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Un thriller psicológico donde una muchacha se enamora de una entidad invisible que consigue percibir sólo gracias a su hermano, un muchacho enfermo de esquizofrenia paranoica.
Daisy, dieciséis años, está determinada a perseguir su sueño de convertirse en una cantante. Después de una prueba es escogida para participar en un concurso de talentos. Durante el espectáculo los jueces comienzan a escarbar en su pasado haciéndole preguntas incómodas, a menudo crueles, y todo en nombre de los niveles de audiencia. Mientras ella confiesa entre lágrimas haber tenido una infancia marcada por el suicidio de su padre, se produce un accidente que causa la muerte violenta de uno de los jueces. Adriano, el hermano de Daisy enfermo de esquizofrenia, sabe que no se trata de algo casual. Alguien, o algo, se está introduciendo lentamente en la vida de la muchacha: una entidad maligna y asesina que sólo ella consigue detectar. Mientras tanto Guido, un joven y tímido periodista enamorado de Daisy, gracias al descubrimiento fortuito de un manuscrito del siglo XVII comienza a investigar sobre la vida de Pardo Melchiorri, un pintor tullido condenado por hereje por la Santa Inquisición. La investigación conducirá a Guido al interior de los muros de un monasterio benedictino donde descubrirá que el destino de Daisy está ligado al del pintor muerto cuatro siglos atrás…
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Seitenzahl: 492
Veröffentlichungsjahr: 2020
DEL PECADO
Esta novela es una obra de fantasía. Los personajes citados son invención del autor y su finalidad es dar veracidad a la historia. Cualquier parecido con hechos y personas, vivas o no, es pura coincidencia.
Copyright © 2018 Valentino Grassetti
Título original: L’alba del peccato1 edizione agosto 2018
Autor: Valentino GrassettiTraducción: María Acosta Díaz
Proyecto gráfico: [email protected]
EL AMANECER DEL PECADO
Violo la tela con pinceladas nerviosas, impulsivas y poderosas.Sucias de verdad.(Pardo Melchiorri. Pintor)
Nicole Dubuisson hacía todo lo posible por agasajar a Paolo Magnoli con algunos juegos eróticos a los que gustaba definir como très rare, donde el sexo era a menudo una nota al margen de sus vidas complicadas.
En la cama, Nicole no tenía necesidad ni de amor ni de perversiones. Nada de esposas, cuerdas o látigos para herir la carne y mitigar las cicatrices del alma. Ningún sentimiento, por muy puro o indecente que fuese, le procuraba placer. Nicole gozaba sólo disfrutando del sabor de la venganza.
Se tiraba a Paolo Magnoli porque tenía una cuenta pendiente con el marido. Una lista de pequeñas y grandes incomprensiones, una lista negra, tan larga como una existencia, la había inducido a odiar al cónyuge hasta el punto de tenerlo cerca, pero sólo para poderse librar de él a su manera. Nicole, de hecho, había decidido arruinarle la vida sin papeles timbrados. Nada de adioses melancólicos incitados por los honorarios indecentes de algunos abogados. Si Paolo Magnoli daba un sentido a las miserias de su vida dejándose meter un tacón de doce centímetros en el culo por Nicole, para ella satisfacer las fantasías eróticas de un amante depravado representaba, nada más, que uno de tantos movimientos de una partida de ajedrez jugada contra el mismo concepto del matrimonio. Una institución tan castradora debía ser castigada. Este era su pensamiento recurrente cada vez que salía de casa llevando ropa interior de encaje y sonrisa sugerente.
Los dos amantes vivían en Castelmuso, un pueblo de quince mil habitantes, un punto geográfico suspendido en el tiempo, instalado en una colina al abrigo del mar Adriático.
Un cartel informaba a los turistas que el pueblo estaba incluido entre los pueblos más bellos de Italia. Surgía en el punto más alto de una hermosa colina, donde las casas, los palacios suntuosos y decadentes, las bóvedas entre los callejones, las arcadas inestables eran una invitación a tocar con la mano aquellas piedras cargadas de la energía de todos sus fantasmas.
Sandra, la esposa de Paolo Magnoli, echó de casa al marido cuando el psicólogo le dijo que los hijos estaban preparados para renunciar a la presencia de un padre tan degenerado. Una semana después de haber sido expulsado de la familia, encontraron el cuerpo de Paolo en los alrededores de la casa rural I Cavalieri. De la rama de un robusto roble colgaba un tirante elástico: su última corbata.
Los habitantes de Castelmuso dijeron que había perdido la cabeza a causa de lo que llamaban el póquer perfecto: cuatro ases hechos de coca, whisky, deudas y vaginas absorbe Mastercad. Daisy, la hija de Paolo Magnoli, tenía doce años cuando ocurrió la tragedia. Adriano uno menos. Los dos niños no perdonaron jamás al padre el haber salido de sus vidas de una manera tan miserable.
Pero esto, ahora, formaba parte del pasado.
El primer jueves del mes era una jornada especialmente gris. Las nubes bajas se habían posado sobre los tejados, la llovizna batía insistente sobre las ventanas de la escuela. A pesar del tiempo Daisy Magnoli tenía la sol en el bolsillo. Había llegado la noticia que tanto esperaba y no conseguía esconder el entusiasmo. Se presentó en el curso de psicología en la hora del descanso.
Entró en el aula con el paraguas volteado por el viento, el abrigo goteando, una tarta adornada con cintas con un lazo plateado y una sonrisa que convertiría en perfecto aquel instante. Estaba lista para dar la Noticia de las Noticias. Antes, sin embargo, debía recurrir a un ritual, algo que no rompiese el equilibrio, como le gustaba decir. La cosa era bastante delicada y las muchachas no eran, realmente, unas santurronas. Sobre todo aquellas del último año, víboras experimentadas que no dejaban pasar nada a nadie.
Quien iba al curso de psicología sabía perfectamente que entre los estudiantes era necesaria una buena armonía o, por el contrario, un completo desacuerdo. Daisy sabía hasta que punto los contrastes entrenaban el temperamento y formaban el carácter, animando las discusiones. Pero en el aula B del instituto Giacomo Leopardi no había ni una ni otra. Las relaciones entre las chicas podían considerarse demasiado vagas e indefinidas, hasta el punto de inducirles a fingir ser todas más o menos amigas entre ellas.
Daisy se quitó el abrigo, apoyó sobre la mesa del profesor el paquete que acababa de retirar de Le Romains, la pastelería que había delante del instituto. Sopló a un mechón de cabellos suaves y lisos que le cubrían la frente. Quería escrutar la fila de pupitres, desde los cuales miraban furtivamente sus compañeras. Todas querían saber pero ninguna de ellas osaba preguntar.
El dulce, sin embargo, era una pista.
Daisy deshizo el lazo y desenvolvió la tarta. Extrajo de la mochila un paquete de platos de plástico, quitó el envoltorio y cortó en trozos el manjar de hojaldre.
Las muchachas empezaron a mostrarse en desacuerdo con el dulce. Las que seguían una dieta se lo agradecieron y evitaron incluso probarla. Las otras, convencidas de que las restricciones alimenticias hacían perder el tiempo más que los kilos en exceso, disfrutaron de la tarta considerándola algo parecido a su idea del paraíso.
–Venga, cuenta como ha ido todo –preguntó entusiasmada Lorena Rossi disfrutando del suave aroma del flan parisino con su delicado regusto a limón.
–Oh, bueno… ¿por dónde empiezo? Dejadme pensar –comenzó a decir Daisy, con los ojos brillantes intentando retener recuerdos emocionantes. Quería contarlo todo. Pero el equilibrio era el equilibrio y debía tener cuidado. Respiró profundamente, la sensación de que todo lo que tenía que decir, las palabras, las frases que debía combinar, las mismas letras del alfabeto, se resistían a salir. En ese momento tuvo una extraña fantasía: imaginó la forma de tejado a dos aguas de la A presionando sobre el esternón, las curvas de la B empujar por detrás, de la misma manera que las semi curvas de la C y las líneas cóncavas y convexas de todo el alfabeto.
