Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Desde el instante en el que Jimeno del Arco se cruzó con Consuelo, supo que tarde o temprano sería suya para siempre. Su presencia, galantería, insistencia y dulces palabras atraparon el joven corazón de la muchacha, quien sucumbió a la promesa de una futura vida feliz. Atrás quedaba un pasado escondido en lo más profundo de su ser. Por delante sólo felicidad. Pero se equivocó. El mismo día de su boda, Consuelo descubrió al auténtico hombre que se escondía tras el exitoso empresario Jimeno del Arco. López-Raya actualiza los géneros negro y psicológico para abordar el maltrato, el machismo y la dependencia emocional, y dibujar al tiempo un retrato tan crudo como tangible de la sociedad. José M. Abad, periodista de El País
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 404
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Primera edición: agosto de 2023© Copyright de la obra: Agustín López-Raya© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-127155-5-2Código ISBN digital: 978-84-127155-6-9Depósito legal: B 13177-2023Corrección: Juan Carlos MartínDiseño y maquetación: Cristina LamataFotografía de portada y contraportada: JM Barroso
Edición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».
A Pilar…
porque el amor gira planetas.
—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
Juan Rulfo.
Prólogo
La lluvia convirtió el camino en un lodazal y Consuelo resbalaba y caía cada tres pasos. La cobriza luz del alba daba color y forma al paisaje de la finca. Por fin divisó a uno de los policías que custodiaban la entrada. Se levantó arrastrando los botines y los vaqueros cubiertos de barro. Corrió.
—¡Ayuda...! —gritó antes de caer de nuevo.
El policía alertó a uno de sus compañeros y fue a socorrerla.
—Pero ¿cómo ha salido de la casa? —recriminó mientras la ayudaba a levantarse—. Esto no es un juego señora, estamos aquí para…
El sonido de un disparo estalló no muy lejos. Consuelo miró a los policías aterrada.
—Jimeno está en el establo. ¡Deprisa, por Dios…! —rogó sin apenas aliento.
—Entre y cierre la puerta. Nosotros nos encargamos.
Aquellas palabras no la tranquilizaron. Conocía muy bien a su marido y sabía que iba a joderla de una forma u otra, quizá lo merecía.
Los policías corrían hacia el establo, cuando sonó otro disparo. Desenfundaron las armas y se detuvieron a pocos pasos de la puerta. Durante unos segundos intentaron percibir algún movimiento que les orientara para proceder. Al fin entraron con las pistolas por delante y contemplaron a Alfredo sentado a horcajadas sobre el cuerpo sangrante de Jimeno. Antonio estaba de rodillas a su lado.
Arma en mano les ordenaron entregarse.
Antonio se puso en pie y levantó los brazos. Alfredo continuó sentado sobre el cadáver, juntó las manos tocándose las yemas de los dedos como si fuera a pronunciar una plegaria y levantó la cabeza con orgullo aquel 24 de diciembre de 2008.
—Deténganme, he matado a mi padre.
Capítulo 1
Diecinueve años antes, Consuelo caminaba por la calle Baja de Aracena; al frente asomaban los naranjos de la plaza del Cabildo. Un remolino de azahar giró juguetón por su cuello y su rostro. Inspiró profundo el aroma y lo engulló hasta colorearle de púrpura el alma. Levantó la barbilla al cielo. Le encantaba el cielo azulete salpicado de nubes Blanco Nuclear, le recordaban a su niñez, al hogar, a sábanas con olor a limpio ondeando en el patio de su casa. ¡Qué feliz soy aquí! Consuelo sonrió dulce y cerró los ojos con fuerza, comprimiendo todo su rostro. A sus dieciocho años había llegado el momento de tomar las riendas de su vida. A veces echaba de menos el bullicio de Montparnasse, exponerse a la modernidad de las obras de la Tate u observar durante horas los campos de trigo de la Toscana… La vida que rechazó, tras desertar de la elitista educación que cada invierno le costeaba su tío. Sus padres no entendieron aquella repentina decisión. Quizá jamás comprendieran cómo su hija podía ser feliz en aquella tierra, en aquel pueblo de setas y estiércol de gorrino. Sobre todo, su madre, que adoraba el lujo y la clase de los famosos que aparecían en las páginas de la revista ¡HOLA!
Avanzó hasta la mitad de la calle empedrada e imaginó que pisaba con los pies desnudos las piedras blancas alisadas por millones de pasos milenarios. Su piel pulsó el frío empedrado, reconfortante. El frío, su frío de alcornoque, ése que ella usaba como candela para caldear el anhelo de llevar una vida tranquila entre su gente. Rodeó la plaza hasta llegar a la altura del bar Manzano y giró la esquina hacia la calle Verde. El olor castaño del pan cocido a la leña le acarició las fosas nasales. Qué rica huele esa harina húmeda y esa fragancia a piel agria, hum, touché. Evocó las manos del padre de su amiga Asun volteando la masa de trigo, acuchillándola y posándola con sabiduría y ternura sobre la mesa empolvada de harina. Una ternura que no parecía poner en ninguna otra cosa, ni siquiera al mirar o dirigirse a su hija. Consuelo podía leer el reproche en sus ojos, lo que opinaba el señor Juan de ella. Una señoritinga muy moderna para el pueblo, demasiado guapa y provocativa, un peligro para los hombres. Aquello la llevó a pensar en la tarde anterior con Fidel. Su fuerza, sus manos grandes ya no la estremecían como antes, se había acomodado con él durante algo menos de un año en una relación de pareja y sexo.
Consuelo empujó la puerta de la panadería. Sonó la campanilla. Su amiga Asun colocaba una bandeja de pasteles sobre el estante. Aún encorvada, la miró a través del cristal del mostrador y se chupó el índice manchado de merengue. Rebañó un poco más con otro dedo, se levantó y se lo ofreció. Consuelo se inclinó y lamió cerrando los ojos.
—Delicioso, Asun.
—¿Tomamos una cerveza al mediodía? —preguntó su amiga, mientras se limpiaba las manos en el delantal.
—Guay —respondió Consuelo posando la mano sobre la madera del mostrador para mostrar las uñas.
—¡Qué monas! Me encanta ese malva, Panocha.
