El año cero - Ariadna G. García - E-Book
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Ariadna G. García

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Beschreibung

El año cero combina el thriller con la novela de introspección psicológica a través de una historia de denuncia social y de reivindicación homosexual que establece analogías entre la España actual y la de posguerra. Escrita en primera persona, la mirada de la bombera protagonista testimonia el deterioro de la sociedad para la que trabaja, a la vez que protesta por las injusticias y obstáculos a los que una mujer del siglo XXI debe aún enfrentarse hoy en día para ser valorada en su trabajo y vivir su amor en libertad. El año cero es una novela original y valiente que radiografía la crisis, la corrupción y los rescoldos de los viejos prejuicios que todavía humean en nuestro mundo, y ensalza el vínculo emocional, el amor sin importar género ni condición, como único camino que nos iguala y nos salva.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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El año cero

Ariadna G. García

El año cero

Primera edición, 2019

© Ariadna G. García, 2019

Diseño de portada:

© Sandra Delgado

© Editorial Ménades, 2019

www.menadeseditorial.com

ISBN: 978-84-120458-1-9

en colaboración con

EL AÑO CERO

A maahi ve.

A nuestros hijos: Kai Luke y Leia Alma.

Para mis abuelos maternos, siempre.

Al Cuerpo de Bomberos.

«¿Es usted feliz?».

Ray Bradbury,

Farenheit 451

«No apruebo los principios y no los considero dignos si no se traducen en actos».

Vincent van Gogh,

Cartas a Theo

Primera parte

1

Cuando la oscuridad es absoluta te abandonas a la confianza completa en tus compañeros de equipo. No puedes hacer otra cosa que seguir adelante a tientas, agarrando la bombona de oxígeno del guía con la mano izquierda, mientras con la derecha tanteas los escombros de la casa, las vigas reducidas a cenizas, las paredes que manchan tus guantes como quien pasa un dedo por una ilustración al carboncillo. Sobre tu hombro, la presión del último componente del equipo de rescate. El silencio es tan denso como la negritud. Solo el jadeo de tu respiración te recuerda que los tres estáis vivos en medio de la ruina, del polvo y del humo que os anula el sentido de la vista.

Desnivel. Derecha. Oigo una voz metálica.

Repito la alerta del primer compañero para asegurarme de que el cierre la escuche. Bajamos en cuclillas lentamente por los restos de una escalera. El techo se ha desplomado y nuestras botas pisan un cielo de ladrillos. Aunque el incendio está controlado, sabemos que la casa no es estable. Los cimientos pueden ceder en cualquier momento y enterrarnos bajo un manto de piedras como si fuéramos un trío de paganos, un trío que camina sin la luz de la gracia en medio de la noche. Porque aquí no tenemos linternas. Nos jugamos la vida confiando en nuestra intuición y en la de los demás.

Obstáculos.

El sonido de mi voz me resulta extraño con la escafandra puesta. Pero, al menos, es útil. Las voces son tablones a los que sujetarnos en medio de las olas, en medio de los muebles calcinados, en medio de la nada que ha ocupado el lugar de una familia.

Un zumbido en el manómetro me anuncia que me quedan quince minutos de oxígeno. Sé que el resto también lo ha escuchado. Pronto sonarán sus alarmas. Debemos darnos prisa. Lo prioritario a partir de este instante ya no son los cuerpos que habitaban la casa y que daban sentido a sus objetos, sino encontrar una salida. Los rescatadores nos hemos convertido en prisioneros de un laberinto con alma de volcán. Rezo porque se demore su entrada en erupción.

¡Un jadeo!

El grito de mi compañera viene acompañado de un tirón de mi hombro que por poco me hace perder el contacto con el guía. Repito sus palabras con más énfasis, pretendiendo que mis sonidos se aferren a la botella de oxígeno que tengo por delante.

Nos giramos los tres a un tiempo, en una coreografía invisible mil veces ensayada.

Diez pasos al frente.

La cadena de transmisión ha invertido su orden.

A la izquierda. Viene del otro lado de la madera.

Palpamos, ahora con la mano izquierda, de nuevo la pared, donde se amontonan varias vigas.

Deben de tapar una entrada a otro espacio. Doy forma a la imagen que el humo nos esconde.

