El aprendizaje-servicio en España - Roser Batlle Suñer - E-Book

El aprendizaje-servicio en España E-Book

Roser Batlle Suñer

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Estamos en una encrucijada social y educativa. Nuestra cultura ha evolucionado hacia un individualismo peligroso. Se funda en la defensa del individuo, de sus libertades y derechos, en la apelación a su conciencia como último tribunal, a la preocupación por el desarrollo personal. Todo esto es un gran logro social, que sin embargo puede malograrse si no recuperamos la clara conciencia de que vivimos en sociedad, y de que los lazos sociales son imprescindibles para que cada uno de nosotros pueda desarrollar su proyecto personal. El aprendizaje-servicio es un método de enseñar y de aprender. Consiste en aprender a través de hacer un servicio a la comunidad. Por tanto, es un instrumento pedagógico, una herramienta para educar mejor. Sin embargo, no solo es un recurso didáctico, ya que responde a una pregunta filosófica de calado más profundo: ¿cuál es la finalidad última de la educación?

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Veröffentlichungsjahr: 2013

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EL APRENDIZAJE-SERVICIO EN ESPAÑA

EL CONTAGIO DE UNA REVOLUCIÓNPEDAGÓGICA NECESARIA

Roser Batlle

Con el apoyo de la Fundación ZerbikasPrólogo de José Antonio Marina

PRÓLOGO

APRENDIZAJE-SERVICIO

Hay tres razones para que lean ustedes este libro: la importancia del tema, la calidad de la información y, last but not least, que la autora no habla desde la teoría, sino desde la práctica. Su entusiasmo no es teórico, sino que va acompañado de la acción. Esto es importante, porque de lo que trata en el fondo es de la insustancialidad de las teorías éticas cuando se quedan solo en palabras.

Comenzaré con una confesión: me gustaría que este libro tuviera éxito, y que el «aprendizaje servicio» llegara a ser un concepto popular y una práctica educativa generalizada. Podemos definirlo como«una propuesta educativa que combina procesos de aprendizaje y de servicio a la comunidad en un solo proyecto bien articulado, en el cual los participantes se forman al implicarse en necesidades reales del entorno con la finalidad de mejorarlo». La expresión «aprendizaje-servicio» puede resultar una barrera lingüística. Es una traducción del inglés que resulta poco clara. La palabra «servicio» no suena bien, porque implica una cierta sumisión. Al fin y al cabo deriva de servus, que significaba «esclavo». Para salvar este escollo les recomiendo que al leer «aprendizaje-servicio» entiendan «educación ética a través de la acción».

Mi interés en la difusión de este concepto me lleva a una ampliación, tal vez impertinente, de mi tarea de prologuista, es decir, a ir más allá de la mera presentación, elogio e invitación a la lectura. Roser Batlle ha escrito un libro riguroso y fundamentalmente descriptivo sobre el desarrollo del aprendizaje-servicio. No ha querido dar lecciones, sino exponer hechos, y ha procurado diluir lo que es una poderosa teoría educativa en la narración de experiencias propias y ajenas. Con gran generosidad menciona insistentemente la importancia de los demás. Yo quiero subrayar el decisivo papel que ella ha tenido y tiene en la introducción en España de este concepto y de esta práctica, y exponer en este prólogo la teoría educativa implícita en las páginas del libro.

