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La trampa es el lema de vida de Abundio Revolorio, abogado corrupto y abusivo. Cuando no extorsiona a sus clientes por dinero extra, se le encuentra ocupado en sus aficiones preferidas: embriagándose hasta la perdición en algún bar de la ciudad, o frente a un altar contrayendo matrimonio con alguna mujer que ignora lo que le espera. Su dinámica para el engaño cambia cuando una señora de apariencia distinguida entra a su despacho para pedirle ayuda en un trámite sencillo: indemnización para los afectados de la guerra. No es el tipo de clientela que suele atender Revolorio, ¿por qué, entonces, elegiría al abogado más corrupto?, ¿será que la trampa ahora se tiende hacia él? Ambientada en los años posteriores a la guerra civil en Guatemala, Dante Liano hace en esta obra una aguda crítica social y una reflexión sobre la ambigüedad moral y los ideales perdidos, todo con un toque de ironía.
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Seitenzahl: 245
Veröffentlichungsjahr: 2025
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COLECCIÓN POPULAR
977
EL ABOGADO Y LA SEÑORA
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2024 [Primera edición en libro electrónico, 2025]
Distribución mundial en español, excepto en Guatemala
Esta obra se publicó por primera vez en 2015 por Sophos, Guatemala.
D. R. © 2024, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672
Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-16-8563-6 (rústico)ISBN 978-607-16-8600-8 (electrónico-epub)ISBN 978-607-16-8618-3 (electrónico-mobi)
Impreso en México • Printed in Mexico
Nota del autor
I. La oficina de trampas
II. El pasado que vuelve
III. Explicación no pedida
Epílogo
A Aurora y Tuchi A Alice y Cristiano A Pía y Gigi
La vida es dura. Amarga y pesa.
RUBÉN DARÍO
¡No, si cuando uno mira para atrás lo que ha pasado, le dan ganas de salir corriendo!
MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS,El señor presidente
Dan origen a esta narración varias y heterogéneas peripecias. Noticias de periódico, textos de historia reciente, oral o escrita; testimonios; trozos de vida familiar; anécdotas contadas por amigos; otras obras literarias, y, sobre todo, quizá lo más importante, las fantasías del autor. A veces, lo extraído de la llamada realidad pareciera objeto de imaginación; a veces, la imaginación pareciera testimonio de lo real. Cualidad o defecto de la narración, tal ha sido el resultado. De modo que estoy en condiciones de advertir que todo lo que sigue es ficción, una concatenación del caos absurdo de la vida, y que cualquier parecido con personas o acontecimientos realmente sucedidos es fortunoso azar, coincidencia, casualidad.
Dicen que para ver cómo es un abogado hay que llevarle un gato. Si el gato sale corriendo, el licenciado es chucho. Si se le tira encima, es rata. Yo soy ese tipo de abogado que se habría hecho pagar los honorarios por el gato, para que le asegurara contra los ratones. Y luego se haría pagar de los ratones, para que los asegurara contra los gatos. Al final los dejaría que se mataran entre sí, mientras iba a cobrar el cheque.
Recuerdo una de mis primeras experiencias, allá en provincia. Se estaba muriendo un viejo archimillonario. Estaba boqueando en las últimas y dictaba el testamento. Con una voz que apenas se escuchaba, iba enumerando sus tantos bienes y los nombres de los beneficiados, que eran muchos y esperaban, detrás de la puerta, el resultado del documento. Cuando terminó, mi maestro procedió a su lectura, para que el viejo lo firmara. Y, aunque su voz era fuerte y firme, un griterío proveniente del patio lo interrumpió. Salimos a ver qué pasaba, y vimos a los deudos que se estaban peleando por la posesión de un árbol plantado en una esquina. Mi maestro intervino y tuvo que hacer grandes esfuerzos para imponer su autoridad. “¡No sean estúpidos!”, les gritó. “¿No ven que de todos modos ese árbol ya está testado?” Los otros se calmaron. Cuando regresamos a la habitación el viejo había muerto. Con decisión, mi maestro le agarró la mano, que empezaba a enfriarse, y lo hizo garabatear una firma. “Licenciado”, le dije, “¡pero si ya se murió!” “¿Y qué?”, me respondió. “¿No ve que se estaban matando por un árbol? ¿Qué no harían si el viejo muere intestado? ¡Usted es testigo de que firmó con su propia mano!”
