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Pablo Domínguez Prieto, autor de Hasta la cumbre, dirigió en enero de 2008 estos Ejercicios espirituales, inéditos hasta ahora, a presbíteros y diáconos transitorios y permanentes de la diócesis de Armenia (Colombia). Sus ocho meditaciones animan al cuidado y perfeccionamiento de la vida interior y la recta formación de la conciencia, y pueden ayudar a laicos, sacerdotes y consagrados a discernir y promover la Verdad para hacer crecer a todos en el amor a Cristo.
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Seitenzahl: 132
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Nota bene
Primera meditación introductoria
Segunda meditación
Tercera meditación
Cuarta meditación
Quinta meditación
Sexta meditación
Séptima meditación
Octava meditación
Otras obras de Pablo Domínguez Prieto en la Editorial SAN PABLO
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© Juan Miguel Domínguez Prieto, 2021
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Resina, 1. 28021 Madrid
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ISBN: 978-84-285-6434-2
Depósito legal: M. 23.479-2021
Composición digital: Newcomlab S.L.L.
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Estos Ejercicios espirituales fueron dirigidos por Pablo Domínguez Prieto a presbíteros y diáconos transitorios y permanentes de la diócesis de Armenia, en Colombia, en enero de 2008.
En su casi totalidad, las ocho meditaciones pueden coadyuvar, igualmente, al cuidado y perfeccionamiento de la vida interior de laicos o a la recta formación de su conciencia.
Deseamos que promuevan la Verdad y hagan crecer a todos en el amor a Cristo –el mismo ayer, hoy y siempre– y en obediencia a nuestra Santa Madre Iglesia.
El centro. Respuesta. Escucha.
Húmedos en sus manos
Doy gracias a Dios, bendigo al Señor, por esta oportunidad tan magnífica que me ofrece de poder, durante estos días, hacer algo que, estoy convencido, a todos nosotros, a cualquiera de nosotros, es lo que más nos entusiasma: hablar de Dios, hablar de Cristo; manifestar nuestra pasión por el Señor. Esta es la esencia de nuestra vida: vivir enamorados de aquel que nos ha llamado y en cuyo nombre estamos viviendo. La ocasión de poder exteriorizar esta alegría de ser sacerdote es el mayor regalo. Doy gracias a Dios y a todos aquellos que han hecho posible este encuentro.
El Señor es el centro de nuestra vida; y también es el centro de estos días, de este ahora en que estamos aquí reunidos. «Donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»1. Cristo está aquí entre nosotros. Por tanto, vamos a entenderlo bien. No venimos a mirar solo al mundo o a mirarnos a nosotros. Venimos a mirar a Cristo, a dejar que Cristo nos mire. Y en Él, descubrirnos nosotros; y en Él, descubrimos más profundamente el sentido del mundo que nos rodea; pero Cristo es el centro. No vaya a ser que nos pase lo que le ocurrió a la Cristiandad del primer tiempo, en aquel siglo II, con la terrible crisis, muy extendida, del gnosticismo. El gnosticismo está vestido de bondad, porque habla del espíritu, y habla de la verdad y habla de la salvación y habla de la vida; pero son solo ideas. Cristo, la carne de Cristo, la Persona misma del Verbo encarnado, se ha quitado de en medio. Esto puede pasarnos a nosotros cuando hablamos de Dios, cuando, incluso, administramos los sacramentos que dan la vida: que en el centro de nuestra vida, en el corazón, en el núcleo, no esté Cristo mismo, la Persona de Cristo. Que estos días sean, sobre todo, de soledad con Cristo; de estar con Él.
Seguramente nos equivocaríamos si pensáramos que aquí hemos venido nosotros. Aquí nos ha traído el Señor. «Venid conmigo a un lugar apartado a descansar»2. Hemos venido respondiendo a una llamada de Dios. Toda nuestra vida es respuesta a Dios. La vida es vocación; por tanto, llamada de Dios. La propia existencia es una llamada de Dios. Y nuestra vocación cristiana y nuestra vocación sacerdotal son llamadas de Dios. Y nosotros le respondemos. También ahora hemos venido respondiendo a una apelación divina; nos ha traído el Señor. Que podamos darnos cuenta, ¡qué importante es esto!, que nuestra vida es respuesta a Dios.
