El comienzo del paraíso - Edmundo Paz Soldán - E-Book

El comienzo del paraíso E-Book

Edmundo Paz Soldán

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Beschreibung

La naturaleza ya no es lo que era: intervenida por los humanos, desestabilizada por la convulsión climática, da lugar a frutos extraños. Los animales y plantas tampoco son lo que eran: a veces son fantasmas recuperados por la tecnología, otras se convierten en amenazas públicas al mezclarse con la inteligencia artificial. En los cuentos de El comienzo del paraíso, Edmundo Paz Soldán explora cómo, al cambiar dramáticamente lo que nos rodea, nosotros también nos hemos vuelto seres extraños en este planeta. En estos cuentos impactantes y de vigoroso ritmo narrativo –escritos con una prosa envolvente capaz de construir atmósferas variadísimas– aparecen peces monstruosos de las profundidades abisales, árboles estranguladores y animales de una península devastada, que van de mutación en mutación. El resultado es un libro profundamente marcado por la mutación como regla, en el que, sometidos por fuerzas incontrolables, todo parece estar amenazado por la extinción al mismo tiempo que la vida se las ingenia para persistir.

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Seitenzahl: 188

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Edmundo Paz Soldán

El comienzo del paraíso

Edmundo Paz Soldán, El comienzo del paraíso

Primera edición digital: noviembre de 2025

ISBN epub: 978-84-8393-724-2

© Edmundo Paz Soldán, 2025c/o The Wylie Agency

© De la ilustración de cubierta: Marcela Ribadeneira, 2025Collage, incluye el embrión intervenido de una foto de Teresa Zgoda y Teresa Kugler.

© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2025

Colección Voces / Literatura 380

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com

Editorial Páginas de Espuma

Madera 3, 1.º izquierda

28004 Madrid

Teléfono: 91 522 72 51

Correo electrónico: [email protected]

a Lily

a mi madre, Lucy

Camino

Con ese lobo

Que ya no existe.

Toshio Mihashi

El increíble hombre del pantano

El piloto abrió los ojos y la oscuridad lo abrazó. No veía luces por ninguna parte. Tardó en descubrir contornos: fierros sobre su cabeza, un vidrio hecho trizas. En torno a él flotaba un polen dorado.

Una voz ronca de mujer le preguntó si lo copiaba, y el ruido de la estática la interrumpió. Quiso moverse y no pudo: algo lo empujaba contra el asiento. Escuchó un burbujeo y lo invadió un olor a podrido, el de las flores cuando las mataba el calor del verano y revoloteaban las moscas. Un líquido espeso lo rodeaba, como si estuviera metido en una sopa fría y grumosa. Las raíces aéreas sobre su cabeza se deslizaron sinuosas, entregándole su fragancia de almizcle mientras se preparaban para abalanzarse sobre él, o eso al menos pensó el piloto.

Una planta sumergida asomó su corona púrpura. El piloto creyó tocar un alga interminable y resbalosa, bañada por una sustancia viscosa como clara de huevo. Las ranas croaron y el sonido raspó su garganta. La voz volvió a preguntar si lo copiaba. El tono era familiar, ¿dónde lo escuchó antes?

Un fierro le punzaba el pecho. Sus mejillas habían perdido dureza y parecían de mermelada. El polen entró en los ojos y las pupilas ardieron. Pestañeó tratando de expulsarlo. No veía gran parte de sus brazos, tampoco las piernas: desde el pecho hacia abajo, su cuerpo se escondía. Era solo una mente que registraba cosas, una mirada que procesaba el entorno, oídos en los que el sonido reverberaba. O acaso se trataba de una caída hacia arriba y el suyo no era un caza bombardero sino un cohete que acababa de explotar en el espacio, sus pedazos diseminándose entre estrellas mientras él flotaba arrastrado hacia el confín del universo.

