El beso del vizconde - Margaret Moore - E-Book
SONDERANGEBOT

El beso del vizconde E-Book

MARGARET MOORE

0,0
3,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 3,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Ella no era quien decía ser Lord Bromwell estaba acostumbrado a transgredir las normas sociales, pero hasta él se quedó pasmado cuando se encontró con la hermosa aunque reservada lady Eleanor Sprinford y se besaron desenfrenadamente. Bromwell tenía un férreo sentido del deber y, cuando se dio cuenta de que ella escapaba de una situación angustiosa, hizo lo único digno que podía hacer: le ofreció refugio en sus posesiones. No obstante, no sabía que lady Eleanor era en realidad la sencilla Nell Springley, una señorita de compañía arruinada y fugitiva, y que su caprichosa relación presagiaba un escándalo…

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 325

Veröffentlichungsjahr: 2013

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A. Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid

© 2009 Margaret Wilkins. Todos los derechos reservados. EL BESO DEL VIZCONDE, nº 6 - febrero 2011 Título original: The viscount’s Kiss Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, ltd. Publicada en español en 2010

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV. Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia. ® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin books S.A. ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-671-9989-5 Editor responsable: Luis Pugni

ePub X Publidisa

Capítulo Uno

Para mí ha sido un sueño desde hace mucho tiempo estudiar la vida de estas criaturas fascinantes en su ambiente natural; observarlas sin ser visto, como una especie más de la fauna que puebla su mundo, mientras tejen la red y siguen con su ocupación de vivir

De La telaraña, escrito por lord Bromwell

Inglaterra 1820

Aquel hombre desentonaba allí, se dijo Nell Springley mientras observaba disimuladamente al otro ocupante del coche de correos que se dirigía a Bath. Estaba dormido cuando ella se montó en Londres y seguía dormido a pesar del traqueteo del vehículo. Llevaba el ala del sombrero de copa de color pardo sobre los ojos y los brazos cruzados encima del pecho.

Estaba claro que era un hombre adinerado porque su levita azul era de una lana excelente. Sus finas calzas se le ceñían a las largas piernas; su lazo, de un blanco casi cegador, estaba atado con un nudo muy complicado que denotaba la mano de un ayuda de cámara muy avezado; sus dedos, largos y esbeltos, iban cubiertos por unos guantes de la piel más delicada y sus botas altas estaban tan lustrosas que ella podía ver el reflejo de la falda.

Sin duda, un hombre que podía permitirse ropa como ésa tenía que tener su propio carruaje. Quizá fuera un jugador que había perdido su fortuna. Si fuera aficionado a ver combates de boxeo al aire libre, eso podría explicar el bronceado del trozo de mandíbula y mejilla que podía ver. Quizá hubiera estado en la marina. Podía imaginarse fácilmente esa figura de uniforme; los anchos hombros rematados con los galones de oficial mientras gritaba órdenes desde el castillo de popa con un porte distinguido.

También podía ser un juerguista que dormía después de una noche de excesos con la bebida y que se había gastado todo el dinero en vino. Si era así, esperaba que no se despertara hasta que llegaran a Bath porque no le apetecía tener que hablar con un bebedor… ni con nadie.

El carruaje pasó por un bache especialmente profundo, que hizo que el equipaje retumbara en el maletero y que el escolta que los acompañaba lanzara una maldición. Nell, por su parte, se agarró al asiento con el tocado caído sobre los ojos.

—Qué fastidio —comentó una voz masculina, profunda y afable.

Nell se colocó el tocado en su sitio, levantó la mirada y se encontró con el joven más apuesto que había visto en su vida. No sólo estaba despierto, sino que llevaba el sombrero perfectamente puesto, lo que permitía ver unos ojos azules con tonos grises muy cordiales, una nariz fina y unos pómulos angulosos. Era joven, pero tenía unas arrugas en los bordes de los ojos que indicaban que tenía más experiencia de la vida que ella.

No obstante, casi todo el mundo tenía más experiencia que ella.

Nell se ruborizó como si la hubiera sorprendido fisgando, se cruzó las manos sobre el regazo y bajó la mirada. Al hacerlo, pudo ver por el rabillo del ojo que algo se movía por el asiento que tenía al lado. ¡Era una araña! Una araña enorme y espantosa que se dirigía hacia ella.

Sin aliento, saltó de su asiento y cayó en el regazo del joven que tenía enfrente, tirándole el sombrero.

—¡Tranquila! —le avisó él con un acento muy educado que confirmó su elevado origen social.

Ella se ruborizó más todavía y se sentó precipitadamente en el asiento al lado de él.

—Os… os pido que me disculpéis —balbució ella.

Nell se sintió una necia absoluta y también se dio cuenta de que a él le había caído un mechón de pelo castaño sobre la frente, lo que le daba un aspecto algo juvenil y menos intimidante.

—No tenéis nada que temer —le tranquilizó su acompañante—. Sólo es una Tegenaria parietina. Os aseguro que son inofensivas.

