El azar o el lenguaje - Diego Soler - E-Book

El azar o el lenguaje E-Book

Diego Soler

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Beschreibung

¿Puede el lenguaje cambiar la forma en que vemos el mundo? ¿Cómo serán los idiomas dentro de diez mil años? ¿Qué secretos esconden las escrituras perdidas del pasado? Los relatos de El azar o el lenguaje viven en los huecos entre fantasía, ciencia e historia para afrontar estas y otras preguntas. Entre el delirio y lo matemático, la parodia y lo místico, se juntan aquí la especulación, la filosofía y la aventura disparatada en forma de las memorias de un vampiro, una biografía revolucionaria, universos paralelos y aventuras oceánicas. Del Madrid moderno iremos al Palermo medieval, Helsinki, Samoa, una Praga onírica, Berlín en ruinas, Kinshasa, la comuna de París, un planeta de luz eterna, la India de Ashoka, selvas brumosas y desiertos definitivos.

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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¿Puede el lenguaje cambiar la forma en que vemos el mundo? ¿Cómo serán los idiomas dentro de diez mil años? ¿Qué secretos esconden las escrituras perdidas del pasado? Los relatos de El azar o el lenguaje viven en los huecos entre fantasía, ciencia e historia para afrontar estas y otras preguntas. Entre el delirio y lo matemático, la parodia y lo místico, se juntan aquí la especulación, la filosofía y la aventura disparatada en forma de las memorias de un vampiro, una biografía revolucionaria, universos paralelos y aventuras oceánicas. Del Madrid moderno iremos al Palermo medieval, Helsinki, Samoa, una Praga onírica, Berlín en ruinas, Kinshasa, la comuna de París, un planeta de luz eterna, la India de Ashoka, selvas brumosas y desiertos definitivos.

El azar o el lenguaje

Diego Soler Polo

www.edicionesoblicuas.com

El azar o el lenguaje

© 2023, Diego Soler Polo

© 2023, Ediciones Oblicuas

EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª

08870 Sitges (Barcelona)

[email protected]

ISBN edición ebook: 978-84-19246-93-6

ISBN edición papel: 978-84-19246-92-9

Edición: 2023

Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales

Ilustración de cubierta: Héctor Gomila

Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.

www.edicionesoblicuas.com

Contenido

El Azar o el Lenguaje

Hotel Helsinki

Universos para lelos I

En el desierto al final de mi vida

Del uso modelístico de la pasta al dente

El bonobo es sexualmente budista

La compasión de Ashoka

Música moderna

La conexión vasco-samoana

El disco

Universos Para Lelos II

Sacrificio

Marco, el vampiro

Universos Para Lelos III

Sin noticias

Universos Para Lelos IV

La forma de la Tierra

Una familia ejemplar

La otra ciudad

Universos Para Lelos V

El experimento prohibido

El encargo

Cronología

Universos Para Lelos VI

El autor

A mi padre, Pablo, que me enseñó a leer,

y a mi madre, Marta, que me enseñó a escuchar.

El Azar o el Lenguaje

Se podría concebir un intelecto que en cualquier momento dado

conociera todas las fuerzas que animan la naturaleza y

las posiciones de los seres que la componen; […]

para tal intelecto nada podría ser incierto y el futuro,

así como el pasado, estarían frente a sus ojos.

Pierre-Simon Laplace

Ensayo Filosófico sobre las Probabilidades

Decidí buscar en una guía telefónica antigua a quién podría llamar para preguntar si existe el azar o si es más bien una ilusión emergente. No quedaba claro. Las hojas crujían y olían a antigüedad. Lo más interesante que encontré fue un mago, experto en barajas, que aseguraba ser Domador del Azar. No era «domador de la suerte», sino del azar, y esa trivialidad, por sí sola, ya me alentó a curiosear. Creía que no había mucho que perder con aquello.

