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¿Le has pedido a una inteligencia artificial que te lleve a viajar en el tiempo? ¿Te has emocionado en alguna ocasión al pasar por la puerta de tu antiguo instituto? ¿Has querido en algún momento de tu vida volver a vivir situaciones de tu pasado? El banco del instituto te dará todo eso, explorando las relaciones humanas, el amor, la amistad, la nostalgia, a través de los recuerdos asociados a un banco de instituto. Una novela que narra, en diferentes espacios temporales, las interacciones de nuestros protagonistas, haciéndolos vivir una historia de amor llevada hasta el límite. Acompaña a nuestros personajes y descubre hasta dónde se puede llegar por amor, cuánto se puede entregar a otra persona y hasta dónde puede llegar la ética.
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Seitenzahl: 303
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Daniel Gómez Ibáñez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-635-9
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Dedicatorias
Dedicado a todos los fantasmas que he conocido, a los que conozco y a los que me quedarán por conocer.
Dedicado a cualquiera que se vea identificado con las situaciones que se narrarán.
Por último, quiero dedicar este libro a las personas que todos los días se despiertan para luchar contra la vergüenza, contra los silencios y por no dejar que el pasado les nuble el presente.
Presentación
Hay tanto cariño y tantos recuerdos en el título que es difícil para mí empezar a presentarlo sin usar esa palabra, y es que si tuviera que describir rápidamente esta novela sería con dos conceptos muy genéricos, como son el amor y el tiempo.
Tuve la suerte en mi vida de poder tener un banco de instituto, tuve la suerte de no salir corriendo cuando veía el autobús y tuve la suerte de quedarme un ratito allí sentado junto con más personas que no corrían, y hasta tuve suerte de que me apadrinaran en varios bancos de otros institutos, y en ello me he basado para escribir esta novela.
Es curioso cómo, sin saberlo, algunos objetos inanimados, dormidos e inmóviles durante su vida, crean y forjan recuerdos maravillosos generación tras generación, y cómo la ausencia de los mismos hace tambalear y apena las historias maravillosas que allí se produjeron y que solo ellos y sus protagonistas conocen.
Cuántas aventuras podrían contar aquellas maderas; cuántas risas, lloros, quedadas, rupturas, encuentros, noviazgos, abrazos, besos, miradas; y cuántas relaciones quedaron grabadas a modo de tatuaje en la madera, como se veía en las películas, para que cuando sus protagonistas, sesenta años después, volvieran a sentarse allí pudieran recordar que año tras año, en aquel preciso instante cuando lo grabaron, estaban enamorados, y que aquellas iniciales junto a un corazón atravesado por una flecha les mantendrían unidos durante el infinito tiempo que aquella madera pudiera durar.
Seguro que más de uno, consciente o inconscientemente, ha regresado allí; se ha sentado tratando de revivir como espectador lejano en edad aquellos momentos y ha hecho de Indiana Jones buscando aquellas felices muescas en la madera. Seguro que ahora estás sonriendo, seguro que diriges tu mirada hacia la puerta del instituto y te ves saliendo, o ves a tus amigos/as o a tu novia/o y los acompañas caminando o corriendo hacia el banco, ¿a qué sí? Tiran la mochila al suelo, dejan aquellas carpetas decoradas con fotos en el exterior y con miles de secretos en su interior reposando encima y se afanan por hacerse un hueco en aquel maravilloso lugar.
Si escuchas atentamente oirás risas, muchas risas, cotilleos, el consuelo al enfadado, el plan para el fin de semana, las promesas eternas de juventud o de amor… Solo hay que escuchar con atención. Lo único malo es que al rato se silenciarán y tendrás que seguir andando por aquellos escenarios para seguir escuchándolos… o volver en otra ocasión dentro de unos años. Y es que una de las cosas malas que tiene hacerse viejo es que cada vez estás más sordo.
Unos años, ¿verdad?, como si fuera tan fácil garantizar que en unos años puedes volver; quién sabe. Ni tú mismo, cuando grabaste en la madera aquellos jeroglíficos, podías garantizar que treinta años después volverías a buscar aquel garabato, más que nada, porque también eres consciente, ahora, de que más de uno ya no puede volver a sentarse.
Los echo de menos, es verdad; echo de menos el banco, las personas, los escenarios, las situaciones, los autobuses; todo… Pero no tengo claro que sea recíproco.
Ahora, en la mejor de las situaciones, recuerdo vagamente los nombres de algunos de aquellos compañeros de asiento, pero por desgracia la mayoría se han convertido en fantasmas eternos con quince años, imposibles de localizar, desaparecidos en la historia y en el tiempo, vivos únicamente en alguno de mis recuerdos y zombis cuando en algún encuentro esporádico alguien dice: «¿Te acuerdas de Pepe? Sí, hombre, aquel chico bajito con gafas que se sentaba junto a la ventana en la fila cuatro…».
