El container rojo - Fernando Cianciola - E-Book

El container rojo E-Book

Fernando Cianciola

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Beschreibung

Con un estilo imaginativo, el autor nos lleva por caminos inesperados, donde las situaciones más diversas marcan nuestro destino. Eso sucede con los relatos breves de El Container Rojo. Sus historias acontecen en distintos lugares y tiempos y nos enfrentan con el amor, la violencia, el odio, la tragedia y el humor. El autor pretende desafiar al lector, sumergiéndolo entre la realidad y la fantasía; en algunas ocasiones la ternura, pero también el abismo insondable de nuestras almas. Lo hace con palabras simples y figuras provocativas que cruzan fronteras peligrosas e invitan a la reflexión.

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Seitenzahl: 113

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Cianciola, Fernando Alberto

El container rojo : historias al filo de la realidad / Fernando Alberto Cianciola. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2019.

142 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-406-1

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está tam—

bién totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet

o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina — Printed in Argentina

© 2019. Fernando Alberto Cianciola.

© 2019. Tinta Libre Ediciones

Para todos aquellos que han apoyado esta aventura.

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo

Oscar Wilde

El Container Rojo

Fernando Cianciola

CASTILLO DE NAIPES

—Giménez…

—Sí, jefe.

—Usted me prometió resultados y, por lo que veo, no los ha obtenido.

El empleado se muerde el labio inferior y está a punto de decir algo.

—Mejor no diga nada y haga lo que tiene que hacer, o lo rajo. ¿Me ha entendido?

—Sí, jefe.

Giménez necesita el laburo. Tiene una familia que depende desesperadamente de él. No puede darse el lujo de fracasar.

Regresa al escritorio y se tira en el sillón pensando cómo diablos lo va a lograr. Sólo un milagro puede cambiar el rumbo de los acontecimientos.

—Yo puedo ayudarte.

Una voz subyugante lo despierta. Levanta la vista y, frente a él, una morocha de ojos verdes le clava la vista y espera una respuesta.

Giménez la observa y transpira. Este no es el milagro que esperaba. No es la mano de Dios la que se extiende, sino la del mismísimo demonio.

Sandra es la esposa del jefe y hace tiempo que lo acosa. Ha logrado esquivarla pero en esta oportunidad está contra la pared y parece que no hay otro camino. La necesita.

—Pensálo, negrito, pensálo. No tenés mucho tiempo.

A las seis de la tarde sale del laburo, camina un rato y aterriza en un bar. Mientras aspira el aroma de un café, su cabeza da vueltas al asunto. Sabe que la mujer tiene contactos y puede ayudarlo a resolver el problema, pero es la esposa del jefe. Es como jugar con fuego y pretender no quemarse.

Luego del tercer café toma una decisión. Deja el dinero sobre la mesa y desparece entre la gente que a esas horas camina por la avenida.

Al otro día llega temprano al trabajo.

—¿Y, negrito? —lo encara la morocha desafiante.

Giménez le entrega un papel donde está escrito el nombre de un lugar y una hora para recogerla.

—Bien, negrito, no te vas a arrepentir.

La morocha le dedica una sonrisa maliciosa y se va contoneando sus caderas. Giménez la ve alejarse y traga saliva.

«Lo hecho, hecho está»

El telo es sofisticado. Tiene un yacuzzi enorme y espejos por todos lados. Giménez está nervioso, sabe lo que se juega. La morocha examina curiosa el lugar y luego se acerca insinuante. Comienza a hacer un strip—tease. Arroja sus ropas con gracia y finalmente queda desnuda. La mina es un camión con acoplado.

Lo que sigue es sexo duro, brutal. La mujer se revuelca de placer y Giménez se vuelve loco. Esa mujer es grandiosa… y la llave para su supervivencia. El orgasmo los transporta a la plenitud total. Es un momento que Giménez nunca experimentó. Siente tocar el cielo con las manos.

La morocha explota, gime como una poseída, arquea violentamente su cuerpo y de pronto, sin mediar motivo alguno, queda inmóvil con los ojos muy abiertos. Giménez no se da cuenta y sigue pujando con violencia. Segundos después salta espantado. La morocha no respira. Desesperado intenta reanimarla, pero es inútil. La mujer no reacciona.

« ¡Carajo! ¡Está muerta!»

Temblando se sienta en el borde de la cama y comprende que su castillo de naipes se ha desmoronado. Transpira como una bestia y le falta el aire. Murmura incoherencias en un torbellino de remordimientos, mientras que una telaraña, pegajosa y letal, le advierte que el abismo se dibuja frente a él.

CINE LOS DÍAS DE LLUVIA

Las luces se van apagando con lentitud y la oscuridad invade el lugar. Las formas voluptuosas de una femme fatale, con mirada lánguida y envuelta en una voluta de humo, hace su aparición en la pantalla. El cigarrillo apenas cuelga de sus labios carnosos. Es una vieja película de los años cuarenta, en blanco y negro, con hombres duros y mujeres pecadoras.

