El clan de las llaves doradas - Alessandra Waitomo - E-Book

El clan de las llaves doradas E-Book

Alessandra Waitomo

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Beschreibung

1831. Un viejo y moribundo millonario de Almería (España) ha enterrado sus riquezas en algún lugar. Para que alguien pueda dar con el tesoro ha escrito un raro poema que deberá ser interpretado. Sin embargo, el hombre ha cortado el poema por estrofas y las ha colocado dentro de cinco botellas. Un joven pirata encuentra las botellas y se las lleva. Pero el gran oleaje que provoca una tormenta hace que las botellas resbalen de su barco y se pierdan en el mar. Aunque lamentoso, el joven pirata las da por perdidas. Las corrientes marinas separan las botellas en dos ciudades diferentes; afortunadamente, logran dar con ellas. En Almería, ocho personas serán las involucradas en resolver el misterio. Un noveno miembro llegará desde Fuengirola para unirse al clan y así entender qué oculta el misterioso poema. ¿Podrán, a pesar de sus enormes diferencias y embates, llegar a un supuesto tesoro?

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Seitenzahl: 351

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Ariel, Alejandra Jacqueline

El clan de las llaves doradas / Alejandra Jacqueline Ariel. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

330 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-631-306-073-3

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Ariel, Alejandra Jacqueline

© 2024. Tinta Libre Ediciones

A mi madre, por ser la primera en leer esta historia —y por su emoción—.

A mis afectos.

A Lena, para ella son Virgilio y Pilar.

Y en especial a Ion O., el alma vagante de Internet que apodó a Ethel la hermosa.

El clan de las llaves doradas

Capítulo 1

Almería, Andalucía, España, 1831

Esa noche de luna blanca e intensa, el maltrecho hombre subió a su barco atracado en el puerto de Almería, lugar en el que viviera su vida entera.

El anciano se sentía agonizar. Caminó por la cubierta mientras tosía asmáticamente. Llevaba en una mano una farola; en la otra, un bolso. Entonces se dejó caer. Después se acomodó para dejar a un lado los objetos que llevaba consigo.

Pensó en todo lo que había hecho desde el momento en que se enterara de que le quedaba poco tiempo de vida: se había dedicado a esconder sus riquezas cerca de España para evitar que, cuando él muriera, cualquier aprovechado se las quedara. No tenía herederos, por ende no consideraba a nadie digno de merecer sus bienes. Mas pensó que su capital sería desaprovechado, ya que partiría de la vida sin él. Necesitaba idear un plan. Y así lo hizo.

Con diligencia, eligiendo cuidadosamente los lugares, marcó indelebles señales que pudieran indicar, a quien lo intuyera, que tras ellas se encubría alguna riqueza, pero que esta debía ser hallada con esfuerzo.

El último paso era dejar una pista escrita. El anciano entonces sacó un papel de su bolso, una pluma y el tintero. Los apoyó contra las maderas del suelo y con esmero comenzó a escribir un poema. En él se hallarían las pistas necesarias para acertar con sus riquezas.

Una vez concluido, el hombre releyó varias veces su escrito. Le convencía. Luego alzó la vista y miró hacia un costado. Allí nomás, casi ocultas entre varias sogas corroídas por el tiempo, había cinco botellas de vino vacías, todas sanas, que incluso conservaban sus corchos; por lo tanto, el hombre sacó un cuchillo afilado de su bolso. Tomó el poema y decidió dividirlo como un quinteto. Lo hizo prolijamente, y el temblor de sus manos enfermas no obstaculizó los cortes de líneas perfectas. Acabado aquel paso, tomó una de las botellas y le quitó el corcho. La alzó para colocarla pico abajo y volcar, por si acaso, el resto de vino que pudiese haber en su interior. Seguidamente enrolló uno de los pedazos del poema, lo ató con las fibras de una soga y lo metió dentro de la botella. Lo mismo hizo con los trozos restantes, introduciéndolos en los otros recipientes de vidrio.

Más tarde, cuando su tos no se lo impidió al sacudir su cuerpo convulsivamente, el anciano dio vuelta las botellas y labró sus bases con la punta del cuchillo.

Al rato, dándose cuenta de que le había faltado algo relevante rebuscó otro papel en el bolso, pero ya no tenía. Por lo tanto decidió levantarse. Le llevó varios segundos hacerlo. Se sujetó del borde de su barca y caminó hasta su cámara. Allí logró sentarse en un sillón frente a un escritorio. Entretanto tosía, pensó y pensó con los ojos cerrados.

Al rato escribió algo más, pero no lo llevó consigo sino que lo guardó dentro de un cajón de su gran pupitre. Lo que quería hacer con ese trozo de papel era ponerlo dentro de una botella. Pero al sentirse muy mareado en aquella cabina, como si se le hubiera terminado el oxígeno, olvidó ser tan cuidadoso con los detalles, y prefirió salir de nuevo a la cubierta y respirar el aire exterior.

***

El sol despuntó esa mañana. Aún el anciano seguía vivo, pero respiraba dificultosamente. Estaba alzando la voz para que alguien lo oyera. Había pretendido dejar que el mar se lo llevara con su navío, pero este había quedado sujeto por una larga soga a uno de los muelles de Almería.

El joven Gaspar Loranca, un mediocre bandolero del Mediterráneo, pasaba justo por allí con su barco. Al ver el navío del anciano decidió que era una buena idea bajar y saquear algunas cosas. Lo mejor era que no se veía ningún soldado vigilando el atracadero en ese momento.