Estamos en una encrucijada social y educativa. Nuestra cultura ha evolucionado hacia un individualismo peligroso. Se funda en la defensa del individuo, de sus libertades y derechos, en la apelación a su conciencia como último tribunal, a la preocupación por el desarrollo personal. Todo esto es un gran logro social, que puede, sin embargo, malograrse si no recuperamos la clara conciencia de que vivimos en sociedad, y de que los lazos sociales son imprescindibles para que cada uno de nosotros pueda desarrollar su proyecto personal. Con frecuencia, esta legítima prioridad del individuo hace olvidar la imprescindible vinculación social de nuestras vidas. No somos mónadas aisladas, como bolas de billar que se encuentran y chocan en el tapete verde de la vida. Somos seres sociales, pero conflictivos. Egoístas que necesitan el altruismo de los demás. Esta contradictoria situación hace que la convivencia sea difícil, y que aprender a convivir aparezca, una vez más, como la principal tarea educativa. De nada vale que tengamos derechos si la sociedad no nos ayuda a realizarlos. Estamos fomentando una libertad desvinculada que fragiliza todas las instituciones sociales: la pareja, la familia, la ciudad. Esta situación hace que en todos los países se haya despertado una gran preocupación por restaurar el compromiso social, fomentar la inteligencia comunitaria, la educación cívica, el aprendizaje de la convivencia. Y que surja una imperiosa pregunta: ¿cómo puede educarse la inteligencia social?

En primer lugar, conviene distinguir dos aspectos que frecuentemente se confunden: el nivel psicológico y el nivel ético de la convivencia. El éxito de la «inteligencia emocional» ha hecho pensar que todos los problemas sociales se arreglan con una adecuada educación de las emociones. Es verdad que hay hábitos afectivos que favorecen la convivencia y que deben ser fomentados desde la infancia. Fundamentalmente tres: la compasión, el respeto y la indignación ante la injusticia. Es mejor hablar de «compasión» que de «empatía». Compasión es la capacidad de comprender el dolor ajeno y de sentirnos afectados por él. Promueve conductas de ayuda. En cambio, la «empatía» es solo la comprensión de los sentimientos ajenos, y puede provocar comportamientos de toda clase. Los timadores, los manipuladores, los movilizadores de masas, tienen una gran empatía, pero la usan para sus propósitos. Los niños, espontáneamente, desarrollan la compasión muy pronto, alrededor de los tres años, y conviene fomentarla en la escuela. Además, la compasión es un poderoso antídoto contra la agresividad. Lo primero que se pierde en las conductas agresivas es la compasión hacia los demás. El sentimiento de indignación ante la injusticia también surge espontáneamente en los niños. Muy pronto se rebelan ante lo que consideran una injusticia. «No hay derecho» es una frase que dicen muy pronto. Por último, el respeto es la actitud debida ante todo lo valioso, en especial hacia otros seres humanos, pero también ante la naturaleza, los bienes comunes, la escuela, etc. Y debe fomentarse.

¿Por qué esto no es suficiente? Porque los sentimientos facilitan determinados comportamientos, pero no son seguros. Pueden cambiar con facilidad. Familias que han vivido juntas durante generaciones pueden verse enfrentadas por problemas étnicos, religiosos o políticos. Ocurre lo mismo con la motivación. Es estupendo hacer las cosas movidos por una poderosa motivación, pero en muchas ocasiones tenemos que actuar aunque no tengamos gana de hacerlo, aunque no estemos motivados. Simplemente porque es nuestro deber comportarnos así. Este es el nivel ético de la educación social. El deber actúa como estabilizador de la conducta, salvándola de las intermitencias del corazón.

Es importante explicar bien de qué estamos hablando al hablar de ética. La ética no es un conjunto de normas, es un proyecto de la inteligencia humana para apartarnos de la selva, para resolver nuestros conflictos de la mejor manera posible, para vivir una vida noble. Las normas vienen después, de la misma manera que las instrucciones para construir un edificio son posteriores a la elaboración del proyecto que se quiere realizar. La ética no es un lujo ni un adorno. Es un salvavidas. Por eso, al hablar de ética debemos hacerlo dramáticamente, poniendo de manifiesto que, cuando falla, inevitablemente surge el horror. Me gusta contar a mis alumnos una anécdota relatada por el gran historiador griego Heródoto. Según él, cuando moría el rey de Persia, se suprimían durante cinco días todas las leyes. Se podía matar, robar, vengarse, sin que estuviera castigado. Con este brutal procedimiento pretendían que el pueblo se diera cuenta de lo importante que es vivir bajo la ley.

