Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El Beso de la Amapola es una novela que se sumerge en las profundidades del mar y las sombras de las drogas, desentrañando dos relatos entrelazados que exploran la cruda realidad y que a menudo preferimos ignorar. En "Triste destino", seguimos la historia de Carmen y Nuno, quienes comparten el día de su nacimiento, pero sus vidas son radicalmente opuestas. Mientras Carmen crece en una familia humilde y muy unida, afrontando desafíos con una actitud positiva, Nuno es el resultado de un trágico despropósito, soportando la vida solo porque lleva aparejada la muerte. Sus actos desencadenan eventos impactantes que revelan la lucha entre la luz y la oscuridad en la condición humana. Los caminos de Carmen y Nuno van, vienen y se cruzan en un día tan especial como fatídico. En "Regreso a ningún lugar", Saúl, marcado por una infancia de sufrimiento, se ve forzado a asumir responsabilidades de adulto sin experimentar una adolescencia plena. A pesar de su trabajo honesto, la vida conspira en su contra una y otra vez. "¡Ya te tengo, Saúl, agárrate fuerte!" - mientras intenta elevar su carga, una ola errante lo arroja de nuevo al turbulento y oscuro mar. A través de estos relatos, El Beso de la Amapola teje una trama que invita al lector a reflexionar sobre la complejidad de la existencia, utilizando el mar y las drogas como potentes metáforas que entrecruzan destinos, emociones y realidades desgarradoras. Una historia intensa que revela la lucha constante entre la luz y la oscuridad en el viaje humano.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 307
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Adrián Vivas Galán
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Elena Vivas
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-897-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
«En el viaje a través de la vida no existen
caminos llanos; todo son subidas
o bajadas».
Arturo Graf
.
Gracias a Dios por ponerme en este camino
y a los míos por transitarlo junto a mí.
NOTA DEL AUTOR
Ya de niño sentía fascinación por los oficios que los vecinos desempeñaban en las fábricas, tiendas y talleres próximos a la casa donde me crie, la casa de mis padres. Todas las mañanas cuando salía atropellado al colegio porque iba con el tiempo justo y no quería que me castigara don José María, pasaba por sus puertas y me quedaba embelesado viéndolos trabajar.
Admiraba a José, el panadero, que tenía la tahona justo enfrente. ¡Con qué facilidad y delicadeza amasaba con sus manos la harina!, la troceaba y, después de dejarla en reposo, la horneaba con leña de encina. ¡Cómo olía la calle a pan recién hecho y a magdalenas! Unos metros más abajo había una carpintería serrando prácticamente todo el día. Recuerdo a los carpinteros rebozados en serrín de virutas, sobre todo la cabeza, los bigotes y los brazos, así como el olor a madera de pino. Algo similar me ocurría con Félix, el zapatero, y los olores a cola, cremas y otros potingues, el señor Fragoso, el carnicero, que estaba siempre rodeado de animales y aves, lo mismo mataba un cerdo que chuleteaba un cordero o desplumaba una perdiz. ¡Vaya destreza la suya! Podría seguir recordando a la señora Felisa y las verduras de su huerta, al herrero poniendo las herraduras al mulo de Damián, a Luciano, el carbonero, en su mundo oscuro y rodeado de una nube de polvo negro.
Siempre fui una persona inquieta y observadora. Me interesaba todo y me faltaban horas del día. Las experiencias y aventuras las retenía en la memoria, no tenía tiempo para escribirlas y menos para ordenarlas. Desde niño tuve la sensación, y el tiempo me ha dado la razón, de que lo que hacen otros lo puedes hacer tú también, eso sí, desde la humildad y el respeto. Quizás esa haya sido una de las razones que me han movido a escribir esta novela.
Aunque siempre me gustó la lectura y por mi profesión he pasado gran parte de mi vida estudiando y comentando textos literarios, jamás tuve vocación de escritor, más allá de algunos poemas de juventud, pequeños relatos y colaboraciones y artículos de opinión en prensa. Sin embargo, tras algunos años disfrutando y conviviendo con la gente y los parajes que conforman un espacio único y extraordinario de la costa de la luz, Isla Cristina, me he sentido empujado a escribir estos relatos que os presento y que se desarrollan en una ciudad de grandes ojos que miran al mar.
En el segundo relato, Regreso a ningún lugar narro un tremendo y trágico naufragio de un buque de pesca con base en Isla Cristina en agosto de 1984.
Por respeto a su intimidad, he cambiado el nombre de los tripulantes y del buque de pesca.
RELATO PRIMEROTRISTE DESTINO
TRAS LA SOBREMESA
Después de hora y media de marcha, buscando abrigos y respirando pura naturaleza, Carmen llega con la garganta seca a la última curva del sendero que conduce al Tamboril. Durante la caminata, el viento ha bajado bastante en intensidad y el recorrido no le resulta desapacible.
