieto

Versión electrónica

SAN PABLO 2012

(Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

E-mail: [email protected]

[email protected]

ISBN: 9788428563604

Realizado por

Editorial San Pablo España

Departamento Página Web

Presentación

«Amadísimo Señor, puesto bajo la intercesión de la Santísima Virgen María, pido la ayuda del Espíritu Santo, y me encomiendo a las oraciones de la Iglesia, para que en todo momento y circunstancia me muestre como Sacerdote y sólo Sacerdote. ¡Antes morir que ofenderte! Prefiero la muerte corporal que la muerte del pecado. ¡Gracias, Dios mío, por el Don del Perdón, gracias por el Don del Sacerdocio! Gracias por hacerme instrumento de tu perdón entre los hombres».

(Del Diario –inédito– de Pablo Domínguez.

Día 05/04/2007. Jueves Santo).

Pablo Domínguez sentía, y así lo expresaba con frecuencia, una profunda alegría y un profundo agradecimiento por el don y la tarea de su sacerdocio. Pero ya desde los albores de su ministerio (fue ordenado en Madrid el 20 de abril de 1991), Pablo sentía una particular inclinación vocacional: ocuparse de otros sacerdotes, cuidar a otros sacerdotes. En varias ocasiones confesó en privado que se sentía especialmente llamado a dar Ejercicios espirituales a sacerdotes. Los últimos que impartió a sus hermanos en el sacerdocio fueron los que dirigió en Colombia en enero de 2009, cuya versión escrita, a partir de la grabación de su voz, está recogida en el presente libro. Para contextualizar biográficamente dichos Ejercicios, no será baladí explicar sucintamente algunos acontecimientos de su vida en los días inmediatamente anteriores y posteriores.

Como solía hacer cada quince días desde hacía años, en diciembre de 2008 se desplazó en tres ocasiones a Lerma (a 200 kilómetros de Madrid) para atender espiritualmente a la floreciente comunidad de hermanas que posteriormente se denominaría Iesu Communio. Siempre nos decía a la familia que dichos encuentros le llenaban de alegría. En aquellas ocasiones, iba y regresaba en el mismo día, porque, además de las tareas habituales, en aquellos días sentía la urgencia de acabar el Manual de Lógica (publicado en la BAC en 2010) y, simultáneamente, su Tesis doctoral en Teología sobre la analogía teológica (publicada por la Facultad de Teología San Dámaso, en 2009). Esta última la da por finalizada justo antes de Navidad.

De modo excepcional, aquella Navidad fue la que pasó más tiempo con la familia (aunque le veíamos entrar y salir incesantemente para atender a personas y llamadas. También sabemos que acudió varios días a la Facultad a «resolver cuestiones»). El día 27 de diciembre se marchó a Sigüenza a hacer él unos Ejercicios espirituales. Comenzó el nuevo año caminando dos días por la montaña en Huesca y, de nuevo, vuelta a la parroquia, al estudio y a la atención espiritual a las personas. Trabajaba también aquellos días sobre el plan de estudios con los Cistercienses, con los que tuvo un encuentro. Sabemos también que tuvo alguna comida con el Sr. Cardenal, Mons. Antonio María Rouco Varela. Pero lo más asombroso de aquellos días fue su anuncio de que había solicitado un encuentro con el Papa que, sorpresivamente, fue atendido con celeridad. Pablo se fue el día 15 de enero a Roma y el 16 de enero a las 11 de la mañana tuvo un encuentro personal con el papa Benedicto XVI, y a continuación otro con Mons. Rouco y Mons. Cañizares, con los que le unían estrechos lazos afectivos. Justo cuando vuelve a Madrid le sorprende y le impacta de modo especial la noticia del fallecimiento del P. Jesús Rafael Roquero, párroco de San Vicente Ferrer. El día 18 de enero de 2009 toma el avión hacia Colombia y llega a Armenia-Quindío, Colombia, al día siguiente para dirigir unos Ejercicios espirituales a sacerdotes, invitado por el obispo, Mons. Fabio Duque. El eje temático de dichos Ejercicios fue laoración del Padrenuestro.

Regresa a Madrid el día 27. Desde la jornada siguiente, continúa trabajando en su libro de Lógica, atiende a muchas personas y está especialmente atento a la salud de sus padres, a quienes visita a diario. El 29 de enero sale hacia Valencia, donde predica un retiro espiritual al grupo FASTA. A su vuelta, 3 de febrero, imparte en el Foro de Apologética, dirigido por el sacerdote Santiago Martín, la conferencia La crisis de la razón (intervención grabada por Juan Manuel Cotelo y publicada en los extras del DVD La última cima).