En la nebulosa estalló algo semejante a la verdad: sí, eso era, el piloto de un caza que había salido en una misión de reconocimiento. ¿Dónde estarían sus compañeros? ¿Habrían caído también? Si gritaba, ¿lo escucharían? ¿O se habrían perdido en la planicie? Porque se trataba de una planicie. Eso fue lo último que vio, antes de que escuchara un ruido extraño en el fuselaje y se sintiera en caída libre.

Las ramas seguían enroscándose contra él. Un movimiento leve de las hojas, y se abría una boca enorme: él podía ver las espinas en esa cavidad carnosa.

–Hemos salido a buscarte –continuó la voz–. Ten paciencia, está difícil. La artillería enemiga no nos permite acercarnos.

–¿Dónde estoy? Solo díganme dónde estoy.

–El lugar no es de fácil acceso. Haremos todo por rescatarte.

–¿Dónde estoy? –volvió a preguntar. Hubo un silencio, e insistió. Necesitaba mantener una conversación con alguien. Que el flujo de las palabras lo distrajera de la sopa en la que flotaba y las ramas vivas que querían ahorcarlo, del pantano al que había ido a dar. Una caída sin suerte. Hubiera sido mejor precipitarse sobre árboles capaces de amortiguarlo.

El ruido de la estática le recordó el sonido del equipo de música de su hermana. Ludmila respiraba como si se ahogara y era cantante de una banda de música electrónica. A los ocho se columpiaba en neumáticos con las chicas del barrio y pasaba horas con ellas, suspendidas de cabeza en las barras de hierro del parque o haciendo equilibrio en una soga atada entre dos árboles mientras los chicos jugaban al fútbol, a los doce se ponía a escondidas los vestidos de mamá y cantaba delante del espejo acompañada por una crepitante grabación de aplausos. Orinaba de parada, se rapó el pelo, decía llamarse Ludmilo. Ludmila siguió su camino pese al rechazo de los padres, él un dentista que veía comedias en la tele mientras esperaba pacientes, ella una inspectora de impuestos que miraba a otro lado para ayudar a los amigos. Ludmila usaba pantalones y blusas apretadas para su peso, su carne gelatinosa quería escaparse a una nueva vida, menos dispuesta a la censura. Entró en la universidad y la dejó, se fue a vivir a un edificio abandonado del centro junto a otras amigas. En sus noches de franco, el piloto la acompañaba a bares de barrios marginales hasta la madrugada; se escondía detrás de una gorra y gafas oscuras, le gustaba esa vida tan diferente a la disciplina militar, en los tiempos antes de la invasión. Comenzaban con nintendocore –Ludmila era genial con el sintetizador y los chiptunes para evocar el ritmo de Zelda, Castlevania o Super Mario–, luego el baile se volvía frenético con tres o cuatro canciones de spacesynth –un emulador de un sintetizador analógico creaba efectos de sonido que evocaban imágenes de naves espaciales, planetas desconocidos, viajes a través de la galaxia–, y en el cierre se entregaban al synthAI: Ludmila sola frente a chiquillos borrachos y drogados que se empujaban hasta caer al piso pringado de cerveza y la insultaban, ella imperturbable, utilizando una laptop para crear composiciones y melodías a través de algoritmos y redes neuronales.

De verdad, ¿tenía una hermana llamada Ludmila?

«Ahora sí», pensó. «Es un pantano».

Sintió en los huesos el frío líquido que lo rodeaba. Un caldo inmemorial se preparaba durante milenios, esperando con paciencia ese lejano momento en que un caza llovería del cielo junto a su piloto extraviado. Un lugar lleno de fósiles y bacterias sumergidas que ningún científico había descubierto todavía, conjurándose para abrazarlo en su caída. En alguna parte debía terminar todo. Recordó, días atrás, la conversación en el comedor de los oficiales sobre esa guerra desigual, bajo banderas colgadas del techo que evocaban la patria y sus amores mientras ellos se desangraban, sabedores de que el final no estaba lejos: una bomba, una granada, un misil, incluso un ataque nuclear. Un piloto de bigote sutil, recortado como para no escaparse más allá de las comisuras de la boca, había dicho que quería una muerte dulce, dormido mientras su caza se hundía en las aguas de un océano color miel y lo abrazaba una estrella de mar. Qué poético, dijo uno. Qué tonto, dijo otra. No hay muerte dulce en un avión, dijo él alzando la voz y pensando en aquella vez en que se había besado con ese piloto de bigote sutil a la salida de una fiesta, en el estacionamiento, bajo la luz de una luna que se derramaba sobre todos ellos en ese tiempo feliz en el que no los convocaba la guerra.

