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Todas las historias tienen dos versiones; por ello, el protagonista de esta novela ha querido dar a conocer la suya. Hace un tiempo, su primer amor escribió una novela, Loca, donde contaba todo lo que le había ocurrido en un momento de su vida. En esa historia se hablaba de él, de cómo había sido su relación, y no solo su relación, sino también su ruptura. Él siempre ha sido un chico bueno, correcto, formal, educado… El chico perfectopara el mundo, pero nadie sabía lo que se ocultaba detrás de toda esa corrección.Por eso ha querido dar su versión y contar cómo ocurrió la historia desde su lado, y no solo desde la visión de su expareja, quien tampoco sabía, en ese momento, cuál era la realidad. No podemos confiar plenamente en lo que vemos, y mucho menos en lo que nos dicen, pues cada uno de nosotros tiene un secreto con el que vive—o lucha— diariamente.Secretos que pueden cambiar nuestra forma de ver a las personas, para bien o para mal.
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Seitenzahl: 168
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Marta González Corcho
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7012-222-5
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Capítulo 1
«Debes portarte bien», me repetía una y otra vez, «debes ser bueno»…
Me crie en un hogar lleno de normas y de buenos modales, un ejemplo de familia buena y educada. Es por ello que toda la vida tuve la obligación de ser perfecto, de ir arreglado, digno de la familia que me había tocado, pues mis padres eran un ejemplo para todos: elegantes, con una bonita casa, un coche lujoso, un hijo que no daba problemas… en definitiva, una familia ideal.
Durante toda mi infancia me criaron con respeto y educación. Nunca nos faltó de nada y todo era siempre correcto, lo cual al principio estaba bien, pues era la manera en la que me habían educado, pero en mi casa nunca había una broma, una risa, una carcajada; en esa casa todo era serio y formal.
Soy hijo único: cuando mis padres se acababan de casar y de comprar nuestra casa, decidieron buscarme, después ya no consiguieron tener más hijos o quizás no quisieron, no lo sé porque nunca me atreví a preguntar. Lo que sí sé es que se volcaron de lleno en mi educación y todo su interés era que su único hijo fuese perfecto y, sobre todo, educado.
Durante mis primeros años de vida todo fue «normal», o eso creo, porque no recuerdo prácticamente nada, lógicamente. Pero cuando fui creciendo me sentía triste, infeliz, lleno de dolor y con una sensación de vacío que provocaba que mi corazón se enfriara y no quisiera querer a nadie.
No lograba entender por qué me sentía así, lo tenía todo: una madre y un padre que siempre me acompañaban y que estaban sanos, unos abuelos que me llevaban de vacaciones a los lugares más lujosos del mundo, clases de idiomas, deportes… Todos los días tenía clases de alguna actividad que, si bien era buena y en ocasiones divertida, me faltaba algo: elegir lo que yo quería o me gustaba; nunca me dieron opción.
Desde que tengo uso de razón nunca he discutido con nadie; en mi casa, si algo no me gustaba y mis padres veían que me iba a enfadar, nos sentábamos en una sala que teníamos en la segunda planta y me daban una charla de moralidad y lealtad a la familia, lo cual lo comenzaron a hacer cuando tenía una edad muy temprana. Nunca podía discutir ni sacar mi enfado porque todo debía ser correcto y educado, y las peleas no entraban en esos estándares de familia perfecta y superfeliz.
Jamás discutían entre ellos, si había un malentendido o cualquier comportamiento que no les había gustado, se metían en la sala de las charlas, como la llamaba yo en mi intimidad, y hablaban hasta salir con una sonrisa; charlas que duraban muy poco tiempo, tiempo que yo esperaba en la puerta sentado en un banco, nunca en el suelo, con el corazón acelerado porque ellos estaban hablando y no era común que tuvieran desigualdades, no estaba acostumbrado a ello.
Mis padres hicieron lo que creyeron que era mejor, eso no lo dudo, pero son personas que miran más por lo que hay fuera de casa que por cuidar su hogar: ellos quieren demostrar a la sociedad que son perfectos.
