Siempre a mi lado - Betty Neels - E-Book

Siempre a mi lado E-Book

Betty Neels

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Beschreibung

Cuando el doctor Oliver Fforde se presentó en la casa de huéspedes de Amabel durante aquella tormenta invernal, a ella le causó una tremenda impresión…, porque no esperaba volver a verlo. Pero lo más sorprendente era el modo en el que Oliver parecía aparecer siempre que Amabel tenía un problema. Con un hombre tan atento y caballeroso resultaba muy difícil intentar ser una mujer independiente. Pero Amabel tenía una enorme duda: ¿sería aquella sincera amistad una buena base para el matrimonio?

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Seitenzahl: 192

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2001 Betty Neels

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Siempre a mi lado, n.º 1731 - enero 2016

Título original: Always and Forever

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2002

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-8014-6

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

SE CERNÍA una tormenta: el cielo azul de la tarde veraniega desaparecía poco a poco tras negros nubarrones, claro anuncio de lluvia sobre la placida campiña de Dorset. La joven, que estaba recogiendo la ropa seca de la cuerda, oteó el horizonte antes de entrar con la cesta llena en la cocina.

Era una joven no muy alta de agradables curvas, y si bien su rostro no era bonito, tenía unos hermosos ojos castaños. Llevaba el cabello, de color cobrizo, recogido en un moño alborotado en la coronilla y un vestido de algodón bastante usado.

Dejó la cesta en el suelo, cerró la puerta y fue a buscar velas y cerillas. Luego buscó dos quinqués, porque lo más probable era que hubiese un corte de luz durante la tormenta.

Avivó el fuego de la cocina de leña, puso el agua a hervir y dirigió luego su atención al viejo perro y al gato, lleno de cicatrices de guerra, que esperaban pacientemente su comida. Al tiempo que les llenaba sus cuencos respectivos les habló, porque la inquietaba la extraña quietud que precedía a la tormenta. Hizo el té y se sentó a beberlo mientras los primeros goterones comenzaban a caer.

Con la lluvia se levantó un viento que le hizo recorrer la casa cerrando ventanas. Un relámpago relució en el cielo y lo siguió un trueno ensordecedor.

–Bueno, seguro que con esta tormenta ya no vendrá nadie –les dijo la joven a los animales, de nuevo en la cocina.

Se sentó a la mesa y el perro se tumbó a su lado. El gato le saltó al regazo. Cuando la bombilla titiló, encendió una vela antes de que la luz se apagase del todo. Hizo lo mismo con los quinqués, llevó uno al vestíbulo y volvió luego a la cocina. Lo único que podía hacer era esperar que pasase la tormenta.

Retumbó otro trueno y en el silencio que lo siguió se oyó el timbre de la puerta, tan inesperado que ella se quedó sentada un momento, sin poder dar crédito. Pero cuando el timbre volvió a sonar, la joven se apresuró a dirigirse a la puerta con el farol en la mano.

Había un hombre en el porche. La joven levantó el quinqué alto para poder verlo bien. Era muy alto, le sacaba más de una cabeza.

–He visto el cartel. ¿Nos puede alojar esta noche? No quiero seguir conduciendo con esta tormenta.

Hablaba pausadamente y parecía sincero.

–¿Cuántos son?

–Mi madre y yo.

–Adelante –dijo ella, quitando la cadena para abrir la puerta. Miró más allá de él y preguntó–: ¿Ese es su coche?

–Sí. ¿Tiene garaje?

–Al costado de la casa hay un granero. Tiene la puerta abierta. Hay mucho espacio.

Él asintió con la cabeza y volvió al coche para ayudar a su madre a bajarse.

–Vuelva a entrar por la puerta de la cocina –dijo la joven, guiándolos hasta el recibidor–. Enseguida le abro. Al salir del granero, es la puerta que verá cruzando el patio.

El hombre volvió a asentir con la cabeza y salió. Un hombre de pocas palabras, supuso ella. Se dio la vuelta para mirar a su segundo huésped. Era una mujer alta y guapa de cerca de sesenta años, que vestía con discreta elegancia.

