El amor no tiene edad - Jean Brashear - E-Book
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El amor no tiene edad E-Book

JEAN BRASHEAR

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Beschreibung

Si se había enamorado una vez… quizá pudiera volver a hacerlo… Anne Marchand era una independiente empresaria de éxito que había querido a su difunto marido con todo su corazón y estaba convencida de que nadie podría nunca ocupar su lugar. William Armstrong lo sabía, pero estaba dispuesto a hacer todo lo que fuese necesario para convencerla de que debía volver a amar. William era un hombre paciente que había levantado toda una cadena hotelera con disciplina y valentía para asumir riesgos. Por eso, cuando vio que el hotel de su querida Anne estaba en peligro de ser absorbido, supo que no podía quedarse de brazos cruzados e hizo su propia oferta en secreto. Su único error fue no contárselo a Anne...

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Seitenzahl: 210

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2006 Harlequin Books S.A. Todos los derechos reservados.

EL AMOR NO TIENE EDAD, Nº 149 - Agosto 2013

Título original: Love Is Lovelier

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2007

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. con permiso de Harlequin persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

™ Harlequin Oro ® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3507-8

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

1

Anne Marchand permanecía en el borde de la piscina durante uno de aquellos momentos de luz perlada que preceden al amanecer. Las luces del jardín proyectaban sus danzarinas sombras y la brisa mecía el frondoso follaje de las palmeras. Las hojas de los plataneros parecían susurrar, convertidas en fantasmales damiselas de un pasado lejano.

Anne se cerró las solapas del albornoz de cachemira que sus hijas le habían regalado la Navidad anterior y se estremeció. Febrero en Nueva Orleans era suave comparado con otras partes del país, pero dieciocho grados con viento, continuaban siendo dieciocho grados.

Frío para su sangre criolla.

Pensó con añoranza en su cama; seguramente las sábanas todavía estarían calientes. Poco a poco, estaba trasladando de nuevo su vida al hotel y abandonando la mansión de su madre, situada en el distrito Garden, contraviniendo así la voluntad de sus cuatro protectoras hijas.

Y aquélla era una manera de demostrarles que ya no era ninguna inválida, se regañó. De modo que tenía que quitarse la bata de una vez y meterse en el agua. Si no les demostraba que había recuperado plenamente la salud, sus hijas nunca la dejarían en paz.

Le encantaba nadar. Y estaba decidida a mantener aquel cuerpo en la Tierra durante todo el tiempo que pudiera. En realidad, nunca había pretendido sobrevivir a su amado Remy durante todos los años que le quedaban por delante. Una parte de sí misma había deseado incluso seguirlo después del accidente.

Pero sus hijas ya habían sufrido bastante. Y el legado en el que tanto Remy como ella habían puesto todo su corazón y su alma, el hotel Marchand, era el segundo motivo que le hacía desear estar viva. Su quinto hijo corría un grave peligro y Anne no estaba dispuesta a dejar que se hundiera sin luchar.

Ella misma era una superviviente.

El ataque al corazón había sido una llamada de advertencia que le había enseñado muchas cosas. La primera, que trabajar durante largas horas no era un sustituto del ejercicio, por mucho que el trabajo le hubiera permitido seguir viviendo después de haber perdido al amor de su vida.

La otra era que sus hijas podían llegar a ser unas excelentes compañeras. Jamás les agradecería lo suficiente a Renee, Sylvie y Melanie el que hubieran ayudado a su hermana mayor, Charlotte, a llevar el hotel cuando ella había enfermado.

Anne tenía una nueva y tentadora visión de cómo pasaría los siguientes años, pero tendría que esperar a que el hotel estuviera a salvo para hacerla realidad. Cuando lo consiguiera, y rezaba para poder lograrlo, dedicaría el tiempo a aquellos deseos que siempre había tenido que dejar de lado.

Pero, de momento, ya había tenido suficiente reposo. Había llegado el momento de quitarse el albornoz, por fría que pudiera estar el agua.

Remy y ella habían levantado aquel hotel a base de trabajo y disciplina durante aquellos años en los que alimentaban un sueño que algunos, su madre especialmente, consideraban ridículo.

Celeste Robichaux había imaginado un futuro muy diferente para su hija. Un buen matrimonio, preferiblemente con William Armstrong, el hijo del amigo que más apreciaba.