—Voy a cortar con Fidel —soltó retirando la mano.
—¿Qué te ha hecho?
—Ya no me gusta.
Asun la miró desconfiada. Con lo bien que estábamos todas con ella emparejada. Aunque, la verdad, no entiendo cómo puede estar con ese Fidel, más feo y más belloto no lo hay en toda la sierra.
—Y lo vas a dejar así, pobrecito… Seguro que ya tienes otro por ahí.
—No es eso. Quiero dedicarme por completo a la cría de caballos. Reconstruiré el caserón viejo en el huerto de mis abuelos y lo transformaré en un picadero.
¡Cuántos pajaritos tiene en la cabeza esta Consuelo!
—Piénsatelo bien, le romperás el corazón, pobre.
Consuelo guardó silencio, se llevó la uña del meñique a la boca, pero rechazó morderla. No echaré marcha atrás, digan lo que digan. No renunciaré a mi felicidad por cuatro momentos de evasión.
—Tengo prisa, voy con mi madre al médico —sonrió con los labios cerrados.
Pidió a Asun tres barras, dos tortas de azúcar y otras dos de chocolate. Abrazó a su amiga por encima del mostrador y se despidió hasta la hora de la cerveza.
Al salir de la panadería giró impetuosa la esquina. La bolsa de pan golpeó el retrovisor de un Mercedes negro.
Consuelo nunca olvidaría ese tropiezo, aquel golpe insignificante con el coche de Jimeno en la primavera de 1986.
Capítulo 2
Jimeno abrió la puerta del coche airado y echó su cuarenta y seis sobre el bordillo de la acera.
—Híjalagrandísima, qué jaquetona…
—Deja ya de mirar a las tías, Jimeno —dijo Dolores girándose y atrayéndolo hacia ella para besarlo.
—A mí nadie me dice lo que tengo que hacer —la apartó bruscamente—. ¡Quédate en el coche, cagoendíe!
Dolores pegó la espalda en el asiento, se apartó los rizos negros de la cara para mostrarle las lágrimas que enturbiaban sus ojos castaños. Pero Jimeno no volvió a mirarla. Bajó y se quedó petrificado sobre la acera, siguiendo con la cabeza cada paso de Consuelo. ¡Oú! ¡Qué buena está la tía! Para chuparse los dedos y mojar pan. Apoyó el codo en el coche y la otra mano la posó sobre la cadera. Su mirada, fija en el culo de Consuelo, descendió por las piernas. ¡Cagoendíe, qué minifalda lleva! Ese culo respingón y esas piernas morenitas… Le metería la mano entre las nalgas, hasta que se retorciera de gusto. Jimeno sacudió la cabeza. Baja ya del alcornoque y ve tras ella hijodelagrandísima.
Consuelo avanzaba dándole vueltas al modo y la manera de dejar a Fidel. Trataba de pasar el cortacésped por la mala conciencia que le crecía, cuando sintió que la agarraban por la muñeca, Jimeno tiró de ella dejando su rostro a pocos centímetros del suyo. ¡Oú, madre!, es jamón de bellota. Ojazos verdes, labios apetitosos, y qué mostrao…, dos buenas tetas empinaítas para estrujarlas como si fueran granadas. ¡Concho!, aquí hay que arremangarse.
—¡¿Qué coño haces, Jimeno?! —gritó Dolores saliendo del coche—. Me voy, chulo de mierda —dio un portazo y se marchó en sentido contrario.
Jimeno siguió a lo suyo. Soltó la muñeca de Consuelo y dio un paso hacia atrás, mirándola desde sus dos metros y pico de altura. Ella, treinta y cinco centímetros más abajo, quedó unos segundos paralizada, con la boca abierta como una pava indefensa. Jimeno, como un pavo real, se enderezó dentro de la camisa blanca de algodón egipcio y el Armani marrón chocolate. Se acercó y volvió a agarrarla del brazo. Consuelo dio un paso atrás, pero él cogió su barbilla con la otra mano y se inclinó para besarla. Ella no pudo zafar la mano que la apresaba, pero soltó la bolsa y le plantó un bofetón con la derecha. La bolsa de pan crujió contra la acera, a la par del guantazo.
—¿Qué haces, sinvergüenza?
—Acariciar esos labios bien vale este tortazo, guapa.
Le encantó su geniecillo.
—Si vuelves a acercarte a mí te denunciaré.
Jimeno se agachó para coger la bolsa de pan sin dejar de mirar a Consuelo, que ya se había girado y se alejaba.
—¿Quieres casarte conmigo?
—¡Tú estás loco! —se volvió y lo miró incrédula. ¿Me ha pedido en matrimonio o lo he imaginado? La verdad es que se ha pasado, pero está bueno el tío y qué elegante… Éste es el chulito ése que se pasea por el pueblo como si fuera suyo.
—Si te acercas a mí, mi novio te partirá la cara —le advirtió aligerando el paso y negando con la cabeza.
Jimeno esperó con la bolsa de pan rota entre las dos manos, hasta que ella dobló la esquina y desapareció de su vista, pero Consuelo ya crecía en su mente, como los rosales que acababa de sembrar en el jardín de su preciada finca. Tiene que ser mía, sí o sí, cagoensandíe.
Capítulo 3
Jimeno repeinaba su cabello engominado frente al espejo, tras desprenderse del olor a gorrinos en la ducha. Probaba sonrisas. Ensanchaba la boca y relajaba la frente, buscando en el espejo la ternura o nobleza que no tenía. Remiró su traje príncipe de gales combinado con un chalequillo fucsia y camisa Armani gris. Tenía que rendir a esa muchachita en sus brazos, ¡pero no tan emperifollado, concho, que se me va a notar! Desanudó la corbata malva, rajó la costura y la lanzó al lavabo; desprendió la rosa de la solapa, la tiró al suelo y la pisoteó durante quince segundos como si fuera una colilla. Durante esos segundos, miró las pupilas del Jimeno del espejo. Quería olvidarse de los cerdos y los jamones por un rato. Esa tarde tenía otro negocio entre manos.
—Espero echar un buen jornal —dijo al espejo antes de salir del baño.