Pero ¿y si hubiera una opción de volver justo ahí? ¿Y si pudieras regresar a cualquier recuerdo que tú quieras y volver a vivirlo como si fuera el presente?
En esencia, eso es lo que vas a descubrir, eso es lo que quise: que recuperéis a vuestros fantasmas durante un ratito, que cerréis los ojos y que viajéis a otra época, a la que tú elijas, pero a otra época tuya. Recordar es viajar en el tiempo, ¿no? Es viajar al pasado, es volver a vivir situaciones en punto concreto de nuestras historias pasadas… Pues haremos ese viaje junto a mis personajes.
Viajar en el tiempo es un tema que siempre me ha llamado la atención y sobre el que tenía muchas ganas de escribir. Se lo debía, sobre todo, en agradecimiento a tantas horas de lectura e investigación que me ha proporcionado y porque, además, el hecho de tener que encontrar una manera como mínimo original para realizar esos viajes temporales supuso un reto importante en mi cabeza, aunque me generó una duda moral sobre la invasión de la tecnología en nuestra privacidad.
Y como no, todo ello engarzado con una historia romántica, como no podía ser de otra manera en un escrito mío…
He querido mostrar también la importancia de personas que están en nuestras vidas y que, sin ser familia, su comportamiento las hace partícipes de dicha calificación.
Esas personas son mis principales personajes, a los cuales sumerjo en el dolor, la ternura, la inocencia; pero, sobre todo, con ellos he querido profundizar en el comportamiento humano ante situaciones límites que nos presenta la vida en ocasiones y hasta dónde puede llegar el amor desinteresado entre dos personas.
Para ello, tuve que volver a bajar al abismo, a las tinieblas, a la oscuridad, y llevarme al límite una vez más a mí mismo para tratar de plasmaros los sentimientos que mis personajes sufren a lo largo de su historia, y eso, aunque me duela, me gusta: rozar esos límites oscuros hace que pueda escribir, hace que esto sea de verdad, que lo pueda sentir para poder explicároslo, pero reconozco que cuesta regresar a luz otra vez.
En esta ocasión, mi querida Patri y mi querido Javi protagonizan su historia, la de sus recuerdos, sus secretos, sus sentimientos, y sobre todo la del cariño que existe entre ellos. Iba a deciros que los personajes irán cambiando a lo largo de la historia, pero no es así, y es que al final creo que somos lo que somos y no cambiamos, pero otra cosa es lo que queremos mostrar al exterior, y a ellos les pasa precisamente eso.
Muchas veces construimos esas fachadas para ocultar realidades que nos pueden hacer vulnerables hacia inoportunos aprovechados de la vida, lo cual sirva de paso para decir que los odio profundamente y que ojalá en algún momento del futuro las personas puedan ser lo que son simplemente porque esos «vampiros» han desaparecido.
En fin, pues esto es El banco del instituto: una historia de amor en la que podrás cambiar el pasado sin modificar el presente, o puede que si lo puedas modificar o a lo mejor prefieras regresar al pasado para volver a vivirlo exactamente como tú lo recuerdas. ¿Cuál será tu elección? Tú decidirás dónde te quieres quedar.
Prólogo
En un mundo tendente a adjetivar la inteligencia con palabras «artificiales», «emocionales» o «sociales», la vertiginosidad de nuestras vidas hace que propendamos a considerar trascendentes segundos inocuos, minusvalorando horas vitales. Por ello, es imprescindible encontrar nuestro sitio especial, el de cada uno, donde profundizar sobre el propio sustantivo, sentados ante nuestro pasado, mirando nuestro presente e imaginando nuestro futuro; y, por Dios, ¿dónde mejor que en El banco del instituto, una loa al empirismo más romántico, al romanticismo más racional, al racionalismo más desgarrador? (Hume, sin duda, aplaudiría).
La narración comienza en términos actuales para ya no parar de viajar al pasado desde el más brutal de los presentes; navegamos por recuerdos a bordo de nuestro banco, el de cada uno, recorriendo el pasado de dos de nuestros protagonistas, Javi y Patri, adentrándose, sin encontrar a Ariadna, en un laberinto que el mismísimo Dédalo habría reclamado como suyo.
Los pasajeros son tres soñadores que, por no despertar, mutan su sangre en Valium, entrelazándose íntimamente, formando un trío literario e indivisible. Son uno y el mundo.
