El color del alma - Eugenio Lizarazu - E-Book

El color del alma E-Book

Eugenio Lizarazu

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Beschreibung

Martín es un chico pobre de 8 años que está viendo morir a su madre. En el patio del hospital se encuentra con el diablo, en forma humana, y le vende su alma para salvar a su madre y la cura. Pero cuando ve que otras personas sufren y están por morir, le pide al diablo que le dé ese poder de sanar. El diablo le ofrece un trato: curar a cualquier persona que toque por el plazo de un año. Pero luego de ese tiempo el diablo se llevará su alma y el chico morirá. Martín tiene que tomar una decisión, que puede beneficiar a muchos, pero a cambio de su vida.

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Seitenzahl: 384

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Lizarazu, Eugenio Antonio

El color del alma / Eugenio Antonio Lizarazu. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.

342 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-817-929-2

1. Novelas. 2. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Lizarazu, Eugenio Antonio

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Agradecimientos

Gracias a mi mamá y a mi papá, quienes me leían cuentos cuando yo y mi hermano éramos chicos. Siempre me han fascinado las buenas historias, los giros de trama, el suspenso, la sorpresa y los finales potentes. Gracias a ambos por motivar en mí la creatividad y la confianza en mí mismo.

Agradezco estar vivo y poder dedicarme a escribir, crear mundos y que la gente disfrute de mis historias. Ojalá que muchas personas disfruten estas historias y que quienes tienen una idea en la cabeza y no se animan a escribir lo hagan; porque es hermoso crecer en el proceso, se aprende haciendo y ver nuestra creación un día impresa en un libro es algo maravilloso.

Ojalá que un día estas historias lleguen al cine y a la televisión y que esta novela te saque una sonrisa, una lágrima y te dé mucha energía.

Gracias por leer.

El color del alma

Capítulo 1

La familia primero

Josefina le acomodaba el cuello de la camisa a Martín, que miraba fijo hacia adelante. Al pasarle el dedo sobre la cara para limpiarlo, Martín estornudó y ella sonrió. Su abuela se enderezaba y veía a sus vecinos y amigos parados en la iglesia escuchando al sacerdote explicando la Biblia, pero Martín solo miraba al hombre que estaba de pie en la primera fila del lado de la derecha.

Eugenio García aplaudía cada vez que el sacerdote terminaba uno de sus sermones y todos los hombres y mujeres que estaban a su alrededor copiaban sus gestos, mirando siempre a su líder y luego a todos los que estaban a su alrededor para que lo imitaran también. Eran alrededor de cincuenta las personas que lo acompañaban, casi la mitad de las que había en total en esa pequeña capilla.

A su derecha estaban su mujer, Micaela, y su hijo mayor, Lucas. Cuando el sacerdote dio la bendición final, Eugenio se acercó, le dio un beso en la mejilla y, mirando a toda la gente, lo empezó a aplaudir. Sus seguidores aplaudieron muy fuerte, a diferencia del resto de las personas, que aplaudían tranquilas e incluso algunas ya empezaban a salir de la iglesia. Eugenio tocó el mantel blanco de la mesa donde estaba la Biblia, sonriendo se acercó a su familia y juntos se dirigieron a la salida de la iglesia.

El que continuaba con la mirada en ese grupo era Martín, quien veía a algunos amigos de su hermano mayor y a otros vecinos suyos también. Su abuela saludaba a quien tenía a su derecha y, agarrándole la mano a su nieto de ocho años, se acercó a la puerta de la iglesia.

—Primero pasa Eugenio, luego los demás —decía una mujer con un semblante duro deteniendo a unos ancianos que querían irse.

Eugenio salió de la iglesia mientras todos los demás lo miraban enojados; al salir, sus súbditos lo acompañaron. Un hombre de unos cuarenta años, con una cicatriz en su pómulo derecho, empujó a una mujer, casi la tiró al suelo y se rio al verla trastabillar.

Josefina agarró a su nieto y le dijo al oído:

—Observalos. Ojo. No todos son buenos como vos, Martín.

El grupo de cincuenta personas terminaba de pasar por la puerta de esa iglesia y, entre estos últimos, iba su tío Ulises, hermano de su padre. Martín quiso acercarse a saludarlo, pero su abuela lo volvió a frenar.

—No. No te acerques a él —le decía mientras su tío pasaba a un metro de ellos y ni siquiera se molestaba en mirarlos.

Cuando todos estaban terminando de salir, su abuela miró al pequeño a los ojos y le dijo:

—Tené cuidado con las personas con las que hablás. No te juntes con malas compañías, como hizo tu tío. ¿Me entendiste, Martín?

El inocente afirmó con la cabeza y mirando a su abuela le dijo:

—Gracias.

Ella sonrió y ambos empezaron a caminar por la ciudad de Suárez mientras Martín miraba al sol en el medio del cielo celeste, todo despejado de nubes.

Las casas de chapa y con paredes de ladrillos sin pintar eran una constante en ese barrio humilde. Josefina saludaba a cada vecino que veía y de vez en cuando frenaba para charlar al ver a una de sus amigas.

Luego de caminar cuatro cuadras, Martín entró corriendo a su casa y su perro grande y negro se le tiró encima y le empezó a lamer la cara con toda su fuerza.

—¡Yo también te quiero, Homero!

Martín se reía y su perro siguió lamiéndolo hasta que su hermana mayor le dio un beso a Martín y sacó al perro al patio trasero de la casa. Martín la miró triste.

—Después lo hago entrar. Ahora es momento de comer la pasta de mamá.

—¿Mamá cocinó? —preguntó el niño y se fue corriendo a la cocina.

Allí su madre cortaba el pan y lo ponía en la panera. Abrió los brazos al ver a su tercer hijo con cara sonriente.

—¡Hola, pequeño! —dijo ella y al terminar de decir “pequeño”, su hijo la abrazaba y le daba besos en la cara.

—¿En serio cocinaste vos, mamá? ¡Qué rico!

—Sí, Martín, tocá la campana así nos sentamos todos a comer.

El niño salió a la puerta de su casa y tocó varias veces el timbre de la entrada, dando la señal para que toda la familia se acercara a la mesa.

Luego de unos minutos, los siete se servían los ñoquis hechos por Ana y, cuando Martín iba a pinchar uno de ellos y llevárselo a la boca, su abuela carraspeó.

