3,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,99 €
Con dos prometidos muertos y uno fugado, la mala suerte persigue a Meredith. El último escándalo que asola Londres gira en torno a Meredith Tanner, quien, con dos prometidos muertos a sus espaldas, tiene que soportar las habladurías por la huida del tercero la misma noche de su baile de compromiso. Por eso, Mer se ha recluido en su hogar, en el campo. Pero su débil paz mental se rompe el día que su tío vende la propiedad y la deja a ella y a su familia en la calle. ¿Es que nada puede salir bien? Simon Shelbrook se ha propuesto que 1852 sea su año. Por eso, ha comprado una propiedad a las afueras que es magnífica para la cría y doma de caballos, su gran pasión. El año de Simon va a ser crucial para él, ya que va a casarse, a formar una familia y a iniciar un negocio. ¿Qué puede salir mal? Todo cambiará para ambos cuando Meredith y Simon choquen en uno de los caminos de Clover Park y salten chispas. Tal vez la buena suerte de él y la mala de ella se mezclen para unir sus destinos. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 460
Veröffentlichungsjahr: 2018
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2018 Adriana Abellán Álvarez de la Campa
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El año de Simon, n.º 183 - febrero 2018
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Fotolia.
I.S.B.N.: 978-84-9170-857-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Dedicatoria
Cita
Primera parte. Meredith
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Segunda parte. Simon
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XII
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIX
Epílogo
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
A mis padres, muchas gracias por todo.
No me podían haber tocado otros mejores en suerte.
Ed il mio bacio scioglierà il silenzio che ti fa mia!
GIACOMO PUCCINI, Turandot
Cuando Meredith Tanner, de catorce años, se encontraba de visita en casa de sus abuelos, Polly, su abuela materna, le comentó que no debía preocuparse mucho por su aspecto –porque no fuera la más bonita del baile–, pues ella poseía algo que las demás no tenían en tanta abundancia: dinero. Su madre, sentada en la otra esquina de la estancia, levantó la vista de la costura que estaba repasando y reprendió a la abuela. Esta, sin inmutarse por la regañina, le guiñó un ojo a su nieta y sonrió.
Echando la vista atrás, Mer podía decir tres cosas sobre ese momento en concreto de su vida: primero, Polly tenía razón en una cosa: ella no era una belleza; segundo, no había acertado con la cuestión pecuniaria; y, tercero, ojalá aquello no hubiese marcado su existencia.
Meredith Tanner podía haber sido, y sin duda comenzó a serlo durante un corto periodo de tiempo, un gran partido en el mercado matrimonial. Su padre había sido el terrateniente más importante de la zona, sin ostentar más que un título de baronet desde hacía solo dos generaciones, había conseguido un poder increíble. Su madre, Honora, además, había sido una de las beldades de su temporada, pero la situación económica familiar la obligó a casarse con alguien muy inferior a su rango. Mer, la primera hija del matrimonio, fue el fruto de la mezcla del dinero de su padre –un tema muy poco refinado, por cierto– y de la elegancia y posición de su madre. No de su belleza; nunca de su belleza. Lo que era una pena, pues, según le habían dicho en su infancia, había heredado los ojos verdes de su progenitora, su pelo color azabache y su figura. En cambio, su cara, por aquel entonces, no poseía unos rasgos armoniosos, con una nariz un poco más grande de lo normal, unos pómulos algo marcados y una barbilla puntiaguda. Con los años se redondearían, pero eso ya daría igual.
Tres años después de aquella conversación con su abuela, el mundo se rendía a los pies de Meredith Tanner. Prometida al barón Marlowe –¡incluso antes de presentarse en sociedad!–, quien era, desde luego, uno de los grandes partidos de esa temporada: joven, guapo, con un título un poco por debajo de las expectativas familiares, pero muy augusto, ostentaba todo lo que una dama de su edad pudiera desear. Aunque no había sido el candidato principal, Mer se había quedado prendada de él y había convencido a sus padres de que sería la mejor entrada en sociedad posible: de la mano del barón.
La vida era un lecho de rosas.
El destino, que como se comprobaría más tarde nunca fue amigo de Meredith, había reservado la belleza familiar a sus tres hermanas pequeñas: Margaret, Mehetabel y Madeleine. A ella le había quedado solo el dinero y, con el tiempo, ni eso. Aun así, en aquel momento, el futuro resultaba esperanzador y brillante para ella.
Nada que ver con la realidad.
La primera vez que Mer se dio cuenta de que la providencia le había tomado manía fue cuando Marlowe falleció en un trágico accidente a caballo. Ella se encontraba ya preparando su entrada en sociedad, aunque faltaban nueve meses –su madre era una persona precavida–, y se tuvo que cancelar. ¿Era una viuda de diecisiete años? ¿Sin haberse casado aún? Gracias, destino.
La muerte de su prometido resultó un golpe duro. No se había enamorado de él, por supuesto, lo conocía de poco tiempo y había importado más el sueño de comenzar su vida rompiendo moldes que la idea en sí de estar casada con él. El matrimonio era una imposición que le habían inculcado desde pequeña, cuanto más importante y pomposo fuese, mejor que mejor. Pero ahora ella se veía como un alma en pena por la casa, sufriendo la muerte de un hombre que no conocía y siendo objeto de miradas de lástima.
¡Pobre Meredith! ¡Tan joven!
Sin embargo, todo cambió cuando, antes de que el periodo de luto hubiese acabado, lord Geoffrey Townshend pidió su mano. Era uno de los hombres del momento, no por su dinero o posición, que algo de eso tenía, sino por su fama de calavera. Redimir a alguien como él era el sueño de cualquier mujer. Con la piel algo tostada por los viajes al continente, su altura –modificada por unos zapatos con más alza de lo normal–, sus ojos pardos rodeados de unas pestañas arrebatadoras, su sonrisas de contrabandista pillo, sus modales exquisitos, su reputación de amante sin mácula y su bancarrota. Como sabría más tarde Mer, su padre no había visto con buenos ojos ese enlace, pero su madre supo que, tras la debacle anterior, esa resultaba «la gran oportunidad de Meredith».
Y aceptaron.
Fue la comidilla de Londres, pues, aunque le advirtieron al caballero de que debía mantener el compromiso en secreto hasta haber pasado un tiempo prudencial, él expandió el rumor de su futura boda para que sus acuciantes acreedores le concedieran una prórroga.
De lo ocurrido, Mer no sabía casi nada. Con dieciocho años recién cumplidos, estaba viviendo el sueño de cualquier chica de su edad: casarse bien. ¿Qué más podría desear? ¿Eh, destino? Pues, para comenzar, Meredith podría haber pedido que lord Geoffrey Townshend no muriera en un duelo por los favores de otra mujer.
