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Txema Guijarro, analyste au ministère des Affaires étrangères du gouvernement équatorien de Rafael Correa, a tenté de protéger Julian Assange et Edward Snowden et a été plongé dans une incroyable tempête politique internationale...
Hay decisiones que dan vértigo retrospectivo: en 2008, Txema Guijarro pidió una excedencia en Telefónica, donde trabajaba vendiendo redes privadas virtuales para empresas, y viajó a Latinoamérica para participar como asesor demoscópico de los candidatos de izquierda en los procesos electorales de Paraguay y El Salvador. Tras acumular experiencia política, pasó a ser analista de la Cancillería de Relaciones Exteriores del Gobierno ecuatoriano de Rafael Correa.
En los pasillos del Gobierno en Quito comenzó la aventura que convertiría a este joven madrileño en una pieza fundamental del juego diplomático que permitió al editor de WikiLeaks, Julian Assange, lograr el asilo político en la embajada de Ecuador en Londres.
El analista describe, desde el punto de vista de un testigo privilegiado, la fenomenal tormenta política, judicial y mediática que enfrentó al Gobierno ecuatoriano de Rafael Correa con Estados Unidos y Reino Unido. Esa extraña partida plagada de amenazas, faroles y mucha improvisación —narrada con ritmo de novela de espías y un paisaje de fondo que a veces roza lo cómico y lo surrealista—, tuvo su continuación cuando un salvoconducto expedido por un diplomático ecuatoriano permitió a Edward Snowden volar desde Hong Kong a Moscú, donde comenzaría otra rocambolesca y a ratos delirante trama para intentar trasladar al exagente estadounidense desde Rusia a Ecuador.
En esta novela histórica de espías, el lector redescubrirá esta extraña historia de conspiración de la que aún se habla !
SOBRE EL AUTOR
Héctor Juanatey - (Santiago de Compostela, 1987) es periodista y también gallego, casi una profesión. Emigró del terruño a Madrid cuando agotó todas las becas habidas y por haber en el periodismo gallego. En Madrid trabajó en Público.es, La Sexta y fue redactor fundacional de eldiario.es. De freelance, que es el periodismo barato, ha escrito para medios como Vanity Fair, CTXT, Praza.com, Público.es, Luzes o Playground. Inició también junto a Facu Díaz y Miguel Maldonado un programa de humor en La Tuerka, Tuerka News. Lo dejó y ahora ellos están con Buenafuente.
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Seitenzahl: 303
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Héctor Juanatey
EL ANALISTA
Un espía accidental en el caso Assange y Snowden
primera edición: marzo de 2020
© Héctor Juanatey Ferreiro, 2020
© del epílogo, José María Guijarro García, 2020
© Libros del K.O., S.L.L., 2020
Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511
28020 - Madrid
isbn: 978-84-17678-35-7
depósito legal: M-5714-2020
código ibic: dnj
ilustración de portada:Helena Garay
diseño de cubierta: Marc González Sala
maquetación: María OʼShea
corrección: Pablo Uroz y Olga Sobrido
A Lara, por robarse tiempo para ganarlo yo(y por NY).
A Diego, por un futuro en el que tenga información y, por tanto, voz.
A mi madre, a mi padre y a mi hermano,por ser siempre casa en este pilla pilla.
A Txema, por la confianza.
EL AVIÓN
El 2 de julio de 2013, el presidente de Bolivia, Evo Morales, está en Moscú después de haber participado en la cumbre del Foro de Países Exportadores de Gas. Es, además, uno de los tres mandatarios invitados a una reunión personal con el presidente ruso. Solo él y los presidentes de Venezuela, Nicolás Maduro, e Irán, Mahmud Ahmadineyad, visitarán el Kremlin para mantener un encuentro con Vladímir Putin.
Morales es el último en juntarse con Putin. Poco antes del encuentro y a tan solo unas horas de abandonar Rusia, al boliviano se le acerca uno de sus asistentes para comunicarle que, por razones técnicas, el avión presidencial no puede aterrizar en Portugal antes de cruzar el Atlántico para regresar a Bolivia según el plan de vuelo previsto. La aeronave presidencial, un Dassault Falcon 900 EX fabricado por encargo del Manchester United y adquirido por Bolivia después de que el club inglés declinara su compra, tiene una autonomía de vuelo de diez horas sin necesidad de reabastecimiento. De ahí que tengan la obligación de detenerse a repostar antes de adentrarse en aguas oceánicas.
El presidente, que desconoce cuáles son esos problemas, se pone en contacto con su ministro de Relaciones Exteriores1. Desde la capital, La Paz, David Choquehuanca se apremia a organizar una nueva ruta aérea y logra una escala a no mucha distancia de la primera. El avión presidencial podrá aterrizar en Las Palmas de Gran Canaria, España.