—Primero rezamos, luego comemos.

Martín bajó el tenedor despacio y triste y su hermano mayor le tocó la cabeza cariñosamente.

—Tranquilo, peque. A ese ñoqui le queda poca vida. Dale unos segundos más.

Martín se rio y, juntando las manos a la altura del corazón, dieron gracias por la comida. Y al terminar de rezar, Martín fue el primero en disfrutar ese rico almuerzo.

Ana y Josefina comían cerca y Andrea, la hermana mayor de Martín, hablaba con su madre. La joven de vez en cuando se levantaba, traía más pasta y acomodaba los platos de la mesa.

—¡Están riquísimos, ma! Uno de estos días me tenés que enseñar a cocinar a mí.

Ella sonrió, pero no tenía hambre. Solo disfrutaba viendo comer a sus hijos y a su madre. Josefina sostenía a Nicolás, que solo tenía un año y comía la avena que su hermana Andrea le había preparado.

Luis le volvió a tocar la cabeza a su hermano cuando este tiró un ñoqui al piso y le dijo:

—Ese se lo va a comer Homero. No te preocupes—. Y de costado, ayudó a su hermana de cinco años, Ivana, a limpiarse la cara, que se había manchado con tuco.

En ese momento, Ana se paró y con una sonrisa le dijo a su familia:

—Me voy a acostar un ratito y después los voy a acompañar. Andrea preparó un postre muy rico y espero que les guste. Es una receta familiar —dijo mirando a su madre y ambas se rieron.

—Gracias, ma —dijo Luis.

—¡Te quiero, ma! —dijo Martín con la boca llena de ñoquis. Los cinco que quedaban en la mesa despidieron a Ana mientras Andrea la acompañaba a su habitación caminando despacio.

Capítulo 2

El cuento de los viernes

Ya de noche, Martín miraba la televisión con su hermanito menor y ambos disfrutaban de los dibujos animados que veían. Homero le lamía los pies al bebé y este se reía mientras Martín, de vez en cuando, agarraba la pelota roja de este y se la lanzaba dentro del comedor para que su mascota se la trajera con la boca llena de baba.

Luis terminaba de lavar los platos de la cena y Andrea le pasaba un trapo al piso de la cocina. En ese momento, su abuela llamó a Andrea y le hizo una seña para que entrara a la habitación de su madre. La joven dejó rápido el trapeador y, al entrar, cerraron la puerta y se quedaron charlando adentro.

Martín observó que se cerraba la puerta y luego miró a su hermano mayor con cara de preocupación. Este vio a su hermanito y sonrió triste. Se acercó al niño y, viendo que el bebé se estaba durmiendo en sus brazos, le dijo a Martín:

—Ya son las diez, ¿qué te parece si vamos a acostarnos, pequeño?

Tomó al bebé y Martín le dio la mano a su hermano.

—¿Qué le pasa a mamá?

—Le duele la panza —dijo tragando saliva.

—¿Mañana va a estar bien?

—Claro que sí, pequeño. —Luis hizo una pausa—. Si te acostás temprano, aunque no es viernes, te cuento un cuento. ¿Te gustaría?

—¿Como los viernes? —preguntó el niño emocionado.

—Exacto, como los cuentos de los viernes.

Martín saltó y entró corriendo a su cuarto. Mientras Luis acostaba al bebé en su cuna, el niño se ponía su piyama y se lavaba los dientes. En menos de cinco minutos, saltaba sobre la cama y esperaba a su hermano mayor con el libro de cuentos abierto sobre su sábana.

Luis se acomodó la gorra negra que siempre llevaba puesta y se sentó en el borde de la cama.

—Me encantan tus cuentos, Luis. Me gustan las buenas historias —le decía mientras el mayor miraba entre las historias que todavía no le había leído al pequeño.

—Este te va a gustar. Este es nuevo. Se llama Juan sin miedo.

Su hermano se rio al escuchar el nombre.

—Tiene un nombre gracioso.

—Es cierto. Es sobre un hombre ya anciano que tenía dos hijos. Uno de ellos era muy trabajador y emprendedor, pero el otro, Juan, era todo lo contrario. Un día, su padre, ya enfermo, le preguntó a Juan si le interesaba hacer algo, ya que algún día no estaría para acompañarlo.

—¿Y qué dijo? —preguntó Martín interesado.

—Dijo: “Quiero aprender a sentir miedo”.

—¿Miedo? ¿No sentía miedo?

—Parece que no.

—¡Guau!, ¡qué valiente!

Su hermano sonrió y, quitando los ojos del libro, miró a su hermano a los ojos.

—Todos tenemos miedos, solo que a veces hay que seguir haciendo con miedo. Esa es la clave, mi amigo.

—¿Vos también tenés miedo?

Este se rio.

—Sí, pero los disimulo bien.

—Yo quiero ser como vos. —Le sacó la gorra negra y se la puso Martín sobre su cabeza. La gorra le quedó grande y le tapó los ojos.

—Vos tenés que ser vos. Y tenés que aprender que, detrás de cada miedo, hay algo para aprender. Es el mejor consejo que te puedo dar, peque.

—Sí —dijo Martín poniendo cara de serio.

—Bueno, seguimos con la historia —dijo Luis y le siguió contando el relato hasta que Martín se durmió unos minutos más tarde.

Sonrió al ver dormir a sus dos hermanitos y apagó la luz para ir a la cocina. Ahí, Luis apoyó sus manos sobre la mesada y se quedó en silencio, con el cuerpo inclinado hacia adelante y la vista perdida hacia el frente. Unos segundos más tarde, se enderezó al escuchar que alguien se acercaba hacia él.

—Hola, Luis —le dijo Andrea sonriendo, pero su semblante era triste.

—Hola, An, ¿cómo está mamá?

Ella bajó la mirada y se sirvió agua. La casa estaba casi a oscuras y solo ellos dos estaban despiertos.

—Al menos ya está durmiendo. Las pastillas tardan en hacer efecto.

Luis se mordió el labio.

—Las pastillas que nos donó Silvia van a ayudar a mamá.

—Mamá tiene cáncer de hígado. Ella necesita otras pastillas. Silvia nos dio esas, pero no son las que los médicos nos recetaron, An.

—Lo sé, pero mientras ahorramos para comprar las otras, tenemos estas. Ayudan. Algo de efecto hacen.