Nell, humillada por su reacción infantil, no supo qué decir y se limitó a alisarse la falda y a mirar fijamente el asiento que había dejado vacío tan bruscamente. La araña había desaparecido.

—¿Dónde está? —preguntó mientras se agarraba al asiento y se levantaba un poco a pesar del vaivén del coche—. ¿Dónde está la araña?

—Aquí —contestó el joven mientras recogía su sombrero—. Las arañas me interesan especialmente —añadió con una sonrisa de disculpa.

¿La tenía en el sombrero? Sería muy apuesto y caballeroso, pero también era un excéntrico y era muy posible que estuviera mal de la cabeza.

—Por favor, mantenedla lejos de mí —le pidió mientras se alejaba de él todo lo que podía—. No soporto las arañas.

Él dejó escapar un suspiro muy profundo, como si esa aversión tan corriente fuera un defecto muy grave.

—Es una lástima.

Si tenía en cuenta todo lo que había hecho durante los días anteriores, a Nell le pareció completamente absurdo que la censuraran porque no le gustaban las arañas.

—La mayoría de las arañas son inofensivas —prosiguió, mirando dentro del sombrero como si la araña fuera un apreciado animal de compañía—. Comprendo que no son tan bonitas como pueden ser otros insectos, como las mariposas, pero son tan útiles, a su manera, como las mariposas o las abejas.

Él levantó la mirada y sonrió y ella estuvo segura de que nunca le faltarían parejas en un baile.

—Independientemente de lo que sintáis por las arañas, permitidme que me presente. Soy…

El carruaje se elevó por los aires como si tuviera vida propia y cayó con un golpe estrepitoso, que lanzó a Nell fuera de su asiento. Su acompañante la agarró y la estrechó contra sí mientras lo caballos relinchaban, el cochero gritaba y el carruaje empezaba a deslizarse de un lado a otro hasta que volcó y ella se encontró encima del joven y confinada por los asientos.

Él la miró de una manera que le alteró el pulso como no había conseguido hacerlo el carruaje volcado.

—¿Estáis bien?

Ella no sentía ningún dolor, sólo sentía el cuerpo de él debajo de ella y los brazos que la agarraban protectoramente.

—Creo que sí. ¿Y vos?

—Creo que estoy bien. Me imagino que habrá pasado algo con una rueda o un eje.

—Claro, claro, naturalmente —murmuró ella.

Podía notar el pecho de él que subía y bajaba tan deprisa y entrecortado como el pulso de ella, aunque el peligro ya había pasado.

—Debería comprobar qué ha pasado.

Ella asintió con la cabeza.

—Lo antes posible —añadió él con los ojos clavados en los de ella y el rostro bronceado demasiado cerca.

—Inmediatamente —susurró Nell sin hacer nada para moverse.

—Podrían necesitar mi ayuda.

—Sí, claro.

—Me pregunto si…

—¿Si…?

—Debería intentar hacer un experimento.

—¿Un experimento? —repitió ella con perplejidad.

Ella no podía seguir su razonamiento ni sabía de qué experimento estaba hablando.

Él, sin aviso previo ni saber su nombre, porque no los habían presentado debidamente, levantó la cabeza y la besó.

El contacto de sus labios fue tan delicado y cautivador como el roce del ala de una mariposa, tan delicioso y bien recibido como el pan y el té caliente en una tarde desapacible y más excitante que cualquier otra cosa que hubiera… experimentado; completamente distinto que ese otro beso inesperado que recibió hacía unos días y le había arruinado la vida. Tan distinto como lo era él del arrogante y tiránico lord Sturmpole.

Ese beso era como debía ser un beso; cálido, excitante, placentero, bien recibido… como era él.

Hasta que él, con una bocanada de aire como si estuviera ahogándose en el agua, se apartó y alejó todo lo que pudo hasta que su espalda quedó contra lo que había sido el suelo del carruaje.

—¡Por Dios bendito! ¡Os pido perdón! —exclamó él con espanto—. ¡No sé qué ha podido pasarme!

Ella retrocedió apresuradamente entre sus piernas hasta que su espalda topó con el techo del carruaje.

—Ni a mí —replicó ella.

Se sonrojó de bochorno porque ella sí sabía qué le había pasado; se había dejado llevar por la lujuria más inoportuna y ésa no era la mejor manera de viajar si quería pasar desapercibida.

—Habrá sido la conmoción del accidente —alegó él mientras intentaba levantarse con un sonrojo que pareció sincero—. Si me disculpáis, iré a interesarme por lo que ha pasado.

Él alcanzó el picaporte, que estaba encima de su cabeza, abrió la portezuela y salió con tanta agilidad como si tuviera algo de mono.

Nell, de cuclillas sobre la otra puerta, se colocó bien el tocado y recapacitó sobre la situación. Estaba dentro de un carruaje volcado; estaba ilesa; su ropa estaba desordenada, pero no estaba ni rasgada ni embarrada; su tocado estaba casi intacto, mientras que el sombrero del joven caballero había quedado aplastado por el peso de ellos con la araña dentro.