No ve a nadie por la zona y se aproxima al pozo almohade de pilares ojivales, coge el cubo de latón que descansa en el brocal y lo introduce en sus mismas entrañas. La carrucha comienza a rodar gritando hasta escucharse un golpe seco y un sonido fresco y gratificante. Carmen tira con más rapidez que maña de la soga, bebe del cubo con gusto y riega con el agua sobrante los blancos y reventones geranios, que se yerguen por encima de una jardinera embutida en un viejo macetero de madera de pino.
Después de atravesar la leñosa manta de cantueso, romero y mejorana que conduce al Tamboril, se sacude con suavidad las piernas, saca del bolsillo del pantalón pirata blanco un llavero del Rocío con varias llaves y abre la caravana.
Tras comprobar que está todo en orden en el interior, saca el chubasquero de la bolsa de deportes y lo lanza sobre el respaldo de una butaca, abre el pequeño frigorífico, situado a la izquierda de la puerta, debajo de un mueble de cocina con baldas repletas de latas de conservas y de bebidas, y saca un refresco. Después de correr las cortinas, abre las dos ventanas que dan a los porches, sale a las escaleras, se sienta y espera a ver si se deja caer por allí algún amigo.
La jarana está garantizada siempre en torno al Tamboril y es una buena terapia para el grupo cuando por razones de amores, desamores o de cualquier otra índole están «depres» o simplemente bajos de ánimo.
Carmen se saca una goma de la muñeca, se recoge el pelo en un simple pero bonito moño y se arranca, tocando las palmas, con un precioso y sentido fandango de Huelva.
En mis sueños me encontraba
en la linde de un camino,
en la linde de un camino;
en mis sueños me encontraba
en la linde de un camino
delante del Simpecado
rodeá de peregrinos.
Rodeá de peregrinos
la Salve ellos cantaban
entre el frescor de la hierba
y al pasar el Simpecado
era la hermandad de Huelva.
Se echa la tarde y sobre el camino revolotean pequeños remolinos que ascienden en diagonal y depositan partículas de polvo sobre los naranjos.
El viento está despertando y por las trazas que muestra va a tener un despertar terrible. Mira el reloj, que marca las cinco y diez y decide regresar a casa. Sube nuevamente para cerrar las ventanas y echar las cortinas, y cuando está corriendo el visillo de una de las ventanas, cree ver moverse algo entre los frutales, aunque no está segura. Un cosquilleo le recorre el cuerpo desde las tripas.
Desde los naranjos hasta El Tamboril hay una zona espesa de jaguarzo, cantueso y romero, pero es una vegetación demasiado baja para esconderse alguien en ella sin ser visto desde la caravana. Permanece inmóvil detrás de la cortina sin quitar ojo a aquella zona durante un buen rato. No ve nada extraño, se tranquiliza y sale para emprender el regreso.
Un relámpago ilumina el Campito y el posterior trueno anuncia la tormenta. Carmen se pone el chubasquero, se santigua y echa a andar apresuradamente, casi corriendo; solo un chorlitejo patinegro con el dorso pardo grisáceo y una franja central negra, consigue adelantarla.
No ha recorrido quinientos metros cuando del cielo empieza a caer sangre, sí, lluvia de sangre. Ella nunca ha visto cosa igual, pues en la zona no es frecuente el fenómeno de lluvia roja, sin embargo, ha oído decir alguna vez a su hermana, a la que considera algo alarmista, que en ocasiones las gotas de lluvia roja se deben al polvo, que se eleva hasta mezclarse con las nubes para teñir las precipitaciones, sobre todo en caso de tormentas de arena del Sáhara. La sangría y la oscuridad, que envuelve la tarde en cuestión de segundos, la hacen regresar de nuevo al Tamboril, confiada en que antes o después su hermana avisará a algún amigo y vendrán a buscarla.
Cuanto más llueve, mayor es su arrepentimiento por no haber atendido la recomendación de Mercedes, como tantas otras veces.
El fuerte viento y el aguacero obligan a Carmen a agachar la cabeza y a cerrar con las dos manos las solapas del gorro del impermeable.
Al cruzar una pequeña vereda distinta del camino de ida, que conduce al Campito, comprueba que hay unas pisadas recientes y que no son suyas. Agarrándose con las dos manos fuertemente a la húmeda barandilla de hierro, sube las escaleras de dos saltos, se echa mano al bolsillo para coger el llavero y por la precipitación, el miedo y las manos mojadas, este cae al suelo por el hueco de las escaleras. Baja y gatea un rato manoseando el empapado terreno hasta que consigue sacarlas de un pequeño charco embarrado. Vuelve a subir y abre la puerta casi con violencia, cerrando de un portazo y asegurándose de echar el cerrojo por dentro.
Cae agua a chuzos y el interior del carro retumba como si lo estuvieran bombardeando. La tranquilidad de Carmen se va desvaneciendo como la llama de una vela en las últimas. Por instantes el olor a tierra mojada y a azahar queda enterrado en el légamo. Son las seis de la tarde y empieza a oscurecer.