Francisco es un hombre que gusta ir al cine los días de lluvia. Es un hombre gris con una vida gris. Suele ver todo tipo de películas, sin embargo, su predilección está en los cineclubs, donde pasan cintas viejas. Ama las películas en blanco y negro. Son sus preferidas. Es un romántico del cine y de la vida.

Hoy dan una con Rita Hayworth. Francisco llega a horario, como siempre. Espera en la antesala y cuando dan el aviso, busca la ubicación preferida: fila doce al medio. La película está por comenzar. Las luces van desapareciendo y busca sus anteojos, los limpia con el pañuelo y, según su particular costumbre, se saca los zapatos. Total, nunca nadie lo advierte y él disfruta con la travesura.

Sumergido en la trama no advierte que junto a él se sienta una mujer. Cuando se da cuenta, su pulso se acelera. La dama en cuestión es muy bella, casi como una artista de cine.

La película transcurre sin sobresaltos en escenarios sórdidos, que resaltan los atributos de la protagonista. De vez en cuando Francisco mira de soslayo a la mujer sentada en la butaca de la derecha. Ella, absorta, no lo registra, pero es hermosa, tan hermosa como la Hayworth.

La película sigue su curso entre escenas de amor y el enfrentamiento de hombres violentos. Cuando la Hayworth se besa apasionadamente con el galán, —que no es otro que el malvado James Cagney—, él querría hacerlo con la morocha que está a su lado. Siente que su cuerpo ha despertado y la excitación lo domina. Está tentado de tocar la mano de la mujer que, apoyada a escasos centímetros, parece desafiarlo.

Los ojos de Francisco van desde la pantalla a la figura de la mujer. El sufrimiento de la Hayworth en la pantalla es tan intenso que la morocha empieza a lagrimear.

Sin pensarlo dos veces, nuestro hombre le dirige la palabra:

—Perdón, señorita. ¿Desea un pañuelo?

Ella se da vuelta sorprendida y responde con timidez:

—Gracias, tengo.

De la cartera extrae uno de papel y seca sus lágrimas con delicadeza. Francisco muere de emoción y se imagina que la escena es parte de la película.

En la pantalla se acerca el final y el drama se intensifica. Cagney descubre que la Hayworth lo traiciona con su mejor amigo y en un arranque de locura le pega un tiro.

—¡Qué horror! —murmura la morocha conmovida.

—¡Una tragedia! —responde Francisco, haciéndose eco de las palabras de la mujer.

Las luces de la sala se encienden y los encuentra mirándose a los ojos. Francisco está convencido que ha encontrado a la mujer de sus sueños. Una mujer de película.

La gente los obliga a salir y lentamente caminan hacia la antesala. Francisco trata de no perderla entre la gente. Se imagina en un bar tomando un café y hablando de la película con ella.

—Señorita…

—¿Sí? —responde ella con naturalidad.

—Linda película, ¿No?

—Muy linda. La Hayworth es mi preferida.

Francisco parece flotar de felicidad. Se da cuenta que la afinidad está a la vista.

—Señorita…

—¿Sí?

—¿No le gustaría tomar un café y así charlamos sobre la película?

La sonrisa de la mujer le augura un triunfo demoledor.

—Con gusto, señor, pero…

—¡Marcia!

Frente a ellos, y en la vereda, un señor con un niño en brazos la está llamando.

—Adiós, señor. Fue un gusto.

—Adiós, señorita…un verdadero placer.

DELICIAS CONYUGALES

—Querido, hay un elefante en el jardín.

—No me digas, —le contestó el marido sin dejar de leer el diario.

—Es enorme y parece nervioso, papi.

El hombre, detrás del periódico, sonríe con picardía.

—¿Qué está haciendo en este momento, querida?

—Inspecciona los canteros pisando tus caléndulas preferidas.

—¡Qué bruto! Deberías llamar a la policía, quizás se escapó de un circo.

—Nunca escuchás lo que te digo; me ignorás.

—No te ignoro, pero me salís con cada boludez.

El hombre, acostumbrado a las estupideces de su esposa, sigue concentrado sin prestarle ninguna atención.

—Creo que se va a llevar la ventana del living por delante. Hacé algo, por favor.

—Ya, termino de leer el horóscopo y veo qué pasa.

El hombre ubica su signo, tauro, y lee despreocupado: «Hoy será un día muy particular para los taurinos; la paz, el equilibrio y la lógica reinarán en cada momento de su vida».

—¡Querido!

La explosión de los cristales fue tremenda, una lluvia de pequeños y mortíferos vidrios lo dejó estupefacto.

—Pero si el horóscopo decía otra cosa…

—Te lo dije querido... pero la boluda, según vos, soy yo.

EL HOMBRE DEL POEMA INCONCLUSO

Es un bar cualquiera de una ciudad cualquiera. Qué más da. Es un bar y con eso basta. En estos lugares ocurren cosas enigmáticas que nadie puede explicar. Como, por ejemplo: encontrar a un solitario frente a la botella tratando de refutar la teoría de la relatividad.

