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Cuando la tierra grita y nadie escucha… Katu despierta en un lugar remoto, donde los dioses caminan entre los vivos y las heridas de un eclipse lunar siguen abiertas. Como Ñande Yvyra, jueza sagrada, está destinada a proteger a los suyos siguiendo un códice ancestral. Pero el encuentro con una mujer que sueña con la luna y el eco del pasado pondrán a prueba su fe y su lealtad. El Arco de la Luna desentraña los espectros de la historia paraguaya, tejiendo una alegoría de dolor y memorias que flotan como presagios, almas atormentadas que claman justicia en la penumbra del monte. El viaje debe continuar, la rueda del destino no puede detenerse. Toda belleza esconde un oscuro reflejo.
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Seitenzahl: 197
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© El Arco de la Luna
Sello: Tricéfalo
Primera edición digital: Abril 2025
© Tamara Maldonado Vallejos
Director editorial: Aldo Berríos
Ilustración de portada: Loreto Díaz
Corrección de textos: Francisca Garcia
Diagramación digital: Marcela Bruna
Diseño de portada: Marcela Bruna
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© Áurea Ediciones
Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile
www.aureaediciones.cl
ISBN impreso: 978-956-6386-96-4
ISBN digital: 978-956-6420-38-5
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Este libro no podrá ser reproducido, ni total
ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados.
A Pamela, a mis humanos favoritos, y a las bestias.
¿Conoce usted, ha oído hablar de las otras especies posibles? Las que fueron.
Las que son. Las que serán.
— Augusto Roa Bastos
Dame un sueño que yo pueda hacer realidad.
— Mónica Bustos
La travesía del héroe no es solo un viaje a través del espacio geográfico, sino un viaje interior. Como diría Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, el héroe se enfrenta a oscuras resistencias, a miedos profundos, y redescubre fuerzas olvidadas que lo transforman por completo. Es este proceso de inmersión, de salir de la oscuridad hacia una redención personal, lo que cambia la percepción de la vida: de ser una herida constante a un entendimiento profundo del amor y la fuerza vital que todo lo invade. Esta lucha, esta transformación, es la esencia de El Arco de la Luna.
La novela nos traslada de un Paraguay contemporáneo a un pasado lejano, donde la protagonista, Katu, habita un mundo marcado por la tragedia de la Masacre Tres Jagua Ho’u Jasy. Un evento que fracturó la realidad, sumiendo a los sobrevivientes en un olvido consensuado que llenó sus vidas de desafíos impensados. En un mundo desgarrado por las fisuras de la memoria colectiva, Katu se rige por un código de obediencia. Pero cuando su interior tambalea, surge una catalizadora inesperada: su amor hacia una mujer que venera la luna. Este amor, rebelde y redentor, la confronta con su propósito como Ñande Yvyra, una misión que no solo no sana, sino que contribuye a borrar los vestigios del pasado. Y es en este conflicto donde Katu encuentra la reconciliación, tanto con su mundo como consigo misma.
El título de la obra hace referencia a la leyenda de Jurupary, donde el joven protagonista vuela hacia el Arco de la Luna aferrado a un cuervo real. Esta imagen, recreada por la Payé de la aldea Mendare Joachju, conecta las historias visibles y secretas de la novela. A primera vista, El Arco de la Luna es una aventura fantástica poblada de criaturas y mitos guaraníes. Pero en su profundidad, es una alegoría de las heridas históricas de Paraguay: la Guerra de la Triple Alianza, la dictadura de Stroessner, y la Masacre de Curuguaty. Estos eventos, que marcaron a generaciones enteras, convergen en la Masacre Tres Jagua Ho’u Jasy, reflejando el dilema de un pueblo que debe decidir entre mantener el silencio o enfrentar el trauma colectivo.
Mi motivación para escribir esta novela nació del deseo de explorar un mundo fantástico, pero uno que tuviera raíces firmes en la cultura guaraní. En sus mitos, leyendas, costumbres y creencias que constituyen la columna vertebral de nuestra identidad. Aunque la tradición literaria fantástica europea, con sus vastos mundos y narrativas, moldeó parte de mi imaginación a través de videojuegos como Dragon Age, Elder Scrolls y The Witcher, y autores como J.R.R. Tolkien, J.K. Rowling, y Andrzej Sapkowski, con el tiempo sentí una desconexión con esos mundos. Fue entonces cuando decidí mirar hacia adentro, hacia un universo que pertenece a nuestra tierra.