EL EDÉN
1
7 DE NOVIEMBRE DE 2008
La noche ha resultado complicada en medio de una fuerte tormenta eléctrica y descomunales truenos que han sobresaltado a los higuereteros.
Amanece la ciudad bajo un cielo gris oscuro y grandes ráfagas de viento que envuelven el muelle Marina y recorren la ría Carreras hasta las afueras de la ciudad, más allá del camping. Penetran por la Casita Azul, enfilan la playa Central y después de recrearse en el cordón dunar del Parque Litoral, sacuden la Punta del Caimán.
«Gracias, Señor, por permitirme ver la luz de este nuevo día. Te pido que tengas a mis padres y a la abuela Gregoria junto a ti en el cielo, que nos cuides y protejas a Carmen y a mí, y nos ayudes a ser cada día mejores con los demás y con nosotras mismas».
Son las siete y media de la mañana y Mercedes se levanta de la cama algo agitada por la noche de perros que ha hecho. Se calza las zapatillas de lana virgen a cuadros marrones, grises y rojos que le protegen los pies del frío, se acerca a la habitación de su hermana, abre con cuidado la puerta y ve que está dormida, pero no se aguanta y, sacudiéndola despacio por el hombro, le canta en voz muy baja, como susurrando, el cumpleaños feliz.
—Muchas gracias, Merche, he pasado una noche regulera. El viento y los ruidos no me han dejado dormir, aunque lo importante es que seguimos juntitas un año más.
—¡Y los que vendrán! Cuando menos mires, me alcanzas.
—Creo que eso va a ser un poco difícil, aunque vete tú a saber —riéndose.
En la oscuridad de la habitación y fundidas en un abrazo, se aprietan un largo rato y recuerdan a su madre, cada una por su lado, sin nombrarla, que era la que mejor sabía felicitarlas y abrirles de par en par las puertas de un día maravilloso, el día de sus cumpleaños.
—No sé por qué cada vez que cumplimos años me acuerdo del día de mi séptimo cumpleaños y de lo que le pedí a mamá de regalo —dice Mercedes a su hermana entre recuerdos.
—Ya, que Mario se viniera a vivir con nosotros, que fuera un hermano más. ¡Qué ocurrencia! ¡Qué susto se pegó la abuela Gregoria!
—Éramos unas niñas y él estaba siempre tan triste… Claro que con la situación que tenía en su casa, no podía estar de otra manera —Apenada.
—Siempre has sido una sensiblera —le dice Carmen con cariño.
2
Tres casas más abajo, vivía Andrés con su hijo Mario, que era el mejor amigo de Mercedes. Al crío le gustaban mucho los animales, sobre todo los pájaros, y mostraba una sensibilidad muy superior al resto de niños y niñas del barrio. Pasaba horas y horas observando a los vencejos, admiraba su vuelo eléctrico como flechas, con el pico abierto para tragar alguno de los miles de insectos que flotaban en el aire. Daría cualquier cosa por poder volar, aunque fuera de un modo más plácido y suave.
Su madre, Elena, murió al nacer él, y ese trance nunca lo superó Andrés, que no supo convencerla de que abortar era lo procedente, como les recomendaron los médicos, para seguir adelante con sus vidas. «Por favor, Elena, somos jóvenes y podremos tener más hijos».
Los médicos les advirtieron del grave riesgo que corría ella si seguía adelante con el embarazo, pues su estado era delicado y el tratamiento duro y peligroso. Ella no lo dudó ni un solo instante, quería salvar a su hijo por encima de todo y de ella misma.
Falleció días después de dar a luz a Mario, pero no llegó a verlo ni a disfrutarlo, aunque fueran días. La angustia y la amargura por no poder ver a su hijo fue mayor, si cabe, que su propia muerte. Se sentía rota y no podía comprender ¿por qué el Señor le infligía un castigo tan grande, un dolor absolutamente desgarrador?
Desde que tomó la decisión de dar a luz, Elena no dejó de pensar en la muerte, mejor dicho, en el instante anterior al término. Se preguntaba si lo que estaba por llegar sería un momento amargo o por el contrario sería un momento de paz y de consuelo. Hasta el último hálito permaneció llorando en silencio para no entristecer más a Andrés, que debería estar fuerte para sacar adelante a su hijo.
Elena padecía una enfermedad muy infecciosa que requería aislamiento absoluto. Sus inflamados pulmones se ahogaban en mares de pus y la escasez de oxígeno llegaba lentamente a su sangre, no pudiendo frenar la infección, que anegó su frágil cuerpo.
La infancia de Mario fue difícil, con graves carencias afectivas, sobre todo los primeros años de su vida. Tuvo un rival poderoso e implacable, el mar, que le robó la mayor parte del tiempo de su padre.
Andrés mantenía una lucha encarnizada con su mente, a la que quería acorralar y amordazar sin conseguirlo. No era capaz de apartar de su cabeza el hecho de culpabilizar a Mario del infausto destino de Elena. La tristeza lo iba consumiendo poco a poco y lo iba separando de todo y de todos.