En aquellas semanas, además, había comenzado a preparar un guión amplio, extenso, sobre el encargo que, como Decano de San Dámaso, había recibido de Mons. Rouco para organizar las actividades culturales de la JMJ 2011 en Madrid.

Tiene varios encuentros con obispos, entre ellos, con el Cardenal Bertone el 4 de febrero. El día 9 da una conferencia a familias sobre la teología del cuerpo en la Parroquia de Santa Teresa de Colmenar Viejo y el día 10 de febrero marcha a Tulebras (Navarra), donde impartirá los Ejercicios espirituales a las religiosas cistercienses (publicados por la Editorial SAN PABLO bajo el título de Hasta la cumbre, 200911).

Conociendo en parte semejante ritmo de vida (que, por cierto, vivía lleno de paz y sin el menor signo de agitación), le llamé por teléfono el día 14 con ánimo de aconsejarle una bajada de ritmo en la actividad. Su respuesta la tengo grabada en el corazón: «El tiempo es un don de Dios y hay que hacerlo fructificar. Ya descansaré cuando el Señor quiera». A continuación me expresó la alegría por ser sacerdote (lo cual decía con mucha frecuencia) y, finalmente, me estuvo hablando de que lo único importante en la vida es vivir la vida con Cristo y anunciarle a los demás, que esto era acumular tesoros en el cielo, y que lo demás no merecía la pena. Esa misma noche sabemos que habló telefónicamente con muchísimas personas, lo que no fue obstáculo para dejar escrito en su ordenador personal la conferencia Pablo y Cristo, que tenía que pronunciar en San Dámaso pocos días después.

El día 15 de febrero, tras pasar un largo rato orando delante del Sagrario, subió al Moncayo. A las tres de la tarde, poco después de comenzar el descenso, fue recibido en la Casa del Padre, junto a su hermana montañera Sara de Jesús.

Estos Ejercicios a sacerdotes que presentamos ahora, dirigidos y predicados veinticinco días antes de su muerte, están en el mismo clima interior que los pronunciados en Tulebras dos semanas después (los publicados con el título de Hasta la cumbre). En cierto modo, están vividos en un mismo momento biográfico, forman una unidad, son dos expresiones de una misma situación interior.

Entre los escritos inéditos de Pablo Domínguez, hemos encontrado un Diario en el que consigna, a modo de oración, su disposición previa antes del comienzo de los Ejercicios que se disponía a dar:

«Comienzo a predicar una tanda de Ejercicios. Ojalá pueda acercarlos a Dios... sólo eso importa. Y mañana, a poner en primer lugar el amor a Dios, y su Gloria. Que no se me escape la vida de las manos. Sólo cuando Dios es lo primero, las personas con las que trato, el trabajo que hago, y todas y cada una de las circunstancias quedan transfiguradas».

Xosé Manuel Domínguez Prieto

Nota bene:

Estos Ejercicios hay que leerlos, y entenderlos, en el contexto en que fueron predicados. El hecho de que se impartieran a sacerdotes colombianos no quita valor universal a las reflexiones y meditaciones que hay en ellos, pero conviene ser conscientes de que, como afirma el mismo Pablo Domínguez Prieto, fueron pensados y rezados específicamente para ellos.

Capítulo I

La oración de las oraciones

Muchísimas gracias y permítanme antes de comenzar, primero, dar las gracias de corazón por esta nueva ocasión que tengo de compartir fraternalmente la fe, porque esto es lo que vamos a hacer también en estos días: vamos a encontrarnos cada uno con el Señor.

Tengo la suerte, y lo agradezco de corazón a Dios, al Sr. Obispo, a la diócesis, a todos ustedes, la posibilidad de compartir en alto la fe, lo que uno está rezando, lo que uno va meditando. De hecho lo que voy a traerles aquí, lo que vamos a comentar, es también fruto de la oración de estos últimos meses, en los que he ido meditando sobre una serie de cuestiones que ahora les presentaré.

Y quisiera decir, antes de comenzar y además de dar las gracias, que llevo rezando por todos ustedes y por esta tanda de Ejercicios durante un tiempo: desde que se fijó la fecha lo he ido encomendando mucho. Hace tres días estuve en Roma y lo último que hice fue celebrar la Misa al lado del sepulcro de San Pedro, pidiendo muy especialmente por estos Ejercicios; rogué al Señor, por intercesión de Pedro, que nos ayudara a todos a ser mucho más santos sacerdotes e hijos de la Iglesia. Así se lo pedimos al Señor de todo corazón.

Indicaciones para realizar unos buenos Ejercicios

Me gustaría comenzar dándoles algunas indicaciones, antes de abordar los puntos concretos, que me parecen importantes. Y lo haré por una cuestión: y es que todos nosotros tenemos muy buena voluntad, pero tenemos pecado original, que es algo que conviene no olvidar nunca.