El discursito que se había preparado parecía no querer salir de su boca. La imaginación se obstinaba en no querer que diese la Noticia de las Noticias.
–Cómo ha ido… vale, bien: llegué con mi madre al Hotel Granduca, el de cuatro estrellas en la carretera estatal –consiguió decir finalmente. –Afuera había un montón de gente. Al principio tenía un miedo impresionante, luego me calmé y he pensado maldita sea, pasaremos aquí la noche. Por suerte he descubierto que muchos eran figurantes. Muchachos mandados por la productora. En definitiva, un poco de teatro para el backstage para ver en la televisión. Los que estaban allí para la audición serían más o menos unos cincuenta.
– ¡Mierda! El timbre. Tenemos poco tiempo –se mordisqueó los labios Lorena, que instó a las chicas a acabar la tarta.
– ¿Y después? ¿Después qué ocurrió? –preguntó ansiosa la amiga que empezó a recoger los platos y los cubiertos esparcidos por los pupitres.
–Luego he entrado en la sala de conferencias –continuó Daisy. –Habían montado una especie de sala de pruebas. Luces bajas. Focos en la cara, sudor, colorete chorreando en las mejillas y toda esa historia. Había tres tíos sentados en la mesa con caras aburridas y de funerarios. Ha comenzado a sonar la base rítmica. He cantado durante un minuto, creo. Luego han sacado la música. Yo estaba parada, no respiraba y esperaba el veredicto, pero me han despedido sin ni siquiera mirarme a la cara. ¡Dios, ni siquiera una ojeada! Pensaba que no me habían cogido. Punto. Fin de la historia. Durante dos semanas he mandado a que les diesen por el culo a los sepultureros, luego, de repente, cuando había dejado de pensar… ¡tachán! ¡Ha llegado ella! Corrió ágil y elegante en el hilo del teléfono, yo, desde la otra parte, levanté el auricular. Ella, la llamada, había llegado al fin.
Daisy contuvo la respiración, antes de que las palabras comenzasen a desplazarse fluidas y ligeras.
–Chicas, agarraos. Participaré en la próxima edición de Next Generation.
Un murmullo de sorpresa recorrió los pupitres. Le siguió un montón de felicitaciones, algunas sinceras, muchas forzadas, otras que sonaban como una sentencia de muerte.
Algunas muchachas, sobre todo las más listas del curso, no aguantaban que una como Daisy Magnoli, con un nivel escolar bueno pero no realmente alucinante, pudiese hacerles sombra con aquella noticia imprevista que hizo demasiado daño a su ego. Daisy pensó que era normal. Los celos eran parte del juego. Y además estaba habituada a ser considerada fastidiosa.
Daisy Magnoli estaba en el tercer año de instituto. A pesar de la adolescencia marcada por la muerte de su padre, parecía la publicidad de la vida.
Los cabellos largos y brillantes, la sonrisa esplendorosa, los ojos azules abiertos de par en par al mundo, la expresión del rostro frívolamente maliciosa o inocente dependiendo del capricho del momento. Y luego la belleza de un cuerpo hecho para ser deseado… todos los ingredientes que creaban un encanto particular del que nadie era capaz de sustraerse.
Todos motivos perfectos para ser odiada.
Observó que Milena Nassi y Susy Del Nero eran las más envidiosas. Las dos de dieciocho años, conocidas como la rubia y la morena de quinto D, tenían los labios vueltos hacia arriba forzados en una sonrisa artificial, los ojos fríos centelleantes de malicia que parecían decir: Disfruta ahora, querida. Disfruta mientras puedas…
Daisy sabía que participar en el programa estrella del Canal 104 estaba fuera del alcance de todas las muchachas del instituto y se preguntó en qué maldad estarían pensando. En ese momento oyó una frase en boca de Lorena.
–Me pregunto, ¿estáis bromeando? –gruñó la chica a Milena y Susy. – ¿No lo estáis pensando realmente?
Ninguna de ellas respondió pero miraron a Lorena con una elevación de cejas condescendiente, como diciendo que ella hacía bien en sacar las garras para defender a la amiga pero eran ellas las que tenían razón.
–No. Lo digo en serio. ¿Qué tiene que ver…?
Daisy no oyó la frase de Lorena debido al ruido de una mochila tirada sobre el pupitre. Pero no se le escapó el movimiento de labios de la compañera. Los labios húmedos de Lorena se habían movido nerviosos arriba y abajo acabando una frase que le arruinó el resto de la jornada.
–… ¿qué tiene que ver su padre?
El ego de las dos muchachas para no sentirse dolido había llegado a un compromiso: la convicción de que Daisy, la hermosa Daisy, la flor perfumada Daisy había sido escogida porque en la televisión adoran las historias fuertes. Y Daisy tenía un padre que se había suicidado.
Pronto, sobre el escenario de Next Generation bailarían las sombras de su pasado.
Archivo clasificado nº 1
La redacción ha recibido la documentación grabada
Entrevistando al testigo (omitido)
GRABACIÓN COMPLETA
– ¿Comenzamos la charla? ¿Qué piensas?
–Vale. Estaba con una abstinencia del carajo, ¿vale? Necesitaba chutarme. Por eso había ido abajo, a la costa. Son sólo cinco minutos en coche.
–Alberto, por Dios, que estás en arresto domiciliario. ¿Quieres volver a la cárcel? Sabes cuánto han gastado todos contigo.
–Lo sé, lo sé. La comunidad, la recuperación y todo lo demás. Es gracias a ellos que no he muerto de sobredosis. De todos modos, el cerebro lo tengo frito. Tengo también los dientes rotos, las cicatrices en los brazos, las señales de las puñaladas de los traficantes en la espalda, el culo roto. Soy una ruina, es verdad. Un alma perdida. Pero no soy un mentiroso.
–Entonces, ¿es verdad?
–Yo nunca he creído en Mazinger Zeta o El Hombre Delgado o cualquier otro puto y jodido superhéroe. Pero aquello de allí no era normal.
–Cuéntamelo otra vez.
–Pero ¿por qué grabas esta historia? ¿Luego se la das a los carabinieri?
–Alberto, te hemos sacado de la cárcel no sé cuántas veces. ¿Y todavía no te fías de mí? Venga, cuenta.
–Oh, vale, mierda. ¿Otra vez?
–Otra vez, sí.
–Ok, ok. Vale: eran más o menos las tres de la madrugada. En el distrito del Duomo todo está muerto a esa hora. Estaba sentado en las escaleras de la iglesia, el torniquete apretando el brazo y la jeringuilla buscando una vena decente. Antes, en casa, había vomitado y tenido algunas convulsiones. Bueno, debía pincharme. Apenas media hora y ya tenía el material. No sabía dónde carajo inyectármela. Los brazos estaban hinchados y lívidos, llenos de agujeros, todo hematomas rojos, azules y verdes. Faltaba la media luna para ser la bandera de Azerbaiyán. Las piernas estaban aún peor que el resto. Finalmente me he quitado un zapato para pincharme en la planta del pie. Con la heroína circulando estaba como Dios. Luego veo esa furgoneta blanca. Bajaba tranquila. Sabes, de esas con el cajón detrás que usan los albañiles.
–Lo sé. Conocía a Giovanni.
– ¿Y quién no conocía a Giovà1? Un día me ha dado un montón de golpes. Quería robarle un saco de cemento del almacén, vamos, para venderlo y sacarme unos euros. Sus manos parecían dos palas. Dijo que me apreciaba y que no quería engañarme, sino que quería hacerme comprender el valor de las cosas que se ganan con sacrificio. A su modo era un educador.
