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Todos me reciben como se nunca hubiera salido de allí, pero saben que soy un caminante y no tengo parada obligatoria. Navego sobre fuertes tempestades y días imprevisibles. Vivo como un barco a la deriva. Mi camino es sin destino. Soy un caminante y me gusta quedarme entregado al sabor del viento. No uso brújula. (…) Me dijo que los campesinos trabajan de diez a doce horas por día en las plantaciones de arroz y en las haciendas de té que quedan en medio de una depresión alrededor de un peñasco a lo largo de un terreno accidentado; trabajan debajo de un sol tórrido que algunas veces pasa de los cuarenta grados Celsius. Trabajan descalzos con un pantalón doblado hasta la altura de la rodilla para mojarse solamente los pies, pisan descalzos dentro de las plantaciones, colocan las semillas de arroz o té, con los pies sumergidos en el fango.
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Seitenzahl: 353
Veröffentlichungsjahr: 2016
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Dedicado a Maria do Socorro Torres.
La mujer más valiente que conozco debajo de este cielo.
Tiene una fuerza poderosa así como también un volcán en plena erupción.
Siempre creyó en mí en los momentos en que ni yo mismo cría.
“Son las tres y veinte minutos de la madrugada, estoy con insomnio; escribir sobre Thoth me consume los días. El cuerpo ya no obedece lo que las palabras intentan decir. Muchas veces ellas aparecen y me despiertan en medio de la noche. Los ojos están cansados y el cuerpo en un estado lamentable. Necesito parar.” En pasajes como ese, el lector del romance de Marcos Torres siente el balance narrativo de la obra volcarse para uno de sus lados y consigue recuperar el aliento para en seguida, envolverse de nuevo en un movimiento pendular. El péndulo oscila entre la historia de un caminante, Thoth Fênix, narrada en primera persona, y la misma historia, sutilmente transformada, narrada por su amigo Matheus Leão Adonias, confidente de Thoth en sus andanzas por Brasil y lector privilegiado de cartas enviadas por éste desde diversas partes del mundo.
Tejiendo una narrativa desde diferentes ángulos, Marcos Torres, investigador que se dedica a los estudios de las voces discursivas en biografías y autobiografías, se nuestra un autor audaz en un escenario contemporáneo en que pocos consiguen realmente dar voz a personajes transformados en autores de sus propias historias.
Thoth no es objeto, es sujeto de la historia narrada por Matheus. Ambos, al mismo tiempo, son sujetos que dialogan con la voz autoral de El Caminante. Así, el lector tiene en sus manos un objeto estético marcado por la polifonía tal cual la postulaba Bakhtin para las obras de Dostoiévski: una pluralidad de voces narrando y narrándose sin ninguna de ellas ser central o ser responsable por orquestar las demás.
Adriana Pucci
Thoth avisa que esta narración puede tener algunas inexactitudes; puede inclusive vacilar o tener algunos contratiempos. Esto se debe al hecho de que la memoria no consigue narrar todos los eventos ocurridos en una secuencia cronológica, pues hay momentos en que la memoria no está disponible para relatar todos los hechos y a veces no consigue rememorar; ni siempre se puede tener acceso a todos los hechos cada instante. Espero que no estén queriendo una historia emocionante o graciosa, pues tal vez eso no va a suceder. Voy a escribir cosas que entiendo que no son necesarias para los patrones actuales, pues me causan cierta nausea. No tengo un orden definido. “El hombre” de quien hablo en el texto tiene un tono asexuado, para algunas reflexiones que siguen igualmente como el caminante.
La realidad de la vida es una metáfora. El poeta es una verdad fingida. Pero esa verdad es tan real como tú y yo. Escribo cosas que dan cierta nostalgia, como un sebo que duele en el estómago, o deja un mal olor como los excrementos dejado por los animales en el pasto. No escribo por dinero. Ya tengo lo suficiente para comer un pedazo de pan y tomar un helado de coco en los días calientes de verano, o invierno. Nunca tengo certeza. Soy solamente un recolector de frijoles.
Este libro está determinado por una mirada flexible delante de cierta rigidez. Lo que escribo me puede dar un poco de dinero. Cuando pierda la inocencia, tal vez un día escriba un libro más interesante, gracioso o útil y que, quien sabe, se convierta en un Best-seller, y goce de los laureles de la fortuna en una isla virgen más allá del Atlántico. Pero no soy muy bueno en regatear. Soy disimulado. Mi verdad más profunda puede ser su mentira más insignificante. Aconsejo no ir a buscar la veracidad de los hechos, pues sus chances serán casi cero. Los eventos aquí relatados son llevados por el viento. Y, tal vez tenga que viajar por muchos quilómetros, o inclusive hasta dar la vuelta al mundo en busca de nada, de un anacronismo que no tiene tamaño ni explicación. Los acontecimientos que aquí se relatan no son estáticos. De la misma manera que las tempestades de granizo. Son sólo algunas impresiones transitorias. Ningún lugar ni nadie es como antes y la tonalidad de las cosas ya no es la misma, tomó una coloración austera.
Este proyecto es una gran metáfora en detrimento de un mundo y una verdad que se esfuma como un grano de azúcar.
