3,99 €
HQÑ 372 Un plan que, sin esperarlo, cambiará su vida y su destino. Mérida tiene una cosa muy clara: el amor no existe. Ella ha formado una barrera alrededor de su corazón y solo tiene espacio en su vida para su familia, sus amigos y, sobre todo, su trabajo, por el que haría cualquier cosa, incluso trazar un plan para obtener el puesto por el que lleva tantos años luchando. Para alcanzarlo, su objetivo es Álex, el hermano de uno de los clientes que podría ayudarla a conseguir el éxito, pero ¿y si nada va cómo ella había ideado? La conexión entre ellos es tan fuerte que hace que su mundo se tambalee y que tenga que tomar una de las decisiones más importantes de su vida: seguir adelante con el plan sin que le importe nada más y alejarse de una persona que puede llegar a derribar el muro que tanto le ha costado construir, o rendirse ante las nuevas sensaciones que puede llegar a experimentar junto a él. ¿Se arriesgará a sentir algo nuevo o, por el contrario, el miedo la detendrá? - ¿Qué pasa cuando te desilusionas y dejas de creer en el amor? - No es malo salir de nuestra zona de confort, aunque se tenga mucho miedo al hacerlo. - Una conexión inexplicablemente fuerte, capaz de derribar muros. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, romance… ¡Elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 352
Veröffentlichungsjahr: 2023
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
Avenida de Burgos, 8B - Planta 18
28036 Madrid
© 2023 Isabel Alberca
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.
El amor no existe, n.º 372 - noviembre 2023
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S. A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.
I.S.B.N.: 9788411805414
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
Para los que no creen en el amor o dejaron de hacerlo.
Porque nunca es tarde para confiar.
Hacía bochorno. Era de esos días que anuncian que se acerca el verano, en el que por el día hace un calor que te desmayarías y por la noche, si se tiene suerte, refresca tanto que hay que taparse con una sábana para dormir. Ese calor se acentúa si acabas de tener sexo, como era mi caso. Al despertarme, las gotas de sudor recorrían todo mi cuerpo y, al girarme sobre la cama intentando encontrar una postura en la que el calor no me sofocara, descubrí a un chico del que ni siquiera recordaba el nombre, que estaba plácidamente dormido en posición fetal. A pesar de que me dio ternura verlo así, desnudo y tranquilo, me incorporé sobre la cama, busqué mi ropa interior, que se encontraba tirada por el suelo, y subí la persiana con brusquedad. A esas horas apenas entraba luz de la calle, estaba empezando a amanecer, pero yo nunca dejaba dormir a los tíos en mi casa y este no iba a ser el primero.
—Venga, arriba. Es hora de irse. —Abrí la ventana y el sonido de los coches inundó la habitación.
—¿Eh? —se quejó el chico aún dormido.
—Tienes que irte, voy a llegar tarde al trabajo —mentí.
Se revolvió en la cama y por fin abrió los ojos. Lo primero que hizo fue analizar toda la habitación que era capaz de atisbar desde su postura. En cuanto me descubrió delante de él, vestida únicamente con la ropa interior negra de encaje que me había puesto la noche anterior, sonrió con picardía y se incorporó.
—¿Estás segura de que quieres que me vaya? Podríamos echar uno rapidito.
—No, tengo prisa.
Fui hasta la puerta de la habitación y le hice una señal con la mano para que se marchara. Cuando le conocí la noche anterior en el bar en el que había ido con Guille y Sara, mis mejores amigos, le dejé claro que lo que íbamos a tener solo iba a ser algo de una noche, y yo siempre cumplía mi palabra.
Se incorporó de la cama con un movimiento torpe mientras buscaba con preocupación su ropa, y tuve que ayudarle en su búsqueda para que se marchara de allí cuanto antes. Le fui tirando las prendas que iba encontrando por el suelo mientras él se vestía lo más deprisa que podía. Cuando terminó de ponerse la camiseta, se acercó a mí y me besó escuetamente en los labios.
—¿Puedo quedarme al menos a desayunar?
—Otro día mejor, ¿te parece?
Asintió y salió por el pasillo hasta la puerta de la entrada. Le seguí y abrí la cerradura en cuanto nos colocamos frente a ella.
—¿Nos volveremos a ver? Me lo pasé muy bien anoche —comentó con picardía.
—Claro, seguro que nos vemos por ahí.
Le dejé tan descolocado que se marchó de allí pensando tanto que creí, seriamente, que en algún momento le saldría humo por las orejas. Volví a la habitación y aparté las sábanas para que la cama se aireara bien. Después, cogí el móvil y marqué el teléfono de Sara con miedo a pillarla todavía dormida.
—Hola, melona —respondió a la llamada.
—Hola, caracola, ¿al final quedasteis a desayunar Guille y tú? Me gustaría unirme —supliqué. Tenía tanta hambre que estaba dispuesta a ir al lugar al que quería llevarnos, una tetería que había abierto hacía poco.
—¡Estás de suerte! —contestó emocionada—. Guille viene a buscarme en un rato. Podemos pasar por tu casa, si quieres.
—Sí, creo que me da tiempo.
Me di una reconfortante ducha fría y me vestí con unos pantalones vaqueros cortos y una camiseta de tirantes de color lavanda. Hacía tanto calor a esas horas de la mañana que recogí mi cabello castaño en una trenza de raíz.