De acuerdo. Este es el plan nos convoca el guía, mientras suena la alarma de su equipo de respiración autónoma: nos soltamos, retiramos las vigas y entramos. Nos doy tres minutos.

Llevamos en la casa algo más de media hora. Buscamos los cuerpos de una madre y un niño. Ninguno imaginábamos que estuviesen con vida. La explosión ha reventado buena parte de la estructura de lo que debió de ser un chalet con jardín, tres alturas, garaje, sótano y piscina. Justo el reverso de la nube negra que enfrentan nuestros ojos.

Retiramos las vigas sin problema. Están medio carbonizadas. Se rompen. Entramos de uno en uno, sujetos por los hombros. No damos cinco pasos cuando el guía tropieza con un montón de escombros. Los echamos a un lado. Pronto aparece el primer cuerpo, inmóvil, silencioso. Siguiendo los contornos de su brazo, los guantes palpan un cuerpo más pequeño acurrucado al lado de su madre. Parecen inconscientes, o quizás ya estén muertos.

Suena la tercera alarma.

La operación de salida es más rápida. No buscamos otra cosa que la supervivencia.

Sabemos que nos encontramos en el sótano. Buscamos un acceso al garaje.

Seis minutos y yo me quedaré sin aire. Confío, sin embargo, en que mis pulmones me otorguen una prórroga. No fumo, hago deporte. Soy una treintañera completamente sana. Hay motivos para la fe.

Hago de guía ahora. Mi compañera lleva al niño en su brazo derecho. El cierre carga con la madre, como un pesado saco de sueños en olvido.

Voy tanteando el aire y las paredes con las dos manos. El polvo puede verse en suspensión. Parece que estemos dando un paseo por las estrellas, que estemos atravesando una espesa nebulosa de dióxido de carbono.

Polvo cósmico dentro de una casa.

¡Polvo cósmico! Ni me imagino lo que pensaré cuando el oxígeno no me llegue al cerebro.

Giramos. Izquierda. Techo bajo. ¡Un resplandor!

El segundo equipo de rescate se encuentra apostado en lo que podría ser el garaje. No nos ven. Pero nosotros, sí. Percibimos la luz y sus sombras recortadas. Salvamos la distancia sorteando un amasijo de lo que, a la salida nos dirán, fueron un día objetos de ocio: una mesa de billar, otra de ping-pong y una máquina de pinball.

En cuanto el SAMUR se hace cargo de los cuerpos, mi compañera me quita la escafandra, el gorro que recubre mi cabeza y me desabrocha el traje ignífugo y el mono. Tarda unos segundos que se me hacen eternos. Sé que tengo la cara ennegrecida y el pelo despeinado y sudoroso, lo mismo que ella. Intercambiamos una mirada cómplice. Y poco a poco dibujo una sonrisa igual de aliviada.

2

Sostengo en alto, con la mano derecha, un aerosol de laca para el pelo. Acciono el spray ante la atenta mirada de mis cincuenta alumnos. Acaban de salir de la escuela de policía de Ávila. Deben rondar los veinticinco años. Vienen todos con ropa deportiva y con una firme voluntad de aprendizaje. Los veo tomar apuntes frente a mí en silencio castrense. A continuación, levanto un encendedor con la mano izquierda. Me quedo unos segundos mostrando los objetos con los que voy a realizar mi truco. En este instante, soy una prestidigitadora. Voy a hacer magia. Llevo mi bata puesta, mi disfraz, que sería incompleto sin el mono amarillo que visto por debajo. Una laca. Un encendedor. Cien ojos expectantes. Vuelvo a accionar el aerosol y justo después enciendo el mechero. Aproximo la llama. En cuanto la fuente de ignición entra en contacto con el gas se produce una inmensa llamarada hacia delante que arranca algunos gritos entre los cadetes y desplaza sus sillas hacia atrás.

Bueno les digo, con mi sonrisa aviesa, ya sabéis por qué no se pueden llevar aerosoles en los equipajes de mano cuando voláis.

Todos ríen, nerviosos.

Sigo mi clase teórica de introducción a los incendios durante media hora. Les hablo de los mecanismos de transmisión del calor, del triángulo ígneo, de los tipos de combustión y de los detectores más corrientes.

