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Premio literatura diversa 2024 de Editorial siete islas, patrocinado por SHANGAY y RITUAL HOTELES SINOPSIS: Javier, en el ocaso de su vida, recibe noticias inesperadas, de un pasado, del que renegó por culpa de la intolerancia y la represión franquista. Una historia de amor, nacida en un pequeño pueblo de Murcia, remueve su fingida estabilidad, obligándolo a enfrentarse a las mentiras que construyó a lo largo de los años. Hay amores fugaces que duran una eternidad. ¿Se curan los corazones a los que no se les ha permitido ser libres? Presente y pasado se mezclan en esta historia, en la que el amor y el miedo son los protagonistas. ¿Se puede ser feliz tras la felicidad? Atrévete a descubrir la nueva novela de Lorena Escobar que se ha alzado con el Premio de Literatura Diversa 2024 de Editorial siete islas.
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Seitenzahl: 376
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Título: El amor de los cobardes
© Lorena Escobar
ISBN: 978-84-127866-3-7
Primera edición: junio 2024
Edición: Editorial siete islas www.editorialsieteislas.com
Correcciones y estilo: Marta Mozo
Ilustración portada e interior: Juan Castaño
Maquetación: D. Márquez
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin la autorización previa por escrito del editor. Todos los derechos están reservados.
«[…] No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla,
vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme:
¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción?
Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá,
también usted, y se volverá a la nada de que salió…!
¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá, aunque no lo quiera;
se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia,
todos, todos, todos sin quedar uno!
¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo!
Se morirán todos, todos, todos».
Miguel de Unamuno. Niebla.
PRÓLOGO DE JORGE M. PÉREZ GARCÍA,Presidente de la Asociación Pasaje Begoña
Un año más es un privilegio dirigirte unas palabras para darte la bienvenida a la obra literaria que ha sido la ganadora de la segunda edición del Premio de Literatura Diversa Editorial Siete Islas. Se trata de la maravillosa novela que tienes en tus manos: El amor de los cobardes. Su autora, Lorena Escobar, ha sabido conciliar magistralmente dos épocas muy duras: los años sesenta del siglo pasado y la reciente pandemia del COVID-19. Durante los años sesenta, las personas que amaban de forma diferente a lo establecido e impuesto por la sociedad lo tenían muy difícil. El nacionalcatolicismo imperante y las garras de la Dictadura convertían a las personas LGTBI en actores y actrices de sus propias vidas. Les tocó interpretar roles en una sociedad que no los comprendía ni los respetaba. La otra época durísima que se intercala en la novela es el confinamiento que nos tocó vivir debido a la pandemia del COVID-19 y de la que aún muchas personas sufren sus terribles consecuencias. A pesar de la dureza de la narrativa, la autora ha sabido envolvernos en una historia tierna, humana, desgarradora y dramática, una auténtica genialidad que no muestra odios ni rencores, sino que refleja la realidad con humildad y el día a día que le tocó vivir a aquella generación de personas LGTBI que nos precedió.
Quizá tú, lector de esta novela, te veas reflejado en ella. Por desgracia, aún en nuestros días es denominador común que a las personas LGTBI nos hayan robado la adolescencia y la juventud: no haber podido disfrutar de los primeros amores con la misma naturalidad que las personas heterosexuales; haber sufrido el mal trago que supone la salida del armario; el no poder besarnos en público; o, simplemente, el no poder ir de la mano por la calle junto a la persona amada sin ser víctima de las miradas, cuchicheos u ofensas de quienes nos cruzamos por el camino.
Las personas LGTBI que en nuestros días tienen más de sesenta años son testigos de excepción de toda una época, y siguen siendo los máximos referentes de la memoria LGTBI de nuestro país. Quienes hemos tenido el privilegio de conocer y grabar sus testimonios valoramos las libertades alcanzadas y somos conscientes de lo fácil que es perderlas, como está sucediendo en nuestro propio país y en demasiados lugares de Europa y del resto del mundo.
Normalizar los discursos de odio, los insultos y las faltas de respeto en las redes sociales, así como la invisibilidad de las personas LGTBI en ciertos ámbitos, siguen siendo factores de riesgo y amenazas reales para nuestros derechos. Recordemos que hablamos de Derechos Humanos, con mayúsculas. Por este motivo son tan importantes las referencias culturales como la novela que tienes entre las manos, que nos recuerda que las personas LGTBI existimos y lo importante que resulta nuestra visibilidad. Aprovecho para agradecer a las decenas de asociaciones y fundaciones LGTBI amigas que han ayudado a difundir este certamen literario y que, en su labor diaria, contribuyen a la defensa de una sociedad más justa e igualitaria.
Deseo que disfrutes de esta novela tanto como lo he hecho yo. La historia y las tramas que conocerás son fascinantes. Su relato nos deja un legado importante: ese inmenso patrimonio inmaterial que son las grandes lecciones de vida de nuestros mayores LGTBI y que tanta importancia recobran en nuestro presente. El amor de los cobardes nos permite descubrir lo que fuimos para saber quiénes somos, conectar esas luchas pasadas y comprender cuál es la situación de las personas LGTBI hoy día. Asimismo, nos da a conocer lo que otras personas han luchado y a todo lo que han tenido que renunciar para conseguir que actualmente disfrutemos de más derechos y libertades.
En esta segunda edición del premio, la decisión final ha estado muy reñida. El jurado no lo ha tenido nada fácil tanto por la cantidad de propuestas recibidas —medio centenar— como por su calidad y diversidad. Aprovecho desde aquí para agradecer a todas y cada una de las personas que han formado parte del jurado por haber dedicado desinteresadamente muchas horas de su tiempo a leer, puntuar y tomar la difícil decisión de acordar qué obras serían las merecedoras de ganar y de ser finalista. Me gustaría además dejar constancia de mi más sincero agradecimiento a las autoras y autores que nos han enviado sus propuestas literarias por el esfuerzo que han realizado. Estoy convencido de que un buen número de ellas serán publicadas y gozarán de un tremendo éxito.