Cuando la reunión con el presidente ruso llega a su fin, en el equipo de Morales ya se ha extendido la sospecha de que lo ocurrido con la escala en Portugal no se debe a razones técnicas. Nadie les especifica los motivos. Al menos, ya tienen una alternativa. El mandatario abandona Moscú desde el aeropuerto de Vnúkovo el mismo día 2. Le espera casi un día de trayecto hasta llegar a su país.
Ya en el aire y a pocos minutos de acceder al espacio aéreo francés, el coronel de aviación y comandante del Grupo Aéreo Presidencial boliviano, Celier Arispe, se acerca preocupado a Morales.
—Presidente, nos han cancelado el permiso y no podemos ingresar al espacio aéreo de Francia —alerta.
Sumada a lo de Portugal, la noticia causa estupor en Evo y en el resto de su gabinete. Antes de indagar en los motivos de la prohibición deben decidir con rapidez qué rumbo tomar. La cancelación del permiso francés les obliga a dar media vuelta y valoran la opción de regresar a Moscú, pero el piloto duda de que el avión disponga de suficiente combustible. El coronel Arispe no quiere correr ese riesgo y toma la determinación de aterrizar en la capital austríaca, así se lo prohíban. Se pone en contacto con la torre de control del aeropuerto de Viena-Schwechat y les comunica que va a realizar una toma de emergencia. Son las 23:00 horas del día 2.
En el aeropuerto, las autoridades austríacas, en principio igual de sorprendidas que los bolivianos, ceden un pequeño espacio al presidente para que pueda utilizarlo como una suerte de despacho. Se pone en contacto con su vicepresidente, Álvaro García Linera, y con David Choquehuanca. Durante el transcurso de una de estas conversaciones, el piloto del Falcon se aproxima a Morales y le avisa de que ahora es Italia la que tampoco permitirá que ingresen en su espacio aéreo. Morales no comprende lo que ocurre. Hay algo que se le escapa.
En la madrugada del día 3 aparece en el aeropuerto el embajador español en Austria, Alberto Carnero, que parece trasladar buenas noticias. Calma al presidente boliviano al anunciarle que acaba de aprobarse un nuevo plan de vuelo para que puedan aterrizar, como estaba previsto tras la negativa de Portugal, en Las Palmas de Gran Canaria. La mala noticia es que hay una condición: tienen que permitir que se revise el interior del avión presidencial. A Morales el requisito le parece una burla y reclama explicaciones al diplomático español.
—¿Por qué tienen que entrar en mi avión?
Carnero no tiene más opción que desvelar el motivo.
—Se sospecha que el agente Edward Snowden pueda estar en su avión, presidente.
El exagente de la CIA y la NSA centra en esos días toda la atención mediática tras haber huido de su país después de filtrar documentos de alto secreto acerca de, entre otras cosas, importantes programas de espionaje y vigilancia utilizados por Estados Unidos. Snowden, que había escapado a Hong Kong desde Hawái, lleva varios días en el aeropuerto de Sheremétievo en Moscú a la espera de recibir asilo por parte de alguno de los países a los que se lo ha solicitado.
Morales no puede creerse lo que acaba de escuchar. Solo ha leído y oído noticias sobre Snowden a través de los medios. El exagente no ha subido a su avión, ni siquiera se han visto nunca en persona. Así se lo hace saber en varias ocasiones al embajador español.
—No pueden revisar mi avión, y si no creen lo que les estoy diciendo significa que están tratando al presidente del Estado soberano de Bolivia de mentiroso —insiste.
Como último intento para lograr acceder a la aeronave, Alberto Carnero cambia de estrategia.
—Vale, no hace falta que se revise… ¿Me invita a tomar un cafecito en su avión y continuamos allí la conversación? —pregunta.
—¿Está usted tratándome de delincuente? Si no se cree lo que he dicho, que no llevo a nadie, me está tratando de mentiroso, está pensando que el presidente Evo es un mentiroso. Y el presidente no miente. Si usted intenta entrar en ese avión, deberá hacerlo por la fuerza —zanja el mandatario.
Ante las negativas de Morales, Carnero mantiene varias conversaciones con el secretario de Estado de Exteriores en España, Gonzalo de Benito Secades, para saber cómo proceder. Tras varios intercambios da parte al presidente.
—A las 9:00 horas de mañana podré decirle si finalmente pueden aterrizar en las islas Canarias. Antes tenemos que hablar con nuestros amigos.
—¿Amigos de España? ¿Qué amigos, Francia, Italia? —pregunta Evo sin encontrar respuesta.
Durante toda la noche, y después de recibir la visita del presidente de Austria, Heinz Fischer, a quien agradece la ayuda prestada, Morales mantiene charlas telefónicas con el presidente de Ecuador, Rafael Correa, la presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, y el presidente venezolano, Nicolás Maduro. Todos coinciden en que Morales debe mantenerse firme: «No dejes que entren, no tienen por qué controlar tu avión».
