El camino al Oeste - Francis Bret Harte - E-Book

El camino al Oeste E-Book

Francis Bret Harte

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Beschreibung

Clásicos de literatura del Oeste para observar la transformación del sueño americano. El sueño pastoral americano se ha transformado en un crudo sueño de poder y riqueza. ¿Cómo ha sucedido? El progreso y las tecnologías transformaron nuestra sociedad. Estos autores clásicos muestran el impacto de la llegada del ferrocarril (Frank Norris). La aparición de una mujer en medio del Oeste (Stehen Crane). La muerte por congelación de un hombre que no quiso pensar (Jack London). Mark Twain nos hace reír con las conversaciones de un Oeste todavía virgen, las prostitutas de Bert Harte pueden ser la última resistencia de la vida natural.

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Seitenzahl: 384

Veröffentlichungsjahr: 2018

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EL CAMINO AL OESTE

Título:

El camino al Oeste

Edición y selección:

Rosa Burillo

De esta edición:

© De Conatus Publicaciones S.L.

Casado del Alisal, 10

28014 Madrid

www.deconatus.com

© De la traducción: Jaime Zulaika

© De la traducción: Irene Oliva

Primera edición: septiembre de 2018

Diseño de la colección: Álvaro Reyero Pita

ISBN: 978-84-17375-11-9

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistema recuperable o transmitido, en ninguna forma ni por ningún medio electrónico, mecánico, mediante fotocopia, grabación ni otra manera sin previo permiso de los editores.

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:

[email protected]

Índice
EL CAMINO AL OESTE, PRÓLOGO DE ROSA BURILLO
LA NOVIA LLEGA A YELLOW SKY, DE STEPHEN CRANE
EL COMPAÑERO DE TENNESSEE, DE BRET HARTE
LEY DE VIDA, DE JACK LONDON
LA SUERTE DE ROARING CAMP, DE BRET HARTE
EL PULPO: UNA HISTORIA DE CALIFORNIA (CAPÍTULO I DEL LIBRO I), DE FRANK NORRIS
LA CÉLEBRE RANA SALTARINA DEL CONDADO DE CALAVERAS, DE MARK TWAIN
ENCENDER UN FUEGO, DE JACK LONDON
LOS PARIAS DE POKER FLAT, DE BRET HARTE
EL HOTEL AZUL, DE STEPHEN CRANE
EL HOMBRE QUE CORROMPIÓ A HADLEYBURG, DE MARK TWAIN

Al este del Mississipi los colonos empiezan a tomar posesión de la tierra, desplazando a los indios americanos, los verdaderos pobladores de Norteamérica. Quince mil cherokees marchan hacia la reserva de Oklahoma en lo que se ha dado en llamar El Sendero de las Lágrimas, donde perdieron la vida unos 4.000 indios. En Texas, los granjeros buscan asentamiento y para ello desplazan a la población mexicana que tiene que irse definitivamente tras el tratado de Guadalupe-Hidalgo. De los cuatro millones de indios que habitaban el territorio americano en tiempos del Mayflower, a finales del siglo XIX solo quedan doscientos mil. El ferrocarril ha masacrado sus lugares sagrados, los lugares sagrados de los nativos americanos, los habitantes de Norteamérica. De los 75 millones de búfalos que había, en las últimas décadas del XIX, tan solo quedan algunas cabezas. El progreso ha dejado un reguero de sangre con su avance imparable. Lo que en su día se llamó expansión no es más que una conquista. Les guía el designio divino, ellos son la Nueva Jerusalén, la tierra prometida, el pueblo elegido por Dios para llevar a cabo el proyecto. La singular Cruzada adquiere el carácter de empresa cuando llegan las nuevas tecnologías. El ferrocarril irrumpe como un coloso de dimensiones ciclópeas en el jardín del Edén, aquel paraíso lleno de recursos que los nuevos pobladores explotan indiscriminadamente. La fiebre del oro, la sed de riqueza, se enmascara bajo una pátina de buen hacer. Son los buenos de la película, como nos ha hecho ver la Metro Goldwyn Mayer, creando un mito cuajado de palabras gloriosas, todavía presente en el imaginario colectivo.

Aquellos pioneros de las praderas viven las andanzas del héroe de frontera, tal y como las describe James Fenimore Cooper, pero se quedan solo en el anecdotario. Los valores, perpetuados por la leyenda, son los del hombre introspectivo, solitario, individualista, que adquiere criterio propio en contacto con el riesgo, la experiencia de la vida en la frontera. Una especie de héroe romántico que se construye a sí mismo, conformando la identidad de la nación americana. Ellos son los buenos de la película, el Séptimo de Caballería. Los malos: los indios, los mexicanos, los otros. Los primitivos pobladores del territorio.

Unas novelitas que los jóvenes compran por una moneda, las Dime Novels, recuerdan de qué lado está el progreso, son los buenos contra los malos, el héroe que se enfrenta al villano. Y aunque la realidad es otra, los asalariados que nacen y mueren en el mismo rancho se emocionan con las aventuras de héroes a los que secretamente admiran y que pueblan el territorio de los sueños con sus gestas. Cuidado con los best-sellers, únicamente se hacen eco del gusto de la época, cuanta más acción, más ventas. Pero no cuentan la verdad. El progreso se ha servido después de esos héroes solitarios para vender pantalones vaqueros, determinadas marcas de cigarrillos o camisetas.

Solo unos pocos, mentes privilegiadas, sensibles, intuitivas, cuentan la verdad de lo que está ocurriendo y lo cuentan de manera artística, de forma hermosa, con sentido del humor, con conmiseración hacia las víctimas. Son la verdadera memoria de la historia. En la realidad, el mito del héroe de frontera ha sido desplazado por el mito del héroe millonario, el que busca febrilmente el sueño americano de progreso y bienestar que enarbolan los Carnegie, los Rockefeller de turno y, en tiempos modernos, los Donald Trump. Y es en la segunda mitad del siglo XIX cuando se fraguaron los cimientos de tan singular gesta.