Los propios lectores podremos vernos reflejados tanto desde un punto de vista ético como psicológico, ahondando en los sentimientos más humanos. ¿O es que no recuerdas tu barrio?, sí, ese en el que creciste; o el primer beso, quizás el que no diste; ¿y qué me cuentas de esas riñas inocentes acompañadas de la mejor de las reconciliaciones?; ojo, espera, ¿qué tienes que decir de tus travesuras castigadas con recompensas de amor?
Cada capítulo de este libro es un viaje infinito a nuestro propio yo, compuesto por tus miedos más mundanos y tus filias más platónicas, con paradas que cicatrizan heridas y destinos que bien pueden ser huidas.
Ah, por cierto, Ariadna sí aparece disfrazada de Silvia, la de cada uno, para, con su laberíntico hilo, salvar a nuestro héroe de su mitológica existencia.
No puedo terminar sin antes agradecer al autor que un escritor que no escribe haya tenido la oportunidad de ser feliz leyendo un libro que no se lee, se late, e intentar plasmar en un modesto prólogo lo escuchado desde su estetoscopio.
Por ti, Dani, por ti, amigo.
Moisés Baena.
Mi memoria
Hoy empecé a andar, como cualquier otro día, sin importarme lo más mínimo lo que pueda pasar, con la mente despejada y limpia, en uno de esos momentos en los que disfrutas simplemente con el hecho de estar contigo mismo. Dejé hace tiempo de preocuparme por esas cosas que normalmente atormentan a las personas en su presente, y no es por creerme diferente o mejor que los demás… Bueno, qué demonios, sí que lo creo, soy diferente a los demás. ¿O es que todos somos iguales? Lo de mejor ya es otra cosa…
Si preguntas a los que me conocen que es lo que más caracteriza esa diferencia, te dirían que es mi capacidad de vivir en el pasado.
A día de hoy se considera enfermedad, ya que te hace incapaz de vivir el presente en plenitud y no ser totalmente consciente de todo de lo que te rodea, porque lo asocias a algo positivo ya vivido anteriormente. El caso es que tiene sus lados buenos y malos; buenos porque puedes evadirte continuamente de todo, y malo porque te hundes pensando que todo momento anterior fue mejor que el que estás viviendo.
Todo castillo tiene sus cimientos, y en el mío, mi burbuja se soporta en una memoria reconocida por la ciencia como magistral. Mi cabeza es capaz de reproducir cual vídeo cualquier escena vivida por mí a lo largo de toda mi historia con un nivel de detalle increíble. ¿Genialidad o tortura? Puede que enfermedad, y se llama hipermnesia.
¿Te imaginas no poder olvidar? ¿Te imaginas recordar absolutamente todo de todos los días de tu vida?
Para los recuerdos bonitos es maravilloso, pero anda que los malos… ¿Quién no quiere olvidar esos momentos que a todos nos toca vivir y que deseamos apartar de nuestras cabezas lo más rápido posible?
En mi caso, si encontrara esa lámpara mágica, no pediría ni dinero ni amor ni salud, ni nada por estilo, pediría volver; volver donde creo que fui feliz; donde, como viví aquella realidad, sé que no me puede pasar nada porque ya ha pasado y la conozco; volver a un recreo conocido, volver a mi vida pasada… Espero que no sea todo esto una depresión. En fin.
Al final, tanto pensamiento me ha abierto el apetito y creo que debo de descansar un poco esta cabezota mía. Iré a tomar algo al restaurante de Patri.
Patri es una amiga que conozco desde hace muchos años y a la que de vez en cuando me gusta ver. Es un encanto, pero se mete mucho conmigo, por lo que la aguanto un ratito cada determinado tiempo y ya está.
—Hola, Patri, cariño.
—Hola, flaqui. ¿Te has puesto a dieta de engordar ya? De lado no se te ve…
—Yo también te quiero, ¿te has puesto el pelo rojo y con rizos?
—Sí, ja, ja, ja. Original, ¿verdad?
—Estás loca, chica… ¿Qué? ¿Cómo marcha la vida?
—Va, que no es poco. No están las cosas muy bien, ya sabes, y la gente si puede se ahorra el café de la mañana y la cervecita de la tarde. Esperemos que ahora con el verano y la terracita mejore algo, y si no, me veo yéndome a vivir a tu casa, ja, ja, ja, así me mantienes.
—No tengo otra cosa que hacer que aguantarte a ti, lo que me faltaba. Mira, me tiño yo el pelo de azul, y si nos juntamos seremos la camiseta del Barcelona.
—No te vendría nada mal, flacucho, porque ahora está claro que llevas la camiseta del Real Madrid con todas esas canas que tienes.
—¿Qué quieres tomar?
—Ponme un café solo, anda.
—¿Y algo de comer?
—No, tengo que mantener la dieta y este cuerpazo que me ha dado Dios.