No tardaron en mandarme un mensaje para que bajara. Así que cogí el bolso y fui a toda velocidad con la esperanza de que, cuanto más rápido fuera, antes comeríamos.
—Hola, chicos —dije nada más entrar en la parte trasera del SEAT Ibiza blanco de Guille.
—Eh —respondió él mientras colocaba el espejo retrovisor—. Qué bien verte sin el tío ese de anoche pegado a tu boca.
Sara rio e intentó disimularlo para que no la viera.
—Ja, ja —reí sarcásticamente—. Tú lo que tienes es envidia de que yo me fuera con alguien ayer y tú no.
—Eso es mentira, me fui con Sara —respondió con orgullo.
—Ya sabes que eso no cuenta.
—¡Eh! —se quejó Sara.
—Perdona, tía, pero es verdad. A menos que ahora me confeséis que os liasteis anoche y tuvisteis sexo salvaje, no cuenta.
Ambos se giraron despacio hacia el otro y, cuando sus miradas se toparon, se quejaron.
—Puaj, qué asco —dijeron casi al mismo tiempo.
Los tres reímos y después pusimos rumbo a La Latina. Nunca solíamos ir a los sitios en coche, tirábamos de metro como todo el mundo, pero hacía pocos meses que Guille se había sacado el carnet de conducir y quería conseguir más experiencia, aunque en realidad lo que conseguía era tener pequeños infartos cada vez que se adentraba en las complicadas calles de Madrid. A pesar de ello, se sentía orgulloso por haber aprobado el carnet a la primera, y eso que tenía veintiséis años.
Nos conocíamos desde el primer año de universidad. Los tres coincidimos en la cafetería y hablamos durante tanto rato que incluso nos perdimos unas cuantas clases. Dio la casualidad de que estábamos estudiando la misma carrera, y eso fue la guinda del pastel. Nos unió más de lo que nunca hubiéramos imaginado. Aunque los tres empezamos ilusionados estudiando Publicidad, yo fui la única que lo terminé y acabé trabajando de ello. Guille tiró por la rama de ciencias y al final se convirtió en nutricionista. Y Sara sigue siendo un poco bala perdida. Trabaja en el bar de sus padres, pero su gran sueño es estudiar Caracterización y Maquillaje y estar con los más grandes del cine español.
—¿Dónde estamos? —pregunté en cuanto paramos frente a una puerta de color blanco con vidrieras.
—En la tetería, ¿dónde si no? —respondió Sara con ilusión.
—Pensaba que íbamos a ir a una de esas como las que hay en Granada —comenté decepcionada.
—No, aquí te dan pastelitos de nata —soltó ella con una gran sonrisa.
Guille y yo nos miramos y seguimos a Sara cuando atravesó aquella puerta con tal seguridad que parecía que ya hubiera estado antes.
—Si te sirve de consuelo —dijo Guille en un tono de voz casi imperceptible—, yo también creía que iba a ser de esas teterías. Ya estaba haciéndoseme la boca agua pensando en comerme un baklava.
—Uf, calla, que me acaban de entrar ganas de comerme uno a mí también.
—Chicos, aquí —gritó Sara al otro lado del local mientras señalaba una mesa.
Parecía que habíamos entrado en una especie de café parisino. Los muebles, y la decoración de aquel lugar, eran sofisticados. Todo inspiraba delicadeza allí donde miraras, pero tanto color blanco y rosa resultaba abrumador.
—¿Nos vas a contar qué tal con el tío de anoche o no? —preguntó Sara nada más sentarse en la silla.
Guille y yo nos sentamos después que ella y nos miramos extrañados.
—¿Desde cuándo le preguntas tú a Meri por sus ligues? —rio Guille.
—Quiero volverme más abierta de mente.
—Pero si en cuanto escuchas la palabra «pene» ya te escandalizas —dije entre risas.
Sara, como era de esperar, se tapó los oídos en cuanto me escuchó decir aquella palabra y reímos aún más al verla.
—Soy de las que creen en el sexo con amor, ¿qué problema hay? —Empezó a recogerse nerviosa su precioso y largo cabello castaño en una coleta imaginaria. Era algo que hacía cuando le incomodaba hablar sobre algún tema.
—Que nosotros somos más realistas —contestó Guille—. No creemos como tú en que todos tenemos una media naranja.
—Yo no creo en las medias naranjas, pero pienso que algún día encontraré a mi príncipe azul.
Inevitablemente nos reímos de nuevo. Siempre que las dos quedábamos a solas y salía ese tema de conversación, intentaba convencerla de que era posible que su media naranja fuera Guille y no quisiera verlo. Desde casi el primer momento intenté emparejarlos porque siempre me pareció que encajaban. Ella, con su piel blanquecina llena de pecas y unos dulces ojos castaños, y él, con sus aires de chico malo y su mirada penetrante. Para mí hacían una pareja explosiva, pero nunca se habían visto de esa manera.
—Eso no existe, Sara. No puedes vivir en ese mundo tan perfecto que te has inventado. Sabes que la vida no es así, no todo es color de rosa —solté cuando conseguí recuperar la respiración.
—¿Qué más os da lo que piense? Eso no os afecta para nada.
—Porque no queremos que te enamores por décima vez de un príncipe azul que al final acaba siendo un sapo —contestó Guille con una mueca.
—Bueno, va, vamos a dejar de hablar de mí. —Levantó la mano para que uno de los camareros se fijara en nosotros.