Sí, eso hubiera estado bien.
Su prometido mantenía un idilio con una mujer casada. Cuando el marido de la misma se enteró, montó en cólera y le retó en duelo. Townshend era joven, arrogante y engreído. Aceptó el desafío y se pasó la noche alardeando de sus dotes como gran tirador, emborrachándose y sin acordarse, ni por un momento, de la prometida que le esperaba en casa con todas las ilusiones puestas en él. Falleció de la manera más indigna para un caballero: borracho, con un tiro que le rozó a malas penas el brazo, que se infectó y lo mató.
Bienvenida al mundo real, señorita Tanner.
Tras ese golpe, Meredith, su padre, su madre, sus abuelos maternos, sus hermanas e incluso aquellas personas que no le habían visto la cara en la vida supieron que su reputación estaba acabada.
En su hogar lo llamaron «el gran drama».
Su madre quedó en cama durante semanas para poder recuperarse del bochorno. A su padre, aun asegurando que nada de aquello era culpa de Mer, le costaba mirarla a la cara. Así que un día hizo las maletas y se marchó de viaje, dejando aquel desaguisado sin arreglar. Meredith se encontró al frente de un hogar roto por su culpa –¿por su culpa?–, se las arregló para que todo funcionara mientras su madre se lamentaba postrada en su lecho, sus hermanas la miraban con pena y sus abuelos amenazaban con visitarlos.
Aquella desgracia la ubicaba a ella en el centro del huracán, pero Mer no lloró la muerte de lord Geoffrey como si fuera el amor de su vida, pues, desde luego, no lo era –dudaba de que esa persona existiera en algún lugar del mundo–. Sino que lloró por su vida destrozada, por el daño irreparable de llevar dos muertes a sus espaldas y por el absurdo futuro que se abría ante ella. Nadie más la querría. Se encerró en su hogar para no salir, no quería sociabilizar. Cuando su madre despertó de su letargo y se ocupó de la casa, ella se dedicó a pintar, su gran pasión, y a olvidarse de aquel asunto tan odioso del matrimonio.
Su padre volvió de viaje para la presentación en sociedad de Margie, una despampanante criatura que también había heredado el tono verde de ojos de su madre, pero con una chispa que se acrecentaba con una sonrisa decorada con un tierno hoyuelo. Su pelo castaño con toques dorados, rizado en bucles, y su forma de ser tan agradable, la hacían un partido mucho mejor que su hermana mayor. Pero, al ser la segunda, no ostentaba una dote tan sustancial como ella. Aunque, si fuera por Mer, bien podían haber repartido la suya entre sus hermanas.
Margaret tampoco pudo presentarse en sociedad, pues su padre cayó enfermo de unas fiebres, que ya venía acusando en el viaje, y murió en pocos días.
Los ojos, las bocas y los cuchicheos se giraron para hablar de Mer, ¿quién si no podía tener la culpa? ¿Era una persona que arrastraba la mala suerte adonde fuera? Pues parecía que sí. Tras otro muerto a sus espaldas, aunque nadie de su familia le echara nada en cara, Meredith se recluyó en sí misma. Pintó más paisajes, nunca personas; leyó mucho más de lo que hacía hasta ese momento y se olvidó de aquello que una señorita debía ser: apocada, simple o invisible. Ella ya había pasado a otro nivel.
Durante dos años vivió en relativa tranquilidad, gracias a la idea de cumplir la edad suficiente para poder mudarse a Italia junto a su única tía materna, que se había casado –cómo no, todas se casaban y no se les moría nadie– con un conde italiano. Durante aquellos esos años se habían escrito con frecuencia, y sabía que la acogería en su hogar con mucho gusto.
Pero una mañana, recién estrenada la primavera de 1851, apareció en su vida Nicolaas van Dijk, el hijo de un amigo holandés de su padre, que se alojó en Clover Park, el hogar de las Tanner, durante unas semanas.
Pese a la forma de ser de Meredith y sus ganas de olvidarse del mundo exterior, Nicolaas supo romper ese escudo de soledad, y forjaron algo parecido a una amistad. Trascurrido el tiempo de su estancia, declaró su amor y devoción por ella, por Meredith –¡por Meredith!– y su deseo de desposarla. Ella se negó, por supuesto, ya estaba bien con dos prometidos muertos que no le importaban un pepino como para cargar con la muerte de alguien que apreciaba de veras. Le explicó que tenía el convencimiento de que si se casaban, él acabaría muerto. Nicolaas no se dejó amedrentar y la convenció con mimo, y con la ayuda inestimable de su madre, de que no tenía que ocurrir de nuevo una desgracia. Ella aceptó con la condición de mantener un noviazgo largo, de al menos un año. Gracias al regateo, lo dejaron en seis meses.
Trascurrido ese tiempo, a escasas dos semanas de la boda, y en contra de todo pronóstico, Nicolaas seguía vivo, no con el mismo ímpetu del principio, pero continuaba estando junto a ella. Como Meredith no había hecho ningún preparativo importante para la ceremonia –no tenía ninguna intención de tentar al destino mucho más de lo necesario–, su madre se colocó el traje de histerismo y comenzó a realizar los arreglos pertinentes. Y una de las cosas que organizó fue un baile en Londres para celebrar el futuro enlace. Abrió su casa en la capital, que hacía años no se visitaba, y gracias a los fondos del prometido se pudo costear una noche de ensueño en aquella pequeña temporada que se celebraba en invierno y por pocas semanas.
El problema del dinero venía haciendo estragos en la familia desde la muerte de su padre. Poco a poco, Clover Park comenzó a despedir sirvientes, ellas se olvidaron de los caprichos y comenzaron a ahorrar de verdad. Y todo a causa de que el heredero de su padre fuese su hermano pequeño que, sin desentenderse en realidad, no les hacía mucho caso. La boda de Meredith bien podría ser su salvación en varios sentidos: tanto en el económico, ya que no dependerían de la exigua renta que les había dejado su padre; como en el aspecto de que la reputación de la mayor de las Tanner se recobraría y sus hermanas podrían buscar marido sin la tacha de su mala suerte.
Pero la providencia, tan callada en esos últimos tiempos, no se había olvidado de Meredith Tanner por completo y decidió no perderse su baile de compromiso. Tanto fue así, que Nicolaas abandonó a Mer la misma noche que celebraron la fiesta por una debutante mucho más joven que ella, de ojos claros, cristalinos, piel pálida y ningún pasado nefasto a sus espaldas.