Ahora vamos a pasar a los procedimientos de extinción les anuncio. Tomad muy buena nota. El día de mañana estos conocimientos os podrían salvar la vida. No os fiéis del fuego. Pensad en él como si fuese vuestro peor enemigo.

Asienten intrigados, pero observo en sus muecas, suspiros y mejillas coloreadas, que la curiosidad libra un combate en ellos contra el temor. Reconozco esa mezcla de excitación y miedo. Yo también soy una pila de dos polos. En cuanto finalice la clase sé que habrá alumnos que me pedirán saltarse el entrenamiento; la tensión entre los cabos los paralizará, aunque eso signifique un punto negativo en su expediente. En cualquier caso, es mejor que conozcan sus límites ahora, que calibren los riesgos a los que van a enfrentarse. La teoría, el cine o la literatura poco o nada tienen que ver con el mundo real. Aquí la gente muere.

Abandono mi mesa de trabajo y compruebo que los cadetes rellenan sus folios con una tinta azul ajena a las imágenes que evoca: un bosque ardiendo, una gasolinera en llamas, un escape de gas o la explosión de una planta química. Tras los tipos de fuego, copian a continuación cuáles son los agentes extintores que los combaten.

Noto que la temperatura ha subido varios grados. Casi escucho el bombeo de su sangre.

Recordad que la mayoría de incendios que veréis se deberán a causas accidentales. ¿Cómo creéis que podríamos evitarlos?

Una mano tímida apenas se levanta del pupitre:

¿Concienciando a la gente?

Eso es, educando en la prevención. Además de policías, seréis profesores; una profesión casi tan arriesgada como la vuestra. Escucho algunas risas. Se abre la puerta del fondo y Gezabel se apoya contra el marco. ¿Alguna pregunta?

Un par de brazos, ahora firmes, apuntan al techo. Sus propietarias están en la primera fila.

Decidme.

¿Podemos hablar con usted?

Claro. Apunto dos bajas. En cuanto a los demás, haced el favor se seguir las indicaciones de mi compañera, que os guiará hasta vuestros vestuarios. Os espero dentro de veinte minutos en el campo de fuego.

Mi taquilla está enfrente de la de Gezabel. Ha escrito su nombre con una letra grande, apretada, alegre y saltarina. Su rotulador, violeta, contrasta con el mío: negro. No obstante, yo también he dejado huella de mi personalidad en la cartulina donde he estampado, con caracteres griegos, las siete letras por las que respondo: Minerva.

Si me levanto cada día para ir a mi parque de bomberos o para venir a las instalaciones donde formo a novatos o a soldados de la UME, es con la pretensión de perderme en su mirada. Deberían prohibirme que me aproxime a ella. Cuando sonríe entro en combustión. Y así no hay modo de extinguir un incendio. En cuanto apagamos, juntas, un piso sacudido por el fuego, se enciende en mí una hoguera. Cada gesto, palabra, risa o roce aviva esta terrible llamarada, tan deslumbrante como invisible, y tan intensa como silenciosa.

Me pongo el traje ignífugo sobre el mono y me calzo unas botas que me vienen grandes. Luego introduzco los guantes y el gorro dentro del casco. Me pregunto si la imagen que me devuelve el espejo los ojos negros, la melena hacia atrás rendirá algún día el corazón de mi compañera.

Mira, quiero enseñarte algo.

Miguel, otro de los entrenadores, me extiende el móvil mientras elijo uno de los lanzallamas del depósito.

¿Otro video de chicas? No, gracias.

Que no. Que es una imagen del telediario de anoche. Se os ve a los tres saliendo de la casa.

Genial. Pero no me interesa.

Míralo, anda. ¿Por qué tienes que ser tan borde?

Igual es que no quiero recordarlo.

Menea la cabeza medio metro por encima de mí. Hace años trabajamos juntos en el mismo parque. Es un buen compañero. Por alguna razón, nuestras vivencias no parecen afectarlo. Tiene una mente a prueba de recuerdos, un cerebro aislante.

La presentadora insiste dice textualmente: «Trágico accidente en Arturo Soria, un barrio acomodado de la ciudad».

Detengo mi búsqueda. Ni un solo lanzallamas en perfecto estado de revista. La mayoría están averiados. No, si al final voy a tener que a echar al combustible una cerilla.

No puede ser respondo.

Dura un minuto.