«No el mar», pensó, «sino un tonto pantano».

Las fuerzas enemigas habían atacado con armas químicas cerca de la frontera. Era lo impensado, puesto en marcha como forma de acortar los tiempos ante un enfrentamiento que se prolongaba demasiado. El gobierno nacional elevó una queja, vivía mucha gente en esos pueblos, y un arco de cientos de kilómetros era territorio restringido oficialmente porque arqueólogos de varios países trabajaban de forma conjunta en excavaciones «fundamentales para el conocimiento de nuestro pasado compartido». Enviaron al equipo del piloto en misión de reconocimiento, a confirmar lo descubierto por los drones. Eran cuatro cazas. Recordaba el impacto de las balas en el fuselaje, el tartamudeo del motor. Intentó usar el paracaídas y no se eyectó a tiempo. El caza perdió altura y él enrumbó al bosque, lejos de la ciudad de casas humeantes tomada por las tropas enemigas, del edificio del teatro donde se refugiaba la gente, destruido a punta de misiles (ciento cincuenta y tres muertos), de la radiación que se propagaba rápidamente a través de partículas invisibles. ¿Dónde estarían los demás? Seguro no mejor que él.

–Por favor, di algo. ¿Me copias?

No tenía memoria del impacto. No sabía cuánto tiempo había estado ahí. El pantano se había comido la mitad del avión, no debía ser profundo y eso lo salvó. El pico del caza se había estrellado contra el fondo.

–¿Me copias? Soy Ludmila.

El piloto se sorprendió. La inconfundible voz de su hermana, herida por el tabaco. ¿Era ella desde el principio?

–¿Ludmila? ¿Qué haces ahí?

–Me llamaron a la base de emergencia. Me contaron lo ocurrido. Estoy aquí para ayudarte a atravesar este momento. Por favor no te derrumbes. No te dejes vencer. Dime qué quieres escuchar. Puedo componer lo que quieras, convocar a la cantante que se te ocurra.

El piloto sintió que se le hinchaba el pecho. Su jefe era capaz de esos detalles.

–Ludmila, qué lindo escucharte. Quiero que sepas… si en algo te ofendí, perdón.

–Me ofendiste muchas veces. Tu vida fue una ofensa continua.

–Pero… no es el momento.

–Esas noches que salías con nosotras, ¿crees que no me daba cuenta de tu incomodidad? Mis compañeras me lo decían, se te notaba en la cara. No debe ser fácil. Pero no he venido a reprocharte nada. Estoy aquí para apoyarte a que salgas adelante.

–Hice todo lo que pude.

–Uno hace todo lo que puede, y luego llega la nada.

–Ludmila, ¿de verdad eres tú?

–Uno es experto en la nada, y como el país no le ha dado nada, ofrece su vida para devolverle esa nada que le ha dado.

–¿Ludmila?

–Luego llega la nada. Luego llega la nada. Luego llega la nada.

El eco de la estática escupió el silencio. No, no podía ser ella. Su cerebro le jugaba una mala pasada. Se disolvía en esa sopa que lo acompañaba.

Debía despertar. Se hallaba solo como al principio, perdido en esa inmensidad herida. Milenios antes habrían pastado en esa estepa los antepasados de los caballos y los bisontes, y seguro cerca del pantano, en la zona arqueológica, se encontrarían todavía no descubiertas tumbas de reyes antiguos, enterrados junto a piezas de orfebrería, armas, vasos rituales de oro y plata, copas de madera, copones con cabezas de carnero, restos de un friso con figuras de guerreros. De aquí a milenios alguien, seguro no un humano, encontraría los restos del caza en el pantano, algún hueso con un pedazo del uniforme, los galones, fibras de tela entre los dedos.