Yo conocía el ensayo filosófico de Laplace, estaba bien familiarizado con la axiomática de Kolmogorov, y había llegado a sentirme cómodo no entendiendo nada de Física Cuántica, así que pensé que no me quedaba nada más por probar. Sí, sí, estaba desesperado. El problema me intrigaba desde que, en la adolescencia, alguien —algún tío carnal con barba escasa y gafas circulares que me contaba cosas en la playa— intentara en vano explicarme la ciencia que fundamentaba la confusa operación de lanzar una moneda al aire para elegir chiringuito. Medio siglo después, seguía confuso. Tiza en mano y con placer, yo desgranaba convoluciones y variables aleatorias en mi curso de doctorado de Procesos Estocásticos, pero, al prescindir de abstracciones, solo me quedaba la misma confusión. ¿Qué quiere decir que algo sea «azaroso»?, ¿«aleatorio»? Seducido por las variables ocultas, me dije que, sin duda, aquello solo podía ser una modelización de la ignorancia. Otra cosa no tenía sentido.

Puesto que no era cosa de llamar enseguida al mago en cuestión, decidí asistir a algunos de sus espectáculos. Se celebraban en un teatro estrecho y oscuro donde no cabían más de treinta espectadores y nunca había más de diez. El Domador del Azar vestía una capa negra con la que cubría casi todo su cuerpo. No era posible hacer una estimación muy precisa de su masa corporal, a no ser que uno decidiera lanzarse a la piscina y extrapolar a partir del tamaño desorbitado de sus mofletes flácidos, que parecían permanentemente cubrir sendos melocotones de generoso tamaño. Los polvos de talco le daban cierto aire a vampiro paródico. Entraba al diminuto escenario en medio de una niebla artificial, con sombrero de copa y pisándose la capa. Algunos niños lloraban y sus padres tosían. Creo que yo era el único que iba allí sin hijos. Vi la actuación cuatro o cinco veces y pasó siempre lo mismo: nos daba una baraja, nos la dejaba inspeccionar y nos pedía coger una carta. Luego, sin volver siquiera a tomar la baraja, adivinaba qué carta habíamos escogido. También nos hacía guardar al azar, sin mirarlas, cartas en los bolsillos de otros espectadores. Después, de entre los infinitos pliegues de su capa, extraía cartas gigantes que coincidían siempre con las que se escondían entre el público. Por mucho que medité sobre las sofisticadas mecánicas que debería de haber puesto en práctica para crear sus ilusiones, jamás llegué a estar siquiera cerca de intuirlas.

El Domador del Azar apenas hablaba, y cuando lo hacía usaba una voz melosa y baja, como si nos hiciera partícipes a todos de un secreto esotérico. A veces, hacia el final de su show, abría mucho los ojos y se inclinaba hacia adelante. Extendía las palmas, como los chimpancés o los místicos, y susurraba que el azar era una ilusión, y que todo lo que él hacía era mostrarnos un pedacito del mundo tal y como verdaderamente era, y no esa mentira confusa en que vivíamos como tras un velo, pensando que si cara o cruz, que si dos o cinco.

El lenguaje, dijo en una ocasión, debería desterrar todas esas palabras: probable, quizás, cuarenta y siete por ciento. Construcciones nocivas, eso es lo que eran. ¿Acaso no habría estudios de algún discípulo de Edward Sapir sobre el tema?

Motivado por toda esta cháchara pseudofilosófica, me decidí finalmente a llamar al número que constaba en la guía como el de la oficina del Domador del Azar.

—¡Lo siento, pero no revelo mis trucos! —me contestó una voz vehemente al otro lado de la línea.

—No, no, no, por favor, nada más lejos de mi intención —me apresuré a disculparme—. Verá, yo soy matemático, y tan solo quería preguntarle y, hum, bueno, intercambiar opiniones, ¿sabe? Así, en abstracto.

No le di tiempo. Le obligué a escuchar mi desvarío.

—¿Es esencial el azar en nuestro entendimiento del mundo? Eso querría yo saber… ¿Es solo una contingencia de nuestros modelos? ¿Acaso sea algo necesario para la teoría, pero en última instancia un concepto que no tiene cabida en ninguna ontología correcta?

