El canto de las montañas (AdN) - Nguyen Phan Que Mai - E-Book

El canto de las montañas (AdN) E-Book

Nguyễn Phan Quế Mai

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Beschreibung

La novela definitiva para entender la historia reciente de Vietnam El canto de las montañas cuenta una historia envolvente, que discurre a través de varias generaciones de la familia Tran, con el telón de fondo de la guerra de Vietnam. Tran Dieu Lan, nacida en 1920, se vio obligada a huir de las tierras de su familia con cinco de sus seis hijos durante la reforma agraria, cuando el gobierno comunista se hizo con el poder en el norte del país. Años más tarde, en Hanói, su joven nieta, Huong, alcanza la madurez mientras sus padres y sus tíos avanzan por la senda Ho Chi Minh para luchar en un conflicto que desgarró no solo a su querido país sino también a su familia. El canto de las montañas, primera novela publicada en español de la reputada poeta vietnamita Nguyen Phan Que Mai, es un relato vivo y apasionante, impregnado del lenguaje y de las tradiciones de Vietnam. Ilumina el coste humano de este conflicto desde el punto de vista del propio pueblo vietnamita, a la vez que nos muestra el verdadero poder de la bondad y la esperanza.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

Las montañas más altas

Rojo sobre blanco

El adivino

Levantarse y volver a caer

La gran hambruna

El regalo de mi padre

La reforma agraria

El viaje hacia el sur

La caminata

El secreto de mi madre

El destino

El paleto

El camino a la felicidad

El tío Minh

Ante el enemigo

Las canciones de la abuela

Agradecimientos

Créditos

Para mi abuela, que murió en la gran hambruna; para mi abuelo, que falleció por culpa de la reforma agraria; para mi tío, cuya juventud consumió la guerra de Vietnam.

Para los millones de personas, vietnamitas y no vietnamitas, que perdieron la vida en la guerra.

Ojalá nuestro planeta no vuelva a ver otro conflicto armado.

 

Esta novela es una obra de ficción. Aunque los hechos históricos son reales, los nombres, personajes y acontecimientos son producto de la imaginación de la autora. Cualquier parecido con personas vivas o muertas es mera coincidencia.

Las montañas más altas

Hanói, 2012

Mi abuela me decía que, cuando mueren, nuestros antepasados no desaparecen, sino que siguen protegiéndonos. Y ahora siento que ella me protege mientras enciendo una cerilla y prendo una varilla de incienso. En el altar de los antepasados, detrás de la campana de madera y de las bandejas de comida humeante, los ojos de mi abuela brillan cuando la llama de color azul anaranjado prende el incienso. Agito la varilla para apagarla y, al tiempo que se consume sin llama, las espirales de humo y el aroma ascienden hacia el Cielo, llamando al espíritu de los muertos para que regresen.

—Bà ơi —susurro, alzando el incienso por encima de la cabeza. Entre la niebla que difumina la frontera entre nuestros dos mundos, la abuela me sonríe.

—Te echo de menos, abuela.

Una ráfaga de viento entra por la ventana y me acaricia el rostro, tal como hacía mi abuela.

—Hương, querida nieta. —Los árboles que crecen junto a la ventana susurran sus palabras—. Estoy aquí contigo, siempre estoy contigo.

Coloco la varilla en el tazón situado delante del retrato de mi abuela. Sus suaves rasgos brillan con el perfume del incienso. Contemplo las cicatrices de su cuello.

—¿Te acuerdas de lo que te dije, querida? —murmura su voz entre las ramas incansables—. Los retos que los vietnamitas han tenido que afrontar a lo largo de su historia son tan altos como las más altas montañas. Si nos detenemos demasiado cerca, no podemos ver las cumbres. Si nos alejamos de las corrientes de la vida, podremos tener una visión completa…

Rojo sobre blanco

Hanói, 1972-1973

La abuela me da la mano mientras caminamos en dirección al colegio. El sol es como una gran yema de huevo que se asoma entre una hilera de casas con tejado de hojalata. El cielo es tan azul como la falda favorita de mi madre. Me pregunto dónde estará. ¿Habrá encontrado a mi padre?

Me sujeto el cuello de la chaqueta mientras el viento se abre paso y arremolina una nube de polvo. La abuela se inclina y me pone un pañuelo sobre la nariz. Mi mochila del colegio le cuelga del brazo y se tapa la cara con la palma de la mano.

Volvemos a ponernos en marcha en cuanto se disipa el polvo. Por mucho que me esfuerce, no oigo cantar a los pájaros. Busco, pero no encuentro ni una sola flor a lo largo del camino. No hay hierba a nuestro alrededor, solo montones de ladrillos rotos y metal retorcido.

—Guayaba, ten cuidado. —La abuela tira de mí para alejarme del cráter de una bomba. Me llama por mi apodo, Guayaba, para protegerme de los malos espíritus que, según ella cree, rondan la tierra en busca de niños hermosos para secuestrarlos. Dice que mi nombre verdadero, Hương, que significa ‘fragancia’, los atraería.

—Cuando vuelvas a casa tendrás tu comida favorita, Guayaba —me dice la abuela.

—¿Sopa phở con fideos? —La felicidad hace que me salte un escalón.

—Sí… Los ataques aéreos no me han dejado cocinar, pero ahora está todo en calma, así que vamos a celebrarlo.

Antes de que pueda contestar, una sirena rompe nuestro momento de paz. Una voz femenina grita desde un altavoz atado a un árbol.

—¡Atención, ciudadanos! ¡Atención, ciudadanos! Se acercan los bombarderos americanos a Hanói. Están a cien kilómetros de distancia.

—¡Ôi trời đất ơi! —La abuela invoca al Cielo y a la Tierra. Corre tirando de mí. Ríos de gente salen de las viviendas como si fueran hormigas huyendo de un hormiguero destrozado. A lo lejos, desde lo alto de la ópera de Hanói, aúllan las sirenas.

—Por aquí. —La abuela corre hacia un refugio antiaéreo excavado al borde del camino. Tira de la pesada tapa de hormigón.

—¡No hay sitio! —grita una voz desde abajo. En el interior del agujero redondo, en el que solo cabe una persona, hay un hombre medio arrodillado. El agua fangosa le llega hasta el pecho.

La abuela se apresura a cerrar la tapa. Tira de mí hacia otro refugio.

—¡Atención, ciudadanos! ¡Atención, ciudadanos! Los bombarderos americanos se aproximan a Hanói. Están a sesenta kilómetros de distancia. Las fuerzas armadas se disponen a rechazarlos. —La voz femenina parece más imperiosa. Las sirenas son ensordecedoras.

Vamos refugio tras refugio, pero están todos llenos. Delante de nosotras, la gente se precipita de un lado a otro como pájaros con las alas rotas, abandonando bicicletas, carros, bolsos. Una niña pequeña, sola, llama a gritos a sus padres.

—¡Atención, ciudadanos! ¡Atención, ciudadanos! Los bombarderos americanos se acercan a Hanói. Están a treinta kilómetros de distancia.

Aturdida por el miedo, tropiezo y me caigo.

La abuela me levanta. Tira mi mochila del colegio a un lado de la calle y se agacha para que me suba a su espalda. Me sujeta las piernas con las manos y echa a correr.

Un ruido ensordecedor se aproxima; se oyen explosiones lejanas. Me agarro a los hombros de la abuela con manos sudorosas, aplasto la cara contra su cuerpo.

—¡Atención, ciudadanos! ¡Atención, ciudadanos! Se acercan más bombarderos americanos a Hanói. Están a cien kilómetros de distancia.

—Corred al colegio, no van a bombardearlo —grita la abuela a un grupo de mujeres que cargan con niños en brazos o a la espalda. A los cincuenta y dos años, la abuela es fuerte. Pasa corriendo junto a las mujeres y se pone a la altura de las que van delante. Entre sacudidas presiono la cara contra su largo cabello negro, que huele como el de mi madre. Mientras pueda olerlo estaré a salvo.