El objetivo de la Asociación Pasaje Begoña, que en estos momentos presido, es la visibilidad LGTBI, y descubrir, proteger y difundir la memoria LGTBI de nuestro país. Por eso me produce especial emoción que el jurado haya elegido precisamente esta novela, que combina la actualidad con la memoria histórica reciente. Además, me satisface especialmente que todo esto haya sido narrado por una mujer. Y también es para mí una feliz noticia que tanto la novela ganadora de esta edición como la finalista hayan sido escritas por mujeres.
No quisiera finalizar sin dar las gracias a todas y cada una de las personas que desinteresadamente han apoyado esta segunda edición del Premio de Literatura Diversa, y en especial a las personas LGTBI que decidieron ser visibles en épocas tan duras, por ponerse la vida por montera y demostrarle al mundo que era posible convivir en diversidad, ser ellas mismas y amar en libertad. Gracias también a las entidades promotoras: Editorial Siete Islas y Asociación Pasaje Begoña; y al resto de organizadoras y patrocinadores: Madrid Orgullo (MADO), Muestra-t, revista Shangay y la prestigiosa cadena Ritual Hoteles.
Desde aquí emplazo a todas estas entidades a empezar a trabajar en la próxima edición, porque son muchos los retos que el colectivo LGTBI aún tiene por delante, y a través de la literatura tenemos la obligación de gritarlo a los cuatro vientos.
Gracias sinceras. Pasen y lean.
Fdo.: Jorge M. Pérez García.
Presidente de la Asociación Pasaje Begoña
ALARMA
Madrid. Sábado, 14 de marzo de 2020.
No sabía cómo sentirse. Cómo debía sentirse. Tras tantos años y daños curvando con esmero las doloridas raíces de su osamenta, algo le provocaba una intensa sensación de pavor. Es el miedo que se le tiene a lo desconocido, a ese monstruo del armario que siempre busca dejarse la puerta entreabierta. La luz tenue. La lengua mordida hasta hacerse sangre.
No apagó la televisión, pero le quitó todo el volumen: un acto de defensa insuficiente. Las imágenes tomaron entonces el protagonismo, un poder que se asienta sobre el ojo humano y recorre las trincheras del cerebro. Pocas cosas hay tan escalofriantes como ver el dolor sin percibir el sollozo, como ver la lágrima sin su debida preparación.
«El mundo se ha vuelto completamente loco».
Se quedó un buen rato más en el sofá, acariciando la tela desgastada que tantas noches lo cobijó de la tormenta en ciernes. Un gris triste, tan neutro como el mobiliario, como la decadencia, como las esperas. Existían muchas esperas en ese domicilio. Existían noches retratadas por cada cojín, por cada hilo suelto que nadie se preocupó por cortar de cuajo. Existía el recuerdo de Adelaida porque, con ella en vida, ese sofá jamás hubiera estado tan sucio.
«Miseria, Javier. Miseria».
En la televisión hablaban de guerra. Le sorprendió la facilidad con la que se empleaba el vocablo bélico. En la salud y en la enfermedad, en el matrimonio y en el divorcio, en las buenas y malas noticias. Todos los habitantes del planeta, «esta infamia llamada planeta», como a veces decía Adelaida, eran guerreros de algo: de un cáncer, de un territorio, de un litigio legal. La civilización mamó los pechos de Marte y en Marte se tradujo toda la existencia humana, cimentada en oleajes de rabioso conflicto, salvo que esta vez la horda enemiga no se disfrazaba de acero y furia, no había espartanos aguantando los envites de la todopoderosa Persia; esta vez, la horda enemiga se componía de un virus. Un jodido virus.
«Miseria, Javier. Miseria».
Y eso que lo avisaron en el bar: ya se sabe cómo son los bares en este país. Confesionarios, hogares, escuelas. Raíces de una cultura a veces fluctuante y a veces estanca, una cultura propia y ajena, heredera y enquistada. Semanas estuvieron hablando de algo que Javier no acertaba a asimilar, porque la mente de Javier se había cansado de asimilar cosas, de comprender, de reparar.
El caso es que una mañana, un jueves cualquiera, o puede que un viernes —«esa cabeza tuya, Javier»—, el viejo camarero, perenne y perpetuo de cafés y credos con olor a pan tostado, le dijo que tocaba echar la persiana, que llegaba la guerra.
—Ya ves, amigo mío —le explicó mientras limpiaba un vaso con el trapo que siempre descansaba sobre su barriga exultante y exultada. Impertérrito, como si todo aquello (el virus, la vida) lo hubieran pillado prevenido, con una maleta llena de certezas consumidas—. Treinta y dos años levantando la persiana cada día, sin faltar ni cuando se murió mi padre, que el diablo lo tenga en su dintel, y me toca cerrar el negocio ahora por un bicho de mierda.
Javier no preguntó nada entonces, pero ahora se preguntaba. Ahora se preguntaba cuándo iba a volver a tomarse el asqueroso café de Paquito; a reunirse con Antonio, el pediatra jubilado que siempre tenía un remedio para todo, desde la tos hasta la migraña; cuándo iba a volver a pedirse el plato de jamón ibérico, imprescindible de los domingos a mediodía; cuándo iba a volver a hacer lo único que hacía con su existencia desde que Adelaida se marchó dejándole los hilos del sofá desestabilizados y un piso con olor a mandarina recién pelada.
«Miseria, Javier. Miseria».