—Pues, si te lo dio Dios, aquel día estaba el pobre bastante afectado… Anda, mejor no comas nada, no sea que engordes y no puedas pasar por la puerta a verme. Mira que eres soso, hijo. ¿Y tu día cómo se presenta?
—Como siempre, uno más; esto no cambia.
—Eres como un rayo de luz que entra por la ventana, chacho, madre mía, deprimes al último ganador de la primitiva; dejaron de emitir Tu sí que vales porque nadie vale para ti, y los cómicos de este país te han puesto una orden de alejamiento para que no puedas pasar al cine y que la gente se pueda reír con sus películas.
—Uy, mira qué simpática ella, yo tomo café por la mañana y ella payaso a la plancha.
—Me voy, Patri, ya he tenido suficiente ración de ti por hoy.
—Adiós, soso.
—Yo también te quiero…
No sé ni por qué vuelvo, al final siempre salgo de mala leche, valga la redundancia. Siempre consigue sacarme de mis casillas.
A Patri la conozco desde que íbamos al instituto; no es que fuera al mío, sino que nosotros teníamos actividades extraescolares y se permitía la asistencia de jóvenes de otros institutos, y como ella estudiaba en el instituto de al lado pues venía por las tardes a aprender a tocar la guitarra.
Ya de joven era bastante molesta, pero en el fondo siempre fue buena chica; siempre podías contar con ella para cualquier cosa y sobre todo siempre se portó muy bien conmigo, la quiero mucho.
Patri es de esas personas que se quedan donde nacen, o por lo menos es lo que parece… Hará unos quince años, abrió un restaurante-asador imitando el estilo de los asadores tradicionales vascos en nuestro barrio y lo reformó hace poco. Francamente, le ha quedado muy bien; es de esos lugares que huelen a madera vieja, al asado de siempre, a grandes comilonas y, sobre todo, a casero. Se llama Bakarrik, supongo que no encontró un nombre menos rebuscado que ponerle.
Muchas veces pensé en que terminaríamos juntos. Que es muy guapa es verdad, desde que la conocí fue un pibón, pero creo que habríamos terminado tirándonos los trastos a la cabeza desde el primer día, y ahora con casi cincuenta ni te digo. Y es que de eso sí que me he dado cuenta y es que a medida que vas cumpliendo años, o yo, por lo menos, te vas volviendo o convirtiendo en un ente bastante maniático e intransigente, y eso de que entre alguien a cambiarte tus rutinas y el modo de vida es complicado.
Sí, soy consciente de que estar acompañado es más sano para la salud, pero ¿quién no quiere estar malo de vez en cuando?
Vamos, eso de llegar a casa sin dar explicaciones, cenar lo que te dé la gana, ver en la tele lo que quieras, acostarte solo y cuando quieras, pero como si te quedas dormido en el sofá… ¡No pasa nada!
Ya no estamos para aguantar tonterías de nadie, ¿no? A lo mejor es lo que me quiero creer…
Lo de vivir cerca del trabajo y poder ir andando, algún día en autobús si hace mucho frío, me parece un lujo difícil de igualar. Me refiero a que puedes tener la situación bajo control, cosa que cuando tomas cualquier medio de transporte te arriesgas a multitud de factores ajenos a ti que te pueden afectar. Sí, soy un poco cuadriculado.
Me quedé a vivir en el mismo barrio donde nací, no quise cambiar… El hecho de querer ver y recordar los mismos sitios que me vieron pasar durante toda mi vida me motivó más que la compra de cualquier vivienda en otro lugar.
De este modo he sido espectador de los cambios, las renovaciones generacionales, las nuevas construcciones realizadas, etc., algo que para mí consigue llenarme de recuerdos maravillosos y de pena por ver como todas aquellas imágenes guardadas se han ido modificando.
Al andar cualquier día por sus calles, puedo revivir los sitios de juegos infantiles, las peleas, los partidos jugados, los amigos, las novietas, las borracheras, el primer coche y un sinfín de datos que, sumados, componen mi vida.
En muchas ocasiones, tengo la sensación al pasar por determinados sitios de que aún estoy allí y puedo verme desde fuera reviviendo momentos que fueron muy especiales.
La última vez que tuve esta sensación fue cuando cambiamos de edificio en el trabajo; la casualidad o el destino quiso que este edificio se encontrara en el mismo camino que hice mil veces para ir al instituto.
Este hecho provocó que a los pocos días imitara ese camino, a pie, viéndome desde fuera llegar al lugar que sería durante aquellos maravillosos años mi instituto.