Yo hablaba sin respirar, como si me estuviera confesando. Eran ya muchos años. Noté que la obsesión afloraba, y me sentí aliviado, como si me hubieran extirpado alguna clase de grueso parásito cerebral. Como todo lo que oyera durante mi perorata fue un prolongado «hum», tomé el silencio del mago por aquiescencia. Seguí hasta que me sentí filosóficamente satisfecho. Jadeaba, creo. Como si acabara de darme un banquete a base de manuscritos de Laplace y ahora silo necesitara reposar y eructar a discreción. Tras unos segundos, oí un gruñido. Mi interlocutor debía de haber bajado la guardia. Ya sin miedo, al modo de un gato que levanta la cabeza al oír pasos y cierra los ojos cuando ve que no hay nada que temer. Así me imaginé al mago, con ojos de gato.

—Bueno, o sea, usted está interesado en el azar como fenómeno —dijo finalmente, soltando mucho aire por la boca. Mi auricular burbujeó y me sentí intimidado.

—Sí, eso…

—Pero en nada de barajas y cartas.

—Eso es, eso es.

—Y no me va a preguntar nada sobre magia, o sobre pañuelos en la manga…

—¡Por favor!

—Hum…

—…

—Y entiendo que querría usted una entrevista personal.

—Hombre, si pudiese ser… Entenderá usted, y le estaría tan agradecido…

—Sí, sí, sí, bien, ¿y dice usted que es matemático?

—Analista, para más señas, sí señor.

—Bueno, hombre, bueno. Pues muy bien. ¿Podría usted pasarse mañana por la tarde, hacia eso de las cinco?

—¡Con sumo placer! Por supuesto que sí, y…

—Ea, bien, hombre, bien. Pues apunte usted la dirección. Estoy en la calle de tal y cual, número tantos del portal nosécuántos y pico.

—De acuerdo, pues muchísimas gracias, allí estaré, y muchas gracias, señor…

—Andrés, soy Andrés.

—Ah, ja, ja, pues casi como Kolmogorov —bromeé. Pero al otro lado no hubo reacción y se produjo un breve silencio.

—…

—Bueno, pues mañana a las cinco, eso es, mañana a las cinco… ¡Gracias!

Aquella noche sudé cilíndricamente en la cama. Recuerdo haber acometido la relectura de temas clásicos, desde la archiconocida falacia de Montecarlo hasta la espesura de las hipótesis ergódicas, cuyo sabor geométrico alimentó mi acalorado insomnio. Finalmente, me quedé dormido a mitad de un teorema. Me despertó el escozor en los párpados. Rayos oblicuos de luz picante empapaban mi sudor, y recordé imágenes fragmentarias de mi sueño. Estaba en una montaña rusa, alrededor brillaban varios arcoíris entrecruzados, y mi histérico y feliz acompañante me pedía que sonriera, pues estábamos yendo hacia el atractor extraño, y aquello era una bendición de lo más dichosa. Por alguna razón, a mí me parecía simplemente nauseabundo. Grité una y otra vez que me sacaran de aquella órbita, y sentí mis ojos llenarse de un brillo cáustico hasta que desperté. Escuché el ruido de lo que parecía ser un mirlo. Habría llovido. Me metí en la ducha y froté con rabia o miedo los lamparones pegajosos de sudor. Distraído, pensaba qué decir exactamente al Domador del Azar. O, más bien, puesto que yo ya había dejado claras mis preocupaciones, ¿qué tendría él que ofrecerme?

Como suele ocurrir con estas cosas, el plan de visitar al Domador del Azar se me antojó, de pronto, un proyecto ridículo e indigno de alguien con una formación técnica en teoría de probabilidades. Más bien parecía el capricho de un tipo solitario que, a base de no entender siquiera el concepto de independencia estadística, acaba por aficionarse a la mística. Pero el compromiso estaba ya hecho. Además, ¿qué daño podía hacer? El Domador del Azar no parecía tener, pensé, una vida social mucho más activa que la mía. Por lo que había visto, era más probable que tuviera problemas de olor corporal y de control de la ira.

