El Accidente - Paco Moreno Ortega - E-Book

El Accidente E-Book

Paco Moreno Ortega

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Once minutos pueden parecer pocos en nuestra vida diaria, no es así en el caso de Jacobo Soriano, nuestro protagonista, un padre de familia sencillo, un agente inmobiliario agradable, con buenos amigos y acostumbrado a una vida rutinaria Once son los minutos en los que transcurre esta novela en el recorrido por la sierra de Málaga, en un trayecto diario, recurrente, pero no por ello siempre igual, entre el trabajo y la familia, entre San Pedro de Alcántara y Ronda Paco Moreno Ortega, tras su primera novela La ingravidez del biombo nos adentra en El Accidente en una historia cercana, apasionante y centrada en el pasado y el presente de su protagonista. Donde nos muestra que por mucho que pensemos que nuestro día a día es una rutina de caminos y trayectos , pequeños factores son determinantes para cambiarlo todo.  

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Seitenzahl: 146

Veröffentlichungsjahr: 2021

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EL ACCIDENTE

Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico

Dirección editorial: Ángel Jiménez

Edición para eBook, julio, 2021

El accidente

© Paco Moreno Ortega

© Éride ediciones, 2021

Espronceda, 5

28003 Madrid

Éride ediciones

ISBN: 978-84-18848-11-7

Diseño: Éride, Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Todos los derechos reservados

PACO MORENO ORTEGA

EL ACCIDENTE

 

El Accidente

Once minutos pueden parecer pocos en nuestra vida diaria, no es así en el caso de Jacobo Soriano, nuestro protagonista, un padre de familia sencillo, un agente inmobiliario agradable, con buenos amigos y acostumbrado a una vida rutinaria

Once son los minutos en los que transcurre esta novela en el recorrido por la sierra de Málaga, en un trayecto diario, recurrente, pero no por ello siempre igual, entre el trabajo y la familia, entre San Pedro de Alcántara y Ronda

Paco Moreno Ortega, tras su primera novela La ingravidez del biombo nos adentra en El Accidente en una historia cercana, apasionante y centrada en el pasado y el presente de su protagonista. Donde nos muestra que por mucho que pensemos que nuestro día a día es una rutina de caminos y trayectos , pequeños factores son determinantes para cambiarlo todo

 

Minuto 11

Jacobo Soriano tuvo un golpe de tos cuando iba a bordo de su flamante Volkswagen Passat negro metalizado, que le obligó a reducir considerablemente la marcha para no tener un percance en la peligrosa carretera.

Afortunadamente —dio gracias a Dios mirando con recelo el quitamiedos de la derecha— nunca había tenido un mal contratiempo en aquella ruta que él hacía diariamente. Y eso que la carretera era propensa a todo tipo de peligrosas eventualidades, a sorpresas inesperadas motivadas por desprendimientos de rocas de sus numerosos taludes, alguna cabra en mitad de la calzada en una curva cerrada, un bache que no se veía bien, y, lo más peligroso, un derrumbamiento de un trozo de pista en algún lateral provocado por el mal tiempo reinante, sobre todo, en invierno, y cosas así.

Jacobo tomó, de una cajita azul con letras blancas que llevaba en la guantera, un comprimido para la tos mientras mantenía una velocidad prudencial con el coche. Extrajo de la pequeña caja el comprimido achaflanado, color rosa, y se lo llevó a la boca. Era de esos que se chupan, no masticable, lo que le hacía de fácil ingestión, sin la necesidad de agua u otro líquido.

Jacobo Soriano recordó entonces con desenfado y cierta triste nostalgia —siempre que tomaba uno de aquellos comprimidos lo hacía— la terrible tragedia vivida durante su infancia cada vez que tenía que ingerir alguna medicina en forma de cápsulas, comprimidos, tabletas o pastillas, casi se bebía una botella de líquido, buche tras buche, en tanto que el maldito comprimido se le quedaba siempre en la boca, escondiéndosele astutamente en un pliegue del paladar, bajo la lengua o en aquella mella de la encía inferior que tuvo siempre.

Aquel que acababa de tomar para la tos era algo más grande que los que solía tomar, pero tenía sus virtudes. No había que tragarlo, se iba deshaciendo en la boca y, además, tenía un agradable sabor a fresa.

Qué mala suerte había tenido durante toda su infancia —pensó Jacobo con cierto humor—. Todos los comprimidos que había tomado fueron para tragar enteros. Algunos de proporciones descomunales —pensó él—, lo que le hizo siempre propenso en cada enfermedad a sentir mucho más miedo a los medicamentos que al propio mal.

Jacobo paladeó el comprimido chupándolo con agrado, como queriendo desquitarse un poco, con resabios de aquella vieja catástrofe, aquellas batallas celebradas contra el agobio ofensivo que ocasionaban los comprimidos intragables cuando fue niño.