—¿Pero te das cuenta de que el esposo de Silvia murió de cáncer también? No quiero perder a mi mamá, An.

—Mamá se va a mejorar, vas a ver.

—¿Cómo? ¿Decime cómo? —Luis empezaba a lagrimear y Andrea contenía el llanto—. Yo tengo quince años y vos trece. Yo lavo autos y vos hacés todos los quehaceres de casa. ¿Con qué dinero vamos a comprar las pastillas? Hoy lavé veinticinco autos y con lo que gané no llego a comprar nada.

Luis empezó a llorar y se tapó la cara. Su hermana lo abrazó y, haciendo todavía más fuerza para no llorar, le dijo:

—Se va a curar. Vas a ver que se va a curar. Dios no va a permitir que muera. Confiá en Dios, Luis.

Él levantó la mirada y escuchó compasivamente a su hermana.

—Mientras rezamos, algo hay que hacer, hermana. —Le dio un beso en la frente y le dijo—: Gracias por ayudar en casa, An.

Ambos se dieron un abrazo y él le preguntó.

—¿Necesitás ayuda en algo más?

—No, gracias. Andá a descansar, tuviste un día largo. Y gracias por leerle el cuento a Martín.

Él sonrió y se fue a su habitación caminando algo más derecho, pero con su mente llena de tristeza.

Capítulo 3

Mi hermano, mi héroe

Martín se levantó contento al sonar su reloj despertador a las 7 a. m. Se paró frente a su espejo, se puso su rosario celeste, el que su abuela le había regalado unos meses antes, y vio como le colgaba por el medio de su pecho. Fue al placar y sacó su guardapolvo blanco y su pantalón gris para ir a la escuela.

Unos quince minutos más tarde, salió de su habitación y pasó a saludar a su mamá, que dormía en su habitación.

—Te quiero, ma.

Ella reposaba de costado y su cara mostraba cansancio: unas pequeñas ojeras oscurecían su cara, pero Martín no se fijaba en eso y sonrió al verla descansar. Le dio un beso en la frente despacio, para no despertarla, y se fue a desayunar con sus hermanos mayores.

Allí, Andrea le había servido un mate cocido y Luis miraba el noticiero en la televisión.

—Enfrentamiento entre los Guardianes y la policía. Dos muertos.

—Qué animales que son —dijo Luis. Al ver que su hermano se acercaba, apagó la tele y saludó al niño.

—Hola, Luis. Hola, Andre.

—Hola, pequeño, ¿te pusiste el rosario?

—Sí —dijo Martín contento, parándose derecho como un soldado.

—¿Medias del mismo color?

—Sí —dijo el chico riéndose.

—¿Saludaste a Homero?

Ni bien dijo esto Luis, el perro comenzó a olfatear las medias de Martín y el niño se empezó a reír.

—Dale, desayuná rápido, que vamos caminando a la escuela.

—¿Puede venir Homero?

—Vos sabés que sí. Pero apurate, que es lunes, así empezamos la semana con todo.

Martín se comió unas tostadas con manteca y se tomó el mate cocido en diez minutos. Saludó a su hermana, que se quedó limpiando la cocina, y junto a Luis y Homero empezaron a caminar hacia la escuela.

Eran unas trece cuadras a la escuela y Martín disfrutaba charlar con su ídolo. Homero se pasaba todo el viaje olfateando cada cosa que viera a su paso y Martín jugaba a esconder sus medias sucias en la casa para ver si Homero las encontraba. Y siempre tenía éxito.

—Ayer estuvo a la tarde pegado a un tacho de basura, olfateando y rascando, y había una paloma muerta. De ahí venía el olor feo que entraba del patio.

—Guau. ¡Qué narizota que tiene!

Luis se rio al escuchar esa respuesta y siguieron caminando hasta que, a mitad del viaje, un joven flaco y con un piercing negro en la ceja derecha, que estaba fumando un cigarrillo, les chistó al pasar.

—¿Qué pasa, Domínguez? ¿No me saludás más?

Al pararse y sacarse la gorra que le tapaba la cabeza rapada, Luis lo reconoció.

—Felipe, ¿dónde estabas? —Y ambos se saludaron—. Martín, Felipe iba conmigo a la escuela.

Martín le dio la mano y este lo saludó. Homero le empezó a olfatear los pantalones.

—Qué bien que hicimos en dejar esa maldita escuela.

—¿Dónde estabas? —Le cambió de tema Luis para que Martín no se enganchara con eso.

—Estuve dando vueltas por ahí. Vos sabés.

Movía sus manos de un lado a otro. Luego se cruzó de brazos y les preguntó.

—Y ustedes, ¿qué onda? ¿Cómo anda tu vieja?

—Está medicada. Conseguimos unas pastillas que le van a hacer bien —dijo Luis con la voz algo forzada.

—Ah, mirá. —Felipe tiró el cigarrillo al suelo sin apagar y los miró pensativo—. Y de dinero, ¿cómo estás? ¿Necesitás trabajo?

—Ya tengo trabajo. Gracias, Felipe.

—Pero si necesitás, yo te puedo…

—Estoy bien. —Luis hizo una pausa—. Tengo que llevar a mi hermano a la escuela. Nos estamos viendo.

Ambos hermanos empezaron a caminar algo más rápido y Homero los acompañó unos instantes después, luego de terminar de olfatear el bolsillo izquierdo de Felipe.

—¿Así que estamos bien de dinero?

—Ayer lavé veinticinco autos. Eso es mucho dinero, pequeño.

—Guau. ¡veinticinco! ¡Le vamos a poder comprar más pastillas a mamá para su dolor de panza!

Luis apenas sonrió mientras seguían caminando.

—Vamos a estar bien, vas a ver.

Martín se quedó en silencio y recordó algo que había escuchado unos días atrás.

—En vacaciones, Joaquín y su familia van a ir a la playa. Podríamos ir también.

Su hermano miró al cielo y luego le respondió con una sonrisa.

—Cuando se cure mamá, te prometo que nos vamos unos días de vacaciones. Vamos a festejar que se curó.

—¿En serio? ¿Ir a la playa?

—Sí, peque.

—Y ¿puede ir Homero?

—No sé si pueden ir los perros en el tren a Mar del Plata, pero lo podemos disfrazar. ¿Me ayudás a vestirlo y le ponemos anteojos?

