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A través de tres generaciones llegaremos a la increíble vida de Trevor Keelan, un compositor de enorme éxito en la era dorada de Hollywood. Sin embargo, Trevor es un ser especial, con un misterioso don, que le hará único entre el entramado de personas que le rodean. Justo cuando está en lo más alto de su carrera y su música es cotizada por los mejores directores de cine del momento, un imprevisible acontecimiento dará un giro de 180 grados a su vida, envolviéndole en un mundo desconocido e inimaginable. El compositor es una historia que nos sumerge en una época fascinante, donde la música, el cine, el amor y el destino nos conducirán de la mano hasta un inesperado final.
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Seitenzahl: 566
Veröffentlichungsjahr: 2024
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El compositor
Primera edición: enero de 2024© Copyright de la obra: José Manuel Pagán© Copyright de la edición: Angels Fortune EditionsCódigo ISBN: 978-84-127417-2-8Código ISBN digital: 978-84-127417-3-5Depósito legal: B 19969-2023Corrección: Juan Carlos MartínDiseño y maquetación: Cristina LamataIlustración portada: “Pálpito” acuarela de José Manuel Pagán Autora fotografía contraportada: Maya PagánEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez©Angels Fortune Editionswww.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley».
«Las personas que no creen en los milagros me parecen muy poco realistas».
Apeles Fenosa. Escultor
Prólogo
13 de diciembre de 1921. Los Ángeles (California).
Once y media de la noche. Un hombre joven, delgado, elegantemente vestido con un traje cruzado gris, sale de una nave de la zona industrial de Los Ángeles. Se ha desplazado hasta allí en un bonito automóvil que ha adquirido hace apenas unos meses, un Cadillac con motor 16v de color azul oscuro.
Se dirige hacia su coche aparcado delante de la nave, cuando, en un callejón adyacente, escucha unos gritos, golpes y el llanto de una mujer. Se asoma al callejón mal iluminado y, entre la penumbra y los cubos de basura, logra distinguir dos siluetas que se agitan entre las sombras. En un momento toma conciencia de la situación: un hombre corpulento está pegando salvajemente a una mujer que llora y se arrastra por el suelo tratando de protegerse de los golpes.
Sin pensarlo, da un grito que queda resonando entre las estrechas paredes.
—¡Eh! ¿Qué pasa aquí?
El hombre se vuelve con un brusco movimiento y se queda unos segundos tratando de evaluar qué es lo que pretende aquel alfeñique que le mira inmóvil desde la entrada del callejón. Finalmente, su cara se pone roja de ira.
—¿Y a ti qué coño te importa, pedazo de mierda? Más vale que te pires ya mismo, si no quieres que te arranque la cabeza a mordiscos. Cabrón.
El joven, con toda la calma que puede y con voz firme, le dice:
—Deja en paz a esa mujer y aléjate de su lado.
La chica está tendida en el suelo y mira a uno y a otro sin saber qué hacer.
—¿Qué la deje? ¿Y quién coño eres tú para darme órdenes?
—Soy la persona que va a impedir que sigas golpeando a esa mujer.
Casi sin acabar la frase, en un movimiento vertiginoso, el joven atraviesa la distancia que le separa del hombre y le sacude un puñetazo en la cara que le tira de espaldas. El sujeto trata de incorporarse, pero un segundo golpe en la mandíbula le deja tumbado sobre los adoquines. La fuerza de este último puñetazo ha sido tremenda, el joven tiene la mano dolorida. Mueve al agresor con un pie y comprueba que está inconsciente. Va hacia la chica y le ayuda a levantarse del suelo. Ella está descompuesta, tiene los ojos rojos y el rostro presenta unas tremendas señales de los golpes. La ceja derecha está partida y está sangrando por la nariz. El joven saca su pañuelo y empieza a enjuagarle la sangre. Entonces, todo ocurre en un segundo…
El hombre, desde el suelo, saca una pistola y dispara por detrás. La bala se incrusta en la cabeza del joven y todo su cuerpo se afloja. La chica le sujeta intentando evitar que caiga, pero se le escapa y el muchacho se derrumba contra el suelo. La sangre empieza a brotar de la cabeza.
El hombre se levanta de un salto y hace un gesto de amenaza a la mujer:
—¡Ya nos veremos! ¡Puta!
Después sale corriendo del callejón y se pierde en la noche.
La chica no sabe qué hacer. Llorando, intenta tapar con el pañuelo del joven la hemorragia, que lentamente va empapando los adoquines, y mira su rostro. Los ojos están cerrados y las comisuras de los labios empiezan a dibujar el pálido beso de la muerte.
Con todas las fuerzas que le quedan, le arrastra unos treinta metros hasta la entrada del callejón, lo deja atravesado sobre la acera y sale corriendo.
Primera parte
LA SEMILLA
Capítulo 1
La tarde de otoño se va diluyendo en silencio. Miro por la ventana y las gotas de lluvia que se deslizan por el cristal crean un paisaje tembloroso y difuso. Colores apagados y sombras; humo y ceniza.
Tomo un sorbo de mi café y siento que ahora es el momento de contaros una historia. Una historia extraña y hermosa. Una historia real, tan real como la magia que envuelve el mundo y penetra en nuestras vidas como un aliento.
Que ¿quién soy?... Sí, perdón, no me he presentado. Podría decir que soy el narrador, pero prefiero que me conozcáis por mi seudónimo: «El navegante». Me gusta navegar entre las letras si están bien ordenadas. Me embriaga el olor a tinta y adoro los puntos y las comas cuando están en su sitio, y a veces no es fácil encontrárselo. Navegar a través del papel tiene su dificultad. No hay vela, porque aquí no existe el viento, pero tu corazón es el timón que te conduce a través del laberinto de palabras que son conceptos, conceptos que se hacen pensamientos y pensamientos que se convierten en emociones que no te dejan salida.
La historia que quiero contaros se desarrolla en Norteamérica, en la ciudad de Los Ángeles, California, hacia 1920, pero en realidad comienza muchísimo antes. Siento que necesito el calor de la chimenea y un estado de ánimo especial para revelaros con la mayor honestidad posible la apasionante vida de Trevor Keelan, un compositor de éxito en la era dorada de Hollywood. Trevor ha escrito las bandas sonoras de más de veinte películas, vive en una bonita casa con jardín y piscina en Los Ángeles y ha trabajado con los más grandes directores de la época. Pero hay algo que le hace diferente de otras personas: Trevor posee un don muy especial.
Pero empecemos desde el principio.
Ciudad de Cardiff, Gales. Gran Bretaña. 1851.
El abuelo de Trevor trabaja en las minas de carbón de los valles que rodean la ciudad. Se llama Olwen Keelan y con sólo treinta y un años ya es el capataz que organiza las extracciones, crea los turnos y resuelve los problemas a los que se enfrentan los mineros. El trabajo de la mina es difícil y peligroso. Hay que sacar al exterior cientos de toneladas de carbón, que se empleará básicamente para la producción de hierro. Olwen posee una mente ágil y es una persona especialmente habilidosa. Ha diseñado una serie de vagonetas de carga, que funcionan sobre raíles y que facilitan de manera considerable el transporte del material. Su curiosidad le lleva a interesarse con pasión por los nuevos inventos que están asombrando al mundo: la fotografía de Niepce, la máquina de coser de Howe y sobre todo la locomotora de vapor, inventada por Thevithick y perfeccionada por George Stephenson. Los trenes son la pasión de Olwen.