La presidenta argentina se había puesto en contacto con Susana Ruiz Cerrutti, la experta en temas legales internacionales de su Cancillería de Exteriores, quien le había asegurado que un avión presidencial goza de inmunidad absoluta amparada en la Convención de las Naciones Unidas sobre las Inmunidades Jurisdiccionales de los Estados y de sus Bienes (2004). Fernández de Kirchner traslada esta información a Morales2.
—Si persisten —le explica la mandataria— tenemos la posibilidad de presentarnos ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya.
La reacción de todos estos mandatarios, sumada a la de otros como Pepe Mujica, presidente de Uruguay, tranquiliza al presidente boliviano. Está convencido: nadie que no sea él o su equipo entrará en el avión, como si le obligan a pasar semanas en el aeropuerto de Viena.
A las nueve de la mañana del día 3 vuelve el embajador español. Morales lo nota preocupado, inquieto.
—Presidente, pueden aterrizar en Las Palmas —comunica de manera muy escueta Carnero.
El Falcon deja el aeropuerto de Viena a las 10:30 horas del 3 de julio. No llegará a La Paz hasta las 4:40 horas del día 4, más de 13 horas después de lo que habían previsto en Moscú.
El español José María Guijarro, alias Txema, sube al avión comercial que le llevará desde el aeropuerto de Sheremétievo, Moscú, hasta Madrid casi al mismo tiempo que Evo Morales abandona el aeropuerto de Vnúkovo. Todavía en shock por lo vivido en la capital rusa, Txema no puede dejar de mirar a los demás pasajeros y pensar que le gustaría volver a entender el mundo con la misma inocencia que sus acompañantes. Pero ya no es posible. En su biografía quedará escrito todo lo que ha tenido que hacer los últimos días que ha pasado en la capital rusa: desde reuniones con espías rusos hasta intentar averiguar cómo podía conseguir un millón de dólares para alquilar un avión, pasando por la planificación sobre un mapamundi gigante de rutas aéreas que evitasen las zonas de influencia de la OTAN.
No se entera de lo ocurrido con el vuelo de Evo Morales hasta que aterriza en Madrid. En el aeropuerto de Barajas la noticia está en las televisiones. Todo el mundo se pregunta por qué el avión del presidente boliviano está retenido en Viena. Por qué se rumorea que Edward Snowden puede estar dentro. Nadie sabe la respuesta.
Excepto Txema.
EL ANALISTA
En 1980, el novelista Graham Greene visitaba Madrid invitado por el entonces alcalde de la ciudad, Enrique Tierno Galván. Greene, que había trabajado en el servicio secreto británico con el famoso espía doble Kim Philby, definió así su actividad en el MI61:
No éramos exactamente agentes. Éramos officers, informadores, y el nuestro era un mundo de carpetas y papeles, más que de acción directa. Los agentes son los que viven verdaderamente en peligro, los que se juegan la vida en los propios países extranjeros y conflictivos. Los officers no éramos verdaderos espías. Los agentes sí.
Greene demarcó los dos tipos de agentes que todo país tiene: los analistas y los operativos. El periodista de investigación Fernando Rueda, uno de los expertos en espionaje en España, explica la diferencia entre unos y otros2:
Los analistas se dedican al trabajo de mesa. Son los que elaboran la inteligencia, que es la suma de información e interpretación, sin entrar en valoraciones, pues estas corresponden al Gobierno. Deben conocer con la máxima amplitud posible el tema al que están asignados, sus variantes históricas, sus protagonistas y la información elaborada y almacenada por el servicio durante años […]. La unidad operativa solo entra en servicio cuando los agentes normales no pueden conseguir por sus vías habituales su objetivo informativo y se requieren medios y técnicas especiales.
Txema es analista.
Desde el penthouse que habita en la calle Rusia, en Quito, Txema puede presumir de una fabulosa panorámica del macizo de los Pichinchas y de sus dos volcanes, el Ruco Pichincha y el Guagua Pichincha. Este último, de 4.776 metros de altura, no hacía mucho que había entrado en erupción. Fue en octubre de 1999 y cubrió la capital de Ecuador con 200.000 toneladas de ceniza. Han pasado doce años de aquello y Txema observa desde su salón un tranquilo Guagua, que aparenta continuar dormido.
Esa mañana, 4 de abril de 2011, como parte de su trabajo diario, Txema repasa los medios de comunicación en busca de alguna noticia que pudiera afectar a los temas que conciernen al área que dirige. Desde hace unas semanas está al frente de una unidad de inteligencia que trabaja para el canciller de Relaciones Exteriores de Ecuador, Ricardo Patiño. Su tarea consiste en elaborar informes de asuntos internacionales de trascendencia, con especial hincapié en aquellos que tengan mayor repercusión nacional; por ejemplo, la situación de las fronteras ecuatorianas con Colombia o Perú.
