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Décimo relato de 10 Secretos de Seducción. "La práctica de la virtud conduce a una vida de odioso aburrimiento". Eso pensaba la joven condesa viuda Anna von Esslin, que se vio privada de sus placeres eróticos cotidianos cuando tuvo que ir a vivir con unos parientes a París. Sin aquellas oportunidades de experimentar el placer, la condesa recurrió a las visitas a un burdel parisino, pero no como cliente. Para conseguir la satisfacción que anhelaba, se hizo pasar por una de las muchachas del establecimiento…
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Seitenzahl: 58
Veröffentlichungsjahr: 2012
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2009 Alison Richardson. Todos los derechos reservados.
EL CLIENTE DE LA CONDESA, Nº 25 - noviembre 2012
Título original: The Countess’s Client
Publicado originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Traducido por María Perea Peña
Editor responsable: Luis Pugni
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
™TOP NOVEL es marca registrada por Harlequin Enterprises Ltd.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-687-2257-3
Imagen de cubierta: OLGA FESKO/DREAMSTIME.COM
ePub: Publidisa
La observancia de la virtud lleva a una vida de aburrimiento, de eso no cabe duda, y no creo que haya ninguna mujer viva que aspire al ideal poco saludable de la castidad. Sin embargo, el hecho de dar apariencia de virtud es algo muy útil. El escándalo es el enemigo de una aristócrata. La priva de su libertad y de su lugar en sociedad, y debe evitarse a toda costa. Yo soy la hija única del general más famoso de Federico el Grande, y siempre he sabido lo que espera de mí la alta sociedad prusiana. Teniendo en cuenta las restricciones que se les imponen a las jóvenes como yo, siempre he pensado que es necesario cierto engaño para mi felicidad. Ser tan virtuosa como exigen las convenciones es un sacrificio demasiado grande para cualquier mujer. Sin embargo, aparentar virtud solo requiere una pequeña dosis de ingenio y un poco de suerte.
Hasta los veinte años, podía alardear de haber llevado una vida perfectamente virtuosa, en apariencia. Había disfrutado de todos los placeres que merecen las mujeres, sin que mi estatus ni mi persona hubieran sufrido menoscabo. Ahora, sin embargo, he cometido un error, y me siento obligada a contar la historia de este infeliz suceso, para que otras puedan evitar mis males.
Debo explicar más claramente los principios por los que me he regido desde mi juventud.
Desde muy pronto supe que, si una mujer desea disfrutar de cierto grado de independencia en sus actividades eróticas, debe conseguir que los hombres de su vida sean discretos y dóciles. Conseguirlo no es tarea fácil, y el matrimonio no es solución para el problema. Es muy difícil mantener en silencio a los hombres, puesto que tienen más libertad de movimiento que las mujeres, y esto crea muchas dificultades cuando una mujer intenta tener algún control sobre ellos. La locuacidad natural de los hombres y su deseo de alardear aumentan el problema. La mayor necesidad para una mujer es el secreto, y el primer deseo de un hombre, la publicidad, y al entender ese facto, se habrá entendido el origen de la guerra entre sexos.
Por supuesto, el miedo a la muerte es un excelente estímulo para que un hombre contenga la lengua, y si una mujer tiene la suerte de encontrarse en la situación de que un hombre pueda perder la vida si revela su verdadera relación con ella, entonces esa mujer está bien situada. Si esa mujer, como yo, vive en una plaza fuerte, entonces tendrá muchos soldados a su disposición. Todo el mundo sabe que intimar con la hija de un general es un delito castigado con la horca en el ejército prusiano, y gracias a esta sabia política, yo he podido entretenerme con muchos reclutas sin que mi reputación, ni la suya, sufriera el más mínimo daño.
Esta diversión sana y útil, fuente de tanto disfrute en mi juventud, quedó fuera de mi alcance cuando mi familia decidió enviarme a París a vivir con mi anciana tía y mi primo Robert, y fue en esta ciudad cuando di mi primer traspié.
Acababa de quedarme viuda después de un matrimonio tranquilo con un hombre mucho mayor que yo, y mi padre había decidido que sería útil para la familia y para mí estrechar lazos con los parientes de mi difunta madre. En primavera dejé Berlín junto a un pequeño grupo de sirvientes y mi equipaje para pasar una temporada en París, acompañada por mi tía, que estaba sorda y casi ciega, que no habló de nada durante todo el viaje salvo de la alegría que sentía por ver a su hijo. Mi primo Robert hizo todo lo que pudo por conseguir que su madre y yo nos sintiéramos bien acogidas en su casa cuando llegamos, y al ser un hombre con muchos intereses filosóficos, era una compañía divertida y agradable. Pasé muchas horas con él, observándolo mientras llevaba a cabo sus delicados experimentos, y hablábamos de Bailly y de Lavoisier durante muchas veladas después de la cena, con gran entusiasmo.
Por desgracia, no tenía mucho más que hacer para entretenerme en casa de mi primo, ya que todos los sirvientes de Robert eran ancianos u horriblemente feos.
Robert siempre me había tenido cariño, y estaba contento por tenernos a su madre y a mí en casa. Eso no lo dudé. Sin embargo, durante mis primeros días en París, algunas veces yo notaba cierta tensión en él, y me pregunté si la súbita presencia de dos mujeres no habría alterado sus hábitos de persona solitaria de un modo que pudiera resultarle agobiante.
Una tarde llegué a casa pronto de dar mi paseo por el parque, y descubrí que era cierto. Mi vieja tía sorda había salido a tomar un chocolate con alguna anciana condesa, y el lacayo me abrió la puerta con cierto nerviosismo. Yo me habría dado cuenta de este detalle de no haber sido porque mi perrito se había arañado una pata con una piedra mientras jugaba en la hierba, y debido a mi preocupación, no reparé en que el sirviente me pedía que esperara en el salón a que él me llevara una copa de vino para que reposara unos minutos después del ejercicio.
Después de ordenarle que me enviara agua caliente y algunas vendas para mi caniche, subí a mi habitación, pero a medio camino decidí que quería leer un libro para entretenerme si tenía que pasarme la tarde en casa con mi pobre perrito. Me volví hacia la biblioteca.
Entré por la puerta, y me encontré a Robert reclinado en su nuevo diván de terciopelo rojo, con los pantalones por los tobillos. Una muchacha fuerte y vigorosa estaba experimentando un gran placer sobre su regazo, y él le agarraba las nalgas con fuerza, con los ojos clavados en sus pechos generosos.
La chica estaba muy bien formada. Era regordeta, bonita y rubia, y estaba completamente desnuda. Saltaba sobre el miembro de mi primo con gran brío, lo cual hablaba muy bien de cómo se tomaba su profesión.
Le hice a mi primo un cumplido sobre su buen gusto al elegir prostituta, y le pregunté si sabía dónde había puesto su bibliotecario el volumen de Héloïse, después de recogerlo del taller de encuadernación.
