El arpa y la sombra - Alejo Carpentier - E-Book

El arpa y la sombra E-Book

Alejo Carpentier

0,0

Beschreibung

Articulada en torno a la figura de Cristóbal Colón y al intento que de canonizarle llevara a cabo Pío IX, El arpa y la sombra es una obra en la que la maestría narrativa y el dominio del lenguaje de Alejo Carpentier (1904-1980) brillan con intensidad especial. En manos del gran escritor cubano, en efecto, la figura del descubridor se revela como materia insuperable para explorar los matices y claroscuros no sólo del individuo en sí, sino también en relación con la realidad que lo circunda: un vínculo complejo en que lo que aparece como sombra, la mediocridad como marino, la usurpación de conocimientos ajenos, la impostura, se transmuta acaso, por obra de la determinación, en el destellante resplandor de lo maravilloso que de pronto irrumpe en la opaca vida diaria.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 249

Veröffentlichungsjahr: 2021

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Alejo Carpentier

El arpa y la sombra

Índice

1. El arpa

2. La mano

3. La sombra

Créditos

Para Lilia

 

En el arpa, cuando resuena, hay tres cosasel arte, la mano y la cuerda.En el hombre: el cuerpo, el alma y lasombra.

La leyenda áurea

1. El arpa

¡Loado sea con los címbalos triunfantes!¡Loado sea con el arpa!...

Salmo 150

 

Atrás quedaron las ochenta y siete lámparas del Altar de la Confesión, cuyas llamas se habían estremecido más de una vez, aquella mañana, entre sus cristalerías puestas a vibrar de concierto con los triunfales acentos del Tedéum cantado por las fornidas voces de la cantoría pontifical; levemente fueron cerradas las monumentales puertas y, en la capilla del Santo Sacramento, que parecía sumida en penumbras crepusculares para quienes salían de las esplendorosas luces de la basílica, la silla gestatoria, pasada de hombros a manos, quedó a tres palmos del suelo. Los flabelli plantaron las astas de sus altos abanicos de plumas en el astillero, y empezó el lento viaje de Su Santidad a través de las innumerables estancias que aún la separaban de sus apartamentos privados, al paso de los porteadores, vestidos de encarnado, que flexionaban las rodillas cuando hubiese de pasarse bajo una puerta de bajo dintel. A ambos lados del largo, larguísimo camino, seguido entre paredes de salas y galerías, pasaban óleos oscuros, retablos ensombrecidos por el tiempo, tapicerías apagadas en sus tintes, que mostraban acaso, para quien los mirara con curiosidad de forasteros visitantes, alegorías mitológicas, sonadas victorias de la fe, orantes rostros de bienaventurados o episodios de ejemplares hagiografías. Algo fatigado, el Sumo Pontífice se adormeció levemente, en tanto que se desprendían, por rango y categorías, los dignatarios del séquito, invitados a no seguir adelante, más allá de este u otro umbral, en observancia del estricto protocolo de las ceremonias. Primero, de dos en dos, fueron desapareciendo los cardenales, de cappa magna, con sus solícitos caudatarios; luego, los obispos, aliviados de sus mitras resplandecientes; después, los canónigos, los capellanes, los protonotarios apostólicos, los jefes de congregaciones, los prelados de la recámara secreta, los oficiales de la casa militar, el Monseñor mayordomo y el Monseñor camarlengo, hasta que, faltando poco ya para llegar a las habitaciones cuyas ventanas daban al patio de San Dámaso, las pompas del oro, el violado y el granate, el moaré, la seda y el encaje, fueron sustituidos por los atuendos, menos vistosos, de domésticos, ujieres y bussolanti. Al fin, la silla descansó en el piso, junto a la modesta mesa de trabajo de Su Santidad y los porteadores la levantaron de nuevo, aligerada de su augusta carga, retirándose con recurrentes reverencias. Sentado ahora en una butaca que le daba una sosegada sensación de estabilidad, el Papa pidió un refresco de horchata a Sor Crescencia, encargada de sus colaciones, y, luego de despedirla con un gesto que también se dirigía a sus camareros, oyó cómo se cerraba la puerta –la última puerta– que lo separaba del rutilante y pululante mundo de los Príncipes de la Iglesia, Prelados palatinos, dignidades y patriarcas, cuyos báculos y capas pluviales se confundían, en humos de incienso y diligencia de turiferarios, con los uniformes de los Cameristas de capa y espada, Guardias nobles y Guardias suizos, magníficos, estos últimos, con sus corazas de plata, partesanas antiguas, morriones a lo condottiero, y trajes listados en anaranjado y azul –colores a ellos asignados, de una vez y para siempre, por el pincel de Miguel Ángel, tan ligado en obras y recuerdo a la suntuosa existencia de la basílica.

