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¿De qué sirve hablar de política, emociones o educación si dejamos de lado lo que somos por dentro? En Olvidamos la biología, el catedrático y neurocientífico Adolf Tobeña lanza una advertencia serena pero contundente: nos estamos olvidando del papel que juega nuestro sistema nervioso, nuestra genética y nuestras estructuras cerebrales en nuestras decisiones, emociones y formas de vida. En un momento de crispación social, polarización y exceso de sobreinterpretaciones ideológicas, esta obra invita a volver a la ciencia y a no perder de vista lo biológico como base de lo humano. Con un estilo directo y provocador, Tobeña aborda temas como la empatía, la violencia, la política o la cooperación desde una perspectiva biológica, sin por ello renunciar a la reflexión ética y cultural. Una obra necesaria para pensar mejor y entendernos más.
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Seitenzahl: 233
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Olvidamos la biología
Litigios sexuales en el jardín de las ideas
Adolf Tobeña
Primera edición en esta colección: noviembre de 2025
© Adolf Tobeña, 2025
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 979-13-87813-46-8
Diseño de cubierta: Pilar Eme
Realización de cubierta y composición: Grafime, S.L.
Imagen de cubierta:The Fall of Man (1616), Hendrick Goltzius.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
1. Primates gráciles
2. Contiendas culturales y preferencias políticas
3. Vectores biológicos de las ideologías
4. La quimera de la igualdad y las diferencias sexuales
5. Grados de libertad
6. La frágil fraternidad
7. Desenmascarar los tribalismos culturales
8. Revanchas biológicas y optimismo del magín
9. Coda
Referencias bibliográficas
Agradecimientos
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Portada
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Índice
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Referencias bibliográficas
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Colofón
Los hombres y las mujeres son primates gráciles. Caminan erguidos sobre las dos extremidades inferiores y pueden recorrer grandes distancias, a buen ritmo, si están sanos. Desnudos lucen una piel tersa y fina, con coloraciones distintas según la zona geográfica de donde provienen. El pelaje se concentra en el cráneo y la cara, bajo las axilas y en la zona púbica alrededor de unos genitales distintivos para cada sexo. El de la cabeza forma imponentes cabelleras con colores y aspectos muy variados. En los varones, los bigotes y las barbas faciales pueden ser, asimismo, frondosos. La altura, la complexión corporal y, sobre todo, las facciones de la cara también tienen rasgos distintivos vinculados al área geográfica de procedencia.
Hombres y mujeres lucen unas siluetas corporales que se distinguen con facilidad, comen todo tipo de nutrientes y beben agua con regularidad. Evacuan orina y heces también asiduamente. Descansan sentados o tumbados para reponer energías en sus ocupaciones o desplazamientos. Suelen reunirse en grupos que gesticulan mucho y que gritan y parlotean con emisiones vocales que adoptan unas melodías reconocibles según el lugar. Es común también que jueguen y dancen de manera más o menos coordinada. Emprenden tareas conjuntas y se ayudan, en caso de necesidad. De vez en cuando, surgen disensiones y se pelean. Las parejas suelen practicar acercamientos y avances sexuales, aunque procuran alejarse de los demás para ejercitarse en las cópulas. La preñez en las mujeres se alarga durante varios meses y conlleva un creciente abombamiento ventral que deviene aparatoso en su fase final. Los trabajos del parto son, a menudo, penosos y no es raro que requieran ayuda para culminar el alumbramiento.
Al llegar la noche, hombres y mujeres se cobijan y recluyen para dormir, en lugares protegidos, iniciando un letargo de varias horas con los ojos cerrados, la respiración acompasada y un sueño profundo en el que cesa toda actividad. Los cuerpos mantienen el calor interno dentro de unos márgenes de tibieza, sea cual fuere la temperatura ambiental. Los recién nacidos son ostentosamente desvalidos y deben ser protegidos, acarreados y amamantados de inmediato. No comienzan a moverse e intentar erguirse hasta pasados muchos meses. La maduración y concreción final de los cuerpos y las voces de criaturas y adolescentes culminan al cabo de más de quince años de crecimiento. A mediados de la tercera década de existencia comienza un lento y prolongado deterioro corporal que conduce a progresivas limitaciones físicas, la decrepitud paulatina y la muerte.
