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Situada en el desierto de Merjabad, la milenaria ciudad de Daarleh es famosa por sus seis murallas concéntricas y por los cinco anillos que se forman entre ellas. Cada uno acoge a un estrato social, repartiendo a la población según su función y permitiendo al Hayiz gobernar sobre todos desde su palacio de marfil en el centro. Nahid, capitán de la decimosexta compañía, ha dedicado su vida a cumplir órdenes con devoción, sin cuestionar lo que la corte exigía de él o de sus hombres. Un día se presenta en Isten, una aldea del segundo anillo, para completar la iniciación de su sobrino: el joven deberá enfrentarse a un prisionero en combate singular; si gana, será soldado; si pierde, la ciudad no desperdiciará comida en él. El resultado del duelo queda eclipsado por el hallazgo de un cadáver durante el camino de vuelta. Desde entonces, la vida de Nahid toma un rumbo inesperado. Manipulado por los cortesanos, encadenará riesgos y deberá elegir entre hacer lo mejor para su ciudad o seguir a la mujer que ama. Tras las blancas murallas de Daarleh se libra una batalla que ninguna espada puede ganar. Solo el valor, la lealtad y el amor guiarán a Nahid en un mundo dominado por las ambiciones.
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Seitenzahl: 471
Veröffentlichungsjahr: 2025
© 2022–2025, Pablo Diez Muñoz
Primera edición: febrero de 2022 Segunda edición: septiembre de 2025
Imágenes de cubierta: Shutterstock Diseño de portada: Pablo Diez Muñoz Depósito legal: MU 93-2022
Reservados todos los derechos. Esta obra está protegida por las leyes de propiedad intelectual. No se permite reproducir, almacenar ni transmitir parte alguna de esta publicación, cualquiera que sea el medio empleado —electrónico, mecánico, fotocopia, grabación, etc.— sin autorización previa por escrito del titular de los derechos.
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—¿Cuál será tu primera pregunta, aprendiz? —inquirió Nahid.
Sabía que la primera pregunta nunca era la más importante, pero por algo había que empezar. Supuso que trataría sobre la longitud de la muralla, el tamaño de Daarleh o la distancia que recorría el Alto Canal desde las montañas. Quince años esperando y todos acababan buscando una respuesta vacía que al día siguiente no recordarían.
—Aún no lo he decidido —respondió Adrien.
—Tienes tiempo de pensarlo —admitió Nahid. Como capitán de la decimosexta compañía, tenía el deber de acompañar a los jóvenes aprendices en el día de su iniciación, y de responder a su primera pregunta, si es que vivían para formularla.
Avanzaban sobre un terreno llano, salpicado aquí y allá por matorrales y algunas plantas silvestres de variedades a las que nadie se había molestado en poner nombre. La vista se perdía en la distancia, de manera que alcanzaban a ver encendidas las primeras hogueras del poblado aguardando la caída de la noche. El viento soplaba en su dirección, y el olor de la carne asada hizo que sus estómagos rugieran impacientes por probar al desafortunado animal que seguramente giraba ya ensartado en el espetón.
Cuando llegaron a Isten, una de las dieciséis aldeas de Daarleh, lo primero que encontraron fue a cuatro hombres bebiendo cerveza al inicio de la calle principal y conversando a gritos en medio de continuas carcajadas. Un gigantón, de espesa barba castaña y una larga coleta trenzada, acababa de darle un puñetazo en la barriga a otro, calvo y menudo, que tras vaciar la mitad de su jarra en el suelo se reía casi tanto como su agresor. Todos los habían visto acercarse, pero ninguno se molestó en saludarlos. Los soldados no destacaban precisamente por sus buenos modales.
Más adelante había una multitud formando un corro, berreando improperios y jaleando como si fuera el Día de la Cosecha. Entre las voces, Nahid distinguió el sonido del hierro contra la madera, y le pareció que podría ser una buena ocasión para que Adrien aprendiese algo.
—Vamos a echar un vistazo —le animó empujándole hacia el tumulto.
Se abrieron paso con cierta dificultad entre los soldados hasta quedar en primera fila, desde donde disfrutaban de un punto de vista privilegiado.
En el centro del círculo, a la izquierda, había un lancero de piel negra como el azabache, descalzo y vestido tan solo con un faldón de lana; tenía un corte cerca del pezón izquierdo, y la sangre se deslizaba muy lentamente por su delgado pero musculoso cuerpo. Su contrincante era al menos un palmo más bajo y aún más delgado, e iba armado con espada corta y escudo. Lucía el uniforme habitual de combate: túnica de lino, coraza de cuero con escamas de bronce, grebas y botas de piel.
—¿Quién va a ganar? —preguntó Nahid a Adrien, esforzándose por hacerse oír en medio del barullo.
—El de la espada —respondió el chico sin dudarlo.
—¿Por qué?
—No lo sé, pero así lo creo.
Los jóvenes desarrollaban el instinto muy rápidamente, aunque tardaban años en comprender lo que en un solo instante su mente era capaz de captar y analizar.
—El soldado negro tiene una envergadura mucho mayor y ha elegido un arma larga —razonó Nahid—. Tendría ventaja si ambos fueran igual de rápidos, pero no es así. En cuanto se decida a atacar y el adversario esquive la lanzada, lo tendrá encima y estará atrapado.
—¡Capitán Nahid! —interrumpió alguien a su espalda—. ¿A qué debemos el placer los humildes soldados de la primera?
—¡Hassam! —exclamó Nahid con sincera alegría cuando distinguió al corpulento dueño de la voz abriéndose paso a codazos entre sus compañeros. El pelo le había crecido hasta los hombros, y una espesa barba le ocultaba el mentón y las mejillas—. Te presento a Adrien, que ha venido para completar su iniciación.
Hassam llegó a su altura, pero los dejó a un lado para acercarse a los luchadores. El de la espada corta tenía una rodilla sobre el pecho del otro, que había sido desarmado e intentaba apartarle empujándole con todas sus fuerzas.
—¡Eh, vosotros! ¡Dejadlo ya y vamos a comer algo! —Los gritos de la multitud cesaron de repente y todos se volvieron indignados hacia Hassam—. Esta noche el espectáculo corre a cuenta de nuestros invitados de la decimosexta. ¡Tenemos a un iniciado entre nosotros!
En ese momento las miradas se dirigieron hacia Adrien, que no parecía en absoluto incómodo. El soldado vencedor ayudó al vencido a ponerse en pie. Cuando este pasó junto al muchacho, le dio unas palmadas amistosas en el hombro. A su sonrisa le faltaban dos dientes, y un hilillo de sangre le caía por la comisura de sus gruesos labios.
—Espero que tengas más suerte que yo —le deseó antes de mezclarse con los demás, que se apresuraban a sentarse cerca del fuego.
Había tres hogueras encendidas dispuestas en forma triangular junto a las primeras cabañas del poblado. Eran casas de madera exactamente iguales que las de Seder, la aldea donde habitaba la decimosexta compañía. Los soldados no eran buenos constructores en ninguna parte, pero siempre se las arreglaban para vivir bajo un techo seguro.