Hacía calor. Como las ventanas del patio de San Dámaso estaban tapiadas –menos las suyas, desde luego– para evitar que miradas indiscretas fisgonearan en las íntimas estancias pontificales, reinaba un silencio tan ignorante de todo tráfago urbano, paso de carruaje o ruidos de artesanía que, cuando aquí llegaba el eco de alguna campana lejana, sonaba como música evocadora de una Roma tan distante que parecía cosa de otro mundo. El Vicario del Señor solía identificar algunos bronces por los timbres que le traía la brisa. Éste, leve, de repique apretado, era de la barroca iglesia de Gesú; aquél, majestuoso y pausado, más cercano, de Santa Maria Maggiore; aquel otro, cálido y grave, de Santa Maria sopra Minerva, en cuya selva interior de mármoles encarnados se inscribía el humano rastro de Catalina de Siena, la ardiente y enérgica dominica, apasionada defensora de su antecesor Urbano VI, el irascible protagonista del Cisma de Occidente, a quien veneraba, por combativo, él, que, cinco años antes, hubiese publicado aquel Syllabus –sin que en él figurara su firma, aunque todo el mundo supiese que el texto se alimentaba de sus alocuciones, homilías, encíclicas y cartas pastorales– donde se condenaba las pestes que eran, modernamente, el socialismo y el comunismo, tan ásperamente combatidas por su rigurosa y clara prosa latina, como las sociedades clandestinas (era decir: todos los francmasones), las «sociedades bíblicas» (aviso a los Estados Unidos de América), y, en general, los muchos núcleos clérico-liberales que harto asomaban la oreja en aquellos días. El escándalo promovido por el Syllabus había sido de tal magnitud que el mismo Napoleón III, poco sospechoso de liberalismo, había hecho lo imposible por impedir su difusión en Francia, donde medio clero, asombrado de tanta intransigencia, condenaba la encíclica preparatoria, Quanta Cura, por excesivamente intolerante y radical, ¡oh, bien pálida en su condena de todo liberalismo religioso, si se la comparaba con los casi bíblicos improperios del Papa Urbano tan fieramente apoyados por la dominica de Siena, cuya figura le evocaba hoy, por segunda vez, el bordón de Santa Maria sopra Minerva! El Syllabus había madurado lentamente en su espíritu desde que, en sus andanzas por tierras americanas, hubiese podido comprobar el poder proliferante de ciertas ideas filosóficas y políticas para las cuales no existían fronteras de mar ni de montañas. Lo había visto en Buenos Aires, y lo había visto, tras de la cordillera andina, durante aquel viaje, ya lejano, tan rico en provechosas enseñanzas, que con suave y dolorida tenacidad le hubiese desaconsejado, sin embargo, su santa madre, la condesa Antonia Cattarina Solazzi, esposa ejemplar de aquel padre altivo, recto y austero, conde Girolamo Mastaï-Ferretti, a quien el niño debilucho y endeble que él hubiese sido veía aún, imponente y severo, luciendo sus envidiadas galas de gonfalonero de Senigallia... En la paz recobrada de aquel día iniciado en pompas y esplendor de ceremonias, el cristalino nombre de Senigallia venía a armonizarse con el muy lejano coro de los esquilones romanos, trayéndole recuerdos de las ruedas entre toques de campanas que, asidas de la mano, bailaban en el traspatio de la vasta casa solariega sus hermanas mayores, de tan lindos nombres: Maria Virginia, Maria Isabella, Maria Tecla, Maria Olimpia, Cattarina Juditta, todas con voces frescas y alborotosas cuyo timbre, guardado en la memoria del oído, le hicieron presentes, de pronto, aquellas otras voces, también voces niñas, unidas en el villancico ingenuo, escuchado al inicio de unas borrascosas navidades, en la tan distante, tan distante y sin embargo tan recordada ciudad de Santiago de Chile:

Esta noche es Nochebuena

y no es noche de dormir,

que la Virgen está de parto

y a las doce ha de parir.

