El Colón de mi abuelo - Marcelo Jesús Cassettari - E-Book

El Colón de mi abuelo E-Book

Marcelo Jesús Cassettari

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Beschreibung

El Colón de mi abuelo nos transporta a un tiempo de pelotas de tiento y de fútbol de niños en El Campito, aquel lugar donde comenzaron a tejerse los sueños rojinegros. Y hace un recorrido desde los tiempos de ese Colón prácticamente desconocido por la mayoría, hasta la conquista del primer título de AFA de un club santafecino: la Copa Presidente Perón. Todo esto en un contexto regado de los acontecimientos de la ciudad y la idiosincrasia de sus habitantes en la primera mitad del siglo XX, que con tanta habilidad describe la pluma de Marcelo J. Cassettari, a través de la voz del abuelo, que lo hace merecedor de ser un libro no solo para un hincha sabalero sino para todo el pueblo santafecino.

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Seitenzahl: 300

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Marcelo J. Cassettari

El Colón de mi abuelo

www.robalir.com

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recopilación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro medio, sin permiso previo por escrito del autor.

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723

© 2020, Marcelo J. Cassettari.

© 2020, Robalir

Primera edición digital: septiembre de 2020

Fotos de tapa y contratapa: Gabriel Espósito

ISBN: 978-987-47637-6-1

Seguinos en Instagram:@elcolondemiabuelo

Contenidos

1 Portada2 Aviso legal3 Contenidos4 Dedicatoria5 Prólogo6 Prefacio7 25 de diciembre de 19948 Año 19059 Años 1913 a 191910 Década del 2011 Década del 3012 Década del 40 y el año 195013 30 de diciembre de 195014 La final del año 195015 Agradecimientos16 Compartí tu opinión sobre el libro17 Notas18 Bibliografía19 Sobre el Autor20 Robalir Editora21 Datos del ebook

Dedicatoria

A Franche y Augustito

Prólogo

Algunos consideran que la historia es una secuencia de fotos donde cada situación está finalizada, resuelta y fijada, tal como nosotros la recibimos; del mismo modo que concluyen, si un equipo es conservador o atrevido, por la formación estática de un equipo antes del silbatazo inicial; y exactamente de la misma manera en que se preguntan por qué un tipo que nunca ha escrito antes un libro, decide hacerlo.

Otros consideramos, en cambio, que nada es absoluto y que así como una diagonal a tiempo transforma a un defensor en volante o a un volante en centrodelantero, las nuevas voces movilizan la historia, la dinamizan. La cuentan desde otro ángulo, nos llevan a repensarla, a quitarla de la peligrosa quietud de la memoria. La enriquecen. Esas personas, nosotros, no nos preguntamos por qué escribe Marcelo Cassettari; nosotros nos preguntamos por qué no puede hacerlo.

En esa búsqueda inquieta, Marco y su abuelo León, los protagonistas de este libro, nos cuentan la historia a través de sus viajes. Siempre con la pelota cerca. Siempre con sus sentimientos rojinegros cerca.

Los personajes, sus cualidades y sus circunstancias alimentan los escenarios históricos desde siempre. Lo mágico es que mientras los protagonistas la realizan miles la observan, la viven, la transitan y en algunos casos, como este, la comparten.

En esa pluralidad de voces y plumas está la verdadera riqueza de los pueblos.

El fútbol, tesoro argento y popular sin igual, como todo en el universo, tiene contextos. Conocer la Santa Fe de principios de siglo XX es necesario para comprender los acontecimientos de ese entonces. Recorrerla, a la par de Marco y León, es respirar a otra velocidad. Es caminar pausado para no perder detalles de porqué un grupo de pibes eligió llamar Colón a sus ganas de inmortalizar su amistad fundando un equipo de fútbol. Es viajar a la par de cada suceso Sabalero de esa primera mitad del siglo pasado sin desprenderse de la creciente ciudad que los enmarcaba.

Este juego puede contarse de mil maneras, pero siempre que se lo narre entrelazándolo con su tiempo tendrá ese aroma a pared precisa, vertical y ambiciosa que busca el arco de enfrente. Siempre nos dará la sensación de que el gol está cerca. Como en estas páginas, donde las primeras décadas de vida deportiva y social del C. A. Colón, combinadas con la precisa descripción de la sociedad que cobijó esa época y el aporte de hechos concretos como eje, triangulan el bolo con la naturalidad de los que saben. Y termina, como merecen terminar siempre, las jugadas tejidas con talento y sentimientos: siendo un golazo.

Como terminan siempre, en definitiva, las historias entre abuelos y nietos.

Pasen, respiren profundo y lean con la vista, el alma y el corazón.