Mis abuelos por parte de madre no son así, ellos viven y no les importa el resto, pero mis abuelos por parte de padre también buscan «la perfección», ellos son exactamente igual. Por ello mi padre es así y mi madre, a diferencia de sus padres, también. Ella se crio de una manera diferente, pero desde que conoció a mi padre se convirtió en un ser «perfecto», incluso llegando a repudiar su niñez y juventud antes de él por «haber cometido errores».
Como os decía, todo en mi lujosa casa de tres plantas con jardín y piscina era perfectamente perfecto. Muchas personas por la calle nos decían lo bien que iba vestido siempre y lo educado que era para ser tan pequeño.
Nunca jamás recuerdo haberme peleado con nadie, haber jugado en un parque o haber querido un juguete en una juguetería, entre otras cosas, porque nunca íbamos a sitios así. Mi madre decía que no necesitábamos ir al parque porque en casa había jardín y ya jugaba con otros niños en el colegio, que las tardes y los veranos eran para estar aprovechando el tiempo y aprender más o hacer actividades útiles como deportes o estudios nuevos. Da igual que tuviera 7 años, ella decía que debía aprovechar el tiempo, con lo que yo acabé deduciendo que jugar era perderlo, por lo que fui un niño lleno de ganas de jugar, pero sin poder hacerlo. Eso sí, muy educado y culto.
Yo intentaba con todas mis fuerzas ver aquello como un regalo, que era lo que me decían, pues hacía muchas actividades, aprendía, no me faltaba de nada, pero, a pesar de intentarlo con todas mis fuerzas, siempre me sentí poco perfecto para esa maravillosa familia llena de corrección, pero sin muestras de amor.
Capítulo 2
Yo hacía todo lo posible por estar feliz allí, por ser un ejemplo de buen comportamiento y corrección, como ellos: nunca me ensuciaba, no peleaba ni me molestaba por nada, me tragaba todos mis enfados y aprendí a controlar mis gestos y expresiones muy pronto.
Parece difícil que un niño no haga nunca una rabieta, pero así es; tenía una presión tan grande desde que nací y una educación tan rígida que no podía ni pensar en ello. Cuando veía a mis compañeros pelearse, gritar, enfadarse, me sentía mal solo por estar delante, por haberlo presenciado, pues siempre me decían que no debía estar en lugares donde hubiera un ambiente hostil, ya que podría dar lugar a que malinterpretaran la situación y salir perjudicado. Por ello, no podía verme en esas situaciones, digamos que me habían hecho creer que eso era horrible.
Las expresiones de cariño y de amor tampoco estaban en la educación de mis padres, los cuales eran siempre distantes y firmes. Ellos ponían órdenes, me decían lo que hacer y lo que no hacer y me mantenían ocupado todo el tiempo para así aprovecharlo.
Fui creciendo y viendo más allá de mi mundo y de mi casa, pues, durante los primeros años, en infantil, como lo llaman ahora, no preguntaba a mis compañeros ni me preguntaba nada sobre tener vidas tan diferentes, pues fuera del colegio no sabía cómo era la vida de cada uno de ellos. Pero, cuando fui más mayor y comenzaron a hablar en clase de los planes de la tarde, de quedar para ir en bicicleta a un barranco de la ciudad o incluso ir al parque juntos y jugar con la nueva pelota de Mateo, ahí comprendí que todo era muy diferente, pues yo salía del colegio y debía comer, hacer los deberes, ir a la clase correspondiente de ese día, y luego ducharme para ir a dormir justo después de cenar a las nueve en punto, siempre a la misma hora.
En esa etapa en la que comencé a ver que eran muy diferentes a mí, que tenían aventuras juntos, que se peleaban, se abrazaban, hablaban de sus historias en los veranos… esa etapa fue mi pequeño despertar, donde vi que lo que yo vivía no era lo común, pero aún así seguía pensando que era lo mejor para mí, que mis padres me educaban bien y que debía ser un niño bueno y no preguntar ni dudar de por qué ellos hacían actividades diferentes.