Martín estalló de la risa y, al ver que ya estaba a media cuadra de la escuela, abrazó a Luis. Su hermano lo levantó y lo bajó luego de unos segundos.

—Estudiá mucho y me enseñás a la vuelta lo que aprendiste.

—Sí.

—Tenés que estudiar, así todos aprendemos con vos.

—Sí, Luis. Gracias por acompañarme. —Homero empezó a olfatear las medias de Martín y este le tocó la cara a su perro—. Cuidalo a Luis, Homero. Los veo a la tarde.

Martín empezó a correr a la puerta de la escuela al ver que allí estaba parada Agustina, quien lo saludaba desde lejos.

Su hermano mayor dio media vuelta y se volvió a su casa con Homero mientras Martín saludaba a Agustina y se daban un abrazo. Ella medía lo mismo que Martín y tenía dos trenzas a cada lado. Su cara algo trigueña se iluminaba con una sonrisa enorme y tenía cinco pecas en cada mejilla.

Martín vio que ella tenía un moretón en el brazo derecho y le preguntó qué le había pasado.

—Me caí ayer a la tarde corriendo por la plaza —dijo ella, bajando la mirada—. ¿Vos cómo estás, Martín?

—¡Yo, muy bien, Agus!

—Te veo recontento. ¿Qué pasó?

—¡Es que nos vamos a ir la playa cuando se cure mamá!

—Genial. —Y ambos se volvieron a abrazar. Al separarse, Martín pudo ver los ojos marrones de su amiga y el brillo que tenían era hermoso.

El pequeño miró hacia atrás, vio como su hermano se alejaba con su perro y dijo:

—Mi hermano es lo más. —Al terminar de decir eso, sonó el timbre de la escuela y ambos amigos entraron corriendo a su aula.

Capítulo 4

Ideas de la noche

Ese lunes a la tarde, Luis volvía de trabajar a las 7 p. m. a su casa y justo vio a su abuela saliendo de allí. Al saludarla en el patio, ella le dijo:

—¿Y vos cómo estás?

Él bajó la cabeza.

—Estoy triste por mamá.

—Tenemos que tener fe, Luis. Vas a ver que con estas pastillas va a curarse del cáncer.

—Tengo miedo de perderla, abuela.

—Creé en Dios que se va a curar, vas a ver, Luis. Por favor, tené fe —le dijo agarrándole las manos a su nieto.

Martín, que buscaba una pelota de tenis para jugar con Homero, se asomaba por el costado del patio de la casa. Cuando se iba a acercar a saludar a su hermano, se frenó sin ser visto por ellos y pudo escucharlos.

—¿Dónde está Dios, abuela, cuando pasan estas cosas?

Martín retrocedió despacio y se quedó triste mirándolos. Luis se quedó en silencio, le dio un abrazo a su abuela y le dijo:

—Nos vemos mañana.

Josefina vio entrar a la casa a Luis y salió cabizbaja del patio hacia la vereda. El pequeño Martín se quedó unos minutos en silencio en el patio, viendo cómo la noche empezaba a cubrir el cielo, y entró a su casa.

Al ir al comedor, vio a su madre sentada en una silla y a su lado estaban Andrea y la pequeña Ivana. La niña pintaba con colores unas hojas en blanco y su mamá sonreía al verla contenta. Martín se sentó frente a ellas y su mamá le estiró la mano para saludarlo.

—¡Te levantaste, ma! —dijo Martín.

—Hoy me siento mejor.

El niño sonrió y giró la cabeza para ver a su hermano mayor.

—¿Y cómo estuvo la escuela, peque?

—Muy bien, Luis. Estamos con las tablas de multiplicar. ¡Y son difíciles!

Todos en la mesa se rieron y Martín sonrió al ver contenta a su mamá.

—Creo que me van a ser difíciles —dijo Martín algo preocupado.

Su mamá volvió a estirar la mano y le tocó el brazo al niño.

—Todo lleva tiempo, solo que a veces somos ansiosos, Martín. Vas a ver que, con el tiempo, te las vas a saber de memoria y te vas a olvidar de que un día te preocupaba eso.

Luis observaba a su madre; vio las ojeras que tenía y se mordió el labio. Miró su celular y dijo que tenía que salir para atender una llamada. Le dio un beso en la cabeza a su madre y, luego de sacarse la gorra y ponérsela en la cabeza a su hermano, salió por la puerta delantera de la casa y empezó a caminar un par de cuadras.

Al llegar a un supermercado abandonado, se subió al techo por una escalera improvisada de cajones vacíos y se sentó sobre este con las piernas estiradas. Apagó su celular y se quedó mirando las primeras estrellas que se empezaban a ver en el cielo. Se quedó pensativo observando al infinito de ese cielo negro y mágico sobre la humilde ciudad de Suárez.

Al caerse unas cajas de atrás, Luis giró la cabeza y vio a su amigo Felipe, que subía con dificultad el techo. Luego de patear una caja que se le había atorado en el pie izquierdo, se rio y se acercó a Luis.

—Araña, ¿todo bien? —le dijo Felipe.

—Hacía mucho no me llamabas así.

—Estuve cinco meses en un instituto de menores. En realidad, hacía mucho que no hablábamos.

—Así que en la cárcel. ¿Y esta vez por qué fue?

—No importa, Luis. Ya pasó. Pero nunca me fuiste a saludar. —Y lo golpeó en el brazo algo enojado.

—Me habían dicho que te habías ido al interior. Incluso tu vieja me dijo eso, flaco. —Luis le devolvió el golpe en el brazo a su amigo.

—Sí, mi mamá… Bueno, ¿qué iba a decir?

Ambos amigos se quedaron en silencio, mirando las estrellas.

—En esa cárcel, como decís vos, ahí conocí al sobrino de Eugenio García.

—Eugenio, ¿el líder de los Guardianes?

—Sí. El sobrino se llama Andrés. Pegamos onda al toque y una semana después de que entró ahí, por robar un kiosco, me dijo que iba a venir un abogado importante a ponerlo en libertad. Y me preguntó si yo también quería salir antes de tiempo.

—Yo hubiera dicho que sí.

—Y yo le dije eso. Veinticuatro horas después, estábamos los dos afuera. Pero…

—¿Pero?