La historia cuenta la vida de un hombre que vaga por el mundo viendo el desarrollo de los acontecimientos, que prefiere ser un desamparado a vivir como un vegetal en un estado deplorable. Él va viendo la vida vaciándose a cuenta-gotas; el cuerpo parece un fardo y cada paso parece una eternidad. Parece un río brotando de una piedra bruta; la fuerza de los extremos en medio de nada. Parece un deteriorado a cuenta-gotas. Escribo cosas que juzgo innecesarias para los patrones modernos que viven sumergidos en un mar de ilusiones y apariencias.
Tal vez navegue por otros mares, si la marea no está para peces. Puedo surcar el Atlántico, atravesar el Índico y seguir en dirección al Pacífico, o, quien sabe, ir hasta los mares entre las montañas heladas del Polo Norte. No tengo una dirección definida. Puedo ser un barco a la deriva. No uso brújula.
Así como saborear un pedazo de torta con mermelada de zarzamora sin tener necesariamente que comer el resto, no pretenda descifrar todo el libro. Eso sería una gran insensatez. Porque una torta muchas veces puede ser como una suela de zapato o estar mala a pesar de todos los ingredientes que se le ha colocado de acuerdo a la receta. Tal vez encuentre un pedazo de escritura o algún diálogo que pueda ser tejido por toda una vida. Pero eso no es seguro. Entonces no quiera probar todo como pez hambriento que muerde cualquier carnada siempre en el mismo anzuelo. Me gustaría que me leyese en otra clave, pues de lo contrario estaremos perdiendo demasiado tiempo dialogando en una hoja de papel.
Por tanto, no pierda tiempo haciendo cosas sin sentido. Pero en caso de que tenga coraje para la tarea, puede contar una nueva historia que también puede ser llevada por el viento. Pero no pretenda contar lo negro por lo blanco como contaron del abismo y del hoyo negro que había después del Atlántico. ¡Un desastre! Mi verdad puede ser tan profunda como su mentira puede ser tan insignificante. Con su historia tal vez quede rico, rica o caiga en el olvido. Pero cuidado con el Admirable mundo nuevo, él puede sonar como una gran ironía, pues muestra los avances preconizados por los sistemas tecnológicos y la medicina: La información en la velocidad del viento y la medicina en el moderno sistema de reproducción en laboratorios, in vitro; mientras tanto los hombres se debaten aquí y ahora, sin siquiera tener un momento de ocio para huir al placer. No se queden afligidos. No todos tienen los mismos gustos. Algunos viven comiendo hamburguesa o papa frita en un fast food americano y otros comen bistec de cacerola hecho en la casa de la abuela en un lugar no muy distante. La gente nunca sabe donde todo va a parar. El mundo es perverso y la explicación está situada en un enmarañado de confluencias que no tienen explicación.
Este libro, así como la vida, es una gran metáfora. Es como una lotería: es arriesgar con algunas monedas y ver lo que sucede. No da para saciar la sed de todos. ¡Entonces, buena suerte!
Thoth es uno de aquellos “hombres” intentando mirar, en medio de la penumbra, más allá del horizonte, un cierto punto de vista.
Nada es seguro en la existencia del caminante Thoth Fênix. Bajo el peso de un nombre que implica en lo divino y en la resurrección, ese hombre de casi cuarenta años, probablemente de origen egipcio, repentinamente decide abandonar el mundo del trabajo y desconectarse de la sociedad de los excesos, de los estímulos exacerbados, del tráfico, del ruido. Una sociedad en la cual las sensaciones y los hechos son devorados más que encontrados, las distancias acortadas y los tiempos reducidos, dándonos la ilusión de tener un mayor acceso al mundo, cuando en verdad estamos perdiendo el contacto con él. Ante todo eso, Thoth Fênix se convierte en un caminante, emprendiendo un largo viaje, sin un rumbo definido, sin fecha para regresar. En lugar de dejarse trastornar por el frenesí de la vida contemporánea, prefiere alejarse de ella, disociarse del ritmo súper acelerado de la modernidad, procurando una disposición reflexiva que le permita recuperar espacios y tiempos menospreciados o apreciar lugares paradisíacos, maravillosos y espectaculares inexplorados. A través de suojosensibleque vedonde no se puedevera simple vista, experimentamos lo largo del texto, con los lugares visitados por elandador: lugares poco explorada, lugares dondetodo el mundo quiereir al menosuna vez en suvida.
Como una arena movediza, la narración procede de forma híbrida y fragmentaria. Un pastiche intelectual que, alejándose de formas sistemáticas y harmónicas, asume la configuración de un collage, en el cual se acumulan múltiples citas tomadas de diversas fuentes. Una manera de narrar ecléctica que elimina las barreras entre la escritura y otros saberes como historia, geografía, arquitectura, botánica, biología, antropología, cine y poesía.
Un movimiento ondulante que dirige el desarrollo de la historia contada en primera persona por Thoth y en tercera persona por el amigo Matheus Leão Adonias, su interlocutor privilegiado y fiel depositario de sus memorias. El tiempo de la narración, por la propia estructura de la escritura, que asume entonaciones diarias y cotidianas, a pesar de parecer seguro al comienzo – São Caetano do Sul, São Paulo, jueves siete de febrero de dos mil ocho. Son las once y diez minutos- a lo largo del texto, se convierte en incierto, intercalándose en el tiempo de la historia.
