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La Inspectora Medraz tras una serie de averiguaciones preliminares, en el caso del accidente acontecido a la señorita Guillermina Mayans cuando su moto fue arrollada por el vehículo de su primo Igor Freire, se percata de que existen pruebas más que suficientes para pensar que ha sido un acto deliberado y que lo que se pretendía era acabar con su vida. Por eso no acepta el veredicto de simple accidente acordado por la compañía de seguros. Dicha convicción se ve reforzada al cabo de año y medio cuando el socio de la señorita Mayans, Raúl Prieto, desaparece de forma misteriosa y empiezan a suceder acontecimientos relacionados con ambos casos, que implican a personajes de las altas esferas de Santander, Madrid y varias embajadas, entre ellas la de España en Manila.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
Colección: Novela
© Francisco Gómez Canella
Edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.
Diseño de portada y contraportada, Estudio Juan Ortega.
Corrección Ortotipogrfica y de estilo, José López Falcón.
ISBN: 978-84-17161-91-0
DEPÓSITO LEGAL: AL 1314-2017
Inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual de Valencia con el Nº A-302-2017.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Este libro colabora con:
IMPRESO EN ESPAÑA – UNIÓN EUROPEA
Para Aurora…Mi razón de ser escritor.
INTRODUCCIÓN
Suances, septiembre de 2016
El viejo Jaguar XJ del doctor Mayans circulaba por la A-64 en dirección a Suances en compañía de Julia, su mujer, y de Mina, su hija mayor, a la que acababan de recoger en el hospital Marqués de Valdecilla de Santander, donde fue trasladada en helicóptero después de que le dieran el alta definitiva en el Centro Nacional de Parapléjicos de Toledo, en el que había permanecido casi dos años tras sufrir un accidente de tráfico.
Las Valkirias era el nombre de una preciosa mansión situada frente al mar Cantábrico, en la localidad costera de Suances. Ese nombre, que hacía alusión a unas deidades de la mitología escandinava que servían al dios Odín, se lo había puesto el abuelo de Jorge a principios de la década de los noventa a su regreso de Noruega, donde estuvo trabajando durante casi diez años en la pesca del salmón.
Esa mañana, la actividad en la casa era frenética. Lola, la hermana pequeña, no dejaba de ir de un lado a otro, comprobando que todo estuviese como su padre había indicado. Hacía casi cinco meses que en la casa se habían iniciado obras de remodelación de toda la planta inferior, incluyendo un ascensor que comunicaba con un estudio situado al lado del cuarto de Mina, ubicado en la planta superior.
Hacía veintidós meses que su hermana había sufrido un accidente de moto cuyas consecuencias, después de casi mes y medio de permanecer en coma, la dejaron postrada de por vida en una silla de ruedas.
De carácter alegre y luchador, Mina nunca se rindió. En el Centro de Parapléjicos de Toledo la prepararon para enfrentarse a su nueva situación. Le demostraron con la práctica que si se esforzaba podía seguir ejerciendo como programadora y diseñadora de software, profesión que le apasionaba y que en ningún momento pensó en abandonar.
Cuando estaban comprobando el funcionamiento de la rampa que habían instalado en el exterior, para que la silla de ruedas eléctrica pudiese salvar los cuatro escalones de acceso a la casa, Jorge, antes de abrir la puerta automática del garaje, tocó el claxon para anunciar su llegada.
El primero en acercarse al coche fue Teo, el jardinero, que había sido adiestrado por un terapeuta para que supiese actuar en las distintas situaciones de dificultad que se le pudiesen presentar a la joven.
—Por favor, Teo, saca la silla del maletero y sienta a la señorita Mina en ella, para que pueda entrar por sí sola a la casa. Ten cuidado con sus piernas —advirtió Jorge.
—No se preocupe, doctor, la cuidaré como si de mi propia hermana se tratase —respondió con voz emocionada.
La veía después de muchos meses de ausencia. Con delicadeza la sacó del asiento trasero del coche mientras ella rodeaba su cuello con los brazos para sujetarse, momento que aprovechó para darle un suave beso en la cara cuando nadie miraba
—Te he echado mucho de menos, mi querido Teo —le susurró al oído.
—Yo a ti también. Me alegro de que por fin vuelvas a casa.
Contemplando la escena con una sonrisa de felicidad, Lola se acercó a su hermana y esperó a que estuviese sentada en su silla para abrazarse a ella con los ojos llenos de lágrimas.
—Por fin en casa, Julia. Ven, quiero enseñarte lo que te hemos preparado.
Desde el último escalón, sus padres miraban cómo la silla salvaba sin ninguna dificultad los cuatro escalones, gracias a la rampa que habían instalado. La puerta de acceso, como todas las interiores, se había ensanchado cuarenta centímetros para que no tuviese ninguna dificultad con la silla. Lo que más le llamó la atención fue el cuarto de baño que habían acondicionado en la planta baja, para que ella pudiese manejarse sin ningún problema. La puerta tenía un sensor eléctrico, que se accionaba cuando la silla la tocaba con los reposapiés. Entonces se abría automáticamente hacia adentro. Todo en el cuarto de baño se había acondicionado para su uso. Un uso que a partir de entonces sería desde la silla de ruedas.
—No me puedo creer —dijo dirigiéndose a su padre— que me hayáis instalado hasta un ascensor en el despacho.
—Sube con Lola y lo veras. Tu madre y yo os esperamos arriba.
Conocía ese tipo de elevadores, porque en Toledo, mientras acudía a la Unidad de Terapia Ocupacional de Rehabilitación, le habían enseñado uno, en el apartado dedicado a las actividades de la vida diaria.
Al abrirse la puerta no se encontró, como suponía, el rellano de distribución de la escalera. Ante sus ojos apareció un inmenso dormitorio, todo decorado en tonos cálidos.
—¿Qué te parece, cielo? Este es tu nuevo dormitorio.
—Es increíble, mamá. Nunca me lo podría haber imaginado.
—Para que tengas tu propia intimidad, te hemos añadido un cuarto de baño en el que casi casi tú sola serás capaz de entrar en la bañera. Lo ha diseñado y proyectado tu terapeuta, Mabel, a la que trajimos un fin de semana para que viese el espacio con el que podía contar.
—La muy cerda nunca me dijo nada.
—Quisimos que fuese una sorpresa.
—Por lo que veo, habéis añadido parte del pasillo y la habitación de Lola. ¿Dónde estará ella ahora?