Cesar Andrés Carignano

Prefacio

Antes que nada, El Colón de mi abuelo es una historia sobre la ciudad de Santa Fe y de un club fundado allí por unos niños, que con el paso del tiempo se convirtió en un sentimiento arraigado en la mayoría de sus habitantes: Colón. Pero presten atención, este libro no trata del club que muchos como yo, nacidos en los años ochenta, podemos llegar a conocer. El que sale en la televisión, que ocupa portadas en los diarios, el del estadio sobre la avenida Juan José Paso, con tribunas de cemento y publicidad en la camiseta.

Trata del que nos hablaron nuestros abuelos, del que despuntaba su fútbol en baldíos, el de la cancha de Bulevar Zavalla, o el del Brigadier General López, pero muy diferente del actual, con jugadores que usaban gomina, camisetas ceñidas al cuerpo, pantalones altos que dejaban asomar los cordoncitos y pelotas de tiento.

Los personajes principales, Don León y Marco son ficticios. Su misión será llevar al lector por un viaje a través del tiempo. Durante la travesía se cruzarán con personajes históricos que existieron, visitarán lugares que el progreso, la desidia o vaya a saber por qué razón han desaparecido, y otros que aún perduran en el tiempo y están delante de nuestros ojos, ignorando la historia que se esconde detrás de ellos. He tratado de retratar con la mayor fidelidad posible las diferentes décadas en que tiene lugar el periplo, las costumbres, trabajos, rutinas, vestimentas, comercios y por supuesto, personas.

Amigo lector, si al final del camino, usted siente que ha estado paseando por una Santa Fe y un Colón que desconocía, o comienza a saber el porqué de los nombres de algunas calles o, al menos, le ha despertado curiosidad por el pasado, me daré por satisfecho y juntos habremos reivindicado los nombres de algunas personas que hicieron lo que hoy somos como santafesinos y colonistas. Y por sobre todo, lo haremos con aquellos abuelos que en algún momento de nuestras vidas nos contaron historias que jamás olvidaremos.

25 de diciembre de 1994

Otra vez estaba frente a la misma puerta, de ese verde agua que se encuentra en las paredes de las enfermerías. Aplaudir era una forma de llamar en una casa que no tiene timbre, pero esa costumbre la había perdido hacia unos cuantos años atrás, o quizás, décadas. El hombre, cuyas incipientes y pocas canas delataban que había traspasado el umbral de los treinta años, prefería, en cambio, quitar la traba de la verja que le llegaba a la cintura y avanzar hasta la puerta para darle unos golpecitos. Luego, tenía la misma manía de inclinarse para observar a través del cerrojo de la cerradura.

El sonido del golpe en la chapa parecía viajar con retraso. La pantalla de un televisor era lo único que iluminaba las habitaciones de la casa y el brillo dibujaba el contorno de la anciana que estaba sentada frente al mismo. Al cabo de un rato, la mujer encendió lentamente las luces del comedor, luego las del living, y se dirigió hacia la puerta. No solo esa vez. Siempre se repetía esa costumbre.

En una ocasión, algo diferente ocurrió. Y cuando espió a través del visor del picaporte, la oscuridad había cedido ante la luz. Por primera vez en mucho tiempo, se podían ver los colores del interior de la casa.

Lo demás que aconteció también fue extraño. La anciana no estaba. Venía un niño. De unos ocho o diez años. Detrás de él, a paso más lento, lo seguía un hombre, de una gran nariz aguileña y la piel rugosa y curtida por el sol, cargando un par de reposeras. Cuando salieron a la vereda ya no había nadie esperando.

Salir con sillas, sillones o reposeras a la vereda cuando caía el sol era una costumbre de gente mayor muy marcada en aquel barrio de Villa María Selva, sobre todo en verano. Marco, el niño, se había terminado por contagiar de aquel ritual. Cuando comenzaba el fin de semana aprovechaba para instalarse en la casa de sus abuelos. Era como ir a un All Inclusive. Disfrutaba de la comida que le preparaba su nonna Roma, que no escapaba a la regla que establece que «las abuelas cocinan mejor».

No era la única forma de mimarlo que tenía la anciana. Algunos años atrás lo bañaba con amor en un fuentón de acero mientras utilizaba las pocas gotas que caían de la ducha del baño, que era precario y carente de lujos. Más bien, la ducha se parecía a una regadera pegada contra la pared. Y siguió haciéndolo hasta que Marco creció y se dieron cuenta que el recipiente había quedado chico para aquella demostración de cariño y comenzó a hacerlo solo, porque si bien seguía siendo un niño, ya era demasiado grande para que su abuela lo bañe.