–¿Quiere ver su habitación? ¿Y desearían algo de comer? Ya es tarde para ponerse a cocinar, pero les puedo hacer una tortilla francesa o huevos revueltos con beicon.

–Soy la señora Fforde –se presentó la señora, extendiendo la mano–, con dos efes. Mi hijo es médico. Me llevaba al otro lado de Glastonbury, pero se a hecho imposible conducir con estas condiciones. Su cartel fue como un regalo del cielo –tenía que levantar la voz para que se la oyese por encima del ruido de la tormenta.

–Yo soy Amabel Parsons –dijo la joven, estrechándole la mano–. Siento que tuviesen un viaje tan desagradable.

–Odio las tormentas, ¿usted no? ¿Está sola en la casa?

–Pues sí, estoy sola. Pero tengo a mi perro Cyril y a Oscar, el gato –dijo Amabel y titubeó–. ¿Quiere pasar al saloncito hasta que vuelva el doctor Fforde? Luego pueden decidir si quieren comer algo. Me temo que tendrán que subir a sus habitaciones con una vela.

Cruzó el recibidor hasta un salón pequeño en el que había un cómodo tresillo y una mesa redonda pequeña. A ambos lados de la chimenea, estantes con libros cubrían las paredes. Amabel cerró las cortinas de un gran ventanal antes de depositar el quinqué sobre la mesa.

–Iré a abrir la puerta de la cocina –dijo, y corrió a la cocina a tiempo para abrirle al doctor.

–¿Las llevo arriba? –preguntó este, refiriéndose a las dos maletas que portaba.

–Sí, por favor –dijo Amabel–. Le preguntaré a la señora Fforde si quiere subir a su habitación ahora. ¿Querrán algo de comer?

–Desde luego que sí. Es decir, si no resulta demasiado trastorno. Cualquier cosa: unos sándwiches...

–¿Tortilla francesa, huevos revueltos, huevos fritos con beicon? Como le he dicho a la señora Fforde, es un poco tarde para ponerse a hacer algo más complejo.

–Estoy seguro de que a mi madre le encantará una taza de té –sonrió el doctor–. Y unas tortillas francesas me parece bien –miró a su alrededor–. ¿No hay nadie más en la casa.

–No –respondió Amabel–. Los acompañaré arriba.

Les dio las dos habitaciones que daban a la parte delantera de la casa y señaló luego el cuarto de baño.

–Hay agua caliente en abundancia –dijo antes de volver a la cocina.

Cuando sus huéspedes bajaron al poco rato, había puesto la mesa y les ofreció unas tortillas francesas hechas a la perfección, tostadas con mantequilla y una gran tetera.

La tormenta finalmente amainó después de la medianoche, pero para entonces Amabel, que había lavado los cacharros de la cena y preparado la mesa para el desayuno, estaba demasiado cansada para notarlo.

Se levantó temprano, pero también lo hizo el doctor Fforde, que aceptó el té que ella le ofreció antes de salir y dar una vuelta por el patio y el huerto acompañado por Cyril. Al rato volvió y se quedó en el vano de la puerta de la cocina mirándola preparar el desayuno.

–¿Cree que la señora Fforde querrá desayunar en la cama? –preguntó Amabel, cohibida por su mirada.

–Me parece que le encantará. Yo tomaré el mío aquí con usted.

–No, no puede hacer eso –dijo ella, sorprendida–. Quiero decir que tiene la mesa puesta en el salón. Le llevaré el desayuno en cuanto esté listo.

–No me gusta comer solo. Si pone lo de mi madre en una bandeja, se la subiré en un momento.

Era un hombre afable, pero Amabel tuvo la impresión de que no le gustaba discutir. Le preparó la bandeja y cuando él volvió a bajar y se sentó ante la mesa de la cocina, le puso delante un plato de beicon, huevos y champiñones, añadiendo luego las tostadas y la mermelada antes de servir el té.

–Siéntese y tome usted también su desayuno –invitó el doctor–, y cuénteme por qué vive aquí sola.