Me lo tomé con calma, no quise hacerme el camino a la carrera; quise empaparme de los recuerdos de las esquinas, de las panaderías, de las tiendas ya inexistentes, de los compañeros andando en grupos, de los árboles que me conocían, de las aceras que me vieron correr tras esos autobuses cuando llovía, de aquellos maravillosos amores que llevaba en silencio tanto en el autobús como en los paseos… Qué rápido pasa todo. Tengo que hacer el camino también en autobús, y es que he recordado a tres de aquellos amores silenciosos por los que trataba de cuadrar las horas y de ese modo coincidir con ellas durante unas cuantas paradas hasta que llegábamos al instituto; ellas estudiaban en un instituto al lado del mío. En aquellos momentos no fui capaz de decirles nada, supongo que la vergüenza ganó a las tremendas ganas que tenía por conocerlas. Maldita vergüenza, cuántas cosas me pude perder por su culpa…, pero curiosamente el destino haría que años después las pudiera conocer.
Me sale una sonrisa al recordarlas. Esther, que era la más bajita de las dos, morena de miles de rizos en su cabeza, siempre que no nos podíamos sentar y nos encontrábamos de pie en el autobús me tiraba del abrigo por detrás y se hacía la tonta para que le dijera algo y, estúpido de mí, la miraba con cara de perdonarle la vida en vez de sonreírle. Eso sin contar las veces que le daba por ponerse delante de mí en el autobús cuando estaba lleno, cara cara, a quince centímetros de mi boca y mirándome con aquellos ojazos marrones como pidiéndome permiso para hacerlo.
El día que conozca a la vergüenza le meto una paliza. La perdí la pista cuando terminamos el instituto y curiosamente la encontré al ser amiga de unos conocidos míos. Fíjate mi cara cuando quedo con ellos para salir una noche y me la encuentro al llegar… Con más de una copa y con algún año también de más, nos pusimos a bailar en la pista del local; bueno, un decir eso de bailar, porque ella estaba más afanada en desabrocharme la camisa, meter sus brazos entre ella y poder abrazarme sin ropa que en seguir el ritmo de la música.
Hasta ahí todo más o menos bien, pero no dejé que fuera el tema a más, y es que eso de que al vino le va bien cumplir años digamos que no se aplica a todo en la vida, y es que aquella preciosidad que recordaba de años atrás, para mí desgracia, ya no brillaba igual, y no me refiero a Esther... De todos modos, siempre guardaré ese momento con mucho cariño en mi cabeza; creo que, al cerrar los ojos en aquella pista de baile, volvimos a estar en el autobús, cara a cara, mirada tras mirada, roce tras roce y deseando bajarnos para que pasara el tiempo rápido y a la mañana siguiente volver a quedar.
La más alta, Sonia, era un año mayor que yo, y esta sí que no me hacía ni caso; claramente, un año es un año con esas edades, o eso pensaba yo, una distancia insalvable que hacía que ni en broma se fijara en mí...
Sonia iba al mismo instituto que Esther, por lo que los días que Esther fallaba la tenía a ella como «entretenimiento» visual en aquel corto camino. Ahí descubrí lo que era el hombre invisible, y es que no era capaz ni de regalarme una miradilla, y ya ni te digo una sonrisa… Ella siempre seria hablando con sus dos amigas…
Unos tres años después, me dejé caer una noche por la discoteca Attica con un par de amigos, y menuda sorpresa me llevé cuando Jesús se me acerca y me dice: «Javi, que una tía que conozco se quiere enrollar contigo».
Más allá de tomar una decisión precipitada, opté por la seguridad y le comenté que era mejor conocerla antes.
Aún la sigo viendo cogida de la mano de Jesús mientras se acercaba a mí: camisa de flores y pantalón blanco ajustado, mirada vergonzosa, pelo largo…
—Hola, me llamo Sonia, ¿sabes quién soy?
—Eh… Sí, sí, claro que sé quién eres… Yo me llamo Javi.
Menudos nervios, no me lo podía creer, ¡era Sonia! Estaba guapísima y solo se me ocurrían estupideces cada vez que abría la boca. Menos mal que se cansó de oírme y, haciéndome la señal de que me callara, enmudeció mi boca sellándola con sus labios.
Directamente aluciné y nunca podré olvidar aquel primer beso con ella, os aseguro que fue uno de los momentos más especiales de mi vida y aún sigo estremeciéndome con las sensaciones que provocó en mi cuerpo. Aquella sería la única y última vez que volvería a verla en mi vida. No entiendo muy bien por qué el destino quiso que ya nunca coincidiéramos. Es como si un ente supiera lo que me gustaba y quiso hacerme el favor de estar una noche con ella. Lo que me apena es que me tiré mucho tiempo tratando de encontrarla, pero no fui capaz… Lo dicho, una pena o un agradecimiento a un destino gracioso.