Tenían un jardín en la parte de atrás de la casa con un gallinero al que Marco no solía acercarse porque no le gustaba que lo persiguieran las gallinas. Se sentía más cómodo en el comedor, junto a la caja de cartón que albergaba los pollitos, los cuales observaba por horas. Lo que más le gustaba de sus pequeñas vacaciones que comenzaban los viernes y culminaban los domingos, además de la caminata con sus abuelos hasta la avenida Aristóbulo del Valle para tomar un helado, era aquel momento vespertino en que se quedaba con su abuelo Don León en la vereda. Y por una sencilla razón, era el momento en que éste le contaba historias del club por el que hinchaba: Colón de Santa Fe. Sobre todo tenía muchas historias de algunos jugadores que el abuelo admiraba en su juventud, como Juan Antonio Rivarola y Martín «Pirincho» Sánchez.

—Marco, me dijo tu mamá que este año estuviste medio vagoneta en la escuela —dijo el abuelo a modo de reprimenda—, me contó que tenés más completa una carpeta con recortes de Colón, que la de Historia por ejemplo.

—Sí, tenés razón —dijo Marco y se apresuró en excusarse—, es que me aburro en clases a veces.

—El fútbol es importante, pero también lo es estudiar. No tenés que descuidar la escuela.

—El año que viene voy a esforzarme más, abuelo.

El abuelo movió la cabeza aprobando la decisión de Marco, y luego una sonrisa pícara apareció en su boca.

—Te confieso algo, yo también guardaba los diarios con las noticias de Colón. Tenía una caja inmensa. Diarios de todos los años y ordenados por fecha.

—¿Y qué pasó?

—Nada, un día tu abuela la confundió con diarios viejos que no servían y tiró la caja.

El abuelo se quedó pensativo un rato, mirando como los autos que pasaban iluminaban por segundos la calle. Luego, dirigió una mirada hacia su nieto y le señalo algo que llevaba puesto.

—¿Te gustó la camiseta de Colón que trajo el Niño Dios acá?

—Si, le voy a hacer poner el número siete en la espalda.

—¿Y por qué ese número?

—Por el Loco González, abuelo. ¡Por quién va a ser!

—Ah, ya veo. En mi época teníamos otro paraguayo que le vivía metiendo goles a los tates: Benjamín Laterza.

—¿Y era bueno como el Loco González?

—Sí. Era tan bueno que enseguida se lo llevó River, que tenía a Bernabé Ferreyra. ¿Sabés? Entre los paraguayos y los santafesinos tenemos una relación de larga data y mucha gente la ignora. Y no solo en fútbol. Sino desde que se fundó nuestra ciudad hemos estado hermanados a los paraguayos.

—¿Cómo es eso, abuelo?

—Hace muchos... muchísimos años, la ciudad de Asunción tenía, serias dificultades de comunicación con el Virreinato del Perú. Es así que miraron para estos lados y Martín Suárez de Toledo, el teniente de Gobernador de Asunción le encargó a Juan de Garay que fundara un pueblo en donde fijase un puerto. Y desde aquel entonces, ya sea en Cayastá, Colastiné o donde el puerto de Santa Fe se hubiera trasladado, las relaciones entre santafesinos y paraguayos fueron estrechas. Santa Fe era el Puerto Preciso de Asunción, y esa relación de privilegio provocó algunos recelos en otros puertos como el de Buenos Aires.

—Entonces, por eso no es extraño que hayamos adoptado como si fueran uno de los nuestros al Loco González o a Laterza —agregó Marco.

—¡Exacto! —contestó Don León.

—Me gustan tus historias abuelo, son más divertidas que las de la escuela. ¿Hoy me contás de nuevo la historia de aquella copa que le ganamos a Unión y fuiste con mamá en brazos a festejar?

Detrás de ellos apareció la nonna Roma que le hizo señas a Marco que estaba preparada la cena. El abuelo le indicó que le hiciera caso y Marco se levantó de su reposera.

—Esperá, Marco. Hagamos un trato. Después de comer yo te cuento de nuevo esa historia si me prometes que vas a estudiar más el año que viene.

—¿Y vamos a comprar helado antes? Prometido.

Marco se sentó a comer con su abuela frente al televisor. Todo transcurría con normalidad y estaba algo distraído mirando la caja de cartón que había a un costado. Adentro e iluminados por un foquito había una veintena de pollitos. Y estaban ahí hasta que empezaban a crecer y los llevaban al gallinero que había en el fondo de la casa. Al cabo de unos minutos vio ingresar a su abuelo. El semblante de su cara había cambiado y comenzó a arrastrar el pie izquierdo. Estaba teniendo un ataque cerebro vascular. Marco nunca olvidaría aquel momento en que lo vio desplomarse ante sus ojos, ni las luces azules de la ambulancia que lo trasladaba a toda velocidad rumbo al Sanatorio Americano.