—Detrás de ese falso biombo chino está la puerta que nos comunica, por si alguna vez quieres pasar a estar un rato conmigo, o si por la noche necesitas algo.
—¡Todo esto es increíble, joder! Esto tiene que haberos costado una fortuna.
—No te preocupes, te lo descontaremos de tu herencia —dijo su padre riendo.
—¿Puedo saber qué cubre ese paño que habéis puesto a la derecha del cabecero de mi cama?
—Tu talismán de la suerte, para que te proteja —respondió su madre.
—Papá nunca permitió que se moviese del lugar donde lo había colocado el bisabuelo cuando construyó esta casa.
—Ya ves, cielo, todos podemos cambiar. Tú siempre has sentido predilección por esa obra y estoy seguro de que a tu bisabuelo le habría encantado poder ofrecértela en persona.
—No sé qué es lo que te llama tanto la atención —le preguntó Lola.
—Como sabes, las valquirias eran mujeres guerreras y siempre se las ha representado con atavíos guerreros. En esta obra, The Valquirie´s Vigil (La vigilia de la valquiria), el pintor Edward Robert deja de lado el aspecto guerrero de la valquiria para presentárnosla como una mujer joven y bella en un vestido etéreo, mientras sus ropas de guerrera permanecen sutilmente inutilizadas a su lado. De joven siempre me interesó todo lo relacionado con la mitología, ya fuese egipcia, romana, azteca, celta o escandinava. Me fascinaba creer que yo era una de esas diosas; por eso, cuando papá me contó la historia de este cuadro, mi mente soñaba con esos paisajes nórdicos que recorría a lomos de un alazán, mientras los tules largos de mi vestido ondeaban al viento a galopar. Me temo que ahora mi bravo corcel se ha convertido en esta silla —dijo dando pequeños golpes con las palmas de las manos sobre los apoyabrazos—. Esto no significa que mis sueños vayan a morir.
—Os dejamos solas, niñas. Tenemos muchas cosas que hacer antes de las dos y media, la hora del almuerzo. Procurad estar listas. Sabéis que a vuestro padre le gusta que se respeten los horarios.
—No te preocupes, mamá. En media hora bajaremos.
—Cuéntame, hermanita, ¿cómo va todo por aquí desde que yo falto?
—Prácticamente todo sigue igual. Lo único que ha roto la monotonía de esta casa son las obras que se han realizado para adecuarla a tus nuevas necesidades. Papá se puso en contacto con los mejores especialistas en la materia para que no te faltase de nada.
—Ya lo veo. Incluso se trajo a Mabel.
—No solo eso. Mando a Multi a hacer un cursillo para que supiese cómo actuar en caso de que necesites su ayuda.
—Creo que después de nueve años ya va siendo hora de que le llames por su nombre. En un principio tuvo su gracia lo de multiusos, pero ahora no creo que le haga mucha. Ya sabemos que es el jardinero, el mecánico, el chapuzas en casi todo, mi ayudante personal ahora y el chofer de mamá cuando lo necesita. Sí, es un multiusos, pero te agradecería que le empezases a llamar por su nombre, Teo.
—Ya he visto cómo le dabas un beso mientras te tenía en sus brazos. ¿Sigues medio enamorada de él como antes del accidente?
—Medio no, enamorada locamente; pero no se lo diré nunca, y ahora mucho menos. No quiero que por lástima se sienta atado a mí.
—Creo que te equivocas, hermana. No ha pasado ni un día que no viniese a preguntarnos por ti. Muchas veces, en el jardín o el garaje, le he visto llorar en silencio mientras miraba una de las fotos que le regalaste hace años. ¿No viste la emoción con la que te miró al sacarte del coche? Hasta mi corazón se enterneció, y mira que lo tengo duro.
—Cuando mañana se vayan papá y mamá a trabajar, hablaré con él. Quiero conocer sus verdaderos sentimientos. Hablando de trabajo, ¿ha vuelto Raúl de sus vacaciones?
—Tu querido socio tuvo que irse del despacho, ya que papá necesitaba empezar las obras que le indicasteis en Toledo para que te resultase más funcional moverte por él. Dijo que volvería en mes y medio. Hace dos semanas me llamó Rouse toda preocupada porque no había vuelto el día que dijo, pero sobre todo porque hacía más de ocho días que no tenía noticias suyas.
—En la mar, es normal que ocurran cosas que impidan la comunicación. Conociéndole como le conozco, estoy segura de que el lunes, cuando yo me incorpore, ya me estará esperando en el despacho. Ya tengo ganas de empezar. Por lo que me contó la última vez que vino a verme, hemos contratado a un ayudante muy jovencito, que por lo visto es un fenómeno. En dos meses ha traído a la empresa catorce cuentas nuevas, algunas de clientes fuertes. Esta tarde dile a Teo que mañana a las nueve le esperaré en el cobertizo de las duchas de la piscina.
—Inspectora, acaban de llamar del hospital Marqués de Valdecilla para comunicar que esta mañana le han dado el alta definitiva a su amiga Guillermina Mayans, la de Las Valkirias. Por lo visto les pidió que la avisasen cuando saliese.
—Gracias, cabo, pero que conste que esa señorita no es mi amiga. La conocí hace casi dos años como consecuencia de un atestado que nos proporcionó la guardia civil ocurrida en la A-64. Llame al doctor Mayans, su padre, y pregúntele si hay algún inconveniente para que pueda ir a hablar con su hija. La última vez que hablé con él me dio a entender de una forma muy educada que empezaba a estar un poco harto de tanto interrogatorio por un simple accidente de moto.
—Inspectora —me dijo—, no entiendo su empeño en seguir con este caso. Quedó suficientemente claro que lo que ocurrió fue que, por despiste, mi hija calló por el terraplén que había en ese tramo de la carretera que cruzaba Viveda.
—El problema, amigo mío, es que hubo un testigo que vive en la casa pasado el semáforo, antes de llegar a la curva por donde ella saltó el seto, que asegura haber visto cómo un cuatro por cuatro azul se abalanzó sobre ella a gran velocidad hasta echarla de la carretera, se paró unos segundos para ver lo sucedido y salió disparado para abandonar el lugar de los hechos, al parecer porque en esos momentos se acercaban varios coches. Si lo que pretendió era sacarla de la carretera para matarla, casi lo consigue —le contesté. Tengo la impresión de que el seguro se conformó con pagar la indemnización que su abogado les pidió y lo dejaron correr. Eso a mí no me vale. No cejaré en mi empeño hasta poder demostrar con pruebas que no fue un simple accidente. — Cuando tenga al doctor al teléfono, si se niega, pásemelo, por favor.