Pero Anne imaginaba para sí la vida bohemia de una artista en París, donde crearía obras de arte deslumbrantes.

Aunque tampoco ella había hecho realidad sus deseos.

Porque desde el día que Remy Marchand había levantado la mirada de un complicado plato que estaba creando y había puesto sus ojos en la interiorista que estaba remodelando el restaurante del hotel en el que él trabajaba como chef, había cambiado el curso de sus vidas.

Anne sonrió al recordar la primera vez que había visto a aquel hombre alto de pelo rizado. Lo había perdido cuatro años atrás por culpa de un conductor borracho; pero, poco a poco, las sonrisas habían comenzado a ser de nuevo más frecuentes que las lágrimas, aunque cada una de ellas conservara la sombra de su añoranza por un hombre al que pretendía amar hasta que muriera.

Volvió a estremecerse otra vez y se obligó a meter un pie en la piscina.

Soltó una maldición. Anne no era una persona muy dada a ese tipo de expresiones, pero en aquel momento deseó que la situación financiera del hotel les permitiera mantener caliente el agua de la piscina durante más horas.

Apretó los dientes y bajó con decisión los escalones de la piscina. Y entonces hizo algo impropio de una mujer considerada como una de las más elegantes de Nueva Orleans: se apretó la nariz con el índice y el pulgar y saltó al agua helada.

William Armstrong sonrió desde las sombras. ¡Cómo le gustaba aquella voluntad de hierro que Anne escondía tras su delicado exterior! Anne Marchand jamás retrocedía ante un desafío.

Había llegado al hotel esperando poder desayunar con ella, pues hacía días que Anne no pasaba la noche en casa de su madre, una casa situada justo al lado de la suya.

William echaba de menos sus paseos matutinos con el perro labrador que les servía como excusa. A menudo tomaban juntos el café y sus conversaciones versaban sobre un amplio abanico de temas; a ambos les sorprendía la cantidad de intereses que tenían en común. En alguna que otra ocasión, Anne había llegado a relajarse lo suficiente como para compartir con él su preocupación por la serie de calamidades que había sufrido últimamente el hotel. Sus hijas habían intentado ocultárselas, pero habían subestimado la capacidad de Anne para ir reuniendo información con la que hacerse una idea de lo que estaba ocurriendo.

Y, al igual que ella, él también había llegado a enterarse de cosas que Anne no le había contado y había sacado sus propias conclusiones. Anne se estaba preparando para volver a hacer malabarismos, tal y como había estado haciendo desde que Remy había muerto y la economía local había sufrido el golpe del huracán Katrina. El hecho de que hubiera decidido volver a vivir en el hotel era una señal de que estaba recuperada y dispuesta a todo para salvar el hotel.

William comprendía su resolución. Admiraba en ella aquella cualidad, al igual que muchas otras, casi tanto como la condenaba. Cada vez era más fuerte el deseo de acercarse a ella y protegerla de la adversidad. Abrazarla y dejarla en algún lugar en el que nada ni nadie pudiera poner en peligro su salud.

Pero sabía que Anne no lo soportaría.

Era una mujer muy bella, pero lo que a William le atraía de ella era mucho más profundo que su físico.

Y no porque su físico no fuera adorable. A los sesenta y dos años, continuaba poseyendo una exótica belleza criolla. Anne Robichaux Marchand tenía unas facciones fascinantes, la piel morena, los ojos castaños y un rostro de formas delicadas. A diferencia de otras mujeres que solían llevar el pelo corto a su edad, continuaba conservando una espesa y oscura melena veteada de mechones blancos que peinaba de múltiples maneras. Su estilo era único y el hecho de que añadiera cada vez más color a su ropa le hacía pensar a William que estaba emergiendo de su tristeza.

Viudo él mismo desde hacía ocho años, estaba familiarizado con aquel proceso. Sus treinta y seis años al lado de Isabel habían sido maravillosos.

Su riqueza y su mansión habían convertido a William en uno de los solteros más codiciados de la ciudad, pero ninguna mujer había conseguido llamarle la atención durante mucho tiempo.

Sin embargo, Anne siempre había sido una mujer maravillosa, fascinante. Estudiante soñadora y de espíritu artístico. Competente mujer de negocios. Cálida madre y abuela.