Año 1905

En un banco de madera hexagonal en cuyo centro nacía un joven árbol estaban sentados Marco y Don León. De cara hacia el centro de la plaza el brazo del abuelo rodeaba la espalda y rozaba el cuello de Marco, descansando su mano en el hombro del niño. Justo enfrente de ellos, un hombre que lucía un sobretodo negro y un sombrero, parecía estar sumergido en la lectura del periódico que traía entre manos. Pero sus ojos indicaban otra cosa, los estaba observando.

—Esto que está pasando, ¿es real o estoy soñando? —preguntó Marco.

—Depende de cómo lo mirés —dijo el abuelo un tanto enigmático—, es un sueño, lo que no significa que no sea real. Alguien alguna vez dijo que «todo lo que vemos o todo lo que parecemos es simplemente un sueño dentro de un sueño».

—No entiendo, entonces, ¿qué hacemos acá?

—¿Tan rápido te olvidaste? Nos quedó una conversación por terminar.

—No, no me olvidé —dijo el chico mirando al abuelo—, pero, ¿dónde estamos?

—Mirá a tu alrededor.

Marco inició una minuciosa inspección ocular.

La plaza, cruzada por diagonales, poseía una gran cantidad de árboles y arbustos de distintas especies, le llamó la atención un árbol frondoso con grandes flores blancas. Se apreciaban también algunos naranjos y varias palmeras, que por la altura alcanzada, suponían que habían sido plantadas tan solo algunos años atrás.

Al norte de la plaza, con sus dos torres y tres arcos, se erigía la catedral metropolitana, y a tan solo unos metros de allí, una casa de dos plantas con un pórtico sostenido por cuatro columnas angostas, parecía a punto de colapsar. En general, en la zona abundaban los edificios coloniales semiruinosos que irían cayendo en el transcurso del tiempo y bajo el fragor de la piqueta. Otra iglesia, de aspecto colonial y más antigua que la catedral, surgía del lado este, continuada por las paredes de un edificio gris que ocupaba el resto de la manzana. Y del lado sur de la plaza...

—¡Pero sí es el Cabildo! ¿Estamos en Buenos Aires? —dijo el niño entusiasmado.

El nonno avanzó unos pasos al encuentro del curioso que los observaba al que amablemente le solicitó por unos instantes el diario.

—Quédeselo, ya lo había terminado de leer —respondió.

El desconocido depositó el ejemplar del Nueva Época en sus manos y, luego de recibir el agradecimiento de parte del abuelo, se retiró caminando por la diagonal al sur que desembocaba en la fábrica de alfajores de Hermenegildo Zuviría, tradicional en la ciudad, y nacida casi al mismo tiempo que los convencionales constituyentes llegaban desde todos los rincones del país para hacer historia. Don León alcanzó el periódico hasta las manos de su nieto.

—¿Sabías que este periódico se fundó en 1886? —preguntó el abuelo.

—No abuelo, no lo sabía.

—Tomá, lee en voz alta.

Marco lo tomó y comenzó a leer...

—Con solo cinco frascos de Pastillas del Dr. Richards..., digestivas, antisépticas, y no purgantes transforman el estómago de tirano en sirviente, dando vigor y firmeza al estómago, intestinos, corazón y cabeza... Y más abajo dice: Aceite de Hígado de Bacalao del Dr Ducoux, contra enfermedades de pecho, las escrófulas, el linfatismo, la anemia, la clorosis, etc.; cápsulas del Dr. P. Bifogeaud, farmacéutico para enfermedades contra blenorragia, gonorreas, catarro de la vejiga, rematuria, cistitis...

Marco alzó su mirada y comprendió de inmediato que no era lo que el anciano pretendía escuchar por lo que reanudó la lectura.

—...La empresa del Politeama con muy buen acuerdo, dispuso para la función de anoche la representación de Aída, inspirada opera del inmortal Maestro Verdi. La concurrencia, sin ser extraordinaria, fue lo suficiente numerosa, para que el teatro presentase un buen aspecto...

—Mmm ajá, Aída también fue la obra elegida en la inauguración del Teatro Colón —interrumpió Don León.

Marco, de nuevo, buscó el gesto de aprobación de su abuelo, pero rápidamente se dio cuenta que tampoco era la noticia que buscaba, por lo que, desconcertado, comenzó a hacer un resumido y veloz repaso de las diferentes notas que se alcanzaban a apreciar.

—Otras noticias hablan de un viaje que va a hacer el Gobernador Rodolfo Freyre a la ciudad de Rosario, para inaugurar una escuela que llevará su nombre. Otra sobre una solicitud efectuada por los vecinos de las Colonias del Oeste que piden la realización de un camino que una Santa Fe con Santo Tomé. Y acá hay otra sobre gestiones promovidas en el sentido de vincular a esta capital y sus departamentos con las ciudades de Rosario, Buenos Aires y Montevideo por medio de la comunicación telefónica.

