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En un incursión festiva y rigurosa, el autor nos invita a un estimulante itinerario por la neurobiología del sexo y los amores. Los enamoramientos, la seducción, los celos, los desamores, la farmacología de los sentimientos, los usos sexuales y las fórmulas de relación amorosa como ensamblajes cruciales de las sociedades humanas. Este libro nos lleva, en una exploración iluminadora, a contemplar con nuevos periscopios las amenidades y también las desazones que pueden aparecer, con facilidad, ante las urgencias del apetito y el arrastre de las dependencias afectivas.
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Seitenzahl: 521
Veröffentlichungsjahr: 2022
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El cerebro erótico
Las sendas neurales del amor y el sexo
Adolf Tobeña
Primera edición en esta colección: septiembre de 2022
© Adolf Tobeña, 2022
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2022
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-19271-27-3
Diseño y realización de cubierta: Grafime Digital S.L.
Fotocomposición: Grafime Digital S.L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Preámbulo
. La química del amor
Guía de lectura y avisos imprescindibles
1. Biología de la pasión amorosa
Las áreas del placer
Los gozos sensoriales
Sensualidad amorosa y cerebro
El santuario cerebral del sexo
El hipotálamo sexual masculino y femenino
Amores homosexuales y cerebro
Genética y orientación sexual
Trenzados neurales, masculinidades y femineidades
Ida y vuelta en cambios de sexo
¿Cinco o más sexos?
En resumen
2. Hormonas pasionales: del enamoramiento a los afectos
La tempestad del enamoramiento
Estimulantes amorosos y dopamina
Cascadas neurogonadales: de la noradrenalina a las hormonas sexuales
Neuromodulación amorosa compleja
Oxitocina y vasopresina
Afectos maternales
Afectividad parental por contacto
Fusión hormonal monógama
Endocrinología de la satisfacción y la beatitud amorosa
3. Amores y gozos escaneados
Hay animales que se enamoran
Semir Zeki y el cerebro romántico
Del cerebro romántico al maternal
Imágenes de la fase ascendente del enamoramiento
Neuroescaneos lujuriosos
Escaneos de la orientación sexual en cerebro
Neuroimágenes
4. Del deseo y el atractivo sexual
El efecto Coolidge
Dianas distintivas de excitación sexual
El atractivo físico básico y los reclamos
Señales seductoras
Playboys
de ribera
Incentivos, tolerancia y sensibilización
Aburrimiento amoroso
Incentivos odoríferos
Feromonas femeninas
Elecciones olfativas en Berna
5. Corazones rotos
Demografía de la inconstancia amorosa
Variedades del llanto amoroso
Fusiones opiáceas
Apegos oxitocínicos
Fases de las rupturas amorosas
Estrategias de emparejamiento
6. Consumo erótico, infidelidades y celos
Reclamos e hiperconsumo sentimental
Los enamoradizos
Inestabilidad romántica y sensibilización
Fugacidad de la pasión amorosa
El seguimiento de las cifras de consumo erótico
Tolerancia a la infidelidad y persistencia de los celos
El cerebro de macacos celosos y el de las señoras y señores
Constricciones biológicas y nuevas culturas amorosas
Platonismos
7. Neurosociologia amorosa
Amores desiguales en gemelos idénticos
Gases amorosos
Hienas femeninas y mandonas
Lucha jerárquica, autoestima y eficacia amorosa
Machos satélites
Salvedades culturales en humanos
Solteros casanovas en Quebec
El tamaño importa
Belleza y poder
Simetría corporal, funciones del orgasmo y el celo perdido
Pornógrafos y pornoadictos
8. El futuro del amor
Viejas y nuevas fórmulas para las tramas sentimentales
Tipologías amorosas
Agendas ocultas en asuntos de amor
Cierre: amores antiguos y modernos
9. Vocabulario funcional
Referencias bibliográficas
Cubierta
Portada
Créditos
Sumario
Dedicatoria
El cerebro erótico
Referencias bibliográficas
Notas
Colofón
Para Isabel de Vallparadís
Siempre se ha sabido que los episodios amorosos disparan secreciones turbadoras. Ese dato tan aparente no es cosa de ahora sino de toda la vida. La administración de pócimas o elixires mágicos con el propósito de encender apetitos y pasiones eróticas es una tradición ineludible en el romancero popular, en todos los cancioneros y en buena parte de la literatura. Por poco que se cavile sobre el asunto, habrá que convenir que la fe en las recetas de brujo o de boticario debía sustentarse en la convicción de que los desasosiegos erotógenos derivan de turbulencias en los fluidos internos. Porque solo así puede entenderse que se esperara desvelar o anular, a voluntad, un fervor pasional usando las fórmulas de la farmacopea folclórica o de la biotecnología sofisticada.
A pesar de contar con unos antecedentes tan venerables, el concepto de la «química amorosa» es reciente. Eso no debiera extrañar, porque la ciencia de los encantamientos pasionales, a base de cócteles enigmáticos, siempre fue muy insegura y era preciso revestirse con los ornamentos del misterio para poderla practicar con fingida solvencia. Últimamente, no obstante, se han dado pasos firmes en el camino que permitirá dar con los escurridizos ingredientes de los efluvios internos (y quizás también de los externos) que gobiernan las tempestades, los devaneos o las resacas de amor y sexo. Con los hallazgos que aportan la exploración minuciosa del cerebro y la sólida garantía de la farmacología actual, la noción fríamente materialista de una química de las pasiones amorosas ha conquistado la calle y se ha instalado, para siempre, en el acervo más común. Es decir, en todos los soportes publicitarios que es donde se ventila la suerte de los conceptos más sesudos hoy en día.
Tengo para mí que la consagración definitiva de la idea de la «química amorosa» se produjo el día de San Valentín de 1992. A principios de los años noventa del pasado siglo, los hallazgos sobre una posible descripción neuroquímica de las relaciones sexuales y amorosas eran tan sorprendentes que la revista Time decidió dedicar una portada monográfica al asunto aquel 14 de febrero. Sospecho que ahí cristalizó la idea. El influyente semanario norteamericano debió considerar que había llegado la hora de informar al mundo sobre los avances en la neurología y la endocrinología de los desvelos amorosos. En un extenso y documentado reportaje se afirmaba que ya era viable una explicación biológica de las complejas etapas y modalidades de los episodios pasionales. A partir de ahí empezó la reverberación en todo tipo de secuelas, en múltiples medios y canales de gran penetración, hasta el punto de que la noción de la «química amorosa» está ahora plenamente integrada en la cultura cotidiana. Todo el mundo se refiere a ello con gran naturalidad sin saber exactamente de qué va, pero con una seguridad y un convencimiento envidiables.
Conviene insistir, sin embargo, que la noción es antiquísima y de ahí proviene, seguramente, su aceptación fulminante. De todos modos, hasta hace muy poco, cuando se hablaba de las secreciones mediadoras de los vínculos amorosos, se acostumbraba a pensar en jugos explícitos: en efluvios y humedades de un origen glandular estratégico y de una materialidad incontrovertible. Efervescencias y sofocaciones detectables, al fin y a la postre, con los sensores más primitivos. En cambio, la noción de unos efluvios plácidos o mórbidos circulando por el cerebro y disparando comezones y tumefacciones en diversos puntos de la geografía corporal, aunque se había apuntado, se tenía como una especulación volátil o como mera divagación literaria (de mal gusto, por regla general). La inaccesibilidad de la compleja glándula que trabaja dentro del cráneo se encargaba, por si sola, de desbaratar cualquier intento confirmatorio.
