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Una pareja de granjeros viven su edad mediana con resignación por no haber podido tener hijos, hasta que llega a su vida un niño afrodescendiente que se convierte en ese propósito de hogar, a pesar de las dificultades de criarlo en una época de racismo. Las cosas se complican cuando la guerra los divide, ahora su razón de ser es reencontrase.
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Seitenzahl: 218
Veröffentlichungsjahr: 2020
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© Andrés Díaz
© Ejército de inocentes
Octubre 2020
ISBN papel:978-84-685-5378-8
ISBN ePub: 978-84-685-5379-5
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
C/Vizcaya, 6
28045 Madrid
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Dedico este libro a Dios, la gloria y la honra es para él, sus procesos en mi vida, me han pasado por el fango y los valles de tinieblas más aterradores; pero siempre me sacó de allí lo suficientemente sano y fuerte para ser testimonio de su amor por mí.
Índice
Recuerdo de la felicidad
Compasión y gratitud
Bendita intromisión
Mensaje de alerta
La marcha de la muerte
El ataque
Muere libre
La ayuda llega
Esther
Desertor
El pan de cada día
Sonidos en el limbo
Joshua
Raza o familia
Busco a mamá
Soledad
Adios amigos
La esperanza tiene colores
Un ángel escondido
Una sombra que salva
La carrera
La Despedida
Balas que dan vida
Epílogo
Sobre el autor
Agradecimientos
Bibliografía
Recuerdo de la felicidad
Mientras cedo pasos que sigo con mi propia mirada, ya desvalida, observo las huellas sobre el fango de quienes van delante de mí. Me cuestiono: «¿Por qué estoy aquí?»
Mi nombre es Thomas Wilson, y aunque hace más de cuatro semanas era un granjero, y hoy soy un errante a la fuerza, repaso la historia de cómo comenzó esto.
Mi pueblo y yo no deberíamos ser rehenes de una guerra de la que ni siquiera entendemos sus razones. Unos dicen que es por jurisdicciones de territorios que otro país reclama, otros que nos usan como garantía contra nuestro gobierno, algunos mencionan la inquisición, que las diferencias de nuestras creencias religiosas son amenazas para quienes se atribuyen la bendición de ser llamados raza de sangre pura. Al fin y al cabo, las razones no importan si el resultado fue el mismo. Ver a pueblos enteros entre escombros, a familias rotas por la muerte y a miles de personas forzar sus almas errantes y desamparadas, entre ellas, a mi esposa encadenada, con su ropa gastada, enferma, cansada, hambrienta y sucia.
Su nombre es Esther y a veces me busca con su mirada para darse algo de aliento, pero con el temor de verme cada vez peor o quizá, no encontrarme. Lo sé porque eso exactamente hago yo, siento y temo lo mismo.
A ella la llevan a unos metros delante de mí, he visto cuando la golpean los soldados, una indignante imagen de la cual no puedo escapar. Me consuelo con pensar que solo sometieron a los adultos y a los jóvenes, a los niños no los sometieron, para este ejército cruel y despiadado le son innecesarios, pues sin saber a dónde nos llevan, los niños siguen a sus familias, aunque muchos están perdidos. Unos intentan darnos frutas que recogen en el camino, pocos logran comer de vez en cuando algo, otros guardan para sus familiares, pero las frutas se dañan y ellos aún no encuentran a sus parientes, otros solo dejan de seguirnos cuando su familia se ha extinguido en el camino.
Algunas veces los soldados por diversión hacen disparos al aire para asustar a los niños, pero ellos vuelven y continúan, marchan a nuestro lado. Al principio, los pequeños atacaban a los soldados arrojándoles rocas, pero con cada intento de defendernos, se daban cuenta que así no podrían acercarse a nosotros. En ocasiones, los soldados responden a los ataques de los niños al dejarlos heridos, mutilados o en el peor de los casos muertos. Aún guardo la esperanza de que me encuentre a Joshua, mi hijo, solo tiene diez años, él sabe defenderse. En la granja, él me ayudaba después de la escuela y me enseñaba a leer y los números. ¡Es muy bueno con los números!