Cerró la puerta de la finca con delicadeza y posó el dedo corazón sobre el pomo dorado, casi con veneración. Luego se llevó la mano al pecho y acarició el relieve de la cruz egipcia debajo de la camisa, agradecido por la vida que creía merecer. Pulsó el mando del Mercedes, lo arrancó y el cante de Bambino dio brillo a sus ojos.
Cinco minutos después, Jimeno miraba de arriba abajo una casa encalada de dos plantas con tres balcones de forja y buhardilla en la calle Santo Domingo. Comprobó que estaba en el número 7, lo revisó mirando en la hoja de cuadritos que le dio la panadera. ¡Ay, madre! Qué buena casa, si hasta voy a dar un braguetazo. Llamó al timbre, en la otra mano sujetaba la bolsa de pan.
Una mujer pelirroja, que en otro tiempo pudo ser tan guapa como Consuelo, levantó el rostro hacia Jimeno. Todavía está buena y tiene las mismas pecas que la muchacha. Debe de ser su madre.
—¿Está Consuelo? —preguntó Jimeno con voz dulce y perfumada.
—Está ocupada.
—Vengo a entregarle esto —insistió levantando la bolsa de pan.
La mujer chequeó con la mirada el chalequillo y los zapatos con hebilla, parecidos a los de un marqués que aparecía en su revista. Le dejó pasar al vestíbulo revestido a media altura de azulejos cobreados de Mensaque, entornó la puerta que daba acceso a un espacio luminoso, se excusó y lo dejó solo. Jimeno se coló hasta el patio de luz. En el centro se levantaba una fuente de mármol blanco con dos piletas, la más alta rebosaba agua a gotas musicales sobre la otra. El pilón, rodeado de helechos, calas y lirios, parecía trasplantado del parque de María Luisa de Sevilla.
Consuelo entró seria y con los ojos enrojecidos. Jimeno respiró profundo y sacó pecho.
—Le traigo la bolsa de pan que se le cayó en la calle, señorita Consuelo —dijo levantando la barbilla, modulando la voz a cada palabra y moviendo la mano derecha, como si diera un pase torero. El ritual casi hizo reír a Consuelo, que se llevó la mano a la cara para ocultar la mofa. Segundos después se le cortó la risa como una indigestión.
—¡Está usted fatal!
—Cierto, fatal de amor.
—Pues dígaselo a mi novio, ¡Fidel…!
Un hombretón, más bajo, pero más fuerte que Jimeno, llegó sofocado y con alarma.
—Éste es el tío del beso —concretó ella.
¡¿Fidel…?! ¿Qué pinta este cacamulo con esta diosa?
—Pero si es el marqués de los guarros. Ladrón de fincas y lenguarón que engaña a todo el mundo.
Me va a currar de la hostia. Todo sea por esta preciosidad. Pero en la cara, no.
Se alzaba casi cuarenta centímetros sobre Fidel, pero éste le sacaba la misma medida de espaldas. Jimeno vio el brazo de su contrincante, como dos de los suyos, despegarse del cuerpo y se cubrió la cara con la bolsa de pan. El puño impactó como un ladrillo macizo en el estómago fucsia. Jimeno dobló la cintura y agachó la cabeza dos palmos. Fidel se lanzó de nuevo sobre él y lo tumbó con el segundo puñetazo. Jimeno, sin soltar la bolsa, se contrajo en posición fetal. Un alarmante reguero de sangre le brotaba de la boca y salpicaba el suelo cerámico del patio de luz. Consuelo gritó llamando a su madre y luego se cubrió la boca, como si el grito le hubiera robado las palabras. Coronada acudió asustada y abrazó a su hija. El galán, sin perder la calma y sin levantarse del suelo, tranquilizó a las dos mujeres aclarándoles que se había mordido la lengua.
—¡Para, que lo vas a matar! —rogó Coronada, justo cuando Fidel pretendía patearlo—. Pero ¿qué ha hecho este hombre? ¿Por qué tanta violencia?
—Para que aprenda a respetar a mi novia.
Ya me pagarás esta afrenta, hijodelamuygrandísimaputa. Rio para sí Jimeno.
—Ayudadle, sentadlo en la silla, por favor —pidió su madre con voz temblorosa.
Jimeno se dejó levantar por Fidel y Consuelo. No dijo una palabra, ni de dolor ni de sentirse ofendido. Fidel también seguía en silencio, aunque encendido de rabia y jadeando. Coronada llegó con algodón, alcohol y Betadine. Fidel retrocedió unos pasos y dejó a Jimeno en manos de las dos mujeres.
—Ya lo hago yo, mamá.
Jimeno tenía un corte en el centro del labio inferior y otro más pequeño en la lengua. La sangre oscureció la solapa del príncipe de gales y la camisa gris. Consuelo pasó de la rabia a la compasión. Le dio un poco de pena verlo ahí tirado con su pedazo de traje, aunque hortera como un duque inglés vestido de colores llamativos.
Pobrecito, ni se ha defendido. ¿Estará tan enamorado como dice?
Él mantuvo la vista en el suelo, apretó el entrecejo y los dientes y redondeó las mejillas, como había ensayado ante el espejo.
—Discúlpenme por interrumpir así en su casa y por mancharle el suelo —dijo en tono bajo y quejumbroso.
—Calle y deje que le cure ese labio —la voz de Consuelo sonó agridulce.
Jimeno levantó por primera vez la mirada desde que cayó sobre las baldosas. Sus ojos negros se clavaron en los verdes de Consuelo. Ella le mantuvo la mirada y él la bajó de nuevo con media sonrisa. Esto va mejor de lo que esperaba, la jaquetona será mía antes de lo que cree, cagoensandíe.
Fidel, con el rostro enfurruñado, apretó los puños. Esta sanguijuela quiere levantarme la novia, trajinársela en el picadero. Con todas las fulanas que puede comprar, viene aquí a camelarse a mi Chelo. Este malaje quiere llevarte a la porquera, echarte un kiki y si te vi ni me acuerdo, pero ¿qué cojones hace entrando aquí, como si no hubiera roto un plato en su vida? ¡Si lo hubiera agarrado en la calle…!