Tras ese golpe, Mer se encerró en Clover Park y decidió tirar la llave de su vida al mar del olvido. Ya estaba bien. La solución, su último barco, su última oportunidad, se había esfumado tras el traje blanco insulso de una chica joven, y ella ya no sabía qué más podía hacer para ahogar a su familia. Meredith no lo sabía, pero su tío, el ególatra, insufrible e idiota de su tío, sí, pues había dilapidado el dinero de los Tanner con malas inversiones y multitud de caprichos costosos. ¿Cuánto había tardado en gastarse el dinero conseguido gracias a décadas de sufrimiento? Escasos tres años. Por eso mismo había decidido vender Clover Park. Y el último reducto de soledad mental de Meredith murió. Ahora su único destino estaba lejos de tierras inglesas, lejos de su reputación, de su mala suerte y de su familia, pues se encontraba en Italia, y no en la casa de sus abuelos, lugar donde su madre y sus hermanas se trasladarían tras la venta de su hogar. Aunque la providencia, tan enemiga de Meredith como la institución del matrimonio, había reservado una última sorpresa para ella. Esa sorpresa haría que tuviera que quedarse un poco más en Inglaterra, el tiempo suficiente para arreglar algo que ella había roto, pero de lo que no tenía ninguna culpa.
Así era su vida. Así había aprendido a vivirla.
Clover Park, 11 de febrero de 1852
Meredith no estaba pasando por el mejor de sus momentos, y eso era mucho decir para ella. Casi con rabia ciega, iba paseando por uno de los caminos de Clover Park, que ya no era su casa desde esa misma mañana. Pero ese no era el problema que tenía en la cabeza; aunque su tío, sin consenso alguno, había decido vender el hogar donde había pasado toda su vida, ella ya había superado el escollo, pues se reponía pronto de los golpes.
En esa ocasión, si Meredith había roto su parasol contra un árbol, tenía el dobladillo del vestido manchado, el pelo desordenado, el sombrero casi caído y la mente ofuscada era por Lydia Coleman. La mimada, repelente y deslenguada Lydia Coleman, esa misma.
Aquella mañana le había costado horrores salir de casa; era la primera vez que lo hacía desde el incidente con Nicolaas. Había tenido dos opciones claras: quedarse en Clover Park y observar como alguien compraba el único hogar que había conocido o salir por fin de su aislamiento. Así que se había vestido, se había dicho a sí misma que todo saldría bien, se había plantado una sonrisa falsa en la boca y había ido de visita a casa de Harriet, su mejor amiga, donde otras chicas también se habían dado cita. Era agradable tener compañía distinta a su familia de vez en cuando, y aun tras el desastre ocurrido en su vida sentimental, antes de la debacle de su fiesta de compromiso, le gustaba acudir a casa de Harriet y descubrir que en el mundo quedaban cosas buenas. Aunque esa no era una verdad universal, ya que en ese lugar también se encontraba de visita Lydia, a quien ella no esperaba ver. Entre risitas y confidencias, se pavoneaba por haber pasado unas semanas en Londres comprando vestidos para lucirlos la próxima temporada, a pesar de que ya tenía mas de veinte años y ninguna proposición de matrimonio en su haber.
La conversación de Lydia siempre solía girar en torno a ella. Meredith estaba acostumbrada al egocentrismo; su tío era una de los mayores exponentes del país, si no del mundo. Y además, desde los últimos acontecimientos, prefería encontrarse en un segundo plano. En un tranquilo, relajado y estable segundo plano. Hablar de su vida resultaba deprimente.
En un ambiente claramente hostil hacia ella desde la entrada de esa chica en la habitación, el resto de mujeres hicieron corrillo y le preguntaron a Lydia cómo se lo había pasado en su viaje, y ella, sin más propósito que lanzar una daga directa a su pecho, contó que en Londres todo el mundo hablaba de Meredith y cómo había vuelto a avergonzar y a traer la mala suerte a su familia.
Meredith, la Muerte.
¡Meredith, la Muerte! Ese era el horrible mote que le habían puesto. Harriet, sin dilación, regañó a Lydia, que hizo un mohín sin querer entender por qué su comentario resultaba tan hiriente. Pero Meredith, con la educación que su madre le había inculcado, terminó su trozo de sándwich de queso con tranquilidad y aguantó el chaparrón casi sin pestañear. Por propia experiencia sabía que su indiferencia era un buen escudo. De ese modo, buscó el momento adecuado, se disculpó y se marchó. Salió con la cabeza bien alta y determinó que debía pensar en otra cosa hasta que estuviera fuera de la vista de esas mujeres.
Contó árboles, piedras en el camino, nubes en el cielo, se acordó de un soniquete infantil que cantaba su madre y, aun así, no pudo impedir que su rabia la consumiera como un torrente de agua, en un principio poco a poco y, más tarde, desbocada.
A mitad de camino, destrozó su parasol en un árbol como una loca y, al menos, se desahogó. Mientras lo hacía, solo podía pensar que era el colmo, después de años aguantando cuchicheos a sus espaldas y consejos malavenidos sobre su vida sentimental. Ahora también era la culpable por el abandono de Nicolaas. ¡Como si ella fuera un imán que atrajera la mala suerte del mundo y no hubiese sido una decisión de él!
Meredith, la Muerte. Meredith, la Muerte. ¡Meredith, la Muerte! No sabía hasta qué punto esas palabras le molestaban, le enfadaban y le daban tristeza.
En honor a la verdad, Meredith no había matado a nadie; sus dos primeros prometidos murieron en circunstancias que ella no podía controlar, y el tercero, al que todavía echaba de menos, se había fugado con otra la noche de su baile de compromiso. ¿Qué podía haber hecho ella?
Al parecer, la sociedad londinense había decidido que, si alguien tenía la culpa de la fuga de su antiguo prometido, era ella, y que algo malo tenía que tener.
Se quedó un momento parada pensando en Nicolaas van Dijk. Le había confiado sus esperanzas, y él había insistido en casarse con ella para luego dejarla abandonada. Y lo peor de todo era que Meredith siempre había sabido que algo malo iba a ocurrir. Bueno, tampoco había que ser una adivina para saberlo, pues, como reza el dicho, «no hay dos sin tres».
Suspiró por pura desesperación y volvió a caminar con la idea de olvidarse de lo ocurrido cuando chocó de bruces con un hombre y cayó al suelo de una manera muy poco femenina. De sus labios solo salió una exclamación.
—Perdone, siento lo ocurrido, ¿se encuentra usted bien?
¡Pues no!
El hombre le sonrió de tal manera que notó cómo sus mejillas se tornaban coloradas y hacía más calor del normal para una mañana de febrero. El desconocido tenía el cabello castaño, con unos rizos que le caían libres, por llevar el pelo más largo que la moda actual; era alto y mantenía en su rostro una sonrisa encantadora. El problema eran sus ojos, en los que Meredith se hubiera perdido de no llevar tanto dolor a sus espaldas.