El gran ausente, en el romance El Caminante, es Eros en su acepción de impulso sexual. La propia voz autoral avisa que el texto tiene un tono asexuado. De ese Thoth moribundo que muchas veces pasa desapercibido, conocemos solamente sus aspiraciones y sus debilidades. Asistiremos a su búsqueda por un Sujeto atemporal y transcendental; un Ser que tantea en medio de las tinieblas. El “hacer” de ese caminante, con todas sus implicaciones relativas al relacionamiento de la vida con la sociedad, es sustituido por el “ser”, por medio de su típica concentración de intereses por la interioridad, por el Yo, por su consistencia, esencia y significación.
Thoth, en su deseo extremo de libertad, escoge ser ‘él mismo’, sin ceder a la tentación de adecuarse a papeles prestablecidos por la sociedad y por la cultura en general, manifestando, al final, una aspiración a la eternidad, queriendo ser un ibis1, aquel pájaro que muere y renace de las cenizas al día siguiente en un lugar desconocido.
Mauro Porru
1 Ave zancuda, de unos seis decímetros de largo desde la cabeza hasta el final de la cola, y aproximadamente de igual altura. Con pico largo, de punta encorvada y obtusa, parte de la cabeza y toda la garganta desnudas, plumaje blanco, excepto la cabeza, cuello y extremidad de las alas, donde es negro. Vive principalmente de moluscos fluviales; pero los antiguos egipcios creían que se alimentaba de reptiles que infestan el país después de las inundaciones periódicas del Nilo, y por ello la veneraban, estando asociada al Dios Thoth. En la tradición popular el Ibis es la última ave a desaparecer antes de un huracán y la primera a surgir después que pasa la tempestad. En la Biblia de Jerusalén, en el libro de Job, aparece como una ave que anuncia las crecidas del Nilo (cf. Jb 38,36).
São Caetano do Sul, São Paulo, jueves, siete de febrero de dos mil ocho. Son las once horas y diez minutos.
Cuando Thoth Fênix era pequeño siempre oía a los adultos comentar sobre la manera en que las personas resolvían las cuestiones o algunas situaciones complicadas en las relaciones sociales y afectivas, principalmente, viniendo de los profesores, de los más politizados, de los intelectuales y de los más viejos del vecindario, siempre que conversaban de temas como política, comportamientos, pensamiento racional e inteligente, equilibrio emocional etc.; y aparecía siempre el dicho popular entre los vecinos: “eso es cosa del pensamiento occidental. El Occidente tiene una manera muchas veces estúpida de resolver los conflictos y los asuntos más simples de lo cotidiano. Está movido por pasiones irreflexivas llevadas por la emoción y casi nunca por la razón, por una postura más equilibrada, más coherente”; ellos decían. “Colocando ahí, cierto egoísmo, una visión cerrada, en lo que de hecho está sucediendo”; ellos sentenciaban. Y eso siempre lo intrigaba; quería saber por qué durante esas conversaciones siempre colocaban esas frases en las discusiones. ¿Sería el oriente, los budistas, los pueblos de la antigua Indochina y los milenarios países de Asia, las comunidades que todavía conservan sus tradiciones seculares: tribus indígenas, africanas, las comunidades ribereñas, las nativas, o hasta las salvajes, que todavía no fueron contaminadas por el capitalismo salvaje, por el consumismo y, hasta por las tecnologías, el punto de equilibrio para las sociedades modernas?
Siempre que oía hablar sobre los budistas, los pueblos del oriente, sobretodo de Asia y de los países de tradiciones milenarias, como Japón, China, Tíbet, los países de la antigua Indochina, como Camboya, Tailandia, Vietnam, Birmania, entonces le interesaba la manera como ellos buscaban soluciones prácticas y reflexiones para la vida diaria, para las resoluciones de lo cotidiano. Las tradiciones milenarias, la búsqueda por el equilibrio del alma y del espíritu, todo eso le fascinaba profundamente, al mismo tiempo que su cabeza infantil giraba como un remolino de tantas incertezas. Esto le había martillado por varios años durante toda su infancia, adolescencia, juventud, hasta la fase adulta. Vivía en una pequeña casa de madera cerca de una aldehuela. Entonces quería saber, también, como todavía viven las personas de vida simple, que viven en lugares primitivos, lugares salvajes, en medio de la floresta, a la orilla de un río, en lugares prácticamente inhabitados o inhóspitos. Aquellas que cargan tradiciones y costumbres de sus antepasados, así como las que trabajan en las plantaciones de arroz, maíz o café de manera artesanal. Le fascinaba saber que en medio de tantas tecnologías, avances científicos, culturales y de comportamientos, había todavía algunos pueblos y seres atemporales que buscaban vivir y preservar la forma más simple y primitiva practicada por sus antecesores durante siglos.
Fue a partir de esa curiosidad e inquietud que nació esa búsqueda, un poco más profunda, por su propio equilibrio emocional; el deseo incesante de poder mirar el mundo con más claridad haciendo con que buscase un contacto más próximo con las comunidades orientales del suroeste de Asia, en la región de la antigua Indochina, los pueblos indígenas, las comunidades ribereñas o salvajes, los grupos tribales indígenas o africanos, las comunidades primitivas, y, principalmente, las fuerzas de la naturaleza, en cualquier lugar del mundo, fuera donde fuera o por donde pasara.