Capítulo 4
Consuelo despertó inquieta, la acosaba el remordimiento de cortar con Fidel, ¿cómo se lo diría, después de partirse la cara por ella? Salió a la calle para abrazar el frío de la mañana, ese frío tan suyo, que soplaba desde las cimas de pinos y alcornoques que rodeaban su pueblo. Se sentó sobre el mármol gris del escalón, lamió tierna con la mirada el blanco silencioso de las fachadas e inspiró el efluvio amargo del metal de los balcones señoriales. Casas sencillas y limpias, nada que ver con las fachadas ostentosas de piedra afeitada de los Campos Elíseos, ni con la grandiosidad del monumento del Arco del Triunfo. Ese caserío de la infancia creaba una orografía que penetraba su ser, lejos de la vacuidad de las grandes ciudades, como París o Londres. Ella elegía ahora dejarse atrapar por las garras de la tierra, el suelo que pisaban las personas que la entendían y la querían, ya no deseaba la vida elitista de los estudiantes ricos europeos. Es cierto que su tío le había proporcionado todo cuanto ella necesitaba y pedía, lujos que no podían permitirse la mayoría de los mortales, como comer en restaurantes de tres estrellas Michelín cada sábado o tener un armario repleto de trapitos de Gucci y Versace. Pero ahora entendía que todo lo material sólo servía para cargar el espíritu y alimentar emociones enclenques. ¿Cómo iba a ser lo mismo desayunar desangelada un cruasán de mantequilla con batido de arándano y frambuesa en una cruasantería de Montparnasse, que una tostada con aceite y jamón de bellota preparada por su madre junto a la candela?
Continuaba absorta en el umbral de la casa, transportada por el recuerdo hasta la mesa de su cruasantería favorita, cuando un motorista paró delante de la casa y le entregó un ramo de rosas.
Consuelo, más halagada que curiosa, abrió el sobre que acompañaba a las flores, segura de saber quién las enviaba.
Jimeno la invitaba a almorzar en Linares de la Sierra y a montar a caballo en su finca. ¡Qué cara tiene este tío, pero me encanta!
Se puso el vestido de gasa verde con los zapatos negros de tacón y se pintó los labios con esmero. Esperaba tras la ventana del salón, absorta en las leves hierbecillas que rellenaban las grietas de las piedras de la calle, cuando apareció el Mercedes que la llevaría con Jimeno. Cerró la puerta de la casa y subió al coche. El vehículo avanzó por la carretera boscosa de Linares. Los nervios le apretaban el estómago y sintió el impulso de sacar la cabeza por la ventanilla. Las nubes Blanco Nuclear pugnaban por cubrir el azulete del cielo que se vislumbraba entre las ramas de aquel túnel de hojas verde luminoso.
El chófer la dejó frente al restaurante. Un camarero abrió la puerta y, con pleitesía, le dio la bienvenida. ¡Cuánta elegancia! Y qué diferencia con los pubsy discotecas donde bailaba con Fidel, de las cervezas y tapas en los bares del pueblo, de las noches de frío y sexo en el Land Rover… Debía cortar con Fidel, ya no lo deseaba, y no podía seguir utilizándolo para espantar a ese hombre. Entró al local con la conciencia ya libre de culpa y pensando en el calor de la chimenea del restaurante que, aún en marzo, estaría encendida. Jimeno la esperaba con las manos entrelazadas sobre el mantel beis y la mirada fija en el ramo de tulipanes amarillos que se alzaban en el centro de la mesa. Observó su perfil. La nariz curva le otorgaba el aire de un emperador romano. ¡Qué guapo es el tío! Tan grande. Tan serio. Tan importante.
Jimeno dio un respingo al verla, se levantó, se alisó la camisa negra de seda y esperó impaciente para besar su mano con caballerosidad. Retiró la silla y le ofreció asiento frente a la chimenea. Las llamas se reflejaron en los ojos de Consuelo.
—El reflejo del fuego en tus ojos tiene el mismo poder de seducción que el amor —dijo Jimeno y posó su mano sobre la de Consuelo—. Tienes el magnetismo de la diosa egipcia Sejmet. Nunca me había atraído nadie con tanta fuerza. Ese poder del fuego que aprecio en tus ojos me da la fuerza vital y eterna del Ka…
—Déjate de rollos, ¿qué quieres de mí? —Consuelo retiró la mano.
—Llevarte al altar.
—Ya tengo novio. No sé ni por qué he aceptado esta invitación.
—Ése es un cacamulo, un muerto de hambre, yo te puedo dar todo. Tendrás la mejor finca y la más grande de la comarca, te construiré la mansión más lujosa que se haya levantado nunca en Aracena, disfrutarás de todo lo que quieras, también será tuyo el negocio de los jamones. No te faltará de nada estando conmigo, te lo prometo… te traeré la luna si me la pides.
—¿De qué vas?, ¿me quieres comprar? A un hombre le pido que me dé su corazón, que sea buena persona y que me ame con locura. Lo demás me sobra.
¡Concho!, ésta es una idealista… todavía, ya se enterará de todo lo que se puede conseguir con el dinero.
Jimeno se recompuso, irguió los hombros y miró a la chimenea como si fuera un espejo, se llevó una mano a la mejilla y con la otra se acarició el cabello de la nuca.
—Desde que te he conocido no duermo, todo el día estás clavada en mi pensamiento y no quiero vivir si estás lejos de mí —se puso de rodillas—. Te ruego que lo pienses, no tienes que responder ahora. Esta tarde me conformo con que vengas a montar a caballo y que pases unas horas conmigo.
A ella no le costó darle gusto. Posó los codos sobre la mesa, unió las manos bajo la barbilla y le dijo que le parecía bien.
Jimeno se puso en pie, hizo una señal al camarero y dos fuentes de ostras y carabineros llegaron a la mesa. Consuelo sonrió con un brillo de deleite en los ojos. Jimeno sólo comió ostras y presa ibérica muy pasada. Consuelo apuró los carabineros y un risotto de boletus. Durante el almuerzo, ella se enrolló con el ambiente bohemio parisino, mientras que él sonreía mirándola como si ella fuera su alimento. Cuando acabaron, Jimeno soltó tres mil duros sobre la mesa, retiró amable su silla y la invitó a salir del restaurante, haciendo un pase torero con la mano. El chófer, al volante del Mercedes, los esperaba a veinte metros del restaurante. Cuando se acomodaron en los asientos traseros, Jimeno se desabrochó un par de botones de la camisa. La cruz de oro egipcia centelleó sobre el vello oscuro del pecho.