—Sentémonos por aquí. Hoy la primera pieza de ese condenado lechón será para ti —ofreció Hassam a Adrien, al que prácticamente había lanzado al suelo antes de abalanzarse sobre el espetón—. Siempre se combate mejor con un peso extra en la panza. —Al momento regresó con un enorme y grasiento muslo que arrojó sobre el regazo del muchacho—. Vamos, come. Hoy es un día para celebrar.
Adrien no se hizo de rogar y arrancó un gran trozo de carne, llenándose los carrillos como si fuese un hipopótamo. Nahid se sirvió una buena porción de costillar y se dejó caer a su izquierda. Hassam ocupó el otro lado, empuñando una pata entera del animal a modo de espada larga.
—Si no te conociera, pensaría que este chico es hijo tuyo —comentó con la boca chorreante de grasa.
—Es hijo de mi hermana —explicó Nahid.
—Pues es igualito que tú —insistió Hassam.
—Lleva mi sangre, a fin de cuentas.
A decir verdad, Adrien había crecido un palmo desde el verano anterior, y ya casi le había alcanzado en estatura. De no ser por la diferencia en su complexión, habría sido fácil confundirles. Tenían la piel oscura y el cabello negro, como la mayoría de soldados, pero lo llevaban tan corto que los rizos no llegaban a formarse. Sus rostros eran finos y se caracterizaban por unos ojos grandes y marrones, una nariz achatada y una mandíbula prominente. Sin embargo, mientras que Adrien era delgado y sus músculos estaban todavía desarrollándose, Nahid se había curtido en mil batallas, y su aspecto era el de un hombre que no había hecho otra cosa en su vida que no fuese entrenar y combatir.
—La verdad es que pensaba que habías venido por lo del soldado ese que se os ha perdido —reconoció Hassam.
—Seguimos sin saber nada de él —se lamentó Nahid—. Ya han pasado tres días.
—Seguro que va de aldea en aldea, tan borracho que no sabe ni donde la mete.
—Abbas entrenaba todos los días y jamás se había saltado una guardia. No es su estilo.
—Ya aparecerá —concluyó su amigo sin darle mayor importancia—. Dentro de las murallas de Daarleh los soldados solo mueren de tres formas: de viejos, de enfermos o de una mala iniciación.
Al oírle, Adrien apartó la vista del muslo de carne que devoraba con ansia y la dirigió hacia Hassam.
—He oído que tienes problemas de espacio en las celdas —comentó Nahid cambiando bruscamente el tema de la conversación. Le ponía nervioso pensar en lo que habría podido pasarle a Abbas.
—¿No puedes esperar a que hayamos cenado? —se quejó su amigo.
—Esta noche quiero dormir en mi cama.
—Y supongo que no lo harás solo, ¿verdad? —Hassam le guiñó un ojo—. Enseguida te llevo a ver —prometió, pero antes se inclinó hacia un lado y le susurró al chico—: Aquella morena de las tetas grandes es mi mujer. De las demás, si ves alguna que te guste, córtale el pescuezo a su marido y esta noche será tuya.
A pesar de la proximidad del fuego, el comentario consiguió que las mejillas de Adrien se encendieran todavía más. Hassam se rió con ganas.
—No le des ideas al chico. Con un muerto tendremos suficiente esta noche —le reprendió Nahid tratando en vano de contenerse. Al final acabó contagiándose de su risa.
—Vamos, Nahid. Déjale que se divierta mientras los capitanes nos ocupamos de su iniciación —concluyó Hassam poniéndose en pie.
En su avance por la calle principal dejaron atrás la misma escena una y otra vez: corros de veinte o treinta personas sentadas alrededor de un animal que giraba lentamente al fuego. Cuanto más se internaban en el poblado, más aprendices y criadoras se veían formando parte de estos grupos, hasta que un repentino giro a la derecha entre dos cabañas hizo desaparecer el agradable calor de las hogueras y los adentró de nuevo en la noche.
Continuaron durante un rato hasta llegar a la enorme pared de la tercera muralla. Allí encontraron a dos centinelas haciendo guardia frente a una doble hilera de celdas.
Vistas de cerca, parecían más bien jaulas. Eran demasiado estrechas para tumbarse y apenas lo bastante altas como para que un hombre de tamaño normal pudiera erguirse completamente. Nahid no envidiaba a los desafortunados huéspedes que las ocupaban.
—Echa un vistazo, a ver si hay alguno de tu agrado —le invitó Hassam—. Dentro de unos días tendré que mandar a unos cuantos a la ciudadela. Aquí ya no cabe ni un alma.
El capitán de la decimosexta caminó entre los prisioneros sin detenerse más de un instante ante ninguno de ellos, hasta que llegó a la celda de un joven mulato con aspecto saludable. Estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada contra los barrotes de hierro.
—¿Cuánto lleva aquí? —preguntó.
—Lo trajimos de Marazh hará cinco años —respondió Hassam tras reflexionar un momento.
—Demasiado tiempo. Habrá perdido la voluntad —decidió Nahid sin poder ocultar su decepción.
A su espalda se oyeron una serie de golpes en rápida sucesión.
Un gigantesco pelirrojo estaba aporreando su jaula con el plato de madera en el que le habían servido la comida. Gritaba en alguna lengua extranjera, y una explosión de astillas acompañaba a cada embestida. Tenía las rodillas flexionadas, pero ni así le quedaba espacio suficiente como para poder levantar la cabeza.
—¿Qué opinas de ese? Desde luego no le falta voluntad —sugirió Hassam, seguro de haber dado en el clavo.
—No me sirve. Amanecería antes de que ese gordo terminara de darse la vuelta —objetó Nahid al tiempo que se internaba más en el pasillo de celdas. Tuvo que llegar hasta el final para encontrar lo que andaba buscando—. ¿De dónde has sacado a esta? —preguntó intrigado.
En la última jaula de la derecha había una mujer de buena estatura que parecía llena de energía. Tenía el pelo rubio y enmarañado, vestía un pantalón de lana y llevaba una cota de malla muy ceñida que no dejaba lugar a dudas sobre su género. El labio superior estaba roto, y sus ojos azules eran odio en estado puro.
—Es una ilyana —explicó Hassam—. La capturamos hace dos noches con una partida de las suyas. Intentaban bloquear el Bajo Canal.
—¿Habla nuestro idioma? —se interesó Nahid antes de volverse inmediatamente hacia la chica—. ¡Eh, ilyana! ¿Quieres ganarte la libertad? —La joven le dirigió una mirada de desconfianza. No quedaba la menor duda de que le había entendido, pero no hizo ni el amago de abrir la boca.
—No me jodas. ¿Es que te has vuelto loco? —se indignó Hassam interponiéndose entre la muchacha y él—. ¿Vas a poner al chico a luchar con una ilyana?
—Le he visto entrenar y sé de lo que es capaz. Si le busco un rival fácil para su iniciación, no le estaré haciendo ningún favor —dijo apartando a su amigo y dirigiéndose de nuevo a la chica—. ¿Qué me dices, ilyana? ¿Crees que puedes derrotar a un muchacho de quince años? —la retó.
La mujer dio un paso al frente, y las antorchas iluminaron su rostro. Bajo la suciedad y los moratones, se adivinaba cierta belleza en sus facciones.
