El chico costero - Anibal Marcelo Morel - E-Book

El chico costero E-Book

Anibal Marcelo Morel

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Beschreibung

En esta obra, el autor desea impulsar a la gente a amar lo que se tiene, y a defenderlo contra todas las adversidades. También busca transmitir la importancia de ayudar a quienes, por ignorancia, no saben de cómo luchar; el valor de guiar y ser mentores en vez de mirar desde las gradas. Así, estas páginas invitan a viajar con el chico en su imaginación, y sentir la tristeza del pescador por perder todo cuanto tenía. El recorrido lleva a jugar con esos chicos sobre la gran ballena, y subir a la piedra del sapo para observar la corredera del gran río Paraná y sus árboles verdes y frondosos. Aten su imaginación en el sarandí para sentir la frescura del agua pasando por ustedes. Qué más les puedo decir; si al mundo lo tenemos bajo nuestros pies, todo depende de cómo queremos que sea.

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Seitenzahl: 141

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Morel, Anibal Marcelo

El chico costero : recuerdos de mi costa amada / Anibal Marcelo Morel. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

124 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-805-2

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Históricas. 3. Historia Regional. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Morel, Anibal Marcelo

© 2021. Tinta Libre Ediciones

El chico costeroAníbal Marcelo Morel

Enamorada carmesí

Corre, enamorada carmesí,a los brazos de tu amada costa,danzando al son de una guaraniabajo la luz de la luna.

El ocaso y la aurora son fieles cómplices de tu pasión.

El amanecer te baña con rocío y sol: quedas, así, extasiada de amor.

Aníbal Marcelo Morel

Dedicatoria e invitación

A todos los niños costeros, a quienes hoy veo en mi imaginación correr o nadar en las orillas del Paraná.

También veo a las Doñas, en las correderas, con agua hasta la cintura, lavando sus ropas.

A mí madre, quien colaboro guiándome desde Misiones.

A la familia Larramendia.

A la familia Zapata.

El chico costero es misionero, gurí sencillo, su escenario son las costas del río Paraná, donde realiza una larga travesía, desde el Laurel hasta el paraje Nemesio Parma.

Este chico aprende todo lo referente a la pesca con su padre quien hace de mentor. Así le enseña sus costas y las vicisitudes del río y de sus correderas, de manera tal que también aprende a atrapar grandes peces con su imaginación. Además, y a lo largo de la historia, el chico costero interactúa con su madre, a quien adora, así como con sus hermanos.

El chico viaja, hay una tormenta en plena pesca, cuando debe de sacar, presuroso, sus trampas del agua, queda enredado en un matiz de suspendo y de miedo en el medio de los montes, espantado por los ruidos nocturnos que son nuevos para él.

La cacería tiene lugar en la época anterior a que las represas se apoderaran del señor río. Pues los invito a navegar con él…

Prólogo

El autor se remonta al pasado usando tan solo su pluma como vehículo. El combustible son las travesías de los grandes navegantes, pescadores e isleños, que ven en las costas a las familias litoraleñas, y, ¿por qué no?, a las de otras costas.

En su navegar imaginario, en una vuelta casi esquizofrénica, al escuchar murmullos por el río Paraná, el autor se fusiona dentro de las correderas e idea viajes sobre su canoa, mientras ve a los pescadores parados con el remo en sus manos o quizás con un botador tratando de abrirse camino por el totoral. Se aventuran a otros parajes y costas para conseguir lo más preciado: los peces, principal fuente de supervivencia.

Estos hombres fueron forjados con lodo, crecientes y correntadas, pero también han padecido bajo las grandes norias de las represas, por las que fueron desplazados sin medir las consecuencias, solo fueron descartados y abandonados a su suerte.

El relato del chico costero hace revivir aquellos días de pesca con la familia o con amigos lugareños, cuando realizaban grandes travesías de navegantes sobre el señor río Paraná, quien proveía todo cuanto podía. Asimismo, cuando se enfurecía, lo quitaba todo, azotando a pobladores y navegantes con grandes inundaciones y lluvias. Este río era salvaje, sin dominio. Pero ahora luce moribundo, aprisionado entre grandes compuertas que lo obligan a castigar a sus hermanos costeros, porque destruye sin querer las costas. Se siente solo, abrumado al no tener a sus hijos escamosos nadando en sus entrañas. Es el hombre quien lo engualichó y lo cautivó sin previo aviso, destruyó todo cuanto pudo, sin importarle las consecuencias.