Luego estaba mi diosa morena; mira que era guapa: morena de pelo liso largo, alta y con su uniforme del colegio que le quedaba de muerte…
Con ella tenía que cuadrar cual reloj suizo mi llegada al barrio con su salida del colegio (era más pequeña que yo). Siempre me la encontraba con una amiga suya yendo de camino a casa y siempre la misma reacción: ambas me miraban, yo las miraba, la amiga se reía y ella me regalaba una sonrisa.
Me tiré tratando de coincidir con ella unos dos años hasta que, un verano, estando sentado en los escalones del ayuntamiento, la vi pasar y, cogiendo fuerzas, me decidí a hablar por fin con ella. En qué momento, madre mía… Si no le hubiera dicho nada se hubiera quedado en mi memoria como un sueño, como mi diosa, pero en lugar de ello tuve que estropearlo todo queriendo conocerla.
—Hola, ¿qué tal? ¿Cómo te llamas?
—Ana Belén.
Y en aquel momento sucedió… ¿Ana Belén? Manolo, diría yo; madre mía, qué voz, era horroroso, era como hablar con un camionero con resaca de dos semanas que se había fumado cuatro cartones de tabaco. En un segundo todo se desvaneció, los dos años de reloj y la esperanza quedaron borrados por aquel gruñido que se escapó de aquellos maravillosos labios.
Años después volvería a verla en dos ocasiones, una de relaciones públicas en una discoteca de moda —me reconoció en la entrada y me sonrió, pero nada de nada—, y luego otra en una revista siendo modelo —a Dios gracias las revistas no hablan.
En fin, cuántas historias… Es lo bueno que tiene andar, que tienes tiempo para pensar, recordar o para lo que quieras.
Llegué a la última parada del bus, mirando antes de bajarme al resto de personas que había por si podía reconocer a día de hoy alguna cara que me sonara de aquella de época.
Ya veía mi instituto y el de mis «amigas», la misma iglesia, la misma parada de metro, pero algo no estaba bien… algo en aquel paisaje no estaba como siempre.
¡El banco no estaba! Una triste decepción me inundó, no me lo podía creer: no estaba el banco. Y no me refiero a la entidad a la cual pagamos las hipotecas, sino a aquel maravilloso entramado de hierro y madera que me vio sentarme en mil ocasiones y en el que viví mil historias maravillosas.
No puede ser, pero ¿a quién le podía molestar aquel punto de reunión cómo para quitarlo? Era mi banco, me han robado una parte de mi vida sin preguntar.
Desde que arranqué mi camino, pensé en la llegada y en sentarme allí una vez más para observar, observarlo todo, recordarlo todo, ver otra vez cómo salíamos corriendo del instituto hacia la parada del autobús, ver allí sentada a la pandilla, ver a mis amigas salir de su instituto mirando si estaba sentado para acercarse, leer aquellas inscripciones que hacíamos con las llaves de casa y que quedaban grabadas en la madera a modo de reliquia…
¿Tanto costaba dejar el banco allí? Me sentí como que me habían borrado un trocito de mi pasado y me dolió. Aunque resulte un tanto ridículo, me quedé unos minutos allí parado pensando hasta que mis piernas quisieron seguir caminando.
Me acerqué a la puerta del instituto de mis amigas y ahora vi chicos; antes era un instituto solo de chicas. Pero es que giro la cabeza para ver el mío y veo saliendo de mi insti a chicas; el mío era solo de chicos. Cómo va cambiando todo en la vida; cuántas veces algo que parece una locura al cabo de unos años se convierte en algo totalmente normal.
Me acerqué a mi instituto, miré por las rejas y vi el patio. Todo había cambiado y aquel campo de futbol «rompepiernas» de arena había dejado paso a uno de césped artificial en perfecto estado. Pude ver sentados a un montón de jóvenes, intuyendo por sus posturas que estaban repasando antes de algún examen, y sentí envidia, no por el examen, lógicamente, sino por estar ahí.
De todas maneras, si me llega a pillar algún profesor mirando a través de las rejas vete tú a saber que se podría imaginar que estaba yo haciendo… Me veo arrestado como poco por espiar, ja, ja, ja.
Continúe andando y recorrí aquellas calles cuya cercanía a las instalaciones escolares las hacía cómplices de aventuras y anécdotas, repletas de cariño y nostalgia.
Desde los bares donde nos gastábamos el dinero que nos daban nuestros padres para comer en minis de cerveza y bravas, a los portales donde acompañabas a la última conquista de turno que habías conseguido.
Cómo olvidar el llegar, digamos, medio borrachillo (en aquella con dos cervezas te ponías como las motos) a clase de latín…
—Señor Martí, dígame la primera declinación en singular de puella.