—¡No, bien arriba, lee! —dijo Don León.

—¡Cinco de mayo de 1905! —grita Marco.

—¡Sí, y esta es la plaza 25 de Mayo!

A Marco le pareció que la zona estaba algo cambiada. Había visitado algunas veces a su tío en el trabajo de los tribunales, pero el edificio que estaba a sus espaldas no se parecía en nada al Palacio de Justicia. Lo que se levantaba detrás de ellos era la Universidad de Santa Fe, que por ese entonces estaba ubicada en el actual emplazamiento del Poder Judicial en las calles General López y San Jerónimo. Y los tribunales se hallaban, a un par de cuadras donde ahora funciona la escuela Mantovani, en las calles 9 de Julio y Buenos Aires.

Un perro, al que unos niños le habían atado una lata en la cola, pasó corriendo por la vereda de la catedral, provocando las molestias de los vecinos. Seguidamente, se escuchó el ruido de unas explosiones.

Junto con una bandera roja en su puerta era la forma que las casas de remates avisaban el inicio de sus actividades.

Por aquellos años las campanas de las iglesias repicaban para avisar sobre fiestas, nacimientos, defunciones, invasiones de los indios o los distintos momentos del día. Luego de palpar su muñeca izquierda y advertir que no traía consigo su reloj, dirigió su mirada hacia la torre del Cabildo y al cabo de unos segundos agudizando la vista se volvió a hacia su nieto.

—No estoy seguro en que momento del día nos hallamos. Aprovechemos tu buena vista y decime qué hora marca el reloj que está en la torre del Cabildo. No soy un experto manejándome con las campanadas de las iglesias —se justificó Don León— y puede ser que luego se nos dificulte hallar otro aparato que nos indique la hora. Ese reloj es lo único que va a sobrevivir de ese edificio.

—¿Cómo sabés que sobrevivió? ¿existe todavía? —preguntó Marco.

—¡Claro! Ahora está en el campanario de la Iglesia del Carmen, en San Martín y La Rioja. Dale, miralo bien y decime la hora.

Era la una de la tarde cuando, con el ceño fruncido y a paso apresurado, un hombre vestido con los hábitos de sacerdote pasó por detrás de ellos, cruzó toda la plaza y se metió en un edificio color claro, de solo planta baja y techo a dos aguas contiguo a la antigua iglesia pintada de blanco. Don León trató de adivinar el pensamiento de Marco y explicar la situación.

—Eso que está al lado de la Iglesia de los Milagros y donde acaba de entrar el cura, es el viejo edificio del Colegio Inmaculada, que como al cabildo, también demolieron.

—¿Y por qué esa cara tan seria? Parecía preocupado —preguntó Marco.

—Su preocupación puede deberse en parte a ese viaje del gobernador a Rosario que traía el diario entre sus noticias. Ya en otro momento te contaré por qué. Santa Fe siempre fue una ciudad con una población muy católica. A este hecho, lo demuestra la numerosa presencia de iglesias y conventos.

Habían iniciado una caminata hacia el lado del colegio y mientras continuaba explicando, tomó por el hombro a Marco y lo hizo girar. Le señaló un punto en el suroeste. Detrás de la universidad asomaba un templo monumental.

—El general Belgrano, en su paso por la ciudad, en plena campaña hacia Paraguay, se había alojado allí, en el convento de Santo Domingo.

Dieron media vuelta y emprendieron camino por la vereda del Colegio de los Jesuitas, que los acercaba a la zona de los comercios. Marco despejó su curiosidad bombardeando al abuelo de preguntas, cuando éste detuvo de improviso su andar y extendió su brazo izquierdo impidiéndole a su nieto que cruce la calle. Por el oeste venía un tranvía tirado a caballos que realizaba continuos toques de campana motivados por un carro repartidor de licores que había invadido su vía y con el propósito de evitar la colisión.

—¿Qué pasa? —dijo Marco, mientras el carro realizaba denodados esfuerzos por correrse hacia un costado.

—Te voy a contar algo. En 1887, se hizo el primer adoquinado y comenzó exactamente aquí, en la intersección de calles de General López y San Martín, que en aquel entonces se llamaban 23 de Diciembre y Comercio.

—¡Pará, abuelo! ¿Las calles antes tenían otros nombres?

—El congreso constituyente de 1853 influyó en la nomenclatura de las calles. Hasta ese entonces las calles habían tenido solo nombres de las iglesias o vecinos principales. Calle de la Merced, San Francisco, de la Compañía o de José de Lastra, José Carreras, Pedro Gaviola. La que pasaba frente al Cabildo recibió el nombre de Tres de Febrero de 1852, recordando la batalla de Caseros que terminó con la tiranía de Rosas, la calle 23 de diciembre de 1851, por el pronunciamiento de Santa Fe contra Rosas. Después vinieron los nombres de provincias con quien Santa Fe se había hermanado para formar una nación. Y así, de una forma u otra, aquel episodio histórico le dio los nombres a muchas de nuestras calles.