El joven entonces subió a un bote y bajó hacia el mar. Remó hasta el barco del viejo y comenzó a treparlo. Tenía preparada su pistola, por si acaso, pero estaba seguro de que no había nadie a bordo de aquella nave. Sin embargo, oyó los gemidos del viejo. Estuvo a punto de bajarse para abandonar el robo hasta que oyó:

—Busquen el tesoro… busquen el tesoro…

Cuando Gaspar se asomó por la borda derecha dio con el hombre que estaba recostado en el suelo. Algo le dijo que debía subir y averiguar de qué se trataba eso que el anciano decía. Entonces subió y, una vez en la cubierta, se arrimó:

—¿Habéis dicho tesoro? —preguntó, sin que le importara un comino la salud del pobre hombre.

El viejo abrió los ojos y vio a un joven de cabellos sucios y revueltos, con ojos oscuros y atentos, que sonreía con enorme interés.

—Mis pistas… —Señaló el anciano con dificultad, hacia las botellas que contenían los poemas. Estaban las cinco sujetas con una soga a su alrededor.

Gaspar lo observó y corrió a tomarlas enseguida.

— ¿Qué es esto, hombre? —indagó.

—Las pistas… que llevan…

—¿A un tesoro? —preguntó con impaciencia.

—La llave… —murmuró el anciano cada vez con menos voz.

— ¿Una llave?

—…dorada…

—¿La llave dorada? —siguió inquiriendo el joven Loranca.

El hombre no respondió más. Alzó sus ojos a lo alto y dejó de respirar.

Gaspar lo contempló durante unos segundos.

Enseguida el forajido se alejó del lugar. No fuera a suceder que lo culparan de matar al anciano por robarle unas meras botellas atadas por una soga. Pero en el interior podía apreciarse que había tubos de papel. En ellos seguro había algún mapa, intuyó Gaspar entusiasmado.

Una vez arriba de su barco, el muchacho pensó en ocultar las botellas en su camarote. Pero antes de concretar la idea vio que una nave perteneciente a la guardia marina se arrimaba a su embarcación. Dejó las botellas a un lado, sobre la cubierta, y con gritos ordenó a sus tripulantes que llevaran el barco lejos de la costa. Los hombres pronto izaron las velas y dejaron que el viento los apartara con rapidez.

Las olas se habían embravecido, pues había comenzado a nublarse y a soplar un fuerte viento.

Mientras luchaba contra la agitada marea, el ligero y veloz barco de Gaspar también lo hacía por salirse del camino de aquel navío de guardias.

Finalmente, después de algunos minutos, la vigilancia costera desistió al notar que había ahuyentado la nao sospechosa de Almería.

No obstante, la nave de Loranca aún luchaba contra las estremecidas aguas. Tan bravo estaba el mar, que logró remover las botellas fuera de la cubierta: las hizo resbalar por el suelo y después por la borda, sobre babor.

Gaspar alcanzó a ver cómo se escapaban de su barco. Soltó el timón y se arrimó al margen de la nave, para ver si podía hacer algo para recatarlas. Pero las increíbles olas cubrieron las botellas y él no pudo visualizar hacia dónde se las llevaba el mar. Pronto las perdió de vista. Tratar de recuperarlas sería inútil. Además, todas se habían dispersado.

—¡Qué desgracia! —soltó frustrado mirando el agua—. Tanto que os amo, hermoso mar, y me hacéis algo como esto… Pero no importa. De todos modos no iba a ponerme a buscar un tesoro. Eso me llevaría mucho tiempo, y como pirata prefiero algo rápido y fácil, de modo que… ¡llevadlas! No interesa ya. —A la brevedad retornó tras su timón.

***

Cuatro botellas fueron arrastradas por la marea hacia las costas de Almería. Solo una se desvió un poco más, hacia el oeste.

***

—¿Te has enterado? Hallaron muerto al viejo Hortensio Hervás —contaba el joven soldado Pascual Oliver mientras se acomodaba su sombrero de guardia, entretanto marchaba por el puerto junto a su amigo y compañero de trabajo, Virgilio Doncel, quien le preguntó:

—¿El filósofo millonario de Almería?

—Sí. Estaba enfermo. Se quedó dormido sobre la cubierta de su barco.

—Qué desgracia. Parecía un buen hombre.

A continuación, ambos jóvenes se dispusieron a caminar por el muelle que llevaba a uno de los barcos de la guardia marina.

Pascual Oliver subió al buque para entregar algo a sus superiores, mientras el otro soldado se mantenía firme sobre el atracadero, miraba a su alrededor dando un bostezo y, al observar hacia abajo, descubría una botella que flotaba y se acercaba hacia la parte más playa del muelle. Las olas iban empujándola lentamente.

El joven comenzó a alejarse del navío al tiempo que observaba con curiosidad la garrafa, pues dentro de ella había algo. «Una carta», pensó, y sonrió al imaginar las palabras de alguna dama de una costa cercana que pidiera por amor.

Doncel siguió caminando, vigilando mientras tanto la botella que cada vez estaba más cerca del lugar en donde el muelle terminaba, pegado a un paredón de rocas.

Al rato se arrimó Pascual Oliver, después de cumplir con su deber.

—¿Qué miras? —inquirió al ver a su compañero tan concentrado, espiando al agua.

—¿Me ayudas? —preguntó Virgilio sin responder la pregunta. Miró a su alrededor para saber si alguien estaba vigilándolo. Al corroborar que nadie lo hacía, se agachó y se colocó boca abajo sobre el suelo del pasaje. Entonces comenzó a estirarse para poder tomar la botella. Pidió a Pascual:

—Sostén mi ropa, por favor.

—¿Qué haces? ¡No seas ridículo! —preguntó el otro. Aun así se agachó para sujetar a su compañero por el saco azul típico de los soldados de marina.