Apretó con suavidad el pie sobre el acelerador y el coche, libre de la mordaza, se deslizó como un pez por la calzada, como si respirase a pleno pulmón.

Jacobo sintió en su cuerpo la aceleración del coche a modo de algo que le empujaba gratamente hacia delante de una manera tierna y blanda. Su ropa se despegó ligeramente de su piel al paso de un nuevo aire que invadió la cavidad interior. Bajó algo más el cristal de la ventanilla de su lado pulsando el botón que estaba cerca de su codo izquierdo, impelido por el deseo de sentir aquel airecillo reconfortante, en la cara y en las manos, un poco más intenso.

A pesar del frío reinante fuera del automóvil, en el interior la temperatura era más bien cálida.

Ya no se veía nada. La noche acababa de cerrar hacía poco y la intensa oscuridad se adueñó de todo cuanto había de manera absorbente.

Jacobo tuvo la impresión —aunque probablemente no fuese así— de que su actividad física y mental se disminuía un poco, como si fuese también absorbida de algún modo por aquella compacta oscuridad. Su capacidad de ver, incluso de discernir, casi de moverse. Se sintió encerrado en el automóvil y que este lo transportaba como un fardo, sin su propio control, como algo que formaba parte del coche, y que aquel lo llevaba hacia un lugar desconocido elegido por el propio automóvil.

La sensación era incómoda, pero agradable al mismo tiempo. Por lo menos, nuevo para él. Le recordaba a los artilugios de las ferias. El látigo, por ejemplo, o la montaña rusa que recibían su cuerpo, se apropiaban de él, y, por un cierto tiempo, no era nadie sino un pelele, un harapo, zarandeado y afligido, a merced de la locura de un monstruo mecánico inhumano y cruel.

Podría ser que la oscuridad, deshaciendo todos los puntos de referencia, de contacto con el mundo exterior, contribuyera a crear aquel fenómeno consistente en reducir la actividad del cuerpo acercándolo a un estado de pasividad parecido al sueño o la flexibilidad.

Si aquello era así, Jacobo, reducido a un bajo dominio de sí mismo a la única actividad de conducir monótonamente su Volkswagen Passat, quedaba a merced de una circunstancia que nada tenía que ver con cuanto Jacobo pudiera decidir. Pero tampoco era así. Jacobo seguía siendo dueño del coche y de su voluntad. Todo lo más era que ambos caminaban juntos por aquel laberinto invisible de la noche, y aquella soledad irreversible de la inmensa montaña.

El monótono ruido del motor y el temblor aquel sobre los desiguales tramos del pavimento hicieron que despertara de aquella especie de reclusión, de aquella somnolencia. Puso su vista en lo primero que había delante de sus ojos. Lo más inmediato a él que tenía en aquellos momentos, los trazos blancos de la carretera —no había rayas continuas, ni intermitentes a causa del excesivo número de curvas—, y en el brillo exiguo y mate del borde metálico del quitamiedos coronado de manera casi continuada por los tableros de flechas blancas sobre fondos azul oscuro y agrupadas casi siempre en números de dos, tres o de cinco, según la amplitud y la visibilidad de las curvas.

Aquellas flechas indicadoras saltaban a la vista emergiendo desde lo más oscuro como una siniestra advertencia de que justo allí, allí mismo, estaba, velado, pero latente, un grave peligro que allí, a cuatro metros de él, de su Volkswagen Passat negro metalizado, y, solo a poquísimos segundos, aguardaba con todo su macabro esplendor, la muerte.

El comprimido que había tomado para el ataque de tos, había desaparecido en su boca quedando reducido a un pequeño corpúsculo que seguía estando por alguna parte y llenándole el paladar de un intenso sabor a fresa.

El ejercicio que su lengua había hecho para deshacer y tragar el comprimido, le había llenado la boca de una saliva dulzona, aromática y viscosa donde seguía permaneciendo el sabor a fresa que Jacobo tragaba continuamente. Por un instante pensó que si su organismo se disparaba fabricando saliva de aquel modo con sabor a fresa, estaba claro que bien podría terminar ahogándole, evidentemente de una manera dulce y sabrosa, pero no fue así.

Por fin, tras una nerviosa persecución con su lengua por toda su cavidad bucal, encontró en un rinconcito de la encía de abajo, pegado a la raíz de un diente, el último retazo del comprimido que aún emanaba un leve hilo de sabor a fresa.

Fue lo mismo que en su infancia cuando se atiborraba de buches de agua para tragarse un comprimido que solía esconderse bajo la lengua u otro intersticio bucal impidiendo su deseada ingestión. Pero aquella vez sin aquel folletinesco drama.