También había besado a un apuesto desconocido, quien parecía sinceramente arrepentido de haberlo hecho a pesar de la evidente e irreflexiva respuesta de ella.

Tenía que estar gafada o haber nacido con una maldición. Si no, era imposible explicar todos los infortunios que la habían perseguido últimamente. Su empleo como señorita de compañía de lady Sturmpole le pareció un golpe de buena suerte y acabó siendo un desastre absoluto. Se había sentido aliviada por haber podido tomar ese coche en el último minuto y había acabado volcado. Se había alegrado de que sólo hubiera otro viajero y, además, dormido… y había acabado como había acabado.

La cabeza del joven volvió a aparecer tan súbitamente como había desaparecido.

—Parece ser que se ha roto el eje. Habrá que arreglarlo antes de poder enderezar el carruaje, de modo que tendremos que buscar otro medio de transporte. Si alargáis las manos, os sacaré de ahí.

Ella asintió con la cabeza y obedeció.

—Me temo que vuestro sombrero está chafado y la araña muerta.

—Vaya… —él suspiró mientras alargaba las manos—. Pobre criatura. Quizá, si la hubiera dejado en paz, habría sobrevivido.

O quizá, no, se dijo ella mientras lo agarraba de las manos.

Él la elevó con una facilidad inesperada que demostraba que era más fuerte de lo que parecía. Al parecer, su vestimenta, al revés que la de muchos jóvenes caballeros, no estaba acolchada para que pareciera que tenía unos músculos de los que carecía. Una vez fuera, Nell pudo ver al fornido cochero iluminado por la tenue luz del atardecer. Iba vestido con el uniforme de los cocheros, capote verde y esclavina carmesí, y estaba tumbado en la cuneta con un corte sangrante en la frente y el sombrero de ala ancha a poca distancia en el suelo. El escolta, con el capote rojo manchado de barro, sujetaba las riendas de los cuatro caballos que, nerviosos, ya estaban desenganchados del carruaje. También portaba un trabuco bastante anticuado. Era evidente que uno de los caballos se había roto una pata. Afortunadamente, el coche de correos no llevaba pasajeros encima de techo.

El joven se bajó del carruaje que llevaba el emblema real en el costado y alargó los brazos para ayudarla. Ella tuvo que apoyar las manos en sus hombros y él le rodeó la cintura con las manos. Su cuerpo volvió a sentirse dominado por esa calidez inusitada, por esa lujuria tan inoportuna.

Él la soltó en cuanto tocó el suelo para dar a entender que no era un sinvergüenza indecente y que estaba sinceramente arrepentido del beso.

—Como no estáis herida, debería ocuparme del cochero.

Él inclinó la cabeza con la máxima distinción antes de acercarse al cochero y arrodillarse a su lado. El joven se quitó los guantes, apartó los cabellos grises del cochero y examinó la herida de la cabeza de una forma eficiente y profesional. Quizá fuera médico.

—¿Estoy muriéndome? —preguntó el cochero con angustia.

—Lo dudo mucho —contestó el joven con seguridad y calma—. Las heridas en la cabeza sangran mucho aunque sean leves. ¿Tienes alguna contusión más?

—El hombro. Se me torció cuando intentaba sujetar los caballos.

El joven asintió con la cabeza y palpó la zona. El cochero hizo una mueca de dolor cuando apretó en un punto.

—¡Ay! —él suspiró y el cochero abrió mucho los ojos—. ¿Qué…?

—Nada grave, Thompkins —sonrió—. Tienes una luxación y no podrás conducir en un tiempo, pero creo que no durará mucho.

—¡Gracias a Dios! —exclamó el cochero antes de fruncir el ceño con rabia—. Había un maldito perro en el camino. Debería haber pasado por encima del condenado, pero intenté esquivarlo y golpeé contra una roca y…

—Thompkins, hay una dama. Intenta moderar tu lenguaje —le pidió amablemente él mientras se levantaba.

El cochero la miró.

—Perdón por mis palabras, señorita.

—¿Puedo ayudar de alguna manera? —preguntó ella, que no se había ofendido por forma de hablar dadas las circunstancias.

Él se deshizo el lazo y se lo entregó a ella.

—Si queréis, podéis usarlo para limpiar la herida… siempre que la visión de la sangre no os trastorne.

—En absoluto —replicó ella mientras tomaba el lazo, que olía a algo muy singular que no supo identificar.

—Entonces, iré a ver los caballos.

El joven se desabotonó distraídamente el cuello de la camisa y dejó ver el cuello y un poco del pecho, que estaban tan bronceados como la cara. Quizá fuera médico en un buque.

—Quizá yo debería… —empezó a decir el cochero mientras intentaba sentarse.

—No, tienes que descansar —le ordenó el joven—. Disfruta de tener una enfermera tan guapa y encantadora, Thompkins, y déjame que me ocupe de los caballos. Cuéntale cuando intenté guiar tus caballos y acabamos en una zanja.

El cochero sonrió y luego hizo una mueca de pesadumbre.