–No divagues. Dime lo que pasó después.
–Bien, Giovanni coge la calle hacia Porta Duomo, pasa el semáforo que indica los trabajos en curso. La calle es estrecha, un poco porqué está encerrada entre los edificios, un poco porque hay un montón de adoquines amontonados sobre el borde de la carretera. Estaban rehaciendo la acera. Luego llega ese taxi en sentido contrario. Iba como loco y… ¡pum! Un choque frontal terrorífico. El taxi vuelca de un lado y comienza a arder. El taxista sale, no sé cómo. Tiene la camisa cubierta de sangre. Da unos pasos, se cae de rodillas y luego da con la cara en el suelo. No entendía si se había muerto o sólo desmayado. Mientras, el pobre Giovanni estaba dentro de la furgoneta con la cabeza saliendo entre los cristales del parabrisas. La sangre caía sobre el capó y… amigo, ¿estás bien? estás blanco como el papel.
–No, todo está bien. Giovanni no merecía morir de esa manera. Continúa.
–Sí, pobre Giovà. Pero ¿es cierto que luego me darás treinta euros?
–No son para ti sino para tu madre. Debe hacer la compra esa santa mujer.
–Ok. Tranquilo que no me compraré droga. Entonces: un momento más tarde el taxi fue envuelto por las llamas. Una escena horrible. Ella estaba dentro. En una trampa como un ratón. Luego llegó ese tío.
– ¿Puedes describírmelo?
–No sé qué cara tenía. El humo venía hacia mí. Estaba muy colocado y no podía levantarme. Pensaba que iba a morir intoxicado. Tosía y vomitaba, un poco debido al humo y un poco por la heroína que estaba cortada con alguna mierda. De todas formas, tenía los ojos bien abiertos, la cabeza envenenada con la droga me hacía creer que era un héroe valiente que debía mirar a la cara a la propia muerte. Sólo que vi otra cosa. Observé a aquel tío en medio del humo que se acercaba al coche. El automóvil era un balón de fuego. El traje del tío se incendió y él comenzó a arder. Juro por Dios que ardía pero era como si no se diese cuenta. El cabello crepitaba, la piel de la nariz chisporreteaba sobre la tierra como si fuera aceite frito. A pesar de todo esto el hombre abrió la ventanilla, abrió la portezuela desde el interior y la sacó. La tenía entre los brazos que, por lo demás, ya no eran brazos sino dos tizones negros. La alejó de la hoguera y la tendió en el suelo. Yo me puse a reír. Me ocurre siempre cuando estoy con la sobredosis. Si debo morir quiero hacerlo con un cierto optimismo. Lo último que recuerdo es a ella: quemada, los vestidos todos quemados, el rostro desfigurado, un muslo medio descarnado que dejaba ver un trozo de fémur. Los músculos, los nervios, los tendones, todos fuera… el resto de la piel alrededor de la pierna era una mancha de grasa disuelta que se derramaba por la carretera como la meada de un perro.
– ¿Sabes quién era la muchacha?
–No. Nunca lo supe. Estaba irreconocible y… pero, tú estás mal.
–No, no… tranquilo.
–Estás realmente mal. ¡Cristo! No llores, venga.
–No es nada. Continuemos. Háblame del hombre. ¿Qué recuerdas?
–Recuerdo que se alejó. Un tizón quemado que caminaba con paso tranquilo en dirección al arco de Porta Duomo mientras todo a su alrededor se animaba. Recuerdo las caras de los del barrio que bajaban a la carretera con cubos y extintores. Luego las sirenas, las luces intermitentes de la ambulancia, algunos maderos. El tío que se estaba quemando se había ido de la misma manera en que había aparecido, en silencio. Y luego la oscuridad. Me había quedado en coma por sobredosis. Y… ¿estás mejor ahora?
–Ya ha pasado. Gracias.
–Vale.
–Volvamos a lo nuestro. Alberto, ¿estás convencido de haber visto a aquel hombre? Porque nadie sabe nada de él. Ha desaparecido sin dejar huella.
–Lo sé. Nadie lo ha visto y nadie me cree. ¿Por qué deberían? Sabes cómo me consideran. Yo para ellos soy escoria. Y la escoria es irrelevante, mentirosa, astuta y traicionera. ¿Quién va a creer a Alberto El Gualdrapa? Sin embargo, tú me crees.
– ¿Qué te lo hace pensar?
–Porque no estarías aquí haciéndome todas estas preguntas. ¿Hemos acabado?
–Sí, hemos acabado.
– ¿Puedes darme otros diez euros? Te juro por Dios que son para cigarrillos.
–Ya has robado treinta del cepillo de las limosnas en la iglesia, Alberto. Date por satisfecho.
–Te prefiero cuando lloras. Cabrón.
Fin de la grabación.
1 Nota del traductor: En dialecto, en el original. Manera familiar de llamar a Giovanni.
Los rituales domésticos de Sandra comenzaban por la mañana temprano. Eran aburridos y siempre los mismos pero ella no los consideraba humillantes.
El esquema fijo comprendía: lavar y vestir a Adriano, preparar el desayuno, dar de comer a Chicco, el husky siberiano con el hocico de color ceniza y un carácter pérfido, limpiar el lecho, vaciar o llenar la lavadora, vestirse, maquillarse, ir al trabajo. Naturalmente, había muchas variantes y algún imprevisto para animar las costumbres domésticas.
Ese día fue su hija la que rompió el esquema. Daisy y su hermano estaban sentados delante de dos humeantes tazas de café con leche cuando Sandra cogió la tablet para leer Cronache Cittadine, el periódico digital de Castelmuso.
Había tenido lugar un accidente. Una anciana había recorrido en sentido contrario un trozo de la autopista y se había estrellado contra un TIR. Cuando un castelmesino moría de aquella manera acababa siempre en la primera página. Pero no ese día. El puesto que habría correspondido a la mujer muerta había sido ocupado por una foto enorme de Daisy. Un selfie seductor cogido prestado de Facebook, donde la curva suave de sus pechos se entreveía bajo una camiseta de tirantes anudada maliciosamente por encima del ombligo. Daisy era la noticia del día.
Sandra, después de un instante de asombro, mostró la foto a su hija que enrojeció de vergüenza.
–Pero maldita sea… esta, Guido me la paga –dijo con un tono desesperado en la voz.
Guido Gobbi era su compañero de clase. Hacía prácticas como aspirante a periodista en Cronache Cittadine. Pensaba que la impresionaría dedicándole la noticia de apertura. El artículo no estaba mal, pero aquella foto…
– ¿Qué se le ha pasado por la cabeza a ese tonto? ¡Por Dios, no! Las espinillas. No me había dado cuenta de las espinillas. ¿Por qué no las ha quitado con el Photoshop?
– ¡Pero qué va! Si estás muy bien –le aseguró Sandra, desaprobando, de todas formas, la costumbre de su hija de retratarse en poses sexys, realmente poco apropiadas para su corta edad. No le riñó sólo para no dañar la reciente autoestima fresca y en desarrollo, y por lo tanto frágil, de la adolescente Daisy.
La muchacha arrebató la tablet de las manos de su madre y leyó: Daisy Magnoli ha comenzado a cantar y a bailar a los seis años. Ha participado en numerosos concursos, venciéndolos, entre ellos Il nuevo Cantagiro, y la tercera edición de Una voz para ti. Ha grabado un vídeo (dirección y música de Adriano Magnoli) titulado I’m Rose. La pieza ha conseguido más de cuatrocientas mil visualizaciones. De ahí a ser elegida para participar en un concurso de talentos apenas un paso. Muy pronto veremos a nuestra conciudadana en el Canale 104, ¡perdonad si no es mucho! No nos queda otra cosa que desearle la mejor de las suertes a Daisy Magnoli.