Tan pronto como el cerebro comenzó a filtrar secretos, los conceptos de sintonías o incompatibilidades «químicas» cuajaron, sin embargo, instantáneamente. Hasta el punto de que esas nociones superaron los lindes de la señalización amorosa y se recurre a ellas para analizar todo tipo de interacciones sociales. La buena o mala «química» entre los duetos estelares en las películas, las series o el teatro, constituye un comentario obligado en las reseñas distinguidas. Y no es infrecuente, tampoco, que las cumbres políticas sean narradas en función del intercambio de secreciones armónicas o desacompasadas entre los protagonistas y vehiculadas en regiones de su cerebro afectivo. Conjeturas que han servido, dicho sea de paso, para humanizar el comportamiento de unos personajes muy poco explícitos, en general, en sus efusiones sensibles. No solamente se acepta, por consiguiente, la existencia de vibraciones y efluvios internos de naturaleza sutil, sino que se especula con la posibilidad de captarlos sin necesidad de sensores auxiliares: con el olfato y los periscopios visuales bien entrenados sería suficiente.
Es evidente que Las afinidades electivas de Goethe han dejado de ser una metáfora deliciosa para convertirse en un tópico estentóreo. La culpa de todo ello la tiene el empuje imparable de la investigación neurobiológica y la banalización inclemente que practica el periodismo de tintes cientificistas que inunda la cháchara mediática en todas las tribunas. La cuestión de fondo, sin embargo, dista mucho de estar resuelta y, como se me ha presentado una ocasión favorable, he decidido aprovecharlo para efectuar una expedición exploratoria al territorio aún inseguro de la neurociencia del amor y del sexo. Mis pretensiones son humildes y ambiciosas a un tiempo: he intentado elaborar una guía de los senderos que se están trazando en los diversos frentes de ataque de las disciplinas que trabajan en la «neurobiología del sexo, los afectos y los sentimientos». Una guía tentativa, puesto que todo ello está en sus inicios, aunque quizás pueda ser útil para los ciudadanos prudentes y para quienes no lo son tanto.
Así lo estimo porque, a despecho de la reserva obligada en materia tan provisional, pienso que disponer de algún conocimiento objetivo sobre los engranajes neuroendocrinos que intervienen en las relaciones sexuales y amorosas puede ayudar a entender algo mejor los encuentros afortunados y los traspiés tan típicos de esos negocios. Nada más que eso y ya me parece mucho, porque cualquier pretensión de descripción convincente de las incitaciones erotógenas, las pasiones amorosas y los nexos afectivos, desde el punto de vista de los resortes biológicos es, hoy en día, una simplificación abusiva o decepcionante. Raramente se consigue algo más que banalizar los viejos cuentos románticos o los nuevos, y mucho más interesantes, que fabrican en Hollywood y sus sucursales.
Esa convicción me ha llevado hasta ámbitos muy alejados, en ocasiones, de la neurobiología para recabar evidencias con las que anclar las novedades que van surgiendo en la exploración del cerebro erótico. Debo reconocer que he seleccionado, con notoria imprudencia, elementos que provienen de disciplinas muy variadas con las cuales no estoy plenamente familiarizado. Costumbre que no suele ser nada buena. E incluso he acudido, más de una vez, a la anécdota trivial cuando me ha parecido pertinente. Porque la pretensión última no era trabar una obra sabia sino una introducción sugerente.
Como el material que se expone es dispar y proviene de áreas que van desde la genética hasta la sociología o la economía, se puede degustar, si se tiene el apetito inexcusable, del modo que mejor plazca. Quiero decir con ello que la lectura ordenada de principio a fin no es indispensable. En realidad, ni siquiera estoy seguro de que sea lo más recomendable porque cada capítulo permite una cata y degustación independiente. El panorama global quizás se aprecie mejor mediante una lectura ortodoxa de principio a fin, pero como los ejes de la estructura de conjunto son frágiles, se puede inspeccionar y escanear, insisto, a voluntad. El provecho general o particular resulta mucho más difícil de augurar porque las digestiones son siempre un asunto personalísimo.
Conviene, en cualquier caso, tener presente que este libro se adentra en una temática sensible y que lo hace usando un tono que puede resultar irreverente. Ese es el primero de los avisos. Con los materiales que trato aquí he coleccionado diversos encontronazos en las aduanas de medios de comunicación y editoriales de probada tradición liberal. Pregonar, por tanto, alertas o avisos no es ocioso. Cuando se intentan describir los sentimientos y los afectos con las sondas de la biología se circula por lindes fronterizos. Territorios pantanosos, porque se diseccionan los recodos de unas experiencias de naturaleza privada que se habían tenido, hasta hace cuatro días, por inaccesibles al abordaje empírico.
A pesar de las objeciones a la viabilidad de la aventura que ha emprendido la neurobiología afectiva, al desmenuzar los resortes de las vivencias eróticas y sentimentales, mi impresión es que se ha conseguido culminar ya un buen trecho de andadura. Y como me gusta explicarlo sin edulcorantes o velos innecesarios, no me extraña que ande provocando alguna alergia de vez en cuando. Para obviar agravios es mejor que los que piensen que este recorrido es un despropósito, lo dejen correr aquí mismo, en el pórtico. Porque, conviene repetirlo, el texto que sigue a continuación puede herir sensibilidades muy diversas desde los primeros párrafos.
Segundo aviso: los que no se hayan sentido intimidados por estas amenazas tan estentóreas, pueden descubrir, con desilusión, que el verdadero problema no reside en la carga ideológica de la narración sino en la maraña de términos técnicos que van obstaculizando la lectura. Para esos intrépidos he preparado un vocabulario funcional, al final del libro, al que deberán dirigirse cada vez que se sientan perdidos en la selva aparentemente impenetrable del cerebro y de los recodos del lenguaje que se usa para cartografiarlo.
Tercer aviso: este libro es la nueva edición de un original que se publicó en el lejano 1994.* Aquel volumen tuvo fortuna y se agotó muy pronto en el escuálido mercado del ensayo en catalán. Nadie se interesó por reeditarlo, sin embargo, aunque se convirtió en un texto muy buscado del que circularon fotocopias, con profusión, en centros universitarios y clínicas sexológicas. Incorporé actualizaciones en las ediciones en castellano y catalán que Esfera de los Libros sacó, conjuntamente, en 2006. El texto de origen estaba preservado, en gran medida, salvo algunos ajustes para acomodar nuevos hallazgos. Funcionó otra vez la mar de bien y se agotaron las ediciones, en tapa dura y de bolsillo, en ambos idiomas. Pero de nuevo se sumió en una larga hibernación.
La remozada versión que ahora se dispone a emprender un nuevo viaje parte, una vez más, de aquel remoto texto y es posible que deje traslucir, en algún punto, su origen. Cuestiones de ritmo y alguna referencia contextual. Le llevó tiempo en llegar a la lengua española, y el nuevo lapso transcurrido hasta la presente irrupción ha sido también largo. La revisión que demandaban esos treinta años pasados desde su primer alumbramiento me ha obligado a incorporar adiciones y retoques en todas las secciones del libro, pero he podido preservar la mayor parte del material de partida porque, en lo sustancial, aguantaba bien. O eso me ha parecido. Hay que agradecer a Plataforma Editorial esta estupenda edición, que no solo mantiene la lozanía exigible, sino que redondea y afina, con mejoras sustantivas, el punto de madurez más apetitoso.
En esos treinta años he presentado y discutido el material que compone este ensayo en múltiples foros diseminados por toda la geografía española y también en algunos foráneos. Debo consignar que siempre fue recibido con el máximo interés, a pesar de subrayar, desde el pórtico, las reticencias que solía y que suele generar. Reticencias que cabe remitir, sospecho, a la presunción general de la cual parte el ensayo y que se puede formular de la manera siguiente:
Todos los ingredientes, las modalidades y las complicaciones del sexo y del amor, en hombres y mujeres, tienen sustratos biológicos discernibles que han comenzado a ser descritos en detalle. Todos ellos provienen, en último término, del tipo de interacción sexual que nos caracteriza como especie y que los biólogos evolutivos han dado en denominar monogamia imperfecta o poliginia moderada. Es decir, que tendemos a formar parejas de acceso sexual preferente o exclusivo. Esos consorcios pueden tener una dedicación afectiva y una duración muy variable, aunque manteniendo siempre el interés por las oportunidades y las excursiones sexuales extrapareja. En ese rasgo tan peculiar, y tal como sucede con el lenguaje vocal, nos parecemos más a las aves que a nuestros parientes más cercanos los mamíferos. Ese montaje básico de acceso sexual e interacción afectiva tiene raíces biológicas, aunque admite un sinfín de variaciones individuales y de plasmaciones culturales distintivas. Las admite porque las complejidades y la versatilidad del magín, por un lado, y el vasto y cambiante mosaico de las interacciones humanas, por otro, lo hacen posible.
