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El cónsul aborda las experiencias de Jaime, un exiliado republicano, diplomático en la ciudad de Orán, a la que llega desde Alicante. Es un lugar que no acepta a los exiliados, sino que los maltrata, internándolos en campos de trabajo. Jaime había sido cónsul de Tánger, donde vivió los primeros y felices años de matrimonio. Sin embargo, sus cargos en el Gobierno republicano le obligan a huir, dejando en España a su esposa, Marina, contra la que no tiene nada el Gobierno franquista y que no le sigue por su estado avanzado de gestación. La obsesión del cónsul es reiniciar la vida feliz en Tánger con su joven esposa, para lo que inicia varios intentos que fracasan al tomar Franco la ciudad. Además, en Orán los agentes de Vichy, aliados con falangistas mandados por Franco, le persiguen. En ese Oranesado incipiente insiste en su deseo de unir a su familia en un mundo libre, para lo que participa de forma activa en la invasión del norte de África por los aliados, que resulta decisiva en Orán, liberando a la ciudad del fascismo. Este suceso abre otra página en su búsqueda, que se ve frustrada una vez más al no invadir los aliados el Marruecos español tras el pacto de los norteamericanos con Franco. Para colmo, su hijita cae enferma de tifus en Madrid y el cónsul se arriesga en el Tánger ocupado para conseguir la penicilina imprescindible para curarla, a la que solo tienen acceso los militares norteamericanos. Con sus viejos amigos consigue mandarla a Madrid y la niña se salva. Ese momento señala el fin de la desventura y el comienzo de la fortuna de una familia a la que la ventura une por fin.
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Seitenzahl: 390
Veröffentlichungsjahr: 2024
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EL CÓNSUL
ALBERTO OLIET PALÁ
EL CÓNSUL
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2024
EL CÓNSUL
© Alberto Oliet Palá
© de la imagen de cubiertas: Julia Oliet Palá
Diseño de portada: Julia Oliet Palá / Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2024.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-10297-28-9
ALBERTO OLIET PALÁ
EL CÓNSUL
El exilio es algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible de experimentar. Es la grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar: nunca se puede superar su esencial tristeza. Y aunque es cierto que la literatura y la historia contienen episodios heroicos, románticos, gloriosos e incluso triunfantes de la vida de un exiliado, todos ellos no son más que esfuerzos encaminados a vencer el agobiante pesar del extrañamiento.
James Wood, Lo más parecido a la vida
A mi hermana Aniana
Este libro tiene mucho de dos de mis hermanos, Juan Oliet Palá e Isabel Oliet Palá, que me dieron buenas ideas y corrigieron mis muchos errores.
Ya no sé cuántos días llevamos en Alicante. Menos mal que mi prima Luisa nos ha acogido en su casa, a pesar de que siempre fue de la CEDA. Nos entiende y le apena nuestra huida, pero sabe que hoy sería hombre muerto si me alcanzara la represión franquista.
Ahora, por fin, estoy en el puerto pasando el último día con Marina, aunque no somos del todo capaces de ser conscientes de nuestra separación. No podemos con esa realidad. A los dos nos parece estar en una pesadilla de la que vamos a salir en algún momento. Subidos a un poyete, abrazados y mirando la masa humana que ocupa todo el espacio del muelle de la dársena de viajeros. A todos los hombres, mujeres y niños se les ve extremadamente inquietos y con un miedo que se refleja en los movimientos de la masa. Cualquier ruido o gesto de los marineros procedentes del barco genera ajetreos que acaban pausándose poco a poco hasta el siguiente. La gente que, como yo, ha conseguido billetes está en la parte derecha de la dársena, descoyuntada por el cansancio de la guerra, por la huida y las tribulaciones que han pasado aquí para conseguirlos. La mayoría durmiendo en las calles. Pero en la aglomeración de la izquierda, se añade la inquietud de los que todavía no los tienen, parece que se han agotado. Allí rezuma en el ambiente un miedo esperpéntico. El capitán ha ordenado abrir la barrera cada cierto tiempo para los que tienen billetes, pero ya hace más de una hora que no se abre y eso lleva a la desesperación hasta de los más afortunados.
Siento la mano de Marina, que aprieta la mía, y su voz cálida pero tristísima.
—Mira que no haberme dejado ir contigo, Jaime —me dice con esa mirada amorosa, que todavía parece de niña.
—No insistas. Ya está hecho. En el avión del general Miaja hubiera sido otra cosa. Pero ya ves, a última hora vino el piloto a decir que el avión ya no podía con el peso de todos los pasajeros. Por lo que me dijo, se montarían hasta la Pasionaria y su amante. En fin, la miseria al final siempre aparece. La opción que me dio tampoco me gustaba nada. Que fuéramos embarcados con lo que ha quedado de la armada que se retiraría a Bizerta. Parece que han llegado sin problemas. Pero a mí se me hacía difícil pensar que Franco no fuera a aprovechar la oportunidad para recuperar los barcos y detener las tripulaciones. Eso era para mí una condena a muerte segura. Pero, en fin, en eso me confundí.
—Sí, Jaime, pero al final me quedo sola en España —dice Marina—. Sola. Sin el padre que debería estar con el hijo que tengo en la tripa.
—Marina, Marina, Marina. No hagas las cosas más difíciles. Que no puede ser. Tú lo sabes mejor que yo. Estos franceses no nos van a tratar bien. Ahora están ocupadísimos con su miedo a los alemanes. De pronto llegamos miles de españoles y sin nada. Ya ves los que han pasado por la frontera catalana. Han ido a campos en la playa, encerrados entre alambres de espino y sin amparo. Ahora mismo de los franceses solo se puede esperar lo peor. La gente comenta que los que se fueron hace diez días en el African Trader a Argelia también están en una situación terrible. En campos de concentración. No quiero que pases por esas atrocidades embarazada. Ni por ti ni por el hijo que llevas.