—Don Jesús, pregunte a otro, que yo prefiero declinarme sobre mi brazo y dormir la siesta. Ja, ja, ja.
Siento que aún estoy allí y veo aquellas historias ocurridas hace años como si estuvieran volviendo a suceder justo delante de mí.
Entiendo también que el hecho de estar solo hace que trate de refugiarme en los recuerdos, o eso creo. Si tuviera más liada mi cabeza probablemente no estaría pensando tanto en el pasado, sino que más bien estaría tratando de vivir un presente que en un principio no me gusta demasiado.
Durante esos momentos de recuerdo, pienso si tal vez me equivoqué en el pasado a la hora de tomar mis decisiones y eso ha provocado que mi presente sea de soledad, pero también pienso que mi pasado fue maravilloso, lo cual me hace entrar en un bucle del que no sé muy bien cómo salir, porque si mi pasado fue estupendo, no pude crear un futuro malo. ¿no?
Menos mal que he llegado al trabajo.
Construyendo el futuro
—Buenos días, don Javier.
—Buenos días, Ricardito.
—Trae buena cara hoy, don Javier.
—Sí, ¿verdad?
Todos los días se repite el mismo saludo. Como algún día llegue y tenga mala cara no sé qué ocurrirá con Ricardito, que, a todo esto, tiene muy mala rima y debió tener una infancia muy dura.
Y yo me pregunto: si la cara es el espejo del alma, ¿eso quiere decir que si tienes buena cara tienes un alma buena? Pero, ¿y si tienes mala cara? ¿Quiere decir que tu alma es mala? ¿Cuándo estas enfermo te conviertes en mala gente? A esta pregunta seguro que más de uno responde que sí, porque ser buen enfermo, vamos a decir, es bastante complicado, y por otro lado...
¿Entonces los feos son malas personas? Claro, ahora lo entiendo… Por eso me alejaba yo de las chicas que no consideraba guapas; si es que me lo decía mi madre: «Aléjate, hijo mío, de las chicas malas». Ja, ja, ja. Pero como me gustaban…
¡Madre mía! Estoy fatal; mejor le doy al botón del ascensor.
Es una pena cómo se destrozan los cuerpos y las mentes con la edad, ja, ja, ja.
Planta doce, vistas a mi casa, terraza para no tener problemas a la hora de fumar y dos ayudantes que son la eficacia personalizada.
Hace ya unos años que entre varios colegas de profesión decidimos juntarnos para construir la siguiente evolución de lo que hasta ahora hemos conocido comúnmente como ordenadores, y es que, efectivamente, ya se nos han quedado cortos para los actuales retos que nos plantea la ciencia y la sociedad. Un nuevo paso adelante: dejar atrás un sistema binario para dar paso a un sistema combinado y simultaneo de ceros, y unos que consigan poder aplicar algoritmos más complejos a las operaciones, llevándonos a velocidades y resultados no conocidos por el hombre.
Computadoras cuánticas, la sustitución del Bit por el Qubit, el paso de que una operación con nuestros ordenadores convencionales dure nueve mil años a que con esta tecnología se tarden treinta y seis microsegundos, algo que hará que cambie la historia o la realidad que conocemos.
Ya en 2021 creamos una versión estable de computadora, y trabajando sobre esa base nos hemos dedicado a la mejora y actualización de la misma.
Siendo el primer computador cuántico creado y producido en España, tanto gobierno como instituciones privadas están interesados en nuestra empresa y sus productos. De hecho, en unos quince días vendrá la principal institución y organismo regulador que nos provee de fondos para que podamos seguir con nuestros desarrollos; en una palabra: los militares.
Nuestra máquina se llama JASPI, siglas de Javier, Alicia, Silvia, Pablo e Iratxe, no es un nombre muy original, que digamos, pero somos los cinco amigos que nos juntamos para arrancar este proyecto que ya veremos dónde termina.
Imagina en cuantas partes está dividido este proyecto… Pues yo llevo la parte de investigación de materiales. Trato de conseguir aleaciones o nuevos materiales para que la conductividad/velocidad en la transmisión sea cada vez mejor. Vamos, que me paso la vida investigando para tratar de mejorar a JASPI, como todos los demás.
Un cigarro antes de empezar, salir a la terraza y poder ver toda aquella zona conocida y pisada por mí hace años me hace sentir bien. Aún me veo hasta corriendo, cuando salía correr maratonianamente por estas calles y el parque. Levanto la cabeza para dejar de ver al atleta y poder observar mi casa en la lejanía. No suelo ir muy pronto, que digamos; saber que nadie espera y la falta de responsabilidades hogareñas, salvo las de jardinería, hace que la prisa por volver sea prácticamente nula. Al final, aquí por lo menos puedo hablar con alguien, no como solo y me puedo sentir integrante y partícipe de algo; y es que hace ya años que quede solo, la vida lo quiso así, o el destino, vete tú a saber.