Este chico costero, por su parte, les hará viajar hasta aquellos años cuando el Paraná reinaba sobre las orillas del litoral, también recordaremos la isla del medio o “Cañete”, la hija del Paraná que fue devastada y dejó huérfanos a sus hijos isleños.

El chico costero pone el tinte y le regala a cada familia de pescadores este recorrido por sus mejores recuerdos; con especial afecto, a los habitantes del paraje Nemesio Parma y del barrio Laurel, a quienes lleva en el corazón como a sus amigos costeros…

Introducción

Se cuenta que hace muchos años atrás, antes de que el hombre destruyera la naturaleza costera, las laderas estaban regadas de pescadores que recorrían deseosos y con libertad el cuerpo aterciopelado y casi cristalino del señor llamado Paraná, quien les ofrendaba con afán sus hijos de escamas. Los dejaba atrapar por los espineles que ondulaban en los pozones y remansos y así daba todo cuanto podía. Un día este señor cayó a merced del concreto y del hombre. Ellos fueron quienes mutilaron parte de sus aguas hasta dejarlas dormidas, moribundas y presas tras esos muros que dominaron su espíritu y las correntadas. Le arrancaron la libertad salvaje de sus cauces mediante norias gigantescas: molinos de hierro que cruzan todo, a lo ancho, el padre río.

Hombres extraños que vinieron a seducir a los pobladores con promesas de trabajo, para hacerlos partícipes de tu propia celda. Hoy te veo lento, a manotones, como ahogado, tratando de acomodarte dentro de esa gran caja prisionero. Pero sigues luchando como lo hacen tus hijos de escamas.

Entre los pobladores se hablaba de dos grandes compuertas, impulsadas por motores y de las que se pregonaba con énfasis en la zona. Pues reproducían —¡compuertas, turbinas!—lo que escuchaban, aunqueno sabían su significado, ni el mal que les ocasionaría esas palabras nuevas. Ignoraban por completo que ellas les arrebatarían la vida y todo lo más preciado: el sustento, sus costas y ese entorno salvaje que los seducía día a día. Las grandes norias girarían sin cesar, noche y día, imponentes. Serían las más gigantescas de toda Latinoamérica y dominarían las aguas.

Entonces, la primera de ellas se ubica entre Paraguay y Brasil; la segunda, entre Argentina y Paraguay. La más imponente encarcela con sus brazos un gran volumen de agua. Río arriba, se encuentra la otra más pequeña. El río lucha cual Quijote por su Dulcinea, por los hijos que nadan en su vientre. Prisionero, enojado, hace remolinos: es Bronco que lucha por su libertad. Los peces ya no emigran aguas arriba, por lo que comienzan a escasear en la zona. El señor río ha sido despojado de su amorosa prole, es un padre huérfano de hijos.

Ante la falta de peces, gran parte de los lugareños se vio obligada a realizar intensas travesías para continuar obteniendo el producto del río. Principalmente, los peces más apreciados en la zona, como el dorado, pacú y el gran señor del río dulce, el llamado surubí.

Así, los hombres, como un martín pescador1, se vieron obligados a partir con sus familias hacia otras costas, donde permanecerían varios días hasta conseguir el botín deseado, la subsistencia. El producto que traen del río se intercambia por mercaderías, ropa, entre otras cosas.

Ver partir a estas familias es la escena más perfecta e increíble, porque se escucha el golpeteo de los remos y de voces que se entremezclan a lo lejos… Una madre sentada en la canoa con su hijo en brazos, protegiéndolo del rocío de la mañana; otro niño despeinado que habla a su padre con alegría por la aventura… Para estos navegantes milenarios, la escena, que a nosotros nos impacta, es natural, pues son errantes desde su nacimiento. Ellos toman como hogar esa embarcación, tanto como un pedazo de tierra en la costa. Esa es la vida del chico costero: tan solo conoce la simplicidad el momento. ¿Qué más podría pedir él?

Para comenzar

Presento al chico costero: Ismael, al que conocen como “Lagartija”, vive en el barrio Laurel, sobre la ladera del río Paraná. Es un niño simple, común, como todos los que habitan en la zona, travieso e inquieto con grandes sueños de aventuras y hermanado con la naturaleza. Servicial con los suyos, principalmente con su madre. Siempre atento a las acciones de su padre en el tema de la pesca, compañero a la hora de afrontar todas las vicisitudes. La ladera del río y sus correntadas lo van moldeando, lo pulen a su antojo con los años, lo preparan para los menesteres de la primera travesía al interior del río Paraná.