—Gracias, no miraba por dónde pisaba.
Su buena educación iba primero que su rabia, su dolor o cualquier obstáculo que le pusieran en su camino. Observó al hombre con cuidado y pronto cayó en la cuenta de quién debía de ser: el nuevo señor de Clover Park, que hasta ayer mismo era su hogar.
La miraba con curiosidad, como preguntando de dónde había salido ella y por qué caminaba por sus tierras.
—Creo que no nos han presentado —siguió hablando él, a la vista de que a ella le había comido la lengua el gato. En su fuero interno, Meredith estaba deseando encontrar a ese animal que a veces no la dejaba reaccionar—. Soy el marqués de Dare.
Ella no se sorprendió, solo se dio cuenta de que sus sospechas se habían confirmado. Otra dama se encontraría azorada ante tal encuentro, pero Meredith no tenía nada que perder al estar con ese hombre a solas. En el campo, las costumbres eran más laxas que en Londres, y de forma habitual paseaba sin doncella. Y mucho más ella, que era una solterona destinada a vestir santos y, después de ese encuentro con el marqués, se encerraría en su nuevo hogar y no saldría nunca más. Y Meredith, la Muerte, estaría muerta oficialmente para la sociedad.
El hombre seguía de pie esperando a que ella se presentara, ¿qué iba a decirle? «Buenos días, señor marqués, soy Meredith Tanner. Meredith, la Muerte, ya sabe, la que va asesinando gente por el mundo, pero solo si se comprometen conmigo», después le guiñaría un ojo y se marcharía contoneándose. Oh, sí, claro… ¡Sigue soñando, Mer! Ella no era así, no se tomaba sus desgracias con tan buen humor, no al menos a los pocos minutos de conocerlas. Sobre todo cuando tenían que ver con la muerte de su padre, pues, según Lydia Coleman, también habían sumado ese deceso a su lista: la culpaban por su fallecimiento. Una pena que no hubiese sido su tío el elegido por el dedo de la muerte de Meredith, el cual ella no sabía controlar. Si encontrara la manera de que eso fuera posible, se entrenaría para usarlo a placer.
De repente quiso no ser ella misma, poder mirar a ese hombre a los ojos y coquetear, tener una conversación banal y sentirse como una más. Con disimulo se arregló el pelo e intentó alejarse de la persona que todo el mundo creía que era. Por unos segundos, no quería ser Meredith Tanner.
—¿Se encuentra usted bien? —preguntó tras hacerle un repaso a su ropa.
El pie del marqués comenzó a dar golpecitos en el suelo, había pasado un tiempo más que razonable para que abriera la boca. Y de ella surgió una mentira. Le pareció que si le decía la verdad a ese par de ojos claros, no volvería a mirarla como a una mujer normal, sino solo como a Meredith, la Muerte. Fuera quien fuese esa señora.
—Me llamo Mary, trabajo en la casa principal. —Hizo una reverencia desastrosa y sonrió—. Estoy bien, solo un percance en el camino.
—Soy el nuevo dueño de Clover Park. Me alegra saber que se encuentra bien, pero ¿en qué trabaja? ¿Y qué hace que no está en su puesto, Mary?
Perfecto, había pasado de Meredith, la Muerte, a Mary, la Vaga. Su vida real era un desastre, ¿por qué no podía inventarse una imaginaria mejor?
—Estoy haciendo un recado para la señorita Tanner.
—Acabo de estar con las tres señoritas Tanner, y se afanaban por hacer sus maletas. —El hombre achicó los ojos, sabía que era una mentirosa.
—Oh, no de ninguna de esas señoritas, de la mayor, la señorita Meredith Tanner.
Al nombrarse a sí misma, el marqués dio un respingo y sus sospechas se confirmaron: nadie era ajeno a ella y a su aura nefasta. De ese modo, lo que había querido obviar con su mentira se vio reflejado en el rostro de ese hombre tan atractivo. Pero las emociones que se pasearon por el semblante del marqués acabaron con una de enfado, como si no supiera que ella entraba en el lote de Clover Park, o más bien su mala suerte.
—¿Meredith, la Muerte?
Cuando escuchó su mote por enésima vez aquella mañana, Meredith no se lo tomó con nobleza, como haría una buena dama. No, soltó su ira contra aquel hombre sin pensarlo.
—Esa misma. ¿Sabe qué me molesta de los motes, milord? —dijo sin importarle su interlocutor ni un poco—. Que nadie pregunta a la persona que se lo ponen. Si alguien le hubiese preguntado a la señorita Tanner, podría haberle contado que no tiene nada que ver con la muerte de nadie. Townshend se mató en un duelo, Marlowe se cayó del caballo y el señor van Dijk la abandonó. ¿Por qué tiene ella que cargar con el mote de Meredith, la Muerte?
—Entiendo que tenga cariño a su señora —dijo el marqués, conciliador—, pero siento decirle que no parece una racha de buena suerte, y entre los afectados el único nexo de unión es la señorita Tanner. Aunque seguro que superará este bache que le han impuesto.
Cuando ella bufó, Simon Shelbrook, marqués de Dare, comenzó a reírse un poco. Al hacerlo, le aparecieron pequeñas arrugas en los ojos, que parecían surgir solo cuando estaba contento, pues antes no había ni rastro de ellas. Meredith tuvo la intuición de que eso pasaba muy a menudo y un pensamiento inundó su cabeza, obviando lo demás: arrugas de felicidad. Debían ser las únicas que tuviera la gente. Pero pronto desvió esa idea, pues su risa, lejos de ser contagiosa, fue como una bofetada en la cara.
—¡Milord! No está bien reírse de una mujer, ni mucho menos de una desvalida.
—Yo no calificaría de desvalida a la señorita Tanner, más bien de excéntrica.
—¿Excéntrica? Si me disculpa, creo que esta conversación ha durado demasiado.
Meredith no esperaba que él la agarrara de la cintura y le plantara un beso sin ningún tipo de aviso. Una vez superada la sorpresa, tuvo que admitirse que fue un beso cálido y cariñoso, nada que ver con lo que ella había experimentado hasta ese momento. El acercamiento del marqués no quedó ahí, sino que, una vez que acabó con sus labios, siguió con su barbilla y continuó peligrosamente hacia su cuello. Ella tenía los ojos cerrados y disfrutaba del momento cuando un rayo cruzó por su cabeza. Se encontraban en medio de un camino transitado haciendo algo muy poco apropiado. Y Meredith, la Muerte, no quería tener más prometidos a sus espaldas. Ni uno más.
—Pare —escuchó su voz ajena, ronca y un tono más bajo de lo que hubiese querido—, por favor.