Las noches eran íntegras para su mujer; pensamientos íntimos no compartidos, recriminaciones sin respuesta y mares de lágrimas de hiel y de sal. Su pensamiento no seguía una dirección lineal en busca de una explicación a la muerte de Elena, era zigzagueante, con culpabilidades, resignaciones, desdenes y arrepentimientos. Le abatía pensar las pocas veces que le había dicho «te quiero», a pesar de ser lo más preciado que siempre tuvo; algo que en vida de ella le parecía una solemne cursilería y que ahora, desde su ausencia, cobraba un valor sublime.
Andrés nunca fue rácano en el amor con Elena, aunque le faltaron muestras. Un día, siendo novios, ella le echó en cara que era poco cariñoso, a lo que él le contestó que se confundía si pensaba eso. «Debes saber que el amor no es ilimitado, cada persona, al ser engendrada, recibe su dote de amor, que debe administrar a lo largo de la vida. Al igual que hay ricos y pobres, sanos y enfermos, tontos y listos, guapos y feos, hay quien hereda mucho amor y quien recibe muy poco o ninguno». Ella lo observaba sorprendida, pues solía ser bastante reservado, pero callaba y miraba atenta e interesada. «Cuanto más amor gastamos en los demás, menos nos queda para nosotros, de ahí que haya gente que se quiera tan poco que decida quitarse del medio. Normalmente es gente que ha querido mucho a los demás, tanto que ha invertido todo su capital amoroso en ellos». Después de la lección sobre el amor, ella lo cogió de la mano y lo besó con admiración, pidiéndole perdón. «No seas tonta, claro que tienes razón. Procuraré ser más cariñoso a partir de ahora».
La luna, laminada por efecto de las olas, se reflejaba en el inestable piélago abisal y trazaba el camino que seguiría Elena hasta descansar en el lecho de algas, anémonas y lirios marinos. Las azogadas manos de Andrés, fijaban la urna con una fina y aplomada cadena que deslizaba suavemente por la proa de la embarcación, tratando de acomodar suavemente los restos de su esposa en las profundidades del mar de la luz, que se iba apagando a medida que descendía hasta el fondo. Quiso imaginarse el lecho donde descansaría Elena eternamente, y recordó unas palabras que escuchó al patrón de un barco portugués: «Existen mesetas marinas más grandes que continentes, y montañas más altas que las de la tierra. La isla de Hawái es la cumbre de una montaña que tiene cerca de diez mil metros de altura». Andrés solo pensaba en tenerla en el mar, pero cerca, de ahí que fuera midiendo los metros de cadena que soltaba esperando encontrar la cúspide de alguna montaña.
Con los ojos húmedos se sentó en cubierta, se limpió la fría y roja nariz con el puño de la raída cazadora y sacó de su cuello la cadena de ella con la Virgen de la Soledad, le dio un beso, guardó la gorra anclada en el bolsillo de la trenca y a la luz de la afligida luna recitó, trémulo, sin quitar la vista de las oscuras escamas marinas que conducían al lecho de muerte, y futuro tálamo, unos versos de José Hierro que gustaban a su mujer, a su vida.
Si muero, que me pongan desnudo,
desnudo junto al mar.
Serán las aguas grises mi escudo
y no habrá que luchar.
Si muero que me dejen a solas.
El mar es mi jardín.
No puede, quien amaba las olas,
desear otro fin.
Oiré la melodía del viento,
la misteriosa voz.
Será por fin vencido el momento
que siega como hoz.
Que siega pesadumbres, y cuando
la noche empiece a arder,
soñando, sollozando, cantando,
yo volveré a nacer.
3
Mario empezó a gatear de manos de Vicenta, que a pesar de su edad tuvo que ejercer de madre los primeros años del niño. Las vecinas se lo pasaban de unas a otras como si de un juguete se tratara. Lo querían y cuidaban, y él se sentía protegido y parecía feliz. Rompió a hablar muy pronto, mostrando curiosidad e interés por todo lo que le rodeaba. Se pasaba el día preguntando «¿eso qué es?», «¿por qué?», «¿para qué sirve?».
Vicenta era muy joven, casi una niña, y no sabía qué responder a más de una pregunta de Mario. «¿Dónde viven las almejas?, ¿por qué no tienen piernas?, ¿tienen mamá?, ¿van al cole?». ¡Qué paciencia tenía con él! Toda la información recibida durante el día la iba guardando el hijo de Andrés en su cabeza para procesarla durante la noche. Dormía lo justo, quizás un poco menos de lo necesario.
Poco a poco aprendió a vivir y a organizarse solo, aunque nunca le faltó la ayuda de las abnegadas vecinas; sin embargo, y a pesar del buen trato recibido, carecía de vínculo y de apego, lo que le generaba inseguridad y angustia.