Pero, de pronto, la gran voz de Santa Maria sopra Minerva lo apartó de evocaciones acaso demasiado frívolas para un día en que, algo descansado de la prolongada ceremonia que había encendido los soles de la Cátedra de San Pedro, habría de resolverse a tomar una importante determinación. Entre un orfebrado portapaz atribuido a Benvenuto Cellini y la naveta de cristal de roca, muy antigua en su factura, cuya forma era la del Ictus de los primitivos cristianos, estaba el legajo –¡el famoso expediente!– en espera desde el año anterior. Nadie había tenido la desconsideración de apremiarlo, pero era evidente que el muy venerable Cardenal de Burdeos, Metropolitano de las Diócesis de las Antillas, su Eminencia el Cardenal Arzobispo de Burgos, el Muy Ilustre Arzobispo de México, así como los seiscientos y tantos obispos que habían estampado sus firmas en el documento, debían estar impacientes por conocer Su Resolución. Abrió la carpeta llena de anchas hojas cubiertas de sellos lacrados, con cintas de raso encarnado para unirlas en folio, y, por vigésima vez, leyó la propuesta de Postulación ante la Sacra Congregación de Ritos que se iniciaba con la bien articulada frase: «Post hominum salutem, ab Incarnato Dei Verbo, Domino Nostro Jesu Christo, feliciter instauratam, nullum profecto eventum extitit aut praeclarius, aut utilius incredibili ausu Januensis nautae Christophori Columbi, qui omnium primus inexplorata horrentiaque Oceani aequora pertransiens, ignotum Mundum detexit, et ita porro terrarum mariumque tractus Evangelicae fidei propagationi duplicavit.» ... Bien lo decía el Primado de Burdeos: el descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón era el máximo acontecimiento contemplado por el hombre desde que en el mundo se hubiese instaurado una fe cristiana y, gracias a la Proeza Impar, se había doblado el espacio de las tierras y mares conocidos a donde llevar la palabra del Evangelio... Y, junto a la respetuosa solicitud, había, en foja separada, un breve mensaje dirigido a la Sacra Congregación de Ritos que, al recibir el aval de la firma pontificia, echaría a andar, de inmediato, el intrincado proceso de la beatificación del Gran Almirante de Fernando e Isabel. Su Santidad tomó la pluma, pero la mano empezó a sobrevolar la página, como dubitativa, desmenuzando una vez más las implicaciones de cada palabra. Siempre ocurría así cuando se sentía más resuelto a trazar la rúbrica decisiva al pie de aquel documento. Y era porque en un párrafo del texto aparecía una frase, especialmente subrayada, que siempre detenía su gesto: «...pro introductione illius causae exceptionali ordine». Esto de introducir la postulación «por vía excepcional» hacia vacilar, una vez más, al Sumo Pontifice. Era evidente que la beatificación –camino previo para la canonización– del Descubridor de América constituiría un caso sin precedente en los anales del Vaticano porque su expediente carecía de ciertos respaldos biográficos que, según el canon, eran necesarios al otorgamiento de una aureola. Esto, confirmado por los sabios e imparciales bolandistas invitados a opinar, sería utilizado, sin duda alguna, por el Abogado del Diablo, sutil y temible Fiscal de la República de los Infiernos... En 1851, cuando él, Pío IX, después de haber pasado por el arzobispado de Espoleto, el obispado de Imola, y de haberse tocado con el capelo cardenalicio, no llevaba más de cinco años elevado al Trono de San Pedro, había encargado a un historiador francés, el conde Roselly de Lorgues, una Historia de Cristóbal Colón, varias veces leída y meditada por él, que le parecía de un valor decisivo para determinar la canonización del Descubridor del Nuevo Mundo. Ferviente admirador de su héroe, el historiador católico había magnificado las virtudes que agigantaban la figura del insigne marino genovés, señalándolo como merecedor de un lugar destacado en el santoral, y hasta en las iglesias –cien, mil iglesias...–, donde se venerara su imagen (imagen harto imprecisa hasta ahora, ya que no se tenían retratos suyos –¿y con cuántos santos no pasaba lo mismo?– pero que pronto cobraría corporeidad y carácter gracias a las investigaciones guiadoras de algún pincel inspirado que diese al personaje la fuerza y expresión que el Bronzino, retratista de César Borgia, había conseguido al ilustrar la figura del insigne marino Andrea Doria en óleo de una excepcional belleza). Esta posibilidad había obsesionado al joven canónigo Mastaï desde su regreso de América, cuando estaba muy lejos todavía de barruntarse que sería entronizado algún día en la basílica de San Pedro. Hacer un santo de Cristóbal Colón era una necesidad, por muchísimos motivos, tanto en el terreno de la fe como en el mismo terreno político –y bien se había visto, desde la publicación del Syllabus, que él, Pío IX, no desdeñaba la acción política, acción política que no podía inspirarse sino en la Política de Dios, bien conocida por quien tanto había estudiado a San Agustín. Firmar el Decreto que tenía delante era gesto que quedaría como una de las decisiones capitales de su pontificado... Volvió a mojar la pluma en el tintero, y, sin embargo, quedó la pluma otra vez en suspenso. Vacilaba nuevamente, esta tarde de verano en que no tardarían las campanas de Roma a concertar sus resonancias al toque del Angelus.

