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Blanca Spadoni-Zürcher sorprende con esta novela breve contada por diferentes voces: la del narrador y la de personajes que, con monólogos o largos parlamentos, van desarrollando el tema de cada una de las partes que la componen. La protagonista, para superar los obstáculos que aparecen en su camino, indaga el porqué de los hechos.¿Que sucedió en su familia y en la historia del país? Ella quiere comprender para comprenderse. En el pasado histórico encuentra a los libertadores, creadores, soñadores, que la fortalecerán en la búsqueda del ideal que dará sentido a su vida. El relato, aferrado a una realidad de tiempo y espacio, es también un reflejo que pasa, se diluye. El lector deberá descubrir cuál es el eje que lo sostiene.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Spadoni, Blanca Velia
El cofre de plata / Blanca Velia Spadoni. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
104 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-824-533-1
1. Narrativa. 2. Novelas. 3. Novelas Históricas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Spadoni, Blanca Velia
© 2023. Tinta Libre Ediciones
A los próceres de mi patria y a los héroes que ahora me rodean.
Agradecimientos
A Ricardo René Martínez, periodista de Jujuy, gracias por responder.A Jorge Ortiz Salcines, escritor de Córdoba, gracias por su aporte significativo.
El cofre de plata
Parte 1
La casona de los Torres Argumedo levantaba sus altas paredes con amplios ventanales y pesadas puertas hasta los techos, a dos aguas y con tejas, cerca de la Plazoleta Barraquero. Romana la alcanzó a conocer desde el otro lado de la calle, es decir, desde lejos. Sabía que allí vivieron sus abuelos maternos, que los hijos fueron seis, tres y tres, que todos crecieron en ese paraíso con un patio lleno de árboles frutales, amplia galería, dormitorios suficientes, gran comedor y sala. La tía Francisca le hablaba de ese pasado, cuando todos fueron felices, y ojos se llenaban de lágrimas. Romana supo que, en el comedor, hubo una mesa larguísima, donde cada uno tenía su lugar establecido a la hora de las comidas. También supo que, en la sala, había un gran espejo que colgaba apoyándose sobre una mesa con base de mármol y patas torneadas.
—Cuando habrías la puerta —palabras de Francisca—, directamente te veías reflejada en el espejo, podías mirar tu arreglo personal, el vestido largo hasta el tobillo, elegante, con puntillas o bordados hechos con las propias manos, porque las tres aprendimos el arte de la buena costura.
Fueron preparadas para ser buenas esposas y madres. Además, en la sala estaba el piano, de origen alemán, comprado para la mayor de las hijas cuando tuvo edad de tomar lecciones de música. La hamaca vienesa y cuatro sillas, también con patas torneadas, completaban el mobiliario de aquel lugar destinado a las tertulias. Entre los jóvenes, hermanos y primos y sus amigos, había quien ya era pretendiente y concurría interesado por alguna de las hijas. La casa se llenaba de vida, con voces que cantaban a coro valses criollos, melodías de la época y, si el padre lo permitía, un tango apasionado sonaba desde el corazón del piano.
Como un milagro, el sol envuelve la mañana después de la tormenta persistente de ayer, que auguraba continuar durante la noche. Todo está iluminado, se lavaron las hojas de la parra y los racimos parecen esmaltados, oscuro esmaltado. Cuelgan en lo alto, se abrieron camino entre los sarmientos retorcidos y lucen tentadores. La uva nuestra, puedo decir la de casa, aunque hace poco que vivimos aquí, la recibimos con gratitud y comeremos esta tarde con un poco de pan, también el pan nuestro amasado en la mesa grande entre todos. Pedro y Santiago se encargan de preparar la masa y Flora con Julia forman los bollos, con tajos en la parte superior, que irán al horno de barro, el que ya estaba en el patio, cuando la temperatura sea la adecuada. Roberto, por ser el mayor enciende el fuego, la menor hace nada por ahora, todavía chica para ponerla a trabajar. A ella le espera algo en su futuro, una responsabilidad que desconoce. Comeremos pan recién hecho con uvas negras, la merienda del verano. Guardaremos racimos, que debo seleccionar, para colgar del techo del depósito y tener las pasas para el invierno, dulces y nutritivas, que a veces duran hasta la próxima Navidad. No duermo y me levanto muy temprano, apenas una claridad atraviesa la galería. Las plantas bien, en macetones que trajimos de la casona, me gustan llenos de verde porque entre las hojas esconderé los regalitos para los hijos, cuando sea el cumpleaños y cada uno deberá encontrar en su día. Aunque parezcan grandes, son niños crecidos de golpe y debo crear alguna ilusión en ellos, la necesitan. Demasiado triste la vida, que se complica tanto con el pasar de los años. Ahora los hijos duermen, los mantengo cansados con las tareas de la casa, aquí hay que hacer de todo, ir arreglando el patio de atrás es tarea de varones, desmalezar, sacar piedras, amontonar escombros que estaban desde antes de la mudanza, basura acumulada que nadie se ocupó de retirar antes de nuestra llegada. Me vendieron el terreno con todo. Las chicas se ocupan de las tareas de la mujer, lo hacen por turno para que no peleen: una semana lavar, otra cocinar, la siguiente planchar, por turno me atienden a mí, la higiene, el peinado, ayudarme a caminar. Por turno arreglan la mesa del almuerzo y por turno lavan los platos. Además, está la limpieza de la casa, por turno para que no peleen. A veces la menor ayuda, porque es como un juego para ella, por ejemplo, secar los cubiertos, platos y jarros y demás. Así va conociendo lo que le espera, mejor saber desde ahora y no tener problemas después, prepararse para ser buena hija, una buena mujer, como debe ser en una familia honorable. Mis hijos aprenden conmigo para la vida, y completan en la escuela lo que falta.
Sobre el piano los padres colocaron el cofre, plateado y lleno de brillo, cerrado con llave. A veces, el más valiente de los jóvenes invitados se animaba a levantarlo, para sentir el peso, y los presentes reían y comentaban. Porque se decía por las cercanías que, en casa de los Torres Argumedo, había un cofre lleno de riquezas. Solamente las hijas sabían qué contenía, pues la madre las había reunido para contarles que allí estaban los recuerdos: medalla de bautismo de cada uno, alianzas de los padres que ya no podían usar, anillos con perlas preciosas, collares y pulseras valiosas que Don Santiago regalaba a su segunda y joven esposa. También habían guardado veinte medallones de plata, tres de ellos mostraban en relieve las figuras heroicas de quienes nos legaron la libertad, la patria y la escuela. El resto estaba decorado con paisajes del campo, sus gauchos y costumbres. Adornaron la rastra de un antepasado familiar de los Argumedo, que nadie conocía, pero sí sabían que había existido en el siglo XIX. Por esta razón, Romana repetía para sí misma “¡Cofre de plata, cofre de plata!”, como queriendo que también en su vida existiera uno semejante. Era un tesoro que regalarían a la primera hija que se casara y debía ser la mayor.
—Pero padre murió cuando todos los hijos dependíamos de sus ingresos para vivir —le dijo Francisca con una voz consumida por la tristeza.