Y una viuda atraída, a pesar de sí misma, por el oponente de su amado marido. Por lo menos, hasta que descubriera lo que había hecho William.

Más allá del resplandor de las luces, otro par de ojos los observaba a los dos.

Y planeaba la destrucción.

2

Anne terminó de dar las últimas brazadas. Ya tenía los músculos suficientemente calientes como para contemplar la posibilidad de permanecer en el agua hasta que hubiera salido el sol. Entre otras cosas, porque salir de la piscina iba a costarle tanto como le había costado entrar.

Pero el amanecer avanzaba y ella tenía otros planes para ese día. Aun así, le habría gustado que Zack, el asistente de la piscina, estuviera ya trabajando. De ese modo, iría a buscarla con una toalla.

En fin, nadaría hasta el final de la piscina, donde había dejado el albornoz, subiría las escaleras y... De pronto, descubrió el albornoz suspendido en el borde de la piscina.

—Zack, eres mi héroe —alzó la mirada y sonrió.

Pero el rostro que le devolvía la sonrisa no estaba cubierto por un montón de rizos negros. En cambio, encontró frente a ella unos ojos azules bajo un pelo tupido y plateado.

—William —tuvo que dominar las ganas de meterse de nuevo en el agua.

Ir en bañador no era lo mismo que estar desnuda, pero Anne se sentía como si lo estuviera.

—Esta mañana estás demostrando ser la persona más valiente de Nueva Orleans, o la más loca.

—Sea lo que sea, pensaba que estaba sola.

—Te vas a helar. Ven aquí y deja que te ayude a entrar en calor —algo debió de reflejar la expresión de Anne, porque William sonrió—. Con el albornoz, Anne.

—Creo que has estado casado durante el tiempo suficiente como para saber que, pasados los treinta, a ninguna mujer le gusta que la vean en traje de baño. ¿Qué haces aquí a esta hora?

—Te veo tanto si sigues helándote en el agua como si subes aquí.

Anne vaciló, aunque sabía que William tenía razón. Se estaba quedando helada.

—Te echaba de menos —como Anne continuaba sin responder, comenzó a doblar el albornoz—. Pero veo que mi impulso ha sido un error.

—Espera.

Estaba siendo injusta. Y ella también echaba de menos sus encuentros matutinos, aunque no era capaz de recordar cómo habían llegado a instalarse en aquella rutina. Lo único que sabía era que había sido... fácil. Demasiado fácil, quizá, teniendo en cuenta su pasado y el de Remy.

Pero William estaba de nuevo frente a ella y su expresión mostraba que le estaba tomando el pelo.

William era un hombre de gran dignidad. Un hombre cuya compañía había ido siendo cada vez más importante para ella. Si por lo menos no sintiera que estaba siendo desleal a Remy por el hecho de que William le gustara tanto...

—Tú estabas enamorado de Isabel, ¿verdad? ¿La querías de verdad?

William pareció sorprenderse al principio.

—Por supuesto que estaba enamorado —la miró con calor al comprender su dilema—. Pero no es ningún pecado volver a vivir.

Anne no sabía si le gustaba la capacidad que tenía William para ver dentro de ella. En cualquier caso, salió del agua.

William la miró sólo un instante. Y abrió los ojos de par en par.

¿Qué? ¡No! Anne reprimió la necesidad de bajar la mirada. Con aquel frío, los pezones debían de estar... Giró rápidamente.

—Anne —dijo William con cariño, sosteniéndole el albornoz—. Para haber nacido en Nueva Orleans, eres demasiado puritana. Imagínate que soy ciego y ven aquí antes de que tu preciosa espalda se congele.

Anne obedeció, aunque nunca había sido una mujer dispuesta a recibir órdenes. Metió los brazos por las mangas, intentando procesar todavía el comentario de William sobre su «preciosa espalda». En vez de alejarse, William continuó envolviéndola en el albornoz. Durante unos instantes, Anne estuvo debatiéndose entre las ganas de separarse de él... y las de apoyarse contra él.

Eligió distanciarse.

William suspiró, la hizo volverse, le subió las solapas del albornoz y le ató el cinturón. Se detuvo después y clavó la mirada en su rostro.