Pero, ¿qué ley? ¿Podemos ponernos de acuerdo en unas normas éticas? Creo que sí. El escepticismo o el relativismo ético es una impostura o una disquisición académica. Todas las culturas han tenido que enfrentarse a nueve problemas fundamentales: 1) el valor de la vida humana; 2) la relación entre el individuo y la sociedad; 3) la posesión y distribución de los bienes; 4) la participación en el poder; 5) la resolución de conflictos; 6) la sexualidad, la procreación y la familia; 7) el cuidado de los débiles; 8) el trato con los extranjero; y 9) la relación con los dioses y el más allá.

El modo en que cada cultura ha resuelto esos problemas constituye la moral de esa cultura. No todas los resuelven igual de bien.

La ética sería el compendio de las mejores soluciones que la inteligencia humana ha elaborado, y que sería, por tanto, una moral transcultural, de la que sería un esbozo la Declaración de los derechos humanos.

Una parte de esa educación ética es lo que llamamos «educación en valores». Debemos conocer cuáles son los valores que deseamos y necesitamos realizar, y también aprender a razonar sobre ellos. Pero esto no basta, porque se limita a ser un conocimiento abstracto. Una persona puede conocer muy bien los valores, discurrir profundamente sobre ellos, pero ser un malvado. Como dijo Aristóteles hace siglos: «Lo importante no es conocer lo bueno, sino ser bueno».

Por eso la «educación en valores» debe prolongarse con la «educación de las virtudes», que disponen para la acción. En el mundo hispano, la palabra «virtud», que en su origen significaba «energía para el bien», se ha devaluado al relacionarla con un moral pacata y resignada. La recuperación de este concepto –fundamental en la filosofía griega y en la educación de todo el mundo– ha sido emprendida por la psicología norteamericana, que ha descubierto dos cosas. La primera, que hay unas virtudes comunes a todas las culturas: el conocimiento, la templanza, la justicia, la valentía, la búsqueda de la trascendencia, el respeto a los demás. La segunda, que las virtudes –las strenghts, las fortalezas humanas– son hábitos psicológicos dirigidos a la realización de valores, y por tanto integran los dos niveles que antes he señalado. Esos hábitos, como ya explicó Aristóteles, constituyen nuestra personalidad. La «educación del carácter», que en Estados Unidos se imparte desde hace muchos años, se encarga de desarrollarlos.

Ahora podemos elaborar el mapa completo de la «educación cívica»: educación emocional, educación en valores, desarrollo de las fortalezas humanas.

Pero las fortalezas humanas solo se adquieren mediante la acción. Es en este punto donde el «aprendizaje-servicio» juega un papel definitivo. Es importante que nuestros alumnos aprendan los valores éticos ejerciéndolos, que sientan su responsabilidad, la densidad de las relaciones humanas y su capacidad para enfrentarse con los problemas. Esto es lo que hace que en muchos países, como se explica en este libro, forme parte de los currículos educativos. Ojalá que nosotros fuéramos lo suficientemente inteligentes para incluirlos también.

En España hay muchos padres y docentes que consideran una pérdida de tiempo educativo que los alumnos se dediquen a realizar actividades de interés social. Es una triste miopía pedagógica. Esas actividades no solo están colaborando a la educación total del niño o del adolescente, a la formación de su personalidad, sino que además mejoran sus resultados académicos. La razón es muy clara. El aprendizaje-servicio fomenta la responsabilidad, la comprensión de la realidad, la perseverancia, la generosidad, el respeto a los valores. Coopera a la madurez de los alumnos, y esta, a su vez, determina su modo de enfocar las tareas académicas. Además, en este libro se menciona la relación de «aprendizaje-servicio» con el «capital social». Se entiende por «capital social» de una comunidad el conjunto de valores compartidos, el modo de resolver los conflictos, de relacionarse, de convivir, el nivel de participación ciudadana en organizaciones, la forma de cuidar los bienes comunes. Es importante recordar que los principales estudios sobre este tema –los de Coleman, Putnam o Fukuyama– han mostrado que el «capital social» es un factor decisivo en la eficacia de los sistemas educativos de una comunidad. Como el «aprendizaje-servicio» eleva el capital social, influye en la calidad de la educación por una doble vía: por el efecto directo sobre los alumnos y por el efecto indirecto, a través de la mejora del «capital social».