Jacobo dejó escapar un leve suspiro de desahogo notando el regusto de un extraño placer todavía infantil. Condujo lo que quedaba del comprimido, ya casi impalpable, pero sin abandonar su sabor a fresa, hasta la entrada de la garganta y con solemne austeridad, con la misma severidad con que se colocaba un condenado junto al paredón para ser fusilado. Jacobo Soriano tragó aquel resto de comprimido dándole mentalmente todo tipo de privilegios. Con toda seguridad ya se había resarcido de todos los desagravios sufridos por aquellos comprimidos que había ingerido a lo largo de su vida.

Todo esto, aparentemente banal, cobraba una gran importancia en aquel momento cuando Jacobo hacía un balance de cuanto la vida le había ofrecido, cuanto aún esperaba de ella, y cuanto, en aquel preciso momento, enriquecía su patrimonio espiritual.

En aquel gran silencio que imponía la noche y en aquella soledad persistente y opresiva que invadía la ruta, a Jacobo, pensar en algo le venía bien. No importaba en qué, solo se trataba de agilizar su mente. Como verse sobrevivir a aquel rígido aislamiento, a aquella instantánea desconexión del mundo. Si bien, dentro de poco todo habría cambiado nada más llegar a su hogar, donde le esperaban los suyos.

Entonces se trataba solo de atravesar la sierra, de sortear todos los peligros que encerraba la carretera. Conducir, aunque fuese por una ruta peligrosa, terminaba dando confianza al conductor que llegaba a verla como algo monótono y aburrido, así que había andado por ella cierto tiempo y esto era lo que Jacobo no quería. Aquella carretera requería toda la atención, como lo estaba pidiendo también en aquella oscura noche. Su deber de hombre responsable, lleno de compromisos, de obligaciones, de espléndidas perspectivas, se sentía ligado a un futuro que le llegaba lleno de triunfos, de éxitos, de halagüeñas esperanzas. Como no podía ser de otro modo —pensaba Jacobo con entusiasmo y vanidosa presunción— si tenía a su lado la protección de los dioses de un favorable destino. El ejemplo de haber sido siempre un afortunado, un ser mimado por la buena suerte.

Recopilaba muchos recuerdos de cuanto había vivido y los encontraba más dichosos que tristes y dolorosos. Desde niño había sido una criatura venturosa, querido por su familia, sus amigos y sus maestros. Cuando se casó, la mejor mujer del mundo se vino a vivir con él.

En los labios de Jacobo apareció, tímida y débil, una sonrisa mientras seguía con atención el zigzagueante trazado de la ruta. Las flechas, inacabables, que indicaban las también inacabables curvas. Cada oscuro bulto que emergía a los lados de la calzada que pudiese ser un animal atropellado, una roca desprendida del barranco, o la rama de algún pino que el viento hubiese tronzado de aquel bosque de coníferas que no solo festoneaban ininterrumpidamente la carretera sino que poblaban tupidamente toda la sierra. Luego Jacobo comprobaba que muchas de las sombras que se manifestaban como bultos salidos al paso eran simples fenómenos ópticos que las sombras y la velocidad solían producir, aunque la carretera no estaba exenta de que en algún momento pudieran ser reales.

Jacobo sabía que conocer bien una ruta —él conocía aquella metro a metro— y tener un buen dominio del volante, garantizaba ya cierta seguridad en el viaje, como también que todo aquello junto no servía apenas, o nada, de inmunidad para evitar la contingencia ni el fatal imprevisto.

Aquella leve sonrisa —aún continuaba asomada a sus labios— era provocada por todas aquellas cosas sutiles y, a veces, imprecisas que dan emoción a los pequeños recuerdos que, en el caso de Jacobo, llenaban con dulzura el trasfondo de su felicidad.

Ese equilibrio sistemático de lo que se tiene, lo que se siente y los agentes externos que lo provocan haciendo, por tanto, con toda evidencia a Jacobo en aquellos instantes un hombre feliz.

Minuto 10

Jacobo acarició el volante de su coche con el mimo con el que un guerrero antiguo acariciaba el cuello de su caballo alazán de largas crines. Lo retenía suavemente y lo dejaba ir como si aquel tuviese vida recibiendo su respuesta emocional igual que la de otro ser y con el que se pudiera dialogar.

No en balde era algo con lo que Jacobo convivía casi permanentemente por razones de su trabajo, su fiel Volkswagen. Y aquel parecía haber comprendido las muestras de estima de su dueño, no dándole recíprocamente ningún problema serio, no teniendo nunca ninguna avería. Tan solo, muy esporádicamente, algún pinchazo; casi siempre en una rueda trasera, los menos peligrosos, y paremos de contar. Por lo demás, Volkswagen y Jacobo —tanto montaba…— formaban una unidad perfecta.