El video recoge justo el instante en que Gezabel, David y yo salimos del chalet con los cuerpos en brazos. La tragedia, relata una voz en off, estriba en que una madre viuda y su hijo murieron asfixiados por descuido, al prender una chispa en el sofá. Se habían dejado abierta la mampara de cristal de la chimenea.

¿Nadie lo ha desmentido? pregunto asombrada.

Miguel alza sus hombros.

La realidad es otra muy distinta. El incendio se debió a una explosión originada en el sótano. Los compañeros encontraron una bombona de camping-gas reventada. En nuestra reconstrucción de los hechos, la madre bajó al trastero con su hijo, puso juntos la bombona y algunos extintores. Dejó salir el gas de la primera y se encendió su último cigarro.

Fue un suicidio, Miguel añado con rabia. Un maldito suicidio.

Lo sé, lo sé. Baja la voz. Aquí pasa algo raro. Solo quería que te andaras con ojo. Ya suponía que no lo habrías visto.

Gracias por avisarme. Si te enteras de lo que pasa, dímelo.

Descuida.

¿Geza lo…?

Sí, no te preocupes. A ella se lo he dicho a primera hora. Solo me falta David para completar vuestro trío sonríe, socarrón.

Encuentro un lanzallamas en perfecto estado. Me lo echo a la espalda.

Me despido de Miguel con un nudo en el estómago.

El campo de fuego es una calva de cemento de unos 500 metros cuadrados al pie de la sierra de Brunete. El parque temático con el que sueña todo pirómano. Se divide en cinco áreas, de distinto grado de dificultad. Todas tienen un elemento estrella, un mártir cuyo suplicio se revive cada semana. Porque aquí realizamos un rito. Rendimos culto al fuego.

Me llevo a los cincuenta alumnos al primer emplazamiento. Entre ellos y yo se abre un abismo, una distancia de seguridad que los hará sucumbir al baile hipnótico, sensual y delicado de las llamas.

A mi lado, una estantería de siete baldas repleta de ácidos, barnices, pinturas y gasoil. Una futura santa ofrecida al castigo y a nuestra redención.

Dejo en el suelo, frente al mueble, un extintor de espuma. La ceremonia es simple: los cadetes deberán retirar el precinto, extraer la anilla, elevar los diez kilos y enchufar el percutor hacia la base del incendio. Un ligero zig-zag en ascensión, un rayo inverso de apenas tres segundos y el suplicio habrá finalizado.

Al principio tendrán miedo.

Querrán echarse atrás.

Entonces escucharán la música de las cosas que arden. Verán la danza lenta, sinuosa de una divinidad.

Cuando el fuego se adueñe de sus miradas, comprenderán que ya no son los mismos, porque para encarar a un dios hay que dejar las inseguridades y complejos a un lado. El fuego exige una transformación. Un espíritu limpio de congojas. Las llamas te vacían de tus imperfecciones para luego llenarte de grandeza. Solo así puedes medirte a su poder: estando en igualdad de condiciones.

Los cadetes, aislados en sus trajes, reinventarán sus vidas. En el anonimato que les otorga la visera bajada, encontrarán su esencia, el diamante que son y que permanecía oculto, enterrado, olvidado. Al menos, hasta hoy.

Hoy el incendio va a penetrar en ellos para ahuyentar sus sombras.

Prendo fuego a la estantería con el lanzallamas.

Comienza el espectáculo.

¡Venid de frente! grito, para que me oigan. A mi espalda arde la pira donde se consume el temor. ¡No os fiéis de las llamas! ¡Puede cambiar la dirección del aire!

Desfilan de uno en uno ante el altar de fuego.

Es un acto solemne.

Trece extintores más tarde, se saben preparados para combatir la verdadera hoguera que nos arrasa, que pela nuestro mundo, que abre una pista en medio de lo que fue un gran bosque: la soledad.

Y es que la aurora boreal que ha nacido en sus pechos ya no va a abandonarlos.

Doce años hace que vivo con la mía. Doce años ya en el cuerpo de bomberos de la capital, apagando las temibles fogatas que los rumanos encienden en sus campamentos cerca del río, sofocando los incendios de sucursales de cajas y bancos, enfriando los ánimos de los manifestantes ante la policía, bajando los humos de quienes contemplan desde una cornisa el último de sus atardeceres.