“La novia llega a Yellowsky” presenta la gran metáfora del progreso y el estrago que este va a suponer en la vida de las gentes sencillas. El sheriff de Yellowsky se ha ido a San Antonio, cree que se ha enamorado y contrae matrimonio. De regreso, la tensión se masca en el ambiente a medida que el tren se va acercando al pueblo. El sheriff Potter se frota nervioso las manos enrojecidas de hombre de campo porque sabe que el verdadero problema va a consistir en rendir cuentas a los suyos. Él es el héroe solitario domesticado en su nuevo estado civil, y no sabe cómo los paisanos se van a tomar eso. Las hermosas palabras de Crane anuncian la tonalidad que va adquiriendo el lugar donde se va a vivir el conflicto, sutilmente revestido de las comodidades del Este, que establece sus propias jerarquías. En el lujoso Pullman, hasta el criado negro parece hacerles de menos. Veladamente se susurra la palabra “dignidad” asociada al poderío de la apariencia, por lo que habrá que preguntarse si el nuevo orden puede mejorar la belleza natural de los campos. Y lo que no admite ninguna duda es la contundencia con la que el escritor utiliza la palabra “precipicio”, que aparece al inicio del cuento como una premonición, un mal presagio:

El gran Pullman avanzaba a toda máquina, con tal dignidad de movimiento que una mirada desde la ventanilla parecía meramente demostrar que las llanuras de Texas fluían hacia el este. Las vastas planicies de hierba verde, las superficies de tonalidades apagadas de mezquites y cactus, los pequeños conjuntos de casas de madera, los bosques de árboles ligeros y tiernos, todo se deslizaba deprisa hacia el este, por encima del horizonte, un precipicio.

Hasta la llegada del ferrocarril que impulsa el progreso, el hombre adquiría su integridad en contacto con la tierra. Natty Bumppo, el héroe de Cooper, asiste estupefacto a la llegada del juez que quiere imponer las leyes del Este: “Supongo que algunos piensan que no existe la ley de Dios en la Naturaleza”. Esto es lo que plantea Bret Harte en sus cuentos, el dios de la naturaleza frente al dios de las instituciones. Y la gran pregunta, ¿cuáles son nuestro dioses? ¿Qué es lo que veneramos en realidad? ¿La comida, el best-seller? En ese sentido, la experiencia Oeste es única, durante un tiempo la vivieron y, como todo lo bueno, no estaba destinado a durar. Está en el hombre destruir el medio que le rodea aunque luego persiga desesperadamente recuperarlo con la imaginación, en forma de sueño, como mito necesario para sobrevivir.

En “La suerte de Roaring Camp”, un aura de misterio recorre el campamento minero. Asistimos a una parodia de la Natividad. Ese precioso niño, genuino don de la tierra, hijo de prostituta y de padre desconocido, al que apodan Luck [suerte], conmueve tanto a la pandilla de rufianes que de buena gana le ofrecen, como auténticos Magos de Oriente, todo cuanto poseen:

... una tabaquera de plata, un doblón, un revólver de la armada montado en plata, una pepita de oro, un pañuelo bordado de mujer (muy hermoso, donado por Oakhurst, el fullero), un imperdible de diamantes, un anillo de lo mismo (inspirado por el imperdible, con el comentario de su dueño de que “al verlo lo superó con dos diamantes”), una honda, una Biblia (su donante no fue identificado)...

Ellos son la ley de la tierra, seres sencillos difíciles de encasillar en los viejos parámetros de buenos y malos. El niño crece lleno de ternura y cuidados pero, cuando se les ocurre que lo que le rodea puede mejorar, que quizá haya que traer a una o dos familias decentes del pueblo de al lado e incluso construir un hotel, se precipita la tragedia. Y nos preguntamos en qué momento el jardín de las Grandes Praderas se convierte en mentira. La búsqueda de bienestar destruye la belleza de aquellos brotes que da la tierra y el Gran Cíclope, como en El pulpo: una historia de California, de Norris, solo puede visionarse en términos de destrucción y conquista:

... la locomotora (...) silbaba ante los cruces de caminos (...) eran notas siniestras, roncas, bramidos que resonaban con acentos de amenaza y desafío; y de repente Presley vio de nuevo, en su imaginación, el monstruo al galope, el terror de acero y vapor, con su único ojo, cíclope, rojo, disparado de horizonte en horizonte, pero esta vez lo vio como el símbolo de un inmenso poder, enorme, terrible, que arrojaba el eco de su estruendo sobre todas las superficies del valle, dejando sangre y destrucción a su paso: el Leviatán, con tentáculos de acero que se aferraban a la tierra, la Fuerza desalmada, la Potencia de corazón de hierro, el Monstruo, el Coloso, el Pulpo.

La literatura plantea la destrucción del jardín. La idea de “la máquina en el jardín” que da título al libro de Leo Marx, advierte que el drama de la vida va parejo a la imposiblidad de mantener la inocencia. Max Weber explica cómo la irrupción del capital deriva en gran medida de las creencias puritanas. El cumplimiento de la vida ejemplar implica entender el trabajo como tarea febril, incluso obsesiva; y la consecuencia natural de ese comportamiento es que genera riqueza. La religión mira con indulgencia al rico siempre que se comporte sin hacer ostentación de sus bienes. La paradoja, en palabras de Frederick Karl, es que es esa riqueza la que aleja a los seres humanos del modelo ideal de los primeros cristianos, de su humildad característica. Algo se ha roto en el camino, como si el hombre llevara dentro de sí el germen de su propia destrucción, como si la humanidad acabara de perder su condición primigenia, el carácter bondadoso que los mantenía pegados a la tierra. La doctrina del negocio hace suyas las palabras de Emerson cuando aconseja guiarse por el instinto, vivir de intuiciones. Eso cuando se trata del capital, se convierte en una máquina expendedora de timbre y moneda.