—Sácame de aquí y derotaré a cualquiera de vosotoros —contestó desafiante y con un fuerte acento del este.
—Vamos, sácala, Hassam. Ya la has oído —exigió Nahid impaciente.
—Tú sabrás lo que haces. Le estaba tomando cariño al chico —se resignó su amigo. Luego hizo un gesto al centinela para que abriera el candado.
La muchacha salió de su celda con absoluta tranquilidad, y… con la rapidez de una serpiente de cascabel, se revolvió y golpeó en la entrepierna al soldado que acababa de liberarla. A pesar del dolor, este se las apañó sorprendentemente para no soltar su arma, aunque ella ya le había ganado la espalda. La ilyana comenzó a apretarle el cuello con su guardabrazo al tiempo que enredaba las piernas en torno a la lanza, dejándola inmovilizada y descargando todo su peso sobre la garganta del desgraciado. El rostro del soldado estaba empezado a ponerse morado, y por fin renunció a su arma. Entonces giró el brazo derecho y echó mano a la empuñadura de la espada corta que llevaba a la cintura, pero en ese momento intervino Hassam. Este había recogido la lanza del suelo y la mantenía a escasos centímetros de la cara de la muchacha.
Tras unos instantes de duda, la ilyana liberó a su presa.
El joven se apartó de su agresora rápidamente y tosió con fuerza tratando de recuperar el aliento. Mientras tanto, Nahid agarró a la chica fuertemente del brazo, a la altura del codo, y la apartó de los demás para que no le oyeran.
—Esa ha sido una estupidez innecesaria —le susurró al oído.
La respuesta que recibió fue un escupitajo en la cara. Sin duda le había elegido a Adrien una pareja de baile perfecta.
—¡Menuda idea has tenido! —protestó Hassam.
—Míralo por el lado bueno. Esta noche te conformabas con un buen combate y vas a tener dos —bromeó Nahid divertido.
—No te harás el gracioso cuando esa fiera le corte el cuello a tu sobrino. Me obligarás a soltarla y mañana volverá a darnos por el culo con sus amiguitas de Ilya —continuó Hassam, decidido a dejar claro que no estaba nada de acuerdo con su elección.
Sin hacerle caso, Nahid se dirigió al vigilante que no había estado a punto de morir estrangulado.
—Soldado, dame un trozo de cuerda.
—Ya es un poco tarde para atarla, ¿no te parece? —dijo Hassam todavía enfadado.
—Si no recuerdo mal, las ilyanas llevan el cabello recogido —replicó Nahid.
—¿Quieres que luche con el chico o que se case con él?
—Debe ser un combate justo, y no quiero que el pelo entorpezca su visión.
El vigilante le entregó sin rechistar lo que le había pedido, pero antes de poder ofrecérselo, la chica se adelantó y se lo quitó de las manos. Con dos movimientos expertos se recogió el pelo y utilizó el trozo de cuerda para asegurarlo. A partir de entonces, la tensión del brazo que sujetaba Nahid disminuyó, lo que significaba que la prisionera había dejado de resistirse. En el camino de vuelta, se dejó guiar tan mansamente como si fuera un buey. Sin duda guardaba fuerzas para el combate.
De nuevo en el poblado, los grupos, que antes se repartían a intervalos regulares a lo largo de la calle principal, se habían unido en uno mucho más grande. Las criadoras y los niños pequeños habían vuelto a sus casas, y ahora solo quedaban soldados y algunos aprendices. Cuando vieron a la muchacha, la mayoría de los rostros reflejaban sorpresa; el resto, interés o diversión. Adrien ni se inmutó. Estaba en el centro de todos, ajustándose la coraza mientras alguien le colocaba el yelmo sobre la cabeza. A sus pies se hallaba la lanza que había elegido para la ocasión, aproximadamente de su misma estatura.
—¿Qué arma quieres, ilyana? —preguntó Nahid.
—Espada —respondió ella con sequedad.
Al momento se acercó un aprendiz para ofrecerle la suya. Durante el breve instante que la chica tardó en cogerla y evaluarla, Nahid estuvo alerta por si volvía a intentar algo violento, aunque realmente no lo esperaba. Parecía concentrada y sabía que se jugaba su libertad.
—¿Preparada? —la interrogó después de que otro soldado le prestara su escudo.
La ilyana no respondió, pero hizo girar varias veces la espada con movimientos hábiles y rápidos de muñeca. Su sonrisa era una burla. Estaba más que preparada.
—¿Listo, hijo? —preguntó Hassam a Adrien, que ya había recogido la lanza del suelo y se terminaba de acomodar el yelmo a la cabeza. Ahora que los ojos y la boca eran sus únicos rasgos visibles, hubiera sido imposible adivinar su edad.
El aprendiz dio dos pasos hacia la ilyana; su rostro no mostraba ninguna emoción. Ella flexionó las rodillas en posición de defensa, y los demás lo entendieron como la señal para apartarse. Lentamente formaron un estrecho círculo alrededor de ambos.
Adrien no se hizo esperar. Lanzó una estocada desde muy lejos que la muchacha desvió fácilmente con su espada. La maniobra se repitió dos veces más, primero paralela al suelo, a la altura de las rodillas, y después en ángulo ascendente hacia el rostro. La ilyana bloqueó abajo con el escudo y, a continuación, apartó la cabeza con agilidad dando un paso atrás.
Solo la estaba poniendo a prueba.
Los dos contendientes comenzaron a girar en círculos mirándose a los ojos. Claramente, la estrategia de la chica sería la misma que la del soldado menudo que vieron al llegar. Ella era la más rápida de los dos, tenía un arma corta y el escudo le abría la puerta a un contraataque inmediato.
La siguiente embestida de Adrien fue mucho más veloz. Se habían acabado los preámbulos. Cuando la ilyana desvió el aguijonazo hacia su derecha, el chico continuó la inercia del movimiento y giró sobre sí mismo para volver a atacarla en arco desde la izquierda. Ella dio un paso hacia delante y bloqueó el golpe con el escudo, dejando vía libre a su espada. Adrien pudo detenerla con la madera del asta, pero al abrir la defensa recibió una patada en el pecho que lo tiró al suelo de espaldas. Aprovechando su ventaja, la ilyana se abalanzó sobre él. El chico rodó para esquivar la hoja milagrosamente, y después consiguió ponerse en pie volviendo al punto de partida.
Los asistentes estaban tensos, y la preocupación se reflejaba en algunos de los rostros. Hassam apretaba los puños con expresión inquieta, pero Nahid mantenía la confianza.
Los siguientes envites volvieron a ser de prueba. El aprendiz buscaba un punto débil en la defensa de su rival, aunque por el momento no era capaz de encontrarlo. Ella aguardaba una nueva ocasión de acortar la distancia y tomar la iniciativa.
De repente, Adrien aceleró el ritmo con un ataque frontal que nuevamente fue desviado hacia la derecha por la ilyana. Repitiendo la maniobra de antes, el chico dio un giro completo y lanzó otro golpe por la izquierda, a la misma altura. Ella volvió a bloquearlo con el escudo, pero esta vez fue Adrien quien se adelantó dos pasos, anticipando el contraataque, y le propinó un cabezazo con el yelmo que la pilló desprevenida.