—Qué exótico. Es egipcio, ¿verdad? —captó la atención de Consuelo.
—Sí, es el ankh, la llave de la vida. Los egipcios creían en la resurrección —se abrió un poco más la camisa para que ella viera el amuleto—. La llevo a la altura del corazón, porque según esa gente el corazón es el trono donde vive el dios interno de un hombre.
—Sí que eres un tío raro… —además de guapo, culto, pensó—. Nunca podría imaginar que te interesara la historia.
—Sólo la de los egipcios.
Ella sonrió y apartó la mirada de su pecho para contemplar el paisaje.
—¿Cuántos caballos tienes?
—Cinco, pero el mejor caballo pronto dejará la finca.
—¿Lo has vendido?, ¿le pasa algo? —interrumpió con desazón.
—Es tu regalo, princesa.
Ahora sí clavó sus ojos en los de Jimeno. Él contempló su carita pecosa y descubrió en su mirada una confusión excitante. Bajó la mirada al escote. Se mordió el labio inferior fantaseando con sus abundantes pechos y se acercó un poco intentando besarla.
—No puedo aceptar un regalo tan caro —ella se apartó—. Y se me han quitado las ganas de ir a tu finca.
—No pasa nada, puedes montarlo otro día, si te apetece.
Consuelo dudó unos segundos. Jimeno aguardaba paciente, relajado y muy seguro de que ella aceptaría.
—Bueno, quizá me escape alguna tarde.
Jimeno exhaló un suspiro. Casi la cago, ¡oú!
Capítulo 5
Las chicas, con sus respectivos novios, tomaban el vermú del sábado en el Manzano. Ellos charlaban de tías en la barra reunidos en medio círculo y ellas cuchicheaban al margen. Les daban la espalda formando otro medio círculo. Sobre la barra, cuatro tintos con casera, llenos aún.
—Está obsesionado con casarse conmigo —susurró Consuelo acercándose a sus amigas.
—Está buenísimo el hombretón, pero creo que tiene novia —dijo una de ellas, elevando la voz por encima del susurro de Consuelo y mirando hacia la mesa dónde estaba Dolores con otras dos chicas.
—Ese tío es un mujeriego, pobrecita Dolores —dijo Asun.
—Tú y ella érais buenas amigas de pequeñas, ¿qué pasó? —preguntó la otra mirando a Consuelo.
Consuelo miró a Dolores, era un poco simple y tosca, pero una buena chica. No pasó nada entre ellas o puede que sí. París y sus inquietudes la dejaron sin ganas ni tiempo para campesinos insulsos con poco mundo.
—Nada. Sólo el tiempo —respondió con un tono de nostalgia.
—Bueno, Consuelo también tiene novio —intervino Asun.
—Pues el tío parece que no se entera. Hasta me quiere regalar un caballo —susurró.
—¿El hombretón sabe que te gustan los caballos y todo? —preguntó Asun.
—Bueno, me llevó a su casa y me enseñó sus caballos… —calló cuando Fidel giró la cabeza.
—Está claro que te quiere conquistar, ¡uyuyuy…! —volvió a susurrar la otra chica.
—Te está ligando, Panocha —Asun parecía molesta—, lo habrás rechazado, ¿no?
—Claro que sí. Pero el caballo es tan hermoso, es negro con un brillo furioso, noble y de una belleza salvaje. Me enamoré nada más verlo.
—¿Te liaste con él? —preguntaron las otras a la vez.
—Me enamoré del caballo, tontas —se rio Consuelo—. Con su dueño ni tengo ni quiero nada.
—No sé lo que le haces a los tíos, Chelo—bromeó la amiga—. Ése de enfrente —señaló a un chico con cazadora vaquera blanca— no te quita el ojo. Deja algo para las demás.
—Y si no quieres a ese chulito, pues díselo en la cara y no lo engolosines —aconsejó Asun mirando hacia Dolores.
—¿De qué vas, Asun?
—¿Yo?, de nada, sólo digo que ese guaperas es un ligón que va de flor en flor y no te conviene. Los del pueblo le rehúyen. Dicen que con veinte años mató al marido de Virtudes la Tuerta, allá en Aroche. El tío era un borracho que la molía a palos y le reventó el ojo con una botella. Apareció una madrugada en una cuneta con tres costillas clavadas en el pulmón, y en agradecimiento ella le sirve al chulito como una esclava.
—Eso son habladurías, Asun —dijo la otra—. También se rumorea que anda con gente chunga y que el dinero no le viene sólo de los jamones, la gente habla mucho…
—Pues sí —dijo Consuelo con desdén—. Lo que está claro es que envidia hay de sobra en este pueblo.
—¡Ay, madre!, ahí tienes a tu dandi —dijo la amiga.
Jimeno entró en el Manzano con el rostro al frente y sus ojos ocultos tras unas Rayban. Deslumbraba con un traje de chaqueta blanco y suéter de cuello vuelto beis, tan guapo y galán parecía Gregory Peck.
—Ponme una caña en copa —pidió al camarero apoyando el codo en la barra.
Jimeno bebió un buen trago de cerveza, sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se limpió la espuma de los labios. Sostuvo la copa entre los dedos y se giró hacia Consuelo.
—A las buenas tardes.
Consuelo se dio media vuelta y enfrentó su cara. Jimeno traía una cajita en la mano, la abrió.
—¿Quieres casarte conmigo, Consuelo? —Jimeno se arrodilló y le ofreció un anillo.
—¡Va-ya pe-drus-co! —soltó Asun silabeando.
El rubor encendió la cara de Consuelo, atenuando el color de sus pecas. Soltó los brazos, como si sostuviera pesas en las manos, y miró fijamente a Jimeno. Pensó en las tardes que pasearon por la finca y cabalgó sobre el caballo negro furioso. La emoción le atravesó el pecho y le salió por las dorsales. Luego pensó en París, en Londres, en su tío… Y en los reproches de su madre, sentenciando que pronto se cansaría del pueblo.
Intentó convencerse, demostrar a todos que se equivocaban, y eligió a Fidel, un hombre pobre y sencillo para una vida tranquila.