En Texas, la cabeza de ganado de la variedad cuernilarga se paga a cuatro dólares la pieza. En Chicago, con una condiciones climatológicas adversas, llegan a ofrecer hasta treinta y cuarenta por cada res, y ahí está el ferrocarril para favorecer las transacciones. El cine recuerda cómo los vaqueros conducen el ganado hasta Abilene, de donde sale el tren con dirección al Norte. Es la ley de Mercado, la oferta y la demanda que transforma la vida de los ranchos. En El pulpo: una historia de California, del que esta edición recoge un único capítulo, el precio real de los productos aparece desvirtuado. Antes se ofrecían en el mercado local para el consumo cotidiano. La irrupción de la locomotora que marca la presencia de las dos grandes compañías, la Union Pacific y la Central Pacific, trae consigo el nuevo modelo productivo de las civilizaciones avanzadas. Y se quedará para siempre. Despidos improcedentes, la utilización de herramientas de peor calidad que abaratan los costes de producción, y una mano de obra mal pagada, contribuyen a crear los parámetros con los que hoy en día todos estamos familiarizados. No es casual que en el libro, uno de los ranchos lleve por nombre Los Muertos, y es la voz más reivindicativa de Norris la que pide justicia al respecto:

¿Es que nosotros podemos sembrar trigo con ganancias legítimas con una tarifa de cuatro dólares la tonelada, por transportarlo doscientas millas hasta el estuario, cuando el trigo está a ochenta y siete centavos? Total, ¿por qué no nos apuntan directamente a la cabeza con una pistola, gritan “manos arriba” y acabamos con esto de una vez por todas?

Ante la gran pregunta sobre quién corrompe Handleyburg en el cuento de Twain, el que viene de fuera tiene todas las papeletas, ¿o es que el germen de corrupción habitaba ya en la pequeña población con su carga viral y contagiosa? Pongámoslo en paralelo a la narración del Octopus y veremos que lo que ocurrió en el Oeste, más allá de tratarse del hecho aislado que denuncia a la nación más poderosa del mundo, apunta a nuestra propia condición como seres humanos. Y esa espoleta nos convierte en verdadera arma letal para la historia.

El mundo camina hacia otra cosa pero ha perdido el norte de su propia existencia. Con buen criterio, Norris evita la nostalgia, y hace a uno de sus personajes testigo de lo que ya es pasado: “En aquel entonces ni se pensaba en el trigo, créame. En aquella época el ganado lo era todo: ovejas, caballos, novillos no tantos; y si el dinero escaseaba, siempre había comida de sobra, y a nadie le faltaba con qué vestirse, ni vino, ay, sí, a toneles, y aceite también”.

Jack London nos recuerda cómo lanzarse a la búsqueda febril del oro aleja al hombre de su condición natural con la consiguiente pérdida de reflejos que ello acarrea. Recordemos que durante la Guerra Civil se extraía oro a razón de 50 millones de dólares al día. Las ganancias iban destinadas a enriquecer las arcas del Este. London había navegado por el Yukon, uno de los pocos ríos que fluye en dirección norte, de Dawson a St. Michael en la primavera de 1898 y tras una infructuosa búsqueda regresa a casa sin haber encontrado nada. Basado en su experiencia, “Encender un fuego” recrea la incapacidad del hombre de recordar las vivencias de antaño, cuando tenía que sobrevivir en condiciones climatológicas adversas. Y así aparece pagando los errores del que tiene el instinto atrofiado, distorsionado por el sueño americano de lujo y bienestar:

El problema era su incapacidad para imaginar. Era rápido y dispuesto con las cosas de la vida, pero solo con las cosas, no con sus significados. 50 grados bajo cero significaban 80 grados por debajo del punto de congelación. Estos datos le indicaban que el día era frío y desagradable, nada más. No le hacían plantearse sus debilidades como criatura sensible a la temperatura, ni tampoco la debilidad general del hombre, capaz de vivir exclusivamente dentro de unos estrechos límites de calor y de frío. Partiendo de esto, era imposible que llegase a reflexionar sobre el más allá o el significado de la vida del hombre. 50 grados bajo cero significaban una dentellada helada que dolía y de la que había que protegerse con mitones, orejeras, cálidos mocasines y calcetines gruesos.

En el cuento, la torpeza con la que se enfrenta al riesgo de morir congelado pone de manifiesto su verdadera personalidad, y no nos gustan los métodos que emplea. “Ley de vida”, por el contrario, presenta al jefe indio que, viejo ya, ha llegado al final de su ciclo vital. “Uno tiene derecho a su propia muerte”, que diría Rilke, y el anciano, conocedor de las leyes de la Naturaleza, se prepara para vivir los últimos momentos con dignidad, a sabiendas de que nada le puede distraer de un destino tan brutal. Se palpa la nobleza de su carácter, dispuesto para asumir el último encuentro: “Era sencillo… todos los hombres tienen que morir. Sintió tristeza, pero no pensó en ella. Así era la vida. Había vivido al lado de la tierra, y la ley no era nueva para él. Era la ley del cuerpo”. Todo el ciclo vital se yergue ante unos ojos que han sabido mirar. La sabiduría del indio Koskoosh abarca ahora toda la Tierra:

Era un pensamiento hondo para el viejo Koskoosh. Había visto ejemplos a lo largo de toda su vida. La savia del árbol en la temprana primavera; la hoja verde, recién nacida, suave y fresca como piel; la caída de la hoja seca, amarillenta. En esto solo consistía la historia.