A principios de 1842, las barcazas tiradas por caballos que remontan el camino de sirga de los canales transportando carbón hasta el puerto de Cardiff, son reemplazadas por el primer tren de la Taff Vale Railway Company. Aquel mismo día Olwen decide que quiere trabajar en el ferrocarril.
El seis de marzo de 1855, Olwen Keelan se presenta en las oficinas de la Taff Railway en Cardiff. Tiene treinta y cinco años, una esposa, Rhianna, y dos hijos: Guinerve, una niña de cinco años, y Dewitt, de uno, que será el padre de Trevor, nuestro protagonista.
Ha estudiado a fondo el mecanismo del ferrocarril y se sabe de memoria el funcionamiento de una locomotora, gracias a su amistad con uno de los ingenieros de la mina que, como él, es un ferviente admirador del nuevo invento. Su intención es convertirse en maquinista. Hace varias semanas que ha solicitado una entrevista por carta con el jefe de personal de la Taff, el señor John Craig. Hoy le han citado a las diez en punto.
—Buenos días, Mr. Craig.
—Buenos días. Keelan, ¿no?
—Sí, señor.
El hombrecillo calvo perpetrado tras su enorme mesa de despacho le mira inquisitivamente por encima de sus gafas redondas. Luego se levanta un momento para darle la mano y le señala una silla al otro lado de su trinchera.
—Así que ha solicitado el empleo de conductor de locomotoras, Sr. Keelan, ¿no es así?
—Así es, Mr. Craig, y creo que puedo hacerlo muy bien.
—¿Por qué está tan seguro?
—Porque tengo experiencia en maquinaria de tracción; en la mina las usamos y yo soy el encargado y el responsable, pero es que además me interesan mucho los trenes y he estudiado a fondo su funcionamiento.
—¿Ah sí? —Craig se echa hacia atrás recostándose en su sillón—. ¿Conoce las partes principales de una locomotora de vapor?
—Pues sí, efectivamente. Le podría mencionar el ténder, la cabina, la barra de inversión, el generador, el compresor, la caja de humos, el tubo de vapor, la caldera, el fogón, los pistones, la válvula de admisión, la caja del buje…
—De acuerdo, de acuerdo —le interrumpe Craig—, ya veo que lo conoce. De todas formas, si le aceptamos, tendrá que hacer un curso intensivo teórico y práctico para poder llevar a cabo su tarea. Como comprenderá conducir un tren es una responsabilidad enorme y un manejo difícil, en el que hay que tomar muchas decisiones.
—Estoy acostumbrado a tomar decisiones, Mr. Craig, y en ellas está en juego la vida de mis hombres en la mina.
—Ya veo.
Craig le hace algunas preguntas sobre su vida personal y si ha tenido alguna enfermedad. Le explica que antes de nada tendrá que pasar una exhaustiva revisión médica para comprobar su vista, oído y resistencia. También le advierte de que los horarios son largos y duros y que el trabajo exige mantener una concentración constante. Finalmente, se levanta de nuevo para darle la mano.
—Bueno, Keelan, esto es todo de momento. Recibirá una carta de la compañía si necesitamos sus servicios.
—Gracias Mr. Craig, si me admite no se arrepentirá.
—Adiós, Keelan.
Olwen cierra la puerta del despacho con cuidado y deja escapar un suspiro. Sus ojos brillan.
Al cabo de dos semanas recibe una carta con el sello de la Taff, comunicándole que se presente a principios del mes siguiente para empezar el curso de conductor de locomotoras. Estará a prueba tres meses. Si supera todas las fases formará parte de la plantilla.
1 de abril de 1855.
Olwen está ya a primera hora en la estación central de Cardiff donde la Taff tiene el centro logístico. Se hospedará en un barracón construido expresamente para el personal de la compañía. Unas quince personas están citadas en una sala rectangular con varias pizarras para empezar el curso de teoría del ferrocarril.
Durante un mes, varios especialistas les explican hasta el último detalle, todas y cada una de las partes y el funcionamiento de locomotoras, vagones, raíles, combustibles, señales de tránsito, mapas, estaciones, etc.
Finalmente, cuando el 12 de mayo Olwen se sube por primera vez a una locomotora y se pone al mando de aquella máquina imposible, sabe que tiene ante sí lo que siempre ha soñado. Le embarga la felicidad de conducir aquel organismo metálico que chirría caliente y tambaleante sobre unos raíles plateados que brillan con el sol. Siente su corazón latir con la fuerza de aquella poderosa locomotora y sus ojos, empañados por la emoción, descubren paisajes, nubes, montañas y bosques, desde una perspectiva que nunca había imaginado.
Al cabo de dos semanas de hacer de maquinista, toda la familia de Olwen se coloca cerca de las vías en la larga recta de Lenton Valley para verle pasar. Ven como se aproxima un oscuro punto humeante, tan lejos que su vista apenas puede percibir lo que es. Después ruido, temblor y un enorme animal chirriante que se acerca a ellos a una velocidad increíble: dieciséis kilómetros por hora. Cuando el tren casi está llegando a su altura, los asombrados ojos de su mujer, Rhianna, están llenos de lágrimas. Sostiene en brazos al pequeño Dewitt, que, a punto de cumplir dos años, mira extasiado y temeroso aquel extraño monstruo que se aproxima. Ve como su madre y su hermana agitan unos pañuelos blancos, mientras gritan a todo pulmón el nombre de su padre.
Cuando la locomotora está a punto de pasar a su lado, ven a Olwen riendo a carcajadas y sacando medio cuerpo fuera de la cabina. Agita una mano saludándoles, mientras con la otra hace sonar el silbato repetidamente. El veterano maquinista que va a su lado sonríe y le da a su alumno una cariñosa palmada en el hombro.
Aquel momento mágico quedará grabado para siempre en la memoria familiar, como una chispa de pura felicidad en la historia de los Keelan.
Junio de 1867, seis de la tarde.
Dewitt, el hijo de Olwen, ya ha cumplido trece años y está acabando de pintar cuidadosamente el pequeño vagón del tren que ha construido con su padre. Los vagones son de madera, pero la locomotora es metálica. Ambos han empleado casi un año en crear una gran maqueta en el sótano de la casa. Cuatro mesas sostienen un enorme tablero de cuatro por seis metros, sobre el cual se pueden observar verdes colinas, árboles, un túnel, dos estaciones y un circuito de vías que se entrecruzan y brillan a la luz de las lámparas de gas carbón que han colocado estratégicamente para iluminar todo el recorrido.
Dewitt ha heredado de su padre la pasión por los trenes. Aquella luminosa mañana en la que le vio conduciendo la locomotora «Queen» en la gran recta de Lenton Valley ha quedado grabada en su memoria para siempre como un maravilloso sueño. Él también quiere ser, algún día, maquinista de ferrocarril.
El pequeño tren en miniatura encabezado por una máquina que lleva pintado el nombre de su madre está parado en la estación principal. La maqueta es de un realismo sorprendente, las vías suben y bajan colinas, cruzan puentes e incluso atraviesan una montaña mediante un magnífico túnel. Además, cualquiera que mirase aquel pequeño milagro quedaría asombrado, ya que ese delicioso tren en miniatura es capaz de moverse por sí mismo. Un ingenioso y casi invisible sistema de poleas, con finísimos hilos, ideado por su padre, da vida al mecanismo, consiguiendo crear el efecto de movimiento autónomo del pequeño convoy.
Dewitt ha terminado de pintar el vagón y lo coloca en su sitio ajustando los enganches con precisión.
En aquel momento, Rhianna baja las escaleras del sótano con una bandeja en la mano.