El analista se detiene ante una noticia que publica el diario El Universo como un topógrafo que desvela un sismo. El periódico, con una línea editorial crítica con el Gobierno del presidente Rafael Correa, publica en su portada: «WikiLeaks: La corrupción “es generalizada” en las filas de la Policía de Ecuador3». La información se hace eco de un reportaje del diario español El País, con un encabezado casi idéntico: «La corrupción policial en Ecuador es generalizada4».
El País, que se basa en uno de los cables del Departamento de Estado de Estados Unidos enviado desde la embajada de Quito, asegura que Jaime Aquilino Hurtado Vaca, comandante de la Policía Nacional de Ecuador entre el 11 de abril de 2008 y el 27 de mayo de 2009, «utilizó su poder como la máxima autoridad del cuerpo para extorsionar, acumulando así dinero y propiedades, facilitar el tráfico de personas y obstruir las investigaciones contra compañeros corruptos». El periódico resume así «las conclusiones recogidas por la embajada de Estados Unidos en Quito, que cita fuentes propias y pide al Departamento de Estado la revocación del visado de entrada en EE. UU. de Hurtado, su esposa y su hija». Si esto ya es suficiente para que Txema tome nota de la gravedad del asunto, todavía falta el terremoto:
La legación norteamericana señala que todas estas prácticas eran conocidas dentro del alto mando de la Policía Nacional y agrega que funcionarios de la embajada estaban seguros de que el presidente, Rafael Correa, también las conocía cuando le nombró comandante. En su opinión, el gobernante quiso, con el nombramiento, tener un jefe de Policía fácilmente manipulable.
No hace falta que siga leyendo. Deja el ordenador, toma una ducha rápida y abandona su vivienda. Desde su casa, situada a un paso del parque de la Carolina, uno de los espacios verdes y recreativos más amplios de Quito, la ruta más rápida hacia la Cancillería de Relaciones Exteriores es la del Ecovía, como se conoce al autobús del Sistema Integrado de Transporte Metropolitano de la capital. El trayecto sería de unos veinte minutos, pero a esas horas, avanzado ya el mediodía, el analista sabe que lo más probable es que esté atestado de viajeros. Opta, pese a las prisas, por no romper con la rutina diaria y acude a pie. Si acelera el paso, puede llegar incluso antes que el autocar. Parece fácil, pero no lo es tanto para un español que fuma un paquete diario de tabaco en una ciudad que está a 2.850 metros de altitud.
La sede del Ministerio de Exteriores ecuatoriano está en el Palacio de Najas, un esplendoroso palacete de estilo neoclásico e influencia arquitectónica de la Francia del siglo xix construido en la década de los años 30. Situado en una de las principales arterias de la ciudad, la avenida 10 de agosto, que recorre Quito de norte a sur, tiene la entrada en una calle perpendicular, la de Jerónimo Carrión. Desde ese acceso, que enfoca el palacio desde uno de sus laterales, se entra a un jardín con una fuente central que también alberga el parking. La puerta de Najas, justo en el centro del palacete, con forma de u, está presidida por una marquesina.
Siempre que acude a la Cancillería, Txema se toma unos segundos para observar el lugar y saludar a los que guardan la entrada. Pero hoy no tiene tiempo. Cruza la puerta a toda velocidad, coge uno de los ascensores, sube hasta la última planta y se dirige a zancadas hasta el ala norte del palacio, donde está el gabinete del canciller. Hace una primera parada en el despacho del vicecanciller, Kintto Lucas.
—¿Has visto la noticia? —pregunta.
—Sí. Vete al despacho de Patiño y convéncele para que nos reunamos los tres lo antes posible —le pide el vicecanciller.
Ricardo Patiño está en medio de una de tantas reuniones que ocupan su agenda, pero el tiempo apremia y Txema decide colarse en su despacho. El canciller, a quien Txema nota con cara de preocupación, se da la vuelta en cuanto lo escucha.
—Ya he hablado con el presidente. En cuanto despache este encuentro, nos reunimos con Kintto.
La reunión de Patiño no se alarga más de unos pocos minutos y enseguida están en su despacho Txema, Lucas, el canciller y dos de sus asesores de máxima confianza. Apenas intercambian unas breves impresiones sobre la noticia y pronto Patiño se dirige hacia su jefa de Gabinete, Patricia Dávila.
—Llamad a la Subsecretaría para América del Norte y Europa y que convoquen con urgencia a la embajadora de Estados Unidos.
Patiño les explica a los asistentes a la reunión que así se lo ha mandado el propio Correa. Justo después, mira a Txema y le pide que elabore con urgencia un informe para preparar la reunión con la embajadora. Quiere saber, sobre todo, cómo han reaccionado otros países ante hechos similares.