Vicenta, aún adolescente, era la mayor de tres hermanas y ahijada de Andrés. Vivían puerta con puerta, aunque en realidad las dos viviendas se comunicaban, estaban siempre abiertas. Cuando Andrés llegaba a casa después de la jornada de pesca, ella le entregaba al niño y le daba novedades, acción que agradecía cabizbajo, como avergonzado.
Rufino era cocinero en el “Anochecer de Isla”, barco dedicado a la pesca de altura, cuyo maquinista era Andrés. Habían recorrido juntos numerosos caladeros de Marruecos, Mozambique y Camerún. Era un barco de veintitrés metros de eslora, dotado de dos plumas, seis cámaras de frío, veinticuatro mil litros de combustible, mallas de dos pulgadas y ochenta pies de largo, boyas, cadenas, plomos, etc. Podía permanecer en las aguas sin necesidad de regresar a puerto a descargar la pesca más de un mes.
Una noche de mar encrespada, faenando en los caladeros marroquíes, nadie sabe cómo, Rufino cayó al agua entre olas de más de seis metros, que lo engulleron como alimento ansiado. Pidieron auxilio por la radio del pesquero y los equipos de socorro tardaron lo suficiente para no volver a saber de él.
Regresados a casa, Andrés no sabía cómo dar la noticia a Candela, su viuda, que tenía tres hijas, la menor, aún tomaba el pecho.
Con doce años recién cumplidos, Vicenta, era la primogénita de Rufino y de Candela, teniendo que madurar prematuramente para ayudar a su madre a salir adelante con la miserable pensión de su padre. Los vecinos se volcaron con ellas y las arroparon hasta que pudieron desenvolverse, especialmente Andrés, que permanecía soltero después de llevar siete años de novio con Elena.
4
Con todo su pesar, Andrés no quería que la madre de Elena, su suegra, tuviera mucho contacto con el niño, pero ella se dejaba caer por casa todos los días aprovechando que él estaba en el mar. Aunque tenía plena confianza en los cuidados de Candela y de Vicenta, que ya era quinceañera, y les estaba muy agradecidas, creía que era su obligación ejercer, aunque fuera mínimamente, de abuela.
Todas las semanas dedicaba un día a su nieto, mejor dicho, a cubrir las posibles necesidades de su nieto, incluidas las espirituales. Lavaba la cara a la casa, reponía la despensa y dejaba ropa limpia para toda la semana, incluidas las sábanas y la ropa de faena del yerno. Esperaba a que llegara Mario, rezaban las oraciones y hacían las oportunas peticiones. Andrés miraba para otro lado, pues el niño requería una atención que él no podía ni sabía prestarle. Los demás días de la semana, la abuela los tenía ocupados con su marido, que llevaba postrado en la cama más de seis años con tuberculosis. Precisamente ese era el motivo por el que Andrés no quería a los suegros cerca del niño. «¡Bastante hemos sufrido ya!» le decía su cabeza.
Andrés no superó la muerte de Elena, vivía en angustia permanente y no disfrutaba viendo crecer a su hijo en otras manos, aunque fueran las de su comadre y de su ahijada.
Contaba Mario con seis años cuando dando de comer miga de pan mojada a una cría de gorrión en la puerta de casa, oyó gran murmullo subir por la calle. Empezó a llegar gente, mucha gente. Unos se echaban las manos a la cara sollozando, otros miraban al cielo preguntando por qué y todos lloraban incrédulos. El niño no sabía qué pasaba, ni entendía a qué se debía tanto alboroto.
Según comentarios de algunos compañeros y amigos, Andrés había ido a encontrarse con Elena y con Rufino.
Mario sufrió y lloró lo justo, nada más. El apego que tuvo con su padre no fue suficiente para crear un vínculo afectivo como sí lo tenía con Vicenta y con Candela. Junto a ellas, y en menor medida a su abuela, se sentía seguro y amparado.
A pesar de su corta edad tenía una capacidad de sentir fuera de lo común, pero se lo reservaba para sí. Sin haberla conocido ni haber oído hablar mucho de ella, Mario se sentía más vinculado a su madre que a su padre. Tenía frecuentes fantasías acerca de ella. Dicen que cuando el niño permanece en el vientre materno comienza a desarrollarse la relación dual, que se asienta entre la madre, el niño y sus necesidades.
La hija mayor de Rufino conoció y mantuvo una relación con un joven portugués, que trabajaba de temporero en los naranjales de una finca próxima a Villablanca. Su madre la animó a casarse y decidieron irse a vivir a Lepe y trabajar en el campo.
Al volar Vicenta, Candela tuvo que hacerse cargo de Mario, aunque no por mucho tiempo, porque el abuelo del niño murió y su abuela se vino a vivir con él a su casa. Él no quería salir de aquella zona ni dejar de estar con sus amigos.
Un día, Mercedes saltaba a la comba en la puerta de casa con las amigas, cantando El cocherito leré, y vio a Mario sentado en el poyo adosado a la pared de su casa acariciando un jilguero que acunaba en la mano. Su cara de tristeza contrastaba con la felicidad del jilguero, que se picaba los cañones y sacudía las plumas moviendo la cola de un lado para otro.
