El capitán Dikshtein - Mijaíl Kuráyev - E-Book

El capitán Dikshtein E-Book

Mijaíl Kuráyev

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Beschreibung

¿Quién es Igor Ivánovich Dikshtein? Quizá sea solo un nombre, el nombre de un superviviente, de un ciudadano modélico que, menesteroso, recorre las calles heladas de Gátchina con una bolsa de cervezas; tal vez sea el nombre de un testigo de la historia, bien pudiera ser el de un fogonero juerguista, el de un concienzudo artillero o el de algún legendario capitán. Tal vez, Igor Ivánovich Dikshtein sea el nombre de un fantasma, un espectro que vaga a medio camino entre la existencia y el olvido. Puede que sea un compendio de todas esas cosas. El capitán Dikshtein es la obra más aclamada de Mijaíl Kuráyev, y una pieza única que aborda con enorme inteligencia y talento literario uno de los episodios más críticos de la historia de la URSS, el motín de Kronstadt de 1921, un cruento enfrentamiento entre camaradas que tiñó de sangre el mar helado frente a la ciudad de Petrogrado.

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Seitenzahl: 340

Veröffentlichungsjahr: 2025

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TÍTULO ORIGINAL:

Капитан Дикштейн. Фантастическое повествование

 

 

Publicado por

AUTOMÁTICA

Automática Editorial S.L.

Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid

 

[email protected]

www.automaticaeditorial.com

 

 

© 1988 by Mikhail Kuraev

© de la traducción, Jorge Ferrer, 2025

© de la presente edición, Automática Editorial S.L., 2025

© de la ilustración de cubierta, Javier Boullosa, 2025 (IG: _javitxuela)

 

Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.

 

Publicado con la colaboración del Instituto para la Traducción Literaria, Rusia/ Published with the support of the Institute for Literary Translation, Russia

 

 

ISBN digital: 978-84-10141-16-2

 

Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors

Composición: Automática Editorial

Corrección y revisión: Automática Editorial

Edición digital: Álvaro López

 

Primera edición en Automática: abril de 2025

 

 

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.

 

EL CAPITÁN DIKSHTEIN

(Un relato fantástico)

MIJAÍL KURÁYEV

TRADUCCIÓN DEL RUSO Y NOTAS DE JORGE FERRER

 

Desde el Sebastópol disparan,

¡a veces no llegan, a veces se pasan!

Los cadetes bucean

bajo el hielo, bajo el hielo.

Canción popular, 1921

 

 

¡Pero qué remoto es todo aquello,

y qué escondido estaba aquel rincón!

N. V. GÓGOL. Almas muertas

Índice

Cubierta

Legal

Citas

El capitán Dikshtein

El 27 de enero de 196..., Igor Ivánovich Dikshtein estaba a punto de despertarse en el apartamento 8 de la segunda planta del edificio situado en el cruce de las calles Chkálova y Sotsialistícheskaia en la ciudad de Gátchina, en una habitación que hacía esquina, inundada ya de esa neblina gris propia de la mañana.

Aún no se había despertado del todo, pero los objetos y las siluetas que poblaban la frágil penumbra del sueño comenzaban a tomar cuerpo, asentándose en un espacio donde ya no era posible borrarlas o apartarlas… El amanecer se iba colando en el sueño con su incontestable concreción.

Un poco antes de que abriera los ojos, Igor Ivánovich comprendió que estaba a punto de despertar. Y el primer pensamiento que le vino a la mente fue que debía abstenerse de pensar en algo concreto, porque entonces ya no podría remediarlo y acabaría despertando de veras. El sueño atraía a Igor Ivánovich desde el particular y vaporoso mundo en que transcurre…

A Igor Ivánovich le costaba explicar de forma coherente la atracción que el ensueño ejercía sobre él. Un estado en el que la vida no era más estrambótica que la que se desarrollaba ante sus ojos cuando estaba despierto, pero en el que todos los choques cruciales entre personas y acontecimientos tenían, a diferencia de lo que sucedía en la vida real, un final feliz: el despertar. No eran su carácter introvertido ni su escasa locuacidad los que le impedían explicarlo, sino más bien la falta de hábito, que probablemente compartamos con él, para preguntarnos el por qué de las cosas cuando somos dichosos, o cuando, simplemente, la suerte y la felicidad nos vienen dadas sin esfuerzo. Tan solo aquellos a quienes el destino ha sido adverso suelen hacerse preguntas complejas. Pero a diferencia de la mayoría de nosotros, Igor Ivánovich, a quien el destino pocas veces le fue propicio, jamás formulaba ese banal «¿por qué?» dirigido nadie sabe a quién. Él conocía la respuesta.

Solo nos queda suponer que, sumido en la inconsciencia, Igor Ivánovich se sentía atraído por su propio poder, un poder que se extendía sobre ese impredecible mundo oculto en el más distante recodo de su conciencia, un poder capaz de convertir la caída en vuelo o la horrorosa ejecución que había visto en sueños en una feliz sensación, si no de inmortalidad, sí, al menos, de resurrección. Cuando dormía, incluso el amor dejaba de ser un martirio y se tornaba ligero; mientras que la vergüenza, el dolor y el pesar se rendían a la compasiva voluntad de un ángel de la guarda siempre alerta, atento desde una atalaya situada en el último margen.

