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Quiero casarme, pero no estoy enamorado de ti… Titus Tavener era un exitoso médico con mucho trabajo y sin esposa. Arabella había solicitado el puesto de ayudante de su clínica y ama de llaves de su casa, pero aceptó encantada el otro trabajo que le ofreció Titus. Era una oferta que no podía rechazar, pero no sospechaba que todo se complicaría si se enamoraba de él…
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Seitenzahl: 220
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 1994 Betty Neels
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El amor más querido, n.º 2098 - diciembre 2017
Título original: Dearest Love
Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-9170-762-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Si te ha gustado este libro…
Muy señor mío:
Con referencia al anuncio de la revista Lady de esta semana, desearía solicitar el puesto de conserje /ama de llaves.
Tengo veintisiete años, estoy soltera y sin hijos y poseo varios años de experiencia en la supervisión de tareas domésticas, como lavar, planchar, limpiar y cocinar. Poseo un diploma de cocina cordon bleu. Tengo conocimientos básicos para reparar pequeñas averías eléctricas y de fontanería. Puedo contestar al teléfono y tomar recados.
Desearía llevar a mi gato conmigo.
Atentamente,
Arabella Lorimer
Fue la última carta que leyó el anciano sentado frente al escritorio de su consulta, una amplia habitación situada en el bajo de una casa antigua y lujosa, en la calle Wigmore de Londres. La volvió a leer, soltó una risa sorda y la puso en el montón que tenía frente a sí. Había doce aspirantes, y Arabella Lorimer era la única que adjuntaba referencias, así como la única con una letra legible en la que detallaba los hechos relevantes. Era una pena que no fuera un hombre.
Comenzó a leer las cartas de nuevo. Iba por la mitad cuando le interrumpió la llegada de su socio. El doctor Titus Tavener entró sin prisa. Era un hombre muy alto y corpulento. Era guapo, de ojos azules y fríos y mentón firme. Su cabello, en otro tiempo rubio, se había vuelto entrecano, pero, a pesar de ello, parecía más joven de los cuarenta años que tenía.
El doctor James Marshall, bajo, robusto y casi calvo, lo saludó con alegría.
–Justo el hombre que necesitaba. Aquí tengo las solicitudes para el puesto de conserje. Llevo una hora leyéndolas. Ya he decidido la que voy a aceptar. Léelas y dame tu opinión, aunque no vas a hacerme cambiar de parecer.
Se rió mientras el doctor Tavener se sentaba y tomaba el montón de cartas. Las leyó y las volvió a colocar juntas.
–Hay dos posibilidades: el antiguo conductor de autobuses, aunque confiesa que padece ataques de asma, y la señora Butler –miró la carta que tenía en la mano–. Pero ¿es la persona adecuada para abrir la puerta? Aunque, desde luego, la gran incógnita es la señorita Arabella Lorimer y su gato, que me parece muy poco apropiada.
–¿Por qué?
–Porque es evidente que se trata de una mujer soltera sin suerte. No me creo que sus habilidades sean las que afirma poseer. Yo vacilaría a la hora de dejar una tubería atascada o un fusible fundido en sus manos.
–Titus –se rió su socio–, espero que un día, antes de que sea demasiado tarde, conozcas a una mujer que te haga cambiar de opinión.
–Es poco probable –el doctor Tavener sonrió–. Quizá haya sido demasiado duro con la señorita Lorimer. Siempre cabe la posibilidad de que sea una amazona con un cajón de herramientas.
–Pronto lo sabrás. He decidido que puede servirnos.
–¿Por qué no? –el doctor Tavener se levantó y se dirigió a la ventana para mirar la calle–. La señora Lane estará contenta de marcharse. Su artritis no mejora y lo más probable es que esté deseando dejarnos e irse a vivir con su hija. Supongo que se llevará sus muebles. ¿Tenemos que amueblar la vivienda?
–Depende. Quizá la señorita Lorimer tenga los suyos –el doctor Marshall echó la silla hacia atrás–. Mañana nos espera un día de mucho trabajo. Voy a ver si tu amazona puede venir a las cinco para entrevistarla. ¿Estarás de vuelta para entonces?
–No es probable. Tengo más citas en la clínica de las que puedo atender. De todas maneras, voy a cenar fuera –se volvió a mirar a su socio–. Creo que has elegido bien, James. Tengo que hacer algunos trámites burocráticos –se dirigió a la puerta–. ¿Le digo a la señorita Baird que puede irse a casa? ¿Te vas también? Me quedaré una hora. Hasta mañana.