—Sí… milord…

¿Milord? ¿Era un médico noble? Aquello sería muy interesante si ella no debiera estar pensando en cómo iba a llegar a Bath y en qué iba a hacer cuando llegara.

—Antes, tengo que hablar un segundo con tu enfermera.

El noble la agarró de un brazo y la alejó un poco. Ella, preocupada porque el cochero podía estar más grave de lo que él había dicho, pasó por alto un gesto tan inapropiado y también intentó pasar por alto la sensación de que unas pequeñas llamas le recorrían toda la piel.

—¿Está gravemente herido? —preguntó ella con cierta angustia.

—No, no creo que Thompkins tenga nada grave —contestó él para alivio de ella—, pero no soy médico.

—¿No lo sois? —preguntó ella sin poder disimular la sorpresa.

—Desgraciadamente, no —él sacudió la cabeza con seriedad—. Aunque tengo una ligera formación médica y sé que hay que mantenerlo consciente, si es posible, hasta que encontremos un médico. ¿Podréis hacerlo mientras examino al caballo herido y voy hasta la posada más cercana en uno de los otros?

—Sí, creo que podré mantenerlo consciente.

El joven caballero esbozó una sonrisa de agrado que volvió a despertar esa calidez palpitante en todo su cuerpo. Mientras ella se dirigía hacia el cochero intentando serenarse, él se acercó al escolta que sujetaba los caballos. Ella oyó que le preguntaba dónde estaban guardadas las pistolas y empezó a limpiar la sangre que había formado un pequeño reguero.

—Debajo de mi asiento —contestó el hombre con nerviosismo, mientras miraba el asiento de la parte trasera del carruaje.

Los escoltas de los coches de correos solían llevar pistolas, además de trabucos, para ahuyentar a los salteadores de caminos.

—Yo sujetaré los caballos mientras libras al animal de su sufrimiento —se ofreció el joven caballero.

—¿Queréis que lo mate? No podría —se resistió el escolta—. ¡No puedo destruir propiedades reales! Además, yo me ocupo del correo, no de los animales.

—Seguro que podría hacerse una excepción si se trata de un caballo que se ha roto la pata —replicó el joven.

—Insisto, ¡tengo que vigilar el correo, no hacerme cargo de los caballos!

—No permitiré que el pobre animal sufra.

—¿No…? ¿Puede saberse quién sois?

—Cierra el pico, Snicks —le aconsejó el cochero—. Deja que el vizconde haga lo que tenga que hacerse.

¿Era un vizconde? ¿Un vizconde la había besado?

—Pagaré por el caballo si es necesario.

El joven noble se acercó al carruaje volcado con un gesto de firmeza tan implacable que no parecía el mismo hombre.

El escolta frunció el ceño, pero no dijo nada mientras el vizconde sacaba una pistola que, como el trabuco, parecía fabricada un siglo antes.

El vizconde, con la pistola a la espalda y murmurando algo que parecía una disculpa, se acercó al caballo herido. Entonces, mientras el escolta se alejaba todo lo que podía, el noble apuntó y disparó al caballo entre los marrones y cristalinos ojos. El animal cayó sin vida y el vizconde bajó la mano y la cabeza.

—Era inevitable —murmuró el cochero—. Había que matarlo.

Efectivamente, había que matarlo, se dijo Nell mientras volvía a limpiar la herida del cochero sin poder evitar sentir lástima por el desdichado caballo y por el hombre que había tenido que dispararle.

El vizconde se metió la pistola en le cinturilla del pantalón antes de acercarse a Nell y al cochero. Entre la pistola, la piel bronceada, la camisa desabotonada y el pelo despeinado, parecía un pirata muy apuesto y elegante.

Un pirata. El mar. Un vizconde al que le gustaban las arañas y había estado en el mar…

¡Santo cielo! Tenía que ser lord Bromwell, el naturalista que había sido la comidilla de la sociedad de Londres por el libro que había escrito sobre su viaje por los mares del sur y el motivo de muchos artículos en la prensa popular. Lord Sturmpole, como muchos otros, había comprado el libro y había comentado sus aventuras, aunque ella no se había molestado en leer La telaraña.

No le extrañaba que pudiera mantener la calma en un momento crítico. Cualquier hombre que hubiera sobrevivido a naufragios y ataques de caníbales, podría aguantar sin inmutarse que se volcara un carruaje. En cuanto al beso, seguramente estaría acostumbrado a ser el objeto de la atención y el deseo de las mujeres. Seguramente, las mujeres se abalanzarían sobre él todo el rato y habría dado por supuesto que ella también se sentía atraída por su fama y su apostura.

Sin embargo, debido a su fama, la prensa podría interesarse especialmente por el carruaje volcado, se enteraría de que lord Bromwell no era el único pasajero y querría saber quién era ella, a dónde iba y por qué estaba en el carruaje…

Nell, con una sensación creciente de fatalidad, deseando no haber tomado ese carruaje ni haber pasado por Londres ni haber decidido ir a Bath, observó al famoso y atractivo naturalista que se montaba en un caballo y se alejaba al galope por el camino.