Era como un hermano mayor o un tío amable, así que ella aceptó, mirando cómo saboreaba la comida del plato, con evidente placer, antes de untar una tostada con mantequilla y mermelada.

Amabel se sirvió una taza de té, pero dijese lo que dijese, no iba a desayunar con él... El médico le pasó la tostada.

–Coma y dígame por qué vive sola.

–¡Pero bueno…! –dijo Amabel, pero luego, al encontrarse con su mirada amable, añadió–: Es solo por un mes. Mi madre se ha ido a Canadá a acompañar a mi hermana mayor, que acaba de tener un bebé. Era un momento magnífico para que fuera, ¿sabe? En verano tenemos muchos huéspedes, así que no estoy sola. Es diferente en el invierno, por supuesto.

–¿No le preocupa estar sola? ¿Y los días y las noches en que nadie viene a alojarse?

–Tengo a Cyril –dijo ella, a la defensiva–. Y Oscar es una compañía espléndida. Además, está el teléfono.

–¿Y su vecino más próximo? –preguntó él sin alterarse.

–La señora Drew, una anciana que vive después de la curva hacia el pueblo. Además, el pueblo está a menos de un kilómetro –dijo Amabel, todavía desafiante.

Él le pasó su taza para que le sirviese más té. A pesar de sus valientes palabras, sospechaba que ella no se sentía tan segura como quería hacerle ver. No era una belleza, pensó, pero tenía unos ojos hermosos y una bonita voz. No parecía interesarse en la ropa; la falda vaquera y la blusa floreada estaban impolutas y recién planchadas, pero pasadas de moda. Sus manos, pequeñas y con una bonita forma, mostraban señales de realizar trabajo físico.

–Una mañana hermosa después de la tormenta –dijo él–. Tiene un huerto agradable allí atrás. Y una vista magnífica.

–Sí, es una vista espléndida todo el año.

–¿Se quedan aisladas en invierno?

–Sí, a veces. ¿Quiere más té?

–No, gracias. Veré si mi madre está lista para marcharnos –sonrió–. El desayuno estaba delicioso.

Pero no demasiado amistoso, reflexionó. Amabel Parsons le había dado la clarísima impresión de que quería que se fuese cuanto antes.

Una hora después se habían ido en el Rolls Royce azul oscuro. Amabel se quedó en la puerta, mirándolo desaparecer tras la curva. Había sido providencial que apareciesen en mitad de la tormenta: la habían mantenido ocupada y no había tenido tiempo de tener miedo. No le habían causado ninguna molestia y el dinero le vendría bien.

Sería agradable tener un amigo como el doctor Fforde. Sentada con él durante el desayuno, la había asaltado el deseo de explayarse, contarle lo sola y, a veces, lo asustada que se sentía. Lo cansada que estaba de hacer camas y desayunos para un extraño tras otro, de mantenerlo todo funcionando hasta que su madre volviese, y todo el tiempo simulando que era una mujer competente capaz de apañárselas perfectamente sola.

Había tenido que hacerlo, porque de lo contrario los vecinos bienintencionados del pueblo habrían disuadido a su madre de que se fuese, o incluso sugerido que Amabel cerrase la casa y se quedase con una tía abuela de Yorkshire que apenas conocía.

Amabel volvió a entrar, sacó sábanas limpias y cambió las camas con la esperanza de que llegasen otros huéspedes más tarde. Preparó las habitaciones, inspeccionó el contenido de la nevera y del congelador, tendió las sábanas lavadas y se preparó un sándwich antes de irse al huerto con Cyril y Oscar. Los tres se sentaron en el viejo banco, lo suficientemente apartados del sendero como para no oír si alguien llamaba. Y eso sucedió justo cuando estaba a punto de tomar el té.

El hombre que estaba a la entrada se dio la vuelta, impaciente, cuando ella llegaba.

–He llamado dos veces. Quiero alojamiento con desayuno para mi esposa y mis dos hijos.

Amabel miró el coche. Había un joven ante el volante y una mujer y una joven en el asiento trasero.

–¿Tres habitaciones? Desde luego. Pero debe saber que hay un solo cuarto de baño, si bien cada habitación tiene un lavabo.