–Un artículo profundo, no hay más que decir –dijo Daisy poniendo la cara larga.
–No está tan mal –le aseguró Sandra –Guido ha sido amable, sobre todo cuando… Sandra hizo una pausa, como si debiese decir algo para que supiese que le importaba…–sobre todo cuando han nombrado a tu hermano.
–Bueno, Adry, ¿no estás contento? –preguntó la madre mostrando el artículo al hijo. –No ocurre todos los días que aparezcas en los periódicos.
Adriano no respondió. Miraba la taza que estrechaba entre las manos, un reguero de leche que descendía al lado de sus labios temblorosos, la mirada que a ratos parecía apagada y a ratos buscaba la de la madre. Pero en ese momento los ojos sólo estaban llenos de vergüenza. Sandra suspiró paciente. Alargó la mano sobre la mesa apoyándola sobre la bragueta de los pantalones del hijo. Estaba empapado de orina.
Debía cambiarlo otra vez. También esto formaba parte de sus rituales cotidianos. Daisy se había dado cuenta de la incomodidad de su hermano pero, como siempre, hizo como si no pasase nada.
–Me voy al colegio. Hasta luego, hermano. Por favor, pórtate bien. –exclamó estampándole un beso en la mejilla. Desde el momento en que comenzó a tener un hermano enfermo, embutido de fármacos y atontado por un destino hecho sólo de mala suerte, la mejor cura había sido alimentarlo con grandes dosis de amor. Daisy lo había comprendido perfectamente y hacía todo lo posible por ponerla en práctica.
La muchacha puso la mochila en bandolera y salió de casa. El bus estaba parado en la carretera, justo delante del camino de su edificio, un chalet de dos pisos con las vigas a la vista, las cristaleras anchas y luminosas y un jardín florido, pequeño reino indiscutido de abejas y mariposas de colores en busca de dulces e intensos perfumes. El chalet, junto a una cuenta sustanciosa a nombre de los hijos, fueron las únicas cosas soportables dejadas por Paolo Magnoli antes de suicidarse.
Daisy subió al autobús, la puerta se cerró por medio de un émbolo a sus espaldas. Durante el trayecto repasó mentalmente la lección de historia.
Torcuato Tasso nació en Sorrento el 11 de marzo de 1054. Hijo de Porzia dei Rossi y de Bernardo, un cortesano y literato. Cuando quedó huérfano de la madre siguió al padre a Urbino, Venecia, Padova… y luego, luego… uff… ¿pero quién puede recordar el resto?
El bus remontó la vía estrecha y tortuosa y se introdujo en la carretera de circunvalación. A las ocho de la mañana los habitantes de Castelmuso siempre estaban a la cola ocupando las dos rotondas de aquel tramo de la carretera provincial donde un guardia urbano, obeso y aburrido, daba salida al tráfico con una ridícula autoridad.
El instituto Leopardi se encontraba al final de la última rotonda, un edificio de tres pisos de ladrillos rojos con un techo plano que hacía las veces de terraza. Había sido construido en los años ochenta, cuando el pueblo tendía a expandir la periferia hacia la vertiente este, no demasiado alejado de la zona industrial.
Daisy bajó del autobús, atravesó el portón y luego el patio para llegar hasta el aula de literatura. Algunos estudiantes la saludaron con chistes ingeniosos; alguno silbaba con los dedos en la boca, otros batían las manos para tomarle el pelo, señal de que el artículo no había pasado inadvertido.
Lorena la esperaba en lo alto de las escaleras, un brazo sosteniendo el pesado diccionario de italiano, el otro agitándolo en el aire para decirle que se diese prisa. Daisy aceleró el paso para llegar hasta Lorena cuando vio a Guido. El autor del artículo era un chaval que, si bien no del todo introvertido, era, de todas formas, un adolescente melancólico y silencioso, con los rizos negros enmarañados, la sudadera descolorida, los anteojos redondos, pequeños y escurridizos que ponía en su lugar con un dedo para que no le cayesen de la nariz.
–Ho… hola Daisy –dijo inseguro, las palabras se frenaban por un mal presagio que le estaba diciendo que se estuviese callado. Tiró por la calle de en medio que le hizo balbucear en vez de callar.
– ¿Te ha gustado el artículo? –dijo metiendo las manos en el fondo de los bolsillos de los pantalones apuntando sus ojos hacia el rostro fresco y limpio de ella.
Daisy no respondió y siguió adelante reservándole esas atenciones que se les da, más que a una persona poco grata, a un objeto de mobiliario particularmente insignificante.
– ¡Vaya! ¿Qué mosca le ha picado?
–La foto, ¡capullo! –Le reprochó Lorena –Has puesto un selfie de Facebook. En las redes sociales podían verla sólo los amigos. En Croniche Cittadine la han visto todos.
–Pero, la foto es, cómo lo diría, intensa. Sí. Intensa es el término justo.
También Lorena estaba de acuerdo y probablemente Daisy pensaba de la misma manera. Lorena, sin embargo, conocía la extraña psicología de la amiga.
No estaba enfadada con Guido por la foto sino por algo más profundo y complicado.
Daisy Magnoli se había enamorado de él. Una atracción que no conseguía controlar y ni siquiera perdonarse. Guido, de hecho, no tenía ninguna de las cualidades que hubiera deseado en un muchacho. No lo encontraba ni atrayente ni tampoco demasiado simpático. Era poco sociable, cerrado y aburrido. Los otros muchachos, por el contrario, eran excéntricos, un poco salvajes y temerarios. Mientras que Guido era triste y gris como un cielo sin relámpagos. Daisy no habría podido relacionarse con uno de ese tipo.
A pesar de todo el muchacho de cabellos rizados estaba siempre en el centro de sus pensamientos. Por esto lo trataba mal. Quería obligarlo a que la odiase, quizás de esta manera se lo sacaría de la cabeza.
Los estudiantes entraron en la clase. Lorena apoyó el diccionario sobre el pupitre y se sentó al lado de Daisy.
–El hecho es que no soporto tenerlo siempre en la cabeza –murmuró a su amiga. – ¿Pero, lo has visto? Hoy va más encorvado. Pero ¿cuánto tiempo pasa delante del ordenador? –dijo buscando un pretexto que lo volviese insoportable.
Guido entró el último en la clase. Compartía el pupitre con Filippa Villa, una chavala enorme y arrogante, un dedo medio tatuado en la parte baja de la espalda que surgía de una camiseta demasiado corta. La lección había comenzado pero el profesor todavía no había llegado.
El profesor de italiano era el representante sindical del colegio.
Alguien lo había visto discutir en la secretaría, donde había gritado algo con respecto a algunas cuentas de gastos para las actividades extraescolares de los profesores. Cada asunto sindical que se debía resolver requería mucho tiempo y Manuel Pianesi, el estudiante que ocupaba el primer pupitre, lo aprovechó para encender el ordenador del escritorio.
Manuel descargó de Youtube el vídeo de I’m rose que enseguida apareció proyectado en la pizarra interactiva.
– ¡Manu, quita esa historia! –se lamentó Daisy.
– ¿Habéis visto? Casi medio millón de visualizaciones –observó Manuel, los mechones de rastas que bajaban por sus hombros derechos y robustos. Manuel era un tipo bullicioso y divertido, de esos que sentían la incontenible necesitar de hacerse ver.
– ¿Alguno ha leído, por casualidad, los últimos comentarios? –dijo riendo el chaval intentando llamar la atención sobre él.
– ¿Qué quieres decir? –se alarmó Daisy que, temiendo una broma, se levantó del pupitre, llegó hasta la mesa del profesor y arrancó el ratón de las manos de Manuel. Él se encogió de hombros, ella pinchó sobre la barra de los comentarios.