Ésa, de tinterillo, fue mi verdadera escuela de leyes. Mucho más que la universidad, cuyo título me sirve sólo para colgarlo en la pared, exactamente encima de mi cabeza, así los clientes, si saben leer (pues los más son analfabetos), pueden consolarse de que están hablando con un profesional del derecho. Buena plata me costó comprar el título en una de las tantas universidades que hay en el país. El oficio ya lo sabía. Y mi oficio es pelar a los clientes.
Mi bufete es una trampa alquilada enfrente de la Municipalidad. Vivo de engañar a la gente que no sabe lo que es un trámite. Sobre todo si son campesinos o gente sencilla sin quién por ellos. Entonces convierto cualquier diligencia en un obstáculo imposible. Hasta boletos de ornato he logrado convertir en brillantes casos judiciales. No se diga certificados. Y, ya para hablar de cosas mayores, permisos de construcción. Mis tramitadores, que se hacen pasar por empleados oficiales, le dicen al ansioso ciudadano: “Mire, enfrente está la oficina del licenciado Revolorio, que es una fiera para estas cosas”.
Al rato están tocando a mi puerta.
El bufete tiene un aspecto frugal, como corresponde a un abogado honesto. Dejo a otro tipo de colegas los sillones mullidos, las secretarias fragantes, los teléfonos de relumbrón. Mi clientela saldría espantada delante del mínimo detalle de lujo. Por alguna razón, lo escueto del mobiliario les hace pensar en la honestidad del licenciado y en honorarios también honrados. Es la primera trampa, sólo la primera. De allí vienen las demás. Cuando firman el último cheque, si los usan, o me dan lo último que les queda en contante, se quedan siempre con la sospecha de la estafa. Pero en sospecha se queda. Nunca ha venido nadie a reclamar, y si viniera, para eso tengo un revólver en el cajón derecho de mi escritorio, que, en este país de gente reverenciosa y cortés, es lo primero que sale a relucir cuando se abre el diálogo.
Me presento. Soy el licenciado Abundio Revolorio, experto en derecho administrativo, arte que he aprendido desde que fui empleado del licenciado Vargas, en el pueblo donde nací. Comencé a trabajar, no en el bufete del abogado, sino en la tienducha que Vargas tenía enfrente del parque. Yo era el encargado de comprar al por mayor.
Robé tanto y sin ser descubierto que allí se definió mi vocación legal.
Tengo casi cincuenta años, pero soy de buen ver y me cuido para que así sea. Me considero un poeta incomprendido, un actor no realizado, un artista innato, pero la necesidad de ganarme la vida me ha traído a este cuartucho, donde todos los días abro a las ocho en punto y comienza el desplume. He sido un poco de todo, en la vida, que es como decir no he sido nada. Como a cualquier hombre, cosas me han pasado. No soy tan estúpido como para creer que todas son dignas de ser contadas. Tampoco quiero ser sentencioso, aunque por oficio lo sea. Mas debo decir que, a veces, un episodio de la vida de una persona sirve para iluminar todos los otros, hasta los más insípidos, de esa vida. Y a mí, que pensé que iba a terminar mis días con la fama de embaucador de incautos, me ocurrió ese episodio. Permítanme que se los cuente.