Doncel se hizo un poco más hacia delante. Pero sus dedos solo alcanzaron a rozar la botella. Las olas del mar la llevaban de adelante hacia atrás.

—Sostenme un poco más fuerte —pidió a Oliver.

—¿Estás tratando de tomar una botella? ¿Para qué? ¡Aprisa, Virgilio, que nos van a ver!

—No puedo… —soltó el otro, e hizo un poco más de esfuerzo por alcanzar el objeto flotante. Su impulso lo envió hacia delante.

No hubo forma de que Oliver pudiera retenerlo. Al contrario de eso, al querer sujetarlo para que no cayera al agua, Pascual patinó sobre el suelo húmedo del atracadero y cayó junto a su amigo.

—¡No! ¡No! —se quejó Oliver cuando asomó la cabeza fuera del agua. Al ver cómo Doncel nadaba por la botella le gritó enfadado—: ¡¿Quién te envía a hacer estas locuras?!

El otro muchacho comenzó a reír, trayendo la botella en la mano.

—¿Qué dirás a los superiores cuando nos vean así, empapados? —continuó Pascual, quejoso.

Entretanto sonreía, el otro respondió:

—Que yo estaba mareado, me desmayé, caí al mar y tú te lanzaste a mi rescate. ¿Qué te parece?

—Me parece que estás loco, Virgilio… ¡Andando!

Doncel rio, mientras que Oliver seguía murmurando su enfado.

***

Esa noche, luego de terminar sus horas obligatorias, ambos soldados amigos se acercaron a una taberna para beber un vaso de whisky. Virgilio Doncel llevaba con él la botella. Aún no la había abierto, por lo que decidió hacerlo en ese preciso momento.

—Veamos qué tiene tu dichosa botella —dijo Pascual, para luego beber un trago y mirarlo con algo de molestia. Recordaba el incidente de aquella tarde.

Mientras arrojaba una suave y contagiosa risa, el otro soldado destapó el recipiente de vidrio y sacó de allí el papel enrollado.

—Creo que es la carta de mi futura esposa —bromeó.

—Más vale que merezca la pena —opinó Pascual mientras se sacaba el sombrero y se ordenaba los cabellos castaños—. Hoy nos hiciste correr el riesgo de perder nuestros puestos.

—No exageres —pidió su amigo conforme quitaba la fibra de soga que envolvía el tubo de papel. Al abrirlo y leerlo puso gesto de no comprender ni un comino—. ¿Qué se supone que es esto? —inquirió estirando la hoja hacia Oliver.

El otro muchacho leyó y luego consideró:

—Creo que algún borracho escribió este poema. Y tú acabas de hallarlo. Ve y busca a ese amor que clama por ti —se mofó.

Doncel no le hizo caso y le quitó la hoja para estudiarla otra vez. Dijo luego:

—Lo conservaré. Quizás tiene algún significado.

—Haz lo que quieras. Para mí lo hizo alguien que se estaba aburriendo.

Virgilio lo miró algunos segundos, conforme pensaba que era mejor no creer que se trataba de una broma. Tenía la leve intuición de que aquello era algo más importante. Entonces enrolló el poema otra vez, lo volvió a atar y lo colocó dentro de la botella. Dejó esta sobre su falda y se dedicó a beber de su vaso de whisky, olvidando el asunto por el momento.

***

Al día siguiente, mientras se acercaba a la orilla con su bote pesquero remando contra el oleaje, Ventura Cerrillo vio que delante de él, en la orilla, aguardaba su esposa, Paz. La dama estaba de brazos cruzados, paseándose de un lado a otro mientras lo miraba con ojeriza.

— ¡¿Dónde estabas?! —le gritó, echándose hacia atrás los cabellos ondulados y oscuros que la brisa marina despeinaba sin parar.

—Pescando, tesorito —le respondió él en el mismo tono.

—Maldito piratilla —se quejó la mujer—. ¡A que estabas robando!

—Es mi labor, belleza. Cuando veas lo que te traje te calmarás.

—¿Ahora qué asaltaste? ¡Algún día la guardia marina te llevará y me quedaré sin ti!

—No dramatices —le pidió Ventura descendiendo del bote, y señaló luego dentro de este—. Mira, tengo pescado fresco, un sable que encontré por allí y un par de botas nuevas.

Paz miró los objetos con desconfianza y preguntó:

—¿Y a quién mataste para obtener esas cosas?

—A nadie. Las tomé de un barco que estaba a la deriva.

—Eres un mentiroso… ¿Y dónde está mi regalo?

—Ah… —El hombre giró para rebuscar algo más en su bote. Pero no había otra cosa. No tenía ningún regalo para ella. Se lo había dicho para lograr que se tranquilizara—. Olvidé decirte que me asaltaron en el mar y se llevaron el hermoso abanico que había conseguido para ti.

—Bravucón y sucio eres, Ventura. ¡No cocinaré para ti hoy! —se enfureció ella.

—No me digas eso. No quiero comer pescado crudo.

—Aprende a cocinar entonces. Me voy —amenazó Paz, y dio media vuelta para comenzar a alejarse.

Cerrillo bajó la mirada, fastidiado. Entonces distinguió una botella con un rollo de papel en su interior. Estaba sucia con un poco de las algas que la marea solía arrastrar. La tomó, la acercó a las olas y la lavó un poco. Luego volteó hacia su mujer y le gritó:

—¡Palomita de paz! ¡Quizás te guste esto otro que te traje!

La mujer volteó hacia él, deteniéndose. Sus oscuros ojos le dieron una expresión satírica.

—¿Y qué es eso?