Gracias a mi tormenta solar tengo claro qué quiero de mi vida, hacia dónde enfoco los prismáticos que otean el futuro. Y eso que jamás me había planteado tener un trabajo al uso, como el resto de la gente. Yo pensaba en algo distinto, solitario. Mi vocación era el atletismo; mi sueño, la velocidad. Quería quemar mi vida sobre pistas de tartán azul, ante cientos de cámaras de televisión, bajo miles de focos. Una vida acompañada por desconocidos, por atletas de paso, por personas que corren en paralelo sin pretender más cosas.

Así era yo, de joven.

Un misil armado con una cabeza de sueños.

Estaba satisfecha de mi autonomía. Porque cuando vuelas sobre los tacos, tu carrera es solo tuya, no dependes de nadie.

Y por lo mismo, nadie puede hacerte daño.

Cambiamos de área.

La última prueba del entrenamiento de hoy consiste en apagar el incendio de un helicóptero que se ha estrellado. En esta ocasión necesito a dos compañeros. De modo que a mi derecha tengo a Miguel y a mi izquierda, a Gezabel. Delante, a los cadetes; y a más de treinta metros de mi nuca, el fuselaje en llamas.

A los pies, un lío de mil demonios. Porque el material de extinción viene desarmado y lo tenemos que montar. Consta de una toma de agua con dos salidas para abastecer a cuatro mangueras, dos bifurcadores que habrán de conectarlas, seis válvulas de paso y ocho racores con los que unir las piezas. La última de todas es la lanza.

Hemos reunido el material para la fiesta.

La tarta nos espera al fondo, con las velas ardiendo.

Disponemos de tres tipos de chorro. Cojo una lanza del suelo, que como las demás, parece una pistola. Los seleccionaremos en función de la distancia que nos separe del fuego. A la actual, utilizaremos el chorro de cortina, con el que levantaremos una pantalla de protección de dos metros y medio de diámetro. Será nuestro escudo para combatir el calor según avanzamos. Cuando estemos un poco más cerca, pasaremos al chorro de ataque, que será nuestra espada. Se trata de agua pulverizada, proyectada en forma de cono. Es letal. El chorro sólido, de largo alcance, lo utilizaremos para refrigerar el infierno al que vamos.

Dejo que las instrucciones penetren el traje ignífugo de los futuros agentes de policía, que activen sus musculaturas, que remuevan sus torrentes sanguíneos.

Los necesito alertas.

Lo que ruge ahí enfrente es un dragón.

Y está muy cabreado.

Atended continúo. Vamos a formar una línea de avance de cuatro equipos. Uno por manguera. Y en cada grupo quiero a tres personas. Ahora mirad cómo tenéis que poneros.

Ya estamos listos.

Me fijo en que las pupilas de los cadetes reflejan el incendio a nuestra espalda. Apenas una chiribita comparado con la pirotecnia que descubro al fondo de otros ojos, en los de Gezabel.

No doy crédito. Lo mismo me lo estoy inventando.

¡La misión del primer compañero consiste en manejar la lanza y en dirigir su equipo hasta el incendio! alzo la voz, poniéndome de ejemplo. ¡Observad cómo engancho la manguera por debajo del brazo. En cuanto baje la palanca de la lanza, saldrá el chorro de agua a una presión brutal. Toda la manguera se convertirá en una serpiente gigante. Por eso debemos sujetarla con fuerza. Intentará escaparse. La misión del segundo miembro del equipo consiste en controlar a la Hidra! Dirijo la mirada a Gezabel, justo detrás de mí. ¡El empuje de su cuerpo hacia delante evitará que la fuerza del chorro os mande al suelo! ¡El tercero, por su parte, irá alisando la manguera para que no se obstruya, de lo contrario os quedaréis sin armas frente al mismo diablo!

Solo el crepitar de las llamas rompe el silencio.

Mis cincuenta soldados azules se han quedado sin aire.

¡Venga, vamos allá!

Las cuatro columnas en línea avanzamos camino de la bestia.

¡Bajamos la palanca de la lanza a la de tres, dos, uno… ahoooraaa!