—Me invitó a una reunión de los Guardianes y festejaron el regreso de Andrés a la banda. No sabés qué buena gente, qué buena familia. Me dieron a mí también la bienvenida y me hicieron parte de su grupo. Pero, para ser un miembro oficial, tengo que hacer un robo en nombre de la banda. Y pensé en vos.

Luis negó con la cabeza y se sentó cruzado de piernas, inclinado hacia adelante.

—Siempre en la misma vos, eh.

—No, pará. Te necesito porque se me ocurrió robar una farmacia. La farmacia del viejo Gutiérrez.

Su amigo lo observó en silencio, con la mirada fija a sus ojos.

—Esa farmacia tiene los medicamentos que necesitan para tu vieja. Los que curan el cáncer.

—Sos un tarado —dijo Luis y se paró enojado. Se sacó algo de tierra que tenía por haberse sentado sobre ese techo sucio y cuando iba a empezar a caminar para bajar del techo, su amigo se paró rápido y le agarró el brazo.

—Así como vos querés a tu vieja, yo quiero entrar a esa banda.

—Soltame.

Luis corrió su brazo y miró fijo a su amigo. Dio media vuelta y se acercó al borde del techo para empezar a bajar.

—¿Cuántos autos tendrías que lavar para comprar esos medicamentos?, ¿quinientos?, ¿mil? Esa farmacia no tiene seguridad, Luis. Tengo un plan y necesito tu ayuda.

Se quedó en silencio, mirando el piso y sin moverse. Pero unos segundos después, Luis saltó hacia las cajas y se fue sin saludar a Felipe, mientras pateaba un tacho de basura por la bronca de lo que había escuchado.

Volvió a su casa y, antes de entrar por la puerta trasera, se quedó parado en silencio, pensativo. Entró haciendo poco ruido y vio a su familia cenando en el comedor. Se alegró al ver a su mamá comiendo esta vez en el comedor, junto a sus hermanos. Andrea había terminado de servir la cena y empezaban a rezar agradeciendo por la comida. Luis aprovechó ese momento para ir a la habitación de su madre.

Cerró la puerta con cuidado y, usando la luz del flash de su celular, se acercó al cajón de la mesa de luz de Ana. Al abrirlo, agarró un frasco blanco pequeño que tenía unas diez pastillas. La etiqueta decía: “Rubén Gómez”, el nombre de la persona que tenía recetadas esas pastillas; Silvia, su mujer, se las había donado a ellos.

Luis giró el frasco y se fijó en la fecha de vencimiento. Sus lágrimas empezaron a mojar el frasco al ver que se habían vencido dos años atrás. Se tomó unos segundos para secar el frasco y volver a guardarlo en el cajón. Salió de la habitación y fue a su propio cuarto. Agarró su celular, le mandó un mensaje a Felipe y, dejando su teléfono sobre su cama, se fue a cenar con su familia esperando que su amigo le respondiera pronto.

Capítulo 5

Los primeros pasos

El miércoles a las diez de la noche, Martín jugaba con su hermanito de un año en el comedor. Usaba unas tarjetas para enseñarle los colores y los animales que aparecían en cada uno de esos cartones. Ivana, su hermana menor, se había dormido en el sillón mientras los veía jugar.

La televisión estaba prendida de fondo con el volumen bajo, pero nadie la estaba mirando. Andrea terminaba de lavar los platos en la cocina y su madre estaba acostada desde la tarde. Solo estaba prendida la luz del techo del comedor, que iluminaba a ambos hermanos jugando. El pequeño Nicolás balbuceaba las tarjetas que su hermano le mostraba.

Martín se fijó en su hermana, la veía cansada. Vio cómo ahora secaba los platos y de vez en cuando paraba para descansar y tomar algo de agua en su vaso verde de vidrio. Él giró su cabeza y vio la puerta cerrada de la habitación donde su madre estaba durmiendo.

—Esperame acá —le dijo a su hermano. Martín se levantó con una sonrisa y se dirigió a ver a su mamá.

Abrió la puerta despacio y vio a su madre, que estaba acostada.

—¿Mamá? —preguntó el niño.

—Hola, Martín. —Se escuchó en un tono apenas audible.

Martín se rio, entró corriendo a la cama y abrazó a su mamá. Le dio un beso en la mejilla derecha y la miró a los ojos. Su madre lo observaba con amor mientras él seguía admirando los ojos verdes. No veía en ella sus arrugas o su rostro endurecido por el dolor que sentía muy seguido, sino esos ojos hermosos. Le preguntó:

—¿Me ayudás a enseñarle los colores a Nicolás?

Su madre iba a decir algo, pero cerró la boca y sonrió. Se tomó unos segundos y le respondió:

—Hoy no me siento con mucha fuerza, Martín. Enseñale como yo te enseñé a vos. —Martín le tomó las manos a su madre.

—Si te levantás, te vas a sentir mejor. Acompañame, mamá.

Ella lo miró fijo a los ojos y le dijo:

—Andá con Nico y en unos minutos los acompaño. ¿Te parece bien, hijo?

—¡Sí, mamá! —dijo contento, le dio un beso en la mano, salió de la habitación corriendo y cerró la puerta con fuerza.

Apagó la tele y se sentó al lado de Nico. El bebé tenía una tarjeta en la boca y estaba llena de baba. Martín se la sacó y le dijo:

—Azul.

—Au —dijo el bebé.

—¡Eso! —dijo él contento.

Mientras le mostraba más tarjetas, Andrea apagaba la luz de la cocina, se sentaba en el sillón a unos metros de los niños y estiraba sus piernas cansadas sobre el apoyabrazos de este. Vio a su hermanita durmiendo en el sillón al lado del de ella y se levantó.

—Voy a acostar a Ivana. Vuelvo y nos tenemos que ir a dormir, Martín. Ya es tarde.

—Un ratito más —dijo él mirando de costado, viendo como su madre abría la puerta de su habitación y salía despacio de ella.

Tenía puesto un camisón blanco y caminaba algo encorvada hacia adelante. Andrea sonrió al verla parada.

—Mamá. ¡Te levantaste!

—Hola, An. Me dijeron que alguien estaba aprendiendo los colores. —Miró a Martín, que la observaba lleno de alegría.

—¡Dijo: “Au”! —decía Martín mientras le levantaba los bracitos a su hermano y este se reía junto a Andrea, que se volvía a sentar en el sillón. Ana se sentó en la silla del comedor, se inclinó hacia adelante y observó cómo ambos hermanos aprendían con esas tarjetas cuadradas.