—Pero, Jaime, ¿cómo voy a resistir sin ti? Tengo miedo de lo que pueda ocurrir en España —añade con un deje de pavor en la voz que, por un momento, me desquicia.
—Pues lo que va a ocurrir será terrible. Mucha gente irá al paredón y los que tengan más suerte a la cárcel. Pero a ti ¿qué te puede pasar? Eres mi mujer, pero tú no has estado en nada, solo en casa con tus labores. Y yendo a misa todos los domingos. El que no soy religioso soy yo. El párroco puede atestiguarlo si hiciera falta. Además, está tu padre, que también es practicante y lo quiere todo el mundo, hasta los fascistas.
—Puede ser, Jaime, pero prefiero el peligro a la soledad. Además, tú no eres cualquiera, seguro que hasta las moras se pelearán por ti y te perderé.
—Lo de las moras lo dices para hacerme rabiar, porque me conoces. Pero siendo como soy un tipo delgaducho y casi famélico después del hambre pasada, no creo que pueda generar sino repulsión. Además, yo solo te veo a ti. Y en el peligro estáis ya dos, no solo tú. Y sola no vas a estar. Tu padre no se lo va a creer cuando aparezcas por allí. En la desgracia hasta tenemos que estar contentos porque la amiga de mi padre, doña Josefina, la esposa de don Severo, el embajador, ha accedido a recibir las cartas que tú mandes y aquellas en las que yo te conteste. Está claro que a ti te censurarían todas las cartas, pero a esa señora con tanta prosapia, no. Aunque habrá que ser prudentes y enviar las menos posibles. Pues nunca se sabe. Doña Josefina va a mantener el secreto hasta a su marido, o por lo menos eso me ha dicho mi madre, que la conoce desde pequeña, de su veraneo en Ares. Es la que ha hecho toda la gestión.
—Jaime, están abriendo otra vez el paso a la pasarela del barco. La gente corre hacia allá. Te tienes que ir rápido, mi amor.
—Adiós —le digo sintiendo su breve y grácil abrazo un instante—. Te quiero como a nadie he querido. Ya sabes: vete a casa de mi prima y vuelve a Madrid en tren y, si no, en un taxi cuando se pueda. Confía en mí, volveremos a vernos en Tánger.
Rápidamente me voy hacia la pasarela, donde distingo al capitán, un hombre con aspecto juvenil que se las ve y se las desea para poner orden en la turbamulta que trata de entrar por la pasarela. Un marinero se encarga de coger los billetes, que la gente, muy alterada, se apresura a darle para tratar de entrar antes que los demás. Lo que en realidad ralentiza la entrada. La cosa está al borde del colapso. Los que no tienen billete, al otro lado, nos gritan, nos piden ayuda desesperados. Impotentes, tenemos que callar avergonzados. No me gusta el privilegio de poder irme frente a esta pobre gente, pero mi misión, reunir a la familia, es sagrada.
Por lo que veo, en la cola hay de todo. A algunos los conozco. Desde luego, el grueso deben de ser militares, profesores y funcionarios. Algunos van con sus mujeres. Veo menos gente con aspecto de obrero, pues el precio del billete es alto. Ya en la cola de la pasarela puedo ver el barco más de cerca. El Stanbrook es grande, pero andrajoso, con óxido, sin repintar por todas partes. Me da la sensación de que no vamos a caber ni los que tenemos billete.
Por fin puedo entrar, subir por la pasarela y abordar el barco, sufriendo empellones y golpes en todo mi cuerpo. El espectáculo, ya en la cubierta, es todavía peor. La gente, atolondrada y muy nerviosa, corre por aquí y por allá, buscando los mejores sitios de la cubierta. Los que ya están instalados nos gritan para que no entremos en el barco, diciendo que no hay sitio. Con mi pequeña bolsa me instalo como puedo en la borda de babor, cerca de la proa. El flujo de gente entrando arrecia y en un instante la cubierta, el puente y todo el espacio libre que hay alrededor de las chimeneas se llenan de gente, que casi solo tiene espacio para estar de pie, como a mí mismo me pasa. He pasado unos momentos como sonámbulo por la impresión. Pero eso cambia y ahora siento de cerca la fuerte presión del bullicio a mi alrededor y despierto a mi situación.
El ruido de motores se siente de pronto más intenso que antes. Las dos chimeneas empiezan a expulsar humo a borbotones. El barco se desplaza lentamente alejándose en paralelo del muelle, hasta que gira, sin problemas, hacia la salida. Todo parece torpemente lento, no sé si por la vetustez del barco o el exceso de carga. Incluso da la sensación de que va escorado. Pero bueno, parece que puede salir del puerto, aunque lo hace con una parsimonia desesperante.
Salimos a la mar, que está casi plana. Solo grandes hondas parecen ir recorriéndolo lentamente. La luz del atardecer todavía amarillea los grises que ya se anticipan en el agua. Como un viejo espejo. Ahora, ya en el mar abierto, es cuando por primera vez me siento exiliado. No sé si porque me he separado materialmente de la tierra o porque el único horizonte que tengo es el del mar, que en este momento me parece infinito y lleno de incertidumbres. Así es como le tengo que decir adiós a España.
La tristeza me abruma. Y el miedo, porque lo que voy a tener que hacer para conseguir unir a mi familia me supera totalmente. En realidad, solo he sido un buen funcionario, que no sabe más que de papeles y de discusiones políticas. Me voy prometiendo a Marina que nos volveremos a encontrar en Tánger. Pero esa promesa me quema el corazón ahora porque no sé si tendré la valentía y el coraje suficientes para enfrentarme a las dificultades que supondrá conseguir ese objetivo. Eso sí, traigo la pistola que me dieron en el Ministerio, pero nunca la he usado y me temo que tampoco me atreveré a hacerlo, aunque se presente la necesidad.