El chico no tardó en acercarse y tomarnos nota. Cuando nos trajeron los tés que habíamos pedido y un plato de pastelitos, que parecían recién sacados de una revista de repostería, Guille me hizo la pregunta que tanto temía:
—Oye, Meri, ¿cómo llevas la presentación esa tan importante?
—¡Eso! —gritó Sara al mismo tiempo que se me metía un pastelito de fresa en la boca.
—Mañana tengo la presentación y la idea que tenía no me convence del todo. No es lo suficientemente buena. No sé qué me sucede.
—No te preocupes. Seguro que se te ocurre algo a última hora que te hará sentir más satisfecha, como siempre —dijo Guille intentando tranquilizarme mientras miraba con atención los pasteles que nos habían traído.
—No te creas, esta vez noto que es distinto. Es algo tan importante que mi cerebro se ha cortocircuitado.
—¿Por qué es tan importante? —preguntó Sara.
—Porque si consigo ese cliente puede que por fin me asciendan.
—¡Qué guay! —Pegó un brinco en el asiento—. No me dijiste nada.
—Pensaba que os lo había contado a los dos, perdona.
Quedar con ellos esa mañana me sentó de maravilla. Hicieron que mis nervios y angustia por no tener una buena idea para ese cliente se disiparan en un abrir y cerrar de ojos. El desayuno se fue alargando hasta que lo convertimos en un brunch. Cuando nuestro estómago no era capaz de darse más de sí, nos fuimos a casa. Guille y Sara se fueron juntos, ya que eran prácticamente vecinos, y yo preferí volverme en metro. Así tendría más tiempo para idear una estrategia mejor.
Llegué a casa sin ninguna buena idea en la mente. Las horas pasaban cada vez más deprisa y los nervios iban en aumento de manera considerable. No podía dejar que Carlo, mi archienemigo en el trabajo, consiguiera ese cliente tan importante o no me lo perdonaría en la vida.
—¡Joder! —grité en medio del pasillo cuando caminaba a la habitación—. Ojalá pudiera parar el tiempo.
«Eureka», pensé. Por fin tenía la idea. Corrí hacia el pequeño despacho ubicado al lado de la habitación y me pasé el resto de la tarde intentando plasmar mi idea en decenas de bocetos.
Al día siguiente me desperté antes de que sonara la alarma. Estaba tan emocionada por todo lo que había elaborado, que tenía unas ganas enormes de realizar una de las mejores presentaciones de mi vida.
Lo primero de todo, había que dar buena imagen. Queríamos que una empresa de relojes de lujo nos contratara para encargarnos de su campaña de marketing. Eran unos clientes muy importantes que no podíamos perder, así que tardé en escoger qué ropa ponerme para la ocasión. Elegí un traje liso de color azul celeste con un top blanco, que quedaba estupendamente bien con unos pantalones de tiro alto que aún no había estrenado, y unos zapatos de tacón del mismo color que el top. Después, me di una ducha y sequé mi cabello castaño de tal manera que las ondulaciones naturales de mi pelo no parecieran como si acabara de salir de la piscina. En cuanto me tomé un café con leche ya pude decir que estaba lista, pero en realidad llegaba tarde. Aunque me había despertado antes de la hora, lo había hecho todo con tanta calma que ni me había dado cuenta de que las agujas del reloj se movían demasiado deprisa.
Recogí con urgencia todos los bocetos y fui derecha al metro con la esperanza de no llegar tarde y que tuviera que esperar al siguiente. Por suerte, no perdí el tren e incluso encontré un sitio en el que sentarme. No quería repasar más veces el discurso que tenía preparado. Llevaba diciéndomelo mentalmente desde la tarde anterior y necesitaba que mi cerebro se tomara un descanso, así que me puse a observar a las personas que había allí, tanto de pie como apoyadas en las barras metálicas que me daba asco tocar.
Nada más llegar a la parada que me correspondía, me hice hueco entre todas las personas que entraron los últimos minutos y que se habían acumulado en la puerta. Fui con tanta prisa que nada más salir choqué con un hombre trajeado que llevaba un gran vaso de papel lleno de café, con tan mala suerte que se lo tiré encima. Lo primero que hice fue ver que mi traje no se hubiera manchado, necesitaba estar impoluta. Tras comprobarlo, miré a aquel hombre y él no había tenido tanta suerte como yo.
—Oh, Dios, lo siento mucho. —Me acerqué a él con un pañuelo recién sacado del bolso e intenté secarle sin tocarle demasiado.
—¿Es que no ves por dónde vas? Joder… —Sacudió las manos para quitarse el café que tenía sobre ellas. Levantó la mirada y me observó enfadado—. Tengo una reunión ahora, ¿sabes?
Su voz me llamó la atención. Aunque el tono era claramente hostil, por alguna extraña razón me transmitió algo de tranquilidad, así que volví a mirarle confusa y esta vez me fijé más en su rostro. La primera impresión que me dio es que era un hombre atractivo y elegante, además de que el traje, aunque lo tenía lleno de café por todas partes, le sentaba como un guante.
—Ya te he dicho que lo siento —respondí a modo de defensa—. Tú no eres el único que tiene una reunión ahora.
Al decir aquello, miré la hora en mi reloj y salí corriendo de allí.
—¡Si nos volvemos a ver, te pago la tintorería! —grité mientras me perdía por el pasillo—. ¡Prometido!