El despacho o casa —porque lo mismo era— del Domador del Azar no tenía desperdicio. Solo siento no contar con algún conocido que, no habiendo dedicado tantas energías al análisis funcional o la teoría de números, se hallara en mejores condiciones para dar una descripción que haga justicia a ese antro vicioso. El portal se encontraba en un edificio gris con cornisas a medio deshacerse, como pan duro aporreado por un impaciente con hambre de tostadas. El interior del portal era justo como imagino los túneles o ascensores mineros, si bien nunca he estado en una mina. Sí he visitado una reproducción en Almadén —me aseguran que fiable—, y me pareció de lejos menos claustrofóbica y polvorienta.

La iluminación era precaria. Dos bombillas colgaban de cables escuálidos y no iluminaban mucho más que las paredes desconchadas. Las escaleras las encontré al torcer una esquina de olor a serrín. En mi cabeza ensayaba preguntas mientras trataba de resistir el instinto de agarrar la barandilla. Al llegar al tercer piso, encontré de frente una puerta de madera oscura. Un cartel negro anunciaba, en letras blancas y cursivas:

Andrés F. Lúksci, Mago y Domador del Azar

Aventuré que el apellido debía de ser húngaro. Busqué un timbre entre el yeso, pero solo encontré un matojo de cables multicolores. Sentí un escalofrío y golpeé la puerta tres veces. Con seguridad. Me puse recto. Durante cerca de minuto y medio esperé en silencio, juntando los labios y mirando a los lados, pero no encontré nada con lo que hacerme creer que no se me estaba haciendo esperar. Oí unos pasos amortiguados al otro lado de la madera. Durante unos diez segundos escuché el sonido de varios cerrojos siendo deslizados —la paranoia de quien conoce los secretos del escapismo, recuerdo haber pensado—, y la puerta se abrió con un lamento cóncavo. Me impactó un chorro de olor: pensé en una cebolla aplastada por una biblia antigua.

—¿Sí? —Me saludaron unos ojos ricos en capilares frágiles. El pelo negro, de largos mechones grasos, estaba distribuido por su cabeza de un modo (tiene gracia el asunto) que juro que solo podría describirse como estocástico.

—¡Hola! Soy…, hablamos ayer por teléfono. Yo, yo…, soy el matemático — dije finalmente con una sonrisa ancha y tensa. Extendí la mano con rigidez. El mago siguió mirándome, sin mostrar más reacción que la de una lagartija soleándose, pero al cabo exclamó ¡Hum…! y abrió la puerta al completo.

No cabía duda de que se trataba de la misma persona, el mismo mago al que había visto actuar, pero su aspecto era tan divergente de su alter ego teatral como distintos son el hielo y la lava. Todo su cuerpo, sin la capa, tenía forma de bolo; es decir, empezaba estrecho, se ensanchaba mucho por el medio y volvía a estrecharse, pero no tanto como en el área de la cabeza.

—El matemático… Claro, bien, hombre, bien, sí, claro, pase, pase usted. —Ignoró mi mano extendida, que acabé por retirar, renqueante. Carraspeé y miré en abanico hacia el suelo para evitar sus ojos. Vi las pegajosas marcas negruzcas en el parqué, tal vez mezcla de aceite y polvo. En su camiseta blanca sin mangas vi lo que seguramente era salsa de pescado, ya seca, de comida tailandesa precocinada. Su chándal era cómodo, amplio. Y tenía una barba puntiaguda, se diría que de tres días, que supongo ocultaba en el teatro con aquellas sobredosis espesas de talco.

Lamenté no tener a mano algún cuaderno o abrigo voluminoso. ¿En qué estaba pensando? La casa-oficina resultó ser más bien una única estancia ovalada con un gran ventanal. Entraba por él la luz dura y abierta de la tarde, que llenaba el espacio de un brillo tranquilo. Aquí o allá flotaba el polvo errático en los centros de los haces, con su silencio browniano. Sonreí.