Cuando esta guerra termine él será profesor, ya me lo ha dicho. Joshua es un milagro pues llegó a nosotros cuando Esther y yo estábamos cansados y nos sentíamos muy viejos para nuevamente intentar tener hijos. ¿Quién será el estéril?, Después de tanto tiempo, ya no importaba, Sin embargo, nacimos para la felicidad, el día en que me dispuse a recoger madera para reparar el techo que una estruendosa tormenta había dañado la noche anterior.
Me adentré en el bosque, buscaba un roble por la firmeza de su madera. Caminaba y me di cuenta que algo había sucedido, pues en los tallos de los árboles noté rastros de una persecución, por tantos impactos en los árboles, debió ser muy prolongada.
Pensé que el animal que acechaban era muy hábil al sortear, entre tanta distancia y perdigones, su huida.
Seguí caminando hasta la sombra oscura de un gran árbol, llamaron mi atención algunos gimoteos, ansioso pero curioso, me armo de mi hacha sobre mi hombro, me acerco lentamente cuidándome de hacer el menor ruido posible, encontré yacer a una mujer negra rodeada por las grandes raíces de este árbol que parecía acunarla. Vi en sus brazos un bebé que ni siquiera lloraba, tal vez arrullado al sentir la calma del alma de su madre a punto de apagarse, o tal vez Dios le acariciaba mientras me enviaba a ese lugar.
Nació condenado y yo no podía permitirlo, seguro ella aprovechó la tormenta y trató de escapar de la esclavitud de algunos hacendados aledaños, donde era sometida como una de tantos. Valiente y decidida dio su vida en el bosque para que no fuera alcanzada por quienes la perseguían, pero entre tantos proyectiles uno sí lo logró.
Era frecuente ver esta escena de aguerridos hombres y mujeres negros arriesgarse a escapar de la tiranía de su injusta condición, pero nunca había visto o sabido de una mujer intentarlo con su hijo en brazos. Como cualquier persona, pensé que fue muy valiente o muy estúpida aquella decisión, luego, un instante de cómodo silencio me regaló el pensamiento de que tal vez no había apreciado el milagro de que algo así debía suceder.
Compasión y gratitud
Me embargaba un inmenso sentimiento de pena por presenciar ese momento tan triste, pero a su vez lleno de paz. El mismo cielo se vestía de luto, se oscurecieron sus nubes para hacerlas llorar sobre nosotros. Tomé al bebé y me pareció lo más hermoso que había visto en la vida. Brevemente me despedí de aquella mujer con un beso en su fría frente, mientras aún su mirada perdida y ausente me daba permiso de tomar a su hijo, cubrí al niño con mis ropas y aguardé hasta que los labios de aquella mujer dejaran de temblar y sus pupilas se perdieran de este mundo.
No podía ayudar a la mujer, solo blindar su alma con una oración mientras arrullaba a su pequeño en mis brazos. Cuando por fin se fue, me levanté e inicié un viaje que me llevaría a donde la palabra «hogar» tendría otro significado, pero…
—¿Por qué me sentía tan feliz y a la vez tan desconcertado? Me sorprendía lo calmado que estaba aquel pequeño, no lloraba, solo me miraba, sin lograr otro gesto que el de curiosidad. Yo, en cambio, solo observaba alrededor, procuraba que nadie me viera con él de regreso, así que lo cubrí con mi camisa y apresuré mi paso, había relegado el trabajo por componer el techo, con la intención de arribar a casa antes de que el niño empezara a llorar.
Venían a mí fantasías en las que jugaba con él, verlo crecer, enseñarle los intrincados caminos del bosque, dibujar y conocer su menuda voz. También me preguntaba: «¿«Por qué somos diferentes a él? ¿dónde están los que se parecen a él?» ¿Y si piensa que lo robamos?» —Me asaltó la duda al igual que el remordimiento de ni siquiera haber cubierto el cuerpo de aquella persona, ¡ni si quiera eso se mereció! Que canalla me sentí.