—Pero si tienes novia —respondió como una sonámbula, siguiendo con la mirada los pasos de Dolores que salía del bar a toda prisa.
—Yo estoy libre como el viento.
—Lo siento, pero no —Consuelo se volvió hacia sus amigas.
Me ha mirado con las pupilas como dos platos, estaba en el bote. Si hasta se ha puesto caliente, los labios más coloraos y más sabrosos. ¿Por qué niega que le gusto? Espero que no sea por el maldito Fidel, porque es que me lo cargo.
—¡Te ha dicho que no, lárgate de aquí aguafiestas! —todas las caras del bar giraron hacia la barra.
Maldito seas Fidel, escoria de mierda.
—Para, Fidel. No quiero más movidas —dijo Consuelo como si saliera de una ensoñación, apartando la mirada de Jimeno. Sus amigas comenzaron a decir algo, ella se llevó el índice a los labios para ordenar silencio. Asun trató de abrazarla, ella la paró con la mano en alto. Se volvió hacia Fidel y le pidió que la acompañara a casa.
Jimeno apoyó la espalda en la barra, observó arrugado el pantalón a la altura de las rodillas y manoteó la tela. Asun lo miraba con rabia. Esto sale palante, como que me llamo Jimeno. Voy a echar todo el gorrino en las brasas.
—¡Ponme un Macallan, cagoendíe!
Consuelo caminaba en silencio y miraba al horizonte. Pensaba en ese chulo, terco, engreído y liante de Jimeno. Cada vez le costaba más disimular cuánto le gustaba. Era tan cabezota y tan… guapo.
Fidel la detuvo, le cogió las manos y la miró a los ojos.
—Éste está pirao, Chelo. No te dejes enredar.
—Mira… —saltó Consuelo antes de que Fidel dijera nada más—. Llevo tiempo pensando en cómo cortar contigo. Ya no puedo seguir engañándote, no te quiero y no siento nada por ti.
—¿Es que quieres a ese lenguarón, Chelo?
—Deseo una vida sencilla en mi pueblo, con mis padres, mis amigas y mis tres caballos —eludió la pregunta.
Fidel bajó la mirada al suelo, la arrastró por las piedras de la acera.
—No soy tonto y sé que contra más te diga más te vas con ese malaje.
Dio media vuelta y se alejó de Consuelo cabizbajo y gruñendo. Ella avanzó en dirección contraria. Antes de doblar la esquina se giró y encontró a Fidel mirándola. Ambos sonrieron con los labios apretados, ella levantó los hombros y retomó el camino a su casa.
Capítulo 6
Consuelo almorzó con sus padres en la cocina. Sólo tomó un par de cucharadas de arroz. Se levantó y abandonó la mesa sin recoger su plato. La madre puso la cara larga, pero su padre negó con la cabeza para evitar el reproche y se levantó para preparar café.
Consuelo se echó en el sofá y se quedó dormida. Jimeno y Fidel revolotearon en su cabeza. Soñó que cabalgaba a lomos del caballo negro vestida de novia. Jimeno la esperaba a la entrada de una enorme iglesia con la cornisa poblada de gárgolas como Notre Dame. Fidel se interponía en su camino, el pura sangre se encabritaba y ella caía en un charco. El peso del vestido cubierto de barro la hundía en el barrizal, que se la tragaba como tierras movedizas.
—Tómate el café, hija —la despertó su padre, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano.
—Perdona, papá, pero no me apetece.
—¿Qué te pasa, hija?, tienes mala cara.
—He cortado con Fidel.
—¡Por eso has perdido el apetito! —espetó su madre entrando en el salón—. Al fin me vas a hacer caso.
—Ese Fidel no es malo, mujer —dijo Blas con cariño.
—No es por eso. Jimeno me sacó los colores en el Manzano delante de todo el bar. Otra vez me pidió en matrimonio, se puso de rodillas y me ofreció un anillo.
—Eso es que ese hombre te quiere de verdad, hija. Es tan guapo y educado. Tendrás el futuro asegurado con él.
—Quieres dejarla hablar, Coro. Ese hombre no tiene amigos, sólo se pavonea con sus trajes y sus coches caros, todo no es el dinero —la apoyó Blas mirando fijamente a su mujer.
—El dinero no es todo, esposo, pero sí vale para darles buenas carreras a los hijos y labrarles el futuro —su madre también se levantó y le acarició la mejilla.
—No me voy a casar con ese hombre.
—Pero, hija…
—Tiene novia, mamá. Sale con Dolores.
—Estará tonteando con esa chica, nada más —le quitó importancia Coronada.
Blas se quedó sentado y entrelazó los dedos.
—La decisión la tienes que tomar tú, hija —dijo tras una respiración profunda.
—Voy a hablar con Fidel. Merece que se lo diga a la cara —reconoció sus sentimientos saliendo del salón.
Consuelo cerró la puerta de la casa y se sentó en el escalón. Observó el blanco encalado de la casa de enfrente. Pobre Fidel, engreído Jimeno y maldito mi tío. Fidel tenía razón, había caído en la tela de araña de Jimeno y había jugado con él. Se sentía mala persona, por haberle herido de una manera poco honesta. Miró al cielo y contempló las nubes de algodón. La estela de un avión dibujaba una línea gruesa, como si el trazo de una tiza partiera el cielo en dos. Dividido como su corazón. Le gustaba volar, flotar sobre las nubes, a salvo de la atracción de los hombres. Comenzó a subirle un fuego de la garganta a las mejillas y después a la frente, como si llevara una piel de oveja ajustada al cuello y el calor migrara hacia la cabeza. Se le aceleraba el pulso al pensar en Jimeno. Cuando él la miraba sentía un deseo incontrolable de estar más cerca y cualquier contacto casual conllevaba un magnetismo vertiginoso irresistible. El mismo magnetismo que sentía con quince años, al contemplar el océano turquesa desde el apartamento que alquilaban en Tarifa. Con la primera luz del día bajaba las escaleras como una sonámbula y caminaba hasta la orilla donde rompía la espuma. Se zambullía en la playa cristalina y buceaba hasta el fondo. El silencio, la ingravidez, el arrullo del agua le recordaban al vientre materno donde, una vez, estuvo a salvo de todo. Luego emergía, quedaba flotando con los brazos abiertos mirando al cielo azulete con sus nubes de algodón. Era como volar sin miedo a caer. Algo parecido significaba el amor de Jimeno. Sus deseos por complacerla y la vida que le prometía le aportaban seguridad. Aunque también presentía que su pasión y su empeño por tenerla, la alejaban de esa vida tranquila que tanto creyó desear.