—Perdón, te interrumpí abuelo, querías contarme algo.

—Sí, te estaba diciendo que el primer adoquinado llegaba hasta la Rioja, justo enfrente de la Iglesia del Carmen, y para el sur se extendía hasta calle 3 de Febrero. Mi madre, quizás a modo de advertencia porque yo era un niño inquieto, me contó que a los pocos días de inaugurado el pavimentado, en este mismo lugar que estábamos por poner un pie, una cucaracha había chocado y matado a una mujer sorda. ¡Imaginate! Para las pocas personas que habitaban esta aldea habrá sido un suceso en extremo dramático, más aun teniendo en cuenta que lo novedoso genera a veces ciertos reparos y desconfianza.

Marco lo escuchaba con los ojos desorbitados, y el abuelo continuó con su historia contento de haber atrapado la atención del nieto.

—En cambio, yo que era solo un niño no pude dejar de pensar en ese insecto gigante y la idea de cruzármelo algún día me aterrorizó un buen tiempo, hasta que crecí un poco y comprendí que cucaracha le decían al tranvía tirado por caballos. ¡Esa maldita costumbre de ponerle sobrenombre de bichos y animales a las cosas!

Volviendo otra vez la mirada hacia el lado del Cabildo y casi sin detenerse señaló una torre alargada que sobresalía a su izquierda indicándole que aquella era la jefatura de policía y gracias a su curioso diseño era conocida como La Jirafa. Había sido construida en 1903, colocándose su piedra fundamental en presencia del gobernador de aquel entonces, Dr. Rodolfo Freyre.

Mientras continuaba con las explicaciones sobre aquel edificio de la policía que sería derribado —en parte— casi simultáneamente al cabildo, desde la vereda de un caserón blanco de tipo italiano, una mujer de contextura maciza que llevaba colgado en su cuello un gran crucifijo les gritó.

—Oigan. ¿No han visto a Guille y Ricardito? Niño, ¿no estabas jugando con ellos?

—No, señora —contestó Marco—, ni siquiera los conozco.

—Debe estar confundida, Doña Manuela —intervino Don León—, nosotros acabamos de llegar, pero vi algunos niños que pasaron corriendo con una pelota por la vereda que linda con los muros del colegio.

—Si los vuelven a ver, y alguno de ellos se llama Guillermo o Ricardo, díganle que su madre los está buscando.

—No se preocupe Doña Manuela, hasta luego.

—¿Cómo sabés su nombre? —le preguntó Marco por lo bajo.

—Me parece que lo habré leído en algún lado —dijo el abuelo sin dar más explicación.

Luego de despedirse de la paranaense Doña Manuela Funes de Cullen, reconocida dama de caridad que desarrolló tareas evangelizadoras en Alto Verde de vital importancia, apoyando a los niños que fundaron el Club Atlético Colón, reanudaron su caminata.

Marco iba a un paso más acelerado que su abuelo, que trataba de seguirle el ritmo. La calle adoquinada de San Martín se prolongaba a lo largo de varias cuadras pobladas por innumerables casas y comercios. Se podían hallar almacenes, bancos, zapaterías, sombrererías, camiserías, mercerías, empresas de transporte y encomiendas, casas de música, joyerías y hasta un kiosco de flores.

Algunos pasos mas allá del cartel ovalado que emergía de la peluquería y juguetería Buenos Aires, el abarrotamiento de personas frente a un local dificultaba el normal tránsito de los peatones, que con el fin de esquivarlas, descendían al asfalto para volver a subir a la vereda unos metros más adelante.

—Parece que están inaugurando algún tipo de negocio. Vamos a acercarnos así vemos de que se trata.

—Ojalá sea una heladería —dijo el nieto.

Entremezclados en aquel enjambre de personas alcanzaron a distinguir el cartel colocado sobre el dintel de la puerta del comercio que rezaba TALLER DE CONFECCIÓN DE JOPOS Y PEINADOS POSTIZOS PARA SEÑORAS.

«¡Qué rara es la gente de esta época!», pensó el niño.

Desilusionado porque otra vez pospondrían el asunto del helado, no tardaron en retomar su rol de turistas para darse cuenta que sobre el lado de la calle Buenos Aires, donde aparecía el sol al amanecer, custodiado por unos imponentes ombúes, sobresalía parte de la arquitectura extravagante de una especie de palacio que llamaba la atención de los visitantes. Advirtiendo el interés que su nieto mostraba ante tan maravillosa obra que parecía sacada de algún lugar muy lejano, Don León comenzó a contarle algo de su historia.