Por eso, más que a pensar –que, por supuesto, hemos de hacerlo–, venimos fundamentalmente a escuchar a Dios, la palabra que Dios quiere decirnos a cada uno de nosotros. Lo que se exponga servirá como instrumento, porque el Espíritu Santo será quien lleve a cada uno de ustedes por donde Él quiera. Pero hemos de dejarnos. Es importante, justo al comienzo de estos días de Ejercicios, pedirle ayuda al Espíritu Santo. Pues es Él quien nos puede llevar a la verdad plena, como dice el evangelio de san Juan3, a la visión plena, a la verdad en Cristo. Sin duda alguna, el Espíritu Santo está empeñado en que nosotros alcancemos la unión con Cristo en estos días; o, dicho de otro modo, que avancemos en el camino de la santidad. ¡Que suceda el devolver a nuestra vida interior la importancia de estas palabras: intimidad con Cristo, santidad! Pero esto lo hace el Espíritu Santo. No podemos ser pelagianos, pensar que solo con nuestras fuerzas alcanzaremos la meta, la santidad... Sin embargo, lo que hemos de pedirle al Espíritu Santo es, primero, que nos muestre la verdad; y, luego, que nos dé fortaleza, para que, con nuestra libertad, respondamos a Dios. Qué alcance tendrá darnos cuenta de ello. Esto va a ser lo que Dios quiera que sea, sí; y lo que nuestra libertad le deje hacer. La libertad es un don inmenso de Dios; pero debería sobrecogernos el hecho de ser libres y, por tanto, que acoger el don de Dios va a ser verdad si nosotros le dejamos. Cada uno de nosotros somos capaces de abrazar a Dios con toda el alma o de rechazar a Dios con toda el alma. Y esto no es una abstracción en el conjunto de la vida. Lo podemos determinar en estos días. Puedo, ahora, abrazar el don de Dios o rechazar el don de Dios. ¡Hasta ahí llega nuestra libertad! Así que le pedimos al Espíritu Santo, al comenzar, que nos disponga interiormente; que, realmente, dejemos que nos haga.
San Ireneo, en esa preciosa explicación de lo que es el hombre que aparece en el Adversus haereses, dice que el hombre es como una vasija de barro, el hombre es barro que tiene que ser hecho por las manos del alfarero. Y añade Ireneo de Lyon que las manos del alfarero son el Hijo y el Espíritu Santo –el Creador es el Padre–; nos van moldeando. Y continúa san Ireneo de un modo bellísimo: ¿Y qué es lo que tiene que hacer el barro? Nada. Tiene que dejarse hacer; y especifica: permanecer húmedo, ser dócil; la humedad es la docilidad; dejar que Dios me haga, que Dios me moldee, que Dios me quite lo que tenga que quitar, que me añada lo que tenga que poner; que lo haga Él, pero que yo me deje. Imagínense, pues, estos días, de nuevo, en las manos del alfarero. Y el Padre, con sus manos –el Hijo y el Espíritu Santo–, quiere seguir creándonos. ¡Qué preciosidad: sigue creándonos, llevándonos a la plenitud! ¡Pero hemos de dejarnos! Por eso, yo quería poner frente al alma y el corazón de cada uno, primero, la gracia del Espíritu Santo; necesitamos invocar al Espíritu Santo. Y segundo, el pensamiento del abismo de la libertad. Depende también de nosotros; si nos dejamos o no nos dejamos.
Una buena manera de comenzar estos días es escuchar cómo nos habla Cristo en la Parábola del sembrador, cuando nos dice que «un sembrador salió a sembrar»4. Esto son estos Ejercicios. Cristo va a sembrar en nosotros su Palabra; o sea, se va a sembrar Él mismo en nosotros, de nuevo –estemos donde estemos, en la situación personal en la que estemos, tal cual, porque para Dios nada hay imposible–. Llenos de miseria o llenos de debilidades, Dios apuesta por nosotros; de nuevo, vuelve a sembrar en nosotros la semilla de la vida.