Por todas estas razones, Roser Batlle nos invita a que colaboremos en el proyecto de introducir el aprendizaje-servicio en nuestro mundo educativo. Y por todas estas razones merece que la escuchemos.

PRESENTACIÓN

EL TRÉBOL DE LA SUERTE

No se construye una sociedad más justa

con ciudadanos mediocres.

ADELA CORTINA

Gran parte de mi vida profesional la he dedicado a la educación no formal en el sector asociativo. En la práctica, esto quiso decir un cajón de sastre repleto de colonias y campamentos, juegos, talleres, teatro, excursiones, campañas económicas, relaciones con los vecinos, negociaciones con la Administración...

Profesionalmente me fui especializando en la formación de monitores y responsables asociativos y en la elaboración de programas pedagógicos de educación en valores, dirigidos especialmente a la infancia y la juventud de los barrios populares, con déficits educativos y menores oportunidades. En todo esto invertí la mayor parte de mi juventud y adultez.

Aunque estaba razonablemente contenta con todo ello guardaba dos pequeñas insatisfacciones.

Por un lado me parecía que con todo nuestro empeño educativo no acabábamos de asegurar que los chicos y chicas se comprometieran con su comunidad. Los comprometidos, sin duda, éramos los educadores, pero en nuestro afán de proveer a los chicos y chicas de recursos personales, actividades creativas, vivencias relacionales... no siempre los jóvenes llegaban a concretar el deseo de construir una sociedad más justa en actuaciones solidarias a favor de su entorno. En pocas palabras: mucha animación y menos compromiso.

Por otro lado me resultaba insatisfactoria la escasa relación entre las escuelas y las entidades sociales. Viniendo como venía del mundo asociativo y de educación en el tiempo libre, cada vez veía más injustificable la falta de entendimiento o de colaboración entre ambos mundos. Durante los años ochenta, la educación formal y la educación no formal se ignoraban o incluso se despreciaban entre sí, y durante los años noventa, aunque había un mínimo consenso en que nos necesitábamos, apenas existían iniciativas prácticas de trabajo en red, todo se quedaba en un discurso filosófico lleno de buenas intenciones.

Hasta que un día tuve la inmensa suerte de descubrir el aprendizaje-servicio de la mano de Alberto Croce, director de Fundación SES1 y líder argentino del movimiento asociativo en América Latina. Estábamos charlando y contándonos proyectos educativos de nuestros respectivos países cuando, de pronto, Alberto me dijo: «Oye, esto que encuentras a faltar se parece mucho a una política pública que promueve en Argentina el Ministerio de Educación, que se llama aprendizaje-servicio».

Esa misma noche, Alberto me pasó materiales, contactos y webs. Me sentí inmediatamente fascinada con la iniciativa argentina. Descubrí CLAYSS2, el Centro Latinoamericano de Aprendizaje y Servicio Solidario y a su alma mater, María Nieves Tapia. Era como ver que se descorrían unas cortinas y aparecía claramente lo que había que hacer: juntar, de manera explícita e intencional, el éxito educativo con el compromiso social. Aprovechar la oportunidad del aprendizaje-servicio y resolver la estúpida fragmentación de considerar que para ser sabio vas a la escuela y para ser bueno te apuntas a una ONG, dos puertas diferentes e indiferentes la una respecto de la otra.

Era octubre de 2002, y la conversación con Alberto cambió mi vida. Decidí que los niños y niñas españoles deberían poder disfrutar también de este cóctel poderoso, y estaba convencida de que nuestro país poseía el terreno óptimo para sembrar la semilla. A partir de entonces me dediqué a ello todo lo que pude.