La historia cuenta la vida de un joven, Thoth Fênix, que ya cerca de los cuarenta años de edad, y del día para la noche, toma una seria decisión: desconectarse por algunos momentos del mundo de los negocios, del trabajo, de las tareas profesionales o intelectuales; ausentarse del ruido de la gran ciudad, de las tecnologías que muchas veces auxilian, pero que otras veces toman cuenta del cerebro reduciendo el pensamiento crítico, las emociones, la manera de ver el mundo con más claridad, el movimiento y los cambios de las fuerzas de la naturaleza. Thoth parece uno de esos sujetos medio extraños. No sabe realmente su origen o de donde viene. Parece medio árabe, medio asiático, medio africano, medio europeo, medio indio, medio negro, medio blanco, medio mestizo. Su origen parece no ser de este mundo. Un sujeto desorientado viviendo en una tierra de nadie en un lugar sin dirección.
Thoth va a hacer un largo viaje para un lugar sin parada obligatoria ni llegada. Es un espectro. En esas sus andanzas se sumerge profundamente en un mundo de colores, texturas, aromas; un mundo salvaje, primitivo, fascinante; en lugares poco explorados, lugares donde a todos les gustaría ir por lo menos una vez en la vida; otros lugares a los cuales tal vez ni tanto y otros donde tal vez no se tenga muchas ganas de estar. La idea es estar en contacto con aldeas de pescadores, tribus indígenas o africanas, comunidades ribereñas, lindos paisajes, lugares salvajes y hasta inhabitados o inhóspitos. Pero también lugares paradisíacos, maravillosos y espectaculares. Todo eso para los ojos más delicados de quien los ve; lugares a los cuales la naturaleza tuvo la bondad de dejar como dádiva para los ojos más atentos y sensibles.
La relación principal e interacción humanista no es verdaderamente un primer propósito del ser humano; el ser humano que se va distanciando de los otros, cada día y cada vez más. La principal relación humana en esa nueva tarea es la relación con la naturaleza, la floresta, la selva atlántica virgen, el bosque y los animales salvajes; y también con las comunidades primitivas, indígenas y salvajes y de tradiciones milenarias, que buscan el equilibrio entre el cuerpo, la mente y el espíritu, en harmonía con las fuerzas de la naturaleza.
Thoth es uno más de esos sobrevivientes en medio de un mundo de personas sin compromiso consigo mismas, con el ser humano en general, con los recursos naturales y las fuerzas de la naturaleza. Millones de personas que viven deambulando por el mundo, andando de un lado para otro haciendo cosas sin sentido, sin saber lo que realmente vale la pena. Se trata de un caminante que no sabe lo que va a encontrar del otro lado del camino, en medio de la floresta o entre los arbustos, en la orilla de un río, o simplemente, en la siguiente aventura, en la próxima parada, en busca de nuevas sensaciones y descubrimientos donde todo puede suceder.
Thoth es uno más de esos forasteros que llegan y salen discretamente de los lugares por donde pasan. No interfiere en el ambiente, ni en el hábitat natural de los individuos que allí se encuentran; no propone ninguna interferencia en las cosas o las personas, en su corta permanencia como caminante en un lugar otrora desconocido y salvaje. Pero, a pesar de ese comportamiento, deja profundas e importantes marcas. Un hombre discreto, sensible, sin movimientos exagerados o perturbaciones; porque, al final, él precisa de un poco de lucidez y serenidad para mirar mejor lo que es, muchas veces, imperceptible a los ojos.
Un moribundo que muchas veces pasa desapercibido; aunque ese sea su propósito real. No es un explorador de tierras, ni tiene la intención de adquirir riquezas como piedras preciosas, oro o diamantes. No quiere interferir o cambiar el ambiente por donde pasa. No va a cambiar las costumbres de los otros, idiomas o religiones ajenas, como hicieron algunos forasteros, navegadores y colonizadores ingleses, franceses, españoles y portugueses a principio del siglo XVI, cuando fueron en dirección a África y cuando vinieron para América surcando y atravesando todo el Atlántico. Así como hicieron en otros tiempos no muy remotos cuando invadieron África, la Península Ibérica y el Asia Central y, en los tiempos actuales, el Medio Oriente, que es invadido por países ricos hasta los días de hoy. Estos países llamados ricos que por mucho tiempo colonizaron varios países africanos y latino-americanos, catequizaron y diezmaron gran parte de los indios, extinguieron gran parte de las lenguas y religiones tribales indígenas y africanas. Al contrario de esos comportamientos de tiempos atrás, la fuerza de Thoth se encuentra en la observación, en el mirar sensible que ve donde el ojo común no puede ver. En la lectura de lo que está sucediendo a su alrededor o en un punto distante; en las reacciones, en los movimientos y desplazamiento de cosas y personas ante los eventos singulares y, muchas veces, rápidos como un flash. Un extraño en el nido que observa atentamente el lugar por donde pasa o el ambiente que lo circunda.
No se trata de un hombre hablando o contando historias sólo de algunos lugares de Indochina, del suroeste de Asia, de los pueblos del oriente o de “lugares excéntricos”, inhabitados e inhóspitos. Eso son solamente algunas referencias; un punto de partida para hablar del mundo, de los lugares inusitados y primitivos donde pocos quieren ir o llegar cerca. Lugares donde casi nada fue cambiado con relación a sus creencias, tradiciones y comportamientos; aunque sea difícil mantener ese equilibrio ante tantas reglas establecidas de comportamientos, impuestas por el capitalismo salvaje y por las tecnologías avasalladoras que dirigen las vidas como si fueran marionetas.