Es lo que le sucedía en ese momento: sentía que estaba de pie en el borde de un precipicio y se inclinaba hacia delante, a sabiendas de que, por mucho que lo hiciera, nada horrible ni irreparable podría ocurrirle. Quería atisbar el fondo, observarlo, pero se lo impedían unas ramitas o, tal vez, raíces finísimas y vivas, que se elevaban desde las profundidades insondables. Todavía con los pies clavados en terreno firme, alguien tiraba de él hacia abajo cada vez con mayor fuerza y comenzaba a sentir que colgaba sobre el abismo. El horror le cortó la respiración. De pronto sintió que un enorme vacío se abría en su pecho, un vacío helado y espeso en el que se iba hundiendo. Percibió cómo su corazón se detenía un instante. El mero gesto de inhalar aire, tan familiar como el más viejo de los trucos, le producía una sensación de ingravidez, casi como si flotara sobre el precipicio, o como si estuviera cayendo lentamente, tenso y expectante.

A medida que caía, Igor Ivánovich no pensaba en el fondo del abismo, sino que intentaba no perder de vista al enorme pájaro que se precipitaba junto a él, despeñándose cabeza abajo, primero, y entregándose a los giros más inesperados, después, lo que impedía a Igor Ivánovich observarlo, escrutarlo, reconocerlo, aun cuando le pareció conocer a ese pájaro de algún sitio. Y en ningún momento se preguntó por qué el pájaro no desplegaba las alas, por qué no lo sostenían, si bien a ratos daban la impresión de abrirse, crujían como una espesa cortina deslizándose por las colgaduras, pero acababan por quebrarse obligando al pájaro a entregarse a caprichosas volteretas…

Alcanzó a ver un pino quieto que se alzaba en el borde del precipicio. O no, no era exactamente el borde del precipicio, sino la orilla de un estanque que también le resultó familiar.

Igor Ivánovich no se percató de que su párpado derecho se había abierto apenas un instante permitiéndole entrever a través de la cortina de sus pestañas el paisaje que se extendía al pie de la cama. En cuanto se percató de ello, contrajo el ceño y ese enérgico movimiento bastó para ahuyentar el sueño.

Todavía deseaba regresar a hurtadillas junto al pájaro, volver al estadio inicial, pero la desazón ya se había aposentado en su pecho, y ni siquiera los ojos cerrados podían impedir que el amanecer se colara en el cuerpo de Igor Ivánovich por todos lados.

«Que así sea», se dijo.

No precisaba abrir los ojos para ver y sentir la diáfana calma matinal que imperaba en la habitación, enfriada durante la noche, tampoco para adivinar la presencia de la mesilla de dos niveles, hecha de madera enchapada según la moda de antes de la guerra. Entre las dos bandejas que la formaban había un espejo que servía de fondo, como creando una gruta, donde se reflejaba una taza procedente de la vajilla de la corte del emperador Pablo, como atestiguaban el monograma imperial y el dibujo en relieve de un marinero tocando el acordeón. El mobiliario también incluía un armario, una mesa, seis sillas que no hacían juego y de las que dos eran recias piezas vienesas, un felpudo de colores variados y una radio de doble banda de la marca Moskvich que, aunque inservible, continuaba ocupando el lugar de honor junto a la ventana. A su lado había una flor en una maceta cuadrada, sus pétalos laqueados ocultaban una imagen de san Nicolás marinero situada en un rincón.

De pronto, todo quedó quieto, como congelado, tal como sucede cuando momentos antes del inicio de un desfile militar los soldados esperan la orden de «¡Firmes!».

No llegaba ningún sonido desde la cocina, lo que significaba que Nastia estaba pelando patatas o había salido a comprar queroseno.

Con los ojos entreabiertos, Igor Ivánovich se entregó de lleno a la observación de la mesilla.

Toda una joya. Una verdadera maravilla. La había conseguido cuando su hija mayor, Valentina, se disponía a deshacerse de ella, sin reparar en que se le podían sacar hasta treinta rublos a aquel mueble, veinticinco en el peor de los casos. ¡Sí, señor! Bastaba esperar un buen rato apostado en el mercado, armarse de paciencia y se podían sacar treinta sin ninguna duda. Que le parecía mucho al comprador, ¡pues se le ofrecía el transporte de la compra hasta su misma casa! ¡Y daba igual que hubiera que llevarla hasta Kolpany! ¡Le pido prestado el carretón a Pável y me lo dará encantado! ¡Ese es más bueno que el pan! ¡Y ya me diréis qué cuesta llevar esa mesilla cuando se dispone de una buena carreta! ¡Coser y cantar! Que la quieres, pues suelta tres billetes de color rojo y es tuya. Que te parece caro, que es más de lo que puedes pagar, ah, pero ¿acaso no es cierto que te encanta? Mira bien ese espejo… Esto no es cualquier cosa, ¿eh?...

Igor Ivánovich había vuelto a quedarse dormido y, en sueños, se había entregado con ardor a la venta de la mesilla en un gélido bazar.

Para aquellos que no conocieron personalmente a Igor Ivánovich, aquellos que hasta el día de hoy ni habían oído hablar de él, tal ensoñación delirante acerca de cobrar treinta rublos por un mueble que mostraba unos costurones oscuros en las juntas del enchapado provocados por las capas de manganeso que le aplicaron para que pareciera que estaba hecho de caoba, este sueño marcado por la codicia les puede sugerir un retrato de Igor Ivánovich como héroe fantasioso más que como héroe fantástico.

¡Pero qué lejos estaría una suposición tan apresurada del genuino, y subrayo, del genuino Igor Ivánovich!

