El calor de las copas - Martín Mercado - E-Book

El calor de las copas E-Book

Martín Mercado

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Beschreibung

Con una prosa cuidada, poética y simple a la vez, el autor de esta obra revela detalles de historias cotidianas acontecidas en una plaza, un bar o un partido de fútbol entre amigos. En ellas viven la infancia, los recuerdos y, por supuesto, el amor.

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Seitenzahl: 82

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Mercado, Martín Federico

El calor de las copas / Martín Federico Mercado. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

97 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-452-8

1. Narrativa Argentina. 2. Microrrelatos. 3. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam-

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2019. Martín Mercado.

© 2019. Tinta Libre Ediciones

El calor de las copas

Martín Mercado

Introducción

Soy quien quise ser de niño,cuando la pureza estaba lejos de la materialidad.

César Pérez de Tudela

Martín Mercado me honra una vez más al confiarme el prólogo de su nuevo libro.

El calor de las copas reúne veintiún cuentos de impecable factura. Tarea difícil, en la tierra de PoldyBird, Borges, Cortázar, Marechal y Silvina Ocampo, que como todos nuestros grandes literatos, nos dejaron cuentos magistrales y de renombre universal. Pero Martín no se arredra y los escribe con su estilo singular. Un estilo que me recuerda a Roberto Arlt con sus Aguafuertes porteñas; las crónicas de Osvaldo Ardizzone; a Emilio Petcoff, que rescataba los detalles y al maestro Enrique Sdrech, con su mirada escrutadora.

Martín maneja el idioma con precisión, construye sus relatos con paciencia de orfebre, convirtiendo las cosas más simples en pequeñas joyas para que podamos admirarlas.

La sensibilidad es su mayor cualidad literaria. Como Héctor Gagliardi, nos toca el alma con cada palabra. Pero, al igual que el poeta, lo hace sin caer en la sensiblería.

Querría referirme a cada uno de estos textos, pero eso excedería este espacio. Como muestra, destaco la delicadeza de “El camino” o la conmovedora historia titulada “Un último juego”.

Andre Malraux pensaba que un artista es quien es capaz de plasmar aquello que está vedado a los ojos de los mortales. Martín lo consigue.

El maestro Horacio Ferrer me dijo después de sus actuaciones: “Hijo, las oficinas son sarcófagos de juventud”. Martín trabaja en una oficina. Eso torna más meritorio su esfuerzo y su tarea de escritor en estos tiempos tan complejos.

Carl Sandburg, en Remembrance Rock, sostuvo que un bebé es la opinión de Dios de que el mundo debe seguir adelante. Me atrevo a pensar que la aparición de un nuevo libro es también un signo divino de esperanza.

Domenico Rudatis comentaba que, al principio de la era cristiana, Nagarjuna, que enseñó en la famosa universidad budista de Nalanda, escribió veintiún volúmenes demostrando que el prajna-paramita (es decir, la intuición trascendental) es superior a la lógica, la dialéctica y la razón. ¡Y Enstein ha afirmado que el mérito de sus trabajos corresponde a la intuición y no a la lógica!

El calor de las copas fue tejido pacientemente con la intuición y el talento de Martín Mercado. Veintiuna historias, ¿casualidad?...

Disfrutemos, entonces, de su lectura, porque al hacerlo “se deja el mundo de la vida cotidiana con todas sus banalidades, sus egoísmos y obsesiones políticas, se ahuyenta lo negativo y se entra en un mundo nuevo y purificado en que el amor y la sinceridad prevalecen naturalmente”.

Fabián Frontini

De su alma

Aún perduraba una pequeña estela de humo y muchísima más soledad, las mesas estaban desiertas y sin manteles de plástico que cubran la madera podrida ni vasos corroídos por los años. El suelo mugriento comenzaba a formar pequeños charcos después del quinto baldazo de agua que el mozo echaba con violencia arrastrando las servilletas de papel y las colillas de varios cigarrillos asemejándose a un río caudaloso y contaminado. Hacía frío, demasiado quizás.

Carlos permanecía inmutable, taciturno y ajeno al tiempo, sus ojos turbios se extinguían en la negrura de la noche. La atmósfera del bar, su semblante adusto y el rostro repleto de arrugas y cicatrices contrastaba con la elegancia de su traje italiano. Poco habitual en él, que acostumbraba a vestir un pantalón de jean azul y buzos o pulóveres deshilachados.

Yo que permanecía en las sombras del salón —intentando expulsar de mis sentimientos varios pares de derrotas—, también la vi ingresar a paso firme atravesando las puertas del lugar. Un halo de luz rodeaba su inmenso sombrero marrón que a la vez impedía ver sus ojos. Por mi parte me encontraba algo cansado, bastante borracho y dolido. Procedí a levantarme como pude y apoyando las manos sobre el respaldo de la silla, busqué mi bufanda y pedí la cuenta. La señora —cuya edad era indescifrable—, entró sigilosa en el baño de damas y permaneció allí unos pocos minutos. Luego abrió la puerta y salió erguida y elegante, haciendo muecas al aire y acomodándose el cuello de su saco largo mientras tocaba su nariz. Caminó en dirección al hombre y lo invitó a beber varias copas, una, dos, tres y otra más, hasta que el dueño del bar les dijo en un tono agresivo que era muy tarde, que ya era hora de cerrar, que pagasen y se marcharan de una vez. Carlos no se inmutó y saco del bolsillo unos cuantos billetes arrugados. Ella hizo un gesto de negación moviendo la cabeza y saldó la deuda, sujetó al hombre de su brazo derecho y tambaleando se esfumaron por el callejón más solitario de la zona. La luz lunar ya ni siquiera iluminaba, los faroles de la calle se apagaron de repente y por completo, imposibilitándome divisar y averiguar quién era ella, de dónde venía, hacia dónde se dirigía. Los gatos corrían y maullaban en su huida de un modo ensordecedor. Preferí alejarme e irme a dormir, creo que era lo mejor que podía realizar, no tenía nada que hacer a esas horas y bajo un estado de ebriedad rotundo.