Nahid pudo oír el crujido de la nariz al romperse.
Antes de que la muchacha se recompusiera, Adrien volvió a girar, aún más rápido que en las dos ocasiones anteriores, y descargó una violenta lanzada que hizo desaparecer la afilada punta de hierro bajo la clavícula de su adversaria. Atravesó la cota de malla como si fuera de seda, y la multitud estalló en un grito de júbilo. El muchacho extrajo su lanza de la herida sangrante y golpeó a la chica en la cabeza con el otro extremo del palo, enviándola al suelo. A continuación, sin la menor sombra de duda, se colocó sobre ella y la remató hendiéndole la hoja en la garganta hasta clavarla en la tierra.
Los ojos de la ilyana miraron sin vida hacia las estrellas. La sangre manaba lentamente de su boca entreabierta e inerte. Se había ganado la libertad, pero no en ese mundo.
El primero en llegar junto al vencedor fue Hassam, que le retiró el casco y le agarró la cara desde ambos lados como si pensara aplastarle el cráneo. Enseguida se les unieron otros muchos para felicitar a Adrien y alabar su último ataque. Este se debatía entre la alegría y la confusión, y no podía disimular las miradas que lanzaba en dirección al cadáver de la ilyana. Si las cosas no habían cambiado, al día siguiente ni se acordaría. Amanecería en la cama de alguna joven soldado, con un terrible dolor de cabeza ocasionado por la borrachera que le esperaba esa noche.
—¡Hay que volver, soldado! —le recordó Nahid al ver que intentaban llevarse al muchacho en volandas.
—Sí, capitán —respondió Adrien haciendo un esfuerzo por librarse de las manos que le retenían.
—Hassam, nos marchamos —se despidió Nahid con apremio.
—¿Seguro que no preferís quedaros? El viento arrecia y la tierra está seca. La vuelta se os va a hacer muy larga.
—Nos mantendremos cerca de la muralla —le tranquilizó Nahid—. Vámonos, Adrien. —El muchacho le siguió. Cuando Hassam le felicitó por última vez, ya se dirigían hacia el sur en dirección a Seder.
El vendaval los alcanzó hacia la mitad del camino. La muralla era tan alta que actuaba como una barrera natural, siempre que no se alejasen demasiado, pero a su izquierda, apenas a diez pasos de distancia, la nube de arena resultaba ya impenetrable para la vista. Si venía una corriente fuerte de aire, y el remolino se desviaba hasta ellos, las diminutas piedrecillas los golpeaban en las zonas descubiertas de la piel como si fueran las picaduras de un millar de abejas. A partir de ese momento, el avance resultó penoso.
Dadas las inclemencias del tiempo, fue casi un milagro que Nahid detectara un brillo entre los arbustos que crecían al pie del muro. De alguna manera supo lo que era antes incluso de que se adivinara la silueta del cuerpo. Adrien también se dio cuenta, y miró a su capitán con gesto preocupado.
—¿Se habrá caído de la muralla? —preguntó.
Si las circunstancias hubieran sido otras, el capitán se habría reído. Esa era una primera pregunta que seguramente jamás había formulado ningún aprendiz al finalizar su iniciación.
—No, mira —dijo Nahid inclinándose sobre el cadáver de Abbas. Tenía una herida en el costado izquierdo de la que había brotado un torrente de sangre, ahora seca—. Ha sido una espada.
Después de doce años como capitán, había enterrado a más hombres de los que podía contar, pero había algo en aquella muerte que planteaba una posibilidad terrible.
—¿Cómo han podido atravesar las dos primeras murallas sin que nadie los vea?
—Los bandidos no entran en las ciudades —señaló Nahid deslizando un dedo por la superficie del corte—. Ha sido otro soldado.
La hoja había pasado limpiamente entre las costillas para superar la coraza y maximizar la penetración. Había muy buenos guerreros en otros lugares, pero solo un soldado de Daarleh tenía la destreza y el entrenamiento como para dar un golpe como aquel.
Desde la torre de Kabla, en la muralla exterior de Daarleh, se disfrutaba de una vista magnífica del interior de la ciudad. Nahid se imaginaba lo que debía de estar experimentando Adrien, pues los jóvenes aprendices pasaban los primeros quince años de sus vidas sin salir de su aldea. Cuando se convertían en soldados, y el capitán de su compañía los llevaba hasta la torre más cercana, era como si sus ojos se abriesen por primera vez al mundo.
—Es más grande de lo que imaginabas, ¿verdad? —le interrogó sabiendo ya la respuesta. Adrien se quedó pensativo. Sus labios temblaron imperceptiblemente. Fue apenas una vibración, pero Nahid lo vio; un soldado lo veía casi todo—. Pregunta. Te has ganado ese derecho.
—¿Qué hay en cada uno de los anillos? —se interesó tratando de controlar su curiosidad.
—Caminemos por la muralla —propuso Nahid.
El capitán giró en redondo y descendió a paso rápido la empinada escalera de caracol que llevaba de vuelta al adarve. Esperó a ver aparecer al muchacho por la puerta del torreón, le pasó un brazo sobre los hombros, y ambos se pusieron en movimiento.
—Daarleh es famosa por sus seis murallas concéntricas y por los cinco anillos que se forman entre ellas —comenzó a explicarle—. Ahora nos encontramos sobre el muro exterior, la primera línea de defensa en caso de ataque. Solo cuatro portones lo atraviesan a lo largo de su perímetro, y estos se sitúan coincidiendo con los puntos cardinales. El Portón del Oeste está a menos de media legua de distancia. Allí nos espera la siguiente escalera de bajada.
La cabeza de Adrien seguía girada hacia la derecha, maravillado por la magnitud y belleza de la ciudad amurallada.
—El primer anillo es el de los recolectores y los esclavos, y está dedicado a las tierras de cultivo y las granjas —señaló Nahid aprovechando su proximidad—. Dicen que hace varias generaciones estos campos estuvieron fuera de los límites de Daarleh y que su tamaño era mucho mayor, pero con lo que queda hoy día sería suficiente para sobrevivir a un largo asedio.
El muchacho miró ahora hacia su izquierda, por encima de las almenas. Parecía que le costase imaginar que algo hubiera podido crecer más allá de la seguridad que ofrecía la imponente construcción de piedra sobre la que caminaban; la única barrera entre la civilización y lo que para él debía ser un mundo desolador. Allí fuera solo había una yerma extensión de tierra roja que se prolongaba en todas direcciones tan lejos como alcanzaba la vista. Sin desniveles ni depresiones hasta las Colinas Grises, el desierto de Merjabad era como un infierno llano que condenaba al hombre a vagar durante días sin tener sensación alguna de avance.
—El segundo anillo es el de los soldados —continuó Nahid—. Hay dieciséis compañías y cada una habita en una aldea como la nuestra, Seder, o la de la primera compañía, Isten, donde estuvimos ayer.
—Mi padre me dijo una vez los nombres de todas. —De repente Adrien se detuvo con la mirada pérdida—. Pero fue hace mucho tiempo.
—¿Le echas de menos? —preguntó Nahid abandonando su narración.
—Antes sí. Ahora soy un soldado —negó el chico con orgullo.