Me di cuenta que estaba muy agitado y confrontando demasiadas emociones al mismo tiempo, así que me detuve bajo un kiosco de leña, medio vacío, solo logré juntar cinco palos de madera. Cerca al kiosco hallé una pila de heno que amontoné, para poner al bebé sobre algo suave mientras encendí el fuego.
Cuando ya tuve una fogata, me acurruqué y entre mis piernas puse al bebé. Me regaló un momento de deleite, casi hipnotizado, miré sus ojos y su mirada rebosaba de un espíritu de inocencia y ternura, me sentía encantado. Se puso el sol, el frío de la noche comenzó a asomar su despiadado susurro.
—Debe haber una granja cerca —le dije al bebé, como si pudiera entenderme continué hablándole.
—Construí un kiosco como este para la leña cerca de nuestra granja, luego te la mostraré.
Mi suposición se hizo efectiva cuando pude ver aproximadamente a trescientos metros, luces en forma de ventana, de seguro era de una granja. No iba a dejar que nadie me viera con el bebé, así que apagué el fuego, cargué al pequeño y me marché, afortunadamente, solo brisaba.
Al llegar a casa, me percaté que Esther no tuviera visitas inoportunas, fisgoneé por unos segundos desde atrás de la casa, cuando por fin me sentí seguro, le dije:
—¡Hola!
—¡Hola! —Me respondió, volviendo su mirada a mí.
Mi mujer se expresó con extrañeza y gusto en su gesto, de ver en mis brazos a aquel bebé.
— ¿Y este bebé? —Al mismo tiempo que su semblante dibujaba ternura y sorpresa.
Al darle la noticia a Esther, coincidimos en que nos sentíamos divididos en sentimientos por el bebé y la suerte de su familia, sobre todo por su madre. Pero contentos porque lo veíamos como una bendición de Dios al darnos el placer y la misión de ser padres. Pronto había que bautizarlo, aunque fuera por nuestros propios medios.
El niño parecía tener al menos un año de edad, y también sentirse muy cómodo, aún no lloraba. Esther revisó que no tuviera heridas, mientras me mandaba a preparar algo de leche para el pequeño, me di cuenta que no estábamos preparados para atender a un bebé; debí improvisar un nudo de tela que acuñé en el pico de la botella para que el bebé pudiera chupar la leche tibia que puse en ella.
Los días avanzaban y nos veíamos envueltos en actividades totalmente nuevas para nosotros, todo implicaba pensar en el pequeño, desde dónde dormiría hasta lo que vestiría. Todo era abrumador, en especial cuando enfermaba y teníamos que pensar a quién pedirle consejo, nos sentíamos unos jovencitos aprendiendo a ser padres, hasta que llegamos al momento en que habríamos de ponerle un nombre digno.
Su nombre no tuvo mucho debate, realmente fue fácil asignarle el más merecido: Joshua, que significa «bendecido del señor». No sería fácil criar a un niño del cual teníamos que esconder su raza y su existencia.
El tiempo fue pasando dulcemente, aunque con momentos de incertidumbre cuando llegaba gente a nuestra granja, y Esther tenía que correr a esconderse en un pórtico que forramos con heno en las paredes para aislar elruido que nuestro bebé Joshua pudiera hacer.
Cierto día, Joshua se enfermó,así que me quedé con Esther para atenderlo, pero no sabíamosqué hacer, el bebé no paraba de llorar y nosotros estábamosal borde de la desesperación por la impotencia. En aquel instante escuché un silbido con la particular melodía que hacía Saúl, un amigo de mi infancia, y que se anunciaba siempre de esa formatreinta metros antes de llegar a la granja, Esther se asomó y muy aterrada me dijo:
—¡Es tu amigo y viene con Lucy!
—¡De prisa, ya sabes qué hacer! —Le impuse acelerado, mientras ella subía al pórtico, yo me movía como loco, escondía las cosas del bebé que estaban pordoquier. Pensé con juicio a mí mismo y culpé también a Esther de lo poco precavidos que fuimos al dejar tantos elementos tan obvios a la vista.
—¡Hola amigo mío! — Saúl intentó sorprender sin lograrlo.
