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A veces, para volver a vivir, hay que hablar con los muertos. Cuando Mara, de apenas ocho años, muere repentinamente, el pequeño pueblo de San Martín queda en silencio. Pero nadie siente su ausencia como Joaquín, su padre, un ebanista que deja de tallar madera para tallar su propio dolor. Hasta que una mañana, la ve: Mara, sonriéndole como si nunca se hubiera ido. ¿Un espíritu, una alucinación o el eco del amor más profundo? Lo que para el pueblo es locura, para Joaquín se convierte en salvación. A través de pequeñas misiones que su hija le deja –como cuando jugaban juntos¬– emprende un camino de sanación que lo conecta con quienes lo rodean y, poco a poco, lo empuja de regreso a la vida. El baúl de Mara es una novela emotiva, escrita con una prosa cuidadosa y evocadora. A través del duelo de un padre y las costumbres de un pueblo que observa en silencio, la historia explora la pérdida, la memoria y el invisible sostén de las redes humanas. Es un homenaje al amor que trasciende la muerte y a la esperanza que se esconde en los actos más sencillos. Una lectura que deja huella, como los objetos que Mara guarda en su baúl.
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Seitenzahl: 383
Veröffentlichungsjahr: 2025
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©️2025 Silvia Ramírez
Reservados todos los derechos
Calixta Editores S.A.S
Primera Edición Febrero 2025
Bogotá, Colombia
Editado por: ©️Calixta Editores S.A.S
E-mail: [email protected]
Teléfono: (571) 3476648
Web: www.calixtaeditores.com
ISBN: 978-628-7759-38-1
Directora general y editora: María Fernanda Medrano Prado
Director de proyectos editoriales: Luis E. Izquierdo
Director de diseño y maqueta de cubierta: David Avendaño
Corrección de planchas: Sofía Martínez
Impreso en Colombia – Printed in Colombia
Todos los derechos reservados:
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.
Para mi familia, esa con la que nací y esa que me regaló la vida, gracias por motivarme a vivir dándolo todo.
1
Cuando abrió los ojos, le pareció verla por un breve instante al frente suyo. Así, con su pelo crespo alborotado y sus ojos curiosos; como solía pararse frente a él cuando venía a acurrucarse a medianoche, sin decir una palabra; solo mirándolo sin despegarle los ojos, pero con dulzura; como llamándolo con la mirada, halándolo despacio de la tierra de los sueños… Pero fue solo un instante. Ella no estaba ahí.
Volvió a cerrar los ojos. Soñó con ella de nuevo esa noche. Jugaron que eran monstruos que botaban las inmensas torres que habían construido con bloques de madera. Las tumbaban y las volvían a construir para regresar al ataque de la ciudad. King Kong versus Godzilla. Ella era el gorila, como siempre. Amaba ser el gorila. Jugaron una y otra vez, hasta que, ya cansados, se tiraron a reír, acostados en la alfombra, entre los bloques esparcidos por el piso.
—Hay que ordenar —le había dicho él, incorporándose.
—No quiero —respondió la niña consentida.
—Ya casi es hora de comer, y tu mamá se va a enojar si dejamos este tiradero.
—No quiero —había repetido ella con el mismo tono—. Estoy agotada —agregó de manera dramática, extendiendo sus extremidades como una estrella.
—Vení, empecemos de una vez, antes de que nos dé flojera.
—¿Y si jugamos otro? —le había pedido ella, trepando sobre su panza con los ojos brillantes.
—La ultimísima. ¿Me oíste? —Le había respondido él, fingiendo severidad—. Después, de verdad, recogemos —Mara le había respondido con su mejor grito de gorila.
Pero fue solo un sueño.
Ella ya no estaba ahí.
Abrió los ojos de nuevo y miró el resplandor que se asomaba por los lados de las pesadas cortinas.
Ya es de día, pensó. Se volteó, dándole la espalda a la ventana y otra vez cerró los ojos. No quería seguir despierto. Quería seguir dormido. Quería seguir soñando. En sus sueños estaba ella. En su habitación no.
Un leve zumbido se interpuso en su intento de volver a dormir. Entreabrió los ojos y un resplandor parpadeante atrajo su atención. Su teléfono sobre la mesa de noche mostraba una llamada entrante. Estiró la mano con pereza para tantear la superficie de la mesita de noche. Tío Daniel, confirmó para sí mismo. Suspiró impaciente. Sabía que su tío no pararía de llamarlo hasta que le contestara.
Lo dejó vibrar una vez más con los ojos cerrados. Luego deslizó instintivamente el dedo por la pantalla. Sin abrir los ojos, lo dispuso al lado de su oreja.
—¿Qué? —preguntó con hastío.
—Buenos días, Joaquín —Escuchó la voz de su tío, con esa misma emoción fingida que le escuchaba desde hacía meses. En algún momento solía responderle «no les veo lo buenos», dejando salir su rabia con el mundo, tratando de que entendieran que lo único que quería era que le dejaran solo. Desde que ella se había ido, así se sentía, solo. Pero hacía una semana que ya ni siquiera eso intentaba.
Resistirse a las llamadas de su tío y su madre era inútil. Junto con su compadre, se habían unido en un complot. Estaban ceñidos en llamarlo todos los días. Su compadre, quien además era su mejor amigo, solía aparecer de pronto en su puerta con alguna comida o cervezas. Pero lo peor era cómo insistían en llenarlo de consejos pseudosabios para ser feliz, con frases sacadas de quién sabe qué gurú actual de internet.
No le importaba ya. No tenía la energía, ni el más mínimo interés en interactuar con ellos, con nadie.
—Mmm —Fue el único sonido que dio como respuesta al saludo de su tío.
—¿Ya te levantaste? ¿No me digás que seguís en la cama? Joaquín, levantáte.
—Mmm —volvió a responder.
—Mirá que hoy el día va a ser bonito.
—Ajá… —respondió.