Todos esos caracteres observables de los humanos son naturales. Espontáneos, quiero decir. Producto de una biología que va aflorando, cambiando y manifestándose a su aire, y que puede discernirse sin necesidad de conocer los intrincados mecanismos que la sustentan.203a Con la inspección sin prejuicios es suficiente. Pero hay que añadir, de inmediato, que esa descripción se queda muy corta ya que, para caracterizar a hombres y mujeres, aunque sea de forma sumaria, se requieren muchos más ingredientes.
Suelen ir vestidos y calzados, para empezar, aunque sea de forma precaria y adornan, asimismo, los cuerpos con ornamentos variados. Están rodeados de un sinfín de objetos, artilugios y utensilios en la mayoría de los entornos. Viven en aglomeraciones de tamaños muy diferentes que pueden ir desde minúsculas colonias nómadas formadas por pocas familias hasta densas comunidades urbanas donde se apiñan, se desplazan y laboran decenas de millones de habitantes. Erigen habitáculos y otras construcciones de una variedad, una complejidad técnica y una ambición fastuosas, y los enlazan, además, con vías e interconexiones que forman marañas intrincadísimas. Cocinan con diversas modalidades de fuego, procuran climatizar las viviendas y mantienen iluminadas las vías públicas durante las horas nocturnas. Acuden, con frecuencia, a mercados o centros comerciales para adquirir provisiones o enseres. Suelen especializarse en múltiples tareas y oficios, y crean todo tipo de instituciones gremiales, de administración y de gobierno.
Les gusta, por otro lado, desplazarse de un lugar a otro, con gran frecuencia, usando medios de tracción o toda suerte de vehículos autopropulsados. Alteran los mantos vegetales y el subsuelo de la tierra con multitud de cultivos y explotan, sin cesar, los recursos superficiales o soterrados en las profundidades de los continentes o los océanos, con una tenacidad y un ingenio tecnológico mayúsculo. Construyen y usan naves de enorme tamaño para surcar los mares y los cielos sin descanso. Tienen a su servicio a muchos animales que utilizan para toda clase de finalidades, desde las alimentarias e industriales hasta las ayudas en la vigilancia, la compañía, el entretenimiento o el prestigio, incluso. Suelen enterrar o incinerar a los muertos y erigen lugares de memoria de los fallecidos. Utilizan, por último, un enjambre de sistemas simbólicos y de dispositivos comunicativos para diversificar la señalización y la transferencia de información que confieren los lenguajes.
Todo eso y mucho más cabe en los inmensos silos de las culturas humanas. La magnitud y la frondosidad de esa producción cultural supera de largo, de muy largo en realidad, a los rasgos y las costumbres derivadas de la cruda biología humana, aunque todo ello comenzó, probablemente, a partir de la habilidad manipulativa de las manos y los dedos. Y junto a esas destrezas destacan las capacidades de observación, imitación e ideación imaginativa que mujeres y hombres comparten de modo ostensible, es decir, la suma de pensamiento y aprendizaje. Las concreciones culturales requieren ambas cosas: pensamiento original e ingenio hacedor para elaborar innovaciones transformadoras. A partir de ahí, la colaboración comunicativa hace posible diseminar mundos riquísimos que van mucho más allá de los rasgos y los hábitos de base biológica que caracterizan a la especie.
La densidad y la penetración renovadora del pensamiento humano es lo que induce a orillar la biología. Comenzando por el vasto flujo perceptivo que aportan los sentidos desde el instante mismo del despertar cotidiano, día tras día, hasta las infinitas combinaciones, recreaciones y saltos imaginativos que pueden brotar del magín. Ese mundo interior poco o nada accesible a los demás que los cuentistas y narradores inventan, y que en los tebeos aparece en las nubecillas que flotan por encima de las cabezas de los protagonistas, además de lo que emiten sus voces y gestos. Ese flujo persistente es lo que induce a obviar la biología.
Hay una insigne, vivísima y ampliamente compartida tradición filosófica que sitúa el meollo de la condición humana en eso mismo: el pensar. Ser conscientes del flujo de ideas y la concatenación combinatoria entre ellas, junto a sus interacciones con el incesante caudal de imágenes, evocaciones o nociones más o menos precisas que brota en nuestro interior. Todo lo demás, los rasgos físicos y los comportamientos que definen a los humanos, son atributos accesorios. Irrelevantes, al fin y a la postre, al ser meros eslabones de una maquinaria fisicoquímica que nos remite a la animalidad.
