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Algunas piezas denunciaban muy a las claras la existencia de una superchería; otras, en cambio, abrían un interrogante que aún no tiene respuesta satisfactoria. Desde entonces hasta hoy, la cuestión del Leyes ha estado sobre el tapete, apasionando a especialistas y aficionados, y adquiriendo, por momentos, caracteres de escándalo…». Francisco de Aparicio, 1937 «…Pero nuestros morenos casi no nos han dejado ni su recuerdo. Nuestra historia parece complacerse en olvidarlos, en evitarlos». José Luis Lanuza, Morenada.
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Seitenzahl: 386
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Vicentini, Marisa, 1971-
El color de nuestro olvido : novela histórica / Marisa Vicenti. -- Bogotá : Cangrejo Editores ; Argentina : Ediciones Gato Azul, 2022.
232 p.
Incluye datos del autor.
ISBN 978-958-5532-39-7
ISBN DIGITAL 978-958-5532-58-8
1. Novela argentina - Siglo XXI I. Título
CDD: A863.5 ed. 23
CO-BoBN– a1089173
PRIMERA EDICIÓN: MARZO DE 2023
EDICIÓN ELECTRÓNICA: JUNIO DE 2023
© Marisa Vicentini, 2023
© Cangrejo Editores, 2023
Transversal 93 núm. 63-76 Int. 16, Bogotá, D.C., Colombia
Telefax: (571) 276 6440 - 541 0592
www.cangrejoeditores.com
© Ediciones Gato Azul, 2023
Buenos Aires, Argentina
ISBN: 978-958-5532-39-7
ISBN DIGITAL 978-958-5532-58-8
DIRECCIÓN EDITORIAL:
Leyla Bibiana Cangrejo Aljure
PRODUCCIÓN EDITORIAL:
Víctor Hugo Cangrejo Aljure
PREPRENSA DIGITAL:
Cangrejo Editores Ltda.
DISEÑO GRÁFICO:
Sandra Liliana González Bolaños
DISEÑO CARÁTULA:
Diego Alejandro Ramírez Perea
Todos los derechos reservados, ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en sistema recuperable o transmitida en forma alguna o por ningún medio electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros, sin previo permiso escrito de Cangrejo Editores.
El texto y las afirmaciones que contiene esta obra son de la exclusiva responsabilidad del autor. Ni los editores, ni el impresor, ni los distribuidores, ni los libreros tienen responsabilidad por lo escrito en esta novela. Esta historia esta inspirada en hechos reales.
IMPRESO POR:
Multi-impresos S.A.S.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Para Casimiro,muerto por volver sin la carneque le mandaron comprar;
Agustina,azotada por no ganar eljornal exigido por su ama;
Francisca,amarrada a una escalera y azotadapor hablar con las manos en la cintura;
Engracia,muerta por los golpes que ledio un vendedor en la calle;
Bonifacio,castigado por no poder controlaruna manada de bueyes.
Y para todos aquelloshombres, mujeres y niños anónimosque dieron su último suspiro sin conocerla “benignidad” de la esclavituden el Río de la Plata.
«Algunas piezas denunciaban muy a las claras la existencia de una superchería; otras, en cambio, abrían un interrogante que aún no tiene respuesta satisfactoria. Desde entonces hasta hoy, la cuestión del Leyes ha estado sobre el tapete, apasionando a especialistas y aficionados, y adquiriendo, por momentos, caracteres de escándalo…».
Francisco de Aparicio, 1937
«…Pero nuestros morenos casi no nos han dejado ni su recuerdo. Nuestra historia parece complacerse en olvidarlos, en evitarlos».
José Luis Lanuza, Morenada
1
LA LLEGADA DEL PROFESOR
HERIDO EN BATALLA
DEAR GRANNY
UNA LETRA TE LLEVARÁ A UNA PALABRA
LA HORA DEL TÉ
2
NACER EN LA TUMBA
EL ENCARGO
UN CÁLIZ LLENO DE SANGRE
SEIS CUEROS, UN TRAJE DE TERCIOPELO Y UN PEINE DE MARFIL
ESCLAVA
3
EL AROMA DE LAS MANZANAS
LA ALFARERA
EL RÍO DEL OLVIDO
4
EL SECRETO DE LA HABITACIÓN DEL FONDO
HUIDA EN LA MADRUGADA
CUANDO TODOS DUERMEN
PRISIONERA DEL CAPITÁN
JERÓNIMO
LUCES EN LA NOCHE
LET’S BEGGIN
5
EL PARAÍSO DE LOS NEGROS
6
UN GATO ENTRE LOS DEDOS
Ciudad de Santa Fe, 1934
LA MAÑANA ERA EL MOMENTO del día que más le gustaba. En la soledad del museo podía pasar todo el tiempo que quisiera con los objetos. Podía tocarlos y dejarse llevar por las imágenes que en su mente recreaba el palpitar del pasado latiendo dentro cada cosa. Oía los susurros de los niños guaraníes en la madera tallada de un retablo del Altoperú, sentía el cansancio de una anciana, encorvada bajo la luz de la vela, en las puntadas del bordado de una casulla barroca, veía la sombra de unas manos pequeñas en las imperfecciones de las vasijas mocovíes. Era meticuloso y le gustaba llegar temprano, antes que los demás empleados, y no era por la intención de premiarlo, más bien el hecho de poner en evidencia sus frecuentes retrasos, que Joaquín Frenguelli, el director del Museo Colonial de Santa Fe, había terminado dándole la llave y la responsabilidad de abrir todos los días. Con el paso del tiempo, los empleados se acomodaron a la seguridad de que Felipe se encargaba de poner todo en orden, de manera que hasta el mediodía no aparecía nadie y sólo estaban Rosario y él. Ella era la razón por la cual, cada tanto, se quedaba en la vereda hasta escuchar la moto. A partir de ese momento contaba hasta diez y ella doblaría la esquina a toda velocidad levantando una nube de polvo. En días como esos él simulaba haberse demorado buscando la llave y aprovechaba la casualidad del encuentro para conversar del clima o de algún nuevo objeto en el museo. Como esa vez cuando estuvo dos semanas pergeñando su plan más osado. Le dijo, con su mejor cara de pánico, que había perdido las llaves. Todo para que ella, con esa voz un poquito rasposa que siempre terminaba las frases como si le hablara a un cachorrito, le dijera: «No te preocupes, Felipe. No es que hay fila de gente esperando entrar… somos nosotros dos nada más». Él simuló el entusiasmo de una ocurrencia espontánea: si ella se animaba, tendrían que entrar por la ventana de la biblioteca y después él iría a lo del cerrajero para hacer una copia sin que se enterara el quisquilloso de Frenguelli. Un plan posible sólo si ella era capaz de sostenerlo entrelazando las manos para que él apoye un pie y así alcanzar la ventana. Fue la idea perfecta para tenerla cerca, sentir el aroma frutal de su perfume, la calidez de su cuerpo. Tras muchos intentos fallidos, y un tendal de carcajadas, Felipe se escurrió como un gato por la ventanita creando entre ellos la complicidad ingenua de una anécdota casi infantil.