Thoth se dio cuenta, por esas andanzas, que existen personas fantásticas, que no se rinden por nada del mundo; no abdican de sus tradiciones, su cariño por la naturaleza, por las personas, por la manera de vivir desde sus antepasados. Son libres: libres de arrogancia, libres de reglas establecidas por imposición de una sociedad cada vez más disuelta, voluble, sin norte; movida muchas veces por la estupidez y la ignorancia, dilacerada por el egoísmo y por la avaricia; sometida por las tecnologías de punta, que muchas veces deforman el cerebro y la mente de las personas, dejándolas con los ojos miopes y los oídos sordos, siendo llevadas por el viento y la corriente dentro de un barco a la deriva.
Thoth vive incesantemente en una búsqueda profunda por un cierto Sujeto atemporal y trascendental; un Ser que tantea en medio de las tinieblas. Eso parece más una visión onírica en un mundo que se disuelve rápidamente a la velocidad del viento. El procura por personas, naturaleza, cosas o lugares en algún lugar desconocido, olvidado o entre las multitudes.
Una de las veces que estuvo conmigo en Brasil dejó su diario de memorias y un sobre blanco lacrado con huecos y amarrado con un cordel; también dejó un baúl pequeño hecho de pau d’ arco1 pintado con bija y pintura de jenipapo2, cuya madera es también conocida como Ipê, Eperua, Crudia, Tecoma, entre otros nombres de la familia tupi-guaraní. El otro día supe que había dejado dentro del baúl algunos collares hechos por las tribus indígenas y africanas, cuando entro en contacto con esas localidades. De los indios son collares hechos con semillas de açai3 pintado e hilos de juerana4, y otros collares hechos con carapacho de escarabajo e hilos de buriti5, bañados de plata tanto en el colgante como en el remate de la cerradura. De los pueblos africanos, pueblos Bantús: Hutus y Tutsis, entre otros, son collares hechos de diversas semillas e hilos de árboles. Pero no me dijo nada sobre sus viajes. Todo lo que precisaba saber sobre su vida y sus andanzas lo había dejado dentro de un sobre o en el baúl hecho de pau d’ arco. Thoth movió la cabeza con una rara señal de despedida; miró algo en el horizonte, tomó un maletín beige, se lo colgó en el hombro, mientras yo arreglaba alguna cosa en la otra sala, salió y se fue sin despedirse o decir una sola palabra. Era un caminante y no le gustaban las despedidas. Así, como un animal en la floresta, le gustaba salir sin ser notado.
1 Árbol de gran porte, nativo de Brasil; puede alcanzar entre 20 y 100 metros; encontrado frecuentemente en el centro y sur del país; también conocido como Ipê Roxo.
2 Árbol que llega a una altura de 20 metros; de la misma familia del café. Se encuentra en toda la América tropical y Brasil. En guaraní jenipapo significa “fruta que sirve para pintar”.
3 Especie de palmera que produce un fruto color violáceo utilizado en la producción de refrescos.
4 Árbol de gran porte, pudiendo alcanzar hasta 30 metros de altura. Lo encontramos en Brasil, particularmente en los estados de Amazonas, Pará, Bahia, Pernambuco y Alagoas. Produce madera de muy buena calidad.
5 Especie de palmera muy alta, nativa de Trinidad-Tobago y de las regiones Central y Norte de América del Sur; especialmente Venezuela y Brasil.
Era una noche lluviosa como esas noches de un verano muy intenso. Después llega el amanecer del día siguiente y la lluvia continua cayendo para aliviar un poco el calor. Viernes de carnaval y la ciudad está en plena juerga por sus cuatro lados. Thoth se da cuenta de esa agitación al volver de comer en un restaurante cerca del lugar donde está hospedado. Necesita dormir, aun sabiendo que va a ser un poco complicado, debido al intenso bullicio producido por la juerga del carnaval y por el pasa-pasa de los transeúntes andando de un lado para otro haciendo mucho ruido. Ya es cerca de medianoche y tiene que dormir, pues tiene que despertarse a las tres de la madrugada. Al amanecer todo tiene que ser muy rápido: tomar un baño y una taza de café para espantar el sueño; después enseguida tomar la maleta y bajar la ladera del centro histórico, sentido pelourinho1 para tomar un microbús frente al Elevado Lacerda, pues todos los itinerarios habituales de la ciudad habían sido cambiados en función del carnaval. Esos microbuses son aquéllos que van directo para el aeropuerto, facilitando la vida de quien va a viajar de avión en esas ocasiones, así como la de Thoth y, claro, de miles de otros pasajeros y moradores de la ciudad.
El vuelo sale a las seis de la mañana, pero él tiene que llegar una hora antes para hacer el check-in a las cinco de la mañana, por tanto, una hora antes de lo previsto. Duerme un poco inquieto y con insomnio, debido al ruido excesivo que la ciudad tiene toda la noche. El insomnio se debe a todo el ruido que la ciudad tiene en esos días de fiestas de carnaval, a lo que se une la agitación del día anterior. Y todo eso sucedió por miedo de perder el horario del vuelo, porque después de perdido el horario programado es muy complicado conseguir un nuevo horario en otro vuelo en las compañías aéreas, principalmente en época de carnaval, cuando es un verdadero trastorno conseguir una transferencia para otro horario y continuar viaje.