—¿Querés algo para comer? —le preguntó Andrea, que se sentaba en el sillón mirando en dirección a su madre.

—No, no. Gracias. Mañana en el desayuno seguro me vuelve a dar hambre.

—¿Pero un té? ¿Algo para tomar? —dijo ella.

—Un vaso con agua estaría bien. —Hizo una pausa y miró a su hija con unas lágrimas en los ojos—. Gracias, An, y gracias por estar encargándote de la casa.

—Te quiero, ma. Ahí te traigo el agua.

Se paró enseguida y fue a la cocina, donde prendió la luz y buscó un vaso para su madre. Ana agarró una de las tarjetas que estaban en el suelo y le preguntó a Nicolás:

—¿Qué color es este? —Y le mostró una nube de color amarillo.

El bebé se quedó mirándola a los ojos y empezó a babear. Martín se rio al ver cómo su hermano observaba a su mamá sin parpadear. El bebé dijo:

—Mamá.

—¡Ah! —dijo ella feliz. Agarró al bebé y lo levantó.

—¡Sos su primera palabra! —dijo Martín y se paró para abrazar a su mamá y a su hermanito—. Andrea, ¡vení rápido! —le gritó el pequeño.

Ella entró corriendo al comedor con el vaso de agua.

—¿Qué pasó? ¿Qué pasó? ¿Está bien mamá?

—Mirá —dijo Ana sentando a Nicolás sobre su pierna. Agarró la tarjeta de la nube amarilla y le preguntó a su hijo:

—¿Quién soy? —El bebé se empezó a reír.

—¡Mamá! —dijo en un volumen más alto que antes.

—Ya lo filmo —dijo Andrea. Sacó de su bolsillo su celular y activó el modo cámara—. Preguntale de nuevo, ma.

Ella le puso el celu frente a su cara y grabó la tercera vez que Nico decía: “Mamá”. Andrea le dio un beso en la cabeza al bebé y guardó el celu en su bolsillo. En ese momento, sonó el timbre de la entrada de la casa y Martín se asustó.

—Luis tiene llaves —dijo pensativa—. Es tarde para que sea la abuela. Así que no abras, Andrea.

—Sí, mamá.

Todos se quedaron mirando la puerta unos segundos y alguien empezó a golpearla con fuerza.

—¿Quién es? —preguntó Ana acercándose despacio.

—Tengo que hablar con Ana Figueroa. Soy de la Policía Federal.

Ana miró por el visor de la puerta y vio a un policía parado frente a la puerta y un auto de la Federal con las luces encendidas estacionado frente a su casa. Ella abrió la puerta con miedo y Andrea se paró a su lado.

—Permiso, ¿puedo hablar adentro con usted? —preguntó el cabo y Ana le permitió pasar.

El cabo entró, le hizo una seña a su compañero de que todo estaba bien y Ana cerró la puerta.

—Señora, tengo que hablarle sobre Luis Domínguez, su hijo.

—¿Qué le pasó? —dijo ella asustada.

El policía tardó unos segundos en responder y, sin bajar la mirada, le dijo cortante:

—Su hijo entró a robar a una farmacia y el dueño del local le disparó. —Se quedó en silencio unos segundos mientras Ana empezaba a llorar y lo miraba destrozada—. Su hijo está muerto, señora.

Martín los miraba desde lejos. En unos segundos, todo se mundo se cayó: su hermano estaba muerto. Su hermana empezaba a llorar. El niño vio que su madre se quedó con la vista hacia adelante, quieta, sin ninguna reacción. Cuando Andrea, desconsolada, quiso abrazarla para no caerse, su madre se desvaneció y cayó al suelo inconsciente, golpeándose la cabeza fuertemente.

Martín se quedó estupefacto, con un dolor en el pecho que jamás había sentido. Sintió que él también había muerto esa noche.

Capítulo 6

El hotel de los muertos

Era viernes y Martín veía a su madre internada. La veía muy pálida; un monitor a su derecha mostraba una línea de color verde que indicaba el ritmo de su pulso y el pitido del sonido se había hecho más lento que el día anterior.

Martín ni había tenido tiempo de llorar la muerte de su hermano. Desde que el policía les comentó lo sucedido en la farmacia, una ambulancia llegó diez minutos después y dos enfermeros subieron a su madre al vehículo. Él y sus otros tres hermanos viajaron en esa ambulancia mientras veían que su madre no reaccionaba a los masajes RCP que ambos enfermeros le hacían.

Al entrar al hospital, vieron que había una gran cantidad de gente aguardando para ser atendida. La familia estuvo esperando una hora hasta que pudieron llevar a su madre a una sala de emergencia, donde varios médicos entraban apurados para asistirla.

Andrea lloraba junto a la pequeña Ivana y su abuela. Esta había ido a reconocer en la morgue a su nieto muerto y ahora sostenía llena de lágrimas al bebé, que no entendía qué sucedía.

Habían pasado dos días desde esa noche fatídica del miércoles. Ahora Martín veía a su madre con los ojos cerrados y una máscara de oxígeno que apenas se movía. Pero el niño no podía reaccionar, seguía incrédulo de cómo había cambiado su vida en tan solo dos días.

—Tuvo un infarto, ahora ya está estable. Pero su cáncer de hígado empeoró. Se debilitó mucho. Han bajado sus defensas —le decía el médico a Josefina mientras ella veía morir a su hija—. Incluso un trasplante de urgencia de hígado sería inútil, ya que ha sufrido metástasis, es decir que el cáncer se ha propagado a diferentes partes del cuerpo.

—Doctor, ¿qué podemos hacer? ¿Qué pueden hacer para salvarla?

—Estamos haciendo todo, señora. Pero la situación es muy complicada.

El niño, desde el pasillo, los veía hablando en la habitación; veía como, con cada palabra del doctor, la cara de su abuela se transformaba en sufrimiento y llanto. Cuando el médico salió, Martín se quiso acercar para hablarle, pero el médico no lo vio y entró a la habitación de enfrente, donde una persona también con cáncer esperaba su final.

El sábado a la mañana, Josefina llevaba temprano a sus nietos al hospital para acompañar a su madre. Al llegar a la puerta, Martín pudo sonreír unos segundos: sus cuatro mejores amigos de la escuela lo abrazaron al verlo llegar y para él fue una caricia al alma.