Capítulo Dos

Afortunadamente, se me ha otorgado un carácter pragmático que me permite actuar inmediatamente sin el lastre de las emociones. Por eso mantuve la calma cuando el barco se hundía y pude dedicarme a salvar a todos los compañeros de travesía que pude. Hasta que el barco no se hundió y la tormenta no amainó, hasta que no conseguimos recuperar algunos útiles imprescindibles para vivir y no nos encontramos en una diminuta franja de arena que parecía perdida en medio del inmenso océano, no apoyé la cabeza en las rodillas y lloré.

De La telaraña, escrito por lord Bromwell

Como había imaginado lord Bromwell, a quien sus amigos más íntimos llamaban Buggy, la aparición de un hombre descamisado, sin sombrero ni capote y montado en un caballo de tiro agotado causó un gran estupor en el patio de La corona y el león. Un sirviente que llevaba un saco de harina al hombro se detuvo y lo miró boquiabierto. Dos hombres desaliñados que se apoyaban con desgana en el marco de la puerta, se irguieron. La lavandera, con un cesto inmenso lleno de ropa blanca entre los brazos, casi la deja caer y un chiquillo que llevaba unas botas, se distrajo y se chocó contra uno de los holgazanes, que le dio un manotazo en la cabeza.

—¡Ha habido un accidente! —gritó Bromwell.

El mozo de cuadras salió del establo seguido por dos lacayos, un muchacho y un hombre de librea. Bromwell se bajó del agotado animal y le dio las riendas al muchacho. El mozo de cuadras, los lacayos, el hombre de librea, los holgazanes, la lavandera y el limpiabotas se arremolinaron alrededor de él.

—Se ha partido el eje del coche de correos a unos cuatro kilómetros de aquí, en el camino a Londres.

—¡No! —exclamó el mozo de cuadras, como si eso fuera imposible.

—Sí —replicó Bromwell.

Mientras tanto, el posadero, alertado por el jaleo, había aparecido en la puerta de la taberna. Se secó las manos en un delantal mugriento que le cubría el abultado abdomen y se acercó a un paso ligero e impropio de un hombre de su tamaño.

—¡Por todos los santos! ¿Sois lord Bromwell? ¡Espero que no os haya pasado nada! —exclamó Jenkins.

—Estoy perfectamente, señor Jenkins —contestó Bromwell mientras se sacudía el polvo de los pantalones—. Desgraciadamente, otros no lo están. Necesitamos un médico y un carruaje. Además de otro caballo para mí porque me temo que no cabremos todos en un vehículo. Naturalmente, pagaré…

—¡Milord! —Jenkins se llevó la mano al corazón como si se sintiera ofendido—. ¡Jamás!

Bromwell agradeció la generosidad del posadero con una sonrisa e inclinó la cabeza. Siempre había apreciado al señor Jenkins, lo cual hacía que le doliera mucho más presenciar el trato degradante que le daba su padre.

—Manos a la obra, Sam —le ordenó Jenkins al mozo de cuadra—, prepara mi carruaje y ensilla a Brown Bessie para milord, la silla buena. Johnny, deja eso en la puerta y trae al doctor —le dijo al limpiabotas—. Y corre todo lo que puedas.

Todos obedecieron inmediatamente. La lavandera, con la cesta apoyada en la cadera, se dirigió hacia el lavadero y los dos holgazanes volvieron a su sitio, desde donde podían ver cómodamente las idas y venidas de los vehículos y jinetes.

—Entrad a tomar algo mientras preparan el carruaje —le propuso Jenkins—. Supongo que también querréis asearos.

Bromwell se llevó una mano a la mejilla y comprobó que la tenía manchada de barro.

—Sí, me encantaría.

El vizconde siguió a posadero al edificio principal, una construcción de dos pisos con una taberna y comedor en la planta baja y dormitorios encima.

Aunque Bromwell ya no era tan vanidoso como hacía unos años, no pudo evitar preguntarse, mientras seguía a Jenkins por el patio embarrado y lleno de paja, qué habría pensado la pasajera sobre su porte. Aunque también se preguntó qué podría haberle pasado para comportarse como un degenerado indecente. Ella era hermosa, sin duda. Tenía unos ojos verdes impresionantes y cuando se acercó apresuradamente al carruaje, se fijó en su figura bien proporcionada cubierta por un anodino chaquetón gris. Sin embargo, había conocido a otras jóvenes hermosas y había visto a bastantes completamente desnudas durante sus viajes por los mares del sur. Además, aunque le pareció hermosa, no le importó fingir que estaba dormido para no tener que darle conversación antes de quedarse dormido de verdad. Si no lo hubiera hecho, quizá se hubiera preguntado antes por qué viajaba sola una mujer que hablaba con un acento tan refinado y era tan educada.

Supuso que podía ser una institutriz que iba a visitar a alguien. Fuera quien fuese, tenía que estar avergonzado por haberla besado… y lo estaría si ese beso no hubiese sido el más sorprendente y excitante que había dado en su vida.