La teoría naturalista Norteamérica la vive en la frontera, igual que vive la experiencia romántica que se origina en Europa en Literatura con las teorías de Coleridge y Carlyle. Ambos se nutren del estudio de las categorías del hombre que enuncia el pensamiento kantiano y asumen la intuición como valor primero. Así tratado, el planteamiento ofrece las necesarias señas de identidad al pueblo. El proceso de emigración adquiere tal dimensión en la segunda mitad del XIX que no tiene parangón con ningún otro momento de la historia. El censo de 1890 marca el final del Oeste. Si en 1860 había algo más de treinta millones de habitantes en Estados Unidos, en tres décadas la población se ha duplicado con creces. Tales cambios necesitan respuestas urgentes, un pensamiento que cuente la realidad de lo que está pasando. Es así como surgen las historias.

En los relatos son frecuentes los juicios donde fiscal y abogado defensor aparecen como figuras enfrentadas, que en las narraciones se utilizan para aclarar conceptos. El procedimiento se recrea por igual tanto en historias populares como en los relatos más cultos. Estos últimos llegan más lejos por estar planteados con mayor originalidad. En “El compañero de Tennessee” el amigo decidido a ayudar a su socio que está a punto de oír el veredicto de culpabilidad, como en una partida de cartas, pone todos sus tesoros encima de la mesa. La fidelidad al amigo es lo que entiende la mirada Oeste, mientras el Este piensa que se trata de una treta para sobornar a jueces y jurado, práctica habitual en entornos que presumen de civilizados. Se lamenta lo que se ha perdido. El planteamiento no es nuevo. Cooper lo trata en El último mohicano, con una valoración romántica y positiva del hombre sencillo que se sienta en el banquillo a esperar paciente el veredicto de un juez ignorante, desconocedor de las leyes no escritas que regían la comunidad antes de la llegada del progreso: el conjunto de normas inexpresadas que marcaban la convivencia y el mundo de los afectos. Esa mirada amable no necesita de otras leyes que vengan a distorsionar las reglas de la buena vecindad que constituyen la dignidad del pueblo. El relato “La célebre rana saltarina del condado de Calaveras” se ríe ante las ocurrencias del bribón que son pecata minuta cuando las comparamos con consideraciones de mayor calado, pero que podrían dejar estupefacto a quien lee atendiendo tan solo a supuestos lógicos. Y es que el Oeste es ante todo, como dice Max Westbrook, un dejarse llevar donde todos conocen y hasta aplauden las peculiaridades que rodean la vida del pueblo. La lealtad al compañero, incluso al animal, el burro o el caballo, compañeros de viaje, están ahí en el círculo de lo que de verdad importa y hemos perdido.

“Los parias de Poker Flat” parte también de un juicio supuestamente justo. A la comunidad le ha entrado un espasmo de virtuosismo y en su obsesión por ser aún más buenos, deciden expulsar a las personas de dudosa reputación. Se trata de Oakhurst, el fullero, que todo lo achaca como en las cartas a una racha de mala suerte, dos prostitutas, la Duquesa y Madre Shipton, y un ladrón de caballos. La historia es una parodia de la expulsión del Paraíso en versión Oeste. La verdadera condición de estos sujetos se va a mostrar lejos de la población, que está muy distorsionada por esos alardes de religiosidad que han deformado el pueblo. Es en tierra de nadie, como antaño, donde el riesgo de morir de hambre o congelados, hace reaccionar a los humanos como son realmente, lejos de las apariencias que los identifican por el rol social que han venido representando. Si el Este sentencia a sus habitantes por el oficio que desempeñan, el Oeste los va a juzgar por su capacidad para ser generosos. Así advertimos que Madre Shipton prefiere morirse de hambre para salvar a los dos enamorados y que la Duquesa comparte también esa tierna actitud hacia los jóvenes. Mientras, los inocentes viven ajenos a todo, no se enteran de nada, ni siquiera perciben el peligro. Esa mala racha queda en evidencia con el estribillo tristemente célebre: “Orgulloso de vivir al servicio del Señor estoy, /Y seguro de morir en Su legión”. Por ironías de la vida, someternos a la doctrina nos deja presos de la injusticia. Bret Harte estuvo censurado en su tiempo y algunos de sus relatos tuvieron que superar diversos obstáculos para su publicación.

La cordialidad de “El hotel azul” se ve ensombrecida por el extraño que viene de fuera, un sueco aprensivo que está seguro de que quedándose en aquel lugar, va a acabar mal.

El viejo se levantó lanzando una mirada de acalorado desprecio a su adversario. Se abrochó el abrigo lentamente y salió de la habitación con una dignidad majestuosa. El sueco se rio, en medio del discreto silencio de los presentes. Su risa sonó algo pueril. Para entonces los demás ya empezaban a mirarlo con recelo, como si quisieran indagar qué le pasaba.

El mal presagio pulula como una amenaza latente que termina por destruir la convivencia. El relato es hasta cierto punto siniestro, extraño, el lector participa del miedo y acaba por sospechar de todo y de todos. El singular maleficio ha llegado de fuera y viene para quedarse. Sombrío, sucio, acaba con la amistad y da un giro inesperado a la naturalidad de antaño.