Su tez es morena, está teñida por los rayos del sol. De contextura delgada y estatura pequeña, sus ojos son de un color marrón juguetón y curioso. El pelo largo, de color castaño, le llega casi hasta los hombros. Desde muy pequeño, su familia y su padre lo han apodado “Lagartija”, porque de tan flaco, delgado, se le marcaban las costillas. Además, se caracteriza por su agilidad para andar por todos los relieves de la costa, principalmente entre las rocas.

Es inquieto. A él lo verán correr por las costas del Paraná, mojarrero en mano. Pasa la mayor parte del tiempo junto a su padre, y al salir del colegio se va a refugiar en las costas. Es diligente en sus actividades: siempre presente en las tareas del hogar, la pesca, cacería o el cuidado de sus hermanos más chicos. Aprende día a día y con mucho ímpetu, como queriéndose adelantar en el arte de la pesca. Esta es una de las principales actividades de los padres en la zona, costumbre que va de generación en generación. Padres y abuelos dejan como herencia el mismísimo río, al que aprenden a conocer desde muy chicos. Él da todo cuanto puede, pero al enfurecer te destierra, te cubre de agua, y te quita todo.

Es a este chico a quien verán, todos los días, por las mañanas y las tardes o hasta altas horas de la noche, como un fantasma silencioso sobre algunas de las rocas, inmóvil, conversando con el señor río. Incluso oirán desde lejos sus conversaciones, a los gritos, con algún pescador que pasa por la corredera.

Su lugar favorito es una piedra a la que llaman “el sapo”, porque su forma y color ceniza se asemejan a ese animal. Al pasar por la corredera, se ve su forma que se mistura entre la espesura de la maleza. Sin embrago, tan solo los conocedores del río y los lugareños la pueden abordar. Es ahí, en ese lugar retirado de la casa familiar, donde el chico tiene su mundo secreto. Para poder acceder, hay que ir por agua, en canoa o por el monte. Es su lugar de ensueños. Es ese modo de pasar el tiempo, entre las rocas y el agua, lo que le ha valido el apodo de “lagartija”.

Desde ese lugar, como un grumete, observa y controla todo, el río y más allá. Y si por alguna casualidad viese en la corredera un movimiento extraño, casi al ras del agua, seguro dirá: ¡Es un cardumen de sábalos! Ysi lo fuese, de inmediato remaría de prisa para dar aviso a su padre, quien con ligereza vendría con la red para meterse al agua. La extenderían y los atraparían con ayuda de todos, porque en algunas ocasiones han contado también con la ayuda de su madre.

No hay mayor placer para el chico costero que sentir el sol en las mañanas, las manos suaves de la ventisca que le acarician el rostro y el cuerpo. La naturaleza es quien abre la ventana para brindarle el sonido de sus cauces y correntadas. Manto de ensueños que le hace olvidar tribulaciones, porque se tornan grandes pescas imaginarias. La floresta emana su aroma y lo envuelve hasta dejarlo taciturno.

Su mirada fija va más allá de las aguas, se queda dormida en tierras lejanas, ese inmenso manto terroso que ondula sin cesar y se confunde tras las malezas que caen dormidas. ¡Qué pensará ese chico! Tal vez, esté ideando una salida de pesca con su padre y hermanos… no se sabe con exactitud qué piensa. Su cabeza está mojada para aplacar el calor, las gotas le recorren el rostro y el cuerpo hasta caer al vacío. Escucha los sonidos con los ojos cerrados: el concierto que le brindan las correntadas o quizás el canto de algún pitogüe2 parado sobre la piedra.

Cuando va al río y ve las piedras que sobresalen del agua, dice a sus hermanitos que son lomos o jorobas de ballenas, lo que enfatizan las piedras moras, más aún, con el color gris oscuro que las caracteriza. El vaivén del agua las hace desaparecer, para volver, al minuto, a florecer en la superficie. Esto les hace imaginar que son ballenas de verdad, entonces ellos corren al lugar y se acuestan sobre ellas, boca abajo, con los brazos y piernas abiertas, al tiempo que dicen: ¡Mira, Lagartija! ¡Estamos viajando sobre una gran ballena! Así, revolcándose sobre ellas, sus pequeños hermanos pasan toda la tarde jugando.