—Ven a ver… —invitó él, mientras contemplaba con curiosidad el interior de la botella, agitándola, para ver si podía comprender de qué se trataba. Pero no alcanzó a distinguir mucho porque Paz se acercó con velocidad para quitársela de las manos.

—Está mojada —gruñó—. ¿La acabas de recoger de la arena? —averiguó con desconfianza.

—No, linda. Se acaba de caer de mis manos a la orilla, que es otra cosa.

A pesar de creerle poco, Paz destapó la botella y sacó lo que había en su interior. Abrió el papel y leyó. A continuación, levantó la vista lentamente hacia su marido y le dedicó una sonrisa socarrona.

—¿Te gusta? —inquirió él sonriéndole, sin conocer siquiera qué se apuntaba allí.

—Es un poema tan… —Paz no hallaba la palabra adecuada.

—¿Tan…?

—¿Me trajiste un poema? —preguntó ella con notorio desencanto, y le devolvió la botella con brusquedad al igual que el papel—. Sabes que odio la poesía, ¡lo sabes! Y eso que me diste ni siquiera es romántico. Es un chasco sin sentido.

Mientras Paz se alejaba embravecida, todavía refunfuñando, Ventura alzó la hoja de papel y la leyó. Hizo una mueca de extrañeza y volvió a leer. Igual que su esposa, creyó que no tenía sentido aquel palabrerío. De todas formas, se lo iba a quedar. Le gustaban las botellas, sobre todo las de buen vino, y tenía un lugar donde colocarla, un viejo aparador en la sala de su casa donde exhibía todos los objetos extraños que hallaba o robaba.

***

Había transcurrido una semana de la muerte del viejo Hortensio Hervás.

La joven Ethel Maris caminaba por la playa. Era mirada por un par de marineros que pasaban justo por allí. Maris hizo oídos sordos a los piropos que estos le dijeron y apartó sus ojos celestes hacia la mar, entretanto se tocaba el cabello blondo con vanidad y se acomodaba su sombrero de color salmón, adornado con un moño de tono más pálido que combinaba con su delicado vestido de puntilla.

La muchacha miró hacia el horizonte con deseos de navegar, mas prefirió seguir caminando a la orilla del Mediterráneo. Se descalzó, tomó sus sandalias con una mano y dejó que las olas mojaran sus pies.

Lentamente, mientras pensaba en diversas cuestiones, fue arrimándose a un objeto que había llamado su atención. Estaba medio enterrado en la arena. Era una botella.

Ethel la hubiera ignorado de no ser porque, dentro, parecía haber un mensaje. Ella amaba encontrar misivas en las botellas. Tenía ya, con esta, ocho redomas con notas en su interior. Adoraba conocer fragmentos de otras vidas apuntados con letra elegante que le relataran sobre amores imposibles, desesperados pedidos de ayuda, guerreros que alguna vez hubieran vivido crueles batallas a la vera de aquel mar o meros deseos de paz.

La bella mujer se agachó para recoger la botella. Con sus dedos quitó la arena que cubría aún el vidrio. Sacó el corcho de la boca, tomó el papel, lo abrió y leyó. Sus cejas se arquearon en un claro signo de desconcierto. Aun así le resultó interesante.

Ethel llevó la botella a su vivienda, pero no se la enseñó a nadie. Casi nunca compartía nada de lo que había dentro de las vasijas de vidrio que hallaba encalladas en la playa.

Una vez en su habitación, la dejó sobre una estantería y después se sentó en la cama para leer un libro.

***

Tres días después de que Ethel Maris diera con una parte del poema, el señor León Cerdán, acompañado por sus hijos Filiberto y Pilar, escrutaba con sus ojos claros los buques que custodiaban el puerto.

El hombre había sido parte de la guardia marina española cuando joven. Sin embargo, aún cumplía algunos servicios.

Padre e hijos se encontraban arriba del barco del hombre, buscando atracar en algún sector del fondeadero. Cuando por fin viera un buen lugar para dejar su navío, Cerdán ordenó a Filiberto que actuara como un buen capitán. El joven obedeció enseguida y logró llevar con gran esmero el barco de su padre hacia donde este le había indicado.

Cuando desembarcaban los tres, León notó que algo flotaba pegado a su nave. Al igual que Ethel Maris, él hubiera ignorado el objeto, nada más que llamó su atención lo que había en su interior.

—Tráeme eso, chico —le pidió a su hijo dándole un toque en su brazo, y señalando después al agua.

Filiberto miró hacia el lugar que su padre había indicado y descubrió la botella.

La joven Pilar aguardó parada al lado de ellos, observando cómo su hermano se agachaba para recostarse sobre el suelo del atracadero y estiraba después su brazo para recoger la garrafa.

El joven Cerdán dio la botella a su padre una vez que la tuvo entre sus dedos. El hombre la tomó en silencio y la destapó. Quitó el papel y lo desplegó.

—¿Qué dice? —interrogó su hija con fisgoneo, entretanto se ordenaba el cabello castaño y corto hasta los hombros que la brisa le ponía sobre la cara.

Luego de leerlo, León expuso:

—Esto es una pista hacia algo… me suena a tesoro escondido…

Filiberto abrió sus ojos con sorpresa y sostuvo el papel por la parte superior mientras preguntaba a su padre:

—¿Puedo leerlo?

El mayor apartó la mirada de la hoja y vio al rostro de su descendiente; respondió:

—Sí, puedes. Pero no lo dejes caer al agua y tráelo. —Luego se dirigió a ambos jóvenes—: Marchemos. Su madre nos espera.

—Déjame ver… —pidió Pilar entusiasmada, arrimándose a su hermano para también leer el trozo de poema.