Se levantó y caminó hacia la casa de Fidel para pedirle disculpas. Apenas anduvo diez pasos, cuando vio el Mercedes de Jimeno aparcado delante de su casa. El coche tiraba del trasportín en el que supuso iría el caballo negro furioso.
—¿Dónde te dejo el caballo? —dijo Jimeno sacando la cabeza por la ventanilla.
—Ya te he dicho que no puedo aceptarlo, ¿no te quedó claro? —dijo volviendo sobre sus pasos.
—Disculpe a mi hija —intervino Coronada abriendo la puerta. Éstos no son los modales que le hemos enseñado.
—Gracias, señora. Sólo traigo un regalo —Jimeno señaló el trasportín.
—Ya le dije que no lo aceptaré.
—Deja que este señor se explique, hija. Y por favor, pase al salón, caballero —dijo Blas desde el zaguán.
He llegado en el mejor momento, esta encerrona no te la esperabas reina mía.
Jimeno les siguió hasta el patio de luz.
—Les confieso a ustedes, señores míos, que estoy locamente enamorado de su hija. Son ya varias veces las que le he pedido en matrimonio, pero hasta ahora me ha rechazado. Tal vez pensaba que mi proposición no iba en serio. Por eso ayer se lo pedí como Dios manda, ofreciéndole este anillo de compromiso, pero ha vuelto a decirme que no.
—Va-ya —silabeó Coronada, alargando los ojos hasta casi tocar el diamante con la pupila, cuando Jimeno les mostró la joya.
Consuelo cruzó los brazos y apretó los labios.
—Lo que más deseo de este mundo es la mano de su hija —continuó Jimeno—. Y aunque tengo pocas posibilidades de que ella acepte este anillo, sí les pido, si no les parece mal, que me ayuden a convencerla de que acepte el caballo que con todo mi corazón le regalé. Por supuesto, sin compromiso alguno.
—¡Ay, Chelo!... No seas cabezota. Si has dejado a ese Fidel, no haces mal a nadie aceptando el regalo de este señor. Dile que sí.
—Disculpe a mi mujer, caballero, no está acostumbrada a estos lujos, yo sólo soy un humilde maestro de escuela. La decisión debe tomarla mi hija, y lo que ella decida nos parecerá bien.
Consuelo observó la mano que sostenía el diamante, fuerte, dedos largos y nudosos, como las ramas de un alcornoque donde cobijarse. Sintió de nuevo aquel magnetismo que la arrastraba hacia Jimeno y le temblaron las piernas y los labios.
—Debes tomar una decisión libre y sin presiones, hija —Blas acercó y le cogió la mano entre las suyas.
—Acepto el caballo. Quiero que se llame Azabache —rompió el silencio.
Su padre la besó en la frente, cuando vio que las lágrimas resbalaban de sus ojos. Ella le apretó las manos, antes de que la dejaran a solas con Jimeno.
Ya eres mía, gorrioncito.
Capítulo 7
Jimeno tenía el sí brillando en el anular de Consuelo. Sólo quedaba confirmarlo en el altar. La misma tarde en la que ella aceptó que le pusiera el diamante, él, muy impaciente, trató de convencerla de que se casaran al día siguiente, pero ella le exigió estar un tiempo de novios. Tras varios segundos de dudas, se resignó y aceptó el deseo de su amada. Durante el tiempo de noviazgo, se volcó en seducirla y halagarla. Ella se dejó querer embaucada por sus encantos.
Un mes después, Consuelo fue a ver al párroco para ultimar los detalles de la ceremonia. Llamó a Jimeno para contarle; él estaba supervisando un envío importante. Jimeno verificaba siempre la calidad de los jamones de los clientes selectos. Esos pedidos los realizaba personalmente, se aseguraba del pedigrí de los pata negra y de la otra mercancía. Su primer impulso fue ignorar la llamada —si se cometía algún fallo en el encargo pasaría un mes en vela—, pero la idea amenazante de que ella se pudiera arrepentir le llevó a coger el teléfono.
—El párroco quiere vernos mañana, he quedado a las nueve para ensayar la ceremonia —le contó ella.
¿Ensayar, yo? Estos curas no tienen nada más que tonterías. Maldita sea, hasta mañana no acabaré de chequear el pedido.
—Ay, mi reina, tengo que revisar un pedido muy importante. Es para un cliente cojonudo, que exige la flor y nata de los ibéricos de bellota y nunca pregunta el precio. ¿Puedes llamar al cura y retrasarlo hasta el mediodía?
—Seguro que al párroco no le importará, ya me encargo yo.
Eso está bien gorrioncito, me gusta que seas como una yegua alfa, cada vez me excitas más.
—Oye, Jimeno —continuó ella—, voy a aprovechar el hueco para contarle personalmente a Fidel lo nuestro.
¡Oú!, cagoensandíe. No tiene que decirle ni media palabra a ese contrahecho.
—¿Y no puedes contárselo en otro momento, princesa, tiene que ser esta mañana?
—En todo este tiempo no me has dejado sola ni un segundo y si mañana nos casamos no hay otro, él se merece que se lo diga, Jimeno, es lo justo.
¿Justo? Ya eres mía y nada tienes que explicarle a ese pelagatos.
—Está bien. Entonces quedamos a las nueve en la iglesia.
Cuando colgó, mandó a su chófer al pueblo; no quería riesgos ni sorpresas con Consuelo. Esta vez, examinó los palés con más prisa y más mala hostia de lo habitual.
Capítulo 8
Consuelo se encontró la puerta de la casa de Fidel entornada. Decidió llamar al timbre y cuando él apareció comenzó a soltarle las excusas del porqué se casaba con Jimeno, como si encargara la lista de la fruta por teléfono. Él la escuchaba serio.