Por unos instantes, él había conseguido que ella se olvidara de Meredith, la Muerte; de Mary, la vaga, o de cualquier otra persona en el mundo. Solo habían existido sus labios, sus manos, su respiración, su calor, que la había abandonado. Cuando entreabrió los ojos, sintió la necesidad de devolverle la osadía al marqués, y su primer impulso fue darle en la cabeza con el parasol roto. No consiguió más que la risa de él ante la patética escena. Ella quiso gritarle lo canalla que era y desquitarse, como con el pobre árbol, por haberse reído de ella. Pero, en su lugar, se fue corriendo en dirección a su antigua casa.
De lejos, escuchó cómo el nuevo dueño de Clover Park continuaba riéndose, y, cuando dejó de hacerlo, se apartó del camino, se apoyó en un tronco y se dejó caer en él, mientras abandonaba el parasol y se tocaba la boca con esa mano, donde todavía podía notar el calor del marqués. Con la otra se tocó la barbilla y el cuello. En ese momento, se dio cuenta de que, en unos pocos minutos al lado de Simon Shelbrook, había vivido más que con sus tres antiguos prometidos. La pena era que ella jamás podría volver a disfrutar de esa sensación de alegría y desasosiego.
Aquella mañana de febrero, el sol brillaba y hacía una temperatura fantástica para pasear por el campo. Principalmente cuando todos y cada uno de los caminos de ese lugar eran suyos. Eso pensaba Simon, que acababa de cerrar un acuerdo ventajoso por la compra de Clover Park. Aquel era un lugar increíble para la cría y doma de caballos, y quizás se convirtiera en su residencia permanente si lograba amoldarla a su gusto.
Caminaba por aquel sendero como el amo y señor de aquello, miraba el cielo, en un momento, y al otro observaba el suelo. Era suyo, aquella maravilla era suya. Nunca había sido un hombre de campo, pero ese lugar le parecía un sueño. Incluso su propio nombre, Clover Park, parecía destinado a dar suerte a la persona que lo poseyera. Simon era el dueño de otras fincas heredadas bien de su padre, bien de su madre, pero esa era la primera vez que adquiría algo por su cuenta. Había decidido hacerle caso por fin a su hermano Robert, el abogado de la familia, ignorar el qué dirán y comenzar un pequeño negocio. No estaba nada bien visto que la aristocracia se manchara las manos con cualquier actividad mercantil, pero los Shelbrook eran distintos.
Tío Eugene, que no era familia, sino el mejor amigo de su padre, le había aconsejado bien en la transacción. Simon jamás se hubiera enterado de que la finca se hallaba en venta de no ser por él. No sabía por qué los herederos del caballero que vivía allí se habían visto en la obligación de vender, no parecía nada más allá de problemas económicos. Sin embargo, Simon tenía la absurda sensación de que había algo más en el contrato que él no lograba descifrar. En concreto por el hecho de que el tío Eugene no hubiese querido acompañarlo hoy para cerrar el asunto.
Las condiciones económicas eran inmejorables. Tras una negociación tranquila, pues los puntos habían estado hablados de antemano, se echó al campo para pasear por los senderos. Esa misma tarde volvería a Londres y dejaría a Robert la carga de finiquitar el trato. Por la noche, informaría al resto de la familia de la adquisición.
Ese día se sentía el hombre más poderoso, con más suerte y con mejor ojo de Inglaterra. Un gran comienzo para lo que sería, sin duda, el año de Simon.
Hasta que su efusividad derribó a una pobre chica que venía de frente.
—Perdone, siento lo ocurrido, ¿se encuentra usted bien?
Habló casi sin pensar y le ofreció la mano. Ella lo observaba con mucho rencor, pero no parecía algo personal, sino más bien el efecto de una caída, pues su mirada y su odio lo traspasaban a él por completo. El problema de la situación, para Simon, radicaba en que, si era una delicada flor inglesa, podría quejarse de una torcedura de tobillo, y tendría que llevarla a cuestas camino a Dios sabe dónde. Así que, antes de que abriera la boca, la observó sopesando cuánto podría pesar.
—Gracias, no miraba por dónde pisaba.
Por fortuna, la muchacha reaccionó poniéndose en pie y limpiándose el vestido. De cerca era una imagen curiosa. La señorita sin nombre tenía el pelo castaño oscuro y los ojos verdes, la cara redonda y una boca que sobresalía por ser adorable. Pero eso no fue lo que Simon miró casi como con desconcierto, lo que observó fue su peinado destrozado, su sombrero medio caído, el dobladillo del vestido lleno de barro y el inconfundible parasol roto en dos por culpa de un golpe o de varios. Aun así, no daba la sensación de encontrarse en apuros. Había tratado con damas en peligro en otras ocasiones, y todas sucumbían a los gritos, al nerviosismo y a los planeados desmayos. Esta parecía defenderse bien sola.
Se presentó con amabilidad, esperando una respuesta por su parte. Además de preocuparse por ella, pues pensó que, con su nombre y con una cálida sonrisa, se vería tentada a pedir ayuda si la necesitaba.
La desconocida lo miró como sabiendo a la perfección quién era, pero a él no le sorprendió. La noticia de la compra de Clover Park seguro que había corrido como la pólvora por aquel pueblo, y la de que un aristócrata se podría asentar en él, también, por descontado.
La muchacha se quedó muda por un momento, quizás era la primera vez que se encontraba con alguien de su rango. Simon volvió a sonreír, era un día para celebrar, no para asustar damiselas. Aunque el tiempo trascurría, y la extraña señorita sin nombre seguía sin hablar. Comenzó a ponerse nervioso, su buena educación no le dejaba marcharse del lugar. Así que se entretuvo observándola con detenimiento. No se podía decir que fuera una belleza, pero tenía algo que la hacía especial, podrían ser sus labios carnosos y rojos o su mirada directa. Sus facciones eran duras, aunque agradables y, sin duda por vivir en el campo, no parecía una dama famélica. Podría ser el tipo de Simon. Nada tenía que ver con su última amante, Constance Brandon, que hacía tan solo unos días le había dado un ultimátum: o se casaba con ella o se acababa su aventura. Y sí, por supuesto, se acabó. Simon no reaccionaba bien ante los chantajistas.
Y a esa mujer le habían robado el habla, pues nada decía. Hasta que al fin, se presentó como una trabajadora de Clover Park que había tenido un traspié en el camino. A Simon le sonó a mentira. Esa muchacha no vestía a la moda, pero sí un traje cuidado que había visto tiempos mejores. Su apariencia no era, para nada, la de una criada, sino la de una dama. De no haber conocido a las tres señoritas Tanner esa misma mañana, pensaría que era una de ellas.