A mí, cuando los alumnos me dicen que por qué vigilamos en clase..., que hay que confiar más en los alumnos, digo: «bueno, yo en ustedes confío; en lo que no confío es en el pecado original que habita también en todos nosotros». Y, claro, conviene por tanto estar un poco alerta.

Y, ¿por qué digo esto? Porque el Señor –y esto es seguro– quiere aprovechar estos días para hacer milagros, pero milagros de verdad. Sobre todo el gran milagro de la conversión, el milagro de la vuelta a Él. Eso significa el milagro de volver a degustar las maravillas del Señor, el milagro de volver a saborear y a gozarse en la grandeza de vivir en Dios.

Dios quiere hacer este milagro. ¡Segurísimo! Pero también depende de nosotros, depende de que nosotros pongamos nuestra libertad radicalmente al servicio de Dios, abierta al don de Dios. Y esto se traduce en cosas muy concretas.

La primera nos la decía el Sr. Obispo: lo importante que es el silencio, mucho más importante de lo que parece. Nosotros tendemos a distraernos con las palabras y conviene que haya silencio, que en este caso es un deber por nuestra parte, por nuestra responsabilidad personal, y de caridad con los demás, para ayudarnos unos a otros, para encontrarnos con Dios. Por tanto, aunque estemos a veces con la necesidad y sintamos que no es refrenable el ímpetu que tenemos de hablar, hay que ofrecer al Señor ese pequeño sacrificio y seguir pidiéndole al Espíritu Santo que nos santifique y que nos conceda el don de la conversión. Por tanto, el silencio es muy importante.

Lo segundo es tener ratos de oración personal, de reflexión y oración personal largos, intensos. Hay que tenerlos. De modo que, diariamente, habría que tener como mínimo tres o cuatro largos ratos de oración. No menos de tres cuartos de hora o una hora de estar a la luz del Señor, ya sea con sequedad o con gran gusto o gozo interior..., ¡eso no importa!: lo importante es que nosotros pongamos los medios para que el Señor pueda hablar, para que el Señor pueda hacer.

Sería bueno que ya desde ahora cada uno, en nuestro horario personal, nos fijemos cómo vamos a hacerlo. Y también les digo que, aunque a veces sea bueno pasear, si es posible, la oración personal conviene hacerla sentados, si es posible, en la capilla, delante del Santísimo: es decir evitando todo aquello que pueda distraernos.

Esto es muy importante: nos puede costar, porque sin querer los sacerdotes vamos perdiendo el hábito de la oración, porque tenemos mucha actividad; nos puede costar, pero es mucho lo que se encierra detrás de este misterio.

Después, es muy importante también que escribamos, que tomemos notas. ¿Por qué? Pues porque uno tiene que ir de alguna manera plasmando por escrito lo que va escuchando, para poder tener algo de alimento para la oración. Después, incluso, es muy útil a veces escribir tras los ratos de oración un poco de lo que me ha dicho el Señor, porque esto, a la larga, durante el año, nos puede servir mucho.

Que podamos decir: «esto lo vi delante del Señor, de esto me di cuenta delante del Señor, de esto me di cuenta con claridad», aunque pasemos momentos tal vez más oscuros, más difíciles, momentos de turbación o momentos de tentación, o de pecado. Entonces, uno acude a los ratos donde tuvo mayor cercanía de Dios. Es muy importante, por eso, el escribir; es algo muy conveniente.

Por último, y ya para comenzar, hay que cuidar muchísimo, muchísimo, los ratos de oración litúrgica, la Liturgia de las horas y la Eucaristía; cuidarlos mucho, mucho, mucho. Para nosotros son el núcleo, el centro de nuestra vida sacerdotal: la Eucaristía y la oración litúrgica, que está inseparablemente unida a la Eucaristía.

En estos días tendremos que ir recordando estas pautas concretas, pero necesarias. Y como son pautas muy concretas, yo les propongo que durante estos días, al menos al mediodía y por la noche, nos hagamos un breve examen de conciencia –aparte del que hagamos de modo ordinario en Completas o de los temas del día–, en el que nos preguntemos tres cosas:

Una primera: ¿estoy viviendo en silencio, interior y exterior; estoy viviéndolo?

Segunda: ¿he cumplido los ratos de oración?, ¿he hecho mis tres o cuatro ratos de oración? Insisto en que es muy necesario, porque si no lo hacemos no entramos y ¡cuando uno entra le sabe a poco! ¿Los he cumplido o los he reducido; me he cansado y me he ido, los he cumplido de verdad?

Y la tercera: ¿me he esmerado en la celebración de la Misa y en la Liturgia de las horas; me he esmerado; las he cuidado especialmente?

Son tres cositas para que nos las preguntemos, para que no nos engañemos.