Lo esencial es el pensamiento. Solo eso nos distingue, de veras. Solo eso permite crear cultura transmisible y aplicable. Solo eso da lugar al universo de valores, creencias y normas que emergen en todas las sociedades humanas. El pensamiento escapa, según esa tradición doctrinal, a las restricciones ordinarias de la biología y nos acerca a las entidades espirituales. De ahí que sea tan sencillo y común prescindir, olvidar o desestimar, por completo, nuestra naturaleza genuina.
Pero esa apreciación de las tareas mentales tan accesible en el crepitar de la vida interior de cualquier persona puede conducir a errores considerables. Sobre todo cuando las convicciones relativas a los modos de ser o de actuar y que van desgajadas de todo vínculo con nuestra naturaleza avivan los litigios ideológicos y penetran, a fondo, en los debates políticos para modelar las normas de la organización social.248, 280 El objetivo de este ensayo es señalar algunos de esos errores incidiendo, de un modo particular, en las confrontaciones sobre las diferencias, las identidades y las diversidades sexuales que han frecuentado los escaparates de la atención general en los últimos tiempos.
Buena parte de las discusiones y confrontaciones que han monopolizado el debate público durante las últimas décadas, en las sociedades opulentas, ha tenido como temas de fricción cuestiones que remiten a la biología, pero sin tenerla en cuenta para nada o para casi nada. Es una paradoja sorprendente, pero así ha sucedido y sigue sucediendo.
Tanto si se debatía sobre identidades y transiciones sexuales, sobre la violencia en el ámbito familiar, sobre las propensiones para las distintas adicciones, sobre el umbral de edad en el que situar la autonomía civil y la responsabilidad penal, sobre métodos y períodos para las decisiones abortivas, sobre las diferencias de género en la dedicación a oficios y profesiones, sobre los límites y las transgresiones en el flirteo y los avances eróticos, sobre el acoso escolar o laboral, sobre la permisividad o la prohibición del comercio sexual, sobre los pasos y condiciones para decidir la finalización de la propia vida, sobre la obligatoriedad de las vacunas, sobre los efectos saludables o nocivos del deporte de competición, sobre los tratamientos para revertir o anular el envejecimiento, sobre los efectos del maltrato y los abusos en la infancia, sobre los concursos de belleza y los límites para las correcciones estético-quirúrgicas, sobre el alcance y la regulación del maltrato animal, sobre la utilidad de las penas judiciales a perpetuidad, sobre el uso de medicamentos para modular el temple y el estado de ánimo, sobre el número de idiomas que deben aprender las criaturas en la escuela, sobre la proliferación de mascotas en habitáculos urbanos reducidos, sobre las intervenciones farmacológicas o génicas para optimizar las aptitudes cognitivas, sobre los efectos nocivos o salutíferos de las dietas y el ejercicio intensivo, sobre la incidencia de las actividades humanas en los equilibrios ecológicos del planeta, sobre las capacidades cognitivas precoces de los niños y sobre un amplio abanico adicional de temas de discusión; en todas esas polémicas que se van perpetuando o languideciendo, a menudo parece que no hubiera necesidad alguna de adentrarse en los mecanismos de la biología que buena parte de esos asuntos requeriría.
Es más, esos debates son protagonizados por activistas, comentaristas y analistas procedentes de distintos ámbitos de las disciplinas sociales, el periodismo o la política, mientras que los profesionales que trabajan en múltiples frentes de la biología que podrían aportar luz a esos temas suelen guardar un riguroso silencio. El argumento más socorrido para justificar esa ostentosa dejación o censura es que se trata de debates que inciden en lo que se ha denominado «guerras culturales». Es decir, conflictos ideológicos entre distintos grupos sociales por el predominio de sus valores, creencias y costumbres. Y, por consiguiente, que todo ello atañe al libérrimo y vasto universo de las ideologías y las opciones doctrinales donde la biología no tiene nada que decir.