Volví al bar las semanas siguientes y algunas tardes de lluvia en las que precisaba refugiarme del mundo exterior. Jamás volví a ver a Carlos, aunque noche tras noche y en forma consecutiva, decenas de sujetos ocuparon su misma silla vestidos con un impecable traje italiano. Ella volvía a la misma hora de siempre, invitaba unas cuantas vueltas de vino y se perdían en la oscuridad de la noche y de su alma.

Algunos vecinos del barrio acusaban a una especie de secta que practicaba macumbas y toda clase de atrocidades. Otros decían que tal vez, se trataba del amor. Habría que preguntarle a Carlos aunque ya sea demasiado tarde.

Domingos y vos

Comencé el día en esta mañana de junio como tantas otras veces, fiel a mis costumbres tan acatadas a la rutina. Café cortado y tibio (mis ansiedades no permiten tomarme unos instantes para calentar la leche), noticias y algún evento deportivo en televisión que seguramente repetirán a lo largo de la jornada. Recorrí cada rincón de la casa con mis ojos un tanto irritados debido a las escasas horas de descanso nocturno, sin mencionar cierto placer cuyano que obligó su degustación hasta el final.

Apuré mi infusión de un solo sorbo, la taza estaba bastante fría. Desde un canal de noticias afirmaban con certeza absoluta, que el día iba a permanecer húmedo y con alta probabilidad de lluvias hacia la noche. Me incorporé y deambulé un buen rato intentando hallar algunas respuestas a preguntas que ni siquiera había formulado.

Curiosamente, no me detuve a observar aquel retrato tuyo que está pegado en una pared de la cocina y eso llamó mi atención, sobre todo en estas horas inciertas, donde las calles están colmadas de gente a paso firme y rostros serios que no se detienen más allá de si mismos. Al fin y al cabo es la raza mediocre a la cual pertenezco. Pero hoy no. Rotundamente no. Mis sentimientos se remontan a otros tiempos y a otros amaneceres, en donde no existe el tiempo para las formalidades aburridas que impulsan las masas, irascibles y oprimidas, y menos aún para apurar los pasos hacia un destino al que la obligación cotidiana conduce.

Por suerte aún perduran momentos, y sí, es que eso es la vida, momentos, en los cuales el amor, y la pureza de otros tiempos, acarician el alma.

Entonces mis pensamientos navegan por los ríos del pasado, veinticinco años atrás, y mi imaginación vuela, se eleva y acaricia tus alas, sobre los cálidos vientos del dulce recuerdo. Y es ahí, —en donde hallo mi tesoro más preciado—, y donde me encuentro también conmigo mismo, y vuelvo a tenerte una vez más. Y puedo abrazarte, hablarte y caminar tomado de tu mano.

Todavía siento el ruido de tus pasos, los ademanes amigables, tu risa cómplice ante mis travesuras de niño, tus gestos, palabras y silencios largos y sumamente sabios.

Pero existe algo que no puedo apartar ni siquiera un solo día de mi vida, y estoy seguro de que no va a cambiar mientras viva y conserve el deber de la memoria (como dijo un gran escritor), tan olvidada en estos días modernos y tecnológicos.

Nadie en el mundo puede robarme aquellos domingos que marcaron a fuego mi infancia.

La ceremonia tenía lugar en lo que era tu habitación, fría en invierno y muy calurosa en verano. Ese era tu cuarto, diminuto y sin lujos, donde abundaban diarios de años pasados que cuidabas con extrema devoción y algunas cartas con estampillas preciosas. Ahí se encontraba parte de tu vida habitual cuando me visitabas.

Para llegar a él, debía subir una escalera pequeña, aunque en esos años, para mí era como escalar el monte Everest. Allí me dirigía cada vez que podía, donde con tu radio vetusta escuchabas los relatos exagerados y apasionados del equipo del que eras hincha y anotabas todos los resultados de la jornada en una hoja de tu libreta, y al escribir sobre este tema, recuerdo cada cruz que ibas dibujando al costado del nombre del cuadro que marcaba el tanto.

Y así pasaba el tiempo, (lamentablemente tan rápido) y transcurrían los minutos mientras desde otras canchas llegaban goles de diversos cuadros. Al concluir la jornada los dos sabíamos los resultados de todos los partidos de la fecha. Poseía un conocimiento perfecto de ello.

Vos preguntabas:

—¿Cómo salió Mandiyú de Corrientes?

Y al instante yo te respondía:

—Empató cero a cero de local.

—¿Ganó Gimnasia?