Yo sentía que me faltaba algo, no estaba completo con todo lo que vivía, solo estudiaba y me comportaba bien, nunca jamás podía expresar mis emociones ni enfadarme con nadie, por mucho que me hubiera molestado alguna situación, pues, cuando un amiguito en el colegio me cogía el estuche o me decía algo que no me gustaba, yo debía ignorarlo y «no entrar en su juego», o eso me habían dicho, pero eso a menudo provocaba que el otro niño se enfadase más y llegase incluso a empujarme o insultarme. Pero ni en esas podía hacer nada: «Si un niño te molesta, se lo comentas a la profesora o al profesor y que le expliquen a ese niño que no está bien hacer daño», esa era la respuesta de mis padres cuando algo así ocurría. No iban ni al colegio a preguntar qué había ocurrido porque eso podía dar lugar a especulaciones sobre una posible pelea de su hijo o un mal comportamiento y ellos no permitirían que se hablase mal de su hijo, pues para ellos eso era terrible.
Me sentía tan diferente al resto de mis compañeros… Yo quería jugar, defenderme si había que hacerlo, comprar juguetes en una juguetería, ir al parque por las tardes, poder elegir mis actividades, quería ser un niño igual que los demás, pero mi casa me lo impedía y mi educación también, pues, si en algún momento pensaba en hacer algo «mal», me sentía terrible, como si traicionase a mi familia, así que siempre hacía lo correcto.
Los juguetes nunca los elegía porque había algunos muy dañinos para los niños, y por ello eran mis padres los que seleccionaban cuidadosamente todo. Incluso las películas las veían antes para que no apareciese nada inadecuado, aunque fuese para público infantil. En realidad, todo era una locura, una vida que por fuera podía parecer perfecta pero por dentro estaba vacía de amor y cariño, con muchas restricciones y obsesiones, porque sí, mis padres se obsesionaban con todo lo que debían hacer.
Nunca recibí un abrazo o un beso de ellos, nunca que no fuera en una ocasión especial, digo. En cumpleaños y momentos especiales, sí, pero más allá de eso, no. Las únicas personas que sí me daban abrazos fuertes y besos de amor eran mis abuelos maternos, a los cuales no los veíamos demasiado. Ellos eran diferentes al resto de la familia, por eso no había mucha afinidad, o eso decía mi madre… y junto a mis abuelos también el resto de la familia materna, es decir, mi tía Jimena, su marido, Glen, y mis primos, Matías y Lena, a los cuales conocía poco.
Mis padres tenían un círculo social muy cerrado para que nada pudiera perjudicar mi comportamiento hasta que fuera mayor y pudiera conocer verdaderamente lo que está bien y lo que está mal. Por ello, debían cuidarme e inculcarme todo lo bueno para que en un futuro no hiciera nada malo.
Eso tan malo para ellos sería cualquier comportamiento social más allá de viajar a conocer culturas, aprender nuevas actividades y salir a reuniones donde se hablaba de temas formales.
Creo que jamás oí reír a carcajadas a mis padres, jamás.
Capítulo 3
Sé que muchos estaréis pensando que es muy bonito viajar a conocer culturas, hacer actividades nuevas y demás, y sí, es verdad que es precioso y yo estoy agradecido a mis padres por todo lo que conocí y lo que pude ver, pero los viajes no eran para nada divertidos. Ellos contrataban a una persona para que nos enseñase el lugar al que íbamos y nos hablase de la historia, cultura, etc. Hasta ahí, genial, pero eso no era suficiente para ellos, necesitaban que «aprovechase» el viaje, y para ello tenía que prestar mucha atención para poder hacer luego actividades donde pondría lo aprendido, pues de esa manera decían que prestaría atención y no me despistaría mirando aquello que no debía o no era tan importante.
Los viajes se convirtieron en una pesadez y una tortura. Además, era demasiado pesado para un niño tener tantas actividades y tantas normas. Un niño tiene el derecho y el deber de jugar a lo que le guste, de encontrar su estilo y su personalidad, pero ellos eso no lo iban a permitir, quizás por miedo a que no fuera «perfecto».