—Bien dicho. —Nahid le empujó con el brazo, invitándole a seguir caminando—. Desde la muerte de tu padre, me he esforzado por guiar tus pasos para que te conviertas en el soldado que él quería que fueras.
—No voy a decepcionarte —prometió Adrien.
—Así lo espero, puesto que ya no eres un aprendiz. ¿Entiendes la diferencia?
Adrien alzó la mano izquierda, exhibiendo con orgullo el muñón de su dedo anular. La herida se había cerrado con un hierro candente al amanecer del día anterior, pero la piel seguía estando al rojo vivo, como si acabara de recibir el beso abrasador del metal.
—Crees que el rito de transición es un simple acto de valor para demostrar a todo el mundo tu fortaleza, pero te equivocas —le reprendió Nahid—. La mano izquierda de un soldado tiene una única finalidad, y es la de sostener su escudo. Cuando el aprendiz se corta el dedo anular delante de su gente, lo hace para renunciar públicamente a cualquier otro camino que no sea el del escudo y la lanza. ¿Lo comprendes ahora?
—Sí.
—Eres un soldado. Recuerda con quién estás hablando.
—Sí, capitán —rectificó Adrien.
—Así está mejor. Te hablaba precisamente de la diferencia entre un soldado y un aprendiz. El aprendiz, como su nombre indica, solo tiene un deber, y es el de aprender. Aprende a luchar, a matar y a obedecer órdenes sin cuestionar nada. Quince años sin hacer ninguna pregunta es el sacrificio que te prepara para ser un soldado. Durante esa primera etapa solo se te explica lo necesario para sobrevivir y convertirte en un arma. Ninguna otra cosa importa.
»Algún día te enviarán a arrasar y saquear otra ciudad, y el aprendizaje es lo que hará que no dudes cuando llegue el momento de derramar la sangre. Eres una espada en la mano de Daarleh, y la espada ni decide ni piensa; se limita a cortar cualquier cosa que se ponga por delante cuando es blandida por su dueño. Lo que tienes que hacer es no fallar.
—No fallaré, capitán —aseguró Adrien con decisión.
El Portón del Oeste ya se divisaba en la distancia. La curvatura de la muralla hacía que pareciera cercano, pero aún les quedaba un rato para llegar.
—El rito de transición es el primer paso de la iniciación que completaste ayer. Ahora te has convertido en soldado y te has ganado con ello el derecho al escudo, a la lanza y a luchar por tu ciudad. Por eso es la más importante de nuestras tradiciones.
—Mi madre dice que la más importante es la ofrenda —objetó el muchacho casi al instante.
Nahid dejó escapar un bufido. Ese tipo de comentarios no eran apropiados para que los oyera un aprendiz, pero tampoco le extrañaba viniendo de Azisa.
—La iniciación es la prueba que pasan los soldados; la ofrenda es la prueba de las criadoras. Deben entregar a su primogénito a la guardia de la ciudadela para nunca volver a verlo. El segundo hijo se convierte en aprendiz a los seis años si es varón, o en criadora si es mujer y hay un tercer descendiente varón. Si yo hubiera llegado al mundo dos lunas más tarde, tu madre habría sido un soldado y tú no habrías nacido. Por eso se suele decir que los hermanos mayores pertenecen a Daarleh y los pequeños pertenecemos al destino.
—Entonces me alegro de no haber nacido primero.
—¿Prefieres estar en manos del destino que de Daarleh?
—No imagino que pueda haber nada mejor que ser un soldado, capitán —contestó Adrien para satisfacción de Nahid.
De nuevo le hizo sonreír. El entusiasmo del chico le recordaba al suyo cuando tenía su edad. No había nada que desease más que empuñar la lanza y atravesar con ella a su primer enemigo. Luego todo fue diferente. Después del primer enemigo vino el primer inocente, la primera mujer, el primer niño… No lamentaba ninguna muerte, pero ya no le aportaron aquella satisfacción del día de la iniciación.
Nahid decidió cambiar de tema y volvió a hablar sobre Daarleh.
—De los demás anillos apenas sabemos nada. A los soldados no se nos permite ir más allá de la tercera muralla. La única excepción son los Juegos, que se celebran cada cinco años en la ciudadela, en el centro mismo de Daarleh. Los que han participado cuentan que el tercer anillo tiene menos de cien pasos de ancho y que lo ocupan los mercaderes, con sus puestos de artesanía, cerámica, piedras preciosas y alfombras.
Adrien estaba ahora muy atento. Vivía muy cerca de la tercera muralla y se habría preguntado toda su vida acerca de lo que había al otro lado.
—El cuarto anillo es un laberinto de calles con miles de casas blancas como la luna, construidas con marfil —prosiguió Nahid—. Hace mil años habrías mirado por encima de esas almenas y habrías visto por doquier manadas de elefantes desplazándose de un oasis al siguiente. Lo único que queda de ellos en nuestra época es lo que se hizo del preciado material de sus colmillos. Por eso en otros lugares a Daarleh se la conoce como la Ciudad de Marfil.
—Mi madre dice que todavía quedan elefantes —señaló Adrien esperanzado.
—Tu madre no ha salido jamás de estos muros. A los soldados les gusta contar historias y adornar sus aventuras, y a tu madre le gusta creérselas. Hace cientos de años que nadie ha visto a un elefante —le espetó el capitán, molesto porque el chico no dejara de citar a su madre.
—¿Ni siquiera en el quinto anillo?
—El quinto anillo es una vasta extensión de árboles, hierba y plantas que por alguna clase de magia crecen sobre esta tierra tan dura. Dicen que hay pájaros extraños y de colores vivos que no se ven en ninguna otra parte, pero nadie ha hablado nunca de elefantes. —Adrien parecía decepcionado. Nahid continuó—. En el centro de todos los anillos está la ciudadela. Esa enorme edificación blanca con forma cuadrada que se ve desde aquí, es el palacio del Hayiz, señor de Daarleh. El día de mi iniciación, lo primero que le pregunté a mi padre fue cómo pudieron construir algo así los Antiguos. —Al ver la expectación de Adrien, sintió lástima por tener que defraudarle de nuevo—. Mi padre no lo sabía y yo tampoco lo sé. Puede que ni en la ciudadela lo sepan.
Adrien asintió con la cabeza. Ya se acostumbraría. Se había ganado el derecho a preguntar, pero ningún soldado podría darle todas las respuestas. A pesar de las incógnitas que quedaban sin resolver, cada palabra parecía despertar en él un hambre que había hibernado en su interior desde su nacimiento.
Nahid se animó a hacerle un último regalo.
—Hay una leyenda que habla de un sexto anillo —le reveló esperando su reacción con curiosidad. Adrien le miró con la avidez de un buitre ante el cadáver recién descubierto—. En Daarleh solo hay seis murallas, y eso lo han confirmado todos los que alguna vez recorrieron el camino hasta el centro. Sin embargo, desde la torre del Sur, que es la más alta, si uno mira en un día despejado y sin viento hacia el interior, verá que entre los jardines y la sexta muralla hay una pequeña zona pedregosa y sin árboles que da toda la vuelta siguiendo el mismo dibujo circular de la ciudad. Algunos dicen que es un engaño de nuestros ojos debido a la distancia, pero yo no lo creo. En toda leyenda suele haber algo de verdad, y puede que en el pasado hubiera otra muralla de la que hoy solo quedan las ruinas.