Tuve una segunda suerte, que fue coincidir en Cataluña con personas extraordinarias e instituciones socialmente responsables que también habían oído hablar del aprendizaje-servicio. Vimos la oportunidad de impulsarlo, recogiendo y fortaleciendo muchas buenas experiencias que, sin este nombre, ya se estaban desarrollando en nuestro país. Creamos el Centre Promotor d’Aprenentatge Servei, la primera iniciativa de este tipo en España.

La tercera suerte se llama Ashoka. Recibí una llamada de María Zapata a finales de 2006. «Hola, soy la directora de Ashoka en España, quiero hablar contigo. Estamos buscando emprendedores sociales como tú». Naturalmente, ¡yo no me consideraba ninguna emprendedora social! «Bueno, muchas gracias, pero creo que os estáis equivocando conmigo, yo no soy el tipo de persona que estáis buscando…».

La idea de Ashoka es brillante y muy sencilla: se trata de apoyar a personas que tienen un buen proyecto social entre manos, y hacerlo justo en el momento en que, sin ese apoyo, el proyecto podría languidecer o morir. Quien fundó Ashoka, hace más de treinta años, fue Bill Drayton, la persona que se inventó el concepto de emprendedor social. Cuentan con casi tres mil emprendedores sociales en setenta países, gente que fabrica soluciones innovadoras.

Francamente, yo no me veía del todo encajando en esa red, pero insistieron un poco y finalmente me postulé para una beca de tres años. Si me la dan –pensaba–, la emplearé en difundir el aprendizaje-servicio en España. Me la dieron a finales de 2008, cuando, además de la iniciativa catalana, había nacido la Fundación Zerbikas en el País Vasco. He disfrutado de la beca hasta finales de 2011.

Durante este tiempo he podido confirmar que, efectivamente, el aprendizaje-servicio cae en España en terreno abonado. Me he pasado tres años pateándome el territorio y volviendo siempre a casa con las pilas cargadas. Tenemos un montón de buena gente: maestros, educadores sociales, responsables y voluntarios de asociaciones, monitores de tiempo libre, técnicos y políticos de la Administración pública, profesores universitarios... comprometidos con su país, que están impulsando experiencias extraordinarias con los chicos y chicas.

Cuando descubren el aprendizaje-servicio, la mayoría de las veces iluminan y dan nombre a sus propias buenas prácticas, las más emocionantes, de su centro educativo o de su entidad social. De paso que las sistematizan y ponen en valor, aumenta su autoestima y su motivación para seguir siendo tan buenos profesionales.

Lo que sigue no es una investigación erudita ni un libro de corte académico. Eso estaría muy bien, pero, sinceramente, yo no lo sé hacer. Tampoco intenta ser una descripción objetiva. Es el relato de lo que he vivido y reflexionado los últimos años, cuando he tenido la suerte inmensa de ser testigo de este contagio viral, el producido por un virus adictivo –el aprendizaje-servicio– que ha propiciado una maravillosa construcción colectiva.

ROSER BATLLE

www.roserbatlle.net

1

QUÉ ES EL APRENDIZAJE-SERVICIO Y POR QUÉ NOS INTERESA

El aprendizaje-servicio es un antídoto esencial para el mundo

crecientemente aislado de la realidad virtual y simulada

que los niños experimentan en la clase y en sus hogares,

frente al televisor o a su ordenador.

Darles a los jóvenes una oportunidadpara una participación más profunda

en la comunidad los ayuda a desarrollar el sentidode la responsabilidad

y solvencia personal, alienta la autoestima y el liderazgo,

y sobre todo permite que crezcan y florezcan el sentido

de creatividad, iniciativa y empatía.

JEREMY RIFKIN

En la clase de Plástica, Berta está construyendo un nido de barro junto con sus compañeros de primer ciclo de Primaria. Si le preguntas para qué, lo tiene muy claro: los nidos son para que los aviones comunes –unos pájaros de la familia de las golondrinas– vuelvan a anidar en su ciudad.