–Supongo que es todo lo que se puede pretender por estos lares –dijo el hombre con grosería–. Nos equivocamos en una intersección y hemos venido a parar aquí, al fin del mundo. ¿Cuánto cobra? ¿Incluye un desayuno como Dios manda?

–Sí –dijo Amabel. Como su madre decía, «hay de todo en la viña del Señor».

Las tres personas del coche se bajaron e inspeccionaron sus habitaciones con comentarios en voz alta sobre la antigüedad de los muebles y el único cuarto de baño, que les pareció viejo. Y querían merendar: sándwiches, bizcochos y tarta.

–¡Y mucha mermelada! –gritó el joven cuando ella se iba.

Después de merendar le preguntaron dónde estaba la televisión.

–No tengo.

–Todo el mundo tiene una tele –dijeron, incrédulos.

–¿Qué haremos esta noche? –se quejó la joven.

–El pueblo está a menos de un kilómetro –dijo Amabel–. Hay un pub y se puede comer, si lo desean.

Resultó un alivio verlos volver a subir al coche y alejarse.

Puso la mesa para el desayuno y ordenó la cocina antes de hacerse algo de cenar. Era una tarde hermosa, con bastante luz todavía, así que volvió a sentarse en el banco del huerto. El doctor Fforde y su madre ya estarían en Glastonbury, supuso, con su familia o sus amigos. Seguro que él estaba casado con una joven bonita y elegante, tenían un niño y una niña y vivían en una casa amplia y cómoda. Él conducía un Rolls, debía tener un gran éxito profesional si podía permitirse ese coche. O quizá fuera de una familia adinerada.

Al darse cuenta de que pensar en aquello la ponía triste, además de hacerle perder el tiempo, volvió a entrar y preparó la factura de los huéspedes. Quizá no tuviera tiempo por la mañana.

Al día siguiente se levantó pronto. Le habían pedido el desayuno a las ocho. Después pagaron la cuenta, no sin revisarla y hacer comentarios ácidos sobre la falta de modernidad.

Por cortesía, Amabel esperó a que se alejasen y luego metió el dinero en la vieja lata de té del aparador. Su contenido iba aumentando, ¡pero vaya si le había costado ganárselo!

Fue a las habitaciones, que, tal como supuso, encontró en un estado lamentable. Para el mediodía todo había recuperado su orden y limpieza habituales y tenía la lavadora acabando una colada de sábanas. Se hizo unos sándwiches y volvió con los animales al huerto a leer una carta de su madre que le había llevado el cartero. Todo iba estupendamente, escribía. El bebé crecía muy deprisa y ella había decidido quedarse unas semanas más, ya que supongo que no podré volver hasta dentro de uno o dos años, a menos que algo inesperado suceda.

Tenía razón. Su madre había pedido un préstamo al banco para poder financiarse el viaje y, aunque era poco, tendría que acabar de pagarlo antes de volver a ir.

Amabel se metió la carta en el bolsillo, dividió los sándwiches que quedaban entre Cyril y Oscar y volvió a entrar a la casa. Quizás alguien apareciese a la hora de merendar, así que mejor sería preparar una tarta y unos bizcochos.

Por suerte lo hizo, porque acababa de sacarlos de la cocina de leña cuando sonó el timbre y dos señoras mayores preguntaron si las podía alojar y darles el desayuno a la mañana siguiente.

–¿Quieren compartir una habitación con dos camas? –les preguntó, porque no parecían tener demasiados medios–. Cuesta lo mismo para una persona que para dos –les dijo el precio y añadió–: Con los desayunos, por supuesto. ¿Quieren merendar?

–Sí, por favor –dijeron las señoras tras consultarse con una mirada–. ¿Nos podría dar una cena ligera luego?

–Por supuesto. ¿Quieren traer las maletas? El coche puede dejarlo en el granero.

Al día siguiente, después de que las ancianas se fueron, dejando la habitación tan ordenada como si no hubiesen estado allí, Amabel metió el dinero en la lata del té y decidió que al día siguiente iría al pueblo a ingresarlo en el banco, además de a hacer unas compras.