Colgó las llaves en el gancho al lado de la puerta y reparó en el damero blanco y negro que se expandía por el pasillo hasta el patio del fondo. Todos los días, excepto los domingos cuando descansaba de las sensaciones que ese piso le transmitía a través de los pies, recorría el camino a su oficina por un sendero preestablecido. Esquivó el rincón que le daba dolores de cabeza y donde, a veces, escuchaba un llanto. Bordeó el lugar adonde tenía la certeza de que había aterrizado de cabeza alguien desde el balcón del primer piso y aquel sitio en que un hombre murió acuchillado por un indio vengativo. El edificio era viejo y arrastraba mucha historia. Llegó, por fin, a la salita ínfima que era su lugar de trabajo, apenas una antesala del despacho del director. En su escritorio estaban las cajas con los legajos del inventario de alfarería indígena que, exasperado e iracundo, le había pedido sacar del depósito Frenguelli el día anterior, cuando se enteró que venían de Buenos Aires a verlo por el irritante tema de los hallazgos en el Arroyo de Leyes. Se había puesto como loco; mandó a todo el mundo a hacer tarjetas nuevas para el material en exhibición, confeccionar listas de cosas absurdas, ordenó limpiar las vitrinas y buscar los legajos que había de la colección Bousquet, los que casi manda a destruir, porque Frenguelli estaba harto del tema, saturado de toda esa chapucería barata. Pero Bousquet y la entrometida de Amelia Larguía se creían los artífices de la arqueología de Santa Fe, actuaban como los dueños de la verdad y no lo dejaban en paz. No les había bastado con su palabra de honor como máximo responsable del museo y la promesa de una exhibición de las piezas tan pronto fuera posible. No, ellos seguían insistiendo, buscando, levantando cosas del suelo, desenterrando porquerías y animando ridículas esperanzas de tener entre las manos el gran hallazgo arqueológico argentino del siglo. Ahora habían cruzado todos los límites llamando a Buenos Aires para pedir la intervención del Museo de Antropología, esos carcamanes porteños que se las daban de iluminados, caricaturas de segunda de los grandes científicos europeos. Pero a él, como director y autoridad absoluta, no le iba a temblar el pulso, estaba listo para poner a todos de patitas en la calle y terminar con este delirio de las piezas del Leyes. Esa era una de las palabras que usó cuando le dijo a Felipe, con un temblor en el ojo derecho, que tuviera listos los legajos para hoy: ¡Delirantes, chiflados, mentirosos, busca famas y busca pleitos! descerrajó entre otras tantas cosas más. Santa Fe no necesitaba que ningún pseudo experto, mucho menos un novato de la arqueología, un autodidacta, llegara a dar veredictos de lo que él ya había estudiado, calificado y certificado como una falsificación, que para hablar de culturas indígenas nadie más autorizado que él y que así vinieran del Museo Británico de Londres o del Louvre la respuesta iba a ser la misma: el director del Museo Colonial, Joaquín Frenguelli, dictamina que todo esto es falso y punto.
Los atiendo mañana y taza, taza cada cual para su casa. Si la gente que va a ese campo me dijo a mí, ¡a mí!, que las piezas de la colección Bousquet que me mostraron no las habían hecho, imagínese semejante comentario, ¡el descaro con el que afirman que las que venden sí son hechas por ellos mismos! ¡Falso todo falso! ¿Dónde se vio que las culturas indígenas fabriquen cosas tan vulgares? ¿No saben estos ignorantes cómo era la producción material de los indios de nuestra zona? dijo al marcharse el día anterior, con la frente atravesada por una vena hinchada que anticipaba un pico de presión. Recordando lo de taza, taza, fue a buscar la suya y se preparó un café. En eso estaba cuando escuchó el ritmo quebrado e inconfundible de los pasos de Rosario acercándose. Enderezó la espalda porque la abuela siempre le dice que anda encorvado y por eso se ve más petiso. En el colegio había sido el primero de la fila toda la vida, algo que durante la primaria le daba cierta seguridad, pero que en la secundaria dejó de causarle gracia cuando eso mismo significó ser el más insignificante entre los varones de la clase. Granny, como a Felipe le gustaba llamar a su abuela, le decía que algún día iba a pegar el estirón. Lo pegó a los quince años, tan de golpe que después de una semana con fiebre salió de la cama diez centímetros más alto y pasó cuatro lugares más atrás en la fila, cosa que mejoró muy poco su situación social ya que la popularidad que había ganado en altura la perdió, irremediablemente, con el extraño hábito de usar guantes.
Se apuró con el café y lo llenó demasiado, el líquido caliente se le derramaba en las manos. En instantes ella se asomaría diciendo buenos días, Feli. ¿Todo bien? y él trataría de verse encantador e irresistible.
—Buenos días, Feli. ¿Todo bien?
Apenas terminaba de acomodarse en la silla, pero con gran destreza aparentó estar concentrado en los legajos y sin atisbo alguno de estar esperándola.
—Buen día, Rosario. Todo bien, acá encarando un día de mucho trabajo…
—¿Qué te pasó en la mano?
Tenía dos ampollas grandes como burbujas de detergente en la mano con la que aún sostenía la taza de café.