Sabía lo que significaba el estado de alarma, la limitación de movimiento, los artículos de la Constitución Española. Se licenció en Derecho en una época de la historia en la que ser abogado suponía una profesión de riesgo. Perteneció al sindicato, defendió a muchos durante la transición; los jóvenes, esos que se llamaban a sí mismos comunistas, dirían de él que formó parte de la resistencia. Una resistencia algo descafeinada, como tantas veces le repitió Adelaida, porque para Javier Vázquez, hijo de Antonio y Lola, lo de tirarse a la calle con las pancartas en la mano nunca fue su fuerte. Él nadaba entre tinta y juzgados, él nadaba entre letras y argumentos, entre campos minados por el don de la palabra. «Y ahora, ¿de qué sirven los abogados ahora?». Hay batallas que solo quieren el clamor del fuego.
Cuando las imágenes de la televisión mutaron en bucles de dolor infinito, calculó la hora mentalmente con dificultad—«siempre fuiste de letras»— y marcó el número de teléfono. Alguien contestó al tercer tono. Alguien que estaba a cientos de kilómetros de su espacio, de sus hilos retorcidos. De su sofá gris. Triste.
—¡Papá! —La voz de Lola se preñó de un alivio sincero, tan sincero que Javier casi podía arañarlo—. Te he llamado un montón de veces. ¿Se puede saber dónde estabas?
—Pues dónde voy a estar, hija. En casa. ¿No te has enterado? Oficialmente ya no podemos salir a ningún sitio.
—Ay, papá, ya he visto la comparecencia. —Se escuchaban ruidos de fondo, vagos como una mentira sin preaviso—. Escucha, aquí la cosa también se está poniendo fea. No es ningún chiste, debes hacer lo que te digan, no te pongas cabezota, que te conozco.
—¿Cabezota? —le preguntó con incredulidad—. ¿Qué crees que puedo hacer?
—Siendo tú, cualquier disparate.
—Ahora me ofendes, Lola. —Ojeó desde su posición todo cuanto lo rodeaba. Ochenta metros de soledad burlesca. Suspiró—. Ya sé cuál es la gravedad del asunto. En el bar llevan un par de semanas hablando sobre ello.
—El bar del Paquito no es precisamente la fuente de información más fiable. Catedráticos de mercadillo, eso es lo que va por ahí.
—Lola, ¿acaso te educamos tu madre y yo para que fueras una clasista? Esos hombres son catedráticos de la vida, que no es poco. —Dio vueltas y vueltas. Anexionando paredes y biorritmo. Divagando entre las motas de polvo que se colaban por las luces vergonzosas—. ¿Tú estás en tu casa? ¿Allí qué se sabe?
—Que estamos en la mierda, papá, eso se sabe.
Estuvo a punto de reprenderla por decir palabrotas, como lo hizo durante tantos años, años en los que Adelaida se reía de su pulcritud como padre. «La niña me ha salido a mí». Una de las miles de verdades universales sobre las que cimentaron el hogar ahora vacío.
—¿Y qué quiere decir eso exactamente? —le preguntó con temor.
Lola se rio abriendo el rayo de la esperanza que se sujetaba con pinzas. Y Javier se llenó de orgullo abriendo el rayo del amor que siempre se sujetó con pinzas.
—Pues que la situación es terrible en todas partes, pero tú sabes quién manda aquí, ¿no?
No le hizo falta añadir nada. Lola se marchó de casa tiempo atrás para especializarse en neurocirugía en un hospital americano. Con una maleta repleta de expedientes brillantes y sueños por pulir. Dos años después tenía un trabajo precario y un novio yanqui al que Javier no soportaba. Una pocilga de piso y muchos, muchos problemas para llegar a los días en rojo de cada mes. Y era terriblemente feliz.
Se despidieron con el manido «cuídate mucho» y Javier colgó con desgana. Como cuando se pide la cita del dentista. Colgó y se quedó un rato más de pie observando sus ridículos dominios, su reino sin vasallos. Dejó que el recuerdo lo acosara sin ningún tipo de pudor y pudo ver a sus chicas allí, puliendo una muesca en la lánguida risa del tiempo. Lola de pequeña pegada a las faldas de una Adelaida que tarareaba las letras de Aute. Lola adolescente discutiendo sobre política, estudiando, danzando por los pasillos para insuflar vida a una trinchera que siempre esperó la rendición de sus ocupantes. Lola, siempre Lola, llenando la inexistencia, ofreciéndoles excusas, salidas fáciles. Lola siendo su porqué, su cómo, dónde y cuándo. Lola centinela y diosa de páramos desiertos. Lola en un adiós lloroso y Lola en los silencios que anidaron después, junto a las telarañas y los hilos. Esos puñeteros hilos.
La tarde pasó como pasaban todas las tardes: lenta a propósito, solo para fastidiar. Y cuando Javier caminó por los canales de televisión para ver las mismas noticias, los mismos rostros preocupados, las mismas secuencias gemelas de otras madres, la voz de Adelaida cabrioló en su cabeza, feroz como lo fue en vida, implacable como lo fue en la muerte: «Brillante, querido. ¿No se te ha ocurrido mirar a ver si tenías comida en la despensa?».
LA INCERTIDUMBRE
Madrid. Domingo, 15 de marzo de 2020.
Se preguntó si en algún momento de su vida perdió la capacidad de soñar.
Cuando la propia inercia le hizo abrir los ojos, salió de la nada absoluta. Como en los últimos veinte años, la noche no le había regalado su película muda ni invitado a su fiesta. La noche para él era egoísta, déspota. «Mejor el vacío que el abismo, querido». «Cállate un ratito, Deli».
Aún desde la cama, cubierto por la sábana y amparado por la complicidad de la mañana recién nacida, hizo un par de llamadas. Sus excompañeros de trabajo rechazaron la ayuda que les ofreció —«tú ya has trabajado suficiente, ahora es el momento del descanso»—. Como si el descanso fuese para él un premio, una redención. Se ofreció como un plañidero y Noelia, la joven abogada que aprendió el oficio bajo su mando y disciplina, se rio con amargura desde el otro lado del teléfono.
—Lo que daría yo por poder hacer la cuarentena, Javier. Quédate en casa y…
«Cuídate». Comenzaba a aborrecer esa palabra, imperativo lastimoso. Considerarse población de riesgo sometía su columna a veinte años más de trabajos forzados. De inexplicable vergüenza. «Cuídate y trata de no babear mucho, viejo chocho».