Era la época en que me estaba divorciando de la Encarna. María de la Encarnación Gómez Pérez era su nombre completo, aquel con que firmó el acta de matrimonio. Era decana de una facultad, luego de ser directora de Comunicaciones. A mí siempre me han gustado las intelectuales, aunque, de mis siete matrimonios, sólo dos han sido con mujeres cultas. La primera, hace muchos años, era una alta funcionaria del Ministerio de Cultura, que me dejó por borracho. Luego se casó con un colega, más borracho que yo, si se puede. Cada quien tiene sus preferencias.
La Encarna pedanteaba con que era un oxímoron porque era más flaca que las calaveras del Día de Difuntos. No faltaba el chusco que dijera: “En carna y huesa”, pero yo me evité esa banalidad. Era enjuta, esmirriada, cetrina y además su virginidad se había mantenido, sin heroísmo, por casi cuarenta años. Tenía una chispa de inteligencia en los ojos que me la hizo apetecible. No diré que me fue fácil seducirla, porque no me suelo jactar de mis conquistas. Sólo anotemos que no me fue difícil aprovechar su soledad, su hastío, su desierto.
La llevé a cenar varias veces, a lugares sin lujo, pues una exageración habría descubierto la trampa. Para ella las invitaciones eran un halago olvidado. También las flores. Y los discretos avances, que, con parsimonia, le proponía. Yo le contaba historias de mi vida pasada, historias verdaderas que, a comparación de la suya, parecían de Mío Cid Campeador. ¿Qué había hecho la Encarna en su pobre vida? Sacar la licenciatura remachando las materias en las noches de soltera. Entrar como asistente de cátedra a la universidad, segura de que el mérito de cargarle la bolsa al profesor la llevaría pronto a un ascenso, como ocurrió. Ir subiendo lentamente el escalafón, más por cansancio que por brillantez, con artículos académicos que nadie leía, pero que hacían bulto a la hora de las oposiciones. Estar a la caza de las últimas modas humanísticas, memorizar términos técnicos, tener la astucia de colocarlos en el momento y lugar adecuados. No perder el equilibrio nunca, de modo que fue la persona justa para ejercer la dirección del departamento y sacar la cabeza de entre los que quedaron para asumir la decanatura.
Delante de quien le podía contar que vio sacar a patadas a uno del Tenampa, tal y como dice la canción; delante de quien, ya hasta las cachas de tequila, aceptó, en ese bar, el reto de unos que le descargaron unos cuantos voltios de electricidad, para demostrar que era muy macho, y que a la mañana siguiente despertó en el hotel con el rostro magullado y sin saber por qué, la Encarna podía afirmar que su vida había sido un océano gris. Delante de mi fama de donjuán obstinado, que yo negaba con dignidad, atribuyendo a las malas lenguas la certeza de mi falta de constancia con las mujeres, o confesando la verdad con tal franqueza que nadie me creía: eran ellas quienes me dejaban, la Encarna se sentía acompañada de un personaje de las novelas que de vez en cuando leía. “Leo menos ficción que ensayo académico”, me confesó, orgullosa y estúpida.
Al final nos casamos. El cortejo había durado varios meses y había culminado en una visita a uno de los escuálidos moteles de la ciudad. Ni la quise llevar a mi casa, para que no tomara posesión, ni pude ir a la suya, porque vivía con la mamá. Además, para una como la Encarna el motel tenía el gusto de lo perverso y lo desconocido. No creo que haya mujer que admita haber visitado uno de esos sitios, ni hombre que no proclame haber pasado por todos. Lo cierto es que allí descubrí, con estupendo horror, que la Encarna había sido virgen hasta que yo me la había llevado a la cama. Creo que no le gustó. Me imagino que fingió que le gustaba. Tampoco a mí me gustó.
Cuando los moteles nos comenzaron a aburrir se planteó la cuestión del casamiento. Ella no ignoraba que para mí sería la quinta vez. Yo no sabía que me faltaban todavía dos bodas más. Me hizo prometerle que esta vez sería para siempre, y no tuve empacho en hacerlo. Por supuesto, no me pidió ceremonias mayores. Ilusionada y todo, sabía que no estábamos para ridiculeces. Planificamos una ceremonia sobria, sólo con parientes y escasos amigos íntimos.