Pero en esta negrura en que me hallo, en este exilio que empieza, lo que más siento es el destierro amoroso, la pérdida de Marina. En este momento, aunque con mucho dolor, vienen a mi mente su cara de niña, su figura grácil, su voz dulce y serena. Me cautivó como a un adolescente cuando entré y bajé las escaleras de la camisería de la calle Lista. Cuando la vi allí, sonriente, bellísima en su pequeñez, el corazón casi me estalla. Ese día no pude ni dirigirme a ella, que me miraba entre divertida y sorprendida. Pero volví, claro que volví.
Ella, con diecinueve, era una niña a mi lado. Yo tenía treinta y dos años y nunca me había enamorado. Parecía que iba a ir para soltero empedernido. Estando como estaba entregado, absolutamente entregado, a un trabajo que me apasionaba. Y también disfrutando de la libertad completa, en Beirut, en La Habana, y en Ginebra. Pero caí en un enamoramiento adolescente, platónico. Luego, con el tiempo, lo que me encadenó a ella, paradójicamente, fue precisamente su madurez, la fuerza que salía de su pequeña figura y, claro, su amor en los tiempos felices de Tánger y en los terribles con la Guerra Civil en la República.
El barco se mece en las aguas cada vez más oscuras, alejándose de la costa. De repente oigo un retumbar sordo y alejado, luego más claramente una serie de silbidos que parecen cruzar el aire y tremendas explosiones alejadas del barco, pero no muy distantes. Este sonido aterrador nos conmociona a todos, más cuando estamos obligados a una inmovilidad casi total. Algunos consiguen agazaparse en el suelo, pero la mayoría solo podemos mirar al mar demudados. No se oyen gritos, tal es la expectación que anticipa un horror seguro.
En realidad, un silencio pesado se ha instalado en el barco, en el que oímos ahora por primera vez muy claro el crepitar del motor, que de pronto se hace fuerte como si la sala de máquinas estuviera a punto de reventar. Toda la mole del barco parece sufrir, vibrando con fuerza, pero su velocidad aumenta y gira completamente para tomar la dirección contraria a las explosiones.
Pasan los minutos. La tensión entre los que estamos embarcados es extrema, irresistible. Yo miro al mar esperando lo peor. Pero, de pronto, la atención de todos se gira hacia el capitán y un marinero que suben a duras penas, apartando a la gente, a la zona más alta de la cubierta, cerca de una de las chimeneas. Se colocan a la vista de todos. El marinero porta la bocina con la que se dirige a todos en una mezcla de español e italiano:
—Los pasajeros no deben temer nada. El capitán ha cambiado el rumbo hacia el noreste para evitar problemas —dice—. Era artillería naval. Pero si no nos han dado es porque no han querido. Se supone que pretendían asustarnos para que volviéramos al puerto. Continuaremos en esta derrota que nos aleja de ellos.
Suenan entonces gritos ahogados y luego un silencio imponente entre el gentío. Nadie parece tranquilo. Desde la borda en que estoy situado, me vuelvo de cuanto en cuanto a los pasajeros y solo veo la desolación y el terror que también me embargan a mí.
Llevamos al menos veinte horas en una singladura fantasmal. Todos en una situación de alerta casi histérica, mirando al horizonte en la búsqueda de barcos. Ahora, con la puesta de sol, la búsqueda es en la sombra. El capitán, un galés al que se ve decidido, y el contramaestre italiano se han pasado, como han podido, por la parte alta de la cubierta tratando de darnos seguridad. Pero nadie se creía que si no nos habían hundido a la salida del puerto de Alicante era porque no querían. Habrán errado el tiro y por eso lo que nos reconcome es ver aparecer al barco de guerra más cercano y con más posibilidades de acertar. Tal como deben de estar las cosas en España, llena de cárceles y de muros de fusilamiento, nadie cree que nos dejen escapar.
La gente no puede casi moverse de su sitio. Estamos tan hacinados que yo, como casi todos, me tengo que mantener de pie todo el rato. Unos pegados a otros, lo que ha reducido algo el frío húmedo de la noche. Solo algunas mujeres han podido ir al retrete, pero solo hay uno. La consecuencia es un olor intenso a orines y excrementos, que se añade al de la ropa sucia y al de la miseria, en definitiva, de los que huimos. Hasta los periódicos viejos se han convertido en un bien preciado. Ahora, después de veinte horas tan cerca de las chimeneas, las caras, las manos y la indumentaria están impregnados de hollín. De pronto se extiende el rumor de que vamos a Melilla y todos se alteran. Los del centro pasan su documentación a los que estamos en la borda para que la tiremos al mar. El panorama es tan lastimoso que, por momentos, espero alguna reacción de violencia irracional. Yo trato de aspirar la brisa del mar, desde mi privilegiada posición en la borda. Una mujer, que está en el centro de la cubierta, se ha desmayado. Parece que le falta el aire. Le ha dado un síncope. Le digo al que está a su lado que le cambio el puesto, y le dejan pasar medio atontada a la borda, donde al menos podrá respirar. Cuando ocupo mi nuevo puesto, en el que la brisa se nota menos, el olor a la miseria indescriptible que portamos aumenta. La miseria se ha hecho demasiado densa.
Los tripulantes no han querido decirnos la hora de llegada: todo depende de los vientos, del motor viejo del barco que no se puede forzar, de las corrientes, nos han dicho. La trayectoria de barco se ha alargado por el norte con la deriva que ordenó el capitán. Pero pasadas tantas horas, con la caída de la tarde, ha cundido el rumor de que estamos ya cerca de la costa de Argelia. Yo escruto el horizonte sin descanso. Nada de nada, ni luces ni tierra a la vista. La espera se hace cada vez más agónica. El deseo de arribada tras este prolongado sufrimiento, tras el terror sufrido, es desmedido. La alegría ya solo nos llegaría con la vista de un faro en esta noche larga, que empieza ahora amenazante.