Daisy Magnoli parece una diva, pero puedo garantizaros que es tan tímida que si se lo pides te la enseña sólo en Instagram. Firmado Manuel Pianesi, adorado compañero del instituto.
–Estúpido. Esta me la pagas –se enfadó Daisy.
–Venga, es sólo una crítica constructiva. Y además no has visto lo que ha escrito Leo –dijo Manuel apuntando el pulgar a la espalda para señalar a Leonardo Fratesi, un chaval de tipo atlético, no muy alto, de cabellos rojos derechos como cerdas.
Leo se levantó de su puesto y se mofó de Daisy con una reverencia.
Daisy Magnoli siempre va de guay. Quiero decir que esperaremos a que sea vieja y fea para que sea ella la que se nos tire encima. Firmado Leo Fratesi, otro adorado compañero de instituto.
Daisy leyó una plétora de comentarios divertidos todos firmados por sus adorados compañeros de instituto.
Daisy Magnoli tiene las tetas tan pequeñas que, en lugar del sujetador, lleva tapones de cerveza.
Daisy Magnoli, cansada de atascar la moto segadora ha decidido dejar de depilarse.
Daisy Magnoli ha prometido llegar virgen al matrimonio. Por esto se ha casado a los doce años.
Daisy, mientras leía, se ruborizaba cada vez más, las cejas curvadas amenazaban tormenta.
Guido observó el vídeo sombrío y silencioso. La película era una pequeña obra de arte creada por el hermano. Adriano Magnoli tenía un talento creativo fuera de serie. Una vena que la enfermedad parecía, de todas maneras, haber acentuado. I’m Rose fue escrita en un sola noche. Por la mañana, el chaval ya había sintetizado todo y por la tarde estaba ya en el sótano con su hermana para filmarla mientras interpretaba la canción. Daisy bailó en una sala llena de estanterías de aluminio y cajas de embalaje cerradas con cinta adhesiva. Adriano hizo desaparecer todo gracias a los efectos digitales. En el vídeo Daisy aparecía envuelta por espirales de niebla que parecía que danzaban con ella.
Si para Daisy el éxito en la web fue la clave para participar en Next Generation, para su hermano I’m Rose se convirtió en el objeto de su manía. Adriano permanecía durante horas y horas sentado delante del ordenador observando la película de su hermana. Ahora, el Internet democrático, libre y fisgón la había echado como pasto a los leones. Era criticada, alabada e insultada por gente desconocida. Nunca lo habría confesado pero lo encontraba excitante, como si alguien la estuviese mirando desnuda desde el agujero de la cerradura.
–Y me pregunto ¿qué he hecho para merecerme una panda de capullos como compañeros de colegio? –dijo riendo.
– ¡Oh, muchachos, ya llega! –dijo Lorena alarmada observando al profesor caminar jadeante por el pasillo.
Daisy estaba a punto de apagar el ordenador cuando en el vídeo apareció un nuevo comentario.
Una frase breve y malvada dirigida a su hermano.
Adriano, deja de buscarme. O tendrás un feo final.
Archivo clasificado nº 2
La redacción ha recibido la documentación grabada
Entrevistando al testigo (omitido)
GRABACIÓN COMPLETA
– ¿Esa grabadora está encendida? ¿Es necesaria?
–No se preocupe por la grabadora. Haga como si no estuviese.
–Bueno, como ya he dicho, después de la muerte de mi Lucas no conseguía estar en paz. Lo añoraba. Lo añoro tanto. He pasado días enteros en su tumba. Me sentaba en una butaca de picnic, de esas plegables. Me sentaba allí y hablaba con él. Hablaba de todo. Del colegio, sobre todo. Le sermoneaba por las notas. Podía dar mucho más, pero no quería estudiar. Cuán importante era el colegio para mí pero no para él. Y luego hablaba de deportes, del campeonato que ya no podía ver. Le hablaba de su Milán y de las muchachas que no le interesaban nada, y de lo que hacía Pedra, nuestra perra labrador que es como de la familia. Cuando acababa de charlar con él cerraba el taburete y volvía a casa. Miraba sus fotos, veía sus películas de cuando era pequeño. Pero no me bastaba. Entonces yo… yo...
(La testigo comienza a llorar)
–Luca era su hijo.
(La testigo asiente sin responder. Tiene una crisis. Quiero suspender la charla un minuto. La testigo dice que continuemos.)
–Perdona. Ya estoy mejor.
–Sé que es doloroso. Le entiendo. Y dígame, ¿fue entonces cuando decidió consultar a la médium?
–Sí. Normalmente no creo en estas cosas pero le añoraba tanto. Tenía veinte años, ¿comprende? Sólo veinte años. Debía escuchar su voz, o mejor dicho, ilusionarme de escucharle, verle, tocarle. Sé que comportándome de esta manera ofendería a la Santa Madre Iglesia. Sé que he pecado.
(Bebe un vaso de agua)
–No se preocupe por esto. Vayamos al grano.
–Bueno… voy al edificio de enfrente. En el cuarto piso, la segunda de las tres puertas, esas que están en el pasillo. Entro en el piso. Me lleva a una habitación que parecía una pequeña capilla. El ambiente olía a incienso. Sobre un altar había tres candelabros encendidos y un ostensorio. Y la estatua del santo. Una estatua grande y pesada de esas que sólo se ven en las iglesias. Me dejó muy impresionada. Pensé: ¿dónde puede haberla conseguido?
– ¿Habla de la estatua del santo patrón?
–Sí. Igualita que aquella que en invierno llevan en procesión.
–La procesión del veinticuatro de noviembre. La conozco. Continúe.
–La médium, madame Geneve, así se hacía llamar, cerró las pesadas cortinas de terciopelo. La estancia se sumergió en la oscuridad. Ella estaba en la otra parte de la mesa. Comenzó a invocar el nombre de mi hijo. Yo, en ese momento, me sentí estúpida y mezquina. ¿Cómo podía poner mi dolor en las manos de aquella mujer? Sabía que había estado en la cárcel por estafa pero vivía en mi barrio, estaba muy cerca de mi casa, y la muerte de un hijo no te convierte en lúcida. Sí, estaba confusa…
(Pausa. Comienza a sollozar)
–Por favor, no debe justificarse. No estoy aquí para juzgarla.
–S… sí, es verdad. Me quería ir cuando, de repente, escuché unos golpes en la ventana. ¿Sabe ese ruido que hacen los cristales cuando son golpeados por trozos gruesos de granizo?
–Sí. Sólo que no era granizo, ¿verdad? Dígame: ¿No ha pensado que era un truco?
–No sé lo qué he pensado. Sucedió de repente. Y luego, nada. No era un truco. Lo sé porque cuando madame Geneve descorrió las cortinas lanzó un grito. Estaba atemorizada. Digo que, si hubiese sido un truco, ¿qué sentido habría tenido chillar de miedo?
(Asiento)
–El golpeteo se intensificó, se sentía el ruido también sobre el tejado. La médium estaba en la ventana para comprobar qué estaba pasando. Afuera se había levantado la niebla. Pero igualmente veíamos el mismo carbón golpear el edificio.
– ¿Carbón? ¿Carbón que caía del cielo?
–Justo. Trozos de carbón incandescentes. Batía sobre las tejas, sobre el muro. Tan grandes y duros como para abollar los canalones.
– ¿Usted cómo ha reaccionado? ¿Ha tenido miedo?