Mercedes dejó de saltar y fue a sentarse al lado de su amigo. Todo lo que tenía de perspicaz e inteligente lo tenía de reservado y hasta de huraño con sus vivencias y sentimientos. Confesó a su amiga que echaba mucho de menos a Vicenta y aunque quería a su abuela, no le gustaba vivir con ella.
Al verlo tan mustio y apagado, Mercedes le habló con el corazón y con la responsabilidad de una niña de seis años.
—Mario, ¿por qué no te vienes a vivir a mi casa? Con Carmen y conmigo estarás estupendamente y nos lo pasaremos muy bien.
—¿Y qué hago con mi abuela? —dijo sin levantar la mirada—. ¿Y tus padres qué dirán?
—Tú no te preocupes, que yo los convenzo. Ellos te quieren mucho y nosotras también.
Levantando la mano izquierda el niño, la abrió poco a poco y dejó volar al jilguero, que se posó en el balcón de enfrente, sobre un precioso geranio bohemio púrpura. Se abrazó con todas sus fuerzas a Mercedes y le dio un beso.
Dos días antes de cumplir siete años Mercedes, su madre le preguntó qué quería de comida para el día de su cumple, así como un regalito. Mercedes cogió a su madre del mandil y le dijo que quería una sola cosa, y que no se la podía negar.
—Ya sabes, Merche, que andamos muy justitos de dinero. No me pidas algo muy caro —le respondió con suavidad y cariño.
—No te preocupes, mamá, que lo que quiero no cuesta dinero —le dijo tan contenta.
—Quiero que Mario se venga a vivir con nosotros. Me ha dicho que le gustaría tener una familia como la nuestra, que se va a portar muy bien y que va a ayudar en todo.
—Pero hija, ¿cómo se te ocurren esas cosas? ¿No te das cuenta de que él tiene su familia? ¿Y su abuela? Nosotros somos suficientes los cinco. ¡Lo que me hacía falta! ¡Si ya estamos pendientes de él!
—Mamá, no puedes negarte. Es mi amigo y nos necesita. Siempre está solo y triste. Porfa, mami.
—He dicho que no puede ser. Es mucha responsabilidad y será mejor que no sigas por ese camino ni le digas nada a tu padre, tengamos la fiesta en paz.
—Pues no quiero ningún regalo ni nada. ¡Pobre Mario! —Compungida.
Cuando Esperanza le contó la ocurrencia a Salvador, él le dijo que no se preocupara, que ya se le pasaría, que eran cosas de niños.
Varios días, incluido el de su cumpleaños, Mercedes se mostró enfadada y esquiva en casa con los suyos.
5
Aunque vivía con su abuela y pasaba muchos ratos con Candela y sus hijas, Mario era muy independiente y casi autosuficiente. Se pasaba horas y horas mirando por la ventana de su cuarto observando el vuelo de las palomas y el planeo de las gaviotas. Cuando al atardecer se notaba cansado, se ponía el pijama, se acercaba a la cocina con la abuela y cenaban una sopita de menudillos, que le gustaba mucho.
Todas las noches rezaba por sus padres y por su abuelo, para que estuvieran juntos en el cielo, así como por su abuela, para que siguiera sana y no le faltara nunca, aunque creía que no la necesitaba para nada.
Su carácter inquieto y ávido de aventuras frustraba todas las noches el desenlace de sus sueños. Sentía una necesidad casi vital de conocer el final de lo soñado antes de acabar la trama. Solía despertarse sudoroso y agitado, ansioso y decepcionado, sobre todo si el sueño era agradable.
A medida que pasaban los días, Mario iba cambiando su casa por el colegio. El colegio se convirtió en su hogar. Allí se sentía protegido, y se relacionaba más con Crescencio y con don Abilio que con los niños de su edad, pues estos le preguntaban cosas que no sabía o no quería responder: ¿por qué no viene nadie a buscarte al cole?, ¿con quién vives?, ¿dónde están tus padres? Todo era un tormento.
Cuando sonaba el despertador saltaba de la cama sin pereza y se vestía en dos minutos, besaba la fotografía de sus padres y de la Virgen de la Soledad, como le había enseñado su abuela, y salía corriendo hacia el colegio, la mayor parte de las veces sin ni siquiera lavarse la cara. Era difícil que la casa se le cayera encima. Llegaba el primero al colegio, cuando aún no había abierto las puertas Crescencio, el ordenanza, su amigo.
Como llegaba al colegio quince o veinte minutos antes de sonar el timbre, don Abilio procuraba aparecer al tiempo que Mario. Llamaba a la puerta con los nudillos en contraseña acordada con el conserje, golpe seco acompañado de cuatro golpes continuos y dos algo separados: pon pororompo pon pon, pasaban los dos al comedor y se sentaban a desayunar, don Abilio por segunda vez (prefería no discutir con la señora Paula, la señora de la pensión, por no desayunar en casa), pues quería asegurarse de que Mario almorzaba todos los días.