—Hương, corre conmigo. —La abuela se acuclilla delante de mi colegio, jadeando. Tira de mí hacia el patio y se mete en un refugio vacío situado junto a un aula. Me deslizo a su lado y el agua me llega hasta la cintura; me agarra con manos heladas. Hace un frío horrible. Estamos a principios del invierno.

La abuela se incorpora para cerrar la tapa. Me abraza y el latido de su corazón palpita en mi sangre. Agradezco a Buda que nos haya dado este refugio en el que cabemos las dos. Tengo miedo por mis padres, que están en el frente. ¿Cuándo volverán? ¿Habrán visto al tío Đạt, al tío Thuận, al tío Sáng?

Las explosiones se acercan. El suelo se mece como si fuera una hamaca. Me tapo los oídos con las palmas de las manos. El agua sube de golpe, me moja la cara y el pelo, me nubla la vista. El polvo y las piedras se cuelan por una pequeña hendidura y me caen en la cabeza. Se oye el fuego antiaéreo. Hanói devuelve el ataque. Más explosiones. Sirenas. Gritos. Intenso olor a quemado.

La abuela se lleva las manos al pecho.

—A Di Đà Phật, Nam Mô Quan Thế Âm Bồ Tát. —De sus labios sale un torrente de plegarias a Buda. Cierro los ojos y la imito.

Las bombas siguen rugiendo. Sobreviene un minuto de silencio. Un ruido estridente. Me encojo de miedo. Una tremenda explosión nos impulsa hacia la tapa del refugio. El dolor me oscurece los ojos.

Aterrizo con los pies sobre la barriga de la abuela. Tiene los ojos cerrados, las manos parecen una flor de loto en su pecho. Reza mientras el ruido atronador desaparece y se elevan los gritos de la gente.

—Abuela, tengo miedo.

Tiene los labios azules, tiembla de frío.

—Ya lo sé, Guayaba… Yo también tengo miedo.

—Abuela, si bombardean el colegio, ¿se… se hundirá este refugio?

Se agita en el reducido espacio y me atrae hacia sus brazos.

—No lo sé, cariño.

—¿Si se cae moriremos, abuela?

Me abraza con fuerza.

—Guayaba, si bombardean el colegio, quizá el refugio se nos caiga encima, pero solo moriremos si Buda lo consiente.

No morimos aquel día de noviembre de 1972. Después de que las sirenas anunciaran el final del bombardeo, la abuela y yo salimos, temblando como hojas, y avanzamos tambaleantes por la calle. Se habían derrumbado varios edificios, los escombros cubrían el camino. Reptamos tosiendo por montones de cascotes. Los ojos me ardían con las espirales de humo y polvo.

Agarré con fuerza la mano de la abuela mientras contemplaba a las mujeres que se arrodillaban y aullaban junto a los muertos cuyos rostros habían cubierto con ajadas alfombrillas de paja. Las piernas de los cadáveres nos apuntaban. Piernas mutiladas, cubiertas de sangre. De una piernecita colgaba un zapato rosa. La niña muerta tendría mi edad.

Empapada, cubierta de barro, la abuela tiró de mí, cada vez más deprisa, y pasamos junto a trozos humanos dispersos, casas derruidas.

Sin embargo, al lado de la sombra del bàng, nuestra casa se alzaba bajo un sol glorioso e incoherente. Había escapado de milagro. Solté la mano de la abuela y corrí hacia la puerta de entrada.

La abuela me ayudó a cambiarme a toda prisa y me metió en la cama.

—Quédate en casa, Guayaba. Baja si vuelven los aviones —dijo, señalando el refugio antiaéreo que mi padre había excavado en el suelo, junto a la entrada del dormitorio. El refugio era lo bastante grande para las dos y estaba seco. Prefería refugiarme ahí, bajo la atenta mirada de mis antepasados, cuya presencia irradiaba el altar familiar situado en lo alto de la estantería.

—Pero… ¿adónde vas, abuela? —pregunté.

—A mi colegio, a ver si mis alumnos necesitan ayuda. —Me arropó con nuestra fina manta.

—Abuela, es peligroso…

—Está a dos manzanas, Guayaba. Volveré corriendo en cuanto oiga la sirena. ¿Me prometes que te quedarás aquí?

Asentí.

La abuela se dirigió a la puerta de la casa, pero volvió a mi cama. Me calentó el rostro con la mano.

—¿Me prometes que no saldrás a curiosear?

—Cháu hứa—contesté con una sonrisa para tranquilizarla. Nunca me dejaba ir sola a ningún sitio, ni siquiera durante los meses sin bombardeos. Siempre había temido que me perdiera. Me preguntaba si mi tía y mis tíos tendrían razón cuando afirmaban que la abuela me sobreprotegía porque sus hijos habían sufrido cosas terribles.

Cuando la puerta se cerró a su espalda, me levanté y cogí un cuaderno. Mojé la plumilla en el tintero.

«Queridos mamá y papá», escribí, empezando una nueva carta para mis padres sin dejar de preguntarme si les llegaría alguna vez. Se desplazaban con las tropas y no tenían dirección fija.

Estaba leyendo otra vez Bạch Tuyết và bảy chú lùn, inmersa en el mundo mágico de Blancanieves y sus amigos, los siete enanitos, cuando la abuela volvió a casa con mi mochila del colegio colgada del brazo. Le sangraban las manos, heridas al haber intentado rescatar a las personas enterradas bajo los cascotes. Me atrajo hacia su pecho y me abrazó con fuerza.

Esa noche, me deslicé bajo nuestra manta mientras escuchaba las oraciones de la abuela y el rítmico sonido de la campana de madera. Rezaba para que Buda y el Cielo terminaran con la guerra. Rezaba para que mis padres y tíos regresaran sanos y salvos. Cerré los ojos y me sumé a sus oraciones. ¿Estaban vivos mis padres? ¿Me echaban tanto de menos como yo a ellos?

Queríamos quedarnos en casa, pero una notificación urgente de las autoridades ordenó a los ciudadanos que evacuáramos Hanói. La abuela tenía que guiar a sus alumnos y a sus familias a un lugar remoto en las montañas, donde seguiría impartiendo clases.

—Abuela, ¿adónde vamos? —pregunté.

—A un pueblo que se llama Hòa Bình. Allí no podrán encontrarnos las bombas, Guayaba.

Me pregunté quién habría elegido un nombre tan bonito para un pueblo. HòaBình eran las palabras que llevaban en las alas las palomas pintadas en las paredes de mi colegio. Hòa Bình en mis sueños era de color azul, el color del regreso a casa de mis padres. Hòa Bình significaba algo sencillo, intangible y valiosísimo: ‘paz’.

—¿Está muy lejos ese pueblo, abuela? ¿Cómo vamos a ir?

—Andando. Está solo a cuarenta y un kilómetros. Si vamos juntas, podremos hacerlo, ¿no crees?

—¿Y la comida? ¿Qué comeremos?

—No te preocupes. Los campesinos nos darán comida. En momentos de crisis la gente es buena —contestó con una sonrisa—. ¿Me ayudas a hacer el equipaje?

Mientras nos preparábamos para el viaje, la voz de la abuela se elevó en una canción. Tenía una voz preciosa, igual que mi madre. Se divertían inventando canciones tontas, cantando y riendo. Cuánto echaba de menos aquellos momentos tan felices. Cuando la abuela cantaba, los grandes campos de arroz abrían sus brazos verdes para recibirme, las cigüeñas me llevaban en sus alas, los ríos me arrastraban con la corriente.

La abuela extendió un pañuelo. Apiló nuestra ropa en el centro y añadió mi libreta, la pluma, el tintero y el material que ella empleaba para dar clase. Puso encima de todo la campana de rezos y luego ató las esquinas opuestas para hacer un hatillo que pudiera echarse al hombro durante el viaje. Del otro se colgó un largo tubo hecho con una caña de bambú, lleno de arroz crudo. Había preparado ya mi mochila del colegio con agua y comida para el camino.