Pedir al Señor que nos enseñe a orar

Les quiero leer un texto que está en san Lucas: «Y sucedió que estando Él orando en cierto lugar» (Lc 11,1) –impresionante la escena, Cristo orando; lo vemos muchas veces: Cristo orante; y es que Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, es ante todo orante; y esta es nuestra naturaleza propia como sacerdotes, seres y personas orantes–, «cuando terminó le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».

¡Qué precioso pedirle al Señor que nos enseñe a orar! Que la oración sea la acogida de un don suyo. No solamente una especie de esfuerzo nuestro pelagiano, como si Dios no existiera. No, no, no. Es un don que recibimos de Dios y que yo libremente acojo también con mi esfuerzo.

Y Él les dijo, sin más: «Cuando oréis decid...», y les enseña la oración del Padrenuestro.

Pues bien, nosotros estos días vamos a meditar el Padrenuestro, vamos a recorrer en estos cinco días de Ejercicios la oración del Padrenuestro y vamos a saborear la «oración de las oraciones», la que enseñó Cristo a sus discípulos. Vamos a tratar de entrar y meter el corazón y la razón en toda la riqueza que encierra. Dice san Agustín que no hay oración que pueda hacer el hombre que no esté contenida en el Padrenuestro, y añade que no hay palabra que se pueda pronunciar con mayor eficacia que la oración que Cristo nos enseñó: el Padrenuestro.

Y vamos a empezar en esta primera reflexión, en estos primeros puntos de hoy, hablando en conjunto de la oración en el contexto en el que Cristo habla, porque en el Evangelio de san Mateo les dice cómo ha de ser la oración, justo antes de ese momento: «Y cuando oréis no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas; tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí en lo secreto, y tu Padre que está en lo secreto, te recompensará. Y al orar no charléis mucho, como los gentiles que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados; no seáis como ellos porque nuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo» (Mt 6,5-8).

El Señor nos está enseñando a orar. Vamos a pedirle al Espíritu Santo: enséñanos a orar y enséñanos a escudriñar, entrar y gustar internamente la oración del Padrenuestro.

Lo que les voy a presentar estos días son algunos puntos que he ido reflexionando estos meses atrás. Están obtenidos, sobre todo en su contenido más teológico o más explicativo, de tres fuentes fundamentales.

Una es el Catecismo de la Iglesia Católica, que tiene esa sencillísima pero riquísima exposición del Padrenuestro al final de la última parte.

En segundo lugar, de los Comentarios al Padrenuestro de santo Tomás de Aquino, que tiene una muy profunda y sencilla expresión y exposición del Padrenuestro.

Y, por último, del libro Camino de perfección, de santa Teresa de Jesús, que comenta el Padrenuestro y, en cuarto lugar, aunque algo menos, de los Comentarios de san Agustín.

Con todo esto he tratado de desarrollar o preparar estos puntos. Pero comienzo con algo que es muy bonito, algo que hacen todos, y santa Teresa muy bellamente, y es preguntarse: ¿cómo ha de ser nuestra comprensión de la oración?

Lo principal a tener en cuenta es ver el conjunto de la oración del Padrenuestro, que consta, lo primero, de dos alabanzas o invocaciones a Dios: «Padre nuestro que estás en el cielo».

Son las dos primeras invocaciones. Y es muy importante en nuestra oración comenzar siempre en la alabanza, en la invocación, en el dar gloria a Dios. Es la condición propia de la criatura, pero es sólo el comienzo...

Por tanto la oración, además de ser oración de petición, es antes oración de alabanza, de acción de gracias, de invocación a Dios. Eso es lo que nos indica el principio. Después vienen siete peticiones...

Pues bien, nos dicen santa Teresa y santo Tomás que es muy importante descubrir, incluso, el orden en que Cristo enseña esta oración, porque puede ser para nosotros una auténtica escuela de vida interior: darnos cuenta de qué es lo que enseña y en qué orden lo enseña.

Santo Tomás[1] dice que en este contexto en el que Cristo enseña el Padrenuestro, hay cinco características que debe tener siempre la oración, que nos pueden servir a todos nosotros, después, como examen de conciencia: debe ser confiada, recta, ordenada, devota y humilde. Son cinco preciosísimas consideraciones en torno a la oración.

Oración confiada porque Dios nos escucha

En primer lugar, confiada. Sabiendo que la oración que hacemos nosotros es la oración de Cristo, que nuestra oración tiene valor –la nuestra– porque estamos incorporados a Cristo, porque estamos unidos a Cristo, y Cristo es el que invoca a Dios Padre. Es confiada.