Ambos, luego de repasar con la mirada aquellas misteriosas estrofas, sonrieron ilusionados.

Fuengirola, Málaga

Casi un mes después, el elegante señor Fermín Nogués caminaba por las costas de Fuengirola. Iba camino al puerto para embarcarse en un viaje de negocios cuando vio una botella que el mar había depositado sobre la arena, en su camino.

La pateó suavemente para removerla, y descubrió que tenía un papel en su interior. La tomó del pico con cuidado, cosa de no ensuciarse demasiado la mano, y con la otra tomó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta para barrer el exceso de arena húmeda adherida al vidrio.

Pero decidió llegar a su barco antes de sentarse a leer en paz lo que tenía la botella en su corazón.

Una vez a bordo de El Osado, su enorme y lujosa embarcación, Fermín se encerró en su despacho para sentarse frente a su escritorio de roble.

El caballero aflojó el pañuelo de su cuello, bebió un sorbo de aguardiente y posteriormente destapó la botella que había colocado antes sobre el pupitre. Dejó el corcho a un lado, con un movimiento cuidadoso, y dio vuelta la garrafa para que saliera el papel. A continuación, con paciencia y delicadeza, soltó la fibra de la soga que sostenía la hoja, la dejó a un lado, cerca del corcho, y se preparó para leer lo asentado.

Nogués analizó al menos cuatro veces las estrofas. No comprendió. Dejó la hoja sobre la mesa y miró al frente, pensando.

Minutos después tomó el corcho y vio las inscripciones grabadas en este, con un tono de marrón más fuerte que el alcornoque. Una marca, una fecha cercana y el lugar de origen de la botella se mostraban allí.

—Almería, ¿eh? —El hombre levantó la vista otra vez, pensativo. Enseguida tomó la botella para echarle un vistazo. La giró, la dio vuelta. Al observar la base frunció el entrecejo con extrañeza. Tallada estaba la figura de un hombre con las extremidades extendidas. Detrás de este se percibían líneas irregulares. Incluso podían notarse pequeñas carabelas y veleros a su alrededor. Fermín pasó su dedo por allí. No lo comprendió. Debía especular y mucho.

Reflexionó un largo rato. Estrofas de un poema misterioso, un grabado en la base del vidrio que lo contenía. Eso no era cualquier mensaje en una botella, sino algo de suma importancia. Lo intuía con frenesí. Tenía que pensar en la posibilidad de que fuera el pasaje para hallar algo sorprendente. Pero no iba a precipitarse. Quizá planease un viaje a Almería para averiguar un par de cosas y salir de dudas. Y si resultaba ser un fiasco, al menos habría estado algunos días de vacaciones, sin tomárselo como tiempo perdido.

Capítulo 2

Los guardias de la marina ya conocían los malos hábitos de Gaspar Loranca, y aunque este no demostraba ser un pirata bravo, lo tenían en la mira.

Después de que pasara un tiempo desde su última aparición por las costas de Almería, el muchacho osó arrimarse al puerto con su barco y su tripulación. Esta vez pretendía comprar comestibles y conseguir algo de ron. Si algún soldado osaba condenarlo, él mostraría que tenía monedas de plata y cobre para destinarlas a la adquisición de alimentos.

El joven capitán atracó su nave en un muelle y descendió. Entregó unas monedas de plata a un viejo que se encargaba de custodiar los barcos y, seguidamente, dio libertad a su tripulación para que marchara por Almería durante una hora.

Afortunadamente no había soldados que estuvieran aguardando por él, lo que le dio a Gaspar la tranquilidad de caminar hasta el mercado sin que lo interrumpiesen aquellos molestos infantes de marina.

Luego de adquirir algunas cosas necesarias para iniciar un viaje hacia el sur del Mediterráneo, el muchacho subió a su barco otra vez y aguardó por sus hombres, que iban volviendo de a poco.

De repente, Loranca oyó una voz de mujer que lo llamaba:

—¡Gaspar!

Al voltear hacia quien le hablaba sobre el muelle, se encontró con Ethel Maris sonriéndole.

—¡Querida Ethel! ¡Mi inspiración! —exclamó contento de verla—. ¿Cómo os encontráis?

—Muy bien, gracias. ¿Qué tal vuestras aventuras en el mar?

—De las mejores han sido. —Gaspar olvidó su tarea y apoyó sus antebrazos, cruzados, sobre la borda, para mirarla más atentamente—. ¿Qué tal vuestras andanzas? ¿Habéis salido a perderos en el fastuoso piélago, como tanto anhelabais?

Ethel negó con su cabeza conforme lo miraba a los ojos y le sonreía.

—No aún. No he tomado el coraje suficiente para huir.

—No debe tratarse de coraje sino de seguir vuestra propensión con firmeza, mi admirable nereida.

—Bueno… sí… supongo que tenéis razón, Gaspar. Pero yo tengo algunos impedimentos. No soy tan libre como quisiera —se quejó la joven.

—Sois libre, pero entendéis lo contrario —expresó él con seriedad, aunque con una simpática expresión en el rostro—. Nada ni nadie puede ataros e impediros cumplir con lo que ansiáis. Venid conmigo y veréis que es posible lograrlo. Escapad de los impedimentos. ¡Burlaos de ellos!

Ethel sonrió encantada.

—Trataré de convencerme. Necesito inclinarme hacia mis deseos de la forma que vos lo decís y hacéis, querido Gaspar. Y cuando huya de este lugar por fin, me cruzaré con vos en el mar, decenas de veces, y conversaremos como lo hacemos cada vez que nos encontramos.