En aras de evitar confundir al lector que nos ha dedicado a Igor Ivánovich y a mí parte de su tiempo —el tiempo de una vida que no es eterna—, es menester anotar que en este mismo instante Igor Ivánovich vive en la ciudad de Gátchina, es calvo desde los treinta y cinco años (como el rey inglés Enrique III, algo que el propio Igor Ivánovich ni siquiera sospecha), y se encuentra despatarrado bajo una manta roja de algodón cubierta por una sábana blanca y sobre una gran cama de hierro fabricada a principios de siglo en una célebre fábrica de camas de Leningrado que más tarde fue reconvertida en una planta de ensamblaje de aeroplanos. Este es el Igor Ivánovich de carne y hueso, un hombre a quien conocen casi todos los vecinos de la calle Chkálova. Aquí lo tenéis, desprovisto de adornos y oropeles, salvo que consideremos como tales los lazos de las cintas que le sujetan el pantalón a los tobillos, testimonio más bien de su amor por el orden que de alguna pretérita tendencia a la coquetería.

La punzante idea de que no habría tenido el menor sentido que Valentina tirara la mesilla tal como se proponía hacer devolvió a Igor Ivánovich a la realidad, si bien se abstuvo de abrir los ojos y ni siquiera se percató del súbito tránsito del sueño a la vigilia.

Sin embargo, una idea venida desde el sueño lo absorbió de lleno. Vender la mesilla, ir a casa de Valentina y, sin despojarse siquiera del abrigo, ¡pam!, arrojar los treinta rublos encima de la mesa. ¡Aquí los tienes, a ver si aprendes el valor de las cosas! ¡Que ellos no necesitan esa mesilla! Bueno, ¿y acaso hay alguien que necesite de veras esa porquería pulida y repulida? Que la hicieron en una fábrica de aquí de Gátchina, ¡y eso a quién le importa! Al diablo tanto mueble elegante. Este al menos tiene un espejo: ¡ahí lo tenéis! ¿Quieres afeitarte? Adelante. ¿Peinarte? Adelante. O arreglarte el cuello del abrigo. Componerte el nudo de la corbata… Es cierto que no resulta muy cómodo mirarse en ese espejo porque, como quiera que sea, está en el fondo y hasta un poquito oscuro. Pero ¿qué importa? Y, encima, ¿a qué burro se le ocurriría afeitarse mirándose en el espejo de una mesilla?

Solo un hombre sabe la extraordinaria exaltación que provoca el dispendio negligente de generosidad y la caridad administrada de manera aparentemente casual, actos ambos que elevan el espíritu y la razón hasta unas cumbres donde reinan la libertad verdadera y la sabiduría divina.

Sí, claro que valdría la pena llevarle esos treinta rublos y ni uno menos para sentirse embargado por la satisfacción de ser un hombre, y un padre, conocedor de la vida, que algo sabe de sus entresijos ¡y que sabe vivirla!

Desde la cocina, le llegó el tintineo del cuchillo que acababa de caer en el fregadero. El grifo emitió un resoplido sonoro.

Igor Ivánovich se puso en tensión. ¿Estaría atascada el agua? Los días de fuertes heladas los conductos de agua se atascaban, pero este año todavía no había helado con fuerza… La crepitación fue seguida de un estruendoso gorgoteo. Las tuberías de todo el edificio comenzaron a retumbar. Temblaban como si quisieran sacudirse de encima el abrazo apretado del edificio de viviendas que las rodeaba por todos lados. La tensión crecía y crecía. Las tuberías se estremecieron con un estrépito sordo, bien fuera porque se hubieran atragantado con algo o porque se enfrentaran a una voluntad que les era ajena. Igor Ivánovich ya se imaginaba la válvula que había en el sótano atestada de grasa y sabía bien qué hacer si otra vez… Pero tras tres sonoros estornudos, el grifo tosió, escupió un chorro de agua y otro más, y acabó por gorgotear de manera esperanzadora.

Y como si no hubiera pasado nada, el agua corrió en abundancia.

Igor Ivánovich abrió los ojos con rapidez y facilidad.

Lo primero que vio fue el reloj de pared que había al lado del cuadro. En realidad, no vio el reloj como tal, sino las manecillas que indicaban la hora: faltaban trece minutos para las tres. «¡Vaya!», se dijo Igor Ivánovich mirando burlón al reloj, y hasta permitiéndose una mueca. De las manecillas pasó a observar el péndulo. Su paso era medido, el tictac sonaba ordenado, no había nada que sobrara en aquel ritmo acompasado. Marchaba…

Igor Ivánovich no solía mirar la hora en ese reloj, aunque se afanaba con tesón para mantenerlo en funcionamiento.

Unos seis años atrás, el reloj había comenzado a pararse de vez en cuando, y costaba horrores ponerlo de nuevo a punto. Solo funcionaba si lo colocaban en una posición específica, que no era la vertical, sino levemente ladeado hacia la izquierda. Pero cuando llegaba el momento de darle cuerda, una operación que debía realizarse una vez a la semana, el reloj siempre terminaba moviéndose un ápice de la posición ideal y se paraba. Entonces se requería una paciencia enorme e idéntico respeto por el Paul Buhre,[1] así como el convencimiento de que el reloj pasaría a futuras generaciones, para estarse un día entero, y a veces hasta dos y tres, sin escatimar tiempo y esfuerzos, dándole empujoncitos al péndulo inmóvil, y ayudando al reloj a encontrar la única posición que complacía a su caprichoso mecanismo.

Fue más o menos por entonces, hará unos cinco años, cuando Igor Ivánovich llevó el reloj al taller. El relojero que le tocó en suerte era un hombre de rostro adusto, gesto atento y poco amigo de las prisas. Tras un estudio minucioso de la pieza, el relojero se negó a cobrar. «No hay nada que arreglar —dijo —. Fue un buen reloj, pero a todo le llega su fin y este ya ha vivido lo suyo». Si esas palabras hubieran sido pronunciadas de otra manera, con un alarde de simpatía, por ejemplo, o, por el contrario, en tono condescendiente o desdeñoso, Igor Ivánovich habría discutido el veredicto o, en el peor de los casos, habría llevado el reloj a que lo vieran en Leningrado.