Lo que sigue a partir de aquí gravita, todo ello, sobre esa sencilla y abarcadora conjetura inicial. Coloca, sin disimulos, todos los afanes, las expectativas y hasta los sueños de los hombres y las mujeres, en materia sexual y afectiva, en el arisco e intrincado marco de la biología. Eso es, me parece, lo que sigue generando una persistente inquietud.
Voy a ir mezclando, en el recorrido, amor y sexo sin distinguir detalles con esmero, ni delimitar, con rigor o precisión, los ámbitos respectivos. Lo haré así porque, a pesar de que no faltan quienes saben diferenciarlos sin cometer errores, el entramado neurobiológico que vehicula ambos ámbitos tiene tantos trenzados comunes que hay que ir saltando, del uno al otro, sin solución de continuidad. De ahí que en el lenguaje ordinario y en las vivencias íntimas se confundan tan a menudo.
Existe un cerebro para el amor. Además del corazón, que es donde la fiebre amorosa late con más fuerza, y de la entrepierna, que es donde se aprecian más intensamente sus exigencias, hay unas zonas neurales muy concretas para el amor. Ahora sabemos que los anhelos sexuales y la pasión amorosa no provienen, únicamente, del desenfreno de unas glándulas periféricas que escapan del control central, al avistar reclamos poderosos, sino que se trata de reacciones globales en las que el cerebro tiene un papel capital.
Woody Allen ya lo entendió así cuando, en una de sus primeras películas,* visitaba a menudo unas cabinas que estaban instaladas en todos los bares de una ciudad vagamente futurista. Cada vez que sentía un desasosiego más o menos identificable entraba en la cafetería más cercana y se colocaba en el interior de uno de esos cilindros para recibir unas dosis de estimulación que lo dejaban aparentemente satisfecho. Salía de la máquina con porte fresco y enérgico y se largaba contentísimo sin necesidad de efectuar consumición alguna. Con unas sesiones de autoestimulación erotógena obtenida mediante procedimientos físicos insuficientemente aclarados –unas ondas dirigidas al cráneo que impactaban de lleno en los rincones del cerebro pasional–, quedaba complacido.
Quizás valga la pena comentar que ese fue el método con que el afamado cineasta consiguió resolver los problemas sentimentales de sus personajes de una manera más expeditiva. Buena parte de sus obras giraban alrededor de vericuetos y complicaciones pasionales exquisitamente urbanas, que los protagonistas intentaban solucionar a base de transacciones verbales tan prolijas y chispeantes como poco eficaces. Chácharas torrenciales cuyo objetivo era alcanzar unos resultados similares a los suministrados al instante y por un módico precio por el Orgasmatrón (ese era el nombre del formidable aparato).
En aquella época, a principios de los años setenta del siglo pasado, ya se habían practicado experiencias similares a las de la futurista distopía de Allen en pacientes con anomalías neurológicas. Se les pidió permiso para introducir unos electrodos muy finos en su cerebro, con el objetivo de discernir zonas que en animales de experimentación se había descubierto que estaban relacionadas con el goce sexual (y con otros tipos de placeres). Una intervención quirúrgica de esa naturaleza era plausible porque hay pacientes (en Estados Unidos y Canadá, al menos), con buena predisposición para prestar ayuda a ese tipo de indagaciones biomédicas. Pero todavía es más determinante el hecho de que el cerebro sea insensible al dolor local. El tejido cerebral procesa las señales dolorosas que provienen de otros territorios del cuerpo, pero cuando debe ocuparse de las heridas propias no dispone de detectores adecuados. Esa analgesia garantizada permite efectuar ciertas operaciones neuroquirúrgicas con el individuo despierto y consciente, lo cual confiere ventajas al neurocirujano cuando debe transitar por territorios delicados. En esas circunstancias, se puede interrogar a los pacientes, en plena intervención, sobre los efectos de la estimulación eléctrica en áreas específicas. Durante esas pruebas, las caras de los individuos fueron informativas sin necesidad de confirmación verbal: la aplicación de pulsos eléctricos tenues en algunas zonas de la base del cerebro provocó reacciones instantáneas que iban desde un espasmo gozoso hasta expresiones de completa beatitud.* Se había confirmado, en humanos, la existencia de áreas cerebrales relacionadas con las vivencias placenteras.
No había transcurrido mucho tiempo desde que James Olds hubiera descrito una red de diversas regiones cerebrales moduladoras del placer en los mamíferos. Lo hizo trabajando junto a un estudiante, Peter Milner, que luego lideraría ese campo de investigación. En una serie de experimentos pioneros mostraron que varias agrupaciones neuronales diseminadas en las profundidades de la base del encéfalo y que se interconectaban mediante un manojo de prolongaciones nerviosas (el haz prosencefálico medial), constituían el soporte neural de la vivencia de satisfacción gratificante. Una especie de senda cerebral para el goce degustador. Olds y Milner trabajaban con ratas albinas a las que habían implantado unos electrodos que, desde una placa situada en el cráneo, iban a parar a diferentes regiones que habían sido seleccionadas, con precisión, gracias a la ayuda de sistemas de guía espacial durante la intervención quirúrgica. Cuando los animales ya se habían recuperado de la operación, se les daba la oportunidad de trabajar en pequeños habitáculos (cajas de Skinner), que son uno de los entornos preferidos para registrar conductas en los laboratorios de psicobiología. Si los roedores eran capaces de adquirir comportamientos arbitrarios, como presionar palancas o accionar botones, teniendo como única recompensa la estimulación eléctrica en un punto de su cerebro, eso indicaba que los pulsos de corriente estaban activando un territorio neural gratificante. Por el contrario, si no se obtenía aprendizaje alguno o decrecía incluso el interés por obtener recompensas ordinarias (comida, bebida o sexo, por ejemplo), eso indicaba que se estaban estimulando zonas neutras o con efectos desagradables.
Las ratas de Olds y Milner53 no solamente aprendían a responder con denuedo para recibir pulsos eléctricos tenues, sino que se aplicaban a ello de manera compulsiva. Podían alcanzar ritmos altísimos de trabajo (diversas miles de respuestas por hora) y se comportaban con una fijación que rememoraba el desasosiego de los que se inyectan sustancias adictivas muy poderosas. Si no se las extraía a la fuerza del habitáculo llegaban incluso a obviar las necesidades alimentarias básicas y se concentraban, de manera monográfica, en la autoaplicación indefinida de pulsos eléctricos a su cerebro. Parecía como si estuvieran viviendo trances que solo interrumpían, muy de vez en cuando, para descansar, recuperar fuerzas y lanzarse de nuevo a la fuente de gratificación eléctrica. Esa técnica tan impactante (la autoadministración eléctrica intracraneal) permitió mapear las áreas cerebrales del placer en animales.11,40,41 Todavía se usa en los laboratorios de neurobiología donde indagan sobre los mecanismos neurales de las drogadicciones, los efectos de fármacos antidepresivos o los resortes moleculares de la memoria. Al cabo de más de medio siglo de pesquisas mediante procedimientos variados de acceso al interior del cerebro, se completó una descripción detallada de las regiones cerebrales que procesan los ingredientes de los placeres. Una descripción, por cierto, que no se limitó a los aspectos geográficos, al identificarse asimismo un amplio grupo de sustancias (neurorreguladores químicos), que intervienen tanto en la satisfacción global como en las sutilezas y atributos de las distintas modalidades placenteras.11
Esas técnicas de estimulación eléctrica intracerebral en humanos remiten a épocas pioneras de la neurobiología. Por razones éticas obvias se hicieron muy pocas pruebas como las comentadas, aunque los avances tecnológicos en microestimulación han permitido reverdecer ese tipo de aplicaciones en algunos tratamientos neurológicos.11 En cualquier caso, la introducción de las técnicas de escaneo de alta resolución para captar, desde fuera y sin molestias apreciables, todo tipo de imágenes de los territorios cerebrales y su nivel de actividad revolucionaron el panorama. La resonancia magnética nuclear (RMN estructural o funcional) o la tomografía de emisión de positrones (PET) fueron las más fructíferas para acercarse a las áreas de los placeres sexuales y amorosos. Habrá ocasión, más adelante, de comentar un amplio abanico de estudios sobre el asunto (cap. 3). Cabe avanzar que, cumpliendo con una cierta tradición en tecnología de vanguardia, los finlandeses fueron pioneros en este campo. Un grupo de psiquiatras y radiólogos de la Universidad de Kuopio, trabajando con SPECT (otra técnica de neuroimagen), inauguró esos estudios por lo que respecta a las incursiones al cerebro erótico.71 La culminación gratificadora de la eyaculación masculina se acompañaba de cambios notables de actividad neural en las zonas más anteriores y basales de la corteza prefrontal derecha, sobre todo. Es decir, mostraron que la onda de satisfacción paroxística durante el orgasmo masculino se correspondía con un impacto trazable en una región de la corteza cerebral. Una región que hallazgos anteriores, en animales, ya habían vinculado con la modulación placentera y sus resonancias en otras zonas corticales y basales del cerebro. Lo cual, por supuesto, no suponía un mal comienzo.