«Salió el sembrador a sembrar». Hemos de ver a Dios, a Cristo, cómo vuelve a sembrar en nosotros, estos días, su semilla. Pero, al sembrar, «una parte cayó junto al camino; y llegaron las aves; y se la comieron»5. ¡Cristo nos habla con veracidad! Cristo ya pone en nuestra mente, en nuestro corazón, la posibilidad que tenemos de ser esto, borde del camino. ¿Qué es el borde del camino? El lugar de aquel a quien no le interesa la palabra de Dios; que piensa que, escuchada tantas veces, ya la conoce: «¿Qué me van a decir de nuevo? Si yo soy sacerdote, si yo predico tantas veces la palabra de Dios, ¡qué me van a decir de nuevo!». Estar al borde del camino es vivir ya sin esperanza: «No soy ya tierra buena; ¡lo han intentado ya tantas veces en mí, que ya nada puede cambiar! Las cosas van a seguir igual». Es la desesperanza, imagen de la muerte. Es propio de aquel que ha muerto en vida y considera que ya no puede seguir creciendo. «Llegaron las aves y se la comieron». Por tanto, ¡Dios no lo quiera y nosotros no lo permitamos!, pudiera darse el caso de que la palabra de Dios venga a nosotros, y nosotros dejemos que se pierda.
«Otra parte cayó entre piedras, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque la tierra no era muy honda. Pero el sol, al salir, la quemó. Y, como no tenía raíz, la secó»6. Es la falta de profundidad, es la tibieza, la habituación; es, en el fondo, la frivolidad. ¡La palabra de Dios puede hacer milagros en nosotros! Una sola palabra de Dios sería capaz de transformar nuestra vida radicalmente; porque la palabra de Dios es viva y eficaz; no hay otra palabra en la tierra que pueda cambiar al hombre tan de manera absoluta; porque no solo es una palabra que ilumina el entendimiento: es una palabra que da vida, que la engendra; es Cristo mismo. Pero la superficialidad, la tibieza... En estos días de Ejercicios podríamos ponerle nombre, cada uno, a esta falta de hondura. Por ejemplo, la falta de silencio; porque la falta de silencio es, al fin, falta de profundidad. Pudiera ser también la ausencia de entrega a la hora de dedicar tiempo a la oración. ¡Hay que dedicar tiempo a la oración! Decía la Madre Teresa de Calcuta que cuántos problemas de la Iglesia se resolverían si viviésemos más horas de rodillas, o sea, orantes ante el Señor; sin miedo a la sequedad, sin miedo al aburrimiento. Claro que tenemos sequedades; si lo sabemos por la vida de los santos. Uno lee a grandes santos, a san Juan de la Cruz, a santa Teresa de Jesús, y encuentra sus grandes épocas de sequedad interior. No es un buen termómetro de la vida interior el sentimiento. No necesariamente hay que sentir. Esto puede ser que Dios lo dé. Como decía san Francisco de Sales, no tenemos que buscar los dones de Dios, sino al Dios de los dones. A mí no me importa el sentimiento, el gusto interior; lo puede dar Dios o puede quitarlo; da igual. Yo no busco el gusto, busco a Dios –que me otorga el gusto a veces; y, a veces, me deja en la sequedad–. Es Dios el objeto de nuestro amor; no, nuestro gusto interior. Por eso, ser pedregal puede ser eso: estar buscando, ya desde ahora, el gusto interior. No es eso lo que buscamos. Buscamos a Dios; buscamos su palabra, aunque sea en sequedad; da igual. San Francisco de Sales decía que, en esas épocas que él pasaba de profunda sequedad, se colocaba delante de Dios y le decía: Dios mío, aquí estoy, delante de ti como un perro fiel delante de su amo. Ya está; aquí estoy junto a ti. ¡Pero la perseverancia en la oración, en los tiempos de oración, es muy importante! Por tanto, ser pedregal, carecer de raíces, es dejar de rezar, de hacer oración, porque no me dice nada, porque no siento nada. Hemos de ser fieles a los tiempos de oración ¡porque Dios se vale del tiempo para crearnos!