Por un momento, empiezo a intuir una línea de costa, pero también podría tratarse del espejismo de unas nubes bajas. No obstante, la imagen se mantiene y se acrecienta conforme avanza el vapor, en su trayectoria inalterada y fijada siempre en el mismo punto del horizonte. Empiezo a percibir más claro el relieve de una costa accidentada que, a ratos, se esconde tras las olas. Por las voces nerviosas que oigo parece que otros tienen la misma sensación. Y de repente comienzan a aparecer luces mortecinas pero agrupadas. Parece una ciudad.
Ya más cerca se vislumbra claramente esa población situada en la costa. Podrían ser también Beirut o Málaga, vistos desde el mar. Todo el mundo estalla en una alegría incontenible de liberación. ¡Orán, Orán, por fin!
El Stanbrook está ya en la bocana del puerto de Orán. Es una dársena, con varios muelles seguidos, protegidos en el frente por un malecón alargado. No se percibe ningún movimiento en el puerto, que parece dormido entrada la noche. No sale ninguna embarcación en nuestra ayuda y parece que esperamos la lancha del práctico para que dé las indicaciones adecuadas al puente para atracar en el muelle. El capitán lo habrá pedido, pero la detención al pairo se alarga y es peligrosa por la proximidad al dique.
Repentinamente el barco hace un gran círculo y se aproxima decididamente hacia el interior del puerto. Recorre lentamente la larga dársena y se aproxima de costado a un gran hueco libre. Pero nadie acude a recoger las amarras que tres marineros se aprestan a largar. No hay movimientos en el muelle, que aparece sombrío, sin luces. La crispación se vuelve a extender entre los pasajeros amontonados en cubierta. De pronto rompe el silencio una sirena, seguida de muchas procedentes de barcos atracados en el puerto que parecen celebrar nuestra entrada. De ellos salen algunos marineros que corren apurados a nuestro muelle y agitan sus brazos, dispuestos a colocar las amarras en los grandes bolardos de hierro clavados en el muelle.
El barco atraca. Los marineros que nos han ayudado nos gritan y nos dan la bienvenida como pueden. En francés, en inglés, en árabe. Con alegría. Pero aparece el que debe de ser el jefe de la Policía del puerto con una enorme bocina. Desde el muelle ordena en francés al capitán que no largue la pasarela, que ya se estaba desplegando. Nadie puede bajar del barco.
La verdad, no me esperaba un recibimiento triunfal, pero después de la travesía sufrida y el ansia de la llegada, el drama se reinstala entre nosotros. Se supone que nos obligan a permanecer dentro del barco, a la espera de una autoridad que decida dejarnos salir. Pero pasan las horas y nadie aparece. Una falta completa de caridad o, mejor, mucha crueldad, pues es evidente que el barco está atestado, con gente al límite de sus fuerzas. Al cabo del rato aparece la Guardia Senegalesa. Son unos negros formidables, con uniformes coloridos e impecables, que nos miran impertérritos y no hablan. Se ocupan de que nadie se acerque a nuestro muelle. Está claro que nadie va a salir del barco si no quieren. También han llegado algunos gendarmes que hacen como que no oyen nuestras súplicas, pero si nos miran es con un desprecio inconfundible. A nosotros y a la miseria. Me topo otra vez con la decepción de Francia que ya está anegando mi espíritu. Tantos años admirando a su República, a su triunfal revolución, a su modo de democracia. Pero en los últimos tiempos sus hombres parecen acogotados, cobardes y sin ideales. Me parece increíble que olviden a los que llegamos a una de sus colonias de una República idéntica a la suya, derrotada por el fascismo. Me duele en el alma.
El sol, al menos cuando amanece, nos quita el frío y nos hace recuperar un poco de confianza. De repente, ¡ilusión y sorpresa tremendas! Oímos voces que vienen del agua. Me vuelvo hacia la borda que da a la dársena donde estamos y veo llegar pequeñas lanchas de pesca, que se aproximan a nuestro buque desde el un extremo oscuro del puerto. Oigo las voces desde la cubierta. Una alegría. Nos gritan, nos llaman la atención. No entiendo nada, están lejos. Se acercan. Pero, por fin, distingo lo que dicen. Son palabras en español, cariñosas, de bienvenida, desde luego. Desde la borda me dirijo a los tripulantes de la primera lanchita que se ha arrimado ya al barco.
—¿Quiénes sois? —pregunto, sorprendido y jubiloso.
—Somos españoles de aquí, de Orán —me contesta una mujer todavía joven, morena, que nos mira admirada y contenta. Aquí hay catalanes, gente de Valencia, de Andalucía, de Murcia, de casi todas partes.
—Ya sabéis lo que somos, republicanos que huyen. Venimos de Alicante.
—Claro, hijo, estamos al tanto de la huida en la que estáis. ¡Viva la República!, aunque haya muerto —exclama la mujer con voz débil y afligida.
—¡Viva! —dicen con más sentimiento los de su lancha.
—¡No sabéis la alegría que nos dais, después de tanto sufrir! —Y les grito—: ¿Alguien ha informado de nuestra llegada?
—No sabíamos nada de vuestro barco —me responde un hombre mayor, que lleva el timón de la barquita—. Pero un chico del puerto ha ido a avisar a la Casa de España. Antes ya han llegado otros que venían también de España. De Valencia, de Cartagena y de Almería. Algunos barcos pequeños han desembarcado incluso por las playas. Ninguno era tan grande como el vuestro. Aunque han venido también otros vapores a Orán, a este puerto o al de Mazalquivir, que está aquí al lado. También sabemos que han desembarcado españoles en Argel y en Cherchel.
—Pero ¿les han dejado desembarcar?
—Algunos han tenido que esperar, pero al final se han llevado a campos de concentración a casi todos los hombres que venían. Que aquí ya los hay para obras que hacen por todo el país, en plan colonial, y recurriendo a árabes y bereberes con salarios bajísimos. El Gobierno ha decretado que todos los refugiados extranjeros comprendidos entre los veinte y cuarenta y ocho años «prestaran» trabajos equivalentes al tiempo que los ciudadanos franceses cumplían en el servicio militar. Con eso han salido para ocupar a los republicanos. O sea, que os pondrán a hacer carreteras y a trabajar en las plantaciones de los colonos franceses.