—¿Cuánto tiempo estaremos fuera, abuela?

—No lo sé, quizá un par de semanas.

Me planté delante de la estantería y pasé las manos por el lomo de los libros. Cuentos de hadas vietnamitas. Cuentos rusos. La hija del vendedor de pájaros, de Nguyễn Kiên, La isla del tesoro, de un autor extranjero cuyo nombre no sé pronunciar.

La abuela se echó a reír al ver el montón de libros que tenía en la mano.

—No podemos llevarnos tantos libros, Guayaba. Elige uno. Cuando lleguemos, pediremos alguno prestado.

—¿Pero la gente del campo lee libros, abuela?

—Mis abuelos eran campesinos, ¿no te acuerdas? Tenían todos los libros que puedas imaginar.

Repasé de nuevo la estantería y me decidí por una novela de Đoàn Giỏi, La tierra y los bosques del sur. A lo mejor mi madre había llegado a miền Nam, las tierras del sur, y allí quizá habría encontrado a mi padre. Quería conocer mejor una zona de la que los franceses nos habían separado y ahora ocupaban los estadounidenses.

La abuela pegó una nota en la puerta en la que decía a mis padres y mis tíos que, si volvían, podían encontrarnos en Hòa Bình. Toqué la puerta de la casa antes de marchar. Sentí las risas de mis padres y de mis tíos a través de las yemas de los dedos. Ahora, pasados los años, cuando pienso en aquel momento, me pregunto qué habría cogido si hubiera sabido lo que iba a pasarnos. Quizá la foto en blanco y negro de mis padres del día de su boda. Pero también sé que cuando se está cerca de la muerte no queda tiempo para la nostalgia.

En el colegio de la abuela nos reunimos con un grupo de maestros, alumnos y sus familias. Algunos llevaban bicicletas cargadas de equipaje y salimos caminando mezclados con la masa de gente que se alejaba de Hanói. Todo el mundo iba vestido de oscuro y las partes metálicas de los vehículos estaban cubiertas para evitar el reflejo del sol por temor a atraer a los bombarderos. Nadie hablaba, solo se oían los pasos y, de vez en cuando, el llanto de los bebés. El terror y la preocupación hacían mella en el rostro de la gente.

Yo tenía doce años cuando empezamos esta marcha de cuarenta y un kilómetros. El viaje fue difícil, pero la mano de la abuela calentaba la mía cuando el frío viento nos azotaba. Para que no pasara hambre, la abuela me daba su comida, haciéndome creer que no quería más. Cantaba incontables canciones para calmarme. Cuando me cansaba, cargaba conmigo y su largo cabello me envolvía el rostro. Me envolvía con su chaqueta cuando lloviznaba. Cuando por fin llegamos al pueblo de Hòa Bình, situado en un valle y rodeado de montañas, la abuela tenía los pies cubiertos de ampollas y de sangre.

Nos alojamos con dos ancianos campesinos, el señor y la señora Tùng, que nos permitían dormir en el suelo de su cuarto de estar; su casa era pequeña y no había otro sitio. El primer día que pasamos en Hòa Bình, la abuela encontró un sendero bien trazado que subía haciendo zigzag por la montaña más cercana hasta una cueva. Algunos lugareños habían elegido la cueva como refugio contra los bombardeos; la abuela decidió que teníamos que ver dónde estaban. Aunque el señor Tùng sostenía que los estadounidenses no bombardearían el pueblo, la abuela y yo dedicamos el día siguiente a subir y bajar por el sendero tantas veces que, al final, tenía la sensación de que me habían dado martillazos en las piernas.

—Guayaba, tenemos que ser capaces de subir incluso de noche y a oscuras —dijo la abuela, dentro de la cueva, resoplando y jadeando—. ¿Me prometes que no te apartarás de mí?

Contemplé las mariposas que revoloteaban por la entrada. Me moría de ganas de explorar la zona. Había visto que los niños del pueblo se bañaban desnudos en un estanque, cabalgaban en búfalos de agua por los campos embarrados y trepaban por los árboles en busca de nidos. Quería pedir a la abuela que me dejara ir con ellos, pero me miraba con una expresión tan preocupada que asentí.

Cuando nos instalamos en nuestro hogar provisional, la abuela le dio a la señora Tùng nuestro arroz y algo de dinero y la ayudamos a preparar la comida cogiendo verduras de la huerta y lavando los platos.

—Ah, eres de gran ayuda —dijo la señora Tùng, y tuve la sensación de que crecía un poco. Aunque su casa era diferente, en cierto modo era muy parecida a la mía de Hanói, con las ventanas selladas con papel negro para impedir que los bombarderos americanos vieran signos de vida por la noche.

Recuerdo la figura grácil de la abuela dando clases en el patio del templo del pueblo. Los alumnos se acuclillaban en el suelo de tierra con el rostro resplandeciente. No daba por terminada la clase hasta que les enseñaba una de sus canciones.

—La guerra quizá destruya nuestras casas, pero no puede destruir nuestro espíritu —dijo la abuela. Sus alumnos y yo empezamos a cantar con tanto entusiasmo que se nos quebró la voz y sonamos como las ranas que se sumaban a nuestro canto desde los campos de arroz cercanos.

La tierra y los bosques del sur es una novela situada en 1945 y tiene un principio fascinante. El sur se presenta como un territorio frondoso y rico, poblado por gente feliz y generosa. Los personajes comían serpientes y ciervos, cazaban cocodrilos y recolectaban miel en las densas selvas de los manglares. Subrayaba las palabras complicadas y los exóticos términos del sur, y la abuela me los explicaba cuando tenía tiempo. Lloraba con An, que había perdido a sus padres al huir de los crueles soldados franceses. Me preguntaba por qué los ejércitos extranjeros invadían nuestro país una y otra vez. Primero fueron los chinos, luego los mongoles, los franceses y los japoneses, y ahora eran los imperialistas americanos.

Mientras escapaba en un viaje imaginario hacia el sur, las bombas caían en Hanói, el corazón de nuestro norte. Día o noche, en cuanto se oía un gong, la abuela me agarraba de la mano y tiraba de mí hacia la montaña. Tardábamos treinta minutos en subir y no me dejaba descansar. Cuando llegábamos a la cueva, los pájaros metálicos gigantes atronaban por encima de nosotros. Yo me abrazaba a la abuela, agradecida por tener aquella cueva que, sin embargo, al mismo tiempo, odiaba: desde allí se veía mi ciudad envuelta en llamas.

Una semana después de nuestra llegada, un avión estadounidense, tras recibir un proyectil, consiguió seguir volando envuelto en llamas hasta las cercanías de Hòa Bình, donde el piloto saltó en paracaídas. Otros aviones rondaron por la zona para intentar rescatarlo. Mucho después salimos de la cueva de la montaña y encontramos fragmentos desgarrados de cuerpos humanos por el serpenteante camino de la montaña. La abuela me tapó los ojos cuando llegamos a un bosquecillo del que colgaban tripas humanas.

Pasamos junto al templo del pueblo, destrozado. Los sonidos de la conmoción llegaron a nosotras y, poco después, vimos un grupo de gente que abría paso a un hombre blanco. Vestido con un mono verde y sucio, el hombre llevaba las manos atadas a la espalda. Tenía la cabeza inclinada, pero era más alto que todos los que lo rodeaban. La sangre le corría por el rostro y tenía el pelo rubio salpicado de barro. Tres soldados vietnamitas caminaban tras él con sus grandes armas apuntando la espalda del hombre blanco. En el brazo derecho del hombre, los colores rojo, blanco y azul de una pequeña bandera de los Estados Unidos me abrasaron los ojos.

—¡Giết thằng phi công Mỹ. Giết nó đi, giết nó! —gritó alguien de repente.

—¡Matadlo! ¡Matad a ese piloto hijo de puta! —rugió la multitud expresando su apoyo.