Conforme fui creciendo, cada vez me sentía más triste. Estaba completamente reprimido en todos los aspectos, nada de lo que quisiera hacer podía y, en cambio, sí debía hacer todo lo que ellos querían, es más, habían hecho tan bien su trabajo con las reuniones familiares y con sus estrictas normas que ya no necesitaba ni que me las recordasen, las tenía metidas en mi cabeza y, tan solo de pensar en hacer algo «inapropiado», mi mente comenzaba a escuchar las palabras de mis padres y a hacerme sentir mal, aunque solo hubiera sido la idea de ir a ver una película al cine con mis amigos.
No me dejaban tener una vida social activa. Todo para ellos era estudiar y hacer actividades productivas, el ocio era algo inapropiado o, como ellos decían, «el mal ocio te lleva al mal camino». Pues salir con amigos era un mal ocio porque podían corromperme, ya que hay gente con muy malas ideas y como no conocían a mis amigos no podían confiar en ellos.
Todo lo que hacían era hablarme sobre lo malo que había en cada una de las etapas: si empezaba el colegio, hablaban de lo malo del colegio para que tuviera cuidado; cuando fui al instituto ocurrió lo mismo, «por tu bien», me decían. Nunca me dejaban ver la vida desde mis propios ojos, todo me lo debían mostrar ellos, y todo les parecía peligroso.
Recuerdo una ocasión en la que, cansado y saturado de todo lo que vivía, decidí preguntar si podía salir con los amigos del instituto. Para este entonces yo ya tenía quince años aproximadamente, y la respuesta de ellos fue llevarme a la sala de las charlas y comentarme que hay amistades muy dañinas y peligrosas, pues no puedes confiar en nadie que no sea la familia y la gente más cercana, por lo que salir con amigos a un lugar público sin saber cómo se comportan ellos fuera del colegio era un peligro porque podían dejarme en evidencia o hacerme daño.
Aquello no me sorprendía, siempre decían cosas de ese estilo, me crie desconfiando de todo el mundo, incluso les pedí que me dejaran invitarlos a casa para que los conocieran. Pero eso tampoco les pareció buena idea: «¿Cómo vamos a meter a niños que no conocemos en casa?, ¿y si gritan o se comportan mal? Los vecinos pueden vernos meter a gente en casa o escuchar gritos, ¿qué van a pensar?».
Convencido de que había hecho algo terrible tan solo preguntándolo y que había perturbado la paz de mi hogar por mi egoísmo de hacer algo diferente que probablemente no estaba bien, decidí nunca más preguntar nada y ser «bueno», pues era lo mejor para todos. O eso me repetía una y otra vez, esa frase tan inculcada que tenía en la cabeza; «tengo que ser bueno».
Capítulo 4
Con el paso del tiempo y los continuos rechazos, mis amigos dejaron de preguntarme si iba a salir. Es cierto que siempre me trataban bien y era uno más del grupo, pero para las actividades fuera de la escuela no solían decirme nada porque sabían que no iría, así que me juntaba con mis amigos cuando hacíamos actividades en clase y con el tiempo me sentía cada vez más solo. Tampoco sabía socializar muy bien porque no sabía dónde estaba el límite de lo adecuado e inadecuado, de lo que podía hablar y de lo que debía huir. Sí, huir, para que mis padres no se decepcionaran, para que no pensaran que era un mal niño, para que todo el mundo me viera haciendo deberes y no dando voces en los pasillos del instituto o hablando en clase.
Todo lo que sonaba en mi mente era: «Tienes que ser bueno», «debes aprovechar el tiempo», «no hables de temas inadecuados», «no te comportes de manera inadecuada», «no mires mal ni contestes mal» y un largo etcétera de frases que mis padres me habían repetido como un mantra desde que tengo uso de razón; incluso antes, diría yo.
Yo sabía que no era feliz, que no pertenecía a esa perfección familiar. A mí me hubiera gustado saltar, gritar cuando pudiera hacerlo, salir con amigos, hacer deportes por placer e incluso competir en ellos como hacían mis compañeros; me gustaba el humor, los chistes que mis amigos decían en clase, aunque no pudiera reírme para que no me viera la profesora y pensara que era malo… en definitiva, no pertenecía a mi hogar.