Pero el maestro relojero las había pronunciado con sus manos reposando sobre el propio reloj, mirando a un punto impreciso a un lado de Igor Ivánovich, como si en realidad hablara consigo mismo.

El relojero era viejo, Igor Ivánovich distaba de ser joven: también el reloj había vivido ya lo suyo.

Al regresar a casa desde el taller, Igor Ivánovich colocó el reloj en el sitio de siempre, principalmente para tapar una mancha en el viejo papel que cubría la pared, y entonces echó a andar como si nada, marcando la hora precisa. La situación se prolongó durante tres meses, daba una impresión de inmortalidad que inundaba de gozo el espíritu de Igor Ivánovich. Más tarde volvió a pararse, pero Igor Ivánovich se mostró implacable: no estaba dispuesto a dejarlo morir y lo mantuvo funcionando contra viento y marea, aunque diera la hora sin precisión alguna. No importaba que el reloj funcionara mejor o peor. Lo importante era que no se parara.

Hay incluso otro aspecto que merece ser anotado en aras de la verdad. A Igor Ivánovich le costaba conciliar el sueño cuando el reloj se paraba. Se adormilaba, sí, pero esa inmersión en la penumbra silenciosa y quieta le resultaba dolorosa y triste. En varias ocasiones le ocurrió que despertaba en plena noche cuando el reloj se paraba de pronto. Entonces, intentaba ponerlo en marcha de nuevo. «Te estás volviendo loco», le decía Nastia, y regresaba a su propio sueño.

No se trataba de una idea ni de una convicción, sino más bien de un presentimiento que había arraigado en la conciencia de Igor Ivánovich, a saber, que la muerte equivalía a la detención del tiempo. Es probable que ese presentimiento motivara su angustia por el funcionamiento del reloj.

Durante los últimos dos meses el reloj había funcionado irreprochablemente. Incluso se había apagado el leve zumbido provocado por la vibración de uno de los muelles del mecanismo y que generaba un estado de permanente alarma en Igor Ivánovich. El péndulo llenaba la habitación con un sonido suave y regular —cloc, cloc—, que hacía pensar que al otro lado de la ventana un caballo avanzaba sin prisa sobre una calle de adoquines, siguiendo con digno porte un camino infinito. Cloc, cloc…

Desde que había dejado de mirar la hora en ese reloj, Igor Ivánovich lo había cambiado de sitio de manera que no estuviera tan a la vista, pero le fuera fácil de localizar en plena noche. Porque, en efecto, ¿qué sentido podía tener fijar la vista en el reloj cuando sabía perfectamente que eran las nueve y media de la mañana y ni un minuto más?

—¡Nastia! ¡Ya me levanto! —gritó Igor Ivánovich mientras se giraba sobre un costado y se envolvía con celo en la manta para no perder el calor.

—¡Hoy vendrá Kolia! —gritó a su vez Nastia desde la cocina.

—¿Crees que me iba a olvidar de eso? —le respondió con otro grito Igor Ivánovich, que se había olvidado por completo de la visita y tiró la manta a un lado.

Tras dejar reposar un instante su cuerpo alargado, vestido apenas con calzoncillos y una camiseta, como si quisiera acostumbrarlo al frío que se encontraría al levantarse, Igor Ivánovich se irguió y agitó los brazos con unos movimientos desacompasados que apenas sugerían ejercicios de gimnasia. En todo aquel remedo de calistenia tan solo se distinguían dos movimientos de los brazos —los separaba y los volvía a juntar— y el trabajoso ajetreo para meterse en los pantalones.

Tengo la convicción de que sobre cada una de las personas que conocieron a Igor Ivánovich Dikshtein en vida recae la responsabilidad moral de proteger la memoria de este hombre contra el olvido. Un hombre que, en cierto modo, no existió en realidad, circunstancia esta última que podría constituir un atractivo elemento fantástico para cualquier relato que se escriba sobre él. Lo dicho no ha de ser tomado como un reproche a la sorprendente ceguera de que hicieron gala las autoridades literarias y artísticas de aquellos días al no legarnos ni un solo retrato al natural de Igor Ivánovich. Como, por supuesto, tampoco se trata de un reproche a quienes se aferran dogmáticamente a un tipo de héroe fijado por el uso canónico, gracias al cual, por cierto, existe la mayor parte de la literatura y la pintura. Igor Ivánovich no tiene la menor intención de usurpar un lugar que no le corresponde, porque si bien es cierto que en una ocasión ocupó un puesto, digamos, ajeno, jamás volvió a quitarle su lugar a nadie, ni desarrolló pretensión alguna en ese sentido. Hablando en plata: a partir de aquel episodio nunca jamás ocupó un lugar que no fuera el suyo.

De hecho, ¿por qué habría de reclamar atención hacia su persona alguien que, como podría acabar resultando, ni siquiera existió? ¿Tan escaso de héroes está este mundo? O será que el autor ha perdido toda…

¡No y no! ¡Igor Ivánovich no fue un cualquiera! ¡No fue un cualquiera!

Además, juzguen por ustedes mismos: con la sola excepción de un único secreto, que incluso él mismo olvidaría hacia el final de su vida, Igor Ivánovich siempre fue extraordinariamente transparente, con todo su fervor, su sinceridad y su incorruptibilidad.