Cerré los puños con fuerza. Aquel hombre había bombardeado mi ciudad. La agresión de su país me había arrebatado a mis padres.

—Mi familia entera ha muerto por tu culpa. ¡Muere! —chilló una mujer mientras tiraba una piedra al americano. Parpadeé cuando la piedra lo golpeó en el pecho.

—¡Alto! —gritó uno de los soldados. La abuela, con otras personas, se precipitó hacia la mujer que sollozaba, la estrechó en sus brazos y se la llevó lejos.

—Hermanos, hermanas: se hará justicia —dijo el soldado a la multitud—. Por favor, tenemos que llevarlo a Hanói.

Miré al piloto cuando pasó por mi lado. No había dicho nada cuando le había dado la piedra; se había limitado a inclinar más la cabeza. No estoy segura, pero me pareció ver que le caían lágrimas por el rostro y se mezclaban con la sangre. La multitud lo siguió, gritando y aullando, y me estremecí, preguntándome qué les pasaría a mis padres si se encontraban frente a frente con el enemigo.

Para ahuyentar el miedo me sumergía en el libro y este, además, me acercaba a mis padres. Olía el aroma de los bosques de manglares, percibía la brisa procedente de los ríos llenos de peces y tortugas. Al parecer, en el sur abundaba la comida. El alimento ayudaría a mis padres a sobrevivir si conseguían llegar a su destino. Pero me preguntaba si el sur seguiría siendo tan fértil a pesar de la presencia estadounidense. Parecían destrozarlo todo a su paso.

Cuando me acercaba a las últimas páginas, contuve el aliento. Quería que An encontrara a sus padres pero, en lugar de ello, se sumó a la guerrilla del Viet Minh para luchar contra los franceses. Le dije que no lo hiciera, pero el chico subió de un salto a un sampán, se alejó remando y desapareció en el espacio en blanco que se extendía tras la última palabra de la novela.

—An debería haberse esforzado más en encontrar a sus padres —dije a la abuela, apartando el libro.

—Bueno, durante la guerra la gente se vuelve patriota, está dispuesta a sacrificar su vida y a su familia por la causa común —dijo, levantando la mirada de mi camisa rota, que estaba zurciendo.

—Hablas como mis profesores. —Recordé las múltiples lecciones que había recibido sobre los niños que se comportaban como héroes por morir llevando bombas contra los soldados franceses o estadounidenses.

—¿Quieres saber lo que pienso? —preguntó la abuela inclinándose hacia mí—. No soy partidaria de la violencia. Nadie tiene derecho a arrebatar la vida a otro ser humano.

Hacia mediados de diciembre, circuló el rumor de que ya era seguro volver a casa; que el presidente de Estados Unidos, Nixon, haría una tregua para disfrutar las Navidades. La gente salió de sus escondrijos y se congregó en los caminos para regresar a la capital. Los que podían permitírselo alquilaban un búfalo, un carro tirado por vacas o una plaza en un camión. Quienes no tenían dinero recorrían todo el camino andando.

No nos fuimos con ellos. La abuela pidió a sus alumnos y a sus familias que no se movieran. Debió de decírselo Buda. El 18 de diciembre de 1972 vimos desde el interior de la cueva de la montaña cómo nuestra ciudad se convertía en una bola de fuego.

A diferencia de los ataques anteriores, los bombardeos no cesaron. Siguieron durante todo el día y la noche siguientes. Al tercer día, la abuela y otros adultos se aventuraron a salir para coger agua y comida. La abuela tardó mucho en volver y regresó con el señor y la señora Tùng. Mientras la señora Tùng gemía porque le dolían las rodillas, el señor Tùng nos contó que los americanos estadounidenses estaban utilizando contra Hanói su arma más poderosa: los bombarderos B-52.

—Dicen que quieren bombardearnos hasta hacernos volver a la edad de piedra —nos dijo, apretando los dientes—. No vamos a permitírselo.

Hanói ardió y las bombas cayeron durante doce días y doce noches. Cuando por fin terminaron los bombardeos, el silencio era tan completo que se oía el zumbido de las abejas en las ramas de los árboles. Y como las laboriosas abejas, la abuela volvió a su clase y los campesinos regresaron a sus campos.

Una semana más tarde llegó un grupo de soldados. Uno de ellos, plantado en los escalones de lo que quedaba del templo, sonreía de oreja a oreja.

—Hemos derrotado a los malvados bombarderos —anunció, agitando el puño en alto—. Nuestras defensas han abatido ochenta y un aviones enemigos, treinta y cuatro de ellos eran B-52.

A mi alrededor se oyeron gritos de alegría. Ya era seguro volver a casa. La gente se abrazaba, llorando y riendo.

—No olvidaré nunca su generosidad —dijo la abuela a nuestros anfitriones—. Mộtmiếng khi đóibằngmột gói khi no: ‘un bocado en la pobreza es como un plato en la riqueza’.

—Lá lành đùm lá rách —contestó la señora Tùng: ‘las hojas intactas protegen a las que se han roto’—. Serán bienvenidas siempre que deseen regresar —dijo, estrechando la mano de la abuela.

Sonreí; me encantaban las conversaciones con proverbios. La abuela me había dicho que los proverbios eran la esencia de la sabiduría de nuestros antepasados; se habían trasmitido oralmente de generación en generación incluso antes de que existiera la lengua escrita.

Con el corazón lleno de esperanza, caminamos durante muchas horas de regreso a Hanói.

Esperaba encontrarme con la victoria, pero mirara donde mirara solo veía destrucción. Gran parte de mi hermosa ciudad había quedado reducida a escombros. Las bombas habían caído en Khâm Thiên —mi calle— y en el cercano hospital Bạch Mai, donde había trabajado mi madre, y habían matado a mucha gente. Más tarde volvería a clase y me encontraría con la ausencia de mis quince amigos.

¡Y nuestra casa! Había desaparecido. Nuestro árbol, el bàng, yacía sobre los escombros. La abuela cayó de rodillas. Del fondo de su cuerpo salieron unos gemidos que atravesaron el hedor de los cadáveres en descomposición y formaron un mar de pena.

Lloré con ella mientras apartábamos los ladrillos rotos y los fragmentos de hormigón. Nos sangraban los dedos buscando algo que mereciera la pena salvar. Encontramos varios de mis libros, dos de los libros de texto de la abuela y algo de arroz desperdigado. La abuela recogió todos los granos como si fueran piedras preciosas. Aquella noche, en el patio de mi colegio, nos acurrucamos para protegernos del viento con gente que también había perdido su hogar y compartimos el arroz mezclado con tierra y manchado de sangre.

Al ver entonces a la abuela, nadie podía imaginar que en otros tiempos hubiera sido considerada cành vàng lá ngọc: ‘una hoja de jade en una rama de oro’.

Tres meses antes, cuando mi madre se preparaba para ir al frente, me contó que la abuela había nacido en una de las familias más ricas de la provincia de Nghệ An.

—Ha sufrido muchas penalidades y es la mujer más dura que conozco. No te separes de ella y no te pasará nada —dijo mi madre mientras preparaba sus cosas y las metía en una mochila verde. Mi madre era médica y se había presentado voluntaria para ir al sur y así buscar a mi padre, que se había adentrado en la selva con sus tropas y del que hacía cuatro años que no teníamos noticias—. Lo encontraré y te lo traeré de vuelta —dijo, y me lo creí, porque siempre conseguía lo que se proponía. Y aunque la abuela insistió en que era una empresa imposible e intentó detener a mi madre, no hubo manera.

Cuando mi madre se marchó, el cielo se despidió de ella llorando grandes gotas de lluvia. Mi madre asomó la cabeza del camión que se la llevaba y gritó:

—¡Hương ơi, mẹ yêu con!

Era la primera vez que me decía que me quería y temí que fuera la última. La lluvia nos azotó y se la tragó con su terrible boca.