—Pasa, Chelo, que parecemos dos desconocidos hablando en la puerta —dijo Fidel entrando en la casa.
—Tengo mucha prisa, no entro.
Pero Fidel regresó con dos cervezas y un vaso. Abrió una y se la sirvió a Consuelo. Ella entró a regañadientes, dejó la puerta abierta y cogió el vaso.
—Yo estoy loco por ti, Chelo, y lo sabes. Haría lo que fuera. Si estoy en el pueblo es por ti, en esta casita podríamos vivir tan a gustito —dio un trago a la cerveza.
—De eso te olvidas, ya te he dicho que no siento nada por ti y no quiero engañarte ni hacerte daño.
—Me has utilizado, ¿no?
Pobrecito, puede que lleve razón.
—Mira, Fidel, me voy —Consuelo dejó el vaso sobre la mesa y se volvió hacia la calle.
—Perdona, perdóname —dijo Fidel arrodillándose con cara de pena y cogiéndole la mano.
La verdad es que está sufriendo por mi culpa.
—Te perdono, adiós.
—Espera, Chelo —rogó Fidel sin soltarle la mano—. Vamos a acostarnos por última vez, anda.
—Todos los hombres sois iguales, nada más que vais a lo que vais.
Consuelo se zafó de la mano de Fidel y se dirigió hacia la puerta. Él la siguió.
—Espera, Chelo, perdona, ¿podemos seguir siendo amigos?
—Eso con Jimeno no va a ser posible —dijo en la acera, volviéndose hacia Fidel que la miraba con pena.
En ese momento, dos amigos de Fidel llegaron a la puerta. Fidel demudó el gesto. Ella miró a Fidel, levantó la mano y se dio media vuelta.
—No te vayas así, Chelo —dijo Fidel.
—¿Qué ha pasado aquí?, ¿la pelirroja buenorra se ha enfadado? —preguntó el más alto de los amigos.
—Dice que me gusta mucho follar, que ya la he dejado bien a gusto, pero yo le hubiera echao otro.
—¡Qué cabrón! Tienes que follar de puta madre, porque por el físico… estás hecho de retazos, bellotón.
El otro amigo se rio a carcajadas. Fidel miró al alto, negó con la cabeza y gruñó.
—Que es broma, coño —se disculpó.
Esto me pasa por lenguarón. Qué mal me he portado con la Chelo. La única que no me ha tratado como un animal ni le ha importado lo de mi madre.
—Me voy del pueblo. Iré a la finca de Zufre a cuidar guarros.
—¿Cuándo lo has pensado, cabrón?
—El mandamás Del Arco me está jodiendo, nadie me da curro.
—El chulo ése que tú dices quiere tirarse a la Chelo, ¿no? —volvió a intervenir el alto.
—Le voy a dejar el camino libre al cabronazo ése, estoy harto del pueblo. Me quedé aquí por ella. Los animales son más humanos, prefiero estar tirado bajo una encina con mis guarros, despertarme al alba y dormirme mirando las estrellas. La gente eh una mierda.
—Pues…
—¡Queréis dejarme en paz, coño! —interrumpió Fidel levantando el brazo.
—Cómo te pones por nada, hostias —dijo el alto, mientras abría la puerta de la calle. El otro amigo lo siguió y abandonaron la casa.
—Qué mal me he portado con la Chelo, ¿qué voy a hacer yo sin ella? La única que no la ha importado que mi madre fuera una puta —susurró para sí Fidel entre sollozos y apoyando la cabeza sobre la mesa.
Consuelo abría la puerta del coche, cuando Dolores la abordó por detrás.
—No está bien quitarle el novio a otra mujer.
—Él es libre de decidir —dijo volviéndose hacia Dolores.
—Ése no es hombre para ti y lo sabes —la agarró del brazo—. Con tus estudios y tu belleza puedes tener a cualquier tío con clase y dinero en París o en la Conchinchina. No me hagas esto, Consuelo.
—Yo no te estoy haciendo nada. Te estás humillando tú sola… Y suéltame —se zafó de un tirón.
—Para ti sólo es un capricho. Siempre te has creído mejor que las del pueblo y tienes que demostrarlo. Pero lucharé por él, te lo aseguro.
Consuelo se montó en el coche sofocada y arrancó.
Quince minutos más tarde, Dolores bajaba de un taxi en la puerta de Jamones del Arco.
Capítulo 9
Jimeno ordenó cerrar la puerta trasera del tráiler y se fue a la finca a ducharse. Se enfundó el traje negro Armani, camisa negra con corbata fucsia y sus zapatos negros de hebilla. Apretó el bote de la gomina y apuntó directo a la cabellera, con los dedos se peinó hacia atrás con la perfección del barbero de un rey. Se fumigó con Loewe, salió de la casa y se montó en el Mercedes.
—El informe del seguimiento a su prometida, jefe —dijo el chófer entregándole un sobre.
El contenido aumentó su mala hostia.
—A la iglesia, dale caña que son ya casi las nueve —ordenó salpicando de saliva el reposacabezas del chófer.
Esta tarde me caso, ¡cagoensandíe!
Durante el trayecto, Jimeno iba en silencio, meditando sobre lo duro que fue levantar su negocio. Tras la boda, Consuelo sería su heredera. A esa mujer le caería del cielo la fortuna que él reunió con un esfuerzo titánico. Cuando su padre murió, dejó la carrera de Económicas y se hizo cargo de la finca y de los guarros. Desde los veinte años lidió con la venta de jamones casa por casa; Huelva, Sevilla, Jerez, Sanlúcar… Tirado por toda Andalucía días y días, cargando y vaciando el furgón. Hasta aquella tarde que el salmantino, ahora su socio, llegó a Aracena y se topó con él en el Manzano. Allí recibió su primer pedido, él mismo fue a servirlo a Guijuelo con su furgón. Al comprobar la calidad del producto, el de Salamanca le adelantó el dinero para un envío mensual durante todo el año. Con ese dinero compró la primera de sus naves, que más tarde se convertiría en la oficina central de Jamones del Arco y tapadera para el otro negocio. Su emporio, sus naves por toda España, sus jamones, sus caballos, sus futuros pubs…
Mi dinero, y a partir de mañana, tú serás mía también, gorrioncito.
Capítulo 10