¿Y qué importa que su fervor abarcara apenas, digámoslo con franqueza, espacios muy limitados, que su sinceridad afectara a asuntos que no despertaban más interés que el suyo propio, o que nadie pretendiera corromperlo en toda su vida? ¿Qué importa eso? ¿Acaso pierden por ello su valor la sinceridad, el fervor y la incorruptibilidad de un hombre, o será que alguien cree que es sencillo encontrar otra persona en la que con igual espontaneidad se vean reunidas esas tres características? No traiciono mi propia conciencia si añado a los mencionados rasgos la honestidad, la bondad, la franqueza y un agudo sentido de la justicia. ¿Será que todo eso sigue siendo insuficiente para atraer la atención hacia un tipo de héroe no consagrado por los cánones al uso?

Pero es sobre todo la memoria de los humildes cronistas la que me mueve a emprender este trabajo. Aquellos que comienzan por callar y postergar y, solo después, convencidos de que se ha incurrido en un olvido imperdonable, se lanzan a especular sobre la vida del difunto y difunden toda suerte de dudosos rumores que lo afectan, o, lo que es peor, se empeñan en borrarlo por completo de la historia.

—Nastia, creo que hoy deberíamos sacrificar un conejo. Ese de la oreja tan graciosa —dijo Igor Ivánovich con sorprendente serenidad, tras la que apenas se adivinaba un considerable pesar, mientras estudiaba la cocina con aparente desinterés. Desde luego, no le sobraban los conejos.

Aprovechemos que Nastia se toma un tiempo para responder y anotemos que a Igor Ivánovich se le daba de perlas la cría de conejos y tan solo la falta de un local adecuado le impedía ampliar el negocio. Sus animales enfermaban muy rara vez, daban buena carne y hasta desollarlos y curtir sus pieles se le daba mucho mejor a Igor Ivánovich que a otros. Tan solo una de las facetas que compete realizar a los criadores de conejos lo superaba: el sacrificio. Recordemos cuando Nastia se refirió por primera vez al asunto —«Qué tal si sacrificas a ese, al gris, que ya está viejo…», le dijo— y como Igor Ivánovich quedó de una pieza y le dijo con voz clara mirándola fijamente a los ojos: «Eso no está en mi naturaleza». De ahí en adelante, de sacrificar al «gris» y a todos los que corrieron su misma suerte se ocupó Efímov, un vecino.

Nastia clavó los ojos en Igor Ivánovich, de pie y con las manos en los bolsillos, y atribuyó tan apresurada propuesta a su carácter veleidoso.

¡Si todos los ojos de este mundo miraran como los ojos de Anastasia Petrovna habría muchísima más bondad y verdad!

Todos recuerdan como en 1942 su prima, acompañada de dos hijos que ya tenían un pie en la tumba, fueron evacuados milagrosamente de Leningrado y encontraron cobijo en la vivienda de solo doce metros cuadrados que Anastasia Petrovna tenía en Cherepovets. Cuando llegaron al lugar ya había cinco personas compartiendo estrecheces. A lo largo de dos años enteros, los huéspedes no solo ocuparon una cama, sino también tres puestos en la mesa. Y llegó el momento en que Valentina y Evguenia, jóvenes, sedientas de vida y permanentemente hambrientas, se sublevaron. Fue entonces cuando se pudieron escuchar las históricas palabras de Anastasia Petrovna, expresadas con sencillez pero en tono inflexible: «Si alguien no se encuentra a gusto en mi casa, puede marcharse cuando quiera».

Quienes no se encontraban a gusto eran sus propias hijas, y ella no las retuvo.

—Puede que no se quede a comer con nosotros.

—¿Cómo que no va a comer aquí? —saltó Igor Ivánovich—. Tiene un juicio a la una. ¿Cuánto crees que tardará? Ya verás como llega a la hora de comer. No dejas de sorprenderme…

Nastia estaba habituada a que Igor Ivánovich expusiera sus razones acerca de las cuestiones domésticas mostrando sorpresa o resentimiento, según fuera su estado de ánimo.

—Prepararé una sopa de setas. Ya sabes que la adora. Y podemos abrir una lata de carne en conserva para el segundo plato —y añadió sin transición alguna y hablando ya del conejo—: Está muy flaco todavía, deja que se divierta un poco más.

Igor Ivánovich no había contado en absoluto con la carne enlatada, de manera que decidió responder al ofrecimiento con igual gesto de generosidad:

—¿Hay botellas vacías que llevar a devolver? Porque podría ir a buscar cerveza para acompañar la comida. Va muy bien con la carne enlatada. Estaría bien.

—Sabes perfectamente que no quedan —le dijo Nastia sin inmutarse, mientras llenaba la olla de agua—. Pero puedes lavar las botellas de aceite y devolverlas.

—Pero si ya te he dicho que esas no las aceptan —continuó una vieja discusión Igor Ivánovich.

—No digas bobadas. Son botellas de medio litro como las de vino, ¿por qué las tendrían que rechazar? Tú arráncales las etiquetas y asunto resuelto…

—Por cierto, ¿tenemos queroseno?

—Ya fui a buscarlo.

—¿Por qué no me despertaste?

—Dormías tan bien… Y yo desde que me desperté a las siete ya no pude pegar ojo… Hoy no tienes buen color.

—A ver si pongo fin a esas veladas tan largas —farfulló Igor Ivánovich como si le hablara al fregadero—. Voy a imponerme una regla: a las diez de la noche, ¡a la cama! Que, si no, me pierdo toda la mañana, las mejores horas del día.

Nastia, habituada a las decisiones impulsivas de Igor Ivánovich, se limitó a suspirar. Un suspiro que él no escuchó, pues estaba entretenido en secarse las manos con una toalla de papel basto.