Del otro lado, Daniel trataba de disimular la desesperación. En algún momento pensó que podía ayudarlo, que sabía cómo alcanzarlo. Pero ya no lograba ni siquiera tener una conversación con él.
Desde que Mara murió, fue testigo de cómo su sobrino se iba metiendo cada vez más en una caverna oscura de la que no lograba salir o, quizá, no quería. Cada vez salía menos de su casa e interactuaba con menos personas. El negocio se mantenía a flote porque tenía un aprendiz leal que seguía tomando los pedidos y haciendo su trabajo, aunque no fuera con la misma calidad. Algunos de sus clientes también se mantenían leales, al menos hasta el momento. La comunidad entera se había solidarizado con él. La muerte de la pequeña Mara conmocionó a todo el pueblo.
—Joaquín, ¿estás ahí? —volvió a intentar Daniel.
—No —Fue la única palabra que dijo Joaquín, antes de volver a colgar el teléfono, dejarlo sobre la mesa de noche y darse media vuelta en la cama para darle la espalda al aparato y al resplandor del día. Solo quería dormir. En sus sueños estaba ella. Ahí era feliz.
Joaquín entró a la casa después de lo que se sentía como un muy largo día de trabajo y, al abrir la puerta, fue sorprendido por un grito de júbilo y una pequeña que corría hacia él con los brazos abiertos. Apenas le dio tiempo de soltar su maletín, para arrodillarse, atraparla en sus brazos, y alzarla por los aires.
—Te traje un regalo —le dijo Joaquín a Mara, metiendo una mano en el bolsillo y sacando de ahí un pequeño carrito de madera—. Lo hice hoy en el taller.
—Otro auto de escape para que la gente de la ciudad huya del próximo ataque de Godzilla —dijo emocionada e hizo volar el auto por los aires, haciendo sonidos de motor, seguidos de unos gritos pidiendo auxilio. Su rostro en una mueca de horror—. ¿Jugamos? —preguntó.
—Hmm, ¿me das primero chance de comerme algo? —le propuso Joaquín—. No he comido en toda la mañana y vengo con un hambre… que me podría comer una niña —La última frase la cerró con un gruñido de bestia y un mordisco en el aire.
Mara chillaba de emoción, a la vez que gritaba entre risas: «¡No! ¡No me comas!».
Joaquín la puso en el piso y caminó hacia su habitación. Mara lo siguió.
—Si venís con hambre, entonces es bueno que el padrino esté aquí con comida —le dijo Mara.
—¿El padrino? ¿Está aquí? ¿Dónde?
—En la puerta. Andá a abrirle —respondió la chiquita.
Joaquín se detuvo, confundido por un momento. Miró hacia la entrada y no vio a nadie. Tampoco oyó ningún timbre o golpe en la puerta.
—Papá, el padrino está en la puerta. Andá a abrirle.
En su cabeza se adentró un timbrazo que venía de lejos. Joaquín abrió los ojos. Otra vez fue un sueño. Y de nuevo ella estaba ahí. Como cada vez que cerraba los ojos. Decidió ignorar el timbre y volvió a dejar caer sus párpados. Sin demora, escuchó la voz de su hija.
—Andá a abrirle al padrino, papá. Siempre me dijiste que era muy grosero ignorar a la gente. Andá. Te trae comida rica.
Joaquín abrió los ojos de un sobresalto. La escuchó a pesar de que ya no estaba dormido. Miró a su alrededor, pero la habitación estaba tan vacía como lo había estado desde hacía meses. Era solo él.
El timbre volvió a sonar.
Joaquín sabía que no podría dormir hasta que dejara de sonar. Así que se levantó impaciente, decidido –desde ya– a despedir a quien fuera. Tal vez incluso podría hacerlo sin tener que abrir la puerta del todo.
Mientras salía de su cuarto, sintió un leve retorcijón en su tripa. Sí, tengo hambre, pensó. Cuando se acercó a la puerta, el timbre volvió a sonar y seguido oyó la voz de su compadre.
—Hombre, abrí, te traigo comida. Pasé por donde doña Claudia. Sé que te encanta el caldo que prepara los jueves. Dale, abrí, tenés que comer algo.
Esteban, pensó, justo quien Mara dijo. Se extrañó por un segundo, pero el incesante llamado le interrumpió el pensamiento. Abrió la puerta y ahí estaba Esteban, larguirucho como siempre y con la boca estirada en un intento de sonrisa. En su mano derecha levantaba una bolsa en la cual se marcaban unos recipientes cilíndricos.
—Un caldito pa’l alma, mi hermano —Alzó la otra mano, cinco dedos sostenían otra bolsa en la que se marcaban unos cilindros más delgados y alargados—. Y una cervecita, por si el caldo no calienta lo suficiente. Pero solo una, que tengo que volver al taller y, si llego borracho, capaz de que me corto otro dedo.”
—Te lo cortaste por bruto, no por borracho —le respondió Joaquín.
Eso era parte de lo que los unía, un humor negro, mórbido. Eso, y la insistencia de Esteban de venir a verlo religiosamente, al menos unas dos veces por semana.
Esteban notó que Joaquín aún no abría la puerta por completo.
—Sabés que no voy para ningún lado hasta verte comer, así que vos decidís cuánto tardamos en esta parte —le dijo como una sentencia inapelable. Se miraban el uno al otro de manera desafiante. Esteban meneó levemente la bolsa en su mano derecha, alzó los hombros y agregó—. El caldo frío no sabe bien.
Joaquín dio un paso hacia atrás y sostuvo la puerta abierta para que entrara. Apenas puso un pie adentro, Esteban fue golpeado por un tufo rancio. El aire estancado lo recibió con una mezcla del olor de cigarro impregnado en las paredes, el aroma del sudor de Joaquín en su cuerpo sin bañar y el hedor de la costra que aún se encontraba pegada en los platos que se amontonaban desde hacía varios días en el fregadero. Aparte de estos, la única señal de que Joaquín había entrado en la cocina, la marcaba un cenicero sobre la mesa, desbordado de colillas y un paquete de cigarrillos casi vacío al lado.