—Bueno, pues…, pues, sentémonos aquí y me cuenta —invitó el Domador haciendo un gesto vago hacia la mesa circular del centro. No vi ninguna silla. Avancé hacia la mesa sorteando pilas de libros en espiral. Olía a verduras antiguas, blandas. Casi tropecé con unas enciclopedias noruegas de ilusionismo, pues me distraía la suciedad heteróclita de aquel lugar: los ubicuos platos con restos de tomate, una cama apretada con sábanas como papel de periódico, bolsas de plástico blanco por las que asomaban puerros dudosos, las estanterías de alturas incoherentes, una persiana derrotada detrás del sofá arañado, y enjambres compactos de pelusa que podrían echarse a rodar como un tumbleweed tejano. No me atreví en ningún momento a preguntar por el baño, que supuse camuflado tras alguna de las disfuncionales estanterías.

Andrés sacó dos sillas plegables de tela del espacio entre dos baldas. De las que se llevan a la playa. Despejó la mesa con energía y media docenas de platos de postre cayeron, algunos enteros y otros fragmentados, sobre un nutrido bulto de revistas. Logré llegar hasta mi asiento tratando de no pisar nada y, al mismo tiempo, intentando que no fuese obvio que me movía con mucha cautela. ¿Estaba en peligro?

Antes de sentarse, el mago se dirigió a una de las estanterías con pasos de hipopótamo. Rascándose las lumbares con la mano derecha, comenzó a buscar entre los anaqueles. El sol me cegó y recordé mi sueño. Yo esperaba con las manos cruzadas, sintiéndome algo ridículo en aquella silla que, como toda buena silla de playa, era muy bajita, lo suficiente para poder tocar la arena con las manos, pero que en este caso solo tenía el efecto de dejar la mesa a la altura de mi cuello. Una pareja de moscas zumbaba a mi izquierda. Me giré y vi un precario plato con mostaza sobre una montaña de ejemplares del Proceedings of the International Association for Improbable Probabilities. Debía de ser un Q4, no me sonaba.

—¡Ajá! Ajá, ja, ja, ajá… —musitó de pronto Andrés, por fin mostrando una emoción distinta del recelo—. Aquí está, mi querido Uskrinubiz da Uulpnagaranitas, sí señor, sí…

Andrés volvió a la mesa sujetando con las dos manos el enorme volumen. Era un libro muy antiguo, de cuero granate, lomo devorado y hojas encrespadas. Lo dejó caer sobre la mesa y me asustó la nube de polvo. En letras doradas y desgastadas se leía Uskrinubiz da Uulpnagaranitas. El mago me dedicó una sonrisa infantil, expectante.

—¿Qué…, qué es? —pregunté con un dedo inestable.

—Oh, oh, oh…, pues se trata de la solución a sus inquietudes, ¡claro!

Aún de pie, sacó de su chándal una espátula con la que despegó algunas hojas centrales y abrió el libro con gesto de cirujano. Se sentó y me apuntó con la barbilla.

—Esto es una copia de un volumen de la biblioteca de Al-Hakam II —explicó—. Muy desconocido, sí. Quizá por motivo de la lengua en que está escrita, el cimerio, que ha sido, muy lamentablemente, olvidada por completo. —Acarició las hojas con las yemas y me miró con fuerza—. Este ejemplar fue creado en Barcelona alrededor de 1850, y yo se lo compré a un librero aquí en el Rastro… Hará ahora cosa de veinte años. El título…, bueno, tardé meses en descifrarlo, pero lo cierto es que no paré hasta que me manejé con soltura en la lengua cimeria… Sí, un idioma muy interesante. —Y sonrió, quizá queriendo ser enigmático. Me sentí inseguro. Era la mueca escalofriante de un psicópata poco higiénico. Estiré el cuello para echar un vistazo a aquellas páginas. Todo estaba escrito en caracteres extraños y apretados que no me recordaban a ningún sistema de escritura del que yo tuviera constancia.