Por eso dice el Señor que «todo lo que pidáis en mi nombre al Padre, se os concederá»; por eso dice san Juan que «tenemos un abogado junto al Padre: Jesucristo, el justo» (1Jn 2,1). Es decir, hay Alguien junto al Padre, Jesucristo, que está de nuestra parte. Es más, que hace suya nuestra oración. ¡Qué importante es esto!

Todos sabemos qué diferencia hay, a veces, en que yo pida algo a una persona, de que se lo pida a otra. Es típico en los estudios, en las facultades, que venga un alumno a pedirte una ventaja académica; que te diga, por ejemplo: «¿me puede cambiar el examen de día?, porque me viene muy mal». Pero no suele tener buen resultado que el alumno pida las cosas, ¡porque hay tantos alumnos...!

Pero muy distinto es cuando el alumno va al rector del seminario o a su obispo y le dice: «¿le podría decir usted al decano que me cambie el día del examen?». Entonces, te llaman y te dicen que si le puedes cambiar el día del examen. «¡Por favor, estaría bueno...!».

¿Qué cambia? Quién lo pide. Y esto es importante, nos pasa a nosotros: ¿quién nos pide las cosas? Pensemos cómo respondemos nosotros tantas veces dependiendo de quién nos pide las cosas.

Pues bien, ¿cuál es la raíz de nuestra confianza, cuál es la fuente de nuestra confianza?: que quien pide al Padre es Cristo. Nuestra oración es la de Cristo. Nosotros estamos incorporados a Cristo, por eso podemos confiar. ¡Es magnífico! Por eso inicialmente entramos en la intimidad con Cristo, por eso nuestra oración es confiada.

Dice el Salmo 90: «Clamará a Mí y Yo lo escucharé». ¡Que Cristo, que Dios Padre, te escuche, es impresionante, eso emociona mucho!

Me van a perdonar la referencia personal inmediata... Yo hace dos días tuve la suerte, el don y la providencia de Dios, de saludar al Santo Padre personalmente. Estuve con él y estuvimos hablando tres minutillos. Y lo que te impresiona mucho es que te escuche. Me preguntaba que cómo se llamaba el profesor que me dirigió la tesis en Münster –y me decía, «bravísimo profesor»– y en qué especialidad la había hecho... ¡Te escucha!

Y, después, me dijo el Papa: «rezaré por usted». Y yo me preguntaba: «pero esto es increíble; ¿esto es un sueño o esto es realidad»?

Pero claro, esto es lo que nos dice Dios cada día. Y es que Dios te escucha. Y es que Dios te escucha y te habla. O sea, que la confianza es tanto para que Dios me escuche, como para fiarme de lo que Dios me dice. A Dios no sólo hay que pedirle, sino que hay que escucharle.

Dice san Agustín, con mucha gracia, «¿y para qué le pedimos a Dios, si Dios ya sabe todo lo que necesitamos?».

Es que Dios nos concede que le pidamos cosas que, en el fondo, hemos escuchado que necesitamos. Es más, en el fondo, nuestra petición es haber oído ya a Dios. El «Dios mío, necesito esto», es una confesión de que ya le he escuchado: la confianza en que Dios me escucha y en que Dios me habla.

¿Cuándo fue la última vez que escuché tranquilamente a Dios, que me puse a escucharle: «Dios mío, qué me dices de esto, qué me estás pidiendo?».

Lo último que hice antes de coger el avión para venir a Colombia, una hora antes, porque acababa de morir un sacerdote muy amigo mío, joven, de cáncer –había fallecido cuatro horas antes–, fue acercarme a donde tenían expuesto el cadáver.

Y allí recordé muchas de las cosas que me dijo en este último año de enfermedad.

Siempre me decía lo mismo:

–«Muchos piensan –él tenía una parroquia muy bonita, que tuvo que dejar por causa de la enfermedad, pues el cáncer le había afectado el pulmón y después le hizo metástasis por todo el cuerpo– que he dejado de ser párroco, y no se dan cuenta de que lo soy ahora mucho más que nunca, porque ahora no solamente estoy ofreciendo mi enfermedad, sino que además estoy rezando como nunca había rezado».

Y me dijo otra cosa en las muchas ocasiones que pudimos hablar:

–«Yo antes tenía una enorme actividad (y es que era muy activo), incluso, la oración era una actividad más. Y ahora me he dado cuenta de que la oración es reposo, porque fundamentalmente es Dios quien te habla».

Esto es muy importante, porque a veces la oración es una actividad más, porque vamos a hacer cosas... ¡No, no, no!; cuidado, voy a que Dios me hable, que se meta a fondo. ¡Qué importante es esto!

Gracias al Señor. Oración confiada.