—La conocen como La Chinesca, fue la casa de un gobernador y el Palacio de las Leyes y la Constitución.

—Parece un lugar importante abuelo, me gustaría acercarme a verla.

—¡Claro que sí y lo haremos más tarde! En aquella casa tuvieron lugar muchas fiestas donde acudía gente importante de Santa Fe y Entre Ríos, como el general Justo José de Urquiza. En alguna ocasión también se habría alojado Domingo Sarmiento. Más tarde, se convirtió en un hotel, una academia de baile, y en los años posteriores se convertirá en la sede del Partido Radical. Durante varios años y hasta la construcción del Puente Colgante ha sido el paso obligado de cualquier turista que visitase la ciudad.

El dialogo fue interrumpido por los gritos de un vendedor.

—¡Pase y visite! ¡La casa más antigua y con mayor surtido en turrones, mazapanes, peladillas y almendras! ¡Todos los vinos y licores! —gritaba un vendedor en la esquina con la calle Moreno.

Volvieron a divisar al carro repartidor de licores estacionado al frente del almacén La Buena Medida. Continuaron por aquella vía principal y pasaron sin detenerse por delante de la Botica Francesa, ocasión aprovechada por Marco para preguntar qué era una botica.

—Bueno, es el lugar en que encontrarías las pastillas del Dr. Ducoux o el aceite de hígado de bacalao, tan beneficioso para la salud según lo que decía el diario. Es una especie de farmacia, Marco. Allí, preparaban los medicamentos artesanalmente. Un farmacéutico importante y por el cual, hoy, una escuela lleva su nombre fue José Beleno.

El polvillo que se levantaba delante de la cuadrilla de albañiles que en los meses sucesivos culminarían de edificar el Teatro Municipal hizo que se desviaran y cruzaran hacia el lado opuesto, donde se ubicaba el Banco Provincial.

Un rayo de sol, que se filtraba a través del cielo encapotado de nubes y rebotaba en el vidrio del reloj de un metro de diámetro instalado al frente de la joyería de José Worms y Cía., se convertía en un inusual faro, que a modo de truco publicitario accidental, atraía la atención de los transeúntes.

No fue tanta la sorpresa de Marco al descubrirlo, pese a que aún resonaban las palabras del abuelo alertándolo sobre la posibilidad de encontrarse con uno a corto plazo, ya que recordaba las palabras textuales de un artículo del diario que no había leído en voz alta que refería a la inauguración de un reloj por una joyería: «Por las noches está iluminado a luz eléctrica y dará diariamente la hora oficial. La misma casa inaugurará dentro de algunos días más las grandes vidrieras modernas».

Un poco cansado del ajetreo, el anciano avisó que se encontraban a dos calles de la estación de tranvías de la línea Progreso de Santa Fe Nota 1 y que sería conveniente utilizar ese medio de transporte para seguir recorriendo la ciudad. Ni bien había terminado de redondear la invitación, recordó lo que se decía de la dudosa cultura de la higiene Nota 2 de los santafesinos por aquellos años y cambió de idea.

Caminaron un poco más y se distrajeron mirando la vidriera de una tradicional camisería y sombrerería de la ciudad. Siguieron un poco más allá y luego de dejar atrás los pianos y gramófonos que estaban exhibidos por la casa de música La Lira, casi enfrente del Banco Español del Rio de la Plata, vieron como algunas personas dispensaban un saludo formal a un hombre de mediana edad.

—Se trata casi con seguridad, de alguien importante —afirmó Don León.

—¿Cómo lo sabés? —preguntó Marco.

—Ya se perdió, pero hubo una época que había todo un lenguaje que interpretar al respecto. Como si fuera de señas, pero de sombreros. Por ejemplo, quitarse el sombrero girándolo a la derecha significaba indiferencia.

—¿Y a la izquierda?

—Significaba simpatía. Y esos señores lo que hicieron fue elevar el sombrero en alto.

—¿Y eso que quiere decir?

—Que tienen un concepto muy alto de esa persona.

El abuelo no se había equivocado. Una vez que se alejaron las personas y el hombre había ingresado a su domicilio, se acercaron y notaron que un cartel indicaba que era el consultorio del cirujano Manuel J. Menchaca.

—Esa persona que acabamos de ver —dijo Don León—, va a ser el primer gobernador de la provincia electo por el voto secreto.

El cansancio volvió a sentirse en las piernas del abuelo que comenzaban a flaquear. Volvió a mirar hacia la calle que cortaba la vía San Martín. El ruido de los pasos de caballos iba en aumento.

—¡Mateooo! ¡Mateooo! —Don León gritaba a la par que agitaba sus brazos y chiflaba.