–Mire, por raro que parezca, yo estaba calmada. Con una calma insólita. Es más, me sentía casi feliz. Me había ilusionado con que era una señal que me mandaba mi hijo. Estaba convencida. Sin embargo, la médium estaba aterrorizada. Me encontré tranquilizándola porque Luca estaba allí. Estaba allí conmigo. Y esto gracias a ella. Pero ella decía que no tenía nada que ver con cuanto estaba sucediendo. Ella sólo debía leerme las cartas o algo parecido, dijo.
Como todos los canallas mezclaba lo sagrado con lo profano. A continuación la ventana se abrió de golpe. Los trozos de carbón cayeron en la habitación y golpearon a la médium. La pobre se cayó al suelo y perdió una zapatilla.
No sé porque me ha quedado impresa la zapatilla. Pero, en ese momento, todo era muy confuso. El resto, excepto la zapatilla que se quedó sobre la alfombra, lo recuerdo vagamente. Recuerdo la mesa golpeada por el carbón ardiente, la alfombra que comenzó a quemarse. Casi parecía como que aquella lluvia nos golpease para obligarnos a escapar de aquel lugar.
Una especie de advertencia que provenía del cielo. Intenté huir pero la puerta estaba cerrada y no se abría. Me golpeó algún tizón. Me había quemado llenándome de moretones. Los golpes me hacían daño. Bueno, yo no sé si lo que vi era real, sólo sé que ya no estaba tranquila ni feliz. En ese momento sentí una presencia oscura y maligna. Estaba aterrada. Me puse a gritar. Comprendí que no, no podía ser mi hijo. Lo último que recuerdo fue la estatua del santo patrón. Era de mármol, muy pesada, por lo menos eso me parecía. Antes de desmayarme vi que la estatua caía. Madame Geneve estaba de rodillas, mientras era golpeada en la espalda por gruesos trozos de carbón, pero empeñada en buscar la zapatilla. Comprendí que intentaba alejarse de aquella realidad maligna redirigiéndola sobre pensamientos sencillos, banales. ¿Qué sentido tendría, sino, obsesionarse con una estúpida zapatilla de lana? Fue justo en ese momento que la estatua le cayó encima golpeándola en la nuca. Los ojos de la pobrecita giraron para mirar fijamente al techo, el blanco de la esclerótica que brillaba a la luz del fuego. Una mancha de sangre le salía de la cabeza, desperdigándose por la alfombra. Luego la oscuridad. Me encontraron después de una hora en la parada del autobús. No sé cómo llegué allí. Esperaba haberme imaginado todo. Pensé que el estrés por la pérdida de mi hijo, las medicinas que tomaba para soportar un dolor que no se puede explicar, fuesen la causa de las alucinaciones. Me agarré inútilmente a esta esperanza. Por la noche llegaron al barrio los carabinieri. A madame Geneve la encontraron muerta. Todos pensaron en un homicidio. Pero yo sé cómo sucedieron las cosas. Ha sido algo malvado lo que la mató. La misma cosa que mató a mi hijo.
(La testigo comienza de nuevo a llorar)
– ¿Por qué no fue enseguida a los carabinieri?
– ¡Porque tenía miedo! No podía contar lo que había visto. Me habrían tomado por loca. Sobre todo, no quería ser acusada de homicidio.
–Usted sabe que cuando la médium fue encontrada en el suelo con el cráneo destrozado, en la pared se podía ver una frase trazada con un pedazo de carbón: Decus et Damnationis Belleza y Condenación. Según usted ¿qué quiere decir?
–Yo… yo no lo sé. Juro que no lo sé.
(Llora)
–Gracias por su testimonio. No tengo más preguntas que hacerle.
–Sólo una última cosa: el carbón… la casa estaba llena de carbón. ¿Alguien lo ha visto?
–No. No han encontrado nada
Fin de la grabación
El profesor Marzioli era un tipo rígido y anticuado, con las gafas en equilibrio sobre la punta de la nariz aquilina, la chaqueta lisa y con una pajarita que le daba una apariencia de intelectual.
Torcuato Tasso tuvo una educación católica. En la Rimas amorosas se puede reconocer la influencia de la poesía de Petrarca…
Como de costumbre Marzioli explicaba la lección con el entusiasmo de un sepulturero que tomaba las medidas a un difunto. Guido observó que Daisy no cogía apuntes. Tamborileaba nerviosamente con el bolígrafo sobre el pupitre, el aire de quien perseguía pensamientos lejanos.
En cuanto acabó la lección sobre Tasso se levantó un suspiro colectivo de alivio. El profesor había conseguido a convertir en sorprendentemente aburrida la inquieta vida del literato. Lorena se despidió de Daisy y se largó con rapidez. El padre la esperaba a la entrada en uniforme de trabajo, sentado en la furgoneta cargada de tubos para los calentadores de agua. Debía llevarla a ver el partido de los Leopardiani, el equipo del instituto. A Lorena no le gustaba el fútbol pero estaba enamorada locamente de Christian Skendery, un alumno de tercero de anchos hombros y con una mirada de fuego.
Daisy se despidió de su amiga y atravesó la calle afligida. Guido apresuró el paso para alcanzarla.
–Daisy, ¿podemos hablar? –preguntó nerviosamente, esperando que no lo mandase al diablo. Ella se paró. Miró al muchacho elevando las cejas, abandonando sus propios pensamientos para concentrarse en su rostro arrepentido.
–Siento lo de la foto –exclamó él con un desganado levantamiento de espaldas, como queriendo decir que ahora el daño ya estaba hecho y no se podía remediar.
–No es tan importante –dijo Daisy poniendo fin a la cosa al notar cómo el muchacho estaba tan nervioso. Ella, con el aire hosco de quien no lo había perdonado del todo, se fue hacia el camino dando por descontado que él la seguiría.
Guido se armó de valor, apresuró el paso y la alcanzó. Caminaron uno al lado del otro atravesando las hileras de plátanos que conducían a la salida. El otoño extendía las primeras hojas sobre el adoquinado. Dos muchachos se pasaban un canuto sentados debajo de un plátano con una corteza impresionante, la luz del sol metiéndose entre las ramas y saliendo fragmentada en muchos pequeños rayos brillantes.
–Aparte de los porros, es una escena muy romántica –pensó Daisy. Guido intentó trabar conversación. Ella respondía estando un poco a lo suyo, con monosílabos, porque estaba de nuevo pensando en el comentario escrito en Youtube.
Adriano, deja de buscarme. O tendrás un feo final.
Le pareció una broma horrible. Todos sus amigos sabían que estaba enfermo. ¿Qué sentido tenía ensañarse con una persona discapacitada?
–Daisy, ¿está todo bien? Tienes una cara extraña –se preocupó Guido.
–No, no es nada. Es que estaba perdida en mis pensamientos –respondió ella haciendo sobresalir el labio inferior para soplar hacia el flequillo. Sandra la esperaba sentada en el coche mientras un guardia municipal estaba observando con poca paciencia los cuatro intermitentes encendidos.
Guido observó a Daisy dar la vuelta a la esquina. A pesar de no verla levantó la mano para despedirse, la mirada atraída por sus curvas que se movían seductoras debajo del gabán gris. Ella caminaba con la seguridad de tener sus ojos encima.
–Joder. Guido Gobbi… Joder –pensó, pero no se podía engañar a sí misma, o negar que sus sentimientos pudiesen cambiar sólo porque intentaba por todos los medios evitarlo. Se dio cuenta de que había llegado el momento de enfrentarse a la realidad. Se volvió hacia Guido con expresión descuidada – ¡Ah, me olvidaba! –dijo. En realidad no se había olvidado de nada.
Ese momento lo había imaginado una infinidad de veces.
–Bueno. Debo fingir que no es algo importante. Debe dar la impresión de que no es tan importante para mí. Una tontería… Ármate de valor y no tiembles…
Daisy se lo dijo de repente.
Guido se quedó pálido por la sorpresa. Creyó que no había entendido bien.