—Hola madre, justo llegas a tiempo; por fin está acabado. Mira qué bien funciona.
Dewitt se dirige hacia el mecanismo de poleas montado al fondo de una de las mesas, camuflado con una montaña, y hace girar la rueda principal. Primero muy despacio y a medida que el tren sale de la estación va aumentando la velocidad. El convoy recorre alegremente su pequeño mundo, mientras Dewitt le sigue con la mirada y con su voz imita el sonido del silbato. La sonrisa que ilumina su rostro es el reflejo de la fascinación que siente por lo que ha conseguido.
Su madre se acerca y le abraza por detrás. Ambos miran deslumbrados como aquel juguete de alta precisión recorre prados, túneles y puentes, hasta que aminora su marcha y se detiene en la estación principal. El niño mira triunfante a su madre con ojos brillantes y una enorme sonrisa.
—Es precioso, Dewitt —dice su madre—. Es lo más bonito que he visto en mi vida.
—¿Verdad que sí?
—Te lo prometo. Nunca había visto nada igual.
—Tengo ya tantas ganas de que llegue el sábado… Creo que la inauguración dejará a todos impresionados. Me ha dicho padre que vendrá el ingeniero y varias personas de la mina, y del ferrocarril también viene su antiguo profesor, el que le enseñó a conducir el tren, con varios compañeros más.
—Sí, lo sé cariño. Ya lo tengo todo preparado. Será un día maravilloso. Anda, tómate el té con estas galletas que acabo de hacer. Tu hermana ya ha merendado. Te dejo estar diez minutos más. Luego subes y acabas tus deberes.
—No te preocupes, enseguida voy. ¡Ummm, están buenísimas!
Su madre sonríe, le da un beso y sube las escaleras que conducen al piso superior.
Dewitt mira aquella obra hermosa y meticulosamente elaborada y se siente feliz. A sus trece años le invade la íntima satisfacción de un trabajo hecho con cariño, desde el corazón y se da cuenta por primera vez en su corta vida de que la felicidad está en esas pequeñas cosas que te emocionan y te hacen sentirte bien en tu interior. Se promete a sí mismo que nunca se dedicará a algo en lo que no pueda tener esa embriagadora sensación.
Mira con cariño por última vez su pequeño universo, coloca los suaves paños que lo protegen, apaga las lámparas y con la bandeja en la mano sube despacio las escaleras con un sentimiento difícil de explicar. Hoy ha sido un gran día.
Capítulo 2
La imparable rueda del tiempo gira y gira, alejándonos cada vez más de la estación de partida, y Dewitt, el hijo de Olwen, ya tiene dieciséis años. Es un chico avispado y de gran destreza manual, pero los estudios teóricos no son lo suyo.
Aquella noche, con toda la familia reunida en torno a la cena, Dewitt levanta la vista del plato y mira a sus padres:
—Tenemos que hablar —dice con expresión seria.
Su madre le mira con inquietud y le pregunta:
—¿Qué te está pasando, Dewitt? Hace días que te noto raro. Sabía que algo está dando vueltas en tu cabeza.
—Quiero dejar los estudios. No soporto más esa escuela y su irrespirable religiosidad anglicana, que lo único que pretende es que todos seamos beatos. Lo que puedo aprender allí no me va a servir para nada en mi vida. Necesito hacer algo en lo que me sienta feliz, como aquella sensación que tuve cuando construimos la maqueta.
Todos le observan en silencio. Dejan que prosiga.
—Padre, tú sabes de sobra mi pasión por los trenes —hace una pausa—. Quiero ser maquinista, como tú.
Hay un momento de silencio. Su madre es la primera en hablar.
—Dewitt, hijo, puedo entender lo que nos dices, pero antes de tomar una decisión tan importante tienes que pensarlo muy bien. Si finalmente dejas los estudios, tu vida cambiará para siempre. Habrá muchas cosas que nunca sabrás. Nosotros tenemos muy poca cultura, porque tu padre empezó a trabajar en la mina con catorce años y a las mujeres no se nos da la oportunidad de aprender. Teníamos la esperanza de que tú pudieras convertirte en alguien con un futuro mejor que el nuestro y hemos hecho un gran esfuerzo para que pudieses estudiar.
—Lo sé, madre, y os lo agradezco de verdad. Sé que os habéis privado de un montón de cosas por mí. Pero tú me conoces… sabes que me vuelve loco la mecánica, los trenes… Es lo que quiero hacer, lo que necesito hacer.
Su padre hace rato que ha parado de comer y le mira intensamente. Finalmente dice:
—Hijo, ¿qué te puedo decir yo, si he sentido toda mi vida lo mismo que tú? Lo veía venir desde hace mucho. Lo que me extraña es que hayas podido esperar todo este tiempo. Sé que aquella maqueta que construimos te afectó profundamente. Creo que en ese momento lo decidiste.
—Sí —dice Dewitt—, aquel día lo vi claro, pero he esperado estos años para ver si me atraían también otras cosas y poder cumplir las esperanzas que habíais puesto en mí, pero no ha sido posible.
—¡Vaya hombre! —interrumpe de pronto su hermana—, así que yo no pude estudiar, porque había que traer dinero a casa y ahora resulta que el capullo de Dewitt no quiere hacerlo.
—¡Guinerve! —su madre le lanza una mirada de reprobación.
—Vale, retiro lo de capullo, pero es verdad… yo sí que hubiese querido estudiar. Me hubiese gustado mucho ser enfermera.
—Guinerve, lo siento, de verdad —dice su hermano—, pero ahora necesito hacer lo que me está pidiendo la vida. Si quieres, con el dinero que han ahorrado los padres para mí, todavía podrías intentarlo.
—Ya, claro, con casi veintiún años y a punto de casarme. A mí ya me ha pasado ese tren, guapo. Seguiré en la fábrica toda la vida —los ojos se le empañan.
—Venga hermanita, sólo te pido un poco de paciencia. Te prometo que más adelante te voy a ayudar si quieres dejar ese trabajo. De verdad, dame tiempo.
Guinerve le mira con los ojos llorosos y trata de esbozar una sonrisa.
—Vale capullito, te entiendo y me alegro por ti.
Su hermano le coge la mano y le sonríe.
—Padre, todos dicen que eres el mejor maquinista de la Taff, ayúdame a entrar. Tienes influencia. Empezaré de aprendiz, desde abajo del todo. No me importa el tiempo que tenga que estar aprendiendo el oficio. Conozco bien los trenes y pondré toda mi alma en el trabajo, lo sabes. ¿Me ayudarás?
Owen sonríe.
—¿Tú que crees? Pues claro que sí, hijo.
Como en un solo latido, ambos se levantan de la mesa y se dan un fuerte abrazo. Dewitt recordará aquel momento como uno de los más bonitos y trascendentes de su vida.
A partir de aquel día, con la decisión tomada, Olwen empieza a mover hilos para ayudar a su hijo. Gracias a su influencia y buena amistad con el jefe de personal, aquel John Craig que le entrevistó a él por primera vez, consigue que al cabo de unos meses Dewitt entre como aprendiz.
Empieza cargando los sacos de carbón, engrasando pistones y comprobando los frenos de zapata, antes de que lo haga el maquinista. Aprende minuciosamente todas y cada una de las piezas de una locomotora y los secretos más profundos del funcionamiento de un ferrocarril.