Ya en la niñez de Mastaï había dejado Senigallia de ser la ciudad de bulliciosas ferias, a cuyo puerto se arrimaban barcos procedentes de todas las riberas mediterráneas y adriáticas –ahora sorbidos por la próspera, engreída y viciosa Trieste, cuya riqueza estaba en trance de arruinar a su menguada vecina, tan favorecida otrora por sus navegantes griegos. Además, los tiempos eran duros: con su devastadora Campaña de Italia, Bonaparte lo había revuelto todo, ocupando Ferrara y Boloña, apoderándose de la Romaña y de Ancona, humillando la Iglesia, expoliando los Estados Pontificios, encarcelando cardenales, ocupando la misma Roma, llevando la insolencia hasta arrestar al Papa y apoderarse de venerables esculturas, orgullo de monasterios cristianos, para exhibirlas en París –¡colmo del escarnio!– entre los Osiris y Anubis, halcones y cocodrilos, de un museo de antigüedades egipcias... Los tiempos eran malos. Y, con ello, la casa solariega de los condes Mastaï-Ferretti había venido a menos. Mal ocultaban los retratos de familia, las marchitas tapicerías, los grabados algo cagados de moscas, los altos aparadores y desvaídas cortinas, el creciente deterioro de paredes que la humedad, debida a las muchas goteras, cubría de feas manchas pardas que se ensanchaban, implacablemente, con el correr de los días. Hasta crujían ya los viejos pisos de madera cuyos primores de ebanistería empezaban a largar taraceas desincrustadas por las intemperies. Cada semana se le reventaban dos o tres cuerdas más al añejo pianoforte, de amarillento teclado, donde Maria Virginia y Maria Olimpia se empeñaban todavía en tocar, a dos o cuatro manos, sonatinas de Muzio Clementi, piezas del Padre Martini o unos Nocturnos –hermosa novedad– del inglés Field, fingiendo que no advertían el silencio de ciertas notas que, por ausentes del instrumento, habían dejado de responder al tacto desde hacía varios meses. Las galas del gonfalonero eran las únicas que aún daban empaque de gran señor al conde Mastaï-Ferretti, pues, cuando regresaba, tras de presidir una ceremonia, al hogar de poca vianda en puchero, se envolvía en levitas ya muy zurcidas y rezurcidas por las dos abnegadas fámulas que aún quedaban en la casa, cobrando sueldos que les eran pagados un año sí y otro no. Por lo demás, la condesa ponía buena cara a los vientos adversos con la dignidad y cuidado de las apariencias que siempre la habían caracterizado, observando lutos de parientes imaginarios, muertos en ciudades siempre distantes, para justificar el uso persistente de un par de vestidos negros, ya muy pasados de moda, y, por mostrarse lo menos posible al exterior, iba de madrugada a la iglesia de los Servitas, en compañía de su hijo menor, Giovanni Maria, para rogar a la Madonna Addolorata que aliviara estos atribulados estados del norte de sus agobios y calamidades. En suma: se llevaba la existencia de miseria altiva en palacios ruinosos, que era la de tantas familias italianas de la época. Existencia de miseria altiva –escudos en puerta y chimeneas sin lumbre, cruz de Malta en el hombro pero vientre harto ayuno– que el joven Mastaï volvería a encontrar, al estudiar el idioma castellano, en las novelas de la picaresca española –lectura esta, pronto dejada por frívola, para internarse en los meandros conceptistas de Gracián, antes de llegar a la meditación y práctica, más provechosa para su espíritu, de los Ejercicios espirituales de San Ignacio, que le enseñaron a centrar la meditación –o la oración– en una imagen previamente elegida, a fin de evitar, mediante la «composición de lugar», las fugas imprevistas de la imaginación, eterna loca de la casa, hacia temas ajenos a los de nuestra reflexión principal.