Es obvio, en cualquier caso, que ni los animales ni los humanos circulan por el mundo con unos electrodos implantados en el cráneo para irse suministrando dosis de gratificación espasmódica. Aunque no puede descartarse, en absoluto, que eso llegue a ocurrir, porque no son pocos los individuos que se acercan a ese estadio cuando deambulan o corretean con los auriculares siempre en ristre o al interactuar, sin cesar, con el universo accesible en las pantallas de los móviles. De todas maneras, no se trata del mismo fenómeno por cuanto el gozo que obtienen los viciosos de la sintonización perenne (musical, visual, verbal) es de naturaleza más bien indirecta en comparación con los pulsos eléctricos directos sobre las mismísimas neuronas que procesan los placeres.
Únicamente los que consumen drogas adictivas consiguen inducir disparos, de modo eficaz y sin apenas mediadores, en los territorios cerebrales del placer. Las sustancias adictivas viajan con gran celeridad hasta los rincones neurales más recónditos donde interactúan, directamente, con las neuronas que procesan los múltiples ingredientes del placer.11,40,41 Y lo hacen con una especificidad que depende de la forma y la apetencia por claves moleculares concretas, de cada una de esas sustancias enganchadoras. Se trata de una estrategia transitada por muchísima gente para procurarse momentos insuperables de exaltación o de éxtasis, a pesar de los graves problemas colaterales que suele acarrear ese hábito.
Los placeres fisiológicos ordinarios (o los extraordinarios) surgen al transitar senderos más indirectos y dependen, en buena medida, del trabajo de los sentidos. Los órganos sensoriales envían, río arriba, hasta las estaciones-término en el cerebro, muchísimas entradas que llevan asociada una valencia agradable, desagradable o neutra. Los diferentes tipos de sensores están diseñados para suministrar no solo flujos de información neutra, sino estímulos tiznados con tonalidades de «satisfactorio» o «molesto», además de otros muchos matices. Se trata de un marcaje inicial que las neuronas de las zonas encefálicas del placer procuraran redondear. Al fin y al cabo, la propia noción de sensualidad ya sugiere que la devoción por las amenidades placenteras requiere sabiduría en la utilización de los recursos del sensorio. Una sabiduría que puede abarcar, como es notorio, una amplísima variedad de matices para cada una de las tipologías sensoriales: desde el placer pausado y amable hasta el abrupto o excelso, y desde la aversión tenue hasta la insufrible.
H. J. Campbell, un fisiólogo de la Universidad de Londres, decidió reorientar su carrera científica, cuando ya era un investigador respetado en otras áreas, para intentar describir los vínculos entre las entradas sensoriales y el funcionamiento de las áreas cerebrales del placer. En una obra deliciosa22 narró esa aventura que comenzó, en realidad, de manera doméstica en las peceras ornamentales de su casa. Quería comprobar, en primer lugar, que los animales se autoestimulan de manera cotidiana y rutinaria. Es decir, sin necesidad de introducir electrodos en su cerebro y sin recurrir a los alimentos o la bebida como acicate. Ideó un procedimiento para montar un campo eléctrico que proporcionaba descargas suaves en un extremo poco concurrido de los tanques. Lejos, por tanto, de los lugares donde los peces iban a buscar alimento o de las zonas con relieves y escondites interesantes. Escogió una zona anodina de la pecera para aplicar unas corrientes que suministraban un cosquilleo, en forma de estimulación rápida, discontinua y muy tenue. Comprobó enseguida que los peces comenzaron a circular, a menudo, por aquel rincón para probar la sesión de «masajes». Muchos de ellos ejecutaban una danza peculiar alrededor del haz eléctrico con el objetivo de obtener dosis reiteradas de cosquilleo, sin esfuerzo apreciable.
Campbell pudo incluso mostrar que un perezoso caimán suspendía, de vez en cuando, su inalterable quietud para desplazarse con gran parsimonia al rincón del terrario donde obtenía buenas dosis de masaje eléctrico. Todo ello, por supuesto, después de haberse trasladado hasta el zoo londinense y de haber incrementado la intensidad de la corriente para superar el umbral del cosquilleo en la coraza del saurio. Es decir, que los adormilados y displicentes reptiles se unen a los peces juguetones en su interés por acudir al «gimnasio» y ganarse una sesión de masajeo táctil. Todo ello sugería, por tanto, que las propiedades agradables de la estimulación táctil son un fenómeno robusto que compartimos con los vertebrados remotos.22,55,73
A partir de esas observaciones y trabajando con los refinamientos inexcusables para efectuar registros de laboratorio en territorios neurales particulares, Campbell mostró que la activación de las áreas cerebrales del placer depende, en condiciones ordinarias, de la intensidad y la modalidad de la estimulación sensorial. Es decir, que la experiencia y la calidad de los diferentes tipos de placer provienen, en primera instancia, de los nexos funcionales entre unas zonas cerebrales concretas y las neuronas receptoras de los órganos de los sentidos. En definitiva, que cuando un paisaje, una melodía, una silueta, un perfume o una caricia consiguen desvelar la sensación genuina de agrado, lo hacen porque unas entradas particulares generan resonancias, asimismo singulares, en la circuitería y los nodos centrales de modulación de los placeres.25b,28b,29,46b
Ahora bien, las entradas sensoriales desnudas son probablemente insuficientes para desvelar las vivencias de armonía, elegancia o perfección que los humanos sienten con frecuencia ante algunos estímulos. La distancia que separa la satisfacción sensorial primaria (gusto, agrado, satisfacción) de esas percepciones de otro orden implica la participación de unos estratos y marañas neurales en buena medida inexplorados que incluirán, con toda seguridad, dispositivos que deberán ser integrados con los que codifican el bienestar primario.11 Dicho de otro modo: hay eslabones de complejidad en el trabajo cerebral que permiten diferenciar entre el gozo primario y las sutilezas del deleite formal o del criterio estético exigente.36 Pero sospecho que incluso esas cimas de la satisfacción requieren la participación de los sistemas neurales mediadores del hedonismo más directo y sencillo, cuando los juicios son sinceros. Si responden, quiero decir, a una vivencia real y transferible, y no a los rituales impuestos por la educación doctrinal o por las evanescentes modas sociales.