—¡Hola Saúl, qué sorpresa! —Mentí y titubeé.
—¡Buenas tardes, Señor Thomas!
—¡Buenas tardes, Señora Lucy!
—Por favor, déjense de tantas formalidades, estamos entre hermanos, somos familia ¿o no? —Interrumpió Saúl e hizo más incómodo el momento sinsaberlo.
—¿Qué los trae por aquí?
—¡Es domingo, amigo mío, y ya te extrañaba, hace mucho que no cantamos juntos! ¿Dónde estabas escondido?
—¡Eh, sí! ¡Había estado muy ocupado con cosas de la granja, ya sabes cómo es esto!
Estaba parado en la entrada de la granja, pero Saúl no se percató de mi inquietud e intención por atravesarme en la puerta, estaba tan envuelto en su estado de ánimo que confiadamente se paró a mi lado, pasó su brazo sobre mis hombros y me llevó dentro de mi propia casa.
—¡Pasa mujer no te quedes allá! —Le indicó a su esposa y después me susurró—Es obstinada esa mujer, pero me gusta, ja ja ja, como un animal salvaje, ya sabes a qué me refiero.
Me sentí muy apenado y al mismo tiempo asustado, mientras ellos pasaban y tomaban asiento en la sala, mi mente trató de sintonizar ruidos que no quería escuchar, que rara sensación.
—¿Y la señora Wilson? —Preguntó Lucy.
Esa pregunta atentó contra mi inteligencia, que, por cierto, me doy cuenta era poca. Con lo poco que pudiera producir con habilidad mi mente en ese instante, solo se me ocurrió decir:
—No se encuentra.
Lucy frunció su ceño levemente y de nuevo atacó.
—Me pareció verla por la ventana, de hecho, estoy segura que la vi. —Ahí iba mi gramo de dignidad intelectual.
—Eeeh. —Balbuceé y me sentí tan tonto.
—Disculpe a mi esposo, por favor. —Hizo su aparición Esther al interrumpir ágilmente ese momento.
Me percaté de que tenía puesto su vestido de domingo y concluí para mayor preocupación que Joshua además de estar enfermo, estaba solo.
—Solo trataba de ayudar a su esposa, mientras se ponía algo más digno de su visita. —Persuadió Esther.
—¿Cómo se encuentra usted Señora Wilson? —Preguntó Lucy.
—¡Ya puedes verla mujer! Tanradiante como siempre. —Halagó Saúl jocoso.
—Muchas gracias, Saúl, —dijo mi esposacon menos formalidad.
—¿Y qué le estás dando a este hombre que se ve más joven?
Sin dudarlo ni un segundo, mi menteautomáticamente respondió a esa pregunta, solo para confirmarlo a mí mismo: «Un hijo».
Me sorprendió la destreza de Estherpara desarrollar una mentira tan rápido y con tanto disimulo, cuando respondió:
—¡Le estoy preparando unas infusiones a base de col y apio!
—¡Y funciona, mira su cara, parece que tuviera el mismísimo sol en sus ojos! —Celebró Saúl mientras me tomó de la cara y la revisó alegremente, me hizosentir halagado, por un instante olvidé mi preocupación, cuando desde el pórtico explotó el llanto de Joshua con tanta fuerza que fue inevitable para alguien no haberlooído.
Saúl, muy aterrado, aun sujetaba mi rostro; volvió su mirada hacia las escaleras que daban al segundopiso.
—¿Qué está pasando?
—Eeeh. —Volví y balbuceé.
—Tal vez es un gato. —Desenvainó otra mentira Esther.
—Sí, es otra vez ese gato zarrapastroso que se mete a robarnos comida. —Apoyé la mentira de Esther.
—¡Estoy segura que eso es el llanto de un bebé! —Repuntó Lucy.
—¡Ya basta! —Explotó de mí aquella expresión.
Me armé de valor, fruncí el ceño y con la preocupación corriendo libremente por mi cuerpo, le advertí a Saúl.
—¡Siéntate aquí y aguarda, nos vas a ayudar con nuestro hijo!