Aquella noche, y durante muchas noches a partir de aquel momento, para enjugar mis lágrimas la abuela me abrió la puerta de su infancia. Sus historias me arrancaban de donde estaba y me depositaban en lo alto de la colina de Nghệ An, donde podía llenarme los pulmones con la fragancia de los campos de arroz, sumergir los ojos en el río Lam y convertirme en un punto verde en la sierra de Trương Son. En sus historias saboreaba el dulzor de las bayas de sim, sentía a los saltamontes en la mano y dormía en una hamaca bajo un cielo de estrellas titilantes.

Me quedé de piedra cuando la abuela me contó que su vida había estado maldita por la predicción de un adivino y cómo había sobrevivido a la ocupación francesa, la invasión japonesa, la gran hambruna y la reforma agraria.

Durante el transcurso de la guerra, las historias de la abuela nos mantuvieron vivas a mí y a mis esperanzas. Me di cuenta de que el mundo era injusto y que tenía que devolver a la abuela a su pueblo para buscar justicia, incluso venganza.

El adivino

Provincia de Nghệ An, 1930-1942

Guayaba, ¿te acuerdas de cuando paseábamos por el barrio antiguo de Hanói? Muchas veces nos deteníamos delante de una casa situada en Hàng Gai. No conocía a nadie que viviera en la calle de la Seda, pero nos deteníamos delante de la casa y atisbábamos por el portón del jardín. ¿Te acuerdas de lo bonito que era todo? Las puertas de madera tenían tallas exquisitas de flores y pájaros, los postigos lacados brillaban bajo el sol y los dragones de cerámica se erguían en las esquinas curvas del tejado. La casa era una năm gian tradicional con cinco secciones de madera, ¿la recuerdas? Y delante de la casa había un patio pavimentado con ladrillos rojos.

Ahora puedo contarte por qué me detenía delante de aquella casa: era igual que la de mi infancia en Nghệ An. Mientras estaba ahí plantada, contigo, casi podía oír la feliz cháchara de mis padres, mi hermano Công y la tía Tú.

Ah, me preguntas por qué nunca te conté que tenía un hermano y una tía. Ya te hablaré de ellos enseguida, pero ¿no quieres visitar primero el hogar de mi infancia?

Para ir allí tendremos que viajar trescientos kilómetros desde Hanói. Iremos por la carretera nacional, dejaremos atrás las provincias de Nam Định, Ninh Bình y Thanh Hóa. Después giraremos a la izquierda en una pagoda llamada Phú Định y cruzaremos varios pueblos antes de llegar a Vĩnh Phúc, una población situada en el norte de Vietnam. El nombre de este pueblo es especial, Guayaba, ya que significa ‘bendito para siempre’.

En Vĩnh Phúc cualquiera te guiará con sumo gusto hasta el portón del jardín de la casa familiar, la casa de los Trần. Pasearán contigo por la calle principal del pueblo, pasaréis junto a una pagoda con los extremos del tejado curvos como los dedos de una espléndida bailarina, junto a los estanques donde los niños y los búfalos se bañan y salpican. Durante el verano te quedarás boquiabierta al ver las nubes de flores de color púrpura de unos árboles llamados xoan, así como las flores rojas de gạo que flotan por el aire como barcos en llamas. Durante la temporada de la cosecha del arroz, el camino de la aldea extenderá su alfombra de paja dorada para darte la bienvenida.

En el centro del pueblo llegarás ante una gran finca rodeada de un huerto lleno de árboles frutales. Si miras a través del portón, divisarás una casa parecida a la que veíamos en la calle de la Seda, solo que más encantadora y mucho más grande. La gente que te lleve allí te preguntará si estás relacionada con la familia Trần. Si les cuentas la verdad, Guayaba, se asombrarán. Los miembros de la familia Trần han fallecido, los han asesinado o han desaparecido. Te informarán de que siete familias ocupan ese edificio desde 1955, pero ninguna de ellas es pariente nuestra.

Querida nieta, no te sorprendas tanto. ¿Entiendes por qué he decidido contarte la historia de nuestra familia? Si nuestra historia perdura, no moriremos, aunque nuestros cuerpos ya no estén aquí, en esta tierra.

En la casa de la familia Trần nací, me casé y di a luz a tu madre, Ngọc, a tus tíos Đạt, Thuận y Sáng y a tu tía Hạnh. No lo sabías, pero tengo otro hijo, Minh. Fue mi primogénito y lo quiero mucho, mucho. Pero no sé si está vivo o muerto. Me lo arrebataron hace diecisiete años y no lo he visto desde entonces.

Ya te explicaré más adelante lo que le pasó, pero primero deja que te lleve a un día de mayo de 1930, cuando yo tenía diez años.

Me despertó un ruido sordo en plena noche, rítmico y hueco.

—¿Quién hace tanto ruido a estas horas? —protesté. Me acosté del otro lado y me encontré con que la señora Tú, el ama de llaves, roncaba a mi lado. Su nombre significa ‘belleza refinada’, pero, si la hubieras conocido, de entrada daba miedo. Una profunda cicatriz zigzagueaba desde su boca hasta el ojo izquierdo. En la mejilla derecha la carne se había fundido en una masa de arrugas. Pero la señora Tú no había nacido así. Años atrás, antes de que yo saliera del vientre de mi madre, un incendio había devorado la mayor parte del pueblo de Vĩnh Phúc, reducido a cenizas la casa de la señora Tú, matado a su marido y a sus dos hijos y estado a punto de acabar con ella. Mi madre la llevó a nuestra casa y la curó hasta que se recuperó. Cuando la señora Tú recobró la salud decidió quedarse y trabajar para nosotros. Con el paso de los años se convirtió en parte de la familia.

Años después, la señora Tú arriesgó la vida para salvar la mía y la de tu madre.

En todo caso, aquella madrugada la presencia de nuestra ama de llaves me calmó. Le agradecía que hubiera dejado su habitación las últimas noches para hacerme compañía.

—Despierte, tía Tú, ¿qué es ese ruido? —susurré, pero ella continuó roncando.

Los golpes se hicieron más imperiosos. Bostecé y me levanté. Tanteando en la oscuridad, encontré los zuecos de madera. Salí de mi habitación y avancé repiqueteando por el largo pasillo que rodeaba la gran sala que almacenaba las cosechas de nuestros campos. Iba tanteando con las manos. A pesar de que iba con cuidado, me di en la cabeza con el đàn nhị y me sobresalté con el sonido grave de las dos cuerdas. Maldije a mi hermano por colgar el instrumento musical tan bajo, como si los horribles lamentos que arrancaba de esas cuerdas no fueran suficiente. Crucé la sala de estar, donde una lámpara de queroseno lucía sobre una mesa y esparcía la luz en un sofá lacado con incrustaciones de nácar. Una plataforma de madera se alzaba sobre cuatro patas gruesas: el phản, un diván donde mi padre se sentaba a menudo y recibía a sus invitados. Del suelo de ladrillo al techo se elevaban los pilares macizos de madera preciosa de lim. En lo alto, otra lámpara de queroseno me miraba desde el altar familiar. En la pared, dos paneles lacados lucían exquisitos poemas en nôm, la antigua escritura vietnamita.

Siguiendo la dirección del ruido, salí al patio delantero. Allí, bañado por la luz de la luna, mi padre alzaba una gran maza de madera sobre un mortero de piedra. Su rostro cuadrado y sus brazos musculosos brillaban de sudor. Estaba triturando arroz, pero ¿por qué no había pedido a sus empleados que lo ayudaran?

No lejos de él, mi madre, sentada en un taburete, sostenía un cedazo de bambú y aventaba el arroz triturado. Movía las manos de un lado a otro para desprender las cáscaras. Sus movimientos eran tan elegantes que, si no fuera por las cascarillas de arroz que revoloteaban, se diría que estaba bailando.

Recordé entonces una tradición familiar: mis padres siempre preparaban ellos mismos la primera ración del arroz recién cosechado y se la ofrecían a nuestros antepasados. Habían empezado a segar nuestros campos el día anterior y habían apilado el fruto de su trabajo al pie del longan.