El muchacho continuó sonriéndole con afecto, mas descendió nuevamente para quedar frente a ella. La contempló a los ojos varios segundos. Luego le dijo:

—Conversaría con vos cada segundo de mi vida, en cualquier lugar, en cualquier momento. —A continuación se quitó el tricornio que llevaba puesto y se lo colocó a ella en la cabeza—. Os sienta muy bien. Quedaos con él, así tendré una excusa para volver a veros.

Ethel sonrió, aunque con desencanto, y preguntó:

— ¿Ya os marcháis?

—Sí… —respondió Gaspar, y le acomodó el tricornio con suavidad.

—Lamento no acompañaros en esta ocasión, aunque quisiera poder hacerlo… os juro que es así.

—Tranquila, mi nereida. Estaré bien sin vuestra compañía, aunque estaría mejor con vos, claro.

—Tenéis suerte de no preocuparos por una pareja y navegar sin pensar en eso. Pero las damas somos así por naturaleza… En fin. Os recordaré, al igual que a vuestras palabras. De no ser por estas, ya me hubiera arrojado al mar para hundirme en su corazón.

—Si osáis arrojaros al mar, estaré allí para salvaros.

Ethel rio.

—¿Lo haríais?

—Os salvaría mil veces de vuestros propios arrojos, de barcas enemigas o de tropas enteras, querida Ethel. ¡No imagináis todo lo que haría por mi nereida!

La muchacha volvió a reír, totalmente encantada con aquel pirata.

A continuación, Gaspar alzó la vista hacia las velas de su barco, denominado Blanco García en honor al apellido de su abuelo materno y al color con que pintara gran parte de la nave. Las lonas comenzaban a ser preparadas por sus hombres, que ya habían abordado y completado el grupo. Loranca entonces siguió:

—Es hora de zarpar. Es un grandioso día para navegar, ¿vos qué creéis? —Y volvió su mirada hacia la chica.

Ethel suspiró con desilusión. Aun así se mostró feliz y contestó:

—Es un día adecuado para la navegación.

Gaspar asintió mientras comenzaba a soltar las sogas que unían al barco con el muelle. Luego de sonreírle con afecto a la dama, subió por la escalerilla a su nave y, una vez sobre la cubierta, volvió a contemplarla con afecto.

Ella habló segundos después:

—¿Queréis saber algo? A veces siento miedo de que os perdáis en el mar, o de que os sorprenda alguna tormenta, o de que otros piratas os ataquen en altamar. Es que habéis ganado mi afecto, Gaspar. —Y le sonrió forzadamente.

—Que de tanta beldad manen esas palabras me hace sentir en la gloria, Ethel. Y no os alarméis, ¡ni el monstruo más bravo de todos los mares podrá someter a un hombre como yo! —aseguró con una gran sonrisa, mientras comenzaba a enrollar en su brazo izquierdo una de las sogas—. Os ruego, no os preocupéis por mí. No me perdonaría ser culpable de vuestras amarguras.

Ethel no pudo evitar esconder su angustia al inquirir:

—¿Cuándo volveréis?

Él, entretanto disponía su partida dejando lista su nave para tal tarea, explicó:

—Cuando el destino así lo decida. Ya sabéis, para mí no existen los días ni las horas cuando de navegar se trata. Puedo estar ausente unos meses, o pueden pasar veinte años sin que lo note. Hay que dejar fluir el tiempo cuando uno se embarca, complacerse con la cerúlea inmensidad y dejarse llevar… hasta que el enemigo se haga presente. Es justo entonces cuando se debe ser consciente del correr del tiempo, sin dejarlo detenerse. Mas una vez que al enemigo se haya eliminado, uno debe volver a centrarse en la mar… solo en eso… y en disfrutar… —Por un momento su mirada se perdió en la lejanía, y su boca esbozó una sonrisa de pasión.

Ethel pareció gozosa con sus palabras.

—Cómo no comprenderos —dijo ella—, si amo al mar tanto como vos lo hacéis, Gaspar.

—Ambos amamos la inmensidad de las aguas y el misterio que atrapa nuestras almas. ¡Qué gustoso es acertar con una persona igual! —La miró con picardía y agregó—: Sobre todo cuando es una divinidad.

Ella rio.

—Gracias, Gaspar.

—Querida Ethel, ¡me marcho! —anunció él. Sus tripulantes ya estaban listos.

—Que os vaya bien.

—Comportaos como una dama. Aunque desearía oír de vos y de vuestros saqueos, ¿lo imagináis? “Ethel, la hermosa”, la dama de los mares, temida hasta por los enemigos más audaces…

Ethel volvió a reír. Entonces expresó:

—¿Imagináis que podamos ir juntos de aventura por las aguas? Vos en vuestro barco, yo en el mío, para saquear cualquier navío que se atreva a pasar a pocas millas de nosotros… Yo me dejaría llamar de la forma que vos me acabáis de dar. Sería grandioso que oyeran mi nombre y temblasen hasta los fornidos… Y vos… vos seríais “Gaspar, el gallardo”… ¿Qué os parece? —Lo miró con interés.

—Me parece acertado. —Sonrió él.

—Pero gallardo por las dos acepciones de la palabra —siguió ella, y volvió a darle un gesto de afición.

Él rio con simpatía y asintió con la cabeza:

—Lo acepto, Ethel, la hermosa… ¡Será hasta que el destino lo decida! —se despidió.

—Adiós, Gaspar, el gallardo… —contestó ella, sosteniendo su mueca gentil.

El barco zarpó y rápidamente se alejó de la costa.