Esta vez no se trataba de ningún personaje que hubiese descubierto por coincidir con la descripción de algún libro. Delante de ellos se detuvo un carruaje negro con capota reclinada y traccionado por un caballo. El chauffeur les hizo indicaciones para que suban y comenzó el mini tour por la ciudad. Dejaron atrás el empedrado de la vía principal de los comercios y siguieron por la calle San Juan que era de tierra.

—¿Como supiste el nombre del cochero?

—En realidad no lo sé, y además creo que hubo una confusión.

—No entiendo, entonces ¿cómo supo que lo estabas llamando si te habías confundido de nombre?

—La confusión no era con el nombre del cochero, sino con el que se conoce este tipo de transporte. El carruaje popularizó el nombre de Mateo luego del estreno de una obra de teatro de Armando Discépolo, en la cual el protagonista era un inmigrante italiano que le contaba sus penurias económicas a su viejo caballo llamado Mateo. Y ese estreno teatral ocurrió en 1923. El cochero probablemente frenó por las señas que le hice.

El primer lugar que visitaron fue donde se encuentra la Plaza San Martín, llamada en otro tiempo Plaza de la Federación, en cuyo centro se elevaba uno de los primeros monumentos del país dedicado al padre de la patria, y amojonada hacia el oeste por la nueva catedral que estaban construyendo con materiales traídos del viejo continente; y al sur por uno de los edificios más emblemáticos y elegantes que tuvo la ciudad perteneciente al Consejo de la Educación y que durante algún tiempo después de la demolición del cabildo funcionó como sede de la gobernación.

—Quizá porque la zona circundante a la plaza 25 de Mayo representaba al pasado colonial y a principios de este siglo ya éramos en un joven país independiente algunos consideraron que este lugar podría convertirse en el nuevo centro cívico —se apuró en explicarle el abuelo.

—¿Podemos ir a ver cómo era la casa de la abuela? —pidió el nieto.

—Más allá del bulevar Gálvez no hay nada. Solo zonas de quintas y campos. No vas a encontrar más que un par de vacas pastando.

La ciudad, tal como era en 1905, no había expandido demasiado sus límites urbanos. El lado oeste no se extendía más allá de la calle Córdoba. El lazareto Nota 3, los polvorines, hospitales y cementerios se ubicaban fuera de aquellos límites. Las inmediaciones al bulevar Gálvez eran consideradas la parte norte de Santa Fe.

Marco comenzó a sentir la boca seca y mientras trataba de adivinar si la gente tendría ya instalaciones con agua corriente o seguirían sacando agua de los aljibes como solía ver en aquellos actos patrios escolares en que representaban al 25 de mayo de 1810 o al 9 de julio de 1816, el carruaje giró a la derecha por indicación de Don León y siguió por Humberto Primo avanzando algunas cuadras.

Mientras se acercaban a la plaza que en 1887 tuvo la primera exposición de Santa Fe de productos industriales, comerciales y agrícolas ganaderos.

«On parle francais, si parla italiano, english spoken», se leía en un papel pegado contra el vidrio de un negocio, revelando el carácter cosmopolita de la zona.

—La plaza España... pero..., ¿dónde está su caja armónica? —dijo Marco.

—Sí, antes conocida como Plaza de las Carretas, porque servía de estación de carretas que transportaban madera y carbón. También se llamó Progreso y Cristóbal Colón. No tenía en esa época ningún tipo de árbol plantado. Estaba pelada. No tenía ni estos gomeros, ni las palmeras ni los jacarandás que estás viendo. La caja armónica, obviamente, no está, ya que la construyeron en 1922.

En el horizonte se revelaba una farmacia con una pintoresca cúpula y más al fondo y donde terminaba la calle se encontraba la estación francesa del ferrocarril A las Colonias.

—Dentro de un mes aproximadamente —dijo Don León emulando un poco a Nostradamus— y, culpa del desborde del río Paraná, esta zona va a quedar bajo agua. Se va a transformar por un tiempo en una pequeña Venecia. A la farmacia van a entrar en canoas y los empleados atenderán el local arriba del mostrador.

Petrificado por las profecías de su abuelo y sin apartar la vista, hasta el momento en que viró otra vez el mateo para continuar hacia el sur, Marco había contemplado aquella estación de tren desconocida por él y emplazada sobre el mismo lugar en el que había visto llegar y partir miles de ómnibus.

El viaje en aquel transporte impulsado por un cuadrúpedo tocó a su fin al llegar al Puerto de Pasajeros, situado entre las actuales calles 25 de Mayo y Mendoza sobre el margen del riacho Santa Fe.

Continuando a bordo de un lanchón proveniente de Santa Rosa de Calchines y que además de algunos pasajeros transportaba papa, batata, choclos y flores de distintos tipos y colores.