La tradición literaria latinoamericana, marcada por la búsqueda de una identidad propia, me inspiró a sumergirme en un mundo de Tuvichas, Payés y criaturas autóctonas. Influenciada por el Manifiesto Antropófago, adopté la idea de devorar influencias externas para transformarlas en algo nuevo, algo que hablara nuestra lengua y nuestra historia. Este enfoque me permitió crear una obra que no solo reivindica la memoria, sino que la transforma, haciendo de lo antiguo algo nuevo, vital.
La investigación que dio vida a esta historia abarcó mitología, historia oral y estudios académicos. Inspirado por autores como Paulo de Carvalho Neto y Dionisio M. González Torres, pude reconstruir las costumbres y creencias del Paraguay prehispánico, mientras que, al mismo tiempo, me permití reinterpretar y crear nuevas leyendas. Como dijo Helio Vera: “¿Por qué no tenemos derecho a fantasear un poco en este tiempo? Nuestros antepasados, en ambas vertientes, no tuvieron ningún empacho en hacerlo, de modo que no tenemos por qué dejarnos amilanar por los remilgos de los escépticos”. Esta libertad fue la que me permitió reimaginar un mundo donde lo fantástico no preserva lo inmutable, sino que lo reinventa, lo revitaliza.
El lenguaje, también, forma parte de esta reinvención. Aunque he incluido un glosario para aquellos que no están familiarizados con los términos en guaraní, he preferido conservar la riqueza y el misterio intrínseco de nuestra lengua, pues es precisamente ese misterio lo que invita al lector a adentrarse en la historia a su manera, descubriendo simbolismos y significados propios.
Con El Arco de la Luna, mi objetivo no es solo rescatar el pasado, sino transformarlo, darle vida para que dialogue con el presente. En El Arco de la Luna, les invito a acompañarme en este viaje hacia lo desconocido, hacia lo que es nuestro y aún está por ser revelado.
Era el año 2023 cuando Aracely viajó al Chaco paraguayo. Hacía un calor insoportable, patrocinado por la deforestación de ganaderos y sojeros. Junto a ella viajaba un colega del trabajo al que llamaremos Facundo, cuya única función era detenerla. El cielo todavía era de un celeste intenso, aunque probablemente no lo sería por mucho más. Ya en una ocasión los incendios de Argentina lo tiñeron de gris y se necesitaron muchas lluvias torrenciales para volver a aclararlo. La tierra siempre roja parecía empeñarse en no olvidar la masacre librada sobre ella; como si, sedienta, hubiera absorbido hasta los huesos de paraguayos y bolivianos por igual. Aracely y Facundo avanzaron con sus detectores de metales, dispuestos a perderse por el mito de la plata yvyguy; que seguro a ellos si les toca el cartón ganador del Telebingo Triple, que Dios sabe que necesita pagar el tratamiento, que el IPS la dejará morir antes de darle turno.
Que hermoso territorio sin pasado, o de un pasado enterrado. Es un lienzo en blanco, por qué blanco si ya dijimos que rojo, rojo que se esparce como arena por la memoria. Es tan fácil cogerlo en un puñado de arcilla y hornearlo dentro de un tatakua.
Esto era secreto, pero vestida de celeste con detalles dorados, se me apareció la Virgen de Caacupé. Pensé que me pediría que no aportase al vyrorei, pero para mi sorpresa, fue lo contrario. Pidió un milagro. Dijo: “Mara, quiero la gran novela paraguaya del siglo XXI”. Hubiese sido más fácil pedirme que hiciera la peregrinación por el resto de mi vida. Por fortuna, te conocí a vos, Aracely. Sé que la Virgen te puso en mi camino, por algo insistió e insistió y me dio su bendición, la primordial, la del derecho de la fantasía. Pero sabes que no todo es fantasía, Aracely, que en esos terrenos en apariencia deshabitados, tu menor temor debe ser el Aedes Aegyptis prendiéndose de tu piel para perforarte cualquiera de sus últimas variantes, ni siquiera deberías temer a los narcos que tienen a los indígenas armados, como esos que vimos hacía Moisés Bertoni, no, hay cosas que ni siquiera conocemos ahí y más vale conocido malo que bueno por conocer.