Se fue a su consultorio, para lo cual cruzó la elegante sala de espera, sonriendo a la señorita Baird, la recepcionista que los dos médicos compartían, siguió por el pasillo, pasó las escaleras que conducían al sótano, y llegó a su apartamento, que constaba de una pequeña sala de espera, una sala de tratamiento, donde trabajaba la enfermera, y su propia consulta, que daba al jardín de la parte de atrás del edificio. Era un jardín pequeño pero bien cuidado, donde destacaban las primeras flores del otoño. Le dirigió una breve mirada antes de comenzar a leer las notas sobre sus pacientes.
El doctor Marshall volvió a leer la carta de Arabella Lorimer y llamó a la señorita Baird.
–Mande una nota por mensajero. A esta dirección. Diga a la señorita que venga mañana a las cinco. Es una pena que no tenga teléfono –se levantó y apagó la lámpara del escritorio–. Me voy a casa. El doctor Tavener se va a quedar trabajando un rato, pero compruebe que sigue aquí antes de marcharse. Puede irse en cuanto envíe el mensaje.
Se fue a casa con su mujer y su familia. Mucho más tarde, el doctor Tavener se montó en su Rolls-Royce y se marchó a su encantadora casa que daba al canal, en Little Venice.
Arabella leyó el recado del doctor Marshall sentada en la cocina. Era una habitación pequeña y húmeda desde la que se veía algo de césped poco lucido y una verja rota, pero la prefería al salón, donde se sentaba la casera con todas sus preciadas posesiones. No había invitado a entrar allí a Arabella a causa de su gato, Percy, que destrozaría el mobiliario. A ella no le importaba. Estaba agradecida a Billy Westlake, el cartero del pueblo, por haber convencido a su tía, la señorita Pimm, para que la alojara en su casa durante unos días, mientras buscaba trabajo y un sitio para vivir.
No había sido fácil marcharse de Colpin-cum-Witham, su pueblo. Sus padres habían muerto en un accidente de coche. Entonces se enteró de que se encontraba sin hogar, ya que la casa estaba hipotecada y debía abandonarla. No tenía casi nada de dinero. Vendió todo salvo el mobiliario básico que podría servirle y, como no había posibilidad de trabajar en el pueblo ni en los alrededores, ni sus tíos, que vivían lejos de allí, le habían ofrecido ayuda, aunque sí muchos consejos, se fue a Londres con Percy. No quería vivir allí, pero, como le había dicho el cartero, era una gran ciudad en la que tenía que haber trabajo. Arabella se dio cuenta enseguida de que sólo podía realizar tareas domésticas. Carecía de otra titulación que no fuera su diploma de cocina y, como nunca había tenido que trabajar, no poseía experiencia, algo que se exigía para encontrar trabajo.
Volvió a leer la nota. Había solicitado el puesto casi por desesperación, deseosa de perder de vista a la señorita Pimm, que apenas ocultaba su impaciencia por deshacerse de ella y de Percy. Había consentido en alojarlos durante unos días, pero ya había pasado una semana y había dicho a Arabella que, a pesar de que el dinero le venía bien, era una persona reservada a la que no gustaba tener a desconocidos en su casa.
Arabella siguió sentada tranquilamente, sin concebir muchas esperanzas pero, al mismo tiempo, imaginándose cómo sería la habitación del sótano que acompañaba al puesto. La amueblaría con sus cosas y, con algo de suerte, habría un jardín en la parte trasera de la casa, donde Percy podría tomar el aire. Subió a su pequeño dormitorio con el gato pegado a sus talones y examinó su escasa ropa. Era importante ir bien vestida a la cita.
Llegó a la calle Wigmore dos minutos antes de la hora. El reloj dio las cinco cuando la señorita Baird la hacía pasar a la consulta del doctor Marshall, que se hallaba sentado frente a su escritorio. Dejó la pluma y la miró por encima de las gafas. Se mantuvo en silencio unos instantes.
–¿La señorita Lorimer? Siéntese, por favor. Tengo que confesarle que me esperaba a alguien más… más robusto…
Arabella se sentó con sencillez. Era una chica baja, rellenita, de cabello castaño desvaído que llevaba recogido, con un rostro corriente, ojos grandes y grises, con espesas pestañas. Era lo menos parecido posible a un ama de llaves, pensó el doctor riéndose para sí. Ya veríamos cuando Titus la conociera.
–He leído su carta con interés, señorita Lorimer. ¿Podría hablarme de su último empleo?