Hace pocos días, en la clase de Conocimiento del medio, tuvieron la visita de los jóvenes de la asociación medioambiental. Les explicaron muchas cosas sobre las golondrinas y los aviones, y también sobre las causas y las consecuencias de su desaparición. Les pidieron ayuda. ¡Alguien creía que ellos, chavalines de 6 y 7 años, podían ayudar a que volvieran los aviones! Se pusieron manos a la obra con gran entusiasmo. Lo que ellos sabían, lo que ellos hacían, servía para algo.

La escuela municipal de arte ha puesto sus hornos de cerámica a disposición, y las asociaciones de vecinos están esperando ya los nidos cocidos para colgarlos en puntos estratégicos de la ciudad.

Estos niños y niñas están aprendiendo ciencias, arte, trabajo en equipo, habilidades sociales, compromiso cívico... todo ello con una finalidad social3. ¿Quién da más? ¡Esto es el aprendizaje-servicio!

1. Una brújula para la innovación educativa

El aprendizaje-servicio es un método de enseñar y de aprender. Consiste en aprender a través de hacer un servicio a la comunidad.

Por tanto, es un instrumento pedagógico, una herramienta para educar mejor. Sin embargo, no solo es un recurso didáctico, ya que responde a una pregunta filosófica de calado más profundo: ¿cuál es la finalidad última de la educación?

Nuestra sociedad ha dado pasos de gigante en las últimas décadas. El desarrollo científico y tecnológico nos ha permitido controlar y desterrar enfermedades, multiplicar las comunicaciones, innovar los sistemas de producción, mejorar el acceso a la educación por parte de amplios sectores de la población... En permanente proceso de innovación, sentimos que debemos orientar la educación a un mundo acelerado, cultivar las competencias básicas y las inteligencias múltiples, la capacidad para adaptarse, para reinventarse y ser creativo, a riesgo de quedar marginados del progreso si no lo hacemos.

En nuestro país, este sentimiento de inadaptación del sistema educativo se acentúa al constatar el alarmante índice de fracaso escolar, que roza, y en algunas zonas supera, el 30 % de los jóvenes, situándose entre los más elevados de Europa.

Y, más allá de los bajos resultados estrictamente académicos, existe un problema actitudinal, de estado de ánimo: la desmotivación de los jóvenes hacia unos contenidos curriculares desfasados y metodologías en gran parte inadecuadas y poco significativas para sus vidas.

Frente a esta constatación, muchas voces claman por provocar cambios profundos en la educación y enterrar las rigideces y estrechez de miras de nuestro anticuado sistema educativo, alentador de la mediocridad, uniformador e inadaptado al siglo XXI.

Por un lado existe la percepción generalizada de que el desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación debería servir para multiplicar las posibilidades de una formación personalizada, permanente, acelerada.

Por otro, se reivindica el cultivo del talento, de las habilidades personales, de la capacidad de aprender a aprender, de la innovación… frente a la memorización injustificada, el aprendizaje de datos inútiles, las rutinas desmotivadoras, la desconfianza hacia la creatividad.

Son voces que se alzan desde dentro el mismo sistema, y también, frecuentemente, desde la periferia del sector educativo: empresas, sindicatos, pensadores, científicos... denunciando la inadaptación al mercado de trabajo y la falta de competitividad que sufrirán las jóvenes generaciones como consecuencia de una formación escasa y obsoleta.

Sin embargo, la competencia personal, la iniciativa, la autonomía… se pueden orientar en cualquier dirección, y la cuestión es hacia dónde. Porque todas estas habilidades pueden ser puestas eficazmente al servicio del exclusivo beneficio personal o al servicio del crecimiento económico puro y duro –como denuncian Martha Nussbaum y Jeremy Rifkin–, un modelo de desarrollo que, si bien ha generado riqueza, no ha sabido distribuirla y se ha mostrado incapaz de superar los problemas básicos que atenazan a la humanidad: miseria, hambre, destrucción de los recursos naturales, violencia, explotación, abuso, corrupción, soledad...