—Recuerdo que mi madre algunas veces me amenazaba con enviarme al sexto anillo cuando hacía algo que le disgustaba —comentó Adrien como si de repente todo en su vida hubiese cobrado sentido.
—Nuestro padre me decía lo mismo cuando mellaba la lanza en mis entrenamientos como aprendiz. Se supone que es un lugar terrible y de sufrimiento, tan impuro y maligno que nuestros antepasados dejaron de hablar de él hace generaciones, condenándolo al mito —explicó Nahid—. En cualquier caso, cierta o no, es una leyenda muy famosa entre los nuestros, y a las criadoras les resulta útil para asustar a sus hijos.
Adrien se quedó pensativo. El sexto anillo solía despertar un interés similar entre los más jóvenes. Era una buena señal que se sintiera atraído hacia lo desconocido, pues un soldado siempre había de enfrentarse a ello varias veces a lo largo de su vida.
Por fin llegaron al Portón del Oeste. En ese punto la anchura del adarve se reducía para dejar paso a una antigua escalera, también de piedra, por la que descendieron cincuenta codos hasta el nivel de los campos. Recorrieron un estrecho sendero que serpenteaba atravesando los trigales, sin poder ver más allá de la siguiente curva, pues la altura de las plantas superaba con creces la suya. Continuaron así durante media hora hasta la Puerta de Seder, que comunicaba el primer anillo con el segundo y debía su nombre a la aldea defendida por la decimosexta compañía.
—¡Alto! —gritó el vigía desde el parapeto—. ¡Identificaos y revelad vuestro propósito!
—Somos soldados de la decimosexta —informó Nahid.
—¡Salud, capitán! ¡Adelante! —exclamó el vigía, que por supuesto los había reconocido a los dos.
Las puertas de la segunda muralla siempre permanecían abiertas en tiempos de paz, pero el ritual de paso era una tradición que se llevaba a cabo tanto si estaban cerradas como si no.
Al igual que Isten y las demás aldeas vecinas, Seder era un pueblo minúsculo dentro de una ciudad gigantesca. Había crecido en torno al camino que de oeste a este unía la Puerta de Seder con la Puerta del Herrero, en un recorrido de casi dos mil pasos conocido como el Pasaje. Fuera de la vía principal, el resto era un enjambre de callejuelas y plazas sin orden ni concierto, que se abrían paso como un río entre las casas de los soldados. Estas habían sido construidas hacía generaciones, cuando el suministro de madera era constante desde las Montañas del Lago. Desde entonces, la aldea siempre había tenido el mismo aspecto. Por suerte o por desgracia, la guerra era un mecanismo infalible para el control de la población, y siempre había cabañas libres de sobra para el que las necesitara.
Después de tanto andar, Nahid ya notaba que se le había abierto el apetito, y esperaba que su hermana hubiera preparado algo para comer.
Cuando llegaron a casa de Azisa y atravesaron el umbral de su puerta, se abrieron paso a una estancia grande, dominada por una gran mesa de cedro justo en el centro. A su alrededor había dispuestas seis sillas, también de madera, aunque hacía tiempo que no se utilizaban más de cuatro. Nahid se sentó a la cabecera y preguntó por el menú. Azisa no respondió, pero sirvió tres raciones nada despreciables de la gran olla de cobre que hervía al fuego.
—Considérate afortunado —le dijo poniendo un cuenco frente a él.
—¿Es esto cordero? —se extrañó Nahid después de probar la primera cucharada.
—¿Acaso te parece trigo? —replicó sarcástica su hermana.
Nahid dejó la cuchara en la mesa y la miro con severidad.
—No deberías esconder comida, Azisa —la reprendió.
—Hay días que no tengo hambre y no hay por qué renunciar a la ración —se defendió ella con la respuesta seguramente preparada de antemano—. Quizás debieras preocuparte menos de la comida y pensar qué es lo que estás haciendo con esa soldado con la que te vas a la cama todas las noches —añadió mirándole de reojo.
Perdieron a su madre cuando eran todavía muy pequeños, así que Nahid estaba acostumbrado a que Azisa adoptara una actitud maternal con él. No en vano, le llevaba casi seis años y la vida no la había tratado demasiado bien. Se había quedado viuda estando embarazada y siendo Adrien todavía un aprendiz. Desde entonces había perdido mucho peso, y ahora su extrema delgadez solo contribuía a acentuar las marcas de la edad que poco a poco hacían presa de su rostro, tan hermoso y lleno de vida en otro tiempo. En el cabello comenzaban a aparecerle algunas hebras grises que le daban el aspecto de ser mucho mayor de lo que era en realidad.
—¿Qué soldado? —se interesó Adrien.
—Me gustabas más cuando no podías preguntar —le espetó Nahid antes de dirigirse de nuevo a su hermana—. Sé muy bien lo que estoy haciendo, Azisa. Te has quedado preñada tres veces, así que supongo que tú también te haces una idea.
—Deberías estar buscando a una buena criadora y pensando en tener hijos —continuó ella ajena a su broma—. A tu edad nuestro padre había tenido ya tres.
—No es momento de discutir eso ahora —protestó Nahid empezando a perder la paciencia—. Es una orden, hermana. No sigas por ese camino.
La realidad era que no le gustaba pensar en ello. Las criadoras le aburrían. Era consciente de que tarde o temprano tendría que elegir a una, pero por el momento no era algo a lo que le apeteciera dedicar su atención. Con suerte, antes de acabar el verano los enviarían de campaña a Koylos y podría alejarse del problema por un tiempo.
Terminaron de comer y salió al pequeño patio trasero en el que jugaba Gizzal, el hermano pequeño de Adrien. Faltaban tres lunas para que se convirtiera en aprendiz, pero hasta entonces lo único que había aprendido a hacer era arrancar las malas hierbas y molestar a las seis ovejas esmirriadas que tenía la familia. El niño hacía bien en disfrutar de esos placeres mientras todavía le fuera posible. Después solo tendría tiempo para la espada y la lanza.
—¡Capitán! —oyó Nahid que le llamaba alguien desde el otro lado del cercado.
—Shar, ¿qué pasa? —preguntó al reconocer al muchacho. Tenía solo dos años más que Adrien, pero su pelo era castaño y le superaba tanto en altura como en corpulencia. Parecía un oso con la túnica marrón que llevaba en ese momento.
—Un mensaje de la ciudadela, capitán.
—¿De qué se trata?
—Solicitan escolta hasta el Pozo de las Almas para una comitiva de palacio. Estarán aquí mañana al mediodía.
Nahid sonrió. Después de tanta rutina y hastío, le alegraba tener por fin algo que hacer. Un soldado necesitaba un cometido. Sin él, era tan inútil como el dedo al que renunciaba.