—Buenas tardes, doctor Mayans. Soy la inspectora Medraz. Acaban de comunicarme que hoy han dado de alta a su hija y me gustaría hablar con ella. ¿Podría decirme qué hora es buena para ir a verla a su casa?
—Mi querida inspectora, si no recuerdo mal, el caso está cerrado hace más de un año. Le ruego que no haga revivir a mi hija aquellos recuerdos tan duros.
—Mi intención no es esa, doctor. Quisiera ver a su hija para saludarla y felicitarla por su valentía y por su coraje —mintió.
—¿Me promete no sacar ningún tema policial referente a su caso?
—Si ella no lo hace, se lo prometo. Seré una tumba.
—Si le parece bien, puede venir sobre las cuatro a tomar café.
—Muchas gracias, doctor Mayans. Allí estaré.
d
Capítulo primero
Santander, noviembre de 2014
El día que llevaron el atestado, la inspectora Ana Medraz se encontraba de guardia. Al echarle una ojeada, antes de pasárselo a un agente, aquel apellido le sonó. En un primer momento no pudo asociarlo con ningún conocido. «Mayans, Mayans… —repitió—. ¿De qué me suena a mí este apellido?». Dándose un golpe en la cabeza con la palma de la mano exclamó: «¡Manda carallo! ¡De Las Valquirias! Tiene que tratarse de una de las hijas del doctor Mayans, el cirujano que operó al tío de mi madre».
—Sargento —dijo gritando para ser escuchada—, nos vamos a Viveda a entrevistar a ese supuesto testigo que dice que lo vio todo. Avise para que mi coche esté listo dentro de cinco minutos.
—Jefa, ¿no quiere ir primero al hospital?
—En el hospital no podremos aclarar nada de momento. Según el atestado estaba inconsciente y sangraba mucho por la cabeza. Mi experiencia me dice que la habrán subido directamente a quirófanos y que pasará mucho tiempo hasta que salgan. En el caso de que no sea tan grave como parecía, hasta mañana o pasado la tendrán sedada; hasta entonces no podremos hablar con ella. Si de verdad ese supuesto testigo vio algo, no quiero que se enfríe, no vaya a ser que dentro de unos días nos dé una versión equivocada. Si fue sacada de la carretera tenía que haber un motivo y ella, la inspectora Ana Medraz, lo encontraría.
—¿Dice usted que la moto no iría a más de sesenta kilómetros por hora? —le preguntó al supuesto testigo.
—Así es, inspectora. Si se ha fijado, antes del semáforo existe una limitación de velocidad que prohíbe ir a más de sesenta kilómetros por hora. He visto pasar por aquí muchas veces a esa joven y nunca circulaba a más velocidad de la permitida; sin embargo, el Audi venía a toda leche, se lo aseguro, inspectora. Ese animal fue a por ella a más de cien kilómetros por hora; si no, es imposible que la moto saltase el seto y fuese a caer al desnivel que hay detrás.
—¿Conoce usted a la joven?
—Nunca he hablado con ella, pero la veo pasar muy a menudo sobre esas horas. Su moto es inconfundible, créame. Motos de esa cilindrada conducidas por una mujer vestida de ejecutiva no pasa ninguna, a no ser alguien de la familia de Las Valquirias de Suances. Solo su hermana pequeña y el doctor tienen motos como esa por estos lares, pero ellos pasan sobre la hora de comer. Por la tarde suelen ir en coche.
—¿A qué se dedica, amigo?
—Hace ocho meses que estoy en el paro. La fábrica quebró hace un año.
—¿Recuerda el color del vehículo?
—Azul oscuro metalizado. Con este nuevo sistema de las matrículas, ahora no puede saberse de dónde son, a no ser que sean muy antiguas.
—¿Recuerda algo de ella?
—Ya lo creo, es difícil de olvidar. Los números no los pude ver, pero era un hijo de puta.
—¿Cómo dice?
—Discúlpeme, desde hace años tengo la costumbre de formar palabras con las letras. HDP me recordó lo de hijo de… y desde luego puedo asegurarle que lo eran. Fueron a por ella como yo me llamo Ángel.
—De acuerdo, Ángel, le estoy muy agradecida. Cuando pueda pásese por Suances a firmar la declaración. Yo misma se la redactaré para que no tenga que esperar. ¿Puede decirme dónde trasladaron la moto? Ya no la veo.
—Claro, inspectora. Vino una grúa de Pousiño y se la llevó en dirección a Suances. Digo yo que la habrán llevado a su casa o a algún taller de reparación en ese pueblo, ya que hay unos cuantos.
—¿Qué opina, jefa? Parece sincero.
—No tiene motivos para mentir y su declaración no tiene ninguna contradicción.
—¿Y ahora a dónde, jefa?
—A Las Valquirias. Veamos si está allí la moto.
Después de tocar el claxon varias veces apareció un muchacho de unos veintitantos años.
—Los señores no están en la casa. ¿Qué desean?
Una vez identificada, el joven les franqueó el acceso a la propiedad con el coche.
—¿Está enterado de lo que ha ocurrido?
—Salieron todos como alma que lleva el diablo, sin decirme nada. Lo único que sé es que el señor me llamó para decirme que traerían la moto de la señorita Mina con una grúa —respondió sin poder ocultar unas lágrimas de dolor, que a ella no le pasaron desapercibidas.
—¿Cómo se llama y qué hace exactamente aquí?
—Todos me llaman Teo. Llevo en esta casa siete años. Soy el encargado del mantenimiento de la finca y de la casa. Unos días soy el jardinero; otros, el carpintero; otros, el chofer; otros…
—No siga, le entiendo. Ha dicho que han traído la moto. ¿Conoce el motivo?
—No me han dicho nada, pero es evidente que ha sufrido un tremendo accidente. ¿Sabe usted algo? Dígame cómo está, se lo suplico. Dígame que no le ha ocurrido nada grave —imploraba agarrándole fuertemente un brazo.
—La señorita Mina ha sufrido un accidente y está en el hospital, Teo. No puedo decirle nada más porque aún no la he visto, pero, si me deja un número al que poder llamarle, lo haré en cuanto sepa algo, se lo prometo. Le dejo también el mío por si me necesita o quiere contarme algo cuando le digan lo que ha pasado.