Supe que, en el medio académico, el matrimonio de la Encarna levantó polvo. Por ella, que ya había sido dada por solterona impenitente, y por el futuro marido, cuya fama de crápula era de todos conocida. Creo que nadie se atrevió a disuadirla de la locura que estaba por cometer. A un cierto punto la gente deja que los otros escojan la soga con que ahorcarse. Debo admitir que los preparativos fueron serenos, pacíficos, con la tranquila alegría de aquellos que no se esperan ya nada bueno. Mejor: de aquellos que, si no pasa nada malo, ya es mucho.
Y así nos casamos. “Señor Carlos Abundio Revolorio López, ¿acepta usted por esposa a la señorita María Encarnación Gómez Pérez?” “Sí, acepto.” “Señorita María Encarnación Gómez Pérez, ¿acepta usted por esposo al señor Carlos Abundio Revolorio López?” “Sí, acepto.” “¡Vivan los novios!”, gritó alguien, y su exclamación, en lugar de desatar una cadena de “vivas”, provocó una carcajada general. Yo brindé con champán sólo con la primera copa, antes de bailar el vals. Me había puesto un esmoquin prestado, mientras ella lucía un traje sastre que la hacía parecer la directora de la cárcel de menores. Luego seguí con el whisky. Seguí con el whisky por esa noche, hasta caer derrumbado en el lecho de bodas. Y a la mañana siguiente proseguí con el whisky, para quitarme la resaca. Y, por no dejar, seguí con el whisky por quince días seguidos. Como se suele decir, “agarré fuerza”, cosa que hace tiempo no me pasaba, y mi largo periodo de abstinencia me había hecho pensar que esta vez podía casarme para siempre.
En cambio, la Encarna tuvo que cargar conmigo todos esos días. Yo bebía mañana, tarde y noche, en el apartamentito que habíamos alquilado para iniciar nuestra vida matrimonial. Digamos que, entre todo ese infortunio, la Encarna tuvo un golpe de suerte. Yo me obstinaba en conducir el lujoso automóvil que ella había comprado, un Chrysler de ocho cilindros que parecía la acorazada Potemkin. No sé ni adónde íbamos, cuando se me atravesó un enorme castaño donde destrocé el único objeto valioso de mi señora. Salí incólume, aunque inconsciente. Ella se fracturó el brazo y la nariz. También se fracturó el matrimonio, porque apenas salió del hospital me pidió el divorcio. Y yo se lo concedí.
Algunos dicen que tengo suerte con las mujeres. Yo añado: “mala suerte”. La primera que tuve, en serio, fue una indígena que llevaba todos los días un costal de maíz a la tienda del licenciado Vargas, en el pueblo de provincia donde crecí. Como ya he contado, el abogado, gracias a la buena fama de mi padre, que en paz descanse, me había dado la confianza de encargarme de las compras. También he contado que traicioné abundantemente la confianza del licenciado y la memoria de mi santo padre. Sisé del saco de esa tienda cuanto pude, hasta que me agarraron y me echaron a patadas. “Y dale gracias a Dios que no te mando a la cárcel, sólo porque tu padre era un santo varón”, dijo Vargas. No me mandaba a la cárcel porque yo habría denunciado sus trampas a los clientes, con balanzas contrahechas y cuentas de fantasía.
Con esa primera amante no crucé ni una palabra. La primera vez que vino a la despensa entró, depositó la mercancía, le puse unos billetes en la mano y se largó. No sé cuánto tiempo pasó para que me decidiera. A un cierto momento le puse llave a la puerta, la tiré sobre unos costales de harina y me la pasé limpiamente. Lo hicimos todas las veces, rápido y en silencio, hasta el día que me echaron. Nunca supe su nombre y nunca la volví a ver.