De toda esta amalgama de personajes, el progreso se ha quedado con el héroe en su faceta más pomposa y descafeinada. Descuida la visión de la literatura tan sutil y delicada que hace de seres humildes y discretos los verdaderos protagonistas de nuestra existencia. Esto último no interesa porque la sencillez a menudo está reñida con las ventas. La historia de la literatura está repleta de personajes que han fracasado en la consecución de sus fines. No es real el sueño americano. Francis Scott Fitzgerald en Tierna es la noche, recuerda que la única salida es volver a la tranquilidad de los lugares pequeños. Manhattan Transfer, de John Dos Passos, presenta a dos personajes que deciden abandonar la ciudad de Nueva York porque aquello no es vida, y se marchan en dirección al Oeste, hacia el entorno rural que habían perdido. Esto ocurre también en la película Tiempos modernos de Chaplin. En Ciudadano Kane, el protagonista llevará toda su vida en el corazón las vivencias que la ciudad le arrebató de niño y que al final balbucea como un conjuro, Rosebud, Rosebud…

Ya en el XIX, el romántico Thoreau creó el mito de Walden, un paraíso donde desarrollar la voz poética, la escritura. El retorno imposible a lugares sencillos se convierte en deseo y luego en realidad en Brook Farm, la comuna de intelectuales entre los que se hallaban Hawthorne y la escritora Margaret Fuller. El experimento termina en fracaso, pero necesitaban intentarlo. La Generación Beat se plantea la necesidad de vivir intensamente, recuperar la mobilidad de los antiguos pioneros aunque sea recorriendo la ruta 66, la mítica carrera que inmortaliza Jack Kerouac con su novela En la carretera.

En el imaginario colectivo valores como la generosidad no están de moda, ya que solo parecemos programados para la consecución de objetivos inmediatos y damos un valor desmesurado al factor dinero, el ideal que abraza el héroe millonario. Cuando todo esto fracasa, como ocurre en la mayoría de los casos, se recurre a la imaginación, al sueño de reinventar el Oeste como valor primero. Recordemos el movimiento Hippy de los años sesenta que favorece la puesta en marcha de los derechos humanos. A día de hoy, y siempre que podemos, dejamos nuestro entorno suburbano, tan asfixiante a veces, para recuperar los lugares perdidos, o revivir alguna experiencia que nos acerque al recuerdo. A cada rato aparecen voces dispuestas a asumir el Camino, como en estos cuentos, que convierten la lectura en viaje transgresor hacia territorios perdidos y verdaderos. Aquellos a los que Lou Reed canta cuando sugiere con un guiño cómplice, hey babe, take a walk on the wild side [eh, tú, date una vuelta por territorio salvaje]. Vivir entre dos mundos, tal vez sea la base de la armonía. Delicado equilibrio que, como la vida misma, pende de un hilo.

Rosa Burillo

I

El gran Pullman avanzaba a toda máquina, con tal dignidad de movimiento que una mirada desde la ventanilla parecía meramente demostrar que las llanuras de Texas fluían hacia el este. Las vastas planicies de hierba verde, las superficies de tonalidades apagadas de mezquites y cactus, los pequeños conjuntos de casas de madera, los bosques de árboles ligeros y tiernos, todo se deslizaba deprisa hacia el este, por encima del horizonte, un precipicio.

Una pareja de recién casados se había subido a aquel vagón en San Antonio. La cara del hombre estaba enrojecida por los muchos días al viento y al sol y, como consecuencia directa de su nueva ropa negra, sus manos de color ladrillo no dejaban de moverse, con extrema aprensión. De vez en cuando bajaba la vista a su atuendo con circunspección. Iba sentado con una mano apoyada en cada rodilla, como un hombre que aguarda su turno en una barbería. Las miradas que dedicaba a otros pasajeros eran furtivas y tímidas.

La novia no era guapa, ni tampoco muy joven. Llevaba un vestido de cachemira azul, con pequeñas guarniciones de terciopelo aquí y acullá y profusión de botones de acero. Torcía la cabeza de continuo para contemplar sus mangas abombadas, muy almidonadas, tiesas y altas. La cohibían. Era bastante evidente que había cocinado y que esperaba seguir cocinando, obedientemente. Los rubores provocados por el descarado escrutinio de algunos pasajeros cuando entró en el vagón rara vez se apreciaban en aquel semblante poco agraciado de extracción humilde, trazado con líneas apacibles, casi hieráticas.

La felicidad de ambos saltaba a la vista.

–¿Habías viajado alguna vez en un vagón así de lujoso? –preguntó él, sonriendo deleitado.

–No –respondió ella–. Nunca. Qué elegante, ¿no?

–¡Muchísimo! Y dentro de un rato iremos al vagón restaurante a darnos un gran banquete. No hay mejor comida en todo el mundo. Cuesta un dólar.

–¿Uy, sí? –exclamó la novia–. ¿Un dólar? Vaya, eso es demasiado... para nosotros, ¿no, Jack?

–Bueno, no en este viaje –respondió él, espléndido–. Un día es un día.

Más tarde se puso a explicarle cosas sobre trenes.

–Verás, hay mil millas de una punta a otra de Texas, y este tren lo atraviesa de cabo a rabo parando solo cuatro veces –hablaba orgulloso, como si el tren fuese suyo. Le señalaba los deslumbrantes accesorios del vagón, y lo cierto es que los ojos de ella se abrían más y más al contemplar el terciopelo estampado verde mar, los relucientes dorados, plateados y cristales, la madera que resplandecía con el mismo brillo oscuro que la superficie de un charco de aceite. En un extremo, una robusta figura de bronce sostenía una estructura que los separaba de un compartimento contiguo, y en el techo se distribuían armoniosamente unos frescos de color oliva y plata.

A ojos de la pareja, su entorno reflejaba el esplendor de su casamiento aquella mañana en San Antonio. Este era el espíritu de su nueva vida, y el rostro del hombre en particular sonreía radiante, con un júbilo que en opinión del mozo negro le confería un aire ridículo. En ocasiones, este individuo los observaba de lejos, con una amplia sonrisa traviesa de superioridad. Otras veces los intimidaba con mano izquierda, de forma que no les resultase del todo evidente que lo estaba haciendo. Empleaba con sutileza todos los ademanes propios del más legítimo esnobismo. Los vejaba, pero ellos se mostraban casi ajenos a dicha vejación, y enseguida olvidaban que una serie de pasajeros los envolvía de cuando en cuando con gozosas miradas de burla. La tradición dictaba que en teoría su situación tuviese algo de infinitamente cómico.