«Miseria, Javier. Miseria».
Se levantó —no tenía otra cosa que hacer— y siguió merodeando por su particular celda. Sacó las ganas suficientes e insuficientes de vestirse y rasurar su antaño frondosa barba. Como si fuera a salir a alguna parte, como si alguna parte fuera a tocarle la puerta para hacerle una visita cortés. Cortés y fugaz, adjetivos que componían los inestables cimientos de su larga vida. De su larga muerte.
«Ni una palabra, Deli. No se te ocurra abrir esa bocaza».
Limpió sobre limpio, comprobó que aún tenía viandas para sobrevivir algunos días en su particular isla de cocoteros infértiles. Puso papeles en orden. Encendió y apagó la televisión: el mensaje cambiaba de emisor, pero mantenía su contenido. Guerra, guerra, guerra. Volvemos a las Termópilas y lo hacemos a pecho descubierto. ¡Oh! ¡Ahora los héroes no tienen abdominales, sino estetoscopios! Viejo mundo, nuevas costumbres.
Salió al balcón a la hora establecida: un pacto de universal acuerdo. Para su sorpresa, el bloque de enfrente estaba lleno de personas —«claro, bobo, ¿qué pensabas?»—, banderas, música. Gente unida en un por y un cómo, gente unida en adverbios de aproximación. Entonces llegó el aplauso. Los espartanos ahora conducen ambulancias.
«Pero bueno, bobo… ¿estás llorando?». ¿Lo estaba? La boca le supo a mar y entendió que sí. También entendió que Deli, en el infierno en el que se encontrara, se reía. De él. De las manifestaciones de admiración. «Movimiento. Los aplausos no ganan las guerras».«Anda, Deli. Jubílate de esa maldad tan tuya».
Las luces de los automóviles desaparecieron calle arriba. El bullicio poco a poco germinó en una tranquila marea sin luna, y él lloraba, porque la boca le supo a mar.
—Dicen que mañana será a las ocho.
La voz lo sobresaltó. Se enjugó las lágrimas y miró hacia los lados, con un desconcierto precoz. A la izquierda, separada de él por un biombo de cristal templado, la muchacha asomaba una cabeza de rizos negros. De un negro infinito.
—Perdona, ¿qué?
—Que mañana lo hacen a las ocho. —Desde la derecha le llegó un ligero llanto de bebé y unas palabras de consuelo. La mujer se inclinó hacia su balcón, sorteando otro gemelar biombo—. Para que puedan hacerlo los críos.
—¿Los críos? ¿Es que está prohibido que aplaudan a esta hora?
Javier se sintió aprisionado por dos fuerzas vitales, jóvenes. Dos desconocidas que ahora ocupaban parte de su antiguo espacio. Parte de su oxígeno ya más dañino que fresco.
—A esta hora los niños se supone que están acostados. —La muchacha de la izquierda le habló a la mujer de la derecha—. Pero veo que tú no tienes ese problema.
—Y porque la cría está en el baño haciendo caca. —Las palabras de la mujer eran un canto vencido. Un pentagrama de resignación. Llevaba un bebé en brazos y lo acunaba con lánguidos movimientos. Con ligera desgana—. Horas les quedan a estos dos para dormir, ya te lo digo yo.
—Y encima van a poner banda sonora.
Antes de que la muchacha terminase de hablar, la calle se llenó de acordes lejanos y conocidos. De una canción recuperada para saciar estómagos inquietos, hieles que se aprisionaban por la incertidumbre. Javier bailó esa canción muchas veces. Un día, cuando su barba lucía marrón y no gris. Un día, cuando su vida lucía azul y no gris.
—La soledad compartida es algo más dulce —comentó la mujer, y por un instante, los tres guardaron silencio.
Tres figuras solitarias, recortadas en una noche que podría haber sido una noche más. Que debería haber sido una noche más. Guerra, guerra, guerra. Cuántas libertades se toman en tu nombre.
—¿Y cómo se encuentra usted? Debe tener mucho cuidado. —La muchacha de la izquierda, tan extraña para él como la mujer de la derecha, le habló con preocupación repentina, como si fueran amigos de siempre.
El caso es que Javier no sabía su nombre. El caso es que Javier no conocía a sus vecinos. El caso es que Javier, con la nariz metida en expedientes de divorcio y despidos improcedentes durante años, eones, apenas reconocía los muros de su propio hogar.
—Bien. Ha pasado un día y no he muerto, así que supongo que bien.
—Tenga cuidado y salga lo justo. Es usted población de…
«Miseria, Javier. Miseria».
El balcón se hizo demasiado estrecho para soportar tanta cercanía. El ermitaño afloró sin compasión, listo para cercenar con la guadaña cualquier atisbo de complicidad. De sutileza. Nunca se sintió cómodo sin la máscara que le ofrecía su traje de chaqueta. Su piel de abogado. Su otro yo.
Murmuró una disculpa que fue engullida por la música que destilaban los edificios. La gente bailaba en una danza sincronizada, cómplice. La gente se unía y el único que no anexionaba, que no soportaba la dureza del cemento, era un viejo abogado de la capital cansado de cansar silencios.
Dejó a las desconocidas «a las que debería conocer» y entró de nuevo en la guarida. Un león sin ánimos para ser príncipe. Menos aún rey.
«—¿Sientes nostalgia de nuestros años de juventud, Javi?
Adelaida se recostaba sobre el sofá. En su regazo descansaba La casa de los espíritus cerrado a cal y canto y encantado bajo los dedos de la fría abogada. Javier tecleaba en el ordenador, y Lola, con la lengua pillada por dos paletas infantiles, dibujaba mariposas en un cuaderno que ya no estaba blanco, sino repleto de vida.