—¿Dónde ha ocurrido?
—Aquí al lado, en Viveda, dentro prácticamente del pueblo.
—Algo no me cuadra, inspectora.
—¿Por qué dice eso?
—Jamás se salta una señal de limitación de velocidad y por allí es de sesenta. A sesenta es imposible que al caerse la moto quede como la han traído. Vengan conmigo, por favor.
El joven tenía razón, a sesenta kilómetros por hora era imposible que el vehículo sufriese tantos desperfectos. ¿Y si la versión del tal Ángel era correcta?
—Sargento, mira si en el costado derecho trasero hay alguna marca de pintura azul.
—No creo que encuentre nada, inspectora. Esta misma mañana, como todos los días antes de que Mi… la señorita Mina saliese, la he pulido como a ella le gusta. «Esta moto tiene que estar siempre impecable, Teo», me dijo el primer día que se la trajeron. «De lo contrario, tú y yo dejaremos de ser buenos amigos», puntualizó volviendo a aparecerle unas lágrimas en los ojos. Supongo que su padre le regalará otra; no creo que este bastidor pueda enderezarse correctamente al cien por cien.
—¡Inspectora, el guardabarros de la rueda trasera tiene marcas de pintura azul! —gritó Tony, que permanecía arrodillado frente a la moto.
—¡Bingo! —dijo en voz alta—. Llama a comisaría para que envíen una grúa; nos la llevaremos como prueba de que el testigo tenía razón.
—No pueden llevársela sin que el doctor lo autorice.
—Entonces, llámele para decírselo.
—Inspectora, el doctor quiere hablar con usted —dijo Teo al tiempo que le pasaba el móvil.
Al otro lado de la línea, el doctor dijo:
—Inspectora, en estos momentos no puedo hablar con usted, espero que me comprenda. Le agradecería que no se lleven la moto antes de que hablemos. Le prometo que nadie la tocará, ya le he dicho a mi empleado que le hago responsable a él si alguien se acerca a ella. Venga al hospital a verme, por favor.
—De acuerdo, doctor, confiaré en su palabra. Llamaré a comisaría para que no vengan a buscarla. En media hora estaré con usted. —Viendo la cara de sufrimiento de Teo por la falta de noticias le preguntó—: ¿Cómo está su hija?
—Lo único que de momento puedo decirle es que se salvará, aunque desconocemos las secuelas que puedan quedarle. Ahora si me lo permite quiero volver al quirófano antes de que usted venga.
—Gracias, doctor. Hasta ahora.
—¿Qué le ha dicho? —suplicó el muchacho.
—Lo único que saben es que parece que se salvará, pero que es pronto para saber si le quedarán secuelas. En cuanto hable con el doctor y sepa algo más, prometo llamarte —respondió permitiéndose la licencia de tutearlo, dada su menor edad y el estado en que se encontraba. Pensó que, de esta manera, el joven se sentiría más cómodo.
En el hospital tuvo que esperar más de hora y media a que el padre de Mina saliese del quirófano. Iba rodeado de casi la totalidad del equipo que había estado más de seis horas intentando salvarle la vida.
—Siento conocerle en estas circunstancias, doctor. Espero que comprenda que estoy obligada a hacerle unas cuantas preguntas, pero antes le agradecería que me dijese cómo se encuentra su hija.
—De momento la vamos a mantener en un coma inducido. Ha habido que operarle una pierna y un brazo por múltiples fracturas. Según las exploraciones neuromusculares que se le han hecho tiene una lesión medular que le impedirá volver a caminar el resto de su vida —dijo mientras se sonaba y se limpiaba las lágrimas que corrían por sus mejillas.
—¡Dios mío! ¿Qué ocurrirá cuando se entere de semejante noticia?
Podía intentar darle ánimos diciendo que conocía varios casos similares que con el tiempo habían sabido superar la adversidad y que hoy eran personas felices. Pero creyó que no era el momento adecuado y calló.
—¿Podría decirme cómo se enteró de la noticia y por qué mandó llevar tan rápido la moto a su casa?
—La invito a un café y hablamos, lo necesito; pero, primero, permítame ir a hablar con mi mujer y mi otra hija. Espéreme en la cafetería, por favor.
—Sargento, puedes irte a casa, se ha hecho tarde. Tu familia se preguntará por qué tardas tanto. Me iré a casa andando cuando hable con el doctor, necesito despejarme.
—No pienso dejarla aquí sola, jefa. La esperaré en el coche.
—Es una orden, sargento. Vete a tu casa, mañana te contaré lo que me diga.
Viendo que no podría convencerla, la saludó y se marchó.
—Espera, te acompaño afuera. Tengo tiempo de fumarme un cigarrillo contigo. Supongo que el doctor aún tardará un rato en bajar. Su familia tiene que estar destrozada.
Pensando en Julia, la mujer de Jorge, acudieron a su memoria los recuerdos del día en que con treinta y nueve años su marido sufrió un infarto y murió camino del hospital.
—Disculpe por la tardanza. He tenido que darles la noticia y ha sido muy duro.
—No se disculpe, doctor. Terminaré pronto para que pueda volver con ellas.
—¿Cómo se enteró de la noticia?
—Me llamó un amigo que trabaja justo al lado de donde sucedió. Me contó que había visto el coche de mi compañero pasar a gran velocidad en ese momento y que quizás hubiese podido tener algo que ver.
—¿A qué compañero se refiere?
—Al doctor Freire Castaños. En Suances vivimos muchos de los que trabajamos en el hospital. Al ser una localidad pequeña, todo el mundo nos conoce. Por eso, cuando vi la moto, por si acaso, mandé que se la llevasen a mi casa, no quería perjudicar a mi amigo antes de saber realmente lo que había ocurrido.
—¿Se da cuenta de que cometió un acto que le puede perjudicar?
—En ese momento no pensaba nada más que en lo que le había ocurrido a mi hija. No quería añadir más sufrimiento denunciando al hijo de quien es mi mejor amigo.
—En el atestado no se habla de ese supuesto vehículo. ¿Es consciente de que ha escondido información a los agentes de la guardia civil, que fueron los primeros en llegar?
—Ahora sí. No estaba en condiciones de pensar en las posibles consecuencias, inspectora. Haga su trabajo, en su momento me responsabilizaré de mi inadecuada forma de actuar.