—Uy, me quemé.
—¿No te diste cuenta? Voy a buscar el botiquín.
Felipe se miró la mano con pesadumbre. Si se hubiera puesto los guantes no se habría quemado, pero estaba harto de los guantes, de las visiones y de sus manos. Solo le importaban Rosario y Frenguelli, aunque por razones totalmente opuestas.
El director apareció de la nada, se detuvo frente a él, y le dio un susto.
—¿Qué le pasó en la mano Felipe? ¿Puede ser que justo ahora que tenemos que revisar toda esa pila de papeles usted se lastima? Necesito que separe todo lo referente a la alfarería del siglo dieciocho temprano. Separe especialmente los mapas que hice sobre los desplazamientos de las tribus aborígenes en el eje del Paraná… busque y organice todo que hoy llegan los sabiondos de Buenos Aires y no manche nada con el agua de esas ampollas, ¡por Dios!
Frenguelli se metió en su oficina y antes de que cerrara la puerta, Felipe lo escuchó decir: «¿De dónde salió este pibe?».
Rosario le vendó la mano con una tira de gasa, cada vuelta que le daba le hacía una pregunta: si le dolía mucho, si iba a hacerse ver con un médico, que cualquier cosa le recomendaba el suyo, el mismo desde que era chiquita, por lo de la polio, pero una mano era algo que cualquier medico podía curar. Felipe le decía a todo que sí y le olfateaba el pelo con disimulo.
A las cuatro de la tarde hubo un alboroto general en el salón principal y supo que el drama estaba comenzando. Frenguelli salió disparado dando órdenes e indicando a todo el mundo que vaya con urgencia al auditorio, como le gustaba llamar a la triste salita de proyección. Lo que no se esperaba Frenguelli era que la gente de Buenos Aires pasara brevemente a saludar y a coordinar de inmediato una visita para el día siguiente al sitio de los hallazgos. De pasar al auditorio, ni la más mínima muestra de interés. Por lo visto el profesor de Buenos Aires venía advertido sobre las activas y concretas intenciones desmotivadoras de Frenguelli, que puso cara de nada, fingió una liviandad que no le sentaba bien y respondió con cortesías, pero al darse vuelta tenía las mejillas como dos tomates hervidos. Se excusó por un supuesto llamado que atender y desapareció dando un portazo en la oficina.
El profesor Francisco Aparicio se quedó con las palabras en la boca. Era un hombre delgado, de energía vibrante e inquieta. Tenía el pelo negro peinado al costado con gomina, una nariz larga y ganchuda sobre la que se encastraban unos anteojos de vidrio grueso y tosco marco de carey marrón que, con el sudor de esa tarde calurosa de septiembre, se le resbalaban hasta el borde de la nariz. Felipe contemplaba la escena y no sabía muy bien qué hacer. Su función era la de asistir a Frenguelli en el auditorio pasando las diapositivas y mostrando los documentos y las piezas, quizás hubiera tenido la oportunidad de decir algunas palabras sobre los hallazgos en la orilla del arroyo. Los anteojos del profesor cayeron ruidosamente al piso y Felipe se apresuró a levantarlos.
—¡Ah! Profesor Aparicio, este es Felipe, el joven del que le estaba hablando… —dijo Rosario que se acercó a romper el hielo—. Nadie mejor que él para acompañarlo al sitio. Felipe es quien ha escrito todos los cartelitos descriptivos de nuestras piezas en exhibición y es un investigador increíblemente dotado e intuitivo —Rosario se puso seria—. No nos explicamos cómo lo consigue, pero cuando Felipe estudia un objeto lo hace de una manera tan exhaustiva y profunda que parece que pudiera ver el pasado para luego contarnos todos los detalles… —Felipe revoleó los ojos y se sonrojó—va a serle de gran ayuda, conoce bien el lugar y tiene trato con los lugareños… —y en voz baja agregó—: Desde que el señor Frenguelli los denunció en la prensa no dejan pasar a nadie, pero a él seguro que sí. Felipe, te presento al profesor Francisco Aparicio del Museo de Antropología de la Universidad de Buenos Aires.
El profesor tendió la mano y Felipe titubeó unos instantes, semejante introducción lo dejó sintiéndose desnudo.
—Oh, —dijo con una gran sonrisa—¡cuánta imaginación tiene Rosario, eso de ver el pasado! Qué útil sería para los que trabajamos en un museo tener una habilidad así… es tan exagerada… Un gusto conocerlo profesor.
No tenía alternativa, si no estrechaba las manos quedaría como un mal educado, pero Felipe no estrechaba manos y se quedó a medio camino. El profesor vio que tenía las gasas y le dio una palmada en el hombro.
—Esperemos que se cure esa herida, que usted y yo necesitamos meternos en el barro. Mañana a primera hora, a las ocho, lo espero en el bar de la plaza. Traiga pala, cepillos y todo lo demás. Según dice la señorita usted es un experto.
—No, qué locura, experto no. Ojalá algún día, profesor —dijo Felipe entusiasmado—. Ahí estaré.
Volvió a su casa con el pecho inflado de emoción. Una auténtica investigación en el sitio arqueológico más misterioso del país, el lugar que provocaba las disputas científicas más acaloradas de Santa Fe, la razón de la bronca eterna de Frenguelli y el motivo por el cual él siempre quiso ser un profesional de la arqueología. Había ido muchas veces al campo, a tomar notas de las zonas que ya habían sido devastadas por los ladrones que vendían las piezas como baratijas. Felipe había visto muchas de esas piezas asomarse en el fango, le bastaba tocar una sola para percibir que arrastraban energías poderosas, las más fuertes que sintió en su vida. Eran radiaciones de dolor físico y emocional que le quemaban los dedos, tan diferente a lo que experimentaba en el museo o con los pequeños objetos que traían los clientes de Granny cuando necesitaban conectar con otros planos.