La había besado en otras ocasiones, por supuesto, pero habían sido sólo besos de saludo en la mejilla o algún roce de labios al final de una velada. Anne no estaba preparada para nada más, aunque estaba convencida de que no era ése el caso de William. Aun así, nunca la había presionado.

Pero aquella vez...

—William... —comenzó a decir. Pero no sabía cómo terminar.

William se inclinó hacia ella, la miró a los ojos y sonrió.

—No seas cobarde —musitó a sólo unos milímetros de distancia de su boca—. Eres demasiado valiente para una cosa así. Encontrémonos a medio camino.

Anne se quedó paralizada. De pronto, sintió en los ojos la humedad de las lágrimas. Había sido una mujer tan libre, tan desinhibida en otra época... Pero nunca había estado con ningún hombre que no fuera Remy.

Aunque William tenía razón. Ella siempre había despreciado la cobardía. Había estado dispuesta a enfrentarse a todo lo que la vida le ofrecía.

Hasta ese momento.

Hasta que había llegado William, un hombre que estaba comenzando a importarle demasiado.

—Oh, ¡maldita sea! —dijo, irritada consigo misma.

Y se encontró con él a medio camino, justo cuando William estaba comenzando a reírse. Pero la risa se transformó muy pronto en algo más. Y «más» fue la única palabra que acudió a la mente de Anne cuando los labios de William encendieron en ella sensaciones que creía muertas para siempre.

Sin pensarlo siquiera, respondió a aquel fuego. Le rodeó a William el cuello con los brazos y se puso de puntillas para salvar la distancia marcada por la diferencia de alturas.

Y aquel hombre que había levantado un emporio hotelero, no le dio oportunidad de escapar. En cuestión de segundos, Anne estaba atrapada entre sus fuertes brazos... Y fue maravilloso sentir de nuevo el contacto de un hombre. William tenía un gran talento para los besos, aunque sus besos fueran tan diferentes de...

Oh, Remy.

Del hombre al que estaba acostumbrada. De un hombre que sabía todo lo que le gustaba, que conocía cada centímetro de su cuerpo.

Se tensó y William lo notó enseguida. Puso fin al beso y retrocedió un paso. La miró con tristeza.

—Algún día —dijo, alzando la mano de Anne hasta sus labios—, pensarás en mí sin sentirte culpable.

—William, lo siento, yo...

William la interrumpió posando un dedo en sus labios.

—Chss, lo comprendo —le besó la mano—. Ahora ya estoy listo para ir a desayunar y tengo entendido que este hotel sirve unos desayunos casi tan buenos como los del Regency —sonrió tras mencionar el buque insignia de su cadena de hoteles de Nueva Orleans—. ¿Cuánto tardarás en cambiarte?

—Dame diez minutos —contestó Anne.

William se echó a reír.

—Olvidas que he estado casado y he criado una hija. Me tomaré un café mientras leo el periódico, y tendré suerte si bajas en treinta minutos.

—Vas a llevarte una sorpresa —respondió Anne.

—Querida Anne, no sería la primera vez que me sorprendieras —y volvió a dirigirle una mirada cargada de calor.

Anne le guiñó un ojo, sintiendo cómo renacía la esperanza.

—Tú sólo espera. Todavía no he terminado de sorprenderte —y, sin más, cruzó rápidamente el jardín y se dirigió hacia las escaleras que conducían a sus habitaciones.

Se detuvo al llegar al final y miró hacia atrás. William permanecía allí, alto y fuerte. Todavía observándola.

Había estado a punto de conseguirlo.

Durante unos segundos, Anne por fin había sido suya. La joven a la que en otro tiempo había conocido. Aquella joven con la que sus respectivas madres querían que se casara.

Y si Anne no hubiera conocido a Remy, habría tenido oportunidad de hacerlo.

Pero ni él ni ella estaban preparados entonces. Decidida a no ceder a las exigencias de su autoritaria madre, Celeste, Anne había sido lo suficientemente flexible como para ir rebelándose calladamente sin llegar a romper con ella.