Llegué cinco minutos tarde, pero los clientes aún no estaban, así que se podía decir que había sido puntual. Como siempre que había una reunión importante, Carlo apareció a mi lado para intentar sacarme de mis casillas. Me irritaba mucho que lo primero que tuviera que ver un día así de crucial fuera su paliducho rostro, su nariz torcida, su pelo dorado repeinado con gomina y sus ojos azules llenos de maldad. Era tan engreído y arrogante que no caía muy bien a la mayor parte de los que estábamos en plantilla.
—Oye, Fernández, ¿nerviosa por sentir la derrota?
Seguí caminando por el pasillo en dirección a mi despacho intentando no hacerle caso.
—Fíjate qué casualidad, era lo mismo que te iba a preguntar yo a ti.
—Qué poco original. No sabes ni inventarte tus propias puyas.
—Mira. —Frené en seco y establecí contacto visual con él—. Acabo de tener una movida en el metro y no estoy para estas idioteces de niño pequeño. ¿Por qué no han venido los clientes?
Se ajustó la corbata al notar mi indiferencia, tragó con dificultad y carraspeó antes de hablar:
—Ni idea. Solo han avisado de que se retrasan media hora.
—Pues fíjate, treinta minutos más para que te repases esa presentación tan penosa que vas a enseñarnos.
Sonreí con falsedad y me metí dentro del despacho con cuidado de no cerrar la puerta de un portazo, como me apetecía en realidad. Carlo era la única persona de toda la oficina, y se podría decir del mundo entero, que me irritaba con tan solo notar que estaba a mi lado. Tener que verle la cara todos los días era algo superior a mí. Habíamos forjado una especie de rivalidad desde que empezó a trabajar en la empresa. Se tomaba muy a pecho lo de ser mejor que nadie, eso, o que no soportaba la idea de que una mujer como yo estuviera a punto de conseguir un ascenso, igual que estaba él.
Llamé a Sara. Sabía que estaría en casa durmiendo porque le habría tocado trabajar la noche anterior, pero era una urgencia de nivel cinco. Era un código especial que teníamos los tres cuando queríamos contarnos nuestras movidas sentimentales y teníamos que indicar, desde el primer momento, cómo estábamos en general. Sonaron varios tonos hasta que por fin respondió a mi llamada:
—Tía, no son horas —balbuceó en cuanto descolgó.
—Estoy en nivel cinco, Sara.
Escuché cómo se revolvía algo al otro lado del auricular.
—Ya me he despejado, ¿qué ha pasado? —Bostezó tan alto que por poco me deja sorda.
—Estoy en la oficina… ¿Qué va a ser?
—Puaj, Carlo. Te juro que el día que Guille y yo le conozcamos le vamos a matar.
—He tenido una movida en el metro y no estoy para aguantar a nadie. Es que no entiendo esa fijación que tiene por intentar ponerme nerviosa antes de una reunión con un cliente. Es que me sigue como un perrito faldero hasta el despacho.
—Deja de rascarte el brazo —mencionó de forma autoritaria.
—¿Cómo sabes que me lo estoy rascando?
—Tía, lo haces siempre que estás de los nervios.
Dejé de rascarme y me senté en la silla de oficina.
—Odio que me conozcas tan bien.
—Es un don. Oye, cuéntame lo del metro.
—Nada importante. Pero son de esas cosas que, si te suceden en un mal momento, aunque no sean nada, se convierten en más de lo que ha sido.
—Bueno, pues quiero oírlo. No me has despertado tan pronto solo para hablar de Carlo. Me niego.
—Me choqué con un tío en el metro y le tiré todo el café encima. —Reí nerviosa mientras me mordía una uña al recordar la que había montado.
—No te veo muy disgustada.
—Sí lo estoy. El tío ese estaba tan enfadado que me habló mal. Joder, que no lo hice aposta. Además, tenía prisa.
—Imagínate que hubiera ocurrido al revés, ¿no te enfadarías o qué?
—Sara, parece que no me conoces…
—Es una pregunta retórica, tía.
Alguien llamó a la puerta y pegué un brinco.
—Sara, me llaman. Luego hablamos.
—¡Suerte, tía!
Colgué y dejé el móvil en el cajón de la mesa.
—Adelante.
La puerta se abrió y Martina, mi jefa, asomó la cabeza con una gran sonrisa.
—Mérida, ¿cómo va la presentación?
—A punto, como siempre —respondí nerviosa.
Entró dentro de mi despacho y cerró la puerta. Se quitó las gafas y se las dejó colgando de su cuello gracias a la correa que se las sujetaba. Siempre admiré a Martina desde que la conocí. Que hubiera conseguido montar una empresa de la nada, y que llegara a formar un equipo tan bueno como tenía, era digno de admiración. Pero no solo eso, también me impresionaba el tipo de mujer que era, siempre segura de sí misma y entregada a su trabajo.
—Dame un adelanto, anda. —Se atusó el pelo con la mano para asegurarse de que no se le escapaba ningún mechón cobrizo del recogido.
—«Cronos, el poder de tu tiempo».
Fue abriendo poco a poco los ojos como platos y sonrió ampliamente.
—Me encanta —soltó emocionada—. Nada que ver con lo de Carlo.
—¿Qué pasa, que estás dando la vuelta de reconocimiento antes de la batalla?
—Ya sabes que este cliente es importante para nosotros porque se quieren introducir en el mercado internacional. Es una oportunidad que no podemos perder. Tenía que quedarme tranquila sabiendo que podemos ofrecerles algo que les puede gustar. Si nos eligen, nos abrirá un amplio abanico de otras marcas internacionales.