—Mamá. Papá. —Salté los cinco escalones del porche delantero en dirección al patio enladrillado.

—¿Te hemos despertado, Diệu Lan? —Mi padre extendió el brazo en busca de una toalla y se la pasó por la cara. Un coro de cantos de insectos se elevaba en el huerto situado a su espalda. Un sonido apagado de vacas y búfalos de agua resonaba en los establos, pero las gallinas guardaban silencio dentro de las jaulas de bambú.

—Vuelve a la cama, Gatita. —A diferencia de mi padre, mi madre era supersticiosa y me llamaba por un apodo para protegerme de los malos espíritus.

—Ya está, estoy listo. —Mi padre echó el contenido del mortero en una cesta de bambú. El aroma del arroz me llenó los pulmones mientras lo ayudaba.

Llevé la cesta a mi madre, que estaba inspeccionando las blancas semillas del cedazo de bambú antes de verterlas en una urna de cerámica.

—¿Qué tal es el maestro Thịnh, Diệu Lan? —La voz de mi padre se elevó por encima del rítmico golpeteo. Había estado tan ocupado que no habíamos tenido mucho tiempo para hablar.

—Es estupendo, papá. —El maestro Thịnh era el profesor que mis padres habían contratado para instruirnos a mi hermano Công y a mí. La única escuela de todo el distrito estaba demasiado lejos y era exclusivamente masculina, así que Công y yo habíamos estudiado siempre en casa con un tutor. Mi padre había ido hacía poco a Hanói y había traído a su vuelta al maestro Thịnh, que había aparecido en nuestra puerta en una carreta tirada por búfalos y cargada de libros. Si bien a la mayoría de las chicas de mi pueblo solo se les enseñaba a cocinar, limpiar, obedecer y trabajar en los campos, yo aprendí a leer y escribir con un profesor que había viajado lejos, incluso a Francia. Estaba empezando a disfrutar de las aventuras de sus libros. El maestro Thịnh vivía con nosotros, en el ala oeste de la casa.

—Me alegro de que os enseñe francés a ti y a Công —dijo mi padre.

—Pues no veo por qué deberían aprenderlo —contestó mi madre, y yo no pude estar más de acuerdo. Los franceses habían ocupado nuestro país y había visto a soldados franceses golpeando a los campesinos en el camino de nuestro pueblo. En alguna ocasión habían entrado en casa buscando armas. En nuestra provincia, los campesinos y los trabajadores habían organizado manifestaciones en contra de ellos. Mis padres no se habían involucrado porque temían la violencia y creían que los franceses, al final, nos devolverían el país sin derramar sangre.

Mi padre dejó de dar golpes y bajó la voz.

—Sabes que odio a esos extranjeros. Llevan aquí más de sesenta años, demasiado tiempo, robándonos con sus leyes e impuestos, matando a inocentes. Pero solo podremos echarlos si entendemos cómo piensan.

—¿Eso es lo que hace el emperador Bảo Đại? ¿Estudia en Francia para liberarnos? —preguntó mi madre, sosteniendo el cedazo mientras yo le echaba arroz molido.

—Pues la gente dice que los franceses lo están convirtiendo en su títere —contestó mi padre, volviendo a darle al mazo—. Para ellos sería ideal someternos mediante nuestro propio emperador.

Terminamos el trabajo. Un gallo agitó las alas en el huerto cercano y lanzó su canto por todo lo alto. Otros lo siguieron, cantando a coro al sol para que despertara.

En la pagoda del pueblo sonaron los tambores para anunciar que el quinto intervalo de tiempo había terminado, eran las cinco de la mañana.

La señora Tú bajó corriendo al patio y me cogió en brazos.

—¿Por qué no estás en la cama, Gatita?

—Hoy me toca hacer de campesina, tía.

Olfateé el dulce olor de las nueces de areca y hojas de betel que emanaba de su ropa.

Sonrió y se volvió hacia mi madre.

—Lo siento, hermana, me he quedado dormida.

—No importa, hermana. Anoche trabajaste hasta muy tarde.

Tras recibir la urna de mi madre, que rebosaba de arroz blanco, la señora Tú se apresuró a cruzar el patio en dirección a la cocina.

Un brillo rosado atravesó el horizonte del oriente. Los pájaros cantaban en las ramas de los árboles. Los primeros rayos de sol brillaron sobre las cáscaras que tenía a los pies. Con la escoba en la mano, barrí la luz del sol para formar un montón.

Mi madre llevó una bandeja a mi padre, que estaba sentado en los escalones del porche. Sirvió té verde humeante en unas tazas de jade.

—Buenos días.

Alcé la vista y vi al maestro Thịnh saliendo de la casa; sus ojos sonreían bajo unas pobladas cejas.

—Oh, cuánto me gusta levantarme temprano y sentir este aire fresco —dijo, inspirando profundamente. Faltaba un rato para la clase, pero se había puesto ya el turbante, la túnica negra y los pantalones blancos.

Mi padre se echó a reír.

—Por favor, tome el té con nosotros.

En cuclillas, entre mis padres, tomé un sorbo del té de mi padre. Sentí el sabor amargo en la lengua; sin embargo, un dulzor fragante me impregnó la garganta.

—Maestro Thịnh, me preguntaba sobre Hanói. Tiene que ser un lugar fascinante —dijo mi madre tendiéndole una taza. Como la mayoría de los habitantes del pueblo, no había estado nunca en la capital.

—¿Hanói? Oh, sí, es un lugar extraordinario. Y muy antiguo. Tiene casi mil años. —Los ojos del maestro Thịnh adquirieron una expresión soñadora—. Mi familia vive en el barrio antiguo. Allí las callejuelas serpentean formando un laberinto de casas torcidas. Pero solo se puede decir que uno conoce el barrio antiguo si recuerda el nombre de las treinta y seis calles principales. Cada una tiene una actividad propia: la de la seda, la de la plata, la del latón, la de los zapatos, la del bambú, la del carbón, la del cobre, la de la sal, la de los ataúdes, la del algodón, la de la medicina tradicional…

Abrí los ojos mientras mi maestro hacía un recuento de todas las calles.

El maestro Thịnh dijo que su familia tenía una casa en la calle de la Plata. Su padre era platero y habría querido que él siguiera con la tradición familiar.

—Pero la agitada vida de la ciudad no se ha hecho para mí. He tenido la suerte de que mi hermano pequeño, Vượng, esté dispuesto a asumir esa tarea y yo pueda disfrutar de esta maravillosa vida campestre al tiempo que doy clase a unos niños encantadores —dijo, dirigiéndome una sonrisa.

Me pareció inteligente por parte de los padres del maestro Thịnh que hubieran llamado a sus hijos Thịnh y Vượng, palabras que, juntas, significan ‘prosperidad’. Cuando el maestro Thịnh hablaba de Hanói y de su familia, trataba de retener cada una de sus palabras. No tenía ni idea de que aquello contribuiría a salvarme la vida veinticinco años más tarde.

—Buenos días.

Me di la vuelta. Mi hermano estaba de pie en la puerta, bostezando y desperezándose como un gato. Dos años mayor que yo, Công era alto y bien formado. Tenía la piel de color dorado porque pasaba los días jugando al aire libre montando en búfalos y cazando grillos.

—¿Te levantas temprano? —preguntó el maestro Thịnh, sorbiendo té.

—Sí, maestro. Tengo que estudiar cuando el cerebro está despejado.

—Có công mài sắt có ngày nên kim —dijo mi maestro, sonriendo. Había oído incontables veces aquel proverbio: ‘la perseverancia convierte el hierro en agujas’. Al oírlo de nuevo, la felicidad que sentía se desvaneció. Cuando se trataba de estudiar, Công trabajaba mucho más que yo y estaba convencida de que era mucho más listo. Era capaz de recordar los complicados caracteres antiguos vietnamitas, los chinos y los franceses. Además de eso, no necesitaba un ábaco para la aritmética.