Al ir evolucionando lo que conocía, no me preocupé en seguir conociendo y me quedé en aquella zona del recuerdo en la que todo estaba controlado no solo por mí, sino también por aquellos que me querían y ayudaban.
¿Para qué voy a tener prisa ahora en volver a casa? ¿Dónde están todos sino guardados en una caja? Ya no puedo jugar con ellos.
Se terminó el cigarro. Muévete, Javier.
—¿Se puede?
—Claro, Silvia, pasa. ¿Qué tal, cómo estás?
—Todo bien, Javi. ¿Pudiste grabarte el disco que te dejé?
—Sí, mil gracias.
—Estoy por regalártelo, que lo tenía mi padre medio abandonado por el trastero. No sé cómo puedes seguir escuchando música en vinilo.
—Ja, ja, ja. Sé que no es la mejor calidad, para algunos, Silvia, pero suena diferente y eso es lo que lo hace especial, ¿no?
—Pues, chico, de casualidad que lo guardara mi padre…
—¿Perdona? ¿De casualidad? ¿Lo pensaba tirar? ¿Un vinilo de Spandau Ballet a la basura? Vamos, le mato, fíjate…
—Uy, si empiezas a criticar me voy… ¡Abuelito! Ya estás chocho, majo. Anda, que tengas un buen día, Javi. Luego nos vemos para comer.
—Gracias, Silvia, cariño, sí, luego comemos
—Ciao, abuelito.
Silvia es uno de los cerebros matemáticos que, junto con Alicia, lleva toda la parte de algoritmos y formulación para el funcionamiento de JASPI.
Siempre anda también en su mundo y yo creo que se queda hasta atascada en ocasiones; si la miras durante un rato, podrás ver cómo se queda sin pestañear mirando hacia el infinito como si se desconectara, es muy curioso.
En cualquier caso, gran persona, y la mejor en su campo profesional.
Pablo lleva toda la parte de proveedores y compras; es el que nos consigue todo aquello que no podemos fabricar, además de cerrar alianzas con otras empresas para buscar sinergias entre ambas.
Iratxe, nuestra compañera de estudio de mercado, es la encargada de estar al día de todas las soluciones relacionadas con nuestro mundillo que pueden salir a nivel mundial. Su mundo son los foros, las universidades, las fundaciones, etc. Cualquier avance a nivel mundial que se dé sobre computación cuántica, Iratxe lo sabe.
Un gran equipo, con nuestras cosas, eso sí, pero como en todos sitios; en definitiva, un buen lugar donde vivir.
Para cualquiera que nos vea desde fuera pensará que somos esos entes frikis, tecnólogos, locos ingenieros que nadie consigue entender, y es verdad. Aquí nadie viene obligado, todos vivimos de sobra con el dinero generado con la venta de patentes, y aunque parezca una tontería creo que ese es el secreto de nuestro éxito: convertir el trabajo en un hobby, en pensar cosas y poderlas construir, en soñar y tocar.
No lo cambiaría, estoy donde quiero estar y donde tengo que estar. El hecho de sentirme útil y querido en este ámbito es lo mejor que tengo y espero que no cambie en mucho tiempo.
Como sin querer, llega el final del día laboral, ya es de noche y emprendo el camino de retorno a mi casa. Me despido de mi laboratorio y salgo por la puerta, deteniéndome un instante para respirar el frescor del ambiente antes de bajar las escaleras.
Paso por la puerta del restaurante de Patri. Le quedó bien la reforma que hizo al restaurante, y, a través de una ventana, puedo verla atendiendo a unos clientes. No voy a pasar, no me apetece irme calentito a casa.
La noche también tiene su encanto a la hora de pasear con ella; en este camino de regreso podía verme, a esas horas de oscuridad, sentado en los escalones de los portales como preámbulo a la despedida con los amigos y comentando vete tú a saber qué cosas.
Eso sí, también el miedo y esa protección que les daba a los amigos de lo ajeno me hizo pasar en más de una ocasión miedo del bueno. Las salidas del metro y las épocas de yonquis ávidos de sus mortales sustancias conseguían un curioso cóctel del cual intuyo pocos nos pudimos escapar.
No pude sino esbozar una sonrisa al pasar junto al parque y recordar aquellas despedidas, ayudadas por esa falta de luz, de las conquistas que uno hacía en estas zonas de influencia.
El acompañamiento a los portales, el robo furtivo de algún beso, darte la vuelta para ver si te sigue mirando cuando te has despedido, el «hasta luego» con regreso a casa sonriendo, la