La oficina que capitanea Txema está al otro lado de la calle, en un entresuelo con techos bajos y escasa ventilación, una bodega apenas acondicionada para el trabajo del equipo. Hasta allí va el analista, que se pone manos a la obra con dos miembros de su equipo, Andrés y Mireia. Hasta ese momento, en la unidad apenas han tratado la información desvelada por WikiLeaks más allá de informes que resumían las principales revelaciones a nivel internacional, un trabajo al que se había dedicado sobre todo Andrés.
Con el tiempo encima, el área de inteligencia logra sacar adelante un informe presentable. Descubren que el embajador estadounidense en Libia, Gene A. Cretz, fue cesado de su cargo tras hacerse públicos unos cables en los que definía a Muamar el Gadafi como «volátil y excéntrico5». En México, el también embajador estadounidense Carlos Pascual había renunciado a su puesto después de que se publicasen unos documentos en los que cuestionaba la guerra del país contra el narcotráfico que causaron un gran malestar en el seno del Gobierno de Felipe Calderón6.
Poco antes de la reunión con la embajadora, Txema está de vuelta con el vicecanciller en el despacho de Patiño para presentar los puntos clave de su informe. El canciller tiene especial interés por adelantarse a las posibles explicaciones de la embajadora estadounidense.
—Lo más seguro es que nos diga que no hay nada que aclarar, que son documentos robados y de proveniencia ilícita. —explica Txema.
—Pues si es así… —Patiño se toma unos segundos—. Tendrá que abandonar el país.
La embajadora de Estados Unidos en Ecuador, Heather Hodges, una diplomática con amplia experiencia en América Latina, se presenta en la Cancillería media hora después. Lo hace acompañada de uno de sus asesores, un hombre rubio y alto que no hablará en ningún momento. Hodges es acompañada hasta el despacho del canciller, donde esperan él mismo, su vicecanciller, Txema y Pablo Villagómez, subsecretario ecuatoriano para América del Norte y Europa. Para tratar de no tensar más la situación y mantener el protocolo diplomático, toman asiento en los sillones dispuestos para las reuniones más distendidas. No hay mucho prólogo. Patiño hace constar el enfado de Correa con el cable publicado horas antes.
—¿Qué nos puede decir del cable que ha publicado el diario español El País? —pregunta Patiño.
Sin sorpresas. Casi palabra por palabra, la embajadora responde lo que minutos antes ya había adelantado el analista: son documentos robados, de proveniencia ilícita y, por tanto, no comment. El canciller, que escucha muy atento, decide insistir.
—¿Eso es todo lo que tienen que decir?
Ante una contestación similar, Ricardo Patiño, sin perder las formas diplomáticas, agradece a Hodges que haya asistido al encuentro y lo da por zanjado. La embajadora y su asesor se levantan, se despiden y abandonan el despacho. Todos saben que su salida es un viaje sin retorno.
La delegación ecuatoriana no se mueve del despacho. Les toca afrontar una de las decisiones más trascendentales para las relaciones entre su país y Estados Unidos. Están de acuerdo en que la situación exige el nombramiento de Hodges como persona non grata, lo que significa, en definitiva, expulsarla del país. El asunto debe ser estudiado al detalle.
Cuando se expulsa a un embajador o embajadora es casi más importante el tiempo que se le da para abandonar el país que la propia decisión. Lo habitual son entre 24 o 48 horas. Tras mucho debate, optan por la opción más aséptica: el menor tiempo posible. Así lo recoge Villagómez en el escrito que su subsecretaría enviará a la embajada de Estados Unidos a la mañana siguiente. Al mismo tiempo, Txema y Kintto Lucas redactan el comunicado que se enviará a prensa.
El anuncio se da a conocer a la opinión pública por la mañana del día 5 de abril. Lo comunica con tono tranquilo, pero notablemente indignado, el propio Patiño en rueda de prensa7:
La respuesta de la embajadora fue insuficiente e insatisfactoria para el Gobierno del Ecuador, y en vista de que la señora embajadora está en una misión diplomática en nuestro país, el Gobierno del Ecuador ha decidido considerar a la señora como una persona no grata para el Gobierno nacional. Hemos pedido que abandone el país en el menor tiempo posible. Nos parece inaceptable que después de haberse conocido el contenido de los mencionados cables, después de haber sido ella invitada a dar una explicación sobre el contenido de los mismos, hayamos tenido una respuesta de la naturaleza que tuvimos por parte de la señora embajadora. Le hemos notificado hoy a las 9:30 horas de la mañana. Está informada sobre este tema y esperamos que abandone el país en el menor tiempo posible.
La respuesta de Estados Unidos no tarda en llegar y, como era de esperar, es de reciprocidad. El jueves 7 de abril, el Gobierno de Barack Obama declara persona non grata al embajador ecuatoriano en Washington, Luis Gallegos, que también se ve obligado a abandonar el país. Hodges se va en vuelo comercial desde Quito el 12 de abril y Gallegos deja Washington el día 15.