—Mira, Martha, lord Bromwell ha venido después de salvarse de milagro —Jenkins se dirigió a su esposa, que estaba junto a la puerta de la cocina—. El coche de correros ha volcado.

La señora Jenkins, con cara redonda y caderas anchas, se quedó boquiabierta antes de acercarse corriendo como si quisiera examinarlo de cerca.

—Nadie ha muerto ni está gravemente herido, que yo sepa —le comunicó Bromwell inmediatamente—. Tu marido ya ha mandado al chico para que vaya a buscar al médico y me ha ofrecido un medio de transporte.

—Bueno, gracias Dios… ¿Acaso no llevo años diciendo que los carruajes están demasiado viejos para ser seguros…?

La señora Jenkins se calló repentinamente, se puso en jarras y los miró con el ceño fruncido, como si ellos fueran los culpables de lo sucedido y tuvieran autoridad para corregir cualquier deficiencia en el servicio de correos.

—Tienes razón —concedió su marido, que sabía que era la mejor manera de reaccionar a las afirmaciones de su esposa; Bromwell también lo había aprendido—. Dile a Sarah que lleve vino a la habitación azul mientras lord Bromwell se asea un poco… el mejor vino, naturalmente.

—Ya hay agua y ropa blanca limpia, milord —le informó la señora Jenkins antes de desaparecer en la cocina.

—Aun así, tiene razón —comentó Jenkins mientras seguía acompañando a Bromwell—. Esos carruajes son una deshonra.

Bromwell no dijo nada mientras cruzaban la taberna y algunos clientes se daban la vuelta para mirarlo fijamente entre susurros. Susurros que no se debían sólo al accidente o a su aspecto desaliñado porque oyó su nombre y, como era habitual, las palabras «naufragio» y «caníbales».

Suspiró para sus adentros y pensó que nunca se acostumbraría a esa curiosidad y agitación que provocaba su simple presencia en una habitación. Aunque se alegraba de que su libro se vendiera tan bien y de que cada vez hubiera más interés por la naturaleza, a veces añoraba el anonimato de antes.

¿Habría adivinado la joven del carruaje quién era? ¿Habría influido para que ella respondiera de una forma tan apasionada? Si era así, ¿qué tenía que hacer cuando volviera a verla?

Jenkins abrió la puerta del mejor dormitorio.

—Hay agua limpia en la jarra, aunque está fría, y allí tenéis ropa blanca —dijo Jenkins mientras señalaba con la cabeza hacia un juego de porcelana blanca y unas toallas.

—Gracias, Jenkins.

—Avisadme si necesitáis algo, milord.

—Lo haré.

El posadero salió y cerró la puerta. La habitación era pequeña en comparación con su dormitorio en la casa de campo de su padre o la casa de Londres, pero era muy confortable y pulcra. En el suelo había una alfombra de muchos colores y los tablones de suelo crujían con cada paso que daba, como haría la cama si se tumbara.

Su amigo Drury se quejó de eso cuando, hacía algunos años, pasó la noche allí de camino a su casa para pasar la Navidad. Bromwell se acordó mientras se quitaba la levita y se remangaba.

Podía imaginarse la cara de pasmo de sus amigos si les contaba lo que había hecho ese día. No por haber matado al desdichado caballo, ellos habrían hecho lo mismo, sino porque él, el tímido y erudito Buggy Bromwell, había besado a una mujer que acababa de conocer y que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Seguramente, el pasmo sería mayor todavía si reconocía que le habría encantado hacerlo otra vez. Varias veces, en realidad.

Naturalmente, sabía muy bien que el hombre, por naturaleza, buscaba la satisfacción sexual y él no era una excepción, como podrían confirmar algunas jóvenes bastante dispuestas de los mares del sur, pero siempre se había comportado con decoro en Inglaterra. Hasta ese día.

Mientras se echaba agua fría en la cara, decidió que el accidente le había alterado el dominio de sí mismo. Tomó una toalla y se frotó enérgicamente la cara. Los hombres podían tener reacciones muy inesperadas en situaciones críticas y lo había observado más de una vez durante el último viaje. Algunos hombres que eran valientes en tierra, se amedrentaban durante una tormenta en alta mar y resultaban inútiles mientras que otros, que él habría dicho que saldrían corriendo a la primera complicación, habían permanecido y luchado por la seguridad de sus compañeros.

—Os traigo el vino, milord.

La señora Jenkins estaba en la puerta y lo sacó de su reflexión o, como habría dicho su padre, de «otra de sus malditas ensoñaciones».

—Pasa —le pidió él mientras se bajaba las mangas y agarraba la levita.

La mujer entró con el ímpetu de un tifón y una copa de vino extendida hacia él.