Un rugido tremendo. Un temblor en los brazos. La boquilla que escupe una tormenta. El retroceso del disparo de agua me envía hacia atrás. Siento, entonces, el cuerpo de Gezabel chocando contra el mío, frenando mi caída, sosteniéndome.

Cuantas veces, en el pasado, yo había huido de cualquier atisbo de debilidad al entrenar a solas, al competir dentro de los límites de mi alargada calle de tartán, como si el trato con el resto de atletas fuera un demérito o me expusiera a un peligro de contagio.

Pensaba que me hacía vulnerable la entrada de los otros en mi vida, la irrupción de sus risas como géiseres, la eclosión de sus charlas. De modo que buscaba el desarraigo para sentirme fuerte.

Salí de aquel error a bofetadas. Literal.

Gezabel hace de contrapeso volcada sobre mí. Me estabiliza.

Así que agarro la cabeza de la Hidra con decisión y ordeno el avance hacia la aeronave. Miro a ambos lados. Las cuatro columnas marchamos empapadas detrás de los escudos. Despacio. Silenciosas. Concentradas.

Somos un solo cuerpo. No hay otra fortaleza que el equipo.

Respiro hondo.

Un dragón de cinco mil kilos echa fuego a destajo.

Ha llegado el momento de gritar:

¡Chorro de ataque!

De eso ni hablar. Gezabel se para en seco delante de mi camino del coche, una vez acabada la instrucción. Tú te vienes con nosotros esta tarde y nos tomamos unas copas a la salud de Isma. ¿O es que todos los días se jubila un capitán de bomberos?

Ya, si me gustaría. Créeme me excuso a regañadientes. Pero he quedado con mis abuelos. Entiéndeme. No puedo dejarles tirados. Hace seis… siete días que me esperan.

Está bien se rinde, con un largo suspiro. Pero prométeme que te apuntas al homenaje.

Sí, no te preocupes. Solo necesito que me lo digáis con tiempo.

Mira que te haces de rogar ríe con ganas, mientras reanudamos la marcha. Pero bueno. Lo que importa es que vengas. Además, noto a Isma deprimido.

Pues no me extraña.

¿Que no te extraña el qué?

Que se encuentre de bajón estallo. Ya has visto el telediario, Geza. Ayer manipularon las causas del incendio. No creo que sea divertido investigar el origen de un fuego que pone en peligro la vida de tus hombres para que luego vayan los informativos y se inventen las cosas. Entonces, tanto riesgo, para qué.

Descoloca un poco, es cierto. Pero su depresión viene de antes.

¿Ah, sí? Saco de mis vaqueros la llave del Nissan y acciono la apertura de puertas.

Desde hace meses. ¿No lo has notado?

La ciudad se ha vuelto peligrosa.

Ya, pero solo tiene cincuenta y cinco años. —Me busca las pupilas, intrigada.

Se habrá desanimado.

A ver si hablo con él se compromete, al alcanzar la carrocería del coche. ¿Cuándo vuelves al parque?

Libro ahora cuatro días. ¿Y tú?

Igual. Me queman las centellas de sus ojos. Pero nos vemos antes, ¿no? su insistencia mi embriaga.

Claro que sí. En la pista.

Me introduzco en el Juke con la extraña sensación de que parte de mí se queda fuera, de que mi sombra y la de Gezabel aún siguen en la grava.

Unidas.

Superpuestas.

Mezcladas.

3

Acelero dejando tras las ruedas traseras del Nissan a una de las personas que más me importan. Según avanzo por la autopista crece mi ansiedad. No me explico cómo es posible que me haya introducido en el coche y que haya puesto entre nosotras docenas de kilómetros. Cuando lo cierto es que yo no quería. Mi cuerpo ha actuado por sí mismo, en contra de mi deseo. Parecía manipulado por un control remoto. Desde luego, por una voluntad distinta de la mía, ignorante de los múltiples beneficios que me produce la mujer de la que me ha apartado.

Pero en cuanto tomo la salida que me conduce a casa de mis abuelos tira de mí otro cabo de la cuerda. Será que nos movemos por tirones. Ahora siento un impulso hacia delante. El piloto automático se ha sincronizado con mis intenciones. Se acabó el desajuste, de momento. Musculatura y mente acompasan sus ritmos.

Subo los escalones del portal de dos en dos, por los viejos tiempos. Me crié en esta casa. No conozco otro hogar.