Durante el desayuno el maestro lo miraba disimuladamente y sonreía viéndole calar la cara en el tazón de Cola Cao, que lo dejaba seco como el ojo de un tuerto. «Límpiate las boqueras gorrión, que pareces Cantinflas», le repetía un día tras otro don Abilio antes de levantarse de la mesa y dirigirse al aula.
Su vida y sus gustos nada tenían que ver con los de los demás niños del colegio, aunque tuvieran la misma edad. Le aburría sobremanera colorear y recitar la tabla de multiplicar (se limitaba a abrir y cerrar la boca, sin emitir sonido alguno), sin embargo, le apasionaban los animales, todos menos los gatos, que le transmitían desconfianza y miedo.
Crescencio tenía un pequeño palomar en las traseras de la vivienda que como bedel tenía asignada en el colegio. Cuando las palomas ponían huevos, dejaba a Mario que los cogiera. Vibraba de emoción. «No los dejes fuera mucho tiempo que la madre los aborrece», insistía puesta tras puesta. No necesitaba calendario para saber qué día habría nuevos inquilinos en el palomar.
Mario tachaba los días en su mente hasta llegar al décimo octavo, en que avisaba a Crescencio para que estuviera preparado. La noche anterior no dormía, nervioso e inquieto. Si los días ordinarios llegaba al colegio casi veinte minutos antes que el resto de los niños, el día de la eclosión adelantaba la llegada aún más. El conserje le cedía el honor de introducir la mano en el cajón de madera donde estaba el nido y comprobar si habían nacido los pichones. Cuando se subía en el bloque de hormigón que había en el suelo, aún le faltaba un buen trozo para ver lo que había dentro, pero se conformaba con tantear debajo del papo de la paloma que, inquieta, arrullaba como amenazante. El tacto de los palomos recién nacidos era algo desagradable, al menos para los primerizos, pues estaban muy blandos y calientes y parecía que se iban a espachurrar en la mano cuando los cogías. Claro que más desagradable era el olor a defecaciones de las palomas y lo soportaba sin rechistar.
—Mario, no te metas las manos en la boca sin lavártelas antes. Ya sabes que las palomas pueden transmitir enfermedades —le repetía una y otra vez Crescencio.
El conserje conocía perfectamente la circunstancia familiar de Mario, pues don Abilio se la había contado con el fin de protegerlo cuando él no estuviera cerca, de ahí que le enseñara a criar pajarillos, a dar de comer a los tres cernícalos que habían nacido en el tejado del gimnasio y a coger llantén en el campo. Si coger del nido los pichones le proporcionaba una sensación medio asquerosa, dar con sus dedos índice y pulgar el bofe y las vísceras de pollo y conejo a las crías de cernícalo le provocaba gran excitación, sobre todo al comprobar los trozos de carne que se tragaban sin ahogarse unos polluelos tan pequeños. Eran como bolitas blancas con cañones y pelusa, y siempre tenían hambre, comían con ansia.
Mario les proporcionaba lagartijas, escarabajos y todo tipo de insectos. Esperaba al recreo y en vez de jugar con los demás niños al fútbol, a las canicas o a las chapas, recorría el palomar y el tejado del gimnasio. Poco antes de sonar el timbre del final del recreo, recogía en una bolsa de papel los restos de bocadillos que los niños habían tirado en el patio y seleccionaba la comida de sus pájaros: migaba el pan y lo repartía entre las palomas y los gorriones, el chorizo y la patatera eran para los cernícalos.
Cuando llegaba Mario y silbaba, las rapaces corrían hacia él agitando sus alas y saltando por el tejado como si fueran a echarse a volar.
Crio en casa un jilguero que había cogido de chibarba camino del colegio. La mañana que lo encontró se le hizo eterna, pues lo había escondido en su pecho, debajo de la camiseta y tenía miedo de que se asfixiara, el corazón le latía muy de prisa. Hacía muecas y se mostraba inquieto, incluso daba pequeños saltitos en la silla, porque el pajarillo le arañaba con las afiladas uñas y le picaba la barriga queriendo escapar. Don Abilio no tardó en darse cuenta, aunque se hizo el distraído; nada más lejos de su intención que romper la ilusión de su alumno protegido.
Cuando salió de clase marchó a toda velocidad a casa con el nuevo inquilino, de camino entró en el huerto de Nicolás «el malaje» y cogió algunas espigas de llantén. Recorrió varios contenedores hasta encontrar una pequeña jaula con comedero, bebedero y saltadores. Lo bautizó, le dio una espiga rociada en azúcar y lo llamó Coli.