—Es un milagro que no haya muerto nadie —declaró ella con el rollizo cuerpo temblando de indignación—. Llevo años diciéndole a Jenkins que algunos de esos coches no son aptos para los caminos. Deberíais decirle a vuestro amigo Drury que presente una denuncia. Creo que nunca pierde…

—Drury sólo se ocupa de asuntos penales —Bromwell se bebió el vino de un sorbo y dejó la copa—. Esto fue un accidente porque había un perro en el camino y Thompkins intentó esquivarlo. No voy a ir a los tribunales por eso.

Se puso la levita, que estaba tan sucia que su antiguo ayuda de cámara se habría desesperado sólo de verla. Al no saber cuánto tiempo pasaría de viaje, ni si volvería, dio a Albert unas referencias muy merecidas y el sueldo de seis meses y lo despidió. No había contratado a otro desde que volvió, para desesperación de Millstone, el mayordomo de la casa de su padre en Londres. Aunque Millstone tenía que reconocer que había aprendido a hacerse el nudo del lazo como un experto, ya que había practicado muchas horas cuando no había nada que hacer en el mar. ¿Qué pensaría Millstone de su último percance? Seguramente, se limitaría a suspirar, a sacudir la cabeza y a comentar que algunos hombres tenían la fortuna de cara, aunque él debería comprarse otro carruaje porque podía permitírselo. Efectivamente, podía hacerlo si no preparara otra expedición. Si le contaba a Millstone que había besado a una joven, lo más probable era que el buen hombre se desmayara por la sorpresa y la conmoción… la misma sorpresa y conmoción que se adueñaron de él cuando se dio cuenta de que no debería estar besando a una mujer que acababa de conocer. Quizá había pasado demasiado tiempo fuera de Inglaterra, como siempre se quejaba su padre.

—¿Están preparados el carruaje y el caballo? —preguntó a la señora Jenkins, que parecía con ganas de quedarse.

—Ya deberían estarlo, milord.

—Perfecto —él miró por la ventana y vio el cielo gris con unas nubes amenazadoras—. Si me disculpa, señora Jenkins, tengo que ponerme en marcha.

—¡Siempre un perfecto caballero, milord! —exclamó ella con una sonrisa.

No siempre, se dijo él para sus adentros mientras salía de la habitación.

Nell, agarrando con fuerza el lazo, miró hacia el cielo. Las nubes estaban cada vez más negras y más cerca.

—No temas, muchacha —le tranquilizó el cochero—. Lord Bromwell volverá enseguida. Ese muchacho puede cabalgar como el viento.

Ella le sonrió, pero sus ojos debieron de delatarla porque él le dio una palmada en la mano mientras cerraba los ojos.

—Lo conozco desde que tenía seis años. Quizá no lo parezca, pero es el mejor jinete que he visto… y valiente.

—Pero a lo mejor no es un buen cochero —replicó ella para intentar mantenerlo despierto.

Para alivio de ella, él volvió a abrir los ojos marrones.

—Bueno, la verdad es que no estuvo muy acertado, pero entonces sólo tenía quince años.

—¿Quince años? ¡Podría haberle pasado algo grave o, incluso, matarse!

—¿Crees que no lo sabía? —el cochero frunció el ceño—. Naturalmente, me negué la primera vez que me lo pidió y muchas veces después, pero él no paró hasta que cedí. Además, tenía los motivos muy razonados, como si fueran lógicos. Me habló de su destreza y de que sólo recorrería un kilómetro o así, pero no cedí por eso. Yo sabía que él quería poder presumir de algo cuando volviera al colegio, para que sus amigos consideraran que estaba a la altura de ellos; aunque está muy por encima de todos ellos y se lo dije en su momento. Sin embargo, tiene esa mirada… No tuve entereza para negarme. Ese día no teníamos pasajeros y si el camino no hubiera estado tan resbaladizo, no habría pasado nada. Deberías haberlo visto al principio —Thompkins sonrió al acordarse—. Parecía uno de esos aurigas romanos que iban de pie manejando las riendas… hasta que llegamos a ese punto resbaladizo y acabamos en una zanja. Al coche no le pasó nada y sólo nos retrasamos un poco. Aunque eso le dio igual a su padre cuando se enteró —Thompkins suspiró y frunció el ceño—. Deberías haber oído al conde. Cualquier otro hombre podría haberse sentido orgulloso de que su hijo lo hubiera intentado y hubiera llegado hasta allí, pero él, no. Parecía como si el joven lord Bromwell hubiera dilapidado el patrimonio familiar o hubiera matado a alguien. El vizconde, que Dios lo bendiga, dijo que me amenazó con dejarme sin trabajo si no aceptaba. Era mentira, claro, pero lo dijo con aplomo y su padre lo creyó. El joven lord Bromwell no dijo nada más, se quedó de pie, cubierto de barro de los pies a la cabeza y sangrando por el labio, como si su padre estuviera pronunciando un discurso en la Cámara de los Lores que no tenía nada que ver con él. Es un granuja muy listo aunque sea noble. ¿Has leído su libro?

—Siento decirlo, pero no lo he leído —contestó ella deseando haberlo leído.