Todas las cortinas de la casa estaban cerradas. Por las hendijas se colaba apenas luz suficiente para poder discernir lo que tenía al frente. La escena era oscura, lúgubre. A Esteban le dolió su amigo.
—Estamos en etapa vampiro —murmuró entre dientes para sí mismo. Joaquín lo escuchó, pero no reaccionó. ‘Vampiro’, no estaba tan alejado de la verdad. Así se sentía, muerto en vida. Pero no. Seguía vivo. Él vivió y ella no.
Esteban abrió las puertas del mueble de la cocina y extrajo dos platos hondos de cerámica blanca con una línea azul que les bordeaba. Tomó de una de las gavetas dos cucharas limpias y buscó en otra gaveta el destapador para las botellas. Dispuso todo en la mesa y empezó a abrir las bolsas y recipientes.
Joaquín se sentó resignado en una de las sillas alrededor de la mesa. Echado con las nalgas casi en el borde, la espalda inclinada hacia el respaldar y las piernas abiertas, miraba a su amigo verter el contenido de los recipientes en el plato y destapar las cervezas. Seguía sin entender cómo podían todos seguir con su vida normal. ¿Cómo esperaban que él siguiera con su vida como si nada? Nadie entendía que, para él, el día que ella se fue, su vida se detuvo. ¿Cómo era posible que para los demás la vida siguiera? No, el mundo debió haberse detenido, así como se detuvo la vida de ella.
—Mmm, bendita sea doña Claudia y su cuchara —dijo Esteban acercando la nariz al plato y oliéndola con placer—. Dale, comé. Ya te dije que el caldo frío no sienta bien.
Joaquín lo miró a los ojos, con una mirada que no denotaba emoción alguna. Ya ni siquiera lograba sentir hastío. Se enderezó en la silla y tomó la cuchara. Cuando Esteban le vio tomar la primera cucharada tuvo que concentrarse en disimular su alivio. Se preguntaba si sería que, desde su última visita, su compadre no había ingerido más que nicotina. No, no podía ser. Además de él, doña Tere venía una vez por semana a limpiar. Seguramente ella también le había dado algo de comer.
Fue cauteloso de no hacerle ver su preocupación. Lo trataba como a un animal asustado que, a la mínima sospecha de que era observado, sentiría que lo querían controlar o, aún peor, enjaular. Entonces reaccionaría de una de dos maneras: huyendo hacia adentro de sí mismo, cerrándole a Esteban toda puerta de acceso; o atacándolo, con las palabras más hirientes que encontrara. Esteban le conocía ambos modos.
En realidad, le conocía todos los modos.
Eran amigos desde que tenían seis años, cuando Joaquín se había mudado a San Martín. Había llegado malhumorado, huraño, resistente, negándose a tratar de ser feliz ahí, resentido con su mamá por haberlo traído hasta «este cochino pueblo». No le había dado ni chance de despedirse de sus amigos. Se había sentido inmensamente solo hasta que coincidió con Esteban en el mismo salón de clases.
Un mes después de que Joaquín y su madre hubieran llegado a su nueva casa, parecía que ella se había adaptado con rapidez a su nueva vida. San Martín era conocido en todo el país por ser el centro de la artesanía creada en madera. Era visitado con frecuencia por personas de la capital que venían a comprar muebles, piezas decorativas o folclóricas, que luego podían mostrar a sus amigos, diciendo orgullosamente «lo traje de San Martín». En este pueblo de tradición artesanal su madre volvió a encontrarse con su propia creatividad y halló sin mayor contratiempo un trabajo en una de las múltiples tiendas de artesanías que llenaban las calles aledañas al parque central.
Joaquín, sin embargo, seguía metido en su caparazón. Tenía miedo de que si era feliz acá nunca volverían a su casa, la de antes, con su papá y sus amigos. Su madre trataba de contentarlo llevándole paquetitos de tarjetas coleccionables de jugadores de fútbol, que sabía que le encantaban. Llevaba meses coleccionándolas en un delgado álbum, desde que anunciaron el mundial de fútbol.
Empeñado en no hacer amigos nuevos por miedo a que eso significara perder a los que había dejado en su antiguo barrio, se sentaba en los recreos de la escuela solo, en una esquina del patio, repasando sus tarjetas una y otra vez. Su plan era ser infeliz hasta que su mamá cediera, pero fue truncado por el buen ojo de su maestra quien, tras observarlo durante varios días, ya le había encontrado a su nuevo mejor amigo. Un día cualquiera decidió cambiar los asientos asignados en el salón de clases y mandó a Joaquín a sentarse al lado de Esteban.
Los niños se encontraron en su pasión por el mundial de fútbol. Parecía magia, algunas de las tantas tarjetas que a Esteban le faltaban, las tenía Joaquín y viceversa. Su amistad se fortaleció en decenas de partidos en el patio de la escuela, en los que los nuevos amigos lo dieron todo en la cancha, mientras soñaban que eran Romario y Bebeto. Esteban –con su amistad– había sacado a Joaquín del rincón oscuro y solitario en aquel entonces, y esperaba poder hacer lo mismo por él ahora.
Joaquín se comía su caldo en silencio, entretanto Esteban sostenía una conversación completa, contándole las últimas nuevas del pueblo. Le puso al tanto de que el alcalde había anunciado que se abriría un nuevo mariposario y un parque botánico con ayuda de la Universidad Central, y cómo prometía que se convertiría en un atractivo que traería más turistas, dinero y trabajo. Le contó que hubo un choque en el cruce de la zapatería, ese donde la señal de alto fue derribada años atrás por otro carro. Que lo que para unos es una desgracia, para otros es una bendición, porque a su taller le llegó buen negocio con la reparación de los carros que se estrellaron. Luego le contó que se venía la feria de las flores y ya se estaban llenando las paredes de afiches con el típico eslogan: «Lo único más bonito que nuestras flores, son nuestras mujeres».