—Lo sé, no hace falta que me metas más presión.
—¿Puedo ver los bocetos?
—No —dije sin pensarlo—. Tienes que esperar como el resto.
Llamaron a la puerta y ambas nos giramos. La secretaria de Martina asomó la cabeza tímidamente.
—Ya han llegado.
—¡Ah! —gritó mi jefa—. Venga, vamos. No les hagamos esperar.
—Adelántate. Voy a comprobar que tengo los bocetos bien colocados y voy.
En cuanto se marcharon, cogí aire profundamente y lo solté muy despacio. Estaba igual de nerviosa que si estuviera en el instituto a punto de hacer un examen oral de francés. Revisé que los bocetos estuvieran en el orden correcto, cogí el maletín donde los tenía guardados y, tras repetirme unas cuantas veces que era la mejor para subirme la autoestima, salí con la misma seguridad que si me fuera a comer el mundo.
Al otro lado del pasillo había dos hombres trajeados dándome la espalda. Con ellos ya estaban hablando Martina y Carlo. Rodeé a aquellos hombres para ponerme al lado de mi equipo y, cuando levanté la mirada, no podía creerme quién estaba frente a mí.
Cuando tu futuro depende de algo en lo que no tienes el poder al cien por cien, esperas con todas tus fuerzas que nada ajeno a ti vaya mal, porque solo tienes el control de ti mismo y de lo que hagas. Por eso, cada vez que tenía una reunión importante, me preparaba tanto y daba todo de mí, porque era lo único que podía controlar. Pero ese día, cuando vi quién era uno de los hombres que tenía delante de mí, solo deseé que la tierra me tragase y me mandara bien lejos para poder esconderme y que no me encontrara nadie.
Noté un calor repentino por el cuerpo, y lo peor de todo es que estaba empezando a sudar. Y en ese momento, cuando más nerviosa me encontraba, se giró hacia mí y frunció el ceño en cuanto supo quién era yo.
—Es un placer que estén con nosotros —dijo Martina ilusionada—. Esta persona que se acaba de incorporar ahora mismo es Mérida Fernández, otra de las aspirantes para ser uno de nuestros directores creativos, al igual que Carlo. Vuestro producto estará en buenas manos con ellos. Seguro que les gusta alguna de las ideas que tienen para ustedes.
—Sí, nos conocemos —contestó aquel hombre sin apartar sus ojos color miel de los míos—. Me tiró un vaso de café encima.
Cada uno de mis músculos se tensaron y pude notar cómo Carlo y Martina giraron sus rostros a toda velocidad hacia mí. Tenía que hacer algo para salvar la situación. No podía dejar que eso marcara la presentación o podríamos perder al cliente. Extendí la mano hacia él y sonreí escuetamente.
—Mis disculpas. Como le dije, le pagaré la tintorería.
Me la estrechó con seguridad.
—Eso espero —respondió bruscamente.
Ofrecí mi mano al otro chico que había a su lado, que se le veía como una persona menos seria y cascarrabias, y me sonrió ampliamente cuando me la estrechó. Ambos eran jóvenes y atractivos. Tenían el rostro cuadrado y el pelo echado hacia atrás, bien peinado. Ver que poseían ese cierto atractivo, sin esperármelo, me puso nerviosa. Estaba acostumbrada a clientes mucho mayores que yo.
—Max, encantado. No le haga caso, señorita. —Dejó de estrecharme la mano y, mientras se rascaba su incipiente barba, le dio una palmadita en la espalda al hombre al que le había tirado el café—. Mi hermano Álex no está teniendo una buena semana y la toma con todo el mundo.
—¿Son hermanos? —pregunté.
—Sí —respondió automáticamente.
—Caballeros —interrumpió Carlo con una falsa sonrisa—. Si no les importa, acompáñennos a la sala de reuniones para empezar con la presentación. Seguro que tienen prisa.
—Sí, mejor —respondió Álex con autoridad.
Carlo fue el primero en andar por el pasillo y nuestros futuros clientes le siguieron después. Cuando iba a caminar detrás de ellos, Martina me agarró del brazo.
—¿Qué es lo que ha pasado esta mañana con el señor De la Vega? —me preguntó más nerviosa de lo que estaba acostumbrada a verla.
—Lo que has oído. Me he chocado con él en el metro y se le cayó el vaso encima. Ya está.
—Oh, Dios mío, Mérida.
—Mira, no fue a propósito. Si el señor De la Vega es tan idiota como para juzgar la manera en la que trabajamos por un simple accidente, no es mi problema.
Respiré hondo y me fui hacia la sala de reuniones más tranquila que nunca. Sabía que mi idea era buena y no iba a dejar que nada, ni nadie, me estropease el momento. El primero en exponer, cómo no, fue Carlo. Aunque su idea no estaba mal, no podía compararse con lo que yo tenía preparado. Eso sí, he de confesar que me puse algo nerviosa cuando vi que él se había currado más la presentación con una demostración audiovisual y yo solo tenía unos simples bocetos, pero no era el momento de dudar.
En cuanto Carlo se dejó caer en su silla, puse el caballete delante de la mesa circular en la que estábamos sentados, coloqué los bocetos y comencé con la presentación. Conté con exactitud todo el discurso que me había preparado mentalmente y terminé con la frase que les iba a hacer que quisieran ser nuestros clientes.