La relevancia creciente de esa clase de debates en la confrontación política ordinaria comenzó, al parecer, en Estados Unidos y se fue diseminando por doquier. Fue James Davison Hunter120 el primero en describir una brecha doctrinal creciente en la sociedad norteamericana formando dos polos distanciados por sus valores morales. Un alineamiento combativo que transformó los contenidos de la lucha política para incluir temas como el aborto, la inmigración ilegal, el derecho a la intimidad, la tenencia de armas, el uso recreativo de estupefacientes, los derechos y el reconocimiento de las minorías sexuales, los límites de la censura, las cuotas favorables para las minorías étnicas, la vacunación obligatoria o la preminencia de leyes federales o estatales. No solo fueron surgiendo desavenencias sobre esos temas conflictivos, sino que la sociedad en Estados Unidos se fue atrincherando en posiciones alejadas sobre tales asuntos hasta constituir dos bloques que, en lugar de remitir a la clase social, la raza o el origen étnico, o de definirse por la afiliación religiosa o la política, lo hacían por visiones confrontadas en esos debates. Por un lado, estaba la gente atenta ante cualquier discriminación o injusticia y dispuesta a corregir las nuevas desigualdades sociales (la ciudadanía con actitudes y mentalidad woke o «la gente lúcida») y, por otro, los aferrados a las posiciones individualistas de los valores norteamericanos. El hiato entre esas preferencias doctrinales se hizo cada vez más profundo, dando signos de ser casi infranqueable. Sus concreciones normativas en la organización de la vida en Estados Unidos, en muchos ámbitos profesionales, se agruparon bajo el acrónimo DEI (promoción de la diversidad, equidad e inclusividad) que un bloque, autodenominado «progresista», enarboló como enseña, mientras que el otro, el «tradicional-conservador», quería erradicar.
Como esa división se fue amalgamando alrededor de los dos colores políticos primordiales en la sociedad estadounidense: los demócratas como adalides del conjunto de valores de progreso, diversidad e inclusividad woke, cobijados bajo las normas DEI y sus derivadas, y los republicanos como sus detractores acérrimos, no parece que todo ello suponga una extraordinaria novedad. Estamos, en definitiva, ante una división que cabalga sobre la brecha tradicional entre las posiciones políticas de izquierda y derecha,a con temas cambiantes según van adquiriendo o perdiendo notoriedad.
En sus traslaciones a los diferentes países de la órbita occidental, el abanico de los temas de discusión que han ido dando más juego variaba en función de incidencias o rasgos singulares en cada una de esas sociedades, aunque el espectro de las nuevas problemáticas, en litigio, remeda bastante al norteamericano. Y los alineamientos doctrinales también suelen reproducir la frontera entre los partidarios de las opciones de izquierda (progresistas) y los que se sitúan a la derecha (conservadores), aunque no haya tradición de dividir el escenario político en dos grandes partidos o bloques antagónicos.
El rasgo general más conspicuo, no obstante, que adoptan esas confrontaciones en los múltiples frentes de debate cultural es el olvido, el soterramiento o la negación de la biología. Eso alcanzó niveles extremos en movimientos vinculados a los derechos de las minorías sexuales, el trato dispensado a los animales, las decisiones sobre la vida y la muerte o la aversión a ciertos medicamentos o alimentos, por citar algunos. Pero como esas cuitas tienen una fuerte tendencia a converger con las distinciones políticas tradicionales de izquierda y derecha, he orientado esta incursión por ahí, ya que los nexos entre esos posicionamientos y la biología cuentan con un sólido sustento.248
Lo más socorrido es acudir, sin demora, a los atributos ofuscadores del lenguaje y a la mendacidad de los profesionales de la lucha política y sus asesores (los publicitarios, sobre todo). A la sagacidad para inventar nuevos marcos de referencia, con los que simplificar los desafíos de la realidad y prescribir soluciones falaces con un objetivo obvio: seguir engatusando al personal vendiendo esperanza e ilusiones.
Hay mucho de ello, porque la inventiva de los propagandistas políticos, para ir alumbrando nociones y marcos distintivos, con un barniz plausible, no conoce contención. Ante la reiteración de fórmulas envejecidas, jamás faltan recursos para dar con dianas remozadas. En época de desencanto con los estilos de gobernación menos perniciosos en las sociedades abiertas (los de la democracia liberal), no hay un desierto de idearios, sino una profusión de ellos. No hay mero seguidismo de las recetas simples («populistas», como a menudo se proclama),b sino un jardín frondosísimo de posiciones ideológicas, más o menos bien trabadas, en competición por una clientela siempre disponible.