Eran las siete de la tarde cuando abrió la puerta. Las campanas de la iglesia hacían vibrar los vidrios de los ventanales altos y estrechos de la casa antes blanca y ahora gris, como el pecho de una paloma que había anidado encima del ángel de yeso sobre la fachada. La iglesia parecía estar pegada a la casa y el campanario se sentía sobre su cabeza, a pesar de los cien metros que los separaban. Ese sonido a Felipe le retumbaba en el cuerpo, eran campanas muy viejas, decían que las había colgado el mismísimo Hernandarias. A veces le hacían doler el estómago, como le pasaba con las visiones: esos pantallazos que lo asaltaban sin aviso al tocar algún objeto.
A los seis años se había metido en la iglesia por una puerta del costado; tenía la idea fija de subir a la torre para tocar las campanas, quería ver si sentía algo del mismísimo Hernandarias. Estaba impresionado por un esqueleto que había visto en el yacimiento arqueológico de Cayastá, supuestamente del mítico gobernador, pero la mujer que cambiaba las velas en la iglesia lo pescó a mitad de camino y lo llevó de la mano a la casa de su abuela quien a modo de castigo lo puso a pelar papas.
Por la corriente de aire con olor a gas supo que ella ya estaba en la cocina haciendo mate. Dejó los zapatos en el zaguán, debajo del cuadro de San Patricio que trajeron de Irlanda, y atravesó en medias el pasillo de mosaicos fríos, iluminado de refilón por la luz tenue de la cocina. Era otra primavera más viviendo con su abuela en Santa Fe. La mujer que no lo dejó solo cuando pasó lo del incendio, la que entró a la comisaría a los gritos exigiendo que le entregaran a su nieto, o si no, iba a romper todo a bastonazos. El fuego lo empezaron los otros, los vagos, decía. Este me salió estudioso y ustedes no me lo van a venir a joder metiéndolo en una jaula.
La mujer que le pasaba la mano por el pelo y murmuraba oraciones en su idioma musical, la que era su única, pequeña y muy cerca de ser finita, familia. Estaba sentada con el mate en la mano y la pava en la otra; «Maldita costumbre que me vine a agarrar en este país de locos», decía chistosa mientras chupaba la bombilla hasta hacer ruido. Se había ido achicando de a poco, ya le sobraba la ropa y se le marcaban los huesos a través de la tela. A Felipe la vejez le daba una pena culposa, pero si ella llegaba a sospechar esos sentimientos de lástima era capaz de decir cualquier barbaridad a los gritos. Granny, en la intimidad, hablaba como un cantinero, pero era una señora exquisita y refinada cuando estaba con sus clientes. Había sido fuerte y orgullosa toda la vida. Los trabajos que tuvo en las casas de las mejores familias del pueblo, muchas veces terminaban abruptamente por alguna palabrota que se le escapaba a su boca incontinente. Aunque al poco tiempo los clientes venían a pedirle que regresara porque nadie era más honesta, cumplidora y trabajadora que ella. Solía decir con nostalgia que en Irlanda se había cansado de enterrar parientes y que la Argentina le daba la paz de saber que no pasaría por eso de nuevo, pero era Felipe quien sufría de solo pensar que cualquier día de estos iba a ser él quien se ocuparía de su entierro y de pensar que sin ella no sabía qué hacer con la vida. Entonces pensaba en Rosario, la archivista hermosa, fragante y renga, o pensaba en la arqueología.
—Hello…
—¿Dear? No te sentí. Dame un beso que no escucho una mierda. ¡Qué maldición que tengo encima! ¡Justo a mí me viene a pasar esto!…
—Granny, tenés noventa y nueve mil años, qué querés… es normal perder el oído, la vista… everything —respondió besándola en la mejilla. Ella estaba sentada al lado de una pila de periódicos que llegaba hasta el borde de la mesa. Se negaba a tirarlos, siempre le quedaba algo por leer en cada uno e, increíblemente, recordaba exactamente en qué ejemplar estaba cada noticia.
—¿Quién dijo que yo perdí la vista? Es el infeliz del oculista que me hizo los lentes para la mierda, no no no los voy a usar. Además, veo quite fine. ¿Tomamos mate? ¿Cómo fue hoy?
Posó la mirada en las manos de la vieja, cada dedo como una raíz seca, la piel como barro cuarteado.
—Bien. Llegó el arqueólogo de Buenos Aires, mañana temprano quiere que vaya con él al Leyes.
Ella percibió la vacilación, la duda en el aire que exhalaba Felipe.
—Estás feliz y preocupado. Parece mentira sweetheart… ahora te necesitan a vos.
—No me necesitan abuela, solo tengo que acompañar al profesor al sitio. No quiero mate, prefiero té.
—No no no tienen idea de cuánto necesitan esas manos tuyas. Yo también quiero té, no me gusta el mate…
—¿Y por qué seguís tomando mate si no te gusta? —dijo Felipe mientras ponía la pava en el fuego para que hierva el agua.
—Es que a los argentinos les gusta tanto tanto tanto que aún me da curiosidad… —la anciana se encogió de hombros—.
Sweetheart, tengo en el cajón de la cómoda una cosita que me trajeron hace años… algo que te gustará. Después del incendio decidí esconderlo, quería que olvidaras todo eso… the old stuff. Me lo regaló Carlos, el viejo de Los Zapallos hace años… ¡Cómo le gustaba revolver en el barro de la orilla del arroyo! Parece que lo estoy viendo, con las botas de goma y la pala. Siempre decía que había un tesoro escondido en sus tierras. Cuando nosotros dos llegamos de la isla, vos eras muy chiquito y le alquilé una pieza. Ya en la primera noche los escuché… oh, yes, yes… por eso nos fuimos de ahí. Así que, mirá mirá mirá, si serán verdaderas las historias del Leyes que ahora vienen los científicos, the real ones.
—Frenguelli está como loco. Cree que los de Buenos Aires quieren arruinar su reputación profesional.
—Frenguelli siempre fue un italiano arrogante, un un un sabelotodo… —dijo apuntando con un dedo a un Frenguelli imaginario en la puerta de la cocina.
—Puede ser, pero es mi jefe y vos le pediste este trabajo para mí.
—A mí me dijo una vez…
Felipe la interrumpió levantando la mano:
—¡Ya me lo dijiste Granny!
—¡Que que que en Irlanda sólo sabemos comer papas! That bastard succiona fideos en el desayuno.