Joaquín no respondía a nada. A duras penas le dirigía una mirada. Terminó su caldo y se tomó el último sorbo de su cerveza y estiró luego su mano hacia la cajetilla de cigarros. Esteban, anticipando cómo el humo del cigarro saturaría aún más el aire de la habitación, se levantó con intención de abrir una ventana.
Primero recogió los platos y los llevó al fregadero. Al ver que en los platos ahí amontonados crecía en pequeños cultivos una fauna que amenazaba con esparcirse, sintió la necesidad de lavarlos. Dejó correr el agua un momento para suavizar la costra. Luego se dirigió a la ventana y corrió la cortina para poder abrir las celosías detrás de ella.
A Joaquín la luz, que de pronto entró por la ventana, le golpeó de manera brusca. Entrecerró los ojos para dejar que su retina se acomodara al cambio de luz y se quejó con un hijueputazo.
—¡Cerrá esa mierda! —acababa de gritarle a su amigo, cuando abrió un poco más los ojos y en el haz de luz vio a Mara, sentada sobre el mueble de la cocina, sonriéndole.
—Vale, hombre, solo quería dejar entrar un poco de aire —le respondió Esteban reacio y dejó caer la cortina.
Una vez interrumpido el haz de luz, Mara volvió a desaparecer.
—¡No! —gritó Joaquín desesperado.
—Ya, ya la cerré —respondió Esteban exaltado, levantando las manos en el aire en ademán de inocencia.
—¡No! ¡No! ¡Abríla! ¡Ya! ¡Abríla! —gritó Joaquín, se incorporó, dejó caer el cigarro sobre la mesa y corrió hacia la ventana. Movió la cortina para descubrir la ventana; pero cuando la luz volvió a entrar, Mara no estaba allí. Joaquín la abría y la volvía a cerrar una y otra vez con desesperación, buscaba con la mirada a su alrededor. Hasta que finalmente dejó caer la cabeza con las manos apoyadas sobre el mesón. Empujó con furia las botellas de cerveza y se desgonzó al piso, la espalda apoyada al mueble, hecho un manojo de llanto. Esteban lo miró congelado—. No está… No está… Ya no está —decía entre sollozos.
Las palabras sacaron a Esteban de su estupor. Se apresuró a recoger los escombros del vidrio para evitar que Joaquín se cortara. Una vez que los retiró, se sentó a su lado, en silencio, sin saber qué decir. Después de unos minutos respiró hondo y una lágrima recorrió su propia mejilla.
—Sí, no está —dijo.
Puso una mano sobre el hombro de su amigo y se quedó así por unos minutos. Lo escuchó llorar desconsolado, como lo había escuchado ya tantas veces, desde que la pequeña Mara murió. Ya hacía más de medio año, pero a Joaquín su dolor todavía no se le agotaba, tal vez nunca se le agotaría. Cuando escuchó que sus sollozos empezaron a bajar la frecuencia y la respiración se le empezó a normalizar, esperó hasta que lo escuchó respirar hondo.
—Vení, levántate. Estás sentado sobre un charco de cerveza y vidrio. Ahora apestas aún más y, si no tenés cuidado, te vas a cortar.
Joaquín apoyó la mano en el piso para levantarse y justo sintió la punzada del cristal atravesando su piel. Se quejó, aspirando aire entre los dientes apretados, y levantó la mano en el acto. La miró y descubrió una cortada, pequeña, pero profunda.
—Hombre, mirá que ahora tengo poderes premonitorios —dijo Esteban con una expresión de astucia.
Joaquín lo miró por un segundo con impaciencia.
—¿Fue mucho? —preguntó Esteban frunciendo levemente el ceño.
—No es nada —murmuró Joaquín. Pero donde quiso apoyar la mano de nuevo, se volvió a quejar de manera involuntaria.
—Tenés una astilla, posiblemente. Vení y te ayudo.
—No es nada —repitió Joaquín.
—Dejá de ser terco y sentate en la silla. Voy a traer algo para desinfectar esa vaina y las pinzas, para sacarte la astilla.
Joaquín quiso protestar, pero no tenía la energía para esa discusión. Solo quería que lo dejaran solo y pensó que –posiblemente– si Esteban sentía que en algo le había ayudado, se iría más rápido. Se sentó pues, obediente, en la silla. Alcanzó el cigarro que había caído en la mesa, le sacudió la ceniza sobre el cenicero y se colocó entre los labios lo que quedaba de él.
Esteban regresó con una pequeña botella con un líquido azul, una bolsa llena de motas de algodón y unas pinzas. Dispuso todo sobre la mesa y se sentó frente a Joaquín.
—Mano —le indicó.
Joaquín lo miró fijamente sin moverse. Retándolo.
—Dame la mano, huevón —le insistió Esteban. Ante la continua falta de respuesta de Joaquín, agregó—: Mirá que te debo el dedo. Estoy obligado a velar porque vos tampoco perdás ninguna parte del cuerpo. Así que: Mano —Esta última palabra la dijo en tono de comando más que de solicitud.
Joaquín apoyó su brazo en la mesa, la palma de la mano extendida hacia arriba. Esteban sabía cómo lograr que su amigo hiciera lo que le pedía. El código ‘dedo’ lo habían usado ambos a lo largo de los años, cuando querían lograr que el otro hiciera algo.
La famosa historia del dedo de Esteban ya era vieja. Había sucedido cuando ambos tenían diecinueve años e iniciaban su formación técnica como ebanistas, un rito de paso para muchos de los muchachos del pueblo. Mientras cortaban unas piezas, se divertían haciéndose bromas. Esteban montó una pieza en la sierra circular y volteó la mirada hacia Joaquín por un momento. Quería hacerle un chiste, pero nunca terminó de decirlo, sino que fue remplazado por un fuerte alarido. En un segundo, la falange del dedo índice derecho fue completamente cercenada y fue a caer en medio de la viruta. Joaquín, que vio toda la escena como en cámara lenta, se lanzó de inmediato a recuperar la punta del dedo entre los residuos de madera en el piso.