–Llegaremos a Yellow Sky a las 3:42 –anunció él, mirándola a los ojos con ternura.

–¿Ay, sí? –dijo ella, como si no lo supiese de antemano. Las muestras de sorpresa ante las afirmaciones de su marido formaban parte de su papel de esposa afable. Se sacó de un bolsillo un relojito de plata y, al ver como ella lo sostenía y se quedaba mirándolo con el ceño fruncido, el rostro del recién casado se iluminó.

–Se lo compré a un amigo mío en San Antonio –le explicó con tono jovial.

–Son las doce y diecisiete minutos –dijo ella, alzando la mirada hacia él con una suerte de coquetería torpe y tímida. Un pasajero, al percatarse del juego, en un exceso de socarronería, se dedicó un guiño a sí mismo en uno de los numerosos espejos.

Finalmente se encaminaron al vagón restaurante. Dos hileras de camareros negros con relucientes trajes blancos fueron testigos de su entrada con el interés, así como con la compostura, de quienes han sido prevenidos. La pareja fue a parar a manos de un camarero que parecía recrearse en dirigir el rumbo de su comida. Los consideraba con la actitud de un capitán paternal, con un semblante que irradiaba benevolencia. Su condescendencia, entrelazada con la habitual deferencia, no les resultaba obvia. No obstante, al regresar a su vagón, sus rostros revelaban una sensación de liberación.

A la izquierda, siguiendo durante millas una extensa pendiente púrpura, se oteaba una pequeña franja de neblina por la que se desplazaba el insondable Río Grande. El tren se aproximaba formando un ángulo, cuyo vértice era Yellow Sky. En ese momento se hizo evidente que, a medida que se acortaba la distancia hasta Yellow Sky, la agitación del marido aumentaba de forma proporcional. Sus manos de color rojo ladrillo se empeñaban aún más en hacerse notar. A veces se le veía incluso bastante ausente y distraído cuando la recién casada se inclinaba hacia delante para dirigirle la palabra.

En honor a la verdad, Jack Potter empezaba a percibir que el lado oscuro de una acción lo oprimía como una pesada losa. Él, el sheriff del municipio de Yellow Sky, un hombre célebre, estimado y temido en su territorio, una persona prominente, había viajado hasta San Antonio para conocer a la muchacha a la que creía amar, y una vez allí, tras el acostumbrado cortejo, la había persuadido para que se casara con él, sin consultar con la población de Yellow Sky en ninguna fase de la transacción. Ahora se disponía a presentar a la recién casada ante una comunidad inocente que nada sospechaba.

Como es natural, los habitantes de Yellow Sky se casaban con quien se les antojaba, siguiendo la costumbre generalizada; pero era tal el sentido del deber de Potter para con sus conciudadanos, o de lo que ellos consideraban su deber, o de una formalidad tácita que no domina a los hombres en estos asuntos, que sintió que actuaba como un infame. Había cometido un crimen inaudito. Cara a cara con aquella muchacha en San Antonio, y espoleado por un penetrante impulso, se había lanzado de forma precipitada por encima de todas las barreras sociales. En San Antonio era como un hombre oculto en la oscuridad. En aquella remota localidad era fácil blandir un cuchillo que cortase todo lazo que lo atara a cualquier deber para con sus paisanos. Pero la hora de Yellow Sky, la hora de enfrentarse a la luz del día, era ya inminente.

Era perfectamente consciente de que su matrimonio iba a ser algo importante para la ciudad, algo que solo un incendio del nuevo hotel podía superar. Sus amigos no se lo perdonarían. A menudo había reflexionado sobre la conveniencia de avisarlos por telegrama, pero una cobardía inusitada se había apoderado de él. Tenía miedo de hacerlo. Y ahora el tren lo empujaba a toda velocidad hacia un escenario de asombro, júbilo y reproche. Echó una ojeada por la ventanilla a la línea de bruma que se cernía a paso lento en dirección al tren.

Yellow Sky contaba con una especie de banda de metales que tocaba de pena, para deleite del populacho. Rio sin ganas ante la idea. Si a los vecinos se les pasara por la cabeza que pudiese llegar acompañado de su nueva esposa, organizarían un desfile de la banda por la estación y los escoltarían, entre vítores, risas y enhorabuenas, hasta su casa de adobe.

Llegó a la conclusión de que emplearía todas las estratagemas y las habilidades del llanero para recorrer en el menor tiempo posible el trayecto desde la estación hasta su casa. Una vez en el interior de su seguro baluarte, podría promulgar una suerte de bando, para luego no reaparecer entre sus conciudadanos hasta que hubiesen tenido tiempo de disipar una parte de su entusiasmo.

La recién casada lo miró angustiada.

–¿Qué te preocupa, Jack?

Él se echó a reír de nuevo.

–No estoy preocupado, niña. Solo estoy pensando en Yellow Sky.

Ella se ruborizó al comprender.

Una sensación de culpa mutua invadió sus pensamientos y dio lugar a una ternura más delicada. Se miraron el uno al otro con un afectuoso resplandor en los ojos. Pero a Potter se le escapaba a menudo aquella risa nerviosa. El rubor en el rostro de ella parecía no borrarse nunca.

Quien había traicionado los sentimientos de Yellow Sky escudriñaba ahora el paisaje acelerado.

–Casi hemos llegado –dijo.