Cinco botellas polvorientas ocuparon el fregadero.

El fregadero era una de esas piezas antediluvianas que se colaron antaño en las cocinas de San Petersburgo. No lo hicieron en los tiempos en que fue instalado el primer sistema de distribución de agua, sino algo más tarde, cuando se instaló el segundo, precisamente en una época en que los pintores se entregaban de lleno a la representación de lirios, carrizos, algas, hierbajos de las marismas y delgadas mujeres desnudas con la cabellera suelta. Es difícil saber qué nombre recibían las pilas que se colocaban bajo los grifos antes de la aparición de esos fregaderos conquiformes hechos de hierro corrugado y fundido, amplios en la parte superior y estrechos por abajo. Lo más probable es que fuera a partir de su aparición que empezaran a llamarlos «conchas», nombre con el que se conoce en ruso a las piezas destinadas a ese fin. El fregadero que nos ocupa recordaba a un enorme cráter y era la mar de incómodo, pero resultaba imposible sustituirlo por alguno de los nuevos fregaderos esmaltados y de ángulos rectos, como ansiaba Nastia, por estar situado junto a la entrada, lo que habría significado empequeñecer aún más la cocina triangular que, quién sabe cómo, llegó a surgir en aquel preciso rincón tras las innumerables reformas sufridas por un edificio muy mal concebido.

Es natural que el lector no esté nada interesado en observar a Igor Ivánovich ocupado en idear la forma mas fácil de quitar los restos de aceite reseco de las botellas transparentes y pringosas. Muy por el contrario, el lector estará esperando con impaciencia a que se le explique cómo es que Nastia, hija mayor de su padre, y otrora residente junto a sus padres y hermanas en la casa familiar, un magnífico apartamento en Viejo Petergof, junto al canal Obvodni, a tiro de piedra de la fábrica Trugolnik y apenas un poco más lejos de las célebres Puertas de Narva, fue a parar a este extraño y minúsculo apartamento en Gátchina, provisto de apenas tres pequeñas habitaciones que asemejan triángulos escalenos. Aunque, en realidad, los triángulos eran solo dos, y se correspondían con el recibidor y el cuarto de baño, mientras que la habitación principal parecía más bien un trapecio algo distorsionado.

Sería difícil encontrar a alguien mejor que Grishka Bushúyev, antiguo jefe del 13.º Departamento de Policía, para relatar las razones y circunstancias del traslado, pero resultó muerto en los primeros días de la guerra, lo que dio pie a que la lengua viperina de Evguenia, su hermana menor, le dijera a Liuska Bushúyeva, con ocasión de una visita a su antiguo apartamento una vez finalizada la guerra: «¡Dios lo castigó!». «Zhénechka, yo no tuve nada que ver y tú no deberías hablar así de un difunto», fue lo único que atinó a replicarle Liuska Bushúyeva, viuda y con tres hijos a su cargo.

A pesar de haber sido nombrado jefe del 13.º Departamento de Policía, Grishka continuó viviendo en circunstancias miserables cerca de la estación de Moscú, por Lígovka, en la calle Kúrskaia, para ser más precisos. Pero el apartamento del Viejo Petergof se le había quedado grabado en la memoria desde los tiempos en que se ganaba la vida como agente operativo y practicaba requisas y, llegado el año 35, después tomar posesión de todas sus prerrogativas y poderes que le abrían enormes posibilidades, recordó su viejo sueño y se deshizo de un explotador que anidaba en el apartamento al lado de las Puertas de Narva.

Grishka no se mudó solo al apartamento. Lo acompañó un cachorro de setter irlandés, al que Grishka, sin duda polemizando con alguien, había llamado Nerón. El perro era asombrosamente hermoso y la pureza de su raza estaba fuera de toda duda. De hecho, daba la impresión de que el propio animal era consciente de las virtudes de su sangre y la fiabilidad de su pedigrí y, por eso, cuando Grishka lo sacaba a pasear por el patio, le daba órdenes con la clara intención de impresionar a los vecinos: «Quieto, Nerón, quieto», le decía, por ejemplo, y Nerón respondía esbozando una suerte de sonrisa en su jeta alegre y desdeñosa, sin obedecerlas, ni mucho menos. Los paseos del cachorro, que buscaban provocar un fuerte impacto psicológico en el vecindario y respondían a un determinado cálculo político, a veces solían verse empañados cuando Liusia se asomaba a la ventana de la amplísima cocina y gritaba con una voz que se escuchaba en todo el patio: «¡Grisha…! ¿Me oyes, Grisha? ¡Anda y sube a comerte unas patatas con aceite de linaza!...».

Cada vez que se producía una de esas escenas, Grishka se enfurecía y soltaba un par de tacos dirigidos a su mujer y a Nerón. Con toda probabilidad, su sentido estético le indicaba que se estaba produciendo una grave violación de las reglas de la armonía: no era posible que sedujeran con patatas bañadas en aceite de linaza al dueño de un cachorro como Nerón. Cuántas veces no le dijo a Liusia con firmeza: «¡Esconde tu mediocridad! ¿Es que no ves que te has convertido en el hazmerreír del patio? ¡Los enemigos de clase se están mofando de ti!».

Los capitalistas y hacendados expulsados de PetrogradoLeningrado a buen seguro se sorprendieron al encontrar entre sus filas en el basurero de la historia a Piotr Pávlovich, su esposa y sus dos hijas adultas, acompañados, además, de su yerno y los tres nietos.