—¿Hijo? ¿quéhijo?
Subí rápidamente al pórtico, tomé a Joshua en mis brazos y lo llevé con los demás.
—¡Oh, por Dios! —Exclamó Saúl.
Lucy, con natural sorpresa, solo se tapó la boca con sus manos.
—Está enfermo, nosabemos qué tiene. No lo podemos llevar con un médico porquenos delataría y nos lo quitarían. Ustedes tienen hijos, tal vez saben qué hacer.
—¡Por favor! —Agregó miesposa libremente triste.
Lucy se levantó inmediatamente y tomó al niño en sus brazos, le brotó naturalmente su instinto materno ydetectó de inmediato la fiebre del bebé, al mismo tiempo que Saúl se levantó frente a mí y con enojo en su rostro me dijo:
—Voy por hojas de flor de amapola.
Dejó la casa y arrastró su gesto de seriedad, ya no quedó indicio del ánimo con el quevenía.
—Necesito dos paños de agua. —Indicó Lucy a Esther mientras desvestía al niño, luego se dirigió a mí.
—Thomas, necesito una sábana fresca y limpia.
Tampoco hubo rastros de la formalidad de Lucy conmigo, pero es lo que menosme importó en ese momento. Atendí inmediatamente, llevé una sábana de las recién lavadas el día anterior. Lucy tomó un paño húmedo y lo puso debajo del cuello de Joshua y el otro en su frente, luego le pasó una sola vuelta de sábana por encima al pequeño y comenzóa soplar sus pequeñas axilas.
Esther y yo mirábamos, tomamos apuntes mentales, aprendimos de lo hábil que es Lucy, incluso, nuestro bebé ya no lloraba y sus ojos estaban dirigidos a Lucy, se veía cómodo, me causó un poco de celo, pero me calmé y le manifesté:
—¡Gracias!
Pasaron al menos treinta minutos cuando Saúl llegó con un manojo de hojas de amapola roja; coincidió con el momento en que el agua que Esther puso a hervir ya estaba lista. Rápidamente agregaron las hojas al agua y aguardamos en un incomodísimo silencio que duró pocos segundos, pero que me parecieron eternos, finalmente Saúl no se contuvo y me preguntó.
—¿Es en serio? ¿No podías confiarnos esto?
—Debes entenderme, el riesgo era muy grande.
—¿Por qué? ¿Acaso no me conoces?
—La verdad es que no sabía qué pensarías.
—¿Cuánto hace que lo tienen?
—Por favor, toma asiento, Esther. ¿Podrías, por favor, prepararnos un té? Te lo agradecería mucho, mujer.
Le conté toda la historia a Saúl y a su esposa. Finalicé al responder su última pregunta.
—Y hace seis meses que está con nosotros.
—Vamos a ser sus padrinos ¿verdad? —Dijo Saúl y volvió a su animosa personalidad.
Una gran sonrisa me llenó la cara y Esther soltó una carcajada de alivio.
—Claro que sí, solo si quieres.
El resto del día se pasó como cuatro adultos que atienden y miman a un bebé, entre infusiones tibias, caricias y cánticos infantiles. Un día que atesorar en el corazón y una lección que recordar para no volver a guardarme mis situaciones, puesto que siempre habrá alguien con quien contar.
Los años pasaron. Saúl y Lucy fueron muy atentos con Joshua, guardaron nuestro secreto aún de sus dos hijos; nos regalaron ropa que tenían guardada de sus hijos, un gran gesto que recibíamos con mucho agrado. Joshua ya tenía cuatro años, según nuestra cuenta; celebramos su cumpleaños el día en que lo encontramos, el veinticinco de septiembre.
Esther encontró otra actividad en la cual ser buena, la sastrería, se dedicó a ajustar la talla de la ropa que recibimos de Lucy al tamaño de nuestro hijo.
A medida que crecía, le fuimos enseñando a Joshua a ocultarse de las demás personas, excepto de sus tíos Saúl y Lucy. El pórtico estaba mejor acondicionado para cuando fuera necesario, incluso debajo de la granja también adaptamos una rejilla que rodea la casa, cuando los impuestos y sus recaudadores se acercaban, Joshua se destacaba en su talento para esconderse y como siempre, el saber callar.