Al cabo de dos años, ya es ayudante de fogonero. Aprende a controlar el nivel del agua de los tubos, el combustible, el vapor… También verifica que no falte arena seca en el arenero para depositarla en los raíles cuando el tren arranca para que las ruedas no patinen…
Al cabo de cuatro, ya es fogonero. Va al lado del conductor y se encarga de mantener bien alimentado aquel hermoso animal de hierro.
Tres años más le convierten en maquinista. Ha pasado sobradamente todas las pruebas, incluyendo el funcionamiento del nuevo invento: el pistón de doble acción, que duplica la eficacia de la locomotora.
Al cabo de un año conduce por primera vez una máquina de cinco ejes motores y diez ruedas, la más larga y potente que existe. En aquel momento se da cuenta de que su sueño se ha cumplido y tal como sintió al construir la maqueta, se considera el hombre más afortunado del mundo. Mientras conduce la impresionante máquina, da gracias a Dios por lo generoso que ha sido con él.
Verano de 1879. Domingo.
Dewitt ha cumplido ya veinticinco años. Vive solo en un pequeño piso alquilado en el barrio central de Cardiff. Su hermana Guinerve hace ya cuatro años que se casó. Su marido, Cadin, es carpintero y tienen dos hijos pequeños. Viven cerca de la casa de sus padres, en el barrio obrero que rodea el puerto.
Son las once y veinte de la mañana y Dewitt se dirige a la casa de sus padres. Un par de veces al mes, siempre en domingo, ellos organizan una comida familiar, a la que también asisten su hermana, su cuñado y los niños.
Dewitt se ha puesto su mejor ropa: pantalones grises a juego con la chaqueta y camisa blanca. Es verano y el sol luce radiante, cuando toma el tranvía tirado por caballos en la parada de Fairoak Road. Compra el billete y se acomoda en el lateral derecho del vehículo. Al otro lado del pasillo, a su altura, está sentada una chica joven. Se fija en ella, porque es la única mujer que viaja en el transporte. Ella mira distraídamente por la ventanilla y a veces se gira hacia delante, en esos momentos Dewitt puede ver su delicado perfil. Debe tener algo más de veinte años.
El tranvía hace una parada en Dublin Street y sube un hombre gordo que parece un poco bebido. Ve a la muchacha y se sienta a su lado ocupando pesadamente el asiento contiguo. Dewitt observa como la mira descaradamente, mientras ella rehúsa su mirada volviéndose hacia la ventanilla. En un momento dado, el hombre se dirige a ella mascullando unas palabras ininteligibles y aproxima su torpe y desagradable cara hacia la chica. Dewitt está seguro de que le está diciendo groserías y siente que quiere ayudarla. De improviso ocurre algo en una fracción de segundo. Ella se levanta con una agilidad sorprendente y clava el tacón de su zapato con toda su fuerza en el pie del hombre. Éste pega un tremendo alarido y cuando quiere darse cuenta ella ya ha salido del asiento y se dirige por el pasillo hasta la puerta de salida. El hombre se queda aturdido, mientras ella se baja elegantemente en la parada de Saint John Church. En un impulso irrefrenable, Dewitt baja tras ella y se pone a caminar a su lado.
—Señorita, lo he visto todo. Ese hombre era un cerdo. De hecho, iba a intervenir para ayudarla, cuando usted le ha dado su merecido. Ha sido algo increíble, genial.
Ella se para y le mira.
—¿Ah, sí? ¿Increíble, genial?... a ver, dígame usted. ¿Por qué los hombres se creen con derecho a decir groserías a una mujer y a todo el mundo le parece normal?
Reanuda su camino con paso decidido, Dewitt la sigue.
—A mí no me lo parece. Yo quería ayudarla.
—Pues ya ve que no necesito su ayuda.
—Ya lo veo. Si me permite me presentaré. Me llamo Dewitt, Dewitt Keelan.
Ella se para bruscamente.
—Bien, Dewitt Keelan, ¿qué quiere de mí?
—De momento, me encantaría saber su nombre —ella insinúa una sonrisa por primera vez.
—Elin Cox —dice extendiendo la mano.
Dewitt estrecha aquella mano enguantada y no puede dejar de contemplar el armonioso rostro de aquella muchacha, que le mira sin el menor atisbo de desconfianza.
—Señorita Cox, ¿me podría decir a dónde se dirige?
—Pues voy a mi casa. De hecho, tengo que caminar un buen trecho, porque gracias a ese imbécil me he tenido que bajar tres paradas antes.
—Señorita Cox, ¿me permitiría acompañarla?
Ella le mira, nota la turbación que aparece en el rostro de Dewitt y sonríe. Se la ve muy segura, al contrario que a él.
—Se lo permito, Dewitt Keelan. Me vendrá bien tener compañía para cruzar esta zona de Cardiff. Muchos hombres se creen con derecho a decir cualquier cosa a una mujer que va sola. Pero por favor, si me acompaña prefiero que hablemos en inglés, el galés me cuesta un poco. Mi lengua materna es el inglés.
—¿Pero es usted galesa?
—Sí, desde luego, pero con mi familia hablo en inglés.
—De acuerdo, no hay problema —dice cambiando de idioma—. Yo me expreso mejor en galés, pero si me pide que le hable en japonés también lo haría.
Elin deja escapar una encantadora risa. Dewitt no puede apartar su mirada de ella. Le parece la mujer más fascinante que ha visto nunca. Su pelo llama la atención, es de un rojo cobrizo y brillante, ojos de un azul transparente, boca pequeña y sensual y unas cuantas pecas flotando por su nariz. Va elegantemente vestida y sus bonitos zapatos azules, con su afilado tacón, pueden convertirse en armas letales.
—Y usted, señor Keelan, ¿a dónde va?
Él duda un momento.
—De hecho, voy a ver a mi familia. Viven cerca del puerto. Bastante más lejos que las tres paradas que faltan para su casa.
—El puerto se desvía un poco de mi ruta…
—Bueno, no me importa en absoluto. Primero la acompaño a usted y luego quizá vaya corriendo a casa de mis padres.
—¿Y por qué corriendo?
—Pues de la alegría de haberla conocido, señorita Cox.
—Puedes llamarme Elin —dice mirándole con una sonrisa.
—De acuerdo, Elin. Por cierto, es un nombre precioso. Tiene que ver con las ninfas del bosque, ¿no?
—Así es, Dewitt, y dime algo, ¿a qué te dedicas?
—Soy maquinista de ferrocarril —dice orgulloso. Los ojos le brillan— y de los buenos. Conduzco una locomotora de tipo «Santa Fe», con cinco ejes motores.
Ella le mira sonriente y sorprendida.
—¿Así que conduces trenes? Quizá me has llevado alguna vez como pasajera. A partir de ahora, cuando vaya de viaje miraré primero al maquinista, por si acaso.
Ambos ríen.
—Y tú, Elin, ¿qué haces en la vida?
—Pues algo bastante diferente. Soy cantante y pianista. De música clásica, aunque también tengo en mi repertorio canciones populares de Gales, Irlanda y Escocia.
—¿Cantante? —Dewitt se pasa la mano por el pelo y deja salir un suspiro—. ¿Existe esa profesión? ¿Una persona puede vivir de cantar?
Elin ríe divertida.
—Pues hay personas que se han hecho ricas cantando, pero no es mi caso. Todavía no soy profesional, aunque quiero conseguirlo. Con un grupo de amigos hacemos reuniones musicales; allí toco el piano y canto.
Dewitt la mira asombrado. Nunca ha conocido a alguien así. Desde luego siente en lo más profundo que aquella chica es especial y le gusta como nadie lo ha hecho antes. Es simpática, abierta, interesante y con una demoledora seguridad en sí misma.