Felipe revoleó los ojos.
—El tema es que él es quien más sabe de culturas indígenas, de medicina, de alfarería, de geología, de botánica… ¡De todo! y como en el Leyes no fue quien hizo los hallazgos prefiere negar y acusar a Bousquet de fraude, polemiza sin parar. Ahora dice que si insisten va a sacar una solicitada en «El Litoral» o en «El Orden». Es capaz.
—Como si a alguien le importaran estas cosas con lo que está pasando en el mundo. ¡Hay para entretenerse de sobra!… el diario de hoy dice que hubo un nuevo brote de difteria, van cinco chicos muertos en San José del Rincón… Well, the thing is que yo decía que tengo esa cosita hace años y ahora que el tema del Leyes sale otra vez… si querés ves si te sirve.
Felipe apoyó la taza en el platito y la miró perplejo.
—Granny ¿vos no tendrás una pieza del Leyes en el cajón y nunca me dijiste nada?
—Es que a vos esas cosas del arroyo te hacen mal, fíjate lo lo lo del incendio.
—¿Y si olvidamos eso de una vez? Ya me cambias el tema. ¿Y por qué te la regaló ese tipo?
—El pasado suele darse una vuelta cada tanto —respondió la anciana mirando el mate vacío—. Nunca me gustó el mate… ¿Cuál es la gracia de tomar algo tan amargo?
—No tomes mate, Maggie O´Donoghue y no te sientas mal por eso, sentite mal por ocultadora—exclamó Felipe desde el pasillo camino a la habitación de su abuela.
Antes de abrir el cajón respiró un vaho de naftalina. La casa de la abuela tenía esos olores que se impregnaban en la memoria, a Baigón, al perfume «Siete Brujas», el del frasco redondo y estriado con la sombra de un líquido espeso color caramelo y un moñito de terciopelo azul, duro y desteñido, que aún seguía impertérrito en el mismo lugar sobre la cómoda. «Para qué querés siete si con una como esta te sobra» —pensó.
—¡No me trates de bruja! Soy una respectable spiritual channelist —respondió la anciana desde la cocina leyendo sus pensamientos.
Tanteó con los dedos entre la ropa y se dejó llevar por el remanso de gratas sensaciones que la textura de las prendas le transmitía. Ella ponía bolsitas con flores de lavanda en los cajones donde guardaba la ropa de lana rústica que nunca más había usado, pero que conservaba como una reliquia. En el fondo del cajón dio con el objeto, lo percibió antes de tocarlo por el hormigueo en la yema de los dedos. Tomó aire y lo desenvolvió con mucho cuidado, temía la fragilidad de los objetos del Leyes. Los dedos ya le dolían. Lo reconoció de inmediato, era como otros que había visto de chico. A causa de uno de estos sucedió lo del incendio… Felipe sintió el pecho cerrado, una angustia en el cuerpo. Salió corriendo a buscar los guantes. Esos guantes, motivo de burla constante cuando iba al colegio o fuente de cuchicheos ahora que trabajaba en el museo, eran la única manera de poder relacionarse con la vida material sin volverse loco. Regresó resbalando en el piso encerado, se puso los guantes y alzó la pieza de cerámica para verla bien a la luz. Estaba intacta, sin un rasguño. Una auténtica y original pieza del Leyes. Podía escuchar su corazón sonando como un bombo, en algún lugar lejano. Era un gato de arcilla cocida, ennegrecida, tosca. Un objeto no utilitario, por lo tanto, una figura para los dioses. Se quitó un guante y como una criatura a punto de abrir la puerta prohibida, lo rozó con la punta de los dedos. Supo que había sido modelado a las apuradas en la oscuridad de la noche, sintió la desesperación, la prisa. Se estremeció con un temblor. Un viento denso y cálido golpeó contra su cara como una cachetada, dejándolo desorientado en la media luz de la habitación. De pronto un griterío lo rodeaba, podía oler el sudor de la gente amontonada bajo el sol, ver una plaza polvorienta. Oía el chasquido de un látigo y los aullidos de dolor cada vez que bajaba sobre el cuerpo. Golpes que tenían un ritmo espeluznante. De a poco veía la escena más clara. Dos hombres se alternaban para dar los latigazos, uno tenía las mangas de la camisa salpicadas de sangre; el otro, a pesar del calor, llevaba puesta una casaca larga de terciopelo verde. A un lado había un grupo de niños indígenas, descalzos y semidesnudos, miraban con ojos brillosos la sangre que iba formando un charco. Un hombre decía: «Jesucristo es el único Dios» y el del látigo respondía: «Castigo para los asesinos». Felipe vio en el suelo unas figuras de arcilla negra rotas. Cada tanto, los verdugos las pisoteaban al grito de «¡Sodomita!». El de chaqueta verde se detuvo para mirar a la gente que se había congregado en una ronda. Caminaba con los brazos abiertos, como si estuviera dando misa. El pelo se le pegaba a la cara. Se limpió con la manga y volvió a mirar. «¡Aprendan los retobados!», gritó desaforado. Para Felipe, que veía estas cosas como a través de un velo, todo estaba fuera de foco y nada era claro. No podía ver a la víctima del castigo; ese lugar era un vacío, como si no existiera el cuerpo donde aterrizaba el látigo, pero la mancha de sangre en el piso se expandía. Algo le llamó la atención. Detrás de los niños, una silueta de mujer envuelta en un manto oscuro. Había otras mujeres vestidas igual, pero ella tapaba su rostro con la mano, de manera que sólo le veía los ojos y esa actitud le llamó la atención. Aparecieron unas monjas a buscar a los niños. Lloriqueando, se aferraron a sus vestimentas. Hubo en ese instante un revuelo y una discusión, una de las monjas se echó de rodillas a pedir clemencia por el hombre que Felipe no podía ver. Como respuesta, el de la camisa manchada de sangre le dio un empujón. Las otras monjas gritaron y se abalanzaron sobre él, la escena se volvió confusa. La mujer escondida dio un paso al frente, caminó hacia el tumulto.