—Si soy sincero, yo tampoco… porque no sé leer —reconoció el cochero—, pero he oído todo sobre cómo escapó por los pelos de los salvajes y el naufragio… y del tatuaje, claro.

Nell se detuvo en sus cuidados.

—¿Lord Bromwell tiene un tatuaje?

—Sí —Thompkins sonrió y bajó la voz—, pero nunca le ha dicho a nadie qué es ni dónde está. Algunos nobles han apostado y han registrado la apuesta en el libro de White's, pero nadie ha cobrado la apuesta por el momento.

Nell sabía que había un libro para registrar apuestas en el famoso club para caballeros y que los socios apostaban por casi cualquier cosa.

Thompkins miró hacia el camino y señaló.

—Gracias a Dios, ahí llega.

Nell miró por encima del hombro. Efectivamente, un jinete se acercaba a ellos y era lord Bromwell. Seguía sin llevar sombrero y su pelo, algo largo, se agitaba al viento. Además, su levita estaba tan manchada de barro como sus antes lustrosas botas.

—El señor Jenkins, de La corona y el león, ha mandado su carruaje con un médico. Llegarán enseguida —les informó mientras detenía el caballo y desmontaba.

Nell se dio cuenta de que no podía mantener su mirada inmutable mientras se acercaba a ellos. El recuerdo del momento que pasó entre sus brazos y, sobre todo, del beso era demasiado vívido y perturbador. Siguió limpiando la frente de Thompkins aunque había dejado de sangrar.

—Espero que el paciente esté descansando —comentó Bromwell cuando llegó.

—Sí, milord —contestó Thompkins—, aunque la cabeza me duele como un demonio.

—¿No estás aturdido o somnoliento?

—Nada, milord. La joven dama y yo hemos pasado un rato muy agradable.

La puntera de la bota de lord Bromwell empezó a tamborilear en el suelo.

—¿De verdad?

—Sí. Le he contado cuando condujisteis el carruaje y hemos hablado sobre vuestro libro.

Nell se atrevió a levantar la mirada y comprobó que lord Bromwell era mucho más atractivo con el pelo al viento, la camisa un poco abierta y la sombra de las patillas que le oscurecía las mejillas. Sin embargo, tenía una expresión seria, sus ojos azul grisáceo eran enigmáticos y sus labios carnosos, que podían besar con una ternura arrolladora, no transmitían ninguna emoción. Ella tragó saliva y volvió a mirar al cochero.

—No sabía que fuerais el famoso lord Bromwell.

Ella lo comentó decidida a que él se diera cuenta, aunque prefirió no pararse a pensar en lo que podría indicar sobre ella que lo hubiera besado sin la excusa de su fama.

—Disculpadme por haber sido tan negligente y no haberme presentado antes. ¿Vos sois…?

—Eleanor Springford, milord —mintió ella.

Los ojos del cochero dejaron escapar un destello de picardía.

—También hemos hablado de vuestro tatuaje.

—Es algo muy corriente en las islas de los mares del sur —explicó lord Bromwell con seriedad, como si fuera lo correcto, como si estuvieran tomando el té—. Ahí llega el carruaje de Jenkins.

Él se alejó para recibirlo y Nell se preguntó qué haría ese hombre con ella si alguna vez descubría la verdad.

Capítulo Tres

Creo que lo que diferencia al científico de las demás personas es una curiosidad apasionada y no limitarse a aceptar el mundo sin más explicaciones. No le basta con ver algo; el científico quiere saber cómo y por qué se produce o, en el caso del mundo animal, por qué una criatura hace lo que hace

De La telaraña, escrito por lord Bromwell

—La cena se servirá dentro de media hora, milord. Mi esposa se alegra de haber matado ese pollo esta tarde porque si no, estaría desquiciada con vos aquí.

Jenkins estaba en la puerta de una habitación algo más pequeña que lord Bromwell había tomado para que la señorita Springford pudiera quedarse con la mejor.

—He venido muchas veces —replicó Bromwell mientras agarraba el cepillo para acicalarse un poco antes de bajar—. Ella debería saber que me gusta todo lo que hace, sobre todo, sus tartas. Cuando me quedé perdido en aquella franja de arena, habría vendido mi alma por una.

—¡Milord! ¡Eso es casi una blasfemia! —exclamó Jenkins, aunque sonreía con orgullo como si él hiciera las tartas—. Sin embargo, se lo diré a mi esposa. Le complacerá.

—Aquí viene Johnny con vuestro equipaje, milord.

—Gracias —dijo Bromwell mientras el niño entraba con una maleta pequeña.

Jenkins inclinó la cabeza y se retiró seguido por el boquiabierto Johnny, quien al llegar a la puerta se paró y se dio la vuelta.

—¿Es verdad que casi os comen los caníbales, milord? —le preguntó en un susurro.

—Lo habrían hecho si nos hubieran capturado —contestó Bromwell con seriedad y sin faltar a la verdad.

El chico abrió los ojos como platos.

—Si me disculpas… —le pidió Bromwell mientras empezaba a cerrar la puerta.