–Nunca he trabajado. He vivido siempre en mi casa. Mi madre estaba delicada de salud y mi padre pasaba mucho tiempo fuera. Yo hacía las tareas domésticas y me encargaba de las pequeñas reparaciones.
–¿Por qué desea este empleo? –se dio cuenta con agrado de que ella estaba tranquila, no parecía nerviosa.
–Mis padres murieron hace poco en un accidente de coche. Me he quedado sin hogar. Vivíamos en Colpin-cum-Witham, al sur de Wiltshire. Allí no hay trabajo para quien no posee alguna titulación –hizo una pausa–. Necesito un sitio para vivir y el trabajo doméstico me lo puede proporcionar. He solicitado varios empleos, pero no me permiten tener a Percy conmigo.
–¿Percy?
–Mi gato.
–No me opongo a que lo tenga si se queda en su habitación. Puede salir al jardín, desde luego. Pero ¿cree usted que está capacitada para el trabajo? Tiene que limpiar las habitaciones; mi consultorio, la recepción y la sala de espera, el pasillo y las escaleras, el consultorio de mi socio; quitar el polvo, abrir la puerta de entrada durante el horario laboral, vaciar las papeleras, cerrar la puerta con llave y abrirla por las mañanas… ¿Es usted una persona nerviosa?
–No, creo que no.
–Bien. ¡Ah! Cuando no haya nadie, deberá responder al teléfono, hacer recados y tomar mensajes –le lanzó una mirada perspicaz–. ¿No es demasiado para usted?
–Por supuesto que no, doctor Marshall. Estaré encantada de trabajar para usted.
–¿Le parece bien que la tenga un mes a prueba? La señora Lane, que se jubila, debe de estar en su habitación. Vaya con la señorita Baird y se la presentará. Luego haga el favor de volver aquí para realizar los trámites finales.
El sótano no era lo que Arabella se había imaginado, pero tenía posibilidades. La habitación era grande; las ventanas de la fachada dejaban ver los pies de los que pasaban y tenían gruesos barrotes, pero las del otro extremo, aunque eran pequeñas, se podían abrir. Había una puerta llena de cerrojos, cerraduras y cadenas que conducía al jardín. A un lado de la habitación había otra puerta que daba a un pasillo estrecho donde estaba la escalera que conducía al piso superior y que terminaba en otra pesada puerta, y, más allá de la escalera, había una cocina muy pequeña y un baño aún más reducido. La señora Lane caminaba deprisa delante de ella indicándole lo que era cada habitación.
–Me llevaré los muebles, desde luego. Me voy a vivir con mi hija.
–Tengo algunos muebles, señora Lane –le dijo Arabella educadamente–. Espero que la habitación quede tan acogedora como la tenía usted.
–Tengo mi orgullo, querida –se vanaglorió la señora Lane–. ¿No eres demasiado joven?
–Soy muy fuerte y estoy acostumbrada al trabajo doméstico. ¿Cuándo quiere marcharse?
–En cuanto vengas a instalarte. He sido feliz aquí, pero me hago vieja. Ya me cuesta subir las escaleras.
De nuevo en presencia del doctor Marshall, Arabella se sentó, después de que éste se lo pidiera.
–Bueno, ¿quiere trabajar aquí?
–Sí, y haré lo posible para que esté satisfecho, señor.
–Muy bien. Fije la fecha con la señora Lane y dígame cuándo vendrá. Que quede claro que tiene que ser el mismo día que ella se marche.
En la calle, Arabella buscó una cabina telefónica para llamar al guardamuebles de Sherborne y pedir que le llevaran el mobiliario a Londres. Era urgente y, por una vez, la suerte estuvo de su lado. Un camión salía para Londres tres días después y le podían mandar en él las pocas cosas que poseía a un precio mucho menor de lo que se había esperado. Volvió para hablar con la señora Lane.
–Si vengo por la mañana y usted se marcha por la tarde, ¿podremos hacer el cambio sin interrumpir la rutina habitual?
–Me parece que sí. Mi yerno vendrá con una camioneta, así que recogeré mis cosas en cuanto llegues.
–Voy a decírselo al doctor Marshall.
–Muy bien. Yo tengo que verlo para que me pague y también se lo diré.
De vuelta en casa de la señorita Pimm, Arabella le dijo que se marcharía tres días después. Cenó pescado y patatas fritas en la tienda de la esquina y se acostó. Mientras se desnudaba, explicó a Percy que pronto volvería a tener un hogar propio. Era un animal dócil, pero no estaba contento en casa de la señorita Pimm, muy distinta de la espaciosa casa y el jardín en los que siempre había vivido. Se hizo un ovillo en el extremo de la cama de Arabella y se durmió mientras su instinto le decía que se avecinaban tiempos mejores.