Algún instinto hizo que se acordara de una escena de una comedia gringa, en la que un hombre se cortaba un dedo y lo llevaban en una bolsa con hielo al hospital para que se lo volvieran a pegar. En la serie se confundían y echaban una zanahoria en la bolsa, pero Joaquín, en un chispazo de lucidez, sí supo identificar su dedo. Lo sopló para quitarle el aserrín y corrió con la punta del dedo de Esteban en la mano hasta la tienda al final de la cuadra. Entró gritando: «¡Hielo! ¡Hielo!». Doña Nidia, la dueña, lo vio con cara enfadada y empezó a regañarlo por el tono maleducado. Pero Joaquín levantó su mano y sostuvo el dedo a la altura de sus ojos. «¡HIELO!», volvió a gritar, esta vez más fuerte, con más urgencia. «¡Dios mío bendito!», explicó doña Nidia y salió corriendo al congelador. Volvió con la bolsa de hielo, la abrió de un tirón y se la presentó a Joaquín.
—Aquí, aquí, mijo, échelo ahí. ¿De quién es ese dedo?
—De Esteban.
—Ay, no, qué pecado el muchacho. ¿Y ya se lo llevaron para la clínica?
—¡Mierda, no! —exclamó Joaquín cayendo en cuenta que nada hacía con el dedo, si no tenía al doctor que se lo pegara—. ¡Llame a la ambulancia, doña Nidia! ¡Corra, corra! ¡Llame!
Después de esto, Joaquín tomó en una mano la bolsa de hielo y empezó a chequearse los bolsillos con la otra. Cayó en cuenta de que no traía dinero, pero la imagen de la punta de dedo ensangrentada, entre los cubos de hielo, fue suficiente para que doña Nidia decidiera que, por ese día, el hielo era gratis.
En el taller, don Pascual, el maestro ebanista, había regresado con su café en la mano para encontrarse a Esteban pegando gritos, arrodillado en el suelo. Mientras corría por las vendas que estaban en el pequeño botiquín que vivía olvidado y lleno de polvo en uno de los estantes, regañaba aireadamente a Esteban porque, aunque no había estado allí, sabía que la única razón del accidente tenía que ser la propia estupidez del muchacho. «¡Es que no puede estar serio, carajo!», gritaba.
Gracias a los reflejos de Joaquín, a Esteban le pudieron volver a coser el dedo y, después de una larga recuperación, en su cuerpo no quedó nada más que una cicatriz para el recuerdo. Esteban no volvió al taller y Joaquín siguió solo con su aprendizaje para convertirse en uno de los mejores artesanos del pueblo. Sin embargo, la anécdota sirvió para unir aún más a los jóvenes. La frase «te debo el dedo», como expresión de gratitud cuando Joaquín le ayudaba con algo, y la frase «mirá que me debés el dedo» como método de presión para convencer a Esteban de algo, fueron acuñadas en su diario vivir. Aunque esta llegó a sonar trivial, ambos siempre sabían que, en el fondo, era en serio. Por eso Esteban sabía que hoy, el código «dedo» era lo único que haría que Joaquín le permitiera entrar.
Sobre la mesa del comedor, Esteban empezó el proceso de curación, humedeciendo el algodón con el alcohol. Rozó con cuidado la mano de Joaquín, quien se estremeció con el ardor que le causaba en la herida.
—No seas cobarde, no es nada. ¿Acaso cuando yo me corté el dedo lloriqueé? —le retó Esteban.
—No, pero gritaste como una vieja histérica —respondió Joaquín. Una leve sonrisa se asomaba detrás de su mirada fría.
Esteban sonrió. En esas pequeñas bromas podía ver a su amigo de vuelta, a aquel que hacía chistes sarcásticos y se reía con carcajadas estruendosas. Era como un leve resplandor de luz en el fondo de toda la oscuridad. Él seguía ahí.
Una vez extraída la astilla, Esteban se esmeró en secar el piso y barrerlo varias veces con tal de que no quedara escombro alguno. Lavó los platos, recogió los recipientes vacíos y los echó a la basura. Mientras tanto, Joaquín lo miraba con impaciencia. Solo deseaba que se fuera. Que lo dejara solo. No quería que le siguiera contando cosas del pueblo que no le interesaban. No quería que le preguntaran –de nuevo– cómo estaba, porque no tenía otra respuesta que «mal». No deseaba pensar en cómo se sentía, porque de por sí lo poco que sentía no le gustaba. Cuando sentía, ya no solo estaba triste, estaba enojado, enojado con todo, con sus hermanos, con el pueblo, con su amigo, con su exesposa, con Dios, con él mismo, con el mundo entero. Solo sentía rabia. Rabia porque Mara no estaba. No volvería y él no podía hacer nada al respecto. Sin ella, todo lo demás no importaba, ni siquiera Esteban. Por eso prefería dormir para no sentir.
Esteban sintió el desdén de esa mirada mientras lavaba los platos. Sabía que no era su culpa, pero, aun así, dolía y le costaba soportarla. Para estar aquí necesitaba toda la fuerza que le daba el cariño por su amigo. Pero había días en que ni eso bastaba. Joaquín tenía razón. Mara ya no estaba y su ausencia pesaba también en su corazón. Después de sus padres, Esteban era la persona que más la quería. En su corazón también estaba ese hoyo desde el momento en que había recibido la noticia de su muerte. Entendía el dolor de su amigo y por eso agarraba fuerzas para seguirlo acompañando. Pero hoy, el dolor en su mirada era demasiado y no lograba soportarlo más.
—Deberías bañarte —intentó Esteban. Joaquín volteó su mirada hacia el vacío, sin contestar. Esteban decidió que no tenía la energía para dar otra batalla. Había logrado que comiera, ya era un logro. Terminó de asear y recogió sus cosas.