En cualquier caso, el placer sensorial es la fuente más notoria de gratificación neural. Existen, por supuesto, maneras más elaboradas para desvelarla y disfrutarla, pero no son ni tan inmediatas ni tan impactantes. Basta, por ejemplo, con recapitular sobre los obstáculos que ya hemos acumulado hasta aquí, en esta entrada al cerebro erótico que tan jugosos alicientes prometía. Ocurre que cuando derivamos placer de un ejercicio abstracto prescindimos de la ayuda de unos detectores (los sentidos) que fueron diseñados para marcar las entradas del mundo con tonalidades agradables y valencias atractivas. Conviene no desesperar, sin embargo, porque después del esfuerzo viene la recompensa.
El juego sexual y amoroso es un compendio completísimo de placeres sensoriales. Los incluye todos, en realidad, porque permite el disfrute global del cuerpo encendido del otro. La fusión erótica bien trabajada nace, como es bien sabido, con el prurito del contacto y la fusión epidérmica,25b,28b junto al relampagueo de las miradas, aunque puede reclutar, en un estallido gozoso, toda la maquinaria sensorial a un tiempo.29,30,39 Ese asunto tan complejo que acabo de liquidar con una sola frase constituye la base de diversos géneros literarios e impregna toda suerte de elaboraciones artísticas. Es natural que así sea, porque cuando el arte de amar se practica con sabiduría, las destrezas combinadas de los protagonistas potencian los resortes del gozo primario hasta extremos formidables. De ahí su interés perenne: hay verdaderos paraísos en el universo de encuentros amorosos que se renuevan, día tras día, en todos los rincones del planeta.
Hay que reconocer que el párrafo precedente ha quedado un punto cursi, pero en un lugar u otro había que topar con la cursilería en este tema. Blandenguerías al margen, todo lo que se ha consignado allí es rigurosamente verificable. De todos modos, hay que añadir de inmediato que bajo aquel panorama tan fantástico pueden esconderse océanos de tedio y otras trampas y emponzoñamientos no menos nocivos. Las matizaciones las dejo, sin embargo, para más adelante. Espero, por cierto, haber dejado claro que me referiré, primordialmente, a las interacciones amorosas duales porque son las más habituales. Y las más bien vistas, por supuesto.
Al retomar la sensualidad, debo decir que las posibilidades de exaltación durante los intercambios eróticos son tan inagotables que han dado lugar al nacimiento de una potente industria especializada. Una industria que ha creado una oferta variadísima que se nutre de todo tipo de artilugios tecnológicos low y high-tech. Para apreciar el salto enorme que se ha dado, en pocos años solo es preciso comparar la ingenuidad incitadora de la fotografía y el cine pioneros con los impactos electrizantes que consiguen las imágenes de hoy en día. Imágenes que nos asaltan en cualquier momento desde lugares tan regulados, en principio, como los pasquines publicitarios o la propaganda televisiva. Las aplicaciones informáticas se han sumado, por descontado, a la tecnología dedicada a la exaltación erotizante y proliferan las novedades en todo tipo de sofisticados ingenios para practicar el sexo virtual.18
Tanto si el fuego erotógeno lo encienden los intercambios sensoriales en vivo como si lo hacen las imágenes servidas en papel satinado o los ejercicios mediante pantallas de altísima resolución, la prontitud y la intensidad de la fiebre amorosa depende siempre, en último extremo, de las resonancias en regiones del cerebro erótico.25b,29,30,50,65 La más relevante de todas ellas es el hipotálamo.
El hipotálamo es una zona angosta y compacta de la base cerebral. Forma algo así como una pareja de almendras situadas a ambos lados de la línea media encefálica, en el mismo centro de la panza del cerebro. Es una región terminal, un verdadero confín neural. Inmediatamente por detrás de él aparecen las estructuras que forman el tallo encefálico y que continúan, más abajo, en la medula espinal. Justo por debajo del hipotálamo, y manteniendo una conexión íntima con él, se descuelga la glándula pituitaria (la hipófisis), que ya no es propiamente un territorio neural. Para localizar al hipotálamo, de manera aproximada, hay que imaginarlo situado en el mismo cogollo de la esfera craneana y se podría llegar hasta él penetrando, en línea recta y ligeramente descendente, desde la raíz de la nariz entre ambas órbitas oculares (véase fig. 3, p. 107).
Encima del hipotálamo reside el tálamo, un gran espacio ovoide repleto de conglomerados de neuronas dispuestas de manera organizada que actúan de estación de enlace, como intercambiadores o relés para casi todas las señales que arriban al cerebro. El tálamo interviene en las funciones mentales más sutiles: ayuda a los inmensos territorios de la corteza cerebral a decodificar e interpretar el mundo y a poderlo surfear consciente, deliberada y libremente. En cambio, las neuronas que trabajan en el angosto receptáculo del hipotálamo se dedican a asuntos más prosaicos, aunque no menos cruciales.
En el embrollo hipotalámico de grupos neuronales empaquetados en un espacio reducido se ventilan mediaciones decisivas para la regulación del hambre, la sed, el sueño o el mantenimiento de la temperatura corporal. Menciono solo esas cuatro funciones para dar una idea de la relevancia del trabajo que se efectúa en ese lugar. Los neurólogos del primer tercio del siglo xx ya consideraron al hipotálamo como la sala de máquinas principal de las funciones «instintivas». Y quizás por eso mismo tendieron a relegarlo en las prioridades investigadoras, para concentrarse en aptitudes mucho más elevadas como el lenguaje, la motricidad fina o la percepción visual.
Fueron los endocrinólogos los primeros en rescatarlo del ostracismo al que lo había condenado la neurología beata, cuando se dedicaron a dilucidar los resortes reguladores de las múltiples secreciones hormonales que elabora la pituitaria. La hipófisis (el otro nombre que recibe esa glándula), es el gran centro de mando de todo el sistema endocrino. En buena medida, el trabajo secretor de las diversas glándulas del cuerpo (la tiroides, el páncreas, las suprarrenales, los ovarios o los testículos) depende de las órdenes que se reciben desde la pituitaria mediante señalizadores hormonales que recorren largas distancias a través del torrente sanguíneo. La disposición anatómica del hipotálamo, encima mismo y en conexión directa con la hipófisis, lo convertía en un sospechoso inevitable para participar en funciones de control y así va, en efecto. Mediante sustancias que se elaboran en sus cúmulos neuronales o a través de conducciones nerviosas que llegan hasta el mismo corazón glandular modula el trabajo del laboratorio hormonal principal.
Con esos antecedentes, no debieran sorprender los nexos entre el hipotálamo y la conducta sexual y afectiva. Algunas regiones hipotalámicas constituyen, en realidad, el santuario cerebral del sexo.29,30,70 Conviene tener presente que toda el área está subdividida en múltiples agrupaciones o núcleos neuronales, discernibles mediante técnicas anatómicas finas, que se encargan de funciones parcialmente distintas. El amor y el sexo se incuban allí, de incógnito, en esos pequeños nodos encefálicos, aunque se manifiesten, afortunadamente, de manera mucho más suculenta y estentórea en otros sitios más accesibles. Sin el trabajo pertinente del hipotálamo sexual y de algunos territorios cerebrales adyacentes, todavía es viable alguna actividad erótica de naturaleza refleja. Pero ya no lo es la conducta integrada que va desde la atracción y selección de las dianas amorosas hasta los inseguros tanteos del cortejo o la exaltación del apareamiento gozoso.
El mapeo fino de esas zonas, en humanos, solo permite esbozos preliminares, pero hacía tiempo que los neurobiólogos (otro gremio que ayudó a los endocrinos a rescatar el hipotálamo del limbo donde lo habían postergado los neuropsiquiatras) habían perfilado sus contornos y divisiones esenciales en los mamíferos más cercanos a nosotros. Así, en los roedores hay una clara diferenciación entre machos y hembras en la organización y el trabajo de algunas áreas hipotalámicas que gobiernan las conductas y los ritmos sexuales típicos de cada sexo.43,50,64 En monos, la morfología y las tareas de las zonas equivalentes de su cerebro son también distintas entre los dos sexos. Y en hombres y mujeres también se detectaron diferencias en el mismo sentido.46,70 Bien mirado, sería muy extraño que no fuera así, cuando en el repertorio de la conducta sexual de hombres y mujeres se dan unos ritmos y unas manifestaciones explícitas claramente diferenciables. Es bien notorio, asimismo, que las fiebres pasionales y los motores afectivos de ambos sexos presentan rasgos y sutilezas distinguibles.23,46 En algún lugar del cerebro debía germinar la elaboración de todo ello, y solo se necesitaba tiempo y refinamiento en los procedimientos indagatorios para poder identificar los lugares y engranajes responsables de esos matices diferenciadores.