Pero si hay algo sobre Aracely, es que solo le teme a una cosa. Mientras va caminando hacia los árboles que no dejan recoveco visible para ojos externos, Facundo la mira alejarse. Las tripas se le retuercen, no quiere se vaya, le quiere gritar que no lo haga, que no sabe nada, que no va a encontrar ninguna verdad ahí, que le esperan solo vicios que le van a enfermar la mente, que no la va a poder salvar. Pero él es un hombre ya mayor que disfrutó de su adolescencia en la Asunción de los años setenta, así que bajo el adoctrinamiento adquirido por la ciudad del silencio, en la que los únicos sonidos eran los de la hojarasca arrastrada por los raudales de la capital, recordó cuando gracias a vender periódicos juntó suficiente plata como para ir a almorzar a un restaurante, y se sorprendió al descubrir que era igual que entrar a una iglesia, donde nadie conversaba porque hasta los meseros podían ser espías. En todo eso pensaba Facundo, mientras Aracely se iba haciendo más y más pequeña ante sus ojos, hasta que no fue más que una mota de polvo engullida por la selva.
Es absurdo hablar de un vacío realmente vacío, es un concepto que al rellenarle una definición se anula a sí mismo. Sin embargo, podemos hablar de que había oscuridad y tufo en el sitio en el que Aracely dejó de existir. Pero no fue solo ella. Facundo, a pesar de que no tuvo el coraje para entrar, igual desapareció. Paraguay desapareció. Paraguay no existe, no existe, se leía en las redes sociales hacía tiempo; “no existo, no existo”, hacía ecos en la mente de sus habitantes, cuando en realidad sí existía y no había ninguna sospecha de que fuese a dejar de hacerlo en ningún futuro cercano, a no ser que se hablase de una tercera guerra mundial. Aun así, de un instante para otro, sin bomba atómica de por medio, desapareció. Antes de desesperar, es necesario saber que hay una ciencia para todo esto. Sucede que estamos ante un país pañuelo. El país pañuelo es aquel país cuya morfología es la de un pañuelo. Para un diseñador no debe ser muy difícil hacer una simulación 3D que permita visualizar mejor este fenómeno. Me temo que yo no lo soy, pero digamos se ve algo así.
Y las coordenadas, alineadas a la ilustración, se leen así.
Este hecho en apariencia simple tiene implicaciones profundas: la primera, que el territorio es tan pequeño que contiene las dimensiones de un pañuelo. La segunda, que contiene algunas rugosidades y pliegues en el espacio-tiempo. Aracely se encontraba hacia el extremo noroeste (o región occidental). Y, tal como se ve en la ilustración, se aprecia un pliegue muy importante en esa zona. De ese modo, dio un salto espacial de la selva a la llanura chaqueña. Las langostas voladoras apenas la acosaron mientras cruzaba lo que deberían haber sido cinco días de viaje en unos instantes. Hacia el sur, en su lugar, ahora estaba una mujer, muy parecida a la anterior, pero que respondía al nombre de Katu.
Dios creó primero el lenguaje y, luego, el espacio donde ser lenguaje. A Dios le siguieron muchos dioses y esa fragmentación se manifestó en diversos espíritus. Criaturas sin ombligo clonándose en copias de ADN degradadas sobre este mundo en desarrollo. Todo posee conciencia en este laboratorio orgánico. Es imposible escapar: hay presencia divina en el rocío, en el fuego, en el otro y en uno mismo. ¿Cómo hacen tantas conciencias para ponerse de acuerdo? No lo hacen. Si eso es bueno o malo, no concierne a Katu. Este es un tiempo tan remoto, que hay seres que todavía no surgen y otros que ya no están, puras tentativas forzadas que se incubaban en el mundo. Creaciones que aparecían sobre la faz fecundadas por emociones tan densas que se transfiguraban en singularidades impredecibles. Eso sí concernía a Katu, pues quienes están y quienes ya no se deben, en parte, a ella, una de las pocas Ñande Yvyra existentes. Si hay un oficio que entiende que el mundo puede y debe ser intervenido mediante regulaciones, es ese.