Volvía a ser una mañana hermosa y se sentía alegre, a pesar de la desilusión del retraso de su madre en regresar a casa. No le estaba yendo tan mal con la casa de huéspedes, y los ahorros iban creciendo. Había que pensar en los meses de invierno; aunque quizás podría conseguir un trabajo a tiempo parcial cuando su madre volviese. Canturreó alegremente a la vez que recogía guisantes en la huerta.

Aquel día no llegó nadie, y al siguiente, una mujer sola, que cuando se fue se llevó las toallas. Dos días decepcionantes, reflexionó Amabel, preguntándose lo que sucedería al día siguiente.

Se levantó pronto nuevamente y tras desayunar y limpiar la casa, planchó un rato antes de que comenzase a hacer calor. Luego se fue al huerto. Era demasiado pronto para que apareciese gente y oiría el ruido si se acercaba un coche.

Pero, por supuesto, no oyó el motor del silencioso Rolls Royce, porque este casi no hizo ruido. El doctor Fforde se bajó y contempló la casa. Era un sitio agradable, que necesitaba algunos pequeños arreglos y una mano de pintura, pero las ventanas relucían y el llamador de bronce de la sólida puerta de entrada brillaba. Dio la vuelta a la casa, pasó junto al granero y vio a Amabel sentada en el banco entre Cyril y Oscar, desgranando guisantes.

Se la quedó mirando un momento, preguntándose por qué había querido volver a verla. Era verdad que le había resultado interesante, tan pequeña, sencilla y valiente, obviamente aterrorizada por la tormenta y a merced de cualquier indeseable que se le ocurriese aparecer por allí. ¿No tendría algún pariente que pudiese acompañarla?

Desde luego que a él no tenía por qué importarle eso, pero le había parecido una buena idea pasar a verla, ya que estaba de camino a Glastonbury. Atravesó la grava del patio y al oírlo, ella se puso de pie con una sonrisa. No había duda de que se alegraba de verlo.

–Buenos días –dijo él afablemente–. Voy de camino a Glastonbury. ¿Se ha recuperado de la tormenta ya?

–Oh, sí –dijo ella con sinceridad–. Pero tenía miedo, ¿sabe? Me alegré mucho cuando vinieron usted y su madre.

Recogió el colador con los guisantes y se acercó a él.

–¿Le apetece una taza de café? –le preguntó.

–Sí, por favor –respondió él, y la siguió a la cocina. Cuando entraron, se sentó a la mesa y pensó en lo plácida que era. Parecía alegrarse de verlo, pero seguro que había aprendido a recibir con una sonrisa a todos los que llegaban a alojarse.

–¿Quiere comer conmigo? –la invitó impulsivamente–. Hay un pub en Underthorn, a quince minutos de aquí. Supongo que no vendrá nadie hasta mediada la tarde, ¿verdad?

Ella sirvió el café y buscó una lata con galletas.

–Pero ¿no iba de camino a Glastonbury?

–Sí, pero no me esperan hasta la hora del té. Y es un día tan espléndido... –al verla titubear, añadió–: Podemos llevarnos a Cyril.

–Gracias –dijo ella entonces–, me encantaría. Pero tengo que volver a eso de las dos. Como es sábado...

Volvieron al huerto y Amabel acabó de desgranar los guisantes. Oscar se había subido al regazo del doctor y Cyril se echó a sus pies. Hablaron y Amabel, relajada, respondió las preguntas que él le formuló delicadamente, sin percatarse de lo mucho que le decía hasta que se detuvo en medio de una frase, sintiendo que hablaba demasiado. Él se dio cuenta enseguida y cambió de tema.

Poco antes de mediodía fueron en coche hasta el pub y se sentaron a una mesa en la parte de atrás. Había un pequeño río con árboles que daban sombra. Como era temprano, estaban solos. Comieron empanada de cerdo casera y ensalada, y bebieron limonada que había hecho la mujer del propietario. Cyril se sentó a sus pies con un cuenco de agua y un bizcocho.

–Parecen felices, ¿verdad? –comentó el propietario a su mujer.