Supongo que ella daba por descontado que a un ladino no se le podía oponer. Las relaciones con los indígenas en el pueblo eran así. Ellos por un lado, nosotros por el otro. En la iglesia, en el mercado, en los barrios. Era como si alguien hubiera trazado una línea y hubiera dicho: “ladinos de este lado; indígenas de este otro”. Eso sí, para cogerse a las indígenas no había separación. La servidumbre, en las casas ladinas, era toda indígena. Y acostarse con la sirvienta era una especie de derecho adquirido de los señoritos blancos. Nadie decía lo contrario, ni siquiera nuestras madres, que cuando sorprendían a una doméstica violentada por alguno de la familia la echaban por puta.
Después no tuve relaciones fijas. Muchas casas de citas y correntadas de alcohol. Una vez un militar me dijo, en medio de una fragorosa borrachera: “Nosotros, los que chupamos, debemos tener un físico tremendo. Cualquiera estaría ya en el hospital, con el hígado hecho pedazos, mientras nosotros resistimos”. Me imagino que algo habrá de cierto, porque después de años y años de vivir entre una ebriedad y otra sigo de pie, listo para la próxima. Soy el retrato en negativo de mi padre, que murió en olor de santidad. Yo huelo a chicozapote.
Mi padre, don Hermógenes Revolorio, descendía de la rama pobre de una familia de abolengo. Los otros, los ricos, en algún momento emparentaron con la oligarquía y se encumbraron con fincas y fábricas. Mi papá y mis tías, en cambio, se quedaron pueblerinos, ratosos, dignos, decentes y para decirlo de una vez: muertos de hambre. Eso sí, soberbios como pocos por ser descendientes directos de españoles y con el derecho adquirido de mandar en los pueblos, sobre los mestizos y los indígenas. Mis tías vivían cerca de la vieja capital, la que construyeron los conquistadores sobre las ruinas del esplendor precolombino, y en ese pueblucho eran alcaldesas, regidoras y dirigentes de la cofradía del Señor Sepultado, la más poderosa. Dedicaron su vida a organizar las fiestas religiosas, desde los autos de Semana Santa, pasando por las fiestas agostinas, hasta culminar en las pastorelas de Navidad y los Reyes.
Mi padre, quién sabe por qué, emigró al pueblo y se dedicó a ser organista de iglesia. Y a llenar de hijos a mi madre. Era un campeón de fertilidad, don Hermógenes. Ocho hijos en doce años. Nosotros, los hijos varones, nos gastamos todas las bromas banales respecto de la profesión de papá: tocador de órgano. Tocaba el órgano en las misas diarias y cantaba bien en las misas cantadas. Vivía suspendido en el incienso de la iglesia, un punto más abajo del cura y un punto más alto que el sacristán. Todos nosotros tuvimos un padrino sacerdote, lo cual no dejó de provocar habladurías en el pueblo. Falsas, porque el rijoso santo varón, una vez que dejaba el arte de la música, emprendía lanza en ristre con fervorosa devoción. Tanto, que muchos años después descubrimos que tenía una hija natural. Pero ella aparecerá, si aparece, cuando haya lugar.
Mi madre era una mujer de su época: ya era de dar gracias a Dios que supiera leer y escribir. Lo demás, labores de casa, sumisión al marido y crianza de los hijos. Su ignorancia de las cosas de la vida no se podía saber si era inocencia, ingenuidad o falta de carácter. A lo mejor, falta de inteligencia.
Mi padre, el honesto hidalgo don Hermógenes Revolorio, fue un total y completo irresponsable. Sólo un total y completo irresponsable se muere a los doce años de matrimonio, dejando a su viuda sin un céntimo y con ocho huérfanos para sacar adelante. Su ejemplar y deleznable muerte me alejó para siempre de la religión y de cualquier creencia. Era Viernes Santo, así que acompañó con música sagrada la misa de once, comulgó para ganar la indulgencia plenaria, cerró el instrumento, saludó al cura y regresó a la casa, que estaba enfrente de la iglesia. “¡Ya vine!”, le dio tiempo de anunciar. Luego se vio al espejo, se arregló un mechón y cayó desplomado. Muerto. Un síncope cardiaco fulminante, el grandísimo huevón.