—No me digas. O sea, que no nos van a tratar como a refugiados políticos.
—Pues no, lo siento. Más bien como mano de obra barata.
—Pero si Orán es medio española. De algo nos servirá eso.
—Al contrario, hijos. Lo siento, pero no nos quieren y nos tratan peor que a los nativos. Os explotarán en sus campos de trabajo.
—O sea, que nuestro terrible camino continúa con más desgracias. Ya sabíamos algo de las condiciones de los que huyeron por los Pirineos, pero teníamos esperanzas de un mejor trato en la colonia.
—Pues, desgraciadamente, los que mandan en la colonia son los militares, que son casi franquistas. Ni siquiera se van a compadecer de vosotros ahora, antes de llevaros a donde os lleven. Por eso os traemos lo que podemos. Yo traigo pan blanco, chocolate y latas de sardinas. ¡Bajad cestas o sacos con un cabo! ¡Luego jaláis para subirlas! No preocuparos, vendremos todos los días, si nos dejan.
Llevamos ya dos semanas en el barco sin que nos permitan desembarcar. La situación cada día está peor. Seguimos sin poder lavarnos y el único aseo sigue colapsado. Al final se recurre a lo que sea para hacer las necesidades, con lo que la suciedad se hace insoportable. La policía aparece y desaparece, pero los que siguen vigilando son los de la guardia senegalesa, que están todo el día y la noche deambulando en el puerto para vigilarnos. Menos mal que por fin se han llevado a las mujeres y a los niños. Los han trasladado a una vieja prisión construida por los españoles hace más de dos siglos, a la salida de Orán. Estarán mucho mejor porque, al menos, allí habrá agua con la que pueden lavarse. Tampoco nos han dicho mucho más, y eso que los padres se han desgañitado, preguntando a los policías desde la cubierta dónde iban sus hijos y sus mujeres. Siguen ignorándonos, como si no existiésemos.
Menos mal que los oraneses de la Casa de España siguen viniendo todos los días y nos traen todo lo que pueden. Se organizan bien y desde sus barcas siguen acercándose. El otro día trajeron chorizos. La alegría fue maravillosa. Muchos no los probaban desde antes de la guerra. Hasta lágrimas vi.
Le di al presidente de la Casa de España una carta dirigida al cónsul saliente, Jorge Carvajal, un buenísimo amigo, pero sin demasiadas esperanzas, pues este mismo hombre me ha dicho que el cónsul, cuando finalizó la guerra en España, dejó el consulado, donde tenía su residencia, y desapareció. No se sabe si porque se ha ido de Orán o se ha escondido por si las moscas. Me ha dicho que a pesar de todo lo va a intentar a través del consulado.
No sé si se perderá la carta en el camino. Aunque los franquistas no hayan nombrado un nuevo cónsul, en el consulado habrá quedado quizás algún empleado español o argelino, pero no creo que nadie se haya preocupado por las cartas llegadas. O igual sí, pero más me temo que alguno la puede utilizar para congraciarse con el cónsul que venga, y así poder seguir contratados.
La salida de los niños y las mujeres ha aliviado el espacio y ya podemos transitar algo por la cubierta, con lo que he ido conociendo a los desgraciados que están conmigo aquí. Hay de todo, oficiales, milicianos, maestros, funcionarios y hasta un fiscal. Algunos ya los conocía de antes, como al bueno de Remigio Toledo, un gran amigo, antes tan gordo y ahora hecho un manojo de pellejos. Hemos tenido largas charlas. En el Ministerio siempre fue muy servicial. Me ayudó mucho con las cosas de presupuesto que a mí no se me daban muy bien.
Otros muchos conocidos están por aquí. El coronel Pulido, que se distinguió en la batalla de Madrid, pero que es tímido y no ha sabido nunca estar en la pomada. Pero aquí es una persona que aporta serenidad en la convulsión en la que vivimos. También está el doctor Flaquer, que atendió a Marina cuando lo de sus anginas. Con esa delgadez que parece que se va a quebrar, se ocupa como puede de los que se enferman todos los días. Ha conseguido reunir un equipo sanitario que incluso hace visitas por todo el barco. Me ha dicho que es seguro que van a aparecer el tifus y otras infecciones que ya estaban en el frente. Ha tenido que asistir a una parturienta que ha abortado. Menos mal que no ha venido Marina. Me costó imponérselo, pero hubiera sido el desastre total. Ahora sin alegría me alegro.
También he hablado mucho con don César, que fue muy amigo de mi padre y aquí, con sus más de sesenta años, lo está pasando fatal. Está solo. Su mujer murió. De sus hijos no sabe nada. Estaban en la batalla del Ebro cuando recibió una última carta de Antonio, el mayor. No sabe si están vivos o muertos, ni cómo se podrá poner en contacto con ellos en Orán, cuando nos suelten.
Ahora el mayor problema son las peleas, que cunden en este ambiente tan turbador. Las rencillas políticas, que siguen a pesar de que todos estamos metidos en la misma miseria. Españoles hasta el final. Especialmente entre los del PSOE y los comunistas, que siguen con la misma mecánica obsesiva del poder. Afortunadamente, solo hay algunos anarquistas aislados. Jóvenes campesinos bastante aturdidos. De Izquierda Republicana estamos bastantes, aunque son levantinos y nunca los he tratado. La mayoría son señores caducos, completamente rotos por las circunstancias. En general buena gente, pero como siempre muy despistados y acomplejados. Hasta aquí les sigue afectando el sambenito de burgueses que nos han puesto en la guerra.
Además, aquí hemos visto los enjuagues de siempre. Los que se producían en esa República que parecía tan santa. Resulta que ha venido un policía con una lista de ocho nombres, que se han ido como si tal cosa. Uno de ellos era Apolonio Gómez, tengo que decir que de Izquierda Republicana y masón. Por lo que creo, les han ayudado de la logia de Orán. Se han librado de este horror sin pensar en todos los que estamos aquí, cuando seguro que tienen sus contactos con el Gobierno de la colonia. El Gran Oriente tiene mucha influencia en Francia y estoy seguro de que aquí también. Podrían haber hecho algo para aliviarnos a todos, pero no solo a los suyos.