—¿No te gusta la canción? —le respondió él sin mirarla, pero ella sí lo miró. Los ojos de Deli nunca, nunca dejaron de radiografiar su espalda.
—“Soportaré los golpes y jamás me rendiré”. Esta canción hubiera triunfado en los setenta, ¿no te parece?
—En los setenta no estábamos para tanta fiesta, Deli.
—¿Y cuándo has estado tú para alguna?
Dejó el libro a un lado. Cuando lo hacía, cuando Adelaida ignoraba su lectura y lo observaba de esa forma, siempre quería decirle algo. Javier miró de reojo a su hija: los deditos de Lola ya no trazaban curvas. Los ojos de Lola trazaban una interrogación muda, viajando de su padre a su madre y viceversa. “Hasta ella lo percibe. Es lista, lista como un demonio”. La metáfora perfecta.
—Nunca, ya lo sabes. La efusividad no es mi fuerte.
Él también abandonó el empeño de trabajar. La tormenta se olía en el aire, la humedad los abrazaba. El trueno estaba a punto de reclamar parte del festín. Fijó su vista, cansada vista, en Adelaida: frente arrugada, pelo corto de un orgulloso castaño cuajado de canas. Aparentaba todos y cada uno de sus cuarenta y cuatro años, incluso alguno más. Siempre le ocurrió eso: para Adelaida la vejez fue consentida. La herida, una visita prematura. No se ponía maquillaje, no se teñía el cabello. Su cuerpo flaco se vestía con ropas neutras y cómodas. Los tacones eran para ella artefactos extraños, inmanejables. Adelaida fue un torrente enfurecido. Una caja de Pandora sin cerradura.
—Ya lo sé, Javito. Te conozco demasiado bien. Te conozco mejor que nadie en este mundo.
—¿Qué quieres decirme, Deli?
Lo que llevaba años ansiando escupir. Las palabras que estación tras estación quedaban suspendidas en el aire, flotando como si fueran un murmullo que nunca terminaba de extinguirse, una caricia que no se daba, un aliento disuelto antes de posarse en ninguna piel. Se trataba de la conversación prohibida, la negativa tácita de aquello que los dos sabían, que arrastraban. Javier esperó con una curiosidad latente. Con ansia amarga. ¿Habría conocido a alguien? ¿Sería capaz de dar el paso de una vez por todas? Lola aún era pequeña y los dos la adoraban. Los dos, expertos en el arte de poner fin a matrimonios ajenos. Tenían el oficio en las venas, sabrían manejar la situación. Al fin y al cabo, ¿qué había para repartir? Un piso que desprendía trozos de conciencia. Una vida fabricada con barro defectuoso.
Aguardó con esperanza culpable. El corazón le latió tan rápido que temió que ella lo escuchara, como en cierta medida lo temía casi todo de ella. Pero Adelaida no pronunció el parlamento maldito. Las letras escarlatas. Solo soltó un suspiro, tan sufrido y profundo como el libro que custodiaba.
—Es una canción horrible. Y no te pega. Apaga eso, por favor. No puedo concentrarme en la lectura.
Entonces Javier lo supo, tan claro como se sabe que el amor nunca se va sin dejar marca. Tan claro como la inocente mirada de Lola, ya fija en sus mariposas inocentes. Tan claro como la traslúcida piel de Adelaida, inerte a pesar de las venas que la teñían de azul.
“Ella también es una cobarde”. Eso no era tan malo. La cobardía es necesaria para comprender lo que se pierde. Sin embargo, había algo más allí. Algo terrible. Carcomido. En cierta manera, blasfemo. “Ella todavía me ama”».
Se acostó para aprenderse de memoria las marcas del techo, los grabados de las cortinas, las líneas que veteaban el viejo armario del dormitorio. Se acostó para permanecer dormido sin cerrar los párpados, despierto en mitad de la nada, impidiéndole a la memoria hurgar más en un corte supurante, infecto. Se acostó para pedirle una tardía cita al alba y, cuando llegó, lo hizo acompañada de una llamada de teléfono. Se acostó para dar comienzo a la verdadera historia: una historia que tampoco dormía.
UN LUNES CUALQUIERA
Madrid. Lunes, 16 de marzo de 2020.
–Me ha costado mucho dar con usted, señor Vázquez. —La voz sonaba juvenil, pero cargada de gravedad. Se había presentado como Irene López, una auxiliar de enfermería que trabajaba en una residencia de mayores de un pequeño pueblo de Teruel—. Por suerte ahora las nuevas tecnologías nos facilitan el trabajo.
Javier guardó silencio. Nació en su vientre una chispa de expectación, de ansia, como si las llamas que una vez tuvo no se hubieran extinguido del todo. «Rescoldos capaces de prender con la luz del nuevo día». Prendió rápido, y rápido se marchó.
La mujer reconoció la duda en la ausencia de sonidos y habló con mayor suavidad. Con algo parecido a la culpa.
—No sé si tengo forma de mandárselas ahora, con la que está cayendo. Creo que el servicio de correos trabaja bajo mínimos, pero podría preguntar si es posible.
—No vamos a poner en riesgo la salud de ningún trabajador de Correos por algo tan absurdo, ¿no le parece? —le contestó con brusquedad, con demasiada brusquedad.
Sintió una pincelada de remordimiento. Irene, la auxiliar de enfermería, tenía buenas intenciones. En un mundo en el que escaseaban las buenas intenciones. En el que costaban un precio inasumible.
Entre los dos bailó algo. Un vals de desconcierto.
—Bueno, yo solo pretendo mandarle algo que es suyo, señor Vázquez. Creo que a Lucas le habría gustado que las tuviera.
Volvía a repetir el nombre, ese nombre. Con demasiada facilidad, como un sustantivo de adjetivación imposible. Aquella mujer no sabía nada. Solo tenía un nombre escrito en un papel. La palabra sonó en un desgarro y rebotó contra las paredes del piso provocando un sordo eco, un eco sordo.
«Cobarde».