Continúan caminando juntos, conversando cada vez con mayor confianza. La mañana de verano es cálida y un sol resplandeciente los acompaña. Atraviesan Dalcross Street y llegan a la gran Mackintosh Avenue. Ella se para delante de una magnífica mansión de ladrillo rojo, de estilo victoriano.
—Aquí es.
—¿Tú vives aquí?
—Pues sí, señor Keelan.
—¡Eres rica!
—Mis padres lo son, yo no.
Dewitt está bastante desorientado. Había conocido a otras chicas anteriormente, pero todas eran de clase trabajadora y humilde. Aquella mujer representa algo impensable, un extraño y maravilloso sueño, pero seguramente también un sueño imposible. La voz de Elin le saca de sus pensamientos.
—Creo que es el momento de despedirse. Gracias por acompañarme, Dewitt.
—Elin, necesito verte otra vez, por favor. Me encantaría oírte cantar.
Ella se le queda mirando con aquellos ojos de un azul profundo y le sonríe.
—El domingo que viene. A las cinco. En el 14 de Daviot Street.
Con una sonrisa le ofrece la mano enguantada. Dewitt se la estrecha y se queda embobado, mirando como ella da media vuelta y abre la gran puerta de madera de aquella magnífica casa. Su corazón late con la fuerza de una locomotora de doble pistón.
Hace ya mucho rato que la noche ha establecido su dominio. Si no os importa voy a dormir un rato, el navegante está cansado. No os preocupéis, mañana continuaré la historia.
Buenas noches.
Capítulo 3
En cuanto Elin desaparece tras la magnífica puerta de madera labrada, Dewitt empieza una loca carrera en dirección a casa de sus padres. En realidad, no sabe por qué corre, sólo sabe que está eufórico y le envuelve una sensación que jamás había experimentado. Todos y cada uno de sus poros exudan energía, calor, felicidad… Mientras corre, primero sonríe, luego ríe a carcajadas y finalmente grita. Algunas personas le miran y se apartan temerosas de su trayectoria.
Cuando finalmente llega a casa de sus padres, se detiene ante la puerta y jadeante se apoya en la pared. Está exhausto y en su mente bulle un tumulto de emociones inexplicables. Sabe que acaba de ocurrir algo trascendental en su vida, pero es incapaz de explicar esa sensación de plenitud que siente recorriendo todos los caminos de su cuerpo a través del pálpito de la sangre. De lo que sí está seguro es de que se ha enamorado perdidamente de aquella sorprendente mujer.
Cuando su madre le abre la puerta, nota inmediatamente un brillo luminoso en los ojos castaños de su hijo. Se besan y ella le mira con una sonrisa.
—Bueno, hijo, ¿Y esa cara?... ¿Se te ha aparecido Saint David?
—Algo mucho mejor, madre, acabo de conocer a la mujer de mi vida. Ella aún no lo sabe, pero nos casaremos y seremos felices como nadie lo ha sido en este mundo.
Ríe a carcajadas y cogiendo a su madre por la cintura la levanta y da vueltas con ella como un tiovivo. Su madre grita y ambos no pueden parar de reír.
Su hermana acude extrañada al oír el alboroto.
—Pero bueno, ¿qué ocurre aquí?
—Pues parece ser que tu hermano se ha enamorado y se ha vuelto tarumba.
Dewitt levanta en volandas a su hermana y gira con ella como había hecho antes con su madre, mientras grita:
—Efectivamente, vuestro querido Dewitt acaba de conocer a la chica más guapa, moderna, elegante, sensual e inteligente que hay en Cardiff y con la que tiene la intención de pasar el resto de su vida.
Finalmente, para y suelta a su hermana. Ella y su madre no pueden parar de reír.
—Le ha cogido bien fuerte —dice Rhianna.
—No os la vais a creer, la he conocido en el tranvía.
—Anda, hermanito, ven adentro y cuéntanoslo todo.
En el comedor están su padre, Olwen, y el marido de su hermana, Cadin, con una copa de vino en la mano. Han parado la conversación y miran expectantes hacia la entrada, tratando de adivinar qué es todo ese alboroto. También los dos niños han dejado de jugar con un tren de madera. Ahora todos observan con curiosidad al grupo que, con caras exultantes, entra en la habitación.
—Hola padre, Cadin…
—Bueno hijo, ¿qué ocurre? ¿Te ha tocado la lotería? ¿Te han ascendido a jefe de estación?
Dewitt le mira sonriente y le guiña el ojo. Los dos niños miran expectantes.
—Señoras y señores —dice Guinerve impostando la voz—, ante todos ustedes el príncipe Dewitt, que acaba de encontrar a su Blancanieves en un tranvía.
Las dos mujeres no pueden contener la risa. Olwen y Cadin se miran perplejos.
Dewitt coge en brazos a sus dos sobrinos y les da un sonoro beso a cada uno.
—Venga, vamos a sentarnos y os lo cuento todo —les dice.
El lunes, a las seis y media de la mañana, Dewitt llega a la Estación Central de Cardiff. Tiene asignado el tren de pasajeros con destino a Manchester, que sale a las ocho y dos minutos. Debe revisar cuidadosamente el aceite de los ejes, las zapatas de frenos, el combustible, los enganches de los vagones, etc. Carter, su ayudante y fogonero, ha hecho ya una primera revisión, pero la responsabilidad es de Dewitt, que lo verifica todo por segunda vez. Conducirá la locomotora: «Starlight», de diez ruedas. Una de sus favoritas.
A las siete y treinta minutos, la caldera está ya en funcionamiento, los tubos de agua han ido cogiendo temperatura y empiezan a soltar vapor.
A las ocho, Dewitt abre el dispositivo mecánico que distribuye arena seca sobre los raíles para el arranque, y a las ocho y dos minutos en punto, el convoy se pone en movimiento con un largo chirrido y el soplido resonante del silbato.
El viaje a Manchester de ida y vuelta le llevará casi cinco días. Tendrá libre el sábado, y el domingo es el gran día en el que volverá a ver a Elin. Dewitt no ha dejado de pensar en ella ni un instante durante el resto de la semana. Todo este tiempo, aquella apasionante mujer ha vivido en su mente y en su corazón. Se le está haciendo la semana más larga de su vida.
A su vuelta de Manchester, el sábado a primera hora, se dirige a los almacenes Saint Daniel’s y gasta una buena parte de sus ahorros en un flamante traje nuevo que recogerá por la tarde, después de que el sastre haga algunos ajustes para adaptarlo exactamente a su medida. Lo ha escogido azul claro, pensando en los zapatos que llevaba Elin aquel día. Piensa que a ella le gustará ese color. Ha estado dudando si comprar una gorra nueva, pero finalmente lo ha descartado. Irá a la reunión con la cabeza descubierta. Sabe que su rebelde cabello intensamente rubio le favorece, pero, eso sí, lo peinará con mucho cuidado.
Por fin llega el domingo. Come solo en casa, ese día no hay reunión familiar. La mayor parte de las patatas guisadas con carne quedan en el plato, porque los nervios le impiden comer. Toma un café bien cargado y se estira con las manos cruzadas sobre la nuca en la mecedora del comedor. Cierra los ojos y piensa en ella.