Mi señora madre puso una cantina, que era el mejor negocio para sobrevivir. De esa época tengo recuerdos vagos. La sala de la casa se adaptó al bar, con un mostrador de madera de pino, mesas y sillas del mismo material. Una estantería llena de botellas de Indita o de Venado, la mayoría de un octavo. Quién sabe por qué, era la medida que los hombres se daban para el primer trago y para la fatal decisión de echarse el otro o pararla allí.
Dos eran los negocios mal vistos en el pueblo. El peor, la casa de citas. El segundo, la cantina. Se consideraba dinero mal habido. Uno podía imaginarse al beaterío imprecando al cielo y lamentando la muerte del pobre don Hermógenes, que habría de estar dando vueltegatos de cólera en el paraíso, si los santos sienten cólera, al ver a su viuda dilapidar el buen nombre de la familia con ese negocio. Hay que decir que si existe una ley de compensación (aunque dudo que exista) mi madre fue castigada en los hijos: todos borrachos, y dos muertos jóvenes echando el hígado por la boca.
El primero en morirse de borracho fue el mayor: Claudio se llamaba. Creo que comenzó robándose los octavos de la cantina de mi madre. Terminó en la tumba antes de los veinticinco años. Apenas me acuerdo de él. Tengo más presente su entierro y los gritos de mamá, que de allí cerró la cantina y puso tienda. Obdulio se murió de lo mismo, pero como treinta años después.
Obdulio era el simpático de la familia. Tenía talento para contar chistes. Nada más. Era un hombre inteligente, ignorante y zafio. Mi madre no tuvo el dinero para hacernos estudiar en un colegio ni el carácter para obligarnos a terminar la escuela. Los que estudiamos fue por pura voluntad. Obdulio pronto se dedicó a la vagancia, a la joda y a la bebida. Cuando no estaba borracho era brillante, bueno para los apodos y los chascarrillos, ingenioso para las respuestas. Inventaba chistes. “¿Sabés cuál es el colmo de Néstor Colmenares?”, preguntaba, aludiendo a un mediocre cantante nacional que imitaba a Pedro Vargas. “El colmo de Néstor Colmenares es que el hermano de Néstor Colmenares se cree la gran mierda porque es hermano de Néstor Colmenares”, retrataba, con puntería, nuestro provincialismo. Cuando estaba borracho se volvía insoportable, porque tenía borracheras tristes. Se ponía sentimental y terminaba llorando antes de derrumbarse.
Se ganaba la vida como chofer de autobuses. Salía a las cinco de la mañana para algún pueblo del interior, y su buen carácter le hizo ganarse muchos amigos en la provincia. Al llegar a destino se metía a una cantina y se emborrachaba. De regreso conducía completamente ebrio, y nunca le pasó nada, ni siquiera le pusieron una multa, porque sabía sobornar a la policía. Tuvo varias novias pero no se casó con ninguna, porque regularmente lo abandonaban. A los cuarenta años seguía viviendo en casa de mamá. Amantes, muchas, en diferentes pueblos del interior. Una vez me contó que un marido se enteró de que su mujer le metía los cuernos. “Me vino a buscar a la oficina de transportes”, me contó. “Cuando lo vi entrar sudé frío. Cuando vi que sacaba la pistola me temblaron las canillas. Cuando la pistola se le aflojó en la mano, y se puso a llorar, me zurré de la risa. Me pasé el resto del tiempo consolándolo y prometiéndole que iba a hablar con su mujer para que no lo abandonara.”