—Creo que en su caso yo hubiese hecho lo mismo. Esperemos que esto no tenga mayores consecuencias para usted, pero no olvide que la prensa procurará enterarse de todos los detalles. Probablemente ya conozcan la existencia del testigo que dice haber visto cómo ese coche fue el culpable de lo que ocurrió. No le extrañe ver mañana la noticia publicada en toda la prensa local, preguntando dónde ha ido a parar esa moto que ha desaparecido. Creo que lo mejor para todos es llevarla cuanto antes al depósito de la policía, eso acallará las dudas y las preguntas de por qué se la llevaron a escondidas a su casa, ¿no le parece?
—Me parece que tiene razón. Llamaré a mi casa para advertir que irán a buscarla esta misma noche.
—No le entretengo más, doctor. Reúnase con su familia y, por favor, avíseme cuando pueda hablar con su hija.
Al salir a la calle se arrepintió de haberse quedado sin coche. Pese a la hora que era tenía que ir a casa de los Freire. No lo dudó dos veces: le sabía mal, pero no le quedaba más remedio que molestar a Tony.
—Te necesito, Tony. Perdona, sé que es muy tarde y que aún no ha amanecido. Sigo en el hospital. Pásate por comisaría, coge unos cuantos test de alcoholemia y recógeme, por favor. Tenemos que volver a Suances.
—No hace falta que pase por comisaría, Ana, en el coche siempre llevo unos cuantos. Dentro de quince minutos la recojo.
—Gracias, sargento. Le espero fumando.
—Cómase esto —dijo pasándole un bocadillo y un refresco de cola—. Pilar ha supuesto que no habrá cenado. ¿A qué vienen tantas prisas por ir a Suances?
En pocas palabras le explicó la conversación mantenida con el doctor Mayans.
—Necesito explicaciones y a fe que me las van a dar.
La sirvienta, soñolienta, les abrió la puerta.
—Necesito hablar con los señores y su hijo. Por favor, dígales que la inspectora Medraz les espera.
—Todos se acostaron muy tarde, inspectora. ¿No puede esperar por lo menos hasta las ocho?
—Por su culpa yo aún no he podido ni cenar y mucho menos dormir, ni siquiera un par de horas. Avíseles, si no es molestia, tengo un poco de prisa.
—Esperen aquí, por favor. Iré a decirles que está usted aquí —dijo acompañándolos a un espectacular despacho.
A través de un enorme ventanal se podía contemplar el jardín y una preciosa piscina con todas las luces encendidas.
—No parece que vivan mal, jefa.
—No, Tony, pero seguro que nadie le ha regalado nada. Sus estudios y sus sacrificios habrá pasado para estudiar una carrera y llegar donde ha llegado.
—Buenas noches, señora. ¿No tenían otra cosa mejor que hacer que venir a estas horas a molestar?
Al darse la vuelta para ver quién les hablaba, ambos quedaron sorprendidos. La mujer de mediana edad que tenían delante parecía sacada de una revista de moda.
—Mi marido bajará dentro de unos minutos, ha ido a despertar a nuestro hijo.
—Muy bien, señora, esperaremos —respondió sin apartar su mirada de aquellos ojos que no dejaban de reconocerla de arriba abajo—. Le ruego disculpe que me haya presentado en su casa de esta manera y sin tiempo para poder cambiarme ni asearme como hubiera sido mi deseo. Este trabajo, ya me entiende, las veinticuatro horas al servicio de la comunidad… —apuntilló con sarcasmo.
Una vez que los tres estuvieron sentados delante de ella, les explicó el motivo de su presencia, mientras el sargento le hacia la prueba de alcoholemia al joven y le pasaba el resultado.
—Hay testigos que aseguran haber visto su coche en el lugar de los hechos a esa misma hora. ¿Puede decirme qué fue lo que realmente pasó? —dijo dirigiéndose al joven, que tenía la cabeza entre las manos mientras sollozaba en silencio.
—No contestes, hijo —intervino la madre—. Es mejor consultarlo antes con nuestros abogados.
—No hay motivo para que no responda a las preguntas de la inspectora, cariño.
—Sé de lo que estoy hablando, Miguel, no soy tonta.
—Lo sé, cariño, pero ocuparte de la casa y de nosotros no hace que seas una experta en leyes —contestó levantando el tono de voz.
Viendo que la conversación podía terminar en una pelea doméstica decidió cortarla de raíz.
—Señores, por favor, creo que es suficiente con la tragedia que ha sucedido. El doctor Mayans y usted, doctor, son como hermanos. Sus hijos han crecido y se han criado también como tal. Me consta que ha sido un accidente fortuito, provocado por una ingesta excesiva de alcohol de su hijo, como demuestra la prueba de alcoholemia, que a pesar de las horas transcurridas sigue siendo elevada —mintió guardándose la muestra en el bolsillo—. Usted, doctor, entiende de lo que estoy hablando. Solo quisiera saber lo que ocurrió para poder cerrar el caso.
—Contesta a la inspectora, hijo, solo intenta ayudar.
—Es verdad que estuve bebiendo antes de coger el coche. Iba bastante fuerte y no la vi. Sentí un golpe y paré. Al no ver a nadie seguí hasta casa. No puedo creerlo, por mi culpa no podrá andar nunca más.
—Eso ya no tiene solución, hijo. Lo que tenemos que hacer a partir de ahora es ayudarle en todo aquello que necesite. Ya has oído a la inspectora, cielo, ha sido un terrible accidente y la familia de Jorge no te denunciará por esto —le dijo su madre.
—No es tan sencillo, señora, la guardia civil levantó un atestado y su hijo tendrá que ir a declarar ante el juez. Será él quien dicte sentencia. Supongo que estará enterada de los procesos habituales en estos casos —añadió poniéndose en pie para despedirse—. Siento haberles molestado, pero es mi obligación. Les deseo un buen día, doctor, y lamento profundamente lo que le ha ocurrido a la señorita Guillermina. Por la mañana vendrán los peritos forenses para estudiar las pruebas de su vehículo. Por favor, no lo usen hasta que ellos les digan que pueden hacerlo.
Solo el doctor les acompañó hasta la puerta.
—Le ruego que disculpe la rudeza de mi mujer, inspectora. Lo está pasando muy mal.
—No se disculpe, doctor, lo siento por usted. Lo mismo que no le he caído bien a su señora he de decirle que ella a mí tampoco me gusta. Hay una cosa que se llama educación y, por su comportamiento conmigo, deduzco que su señora sepa lo que eso significa.