—Bueno, hombre, me toca volver al taller. ¿Nos vemos en unos días?
Joaquín no respondió. Solo encogió los hombros levemente, mientras aspiraba de su cigarrillo. Esteban le puso la mano en el hombro un momento y después se dirigió a la puerta. Antes de salir, lanzó una última mirada. Le daba miedo esta falta de ganas que inundaba a Joaquín. Le daba miedo llegar un día y encontrar que había decidido seguir a Mara y despedirse de su vida. Le daba miedo que, algún día, él también le faltara.
Cerró la puerta.
Joaquín permaneció sentado, fumando su cigarrillo. Extendió la palma de su mano frente a sí mismo. Miró con detenimiento el pequeño corte que le causó el pedazo de vidrio y se acordó del día en que Mara había dejado caer un vaso de la mesa. Tenía cinco años y jugaba a que era una pirata y la cuchara era la espada que blandía amenazadora en dirección a la caja de la leche. Odiaba la leche.
Adriana, la madre de Mara, tras regañarla con ahínco, corrió a traer escoba y trapo para limpiar el piso. Mara se había bajado de la silla para tratar de ayudar y al posar su pie en el suelo, un diminuto pedazo de vidrio se le incrustó en la planta del pie. Joaquín alzó de inmediato a la niña en sus brazos y se la llevó al cuarto. Después la depositó sobre la cama y le inspeccionó la planta del pie. No tenía ninguna astilla, pero no hubo más manera de calmar su llanto que Joaquín cumpliera con su ritual: debía soplar tres veces y ponerle una curita. Cuando vio la curita en las manos de su papá, Mara dejó de llorar, inundada de pronto con la emoción de que por fin iba a poder usar las curitas nuevas de monstruos multicolores que recientemente le había comprado su mamá. Desde el día que las compraron, Mara había insistido en que la dejara ponerse una, pero su mamá repitió: «las curitas no son para cualquier raspón, no son un juguete».
Durante todo el día, Mara anduvo enseñándole la curita del pie a todo el que se cruzara en el camino: a la maestra del jardín, a sus compañeros, a la vecina.
Joaquín sonrió con el recuerdo, pero luego volvió a sentir la punzada y los ojos se le empezaron a aguar.
—Me dolió mucho, pero valió la pena —Escuchó la voz de Mara—. Eran las mejores curitas del mundo y yo era la niña más cool del jardín. ¡Monstruosa y peligrosa! —Cerró con un gruñido.
Joaquín dejó caer una lágrima. Miró instintivamente hacia la ventana, cuyas cortinas habían quedado abiertas y la vio. La niña estaba de nuevo ahí sentada. Esta vez lo miraba con ternura.
—Papá, a vos también te dolió mucho, ¿verdad? ¿Querés que te sople tres veces, para que ya no llorés?
Joaquín se quedó inmóvil, tenía miedo de parpadear y que ese milisegundo en que sus párpados taparan su vista bastara para que la imagen de Mara desapareciera.
—Papá, ¿estás bien? Tal vez deberíamos volver a traer al padrino para que te ponga una curita.
—Mara —murmuró.
—¿Sí, papá?
—Mara —repitió. Sentía que al decir su nombre lograría anclarla en su mirada. Sabía que todo eso tenía que ser producto de su imaginación. No era posible que estuviera ahí. Pero no quería que se fuera. Me estoy volviendo loco, pensó. Pero en ese instante, no le importaba. Ella estaba ahí.
2
Doña Tere! —llamó Marco desde la pequeña oficina en el segundo piso de la tienda.
—Ya voy, ya voy —Se escuchó la voz desde la planta baja, donde doña Tere se encontraba en batalla campal contra el polvo, fiel a su labor de mantener la tienda impecable para los compradores. Inició su camino con paso lento, pero seguro hacia la oficina. Las gradas hacia ese lugar le resultaban especialmente molestas.
Desde su operación de cadera, su andar nunca volvió a ser el mismo. Estaba segura de que por ser pobre le habían hecho un ‘remiendo’ de mala calidad. «Si hubiera sido esposa de político, fijo me ponen cadera biónica, como al de la tele», solía decir, refiriéndose a una serie de televisión que fue famosa en los ochenta. Siempre se reía con su propio chiste, imaginándose a sí misma con superfuerza. Marco no se reía, no entendía el chiste. Cuando la serie era transmitida, él ni había nacido. Aunque secretamente deseaba que sí le hubieran puesto cadera biónica. Tal vez así no tardaría una eternidad en llegar cuando la llamara.
—¿Tiene listo el café y las empanadas? —preguntó cuando finalmente vio la figura pequeña y redonda de doña Tere asomar a su puerta.
—El café está calientito y las empanadas recién salidas del sartén. Tranquilo, yo sé cómo le gustan al patrón —respondió ella con cariño. Le daba ternura ver al joven tan preocupado por agradar a su jefe. Ambos sabían lo importante que era ese día. Nada podía salir mal.
Después de más de medio año de espera, el jefe volvía al taller y Marco quería que todo, hasta el último detalle, fuera perfecto. Él se encargó de todo mientras su jefe había estado ‘indispuesto’. Indispuesto, así decidieron llamarle a lo que pasó, a falta de mejores palabras para explicar de forma corta, que a su jefe se le había muerto su única hija y que desde entonces no habían vuelto a saber de él, excepto por el funeral, donde lo vieron forcejear con uno de los sepultureros para arrebatarle la pala con la que había empezado a echar tierra en la fosa. Los maldecía por echar al fondo de la fosa una caja vacía. Su pequeña no estaba ahí, insistía. Cuando finalmente ganó la pugna por la pala, la alzó sobre sus hombros y los asistentes se quedaron congelados por un instante, con miedo a lo que iba a hacer con ella, hasta que lo vieron arrojarla a los arbustos que se encontraban detrás de la lápida. Luego lo vieron caer de rodillas. «No está», decía una y otra vez entre sollozos, arrodillado frente al hueco. Su llanto llamando a la pequeña Mara había sido desgarrador. La gente del pueblo se retiró despacio, susurrando, mientras echaba miradas furtivas al doliente, todos con los ojos vidriosos.