—Disculpe, pe…, pero ¿qué tiene que ver esto conmigo? —me atreví finalmente a preguntar. Le recordé mis preguntas sobre el azar, y comenté, para ganarme tal vez su simpatía, que le había visto actuar varias veces y que «me había parecido soberbio».

—Oh, lo sé, lo sé. No crea usted que no retengo en esta a todos y cada uno de mis espectadores —y repicó el dedo índice sobre su sien mientras con el codo se apoyaba en la mesa.

—Bien, pero, entonces, dígame…, por favor…, usted, ¿usted es pues experto en teoría de probabilidades? —Ante esto, el mago levantó las cejas e hizo un amago de risotada. Enseguida recuperó la solemnidad.

¿Qué estaba haciendo yo allí? ¿No debería estar preparando mis clases para septiembre? Me removí en la silla y noté restos de arena. Mirar a Andrés era incómodo por la luz que me caía de frente. ¿Debería empezar mi curso con las sigma-álgebras, para alienar a los lentos, o sería aceptable un par de días de plácida filosofía? Antes de poder arrepentirme, el Domador me sorprendió de nuevo:

—Bueno…, habrá oído usted la famosa sentencia de Hilbert según la cual la matemática es el arte de la buena notación.

—Claro —contesté enseguida, fingiéndome ofendido, ya que la cita me sonaba vagamente.

—Bueno, pues algo parecido ocurre con absolutamente todas las ideas y filosofías… Solo hay que encontrar, se diría…, el lenguaje correcto para expresarlas, y todo se esclarece.

Andrés volvió a acariciar el libro e hizo una pausa que ahora, desde la distancia, se me ocurre que tuvo que ser algo ensayado, con toda seguridad algo heredado de su experiencia teatral.

—¿Ve esa foto que tengo ahí?

Señaló hacia un pequeño cuadro que colgaba en ángulo. Apretando los ojos pude ver bien de qué se trataba, a pesar de que una torre de papeles de apariencia inestable cubría una de las esquinas de la imagen. Era una instantánea de Andrés en medio de una playa soleada y llena de vegetación, rodeado de una docena de hombres semidesnudos de piel oscura. Sostenían palos con peces ensartados, sus pechos estaban decorados con pintura blanca, y sus sonrisas se abrían bajo las narices chatas y los enjambres de pelos y barbas rizadas. Andrés, notablemente más estrecho que en la actualidad, salía fotografiado hasta la cintura y sonreía detrás de sus gafas tintadas. Sus brazos descansaban sobre dos de los hombres con lanzas. No tenía el desagradable aspecto de un antropólogo. No, el grupo parecía de algún modo casi familiar.

—Se trata de los Yimithirr, en un rinconcito de Australia —comenzó a explicarme sin mirarme, manteniéndose ahora concentrado en la imagen—. Estuve un tiempo viviendo con ellos, pero lo tuve que dejar, porque no puedo con las dietas basadas en el pescado. ¡Ja, ja, ja!… Usted me entenderá.

—Por supuesto —repuse de inmediato, absolutamente perplejo.

—Bueno, al caso… A los Yimithirr les pasa algo muy curioso, y es que han desarrollado un idioma (de orígenes bastante oscuros, por cierto) en el que no existen indicaciones espaciales egocéntricas, sino puramente geográficas. ¿Me sigue usted?

—Bueno…

—Me explicaré mejor: un miembro de los Yimithirr no afirmaría estar sentado a la izquierda de la puerta, sino al noroeste, o al sur, lo que sea. Y si tiene que indicar dónde dejó su caña de pescar, no dirá delante de y a la derecha de etcétera, sino al noroeste de la casa al sur de la tuya. Y aún tienen más palabras, vaya, prácticamente para cada diez grados hay una palabra… ¡Ya ve usted! ¿No es maravilloso?

—Parece poco práctico.