—Mamá trabaja en el hospital y me trajo con los chicos para acompañarte, Martín —decía Agustina al ver a su mejor amigo mientras el niño abrazaba uno a uno a sus compañeros.

—Hola, Agus —le dijo Josefina—. Gracias por venir. Quédense ustedes acá con Martín, que yo tengo que ir a ver a Ana.

Andrea entró apurada al hospital con su abuela y abrieron la puerta mientras ambas llevaban a Ivana y al bebé Nicolás en brazos.

—Nos preocupamos porque faltaste estos dos días a la escuela y Agus nos contó ayer lo que les pasó a tu mamá y a tu hermano —decía Mateo, mirando a su amigo a través de sus anteojos algo sucios.

—Estoy muy triste, amigos. —Al terminar de decir esto, sus cuatro amigos lo volvieron a abrazar. Martín lloraba por primera vez en toda la semana y sentía un dolor muy fuerte en el pecho que al llorar se le alivianaba bastante.

—Se va a curar —le decía Tatiana, su otra amiga, mientras lo miraba con cara de tristeza.

—No quiero perder a mi mamá. No quiero perderla.

—¿Y si la curan? —preguntaba Ramiro y le daba uno de sus pañuelos descartables a su amigo mientras este se sonaba los mocos.

—Es difícil, es muy difícil. Perdí a mi hermano y ahora mi mamá está mal. ¿Por qué? ¿Qué hicimos de malo? ¿Qué hice mal?

El niño se tapaba la cara con su brazo derecho para que sus amigos no lo volvieran a ver llorar. Esta vez, ninguno sabía qué decir. Luego de un minuto de silencio, Agustina le tomó la mano derecha a Martín y le dijo:

—Siempre vamos a estar con vos.

Martín esbozó una sonrisa y abrazó a su mejor amiga, mientras ella sentía las lágrimas tibias de su amigo que mojaban su hombro. Martín luego abrazó a Mateo, que era el más alto de ellos, y ahí todos lo volvieron a abrazar. Se quedaron varios segundos en silencio así, mientras Martín volvía a sentir más calmada su respiración y su corazón se tranquilizaba. Luego de separarse de ese abrazo grupal, la mamá de Agus, Carolina, salió del hospital y saludó a Martín.

—Hola, pequeño.

—Hola, Caro —dijo él acongojado.

—A Agus se le ocurrió venir con tus amigos y acompañarte en estos momentos complicados. —Agus se sonrojaba cuando Martín la miraba agradecido—. Ahora andá a acompañar a tu mamá, que necesita todo el amor de su familia. Yo subo y llevo a los chicos en un rato.

—Sí —dijo él mientras se volvía a secar la cara con su manga y entraba más calmado al hospital.

Martín vio que el ascensor estaba lleno y había varias personas esperando para subir, así que decidió llegar al piso dos por escalera. Subió uno a uno los escalones grandes de ese edificio antiguo y vio el mal estado en el que estaba el hospital: la escalera estaba con varios escalones rotos, el barandal se movía bastante y el techo estaba descascarado. Se frenó y vio la planta baja, donde todas esas personas querían usar el ascensor, y vio que, de los tres elevadores, solo funcionaba uno. Los otros dos tenían una faja amarilla que decía: “Clausurado”. Vio a mucha gente adolorida esperando ser atendida mientras una enfermera y un recepcionista corrían de un lugar a otro, tratando de hacer sus tareas lo más rápido posible para ayudar a esas personas.

Le dio mucha tristeza a Martín ver eso, empezó a llorar mientras volvía a subir las escaleras, hasta que vio la entrada al piso dos. Antes de abrir la puerta, una voz familiar se escuchó del otro lado. Era su hermana y, por el tono con el que hablaba, estaba furiosa. Martín apenas abrió la puerta y vio por un hilo de luz cómo Andrea discutía con Felipe, el amigo de Luis.

—Andre, te digo la verdad. Él quiso ir, yo no lo obligué.

—Siempre fuiste el de las malas ideas. Y sabés que Luis no era de hacer esas cosas.

—Te lo juro, él quiso hacerlo para conseguir los medicamentos para tu mamá. Yo necesitaba robar para que me aceptaran en la banda.

Andrea se mordió el labio al escuchar eso. Tomó sus manos y, al girarlas hacia arriba, vio que Felipe tenía un lobo tatuado en su muñeca derecha. Estaba recién hecho.

—Veo que te aceptaron en esa banda de ladrones.

—Sí, estoy orgulloso —dijo él sacando pecho—. Tu tío también forma parte de la banda.

—No me hables de él —dijo ella enojada.

Felipe cerró los ojos y respiró profundo.

—Andre, yo te puedo mantener, tengo dinero, ya me compré un auto. —Hizo una pausa—. An, yo te quiero.

—Lo nuestro ya fue, Felipe. Ya pasó. Éramos más chicos.

—¿Y ahora cuántos años tenemos?, ¿cincuenta?

—Basta, Felipe, ya cortamos.

—Está bien —dijo él y del bolsillo de su jean sacó un fajo de billetes doblados a la mitad con una bandita elástica—. Mirá. No es mucho, pero es lo que me quedó del robo. Les va a servir, para que…

En todo el pasillo se escuchó el sonido de la cachetada que Andrea le dio a Felipe en la cara. Su mejilla estaba completamente roja, al igual que los ojos de ella.

—Mi hermano murió por tu culpa y no vas a poder hacer nada, nada, para limpiarte esa carga.

Felipe no podía pestañear mientras se tocaba la cara dolorida y observaba a su exnovia.

—Andate, ahora. No te quiero ver más. ¡Nunca te voy a perdonar por esto! —dijo ella señalando la puerta de la escalera. Martín se escondió cuando Felipe abría la puerta y empezaba a llorar del dolor.

Ella se quedó parada contra una pared, tapándose la cara, mientras Martín entraba al pasillo y le tomaba la mano a su hermana.

—An —dijo él con voz suave mientras su hermana, al verlo, lo abrazaba con tristeza.

—Hola, Martín.

Se quedaron en silencio mientras ambos lloraban. Al separarse, Martín miró al suelo y tocó el rosario celeste que llevaba puesto.

—An, ¿por qué Dios nos hace esto? ¿Acaso somos malos?