Ya con cada diplomático de vuelta en su país, el presidente Rafael Correa se pronuncia sobre lo ocurrido el día 16 desde la ciudad de Milagro, durante su Enlace Ciudadano número 217, el programa matutino en el que cada sábado rinde cuentas acerca de su gestión8:
La embajadora Hodges siempre odió al Gobierno, porque tendrá 30 años de experiencia pero se quedó hace 30 años en sus análisis, en la época de la Guerra Fría. O estás con Estados Unidos o estás contra Estados Unidos. Si estás con Estados Unidos, así seas el corrupto más grande, no eres corrupto; si estás contra Estados Unidos, así seas el honesto más grande, eres corrupto. Ese es el análisis primitivo de esta pobre señora […]. La animadversión contra el general Hurtado es porque no se sometió a la embajada de Estados Unidos y porque desmanteló todas esas unidades que parecían dependencias de la embajada de Estados Unidos […]. Nunca más estas barbaridades en un Ecuador altivo y soberano, compañeros, no somos colonia de nadie, este mail (cable) es una vergüenza, léanlo completamente.
Días después, la erupción que se había iniciado parece exhalar sus últimas nubes de humo. Ni el Gobierno de Estados Unidos ni el de Ecuador están interesados en empeorar sus relaciones más allá de las expulsiones. Es cierto que las vinculaciones bilaterales entre ambos países no gozan de una salud excelsa, aunque sí comparten un acuerdo según el cual Estados Unidos otorga ciertos beneficios arancelarios a los países andinos que mantienen una lucha abierta contra el cultivo ilícito de hoja de coca y el narcotráfico, como es el caso de Ecuador (el ATPDEA, la Ley para la Promoción del Comercio Andino y la Erradicación de las Drogas). Dicho pacto había expirado el día 12 de febrero y están en marcha las negociaciones para revalidarlo.
En la Cancillería de Relaciones Exteriores, sin embargo, nace una nueva cavilación. Cuando se conoce la expulsión del embajador Gallegos, en el Palacio de Najas vuelven a reunirse el canciller, Lucas y Txema. Al representante de Exteriores ecuatoriano le preocupaba la publicación de más cables relacionados con el Ejecutivo de Correa, sobre todo después de que el 6 de abril, justo un día después de que Patiño desvelase la decisión sobre la embajadora Hodges, el diario ecuatoriano El Universo anunciase la recepción por parte de WikiLeaks de 343 cables «cuyo origen es la embajada de Estados Unidos en Ecuador, la Secretaría de Estado en Washington o misiones diplomáticas de otros países en los que se hace referencia a temas ecuatorianos9».
Ricardo Patiño traslada una instrucción muy clara. Quiere conseguir que se publiquen todos los cables que WikiLeaks pueda tener sobre Ecuador y no solo aquellos que deciden sacar los medios.
—Hay que contactar con Julian Assange.
AMÉRICA LATINA
Silicon Valley tuvo la culpa. Cuando el paraíso californiano de las grandes empresas tecnológicas del mundo comenzó a levantar sedes de oficinas pensadas para el disfrute y comodidad de sus trabajadores, el virus se extendió rápido. Nadie puede evitar pensar en toboganes cuando se habla de la sede de Google, por ejemplo. Las grandes empresas españolas quisieron sumarse a la moda de abandonar los edificios en los centros urbanos y construir en las afueras casi unas miniciudades en las que sus trabajadores se sintieran como en casa. Esa era la trampa: que el trabajo se convirtiera en el hogar.
Una de las empresas españolas que apostó por este modelo fue Telefónica, que cimentó una sede de 140.000 metros cuadrados en el barrio madrileño de Las Tablas. No solo consiguió que la Comunidad de Madrid construyera una salida de Metro, sino que en su interior, con lago y jardines, tiene desde farmacias y peluquerías hasta un pequeño El Corte Inglés. Todo para que los más de 10.000 empleados de la compañía no tengan ni que salir de su oficina.
En 2007, un año antes de la inauguración del centro, uno de los empleados del enorme complejo acristalado es José María Guijarro, Txema, que trabaja en Telefónica desde 1999. Licenciado en Economía por la Universidad Autónoma de Madrid y especializado en sociología y demoscopia, despacha como asesor del Departamento de Investigación de Mercados de la compañía, vendiendo redes privadas virtuales (VPN) para empresas. Aunque pudiera parecer una contradicción con el objetivo de la nueva sede, Telefónica ha acordado no hace mucho unas buenas condiciones de teletrabajo, por lo que casi todas las tardes Txema prefiere aplicarse desde su propia casa. Todo ello con catorce buenas pagas y una decimoquinta por beneficios. Pero hay algo que no le satisface.