Después de marcharse Arabella, el doctor Marshall siguió sentado frente a su escritorio sin hacer nada. Al rato entró la señorita Baird.
–¿Qué opina de nuestra nueva ama de llaves?
–Es una joven muy agradable –le dirigió una mirada pensativa–. Espero que sea capaz de realizar todas las labores pesadas.
–Me ha asegurado que es una trabajadora muy capacitada. Va a empezar dentro de tres días. Quiero estar presente cuando el doctor Tavener la vea por primera vez.
El doctor Marshall no tuvo ocasión hasta la mañana siguiente, al hablar de un caso difícil con su colega, de comentarle que había contratado a una nueva ama de llaves.
–Empieza dentro de dos días… con el gato.
–¿Así que resulta que es adecuada para el puesto? –preguntó el doctor Tavener riéndose–. Esperemos que conteste el teléfono y vacíe las papeleras con rapidez.
–Me imagino que lo hará –añadió el doctor Marshall con picardía–. A fin de cuentas, es joven.
–Con tal de que haga bien su trabajo… –el doctor Tavener ya se hallaba enfrascado en sus notas y hablaba sin mostrar interés.
A pesar de las dudas de si llegarían los muebles, de si Percy no desaparecería en el último momento o de si el doctor Marshall se lo pensaría mejor y no le daría el empleo, Arabella se mudó sin contratiempos, con el gato y sus escasos bienes, al sótano de la calle Wigmore. Era cierto que la habitación, vacía, tenía un aspecto lúgubre y sucio, pero después de limpiar el suelo, lavar las ventanas y quitar las telarañas de los rincones más oscuros, la joven le veía posibilidades. Con la ayuda de los empleados de la mudanza colocó la cama en una esquina de la habitación, puso una mesita y una silla al lado de la ventana de la parte trasera y dispuso ordenadamente el resto de las cosas contra una de las paredes. Su labor comenzaba a la mañana siguiente, por lo que convenció a la señora Lane para que le escribiera una lista de tareas. Luego hizo la cama, colocó a Percy en su caja de cartón y se arremangó.
Había agua caliente en abundancia, y la señora Lane le había dejado varios cepillos y fregonas en el armario que había al lado de la escalera. Arabella se puso manos a la obra con un propósito: ése iba a ser su hogar y el de Percy, e iba a ser lo más cómodo posible. La limpieza estaba antes que la comodidad. Frotó, barrió y quitó el polvo hasta última hora de la tarde, cuando se sintió satisfecha del resultado.
Se preparó la cena en la cocina recién limpiada, le dio a Percy la suya y se sentó a la mesa, contenta del esfuerzo realizado. Después de beber una taza de té, hizo una lista de las cosas que todavía necesitaba. No era larga, pero tendría que ir comprándolas poco a poco, con cada paga. Calculó que hasta Navidad no tendría todo lo que quería, pero no estaba preocupada: tras los últimos meses terribles que había pasado, tenía todo lo que deseaba.
Lavó los platos y abrió la puerta del jardín con Percy bajo el brazo. El jardín estaba rodeado de un alto muro de ladrillo, alrededor del cual había parterres de flores, pero también una buena franja de césped. Dejó a Percy en el suelo y le observó mientras exploraba, primero, con precaución; después, con alegría. Tras el pequeño patio de la señorita Pimm, aquello era el paraíso.
Se sentó en una sillita rústica, cansada pero feliz. Había hecho buen tiempo ese día, pero comenzaba a refrescar y el crepúsculo había oscurecido los colores del jardín. Recogió a Percy y volvió adentro. Seguidamente, recordando las instrucciones de la señora Lane, subió la escalera e inspeccionó todas las habitaciones para asegurarse de que las ventanas estaban bien cerradas, habían echado el cerrojo a las puertas y todas las luces estaban apagadas. La señora Lane le había dicho que en los dos pisos superiores vivían un neurólogo y su esposa. Entraban por una puertecita lateral de la fachada. Aunque el médico se había jubilado, de vez en cuando recibía a algún paciente.
–Pero no tienen nada que ver con nosotros. Nunca los verás.