Véase una relación apresurada de los idearios que han circulado, en las últimas décadas, por la plaza pública y las redes de diseminación internética: obamismo, trumpismo, LGTBismo, feminismo, ecologismo, islamismo, liberalismo, indigenismo, lepenismo, bolivarianismo, secularismo, africanismo, europeísmo, soberanismo. A todos esos y muchos otros «ismos», pueden añadírseles batallones doctrinales a base de bautizarlos como «neoidearios». A saber: neoliberales, neofeministas, neocomunistas, neoanarquistas, neofascistas, neoverdes, neoalternativos y así. El panorama deviene una selva impenetrable si se da entrada, además, a las denominaciones guarecidas bajo los «anti-», «post-», «extremo-» o «ultra-». Y si se aderezan con los veganos, los no binarios, los antiabortistas, los buenistas, los evangélicos, los antivacunas, los confucianos y otras muchas congregaciones, la tarea de desbrozar el asunto parece inviable.
El lenguaje tiene buena parte de culpa, ciertamente, por su maleabilidad al servicio de los embaucadores avezados, pero no es el ariete primordial de la reiteración de errores y del retorno a fórmulas lesivas para el progreso individual y colectivo. La manipulación del lenguaje siempre va a estar ahí y los engaños, las distorsiones y la cacofonía de proclamas se eternizarán. Así ha sido desenmascarado en multitud de ocasiones y no va a cambiar.69, 243, 246, 247 Habrá que desbrozar, por tanto, los vectores de fondo que nutren a las ilusiones doctrinales desenfocadas, aunque vengan revestidas con ropajes doctrinales renovados.
Conviene comenzar por reducir, drásticamente, la expansión inflacionaria de las etiquetas para quedarse con lo esencial. Véase en la siguiente tabla el resumen de las doctrinas políticas que proponen John Hoffman y Paul Graham118 en su Introducción a la teoría política, un manual de referencia en muchísimas universidades del mundo entero.
Tabla 1
Ideas políticas esenciales: Estado, libertad, igualdad, justicia, democracia, ciudadanía, castigo.
Ideologías clásicas: conservadurismo, liberalismo,c socialismo, anarquismo, nacionalismo, fascismo.
Ideologías contemporáneas: feminismo, ecologismo, multiculturalismo, fundamentalismo.
Nociones políticas contemporáneas: derechos humanos, desobediencia civil, violencia política, atención a la diversidad, justicia global.
Partiré de esa poda para efectuar esta incursión. Mi objetivo es limitado, aunque cobija alguna ambición. Abordaré, en primer lugar, las raíces biológicas de las diferencias que modulan las preferencias políticas. En segundo lugar, me adentraré en flancos frágiles de las ideas mayores que constituyen el andamiaje de las sociedades abiertas. Esas endebleces me servirán para ilustrar cómo han sido utilizadas para situar un rosario de «contiendas culturales» en el frontispicio de la confrontación política, deteniéndome con cierto detalle en las diferencias sexuales y en los debates sobre diversidades e identidades en los lindes sexo/género.
Pretendo mostrar que la facilidad para caer en falsas ilusiones y en todo tipo de litigios espurios deriva de errores, de partida, en el pensamiento político. Al verdadero culpable de andar tropezando en las mismas piedras hay que buscarlo en las falacias y anomalías de la ideación política. Uno de los desajustes más estentóreos y lesivos deriva de la facilidad para olvidar o prescindir de la biología en esos asuntos.
«Las ideologías políticas son creencias compartidas sobre la organización social más adecuada y cómo hay que llegar a ella».
Erikson, R. S. y Tedin, K. L.75
El estudio de las raíces biológicas de las ideologías sufrió décadas de postración porque su soporte empírico era pobre. En cambio, los datos a favor de la maleabilidad ideológica en función de las circunstancias vitales cambiantes o los intereses económicos y las ansias de estatus o reputación son tan apoteósicos que no había lugar para el debate. La germinación de los idearios debía ceñirse a los ingredientes ordinarios de la competición social junto a las fluctuaciones económicas y las transiciones tecnológicas y de pensamiento que definen cada época.