Saúl, un día en una de sus visitas, muy pensativo nos preguntó:
—¿Y dónde está su madre?
—Murió, ¡ya lo sabías!
Con ese gesto de iluminado cuando una idea llega, volvió a preguntarme:
—No, quiero saber si ¿está en el cielo o en el infierno?
Entendí en su gesto que lo que me quiso decir es que le debíamos a los restos de esa mujer una merecida sepultura, aunque un poco tarde.
Ya habían pasado unos cuantos años desde la muerte de aquella mujer, aun así, tratamos de ser muy generosos con el homenaje de despedir a la madre de Joshua. Fuimos hasta aquel gran árbol, Saúl, Lucy, Esther, Joshua y yo, por precaución Joshua vestía una capa de color verde oscuro, siempre tuvimos que ser precavidos por si alguien lo veía. Mientras, en oración prometimos cuidar a su hijo con lo mejor de nosotros, se entonaban cánticos y adornos que recordaban a una mujer que nunca conocimos.
—¿Qué hacemos aquí papá?
—¿Sabes cómo llegaste a nuestras vidas?
—¡No papá! ¿Cómo llegué a ustedes?
—En este árbol había una mujer con el color de tu piel, tu estabas en sus brazos, ella me indicó: Toma al hijo de este gran roble y cuídalo. La mujer te puso en mis brazos y se convirtió en otro roble.
—Guau ¡Soy un roble! —Celebró Joshua.
Esther me miró a los ojos y lentamente dejó salir una linda sonrisa y agregó a mi historia:
—¡Por eso venimos a cantarle! —Porque aquella mujer árbol quiere verte feliz y cuan grande estás.
Joshua sonrió inocentemente, se dejó llevar por los aplausos y reveló su raza al moverse con tanta euforia que disfrutábamos verlo bailar.
Una mentira lo hizo creerse un roble, tal vez necesitó creer la fortaleza de su ser como la de un majestuoso e imponente árbol.
—¡Ah! —Exclamo al recordar.
Cómo me consuelan mis memorias cuando los gritos de los soldados se hacen eco y me voy perdiendo en mis recuerdos. La nueva vida que nos trajo el ser padres, la energía, los juegos, las risas, descubrir a mi esposa ser mejor mujer en su papel de madre. Ella es más estricta que yo, pero de gran nobleza, tiene mucho poder al enseñar y se lo transmitió a Joshua. Entre tantos recuerdos, mi memoria salta precisamente al momento cuando Joshua comenzó a estudiar en la escuela.
La señorita Melissa Sanz era la maestra de la escuela, una mujer joven, hermosa y noble. Solía pasear a orillas del río.
Caminar alienta a la mente a pensar profundo, y ella lo disfrutaba, repasaba recuerdos de su infancia y entre una de aquellas caminatas vio un árbol de mangos que le provocó la picardía de querer escalar, se iluminó su risa mientras lo intentó. A lo lejos, Joshua, oculto en el bosque, la observaba, mientras me acompañaba a recoger leña se concentraba en esa escena.
—Mira papá, esa mujer tan elegante está escalando ese árbol. —Interrumpí unos segundos mi trabajo para observar también, la escena era graciosa, se veía un poco torpe al intentar subir a aquel árbol y al mismo tiempo sujetar incómodamente su falda, ya había logrado subir al menos tres metros y parecía que iba por más.
En ese preciso momento, la rama del árbol en el que la señorita Melissa se apoyaba se rompió, ella cayó desde muy alto contra las ramas, por suerte quedó colgada de cabeza antes de estrellarse contra el suelo.
Fue inmediata la reacción de Joshua por ayudarla, salió corriendo de los matorrales donde estábamos hacia ella y yo después de él. Cuando llegué, Joshua sostenía la cabeza de la señorita y la mantenía en posición horizontal.
—¡Papá, ayúdame!
—Déjame sostener a la señorita, tú sube al árbol y libérala. —Indiqué a Joshua.