Justo entonces apareció el mozo anunciando la cercanía de la localidad de Potter. Sostenía un cepillo en la mano que, una vez desaparecida toda su displicente superioridad, pasó por las nuevas vestimentas de Potter mientras este se giraba despacio, de un lado y del otro. Rebuscó en su bolsillo y le ofreció al mozo una moneda, como había visto hacer a otros pasajeros. Era aquella una tarea pesada y muscular, como la de un hombre que hierra por primera vez a un caballo.

El mozo recogió su bolso y, conforme el tren aminoraba la marcha, los recién casados avanzaron hacia la plataforma cubierta del coche. En ese momento, las dos locomotoras y el largo convoy de vagones hicieron su entrada en la estación de Yellow Sky.

–Tienen que reponer agua aquí –dijo Potter, con una garganta estrangulada y una cadencia fúnebre, como la de alguien que anuncia la muerte.

Antes de que el tren se detuviera, él ya había barrido con la mirada toda la extensión del andén, y constató con alegría y asombro que en ella no había nadie más que el jefe de estación, quien, con ademán apresurado y ansioso, se dirigía hacia los depósitos de agua. Cuando el tren paró del todo, el mozo se apeó en primer lugar y colocó un pequeño escalón provisional en el sitio indicado.

–Vamos allá, niña –dijo Potter con voz ronca.

Mientras la ayudaba a descender, ninguno pudo reprimir unas risitas afectadas. Él se hizo con el bolso que acarreaba el negro, y le ofreció el brazo a su esposa para que se aferrara a él. Mientras se escabullían de allí a toda prisa, se percató con una ojeada abochornada de que estaban descargando los dos baúles, y también de que el jefe de estación, que se encontraba mucho más adelante, cerca del vagón de mercancías, se había dado la vuelta y corría hacía él gesticulando. Se echó a reír, y gruñó al hacerlo, al constatar el primer efecto de su dicha conyugal sobre Yellow Sky. Agarró el brazo de su esposa con firmeza a su flanco y huyeron de allí. A sus espaldas, el mozo se reía entre dientes, con necedad.

II

Faltaban veintiún minutos para que el expreso de California de la Southern Railway hiciese su entrada en Yellow Sky. Acodados en la barra del saloon The Weary Gentleman había seis hombres. Uno era un viajante que hablaba mucho y muy rápido, tres eran unos texanos que en aquel momento no se molestaban en abrir la boca, y dos eran pastores de ovejas mexicanos que por norma no pronunciaban palabra en el saloon. El perro del tabernero estaba tumbado sobre el camino de tablones que se extendía delante de la entrada. Tenía la cabeza sobre las pezuñas y, amodorrado, echaba un vistazo aquí y allá con la alerta constante del perro que de vez en cuando se lleva una patada. Al otro lado de la calle de arena se veían varias parcelas de hierba de un intenso verde, cuyo aspecto, en medio de las arenas que ardían bajo un sol abrasador, era tan fantástico que casi hacía recelar a la mente. Eran idénticas a las esteras de hierba empleadas sobre los escenarios para representar los pastos. En el extremo más fresco de la estación del ferrocarril, un hombre sin abrigo fumaba su pipa sentado en una silla inclinada. La orilla recién segada del Río Grande trazaba un círculo cerca de la localidad, y al otro lado se veía una gran llanura color ciruela de mezquites.

Salvo por el inquieto viajante y sus acompañantes en el saloon, Yellow Sky dormitaba. Apoyado con gracia sobre la barra, el recién llegado recitaba historias y más historias con la seguridad de un bardo que ha descubierto un nuevo público.

–... y en el preciso instante en que el viejo rodó escaleras abajo con la cómoda en las manos, la vieja subía con dos baldes de carbón, y claro...

El relato del viajante se vio interrumpido por un joven que de repente apareció por la puerta abierta y gritó:

–Scratchy Wilson está borracho y anda suelto disparando a dos manos.

Los dos mexicanos soltaron los vasos en el acto y se esfumaron por la puerta trasera del saloon.

El viajante, ingenuo y jocoso, respondió:

–Está bien, chaval. Suponiendo que así sea. Qué más da. Entra y tómate una.

Con todo, la información había hecho una mella tan evidente en el ánimo de los presentes que al viajante no le quedó más remedio que reconocer su importancia. Todos había adquirido un gesto adusto al instante.

–Bueno, díganme –dijo él, perplejo–, ¿de qué se trata?

Sus tres acompañantes hicieron el ademán que sirve de preámbulo a un discurso elocuente, pero el joven de la entrada se les adelantó.

–Significa, amigo mío –respondió mientras entraba en el salón–, que durante el próximo par de horas esta ciudad no será precisamente un remanso de paz.

El tabernero fue hasta la puerta, la cerró con llave y echó la tranca. Asomándose por la ventana, tiró de los pesados postigos de madera y también los atrancó. De inmediato, el lugar se vio sumido en una atmósfera tétrica y solemne, como de cripta. El viajante paseaba la mirada de uno a otro.

–Pero díganme –gritó–, ¿de qué se trata? A ver. ¿No me irán a decir que va a haber un tiroteo?

–No se sabe si habrá pelea o no –respondió un hombre con tono sombrío–. Lo que está claro es que habrá algún balazo... algún balazo de los buenos.

El muchacho que los había avisado hizo un gesto con la mano y dijo:

–Bueno, si alguien busca bronca, la tendrá seguro. No tiene más que salir a la calle y listo. Las balas lo están esperando.

El viajero parecía debatirse entre el interés de un forastero y la conciencia de arriesgar su propia vida.

–¿Cómo dijeron que se llamaba? –preguntó.

–Scratchy Wilson –respondieron todos al unísono.

–¿Y va a matar a alguien? ¿Qué van a hacer ustedes? ¿Esto ocurre a menudo? ¿Sale por ahí arrasando como ahora una o dos veces por semana? ¿Es capaz de forzar esa puerta?