Los de la Casa de España nos han dicho que Miaja, con la Pasionaria y Carrillo consiguieron embarcar todos para Marsella, sin interesarse por los que estaban ya aquí. Los comunistas los defienden, pero la mayoría de la gente se ha quedado muy desengañada. Lo que ha hecho el comandante Valldecabres, el jefe del Servicio de Inteligencia Militar, tampoco tiene nombre: hablaba con unos y otros prometiéndonos que conseguiría un apoyo seguro en Orán. Luego una noche desapareció del barco y no se ha sabido nada de él.
Pero lo peor ha sido lo del Marítima. Un barco casi tan grande como el nuestro que, al parecer, salió de Alicante desde el puerto pesquero, de improviso y de incógnito, dos horas después del nuestro con no más de cuarenta pasajeros, todos socialistas y sus familias. Con muchísimo espacio vacío, que podría haber sido ocupado por los que esperaban desesperados en el puerto de Alicante. Los comunistas, que, ayudados por sus camaradas franceses, son los que organizaron y pagaron el flete del Stanbrook, acusan a los dirigentes socialistas de despiadados por ocultarlo y no embarcar a nadie más. Claro que los socialistas que han venido en nuestros barcos son unos desgraciados como los demás y ahora encima tienen que aguantar la bronca de los comunistas.
Todo esto escita el escepticismo que me ha quedado como un poso ineludible en la guerra. He visto de todo, pero sobre todo un oportunismo inmoral en demasiadas personas, como para poder seguir confiando en el ser humano. Cambios de chaqueta instantáneo en cuanto la balanza del poder cambiaba, la negación de la amistad cuando alguno veía el mínimo peligro de que le metieran en el saco de los «impuros», de los burgueses o de los demócratas liberales, traición de los hijos a los padres para evitar una posible persecución. En fin, una desconfianza entre los propios republicanos que se hizo crónica, yo diría que por la conversión de la deslealtad en forma de vida. Como siempre en un país de aparentes Quijotes, pero con un Sancho en las entrañas. Temo a este sentimiento porque tira por tierra toda la esperanza que debo mantener para ser fuerte, para perseverar en la idea de que puedo contar con la ayuda que necesito de otros hombres para reunirme con Marina. Como puedo alejo estas miserias, que me asaltan en cada momento.
Como se temía Flaquer, el tifus se está extendiendo. He tenido una bronca enorme con el médico encargado de la cuarentena en el puerto. Quería dejarnos juntos a todos, argumentado que así se hace cuando llega un barco infectado. Yo he tenido que decirle que en el barco los había con tifus y sin tifus y que en esa situación el médico debía aislar solo a los enfermos. Al final ha decidido que los enfermos bajen del barco y los ha instalado bajo unas lonas en el muelle. Son unos cien. Muchos son mayores y no sé qué les va a pasar, porque no los van a llevar a ningún hospital, ni siquiera los van a dejar salir del puerto.
A finales de mayo, por fin han venido a por los hombres no enfermos para llevárselos al campo de Rélizane, que está cerca de Orán hacia el este. Han venido el prefecto y casi una brigada de soldados coloniales, los inefables senegaleses, con un coronel al mando. Han hecho una lista de pasajeros y nos han preguntado nuestra edad, la profesión y los idiomas que hablábamos. Luego han ido eligiendo a los que se llevaban. Se han llevado a casi todos. Solo han dejado aquí a los mayores y algunos otros, la mayoría militares con graduación. A mí también me han dejado, no sé muy bien por qué.
Lo que nos llega del campo es muy negativo. Han traído a uno de nuestros compañeros que tiene tifus. Dice que los colonos franceses de los alrededores, cuyos campos trabajan, o la Prefectura a la que arreglan las carreteras les pagan, pero una miseria; en cualquier caso, que además no pueden utilizar, pues no les dejan salir de los campamentos. Los soldados franceses se prestan a traerles tabaco, claro, a precios inauditos.
El barco se ha quedado casi vacío. He podido incluso encontrar un hueco en la amura de estribor, en el que me aíslo. Con la muchedumbre loca que tenía alrededor me bastaba con sobrevivir. Ahora puedo pensar. Pero el pensamiento es ahora mi nueva prisión. Me ha estallado toda la obsesiva frustración que ha nacido en mí en todos estos años de lucha por la República. Ha sido vencida en una guerra que no podía ganar, pero a mí, antes, el propio ideal republicano me dio la espalda. Las democracias, ni siquiera la francesa, no quisieron intervenir a nuestro favor.
El miedo a Hitler turbó a esta y otras naciones hasta sacrificar a la República española. Probablemente para nada. Pero los vacíos en política no existen y allí estaba Stalin ayudándonos. Para luchar contra la influencia comunista y amparar, a pesar de todo, al ideal democrático de los países que nos habían dejado huérfanos, me metí en el Ministerio. Pero me sacrifiqué para nada saliendo de Tánger. Lo peor y lo que me duele es que no ha sido solo una inmolación personal. Porque arrastré a Marina, a mi familia, por ese derrumbe. Eso es lo que ahora arde en mi alma. Me aflige el miedo a no ser capaz de salir del trance.
Aparece de nuevo ese coronel, Moreau me han dicho que se llama. Pequeño, pero con un deje impostado de superioridad en su cuerpo. Vino en un coche Renault pequeño, con un soldado como chófer. Accede al barco, decidido, con pasos ruidosos sobre la pasarela, por la que el capitán le abre el paso. Le pide a este la bocina y dice con voz imperiosa en un mal español:
—¡Que venga aquí inmediatamente el cónsul!