¿Qué quería de él Irene, la auxiliar de enfermería? Las puertas que se cierran con portazos ya no pueden volver a abrirse. No sin pedir algo a cambio. Paz, alma, costuras.
Javier negó con la cabeza, aunque la enfermera no pudiera verlo.
—Entienda que es un mal momento, señora. Le agradezco la intención. Sin embargo, Lucas desapareció de mi vida hace muchos años. No sé por qué han llegado a sus manos esas cartas, pero no las necesito, de verdad. Creo que ahora todos tenemos problemas más graves que ese, ¿no?
—Pues yo creo que precisamente ahora es el momento de cerrar todo cuanto tengamos pendiente, señor Vázquez. —El tono de la mujer fue glacial. Suponía una educada manera de mandarlo al infierno, y Javier lo sabía. No podía reprocharle nada. Él mismo llevaba mandándose al infierno demasiados inviernos—. Mire, le voy a decir una cosa: la residencia permanece cerrada a cal y canto, pero con nosotros dentro. Ninguno volverá a casa hasta que nuestros abuelos estén a salvo. Usted habla de problemas, ¿cree que no lo sé? Los siento en la nuca, soplándome como si fueran una guadaña. No insistiré, es evidente que le ha molestado la llamada. Si lo desea en otro momento, las cartas no irán a ninguna parte. Y, por supuesto, Lucas tampoco lo hará. Adiós, señor.
La llamada se cortó y Javier lo supo, justo en ese instante. Incluso escuchó el crujido, como si alguien pisara un cristal ya roto. Supo muchas cosas en apenas un segundo, lo supo todo sin saber nada. Supo también que debía moverse o se quedaría allí. Perpetuo y frío, indolente y custodiado. Una estatua de sal que nunca llegó a darse la vuelta.
A las siete y media salió al balcón. Después de haber comido, quizá. De hablar un rato con Lola y su novio americano, quizá. Después de ver las noticias, quizá. Cruzó un océano y llegó al otro lado de la isla. Sorpresa: estaba llena de náufragos.
—¿Lo ve? Ahora sí hay niños. ¡Un montón de niños! —fue el saludo de la mujer de la derecha nada más verlo.
Señaló al frente, como si a Javier lo cegara la luz de un marzo desteñido. En los balcones se prendían banderas con arcoíris. Todo saldrá bien. Sonaban acordes de música esa música. Todo saldrá bien.
Todo
saldrá
bien.
—Parece que la adversidad nos une —contestó él con una sonrisa tensa.
No tenía ganas de hablar con ella. No tenía ganas de hablar con nadie. Pero si regresaba al interior debería enfrentarse a otra charla menos amistosa, más real.
«Cobarde».
—Eso mismo le he dicho esta mañana a Susi antes de que saliera para el curro. —La chica de la izquierda llevaba ropa vieja, desgastada. Sus ojos observaban el entorno con una infantil fascinación. Ojos grandes, repletos de primaveras que aún no se habían cortado el cordón umbilical. Ah, la juventud—. Que esta situación nos hará más fuertes como humanidad.
«Demasiada fe tienes tú en la humanidad».
—Susi es tu compañera de piso, ¿no? —le preguntó Javier de forma distraída, por preguntar algo (al ermitaño siempre le costaron las relaciones sociales. El contacto físico y verbal).
—Y de vida. Susi es mi novia —le contestó con cierta timidez.
«¿Aún estamos con esas?». De repente se sintió muy viejo y trató de comprender que los viejos tienen fama de intolerantes. Qué equivocado está el mundo. La intolerancia es cosa de jóvenes.
Javier intentó hacer memoria, pero hay misiones más que imposibles. No recordaba el nombre de la chica. No recordaba el rostro de Susi.
—¿Llevas poco tiempo en el edificio? —indagó con cierto pesar.
«Eres un mal vecino, querido». «Ay, Adelaida».
—Bueno, Susi alquiló el piso hace un par de años. —Las mejillas de Javier se tiñeron de rubor. «Muy, muy mal vecino»—. Yo me vine a vivir aquí en diciembre.
—Sois jóvenes. Para vivir juntas ya, me refiero —repuso sin pensárselo—. No te lo tomes a mal, por favor. Pero ¿no se supone que los jóvenes estáis cada vez más tiempo en las casas de vuestros padres, como pequeños parásitos a los que no hay forma de erradicar?
Las carcajadas fueron una dosis de medicina. De la que aplaca el dolor. Cuánto cura la risa y qué poco reímos a diario.
—Tampoco somos tan jóvenes, ¡eh! —Lo miró y fue como ver el sol. Ese que sale entre los nubarrones de tormenta. El que forma una paleta de siete colores, siete colores perfectos—. Yo tengo veintidós, y Susi, veintisiete.
—¿Y con esa edad no te apetece seguir disfrutando de los cuidados de tu madre un poco más?
—Eso sería si tuviera una madre —la sonrisa se hizo más amarga; el sol, más ocre— que quisiera cuidarme.
—Oh, vaya, lo siento, lo siento muchísimo —se apresuró a decir.
La música subió de volumen, la algarabía ocupó el espacio que semanas antes bebía de las mieles casi nunca dulces de la soledad. En el balcón de Javier se hizo el silencio. Un silencio cómodo.
—No te preocupes. No es que haya muerto, quizá ha sonado así —le explicó con demasiada ligereza. El daño siempre es íntimo; el bienestar, forzado—. Mis padres siguen vivos, solo que ya no me consideran su hija. ¿Ves? Ahora que todo el mundo teme no volver a ver a sus seres queridos, a mí nadie me echa de menos.
—No digas eso, mujer. —Javier se peinó el pelo, se acarició la barba. Se inundó. De una nostalgia muy vieja en un cuerpo muy joven—. Nada de lo sucedido entre vosotros puede ser tan grave como para que tus padres renieguen de ti. Te aseguro que no existe amor más incondicional. No dejarías de querer a un hijo, aunque… aunque… —bufó— aunque se largase a América a vivir con un tipo que no sabe una palabra de español y llama a su suegro Javito, así, como si fuera el amigo del bar.