La muerte de Mara, el Viernes Santo de ese año, fue una noticia dolorosa para todo el pueblo. El tradicional ambiente festivo del Domingo de Resurrección fue suplantado por un ambiente pesado, cargado de pena. La misa fue la más triste que se había vivido. El párroco, quien usualmente durante la procesión se tiraba a bailar a la calle con el Cristo Resucitado, esta vez caminaba ceremoniosamente a su lado, tratando de disimular que esa mañana su fe tambaleaba, porque esta vez los planes misteriosos del Señor acababan de arrancarles a una niña que solo traía alegría a quienes la rodeaban, mientras que tanto malandro seguía aún rondando, haciendo daño a todo el que se le cruzaba. Todo el pueblo estaba de luto.
Joaquín no había vuelto a su taller, ni a su tienda desde entonces. Había permanecido cerrada por casi tres semanas, hasta que Marco decidió tomar el asunto en sus propias manos. Resuelto a no dejar morir el negocio y motivado por el enorme respeto y cariño que le tenía a ese, quien más que su jefe había sido su maestro; marchó hasta la casa de Joaquín y le pidió las llaves del local. Este se las entregó sin mucha ceremonia y cerró la puerta casi de inmediato.
«Usted tranquilo jefe, yo me encargo», prometió Marco con convicción, frente a la puerta cerrada.
En el pueblo muchos especularon con que Marco se había quedado con el negocio. Algunos incluso afirmaron, en conversaciones casuales, que había manipulado a Joaquín para que se lo vendiera. Marco nunca se cansó de repetirles que don Joaquín volvería pronto, que él solo estaba a cargo, mientras que el jefe se sentía ‘indispuesto’, pero que podían confiar en que seguirían presentando la misma calidad de siempre.
La tienda de Joaquín era reconocida, porque en años no se había visto tal talento para trabajar la madera como el de él. Empezó su formación técnica con diecinueve años, un año más tarde que lo usual para los muchachos del pueblo. Pero su fascinación fue tal, que fue la primera vez que se dedicó de manera disciplinada a algo. Dos años después, creó su primera pieza completamente solo, desde el diseño, hasta el último detalle del tallado de la madera. Era un baúl, para su madre, quien siempre soñó tener uno como el de la chica de una película a blanco y negro que había visto décadas atrás. Esa fue su primera obra de arte. Tenía un diseño de hojas en patrones curvos, talladas con tal delicadeza, que parecía que fueran hojas disecadas. El maestro lo había observado en el momento en que terminaba su obra, ya entrando la noche. Se le acercó con una cerveza en la mano y le dijo:
—Sentate, descansá, ya está listo —Luego contempló el baúl de nuevo, miró a Joaquín con orgullo—. Me alegra haber sido tu maestro.
Joaquín lo miró sorprendido, por ese ‘haber sido’, en tiempo pasado.
—Ya no tengo nada más que enseñarte —agregó el maestro.
—¿Me está echando, jefe? —preguntó Joaquín preocupado.
El maestro había soltado una carcajada.
—Ni tonto que fuera, pero de ahora en adelante quiero que entendás que ya no sos mi aprendiz, sino un empleado más de este taller y que es hora de que asumás la responsabilidad que te corresponde. ¿Estamos claros?
—Sí, señor —respondió Joaquín con los ojos vidriosos por una mezcla de orgullo y emoción.
—Andá a descansar. Te lo merecés.
Años después, el maestro murió de un ataque cardíaco, producto de su afición a las costillas de cerdo con buena cerveza y su aversión a cualquier tipo de actividad que implicara agitarse mucho.
Si bien a Joaquín la causa de muerte no le tomó por sorpresa, su testamento sí. Don Pascual, quien había llevado una vida solitaria, le heredó a Joaquín su taller, con todo lo que había en él, cada sierra, cada pieza, cada borona de aserrín. «Nadie lo va a poder apreciar y sacarle el provecho como él», se leía en el testamento.
Con el tiempo, Joaquín amplió el taller con una tienda al frente en la que se exhibían las piezas de mueblería y decoración que fabricaba. El taller quedó escondido detrás de la tienda. Esta era un espacio abierto, sencillo, con grandes ventanas que permitían apreciar los muebles desde afuera. Detrás, en el fondo de ese espacio, se encontraban las gradas, que llevaban a un segundo piso sobre el taller, en el que se instaló una pequeña oficina con tres sillas, una computadora, un archivero y un escritorio, desde donde manejaba las cuentas y las negociaciones sobre encargos de clientes más grandes.
Una vez que el negocio estuvo estable, se decidió seguir el ejemplo de don Pascual y tomar un aprendiz. Hacía tres años que había llegado Marco a su taller. La relación entre ellos dos era muy similar a la que tuvo Joaquín con don Pascual. Marco le guardaba un gran respeto y cariño. Aunque tal vez Marco jamás igualaría el talento del maestro, se aplicó con total dedicación al oficio. De manera metódica fue conociendo cada herramienta, aprendiendo cada técnica.
Con esa misma disciplina se dedicó a mantener el negocio de Joaquín a flote. Sus piezas no igualaban a las del maestro, pero eran lo suficientemente buenas para mantener una clientela modesta, que alcanzaba para pagar las cuentas. Las primeras semanas después de reabiertas las puertas de la tienda, los habitantes del pueblo solían llegar principalmente a mirar; a mirar los muebles y las figurillas de madera; pero, sobre todo, a mirar si era cierto que Joaquín no había vuelto y que Marco se había hecho con el negocio.