Y lo estaban. Los tres, aunque el doctor confundía esa felicidad con el placer de disfrutar de una mañana preciosa con alguien sin pretensiones.

Al rato llevó a Amabel a su casa y la sorprendió al aparcar el coche bajo los árboles y acompañarla hasta la puerta de la cocina.

–¿Me permite que me siente en el huerto un momento? –le preguntó–. Pocas veces tengo oportunidad de sentarme en un sitio tan apacible.

«Pobre hombre», estuvo a punto de decirle Amabel, pero cuando habló, dijo:

–Por supuesto, todo lo que quiera. ¿Quiere una taza de té, o una manzana?

Así que él se sentó en el huerto masticando una manzana con Oscar en el regazo, consciente de que sus motivos para sentarse allí eran ver qué tipo de clientes aparecían, con la esperanza de que antes de irse hubiese llegado un matrimonio respetable decidido a pasar la noche.

Sus deseos se hicieron realidad y no pasó demasiado tiempo antes de que llegase una pareja con su madre, dispuestos a quedarse dos noches. Era absurdo que se sintiese preocupado, pensó. Amabel era perfectamente capaz de cuidarse a sí misma. Además, tenía teléfono.

Se dirigió a la puerta de la cocina, que estaba abierta, y la encontró preparando la merienda.

–Me tengo que ir –le dijo–. No quiero interrumpirla. Gracias por la compañía.

–Lo mismo digo. Gracias por la comida –dijo ella, cortando con esmero una enorme tarta en trozos. Le sonrió–. Conduzca con cuidado, doctor Fforde.

Llevó la bandeja con la merienda al salón y volvió a la cocina. Eran unos huéspedes muy agradables y corteses que no deseaban incordiar.

–¿Podríamos cenar aquí? –preguntaron con amabilidad.

Aceptaron con una sonrisa su oferta de patatas asadas con ensalada, pastel de frutas y café. El hombre la informó de que saldrían a dar un paseo y le preguntó cuándo quería servirles la cena.

Cuando se fueron, ella hizo el pastel de frutas, puso las patatas en el horno y fue a la huerta a cortar unas lechugas. No había prisa, así que se sentó en el banco a reflexionar sobre el día.

Había sentido sorpresa y placer al volver a ver al doctor. Aunque había pensado en él, nunca pensó que lo volvería a ver. Cuando había elevado los ojos y lo había visto, había sido como reencontrarse con un viejo amigo.

–Tonterías –se dijo–. Vino esta mañana porque quería un café.

¿Y la invitación a comer?, le dijo una vocecilla.

–Probablemente sea un hombre al que no le gusta comer solo –decidió volviendo a la cocina.

Los tres turistas tenían intención de salir a andar el domingo. Volverían a la hora del té y luego deseaban una cena ligera. Dijeron que querían partir temprano, lo cual le dejaría a Amabel casi todo el día para hacer lo que le apeteciese. No era necesario que se quedase en la casa, porque no tenía intención de alquilar la tercera habitación si alguien llamaba. Iría a la iglesia y luego pasaría una tarde tranquila con el periódico del domingo.

Le gustaba ir a la iglesia, encontrarse con amigos y conocidos y conversar un rato, a la vez que asegurar a quien preguntase por su madre que esta volvería pronto y que ella se encontraba perfectamente, ya que muchos consideraban que no tendría que haberse quedado sola.

Eso era algo que habían hablado bastante las dos, hasta que un día su madre se echó a llorar diciendo que no podría irse a Canadá. Amabel le dijo entonces que prefería estar sola, y por fin su madre se había marchado. Amabel le escribía todas las semanas diciéndole lo que sucedía en tono alegre y bastante optimista.

Su madre ya llevaba un mes fuera y todavía no daba señales de volver. Amabel esperaba que mencionase el asunto en su siguiente carta, aunque nunca admitiría que no le gustaba estar sola. La realidad era que por las noches tenía miedo, a pesar de que la casa estaba cerrada a cal y canto.

Al salir de la iglesia se despidió del párroco y aseguró a este que su madre regresaría pronto.