–Per… perdona, ¿lo puedes repetir? –preguntó él.
Ella lo repitió resoplando.
–Pero si no te apetece, no puedo obligarte.
–Claro que me apetece. El sábado es perfecto –dijo él, las orejas encendidas de un rojo subido.
Guido no conseguía encauzar la enormidad de esto.
Daisy lo había invitado a salir con ella.
–Entonces nos vemos el sábado –respondió la chavala con un ligero ceño fruncido, como si estuviese enfadada con el destino, culpable de haberla dirigido hacia el camino que había intentado evitar por todos los medios.
La vio subir al Cherokee de la madre. Ella no se giró ni para despedirse. Guido comenzó a andar por la calle sin saber realmente dónde estaba yendo.
–Saldré con ella –repitió para sus adentros. La gris apariencia de su vida la había llevado el viento de repente y ahora todo lo que le rodeaba resplandecía de colores. Un arco iris de emociones que podía aferrar sin sentir que se le escurría entre los dedos. Se sentía feliz y tan en sintonía con el mundo que habría querido abrazar a todos los que se le cruzaban camino de casa: una madre que empujaba un cochecito de bebé, un niño encantado por un vendedor de globos, un anciano sentado en un banco, un señor con chaqueta y corbata que buscaba un taxi, un mendigo tirado en la acera reposando entre las dobleces de un cartón…
Sí, habría querido abrazar a todo el mundo.
Daisy y él se verían el fin de semana.
Comenzó a contar las horas que lo separaban de ella, las agujas del reloj de repente eran insoportablemente enormes, pesadas y lentas.
La baja presión sobrecargaba el cielo con nubes grises y amenazadoras. El comprimido de Leponex estaba en el cajón de las medicinas, puesto allí para recordar a la madre de Daisy hasta que punto su vida todavía era trágica y complicada.
Adriano, el rostro demacrado y cansado, los cabellos negros pegados en la frente, la mirada que vaga sin decidirse dónde posarse, ya no iba al colegio desde los doce años. La enfermedad era cruel, los profesores de apoyo inexistentes, desaparecidos por los recortes lineales del gobierno.
Adriano era seguido por un profesor que venía constantemente a verlo una vez a la semana. Cuarenta y cinco mil euros gastados en cuatro años. Los médicos habían dicho que el suicidio del padre había despertado una enfermedad ya presente en sus genes.
Los primeros síntomas se manifestaron a los doce años, una edad sorprendentemente precoz para aquel tipo de enfermedad. Sandra comenzó a sospechar que algo no iba bien cuando Adriano, de complexión redonda y rosada, comenzó de repente a perder peso. Se lavaba poco, rechazaba estudiar, dormía sobre la alfombra y cuando iba al baño lo ensuciaba por todas partes.
Un día comenzó a bajar todas persianas de todas las ventanas de la casa.
Decía que estaba siendo espiado por alguien. Indicios de un mal oscuro que habían empezado a preocupar seriamente a su madre. El psicólogo dedujo que Adriano no había conseguido procesar el trauma del suicidio. La tragedia ocupaba todos sus pensamientos sin dejar espacio a otras cosas. Por lo que respecta al hecho de sentirse espiado, podía ser interpretado como la prueba de una manía persecutoria.
Luego comenzaron las alucinaciones: Adriano veía a los habitantes de Castelmuso morir uno a uno. Recitaba nombre y apellidos, anotando incluso la fecha de su muerte.
Un día cogió un bidón de gasolina del garaje y lo llevó hasta la entrada del duomo. Fue detenido con firmeza por el capellán.
Adriano insistía en que había visto un rostro negro más allá de la rejilla de hierro del confesionario. Pensaba que era un demonio, por este motivo querría haber purificado el duomo con el fuego. Esa misma tarde Sandra lo había acompañado al centro de higiene y salud mental Umberto II, donde el chaval fue puesto bajo observación durante diecisiete días. Ese fue el primero de cuatro ingresos.
Habían trascurrido tres años desde que le habían diagnosticado una grave forma de esquizofrenia paranoide. Desde entonces, Sandra Magnoli había ido todas las semanas al estudio del profesor Roberto Salieri, el psiquiatra que supervisaba a Adriano.
Sandra aparcó en las líneas blancas reservadas de un modesto restaurante, a unos pocos pasos del estudio.
Adriano bajó del coche con la lentitud de un anciano. El principio activo de la clozapina evitaba las alucinaciones pero los efectos secundarios le causaban somnolencia, obesidad, espasmos musculares, problemas para hablar y caminar. Los medicamentos eran un mal necesario. Sin ellos un perro se podía convertir en un monstruo cubierto de escamas. Con los medicamentos, un perro era un perro.
Sandra cogió del brazo al hijo. Dieron la vuelta a la esquina saludando al camarero del restaurante que se estaba apresurando a amontonar las sillas y a quitar las mesas de la acera porque el cielo amenazaba lluvia.
El estudio estaba en el segundo piso de una austera mansión, con el portalón de acceso coronado por un gran arco de medio punto. Las ventanas daban a la avenida que cortaba el centro histórico a dos pasos de la antigua torre del acueducto que, incluso hoy en día, abastecía de agua al pueblo.
Sandra y Adriano se metieron en el ascensor, una elegante jaula de hierro forjado con las puertas de madera, el interior rojo púrpura y el espejo estilo liberty. Adriano, que sufría de claustrofobia, jadeó hasta que el ascensor se abrió en el pasillo del segundo piso.
Sobre la puerta de enfrente estaba grabado con letras claras el nombre del psiquiatra Roberto Salieri. Greta, la ayudante del doctor, los hizo sentar en la sala de espera, una habitación con el techo alto y con frescos, amueblada con dos amplios sofás de terciopelo damascado con los cojines lisos y raídos, como si durante años hubiesen cedido al peso de los neuróticos pacientes.
A pesar de que habían fijado la cita para las diez un paciente se demoró más de lo debido y Sandra aprovechó para leer un suplemento de hacía dos meses. El cielo reflejaba un color sombrío sobre el pueblo. La lluvia comenzó a resonar en los vidrios. Adriano observó las gotas posarse una a una en la ventana. Al principio aparecieron con poca frecuencia, luego comenzaron a batir insistentes, convirtiéndose en un áspero aguacero. El ruido de un trueno sobresaltó a Sandra.
La ayudante del profesor entró en la sala de espera, la mano encima del pecho, con aire un poco asustado a causa del estruendo.
–Ven, Adriano. El doctor Salieri te está esperando.
El estudio del médico estaba amueblado de manera inusual y refinada.
Alguno pensaba que había sido un capricho che subrayaba una cierta megalomanía de Salieri. En realidad, el psiquiatra quería, sencillamente, respetar la dignidad de los pacientes rodeándolos con objetos de buen gusto.
El escritorio era la última compra de un cierto valor: una mesa de caoba con una magnífica incrustación de madreperla en el centro. Adriano observó que el sofá lleno de suaves cojines de seda china había sido movido hacia la pared, el servicio de plata y los vasos de cerámica quitados del viejo escritorio y apoyados sobre una cómoda alta de siete cajones de época victoriana. La alfombra persa color rubí permanecía extendida en el centro de la habitación. La oficina, como siempre, estaba invadida por el perfume de las orquídeas inmersas en las altas y delgadas macetas de cristal.
El psiquiatra puso el teléfono móvil en la mesa, para utilizarlo como grabadora. El profesor, con la anuencia de la madre de Adriano, grababa siempre las sesiones para luego adjuntar los archivos de audio al expediente clínico del muchacho.
–Bueno, Adriano, ¿cómo te encuentras? –preguntó el doctor, la mirada sobre el cuaderno para repasar los apuntes tomados en la última sesión.