Durante años me torturé con la idea de aceptar que tenía que ser así, que esa era la vida que yo debía llevar, la vida que me correspondía y la que era correcta, pero no lograba entender por qué los demás se veían más felices siendo «incorrectos». Quizás no habían viajado tanto o no tenían un comportamiento del todo apropiado siempre y por ello a menudo estaban en la sala de la directora, pero se les veía felices, se estaban encontrando, estaban descubriendo su personalidad, llevaban ropas divertidas y peinados a la moda. Yo no podía hacer nada de eso: mi ropa era de colores neutros porque eran más elegantes y correctos, mi peinado era muy aburrido, al menos para mí, y no me gustaba mucho cómo me veía con él, pues de niño estaba bien, pero ahora ya era un adolescente y quería buscar mi estilo, pero no podía.
Todas estas restricciones, normas, charlas, etc., estaban provocando en mí un sinfín de emociones que me hacían sentir terrible. Yo sabía lo que quería, pero también sabía lo que debía, por lo que me debatía entre dos opciones: no hacer caso a mis padres y seguir mis gustos y emociones o continuar siendo el chico bueno que se esperaba que fuese, y la primera era una falta de respeto y sería terrible desobedecer a mis padres.
Comencé a perder la ilusión por todo, pues, daba igual cuál fuera la ilusión que tuviera, sabía que sería imposible llevarla a cabo, sabía que mi vida estaba condenada a estudiar una formación que no me gustase, a vivir con personas que fuesen correctas y educadas, me gustasen o no estas personas, a obedecer siempre, a no hacer nada indebido y a no tener pasatiempos que realmente me gustasen; en definitiva, vivir para los ojos de los demás.
Toda mi infancia y gran parte de mi adolescencia fue así, una restricción constante de todo lo que deseaba o quería, pero con el último año de instituto todo cambió.
Cuando estaba en el último año y comenzábamos a prepararnos para los exámenes que te dan acceso a la universidad, tenía tanta presión en mi casa y fuera de ella que me sentía completamente abrumado, lleno de tristeza y desesperación, pues en mi casa sentía la presión de mis padres, ya no solo la que sentía desde que nací, ahora también la presión por recordarme constantemente lo importante que era entrar en la universidad, lo maravilloso que sería ser médico, lo horrible que me sentiría de no ser así… y a eso le sumaba que en la escuela comenzaron a hacer simulacros de exámenes constantemente para ver cómo estábamos de preparados. En definitiva, estaba al borde de la locura.
Capítulo 5
Tanto estudiar, tanta presión, todo aquello provocó en mí una gran tristeza, pero evidentemente no se lo comenté a nadie, ¿cómo iba a decir que estaba triste si lo tenía todo? Además, ¿qué pensarían de mi familia si su hijo comienza a sentir tristeza?, ¿ya no serían tan felices y perfectos? Tuve que callarme y aceptar que no podía mostrar mis verdaderos sentimientos.
Pero todo eso fue cambiando cuando la conocí. Por primera vez me interesaba alguien, una chica con la que no había coincidido en todos los años que llevaba en el instituto, una chica que me miraba diferente y que me hacía sentir algo de ilusión, pero ¿era correcto mi comportamiento?
Mis padres nunca me habían hablado del amor o de las relaciones, por lo que no sabía si estaba bien o mal enamorarse o querer conocer a alguien, ¿debía decírselo a ellos?
Tomé la decisión de no hacerlo. Sería mi pequeña rebeldía, mi secreto.
Yo me había fijado en ella desde que la vi el primer día de clase, era tan preciosa…Pero nunca le había dado señales, hasta que con el paso de las semanas comenzamos a llamarnos la atención, e incluso comencé a dejar mi chaqueta en el perchero que estaba detrás de ella, chaqueta que llevaba en la mochila solo para eso… Pero no era suficiente, así que ponía mi brazo en su mesa (se sentaba detrás de mí). Era algo que no debía hacer porque me estaba sentando de manera inadecuada, lo cual era una falta de respeto y una grosería hacia la profesora, pero lo hacía en ocasiones en las que la profesora paseaba por la clase, por lo que podía parecer que me giraba para seguir con la mirada a la profesora y así atender a la explicación.