No debía dejarse llevar por la negrura.

–Ludmila, vuelve, por favor.

Los soldados enemigos debían estar peinando el bosque y pronto lo encontrarían. Hacía frío y tiritaba. Estornudó y escupió polen. Como si este ya no lo rodeara, como si él mismo lo produjera. Las ramas se habían replegado y lo miraban con miles de ojos brillosos a lo largo de sus hojas. Conspiraban para ahogarlo. Lo empujarían al fondo del pantano, harían presión hasta que él se quedara sin aire, lo entregarían a alguna entidad desconocida que yacía en la oscuridad. Las moscas que crecían dentro del agua gelatinosa esperaban turno para sembrar huevos en su piel.

Antes de partir revisó el mapa de la misión con su superior. El teniente tenía la piel verduzca y su pelo era paja quemada por el sol. Intentó recordar los detalles de su rostro y la piel del teniente se derritió. Los dos se acercaron al caza y el piloto tocó el fuselaje, el metal convertido en sustancia membranosa. Sus padres estaban al lado del avión, su madre llevaba gafas oscuras y minifalda y le pedía que subiera a la cabina con un movimiento del brazo, a la manera de una azafata.

Ludmila tosió a su lado y él quiso decirle que era hora de volver a casa. Giró para verla y no la encontró. Ella se escondía de él, en una cueva en el bosque, a tener crías. Él la persiguió, y cuando estuvo cerca las crías saltaron hacia él: unas ranas hermosas y transparentes.

Trató de levantarse del asiento y el cinturón de seguridad se rompió. Caía hacia el fondo de un pozo. Al rato percibió que no se había movido de su lugar.

Las ramas acariciaron el rostro. Él levantó los brazos y los descubrió convertidos en una mezcla de juncos y algas chorreantes de barro. «Por eso estaban escondidos», pensó. Porque se iba transformando. Las piernas eran también juncos y algas destilando agua barrosa.

Era el increíble hombre del pantano.

Golpeó el vidrio trizado con el puño hecho alga y junco hasta que cayeran los pedazos. De un salto, salió del avión. Eructó y salieron renacuajos de su boca.

–¿Me copias, me copias? Por favor. Por. Favor. ¿Te pongo una canción?

Se tocó la cabeza: los huesos de goma. Metió la mano en el cráneo y lo descubrió tomado por el pantano. Las ramas que lo rodeaban hacía poco eran él y su cuerpo miraba el derredor a través de mil ojos. Todo tomado por las plantas, el sedimento, la vegetación acuática que conformaba el pantano.

Las células de las plantas lo habitaban, los microorganismos del pantano lo habitaban.

Una voz le dijo que su hermana llegaría pronto a buscarlo. Pobre mujer, pensó.

Todo tomado, también su conciencia. Quedaban rastros de una confusa inteligencia con una vaga noción de sí misma, intentando entender ese nuevo mundo que lo rodeaba.

–¿Me copias? Danos una señal.

No era un hombre sino una cosa. No un piloto de guerra transformado en planta sino una planta que creía ser un piloto de guerra. Una planta que se esforzaba al máximo por ser un piloto de guerra.

–¿Ni siquiera eso puedes?

Un helicóptero surcó el cielo. Escuchó disparos y se sintió dispuesto a la pelea.

Sideral

Una de la mañana

Hurtado pensó que había sido estúpida la idea de invitar al artista paraguayo a que expusiera sus obras de bio-arte. ¿Qué tenían que ver con un Planetario? La directora dijo que la exposición, bautizada Sideral, proponía entender el universo como una red de interconexiones: la telaraña inmensa construida por arañas fluorescentes bajo la luz ultravioleta proponía el surgimiento de familias de galaxias en las que el microcosmos cooperaba con el macrocosmos.