Toma el equipaje en una mano y en la otra un pequeño maletín para las necesidades más urgentes. Junto con ese maletín lleva siempre a mano un libro para pasar el tiempo dentro del avión durante el vuelo, que surca las nubes del cielo, mientras el destino no llega. La calle está oscura, decenas de personas pasando con sus disfraces de carnaval, otras volviendo para sus casas, casi cayéndose, de tanto cansancio del día anterior; gente con cara de quien desea una cama a cualquier precio lo más rápido posible. El hambre ya fue absorbido por el cansancio, y muchas veces, por el consumo excesivo de diferentes bebidas; por el movimiento del cuerpo que acompaña las músicas por un período de aproximadamente cinco o seis horas en medio de un montón de gente frenética y bulliciosa; y por muchas noches seguidas sin dormir, como es habitual en esta época de carnaval callejero.
Thoth sigue por el centro histórico en medio de calles estrechas y casas coloridas, así como caserones con sus arquitecturas coloniales del siglo XVIII y con algunas pinturas que fueron influenciadas por la cultura europea. Todo eso dejado por los portugueses y preservado por el Instituto del Patrimonio Histórico Cultural de la ciudad y, es claro, por algunos de sus moradores más antiguos, naturalmente. Llegando al final de la ladera que da acceso al pelourinho, lugar donde se concentra la mayor cantidad de edificios históricos por metro cuadrado enclavados en la ciudad alta; entre la Bahía de Todos os Santos y los barrios adyacentes, que también forman parte del centro histórico, y en medio de edificios de lujo que se encuentran en el centro comercial de la ciudad y próximo a la playa entre laderas, calles y avenidas que separan geográficamente la ciudad alta de la ciudad baja; él sigue en dirección a la parada de ómnibus que lo llevará al aeropuerto.
Thoth baja hasta el final de una ladera para tener acceso a la otra que lo llevaría de hecho al centro histórico y al pelourinho; y hace la conexión que da acceso al Mercado Modelo, lugar donde se concentran los microbuses que llevan pasajeros para el aeropuerto y las playas más distantes del centro de la ciudad. Aun de lejos era posible ver del otro lado el pelourinho: calles, laderas y callejones y todo un frenesí y parrandas que allí estaban siendo movilizados por el carnaval; se podía ver diversas manifestaciones culturales y artísticas como en los antiguos carnavales de los años 50 y 60. Ese era un tiempo cuando todo sucedía en medio de la calle y al aire libre para todo el mundo ver y participar libremente; era posible oír las antiguas marchas de carnaval que poco se oyen hoy en día y en pocos lugares; la capoeira2 en el medio de la calle; los grupos de percusión invadiendo calles y laderas tocando al compás del latido del corazón; teatro a cielo abierto; maculêle3, que es una danza rival africana donde los contendientes se enfrentan con cuchillos y pedazos de madera, en una danza tribal mágica y graciosa; palcos armados en las plazas para recibir los cantores y tocadores de guitarra y percusión. Pero nada de eso pudo ver, pues siguió en otra dirección y tomó otro rumbo; algo inesperado sucedió y Thoth Fênix fue directo para el aeropuerto.
El carnaval de hoy es muy diferente de aquél de la Edad Media en tiempo de François Rabelais. En la Edad Media la risa era parte vital de la fiesta del rey momo y tenía una gran importancia dentro de la sociedad; mientras limitaciones de la juerga de hoy esconden la cara de un hombre degenerado y vil. Hoy las palabras son cambiadas por las imágenes y los gestos en un teatro casi desprovisto de significado, ocultando el lado más nefasto de una sociedad escondida detrás de la máscara de pierrot; al contrario de los tiempos medievales en que la risa, la comedia y la sátira daban un tono a la juerga en le fiesta del rey momo; aunque en la fiesta del rey Baco la situación fuese muy parecida con la de ahora, ya que allá ocurrían algunas bacanales tal como ahora.
Hace décadas era un carnaval hecho por el populacho; el pueblo se entregaba a la alegría en una tentativa de desconectarse por algunos instantes de una vida ordinaria que daba cierto tedio, y se entregaba al sabor de los deseos, mientras la burguesía permanecía sentada en los sillones viendo el desarrollo de los acontecimientos; más tarde iba para los clubs disfrazada con máscaras y fantasías. Una forma de esconder su verdadero rostro. Hoy el carnaval es como un producto vendido en los estantes de los supermercados. La alegría se vende como mercancía. La diversión tomó otra coloración.
Antes el carnaval era muy diferente de éste de ahora; en un pasado distante en que la sátira y la risa eran los elementos que daban el tono del carnaval en tiempos medievales; semejante al grande apogeo de las marchas de las décadas pasadas que conducían el carnaval entre callejones y laderas, calles y avenidas, en las décadas de los cincuenta y los sesenta más precisamente; en una época en que todos compartían el mismo espacio y las personas desfilaban en el mismo espacio sobre el mismo suelo. La entonces fiesta del rey momo fue disipada por el viento y cambiada al sabor del tiempo, de acuerdo con el condimento conforme a la receta.