Oración recta: pedir lo que nos conviene

Pero, vayamos a ver qué es la oración recta. ¿Y qué es la oración recta? Dice san Juan Damasceno que la oración es una petición a Dios de los dones que nos convienen: ¡lo que nos conviene! La oración es la petición de aquello que nos conviene. Pero dice santo Tomás que es muy difícil saber lo que nos conviene. Es más, es muy difícil saber qué hay que desear, qué es lo que yo puedo desear de verdad, porque es muy difícil saber lo que se debe desear, porque muchas veces el pecado tapa nuestros más altos y nobles deseos.

Todos, yo tengo experiencia de eso, vemos cómo el pecado ofusca nuestros deseos, y no deseas rectamente cuando vives en el pecado. La conversión tiene que ser continua, porque no siempre deseamos lo que nos conviene.

Por eso, dice santa Teresa de Jesús, los apóstoles le piden a Jesús «enséñanos a orar», enséñanos a pedir lo que nos conviene, no otras cosas. «Enséñanos a orar».

Y san Agustín dice que «si oramos de manera recta, cualesquiera que sean las palabras que digamos, no haremos sino pedirle a Dios lo que Él nos ha enseñado en la oración dominical».

Cuando la oración es recta, le vamos a pedir al Señor una de las siete peticiones del Padrenuestro; le vamos a pedir al Señor que su nombre sea santificado; o que venga a nosotros su Reino; o que se haga su voluntad; o que nos dé nuestro pan de cada día; o que nos libre del pecado, de la tentación y de todo mal. Estas son todas las peticiones, no hay más.

La oración es recta, pero como es muy difícil saber cuándo la oración es recta, hay que pedirle al Espíritu Santo: «Espíritu Santo, que desee rectamente, que mis deseos sean rectos».

Si pudiéramos escribir ahora, en una hoja, nuestros deseos, qué deseo yo, veríamos cómo, de alguna manera, el estado de nuestra vida interior tiene que ver con el estado de nuestros deseos. ¿Qué deseo yo?

Esto es importantísimo.

Si un chico te dice: «tengo que ir como sea esta noche a la discoteca, es que si no...», eso es un deseo. Pero si ahí se acaban sus deseos, uno se da cuenta de cuál es su estado interior. Si esa tarde su padre se pone enfermo, y le fastidia muchísimo, además, porque no puede ir a la discoteca, es que su deseo máximo era la discoteca. Lo que le impida ese deseo es enemigo de su felicidad.

Y con esto nos damos cuenta de que en nuestra vida muchas veces nos ofuscamos con cosas, porque impiden el cumplimiento de nuestros deseos. Pero la pregunta es: «¿y ese deseo es el deseo de Dios o es el mío?», porque el día que nos muramos, que llegará, la verdad sobre nuestra vida será radical y total. Ahí nos daremos cuenta de que realmente sólo deberíamos haber deseado a Dios y la vida en Dios.

Por tanto, lo importante es que la oración sea recta. Dice santa Teresa de Jesús: «a muchas hermanas Dios no les concede lo que piden», y se responde: «es que no piden lo que les conviene». Si yo le pido a mi madre, «tráeme cicuta para beber», mi madre no me la trae porque no me conviene. Si un niño le dice a su madre, «mamá, quiero ver este programa de televisión», y su madre le dice «no lo ves», y el niño llora y se enfada, él no se da cuenta de que no le conviene y de que su madre le da más de lo que pide y le da más felicidad de la que pide, aunque él no lo vea.

Por eso es importante darse cuenta de esto, pedir al Espíritu Santo rectitud en mi oración.

Oración ordenada: buscad primero el Reino

La oración, además, debe ser ordenada. Pero, ¿en qué sentido? Pues en el que nos dice nuestro Señor: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33). Claro que podemos pedir cosas materiales, claro que podemos pedir todo tipo de cosas, pero ordenadamente. La rectitud hace referencia a lo que nos conviene; el orden hace referencia al orden de aquello que nos conviene...

El otro día me decía un sacerdote que está rezando mucho para que le cambien de parroquia –¡una petición muy sacerdotal!–, me imagino que en el deseo profundo de que haya más ovejas que en la parroquia en la que está ahora y que sean muchas más las que lleve al Cielo... «Bueno –le dije–, vamos a rezarlo, vamos a pedírselo al Señor». ¡Ah, pero un momento, a ver si mi petición es, si el orden es: primero, Señor, que me cambien de parroquia y después..., hablaremos!

Es como me pasó a mí en un pueblo al que iba a celebrar en Semana Santa, en el que en una casa tenían la imagen del Sagrado Corazón de Jesús vuelto hacia la pared. Entonces le pregunté a la señora que por qué y me dijo:

–«Porque le pedí una cosa y no me la concedió... y dije, ¡castigado!».

Yo le contesté:

–«No le castigue usted a Nuestro Señor poniéndolo contra la pared».