A las cuatro y diecisiete, descuelga la bicicleta que ha construido con su padre y que reposa en unos soportes metálicos en la pared del lavadero. Hace sólo unos meses que la acabaron. Es plateada, con frenos de zapata y una verdadera novedad en Cardiff. Baja con ella al hombro las escaleras de su casa hasta la calle, se levanta el dobladillo del pantalón y luciendo calcetines empieza a atravesar tranquilamente las calles de la ciudad. Mucha gente se le queda mirando al pasar y algunos conocidos le saludan y le animan. Él sonríe y devuelve el saludo con una mano, mientras con la otra hace sonar una campanita de bronce. En algunos momentos ambas manos están fuera del manillar, pero el dominio de Dewitt sobre la bicicleta es total.
Son las cinco y seis minutos, cuando llega a la casa que busca. Se ha retrasado expresamente para no dar la impresión de ansiedad. El 14 de la calle Daviot es un elegante edificio con un jardín rodeado de una verja de hierro con dibujos geométricos. Se baja el dobladillo del pantalón y saca un peine del bolsillo de la chaqueta con el que trata de domar sus alborotados cabellos. Hace sonar la campana que hay a la entrada del jardín. Se abre la puerta y aparece un joven alto, de ojos grises que le hace señas de que se aproxime.
Dewitt franquea la puerta con la bicicleta, mientras el joven le mira con cara de asombro.
—El señor Keelan, supongo.
—Pues sí. Dewitt Keelan.
—Hola, soy Banon, el dueño de la casa. Elin nos dijo que vendría, aunque no en bicicleta —sonríe—. Puede dejarla en el jardín.
Dewitt apoya la bici en la fachada pintada de un elegante color ocre y estrecha la mano que le ofrece Banon. Después le sigue al interior de la casa.
Es una mansión señorial, con un amplio pasillo y muchas habitaciones a los lados. Los techos son muy altos y hay cuadros por todas partes. El pasillo desemboca en un gran salón con dos arañas de cristal, muebles de madera noble, una magnífica escalera que conduce al piso superior, una chimenea encendida y un piano de cola. Una gran mesa ocupa el centro del salón con varias cubiteras con champán, copas, tazas de porcelana, teteras y pasteles. Varias personas charlan animadamente en torno a ella. Otro grupo, más pequeño, está sentado en dos elegantes sillones y varias sillas, mirando y comentando partituras musicales. Algunos fuman.
Cuando Dewitt entra en la sala con Banon, Elin, que se halla de pie junto a la chimenea charlando con dos personas, interrumpe la conversación, se acerca y se le queda mirando con una sonrisa.
—Así que has venido, Dewitt Keelan, no esperaba menos de ti.
—Claro, me encanta el peligro.
—A mí también.
En aquel momento, Banon coge una copa y con un cuchillo golpea el cristal para que los invitados le presten atención. Lo consigue.
—Amigos, quiero presentaros a una persona que hoy viene por primera vez a nuestras reuniones. Es amigo de Elin y por tanto amigo nuestro. Y para asombro de un servidor ha venido hasta aquí en una preciosa bicicleta. El señor Dewitt Keelan. Brindo por él.
Los que tienen una copa en la mano la levantan y beben. Otros simplemente miran a Dewitt y sonríen. Banon coge de la mesa un par de copas y se las acerca a la pareja. Los tres hacen sonar el delicado cristal y beben un sorbo del chispeante champán francés. Dewitt mira por encima de la copa y ve los azules ojos de la joven fijos en los suyos. Suena la campanilla de la puerta.
—Con permiso —dice Banon— y se dirige hacia la entrada para recibir a los nuevos invitados.
—¿Así que has venido en bicicleta?
—Pues así es.
—Hay muy poca gente que tenga una.
—Lo sé, pero mi padre y yo estamos muy al tanto de los pocos inventos que son interesantes y la bicicleta lo es. Nos gustan los mecanismos de desplazamiento. Hemos estudiado su funcionamiento y hemos diseñado un prototipo con cuadro en diamante. Estamos muy orgullosos, porque funciona muy bien.
—Dewitt Keelan, eres una caja de sorpresas. Por cierto, estás muy elegante con ese traje azul.
—Me lo he puesto para que haga juego con tus ojos.
Elin sonríe y le coge del brazo. Le conduce hacia un grupo de personas que están hablando en círculo. Cuando los ven llegar les saludan y se separan para dejarles sitio.
—Mira Dewitt, éstos son algunos de mis mejores amigos: Kurt, un gran pintor; Elizabeth, escritora y poetisa; Fabian, uno de los mejores violinistas de Cardiff, y Dina, admirable soprano. Amigos, éste es Dewitt Keelan.
Todos le miran sonrientes.
—Encantado —dice Dewitt un poco cohibido.
—¿Luego nos dejará ver su bicicleta? —dice Dina—. Ojalá supiera montar, me encantaría subirme en un chisme de esos.
—¿Le interesa el arte, señor Keelan? —le pregunta Kurt.
—Bueno, la verdad es que en el mundo en el que me muevo, el arte no es precisamente una prioridad.
—¿En qué mundo se mueve, Dewitt? —pregunta Dina, mientras bebe un sorbito de champán.
—Soy maquinista de ferrocarril.
Todos le miran asombrados. Elin ríe al ver sus caras.
—Creo que eres el primer maquinista de ferrocarril que han visto en su vida —dice riendo. Los demás también ríen.
—Pues sí. El primero y el único que conozco —comenta Kurt—. No debe ser un asunto fácil conducir un bicho de ese tamaño y fuerza. Tiene que ser un reto formidable.
—¿Lleva pasajeros o mercancías? —pregunta Elizabeth.
—Pues las dos cosas, pero últimamente estoy haciendo el trayecto Cardiff─Manchester con pasajeros.
—Oye, ¿qué os parece —dice Fabian— si un día nos vamos todos a Manchester en su tren y armamos una buena juerga en el vagón?
Todos ríen. Dewitt empieza a sentirse un poco incómodo.
—Sería genial —continúa Fabian— y le hacemos una visita a la cabina, aunque quedaríamos un poco chamuscados —carcajadas—. ¿No, Keelan?
—La cabina no es accesible, señor —dice Dewitt muy serio.
Elin se da cuenta de que la conversación está yendo por derroteros inesperados y se dirige a Dewitt cogiéndole por el brazo.
—Anda, vamos a tomar algo. Me apetece un poco de pastel. Hasta luego amigos.
Se acercan a la mesa y Elin sirve un poco de tarta de manzana en un plato de postre y se lo acerca a Dewitt.
—¿Te apetece?
—Sí, tomaré un poco, gracias.
Ella se sirve a sí misma otra porción y le mira.
—No tomes a mal las bromas de Fabian, es una excelente persona, pero bastante alocado y un poco torpe con los sentimientos de los demás.
—No te preocupes, no es problema de ellos. Es que realmente me doy cuenta de que la cultura que tengo es muy pobre y limitada. En un momento de mi vida tuve que decidir y mi madre me lo advirtió. Hoy me he dado cuenta, pero la verdad es que no me arrepiento en absoluto de ser maquinista.
—Por supuesto, Dewitt, tu trabajo para mí también es cultura, cultura mecánica, podríamos decir. Ninguno de nosotros sería capaz de conducir un tren y menos aún de construir una bicicleta. Yo lo valoro mucho. Me encantaría tener tu habilidad manual. Quizá podamos hacer un intercambio cultural —dice sonriendo.
—¿Por qué no? —dice él mirándola con picardía.
En aquel momento suena el piano. Banon ha empezado a tocar la pieza Ground,de Henry Purcell y todo el mundo ha parado de charlar y escucha. Se prolonga durante unos minutos. Cuando termina agradece los aplausos saludando y con voz firme anuncia:
—Amigos, a partir de este momento queda inaugurada la velada musical.