Como si vinieran a rescatarme, un grupo de nueve hombres apareció en el portón. Iban vestidos con camisas marrones y pantalones negros y tenían hoces en la mano. Llevaban la cabeza cubierta con un nón lá, el sombrero cónico de bambú y hojas de palma. Hacía años que trabajaban para mis padres.

—Por favor, tomad el té con nosotros —dijo mi padre.

Công y yo corrimos a la casa para buscar más tazas.

Después, mi hermano y yo nos enrollamos el bajo de los pantalones y nos dedicamos a nuestras tareas. En la granja, que mi padre había heredado de los suyos, Công alimentaba a los cerdos y yo a las gallinas. Mis padres nos habían enseñado que la mayor alegría del campesino era ensuciarse las manos con las plantas y los animales.

Jugué con los polluelos hasta que me llamó mi madre. Llevaba una bandeja llena de comida desde el altar de nuestra familia hasta el porche e iba seguida de la señora Tú con otra bandeja.

Rodeada de mi familia, saboreé el dulzor del arroz recién cosechado. Mi maestro y los nueve hombres asentían con la cabeza, elogiando los platos de la señora Tú y de mi madre.

Después del desayuno, mi padre se fue con algunos trabajadores a los campos y mi madre se quedó trabajando con los demás en el patio. Me dijo que volviera a la cama, pero me senté ante el escritorio y abrí los libros. En el estudio, el maestro Thịnh daba clase a Công. A mí me tocaba por la tarde y quería que mi maestro dijera que yo era más inteligente que mi hermano.

Una ráfaga de aire fresco entró por la ventana. En el exterior, la luz del sol vertía oro y plata en las hojas, que se mecían al viento. A través de la valla de hibiscos en flor que bordeaba la casa y el camino del pueblo, vi a un viejo que caminaba encorvado.

Arrastraba los pies y se ayudaba con un bastón. Su túnica blanca revoloteaba como las alas de una mariposa. Una diadema negra coronaba su cabello plateado. Reconocí al señor Túc, el famoso adivino de mi pueblo.

Como todos mis amigos, temía y admiraba al anciano. Con frecuencia me detenía a curiosear delante de su casa y contemplaba el gran número de personas que viajaban desde lugares lejanos para conocer sus predicciones. Algunas salían de su casa radiantes de felicidad; otras, rebosantes de lágrimas. Aunque mucha gente adoraba al señor Túc, nadie sabía exactamente de dónde procedía su magia de adivinación. Algunos contaban que, cuando tenía siete años, fue a nadar al estanque del pueblo y allí el verdoso Thủy Quái, el Diablo del Agua, lo agarró por las piernas y lo arrastró hasta el barro de las profundidades e intentó ahogarlo. Ninguno de sus amigos advirtió su desaparición hasta que, de golpe, se alzó una columna de agua y salió disparado un niño agitando los puños y las piernas. Todos miraron asombrados mientras Túc caía de nuevo al agua y nadaba tranquilamente hasta la orilla. Cuando el chico llegó a su casa, mucha gente se precipitó hacia él para preguntarle cómo había sido la pelea con el Diablo del Agua. Más tarde volvieron a visitarlo una y otra vez por su magia adivinatoria.

¿Qué estaba haciendo allí a aquella hora del día? ¿Por qué había abandonado a sus clientes?

Trepé por el marco de la ventana y salté con cuidado al huerto. Unos cuantos saltamontes se alejaron de un salto y su piel áspera me rozó las pantorrillas. Agachada, vi que el señor Túc se detenía delante del portón.

—Chào ông Túc —exclamó mi madre, encantada, saliendo a su encuentro.

—Chào bà. ¡Qué ocupados están ustedes! ¿Es buena la cosecha?

—No está mal, señor Túc. Por lo menos, nuestro arroz no se ha estropeado por las tormentas, como el año pasado. —Mi madre dejó la cesta que llevaba y ayudó al anciano adivino a cruzar el bullicioso patio.

Decidida a conocer el motivo de la visita del adivino, me colé en la sala de estar y me senté en el phản de madera, detrás del viejo. Mi madre sirvió té y le ofreció una taza humeante.

—Gracias por venir, señor Túc. El negocio está creciendo y necesitamos construir un almacén más grande. Quizá delante de la casa. —Mi madre se sirvió una taza—. ¿Le parece un lugar auspicioso?

En ese momento, algo se deslizó delante de mí.

—¡Ahhh! —grité, saltando delante del phản.

—¿Qué es eso? —El viejo se estremeció.

—Una rata enorme. —El animal se había desvanecido, pero me arrojé en los brazos de mi madre.

Se echó a reír.

—La cosecha las altera, Gatita. Pronto volverán a sus madrigueras.

El adivino se enderezó de repente.

—¿Quién es esta niña, señora Trần? —Me miró de arriba abajo.

—Es Diệu Lan, mi hija.

Crucé los brazos sobre el pecho e hice una reverencia para saludar respetuosamente al anciano.

—Ven aquí, niña —dijo el anciano, frunciendo el ceño—. Hay algo en ti que me resulta muy… muy curioso. Siéntate aquí, eso es. Enséñame la palma de las manos. Ábrelas bien y estate quieta.

Hice lo que me decía, expectante. Seguro que mis amigas se pondrían muy celosas cuando les contara que el señor Túc se había ofrecido a leerme el futuro.

El viejo se reclinó en el sillón de madera con los reposabrazos tallados con cabezas de dragón. Entrecerró los ojos para escudriñar las líneas y señales de mis palmas. De repente, abrió los ojos, como si estuviera sobresaltado.

—Así pues, señor Túc, ¿qué dicen sus palmas? —Mi madre cogió un abanico y nos envió una suave brisa.

—Deme un minuto más. —El señor Túc se acercó mis manos a los ojos. Miró las líneas y las tocó con el índice. Me hacía cosquillas. Me habría reído si él no hubiera estado tan serio.

Mi madre sirvió más té.

—¿Y bien? —preguntó cuando el anciano levantó la vista.

—Señora Trần, no creo que quiera saberlo.

—¿Por qué no, señor? —La mano de mi madre y la tetera se detuvieron en el aire.

—Tal vez sea mejor que no lo sepa.

—En ese caso, tengo mucha curiosidad. —Mi madre se inclinó sobre la mesa con la frente arrugada de la preocupación.

El viejo estudió mi cara y su mirada hizo que los escalofríos me recorrieran la columna vertebral.

—Si lo quiere saber… Señora Trần, su hija tendrá una vida muy dura. Seguirá siendo rica durante un tiempo, pero lo perderá todo y será una mendiga errante en una ciudad lejana.

La tetera se deslizó de las manos de mi madre y el té humeante se derramó por el suelo.

—¡Yo! —exclamé, acercándome a mi madre.

Mi madre se apartó de la tetera rota y me cogió en brazos.

—¿Está seguro, señor Túc?

—Eso dicen sus palmas, señora Trần. Lo siento.

Mi madre me sujetó con fuerza por los hombros.

Mi madre no volvió a ver al señor Túc y me prohibió que me acercara a su casa. Su predicción la aterrorizó tanto que me llevó en secreto a innumerables templos y pagodas para rogar que me bendijeran. Mientras la veía quemar montones de dinero para fantasmas intangibles y ofrecer lechones asados a los demonios invisibles, fui cogiéndole manía al anciano.

Dos años después, cuando cumplí doce años, el señor Túc murió de viejo. Su funeral fue uno de los más grandes que nuestro pueblo ha presenciado. Vino gente de innumerables regiones a presentar sus respetos. No paraban de comentar lo acertadas que habían sido siempre sus predicciones.