Y ahí vemos que nosotros le pedimos al Señor cosas desordenadamente, porque, ¿qué es lo primero que le debemos pedir?: lo primero es la santidad, la salvación de todos los hombres y, en el lugar que corresponda, que me cambien de parroquia, y eso si corresponde, si conviene. Por tanto, oración ordenada.

Oración devota

La oración también tiene que ser devota. La devoción es importante. Hay muchas definiciones de devoción, pero todos entendemos lo que es devoción. Cuando uno dice «es que yo tengo devoción por mi madre», es que hay un trato devoto. Es el trato a nuestros padres, a las personas que más queremos, un trato cariñoso en el que se cuidan los detalles, en el que se cuida el contexto de lo que digo, en el que presto atención, en el que no digo las cosas por decir.

Pues el Señor nos está enseñando que la oración debe ser devota, como vemos, por ejemplo en el Salmo 42: «En tu nombre alzaré mis manos y mi alma se saciará de Ti como suculentamente». Por eso dice también el Señor al comienzo de esta oración del Padrenuestro: «no multipliquéis palabras», que a veces bastan pocas palabras; pero qué importante es la devoción.

Oración humilde

Y, por último, ha de ser humilde. Tenemos mil ejemplos de esta enseñanza del Señor, como en el Salmo 101, cuando nos dice que «escuchó la oración de los humildes»; o en el Evangelio de Lucas[2], cuando habla del publicano y el fariseo y cómo atendió la oración del humilde; o en el Libro de Judit, donde leemos que «siempre has aceptado la súplica de los humildes».

Y, ¿qué quiero decir con esto? Pues que nosotros necesitamos este primer golpe de conversión: pedirle al Espíritu Santo la humildad.

Y la humildad, ¿a qué se opone? A la soberbia, a pensar que ya lo sé todo, a pensar que tengo razón, a pensar que nada nuevo me pueden decir, que nada nuevo voy a aprender. A pensar que lo que yo juzgo de las cosas es mucho mejor y más acertado que lo que cualquiera me puede decir; a pensar que soy menos pecador que los demás; a pensar que yo nunca he hecho nada malo a nadie, o pocas veces; a pensar que yo soy justo delante de Dios. Es pensar que, «¡hombre..., malo, malo no soy!», y tampoco es para pensar que necesite una gran conversión.

¡Humildad! Es que la soberbia se esconde, es que nos impide rezar, es que con la soberbia la oración es totalmente infecunda. Muchas veces decimos:

–«Es que me pongo a rezar y no consigo nada, es que no siento nada, es que no consigo...».

¡Cuidado! ¿No será que llevo un tiempo sólo buscándome a mí mismo, pensando sólo en mí mismo, tratando de cumplir mis deseos, siendo sólo yo el referente de mi vida, no será que pasa eso?

Por eso, en este primer momento, cuando estamos comenzando estos Ejercicios, la petición de la conversión y de la humildad es fundamental:

–«Señor, concédeme la humildad que necesito para ponerme delante de Ti; que me pase como a Moisés delante de Yahvé, que no se atrevía ni a ver su espalda, porque soy un hombre pecador», porque «tengo labios impuros, porque estoy lleno de pecado, y por eso me cuesta ponerme delante de Dios».

Orar con fe, esperanza y caridad

Estas cinco notas pueden servirnos un poco para centrar nuestra oración: confiada, recta, ordenada, devota y humilde. Y se pueden resumir en las tres virtudes teologales.

¡Qué es la confianza sino la fe, la fe en Dios: vivir de fe, ser hombres de fe!

Hermanos, os lo digo a vosotros porque yo lo noto en mí muchas veces: con frecuencia vivimos como hombres que no tienen fe. No vivimos de la fe; vivimos de nuestras fuerzas, de nuestras estrategias, pero no de la fe. Por eso la confianza es la fe. Por eso hay que pedirle al Señor que nos aumente la confianza y que Él me aumente la fe.

¡Qué es la oración recta y ordenada sino la esperanza!

¿Por qué? Porque la esperanza es el anhelo de Dios mismo, de lo que Él nos tiene reservado, pero de Él mismo. Por tanto, la rectitud y el orden se refieren siempre a Dios.

¡Señor, auméntame la esperanza!

¿Qué espero yo en la vida o qué deseo yo en la vida, cuál es mi esperanza, cuál es nuestra esperanza: tener mucho dinero, tener la mejor parroquia de toda Colombia...? ¿Cuál es mi esperanza: tener el mejor cargo?

¿Cuál es mi esperanza, qué espero yo?

«Buscad el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura». ¡Señor, espero en Ti, a Ti es a quien deseo, te busco a Ti con oración recta y ordenada!