Una de las zonas hipotalámicas que recibió mayor atención por parte de los neurobiólogos que se dedican a desentrañar los santuarios de la sexualidad animal es el núcleo sexual dimórfico. Se trata de una minúscula agrupación neuronal que está situada en una de las porciones más anteriores (frontales) del hipotálamo: el área medial preóptica. Se llama así porque se sitúa por delante y encima del gran entrecruzamiento de los nervios ópticos, en su camino desde la retina hasta la corteza visual del cerebro, que es donde residen las «pantallas» para escanear el mundo accesible. Ya se sabía que el área medial preóptica del hipotálamo modula las conductas sexuales típicamente masculinas. Allí se organiza, por ejemplo, la secuencia de persecución, monta, penetración, envestidas y espasmos copulatorios, con eyaculación final, que caracteriza la respuesta sexual de los mamíferos macho. Las anomalías espontáneas o inducidas en esa región provocan disfunciones severas en la secuencia completa o en componentes aislados de esas conductas. En concordancia con todo ello, también quedó probado que la concentración de moléculas-diana (receptores) para las hormonas sexuales masculinas es muy abundante en esa y otras regiones hipotalámicas. Es decir, que el largo viaje que emprenden esas hormonas desde el lugar de producción (los testículos) hasta el cerebro tiene un destino final bien delimitado.
Se detectó muy pronto, en ratas, que el núcleo sexual dimórfico es cinco veces más grande en machos que en hembras. En estudios efectuados en regiones equivalentes del cerebro humano se constató que esa misma zona es del orden de dos veces y media mayor en los hombres que en las mujeres.4,67 Esa no es, ni de lejos, la única distinción estructural entre los cerebros femenino y masculino.14,46,66,69 En realidad, el flujo de datos procedente de los laboratorios que se dedican a explorar rincones y funciones cerebrales donde se aprecian diferencias sexuales ha sido incesante en las dos últimas décadas.
Hasta el punto de que, en algunos momentos, el seguimiento periodístico llegó a tener visos de moda. Cosa no del todo perniciosa, porque ha permitido cercenar algo el mito de la igualdad obligatoria, a costa, eso sí, de una carga inevitable de banalizaciones. En cualquier caso, a pesar de la acumulación de hallazgos sobre diferencias entre cerebro masculino y femenino,23,31,46 hay que dejar constancia que uno de los datos más potente es, todavía hoy, el comentado en relación con regiones del hipotálamo anterior.29,46,66 En lo que concierne al gobierno de los diferentes componentes de la afectividad y de las etapas típicas de la respuesta sexual, es hacia esa zona y otras áreas cercanas donde deben dirigirse los periscopios en primer lugar. Cabe esperar, sin embargo, que se añadan otras zonas a un listado que englobará sistemas dedicados al procesamiento sensorial y afectivo vinculado a la sexualidad.5,29,39,46
A pesar de las complejidades que incorporará el mapa de las motivaciones erotógenas, el meollo de la ignición del apetito sexual y de las preferencias y anhelos amorosos es más que probable que continúe situado en las regiones hipotalámicas primordiales.27,70
Otro ingrediente que sirvió para afianzar el mapeo del hipotálamo sexual fueron los hallazgos pioneros de Simon Le Vay sobre diferencias anatómicas relacionadas con la orientación homosexual o heterosexual.42 Le Vay investigaba en el Salk Institute de San Diego, en California, cuando se vio catapultado a la prominencia internacional. Sus trabajos previos como anatomista eran selectos, hasta el punto de que sus esquemas sobre la organización de la corteza visual vienen como ilustraciones en buena parte de los tratados de neurociencia. Hay que recordar que trabajó durante años junto David Hubel y Torsten Wiesel, premios Nobel ambos, por sus aportaciones sobre los mecanismos cerebrales de la visión.
Los hallazgos anatómicos de Le Vay sobre las bases neurales de la orientación homosexual se publicaron en Science el mes de agosto de 1991 y dispararon una polémica que se mantuvo viva durante una larga temporada y que, treinta años después, todavía colea. Además del impacto social y de las discusiones científicas sobre el asunto,19,20,42,43,45 la propia comunidad homosexual se escindió al valorar aquellos resultados. Perviven, a día de hoy, posiciones contrapuestas en relación con esos datos históricos: desde los que piensan que aquellos descubrimientos sobre el cerebro homosexual ayudaron a liberar a la comunidad gay del estigma de la desviación pecaminosa, hasta los que opinan que acabaron sirviendo para consagrar el rechazo por la vía de la singularidad inapelable.
Sin ánimo de recrear esa polémica, hay que dejar constancia que Le Vay42 especificó el lugar de la diferenciación entre homosexuales y heterosexuales masculinos en cuatro pequeños botones (núcleos neuronales), situados en las regiones hipotalámicas donde radican las áreas sexuales dimórficas descritas antes en mamíferos. Esos botones se denominan núcleos intersticiales del hipotálamo anterior y ocupan un volumen que apenas llega al milímetro cubico. Debe subrayarse, además, que la epidemia de sida en Estados Unidos, entonces en su punto culminante, fue crucial para llevar a buen puerto el estudio, ya que permitió disponer de un buen número de cerebros de difuntos relativamente jóvenes. Le Vay comparó el cerebro de 19 homosexuales masculinos fallecidos por sida y con edades comprendidas entre los 26 y los 53 años, con el de 16 heterosexuales de un rango de edades similar, 6 de los cuales también habían muerto de sida. Como tercer grupo de comparación usó los cerebros de mujeres heterosexuales. Las diferencias más claras aparecieron en el tercero de aquellos núcleos hipotalámicos (INAH3). Le Vay confirmó, en primer lugar, los datos de estudios anteriores que ya habían detectado diferencias entre hombres y mujeres en esas mismas regiones.4,67 El resultado más notable fue, no obstante, la constatación de una diferencia de tamaño, de orden similar, entre los cerebros masculinos heterosexuales y los homosexuales. Los núcleos INAH3 de los segundos eran equivalentes, en tamaño, a los femeninos. El distingo no se refería únicamente al volumen sino a la organización: el núcleo INAH3 de los heterosexuales presentaba una forma elipsoidal con contornos delimitados y visibles al microscopio, mientras que en los cerebros femeninos y el de la mayoría de homosexuales el perfil de esa agrupación neural se difuminaba. El estudio tuvo en cuenta las cautelas metodológicas inexcusables como, por ejemplo, efectuar las medidas «en ciego»; es decir, sin saber a qué grupo correspondían las distintas preparaciones histológicas. Se compararon, además los volúmenes de los cerebros homosexuales con los de los cerebros heterosexuales que habían muerto de sida, para descartar cualquier influencia de la enfermedad sobre los tejidos neurales. Los resultados fueron idénticos también en ese caso: el núcleo INAH3 de los heterosexuales fallecidos por sida era mayor que el de los homosexuales.
No era la primera vez, sin embargo, que se habían detectado diferencias entre el cerebro homosexual y el heterosexual. Previamente, el equipo de Dick Swaab en el Instituto de Investigación sobre el Cerebro, en Ámsterdam, encontró que el núcleo supraquiasmático (otra agrupación neuronal del hipotálamo, no lejana de las mencionadas y situada un poco más atrás) era bastante mayor en los varones homosexuales que en los heterosexuales.68 Esa diferencia regional es más difícil de interpretar, en principio, porque no hay indicios que permitan vincularla con la conducta o la orientación sexual. El núcleo supraquiasmático cobija relojes internos que regulan los ciclos secretorios de varias hormonas, algunas de las cuales trabajan asimismo en territorios adyacentes que modulan la conducta sexual. Pero la concomitancia acaba ahí y los posibles eslabones de conexión no han sido establecidos.