El mundo andaba revuelto. La francmasonería se colaba en todas partes. Hacía cuarenta años apenas –¿y qué son cuarenta años para el decurso de la Historia?– que habían muerto Voltaire y Rousseau, maestros de impiedad y de libertinaje. Menos de treinta años antes, un muy cristiano rey había sido guillotinado así, como quien no dice nada, a la vista de una multitud atea y republicana, al compás de tambores pintados con los mismos azules y rojos de las escarapelas revolucionarias... Indeciso en cuanto a su porvenir, después de desordenados estudios que incluían la teología, el derecho civil, el castellano, el francés, y un latín muy llevado hacia la poesía de Virgilio, Horacio y hasta de Ovidio –nada que fuese de gran utilidad, en aquellos días, para el sustento cotidiano–, después de frecuentar una brillante sociedad romana que lo acogía calurosamente por su apellido, aunque ignorante de que, muy a menudo, falto de moneda para comer en fonda, lo que más apreciaba el joven en las recepciones –más que el escote de las hermosas damas, más que los bailes donde aparecía ya la licenciosa novedad de la valse, más que los conciertos dados por músicos famosos en ricas mansiones– era el llamado del mayordomo al comedor donde, a la luz de candelabros, sobre bandejas de plata entrarían las abundantes viandas que apetecían sus hambres atrasadas. Pero, un día, tras de un desafortunado escarceo amoroso, el joven Giovanni Maria trocó el vino traído en garrafas de cristal orfebrado por el agua de los pozos claustrales, y las bien aderezadas volaterías de cocinas palaciegas por los chícharos, berzas y polendas de los refectorios. Estaba resuelto a servir a la Iglesia, ingresando muy pronto en la tercera orden de San Francisco. Ordenado sacerdote, se distingue por el ardor y la elocuencia de sus prédicas. Pero sabe que lo espera un camino largo y difícil, sin esperanzas de ascender hacia las altas jerarquías eclesiásticas por el aislamiento en que vive su familia, sus pocas relaciones, y, más que nada, por la época levantisca y trastocada que se está viviendo, en el seno de una cristiandad dividida, desmembrada, vulnerable como pocas veces lo ha estado en su historia, ante la creciente y casi universal arremetida de ideas nuevas, de teorías y doctrinas, tendientes todas, de alguna manera, a la elaboración de peligrosas utopías desde que el equilibrio social de otros días –equilibrio no siempre satisfactorio, pero equilibrio al fin– ha sido roto por las peligrosas iconoclasias de la Revolución francesa... Y todo es obscuridad, humildad y resignación en su vida, cuando se produce el milagro: Monseñor Giovanni Muzi, arzobispo de Filipópolis, la de Macedonia, cuna de Alejandro el Magno, nombrado Delegado Apostólico en Chile, ruega a Mastaï que lo asesore en una muy delicada misión. Jamás ha visto el prelado a quien así elige por recomendación de un abate amigo. Pero piensa que el joven canónigo puede serle de suma utilidad, por su cultura general y, en particular, por su conocimiento del idioma castellano. Y así, el futuro Papa pasa de un hospicio donde desempeñaba un modestísimo cargo de mentor de huérfanos, a la envidiable condición de Enviado al Nuevo Mundo –ese Nuevo Mundo cuyo solo nombre pone en su olfato un estupendo olor de aventuras. Por lo mismo, considerando su hábito talar, se siente con vocación misionera –vocación debida, acaso, a su conocimiento de las actividades misioneras de los discípulos de San Ignacio en China, el Extremo Oriente, Filipinas y Paraguay. Y, de repente, se ve a sí mismo en papel misionero, pero no a la manera de los jesuitas que había caricaturizado Voltaire en la novela harto difundida, y hasta traducida al castellano por un renegado Abate Marchena, sino que, consciente de que los tiempos han cambiado y que lo político habrá de cobrar una creciente importancia en el siglo que ahora empieza, se aplica a estudiar, reuniendo un cúmulo de informaciones, el ambiente donde habrá de actuar con tacto, discernimiento y astucia.