Por ello, los discursos seductores del talento y la innovación a veces parecen sin orientación, sin brújula que los llenen de sentido, que los trasciendan un poco. Talento, ¡claro que sí! Pero… ¿para llegar a dónde?

Frecuentemente, las reflexiones sobre el cambio que necesita la educación se quedan en la mitad del problema, porque fijan la atención en la obsolescencia –innegable– de las herramientas educativas –métodos, instrumentos, procedimientos–, y no iluminan el para qué deberían servir. Necesitamos faros que iluminen el camino, brújulas que orienten el talento.

Entonces, ¿cuál es la finalidad de la educación en el siglo XXI? ¿Mejorar la competencia y el currículo individual para subirnos al progreso? ¿Debemos innovar en educación solo para conseguir ciudadanos más competitivos en el mercado de trabajo?

Pensando en esta opción... ¿acaso no eran competentes Goebbels, Madoff, Osama Bin Laden, los ejecutivos sin escrúpulos de Lehman Brothers...? ¿No poseían talento? ¿No eran creativos? ¿No eran buenos comunicadores? ¿No hubieran sacado buenas notas en los exámenes PISA? ¡Obviamente eran competentes! Y, obviamente también, esto no es suficiente.

Entonces, tal vez debemos explotar los avances científicos y tecnológicos de nuestro siglo para formar ciudadanos competentes capaces de transformar el mundo y hacerlo más justo y habitable. Es decir, priorizar el fomento de valores como la justicia, igualdad, fraternidad, a fin de superar los graves problemas que no supimos resolver en épocas pasadas.

La dicotomía debe poder resolverse, porque no podemos renunciar ni a la competencia ni a la solidaridad. Como dice la filósofa Adela Cortina, hay que sumar ambos anhelos para resolver la antinomia.

Y esta suma es la que ya aplican muchos centros educativos que quieren educar personas competentes, capaces de poner sus conocimientos y habilidades al servicio de los demás. Son centros que practican el aprendizaje-servicio, aportando una brújula al talento: orientan la excelencia, el talento y la creatividad hacia el compromiso social. Veamos más ejemplos4.

La clase de Maribel y Héctor está organizando una campaña de recogida de alimentos en el barrio. Hablan con las familias y con el vecindario, elaboran vídeos, cuelgan carteles y explican a todos los que les quieren oír aquello que aprendieron en clase de Ciudadanía: que ha aumentado la pobreza y la demanda de alimentos, y que el déficit de nutrientes tiene consecuencias desastrosas: ¡hay que colaborar!

Blanca y el resto de sus compañeros del club de tiempo libre organizan cada año la tómbola solidaria del barrio. Durante los dos meses anteriores a la Navidad se dedican a recoger juguetes de segunda mano, los revisan, los limpian y los arreglan para sortearlos en la tómbola. Paralelamente buscan información sobre diferentes problemas sociales, reflexionan, discuten y escogen una causa a la que destinarán el dinero recogido.

Óscar y Fernando están a punto de salir del centro penitenciario y siguen un curso de formación ocupacional en soldadura. Les propusieron colaborar con la comisión de fiestas del barrio cercano, y ahora están aplicando los conocimientos y habilidades adquiridas construyendo con los vecinos una de las carrozas del desfile.

Todos estos chicos, chicas y personas adultas están viviendo una experiencia altamente educativa. Esto es el aprendizaje-servicio: aprender haciendo un servicio a la comunidad.

Los ejemplos relatados expresan cómo la educación para la ciudadanía se lleva a cabo posibilitando que las personas actúen y se comprometan, como manera directa de aprender a participar en la sociedad.

Y haciéndolo de una manera práctica, «ensuciándose las manos», adquieren conocimientos, ejercitan habilidades, fortalecen actitudes y valores... contribuyendo a mejorar alguna cosa en su entorno. Crecen en competencia al tiempo que se convierten en mejores ciudadanos.

Porque la educación para la ciudadanía debe poder realizarse en la comunidad, debe poder llevarse a la práctica, no puede limitarse a estimular la sensibilidad y la receptividad, o a hablar de la participación y lo importante que es, o a ejercitar en el aula habilidades democráticas.