El chico observa esa escena de tanto jolgorio y larga una carcajada al viento al verlos felices, para luego retirarse hacia su casa. Él debe continuar con la labor encomendada por sus padres, tras haber tenido su danza diaria con la naturaleza.

Es este chico costero el mismo que, al salir de la escuela, se hace notar con un fuerte grito desde el camino elevado. Su grito es muy particular, ya conocido por todos: cuando ve a su madre, lleva sus manos a la boca, haciendo como un altavoz y, con los libros debajo del brazo, dice: ¡Eeey, mamá! ¡¿Cómo estás?! ¡Ya salimos!

Al llegar a la casa pasa corriendo por entre los árboles y deja sus útiles, apenas tirándolos sobre la mesa, se saca el guardapolvo y lo deja sobre la cama. En otras ocasiones, lo dejará colgado en algún clavo que encuentre en la pared. Y de un manotón toma la caña de pescar y unas tanzas que están sobre un banco y va hacia el río, donde se pierde como el viento tras las malezas para ingresar a los pozones. Metido en el agua hasta la cintura avanza esquivando los camalotales, los separa con sus manos, como tratando de buscar el mejor lugar para pescar tarariras o quizás algunas mojarras. Usará esas primeras presas como carnada, aunque, si llegasen a ser grandes, se las comerá, de seguro.

Esa es la labor del chico costero, conseguir carnada entre otras tareas mayores, que delegan en él por ser el más grande.

La vivienda del chico costero…

Su casa se ubica a escasos metros de la costa, en una lomada, porque cuando el gran señor se enfada hace crecer tanto sus correntadas teñidas de color marrón, que vuelve temerosos a los humanos en las madrugadas, ya que arrasará todo lo que se cruce en su camino. Cuando pasa el vendaval, el manto queda suave y ondula con calma, casi queda desapercibido el daño que causo.

La casa es modesta, está techada con chapas de cartón que se aseguran con clavos y chapitas de gaseosas que se intercalan. Una parte del techo tiene polietilenos de color negro. Las paredes son unas tablas de color blanquecino, que fueron teñidas por el río en su arrastre, y que dejan grandes rendijas entre ellas. También está provista de troncos que fueron acarreados por la corriente y traídos tal vez de la isla hacia la costa. Arrimados por el gran padre río, como regalándoles un pedazo de naturaleza, los troncos fortalecen la estructura de la casa del chico costero.

A veces, es posible ver los troncos albinos dormidos en la costa, torneados tan perfectos en su forma circular de punta a punta: han sido cincelados por el golpe de las rocas en su viaje, cual submarino, hasta encallar en la costa más cercana.

Para acceder a la casa desde la costa hay que pasar un muro de malezas. Si se está en el río o sobre una canoa, se alcanza a ver parte del techo. Está tan escondida entre ramas y árboles que apenas asoma una pequeña porción de ella. La rodean árboles frutales, mangos, nísperos, naranjos y limoneros, entre otros, que en épocas de frutos se convierten en proveedores de grandes delicias y postres.

La espesura y follaje abrazan gran parte del techo y de la pared, la abrigan y se fusionan en forma natural con los gajos. Estas ramas, a su vez, protegen a la precaria casa de las grandes tempestades y tormentas eléctricas, como de los vientos, de tipo tornado, que azotan las madrugadas sin piedad. Su ubicación es estratégica para soportar el clima de la zona, principalmente el calor implacable.

Este chico vive con sus hermanos menores. Uno de ellos es Samuel, apodado “Tatú”. Es frecuente que, en esos parajes, los niños lleven apodos de animales. Esta costumbre se explica en el mismo hábitat.

La del chico costero es una gran familia costera muy humilde, como todas en la zona, que viven con sus trajines diarios por la supervivencia en todos los sentidos, incluso por la comida del día. No cuentan con recursos en efectivo, de hecho, es muy eventual tenerlo. Pero cuando hay dinero, de seguro lo utilizarán para el transporte o ante el caso de una enfermedad. Para las compras de la comida del día, se intercambia el producto del río, se hacen pequeños trueques entre los vecinos de la zona. Estos intercambios pueden ser de pescados por carne, o tal vez unas pocas verduras, como para salir de la rutina.