Eventualmente, el morbo y la curiosidad pasaron; el negocio se mantuvo a flote, gracias al prestigio de otros tiempos y a las piezas creadas por Joaquín que aún quedaban disponibles para la venta, esas que se vendieron por un precio elevado a personas que venían desde otras partes, atraídos por la promesa de una pieza elaborada por el mejor artesano de San Martín.
Con las pequeñas ganancias, Marco continuaba pagándole a doña Tere, quien se había encargado de mantener el aseo de la tienda desde mucho antes de que él llegara. Le pagaba un escueto salario que ella aceptaba, más por lealtad al jefe, que porque de veras le alcanzara para vivir. A sus ojos, Marco jamás tendría el candor que tenía don Joaquín. Era un poco seco con los clientes, le faltaba delicadeza en las piezas en las que trabajaba y, como jefe, podía llegar a ser muy impaciente. Pero apreciaba su compromiso, lo veía quedarse hasta tarde sacando cuentas, quebrarse la cabeza, buscando formas de promocionar a la tienda, llegar temprano a empezar nuevas artesanías en el taller. Trabajaba con la misma entrega con la que antes había trabajado el patrón para levantar su tienda y convertirla en el negocio de prestigio que era. Ella estaba segura de que algún día don Joaquín volvería. Por eso se quedaba, quería estar ahí para recibirlo y entregarle de vuelta lo que era suyo, sin una sola telaraña.
Joaquín empujó la puerta de entrada y oyó el característico timbre que había instalado hacía años, ese que le avisaba que un cliente llegaba, mientras él se encontraba trabajando en la trastienda. Cruzó el umbral y se detuvo a observar el interior. No esperaba encontrarla así, impecable. Los muebles y demás objetos ubicados de manera estratégica para poder ser apreciados de la manera más favorable a través de las amplias ventanas. La vida había seguido, aun sin él, aun sin ella. Le fue duro salir de la casa, después de tanto tiempo de no poner pie afuera; sin embargo, estar en la tienda lo golpeó de una manera aún más profunda.
La idea de abrir una tienda específica para sus creaciones nació con el anuncio del embarazo de Adriana. Cuando ella le contó que tenía una bebé en su vientre, Joaquín se quedó callado, con la mirada perdida, pensando. Adriana sabía que lo había tomado por sorpresa y necesitaba procesarlo, pero cada segundo de silencio intensificaba sus temores. ¿Saldría corriendo como muchos otros y le tocaría a ella encargarse sola de su bebé? De pronto, Joaquín la miró con una sonrisa tranquila.
—Es el momento —dijo decidido.
Adriana lo miró confundida.
—¿El momento de qué?
—Mi hija va a estar bien —afirmó.
—¿Qué? ¿Quién te ha dicho que va a ser una niña? Ni yo lo sé todavía —Empezaba a exasperarse con esa forma críptica en que Joaquín le respondía.
Joaquín sonrió de nuevo y la abrazó. Adriana suspiró un poco aliviada. Si bien no pegó brincos de la emoción, tampoco salió corriendo, pensó. Reconoció en sus ojos la misma chispa que cuando diseñaba una pieza de madera nueva. Esa chispa apaciguaba el torbellino de emociones que acababa de arrasar en su interior.
Cuando Adriana había pronunciado la palabra «embarazada», Joaquín se alegró de la noticia, pero en el acto se llenó de preocupación, por cómo proteger a su hija. Sí, desde ese momento, él supo que sería una niña. Supo que era hora de formalizar la relación con Adriana, que iba a formar un hogar con ella, que él sería el hombre de la casa y que, como tal, debía proveer. Desde hacía años había jugado con la idea de montar una tienda para vender sus creaciones directamente, pero no fue hasta ese momento que tuvo la certeza de que lo haría. Es más, estaba seguro de que debía empezar ya mismo.
La tienda abrió sus puertas cuando Mara cumplió seis meses. Su hija y su negocio fueron sus dos principales proyectos de vida, por eso cuando Mara murió, no volvió. Ya no tenía sentido.
Adriana, quien se había convertido en su esposa meses antes de que Mara viniera al mundo, intentó ayudar a Marco, pero con el tiempo decidió dejarlo en sus manos. Los ingresos como encargada de cuentas en la única sucursal bancaria del Banco Nacional en el pueblo eran suficientes para poder mantenerlos a los dos. Sin Mara los gastos eran menos, de por sí. Con el tiempo la estabilidad económica, sin embargo, no fue suficiente para mantener su relación. Cuando ya no pudo soportar más el convivir con un ser que decidió a ausentarse de su propia vida, Adriana decidió irse, sin pelear por ninguna de sus posesiones, excepto lo que de por sí era claro que era suyo: un sillón y una mesa que le había heredado su abuela, ropa de cama, parte del menaje de la cocina, un par de cuadros y algunos recuerdos de su hija. Joaquín se había quedado mirando por la ventana al pequeño camión de carga que se alejaba, llevándose a su esposa lejos de San Martín. No opuso resistencia. La habría dejado llevarse todo, si ella así lo hubiera querido. Era lo mínimo que podía hacer después de fallarles a ambas.
Los recuerdos le punzaron en el pecho, Joaquín sintió que le costaba respirar. Se dio media vuelta para volver a salir por la puerta, esperando que afuera hubiera más aire que adentro; pero apenas estaba por cruzar el umbral, la voz cariñosa de doña Tere lo detuvo:
—¡Qué bueno verlo por acá!
Joaquín se detuvo. Su respiración estaba acelerada. Se tocó el pecho. El aire cada vez era más espeso. Sintió la mano de doña Tere sobre su espalda.
—Venga. Siéntese. Yo le traigo un vasito de agua.
Con una mano sobre su espalda y la otra sobre su brazo, doña Tere lo dirigió hacia el sillón más cercano.
—No se me vaya a ir. Me demoro solo un segundo en traérselo.
Con un paso tan apresurado, que Marco jamás hubiera creído posible, fue y volvió con un vaso lleno de agua en la mano.