En cambio, los datos anatómicos de Le Vay situaron los trazos neurales de la orientación sexual justo allí donde debían buscarse. Es decir, en las regiones donde muchos hallazgos anteriores en mamíferos, sobre todo, habían situado el origen de los patrones distintivos de la conducta sexual masculina y la femenina. Esos datos preanunciaban, por ejemplo, que las mujeres lesbianas debieran lucir un núcleo INAH3 mayor y más estructurado que el de las mujeres heterosexuales. Cabía sospecharlo así, si esa configuración anatómica reflejaba una orientación sexual preferente hacia el sexo femenino y un patrón masculinizado de conducta sexual. Pero los hallazgos ulteriores sobre particularidades discernibles del cerebro gay y del lésbico no han podido confirmar ese punto, en concreto, a pesar de haber ampliado el abanico de las diferencias neurales que distinguen esas modalidades de orientación sexual.1,27,47,48,60,61,72,74
Todos esos datos sirvieron, como cabía esperar, para reavivar las pesquisas sobre el posible origen genético de la orientación sexual. Diversos estudios hereditarios indicaron que la homosexualidad masculina y la femenina no se distribuyen al azar en las familias. A los genetistas les apasionan los análisis sistemáticos de los árboles familiares, pero cuando quieren obtener indicios seguros sobre el posible peso hereditario de los atributos del comportamiento, la estrategia más fructífera es el estudio comparativo de gemelos. Existe una razón para esa predilección: las dos variedades habituales de gemelos (monozigóticos o dizigóticos) constituyen un experimento espontáneo de la naturaleza donde el grado de concordancia genética viene determinado de entrada: los gemelos idénticos acarrean una concordancia génica casi exacta, mientras que en los gemelos disímiles (los mellizos), esa concordancia se reduce a la mitad. Se parte, por tanto, de un escalonamiento fijado en la distancia genética con el que se pueden comparar, entonces, las coincidencias en los rasgos, los hábitos y las actitudes o valores de los gemelos y las gemelas.
Hay hallazgos clásicos que muestran una mayor coincidencia en la homosexualidad de los gemelos cuando la pareja es idéntica (monozigóticos), que cuando son distintos (dizigóticos). En cifras, la concordancia en la tendencia gay de los pares monozigóticos es del 57 %, mientras que en los dizigóticos la coincidencia en esa orientación sexual baja hasta un escaso 23 %.7 A su vez, la concordancia del lesbianismo entre las gemelas idénticas es del 50 %, mientras que en los pares de gemelas dizigóticas se desploma hasta el 16 %.8 Las dos comparaciones indican, por consiguiente, lo mismo: cuando un gemelo procedente de un par homozigótico tiene una orientación homosexual, la probabilidad de que su hermano/hermana sea asimismo gay/lésbica es mucho mayor que cuando se trata de mellizos. Son cifras que sugieren una notable predisposición hereditaria de la orientación homosexual en hombres y en mujeres (del orden del 35-55 %, según estimaciones,28,38) pero que no resuelven la cuestión por sí mismas. Sobre todo, porque si no es posible discernir entre los gemelos que fueron criados juntos de los que no lo hicieron así, no pueden excluirse las influencias de la crianza en común. Por la sencilla razón de que los progenitores tienden a acentuar las similitudes de todo tipo (desde la indumentaria hasta la escolarización) en los gemelos y gemelas idénticas.
De todos modos, cuando se obtienen cifras de concordancia diferencial tan sospechosas como esas los genetistas aprovechan la veta e insisten mediante otras aproximaciones. Un equipo del Instituto Nacional de la Salud en Estados Unidos, en Bethesda (Washingon), dio con unos resultados muy curiosos.33 El escrutinio exhaustivo de árboles genealógicos donde aparecían homosexuales varones, en diversas generaciones, indicó que los hermanos no gemelos de los gays tenían una probabilidad del 14 % de serlo a su vez, mientras que en las líneas de comparación tal contingencia apenas superaba el 2 %. Cifra no muy lejana, por cierto, de la frecuencia de homosexualidad en la población general. Pero lo verdaderamente curioso fue que la homosexualidad tendía a ser claramente superior en los tíos y primos de la rama materna de los gays. Lo cual permitía sospechar una propagación de la predisposición homosexual a través del cromosoma X.
Efectuaron entonces un estudio de marcadores génicos en 40 familias seleccionadas a partir de un único criterio: era indispensable que coincidieran dos hermanos en la orientación homosexual.35 Es decir, se estudiaron parejas de hermanos gays y cuando había, además, hermanos no gays servían de control de comparación. Se trataba, en definitiva, de identificar algún segmento génico particular que los gays pudiesen compartir con su madre. Mediante esa estrategia localizaron una porción del extremo del brazo largo del cromosoma X (el segmento Xq28) que se vinculaba, específicamente, con la tendencia homosexual. En 33 de los duetos de hermanos gays, las concordancias en diversos marcadores de aquella región génica resultaron ser muy superiores a lo que cabría esperar al azar. No había indicios, sin embargo, sobre resortes moleculares que conectaran la presencia de esos marcadores y la orientación sexual. Por otro lado, algunos de esos hermanos homosexuales no compartían tales marcadores génicos con lo cual quedaban descartados como vía exclusiva de la tendencia gay. Tenía que haber, necesariamente, otros inductores génicos en juego. Quedaba un trecho considerable, por consiguiente, para fijar vínculos entre la predisposición genética y la organización de los territorios neurales que intervienen, como se ha visto, en las preferencias y hábitos sexuales.
Durante unos años el segmento cromosómico Xq28 se convirtió en una enseña del orgullo gay en las comunidades de homosexuales norteamericanos. En los campus universitarios proliferaron las camisetas con la inscripción «Gracias mamá, por haberme dado el gen Xq28», aunque esa aceptación gozosa de una singularidad biológica jamás alcanzó a los gays europeos. La efervescencia coincidió, por cierto, con el período en que Simon Le Vay ejerció la presidencia de las organizaciones gay en Estados Unidos y se convirtió en un divulgador de las peculiaridades (y las amenidades) del cerebro homosexual.44,46 Desde muy pronto, sin embargo, tuvo que prodigarse en debates para contrarrestar las refutaciones que procedían, no pocas veces, desde las propias filas científicas.45,49
Los hallazgos de Le Vay aguantaron bien y fueron confirmados incluso por algunos de los competidores que inicialmente se mostraron más escépticos,21 de modo que ahora se detallan asiduamente en los tratados de neurociencia. En cambio, para Dean Hamer las cosas no tuvieron un curso inicial tan favorable. El mismo año 1995 se conocieron dificultades, en tanteos preliminares, para corroborar aquellos resultados con el segmento génico Xq28, y cuatro años más tarde un equipo canadiense publicó un resultado negativo en una muestra importante.58 La polémica fue dura y sigue sin resolverse del todo porque depende de sutilezas en las estimaciones de la firmeza de la asociación génica,29 aunque hallazgos posteriores recuperaron un rol trazador plausible para ese segmento génico.62
En un ambicioso escrutinio de la totalidad del genoma (GWAS) llevado a cabo en 477 522 individuos (en archivos génicos de Reino Unido y Estados Unidos), se procuró atrapar nexos robustos entre variantes génicas y la tendencia a mantener relaciones sexuales con personas del mismo sexo.28 A partir de esa marea de variantes genéticas, el estudio identificó un buen puñado de marcadores plausibles para las preferencias homosexuales, en el conjunto del genoma, definiendo así una prescripción poligénica para esa tendencia. Cinco lugares de marcaje se destacaron con claridad, con ciertas salvedades entre varones y hembras. Uno de esos marcadores génicos está relacionado con la propensión a la calvicie masculina y también está involucrado en la modulación diferenciadora de las hormonas sexuales. Otro de ellos está relacionado con funciones olfativas, lo cual concuerda con la conocida intimidad entre sexualidad y olfacción. Se detectaron, asimismo, trazadores vinculados a rasgos de personalidad bien definidos como el «apetito de sensaciones fuertes» o la afición a conductas de riesgo extremo. En conjunto, esa señalización génica global mediaba entre un 8 % y un 25 % de la propensión a mantener relaciones con el mismo sexo, en hombres o en mujeres. Los hallazgos principales se reprodujeron, más tarde, en otros 15 142 individuos procedentes de tres muestras diferentes (Reino Unido, Suecia, Estados Unidos). Los datos comportamentales mostraron una considerable heterogeneidad del comportamiento homosexual y sirvieron, además, para atenuar la relevancia de las categorías binarias en la orientación sexual. Pusieron de manifiesto, por otra parte, la necesidad de usar medidas distintivas de atracción sexual con el objetivo de discernir, con mayor detalle, la diversidad de preferencias (por ejemplo, las mostradas por los bisexuales o los asexuales).