—¿Algo más, inspectora?
—Gracias por su amabilidad, doctor, hemos terminado. Tenga mi tarjeta por si necesita hablar conmigo.
—Gracias, inspectora, lo tendré en cuenta —dijo estrechando la mano que ella le ofrecía en señal de despedida.
—Jefa, ese temperamento suyo algún día le va a dar un disgusto.
—No lo creo, sargento. Llévame a casa, por favor, necesito descansar un par de horas y darme una buena ducha.
—Explíqueme una cosa, Ana, ¿por qué mintió diciendo que el test había dado positivo? Y, sobre todo, ¿por qué el muchacho dijo que había bebido y no se dio cuenta de lo que le había ocurrido a su amiga? En realidad no bebió como para no saber lo que hacía.
—Muy observador, sargento. Supongo que querrás saber lo que opino de todo esto. Creo que, por alguna razón que todavía desconozco, los que iban en el vehículo quisieron asustarla, pero el que conducía calculó mal las distancias y chocó con la parte trasera de la moto.
—¿Significa eso que no cree la versión del joven Freire?
—No, Tony, y no la creo por la sencilla razón de que nadie ha hablado de la otra persona que iba con él en ese momento.
—¿Por qué dice que había otra persona en el coche?
—Escucha atentamente lo que nos dijo ese tal Ángel al que entrevistamos —dijo sacando una pequeña grabadora del bolsillo de su chaqueta—: «… y desde luego puedo asegurarle que lo eran. Fueron a por ella como yo me llamo Ángel».
—¿Quién puede ser?
—Por el momento eso es lo de menos. Hay algo en su madre que no acaba de gustarme, y no solo es su falta de educación. Por mucho que sea la mujer de un médico famoso y presuma de estatus social, por muy chic que se crea vistiendo como viste, está muy lejos de ser una gran dama. ¿Te diste cuenta de que es la que manda en esa casa?
—Noté algo raro en ella.
—Quiero que averigües todo lo que puedas sobre ella: y cuando digo todo tú ya me entiendes.
—¿No prefiere pedírselo a uno de los detectives de la unidad?
—Mientras te tenga a ti, me sobran los detectives, Tony. Tienes toda mi confianza, ya sabes cómo me gusta trabajar. En este caso hay cosas que huelen mal. Tratándose de personas que tienen tantas influencias, no me gustaría que alguien pudiese falsear la verdad.
—No se preocupe, jefa, hoy mismo me pondré a ello. Hemos llegado. Procure descansar un rato y llámeme cuando quiera para que venga por usted.
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Capítulo 2
Santander, marzo de 2013
No se podía decir que Ana, la inspectora Medraz, fuese una mujer guapa, pero a sus cuarenta y cinco años tenía un algo que cautivaba a las personas que la conocían. Cuando murió su marido tuvo que pedirse una excedencia de dos años. Descuidó su aspecto personal y engordó catorce kilos. Se negó a continuar saliendo con su grupo de amigos y únicamente lo hacía si necesitaba comprar algo para subsistir. Su vida carecía de sentido; lo malo era que no tenía intención de cambiar. Poco a poco se iba sumergiendo en un pozo que no tenía fin. Hacía años que vivía en el barrio y todo el mundo la conocía, por eso su nuevo comportamiento empezó a ser motivo de chismorreos y comentarios entre las personas más allegadas.
—No creo que pueda superarlo.
—Es terrible. Se les veía muy enamorados.
—Ya veréis cómo dentro de poco empezará a beber y el día menos pensado cometerá un disparate.
—De momento se ha puesto como una foca. Hay que ver lo que ha cambiado en menos de dos años.
Estos, y otros muchos, solían ser los comentarios que se escuchaban en la cafetería, cuando, después de dejar a sus hijos en el colegio, las madres entraban a tomar un café y reunirse un rato antes de comenzar con sus quehaceres diarios.
—Un café con una tostada, por favor —reclamó un parroquiano sentado en una mesa del rincón.
Una de las dos camareras, llamada Jandra, se lo acercó.
—Buenos días. Aquí tienes. Es la primera vez que te veo por aquí.
—Acabo de llegar a la ciudad y estoy buscando un pisito donde instalarme. Unos amigos me han recomendado este barrio. He quedado a las diez para ver uno en esta misma calle. No sé de quién estarán hablando esas mujeres, lo que está claro es que sea quien sea lo está pasando muy mal.
—Ya te digo. Hace casi dos años perdió a su marido y aún no lo ha superado. Creo que se despidió de su trabajo, o la echaron, no estoy segura. Lo triste es que era una excelente profesional y que como amiga no tenía precio. Tendrías que verla ahora, da pena.
—¿No tiene amigos?
—Todos en el barrio la querían. Esas que ves ahí eran del grupo de sus mejores amigas, pero ha cortado con todas. Cuando las ve por la calle, las pocas veces que se deja ver, las ignora y desprecia. Han intentado hablar mil veces con ella, pero es imposible. Tienen razón al decir que si le diese por beber podría cometer algún disparate, con el arma que tiene.
—¿Arma? —preguntó él con extrañeza.
—Ana era inspectora de policía. Suponemos que tendrá alguna, ya que tenía varias, además de la reglamentaria. Le gustaba mucho participar en las competiciones que hacía el club de tiro, donde solía acudir los fines de semana para practicar.
—Ha sido un placer hablar contigo. Gracias por este ratito de charla — dijo cogiendo la carpeta que tenía en una de las sillas—. Si me quedo con el piso vendré a darte las gracias.
—¿Por qué?
—Porque conocerte me habrá traído suerte. Ya te contaré.
Su trabajo consistía en conocer hasta el más mínimo detalle de la vida de cada uno de sus compañeros, por eso al incorporarse a la comisaría lo primero que hizo fue sacar los expedientes de todos para ver si encontraba el de esa tal Ana de la que le había hablado Jandra el día anterior en la cafetería. Al no encontrar ninguno con ese nombre decidió salir de su despacho para comenzar a investigar, sin demostrar ningún interés especial sobre ella.
—¿Puedes venir a mi despacho, por favor? —le dijo a la primera persona con la que se cruzó, que resultó ser un cabo.
El militar obedeció.
—Supongo que ya sabréis que soy el nuevo agente de recursos humanos y en qué consiste mi trabajo. Mi nombre es Pablo Cifuentes Vergara y estoy aquí para ayudaros —dijo estrechándole la mano—. ¿Cómo te llamas, amigo?