—«Cronos, el poder de tu tiempo». Muchas gracias.
Hice una ligera reverencia con la cabeza dando a entender que había terminado y Martina y Max aplaudieron entusiasmados. Me sentía totalmente satisfecha con cómo había expuesto mi idea, hasta que vi la cara de amargado de ese tal Álex. Puse los ojos en blanco y me senté en una de las sillas.
—¿Qué les ha parecido? —preguntó Martina con una gran expectación—. A mi parecer, ambas son grandes ideas que creo que pueden encajar perfectamente con su marca.
Álex se acercó a su hermano, le cuchicheó algo al oído y ambos se levantaron de los asientos casi al mismo tiempo.
—Unas ideas estupendas —contestó Max con ilusión—. Tenemos que irnos. Barajaremos ambas opciones y les diremos algo en unos días.
—Oh, por supuesto… —respondió ella con desilusión.
Carlo y yo nos miramos extrañados y vimos cómo se marchaban de la sala de reuniones con algo de prisa. En cuanto nos quedamos a solas, nos miramos estupefactos. No podía dejar que acabara así. En cierto modo me sentía culpable por lo que había pasado y necesitaba hacer algo para dejar mi conciencia tranquila, así que corrí hasta encontrarme con ellos antes de que salieran por la puerta de la oficina.
—Perdonen.
Ambos se giraron hacia mí.
—¿Sí? —preguntó Max sonriendo. Madre mía, apenas conocía a ese hombre y ya me caía bien con tan solo ver que siempre hablaba a la gente con una sonrisa, no como su hermano. Paré frente a ellos e intenté recobrar el aliento sin que se me notara. Correr con tacones no era lo mío.
—La reunión ha resultado para nosotros… algo escasa de tiempo. Pensábamos que nos iban a dar sus impresiones sobre lo que habían visto antes de marcharse.
—Tenemos otra reunión —expuso Álex inexpresivo.
—Oigan, si es por lo del café…
—No, no es por eso. Max, ¿puedes ir sacando el coche del aparcamiento? Ahora voy.
—Claro. —Me miró—. Un placer, señorita Mérida. Tendrán noticias nuestras.
Me ofreció su mano y se la estreché con seguridad. Le vi marcharse mientras seguía parada frente a Álex.
—Perdone, Álex…
—Alejandro —me corrigió.
—Oh, lo siento, su hermano lo presentó como…
—Sí —volvió a interrumpirme—. Mi hermano es más de dar ese tipo de confianzas nada más conocer a alguien, pero yo no. Ahora que ya sé dónde trabaja, le enviaré aquí la factura de la tintorería.
Era buena sabiendo cómo son las personas en cuanto las observaba. Al mirarle con más detenimiento, pude atisbar parte de su forma de ser. Estaba perfectamente afeitado, lo que indicaba que le daba mucha más importancia a su apariencia física que su hermano, que se notaba que no solía afeitarse diariamente como lo hacía él. Con ese simple hecho, entendí que haberle tirado encima el café le había molestado más que a cualquier persona que no le diera tanta importancia a su imagen. Su mirada era penetrante y nunca la apartaba cuando hablaba con alguien, algo característico de una persona fuerte y con carácter. Pero toda persona así necesita un momento de relajación para calmar toda la tensión que pudiera tener acumulada, así que, sin estar muy segura de lo que estaba a punto de hacer, me lancé.
—Por supuesto, Alejandro, pero… ¿quién me va a pagar a mí la tintorería?
—¿Perdone?
—Sí, usted también se chocó conmigo, y su café acabó en mi chaqueta, mire. —Señalé con seguridad una minúscula gota de café que tenía en la solapa de la americana y después le miré a él—. ¿Ve?
Frunció el ceño mientras observaba el punto donde señalaba mi dedo. Después, sonrió escuetamente, algo casi imperceptible, y me miró a los ojos.
—Si acabamos contratándolos, me podrá enviar la factura de la tintorería por… eso. —Volvió a mirar mi dedo, que seguía señalando la solapa, se le escapó otra escueta sonrisa y se marchó de allí sin decir nada más.
Más tarde me reuní con los chicos para cenar. No solíamos quedar tan a menudo, pero había tenido un día tan mierda, que necesitaba contarles todo y que después me dijeran cualquier tontería que me hiciera reír y resetearme.
Habíamos quedado en una hamburguesería al lado del bar de los padres de Sara. Esa noche le tocaba trabajar y era la única manera de vernos los tres, en su hora de descanso.
—Bueno, ¿cómo fue la presentación? —dijo Guille mientras miraba atento la carta.
—No sé si nos van a contratar.
—¿Por qué? —preguntaron los dos al unísono.
—¿Qué dices, tía? ¿Cómo no os van a contratar? Eres la mejor teniendo ideas —sentenció Sara.
—¿Te acuerdas del tío del metro que te conté esta mañana?
Asintió.
—¿Qué tío del metro? Creo que me he perdido.
Chasqué la lengua al poner los ojos en blanco y, después de que el camarero nos tomara nota, le puse al día con lo que había sucedido.
—Pues bien, da la casualidad de que el tío ese era uno de los futuros clientes que vinieron a ver nuestras propuestas.
—No… —soltó Sara.
—Sí… —respondí con una sonrisa irónica—. El tío estuvo durante toda la reunión con cara de haber chupado un limón, y eso que me disculpé varias veces.