Ethel dejó de sonreír. Se sentía muy molesta. Dio una patada deslizante al suelo del muelle haciendo volar algunas piedrillas que allí había y comenzó a caminar con bravura para retornar hacia el pueblo.

Sus jóvenes tripulantes, que no pasaban de los veinte, comenzaron a reírse de ella al verla así de alterada. Estaban un poco emborrachados y Ethel se arrepintió en silencio por haberlos conocido años atrás y haberles permitido ser parte de sus breves huidas al mar.

—¿De qué se están riendo? —les preguntó de mal modo—. ¡Por esto no volveremos a zarpar en un mes! Se han ganado quedarse en Almería sin salir en mi precioso barco. ¡Y fastídiense todo lo que quieran por eso! A que seguro ya no les causa gracia.

—¡Capitana Maris! ¡Solo bromeábamos! —dijo uno de ellos, Salomo Boveda, que era con quien más confianza tenía.

—¿Te atreves a bromear con tu capitán, maestre Boveda? —preguntó ella cruzándose de brazos.

—Es que muchos de aquí están celosos de que ese tal Loranca quiera llevaros.

—¡Cállate! —le pidió otro de los jóvenes, mientras que un tercero le golpeaba la cabeza por detrás, solicitando lo mismo.

Salomo se quejó:

—No me golpeen, ¡si la capitana ya sabe que ustedes están enamorados de ella!

—¡No nos delates! —le gritó otro más.

Entre ellos comenzaron a discutir.

Ethel no soportó las disputas, por lo que decidió correr hasta la casa de su tío, donde residía, para encerrarse en su habitación y asimilar en paz la partida del muchacho que le atraía.

Al ingresar en la vivienda, la señorita Maris se quitó con prisa el tricornio que Gaspar Loranca le había dado. Pronto, en la sala, halló a sus primos, los hermanos Cerdán, sentados en un gran sofá, ordenando algunos libros.

—Hola, Ethel —saludó Pilar.

—Hola… —respondió taciturna la otra chica, y comenzó a subir las escaleras.

Filiberto y su hermana se contemplaron con dudas. Pilar decidió ir tras su prima para saber qué le sucedía.

La joven golpeó a la puerta de la habitación que estaba sobre el ático, la de Ethel, y preguntó:

—¿Puedo pasar?

—Adelante… —se oyó decir a la rubia.

Pilar ingresó. Allí dentro investigó:

—¿Qué sucede?

Ethel estaba sentada frente a la ventana que daba al Mediterráneo. Suspiró y confesó:

—Gaspar acaba de irse… voy a extrañarlo. Es la séptima vez que me hace lo mismo. Se va, desaparece un buen tiempo, luego retorna unos días, u horas, y se vuelve a marchar… No me da la oportunidad de prepararme para ir con él.

Pilar se le arrimó y colocó sus manos sobre los hombros de Maris.

—Ethel… —dijo, conforme sonreía—. Sabrás cuándo partir. Aún no es el momento. Ese joven todavía tiene asuntos que resolver en el mar. Aún debe amar a las aguas hasta cansarse, y cuando lo haga vendrá a buscarte. Sabrá que no toda su vida podrá quedarse en soledad, sin una dama. Estoy segura.

Ethel suspiró otra vez y continuó:

—Pilar… —Giró hacia su prima para verla a los ojos—. El mar nunca podrá dejar de ser amado. Comprendo muy bien lo que siente ese joven, pues lo mismo siento yo. Pero yo soy consciente de que necesito el afecto humano. Gaspar aún no se percata de ello, y me duele.

—Ya lo hará… o quizá no es el hombre de tu vida, Ethel. No puedes aferrarte a él.

—¿Cómo dejar de hacerlo?

—Abre tu corazón… —Pilar le sonrió y pasó sus manos, con ternura, por los mechones que le caían a Ethel delante de las orejas—. Tienes una gran ventaja: eres hermosa. Casi todos los hombres de Almería mueren por conquistarte. Conócelos. Dales una oportunidad. Si no te convencen, descártalos. Pero no sufras. Tómalo como una aventura. —La miró con advertencia al agregar—: Pero ten cuidado con lo que haces. Que no se atrevan a tomar lo más valioso de ti hasta que te halles segura de que realmente estás con el indicado.

Ethel comprendió a lo que se refería Pilar. Entonces rio con picardía. Su prima la acompañó enseguida con el regodeo, aunque cubriéndose el rostro un tanto avergonzada.

***

Aquel día el señor Cerdán se dirigió al puerto para respirar un poco del aire de la costa. En su mano llevaba la botella con la parte del poema en su interior. Se sentó en un banco frente al atracadero, encendió un cigarro y después se dispuso a quitar el corcho, tomar la hoja enrollada y desplegarla para leer.

Justo por allí, haciendo guardia, se hallaba el joven Virgilio Doncel. Cuando este vio que León Cerdán tenía una botella similar a la que él había encontrado en el mar y en cuyo interior se escondía un papiro, sintió enorme curiosidad. Entonces fue arrimándose con pasos lentos, mientras se mantenía erguido y con aires de importancia.

—Buenos días —soltó hacia Cerdán.

León levantó la vista y se encontró con el joven soldado.

—Buenos días —respondió, aún con el cigarro entre sus labios, y se volvió para seguir leyendo la hoja.

— ¿Puedo preguntaros algo, señor? —inquirió el chico.

Cerdán volvió a alzar su rostro hacia el muchacho y asintió con la cabeza. Por lo tanto el joven continuó:

—¿Qué es lo que habéis sacado de la botella?

León frunció el ceño y se quitó el cigarro de la boca para responder:

—Algo privado.