El musgo sobre la roca brillaba en su humedad y la mariposa azul, del tamaño de una mano, parecía un milagro flotante. Tan delicada, tan fácil de aplastar dentro de una palma. Tal vez fue Ñande Ru quien dejó caer su pañuelo después de enjugar sus lágrimas. O quizá se lo llevó el viento tras limpiarse el rostro, marcado por el polen que le hacía llorar. Por eso nos habitan tantas flores. Bellas flores, siempre ellas, con sus colores, sus bichos polinizadores y todo el ciclo eterno que gira invisible, en la rueda de la naturaleza.
Pero lo único que importaba a la Ñande Yyra en ese instante era agacharse detrás del gran arbusto y recorrer con sus ojos agudos el área, buscando cualquier señal de peligro. Ya el sol se estaba poniendo sobre el denso bosque, proyectando largas sombras a través del follaje. Un verde pigmento oscuro muy saturado lo teñía todo. Junto a Yagua, estaba rastreando una manada de Aó Aó que, según sus informantes, llevaba varios días aterrorizando a las aldeas cercanas.
De repente, Katu escuchó unos murmullos entre los arbustos. Le hizo una señal a Yagua y ambos se prepararon. “¡Néike!” gritó este, dándose ánimos. De entre la maleza emergió una de las bestias. Era enorme, fea con ganas. Una criatura cuadrúpeda con piel de oveja, cabeza de jabalí, garras afiladas como cuchillas y dientes tan largos como su antebrazo. Lo mató de manera limpia, pero sin dejarse engañar: Si había uno, los demás estaban cerca. Mejor empezar de una vez. Lanzaron un rugido aterrador, deseando atraerlos, y entraron en acción. La joven se lanzó hacia adelante, alzando el cuchillo con fuerza, mientras el filo destellaba bajo la luz mortecina. Doble filo sediento que se alimenta de almas. Enseguida aparecieron más bestias con apariencia idéntica a la primera. Se agachó y esquivó a los monstruos, golpeando con rapidez y eficacia. Mientras tanto, Yagua se transfiguró a su forma animal y se abalanzó sobre una de las criaturas, hundiendo sus colmillos en la cabeza de jabalí. Sin embargo, a pesar de sus habilidades, los monstruos eran feroces oponentes y los superaban en número por demasiado. Por más de que derribaron varios, más y más de ellos siguieron emergiendo de las sombras, rodeándolos por todos lados. Era increíble lo rápido que esas bestias proliferaban. Katu y Jagua intercambiaron una mirada de preocupación.
Los monstruos persiguiéndoles, con sus rugidos horripilantes tronando a través del bosque. Katu hizo una seña a Yagua y ambos corrieron hacia una tupida arboleda cercana. Treparon al árbol más cercano, usando las ramas como escaleras, con el corazón embistiendo su pecho. Yagua había regresado a su forma humana. Los Aó Aó no podían trepar, pero daban vueltas alrededor del tronco, gruñendo, arañando la corteza y haciendo temblar al árbol. Era cuestión de tiempo.
El árbol de pindó se rindió, derribado cual torre desmayada, pero al caer, con reflejos astutos, ellos saltaron y se agarraron de las ramas de otro árbol que en su tronco albergaba una planta de güembé. Debido al choque del pindó con este, una tímida hoja de güembé se desprendió, meciéndose en el aire. Al caer al suelo, fue devorada por una de las bestias. El Aó Aó, atacado de náuseas, se alejó del lugar, dejando un rastro de vómito; se revolvió por el suelo, convaleciente. Al ver el efecto de la hoja, Yagua no pudo evitar soltar una carcajada. Enseguida comenzaron a arrancar otras. Las bestias, tan estúpidas como feroces, las devoraron con las mismas ansias que su compañero recién caído. Todos fueron corriendo su misma suerte. Muerte y suerte van de la mano. Incluso los últimos en ir llegando, atraídos como polillas hacía la luz, pisoteaban el trecho de cuerpos para llegar hasta las hojas que les salivaban la garganta. Aniquilados sus perseguidores, bajaron del árbol. Yagua se arregló la coleta de su larga cabellera e hizo un gesto de asco al pisar el terreno ensuciado. No había sido su victoria más digna, pero una victoria era una victoria. Katu decapitó a una de las bestias y la recogió como si fuese un trofeo. Lo siguiente era comunicar lo sucedido a la aldea más inmediata.