Toco con los nudillos en la puerta.

Nuestra contraseña privada.

Me recibe mi abuelo con sus cansados y húmedos ojos azules. Viste de manera elegante, lo mismo que mi abuela, justo al lado. Es ella la que toma la palabra en nombre de los dos:

No sabes la alegría que tenemos de verte, de abrazarte me dice en cuanto entro. No pensamos en otra cosa que no sea en ti. Que estés bien, no pedimos más.

Ya lo sé sonrío. Por eso estoy aquí, para pasar la tarde con vosotros.

Me mira desde el sofá con el gesto radiante.

Vaya nieta más guapa. Por cierto, has crecido.

¿Yo? Qué va.

Te digo que sí.

Mira que lo dudo… Acabo de cumplir los treinta y uno.

Será que yo he menguado me dice vivaracha. Mi abuela es bajita, pero compensa esa falta de altura con un gran sentido del humor, un carácter enérgico y una seguridad inquebrantable. Bueno, ¿qué quieres tomar? ¿Un café de los míos? ¡Jesús, vamos a la cocina!

Mi abuelo nos sigue a cierta distancia. Anda despacio, con las piernas arqueadas, pero con decisión. Carga con su párkinson con la dignidad de un reportero secuestrado al que han rodeado la cintura con cartuchos de dinamita. Mide cada paso como si fuera el último. Cada zancada supone una victoria sobre el miedo. Y es que los explosivos no le han amedrentado. Solo han ralentizado sus movimientos. Sus ganas de vivir están intactas.

Para cuando se sienta a la mesa, humean sobre el hule tres vasos de café.

Vaya por dios se queja, lastimero. Ya he perdido mis gafas.

¿Dónde las dejaste la última vez? le ayuda mi abuela.

No me acuerdo… Junto al periódico. Iba a leerlo.

Espera, que te las traigo.

A su regreso, mientras él lee los titulares en voz alta, nosotras poco a poco nos ponemos al día en un montón de asuntos.

Cuánto le habrías gustado a tu bisabuelo sentencia, orgullosa. Era un hombre muy culto. Un buen actor. Un buen músico. Un hombre de teatro. Además de un excelente gimnasta. Le pasaba como a ti, amaba el estudio y el deporte. Lo abarcaba todo. Recuerdo que nos decía: «Tuve que apretar porque mis padres no tenían más hijos. Si fallaba, ¿qué habría sido de ellos? Dependían de mí».

No tendrás una foto.

La del salón.

Quería decir «otra».

¡Uf!

¿Y alguna vuestra? les señalo, con un vaivén del dedo.

En tu habitación. ¿No te acuerdas? Dentro del armario.

Me refiero a alguna de cuando os dedicabais al cine. Antes de que yo naciese.

Hace mucho de eso.

Por eso mismo insisto. Me gustaría saber cómo eráis entonces.

Os lo hemos contado casi todo.

Ya, pero apenas puedo imaginarme ese mundo. Y necesito verlo. Quiero conoceros a mi edad. Os debo lo que soy. Me encantaría miraros a los ojos de entonces y reconocerme en ellos. Dime, Concha: si no es hora, cuándo.

Bueno, bueno. Mi abuela se levanta, zanjando la conversación con los vasos en las manos. Se dirige al fregadero. Me pregunto si he roto algo más frágil que el cristal que sostiene. Ya buscaré alguna.

El caso es que aquí no hay. Me pongo a los mandos del estropajo y del detergente, con un leve movimiento de cadera. Pensaba que sí. He revuelto varias veces la casa. Y no he encontrado ni una.

Las habrá recogido tu madre.

Eso temo, sí. Que las haya recogido ella.

No sería la primera vez que mi madre borra el pasado, que hace una biopsia a la realidad para extirpar recuerdos. Mi antiguo cuarto está agujerado por mil sitios. Cada hueco, una prueba abolida de mi existencia anterior; un testimonio menos de mi vida. Me quedé sin cuadernos de clase, sin mis carpetas llenas de dibujos, sin mis sueños vertidos sobre folios. Por suerte, la naturaleza me había dotado de una memoria fantástica que lo retenía todo, y hasta reconstruía lo perdido. El único lugar inaccesible para su bisturí.

El problema es que ahora se trata de mis abuelos. Un cosmos que sin palabras o imágenes se vacía de estrellas.