–No, no puede echar abajo esa puerta –contestó el tabernero–. Ya lo ha intentado tres veces. Pero cuando llegue, será mejor que se tire al suelo, forastero. Me juego la cabeza a que disparará contra ella, y puede que alguna bala la atraviese.

A partir de ese momento el viajante no le quitó ojo a la puerta. Aún no le había llegado la hora de besar el suelo pero, como mínima precaución, se pegó sigilosamente a la pared.

–¿Va a matar a alguien? –preguntó de nuevo.

Los hombres rieron por lo bajini y con desdén ante la pregunta.

–Ha salido a pegar tiros, y va en busca de bronca. Con él no trae cuenta jugársela.

–Pero ¿qué hacen ustedes en estos casos? A ver, ¿qué es lo que hacen?

–Bueno, pues él y Jack Potter... –respondió un hombre.

–Pero es que Jack Potter está en San Antonio –lo interrumpieron los demás a coro.

–Vaya, ¿quién es ese Potter? ¿Qué pinta en todo esto?

–Ah, es el sheriff de la ciudad. Es el que sale y se enfrenta a Scratchy cuando le da por armar un cirio de estos.

–¡Madre mía! –exclamó el viajante secándose la frente–. Menudo trabajo el suyo.

Las voces se habían ido acallando hasta reducirse a meros susurros. El viajante deseaba hacerles más preguntas originadas por una angustia y una perplejidad cada vez mayores; pero al hacer la tentativa, los hombres se limitaban a mirarlo irritados y a instarlo por señas a quedarse callado. Un tenso silencio expectante se cernía sobre ellos. En las sombras recónditas de la sala, los ojos de los hombres brillaban mientras trataban de escuchar los sonidos que llegaban de la calle. Un hombre le hizo tres gestos al tabernero, quien, moviéndose como un fantasma, le tendió un vaso y una botella. El hombre se sirvió un vaso entero de whisky y apoyó la botella sin hacer ruido. Se bebió el whisky de un trago y volvió a mirar hacia la puerta, en medio de un silencio inquebrantable. El viajante vio que el tabernero, sin emitir sonido alguno, había sacado un Winchester de debajo de la barra. Después se percató de que, con una señal, aquel tipo lo instaba a acercarse, así que atravesó el local de puntillas hasta él.

–Será mejor que me haga compañía detrás de la barra.

–No, gracias –dijo el viajante, transpirando–. Prefiero quedarme donde pueda salir corriendo por la puerta de atrás.

A lo que el bodeguero respondió con un gesto amable aunque autoritario. El viajante obedeció y, una vez sentado sobre una caja con la cabeza por debajo de la barra, la visión de varios accesorios de cinc y cobre, que guardaban cierto parecido con las piezas de una armadura, fue como un bálsamo para su alma. El tabernero tomó asiento cómodamente junto a él sobre otra caja.

–Verá –susurró–, este dichoso Scratchy Wilson es un hacha con las pistolas, un auténtico hacha, y cuando le da por ponerse guerrero, salimos disparados a nuestros escondrijos, como es natural. Debe de ser el último miembro de la vieja banda de criminales que solía rondar por el río. Cuando está borracho hay que temerle. Cuando está sobrio no da problemas... Es más bien simplón... No mataría ni a una mosca... La mejor persona del lugar. Pero cuando está borracho, ¡uuuh!

Se sucedieron algunos instantes de calma.

–Ojalá Jack Potter hubiese vuelto ya de San Antonio –dijo el tabernero–. Una vez le disparó a Wilson en la pierna. Él sería capaz de ponerlo en su sitio y desfacer el entuerto.

En ese momento oyeron a lo lejos el sonido de un disparo, seguido de tres alaridos enloquecidos. Aquello desató de inmediato a los hombres que se ocultaban a oscuras en el saloon. Arrastraron los pies de acá para allá. Se miraron unos a otros.

–Aquí viene –dijeron.

III

Un hombre con una camisa de franela granate, adquirida por razones estéticas y confeccionada por alguna mujer judía en el East Side de Nueva York, dobló una esquina y caminó hasta el centro de la calle principal de Yellow Sky. Empuñaba en cada mano un revólver largo y pesado de color negro azulado. De vez en cuando chillaba; y aquellos gritos resonaban en lo que a todas luces era un municipio desierto, sobrevolando estridentemente los tejados con un volumen que parecía no guardar relación alguna con la potencia vocal normal de cualquier hombre. Era como si la quietud que lo envolvía formase la bóveda de una tumba por encima de él. Aquellos gritos feroces y desafiantes resonaban contra muros de silencio. Las cañas de sus botas eran rojas con motivos dorados, como las que les encantaba ponerse en invierno a los niñitos que descendían en trineo por las laderas de Nueva Inglaterra.

El rostro del hombre ardía por la ira inducida por el whisky. Sus ojos, en blanco aunque ansiosos de emboscada, acechaban las ventanas y las puertas inertes. Se movía con los sigilosos pasos de un gato a medianoche. Tal como se le venían a la cabeza, bramaba ideas amenazadoras. Los largos revólveres se desenvolvían con soltura en sus manos, como peces en el agua, y se movían con una rapidez eléctrica. Los pequeños dedos de cada mano los tocaban a veces con la destreza de un músico. Las cuerdas vocales, que sobresalían por encima del cuello bajo de su camisa, se tensaban y se hundían, se tensaban y se hundían, movidas por la pasión. No se oía nada más que sus terribles provocaciones. Los apacibles adobes guardaban la compostura frente al paso de aquel energúmeno por mitad de la calle.

Nadie lo retaba a batirse en duelo, nadie. El hombre clamaba al cielo. Nadie acudía al reclamo. Bramaba, echaba humo y blandía sus revólveres a diestro y siniestro.

El perro del tabernero del saloon