A pesar de todo, era agradable saber que la casa no estaba completamente vacía. Cerró con calma e inspeccionó cada cosa para, a la mañana siguiente, saber dónde estaba y, como tenía sentido práctico, estuvo buscando hasta encontrar la llave de paso, el extintor y el contador del gas y la electricidad. También buscó una caja que contuviera herramientas útiles como un martillo, clavos, bombillas de repuesto, una llave inglesa y cinta adhesiva. Estaban guardados en un armarito, y estaba segura de que nadie se les había acercado hacía mucho tiempo. Volvió a poner todo en su sitio y se dijo que tenía que pedir un desatascador. Un desagüe atascado era un incordio, sobre todo en un sitio en que la gente se lavaba las manos sin parar. Satisfecha, por fin, volvió a su habitación, se duchó y se acostó. Percy, sin que nadie lo invitara, subió a la cama y se acomodó a los pies.
Se levantó temprano, ordenó la habitación, hizo la cama, dio de comer a Percy y lo sacó al jardín, desayunó y subió al piso de arriba. Llevaba puesta una bata de nailon nueva.
Tenía todo lo que necesitaba: una aspiradora, cera para muebles y gamuzas. Vació las papeleras, colocó las sillas en su sitio, ordenó las revistas, sacó brillo al llamador de la puerta principal y abrió las ventanas. Cuando acabó, todo tenía un aspecto agradable pero austero. Bajó y salió al jardín, donde cortó unas flores. Buscó tres jarrones y puso uno en cada consultorio y, el tercero, en la sala de espera. Aquello era otra cosa, pensó. Se dio cuenta de que se había olvidado de la otra sala de espera. Volvió al jardín, cortó más flores y las colocó en un centro en la mesa, al lado de las revistas.
Aún no conocía al colega del doctor Marshall, pero esperaba que fuera tan agradable como éste.
Volvió al sótano, se arregló y cuando llamaron a la puerta fue a abrir. Era la enfermera del doctor Marshall, que dijo llamarse Joyce Pierce.
–¿Es usted la nueva ama de llaves? –preguntó–. ¿Cree que le gustará el empleo?
–Sí. Me permite vivir aquí y no me importa hacer las labores domésticas.
Iba a cerrar la puerta cuando llegó la otra enfermera, que era baja y bonita.
–¿La nueva ama de llaves? –preguntó elevando las cejas–. ¿En qué estaría pensando el doctor Marshall? Soy Madge Simmons. Trabajo para el doctor Tavener –se expresaba con frialdad–. Vamos, Joyce. Tenemos tiempo para tomarnos un té.
El primer paciente no llegaría hasta las nueve, así que Arabella bajó corriendo las escaleras. Todavía tenía que deshacer el baúl con la ropa de cama, la mantelería y las cortinas. En cuanto pudiera compraría unos visillos para la ventana de la fachada, a fin de no tener que ver los pies de los paseantes.
A las nueve menos cuarto volvió a subir. No había rastro de las dos enfermeras, aunque las oía hablar. Se quedó en el vestíbulo sin saber qué hacer. La puerta se abrió y se volvió hacia ella. El hombre que entró le pareció enorme. Pensó, mientras observaba su elegancia y sus atractivos rasgos, que sería el colega del doctor Marshall.
–¡Dios mío! ¡El ama de llaves! –se rió.
Su risa la molestó. Le dio los buenos días con frialdad y bajó a su habitación. Cerró la puerta sin hacer ruido.
–Tiene una planta magnífica –le dijo a Percy–, pero es un grosero.
Volvieron a llamar a la puerta y subió para abrir al primer paciente. Durante una hora, más o menos, estuvo subiendo y bajando hasta que llegó el último paciente y la señorita Baird le dijo que el doctor Marshall quería verla.
–Buenos días –la miró por encima de las gafas–. ¿De dónde ha sacado esas flores?
–Del jardín –la pregunta la había sorprendido–. Son las del fondo de los parterres.
–Buena idea. ¿Se va haciendo al trabajo?
–Sí, gracias.
–La señorita Baird le dirá lo que tiene que hacer cuando nos vayamos. Uno de los dos volverá por la tarde, a las tres. Estará usted libre cuando haya recogido y comido, pero vuelva a las tres menos cuarto. A veces nos quedamos trabajando después de las cinco, pero no es frecuente. ¿Le dijo la señora Lane dónde estaban las tiendas?
–No, pero las encontraré.
Hizo un gesto de asentimiento y alzó la vista al abrirse la puerta. El doctor Tavener entró.
–Éste es mi socio, el doctor Tavener. Ésta es la nueva ama de llaves.