Y, por último, oración devota. ¿Y qué es la devoción, sino la caridad, el amor de Dios? ¡Señor, auméntame la caridad; dame la caridad que fundamentalmente es vivir del amor de Dios! Por eso, nuestra primera oración debe ser: ¡Señor, auméntame la fe, la esperanza y la caridad!

Pero para que esto no se convierta en palabras abstractas, hay que verlo en nuestra vida. ¿Cómo ando de fe? ¿Vivo de la fe? ¿Reacciono con fe ante las dificultades de la vida? ¿Vivo con fe las dificultades pastorales? Y la esperanza, ¿cuál es mi esperanza?

¿Qué deseo, qué anhelo: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, que mis feligreses se salven, que conozcan a Cristo, que le amen y algún día vivan eternamente con Él en el cielo?

¿Eso es lo que espero para ellos y para mí? ¿O espero otras cosas que me hacen ocultar las importantes?

Y la caridad: ¿vivo del amor de Dios, estoy enamorado de Dios como Dios está enamorado de mí? ¿Me doy cuenta y digo que Dios está enamorado de mí; soy consciente de ello?

Este es el preámbulo para poder entrar en oración, porque si no somos capaces de entender este preámbulo, de darnos cuenta de que sin fe, esperanza y amor, sin esa actitud humilde, no podemos comenzar a gustar y a saborear las delicias del Señor... ¡No podríamos hacerlo en estos días de Ejercicios y se convertirían en un suplicio!

Sin embargo, Dios nos ha traído aquí, la iniciativa es suya y nos ha traído Él para que volvamos a gozar de Él, a convertirnos a Él.

¡Hermanos, qué maravilla!

Yo les propongo, por tanto, que este primer rato de oración sea, primero, una meditación sobre lo que significa esto, lo que significa la auténtica oración, y, en segundo lugar, una súplica confiada al Espíritu Santo. Invocar al Espíritu Santo para que realmente nos conceda el don de la oración y que nos demos cuenta de que Dios está con nosotros y que si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?

Por tanto, quien más quien menos, quien haya «castigado» a Cristo, dándole la vuelta y poniéndolo contra la pared, que vayamos a decirle ahora:

–«¡Perdóname, Señor, te había arrinconado, te había quitado de mi vista porque me estabas estorbando; pero quiero la conversión, quiero volver a mirarte, quiero darme cuenta de que sólo Tú “tienes palabras de vida eterna”!».

Vamos a decirle esto al Señor para poder decirle después la palabra «Padre».

Pero fíjense en una cosa que dice santa Teresa (y lo dice también en las Primeras Moradas): «el pecado, la falta de humildad, la soberbia, nos impiden de tal modo entrar en la intimidad de Dios, que no somos capaces de ver el castillo interior».

Por eso, de verdad, la conversión urge. No podemos dejar para mañana el abrazar el don de la conversión, aunque sea algo de cada día. Hoy, aquí, ahora, ya, hay que empezar.

Y una cosa importante: ¡cuesta! Si no cuesta es que no es de verdad. Produce desgarrón. Si no produce desgarrón, es que no es de verdad.

Me acuerdo ahora de una penitencia que me puso un sacerdote una vez. Me dijo:

–«Haz una limosna».

Y –claro, esto me pasa por preguntar– le dije:

–«¿De cuánto?».

Y me respondió:

–«Hasta que te cueste».

¡Fastidioso el asunto!, porque uno se desprende con cierta facilidad hasta de una cantidad un poquito...; pero, ¿y cuándo te cuesta o te desgarra algo? Cuando de pronto dices: «es que si doy esto ya no me puedo comprar..., ya no puedo coger tanto el coche para ir a no sé dónde, es que ya no voy a poder ir a cenar con mis amigos». ¡Ahí me cuesta! Y dije yo: ¡pues será aquí!

¡Hasta que cueste!

¿Cuándo hay auténtica conversión? Cuando uno dice: «¡uf, uf, uf!», cuando produce un cierto abismo, «pero, ¿cómo yo voy a...?». Ahí empieza la conversión.

Si no, créanme, lo sabemos todos por experiencia, no hay auténtica conversión: hay ficción de conversión. Y eso es peor todavía: la soberbia aumenta, creo que me he convertido y lo que soy es más soberbio que antes.

Hermanos, podemos pedir este don al Señor:

–«¡Señor, dime algo muy concretito que me cueste!; ¡si no cuesta no vale!; ¡que me cueste mucho!».

Y que diga:

–«¡Señor, aquí dame tu gracia para poder cambiar y poder volverme a Ti!».

Les aseguro una cosa, no yo sino el Señor: quien abraza el don de la conversión ya en su inicio, empieza a tener paz en el alma, paz, la auténtica paz.

Se lo pedimos al Señor por intercesión de la Virgen Santísima.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre, Jesús.

  Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.