Siguió con la mirada el recorrido de esa figura misteriosa que aprovechaba el escándalo y la vio levantando del suelo la única figura que aún estaba íntegra entre los pedazos rotos. Salió de la plaza. Apuró el paso, sigilosa, ocultándola bajo el manto, girando la cabeza de un lado a otro con sospecha. Finalmente miró hacia arriba como si buscara algo en el cielo y Felipe ya la veía de lejos, podía sentir su angustia. El hormigueo en las manos le advertía que estaba regresando, la visión se le escapaba. Su dedo índice rozaba apenas el gato de cerámica. Antes de perderla completamente alcanzó a ver a otra mujer susurrarle algo al oído y juntas desaparecían entre la gente.
Aturdido, Felipe se desplomó sobre la cama. Al igual que le sucedía con los objetos del museo, esta cerámica calaba hondo en sus huesos. El ardiente devenir de un pasado sin reposo. Una pulsión vital palpitaba dentro de la inmovilidad de las piezas en las vitrinas. Sin embargo, esta vez como jamás le había sucedido, cuando generalmente no era nada más que un espectador, como un ave posada en la rama de un árbol, esta vez estaba convencido de que esa mujer lo había visto.
EL CHEVROLET MASTER DELUXE AZUL y blanco corcoveaba como un potro y Felipe y el profesor maldecían al unísono el hecho de que, justo el día en que visitarían el sitio, viniera a llover así. Pero el profesor había insistido y no se le podía decir que no. Francisco Aparicio hablaba como si estuviera dando una clase.
—Este Frenguelli solo piensa en su reputación… o quizá piensa en la ciencia, pero en la que él determina que lo es. Para avanzar en la teoría científica hay que saber arriesgarse y para refutar una teoría hay que hacerlo con fundamento.
Felipe escuchaba con atención y se limitaba a asentir con la cabeza o monosílabos. Después de todo, cuando el profesor regresara a Buenos Aires él estaría de nuevo trabajando en el museo, pared de por medio, con Frenguelli.
—Ah, se creen que son los primeros en saber del Leyes, que son «los descubridores» … ¡y ahí los ves! apareció Cayastá y piensan que está todo hecho… se conforman con eso. Aspiran a que algún ricachón se decida a invertir unos pesos para montar un centro de interpretación rasposo con un restaurante de cuarta sin café y con milanesas frías… te digo nene que ya lo deben tener en maqueta. Pero la ciencia es otra cosa, pibe. Es esto que estamos haciendo vos y yo ahora.
—Doble a la derecha, profesor, y estacione detrás de la casa. Si ven este auto le van a pedir plata antes de empezar…
—¿Esta es la misma gente de siempre viviendo acá?
—Sí, el viejo y los peones que el director dice que falsifican las piezas.
—¡Ignorante! —Felipe pegó un salto—. No, usted no. Ignorante este hombre. Dígame, jovencito: si hay una copia, digamos una falsificación de una pieza arqueológica, hecha por esta gente de campo que lo único que sabe hacer es cosechar zapallos… Suponiendo que ellos hacen estas piezas, que son singulares y en un todo diferentes a lo conocido hasta ahora, ¿usted supondría que es obra de la creatividad? ¿Qué estos tipos imaginan objetos y los confeccionan desde cero?
Felipe, con los ojos como platos, contagiado por la energía del profesor respondió: —Yo pienso que, si son falsificaciones, las que ofrecen en la ruta o venden en las ferias, al menos deben ser copias de originales que han visto y replicado durante generaciones.
—¡Bendito sea! ¡Al fin alguien que piensa en la ciencia! ¡En el todo! ¡En el con-tex-to! —el profesor le dio un abrazo inesperado—. Usted va por el buen camino, mi estimado colega.
Le había dicho «colega». Era la primera vez que alguien más, aparte de la abuela, le mostraba respeto ante su postura sobre la autenticidad del sitio del Arroyo de Leyes. De pronto estaba trabajando en una investigación seria sobre el tema que siempre le había apasionado, codo a codo con un experto que pensaba como él. Felipe necesitaba pellizcarse. Una enorme sonrisa se le dibujó en el rostro.
—Lo nombro oficialmente mi arqueólogo asistente santafesino en este preciso instante —dijo Francisco con solemnidad—. Ahora que usted es oficialmente mi asistente, vaya a hablar con esta gente y consiga que nos dejen entrar al campo. Vamos a abrir dos fosas grandes. Usted dígales que sólo una chiquitita. Mejor dígales que apenas es un pocito… lo que queremos es entrar, después vemos. Maldita propiedad privada, la peste de nuestros tiempos.
Debajo del alero, que daba sombra a la casa, el viejo los miraba con recelo. Felipe se acercó tartamudeando permisos mientras el profesor se metía a hurtadillas entre los intrincados brazos vegetales del zapallar. Lo encontró minutos después cien metros terreno adentro, cerca de la orilla del arroyo.
—Disculpe profesor, el dueño dice que no nos deja pasar, que está harto de los saqueadores, que le hicieron un desastre otra vez. Aparte está el tema de Frenguelli me parece que ya hablaron algo, porque cuando le dije que veníamos del museo puso cara de «yo ya sé»… en fin, no me quiere decir nada.
—Y entiendo perfectamente por qué —respondió Francisco señalando el paisaje que estaba ante ellos. Felipe se quedó paralizado y con la boca abierta. El terreno era un campo minado de agujeros, cientos de pozos redondos uno al lado del otro, llenos de agua.
—¡Parece que acá hubo un bombardeo aéreo! —exclamó.
—En efecto, vivimos en una época en la que se ven venir los bombardeos, joven, pero este no es el caso. Estamos frente a una depredación sistemática de nuestro patrimonio arqueológico. A no ser que Frenguelli sostenga como hipótesis que los falsificadores se toman el trabajo de enterrar las piezas para que los saqueadores las desentierren, acá buscan algo que es importante.
—Pero… ¿así de fácil las sacan?