La verdad es que con más aprehensión que otra cosa me precipito a su encuentro esperando lo peor, cualquier mala noticia, y digo, cuidando las formas hasta el ridículo, por si acaso:
—Hoy, a 10 de junio del 39, se presenta Jaime Miralles, del cuerpo diplomático de la República española.
Entonces él imprime en su cara rasgos de verdadera ferocidad. Es un hombre pequeño, lo que no puede disimular bajo un uniforme que le queda ostensiblemente grande. Se estira como puede, apoyando su cuerpo sobre los dedos del pie y subiendo los talones.
—Usted también tiene que venir al campo de internamiento —dice después de un silencio tenso en un tono autoritario—. Al de Rélizane, al que hemos llevado a los hombres de su barco.
—¿Por qué ahora? —pregunto sin saber muy bien por qué lo hago y arrepintiéndome de inmediato.
—Lo necesitamos como intérprete —me indica—. Sus compatriotas no se entienden con los colonos, ni con los ingenieros en las carreteras, ni con los árabes y los bereberes. Aquello es una torre de Babel. Me han dicho que sabe árabe y francés.
—También sé algo del dialecto de los bereberes del norte de Marruecos, pero no sé si comprenderé a los de aquí. Supongo que no tengo posibilidad de negarme.
—Si se niega tendrá que atenerse a las consecuencias. Le advierto que estoy muy harto de sus exiliados. No nos traen más que problemas.
—Mire, no me niego. Estoy en completa disposición de ayudar a los que se han ido. Pero no sé, me extraña que todo se haga así, sin una orden legal.
—Órdenes legales, órdenes legales —dice con rabia el coronel—. Ustedes llegan por miles sin pedir permiso y ahora quieren que todo sea legal.
Entonces, Moreau, sin esperar respuesta, se gira dirigiéndose a la pasarela de salida del barco con un toque marcial y rígido en su andar que hace ridículo su porte, aunque él parece completamente ajeno al efecto que genera.
—Tranquilo, señor, cojo mis cosas y me voy con usted —le digo apresurado.
Cuando regreso a mi amura me encuentro con las miradas escrutadoras de los que quedan. Yo solo puedo responder encogiendo los hombros y haciendo un gesto leve de despedida.
Bajo por la pasarela y me dirijo al pequeño Renault que me espera. El coronel me indica que me acomode a su lado, en la parte de atrás. Es moreno y parece de Marsella. Bajo de estatura, más bien ancho que gordo y tiene la tez muy morena. No se distingue en su cara ningún rasgo acusado. Ojos pequeños, nariz achatada y boca sin labios. Pero por su acento no parece ser marsellés. Desde luego, eso sí, el pelo profusamente rizado le hace parecer de la Francia mediterránea. Está estirado en su asiento y no mueve un músculo. Mirando al frente con actitud tozuda, como el que quiere llegar pronto al destino. No se le escapa ni un leve mirar de soslayo. Le indica al conductor, que ya ha arrancado y está saliendo del puerto, que conduzca rápido y que no atraviese la ciudad, sino que vaya por el camino del sur, bordeando las dársenas del puerto hasta coger la carretera que nos lleva al campo.
El conductor obedece con prontitud a su jefe e inicia una desenfrenada carrera, que pone a prueba las revoluciones del coche, llenando la pequeña cabina del ruido propio del cambio de marchas brusco y de frenazos al límite. El coronel, sentado a mi lado, sigue mirando a la carretera por la que avanzamos aparentemente ajeno a eso. Parece sentir que la velocidad le da más autoridad sobre mí. El coche atraviesa los enormes descampados que rodean el puerto, pisando y haciendo volar cartones que proceden de las descargas en el puerto. Hasta maderas y otros desechos pisa con decisión, que golpean los bajos del coche con estruendo.
De pronto el coche gira hacia la izquierda y enfila una estrecha carretera que serpentea encimando una elevación que parece rodear al puerto y toda la ciudad. No nos hemos cruzamos un solo coche, pero sí unos burros que el conductor sobrepasa casi rozándoles, asustando a los animales y desesperando a sus dueños. Está claro que es un exceso intencional, una muestra de poder ante los nativos.
Pese al apuro que me provoca la vertiginosa conducción, el paisaje me sorprende. Esperaba un desierto yermo y lo que veo son colinas más o menos suaves con grandes y fuertes árboles, aquí y allá, reunidos en grupos que no llegan a hacer bosque, pero dan un aspecto tupido al paisaje. Hay pinos, eucaliptus y otros árboles que desconozco. E incluso planicies verdosas en las que pastan ovejas que tienen muy buen aspecto. Distingo a lo lejos pequeñas construcciones macizas de ladrillo. En realidad, es casi igual que el campo alicantino primaveral que fue mi última visión de España. Nada que ver con el Sahara con el que esperaba encontrarme en el tópico de mi imaginación infantil.
El ascenso continúa casi dos horas por una carretera muy estrecha. Conforme avanzamos, subiendo hacia algo así como una meseta alta, la vegetación se va haciendo más rala, desaparecen casi los árboles y el suelo se va inundando poco a poco de recios matorrales de un verde muy oscuro. Seguimos por el empinado camino hasta que llegamos al nivel más alto. No es el desierto todavía, pero se empieza a advertir en el ambiente un polvo pesado, que es el de las arenas de un desierto todavía lejano, pero que se hace presente. Sin casas ni cultivos el lugar impresiona por su soledad, que el coche recorre sin reducir la velocidad, a pesar de que la pequeña carretera se ha convertido en una pista sin firme y con muchos baches, que el conductor consigue esquivar con singular pericia, aunque sometiéndonos a un agitado bamboleo.