Sin embargo, ese dilatado letargo no consiguió borrar la sospecha de que bajo los trazos que definen las posiciones doctrinales, en política, debían crepitar resortes fisiológicos discernibles. Porque, a despecho de los cambiantes ropajes de superficie y la mudanza de etiquetas, los idearios cabalgan sobre unos ejes que reaparecen con reiteración. Ese es el motivo de que los afanes de la «psicología política» por atrapar sustratos biológicos para las ideologías no fueran olvidados. Y esa es también la razón de que, al iniciarse la presente centuria, rebrotase el interés en adentrarse por esos derroteros.
Los frentes de la aproximación psicobiológica a las fuentes «naturales» de las ideologías políticas no remontaron el vuelo, sin embargo, hasta que aparecieron los primeros indicios sobre una mediación neural y hormonal de las preferencias políticas. Fue con esos datos incipientes cuando la mediación psicológica de los sesgos políticos comenzó a cuajar.202a, 248, 254, 280 Hasta que llegaron esos anclajes se tuvo que avanzar en el resbaladizo territorio de los cuestionarios, los sondeos y las teorías volátiles.
Se podía partir, sin embargo, de algunas constataciones robustas. Por ejemplo: a los ciudadanos les cuesta poco situarse en el abanico ideológico izquierda-derecha y saben también colocar con seguridad, en esa gradación, a las mutantes organizaciones políticas. Además, cuando procuran fijar su propia posición doctrinal aparecen unos pocos ejes primarios. A saber: izquierda vs. derecha; conservador vs. progresista; liberal-demócrata vs. socialista-comunista; nacionalista vs. internacionalista y anarquista vs. estatista. Eso se parece bastante a la reducción «académica» de las ideologías (tabla 1, p. 22), y coincide, asimismo, con multitud de estudios sobre los vectores esenciales en las sociedades occidentales.
Conviene recordar que la distinción entre izquierda y derecha política es una convención cuyo origen proviene de la posición que ocupaban los diputados franceses en la asamblea revolucionaria de 1789: los antimonárquicos a la izquierda y los leales a la Corona a la derecha. Es un error, no obstante, deducir de ello que la distinción entre la orientación de izquierdas o de derechas en política o entre «progresistas» y «conservadores» en las costumbres, es una arbitrariedad. Aparte de que la distinción entre las nociones de «diestra» y «zurda» remite a vectores mucho más antiguos, los datos de los sondeos del World Values Survey indican, con regularidad, que cerca del 80 % de las personas encuestadas en todo el mundo, a lo largo de las últimas décadas,254 se identifican a sí mismas como progresistas o conservadoras, con gran facilidad. Son muy pocos los que tienen dudas para situarse a uno u otro lado de ese espectro político nuclear.
Un resumen de multitud de estudios efectuados sobre la cuestión indica que ser de derechas (conservador), en comparación con ser de izquierdas (progresista),d conlleva:132
Puntuar alto en el grado de acuerdo con la realidad social y económica, y una preferencia clara por la estabilidad del sistema político tal como es.
Mostrar resistencia a los cambios y una aceptación desacomplejada de las desigualdades económicas y sociales.
Mostrar necesidad de orden, así como de estructura y coherencia en cualquier circunstancia.
Necesidad de reducir las situaciones de incertidumbre y aspirar al control sobre la realidad.
Tener preocupación por las circunstancias o ambientes peligrosos y por los entornos amenazadores.
Ser altamente sensible a situaciones que puedan disparar miedo o ansiedad.
Mostrar, desde la primera infancia, intolerancia a la ambigüedad, la incertidumbre y la complejidad, así como una sensibilidad acentuada a los peligros y las amenazas.
Experimentar una mayor felicidad y satisfacción vital gracias a una mejor aceptación de la realidad.
En términos de los vectores de la personalidad, el conservadurismo se asocia con laboriosidad/fiabilidad; mientras que el progresismo se asocia con la curiosidad intelectual y la apertura a experiencias y vivencias múltiples.
Hay que reconocer que esa constricción del abigarrado espectro de las orientaciones y las preferencias políticas, agrupándolas en el eje conservadurismo versus progresismo, supone un empobrecimiento. No solo se orillan vectores tan relevantes como el dogmatismo, el autoritarismo, el radicalismo o el etnonacionalismo, por ejemplo, sino todos los fértiles desbroces de cada uno de esos rasgos.