En aquel entonces, él también tenía sus propios planes, y entre ellos no estaba el de sentar cabeza. Cuando la empresa de su padre había decidido redecorar el Regency, habían contratado a Anne como interiorista. Y allí había conocido ella al joven genio que trabajaba en la cocina del hotel, Remy Marchand, un hombre que rivalizaba con William por el favor de su padre. Bennett Armstrong estaba firmemente convencido de que tanto William como Remy saldrían convenientemente fortalecidos en su competición por dominar el hotel.

Remy había ganado su propia batalla, aunque había perdido otra. Desde el día que Anne había puesto los ojos en Remy y él en ella, no había habido nadie más para ellos.

Pero cuando Remy había abandonado a Bennett para poder crear un hotel y un restaurante propios, William se había ganado el favor de su padre. Bennett presionaba a William para que utilizara las influencias del Regency con intención de dañar el entonces recién nacido hotel Marchand, pero William había elegido su propio camino y había terminado creando su propio imperio hotelero. Se había casado con una mujer adorable y su matrimonio había sido bendecido con el nacimiento de una hija, Judith, que en aquel momento trabajaba con él.

William no había vuelto a Nueva a Orleans y había sumado el Regency a su cadena hotelera hasta que había muerto su padre. A partir de entonces y durante los siguientes veinte años, Isabel y él habían disfrutado de una vida feliz, hasta que, ocho años atrás, William había enviudado.

De vez en cuando, su vida y la de Anne se habían cruzado. Había lanzado algunas ofertas para comprar el hotel Marchand, pero tanto Remy como Anne siempre se habían negado a vender. Sus respectivos círculos sociales se entrecruzaban y era imposible vivir en Nueva Orleans sin oír hablar de Remy y de Anne Marchand, o de William e Isabel Armstrong.

Pero sus vidas habían estado muy distanciadas. William viajaba mucho y Anne y Remy vivían concentrados en su numerosa familia y en su negocio.

Cuatro años atrás, Anne había perdido a su marido. Y él no se había alegrado, como en otro tiempo había pensado que podría ocurrirle. La desolación de Anne era obvia para todo el mundo. Durante algún tiempo, había estado pensando en hacerle una oferta por el hotel pero, en cuestión de meses, tanto él como el resto de Nueva Orleans habían visto con admiración cómo batallaba Anne valientemente para sacar adelante el hotel en medio de una situación económica a la que ni siquiera el hotel de William había sido inmune. La diferencia era que él tenía otras fuentes de ingresos que lo ayudaban a aguantar.

Pero Anne no. Había hipotecado por segunda vez el hotel; seguramente, lo había preferido a aceptar el dinero de su madre. Anne no sólo tenía agallas. También tenía orgullo. Demasiado, incluso.

Se había puesto a trabajar en serio, más si cabía, con la mayor de sus hijas, Charlotte, a su lado. Y, poco a poco, habían comenzado a salir del túnel.

Al final, el corazón de Anne se había rebelado. Un ataque al corazón, leve, gracias a Dios, la había obligado a detenerse. La habían hospitalizado y sus hijas habían vuelto para hacerse cargo del hotel. Accediendo a sus deseos, Anne se había mudado a la mansión del distrito Garden en la que vivía su madre, situada en la misma calle que la de William.

Y William había decidido actuar. Habían pasado muchos años desde su enamoramiento adolescente; y entre Remy y él había habido sentimientos muy duros. Podría no tener ningún futuro con Anne, pero había decidido averiguarlo.

—¡Ja!

William parpadeó al ver a Anne a su lado.

—Gracias, Robert —dijo ella al hombre que la ayudó a sentarse—. William, me gustaría presentarte al mejor chef de Nueva Orleans, Robert LeSoeur. Robert, éste es William Armstrong que, equivocadamente, por supuesto, cree que el chef del Regency es mejor.

—Tendremos que demostrarle que se equivoca, ¿verdad? —el chef le tendió la mano—. Es un placer, señor Armstrong.

—Tengo que admitir que ya estoy impresionado. Mi chef no se ocupa de preparar el desayuno —William se levantó y le estrechó la mano.

—Un jefe de cocina rara vez tiene oportunidad de cocinar, pero a mí todavía me gusta hacerlo de vez en cuando. Además, supongo que su chef no está pensando en casarse con la hija del jefe —Robert le guiñó el ojo a Anne.

Anne se echó a reír.