Adriano no respondió. Se acercó a la ventana. Quería ver la lluvia que ahora caía con menos insistencia. El doctor, la frente surcada por espesas arrugas horizontales, levantó los ojos negros y profundos hacia la ventana. La niebla estaba cubriendo de gris los techos empinados de los edificios.
–Ya no llueve. Pero hay niebla… –dijo con la voz llena de saliva.
Adriano apartó las pesadas cortinas de terciopelo. La tempestad se estaba moviendo hacia el norte, los truenos más alejados y raros.
–Es como la niebla de I’m Rose.
– ¿Cuántas veces has visto el vídeo en el último mes?
Adriano murmuró algo que el doctor no comprendió totalmente.
–Ánimo, Adriano, esfuérzate e intenta ser claro. ¿No tienes nada que contar acerca del vídeo?
–Hay niebla… en el vídeo… pero yo no la he puesto… –murmuró Adriano.
–Te estás repitiendo, chaval.
Adriano respondió con un gemido angustioso. Como siempre, le resultaba intolerable la idea de someterse a la sesión.
–Veamos la película juntos, ¿qué te parece? –propuso Salieri.
–Yo… no… yo…
– ¿Siempre tienes miedo de lo que hay dentro?
Adriano se acarició con nerviosismo sus pálidas manos. Después de un largo silencio, dijo con esfuerzo:
–El lo sabe. Sabe que le he visto. La niebla la ha puesto él…
–Continúa –le animó el psiquiatra concentrado en escribir en el cuaderno.
–Lo he comprendido. He comprendido que se está enraizando… –dijo el muchacho mientras afuera la niebla cubría de gris toda la calle. La torre del viejo acueducto desapareció del horizonte. Adriano miró fijamente a la niebla como si estuviese observando una amenaza insoportable.
–Él hará llover sobre los malvados carbones encendidos. Fuego y azufre y viento ardiente les tocará en suerte –dijo recitando con angustiosa renuencia un pasaje de la Biblia.
Salieri dedujo que Adriano se había habituado al Marxotal, un antipsicotrópico que tomaba desde hacía dos meses y el delirio era la primera señal de que el fármaco estaba dejando de hacerle efecto.
–Así que ahora lees el Antiguo Testamento. Has citado el salmo once, si no me equivoco. Un salmo de David. Lo conozco. Lo recité durante mi bar mitzvah.
Mientras el doctor reflexionaba sobre suspender el fármaco Adriano farfulló con monosílabos: siento sólo su voz aquí dentro… aquí dentro… y debo rezar.
El doctor Salieri continuó escribiendo apuntes sin hacer caso del delirio de Adriano. Los esquizofrénicos a menudo tenían fijaciones con el misticismo o la religión en general. Y el caso de Adriano no podía considerarse, ni mucho menos, entre los más graves. En el pasado había curado a una monja histérica que se traspasaba las palmas de las manos con las agujas que utilizaba para bordar.
Por suerte las alucinaciones no inducían al muchacho a comportarse de manera peligrosa. La única excepción había ocurrido cuando comenzó la enfermedad, cuando Adriano quiso prender fuego al confesionario de la catedral.
El muchacho comenzó a pasear por el estudio interrumpiendo el paso para no pisar ciertos lirios rojos dibujados en la alfombra.
–Él está echando raíces. Las siento entrar en la cabeza. Las puntas se están hundiendo dentro –dijo batiendo un dedo sobre la frente. –Y me hacen daño. Mucho daño.
–Te puedo prescribir algo para el dolor de cabeza y… ¡ahora, no, Greta! –dijo molesto Salieri volviéndose a la ayudante que había aparecido por la puerta sin llamar. Greta se excusó. Cogió un expediente y desapareció en su oficina.
La sesión siguió adelante durante unos cuarenta y ocho minutos. Las condiciones de Adriano habían empeorado claramente en el último mes. Roberto Salieri anotó en el cuaderno la suspensión del Marxotal. Era el momento de cambiar de medicación. Si no ocurriese una mejoría significativa su paciente se arriesgaría a ser internado de nuevo en una clínica psiquiátrica.
Adriano, acompañado por Greta, salió de la habitación sin despedirse. Salieri encendió un cigarrillo. Pulsó el botón del teléfono móvil para escuchar algunas partes de la conversación.
El parásito se ha agarrado al interior de mi cabeza con sus patas de araña, doctor. Una araña que no tejerá nunca telas al azar. Él está tejiendo una de esas telas espesas y ordenadas. Una tela de araña que lo atrapará incluso a usted.
El psiquiatra se rascó la nuca. No recordaba aquella parte.
Sobre todo, la voz no parecía la de Adriano.
Una espesa capa de vapor se había posado sobre el vestuario del gimnasio. Las muchachas aseaban los cuerpos desnudos y esbeltos después de la hora del voleibol. Lorena, los pezones hinchados por el agua caliente que le recorría el hueco del pecho, hizo una trenza con la espesa cabellera y la estrujó con fuerza.
Daisy se sacó la espuma que resbaló a lo largo de las piernas largas y torneadas, descubriendo el pubis depilado maliciosamente.
– ¡Vaya! El afeitado sobre el bello agujero, no me lo habría esperado de ti –dijo Lorena riendo. –Me apuesto lo que sea a que lo has hecho por Guido.
–Qué va. Estoy practicando el baile para el espectáculo. El sudor se aferra en los malditos pantalones elásticos y me provoca muchas irritaciones –se justificó Daisy.
–No está mal como excusa. La anotaré.
–Es la verdad. Guido, por ahora, no tiene nada que ver –respondió Daisy saliendo de la ducha.
–A propósito, ¿cómo ha reaccionado cuando le has propuesto salir? ¿Se ha muerto de golpe de la impresión?
Daisy la miró con un cierto reproche.
– ¿Te preguntó yo acerca del tuyo de tercero todo músculos?
–No. Pero deberías. Así te podría contar cosas sobre su músculo más grueso…
–Lorena, por favor. ¿Está realmente bien dotado en medio de las piernas? –cacareó Daisy mientras se ponía un suave albornoz de color nata que cerró a la altura de la cintura con dos giros de cinturón.
–En serio. ¿Te has ya acostado con él?
–Qué va. Bromeaba. Sabes que nos acabamos de conocer –especificó Lorena envolviéndose en una gruesa toalla que anudó por encima del ombligo. La chavala se acercó a la taquilla con los senos moviéndose, orgullosos de su juventud. La mirad de las estudiantes estaban todavía bajo la ducha envueltas en nubes de vapor: los cuerpos de las muchachas eran flexibles, brillantes de agua y jabón.
Las más vanidosas perdían el tiempo para presumir del esplendor de su físico. La misma Daisy se quitó el albornoz con un poco de exhibicionismo, arqueando su espalda hacia delante para coger la ropa interior de la bolsa, mostrando su trasero redondo y perfecto.
Mientras, las muchachas que se consideraban menos atrayentes, se lavaban con prisas. Sólo Filippa Villa andaba desnuda sin ningún problema. Filippa era una chavala alta, robusta, bastante torpe, con una panza prominente, una pelambrera salvaje de cabellos negros peinados sin ningún criterio, los ojos oscuros, móviles e inquietos. Filippa era una joven activista comprometida con el frente de los derechos civiles, y Daisy simpatizaba con luchas de liberación fuesen del género que fuesen.
Las primeras barricadas contra los sistemas establecidos por otros las había erigido en su infancia. Los primeros en ser refutados fueron los dogmas de sus padres.
Desde pequeña le había contado muchas fábulas sobre princesas y la cosa incluía, a menudo, la presencia de un príncipe azul. El mismo con el que se casaría cuando creciese. Era la pesadilla recurrente de la pequeña Daisy y de todas las lesbianas del mundo. Y Filippa era claramente lesbiana.