En cualquier caso, las estimaciones de conservadurismo versus progresismo cumplen bien con su cometido. Captan los matices que hay que captar y lo reflejan en gradaciones que aguantan los requerimientos de fiabilidad y validez. No todo el mundo, sin embargo, anda satisfecho con unas medidas que ofrecen márgenes de mejora,77, 221 aunque hay que subrayar que no se parte del mero ruido sociométrico. Las distintas escalas de conservadurismo/progresismo, con los obligados retoques idiomáticos y su adaptación a entornos concretos, suelen funcionar bien en culturas distintas.
Las indagaciones pioneras sobre las bases fisiológicas y neurocognitivas de las posiciones políticas partieron de la consistencia de esos perfiles. El objetivo era iluminar los orígenes remotos de las preferencias ideológicas. Como los resortes biológicos funcionan al margen del escrutinio consciente, cualquier hallazgo firme acarrearía la ventaja de sortear los inconvenientes de los cuestionarios.
Un equipo liderado por David Amodio y John Jost5 se planteó si conservadores y progresistas podían diferenciarse en la monitorización rápida de decisiones. Pretendían detectar discrepancias en los hábitos automatizados. Los participantes debían responder lo más rápido posible, con un clic, ante un estímulo («GO») que iba apareciendo repetidamente en la pantalla, de modo que la reacción deviniera automática. De vez en cuando y por sorpresa, en medio de las series («GO»), venía un estímulo («NO GO») ante el cual había que retener la respuesta: no clicar. Ese instante de conflicto motor (la orden íntima de suspender una respuesta automatizada) se asocia, de ordinario, con variaciones de la actividad eléctrica cerebral captadas desde el cráneo: son señales que surgen en el cíngulo anterior (figura 1, p. 34). Lo hicieron con estudiantes neoyorkinos y californianos que habían indicado su orientación política. El progresismo se asoció a una mayor señal neural en las salidas motoras conflictivas. Es decir, en la reacción íntima ante los errores en los ensayos («NO GO»).
Esos hallazgos fueron corroborados en otros jóvenes y adultos.133, 134 Aunque el estudio de los rasgos de personalidad que nutren las posiciones políticas atesoraba una tradición de más de medio siglo, esa fue la primera ocasión en que había podido enraizarse un hiato ideológico en un mecanismo neurocognitivo. En otras palabras, ser de izquierdas o de derechas estaba relacionado con los procesos de escrutinio neural de los errores cognitivos: el cerebro de los progresistas reacciona más ante las discrepancias íntimas, y el de los conservadores, menos.
Douglas Oxley se propuso dilucidar si las reacciones ante las situaciones de amenaza o de peligro están vinculadas a la orientación política.188 En la selección de los participantes se les preguntó sobre las preferencias en cuestiones polémicas en Estados Unidos como la inmigración ilegal, los gastos militares, la pena de muerte, el control de armas de fuego, el pacifismo, la ayuda al exterior, el matrimonio gay, el aborto o la pornografía. En una sesión ulterior midieron las respuestas fisiológicas ante imágenes inquietantes, comparando a quienes se habían situado en el conservadurismo con los que expresaron un claro progresismo. Las imágenes incluían escenas amenazadoras o repugnantes (rostros ensangrentados o una herida infestada de gusanos), y otras neutras o amables (un plato de fruta, un conejo juguetón o un niño feliz). Los que expresaron preferencias conservadoras mostraban incrementos de respuestas electrodermales —un índice de la activación vegetativa— ante las imágenes amenazadoras o repugnantes, en comparación con los progresistas. Ante las imágenes neutras o amables no hubo diferencias.
En una segunda tarea, mientras los participantes observaban el punto central de un monitor, aplicaron descargas de ruido «blanco» intenso y midieron la reacción de sobresalto en los párpados. La reacción temerosa ante esa irrupción ruidosa conlleva una mayor contracción de los músculos que rodean los ojos. Aunque todos los participantes incrementaron el sobresalto palpebral ante las irrupciones ruidosas, los conservadores exhibieron amplitudes superiores. Como ya se conocía que la activación de las amígdalas cerebrales (figura 1, p. 34) acompaña a las reacciones de sobresalto aversivo, se estimó que tales diferencias entre progresistas y conservadores reflejaba una respuesta distintiva en esas zonas del cerebro.