Para empezar, algo le intriga sobremanera. Quien ha solicitado del Papa Pío VII el envío de una misión apostólica a Chile es Bernardo O’Higgins, que está al frente de su gobierno, con el título de Director General. Sabe ya cómo O’Higgins liberó a Chile del coloniaje español, pero lo que se explica menos es que acuda a las luces del Vaticano para reorganizar la Iglesia chilena. Roma, en estos tiempos tumultuosos y revueltos, es albergue y providencia de intrigantes de toda índole, conspiradores y sacripantes, embozados carbonarios, sacerdotes exclaustrados, renegados y sacerdotes arrepentidos, ex curas voltairianos vueltos al redil, informadores y soplones, y –fácil es hallarlos– tránsfugas de Logias, siempre dispuestos a vender los secretos de la Francmasonería por treinta denarios. Entre éstos, se topa Mastaï con un ex caballero Kadosh de la Logia Lautaro de Cádiz, hija de la Gran Reunión Americana de Londres, fundada por Francisco de Miranda, y que ya tiene filiales en Buenos Aires, Mendoza y Santiago. Y O’Higgins fue muy amigo –dice el informador– del extraordinario venezolano, maestro de Simón Bolívar, general de la Revolución francesa, cuyas andanzas por el mundo constituyen la más fabulosa novela de aventuras, y hasta se dice –«líbreme Dios de culpables imaginaciones», piensa Mastaï– que se acostó con Catalina de Rusia porque, «como su amante Potemkine estaba cansado de los excesivos ardores de su soberana, pensó que el guapo criollo, de sangre caliente, podría saciar los desaforados apetitos de la rusa que, aunque más que jamona, usted me entiende, era tremendamente aficionada a que le...» y basta, basta, basta, dice Mastaï a su informador: «hablemos de cosas más serias y le ofrezco otra botella de vino». El renegado se refresca el gaznate, alabando la calidad de un pésimo morapio que sólo su perenne sed le hace hallar bueno, y prosigue su relato. En su jerga secreta, los francmasones llamaban a España «Las Columnas de Hércules». Y la Logia de Cádiz tenía una «Comisión de los Reservados» que se ocupaba, casi exclusivamente, en promover agitaciones políticas en el mundo hispánico. Y en el seno de esa comisión se sabía que en Londres había redactado Miranda un cuaderno de «Consejos de un viejo sudamericano a un joven patriota al regresar de Inglaterra a su país» que contenía frases tales como: «Desconfiad de todo hombre que haya pasado la edad de cuarenta años a menos de que os conste que sea amigo de la lectura. La juventud es la edad de los ardientes y generosos sentimientos. Entre los de vuestra edad encontraréis pronto muchos a escuchar y fáciles de convencer». («Seve que ese Miranda, como Gracián, receloso de los horrores y honores de la Vejecía, ponía su confianza en el palacio encantado de la juventud», piensa Mastaï...) También había escrito el destacado francmasón: «Es un error creer que todo hombre, porque tiene tonsura en la cabeza o se sienta en la poltrona de un canónigo, es un fanático intolerante y un enemigo decidido de los derechos de los hombres». «Ya estoy entendiendo mejor a ese Bernardo O’Higgins», dijo Mastaï, haciendo repetir el párrafo tres veces al tránsfuga de la Logia gaditana. Estaba claro: fuesen cuales fuesen sus ideas, O’Higgins sabía que España soñaba con restablecer en América la autoridad de su ya muy menguado imperio colonial, luchando denodadamente por ganar batallas decisivas en la banda occidental del continente, antes de ahogar en otras partes, mediante una auténtica guerra de reconquista –y para ello no escatimaría los medios– las recién conseguidas independencias. Y sabiendo que la fe no puede extirparse de súbito como se acaba, en una mañana, con un gobierno virreinal o una capitanía general, y que las iglesias hispanoamericanas dependían, hasta ahora, del episcopado español, sin tener que rendir obediencia a Roma, el libertador de Chile quería sustraer sus iglesias a la influencia de la ex metrópoli –cada cura español sería mañana un aliado de posibles invasores–, encomendándolas a la autoridad suprema del Vaticano, más débil que nunca en lo político, y que bien poco podía hacer en tierras de ultramar fuera de lo que correspondería a una jurisdicción de tipo meramente eclesiástico. Así se neutralizaba un clero adverso, conservador y revanchista, poniéndosele sin embargo –¡y no podría quejarse de ello!– bajo la custodia directa del Vicario del Señor sobre la Tierra. ¡Jugada maestra, que era posible aprovechar en todos sentidos!... Al joven Mastaï se le hacía simpático, ahora, Bernardo O’Higgins. Estaba impaciente ya por cruzar el Océano, a pesar de los temores de su santa madre la Condesa que, desde su descalabrada mansión de Senigallia, lo instaba a que buscase excusas en su precaria salud para ser eximido de una agotante travesía por el proceloso mar de los muy frecuentes naufragios –«el mismo mar de Cristóbal Colón», pensaba el canónigo, añorando, en vísperas del gran viaje, la quietud del ámbito familiar, y recordando con especial ternura a Maria Tecla, su hermana preferida, a quien había sorprendido cierta vez, en ausencia de sus padres, cantando a media voz, como en sueños (¡oh levísimo, inocentísimo pecado!) una romanza francesa del Padre Martini, que había aparecido en un álbum de obras del gran franciscano, autor de tantas misas y oratorios:

Plaisir d’amour

ne dure qu’un moment.

Chagrin d’amour

dure toute la vie.

A pesar de los llamados a la cautela, a la prudencia, el joven canónigo esperaba ansiosamente la fecha de la partida. Y tanto más ahora que todo parecía oponer obstáculos a la empresa: muerte del Papa, ese papa tan humillado por el insolente Corso que lo había obligado a sancionar la bojiganga de su imperial investidura con corona puesta, solemnemente, en la testa de una mulata martiniqueña; elección de León XII, tras de un inacabable cónclave de veintiséis días; intrigas del Cónsul de España, enterado por sus espías del objeto de la misión apostólica; vientos contrarios, intrigas, chismorreos, cartas van, cartas vienen, respuestas que harto se hacen desear. Pero al fin, al fin, el 5 de octubre de 1823, leva las anclas el navío Heloísa («prefiero la de Abelardo a la de Rousseau», piensa Mastaï) con destino al Nuevo Mundo. Con él navegaban: el Delegado Giovanni Muzi, su secretario particular Don Salustio, el dominico Raimundo Arce, y el archidiácono Cienfuegos, ministro plenipotenciario de Chile –por reciente promoción de O’Higgins– ante la Santa Sede.

De Génova había partido el barco. Genovés había sido quien, un día, emprendiera la prodigiosa empresa que habría de dar al hombre una cabal visión del mundo en que vivía, abriendo a Copérnico las puertas que le dieron acceso a una incipiente exploración del Infinito. Camino de América, Camino de Santiago, Campos Stellae –en realidad camino hacia otras estrellas: inicial acceso del ser humano a la pluralidad de las inmensidades siderales.