Después de otra buena hora el coronel toca el hombro del chófer, como indicando que calme la conducción, y se vuelve a mí por primera vez en todo el trayecto. Oigo de nuevo su extraño acento francés que entona militarmente:
—Mire, cónsul, en realidad viene usted al campo por los conflictos que han surgido con sus compatriotas. Está claro que necesitamos a alguien como usted que sepa los tres idiomas que allí se están hablando. Si sabe árabe y también rifeño igual se puede entender con los trabajadores argelinos. Pero es que los españoles desde que han llegado no hacen sino protestar por todo lo que no les gusta: la comida, el lugar donde duermen, el mismo calor que no hay quien lo evite. Dicen que hasta los nativos tienen mejores tiendas.
—Bueno, eso es muy normal en su situación.
—Al final no he tenido más remedio —continúa el coronel— que decirles que eligieran a alguien con quien hablar para evitar más incidentes. ¿Saben a quién han elegido? A dos comunistas de la peor calaña, que son los que habían venido agitando el campo todo el tiempo. Por eso he ido a por usted. Necesito a alguien con autoridad en esa República de ustedes, que ponga un poco de orden entre los españoles.
—En lo de hacer de intérprete espero poder ayudarle, aunque, como le dije, no creo que entienda el bereber local. En cuanto a lo de poner orden, intentaré mejorar la situación. En eso he trabajado toda mi vida. No sé exactamente cuál es la circunstancia, pero si ya tienen elegidos a dos comunistas, la cosa no va a ser tan fácil para mí, pues soy anticomunista. De todas formas, le digo una cosa, en nuestra guerra al menos han sido más disciplinados que nadie en el ejército republicano. O sea, que no espero lo peor. Son duros, pero se atienen a lo que acuerdan.
—Mire, cónsul, aquí en Argelia no están las cosas como en Francia. En estas colonias, y más ahora que estamos prácticamente en estado de guerra, los que mandamos al final somos los militares. Aquí se evita estar pendientes de un frente popular lleno de izquierdistas. Y a los militares de aquí no nos gustan los comunistas ni un pelo. Por eso quiero llevar allí a alguien que represente una autoridad que contenga a esos subversivos.
De pronto en el coche se percibe un movimiento brusco de giro rápido y ascenso. Nos quedamos así colocados en la entrada de una explanada situada en un altozano, rodeada de alambre de espino, completamente yerma, sin vegetación alguna, pero con grandes piedras que sirven de asiento a los que allí se encuentran. Desde dentro del automóvil distingo al fondo las tiendas indígenas de los bereberes de piel de camello, bien trabajadas y colocadas con orden. Alrededor de ellas se ven trabajadores bereberes, con una especie de chilaba y un cheich, como lo llaman en Tánger, que hace de velo y turbante. Algunas completamente azules de tuareg, que ya conocía yo de Marruecos. Se mantienen altivos, no excesivamente compelidos por la llegada del coche, y se siguen ocupando de sus labores cotidianas.
Más cerca de la entrada, en la explanada, lo que se ve es una serie de tienduchas viejísimas que debieron de ser del ejército francés en la Gran Guerra, en la que apenas caben dos soldados. Esas deben de ser las destinadas a los españoles. Estos, sentados en las piedras o medio tumbados cubiertos por la leve sombra de la tienda, dan una penosa impresión de desidia. Hay de todo, gente con trazas de intelectual, profesores y funcionarios, a los que se ve mal, mucho peor que a los sufridos obreros y campesinos que también hay allí. No todos vinieron con nosotros, pero a muchos los he tratado algo en el barco y en el muelle de Orán. Llevan la misma ropa que en el barco y están igual de sucios o más. Ahora se levantan inquietos y se dirigen al coche en el que acabo de llegar.
En ese momento al coronel parece entrarle la prisa y, desde el mismo coche, grita a un teniente, ya mayor, que está sentado en el poyete de una casamata, junto a dos sargentos.
—Oficial, venga a saludar al cónsul, y ustedes, sargentos, busquen a los delegados.
Llegan de inmediato los dos comunistas atosigados por los sargentos. Me da la impresión de que son de esos duros y tesoneros, conocí a muchos en la guerra.
Arsenio es el mayor, de origen campesino, como se puede ver en su rostro surcado de arrugas profundas a pesar de no tener más de cuarenta años. Me da la impresión, por su actitud de modesta suficiencia, que debió de estar en algún regimiento como comisario, aunque no le pregunto nada. José es casi un niño, no parece de origen proletario, pero se le ve avispado, pues debe de haber crecido muy deprisa en las dificultades de los años de guerra.
—Lo que hicieron es traernos en camiones y tirarnos a este pedrusquero —dice Arsenio— en el que no había nada más que esas tiendas morapias, las que se ven al fondo. Los primeros días tuvimos que dormir a la fresca y sobre ese suelo de piedras en el que estamos, que está lleno de escorpiones. A los tres días nos trajeron esa mierda de tiendas en las que ni se cabe, que deben de ser de alguna guerra vieja.
—La primera lucha —interviene José, no sin cierta timidez— fue para que nos cedieran algo de la paja que tienen guardada para los animales y algunos sacos para hacer jergones, que nos aislaran algo del suelo, porque aquí hace mucho frío por la noche. El trato ha sido asqueroso, como el que se da a los delincuentes. Como si los que venimos de la República fuéramos sus enemigos. Aunque a estos campos ellos también los llaman ahora de acogida, son auténticos campos de concentración. No hay enfermería y hay disentería, porque bebemos en unos pozos que dan asco.
—No sé si lo sabe, cónsul —dice Ambrosio—, pero cuando llegamos nos juntó ese coronel y nos dijo que teníamos tres opciones: podíamos volver a España con el viaje pagado, es decir, volver a la muerte o a la prisión, pues ninguno nos hemos exiliado por capricho; podíamos apuntarnos a la Legión Extranjera francesa, con un sueldo mísero, pero claro que superior a lo que nos pagan aquí los capataces, que es una verdadera miseria, sobre todo seguro, porque aquí a veces depende de que el colono quiera acabar pagando. Solo se apuntó un chaval de Jaén que estaba medio loquito y no podía aguantar estar aquí encerrado. Ese mismo día se lo llevaron a un cuartel. O podíamos quedarnos aquí en este pudridero.