Ya podían divisar la plaza rodeada por las malocas y edificios comunales, entre los que destacaba la casa del tuvicha por su tamaño y decoraciones geométricas. Formas ovaladas hechas de un entramado de postes y ramas, cubiertas con un techo de hojas de palma y una pequeña apertura de entrada. El pueblo era lo suficientemente grande como para albergar unas ciento sesenta y cinco personas. Un arroyo cercano era su fuente de agua dulce y amplios campos en los alrededores proveían maíz, frijol, y mandioca.
Cuando los vieron llegar con vida, la gente pausó lo que estaba haciendo para mirarlos con evidente alivio ante la sangre que goteaba bajo el puño de la joven. A pesar de que solían ser recibidos de manera cálida y amistosa, a Yagua le incomodaba llamar la atención. Cosa inevitable debido a sus extravagantes apariencias, que atraían miradas curiosas fuesen a donde fuesen. Se excusó diciendo que iría a lavarse al arroyo. Katu lo dejó ser. Depósito la cabeza ante el Mburuvicha y la Payé del pueblo, quienes habían esperado su retorno sentados frente a sus moradas. A unos pasos de distancia, se escuchó a un hombre desplomarse sobre el suelo. Se llevó las manos a la cabeza y lloró: al fin, su hijo había sido vengado. Este fue parte del grupo de guerreros que mandaron para cazar a las bestias, faena de la que ninguno regresó.
“Tu habilidad nunca deja de sorprenderme”, habló el Mburuvicha, “no sé cómo más agradecerte, pero sabes que siempre serás bienvenida acá, así que, por favor, siéntete en casa”.
Ella desvió la mirada hacia cualquier lado. No era buena tomando halagos, solo cumplía con su deber. Un hombre petiso y barrigón, visiblemente ansioso, se le acercó. Saludó primero a los superiores de la aldea y luego se dirigió a la joven.
“¿Doña Ñande Yvyra? Quería saber si podría hablar con usted. Mi nombre es Lui Ryvu”. Le estrechó la mano, pero sonrojado se corrigió: “O sea, Lui. Ryvu es solo un apodo”.
Aún no había tenido chance de limpiar su cuchilla y ya la encargaron algo nuevo. Qué agitado y fértil anda el mundo, pensó Katu para sus adentros; sus últimos antecesores jamás lo hubiesen previsto. Solo alcanzó a conocer a la Ñande Yvyra Panambi, y lo hizo muy de niña, para cuando esta ya había colgado su arma, dado que ni sus articulaciones ni su memoria eran las mismas.
Entró al hogar de Panambi, donde la anciana yacía sobre un tejido de piel. Su maestra más querida la había mandado a disculparse por haberse burlado de que muriera de vejez y no en lucha. Entró con rabia, sin embargo, una vez dentro, al estar ante la anciana se quedó muda. Fue ella quien le habló, aunque necesitó acercarse a su boca desdentada para oírla: “Katu, el mundo ya está hecho gracias a tantos que se sacrificaron para darle forma; ya vencimos, disfrutarlo es nuestra nueva obligación”. Pero Katu no la miraba, sino que veía las manchas oscuras de su piel en necrosis. Sabía que nada podía estar más lejos de la realidad, el tehoká no era algo estático, sino un proceso que se hacía por medio del ser. Tampoco recordaba que era historia, y estaba claro que la Masacre Tres Jagua Ho’u Jasy le había dado un giro inesperado a todo. “Algún día entenderás que no hay honor en vagar sin propósito”, insistió la anciana Panambi, quien se negaba a aceptar que la Era de Calma Eterna había culminado. ¿Por qué inquietarse con eso? Asuntos tan complicados no la atañían.
Atenta al presente, aceptó con un gesto afirmativo la petición del hombre. Caminaron por la zona bajo un cielo azul intranquilo. Él no dejaba de jugar con sus manos, traicionado por los nervios.
“Te escucho”. Katu, impaciente, rompió el silencio cuando ya se encontraban alejados de las miradas curiosas y Lui Ryvu seguía sin decir palabra.
Este titubeó, pero por fin comenzó a hablar.
“Se trata de mi esposa. Estoy preocupado por ella. Últimamente, desde hace un tiempo, nos veníamos peleando por todo. Antes éramos muy felices. Suelo estar fuera la mayor parte del día por oficio, me dedico a la curtiembre, y para cuando llegaba me tocaba ver cómo, otra vez, ella no había hecho ninguno de sus deberes, esto me es muy frustrante”.