El concepto de «Yezhóvshina»,[2] cabe suponer que descrito de forma sobrada e iluminadora en la bibliografía correspondiente, arroja mucha luz sobre un buen número de sucesos aparcados en el arcén de la historia, pero si se precisara alguna investigación ulterior al respecto, bien se podría echar mano del concepto «Bushúyevshina», que no es más que la «Yezhóvshina» desarrollada en el estrecho marco de una sola demarcación policial.

El caso es que Piotr Pávlovich, el padre de Nastia, hombre que gozaba de gran respeto en todo el distrito Kolómenskoie, se paseaba hasta el año 35 con un sombrero hongo, llevaba un bigote acabado en magníficas puntas, adoraba los abrigos ceñidos al cuerpo y se consideraba un fabricante porque, ya fuera por cierto incomprensible orgullo o para satisfacer a su democrática clientela, había dado a su establecimiento el nada eufónico nombre de «central de despiojamiento». La barbería instalada junto al canal Obvodni se mantenía en óptimas condiciones y le había sido otorgada a Piotr Pávlovich en usufructo por el Departamento de Sanidad e Higiene, donde él mismo trabajó inmediatamente después de la instauración del poder soviético.

La desgracia se la trajo a Piotr Pávlovich la misma fuerza de trabajo que empleaba. Fuerza de trabajo que consistía únicamente en Petka Kudriavkin, sobrino del aya de Tatiana Yákovlevna, también de apellido Kudriavkina, a quien aceptó como chico de los recados cuando llegó a la ciudad desde Leschin, una aldea que apenas nadie conocía, y no desde Zaluchie, de donde era oriunda Tatiana Yákovlevna.

Pero eso había sucedido mucho tiempo atrás. Así que cuando en el año 34, en la barbería junto al canal Obvodni, un cliente esperaba cubierto con una sábana de un blanco cegador, y Piotr Pávlovich gritaba, como era habitual en él: «¡Chico, trae el agua!», quien la traía ya no era Petka. Por esa época, quien hacía las veces de «chico» era, en realidad, una mujer… Un hecho este que debemos aceptar con naturalidad, dado el género que hemos elegido para narrar esta historia. Más aún: de no haberse producido esa situación, habríamos tenido que inventárnosla en interés del género de la narración, y que así ganara en atractivo y tono fantástico.

Es así como, a guisa de «chico», se asoma a esta historia la esposa de Piotr Pávlovich, una mujer no precisamente joven, ya abuela por aquella época, cuya aparición habría sido todo un éxito si no fuera porque, para disgusto de Piotr Pávlovich, que tenía un prestigio que cuidar, aparece diciendo: «Ya voy, Pétenka, aquí la tienes…», haciendo uso de un diminutivo que siempre disgustó al maestro.

Al propio Petka Kudriavkin, que ya entonces trabajaba como maestro barbero, le daba vergüenza llamar al «chico» para que lo ayudara, de manera que se las apañaba sin ayuda y, mientras bromeaba con los clientes, iba a la carrera hasta el cuarto trasero donde la abuela Olia, infatigable trabajadora, cargaba sobre sus hombros delgados pero aún fuertes todo el trabajo de retaguardia que precisaba el funcionamiento de la barbería.

Y fue precisamente en Petka Kudriavkin en quien se apoyó Grishka Bushúyev para despojar a Piotr Pávlovich de aquello que le pertenecía.

¿Acaso podía uno explicarle a la troika extraordinaria de la Checa, en los escasos minutos disponibles para ello, que, para Piotr Pávlovich, Petka Kudriavkin era como una suerte de compensación por el hijo que Dios no le quiso dar; que Petka era su mantenido, la niña de los ojos de Piotr Pávlovich; que a Petka se le permitía y se le perdonaba casi todo, sin guardársele rencor; que Piotr Pávlovich, quien a lo largo de toda su vida había formado a muchos maestros barberos, sentía un orgullo muy especial por Petka?

Definitivamente, en aquellos días tempestuosos, la troika de la Checa no disponía ni de la fuerza ni del tiempo para detenerse a escuchar todas aquellas historias pequeño-burguesas acerca de la ausencia de guerra de clases entre un puñado de explotadores y la gran masa de explotados. La mano punitiva de Bushúyev liberó a Petka de Piotr Pávlovich, y a este último, como elemento hostil, lo despojó de su barbería junto al canal Obvodni y de su apartamento encima de la misma.

¿Fue así, entonces, como Nastia e Igor Ivánovich fueron a parar a Gátchina?

No, de ninguna manera. Tal suposición apresurada solo podría hacerla quien tuviera una noción del acontecer histórico como un proceso rectilíneo o quien careciera totalmente de aptitud para la fantasía.

Mas, no forcemos el curso de la historia cuando esta ya ha transcurrido y, por mucho que intenten reescribirla, nadie conseguirá cambiarla. Tampoco nos apresuremos a juzgar a quienes no tuvieron ni tendrán otra vida que aquella que les tocó en suerte…

En cualquier caso, si tenéis prisa, id directamente a las últimas páginas de este relato y adiós muy buenas.