Así que Simon decidió seguirle el juego y preguntar qué hacía fuera de la casa, cuando debía estar en su puesto de trabajo. Fue entonces cuando dio un nombre curioso: Meredith Tanner… ¿Meredith Tanner? Poco a poco acudió a su memoria el nombre de una de las mujeres más temidas de Inglaterra, no por su poder ni por sus malas artes, sino por su historial de fallecidos. Meredith, la Muerte. Y había comprado su casa. Ya era mala suerte, con lo bien que había empezado el día, que se torciera justo tras haber sellado el trato. Simon no era muy dado a supersticiones, pero lo de esta mujer era como jugar a un nivel diferente de desastre, caos y destrucción. Al conocer el detalle de que la señorita que tenía en frente estaba vinculada de algún modo con Meredith, la muerte, el aspecto desaliñado de la chica, como si le hubiese atropellado un carruaje, no le llamó tanto la atención. Esa relación fue la explicación, pues la legendaria desdicha de la señorita Tanner la habría hecho caer en un agujero, en un charco o en guarida de un oso, ¡vaya usted a saber! Aun así, eso no explicaba sus ropas, de buena calidad para ser una simple empleada.
Comenzó a sospechar que tras la mentira de la chica había mucho más, y se lo confirmó cuando desarrolló un alegato fervoroso de defensa a favor de Meredith, la Muerte. Aunque Simon no se fijó en sus palabras, sonaron como el repiqueo de un instrumento lejano, pues su mirada no podía apartarse de sus labios. Ojalá pudiera callarla con un beso. Por puesto, el marqués de Dare no haría tal cosa así de primeras.
La chica calló, y, cuando se humedeció los labios con la lengua, un gesto inocente, casi inofensivo, se volvió a plantear su posición y su negativa a asaltarla en medio del camino. Para silenciar esos pensamientos, decidió contestar como buenamente pudo.
—Entiendo que tenga cariño a su señora —mintió de forma descarada, por seguirle el juego—, pero siento decirle que no parece una racha de buena suerte, y entre todos los afectados el único nexo de unión es la señorita Tanner. Aunque seguro que superará este bache que le han impuesto —dijo, más por cortesía que por otra cosa.
Él sabía que no lo haría. Alguien como Meredith, la Muerte, solo tenía dos opciones: huir del país o recluirse. Y las dos en beneficio de sus hermanas, que también tendrían que cargar con el estigma de su mala suerte.
Aunque Simon no era muy dado a señalar a la gente con el dedo, lo de la señorita Tanner era algo extraño. Tras su comentario condescendiente, la mujer que tenía delante bufó. Fue un gesto gracioso; a pocas damas había visto ser tan cotidianas, tan llanas y con tan poca vergüenza de lo que sentían, así que a él se le escapó la risa. Estaba disfrutando de esos minutos a su lado mucho más que con cualquier otra mujer en las fiestas campestres que habían organizado sus amigos desde que había empezado el año. El año de Simon, por supuesto.
—¡Milord! No está bien reírse de una mujer, ni mucho menos de una desvalida.
—Yo no la calificaría de desvalida, más bien de excéntrica —dijo pensando en ella.
—¿Excéntrica? Si me disculpa, creo que esta conversación ha durado demasiado.
Ella se quería marchar, quería escapar de él, pero Simon no podía dejarla hacer eso. Así que, con un impulso que no pudo retener, la cogió de la cintura y la besó con lentitud. Al principio, ella se quedó quieta, aunque, tal y como él esperaba de una mujer con tales pasiones, pronto le siguió el ritmo. Era agradable tenerla en sus brazos, tanto, que se dejó ir. Lo que comenzó como un juego acabó como algo mucho más serio, y pronto se descubrió besándole la cara y el cuello. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cuándo había perdido los papales por una simple chica que había encontrado en el camino? Ese era el error de Simon, Mary no parecía una simple chica.
Simon podría haberle hecho el amor en ese mismo camino si ella no hubiera dicho un tímido: «Pare, por favor». Él la había soltado con toda la fuerza de voluntad que pudo reunir y la observó: hermosa, con los labios hinchados y brillantes, con el cuerpo laxo, los ojos cerrados y los pechos subiendo y bajando con intensidad. Cuando los miró, fue como ver el hipnótico movimiento del mar.
En menos de dos segundos, esa mujer apetecible se convirtió en una furia que le pegó con su parasol roto, si bien no le hizo ni un rasguño. Rio ante tal cambio al pensar que parecía llevar dos mujeres en una. Su risa le molestó mucho más y salió corriendo sin que Simon pudiera pedirle disculpas. Su intención no había sido reírse de ella, sino de la situación. ¿Desde cuándo se dedicaba a asaltar empleadas por los caminos? Se había vuelto loco y había actuado mal, no debió abordarla en medio del camino, donde cualquier persona pudiera haberlos visto. Y Dios le librara de ser la siguiente víctima de Meredith, la muerte, si se enteraba que había abordado a una criada suya.
Debía tranquilizar el cuerpo y el alma, ya que sentía el deseo de perseguir a Mary y de hacer algo más que hablar. Cuando se calmara, la buscaría y le pediría disculpas por su comportamiento. Lo único bueno de aquella extraña situación fue que, su estancia en el campo, aun con las malas noticias, había sido mucho más divertida de lo que había pensado en un primer momento.
Clover Park había pertenecido a su familia las mismas generaciones que ostentaban el título de baronet. La mansión había sido construida siglos atrás y modificada con el tiempo por sus habitantes. Su padre, que siempre se había dedicado al comercio, había heredado el título y había decidido que debía iniciar su sueño de convertirla en un criadero de caballos de raza, pero sus otras obligaciones le habían impedido llevarlo a cabo. Había contratado al señor Lowe, un capataz que entendía del asunto y que había dejado el manejo del negocio en manos de su hijo Jacob cuando la edad le había impedido continuar, al que su tío despidió sin miramientos cuando se hizo cargo de la finca. Pero el sueño de su padre, aún sin consumarse, dejó huellas en el predio, ya que había habitáculos sin terminar y una parte de la finca olvidada a medio construir. El nuevo señor de Clover Park se había fijado en eso para comprarla, según su tío. Las condiciones de la venta se habían fijado esa mañana, lejos de las mujeres de la casa, a las que solo les quedaba esperar y hacer las maletas.
Cuando Meredith entró por la puerta, el poco servicio que tenían a su cargo se paseaba de arriba abajo sin hacerle caso con órdenes muy precisas. Poco a poco, sus pertenencias se iban guardando, y su vida se quedaba arrinconada a depender de sus abuelos maternos. Todo un fastidio. Su madre, la noche anterior, le había comentado que mantenía esperanzas de que eso no ocurriera. Meredith no entendió esas palabras tan crípticas, pero rezó para que así fuera. Su madre, Horona, como en tantas ocasiones pasadas, se había equivocado.