Habían estado cazando arañas fluorescentes desde las once de la noche. En la sala de control del segundo piso, Hurtado revisaba las pantallas mientras tomaba una sopa Maruchan. Winkler cojeaba cuando reapareció: contó con voz apresurada que subía y bajaba de tono, como si hubiera perdido la capacidad de modularla, que una legión de arañas del tamaño de la palma de su mano se le abalanzó cerca de las boleterías del Planetario, y que al intentar eludirlas se golpeó con la pared. Ella apuntó a las arañas con la linterna de luz ultravioleta y estas resplandecieron en la oscuridad; en algunas predominaba el verde y en otras el rosado, incluso había una de color pálido que parecía albina: claramente las de la exhibición pasada, solo que más grandes. Hurtado no había visto nada de eso a través del circuito cerrado: solo a Winkler deambulando por las salas del primer piso sin animarse a bajar al subsuelo, donde relampagueaban las arañas.

–Necesitas descansar –dijo Hurtado–. Daré una vuelta.

Winkler se encogió de hombros. Un pañuelo sucio se esforzaba por juntar su cabellera rubia, pero algunas hebras le caían sobre las orejas. En el pecho latía un crucifijo de cobre con incrustaciones de vidros de colores.

–Siento que están cerca –dijo Winkler–, las puedo oler. Me persiguen.

–Las arañas no huelen –dijo Hurtado.

Winkler cogió el spray en forma de lanzallamas y salió del cuarto. Hurtado tiró el recipiente de sopa al basurero y la siguió por el circuito cerrado. Cuando ella daba rondas en busca de las arañas, él vigilaba las pantallas y se comunicaba a través de un walkie-talkie. Una hora antes ella lo llamó para pedirle ayuda y juntos habían matado con permetrina a una multitud, una tan grande –los ocho ojos como pelotas saltonas, el cuerpo arqueado y las patas largas y movedizas como látigos– que Winkler sugirió que se trataba de una mutación. ¿Otra más?, respondió Hurtado. Las arañas que el artista paraguayo había traído al Planetario ya eran mutaciones inquietantes: bio-arte transgénico. «El arte ya no es lo que era», rumió Hurtado al ver a través del espejo del baño en el segundo piso el caótico ingreso de las arañas, y se arrepintió de haber aceptado el turno de noche para eliminarlas. A las seis de la mañana, dos horas antes de que se abriera el Planetario, todo debía haber terminado pues llegaría el relevo para ayudar con la limpieza. Según Hurtado debía declararse una emergencia y cerrarse el Planetario por unos días, contratar un servicio especializado en control de plagas, pero la directora dijo que no era para tanto, suficiente con pagar horas extras a un par de guardias del edificio, no había presupuesto para más. Ah, es que ella había visto solo unas cuantas por la tarde.

Dos de la mañana

Hurtado seguía con un ojo el documental y con el otro los pasos de Winkler en el circuito cerrado. El Planetario no era grande, apenas dos pisos y el subsuelo con una sala para exhibiciones y otra que servía de depósito y en la que se acumulaban cajas, telescopios en desuso y un aparato proyector obsoleto; por eso le llamó la atención que después de quince minutos Winkler desapareciera de las pantallas. Ella había estado en la Sala de Exposiciones en el primer piso, y al salir de esta Hurtado no la pudo ver. Winkler le hacía esas bromas; conocía dónde estaban las cámaras y se daba modos para eludirlas.

Hurtado puso la cámara de la Sala de Proyecciones mientras Winkler se decidía a reaparecer y vio un movimiento raro en una esquina, un destello en la sombra. Era su sala favorita: a través de un programa de realidad aumentada te envolvía con una réplica a escala del cosmos, simplificada para privilegiar los cuerpos celestes más importantes. Decidió ir a ver por su cuenta.

Entró a la sala. Sus ojos se desplazaron de izquierda a derecha y de arriba a abajo. No había nada. Falsa alarma.

Debía volver, pero se dejó llevar. Apretó un botón y la realidad aumentada se encendió: planetas, estrellas y asteroides de colores y brillos distintos desperdigados en una sala que los visitantes recorrían sin seguir un camino fijo, barridos por una luz azulina. Si uno se ponía los audífonos podía apuntar a cualquier cuerpo con un cursor y una voz metálica proveía la información básica. Exageraban los que se condolían de los cambios en el mundo y la ruptura ambiental. Los animales podían desaparecer, los humanos y la Tierra también, sí, pero ¿qué importaba si en el gran esquema de las cosas todo eso en peligro era tan ínfimo?