“Ese no es el tipo de problemas con los que yo trabajo”.
“¡No, no! Hay más, lo juro. ¿Me acompañas hasta la casa? Creo es más fácil si lo ve por usted misma”.
Llegaron a una pequeña choza. Su fachada se veía un poco descuidada, pero a un nivel decente. Toda casa se ve un poco descuidada cuando tiene que aguantar lluvias torrenciales y humedad. Pero adentro, el asunto era cosa inexcusable. Estaba todo patas para arriba y eso no era lo peor, no, lo que más le chocó fue el hedor a heces. Arrugó la nariz, sin siquiera molestarse en disimular. Una mujer encorvada y envuelta en una manta estaba sentada a espaldas de ellos.
“Amor, mi Chota, vine con visita”, anunció Lui, en tono alegre. La mujer escupió al suelo y no se movió.
“Ella puede ayudarnos”, insistió. Muy lentamente, la mujer volteó. Katu perdió la compostura. Fue solo un momento, de la pura impresión, pero se avergonzó de haber sido agarrada desprevenida. En el centro del rostro de la Chota destacaba un pico: triangular, elongado, pajaresco; si sabía matemáticas hubiese podido calcular la hipotenusa y sus catetos. El resto de ella se asemejaba a la forma del cuerpo humano, pero estaba claro que no lo era. Ya no. Era una extraña fusión. Lo que a primera vista pensó era una manta, no era otra cosa sino ella abrazándose con sus alas. Maraña de plumas despeinadas. Tampoco estaba sentada; esa era su estatura, comprimida, aplastada por la atmósfera.
“Quiero una explicación”, habló a Lui. Este suspiró.
“Sentémonos. Será largo”. Ella titubeó, mirando la suciedad, asqueada. La mujer-pájaro comenzó a graznar, pero ambos pretendieron no escucharla. Era mejor así. Al final se sentó. Apoyó sus manos en el suelo por hábito, pero tras sentir algo pegajoso decidió llevarlas a su regazo.
“Fue una tarde invernal. Todo comenzó cuando vino un desterrado, llevaba vagando sin hogar desde todo lo que pasó. Yo estaba afuera en ese momento, pero pidió hospedaje a mi mujer. Al comienzo ella dudó en si aceptar, ya sabes lo que dicen, traen todas las enfermedades, pero lo hizo porque pensó que los dioses recompensarían su buena acción. Yo regresé a la tarde-noche y me sorprendí al verlo. Primero me molestó un poco que no me lo hubiera consultado antes, pero juro que la vi de mejor humor que nunca. No se imagina usted mi felicidad al ver a la Chota, que acostumbraba a la pereza, cocinando y la casa impecable. Eso, y que no quería dejar al anciano, porque encima era un anciano, sin un techo con el que soportar las semanas de frío.
Pasaron los días y yo no entendía qué magia había sucedido. Después me enteré. El anciano y ella habían hecho un acuerdo de que mientras ella fuese bondadosa recibiría el poder para transfigurar a otros, pero que, de lo contrario, la habilidad rebotaría en su contra y sería ella la que se transfigurara. Yo le dije: Chota, cómo pudiste aceptar un acuerdo así. Basta con un descuido para que todo salga mal, y así fue.
El anciano ya se había ido para ese entonces, se despidió con la llegada de la primavera, y poco a poco ella comenzó a descuidar de nuevo las cosas. Así que nos pusimos a discutir. Eso fue culpa mía igual, no debí haberla provocado a sabiendas de cómo es. Me amenazó, me gritó, me dijo que cuidado con las mujeres, que ella me haría pájaro. Yo le dije: Ay, Chota, no. Y ella abrió sus ojos grandes, comprendiendo. Nunca me voy a olvidar de su mirada en ese momento.
Poco a poco, delante de mí, comenzaron a salirle plumas pardas y rojizas, su boca se estrechó, sus ojos se pusieron oblicuos, se encogió. Desde ese momento, día a día, cada vez es un poco más pájaro y menos mujer”.
Katu lo había escuchado con atención, pensante.
“Ese anciano era humano, pero no uno corriente. Hizo magia poderosa. ¿Puede hacer algo por ella?”.
La joven negó.