Subió a las habitaciones y pareció viajar al centro de una guerra, la casa resultaba un caos. Margaret, la más calmada de sus hermanas, daba órdenes a los criados mientras ella misma también empaquetaba sus pocos objetos personales y los de Meredith, sea dicho de paso. En una estancia contigua, Mabel consolaba a una inconsolable Madeleine, la más pequeña de la familia, que no comprendía la razón de tener que dejar el único hogar que había conocido. Madie tenía diez años menos que Mer, y con catorce años –casi quince, si le preguntaba a ella por tales menesteres– no comprendía bien lo que estaba ocurriendo. Bueno, tampoco era que Mer lo entendiera mucho.
En esos momentos de conmoción, tras el encontronazo con el marqués de Dare y con la casa revuelta, lo último que deseaba Meredith era lidiar con una rabieta de Madeleine. Cuando, en el fondo, bien podría ser una suya al acordarse de ese horrible mote.
Iba a entrar en la habitación donde Margie se hallaba dando órdenes cuando la ausencia de su madre llamó su atención. No se encontraba por ninguna parte, y eso era muy extraño. Mer se preocupó aunque, con un carácter que tendía a los altibajos, que podía postrarla en cama durante un tiempo, en esos últimos días Honora se encontraba muy bien, enérgica, incluso, y no esperaba que su madre se sumiera en una dolencia justo en ese momento.
Meredith la buscó en su habitación, que solo se encontraba colonizada por su criada que, entre hipidos, recogía sus pertenencias. Recorrió el primer piso sin ningún resultado. Lady Honora se había esfumado. En su paseo por la planta baja tampoco tuvo mucho éxito. Se cuidó de que su tío no la encontrara por el camino. Era la última persona a quien deseaba encontrarse; bueno, quizá lo era el marqués de Dare, pero no quería pensar en eso. Tras una inspección de la casa, cayó en la cuenta del lugar donde su progenitora debía de estar: el invernadero.
Su padre había construido esa preciosa casita acristalada tras el nacimiento de Margaret, pues su madre se había encaprichado en tener uno. Le encantaban las plantas, su color, su belleza y también sus usos, aunque eso solo lo sabía la familia. Cuando se acercó a la parte trasera, donde las obras para ampliar los establos parecían una ruinas abandonadas, emergió la construcción que era un tributo de amor de su padre a su madre. La puerta estaba cerrada, pero a ella le pareció distinguir una figura en su interior.
Aun a la edad de lady Honora, y tras haber tenido seis embarazos que habían dado como resultado cuatro hijas, su madre seguía siendo una mujer bella con una figura envidiable, sobre todo por Meredith, que había heredado las caderas anchas de su abuela paterna. Con una elegancia natural, lady Honora había podido inculcar en ella sensatez, que utilizaba en ocasiones; buenas maneras, de las que prescindía de tanto en tanto, y su amor por el arte, del que no se olvidaba jamás.
Entró en el invernadero y lo cerró con sumo cuidado. Durante los últimos años, su madre se había dedicado en cuerpo y alma a que fuera un lugar hermoso, por lo que no era extraño que quisiera despedirse de él. Meredith no deseaba perturbarla en su despedida, solo preguntarle cuestiones prácticas sobre su marcha. Aunque no era un lugar grande, la vegetación había crecido de tal manera que había dejado recovecos donde esconderse. En un rincón, lady Honora se encontraba sentada observando sus manos. Cuando escuchó los pasos de su hija, se secó la cara y se levantó. Al posar la mirada en ella, sus ojos se agrandaron como platos.
Había olvidado su aspecto.
—¡Meredith Tanner! ¿Qué te ha ocurrido?
—Madre, yo… —No deseaba contarle el asunto de su estúpido mote en esos momentos tan sentimentales—. Lydia Coleman me ha hecho enfadar, y he roto el parasol en un árbol… con energía. —Sonrió con timidez y esperó la regañina.
—¡Por el amor de Dios, Meredith! Ya sabes que esa muchacha vive para molestar a los demás, no deberías darle más importancia de la que tiene.
—Lo sé, pero hoy… justamente hoy, no podía dejarlo pasar.
—Lo comprendo —dijo mientras intentaba ocultar una lágrima.
—Madre, no llore, era algo inevitable.
—Siéntate conmigo, Meredith. No lloro por lo que tú crees.
Hizo caso a su madre y se sentaron en un banco. Ella se quedó un rato mirándola y con una mano le acarició la cara. Meredith tuvo miedo de que pudiera encontrar el rastro de besos y caricias que le había robado Simon Shelbrook.
No ocurrió.
—Has crecido para ser una dama maravillosa.
—No todo el mundo opina eso, madre —comentó, pensando en su reunión de esa mañana.
—No ven lo que yo veo. Meredith, ¿querrás dejar que cargue un poco de mi pena en ti?
—Por supuesto, madre. ¿Qué ocurre?
—Fui una estúpida y pensé que podría solucionarlo si veía a una persona…
—¿Se refiere al marqués? ¿No ha podido hablar con él?
—No, no a él. Al señor Eugene Brown.
—Me suena mucho ese nombre, la verdad.
—Fue quien pactó con tu tío la venta, y yo pensé que acudiría hoy. Lo conozco desde que soy pequeña, es más yo… nosotros…
—¿Qué quiere decir, madre?
—Mantuvimos una relación muy cercana hace muchos años, antes de estar casada con tu padre, y creí que podía hablar con él. Era mi última esperanza.
—Si tanta fe tenía en el señor Brown, ¿por qué no fue a hablar con él antes o le envió una misiva?
—Es una historia antigua. Yo le hice algo imperdonable a Eugene y a su familia, durante años he querido disculparme, darle mi versión de lo ocurrido, y ahora no sé si querrá escucharla o verme siquiera.
Meredith abrazó a su madre. Fuera lo que fuese lo que había ocurrido en el pasado, ya no importaba. La casa estaba vendida; su futuro sellado. Nadie haría nada por ellas. No lo sentía por su causa, perdida hacía mucho, sino por sus hermanas, por quienes haría cualquier cosa.
—Hija, tengo que pedirte algo.
—Claro, lo que sea.
—En muchas ocasiones hemos discutido el futuro que tenemos por delante las Tanner, que cada vez es más oscuro. Sobre todo ahora que, cuando nos mudemos con mis padres, saltará la noticia de que estamos arruinadas, que vuestras dotes son irrisorias. Nadie querrá casarse con vosotras.