–Ya nos conocemos –dijo Arabella con frialdad–. Si no necesita nada más…
–Un momento –dijo el doctor Tavener–. Debo disculparme, señorita…
–Lorimer.
–Señorita Lorimer. Me he comportado de manera descortés, pero le aseguro que no me reía de usted como persona.
–No tiene importancia –sus hermosos ojos le lanzaron una fiera mirada que desmentía la serenidad de su respuesta. Miró al doctor Marshall.
–Sí. Puede irse. Si necesita algo, no dude en pedirlo.
Arabella, que era una chica práctica, se detuvo en la puerta.
–Necesito un desatascador –se dio cuenta de que el doctor Marshall estaba desconcertado–. Se usa para desatascar desagües y cañerías. No es caro.
–¿Hay alguna cañería atascada, señorita Lorimer? –preguntó con gravedad el doctor Tavener, sin mover un músculo de su atractivo rostro.
–No, pero es algo que suele pasar en el momento más inoportuno, por lo que resulta útil tener uno a mano.
–Sí, por supuesto –observó el doctor Marshall–. Bien pensado. Creo que siempre hemos llamado a un fontanero.
–No siempre es necesario.
–Pídale a la señorita Baird que se encargue de ello.
El doctor Tavener cerró la puerta y se sentó.
–Un dechado de virtudes –exclamó con suavidad–. Con desatascador incluido. ¿Qué sabemos de ella, James?
–Viene de Colpin-cum-Witham, en Wiltshire. Los padres murieron en un accidente de tráfico y, por razones que desconozco, tuvo que dejar su casa. Es de suponer que no tiene dinero. Posee excelentes referencias del párroco y el médico del pueblo. La tendremos un mes a prueba –sonrió–. ¿Hay también flores en tu consulta?
–Desde luego. No olvidemos que la escoba nueva barre bien.
–¿No te gusta?
–Querido James, no la conozco y es poco probable que la vea lo suficiente como para formarme una opinión –se levantó y fue a mirar por la ventana–. Creo que voy a ir a Leeds. De allí iré a Birmingham y volveré al día siguiente. La señorita Baird ha arreglado mis citas para que pueda tener un par de días libres.
–Muy bien. No tengo muchas ganas de ir al seminario de Oslo. ¿Vas a ir tú?
–Por supuesto. Faltan dos semanas, ¿verdad? –miró el reloj–. Será mejor que me ponga a trabajar. Tengo que terminar un artículo para The Lancet –se dirigió a la puerta–. A propósito, tengo dos pacientes después de las cinco.
Arabella volvió a su habitación, comió, dio de comer a Percy y lo sacó al jardín, sin darse cuenta de que el doctor Tavener se hallaba sentado frente a su escritorio al lado de la ventana. La miró sin prestarle mucha atención, admiró el pelaje gris de Percy y se olvidó de ambos.
La señorita Baird había resultado de gran ayuda. Le había dicho a Arabella que había algunas tiendas a cinco minutos a pie, en una calle lateral. La joven tomó una bolsa de la compra y salió en su busca. Se hallaban apartadas de las calles más prósperas, con sus grandes casas. Eran un puesto de periódicos, una frutería y una tienda de ultramarinos, suficiente para lo que necesitaba. Compró comida para dos días y el periódico. Se prometió que aquel sábado dedicaría la tarde, que tenía libre, a adquirir algunas cosas de la lista. Recibiría un sueldo semanal, le había dicho la señorita Baird, y, aunque debía ahorrar porque no se sabía lo que podía pasar, podía permitirse algunas comodidades. Le quedaría todo el domingo para trabajar sin descanso.
Tras el primer día, la semana transcurrió deprisa; al final, Arabella se había acostumbrado a su nuevo empleo. Veía poco a las enfermeras, aún menos al doctor Marshall y nada a su colega. Cuando fue a que la señorita Baird le pagara, oyó sin querer a una de las enfermeras comentar que el doctor Tavener volvería el lunes siguiente.
–Menos mal –añadió–, porque tiene la agenda completa. Volverá a marcharse dentro de dos semanas, al seminario de Oslo.
–No tiene tiempo para el amor, ¿verdad? –se rió la otra enfermera.
Arabella, con el peso delicioso del sobre de la paga en el bolsillo, experimentó un vago alivio porque se fuera a marchar de nuevo. Había tenido cuidado de no cruzárselo, aunque no sabía por qué, y los dos días anteriores, mientras el doctor había estado fuera, se había sentido mucho más a gusto. En su habitación, comenzó a contar el contenido del sobre.