Todavía era muy temprano y la noche aún dormía. Mientras todos estaban eufóricos, el cielo ofrecía una leve neblina y una fina llovizna que lloraba de lo alto de una torre de iluminación en medio de la avenida abarrotada de gente. Thoth no es muy bueno en quedarse masturbando demasiada melancolía o cierta morriña. Él ve el mundo que viene a partir de una mirada difusa; le gustan otros aires en una selva virgen más allá del Atlántico, a ser exprimido por una multitud eufórica y en constante devaneo. Thoth es un extranjero que nunca había visto algo como aquello. El frenesí era general.
Thoth podría presenciar todo lo que sucedía libremente en medio de la calle, todo ese carnaval callejero como antes: si un imprevisto no ocurriese. Al ir para el otro lado de la calle y el inicio de la otra ladera que da acceso al Largo Terreiro4 de Jesus, donde hay una para de ómnibus urbano, paró un poco para descansar, pues la parada del microbús que lo llevaría al aeropuerto quedaba en la parte baja de la ciudad, frente al Elevado Lacerda; y a pesar de que el equipaje no era muy pesado incomodaba y le dolía la mano cuando quedaba mucho tiempo a la altura de la cintura y con los brazos en ángulo de noventa grados. Justo en el intervalo de ese descanso estaba la parada de ómnibus urbano que llevan a los pasajeros para diversos barrios de la ciudad; a diferencia de los microbuses que ya tienen un itinerario específico. En ese mismo instante de descanso, más o menos por vuelta de las tres y media de la madrugada, venía pasando un ómnibus que no iba exactamente al aeropuerto, pero llegaba bien cerca. El reloj ya daba las cuatro horas de la madrugada; en pleno carnaval, con la flota de ómnibus reducida, el lugar donde iba a tomar el microbús que lo llevaría directo al aeropuerto quedaba aproximadamente a unos quince minutos de distancia de donde estaba.
En esas horas de situaciones inesperadas, lo mejor era garantizar e ir enfrente, pues no hay tiempo que perder. Él tomó ese ómnibus que minutos después lo dejaría a pocos metros del aeropuerto. En el trayecto fue observando los lugares por donde pasaba y, absorto en sus pensamientos, intentaba desesperadamente entender: ¿Cómo podría estar pasando por situaciones tan diversas en tan poco tiempo? Hacía pocos minutos estaba en medio de miles de personas; eso sin contar con las otras miles entre laderas, calles y avenidas; según las estimativas de los órganos oficiales de turismo eran dos millones de personas amontonadas, dándose codazos unas a las otras entre cuatro o cinco calles y avenidas de una ciudad que tiene una población total de tres millones de habitantes; o sea, el total de los juerguistas era casi igual al número de habitantes de la ciudad; todos estaban en busca de una felicidad pasajera y frenética. Thoth estaba en medio de un contraste; hace pocos minutos estaba dentro de una gran multitud, ahora estaba delante de calles y avenidas desiertas y sombrías absorto por un tiempo que temía que no pasara camino del aeropuerto.
No había ni un alma en aquellas avenidas y calles estrechas, grandes dunas de arena blanca tan desiertas o poco habitadas como las montañas heladas del Polo Norte, de la Antártica o Groenlandia. Con lo que él no contaba era que iba a ser dejado en una avenida fría y vacía, peligrosa y, según las informaciones de personas que iban pasando por el lugar, frecuentada por ‘ladrones’ y ‘carteristas’. Todo eso a pocos metros del aeropuerto. El problema es que el acceso era difícil hasta la entrada del aeropuerto, por eso tendría que conseguir otro medio de transporte si no quería ser asaltado en el medio del camino a aquella hora de la madrugada en una avenida lúgubre y sombría. De repente un joven se aproximó: era delgado y larguirucho, y le dijo: “¡Señor! Le recomiendo tomar otro transporte, un taxi, un motoboy5, y salir de aquí lo más rápido posible, porque no es recomendable quedarse por aquí por mucho tiempo. La situación aquí es ‘negra’. Tome aquella moto y siga su camino”. ¡Voy a tomarlo, sí, muchas gracias! Respondió Thoth. Le indicó al motoboy el destino, acordaron el precio y el motociclista lo llevó al aeropuerto.
En medio de tanto pavor consiguió respirar un poco mejor y pensar con gratitud por la gran bondad de aquel joven. Cuando se fue no supo cuál fue el destino del muchacho, para dónde fue y ni de qué manera; sólo quedó inmensamente agradecido por su acto de bondad y coraje; a final de cuentas, en un lugar como aquél nadie sabe quién es quién, ni aun lo que puede suceder. La bondad y la maldad están en todas partes. La verdad es que el muchacho sólo ayudó a un pobre hombre, moribundo y aterrado de tanto miedo, que no sabía que hacer ante aquella angustiosa situación. En verdad ayudó a alguien que necesitaba de su ayuda y eso ya era bastante. No necesitaba más de otras explicaciones y justificativas que la gente siempre procura para algunas situaciones que huyen de nuestro control, del tiempo y del espacio.
El aeropuerto estaba tranquilo; parecía un día común como cualquier otro, aunque la ciudad estuviese en pleno carnaval. Pocas personas aguardando sus vuelos. Al lado había una banda de percusión de Música Popular Brasileña que estaba aguardando el vuelo con sus instrumentos musicales, conversando, ajustando algún detalle de la presentación o simplemente charlando sentados en las butacas del zaguán del aeropuerto. Todos conversando al mismo tiempo sobre diversos asuntos y ciertamente sobre detalles del próximo show que irían a hacer en cualquier lugar en cualquier ciudad.