«Otra parte de la semilla cayó entre espinos, pero los espinos crecieron y la ahogaron»7. Los espinos, en general, significan los enemigos directos de nuestra vida cristiana. ¿Y qué pueden ser los espinos estos días? Las preocupaciones que no tengan que ver con nuestra identidad sacerdotal; otro tipo de preocupaciones que traigamos aquí. O pueden ser nuestros afanes de riqueza. Hay muchos tipos de riqueza que nos pueden atenazar; la material, una; pero hay otras: el figurar, el tener más o menos prestigio, fama. Ese tipo de riquezas donde el yo es el centro son espinos, te ahogan, impiden que la oración adquiera su profundidad, y que Dios nos hable. Pueden ser nuestros pecados; no digo cualquier pecado; me refiero a aquellos con los que casi hemos pactado, que damos por sentado que son parte de nuestra vida, que están ahí, y que yo no voy a luchar por quitarlos –porque pertenecen a mi vida–. Son espinos que ahogan. Hoy Cristo nos trae a ustedes y a mí una buenísima noticia: que quiere hacer milagros. ¡Los milagros existen! «Quiero hacer milagros en sus vidas. Quiero de nuevo hacer que lo que pueda ser huesos secos vuelva a adquirir la vida; que lo que haya de desierto vuelva a ser vergel; que lo que haya de pecado vuelva a ser gracia». Estamos a unos días de la celebración de la Conversión de san Pablo, aquel apóstol que venía de perseguir cristianos y que, sin embargo, se dejó tocar por la gracia de Dios. Si así nos dejamos nosotros, no hay pecado, no hay situación en nuestra vida, no hay limitación que no sean vencidos por la gracia.
Y al final, «otra parte cayó en tierra buena. Y dio buena cosecha, [...] dando uno treinta, otro sesenta y otro ciento»8. Somos tierra buena, tenemos que ser tierra buena por la gracia del Espíritu Santo; para que toda esta maravilla que es la palabra de Dios que va a venir a nosotros dé muchos frutos. Decía un pensador –lo decía no desde la fe, sino desde una perspectiva puramente humana– que no hay nada más triste que la aurora de un día en que ya sabe uno que nada va a suceder. Y, por el contrario, no hay nada más apasionante y alegre que estar dispuestos a que suceda en nuestra vida lo imprevisible. Tenemos que venir aquí con análoga impresión a la que tendría una persona sobre una nave en mitad del mar. «¿Qué me encontraré? ¿Hacia dónde me llevará el viento? ¿Qué me pasará?». Porque estamos así, siendo llevados por la gracia de Dios, por el Viento, por el Soplo divino. A nosotros sí nos corresponde una cosa: levantar cada instante la vela. Pues bien, esta hoy debe ser nuestra disposición: escuchar a Dios, escuchar la palabra de Dios para que dé fruto abundante.
Quería, antes de acabar esta meditación introductoria, traer a la mente y al corazón de ustedes tres palabras de Dios, del Antiguo Testamento. Debemos tomarlas hoy como escritas para nosotros.
La primera es escuchar a ese Dios que está enamorado del hombre, que se ha enamorado de cada uno, y que se lamenta con clamor porque no halla respuesta. Es justo al comienzo del profeta Isaías: «¡Oíd, cielos! ¡Escucha, tierra!, que habla Yahvé: Hijos crie y saqué adelante, y ellos se rebelaron contra mí. Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no me conoce, mi pueblo no discierne. –Es tremendo–: Israel no me conoce»9. ¿Y si nos dijera hoy Dios: «Hijo mío, tú todavía no me conoces»? Fue lo que respondió Cristo a la Samaritana: «Si conocieras el don de Dios»10. ¿No les parece apasionante poder estos días pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a conocer más el amor de Dios, a conocerle más; y que, al final de ellos, no sea Dios el que nos diga «Israel no me conoce»; o que no sea a nosotros a quien nos lo diga?
La segunda es escuchar de nuevo la promesa de Dios, cómo Dios se entrega a nosotros. Es en el segundo capítulo del profeta Oseas: «Yo te desposaré conmigo para siempre. Te desposaré conmigo en justicia, y en derecho, en amor y en compasión. Te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahvé»11