Nuestro personaje no califica para tanto. Es un simple parroquiano dándole vueltas a un poema. Hace rato que lo intenta pero sin resultado. Se ha bajado una botella de ginebra y la inspiración se ríe de su impotencia.

Por la puerta ingresa una morocha que lo deja perplejo de admiración.

—«¡Qué mujer!» murmura.

Ella, sabiendo cuánto calza, lo mira de reojo y sobrándolo le dedica una sonrisa de pantera en su marcha triunfal. Se dirige al mostrador y entra en conversación con el empleado.

El hombre traga la bebida de un saque y delira un rato imaginando un encuentro fogoso.

La dama, sabiendo el impacto, le clava una mirada que desarmaría al más atrevido.

—«Provocadora la hembra» —sigue murmurando el aspirante a poeta.

Ella, conocida como «la diosa», se acerca con pasos seguros, copa en mano y, desafiante, lo encara:

—No me diga ¿Usted es de esos que escriben para no vivir?

—Quizás…—le responde con timidez.

La morocha, con sus grandes ojos inquisidores, parece examinarlo con desparpajo.

—¿Escritor el hombre? —sonríe irónica.

—A veces. Quiero escribir pero no estoy seguro sobre qué.

La risa estrepitosa lo sonroja. Su boca es sensual y los dientes ofenden con su blancura. Todo en ella es puro fuego. Parece una fruta prohibida que pide ser devorada.

—Mirá, «hombre de letras», vení conmigo y yo te voy a inspirar el mejor poema de tu vida.

Dicho esto, pegó la vuelta y con pasos insinuantes se dirigió hacia la puerta. Desde allí lo invitó con la mirada.

Sobre la mesa quedó un poema inconcluso y una botella de ginebra vacía.

EL SUEÑO DE FRANCESCO

Venecia, siglo XVIII

Francesco detiene su caballo y queda extasiado mirando la ciudad. Con la bruma del amanecer, los edificios asoman como irreales. El joven se frota los ojos suponiendo que es sólo una fantasía.

Hace años que, en su pueblo, los viajeros hablaban maravillas del carnaval de Venecia. Siempre escuchó con mucha atención los relatos sobre los soberbios disfraces, las máscaras y las fiestas donde el pueblo y la nobleza, todos mezclados, disfrutaban sin límites.

Francesco, decidido a cumplir su sueño, trabajó como un esclavo para juntar el dinero. Luego de muchos esfuerzos, tuvo lo necesario y partió esperanzado rumbo a la ciudad de los canales.

A cada paso descubrió una maravilla: el Gran Canal, la Plaza de San Marcos, la Basílica, el Campanile y el grandioso Palacio Ducal. Se cansó de mirar hacia arriba, porque en su pueblo las construcciones son muy bajas.

Nuestro joven campesino se alojó en una pensión de mala muerte y con sus ahorros buscó un disfraz para su primera noche de carnaval. Sólo le alcanzó para un antifaz rojo y una capa negra.

«Algo es algo» —pensó.

Las luces del atardecer aumentaron la belleza de la ciudad. A medida que fueron pasando las horas, la Plaza de San Marcos se fue poblando de personajes extraordinarios: arlequines, colombinas, damas y caballeros vestidos de negro y con máscaras blancas y doradas. Es el primer domingo de carnaval y se celebra el vuelo de la Colombina, una paloma de metal lanzada desde el campanario hacia el Palacio Ducal que despierta el murmullo de admiración de los presentes.

La música empieza a sonar y los disfrazados, entre risas y galanterías, inician un juego de danza y misterio.

Francesco da vueltas y vueltas hasta que queda frente a una dama cubierta por una túnica blanca que le sonríe cómplice.

El muchacho no puede creer la belleza y la elegancia de la misteriosa mujer. Se enamora al instante. Una y otra vez se acercan y se alejan rozando sus manos, y Francesco, enloquecido por la pasión, intenta abrazarla, pero ella se escapa entre la multitud que los rodea.

Por un momento el joven se desconcierta, pero luego corre en busca de la dama. La muchedumbre obstaculiza el paso y su desesperación aumenta.

Cuando llega al puente del Rialto, el más antiguo de Venecia, la encuentra apoyada en uno de los balcones, mirando las aguas del canal, coloreadas por la luz de las antorchas.

Francesco la toma en sus brazos y sellan, con un beso apasionado, el ardor que quema sus entrañas.

—¡Traición, traición!

Desde la oscuridad, aparece un personaje vestido con un manto negro, un sombrero de tres puntas y la máscara con forma de pico. Puñal en mano, se abalanza contra Francesco. La hermosa mujer se cruza en su camino para proteger al muchacho y recibe una herida mortal.

El fantasmagórico personaje desaparece en la oscuridad y sobre el piso de piedra yace el cadáver de la mujer con máscara dorada y túnica blanca. Un hilo de sangre corre de sus labios hacia el cuello de color marfil ante la mirada incrédula del muchacho.

EMMYLOU

¿Quién puede olvidar a Emmylou?