2007 es un año turbulento en su vida. Se ha separado de su pareja y está muy hastiado con su trabajo. Lleva demasiados años en Telefónica y decide pedir una excedencia. Abandona también su casa y se va a vivir con su mejor amigo, Gonzalo, a una especie de piso de estudiantes en el barrio rico de Chamberí, en Madrid. La vestimenta y el tipo de vida de los dos colegas chocan con la rutina de sus vecinos, en su mayoría directivos o ejecutivos siempre vestidos con traje y corbata.
Un par de años antes, Txema se había reenganchado a la militancia política a través de un Comité de Apoyo al MST brasileño (Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra). Allí conoció a una persona que ahora, durante su año de excedencia, le habla del Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS), una fundación formada en su mayor parte por profesores valencianos que hacen trabajos de asesoría política en América Latina, sobre todo con Hugo Chávez, presidente de Venezuela. A Txema le gusta la idea de que haya españoles participando en los procesos de cambio político latinoamericano.
Como un golpe del destino, al poco tiempo se reencuentra con dos amigos sociólogos, Rafael Ibáñez y Mario Ortí, que trabajan para el CEPS en la conformación de un grupo demoscópico en Madrid liderado por Carolina Bescansa, profesora de Metodología en la facultad de Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. Txema decide entrar a formar parte del equipo y comienza a colaborar en el análisis y estudio de América Latina. Pronto teje una relación de confianza con Bescansa, quien mantiene el contacto orgánico con la fundación en Valencia.
En enero de ese mismo año, Rafael Correa había tomado posesión como presidente de Ecuador y una de sus primeras preocupaciones era la de no tener que depender de encuestadoras ajenas para asuntos que importaban a su Gobierno. Quería poner en marcha un Instituto Demoscópico de Ecuador, motivo por el que se puso en contacto con el CEPS. En ese proyecto está inmersa la fundación cuando se suma Txema.
A mediados de diciembre de 2007 la iniciativa del Instituto ecuatoriano parece demorarse, pero surge otra oportunidad. En Paraguay han convocado elecciones generales hace pocos meses y por primera vez una coalición de distintos partidos políticos, la Alianza Patriótica para el Cambio (APC), parece disponer de una oportunidad real para arrebatar el poder al Partido Colorado, que gobierna el país desde hace más de medio centenar de años.
El teléfono de Txema suena un día de diciembre y al otro lado de la línea está Carolina Bescansa.
—Vamos a enviar un equipo a Paraguay para colaborar en la campaña de Fernando Lugo, de la APC. ¿Estarías dispuesto a sumarte?
Txema sabe situar Paraguay en el mapa, poco más. Desconoce en gran medida su realidad política, pero piensa que es una oportunidad que no puede rechazar.
—Por supuesto, iré.
Dedica los pocos días que le quedan para dejar Madrid a empaparse de todo aquello que pudiera hacerle entender mejor el país al que viajará, junto con otros dos compañeros, a principios de enero de 2008, cuatro meses antes de la celebración de los comicios.
Txema llega a Asunción, capital paraguaya, con la sensación de haber alcanzado el final de un mapa. Está en uno de los países más desconocidos de América Latina, que no dispone de vuelos de cruce oceánico y donde, salvo en Asunción, el idioma mayoritario es el guaraní.
Al analista y a sus dos compañeros los terminarán conociendo como los tres españoles. Al poco de aterrizar se dan cuenta de que lo único de que disponen para afrontar una campaña tan trascendental como aquella es la figura de su candidato, Fernando Lugo. Exiliado por la dictadura de Alfredo Stroessner, Lugo había sido ordenado obispo el 17 de abril de 1994, bajo el papado de Juan Pablo II. Ejerció en la diócesis de San Pedro, una de las zonas más pobres de Paraguay, donde se ganó el apodo de «obispo de los pobres» por su férrea defensa del campesinado más necesitado y por haber coordinado la campaña de la sociedad civil contra el ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas), diseñado por la Administración de Bill Clinton. Para dedicarse a la política, Lugo quiso dejar los hábitos. Lo solicitó a la Iglesia el 18 de diciembre de 2006, logrando una suspensión temporal a divinis.
La primera impresión que le causa Fernando Lugo a Txema es la de una persona tranquila, aunque algo misteriosa y hasta puede que oscura en determinadas ocasiones. Tras conocer al candidato, el español comienza a desplegar un plan de entendimiento electoral a través de encuestas cuantitativas e investigación cualitativa. Txema está animado, pero no tarda en comprobar que no será una campaña fácil, sobre todo por la dificultad para gestionar tal variedad partidista.
La Alianza Patriótica para el Cambio está formada por hasta diez partidos distintos: el Partido Revolucionario Febrerista, el Partido Democrático Progresista, el Partido País Solidario, el Partido Demócrata Cristiano, el Partido Frente Amplio, el Partido Encuentro Nacional, el Bloque Social y Popular, el Partido Liberal Radical Auténtico, el Partido Popular Tekojoja y el Partido del Movimiento al Socialismo. Es en este último en el que más se apoya Txema, el P-MAS, una formación fundada en 2006. Por su filiación leninista y gramsciana, es el partido que le despierta mayores simpatías.