Por poner una definición completa:

El aprendizaje-servicio es una propuesta educativa que combina procesos de aprendizaje y de servicio a la comunidad en un solo proyecto bien articulado, en el cual los participantes se forman al implicarse en necesidades reales del entorno con la finalidad de mejorarlo5.

El aprendizaje-servicio (ApS) es una metodología orientada a la educación para la ciudadanía, inspirada en las pedagogías activas y compatible con otras estrategias educativas. Es un método para unir éxito educativo y compromiso social: aprender a ser competentes siendo útiles a los demás. Es sencillo y es poderoso.

Sin embargo, el ApS no representa una novedad absoluta, sino una combinación original de dos elementos sobradamente conocidos por las pedagogías activas y los movimientos sociales o de educación popular: el aprendizaje basado en la experiencia y el servicio a la comunidad. Por tanto, no es un invento pedagógico de última moda, sino un descubrimiento y un poner en valor buenas prácticas que están en el ADN de la educación integral y comprometida.

En nuestro país existe una larga tradición de escuelas abiertas a la comunidad, que impulsan frecuentemente proyectos solidarios, de medio ambiente, de cooperación al desarrollo, de conservación del patrimonio... El ApS los pone en valor al completar la acción solidaria con el vínculo curricular.

Podría argumentarse que promover el aprendizaje-servicio sería como promover el voluntariado en las aulas. Efectivamente, el aprendizaje-servicio se parece al voluntariado, pero solo «se parece». En el voluntariado, el acento, la prioridad, se pone en la acción altruista o solidaria. En el aprendizaje-servicio, las prioridades son dos, y ambas igualmente importantes: la acción altruista o solidaria y el proceso de aprendizaje que esta comporta.

El aprendizaje-servicio resuelve la fragmentación entre la experiencia práctica de servicio a la comunidad –la acción de voluntariado– y la formación en conocimientos, habilidades y actitudes –el aprendizaje–. La acción de servicio no tiene por qué ser un añadido solidario o un reborde bien intencionado al final o al principio de un proceso de aprendizaje, sino que, estrechamente vinculada a este, ambos aspectos salen ganando.

El ApS inspira a los educadores a meter la campaña de recogida de alimentos en la clase de Sociales; la plantación de árboles en la clase de Ciencias o Biología; la narración de cuentos a los niños pequeños en la clase de Lengua...

Ofrecer a los alumnos la oportunidad de aprender siendo útiles a los demás provoca la mezcla creativa, flexible y abierta de retos académicos y retos sociales.

De esta manera se genera un círculo virtuoso: el aprendizaje aporta calidad al servicio que se presta, y el servicio otorga sentido al aprendizaje.

Si la creatividad es la imaginación puesta a trabajar, el aprendizaje-servicio orienta la creatividad a trabajar en la mejora de la sociedad.

2. Un estímulo para la responsabilidad ciudadana y el capital social

Si bien el aprendizaje-servicio es una metodología educativa, una herramienta pedagógica, se puede valorar también desde otras miradas. Más allá de su identidad educativa, el ApS puede ser considerado también como herramienta de desarrollo comunitario, de cohesión de la comunidad.

Hay que reconocer que en los años de bonanza económica, pese al progreso que aportaron, se agudizaron en nuestro país el apego material y la voracidad consumista, así como una cierta tendencia a actuar más como clientes exigentes que como ciudadanos responsables. La crisis económica nos pilló cívicamente debilitados y, en no pocos casos, malacostumbrados a un tren de vida de comodidades y de delegaciones insostenible.

Por otro lado, la sociedad española llevaba tiempo desorientada en otros aspectos, como la crisis de autoridad del profesorado y de las familias, la «infoxicación»6, el sedentarismo y los malos hábitos saludables, el divorcio entre generaciones y la mezcla explosiva de falsa tolerancia y xenofobia frente a la inmigración reciente.