Doncel se avergonzó de haber preguntado al recibir una contestación tan arisca. Aun así se atrevió a revelar:

—Perdonad mi atrevimiento, pero es que hallé una botella similar hace algunos días y me pregunté, todo este tiempo, qué podría significar.

León olvidó su cortedad y miró al muchacho con real interés. Interrogó:

—¿Qué tenía dentro?

—Estrofas de un poema.

—Un poema, ¿eh?

—Sí, señor —sonrió por fin el joven—. Uno muy extraño, por cierto.

—¿Será igual a este? —Finalmente el hombre extendió su mano, convencido de enseñar lo que llevaba al joven soldado.

Virgilio se arrimó. Sus cejas se arquearon dándole un rostro que delataba la gran extrañeza que sentía al leer lo allí apuntado.

—¿Qué os pasa, muchacho? —quiso saber León.

—No es el mismo poema… —expresó Doncel—. Pero parece tener relación.

—¿Podéis enseñarme el vuestro?

—Desde luego, señor. Cuando salga de la guardia, buscaré mi botella y os mostraré el poema. Donde vos digáis.

—¿Cómo os llamáis, muchacho?

—Doncel, Virgilio, señor.

—Bien… Yo soy Cerdán. León Cerdán. Seguro habéis oído de mí. Fui teniente general de la marina española muchos años, por lo tanto, soy un superior.

—Comprendo…

—¿Cuándo termináis vuestras horas de esta jornada?

—A las ocho, señor.

—Bien. Entonces quiero que esta noche, a las ocho y treinta, llevéis esa botella a mi residencia. Leeremos las estrofas y trataremos de deducir qué quieren decir…

—Muy bien. S… señor… —Doncel vaciló un momento y preguntó—: ¿Os importaría si otro soldado me acompaña?

León pidió explicación nada más con poner una mueca de desconcierto. El joven le dijo:

—Es que junto a un compañero rescatamos la botella del mar, y no quisiera excluirlo de esto. Él también acabará su guardia a las ocho.

—Está bien. No hay problema. Pero sed puntuales.

—Lo seremos, señor. Estaremos allí a las ocho y treinta —aseguró Doncel. Luego, al mirar una vez más la hoja que tenía León en sus manos, preguntó—: ¿Qué creéis que signifique?

Cerdán lo observó, sonriendo levemente, y respondió convencido:

—Yo creo que esto lleva a algo muy importante… —Sus ojos claros parecieron chispear.

***

Esa noche, a las ocho treinta, golpearon a la puerta de la morada de los Cerdán.

León se acercó para atender, seguido por su hijo Filiberto. Al abrir la puerta halló a los dos soldados, aún vestidos con sus trajes de marina.

—Adelante —les dijo.

—Con permiso —pidió Doncel y pasó primero. Su compañero ingresó después y Virgilio lo presentó ante León—. Él es Oliver, Pascual, señor.

—Es un placer —saludó el joven soldado, reverenciándose ante el dueño de la casa.

Cerdán respondió con una leve inclinación de cabeza. Cerró la puerta y señaló a su descendiente diciendo:

—Él es mi hijo, Filiberto.

—Buenas noches —saludó el joven Cerdán a los soldados.

Ambos uniformados respondieron a la brevedad.

A continuación, León indicó con su mano hacia un costado, a un grupo de sillones dispuestos alrededor de una pequeña mesa.

—Sentémonos por allá a deducir… —El hombre calló al descubrir a su sobrina, la señorita Maris, justo allí; había estado leyendo en uno de los sofás.

La joven observaba con atención a los recién llegados, sobre todo al percatarse de que uno de ellos llevaba una botella similar a la que ella encontrara en la playa.

—Ethel. Necesito el lugar. Sal de ahí —ordenó Cerdán, sin siquiera pedirle que se arrimara para ser presentada ante los recién llegados.

Enseguida, la joven cerró su libro y asintió con la cabeza. Se levantó del sillón y dejó el espacio libre para los caballeros. Pero solo se alejó unos pasos, aun contemplándolos con curiosidad.

Ambos soldados quedaron embelesados ante el atractivo de la muchacha.

—Pasad por aquí —pidió León a los jóvenes, acercándose al lugar que había indicado. Al arrimarse a su sobrina le dijo—: Tráenos buen vino y un poco de queso y jamón.

Ethel asintió, pero no se movería hasta que todos estuvieran sentados.

Al pasar por enfrente de ella, Virgilio Doncel le sonrió cordialmente y le dijo:

—Buenas noches, señorita.

—Buenas noches —respondió ella, por poco inaudible. Temía que su tío la reprendiera por permanecer allí. Bajó la vista y alcanzó a ver que en el interior de la botella que llevaba el muchacho consigo había una hoja enrollada.

—Señorita… —la distrajo enseguida Pascual Oliver, que cuando tuvo su mirada sobre la suya sonrió y le tomó la mano para besársela—. Es un placer.

—Gracias —respondió la joven dama con una sonrisa poco articulada. Y aunque ellos no se habían terminado de sentar aún, Ethel decidió retirarse hacia la cocina con prisa, antes de que León la obligara por segunda vez.

Cuando Cerdán arrimó su propia botella con el poema y los cuatro hombres estuvieron sentados, Oliver indagó hacia el dueño de la morada:

—¿La señorita es vuestra hija?

León negó con su cabeza y respondió conforme sacaba el rollo de papel de su botella:

—Es mi sobrina.

—Es muy agraciada —se atrevió a decir Oliver.

León hizo una mueca de sarcástica valoración y dijo:

—Sí. Gracias…

Virgilio contempló a su amigo con un mohín de insatisfacción. No aprobaba que hubiera halagado a la jovencita justo en ese momento.