Nahid abrió los ojos a la primera luz de la mañana. Un rayo de sol solitario se filtraba a través del tejado y caía sobre su rostro, obligando a sus pupilas a hacer un gran esfuerzo por adaptarse. Notó la cabeza embotada y el brazo derecho entumecido y sin apenas sensibilidad. Trató de estirarlo y vio que otro cuerpo se interponía. Se giró y recordó que Sayra compartía su cama. La muchacha había pasado en su cabaña las cuatro últimas noches, y ninguno de los dos se había saciado todavía.
Observó a la chica durante un rato y se le ocurrió que solo era hermosa mientras dormía. El resto del tiempo costaba pensar en ella como en una mujer. Una vez se vestía con la armadura, era tan dura como cualquiera de ellos; más que la mayoría, en realidad. Ahora estaba desnuda de cintura para arriba, pero incluso así habría pasado desapercibida. Ya en el vientre de su madre, el destino debió de seleccionarla para convertirse en soldado.
Nahid se incorporó hasta quedar sentado, disfrutando de la agradable brisa que se filtraba por la ventana.
Sayra no tardó en despertarse también. Se dio la vuelta hasta quedar tumbada bocarriba y le miró con curiosidad, como si intentara leerle el pensamiento. La chica lucía la cabeza completamente rasurada, salvo por la parte superior, donde el cabello crecía largo y rubio. Ahora le caía descuidadamente sobre el lado izquierdo del rostro, cubriéndole un ojo. Habitualmente lo llevaba recogido hacia atrás en una trenza, pero esa noche no se habían comportado de forma muy civilizada.
—No te olvides de tomar la poción —le recordó Nahid.
Sayra arrugó el ceño y se irguió hasta quedar sentada a su lado.
—Debes de confundirme con alguna putita de la primera compañía. A estas alturas sabrás que no es mi primera vez —le reprendió en su estilo habitual. Después se inclinó sobre él y estiró un brazo para alcanzar la silla de madera sobre la que descansaba un gran cazón de hierro. Al hacerlo, le golpeó intencionadamente la barbilla con su frente—. Si vamos a seguir haciendo esto, habrá que preparar más —dijo antes de dar dos largos sorbos directamente del recipiente.
—Eso dependerá de si tengo suerte con alguna putita de la primera compañía —replicó Nahid divertido.
Le pareció que a ella no le hacía demasiada gracia. Resultaba difícil adivinar si era por celos o por simple competitividad femenina. En el fondo, todos sabían que el sexo entre soldados no significaba nada. Un hombre solo podía desposar a una criadora. Las mujeres soldado vivían y morían sin matrimonio y sin descendencia. Esa era su maldición; pagaban por el agravio de sus madres contra el Hayiz, al no haber engendrado un varón antes de que sus hijas cumplieran los seis años.
—¿Queda hervido de ayer? —preguntó Sayra ignorando el comentario.
—Desde luego. Vamos a disfrutar de delicioso hervido de trigo y verduras hasta el próximo reparto —contestó Nahid con irónica resignación.
—¿Y dices que la primera compañía tenía carne en abundancia?
—Deben de estar haciendo algo muy bien, o nosotros algo muy mal, porque con la que nos dieron la última vez apenas llegó para que la probaran los aprendices.
—Pues habrá que conformarse con ese hervido de mierda, capitán —protestó la chica al tiempo que se ponía en pie y comenzaba a vestirse.
Nahid no quiso preocuparla, pero lo cierto es que se preguntaba cómo era posible que en Isten celebraran festines en las calles, asando al menos una docena de animales, mientras que ellos llevaban un año racionando los suministros que la ciudad les proporcionaba mensualmente. Incluso tomando esa medida, se les había acabado la carne hacía seis días, y aún tendrían que esperar otros tantos para volver a probarla. Los soldados no estaban hechos para cuestionarse estos asuntos, pero Hassam tenía mucha razón cuando decía que se combatía mejor con un peso extra en la panza.
Sin volver a sacar el tema, Nahid y Sayra se encaminaron hacia la plaza Grande tan pronto acabaron de desayunar los restos de hervido del día anterior.
La plaza Grande no hacía honor a su nombre, pues las había de mayor tamaño en Seder. A pesar de ello, era un lugar especial porque ahí se celebraba el rito de transición. Todo soldado de la decimosexta había perdido el dedo anular de su mano izquierda en la plataforma de madera que se alzaba justo en el centro, y los instructores de combate solían llevar allí a los aprendices. Así tenían ocasión de entrenar a la vista del lugar que ocuparían el día que cumplieran quince años.
Por lo demás, la plaza no era más que una explanada de tierra, más o menos cuadrada, que durante la mañana rebosaba de vida con el sonido de las astas de madera hendiendo el aire o golpeando sacos de arena. Los aprendices de mayor edad luchaban ya entre ellos, y se atacaban con un entusiasmo que a menudo se traducía en heridas y huesos rotos. Nahid todavía conservaba una cicatriz en el costado derecho, allí donde la vara de Naser se había quebrado haciendo que las astillas le perforaran un pulmón. Después de aquello había tosido sangre durante varios días.
Naser era el instructor principal de la decimosexta compañía, y en campaña solía actuar como segundo de Nahid. Era un hombre rudo y fornido que no mostraba compasión alguna hacia sus aprendices. Se había roto la nariz tantas veces que había quedado visiblemente desviada hacia un lado, de manera que hacía un extraño ruido al respirar. Tenía la piel más clara que la mayoría de soldados, y llamaba la atención por sus ojos grandes y ambarinos.
Cuando llegaron Nahid y Sayra, estaba ocupado agarrando por el cuello a un chico que no tendría más de diez años. No dejaba de repetirle que nunca jamás debía soltar su arma. Sus métodos no eran muy ortodoxos, pero sí efectivos. Después le vieron agacharse despacio para recoger la vara de madera del aprendiz. Sin apuntar siquiera, la lanzó con gran precisión hacia donde estaban ellos. El capitán se apartó para dejarla pasar, pero Sayra la atrapó en el aire.
—¡Será cabrón! —rugió la chica.
Nahid se rió con ganas. Le gustaba Naser y su particular sentido del humor, aunque era algo que compartía con muy poca gente en el poblado. Algunos pensaban que estaba loco, y otros por temor le tenían aún más respeto que al capitán.
Se acercaron al centro de la plaza, donde el instructor los aguardaba con una media sonrisa en los labios. Su joven aprendiz se esforzaba por contener las lágrimas mientras se frotaba sin parar los cardenales que le habían dejado en el cuello los dedos de Naser. Sayra le devolvió la vara con absoluta frialdad.
—Antes del invierno, Sagar habrá aprendido a que la lanza sea parte de su brazo —aseguró Naser en tono amenazante. Sin duda al chico le esperaba un duro verano.
—A tu esposa no le va a hacer mucha gracia ver aparecer a su hijo con marcas de que hubieran intentado ahorcarle —bromeó Nahid.
—Tendrá que aguantarse. Le hará menos gracia verlo muerto dentro de unos años porque no sabe sujetar su arma —insistió Naser, que no se tomaba a broma el aprendizaje de un pupilo.
Nahid tenía serias dudas de que la madre del aprendiz fuera a aceptar ese razonamiento, pero decidió cambiar de tema.
—¿Ha llegado alguna noticia de la ciudadela sobre lo de Abbas?