Los dos rieron.
—¿No os han elegido por eso? —preguntó Guille, sorprendido.
—Eh, eh… Aún no lo sabemos. No vendas la piel del oso antes de cazarlo.
—Seguro que son profesionales y no tienen en cuenta eso, ya verás —intentó animarme Sara.
Nos sirvieron las hamburguesas que habíamos pedido y les dimos un bocado sin pensárnoslo dos veces. Me reconfortaba estar con ellos y poder contarles todos los problemas o miedos que tuviera, porque eran de las personas más importantes que tenía en mi vida. Cuando nos juntábamos sentía que todo lo malo que hubiera ocurrido, se esfumaba por arte de magia y sabía que a su lado nada iría mal. Deseaba con todas mis fuerzas que ellos también se sintieran así cuando estuvieran conmigo, por eso había momentos en los que, si notaba que no estaba a la altura, sentía demasiada presión.
—¿Cómo se llamaban los tíos esos? —preguntó Guille—. Voy a buscarlos en Internet a ver qué dicen de ellos.
—Alejandro y Max de la Vega.
Guille cogió el móvil de la mesa y tecleó a gran velocidad mientras masticaba un trozo de hamburguesa. Estuvo sin decir nada durante bastante tiempo, tanto que Sara y yo nos pusimos nerviosas.
—¿Les has encontrado o no? —preguntó Sara de malhumor—. Este silencio me está matando.
—Sí, y madre mía, parecen recién sacados de una película de Hollywood.
—¡A ver!
Sara se abalanzó sobre él y le quitó el móvil de las manos.
—Madre del amor hermoso, tía, ¿son estos? —Giró el móvil en mi dirección.
En la pantalla se veía una página web sobria y elegante con tonos grises y negros. En ella se podía ver una foto de ambos. A la izquierda estaba Max, con su nombre completo, del que ni me fijé, y a la derecha Alejandro. Me llamó la atención que en aquella foto estuviera sonriendo, ya que en las pocas veces que le había visto siempre había estado de mal humor.
—Sí, son ellos. Pero recuerda que Alejandro en realidad tiene cara de amargado.
—Buah —soltó en un suspiro al girar la pantalla de nuevo hacia ella—. Aunque tenga cara de amargado… ¡Está buenísimo!
—A mí el Alejandro este me recuerda a alguien y no caigo en quién puede ser… —dijo Guille de pronto, al mismo tiempo que se rascaba la barbilla, pensativo.
—Joder, claro que te recuerda a alguien, es que es el mismísimo Superman.
Guille y yo nos miramos en silencio y nos reímos a carcajadas.
—Mirad. —Sara tecleó con rapidez en el móvil y acto seguido nos enseñó una foto de Henry Cavill—. ¿Tengo razón o no?
—Ostras…, se da un aire, es verdad —admitió Guille.
—Tía, Meri, como os acaben contratando, lo siento mucho, pero voy a irme a tomar el café contigo todos los días a tu oficina con tal de verlos.
—Qué exagerada eres —contesté quitándole importancia a la belleza de Alejandro—. He estado con tíos mejores.
—No lo pongo en duda —respondió ella—. Pero seguro que no eran tan inteligentes como él.
—¿Qué estás diciendo? ¿Y tú qué sabes?
—Si tiene un puesto importante en esa empresa es porque lo será.
—O porque sus padres tienen pasta —contesté sin dudar.
—Ahí Meri tiene razón —me apoyó Guille.
—No, me da la sensación de que eso no es… Madre mía, en cuanto llegue a casa voy a ver mis conjuntos. Este príncipe azul no puede conocerme con estas pintas que llevo ahora.
—Sara, ni se te ocurra. Ya sabes que yo no mezclo mi vida personal con la profesional.
—Lo sé, no te estoy diciendo que te líes con él, ya lo hago yo —contestó con orgullo.
—Tú eres parte de mi vida personal. Ni se te ocurra.
—Ya veremos…
Sabía que Sara no haría nada, ella no era de las chicas que si les gusta un tío van a por él hasta que lo consiguen. Ella era más bien de película Disney, de esperar que su príncipe acudiera a ella y la salvara. Mira que habíamos intentado Guille y yo infinidad de veces que cambiara esa forma de pensar, porque no era nada realista y no queríamos que los hombres le hicieran daño, pero ella estaba tan convencida de eso que nunca le pudimos quitar esa idea de la cabeza.
Tardamos una semana en volver a saber algo de la empresa Cronos. He de admitir que todos esos días en la oficina estuvimos en un sinvivir hasta que la secretaria de Max nos llamó para decirnos que se querían reunir con nosotros. Aquel día, Martina nos obligó a vestirnos de nuevo de una forma más elegante de lo que lo solíamos hacer, por lo que para ese día escogí un traje azul oscuro con raya diplomática y una camisa lencera de color blanco.
Llegado el momento de la reunión, tan solo apareció Max, dejándonos a los demás un poco descolocados. Nos hizo tomar asiento y él permaneció de pie en la sala de reuniones como si fuera a exponernos algo. Iba vestido con un elegante traje color gris oscuro que le hacía parecer una persona de más edad de la que tenía, pero le quedaba extremadamente bien.
—Lo primero de todo, muchas gracias por aceptar reunirnos de esta forma tan improvisada. Les agradezco el acogimiento.
—Un placer —contestó Martina con nerviosismo.