Harto prolongada, exasperante a veces, la demora en Génova había sido fructífera en descubrimientos para el joven canónigo, maravillado, a cada paso, por el esplendor de la soberbia ciudad de los Doria, apellido de áurea sonoridad, toda llena del recuerdo de Andrea, el almirante insigne, representado en laudatorias pinturas alegóricas, de torso desnudo, barbas encrespadas, y emblemático tridente en mano, como viva, posible y presente imagen de Poseidón. Largamente había meditado el joven ante la casa de Branca Doria, aquel muy magnífico asesino, de estirpe genovesa, a quien Dante halló en el noveno círculo infernal, padeciendo su castigo en alma mientras su cuerpo, movido por un demonio, se mostraba aún viviente sobre la tierra. Frente a la iglesia de San Mateo, la mansión de Lamba Doria, edificada por Martino Doria, tan sólida como el linaje de sus dueños, resistía el paso de los siglos, como también pervivían, hermosas y altivas, las de Domenicaccio Doria y la de Constantino Doria, habitada finalmente por Andrea –¡todo el mundo aquí parecía llamarse Doria!–, el prodigioso marino de las cien victorias sobre el Turco... Y ahora que el Heloísa entraba en las ondas terrosas del Río de la Plata, evocaba aún Mastaï la suntuosa escenografía portuaria dejada atrás, en el fasto de la urbe de palacios rojos y palacios blancos, cristalerías, balaustradas, glorias rostrales y esbeltos campaniles. Una escala en Montevideo le dio, por contraste, la impresión de hallarse en un enorme establo, porque allí no había edificio importante ni hermoso, todo era rústico, como de cortijo, y los caballos y las reses recobraban, en la vida cotidiana, una importancia olvidada en Europa desde los tiempos merovingios. Buenos Aires ni siquiera tenía puerto, sino una mala bahía, de donde había de alcanzarse la ciudad en una carreta tirada por caballos, escoltada por hombres a caballo, en hedor de caballos, olores de cuero bruto y trompetería de relinchos –obsesionante presencia del caballo que habría de imponerse al viajero, mientras permaneciera en el continente cuyo suelo hollaba por vez primera. A la luz de faroles traídos por los vecinos, fue recibida la misión apostólica en la ciudad huérfana de obispo desde hacía mucho tiempo. La primera impresión de Mastaï fue desastrosa. Las calles, ciertamente, eran rectas, como tiradas a cordel. Pero demasiado llenas de un barro revuelto, chapaleado, apisonado y vuelto a apisonar, amasado y revuelto otra vez, por los cascos de los muchos caballos que por ellas pasaban y las ruedas de las carretas boyeras de bestias azuzadas por la picana. Había negros, muchos negros, entregados a ancilares oficios y modestas artesanías, o bien de vendedores ambulantes, pregoneros de la buena col y la zanahoria nueva, bajo sus toldos esquineros, o bien sirvientes de casas acomodadas, identificables éstos por un decente atuendo que contrastaba con los vestidos salpicados de sangre de las negras que traían achuras del matadero –ese matadero de tal importancia, al parecer, en la vida de Buenos Aires, que llegaba Mastaï a preguntarse si, con el culto del Asado, el Filete, el Lomo, el Solomillo, el Costillar –o lo que algunos, educados a la inglesa, empezaban a llamar el Bife– el Matadero no resultaría, en la vida urbana, un edificio más importante que la misma Catedral, o las parroquias de San Nicolás, La Concepción, Montserrat o La Piedad. Demasiado olía a talabartería, a curtido de pieles, a pellejo de res, a ganado, a saladura de tasajo, de cecina, a sudor de ijares y sudor de jinetes, a boñiga y estiércol, en aquella urbe ultramarina donde, en conventillos, pulperías y quilombos, se bailaba La Refalosa y el ¿Cuándo, mi vida, cuándo?, intencionada danza que sonaba, en aquellos días, a todo lo largo y ancho del continente americano, a no ser que, tras de paredes, se armara la bárbara algarabía de tambores aporreados en «tangos» –como aquí los llamaban– por pardos y morenos. Pero, al lado de esto, florecía una auténtica aristocracia, de vida abundosa y refinada, vestida a la última de París o de Londres, afecta a brillantes saraos donde se escuchaban las más recientes músicas que se hubiesen oído en los bailes europeos, y, en días de festividades religiosas, para halagar al joven canónigo nunca faltaban voces de lindas criollas que le cantaran el Stabat Mater de Pergolesi. Pero, por desgracia, las modas ultramarinas, de adorno, entretenimiento o civilidad, nunca viajan solas. Y con ellas había llegado aquí la «peligrosa manía de pensar» –y sabía Mastaï lo que decía, al calificar de «peligrosa manía» el afán de mucho buscar verdades y certezas, o posibilidades nuevas, donde sólo había cenizas y tinieblas, noche del alma. Ciertas ideas habían cruzado el ancho océano, con los escritos de Voltaire y de Rousseau –a quienes el joven canónigo combatía por caminos oblicuos, calificándolos de escleróticos y rebasados,