Meredith desvió la mirada, se sentía culpable por el futuro de su familia. Sabía que ella no había hecho nada, pero que las circunstancias estuvieran conectadas con su persona le atribuía un grado de responsabilidad.
—No te pediría esto si no supiera que puedes hacerlo. No es mucho, te lo prometo.
Su madre sacó un sobre cerrado de uno de los cajones de la mesa de trabajo del invernadero y lo puso en su mano.
—Necesito que seas tú quien le entregue esta carta a Eugene. Quiero que la lea en tu presencia y que te comunique su resolución al respecto. Puede ayudarnos, y creo que es nuestra mejor opción.
—Por supuesto, madre. Buscaré al señor Brown. ¿Sabe dónde se encuentra?
—El marqués comentó que se encontraba de viaje por Gales, pero que pronto volvería para ayudarle con la finca. Había pensado que podrías quedarte unos días con Harriet, esperando su llegada. Una vez que lo encuentres, podrás venir con nosotras.
—Madre… —Se levantó algo azorada, le estaba pidiendo un imposible—. Es una situación muy complicada, ¿no puede entregársela a la señora Abbott? Ella nos conoce desde siempre, adoraba a padre y seguro que no nos traicionará.
—Meredith, no puedo encomendar el futuro de nuestra familia al ama de llaves, por muy de confianza que sea, es imposible. Debes ser tú.
—¿Por qué yo?
Lady Honora suspiró, se tocó las sienes y la miró fijamente.
—Yo debo cuidar de Madeleine, es muy pequeña. Y tus otras hermanas son demasiado jóvenes para quedarse en casa de una amiga…
—Margie tiene solo dos años menos que yo, ¿por qué yo, madre?
—Porque tu reputación es insalvable, hija. Si algo ocurriera durante estos días…
—A nadie le importaría el futuro de Meredith Tanner.
Lady Honora desvió la mirada, casi asintió con la cabeza, y Mer la vio palidecer. Era una verdad irrefutable: era Meredith, la Muerte.
—Hablaré con Harriet —dijo con decisión. Su vida podía ser un verdadero desastre, pero si podía tener una mínima posibilidad de ayudar a sus hermanas, lo haría. No se metería en más líos, solo entregaría una carta. No podía ser tan complicado.
—Gracias, hija.
Lady Honora se levantó, se puso a lado y cerró sus manos en torno a las suyas con cuidado de no arrugar la nota. Con una sonrisa en la boca la observó, y Meredith pudo distinguir que unas lágrimas asomaban por sus ojos. Su semblante era feliz y triste a la vez, una conjunción extraña. Al poco tiempo hizo el amago de marcharse.
—Sé que no hace falta que te diga que las palabras escritas en esa misiva son solo para Eugene, para nadie más. Cuida que nadie lea la carta, es muy importante, Meredith.
Cuando su madre se marchó por la puerta, Mer se desplomó. Harriet era su mejor amiga, pero nunca podría cobijarla en su casa, y mucho menos después de saber que le llamaban la Muerte. La señora Watts, la progenitora de su amiga, pondría el grito en el cielo y sería ponerla en un horrible compromiso. Sin embargo, sí había algo que podría hacer, y sí había un lugar en el que podría quedarse durante un tiempo.
Simon había dado una vuelta a gran parte de la propiedad, en un principio en soledad, con la sola excepción del encuentro que había tenido con Mary, y luego con la ayuda del señor Tanner y su hermano Robert, que se había quedado ultimando el contrato. Durante el paseo, le había preguntado al antiguo dueño de la finca por la criada, y este se había encogido de hombros y había dicho que él no se encargaba del servicio. Según sus palabras: «Eso es cosa de mujeres». Sim no estaba de acuerdo con esa afirmación, él conocía a la perfección a las personas que tenía empleadas en Londres y pensaba hacer lo mismo en el campo.
En esos momentos, ya de vuelta a Clover Park, tomaban una copa para celebrar lo bien que había salido el trato. No había ni rastro de las mujeres que habitaban la casa, hasta ese instante, y, mucho menos, de Meredith, la Muerte. Simon no la había conocido nunca, pues durante la única incursión en sociedad de la dama, gracias a su fiesta de compromiso, él se la había perdido a causa de estar de viaje en España junto a Kit, su padre y su madrastra. Pero, en realidad, Simon no pensaba en ninguno de ellos y Meredith, la Muerte, le daba igual; él seguía obsesionado con Mary, la chica que se había cruzado, con el momento de intimidad que habían compartido en un camino transitado y como, en cuestión de segundos, había perdido la cabeza por ella.
—¿Y cuándo piensa trasladarse a Clover Park, milord? —Escuchó que sir Geoffrey Tanner se dirigía a él.
—Creo que mi hermano manejara sus asuntos a distancia, desde Londres —afirmó Robert.
Sin duda eso habría sido así hace un tiempo, pero algo había cambiado en Simon en los últimos meses. Nunca le había dado mucha importancia a los años, aunque sí a las obligaciones. Cada temporada inspeccionaba a las señoritas casaderas en busca de una buena marquesa, estaba más que dispuesto a perpetuar el apellido Shelbrook. Sin embargo, ninguna se adecuaba a lo que él necesitaba. De esa forma, habían transcurrido los años y se encontraba ya pasados los treinta y sin expectativas a la vista. Algo imperdonable, sobre todo para su padre, el duque de Albertany que, si bien no le acuciaba con el asunto, sí le hacía algún comentario de vez en cuando. Bendita fuera su actual madrastra, Theresa Sims, que lo tenía ocupado con sus obligaciones maritales.
Su padre tenía razón, debía buscar una esposa. Así que se había planteado muy en serio desposar alguna buena chica ese año. Dentro de sus planes no entraba desposar a lady Brandon, su última amante. Christopher, o Kit, como solía llamarle, el hermano con el que mejor se llevaba, le había advertido hacía tiempo de que ella no era lo que él pensaba, que solo lo había elegido por ser, literalmente, «el pez más gordo de la pecera aristocrática». Gracias por el piropo, Chris. Parecía que ninguna mujer podía verlo a él, a Simon, y no al marqués, futuro duque. Lady Brandon se lo había demostrado solo unos días atrás, cuando, con unas maneras muy poco femeninas, le había obligado a tomar la decisión de acabar su idilio. Aunque podría haber sido la solución a sus problemas, nadie ponía entre la espada y la pared a un Shelbrook. Así que le había hecho enviar un collar de esmeraldas y una nota donde le indicaba que su relación se había terminado. Una reacción que él no hubiese esperado de Constance, que siempre había sido discreta y había estado conforme con su relación. Pero habían tenido que terminar, no quedaba otra opción.
Lo que le dejaba a él con el problema del matrimonio en las manos.
Un fastidio.