—No, Martín, no —dijo ella y lo volvió a abrazar, pero él se separó de ella con algo de brusquedad.

—No entiendo, ¿por qué nos pasa esto? —Hizo otra pausa—. ¿Y dónde está papá? ¿Por qué él nos abandonó también?

Ella lo escuchaba y lloraba sin poder contestar; el pequeño tenía los ojos llenos de lágrimas y su voz se quebraba con cada palabra.

—Papá nos dejó, Luis se murió y ahora mamá también va a morir.

—Tené fe, Martín. Por favor.

—¡Para qué! —dijo él gritando mientras ella se tapaba la boca y lloraba en silencio observando a su hermano—. La vida es una mierda, An.

Lo dijo muy enojado, mojando su remera de lágrimas, mientras él se iba caminando por el pasillo y su hermana se sentaba en el suelo, tapándose la cara con sus rodillas.

Capítulo 7

El trato

El clima de la sala de terapia intensiva era lúgubre. El cielo estaba nublado y aunque eran las tres de la tarde, entraba muy poca luz por la ventana. Josefina sostenía al bebé en sus brazos mientras el médico miraba los signos vitales de Ana y su cara no dejaba posibilidad al optimismo.

Martín veía la escena y le dolía la cabeza de pensar tanto y de tanto sufrimiento. Estaba viendo a su madre morir, ya no le quedaba mucho tiempo. Andrea tomaba la mano de su madre y, sentada al lado de su camilla, rezaba en voz baja por su recuperación.

El médico se paró y caminó hacia otra parte de la sala, observando la ficha de una anciana que también estaba internada ahí. El niño caminó despacio hacia el doctor y, al llegar a su lado, tiró de su delantal. El hombre vio que el pequeño estaba junto a él.

—¿Qué pasa? —dijo secamente.

—Por favor, tiene que salvar a mi mamá. La quiero mucho.

El médico subió la mirada hacia Josefina y ella, al darse cuenta, empezó a caminar hacia Martín.

—No hay nada que podamos hacer. Lo siento.

Martín se quedó estático al escuchar eso. El doctor dio media vuelta y caminó hacia otro paciente que estaba en esa sala. Josefina lo tomó de la mano y lo acercó hacia Andrea.

—Hablale a mamá. Decile algo lindo, Martín —le dijo Andrea. Veía como sus signos vitales cada vez iban haciéndose más lentos y solo podía seguir acariciando su mano.

El pequeño se acercó al oído de su madre y le dijo:

—No me dejes, mamá. No nos dejes solos, por favor.

—Martín, tené fe —dijo Josefina.

En ese momento, el chico explotó.

—Basta. ¡Ya basta! Basta de tener fe y basta de Dios. ¿Dónde está Dios ahora? —Martín, gritando, señalaba a las personas que había en cada camilla en esa sala.

Andrea se paró para agarrar a su hermano, pero él salió corriendo por la puerta y la cerró con fuerza. Se paró unos segundos y vio que, del otro lado del pasillo, Agustina y su mamá lo miraban desde lejos. Él observó la puerta que daba a las escaleras y corrió hacia allá.

—Agus —alcanzó a decir Caro mientras veía cómo su hija empezaba a correr por el pasillo para llegar hacia Martín.

El niño no quería hablar con nadie y, al bajar un piso por la escalera, vio a Agus abrir la puerta y mirarlo desde arriba.

—Martín. ¡Esperame! —le dijo ella. Al ver que su amigo empezaba a correr, ella hizo lo mismo, bajaba de a dos escalones a la vez por esa escalera antigua del hospital.

Él corría con todas sus fuerzas. Cuando llegó a la planta baja, corrió por todo el piso, pasando entre las personas, empujándolas y escuchando cómo ellas se enojaban con él. Al mismo tiempo, Agus llegaba a la planta baja también y, tratando de no molestar a las personas que estaban allí, pedía disculpas y le llevaba más tiempo pasar por ese piso abarrotado de gente.

—¿Qué te pasa, nenito? —le dijo un hombre mayor mientras Martín seguía corriendo unos veinte metros más y empujaba una puerta pesada que daba al patio del hospital.

—Perdón, disculpe, perdón —decía Agus mientras veía a su amigo, que había pasado la puerta de vidrio y ella estaba más cerca de encontrarse con él.

—¿Qué pasa, niña? —le dijo el hombre mayor, agarrándola del brazo y frenando su carrera.

—Es Martín, quiero hablar con él —dijo ella agitada mientras veía cómo su amigo corría por el patio y ya lo empezaba a perder de vista.

—Esto es un hospital, no un jardín de niños —le reprendía el señor mientras ella hacía fuerza y se soltaba de ese hombre.

En ese momento, Martín se escondió detrás de una estatua grande y antigua y vio cómo su amiga abría la puerta pesada y gritaba su nombre.

—Martín, Martín. ¡Quiero hablar con vos! —decía ella y empezaba a andar por el camino por donde estaba él.

El niño se agachó y se escondió muy bien para taparse con la estatua. Agus pasó caminando por esa vereda, sin darse cuenta de que estaba a metros de su amigo. Él vio que Agustina avanzó hasta al final del camino y giró a la izquierda mientras seguía gritando su nombre.

Martín se paró y, cuando ya no vio a su amiga, volvió hacia el otro lado del camino y llegó a la puerta que daba a la entrada al hospital. Miró por el vidrio de la misma; veía a mucha gente triste y enferma, pocas enfermeras para ayudar y el anciano que lo había retado antes le gritaba ahora a la enfermera que tenía cerca.

Su pecho le apretaba. Empezó a llorar y se agarró con su mano derecha la remera en el medio del pecho. La cruz de su rosario celeste le pinchó la mano. Enojado, lo sacó de debajo de su remera y lo agarró con sus manos. Lo miró unos segundos; furioso y haciendo fuerza, rompió el rosario, que cayó al suelo en siete partes.

Lo miró en el piso y avanzó por el camino opuesto a la puerta del hospital. Se dio cuenta de que había bancos de piedra antiguos y unas estatuas de ángeles algo deterioradas en ese gran patio. El pasto estaba más alto a cada paso que daba y la vereda estaba bastante rota. Unos arbustos de color verde oscuro estaban crecidos, bordeaban la vereda y sus ramas empezaban a hacer más angosto el lugar por donde caminaba Martín.