—Ninguna, capitán. No van a mover un dedo para investigarlo. Todos los días mueren soldados en alguna parte.
—Nunca dentro de estas murallas y por la espada de otro soldado —objetó Nahid.
—Seguramente se acostó con la esposa de quien no debía —sugirió Sayra.
—No parece propio de Abbas, pero, aunque ese fuera el caso, ningún soldado asesinaría a otro durante una guardia y sin un combate justo —argumentó Nahid.
—Ningún soldado que conozcamos —le corrigió Naser.
Ya se habían producido muertes anteriormente, aunque siempre por una disputa como la que sugería Sayra, o por algún accidente durante un entrenamiento. La noche en la que desapareció, Abbas estaba haciendo ronda por la muralla, pero su cuerpo no tenía ninguna herida que implicara que lo hubieran lanzado desde el adarve. El asesino se había molestado en bajarle por la escalera para ocultar el cadáver entre los arbustos, y eso era lo que le daba mala espina a Nahid.
—Cuanto antes lo olvidemos, mejor para todos —opinó Sayra—. La ciudadela no va hacer nada, y esta tarde nos espera un largo viaje.
—Hablando del viaje, ¿has elegido a los treinta hombres que te pedí? —preguntó Nahid a Naser.
—Sí, capitán. Estarán listos a mediodía en la Puerta de Seder.
—Sayra, tú ven a mi casa con Adrien. Recibiremos a la comitiva de palacio en la Puerta del Herrero —dijo Nahid dirigiéndose ahora a la chica—. Por cierto, ¿dónde está Adrien? —se extrañó de repente al no haberle visto entrenando.
—Vino a recoger unas cuantas espadas y varas de madera, y se fue con Shar y otros tres chicos a la plaza del Buey.
—¿Vienes, Sayra? —propuso Nahid.
—No, me voy a quedar con nuestro querido instructor a saldar cuentas por la bienvenida que nos ha dado —contestó desafiante.
Naser parecía contento. Le gustaba enfrentarse a Sayra, pues era de los pocos soldados que no frenaba la mano en los entrenamientos si tenía ocasión de romperle a uno la cabeza.
Nahid los dejó y se fue en dirección a la plaza del Buey. No estaba lejos, pero se tardaba un buen rato en llegar dada la cantidad de callejuelas y pasadizos que había que atravesar.
En Seder las calles eran tan estrechas que cualquier espacio que permitiera luchar a dos hombres era digno de ser llamado plaza. La del Buey en particular se podía cruzar en cuatro grandes zancadas. Allí encontró a los chicos practicando en parejas, tan apretados que era como si combatieran dentro de una habitación. Intentaban atacar al rival que tenían delante y, al tomar impulso hacia atrás, corrían el riesgo de golpear a uno de los otros dos.
Se detuvieron en cuanto vieron aparecer al capitán.
—¿Puedo unirme? —preguntó. Los cuatro sonrieron con entusiasmo.
Nahid eligió una espada corta de entre el arsenal que habían traído de la plaza Grande. Era idéntica a las que se usaban en la guerra; de poco más de un codo de longitud y sin guarda. A diferencia de las de hierro, no tenía doble filo, pero conservaba la misma forma de la hoja, ensanchándose ligeramente a partir de la empuñadura y estrechándose conforme llegaba a la punta. Obviamente, al ser de madera, tenía peor equilibrio que las otras.
—Empiezo yo —se ofreció Shar con arrojo.
Nahid le hizo un gesto afirmativo y se puso en guardia.
El muchacho estaba impaciente y dirigió el primer golpe cruzado a la cabeza, pero el capitán lo esquivó con facilidad.
Las lanzas de entrenamiento eran romas y no servían para dar estocadas, por lo que la única opción era la de aporrear al contrincante. Aun así, si el defensor no tenía escudo, el arma larga siempre daba ventaja al que la empuñaba.
Shar continuó atacando de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, sin parar y siempre avanzando. Debía de pensar que mientras conservara la iniciativa no tendría que preocuparse por un contraataque. Nahid retrocedía un paso con cada envite que esquivaba y pronto tendría la espalda contra la pared. El muchacho tenía la fuerza de un toro, por lo que tratar de detener su vara con una espada corta de madera suponía correr el riesgo de romperse una muñeca. Si iba a hacerlo, tendría que ser antes de que el golpe hubiera alcanzado la máxima velocidad.
Cuando Nahid notó que el talón de su bota se apoyaba ya en los cimientos de la cabaña que tenía detrás, atacó la vara de Shar en el breve instante en que el chico tomaba impulso para la siguiente acometida. Habiendo neutralizado la amenaza, el capitán se abalanzó sobre él con la rodilla por delante, golpeando su recio pecho y arrojándole pesadamente al suelo.
—No te olvides de la defensa —le aconsejó mientras el derrotado se ponía en pie.
El siguiente en dar un paso al frente fue Adrien, armado también con una vara, un poco más larga que la de Shar.
Inmediatamente el muchacho comenzó a lanzarle estocadas hacia los puntos más débiles: costillas, axila, entrepierna y cuello. Puede que el palo fuera romo, pero si lo alcanzaba en alguno de esos lugares le haría pasarlo mal. Nahid desviaba cada aguijonazo con su espada en un agotador ejercicio de reflejos que no tardaría en pasarle factura. Aguantó así un buen rato, hasta que se dio cuenta de que Adrien empezaba a impacientarse.
La siguiente estocada llevaba mucha más fuerza que las anteriores, pero también menos precisión. Nahid dejó pasar la vara entre su brazo izquierdo y el cuerpo, e inmediatamente juntó ambos para retenerla ahí. Cuando Adrien tiró a la desesperada intentando recuperarla, el capitán le atacó las manos con su espada y le obligó a renunciar.
—No pierdas la paciencia —le dijo tras el combate—. Yo iba a cansarme antes que tú.
El entrenamiento continuó hasta el mediodía, permitiendo que todos lucharan contra todos. Nahid disfrutó viendo los progresos que los más jóvenes mostraban en el manejo de la lanza, y los chicos parecían encantados de tener la oportunidad de practicar con su capitán. Adrien, en particular, era un adversario soberbio. Rebosaba energía y tenía una visión de combate muy innovadora. Dos o tres veces le había sorprendido con algún movimiento inesperado, vaticinando que en pocos años el alumno aventajaría al maestro.
Después de haberse entretenido demasiado, abstraído por una estupenda sesión de entrenamiento, Nahid tuvo que emprender el camino de vuelta a casa apresuradamente y a grandes zancadas, pues no quería hacer esperar a la comitiva de palacio.
Se dispuso a preparar una comida rápida antes de cambiarse de ropa, para lo cual puso un cazo de hierro a hervir con un puñado de trigo y las últimas dos zanahorias que le quedaban. No estaría muy sabroso, pero ahora intentaba no pensar en otra cosa que no fuese el viaje. Después de mucho tiempo se le brindaba la ocasión de salir de Daarleh, y ese era motivo más que suficiente para estar contento. La decimosexta compañía tenía la suerte de que Seder fuera la aldea más cercana al Portón del Oeste, por lo que cualquier expedición que tuviera que desplazarse en esa dirección tenía que recorrer el Pasaje y atravesar su territorio.