—Ricardo Belón, señor, pero todos me llaman Richar.
—Veamos qué tengo sobre ti en el ordenador.
Pasados unos minutos volvió a entablar conversación con él:
—Muy bien, cabo, veo que tienes un buen expediente. Dime una cosa, ¿estabas aquí cuando echaron a una compañera tuya llamada Ana?
—Hacía pocos meses que me había incorporado, señor, pero creo que está mal informado: a la inspectora Medraz no la echaron, solicitó una excedencia voluntaria de dos años. Si no me equivoco, ya no le quedará mucho para volver a incorporarse. Quien la conoce mucho y seguro que lo sabe es su buen amigo, el sargento Ramírez.
—Gracias, cabo, puedes retirarte. Si ves al sargento dile que venga a verme.
Empezó a buscar en su ordenador. «Ana Medraz, Ana Medraz… Aquí estás. Veamos quién eres, amiga. Por lo que he oído de ti estás metida en un buen problema», soliqueó mientras esperaba que se presentase el sargento Ramírez.
Según el expediente había ingresado en el cuerpo cuando solo tenía 24 años, tras haber sido destinada en Madrid, Sevilla y País Vasco, por fin le concedieron el traslado a Santander, lugar que hacía tiempo había solicitado, por ser natural de un pueblecito cercano llamado Elechas, donde vivían sus padres, a unos quince kilómetros de la capital. Los informes de sus anteriores superiores y su hoja de servicios eran impresionantes. A los tres años de estar en Santander fue ascendida a inspectora. Cuando era una firme candidata a convertirse en comisario, decidió solicitar dos años de excedencia por asuntos personales. Experta en terrorismo y artes marciales, era una mujer querida y admirada por todos sus compañeros y subordinados.
—¿Da su permiso? —escuchó decir Pablo desde la puerta.
Por los galones del uniforme dedujo que se trataba del sargento Ramírez.
—Pase y tome asiento, Ramírez. Supongo que ya le habrá dicho el cabo quién soy.
Pasados unos minutos, en los que estuvo ojeando el expediente del sargento y haciendo anotaciones en una libreta, por fin se dirigió a él:
—Muy bien, Tony. Dígame qué opina de esta comisaría y de sus compañeros. ¿Se encuentra a gusto o preferiría cambiar de destino?
—Es una pregunta difícil de contestar, señor. Por un lado, me gustaría cambiarme, sobre todo desde que perdí a una buena amiga; por otro aún tengo esperanzas de volverla a ver por aquí.
—¿La trasladaron?
—No se trata de eso, señor. Deje que me explique. Hace años ella me animó para que hiciese las oposiciones a sargento, porque ya llevaba tiempo siendo cabo. Le dije que no me encontraba con ánimo para ponerme a estudiar de nuevo. Con cuarenta años ya tenía lo que deseaba en la vida y me daba para vivir bien, ¿para qué necesitaba ascender? Eso implicaba tener más responsabilidades de las que tenía. ¿Sabe lo que me contesto?: «Amigo mío, el que se conforma con lo que tiene y no continúa avanzando irremisiblemente está muerto». Sus palabras me hicieron pensar. A la mañana siguiente le dije: «Usted gana, inspectora; pero sin su ayuda nunca lo conseguiré». ¿Ve estos galones, señor? Se los debo a ella. Cuando me estaba preparando para ser inspector como ella, se quedó viuda y decidió marcharse una temporada. Al no tener su apoyo me vine abajo y renuncié a seguir con la preparación.
—Supongo que cuando vuelva usted lo intentarlo de nuevo.
—No creo que vuelva, señor. Le quedan apenas tres meses para volver a incorporarse y, por desgracia, en las circunstancias en las que se encuentra será muy difícil que pueda hacerlo. No ha superado la muerte de su marido y ha perdido las ganas de vivir. He hecho lo imposible por animarla y ayudarla, pero todo es en vano, cada día la veo peor. Tenía que haberla conocido hace tres años, señor; ahora está irreconocible —le dijo visiblemente emocionado.
—¿Está enamorado de ella, sargento?
—No me interprete mal, señor. Estoy felizmente casado y tengo tres hijos maravillosos. El cariño, el respeto y la admiración que siento por ella no tienen nada que ver con el amor. Y pensar que estaba a punto de convertirse en comisario jefe… Se me parte el alma cada vez que la veo en el estado en que se encuentra.
—¿Qué estaría dispuesto a hacer por ella para que pudiese volver?
—Lo que fuese necesario, señor.
—De momento, si la vuelve a ver, no le cuente nada de esta conversación. Delante de ella no nos conocemos.
—¿Señor?
—Déjeme hacer. Cuando necesite su ayuda se la pediré. Créame, sargento, haremos que la inspectora Ana Medraz acabe siendo nuestra comisario jefe.
—¿Sabe lo que está diciendo, señor?
—Lo que ha oído, sargento, lo que ha oído.
Al cabo de siete días volvió al bar, esta vez para cenar.
—¿Otra vez por aquí, amigo?
—Te dije que volvería, ya somos vecinos. Hoy mismo he hecho la mudanza y estoy muerto de hambre. En cuanto cene daré una vuelta y me iré a descansar. Mañana será otro día. Por cierto, me llamo Pablo.
—Mucho gusto —dijo dándole la mano—. Yo me llamo Jandra, de Alejandra.
—¡Qué casualidad! Mi hija también se llama así.
—¿Estás casado?
—Divorciado y con una hija. El mes que viene te la presentaré, le toca estar conmigo.
—¿Qué te traigo para cenar?
—Lo que tengáis en el menú, me gusta todo. De bebida ponme una copa de tinto, por favor.
—¿Quieres algo de postre?
—Cualquier fruta del tiempo me va bien —dijo cerrando los papeles que estaba leyendo.
—¿Te acuerdas de la mujer de la que estaban hablando el otro día mis amigas?
—¿La tal Ana que tiene un arma?
—La misma. Es la que se ha sentado en aquella mesa y está comiendo un bocadillo. Todos los días pide lo mismo, es pura rutina.
Al verla sintió un escalofrío recorrer su nuca. Si no fuese por aquellos ojos, no se parecería en nada a la mujer de la fotografía del expediente de Ana Medraz.
—¿Crees que si intento hablar con ella me montará un numerito?
—No lo creo, en el fondo conserva los buenos modales que siempre tuvo. Lo único que podría decirte es que no le interesa hablar contigo y que la dejes en paz. Hoy no parece estar de mal humor.