—Se te ve encantado con la situación. —La mujer de la derecha habló sin mirarlos, ahogando una risa. También vestía con dejadez. El mundo vestía con dejadez.
—No, qué va. Soy muy feliz con mi yerno —repuso con ironía.
Los tres miraron al frente, los tres pensaron cosas iguales pero distintas. Tres almas. Tres causas.
—Mira tú por dónde —la chica de la izquierda rompió el hechizo con una tristeza afilada, de las que se pueden masticar, deglutir—, si mis padres tuvieran un yerno no habría problema. Ellos sí estarían encantados con la situación.
—Pero ¿cómo es posible? —La miró asombrado. Las palabras luchaban en su garganta y la boca se veía incapaz de darles forma y sentido, o sentido y consecuencia. «¿La intolerancia es cosa de jóvenes?»—. ¿Tus padres no te hablan por tener novia? ¿Todavía… todavía estamos con eso?
—Parece que sí.
Los ojos de la chica de la izquierda (la vecina de la que no recordaba el nombre) brillaron con un brillo que Javier conocía bien. Ese brillo que contiene un océano. Una marejada rebelde. Las pestañas contuvieron el agua. Benditas pestañas. Cuántas veces lo cobijaron a él mismo. Lo camuflaron.
Los aplausos comenzaron de repente y, de repente, algo se rompió. Javier lo sintió por dentro, como si su espinazo fuese una rama que el llanto de la chica hubiera partido en varios trozos. Quebrado para hacer leña; de la leña, un fuego; del fuego, un recuerdo amoratado. Estaba seguro, convencido de que si los aplausos cesaran en aquel momento todo el mundo podría escucharlo, de que el chasquido sonaría como un solitario trueno recorriendo las solitarias calles de un desolado Madrid.
Cuando llevas toda la vida cimentándote sobre una estructura viciada, un solo golpe de viento puede echar abajo yeso y viga. Puede romperte. Las lágrimas de una vecina sin nombre lamieron los cimientos de un hombre cansado del reproche del viento.
«Cobarde».
DE MUJERES
Madrid. Martes, 17 de marzo de 2020.
La noche no fue benevolente. En realidad, pocas veces lo es.
Se descubrió a sí mismo deseando encontrarse con sus desconocidas vecinas en el balcón. Ya no tan desconocidas. Eva —«nombre de tentación»— y Marina. Eva y Susana, Marina y Quique. Seres que compartían con él edificio. Sueños dirigidos por el globo hinchable del encierro persistente.
La vida les quedaba enfrente, plácida y muda en aquella mañana de marzo. Un marzo aún sin primavera.
—Pues Susi está doblando turno. —La conversación era tan trivial como trascendente. La existencia divagaba entre dos paredes separadas por un foso. En el foso bailaban los cocodrilos a la espera de carne humana—. En el supermercado están a tope. Yo, de momento, teletrabajo. La suerte de currar con ordenadores.
—¿Teletrabajo? ¿Eso qué es? ¿El invento moderno para tocarse las narices?
Los tres enmudecieron de golpe. La voz sonaba desde las alturas, como si existiera un dios mujer con bastante mala leche.
—Señora, estoy en mi hora del desayuno —gritó Eva mirando hacia el techo del balcón—. ¿Se puede saber por qué se mete usted en conversaciones ajenas?
—¡Pero si lleváis dos horas sin parar, trío de cotorras!
Javier le hizo un gesto a Eva para que se guardase la inminente réplica. Sabía quién era la mujer. «¡Para una vecina que conozco!».
—Pepa, no se enfade —exclamó conciliador—. Ya conoce a la juventud. Tienen incontinencia verbal.
—Yo la única incontinencia que conozco es la de la orina. Lo que hay aquí son pocas ganas de trabajar. ¡En mis tiempos deberíais haber vivido, vagos!
—Pero bueno, ¿quién es esta señora? —le preguntó Eva en voz baja.
Vestía un pijama que había visto mejores lustros y el pelo le caía despeinado sobre los hombros. Revuelto y hastiado, como todo lo que los rodeaba.
—Pues es… Pepa. No sé cómo explicártelo —Javier se rascó la barba pensativo—. Ya vivía en el edificio cuando Deli y yo compramos nuestra casa. Siempre ha sido así. Creo que se ganaba la vida de costurera hasta que perdió la vista hace años.
—Pero no perdió la lengua, la señora. —Marina asomó la cabeza por el biombo que separaba su balcón del de Javier—. Vive sola y reniega de todo. Mi hija dejó de subir a la terraza porque nos hizo llegar las quejas de que escuchaba sus pisadas, y eso que vive dos pisos por debajo.
—¿Creéis que estoy sorda? ¿Acaso no sabéis que el oído de las ciegas se agudiza? Si vais a criticarme, hacedlo en voz alta. ¿Pensáis que me voy a echar a llorar como una niña pequeña?
Marina y Eva intercambiaron una mirada y se taparon las bocas para no reír. El aire llegaba ausente, como si presintiera la falta de tráfico, de negocios, de prisa. Como si presintiera todos y cada uno de los individuales desastres convertidos en ciclón colectivo. En ese momento, la hija de Marina salió de la casa cargando un libro demasiado grande para sus pequeñas manos.
—¡No quiero hacer los deberes con papá! ¡Es tonto, no se entera de nada!
—Ah, por fin alguien dice algo inteligente hoy —replicó Pepa y las mejillas de Marina se tiñeron de un rubor vivo y viviente. Luminoso.
—Daniela, por favor. Eso está mal.
—Si el padre es tonto, es tonto. No se le debe reñir la sinceridad a los críos.
—¡Pepa!