Por otro lado, Jacobo, desde hacía años ejercía un trabajo que le gustaba y que le reportaba un buen sueldo. Era agente de una inmobiliaria en la calle Lagasca de San Pedro de Alcántara. Tenía una buena clientela y magníficos compañeros de oficina, en particular, Jaime, su amigo de la infancia, a quien adoraba.

Y sobre todo tenía lo más importante de su vida, Rocío, su mujer de la que seguía enamorado como el primer día. Y tenía también, gracias a Dios, a sus dos hijos, Rociíto y Daniel. De diez años ella y de nueve el varón.

Vivía en una hermosa ciudad, Ronda. Sus padres y sus dos hermanos, Ramón y Consuelo, así como sus tíos y dos de sus abuelos, tenían la suerte de estar vivos aún. Tenía buenos amigos, tanto en Ronda como en San Pedro de Alcántara.

El recuento pormenorizado de aquella gran riqueza constituía, sin ninguna duda, el motivo de aquella felicidad que Jacobo sentía.

Sabía que pensar en aquellas cosas íntimas y profundas, aquellas que cada corazón albergaba con emotividad dentro de sí, era un gran estímulo para él en aquellos momentos donde no podía dejar de sentirse huérfano y aislado. Un poco perdido en la agreste montaña y la negra soledad de la noche.

Contando además con el riesgo que implicaba la conducción de su vehículo.

Reconocerse amado era reconocerse vivo, y sentirse vivo era disponer de infinitos recursos para afrontar la existencia en toda su inmensa variedad de circunstancias. Recursos imprescindibles y muchas veces elementales —como la vida misma— eventualidades como las necesarias en aquellos momentos para vencer el riesgo que producían la noche y la obligada ruta.

Una prueba difícil que Jacobo tenía que ganar cada noche yendo desde San Pedro de Alcántara a Ronda.

Jacobo podía explorar desde su Volkswagen Passat hasta el fondo, todo lo agresivo que tenía el paisaje, y también todo lo hermoso y espectacular. Lo tomaba siempre con calma, casi a la ligera, como si no revistiese apenas peligro alguno, sabiendo que no era así. Pero era la única manera de hacer aquel recorrido, de atravesar la montaña cubierta de pinos y, a veces, de nubes o de niebla, o bajo una lluvia torrencial del modo más relajado. Con más ganas y más ilusiones para estar cuanto antes junto a Rocío, Daniel y Rociíto.

Luego, ya en casa, al calor del hogar, de los suyos, tendría tiempo de desquitarse de los momentos de inquietud, de incertidumbre vividos y sentirse otra vez un hombre afortunado.

Sonó el móvil. Era Rocío. Jacobo puso el manos libres, y la voz de su mujer, si bien algo metalizada y descompuesta como las voces terribles de las películas de acción, llenó de vida la cabina del Volkswagen.

—Estoy impaciente —dijo preocupada— ¿tardarás mucho aún?

—No debes alarmarte —dijo Jacobo con voz suave y cierta sorpresa— casi estoy llegando.

Rocío dio un grito de alegría.

—¿Llegando dices? Eso quiere decir que estás ya en Ronda, ¿no es así?

—Bueno, todavía no, pero lo haré pronto —contestó Jacobo intentando tranquilizarla—. Tú sabes que mi horario lo establece el trabajo. Hoy he tenido un día mortal —y añadió— me extraña que te preocupes de esa manera, nunca te ha ocurrido ¿cómo es eso?

—Tienes razón, Jacobo —dijo Rocío un poco confusa—. No sé qué puede ser. Esta noche me parece más desangelada que otras, será eso.

—¿Te encuentras mal? La voz de Jacobo tembló un poco.

—No, no, estoy bien, solo que, no sé, será… como llevo tanto tiempo sola… —se apresuró a contestar Rocío. Luego añadió con desagrado— no me gusta que me mientas, seguro, que sabe Dios si estás todavía en la oficina.

—No estás sola, están los niños, y tienes la escuela de párvulos donde estás todo el día —se apresuró a corregir enojado Jacobo— quítate esa idea de encima.

Jacobo se sintió después triste, no sabía cómo explicarle que no tardaría en llegar, que no tenía por qué preocuparse tanto. Que era absurda aquella impaciencia, pero ella se lo había dicho: «Esta noche me parece más desangelada que otras». Le supo mal haberle mentido, pero fue tan solo para que no se preocupara demasiado. Sabía cómo era.

Luego quiso tranquilizarla de otro modo, con otras palabras.

—Debes perdonarme, Rocío, ha hablado mi deseo de estar junto a ti —explicó Jacobo con calma y una voz dulce, humillada—. No, no estoy en la oficina, voy camino de Ronda. Ya llevo andado la mitad. Pronto estaré en casa.