Cuando no ejercía de chofer hacía trabajitos. Una vez me vino a visitar a mi bufete. Estaba borracho y algo le pesaba en el alma. “Usted no sabe lo que tiene uno que hacer para ganarse la vida”, me decía con sus lágrimas alcohólicas. Entendí, por sus alusiones, que trabajaba para los Escuadrones de la Muerte. Una especie de mano de obra al servicio de los militares. No lo desprecié. No porque fuera mi hermano, sino porque no me importa un carajo lo que cada quien haga de su vida. Además, no me lo dijo claramente. Sólo tuve una suerte de confirmación cuando estaba agonizando. El médico del Seguro Social me dijo: “¡No sé qué hizo su hermano en vida para que lo esté pagando así!” Así murió Obdulio, que se chupaba los dientes después de comer, con ruido y desparpajo, como si estuviera usando cepillo y pasta dental.
Mi madre no aguantó mucho tiempo de viuda. Era joven y le llovían las propuestas. Por un tiempo tuvo de amante a un viejo de los alrededores, al que le hicimos la guerra con tenaz ferocidad. No sé si al final se largó porque lo jodíamos tanto o porque nunca quiso casarse con mamá. Eso sí, le dio tiempo de dejarla embarazada. Siempre vimos a la última hermana como una excrecencia molesta, una especie de derivación animal de la debilidad materna. Hasta ahora la tratamos mal, sobre todo porque la infeliz salió el vivo retrato de su padre, gorda, blanca y chata. Y con unas entrañas que hay que joderse.
Cuando pienso en esa época me imagino que el viejo amante de mi mamá nunca quiso hacerse cargo de una mujer con ocho hijos. Dos eran medio retrasados y el resto, unas fieras de cuidado. Ya tener un papá santo había sido mucho castigo. El colmo de la mala suerte habría sido un padrastro santo. Ha de haber sido un buen zángano, que se instaló en la casa para vivir a costillas de la tienda de mi madre y nos quiso imponer una autoridad que no se había ganado. El primer castigo que me aplicó fue sólo el comienzo de la guerra. Debo agradecerle a ese hombre haberme adiestrado a luchar sin debilidades con el objetivo fijo de aniquilar a otra persona.
En la lucha contra mi padrastro colaboraron todos los hermanos, en especial la Trinis, así llamada por economía. Cuando la llevaron a bautizar, visto que era el día de santa Hermenegilda, el cura no encontró en el calendario nombre decente que ponerle. Se salvó de llamarse así porque mi padre tuvo la luz de evitarle ese apelativo que le sonaba a hombre. Le pareció más elegante, y de más abolengo, usar uno de esos nombres rumbosos que gustan a la gente con pasiones heráldicas: María de la Santísima Trinidad y de Todos los Ángeles. Quedó en Trinidad. Y luego, ya que estábamos, Trinis.
Un día que mi mamá estaba ocupada en la tienda, el padrastro quiso tentar a la Trinis. Mi hermana cogió un leño grande de la cocina y con los ojos que echaban lumbre le gritó al viejo: “¡No se atreva a tocarme, hijo de la gran puta, que lo mato a garrotazos!” El hombre era cobarde y se retiró. Con eso nos dio la medida de sus límites. También nuestra madre. Cuando, por la tarde, mi hermana le contó lo que había pasado mamá la castigó por inventar fantasías contra el padrastro.
Yo me robé del armario una vieja escopeta de caza que mi padre tenía como herencia. ¡Qué la iba a usar semejante cagasantos! Algunos amigos me enseñaron a usarla, a aceitarla, a cargarle los cartuchos. Nos íbamos con la Trinis a practicar puntería al barranco que separaba el pueblo de otro cercano. A veces el viejo se iba por ahí a inspeccionar el único bien que nos había dejado mi padre: un terrenito en las afueras. Pensábamos venadearlo, pero jamás tuvimos el valor de hacerlo. La Trinis lo amenazaba, en voz baja, sacando fuerzas de la vejación que había sufrido. “Lo vamos a matar”, le susurraba, y salía corriendo. El viejo se quejaba con mi madre, que le daba grandes palizas a mi hermana. Ella, acostumbrada, se dejaba pegar. Bueno, al final algo hicimos. El viejo tenía una sola gracia: un camioncito Ford, con el que venía desde su pueblo. Un día le corté los frenos. Nos imaginamos que se iba a estrellar en el camino, o que se desbarrancaría en alguna de las profundas simas del altiplano. Nos fue mal. Como a la cuadra el viejo se fue a dar contra un poste. Se dio cuenta de lo que habíamos hecho, pero no dijo nada, porque el susto fue grande.