Los primeros días se los pasaba hablando con él, voz baja y tono sereno. Cogía la jaula con lentitud y la llevaba hasta el pequeño aseo, cerraba la ventanita y la tapa del váter y le abría la puerta. No dejaba ni un instante de hablarle y decirle cosas bonitas, ni siquiera cuando revoloteaba por el servicio piando y chillando. Exhausto, caía sobre uno de los rincones y se apocaba temeroso, momento que aprovechaba Mario para cogerlo con mimo, protegerlo en el cuenco de la mano, besarle la cabecita de madroño y mojarle el pico con su saliva. Sobre la palma de la mano izquierda ponía unos granos de azúcar y de plantago, y con la derecha lo conducía hasta el comedero aproximándole el pico hasta dar en el grano, siempre hablándole con cariño. Las primeras veces no respondía, pero a partir de la segunda semana no solo picaba la palma de la mano, sino que solicitaba su comida en vuelo.
La escena de Mario dando de beber al jilguero era digna de ver, ponía boca de conejo, pegaba los dientes de arriba contra el labio inferior y aspiraba e inspiraba muy seguido emitiendo un sonido tipo fuelle que atraía a Coli hasta su hombro. Mario giraba su cabeza con saliva en la boca y el pajarillo introducía el pico entre sus labios. Cuando se hizo adulto su cabeza parecía un madroño maduro, el color rojo de la cara le pasaba por detrás de los ojos y le nacieron unas cerditas sobre la base de la mandíbula superior, a modo de bigotes, que le daban prestancia. La mejilla y la garganta eran blancas, el yelmo negro, el dorso rojizo y el pecho café con leche. Las alas eran negras ribeteadas en amarillo con las puntas blancas. Volaba por la casa con toda naturalidad emitiendo gorjeos animados y dulces, del mueble a la lámpara y de la silla al cabecero de la cama. Por las noches dormía en la jaula, siempre voluntariamente, pues tenía la puertita abierta.
Al cabo de unos meses, Mario decidió dejarle la ventana entreabierta, el primer día fue duro para él, pues dudaba de encontrárselo en casa cuando regresara del colegio. Durante más de dos meses Coli fue fiel y puntual a su horario de comidas y de carantoñas.
Un día, cuando el niño entró en casa silbando para que lo oyera Coli, vio plumas flotando en la habitación, la jaula en el suelo y un gato pardo encorvado en la base de la ventana relamiéndose. Con la cara desencajada y las manos tapando sus ojos, gritó y lloró desconsolado muchas horas, muchas semanas. Ese fue uno de los días más tristes de su vida.
Podía pasarse días enteros mirando por la ventana de la clase el cortejo de las palomas, las agrupaciones de estorninos y el saltar de los gorriones buscando insectos y migas de pan de los bocadillos del recreo. Admiraba sobre todo el despegue, el ascenso a las alturas y el descenso en picado de los aviones comunes, que llegaban todos los años a Isla después de pasar el invierno en el África subsahariana.
Llegó el mes de mayo, y con él los cantos a María, «Con floores aaa Maríía, que madre nuestra es»y las ofrendas de flores. La clase se convertía esos días en una dispersión de aromas que mareaba a pequeños y a mayores, y los niños se pasaban la clase estornudando y con los ojos hinchados como sapos.
A media mañana, Isla se convertía en un enorme megáfono que transmitía el sonido de los barcos cuando, bostezando, llegaban a la lonja a descargar el pescado, después de pasar toda la noche en alta mar. Los atropellados graznidos de las gaviotas luchando por conseguir un pescado y los cánticos y rezos de los escolares hacían de coro.
Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se
recrea en tan graciosa
belleza, a ti celestial
princesa, Virgen Sagrada
María te ofrezco desde
este día alma, vida y
corazón, mírame con compasión.
No me dejes madre mía morir
sin tu bendición.
Mario, que abría y cerraba la boca, mudo, cuando recitaban la regla de multiplicar, en los rezos y en las canciones sacras, actuaba como un verdadero solista. ¡Qué duda cabe que mucha culpa de ello la tenía su abuela materna!
6
Mercedes descorre la cortina, sube la persiana y abre de par en par la ventana que da al puerto y a la lonja, y enmarca el horizonte marino dirección a Ayamonte. El turbio mar, consecuencia de la resaca nocturna, bambolea los barcos, perfectamente alineados, esperando una nueva jornada de pesca.
—¡Uf, no abras tanto! Entra un biruji que se mete por los huesos —se queja Carmen.
Mercedes la deja entreabierta y asoma la cabeza con cierto respeto al fresco.
—Qué raro está el día. No se oye un solo ruido —Todos los días a esa hora había un hervidero de trabajadores, trasladando montañas de cajas vacías en los toros mecánicos a la lonja, para llenarlas de sardinas y caballas, y cargarlas en los camiones y furgonetas de reparto. Las sobrantes las guardaban en naves y almacenes para vender a los bares y a algún que otro particular.
—No me extraña lo más mínimo —responde Carmen contrariada incorporándose de la cama—. ¡Menuda nochecita!
—Al mal tiempo, buena cara. Nada ni nadie te va a estropear el día de tu cumpleaños —dice Mercedes tan gerinelda.