Durante el transcurso de la campaña, los tres españoles pasan gran parte del tiempo con Miguel Ángel López Perito, alias Miguelo, el jefe de Gabinete de la candidatura. Miguelo, con quien Txema terminaría tejiendo una buena relación, había participado en política desde muy joven, sobre todo durante las movilizaciones estudiantiles contra la dictadura de Stroessner. En aquella época ingresó en la llamada Organización Político Militar (OPM), lo que le llevó a ser torturado por el Departamento de Investigaciones del régimen y posteriormente encarcelado. Según constataría tiempo después la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Miguelo fue una de las 219 personas encerradas en el penal de Emboscada, la prisión que la dictadura destinaba a los presos políticos. Una vez fuera, Miguelo se exilió a Brasil y no regresó a Paraguay hasta 1983, año en el que, al tiempo que ejercía como docente, retomó su militancia política.
La casa de los tres españoles, una vivienda enorme en el centro de Asunción y muy cerca de la curva en la que un comando sandinista asesinó en 1980 al dictador nicaragüense Anastasio Somoza, exiliado entonces en el Paraguay de Stroessner, se convierte con el paso de los días en el centro de conspiración donde, junto con Miguelo, mantienen las reuniones más importantes y estratégicas de la campaña.
Hacia el final de la contienda electoral, a la poca experiencia de Lugo y a la compleja heterogeneidad de la coalición, se suman los furibundos ataques que recibe el exobispo por parte de sus adversarios. Lugo es tildado de activista de las FARC, anticristo, asesino, chavista, traidor a la Iglesia o, el más repetido, comunista.
Pese a todo, las últimas encuestas de Txema son esperanzadoras. Si no hay fraude electoral, algo que no descartan en la candidatura, Lugo puede proclamarse presidente.
La demoscopia no falla. El 20 de abril de 2008, Fernando Armindo Lugo Méndez es elegido presidente y desbanca al Partido Colorado, un hecho que en Paraguay se imaginaba imposible. En las calles de Asunción se desata una oleada de júbilo la misma noche de las elecciones. Los disparos al aire se mezclan con el sonido de los tambores. En la sede de la candidatura deciden que Lugo se interne en el caos de las calles para saludar y mostrar su agradecimiento a sus votantes. Txema se sube con él en una furgoneta llena de policía armada. El ambiente es de celebración, pero el español no puede evitar estar nervioso. Sentado en el asiento del copiloto, ve cómo el chófer, también policía, maneja el vehículo con una mano mientras con la otra aferra una pistola. En uno de los instantes en los que Lugo baja para hablar con la gente, el chófer se dirige a Txema.
—¿Sabes manejar?
—Sí, sí.
—Pues si ves que en algún momento bajo, ponte al volante. Tienes una pistola en la guantera.
«¿Y si no sé manejar un arma?», piensa Txema, pero no se lo dice.
La experiencia en Paraguay convence a Txema de que ya no quiere volver a trabajar en Telefónica. Vuelve a España solo para organizar su salida de la compañía, donde termina acogiéndose a un ERE. Apenas tres semanas después, está de vuelta en Asunción para participar en el Gobierno de Lugo y echar una mano a Miguelo en el Palacio de los López, la sede presidencial paraguaya.
El 30 de julio de 2008, el Papa Benedicto XVI otorga al presidente la suspensión definitiva, siendo la primera vez que la Iglesia católica dispensa a un obispo. «Qué amor ha de tener Benedicto XVI por nuestro país», declara Lugo. El exobispo ya es solamente presidente de Paraguay, aunque los primeros cien días de su Gobierno no son como se esperaba. En campaña se había prometido aplicar un programa en ese período que no se lleva a cabo.
Meses después de haber sido investido presidente, una joven paraguaya interpone una demanda de filiación exigiendo a Lugo el reconocimiento legal de la paternidad de su hijo, fruto de una relación que ambos habían mantenido cuando el presidente todavía ejercía como obispo. El español había escuchado algunos rumores en campaña sobre su pasado, pero imaginaba que también eran calumnias de sus adversarios. Poco después, Lugo tendría que reconocer a otro hijo.
Estos sucesos no dañan en especial la presidencia de Lugo, pero ponen en evidencia su falta de iniciativa. Txema prefiere cambiar de aires. Mientras piensa qué hacer, vuelve a su cabeza un hecho sucedido la noche electoral al que no había dado la relevancia que merecía. Aquella velada, el director del CEPS, Roberto Viciano, le presentó a María Marta Valladares Mendoza, alias Nidia Díaz, exguerrillera y miembro del Frente Farabundo Martí para la Liberación de El Salvador. En su país se acercaban elecciones presidenciales y buscaban ayuda para su candidato, el periodista Mauricio Funes.
Txema tiene un nuevo destino.