Eso, y el anuncio de que mi mamá se había quedado embarazada, lo alejaron definitivamente. Un día desapareció sin avisar. Nos habríamos alegrado, si no nos hubiera rebalsado la cólera y la vergüenza de ver a nuestra madre llorar sin consuelo por días y días, como si no existiéramos. “Es la calentura”, dijo la Trinis, que la despreciaba. Yo habría jurado que la Trinis no se iba a casar nunca, con la tirria que ostentaba contra los hombres y las mujeres que se enamoraban. En cambio, fue la única que tuvo un matrimonio que le duró toda la vida. Eso sí: el marido, de la jeta.
Por el resto, podría preguntar, como el cursi de Darío, si fue juventud la mía. Podría también falsificar la historia diciendo que pasé una época de bohemia. La verdad es que fui un borracho, un bueno para nada, pero con gracia. Hicimos un grupo de teatro, bajo la dirección de uno de los dos homosexuales distinguidos que había en el pueblo. Se llamaba Francisco Rosales, pero se adjudicó un nombre de arte: Emanuel de la Rosa, que le parecía más propicio a su estado artístico.
Como Francisco Rosales se hacía llamar licenciado, y era el regente de la farmacia. Cuando llegaba algún adolescente indígena lo hacía pasar a la trastienda y, con buenas mañas, trasteaba a los muchachos. Algunos, sabidos de que pagaba, pasaban a mayores. Como Emanuel de la Rosa se ponía un foulard de seda, se maquillaba con polvos de arroz y colorete, y se daba aires de artista, con indirectas venenosas, un vaso de whisky en la mano y la pierna cruzada. Era confidente de las muchachas y reía con exclamaciones cuando soltaba una gracejada.
El teatro, y sus ensayos, eran una excusa para parrandear. No es que exhibiéramos obras de gran categoría. Ni dábamos tanto como actores ni el público se lo merecía. Para Semana Santa era de rigor “La Pasión de Cristo”, una adaptación libre de los evangelios, sin que nadie se escandalizara de que un homosexual hiciera de Jesús. Comenzábamos con la Última Cena y terminábamos con las Siete Palabras. Durante la escenificación del camino al Gólgota, Obdulio y yo le dábamos sus buenos latigazos a Jesús, mientras le gritábamos, “Tomá ésta, rey de los judíos”. Emanuel se lamentaba y nos susurraba: “Me las van a pagar, hijos de puta”. Inmutables, le seguíamos azotando. Luego lo amarrábamos, bien amarrado, a la cruz, lo levantábamos, y Emanuel comenzaba con “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Algunos cuentan que una vez pusimos mal la cruz y que, amarrado de pies y manos, Emanuel cayó de boca. También cuentan que gritó, antes de caer: “Me rompo la madre, desgraciados”. Pero no es cierto. Nunca pasó. Es una cosa que relatan de todos los grupos de teatro.
Lo que es cierto es que una vez pasó por el pueblo un famoso actor español, que incluso había salido en una película. Naturalmente lo invitamos a que representara él a Jesús, y el ingrato se hizo pagar. Lo que no sabía era que el público se divertía durante la función, gritando todo tipo de obscenidades contra los actores. De vez en cuando les respondíamos. Y no importaba que fuera Don Juan Tenorio o la Pastorela de Navidad. Toscos había siempre.