Hurtado deambuló por ese cosmos como un gigante en tierra liliputiense, atravesando cinturones galácticos que se desarmaban al contacto con su piel y volvían a armarse a sus espaldas, ráfagas de hielo, polvo y roca que formaban cometas, enormes magnetares violeta, una supernova acabada de explotar. Avanzó entre los arracimados cuerpos celestes, le dio un manotazo a la Vía Láctea, distinguió el movimiento subrepticio de Arrokoth –un gigante muñeco de nieve, la insólita unión de dos astros que chocaron y terminaron fusionándose– dentro de la nube del cinturón de Kuiper. Los acantilados cósmicos en la Nebulosa de Carina, a 7600 años de distancia, le revelaron estrellas emergentes de un vivero galáctico. El viejo aparato de proyección había sido reemplazado meses atrás por un carísimo sistema de realidad aumentada con actualizaciones en tiempo real; solo la semana pasada se añadió Farout, el planeta más distante del sistema solar. Era rosado y enano y Hurtado podía verlo en los confines del sistema, cerca del techo de la sala.

Había tantos puntos titilantes en ese cosmos, desde remanentes de estrellas a galaxias compactas, que costaba orientarse. Pese a ello, Hurtado no podía dejar de seguir a Farout. El planeta pulsaba como si tuviera un corazón en su interior, y hacía que un brillo relampagueante saliera de adentro e iluminara su superficie helada como si esta fuera radiactiva. Farout lo llamaba desde los confines de la sala; estaba imantado por él.

Hurtado creyó ver diminutos organismos fluorescentes pululando en torno a Farout. Aguzó la vista: eran como algas verdes y rosadas, filamentos extraños flotando en su campo visual. Mejor: arañas microscópicas. El pecho le tembló: su misión lo sugestionaba. Las arañas se le filtraban en el cerebro y comenzaba a verlas en todas partes.

Debía ir al baño, lavarse la cara, prepararse un café. No estaba acostumbrado a permanecer despierto toda la noche.

Tres de la mañana

Winkler apareció en el vano de la puerta de la sala de control. Había perdido el pañuelo que sujetaba su cabellera y un brazo sangraba. Hurtado le ordenó que se sentara en el sillón mientras buscaba el botiquín de primeros auxilios. Winkler negó con la cabeza.

–He encontrado el orificio –dijo–. El escondite de las arañas. Cientos de ojos ahí, espiándome. Vayamos y matémoslas a todas, entre los dos no debería tomar ni diez minutos. Luego me puedes curar.

Hurtado recordó la exposición, en la sala oscura del subsuelo. El visitante ingresaba a Sideral provisto de una linterna de rayos ultravioleta, la encendía y se iniciaba la fiesta: las arañas fluorescentes tejían su tela con diligencia, moviéndose en un baile armónico de colores y sonidos. A Hurtado le daba pena que experimentaran con los pobres bichos y aparte les tenía miedo, solo visitó el subsuelo una vez y no estuvo más de diez minutos: era efectista y fascinante, una verdadera obra de arte. La exposición fue exitosa y reivindicó a la directora, que hizo imprimir afiches con frases destacadas de los críticos («estas arañas siderales invitan a personas de todo el mundo a tejer la red de comprensión entre especies»). Después de su consagración y de múltiples pedidos para exhibir las arañas modificadas en museos de arte contemporáneo, el artista se llevó su instalación y sus arañas. Un mes después, un guardia descubrió que algunas habían decidido quedarse en el edificio y se lo dijo a la directora.

–Es el clima –dijo Winkler–. Los veranos son cada vez más largos, la humedad se ha puesto insoportable, las lluvias no paran. Desaparecen especies, pero también es natural que aparezcan otras. O que las que hay se adapten a los cambios.