Vuelve a sentarse al piano y Fabian se le acerca con su violín. Se miran un momento y empiezan a tocar la Sonata nº 1 para violín y clave de Bach.
Dewitt no ha escuchado en su vida una música tan bella. Elin le observa y nota su emoción. Al terminar la pieza todo el mundo aplaude y algunos aprovechan para servirse una copa. Fabian y Banon charlan junto al piano.
Dewitt mira con intensidad a Elin y le dice muy cerca del oído:
—Me muero por oírte cantar.
Ella sonríe, deja sobre una mesita la copa que tenía en la mano y se dirige al piano. Cruza unas palabras con sus dos amigos que aún siguen allí y toma asiento en la banqueta. Ellos se retiran. Respira en silencio y mira directamente a Dewitt un momento antes de empezar. Después comienza a tocar la introducción, seguida del aria completa Come scoglio (como una roca) de la ópera Cosi fan tutte, de Mozart.
A medida que su cálida voz se va abriendo paso y envuelve la sala, todo el mundo queda mudo ante la belleza y profundidad de su interpretación. Dewitt siente que aquellos sonidos se van adentrando gradual e inexorablemente hasta lo más profundo de su ser, como nunca antes había experimentado. No puede dejar de mirarla, pero poco a poco se convierte en una visión irreal, difuminada por la emoción que empaña sus ojos. El tiempo se ha detenido y sólo queda su voz que, como un mágico tejido de seda, arropa al mundo.
Cuando todo acaba, hay un momento de silencio y después una explosión de aplausos y vítores entusiastas. Todos han sido seducidos y sacudidos por aquella vivencia excepcional.
Banon se acerca a ella y le besa la mano.
—Has cantado como nunca. Como una diosa —le dice, y la abraza con cariño. Se vuelve hacia los invitados y con su mano levanta la de ella mientras dice:
—Amigos, la gran Elin Cox.
Ella se inclina sonriente correspondiendo a los aplausos y lanza unos cuantos besos hacia los asistentes. Finalmente, sale de la pequeña tarima y se acerca a Dewitt.
Él la mira intensamente, tratando de arrancar el seductor secreto que se oculta en aquella joven mujer. Finalmente, acierta a decirle:
—Gracias por lo que acabas de hacer. Nunca había oído nada igual. Me es imposible describirlo, pero me has dejado sin aliento y flotando en una especie de nube que me arrastraba, me trasladaba, como el aire que me toca en la cara cuando conduzco una máquina. Sólo puedo decirte que a partir de ahora la música va a ser una prioridad en mi vida. Te felicito Elin, eres maravillosa.
Ella sonríe y le aprieta el brazo con cariño.
—Hoy he cantado para ti —dice—, por eso ha salido tan bello. Podía sentirte allí, a mi lado, compartiendo mi emoción, y la voz salía sola, limpia, dulce.
Dewitt no puede creer lo que está escuchando. Aquella increíble mujer ha cantado para él. Es mucho más de lo que podía imaginar. Sabe sin duda alguna que la ama, que ahora mismo es lo que más le interesa en esta vida y va a luchar para conseguirla.
Varias personas se acercan para felicitar a Elin, mientras el sonido grave y dulce de un violoncelo desgrana una bella melodía, acompañado por el piano.
La velada se prolonga hasta la caída de la noche. Ha habido una música excelente y todo el mundo está contento y un poco achispado. Cuando suenan las campanadas de las diez en el elegante reloj de péndulo del salón, únicamente quedan ya un puñado de personas que, poco a poco, empiezan también a despedirse. Entre ellas están Elin y Dewitt, que no se han separado en toda la noche. Se les acerca Banon.
—Elin, le he dicho a Peter, el cochero, que te acerque a tu casa. Está esperando en la parte de atrás. Si quieres yo también te acompaño para que no vayas sola.
—Yo puedo llevarte en mi bicicleta —se precipita a decir Dewitt—. Puedes ir en la barra del cuadro, ya he llevado a más de una persona.
Elin sonríe y mira alternativamente a uno y otro. Finalmente abraza a Banon y le dice cariñosamente.
—Gracias de corazón, amigo mío, pero hoy voy a desafiar la ley de la gravedad y voy a dejar que el gran maquinista me transporte en su bicicleta. Amo el peligro —dice sonriendo—. Adiós, Banon, gracias por todo, ha sido una velada espléndida.
Su amigo sonríe, pero ella sabe cuánto le hubiese gustado ser él el escogido para acompañarla.
—Muchas gracias por todo, Banon —dice Dewitt—. Para mí ha sido una tarde inolvidable. La recordaré siempre.
—Adiós, Keelan —estrecha la mano de Dewitt—. Puede venir cuando quiera.
Se dirigen los tres hacia la puerta. Elin coge su abrigo del perchero, se lo pone y salen al jardín. Banon los mira apoyado en la puerta. Dewitt recobra su bicicleta plateada y franquean la verja que da a la calle. Una vez fuera, se sube el dobladillo del pantalón, se coloca en la bicicleta y le indica a Elin la barra del cuadro. Con una sonrisa, ella se acomoda y se sujeta firmemente al manillar.
Sabe que Banon los observa desde la puerta. Dewitt y Elin se miran un momento antes de emprender el viaje. Él puede sentir el refrescante aroma de sus cabellos. La tiene tan cerca que podría besarla. No lo hace. En lugar de eso, empieza a arrancar aquella máquina que les une como nunca. Primero despacio, luego va tomando velocidad y finalmente pedalea con firmeza atravesando las calles de Cardiff, iluminadas levemente por las farolas de gas. Elin le va guiando y él va siguiendo sus indicaciones. Toman una empinada bajada y la bicicleta coge una velocidad inusitada. Ella grita, Dewitt ríe, se siente feliz como en un sueño. Nada parece real. Elin empieza a tararear una antigua canción galesa. Dewitt silba la melodía, mientras con una mano va haciendo sonar la campanilla de cobre. La noche de verano es muy oscura, no hay luna, pero el cielo está cuajado de estrellas. Ambos miran hacia arriba mientras cantan y el hechizo de la noche va penetrando en sus corazones. El viaje se convierte en un paseo eterno, porque el tiempo ha dejado de existir. De pronto, sin saber cómo, llegan a casa de los padres de Elin y el sueño acaba bruscamente. Se miran un momento y ella baja de la barra, bastante dolorida, pero feliz.
—Bueno, Dewitt Keelan, gracias por este peligroso y emocionante viaje. Lo he pasado muy bien esta tarde.
—Pues yo, Elin, no tengo palabras para darte las gracias por haberme permitido conocer tu extraordinario mundo. He aprendido tanto hoy, que me siento cambiado por dentro. Me has convertido en otra persona.
—Pues no cambies mucho, me gusta como eres.
Se le queda mirando con aquellos ojos que en aquel momento reflejan una bondad infinita.
—Tengo que entrar. Buenas noches, Dewitt.
—¡Elin!
Dewitt se acerca y le coge las manos con las suyas. Se inclina y sus labios rozan los de ella, que se estremece levemente. Se miran y se funden en un cálido y largo abrazo. Luego ella se separa despacio y se dirige a la puerta. Una última mirada antes de entrar y la puerta se cierra tras ella.
Dewitt es incapaz de moverse. Alza los ojos y contempla la noche inmensa, oscura y brillante. Siente que hoy él forma parte de esas estrellas, integrado como nunca en el universo entero, en la vida. La felicidad que inunda todo su cuerpo le hace sentirse ligero, ágil, etéreo. Una radiante sonrisa brilla en su cara cuando sube a su bicicleta y da media vuelta para dirigirse a su casa.