—Esta señora no tiene filtro —se quejó Eva. Pareció percatarse de algo entonces y pegó una pequeña palmada que los hizo sobresaltarse—. Por cierto, ya que nadie puede salir de casa, ¿queréis que Susi os traiga la compra del súper? Podemos encargarle y que ella vaya trayendo lo que necesitamos. Me lo comentó ayer y casi se me va de la cabeza.
—Oh, sois dos ángeles caídos del cielo —comentó Martina.
—Los angelitos negros de Machín.
—Señora, ¿de verdad no tiene que hacer algo dentro de su casa? —Eva se metió al piso y salió de nuevo con una hoja de papel y un bolígrafo—. Se nos va a hacer largo el encierro con la costurera.
—Vagos.
—Cotilla.
—A ver, mantengamos las formas. —«Brillante idea la de salir al balcón por la mañana, querido». «Deli, vete tú también a tomar viento fresco, querida»—. Pepa, ¿quiere usted algo del supermercado?
—Coñac y tampones.
—Joder con la Pepa.
—Paciencia, por favor. ¡Paciencia!
A partir de ese momento todo fue un caos de palabras sueltas y entremezcladas. De vez en cuando se colaban carcajadas sinceras, de esas que nacen en la boca del estómago y dejan sensación de plenitud. De digestión consentida. En algún momento durante las horas que pasaron perezosas y se largaron sin pagar la cuenta, Marina se refugió en el interior de su casa y Pepa se calló, sin que Javier supiera si también había abandonado el barco en plena tormenta o simplemente seguía allí, guardando espacio y tiempo, vigilia y calma, como un viejo mago que nada entre la tinta de los libros de fantasía heroica. Solo quedaron ellos dos: el pasado inconcluso y un presente lleno de aristas.
—¿Has hablado con tus padres? —murmuró Javier tras un buen rato en silencio, y vio por el rabillo del ojo como Eva, expulsada de ningún paraíso, negaba con un movimiento lánguido.
—No me cogen el teléfono. —Javier sintió en sus tripas la metáfora del nudo, un nudo marinero de los que aguantan los embates del viento en plena furia.
—Seguro que te llamarán en cuanto puedan. —Hay mentiras que saben a piedad. Y piedad que solo sabe meterse en vena la mentira. Eva le sonrió como recompensa.
—¿Tus padres viven, Javier? —Qué voz tan bonita tenía la muchacha. Como una nana recién parida.
—No, Eva. Lola es toda mi familia. Mi hermano murió de pequeño y mi padre fue hijo único. Mi madre tuvo una hermana —«que solo Dios sabe dónde diablos vivió y dónde diablos murió»— a la que yo no conocí.
—Vaya faena —Eva se miró las uñas, cortas, pintadas de un esmalte negro que ya comenzaba a descascarillarse—. Aunque no sé si es peor tener familia y que no te hablen. Mis hermanos son como mis padres: con una mentalidad de otro siglo.
—¿Y si les mandas un mensaje? —«¿Y a ti por qué te importa tanto?». En realidad, aquella muchacha de pelo salvaje no era más que una desconocida hasta hacía dos días. Y él no era más que un hombre cansado de ser, de estar, de permanecer. ¿Por qué narices tenía que importarle tanto?—. Explícales lo que sientes, es mucho más sencillo así que de viva voz, porque sabes que no tienes que improvisar. Puedes escoger cada letra, cada verbo. Quizá todo sea un malentendido entre ambas partes.
—«Vete de mi casa y no vuelvas en lo que te quede de vida»: esas fueron las últimas palabras de mi padre. —Sonrió sin mirarlo. La sonrisa de los que han perdido—. Creo que su mensaje no da pie a malentendidos.
«No lo hagas, Javier. O no volveré a hablarte en lo que me quede de vida».
—Con qué facilidad se dicen palabras tan dolorosas, ¿verdad?
—Y cómo marcan para toda la vida.
Se miraron y se entendieron. Es difícil llegar a comprender a otra persona, alcanzar a visualizar el hilo que une y desune, que cose y libera. Es difícil desprenderse del yo para ver al tú. Si se consigue, todo transmuta en magia. Triste, sí. Doliente y amarga como el tuétano, pero magia. Javier pensó durante un segundo que se había detenido el tiempo. Que el daño los unía como se unen dos desconocidos ante la desolación de la muerte. Ante la visita semanal al cementerio. Ante la acidez que corrompe el alma tras el abandono.
La magia se rompió con tanta rapidez como había llegado. Pero algo quedó allí, flotando en lo invisible. Camuflado entre los acordes de un marzo herido. Quedó como queda el aroma de alguien que acaba de abandonar una estancia; algo que apenas percibes, pero que sigue ahí, aunque no puedas verlo. Eva se despidió sin sonidos y Javier se metió en su hogar. Para ver noticias en blanco y negro. Para comer sin hambre. Para vivir sin ganas.
Se había quedado durmiendo en el sofá con el álbum de fotos descansado sobre su estómago hinchado y henchido. Las imágenes de Lola lo ocupaban con descaro. Adelaida posaba en pocas y con disgusto, ni siquiera sonreía en las instantáneas en las que aparecía con su hija, con la hija de los dos. Para ella, tener a Lola fue un acto casi mecánico, algo que decidió hacer en un momento de su vida, un trámite, como todos los juicios que ganó a lo largo de su carrera. En las fotos, el pasado se desgajaba, se desprendía, pasaba las horas sin segundero, vestía y desvestía arrugas, estaciones, modas. Pero siempre acompasado en tres latidos: nadie más ocupaba la historia de sus vidas. Nadie más fue testigo. Ni invitado.
Javier dejó el álbum a un lado del sofá y se desperezó con poca ansia. La tarde tardaba en cederle espacio a la noche: solo cuando te han robado el día comprendes lo lentas que pueden llegar a pasar las horas. Miró el teléfono y se sorprendió al ver una notificación procedente de un número desconocido. Un mensaje con un comienzo tan duro como tajante:
«Si