Así que hábilmente, Joshua se trepó en ese árbol, el pie de la señorita estaba entre una rama y su zapato, la falda se escurría hacia abajo, dejaba ver la ropa interior de la señorita, así que imagino la vergüenza que debía estar sintiendo, por lo que me concentré en su mirada para que notara que no la observaba.
Finalmente, la señorita fue liberada y el resto de su cuerpo cayó, pero sostuve la cabeza. Rápidamente y sonrojada, se sentó e intentó ponerse de pie, pero volvió a desplomarse, puesto que su tobillo estaba lastimado.
—No se esfuerce señorita, aguarde un poco. —Le dije.
—Estamos cerca de nuestra casa. Yo puedo ayudarla a caminar hasta allí. —Ofreció Joshua.
Aunque el accidente no fue grave, la señorita se sintió inmensamente agradecida con Joshua, también estaba sorprendida por las obvias razones, su piel. Lo miraba, luego a mí y se sonrojaba.
Ayudamos a la señorita a ponerse de pie y Joshua muy acomedido se metió debajo de su hombro izquierdo para ayudarla a caminar. Yo le ayudé del otro lado y comenzamos a caminar con la torpeza que el momento sugirió.
En el camino, nos presentamos formalmente.
—El primero es el entusiasta de mi hijo.
—Mucho gusto, yo soy Joshua. ¡Y soy un roble!
Extrañada y sorprendida por lo que Joshua le dijo, la señorita respondió:
—Oh, es verdad, disculpen ustedes, yo soy Melissa Sanz, maestra en la escuela.
—Yo soy Thomas Wilson.
—Él es mi papá. —Repuntó Joshua.
La señorita Sanz me miró y me preguntó.
—¿Cómo es eso posible?
—Me quedé callado y volví mi mirada al camino.
—Perdón señor Thomas, no quería incomodar con mi imprudencia.
—No se preocupe señorita, lo sabrá.
Así que comencé a contarle la historia a la señorita Sanz, la misma que le conté a Joshua sobre su origen. Al tiempo que disfrazaba palabras que ella pudiera entender sobre la llegada de él a nuestras vidas, sus ojos expresaban lástima por Joshua, eso no me gustó.
—Pero él está muy bien con nosotros, mejor de lo que estaría en otro lugar.
La señorita Sanz pareció notar mi leve disgusto y lo celebró.
—Lo entiendo, claro que está en las mejores manos. Sus palabras parecieron sinceras.
Cuando llegamos a casa, Esther reaccionó a la presencia de la señorita con una mirada asustada hacia mí.
—Tranquila, ella es la Señorita Sanz, maestra de la escuela, su tobillo se torció.
—Pondré agua para calentar y un poco de árnica para la inflamación.
Con mucha atención Esther atendió a la señorita Sanz, tal vez como una medida de amable chantaje. Conozco a Esther muy bien, sabía que le pediría guardar el secreto sobre nuestro hijo, le dedicó el resto del día a su cuidado mientras le hablábamos de nosotros.
Es así como nació una amistad, Joshua y la Señorita Sanz se seguían encontrando en las tardes bajo aquel árbol y ella le daba lecciones, temas que enseñabaen la escuela. Ella sabía que Joshua era muy inteligente y aprendía rápido.Nos propuso que Joshua estudiara, una idea que rechacé, ya que tenía en cuenta las desventajas que podría tener mi Joshua.
Mi rechazo duró poco ante los ruegos y miradas ilusionadas de ambos al solicitar mi apoyo.
Ya en la escuela, el director Arthur Janssens, que era un tipo noble, nos dio su posición acerca de esta decisión, la cual fue determinante. Joshua no podría asistir porque quería evitarse problemas con los demás padres, él no se refería a nombres específicos, pero sé que pensó en los hombres más imponentes de las altas clases sociales de nuestra comunidad, en un pueblo pequeño donde solo hay una opción cuando de escoger escuela se trata. La oportunidad de estudiar para Joshua se me esfumaba, al tiempo que en mi mente me condenaba a la culpa de ser pobre.