—Estos últimos días hemos estado barajando las dos opciones que nos enseñaron junto con las de otras empresas que también estaban interesadas en publicitarnos… y hemos llegado a la conclusión de que queremos trabajar con ustedes.
Los tres nos miramos ilusionados y aplaudimos de forma espontánea, lo que hizo que Max sonriera con sinceridad.
—¿Y cuál de las dos propuestas les gustó más? —preguntó Carlo.
—Pues la verdad es que las dos opciones que nos expusieron fueron muy buenas, y nos costó mucho tiempo tomar una decisión. Y tanto mi hermano, que no ha podido venir hoy, como yo, decidimos que la idea que nos puede llegar a representar mejor es la de Carlo.
—¡Sí! —gritó Carlo para sí mismo.
—Hay que pulir varias cosas —señaló Max—. Pero seguro que eso es un trabajo que podemos hacer juntos.
No creía lo que acababa de escuchar. Mi idea era mucho mejor que la de Carlo, y todos lo sabíamos. Martina me miró preocupada. Quise huir de allí para desahogarme de alguna manera, pero no podía hacerles ese feo, así que me levanté serena, le di la mano a Carlo dándole la enhorabuena, que estaba sentado a mi lado, y me marché de allí sin mirar a nadie más. Al entrar en el despacho cerré la puerta con calma antes de acercarme hasta mi escritorio y coger el bote de lapiceros para tirarlo al suelo con rabia.
—¡Joder!
Di vueltas de un lado al otro en aquella habitación. No era posible. No podía ser que les hubiera gustado más la anticuada idea de Carlo que la mía.
Se oyeron unos suaves golpecitos en la puerta y alguien la abrió.
—Mérida, ¿puedo pasar?
—Sí —le respondí a Martina, aún dando vueltas en el despacho.
Entró con cautela cerrando la puerta detrás de ella y se acercó a mí para establecer contacto visual.
—Ahora no es buen momento, Martina.
—Lo sé, nunca te he visto moverte tan deprisa de un lado para otro. Te ha tenido que molestar la decisión que han tomado. Pero recuerda que es lo que ellos prefieren y no podemos hacer nada al respecto.
Frené al escucharla y la miré arrugando el ceño.
—Seguro que esto es por la maldita camisa. No han elegido mi propuesta porque manché a su hermano.
—No creo que hayan tomado esa decisión por ese motivo. Hay que estar contentos; nos han elegido a nosotros.
Sonreí forzosamente y ella se marchó satisfecha.
No podía dejar las cosas así sin luchar primero. Yo nunca he sido de las que a la mínima adversidad me rendía, y en esa ocasión no iba a ser menos. Busqué en el ordenador la dirección y me marché sin despedirme de nadie. Iba a ir donde tenían la oficina central e iba a hacer que aquel hombre me escuchara y así dejarle las cosas claras lo más educadamente posible. No podía dejar mi futuro laboral en sus manos.
Paré un taxi en cuanto salí del edificio y en menos de diez minutos ya estaba frente a la puerta de Cronos. Al subir a la decimoquinta planta, en una pequeña recepción había una chica de unos veinte años masticando chicle mientras tecleaba con velocidad. Me extrañó que una empresa de ese calibre tuviera a alguien dando una imagen tan contraria de lo que proyectaban de puertas para fuera. Me acerqué a ella y me apoyé sobre el mostrador esperando a que me atendiera, pero al ver que ni siquiera se había dignado a mirarme, carraspeé intentando llamar su atención antes de hablar:
—Perdona…
Aquella chica paró de teclear y me miró sin dejar de masticar con la boca abierta.
—¿Sí?
—Me gustaría ver al señor De la Vega, por favor.
—¿Cuál de los dos? —preguntó moviendo el chicle de un lado al otro de su boca.
—A Alejandro.
Me analizó el rostro con cara de desconfianza y cogió el teléfono.
—Alejandro, hay una mujer que quiere hablar con usted… No sé, espere que le pregunto. Oye —susurró en cuanto tapó el micrófono—. ¿Quién eres?
—Soy de la agencia de publicidad Imagine.
—Vale. —Destapó el micrófono—. Es de una agencia de publicidad.
Puse los ojos en blanco en cuanto obvió el nombre que le había dicho. Si no concretaba de dónde era podía pensar que venía de una de las cientos de empresas que querían trabajar para ellos, y era más probable que no quisiera verme.
—Dile que soy de Imagine —susurré lo suficientemente alto como para que me escuchara, pero hizo caso omiso.
—Ajá… Ajá… Vale, perdone. —Colgó.
—¿Y bien?
—Nada, tiene que irse en cinco minutos y no puede atender a nadie.
—Necesito hablar con él, es importante —insistí.
—Te he dicho que no puede.
—Es un asunto urgente. O me acompañas tú o voy yo hasta su despacho, no tengo ningún problema.
Aquella chica que me miró con cara de desprecio, se encogió de hombros y señaló hacia un pasillo que había a mi izquierda.
—Es la puerta del fondo a mano derecha. La que tiene una cristalera con las persianas cerradas.
—Gracias.
En cuanto llegué a aquella puerta de madera blanca, respiré profundamente y me tomé unos segundos antes de poner mi sonrisa y mi tono de voz para hacer negocios. No podía permitirme el lujo de perder los nervios ante el cliente o Martina no me lo perdonaría en la vida. Llamé a la puerta y esperé.
—Adelante.