De unos meses a esta parte mi abuelo ha perdido masa corporal, y aunque entrena las cuerdas vocales, desafinan y enmudecen en situaciones en las que antes hacían grandes solos. Por eso, en ocasiones, ni se molesta en despegar los labios. Qué lejos sus discusiones con mi abuela a propósito de una ciudad donde pasó tal cosa. Si era en esta o aquella. Su enfermedad lo tiene confinado. Apenas le concede la gracia de las conversaciones breves.

Si queremos jugar, ha de ser con sus reglas.

Mueren a causa de un incendio una madre y su hijo con Síndrome de San Filippo.

Mi abuelo levanta la vista del periódico y me ausculta con la mirada.

Mi abuela, que ha salido a la terraza para fumarse un pitillo, aguarda a que el humo adopte las formas de los escenarios a los que se subió, de los cines que levantó sobre pértigas en cientos de pueblos, de las carreteras que devoró detrás de su marido a lomos de la moto de ambos: una Ducatti 250 Deluxe, cuatro tiempos.

Yo me retuerzo en el sitio, perpleja. Y me dirijo a él.

Deja que eche un vistazo. Me siento en el brazo del sofá donde está sentado. Jo-der.

¿Qué pasa?

Esto es de locos.

¿El qué? ¿Qué ocurre?

La noticia, Jesús… que no fue así. La tinta del diario se me queda en un dedo. De pronto he empezado a sudar. ¿Cómo es que nadie ofrece la versión cabal de los hechos?. Que yo los saqué de esa casa. Que estaban en el sótano. Que… espera, espera, espera. Dios. Me levanto y cojo el móvil de encima de la mesa del salón. Tengo que hacer una llamada. Vuelvo enseguida.

Marco el número de Gezabel como quien reza un salmo, implorando que se manifieste una voz al otro lado de mi incredulidad.

El tono de llamada promete a mis oídos una vida.

El silencio que lo sigue anuncia la defunción de mi intentona.

De manera que le envío un whatsapp.

Me responde un minuto después:

«No te preocupes. Mañana lo hablamos. No te olvides de tus zapatillas de clavos. Quiero ver cómo vuelas sobre el tartán».

4

Me reúno con Gezabel en la entrada de las instalaciones deportivas. Creo que es la primera vez que nos damos dos besos. Nunca antes nos habíamos visto fuera del trabajo. Caminamos hacia la pista de atletismo dejando atrás las de tenis, varias canchas de baloncesto y un frontón. El ambiente es fantástico. Las calles están iluminadas por potentes reflectores. Los atletas recorren los ocho vasos sanguíneos como pastillas de colores vistosos. Dejamos las mochilas en la hierba, estiramos los músculos y nos unimos a la corriente humana. A mi lado, la respiración entrecortada de ella, sus jadeos. Puedo correr así hasta el amanecer. Puedo pensar cien cosas e imaginarme miles. Menos mal que solo vamos a completar cinco vueltas, dos kilómetros, a modo de calentamiento. De entrante ligerito. Luego elaboraré un entreno específico de velocidad. El plato fuerte de la noche que empieza.

Al poco rato me encuentro muy a gusto.

Y es entonces cuando comienzo a hablar.

El niño que sacamos el otro día de la casa padecía una enfermedad crónica, el Síndrome de San Filippo. Me desabrocho un poco la sudadera. Pese al fresco de noviembre, sube mi temperatura. Lo leí ayer en un periódico local, en casa de mis abuelos. Su esperanza de vida no llegaba a los quince años… La madre era viuda de un profesor universitario bastante querido. Murió… de repente. Hace tiempo que trato de evitar la palabra «infarto». Aunque ella tenía estudios, vivía consagrada al niño... Con la desaparición de su esposo le debieron de llegaron al buzón reclamaciones de letras, pagos pendientes. Cuentas que saldar. La pensión… que supongo que no superaría los ochocientos euros… fue insuficiente para ahuyentar a las fieras que amenazaban con entrar al chalet.

¿Me estás diciendo que el suicidio se produjo por falta de medios?

Lo que oyes… Estiro mi zancada. La rabia busca modos de salirse del tórax, sin lograrlo.

Pero tendría amigos… familiares a los que recurrir…