Con todo, no podía entender cómo podía tener razón sobre mi futuro. ¿Cómo podría llegar a ser una mendiga? Mi familia era, con diferencia, la más rica del pueblo. Teníamos los establos llenos de animales, nuestros campos estaban cubiertos de arroz y verduras. Con el carro tirado por búfalos, mi padre había empezado a transportar nuestros productos a Hanói, donde los vendía a restaurantes selectos y obtenía grandes beneficios. Por la noche, cuando oía el repiqueteo del ábaco de mi madre, me daba cuenta de que teníamos mucho dinero. Aunque estábamos obligados a pagar todo tipo de impuestos a los franceses y al emperador, mis padres trabajaban mucho.

Al final, la predicción del señor Túc se desvaneció como una gota de tinta negra en un estanque y me convertí en una chica despreocupada. Con mis amigos, corría por los campos, perseguía saltamontes y langostas, exploraba los arroyos, arrozales y jardines, trepaba por los árboles y atisbaba los nidos de los pájaros para espiar la eclosión de los huevos. Con mi familia, me apretujaba en la carreta de mi padre tirada por búfalos de camino a los coloridos mercados de fin de semana o al bosque de Nam Đàn, donde Công y yo corríamos rodeados de verdor. Oh, Guayaba, si cierro los ojos y aspiro profundamente, todavía puedo saborear el dulzor de las bayas de sim de color morado, la riqueza de las guayabas amarillas de montaña, el agrio bocado del fruto del bambú silvestre.

Algunas veces, mi padre nos llevaba aún más lejos para que pudiéramos ver las alfombras de seda de los campos de arroz salpicados por el aleteo de las cigüeñas, el río Lam brillando al sol y las montañas de Trường Sơn, que parecen dragones a punto de echar a volar. Te diré que mi infancia era al mismo tiempo como cualquier otra y totalmente distinta.

Estudié mucho bajo la tutela del maestro Thịnh, que pasó cinco años con nosotros y se convirtió en el mejor amigo de mi padre. Noche tras noche, los dos hombres se sentaban en la terraza, tomaban té y escribían poemas. Mi padre se había aficionado a nuestra poesía tradicional, llamada ca dao, por las nanas de su madre. Como para muchos otros campesinos, para mi padre el arte de componer poemas era tan natural como arar un campo.

Entretanto, todas mis amigas se iban casando con los hombres que elegían sus padres. A los trece años, mi mejor amiga, Hồng, tuvo que casarse con un hombre que le doblaba la edad. Su esposa había muerto y necesitaba a alguien que trabajara en su campo. Esa era la consideración que merecíamos la mayoría de las mujeres en aquellos tiempos, Guayaba.

Mi madre quería que las cosas fueran diferentes para mí. Ella y mi padre me animaban a ser independiente y a decir lo que pensaba.

Incluso estuvieron de acuerdo cuando me negué a teñirme los dientes. ¿Sabías que en esa época los dientes negros se consideraban esenciales para las mujeres? No estaba bien visto que tuvieran los dientes blancos. Pero a mí me horrorizaba el dolor que mis amigas habían tenido que soportar cuando les trataban los dientes con zumo de lima y se los lacaban con colorante negro. Los libros del maestro Thịnh me habían dado otras ideas sobre la belleza.

Era costumbre que el hijo mayor heredara el negocio familiar, pero mi hermano Công no quería excluirme. Los ancianos del pueblo decían que si los franceses no hubieran abolido los exámenes para acceder a la corte, Công los habría pasado, se habría convertido en mandarín de la corte imperial y habría traído honores a nuestro pueblo. Pero Công siempre negaba con la cabeza cuando decían esas cosas. Quería nuestros campos y se estaba enamorando de Trinh, la hija del jefe del pueblo. Se casaron cuando cumplí dieciséis años y Trinh se convirtió en la hermana mayor que siempre quise tener.

En mi pueblo había un representante de los franceses encargado de recaudar sus impuestos. Su apodo era el Fantasma Malvado; tenía la cara carnosa, los ojillos pequeños y la cabeza calva y brillante. Todos temíamos verlos, a él y a su látigo, hecho con las enredaderas más fuertes del bosque. El Fantasma Malvado azotaba a quienes no podían pagar a tiempo, tomaba sus pertenencias en lugar del dinero que adeudaban y, además, pegaba a su mujer. Yo siempre lo evitaba y no me atreví nunca a mirarlo directamente. Poco sabía yo entonces que tendría que enfrentarme a él algún día.

A los diecisiete años, conocí a un joven llamado Hùng. Hacía ya años que mis padres trataban a su familia. Después de terminar los estudios en Hanói, Hùng regresó a nuestro pueblo y empezó a dar clases en la nueva escuela del distrito.

Hasta el día en que conocí a Hùng, no me gustaban los chicos. Bueno, me gustaba meterme con ellos de la misma manera que disfrutaba pinchando a mi hermano. Así que podrás imaginar cómo reaccionó Hùng cuando visitó mi casa por primera vez. Discutimos.

Sí, así fue. Discutimos.

—¿No crees que deberíamos echar a los franceses de inmediato? —me soltó Hùng—. Hay que poner fin a las atrocidades que están cometiendo contra nuestro pueblo.

—¿Pero no te has enterado? —contesté—. Han prometido devolvernos nuestro país. Si esperamos unos años más, recuperaremos nuestra patria sin derramar sangre.

—Ah, confías demasiado en esos extranjeros. Nos calman con sus palabras, unas palabras que no tardarán en esfumarse.

Hùng me explicó que los franceses querían mantener Vietnam como un país atrasado, incivilizado y empobrecido, que extraían nuestros recursos naturales y se los llevaban a su país, que nos daban opio para embotarnos el pensamiento. Nunca nos dejarían libres.

Mientras hablábamos, mi estupor iba en aumento. Los hombres que había conocido fuera del ámbito familiar no se molestaban en escuchar las opiniones de las mujeres, nos consideraban indignas de conversación y decían Đàn bà đái không qua ngọn cỏ: ‘las mujeres no pueden orinar por encima de las briznas de hierba’. Así que, cuando Hùng me miró a los ojos y me dijo que no estaba de acuerdo conmigo, me gustó. Me di cuenta de lo diferente y lo guapo que era. Sus ojos irradiaban entusiasmo, sus labios se curvaban en una media sonrisa en forma de luna.

Entonces me enamoré de tu abuelo. Veo su amor cada día cuando te miro a ti, Guayaba. Tienes sus ojos, su nariz, su sonrisa. A veces, cuando te hablo, siento que estoy hablando con él.

Nos casamos ese año, el año del búfalo, 1937. A petición de mis padres, Hùng no siguió la tradición y se mudó a nuestra casa. Nuestro hijo mayor, tu tío Minh, nació en 1938, seguido de tu madre, Ngọc, dos años más tarde; luego vino tu tío Đạt, en 1941.

Ahora, mirando atrás, veo que esos fueron los años más felices de mi vida. Tenía la sensación de que la felicidad se me había metido bajo la piel y nadie podía quitármela.

De repente, un día de invierno, en 1942, mi vida cambió.

Recuerdo ese día con total nitidez desde el momento en que me incliné sobre mis hijos con la lámpara que iluminaba sus rostros en la mano.

Minh, de cuatro años entonces, tenía el brazo sobre Đạt, que acababa de cumplir uno. Habían apartado la gruesa manta a patadas.

En el extremo opuesto de la gran cama de mi infancia, Ngọc murmuraba en sueños. Guayaba, ya sabes lo hermosa que es tu madre ahora, pero no sabes lo bonita que era de bebé: tenía la piel lechosa, largas pestañas, los labios rosados. Envuelta en una colcha de seda parecía un hada envuelta en un capullo.

—Voy a echaros de menos, hijitos —susurré. Faltaban pocas horas para que saliera de camino hacia Hanói. Estaría fuera doce largos días. Quería cogerlos, tenerlos cerca. Pero los arropé bien con la manta y salí de su cuarto mientras la lluvia invernal caía sobre nuestro techo.

El parpadeo de la lámpara me guio a mi habitación, que antes había sido el viejo almacén.