—Tenías el puesto asegurado mucho antes de que Melanie llegara. Supongo que lo que pasa es que Charlotte y tú habéis tenido una reunión esta mañana.

Robert pareció sobresaltarse al oírla.

—Tus hijas no deberían olvidar la capacidad que tienes para enterarte de todo por mucho que intenten ocultártelo.

—Lo que deberían recordar mis hijas es quién les ha enseñado este negocio.

—Sólo un estúpido se atrevería a entrometerse en las intrigas de las Marchand —dijo Robert riendo —se inclinó para darle a Anne un beso en la mejilla—. Encantado de conocerlo —le dijo a William, mirándolos a los dos con obvia curiosidad.

—Me verás a menudo por aquí —le prometió William.

El chef arqueó las cejas de tal forma que parecían a punto de salírsele de la frente.

Y Anne arqueó apenas una ceja.

—Que tengas un buen día, Robert.

Mientras Robert se alejaba, William imaginó que aquel encuentro serviría para reavivar el escepticismo de Charlotte y la resistencia de Melanie a que otro hombre ocupara el lugar de su padre.

Era una pena. Tampoco a su hija le hacía ninguna gracia aquella relación, pero ésa era una cuestión entre Anne y él. Anne miró el reloj.

—Ahora acaba de pasar un cuarto de hora y hemos estado hablando con Robert por lo menos cinco minutos.

—Dos.

—Cinco.

—Es usted una dura negociadora, señora.

—Cuando alguien se encuentra con un maestro de las negociaciones, debe perseverar.

—No consigo todo lo que quiero, Anne —la miró a los ojos.

—De momento, desayunemos.

William pensó en la imagen de Anne en el agua. En el calor de su abrazo. Uno de los principios para prosperar en cualquier negociación era la paciencia. Y él había demostrado tener toneladas de paciencia hasta entonces.

Y podía tener más, aunque muriera en el intento.

Anne Marchand era una mujer difícil. Pero los desafíos siempre le habían dado fuerzas.

—Acepto tu desayuno y te invito a cenar esta noche —se interrumpió un instante—. Y a tomar después un café. En mi casa.

Anne sonrió. Le brillaban los ojos.

—Acepto la cena. De momento, prescindiremos del café.

—Trato hecho —William se echó a reír y alzó su taza.

Llevaba una moneda de la suerte en el bolsillo para ocasiones como aquélla, una moneda que guardaba desde que estaba en la universidad.

era una moneda de la suerte porque los dos lados eran caras.

3

—Gracias, Luc —le dijo Charlotte Marchand al relaciones públicas del hotel mientras éste le abría la puerta de la sala de reuniones.

El teléfono que Luc llevaba en el bolsillo vibraba cada vez con más frecuencia. Él creía saber por qué era y no quería contestar.

Iban a hacerle una propuesta peligrosa. Aquellos dos hombres le habían puesto en una situación en la que el nivel de violencia aumentaba a medida que se acercaba el martes de Carnaval.

Charlotte lo miraba fijamente y Luc se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo sin contestar.

—Sólo estoy haciendo mi trabajo —contestó a aquella mujer a la que cada vez admiraba más.

Era su prima. Su padre, ya fallecido, y la madre de Charlotte eran hermanos, aunque no hubieran tenido ningún contacto desde el nacimiento de Luc. La madre de Luc había sido una de las muchas aventuras de Pierre Robichaux. Incluso se había casado con ella utilizando un nombre falso: Poiret.

Pierre había desaparecido de sus vidas cuando Luc tenía seis años y no había vuelto a aparecer hasta que estaba agonizando. Y lo único que le había dejado a Luc había sido un legado de amargura y el deseo de venganza.

Un deseo que había ido debilitándose a medida que había ido conociendo a las mujeres Marchand.

Pero ya era demasiado tarde para arrepentimientos. Estaba metido hasta el cuello en aquel lío y lo único que podía hacer era intentar no hundirse.

—Por supuesto que en eso consiste tu trabajo, pero eso no invalida el hecho de que has hecho un gran trabajo por el hotel cuando te hemos necesitado.

Charlotte se acercó a él. Aquellos que miraran a Charlotte y sólo fueran capaces de ver en ella una mujer atractiva y delicada se equivocaban. Charlotte era una mujer inquieta que vivía entregada a salvar el negocio de su familia.