Armándose de valor apuró el último sorbo de café que le quedaba y se dirigió hacia su mesa. Gracias al sargento y a lo que había leído en su expediente, creía poder decir que la conocía bastante bien. Aunque no era la misma mujer que todo el mundo conocía de antaño, estaba convencido de poder iniciar una conversación con ella.
—Buenas noches, señora —saludó ofreciéndole una de sus mejores sonrisas.
Levantó los ojos y la miró de arriba abajo. Después se centró en los ojos de ella.
—¿Nos conocemos?
—Sí y no, Ana —respondió sin borrar la sonrisa de su rostro.
—¿Puede explicarse, por favor? Siéntese o acabaré con tortícolis —dijo señalando la silla que tenía enfrente.
—Gracias. ¿Me permite invitarle a una copa?
—¿Qué tomará usted?
—Después de cenar suelo beberme un whisky solo.
—Tomaré lo mismo, gracias.
—Jandra, por favor, tráenos dos whiskies solos.
—¿Desde cuándo bebes, Ana? Es la primera vez que te veo pedir alcohol —dijo sorprendida la muchacha.
—Comprendo que te extrañe, pero me han invitado y es de mala educación decir que no; pero tranquila, no pienso darme a la bebida, como sé que a muchas le gustaría. No voy a caer tan bajo. Aún no sé cómo te llamas, amigo —dijo dirigiéndose a él.
—Disculpa, tienes razón, no me he presentado. Mi nombre es Pablo, Pablo Cifuentes. Soy nuevo en el barrio.
—¿Cómo sabes mi nombre?
«Cuidado, Pablo, medita bien lo que vas a decir o todo lo que has planeado se te puede venir abajo», pensó.
—Como te he dicho, soy nuevo por aquí. El otro día estuve practicando tiro en una galería cercana, donde conocí a una persona que me habló de una buena amiga suya. Resulta que por una conversación que escuché por aquí la semana pasada da la casualidad de que esa persona eras tú. Hoy me lo ha confirmado Jandra al verte aquí sentada.
—No te sigo.
—Me explicaré mejor. —A continuación le conto la conversación que había escuchado el primer día, de las que se suponía que eran sus amigas. —Un amigo tuyo me contó una historia que parecía coincidir con la otra. Mientras me hablaba pude darme cuenta de que no se trataba de un simple cotilleo, sino que de verdad sentía todo lo que te está pasando.
—Supongo que estarás refiriéndote a un agente llamado Tony Ramírez. ¿Eres policía?
—No —mintió—, pero hace años estaba federado y pertenecía a un club de tiro con pistola en el que llegué a ser el mejor; por lo menos el día que se celebró un campeonato regional en el que me apuntaron. Sé que tú eres una experta en tiro con arma corta. Un día podíamos quedar para hacer prácticas juntos.
—Hace mucho tiempo que no lo hago. Para eso hace falta tener una buena preparación física y mental, y como ya sabes, en estos momentos esas cualidades en mí brillan por su ausencia. ¿Otra copa? Ahora invito yo.
—Con una condición, mañana a las siete voy a buscarte a tu casa y hacemos una hora de footing;luego nos vamos a pegar unos cuantos tiros.
—¿Tú me has visto bien? —dijo poniéndose de pie—. Este culo no aguantará ni diez minutos andando, menos haciendo footing a media carrera.
—¿Te importa darte la vuelta? Ya que quieres que te estudie, deja que te vea entera.
En su sonrisa, Ana no fue capaz de ver atisbo alguno de burla al contemplarla tan fijamente. Era curioso, por primera vez alguien la miraba sin hacer ningún comentario jocoso de su cuerpo.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con cierta amargura.
—Francamente, no, pero no me preocupa porque sé que este cuerpo no eres tú. Tu verdadero yo no reside en los kilos sino en lo que tienes en tu cerebro. Me consta que, si te lo propusieras, podrías volver a ser la persona que eras antes, la persona de la que me ha hablado Tony, la persona que, al imaginármela, fue capaz de volver a hacerme creer en el sexo femenino. Gorda o delgada, tu interior es precioso. Lo demás no tiene mucho valor, aunque para serte sincero me gustas mucho más en la foto que Tony me enseñó.
—¿En cuál?
—En la que estáis los cuatro con sus hijos preparando una torrada.
—¿Te contó que soy viuda?
—Me contó muchas cosas buenas tuyas y lo preocupado que está porque llegue el día de tu incorporación de la excedencia y no estés en condiciones de volver a tu puesto.
—Para eso aún quedan unos meses.
—¿Piensas volver o prefieres seguir cayendo para ver hasta dónde eres capaz de hundirte?
—¿A quién le importa lo que haga con mi vida?
—¡Joder! —exclamó—. A Tony, a mí.
—¿A ti?
—Sí, a mí. Acabo de llegar y no tengo a nadie. Necesito una amiga como tú, una amiga como la que tenía tu sargento. No me has contestado, ¿vas a dejar que conozca a esa mujer diez de la que he oído hablar?
—No sé si podré volver a ser la misma.
—Es muy sencillo, déjame ayudarte y prometo volver a traer a este mundo a tu verdadera Ana, tanto a la Ana física como a la verdadera Ana que está escondida en tu mente.
—Te veo muy convencido de lo que dices.
—Solo depende de que tú lo desees con todas tus fuerzas y estés dispuesta a hacer todo lo que Tony y yo te digamos. Seguro que la antigua inspectora Medraz era capaz de lograrlo en tan solo dos meses.
—La inspectora Medraz soy yo, no te olvides de eso.
—Eso quiero verlo. De momento solo veo a una mujer sobrada de kilos y falta de autoestima que no hace más que regodearse en la tristeza de haber perdido a su marido. Si de verdad quieres volver a ser quien eras, te espero aquí mañana para irnos a correr al lado del mar.
—¿Tomamos la última copa? —le pidió con una mirada cargada de esperanza e ilusión—. Te juro que será la última hasta que no llegue a los cincuenta y ocho kilos que pesaba cuando estaba en activo.
—Media con unas bravas de acompañamiento —le respondió—. Bienvenida al cuerpo, inspectora. Espero que no nos defraudes.
Tenía una ardua tarea por delante. Había dado el primer paso. Por la expresión que vio en sus ojos antes de despedirse de ella, estaba convencido de que iba a poner de su parte todo lo necesario para conseguirlo.