—Está usted frente al ingenio del aficionado. Fíjese que al estar a la vera de un arroyo el terreno es arenoso, entonces lo que hacen es un círculo de unos treinta centímetros de profundidad, una palada, delimitando un perímetro. Luego con unas varillas de metal pinchan adentro y hacia los lados con suavidad. Donde la vara toca algo, ahí se sigue cavando con cuidado. Es una excelente técnica para peinar terrenos grandes sin tener que hacer una gran fosa, como sí hacemos nosotros. Hay que moverse rápido y con discreción. Tenemos que encontrar un lugar virgen, aquí ya fue depredado completamente. Voy a hablar con esta gente, yo estoy del mismo lado y en la misma lucha que los humildes trabajadores, nos vamos a entender. Mañana mismo tenemos que empezar a trabajar.
El profesor fue a paso firme y determinado hasta la casucha que estaba montada sobre unos palotes y golpeó las manos sin ver que el anciano estaba observándolo todo, apoyado contra el marco de la puerta a oscuras. Lo hizo pasar franqueando el paso con una mueca de franco disgusto. Felipe decidió esperar dentro del auto. Había un periódico en el asiento trasero y la lluvia, apaciguándose, cedía paso a la luz descolorida que le permitió leer un poco. Siempre le había gustado leer. Se detuvo en el titular «Se elogia al Führer». Levantó la mirada hacia la casa, el profesor aún no salía; sintió una vibración, un retumbar, pero Felipe vivía entre corazonadas y palpitaciones y después de todo estaba en las orillas del Leyes donde la tierra parecía tener vida. «Centenares de personas se reunieron hoy frente a la cancillería a ovacionar a Hitler… exhortando a la juventud a apoyar al Führer en sus esfuerzos en favor de una vida honrada y limpia… Se lo elogia por haber sabido hacer frente a una desagradable situación en forma rápida y eficaz… el presidente Hindenburgh se halla muy grave». La palabra «limpia» le quedó dando vueltas en la cabeza. Qué es una vida limpia se preguntó. Los vidrios del Chevrolet estaban marrones y el agua sucia se deslizaba pesada como chocolate. Tenía los zapatos embarrados, pero no le importaba. Le encantaban las noticias de Alemania, no las de política, que le aburrían espantosamente, sino las del dirigible Graf Zeppelin, el tema del momento, el inconmensurable logro de la tecnología del que guardaba fotos y recortes mientras soñaba con dar la vuelta al mundo y descender en África para explorar algún río perdido, ser prisionero de las tribus hostiles y escapar en la noche para abordar el Zeppelin con las ropas rasgadas y las botas sucias, recostarse en uno de los elegantes silloncitos que se veían en las fotos y mirar hacia abajo encendiendo un cigarrillo. Se preguntaba si sería seguro encender un fósforo adentro de un enorme globo de helio. Levantó la mirada hacia la casa, nada se movía, nada se escuchaba. Siguió leyendo el periódico hasta encontrar lo que buscaba: «Llegó el Graff Zeppelin a Buenos Aires, suma de los esfuerzos históricos, síntesis de la incontenible ansia humana de ascender, de vivir sin poner los pies en la tierra». Soltó una carcajada, parecía la abuela hablando de él y sus constantes distracciones. Dio vuelta la página: «Para admirar el valor de un suceso científico el hombre hoy mira hacia el cielo, ese y no otro es su afán, salirse de sí mismo para subir, subir siempre…». Por eso le gustaba tanto el zeppelín, porque era capaz de inspirar semejantes palabras y esas podrían ser palabras apropiadas para la lápida de su tumba. Pensó que guardaría el recorte para nunca olvidarse de «salirse de sí mismo para subir siempre», qué apropiado. No tuvo tiempo de reaccionar cuando el piedrazo reventó el vidrio de la ventana y le dio de refilón en la oreja. Alguien gritaba furioso «¡Fuera, fuera!» y la voz agitada del profesor respondía «¡Basta, basta!». Francisco luchó para abrir la puerta, se le resbalaba la manija, y ante la nueva redada de piedras, se metió de cabeza en el auto como un soldado bajo bombardeo en la trinchera.
—Viejo de mierda —dijo tratando de encender el motor.
—¡Que pasó! ¿No era que usted se llevaba bien con los trabajadores humildes?
—Este viejo es un monstruo repelente. No le gustó que le dijera que necesitamos romper lo único que le queda sano. Estás sangrando pibe, te llevo al hospital ya mismo.
Felipe se puso la mano en la oreja.
—Es que los labios, las yemas de los dedos, las orejas, son las partes del cuerpo que más sangran, aunque el corte sea chiquito. No lo digo yo, lo dice mi abuela. No es nada, ya pasa. ¿Y ahora qué vamos a hacer con la excavación?
Francisco aceleraba a fondo para mover el automóvil, el motor largaba olor a aceite quemado y las ruedas traseras del auto resbalaban en la huella de barro enterrándose cada vez más.
—¿Cómo que qué vamos a hacer? —giraba el volante como si fuera el timón de un barco. El coche hizo un trompo y salieron a toda velocidad del atasco—. Volvemos mañana, por supuesto… —Se miraron como chicos que roban fruta en un jardín prohibido. Al profesor le brillaban los ojos detrás de los anteojos descomunales que llevaba torcidos y Felipe estalló en una carcajada. Los dos rieron hasta quedar sin aire.
—¿Y si le traemos alfajores para endulzar la amargura? —dijo divertido apretándose la oreja.
—Mejor una botella de whisky y vas a ver cómo podemos excavar tranquilos, nene.
De regreso a la ciudad el profesor le habló de las momias del imperio Inca, de las puntas de flecha que se encontraban en las playas del sur como si fueran caracoles, de la Sociedad de Antropología que acababa de fundar y del entusiasmo por el misterio del Leyes que le había contagiado Amelia Larguía de Crouzeilles. Esa mujer excepcional que tenía una sed de conocimiento digna de Livingstone. La mente de Felipe volaba imaginándose a sí mismo trabajando con estas personas que admiraba. El profesor era la síntesis del sueño de que era posible trabajar fuera del museo y hacer historia al mismo tiempo.