No obstante, no olvidéis que las historias lentas a veces adquieren un tempo harto curioso…

En un plazo de veinticuatro horas, es decir, con bastante apremio y sin que se le diera la oportunidad de prepararse apropiadamente para el traslado —tanto es así que se dejaron la maquina de coser Singer con la que la mañosa Olga Alexéyevna vestía a toda la familia—, con apenas tiempo para vender a precio de saldo lo que les quisieron comprar y, después de incontables peleas y reproches mutuos, un Piotr Pávlovich, ya sin voz y acompañado de su familia, consiguió cargar a duras penas los enseres que se llevaban y partieron hacia Cherepóvets, destino que les fue fijado como lugar de residencia. Y fue solo después de la guerra cuando la diezmada familia, ya sin Piotr Pávlovich y Olga Alexéyevna, se trasladó a Gátchina siguiendo a Valentina, la mayor de las hermanas, que había pasado toda la guerra trabajando en una unidad militar de la retaguardia emplazada allí y se dedicaba a la reparación de armas. Al término de la guerra, dicha unidad se trasladó a las inmediaciones de Leningrado y fue entonces cuando Valentina, dirigente sindical y trabajadora ejemplar, aprovechó para instalarse en Gátchina, y traerse al resto de la familia después.

«¿Y cómo se comportó Igor Ivánovich ante el desalojo?», os estaréis preguntando.

¿Cómo es que no hemos visto su rostro ni escuchado su voz firme cuando la familia se vio sacudida por una situación tan dramática?

Igor Ivánovich se comportó con extremo tino y previsión, aptitudes de las que no solía hacer gala. Y no actuó así en su propio beneficio, por cierto, sino porque sabía que si Bushúyev hubiera abordado a Piotr Pávlovich no a través de Petka, sino a través del yerno, es decir, del propio Igor Ivánovich, la familia podía haber ido a parar a un destino mucho más remoto que Cherepóvets.

Es posible que esta no sea la única ocasión en que veamos desaparecer a Igor Ivánovich a lo largo de las páginas de este relato fantástico, ocultarse de la vista de otros cuando transcurran acontecimientos aún más importantes que un desalojo. Y ello no se deberá en modo alguno a que dichos acontecimientos le resultaran ajenos. Muy por el contrario: si desaparece y se oculta, será con el propósito de ocupar su propio lugar, aquel que la historia universal quiso concederle.

Lavó las botellas despacio y concienzudamente. Pero por mucho que Igor Ivánovich intentara alargar el proceso, la faena acabó pronto, en escasa media hora. Y no fue solo porque Nastia le transmitió la fe en que aceptarían las botellas, si bien es menester consignar que de veras creyó en ello con pleno convencimiento. Lo que impulsó a Igor Ivánovich fue la sensación de que mientras frotaba, agitaba, enjuagaba, olía y examinaba el vidrio mirándolo al trasluz, estaba trabajando para ganar dinero, poco, sí, pero dinero al fin y al cabo, y ello hacía que su ajetreo con el queroseno y la grasa adquiriera la condición de algo serio y que valía la pena hacer. Igor Ivánovich era un hombre muy trabajador. Podía coser un gorro decente de piel de conejo, repasar las costuras de las galochas o levantar un cobertizo; trabajó como techador y, en cierto sentido, también como estibador; dirigió una peña de intérpretes de mandolina en la empresa Raznopromsoyuz, donde también desempeñó otros trabajos; arreglaba zapatos, aunque no le gustaba demasiado hacerlo; no le hacía ascos al corte de leña y hasta la apilaba con entusiasmo, pero siempre la incertidumbre acerca del salario que percibiría dañaba su corazón, no precisamente saludable, a la vez que privaba al trabajo de buena parte del placer de realizarlo. Tal vez fuera esa la razón por la que siempre se mostrara dispuesto a emprender un trabajo previamente tasado, donde lo más importante ya no era la cantidad precisa de dinero que le fueran a pagar, sino el equilibrio emocional y la paz que le proporcionaba el conocimiento del futuro. De ahí que mientras trajinaba con las botellas, no pensara en la suma concreta de doce kopeks que recibiría. Pensaba en el dinero en abstracto, en la cerveza que bebería con placer y, sobre todo, pensaba en la cerveza en tanto que adorno para la mesa y la comida. Igor Ivánovich estuvo a punto de repetir mentalmente el discurso habitual sobre las bondades intrínsecas de la cerveza y las bondades específicas de la cerveza que se toma con la comida, pero se detuvo a tiempo para desviar el curso de sus pensamientos hacia otros asuntos.

¿Y si compraba cerveza a granel en lugar de embotellada? Habría más cerveza, entonces…

Apartó de golpe esa idea traicionera con la firmeza incorruptible de quien conoce el precio de la mezquindad. Y no se trataba en absoluto de que tal cambio de planes exigiera localizar el bidón y lavarlo, sino que la renuncia a comprar cerveza embotellada saboteaba la idea misma de disfrutar de una buena comida, la pervertía y distorsionaba. Privarse del placer de arrancar con un gesto suave el sombrerete dentado del gollete, admirar el gorro de espuma que desbordaría el vaso, sentir el sabor amargo de la bebida ligera, disfrutar del leve mareo que provoca, el mismo que provoca el aire primaveral, que huele a hielo y nieve… Y una cosa es la mesa puesta con tres o siquiera dos botellas de cerveza y otra bien distinta afearla con un prosaico bidón…

Tal vez podamos sospechar la presencia de cierta hipocresía inocente en este pensamiento de Igor Ivánovich. Es posible que, de forma intencionada, hubiera traído a colación esa idea absurda y ofensiva de recurrir a la cerveza a granel para desecharla de golpe inmediatamente después y confirmar así, en todos sus detalles, la única idea correcta y, sobre todo, hermosa, a saber, la de acompañar la comida con cerveza embotellada.

Cuando Igor Ivánovich terminó de beberse deprisa una taza de té acompañada de un bollo y se hubo puesto el abrigo, descubrieron que se había extraviado la bolsa que solía utilizar para llevar las botellas al punto de recepción de vidrio, una bolsa que no era más que una redecilla menuda de color amarillo.

—Llévate esta otra bolsa.