No es consciente de que en el interior de la mansión una cortina levemente corrida deja entrever unos ojos que le miran penetrantemente. Y no es precisamente una mirada amistosa.
Su bicicleta y su luminoso traje azul se pierden en la vasta oscuridad de la noche.
Capítulo 4
Navegar a través de una historia es aún más apasionante que cruzar las aguas azules de un mar inmenso; porque con un barco viajas sobre su superficie, eso sí, dejando una bella estela blanca, pero yo puedo sumergirme hasta el fondo de la profundidad más íntima de los seres que habitan la narración.
Puedo entrar, por ejemplo, en el sueño que tuvo Elin aquella noche, después de dejar a Dewitt. Soy capaz de ver su silueta, que flota en la negrura de la noche sobre una bicicleta plateada. La bicicleta avanza sola, atravesando un camino estrellado, y la conduce hacia un punto luminoso que se encuentra muy lejos de ella. Sé que está sintiendo el frío aire nocturno que corta su cara, mientras se dirige hacia aquel resplandor. Atraviesa un denso campo de niebla azul, mientras, a sus pies, las luces de una gran ciudad tiemblan como mariposas nocturnas. Aquella claridad la atrae con una fuerza inexorable, pero cada vez parece estar más lejos. Se siente terriblemente sola, intentando llegar a un objetivo que se va alejando cada vez más.
De improviso, una silueta la envuelve. Es transparente, porque es tan oscura como la noche, pero emana de ella una calidez que la conforta. No tiene rostro, pero ella sabe que es Dewitt. La sombra coge su mano y ambos abandonan la bicicleta, que sigue su camino hacia el punto infinito.
Elin, aferrada a aquella sombra, flota entre las titilantes luces que la rodean, como en un cuadro de Chagal. Las estrellas empiezan a girar a su alrededor, pero ellos permanecen quietos flotando. Empieza a envolverles una niebla blanca que les impide ver nada más.
De pronto comienzan a caer. Ella sabe que la ciudad está debajo. Cada vez la velocidad es mayor, están en caída libre. Siente en su rostro la fuerza del viento, mientras se desploman. La sombra no suelta su mano. Están cayendo juntos. Al salir del banco de niebla blanca, Elin ve que debajo de ella no está la gran ciudad como creía, con su enjambre de pálidas luces, sino un inmenso mar azul turquesa. Ella y la sombra se aproximan a la superficie de aquel océano, que está en perfecta calma. Sabe que se van a estrellar contra sus aguas. Elin grita, el impacto es inminente. Chocan contra el agua y un escalofrío relampaguea cruzando todo su cuerpo hasta la nuca. En ese momento se despierta.
Queda aturdida unos momentos. Luego se incorpora lentamente y permanece sentada en la cama. Su mirada recorre la habitación. Está en su dormitorio, en la casa de Mackintosh Avenue. Su respiración es jadeante y gotas de transpiración inundan su frente. Mira el reloj, son las ocho y veinte de la mañana. Ha dormido mucho, porque suele despertarse bastante antes, pero aún tiene tiempo antes de que venga, a las diez, la alumna que tiene esta mañana. Es una amiga del barrio, a la que Elin da clases de piano.
Aún está impactada por su penetrante sueño. Dewitt y su bicicleta, sonríe. Cuando piensa en él y en el roce de sus labios, un estremecimiento recorre su cuerpo. Ese maquinista rudo y decidido, ha entrado en su vida con la fuerza de una locomotora.
Se pone una bata de seda japonesa y se dirige al cuarto de baño. Su primera reacción es mirarse al espejo. El rostro está cansado, pero sus ojos tienen un brillo desconocido y parecen contener un interrogante que es incapaz de desvelar. Todavía está conmocionada por el sueño, sabe que necesita un baño bien caliente. Mientras el agua acaricia su cuerpo, su voz inicia con suavidad la antigua y bella canción galesa que los acompañó en su viaje nocturno. Poco a poco la cadencia de aquella melodía se va elevando y el recuerdo se hace más y más presente, hasta hacerla estremecer. Se deja ir y, mientras canta, de sus ojos se escapan algunas lágrimas transparentes, que se funden con las perfumadas sales de baño. Se da cuenta de la hondura del sentimiento que le ha generado aquel encuentro inesperado. Está un poco confusa, pero a la vez inmensamente feliz. Le cuesta salir del baño, de la ingravidez del agua y del recuerdo, pero lo hace. Se viste y se dirige al comedor.
Sobre la mesa de la espaciosa sala tiene preparado el desayuno. Su madre está sentada en un sillón y la mira con un rictus en la boca que ella conoce bien. Sabe que no está precisamente relajada.
—Hola mamá.
—Ya era hora. Las tostadas se han quedado frías y el té estará imbebible. ¿Qué demonios has estado haciendo todo este rato?
—Me he dado un baño.
—Claro, supongo que anoche bebiste más de la cuenta y acabaste bastante entonada. No me gustan esas reuniones.
—Mamá, nos juntamos para hacer música, nada más.
—Pues el que te trajo en una bicicleta no parecía precisamente un director de orquesta.
Elin se vuelve hacia ella.
—¿Me has estado espiando?
—Estaba preocupada y te esperé. Tenías una pinta horrible, con todos los pelos alborotados por subirte en esa máquina del demonio. ¿Quién es ese hombre?
—Se llama Dewitt Keelan.
—¿Cuánto hace que lo conoces?
—Una semana.
—¿Y cómo lo has conocido? ¿Quién te lo ha presentado?
—Nadie. Lo conocí en el tranvía.
—¡Cielo santo!, así que te pones a hablar con cualquier desconocido que te aborda por la calle. No me lo puedo creer.
Se pone de pie y se mueve nerviosamente por la habitación. Elin empieza a ponerse bastante tensa.
—Vi como os besabais.
—¡Mamá! ¿Podrías no meterte tan compulsivamente en mi vida?
—¿Cómo quieres que no me meta? ¡Soy tu madre! Yo te he traído a este mundo. Vives gracias a mí. ¿No crees que tengo derecho a preocuparme por ti? Sólo quiero que seas feliz.
Elin no dice nada. Está bebiendo el té, que está cargadísimo y amargo.
—¿A qué se dedica ese hombre?
—Es maquinista de ferrocarril.
—¡Maquinista de ferrocarril! —grita su madre—, ¿pero es que te has vuelto loca? Una persona como tú, culta, guapa, con la posición que tenemos, ¿te das besos con un maquinista?... Hija mía, no te entiendo. Mira, no le he dicho nada a tu padre, porque si se entera le da un infarto, pero desde este momento te prohíbo que veas a ese hombre.
—¿Ah, sí?... Pues lo siento mamá, pero ya tengo veintidós años y soy mayor de edad. Puedo hacer lo que quiera y me niego a que fiscalices mi vida.
—Elin, eres nuestra única hija. Todo lo que tenemos será tuyo. No vamos a dejar que un obrero avispado se quede con todo lo que nos ha costado tanto conseguir. Si sigues con él puedes contar con que tu padre no te dejará ni un penique.
—Lo sé y no me extraña. Sólo os interesan las apariencias. Ni siquiera lo conoces. Es una persona excelente, pero, claro, no es de la clase que tenéis reservada para mí. Pues vais a tener que entender que vuestra hija ya no es la niña que decía sí a todo. A partir de ahora en mi vida mando yo.