Cuando el coche se detuvo en la puerta de la casa, antes de bajar, le dijo al profesor:
—¿Usted vio las piezas del Leyes de la colección Bousquet? Es tan diferente a toda la alfarería conocida hasta ahora… Frenguelli insiste en que…
—Mi estimado colega… —Francisco lo interrumpió con la mano en alto—… déjeme contarle mi historia con los hallazgos del Leyes. Cuando yo recién empezaba y era apenas un aprendiz, un autodidacta en antropología, unos veintitantos años atrás… usted estaba en pañales… vine a Santa Fe acompañando a mi tía Carlota porque se le había ocurrido que quería consultar a una irlandesa con fama de vidente. Ella cargaba con un tormento, una melancolía crónica, desde la muerte de mi tío Alberto de un infarto mientras estaba en la fila del banco. Esa situación había dejado un tema sin resolver con la escritura de una casa y… bueno, todo eso no le interesa a usted. La cuestión viene siendo mi tía, que no tenía hijos y se apoyaba en mí para estas cosas. Me llevó hasta la casa de esta mujer y mientras ellas trataban de comunicarse con el tío en el más allá yo husmeaba por las habitaciones de la casa de la vieja bruja —Felipe, con la mandíbula colgando, iba a interrumpir, pero no tuvo el valor necesario—. No me mire así. Ya sé que esto de los videntes es cosa de ignorantes, de brutos, que son todos estafadores… pero no juzguemos a mi tía desesperada y a esa miserable vividora que le saca plata a la gente…. bueno, lo que pasó es que con la excusa de pasar al baño me metí por ahí y desde un pasillo vi que en una repisa había una estatuilla que me llamó la atención. Era de una arcilla mal cocida color negro. Usted hubiera hecho lo mismo, los hombres como nosotros no tenemos descanso. Era la primera vez que veía una de esas y ya mi olfato reconocía algo raro. Se imagina usted que la revisé a fondo y le miré toda la casa, a ver si había más cosas… pero no. Cuando mi tía terminó la consulta estaba contenta, dijo que pudo resolver el tema con mi tío que al parecer …
—Francisco hizo una pausa y revoleó los ojos—al parecer mi tío le escribió un mensaje a través de la vidente… imagínese semejante engaño, una embaucadora, tanta inmigración nos llenó el país de buscavidas y delincuentes, en fin, yo me hice el tonto y pregunté a la mujer por la figura de barro. Ella me dijo que había muchas como esas a la vera del Arroyo de Leyes, que bastaba con hundir la mano en el barro para sacar vasijas y estatuillas. Que un amigo que vivía ahí se la había regalado… De más está decirle que al día siguiente yo estaba en el Leyes. Entonces ese era un secreto a voces que conocían unos pocos, hasta que unos cuantos años más tarde el señor Bousquet empezó la depredación sistemática del sitio e hizo el show que todos conocemos armando una colección polémica, donde puede haber mezclado cosas falsas para sumar número.
Felipe carraspeó.
—¿Y encontró algo?
—Sí, fragmentos que recogí y tengo en mi casa. Nada importante, no tenía palas ni conocimientos para mucho más, pero los fragmentos estaban entre los yuyos, por todos lados, como si los hubieran tirado desde un avión. El lugar era enorme. Me fui porque me echaron. Así que este hombre me sacó carpiendo dos veces ya, pero creo que él no se acuerda de esa otra vez. Con el tiempo me fui olvidando del asunto hasta que Amelia Larguía me empezó a escribir insistiendo para que viniera… y acá estamos. ¿La conoce? Excepcional aficionada, una persona muy seria en su trabajo.
Toda Santa Fe conoce a Amelia, es una persona respetada, menos Frenguelli, la quiere todo el mundo. No la puede ni ver, están peleados de toda la vida, creo que fueron compañeros de colegio.
—¿Esta es su casa?
—Sí, profesor.
—Me resulta familiar…
—Es que acá en Santa Fe todas las casas son iguales… —afirmó bajando del auto—. Profesor, ¿lo del whisky lo dijo en serio? Quizá, digo yo, podría pedirle a mi abuela que hable con ese hombre, a ella todo el mundo le debe favores y en una de esas…
—Con su abuela o sin su abuela nosotros excavamos, que yo no me puedo quedar acá más de una semana. Adelante, pídale que nos ayude y vemos qué pasa. Abramos un compás de espera el día de mañana, además tengo que cambiar el vidrio de la ventana y lavar el coche.
—Bueno, entonces yo lo busco en el hotel apenas sepa si mi abuela nos puede ayudar —dijo apoyado en la ventanilla.
—Oiga, Felipe… —le gritó Francisco arrancando la marcha—. Cúrese las heridas que, entre la mano y la oreja, parece que estuvo en una batalla.
EL AROMA A INCIENSO INDICABA que la abuela estaba atendiendo. Felipe entró a la casa escapando de un chaparrón repentino que lo pescó buscando la llave. Se había olvidado de que hoy era día de sesión. Cuando Granny tenía consultantes él se ocupaba de las tareas administrativas, de ir pasando las hojas, de la revisión de todo lo escrito. Se sacó los zapatos mojados mientras mascullaba una disculpa. Al entrar a la sala Granny dijo enojada,
—My dear, Philip ha llegado al fin, ahora podremos empezar, ruego sepa disculpar la demora, María Luisita. ¡Felipe, ya estamos listas!
—Si, disculpen el tiempo voló. —Se apresuró a manotear las hojas en blanco que rápidamente numeró. Apagó la luz y encendió una lampara de querosén. Tomó asiento a la derecha de su abuela, puso un lápiz en su mano y las hojas sobre la mesa. Ella ya estaba con los ojos cerrados, lista para entrar en trance. María Luisita se retorcía en la silla con las manos entrelazadas sobre la mesa. Era una muchacha rubia, flaca y alta, con aires de realeza. Estaba vestida con una chaqueta y pantalón a cuadros color marrón. No era la primera mujer que Felipe había visto vestida así, pero aún le llamaba la atención. Cada vez era más frecuente que se pusieran pantalones. Él no se acostumbraba a ver mujeres vestidas de varón y por suerte Rosario era anticuada para la moda.
—¿Vendrá mamá hoy? ¿Qué dice usted? ¿Lo presiente?, la última vez la verdad que no entendí nada… pero quedé muy perturbada…