Otras incursiones al marcaje genético enfocaron las pesquisas hacia genes de enzimas inductoras del paso de andrógenos a estrógenos, aunque tampoco aportaron resultados concluyentes.25 También se han enfocado, reiteradamente, los periscopios hacia el grupo de genes del cromosoma Y que codifican las instrucciones para la concreción de las gónadas masculinas, porque se dispone de datos múltiples sobre su acción en cerebro,6,66,68 aunque los resultados siguen sin ser resolutivos. El rango de dianas a explorar es muy vasto, aunque los datos sobre la heredabilidad incontestable de las preferencias homosexuales auguran que se acabarán atrapando indicios genéticos para la señalización molecular de esa orientación.27
En otro orden de cosas, el número de hermanos varones que han precedido a un embrión, en el útero materno, se asocia de manera muy potente y sistemática con un incremento de la probabilidad de ser gay.13,15 Es decir, los benjamines de familias numerosas que han sido precedidos por una larga serie de hermanos mayores varones tienen una probabilidad superior de ser homosexuales y cuanto más larga esa lista fraternal previa, tanto mayor el sesgo hacia las preferencias gay. Eso apunta a improntas moleculares de naturaleza inmunológica que los sucesivos embriones varoniles van dejando en el cuerpo materno en preñeces sucesivas.15 También se han obtenido datos que apuntan a una fertilidad aumentada en las féminas de la línea maternal de la parentela gay, lo cual podría compensar los decrementos de fecundidad resultantes de esa preferencia sexual.46
Esas predisposiciones génicas no deben entenderse como un molde prefijado del cual deba derivarse, rígidamente, la morfología y el cableado de las zonas cerebrales que gobiernan la conducta sexual. En los roedores, por ejemplo, es bien conocido que el núcleo sexual dimórfico se organiza de manera distintiva, en machos y hembras, durante los quince días que transcurren entre la semana anterior y la posterior al parto. Se trata de un período madurativo crítico en las áreas hipotalámicas durante el cual acaba por redondearse el entramado singular de ese y otros grupos neuronales que regularán, más adelante, el variado repertorio de las conductas sexuales. Esos procesos se encargan de completar cada trenzado particular y dependen, en gran medida, de la impregnación de andrógenos y estrógenos que reciben los receptores neurales para esas sustancias.6,34,51,54,56,64,70 Dianas moleculares que son muy abundantes, como se ha dicho, en esas regiones y que en función de su actividad y sensibilidad ayudan a moldear los entramados celulares del cerebro afectivo.
Esa impregnación temprana de hormonas sexuales sobre zonas críticas del cerebro está en función, a su vez, de la cantidad secretada por los testículos y los ovarios todavía en formación, en los fetos. Los procesos de impregnación neural dependen, asimismo, de las secreciones de las glándulas adrenales y de la placenta de las madres e incluso de los tratamientos hormonales que estas últimas puedan recibir.6,27,34,37,46,70 En humanos, hay varios tipos de síndromes perinatales que cursan con ambigüedades en la conformación genital y, más adelante, con inconsistencias en la identidad sexual que se deben a factores que trastocan esos períodos críticos de impregnación hormonal del cerebro sexual.27,70 Debe concluirse, por tanto, que la regulación de la maduración neural de los territorios del cerebro sexual depende de cascadas moleculares complejas y que presenta, además, varios períodos cruciales.
La maduración neural escalonada puede acusar, por otra parte, el impacto de factores del entorno. Impacto que puede ser más notorio cuando coincide con esos períodos excepcionales del desarrollo neural, en el dilatado recorrido madurativo que debe efectuar el encéfalo hasta cristalizar en unas estructuras bien definidas. Las entradas ambientales que merecen máxima atención son las interacciones materno-fetales capaces de inducir variaciones en la secreción de hormonas gonadales y de otros neurorreguladores. Unas oscilaciones endocrinas que acaban por conformar unos dispositivos singulares en el cerebro sexual.
El asunto no acaba ahí, por cierto, ya que se acumulan los indicios que señalan que durante la tempestad hormonal que inaugura la pubertad hay terreno practicable para el perfilado ulterior de las zonas cerebrales del sexo.2,27,51,52 Es decir, para añadir o modificar matices a los complejos tapices que cada cual lleva en su cerebro sexual y afectivo. En definitiva, que además de los sesgos iniciales en forma de predisposiciones genéticas que juegan un papel no desdeñable en la organización neural, hay diversos hitos madurativos (en etapas fetales, sobre todo), de importancia prioritaria para cristalizar las masculinidades, las femineidades y toda una gama de opciones mixtas o intermedias en los trenzados finales del cerebro sexual.6,9,27,32,54,70,74.
Todos esos ingredientes marcan restricciones. Límites no fácilmente salvables. La maleabilidad no es omnímoda como quedará de manifiesto enseguida. Puede ayudar a entender eso el hecho de que, aunque se suela dar por sentado que existe una delimitación clara entre los atributos sexuales masculinos y los femeninos, la biología no siempre consigue una diferenciación taxativa entre ellos. No solo permite un enorme rango de variabilidad entre los atributos externos ordinarios, en ambos sexos, sino que tolera, incluso, las zonas de transición y las tierras de nadie. Los estados intersexuales y los hermafroditismos son peculiaridades infrecuentes, aunque sirven para recordar que esas cristalizaciones admiten rumbos intermedios.27,37,70 Y si la biología admite transiciones difusas en los atributos corporales externos e internos más conspicuos no debiera extrañar que tales sinuosidades se den, en mayor grado si cabe, en los trenzados neurales del cerebro afectivo.
Para los transexuales, por ejemplo, hay hallazgos más que interesantes. Dick Swaab, en Ámsterdam, aportó los primeros datos sobre una diferencia estructural en el cerebro de esas personas que se encuentran a disgusto con los atributos genitales y otros rasgos anatómicos del chasis que les tocó.75 El suyo es un caso excepcional como variedad biológica: pueden acarrear todos los ingredientes que ayudan a definir el sexo, sin ambigüedad alguna (desde los cromosomas hasta las gónadas, el aparato reproductor interno y todos los caracteres sexuales de la figura corporal), pero sentir, en su fuero interno, que han ido a parar a un cuerpo inapropiado. Es decir, pueden lucir y presumir de una carrocería masculina impecable y sentirse mujer por todos los poros en los deseos, apetencias y aficiones. O a la inversa, ser una mujer incontestable en todos sus atributos y anhelar con saltar al otro lado del campo de juego. Tal es la fuerza de la disonancia entre la vivencia íntima y la morfología corporal en esos individuos, que a menudo emprenden costosos y largos tratamientos quirúrgicos y hormonales para conseguir revertir la incongruencia y aterrizar en una figura acorde con sus deseos.
En el caso de los transexuales hombre-hacia-mujer