El tiempo estaba caliente y el horario avanzado; después de algunos minutos alguien avisa por el altoparlante que el vuelo para São Paulo se iba a atrasar un poco debido a demora al colocar los equipajes en la aeronave o algo parecido. Finalmente, después de algunos minutos todos ya estaban acomodados y la aeronave despega para São Paulo.
Después de pocas horas el avión aterrizó en “la selva de piedra”. El aeropuerto era un verdadero frenesí; gente agitada andando de un lado para otro; entra, sale, embarca, desembarca. Personas viendo las últimas noticias en el notebook, leyendo un periódico o simplemente tomando café caliente con tostadas o pan de queso, un jugo de naranja o de frutas, o hasta una sopa caliente.
Había gente llegando de todos los rincones del mundo: surfistas con grandes planchas, extranjeros de varios lugares del mundo, hombres de negocios buscando realizar buenas transacciones comerciales. Algunos de los parientes de las personas que aguardaban, llegaban de viajes internacionales a la espera de abrazos, intercambio de cariños y afectos; matando la morriña de padres e hijos, parientes y amigos, en verdaderas demostraciones de aprecio y una mezcla de aprehensión y alegría contenida; como aquella del padre que espera por el hijo que no ve hace muchos años o algo parecido, no se sabe con seguridad.
Algunas personas todavía no se habían dado cuenta que estaban en Brasil; o sea, una tierra tropical y caliente, principalmente en esa época de verano tan intenso; ellas todavía conservaban su estilo europeo o usaban ropas de frío; vestuarios típicamente usados en el invierno o en lugares con temperaturas permanentemente muy bajas: camisas por dentro de blusones, chaquetas y pantalones con zapatos de cuero, camisas de manga larga con cuello cerrado; mujeres con botas de cuero, pareciendo aquellas botas usadas en estaciones de esquís en los Alpes Suizos, Holanda o en los países fríos de Escandinavia y la Cordillera de los Andes o en la Patagonia y, hasta inclusive, en el Polo Norte, donde los esquimales las usan para protegerse del frío, del hielo, de las tempestades de nieve y de las avalanchas.
Personas amontonadas dándose codazos unas a las otras en frente de la salida de desembarque; parecía que estaban angustiadas y afligidas buscando alguna noticia o confirmación del vuelo de parientes queridos y amigos; miraban unas veces para las puertas automáticas de desembarque, otras para los paneles luminosos que se encuentran en frente de la salida; esperando la llegada de los vuelos de sus parientes y amigos, la angustia parecía interminable.
Del lado de fuera del zaguán del aeropuerto taxistas ávidos por una buena carrera en busca de turistas y moradores de la ciudad. Allá afuera el sol está muy caliente; Thoth permanece aguardando a un amigo que va a llevarlo para la “Pérola do Atlântico”6. La ciudad de Guarujá fue llamada por los nativos y visitantes por ese nombre: “Pérola do Atlântico”; ciertamente por ese lugar ser tan valioso como una perla de “verdad”; según algunas fuentes ese nombre se deriva de dos palabras indígenas: gu-ar-y-ya, que quiere decir “camino estrecho de un lado a otro” y guaru-ya, que quiere decir “vivero de sapos y ranas”. También era conocida como guaibê por los indios, que significa bejuco de amarrar.
La ciudad está agitada como de costumbre, un entra y sale de carros con sus bocinas enfurecidas; personas esperando en las salidas de emergencia y parando en las aceras esperando parientes y amigos que vienen a buscarlos para sus destinos. El amigo de Thoth acaba de llegar: un hombre de estatura baja, fácil sonrisa, buena conversación, con cabellos canosos, típicos de la media edad, una barbilla afilada con un hoyito en el medio, usa gafas Ray-ban y viste una bermuda con bolsillos a los lados y una camisa mínimamente bordada con un pequeño cocodrilo. Intercambian algunas palabras y después toman la carretera. El trayecto es bonito. Toman una carretera larga y sinuosa, Anchieta-Imigrantes, siguiendo por la Serra da Mantiqueira. Un lugar lindo donde la naturaleza se encargó de armonizar todo para los ojos más atentos y curiosos.
De lo alto de la sierra podían ver allá abajo los carros en miniatura entrando y saliendo en túneles como si estuviesen entrando o saliendo de dentro de la floresta. Van yendo para la “Pérola do Atlântico” en busca de tranquilidad, reflexión y para observar lo deslumbrante de las fuerzas de la naturaleza. Es sábado. El sol está pidiendo retirada, hay que apurarse para no perder la puesta del sol. Deja el equipaje en el apartamento y va siguiendo para la playa de Pernambuco y Caminhos Abertos. El sol todavía está caliente y aún hay gente disfrutando de aquel paraíso. Personas refrescándose en el agua cálida del mar; otras tomando agua de coco o un vaso de agua mineral, pues el calor todavía es fuerte y la deshidratación todavía es muy grande; muchachos jugando fútbol en la arena a la orilla de la playa o jugando tenis de arena. Es un lugar exuberante, antiguamente habitado por tribus indígenas, antes de ser expulsados por los ocupantes de tierras y catequizados por los jesuitas; y posteriormente todos ser exterminados o expulsados del lugar o algo parecido que carece de explicación.