—Oh, bueno, bueno, bueno, pero piense usted que se educan así desde niños, y que incluso carecen de una palabra para decir «izquierda». Ellos tienen que apañarse con un vocabulario basado en la orientación absoluta, y nunca subjetiva. —Levantó un dedo para señalar lo serio de la cuestión—. ¿Y sabe qué es lo que ocurre? Bien, supongo que esto me lo concederá con facilidad: los Yimithirr son, de modo innato, excepcionales en orientación. No importa cuánto anden por el bosque o que les des treinta vueltas con los ojos vendados… ¡Siempre saben dónde está el norte, hasta borrachos en una noche nublada! No es una gran proeza, lo sé, y hay gente que lo tiene muy fácil para orientarse también aquí, en Madrid, quizá incluso usted….

—Bueno, no crea…

—Pero entre los Yimithirr eso es la norma, y al dejar de ser la concepción del espacio un compendio de entidades relacionales, siempre referidas al sujeto, la percepción de la totalidad cambia, porque se convierte en algo externo, independiente del Yo pensante.

—Sí, entiendo, las estructuras del lenguaje afectan a su manera de pensar —aventuré, adivinando ya por dónde discurría el delirio de mi interlocutor.

—¡Exacto! —exclamó con alegría obvia y dando un manotazo en la mesa, con la que tembló la mostaza a mi izquierda—. Como sugiere la hipótesis de Sapir-Whorf, la cognición del sujeto está condicionada y limitada por el lenguaje que posee, y las propias estructuras mentales a las que el ser pensante puede acceder vienen dadas por la naturaleza de su lenguaje. No hay, pues, pensamiento sin lenguaje —concluyó aquel mago demente.

Apenas terminó de pronunciar la palabra «lenguaje», su mano derecha flotó en el aire. Sus cejas de jabalí se giraron hacia mí. Saboreé la saliva, despacio, y busqué algo que decir.

—Entonces…, entonces…, ¿ocurre algo parecido con la lengua cimeria? —terminé por decir. Andrés sonrió y vi las grietas en sus labios.

—¡Oh, mucho más que eso, mucho más que eso! No sugiero, sino que afirmo, y tengo buena prueba de ello, que eso es exactamente lo que sucede en la lengua cimeria con respecto a la idea de azar.

Quedé en silencio, a la espera del siguiente desvarío. Había sido ridículo venir aquí, fruto de la soledad, pero hay quienes lo podrían aprovechar para un relato. Apreté los pulgares y asentí despacio, con los ojos sobre la mostaza.

—Verá, este libro que aquí le muestro, el Uskrinubiz da Uulpnagaranitas, es un tratado de filosofía cimeria que incluye entre sus páginas vetustas, entre muchas, muchísimas otras cosas, una gramática prolija del idioma, imprescindible para adentrarse en las sutilezas del pensamiento de esta prodigiosa civilización… —El mago se echaba hacia adelante y, como no hacia pausas para respirar, podía oír su disnea—. Verá usted, mire, mire cuántas anotaciones he hecho —me decía dando toquecitos al libro. Estiré de nuevo el cuello y vi que, en efecto, había marcas de lápiz y notas bien empaquetadas. Qué barbaridad—. Bueno, me tuve que basar en mis conocimientos de acadio y en algunos textos comparados, ¿sabe usted?, pero con todas estas anotaciones el manual es ahora completamente autocontenido, y con el suficiente trabajo, siendo usted científico —hizo un guiño—, no tendrá problemas en poder completar su estudio en el plazo de un año… Claro que tendrá que dedicar a ello todos sus esfuerzos, ¿eh?

—Pero… ¿qué me está diciendo? —respondí con la garganta seca—. ¿Que quiere usted que lea este libro, que aprenda este idioma, para luego leer toda esta… filosofía asiria, es eso?

—Cimeria, filosofía cimeria, cimeria, cimeria —me corrigió Andrés de nuevo blandiendo su dedo—. Las conexiones con el mundo asirio son múltiples, sin duda, pero es una cultura bien diferenciada, ya verá usted.

—Pero… ¿por qué? —acerté a decir. De pronto, temí quedarme allí encerrado, reducido a salsa de tomate, mostaza y revistas desconocidas. Miré hacia la puerta—. Yo…, yo…