Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El corazón habitante es una novela que desafía las fronteras del tiempo y la imaginación. La historia transcurre en tres escenarios aparentemente desconectados: una pareja primitiva en su caverna, un cirujano obsesionado con el misterio del cuerpo humano en el siglo XVII y un cosmonauta que flota a la deriva en el espacio profundo. A través de estos personajes, Tarazona teje una meditación inquietante sobre el cuerpo, la memoria y la supervivencia. Con una prosa hipnótica y un ritmo envolvente, esta novela es perfecta para lectores que buscan historias intensas, inesperadas y profundamente sensoriales. Un título ideal para quienes disfrutan de la narrativa que desafía convenciones y se atreve a explorar los límites de la existencia humana.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 104
Veröffentlichungsjahr: 2025
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Derechos reservados
© 2025 Daniela Tarazona
© 2025 Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V. Avenida Patriotismo 165, Colonia Escandón II Sección, Alcaldía Miguel Hidalgo, Ciudad de México, C.P. 11800
rfc: aed140909bpa
Ilustración de portada: Alejandro Tarrab
https://editorialalmadia.com/
www.facebook.com/editorialalmadia
@Almadia_Edit
Edición digital: agosto de 2025
isbn: 978-607-2631-28-1
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Hecho en México.
A seis días del regreso
Lunes 3 de febrero
Viernes 7 de febrero
Anotaciones
A José Roberto Pulido Tinoco
Rozo con los dedos cubiertos de musgo el papel escrito por una mano ignota, acaso mi padre cenagoso, acaso tú, o acaso tu antepasado, aquel que te consignó a los fastos del fuego. Con mano incierta trazo el dibujo de una corona, no sé si tuya o mía, y muestro la hoja a la ventana, apoyándola en los cristales, para que la ciénaga vea el dibujo de nuestra dignidad, para que, si las llamas ven, puedas ver que quiero participar por fin en una única coronación.
Giorgio Manganelli, La ciénaga definitiva
La luz no entraba a la caverna. De rodillas frente al fuego, la mujer deshebraba la carne de caza. Hirvió un trozo y luego cerró los ojos. Esperaba que el músculo del animal se reblandeciera para clavar sus dedos en él. La mujer sabía que preparar los alimentos implicaba deshacerse de la firmeza para que la masticación fuera menos esforzada.
Estaba sola. El hombre regresaría cuando el cielo mostrara su tono anaranjado y verde. Ella soltó de sus dedos gruesos las hebras de carne sobre la hoja de una planta. Se puso de pie y caminó con algo de cansancio hacia la entrada de la caverna. Desde allí observaba la superficie apacible de la laguna. Arrugó los ojos deslumbrada por el brillo del Sol. Extendió los brazos hacia el cielo en un gesto extraño que la llevaba a fuerzas superiores, porque ella, al alzar los brazos al cielo, estaba creyendo en los dioses. ¿Qué pedía la mujer? Conocía la suerte de otras como ella, habitantes de cavernas cercanas que tenían crías. Pensaba en el deseo de parir. El hombre lo sabía. Le externaba en los balbuceos compartidos que quería un hijo.
La mujer volvió al fondo de la caverna. Era ocasión de machacar las frutas. Sobre una base de madera, deshizo dos plátanos.
Cuando era demasiado tarde para pensar, se recostó a esperar al hombre.
Llegó puntual. La piel de tigre sobre los hombros, el cuerpo doblado en dos por la carga de la presa. Dejó sobre el suelo de la entrada la mitad de un ciervo y abrió bastante los ojos: la carne desgarrada brillaba y la espalda y las piernas del hombre estaban manchadas de sangre. Había sido un buen día, con alimento para saciar el hambre. Ella soltó un graznido, como el de un ave inquieta. Se acercó al hombre y deslizó la palma de la mano sobre uno de sus muslos. Compartía con este gesto el esfuerzo de la caza y sus consecuencias en el líquido rojo y magnífico del animal; tocaba el interior del cuerpo del ciervo.
El hombre tomó del pelo a la mujer, la jaló hacia su pecho y le metió la lengua a la boca. La mujer supo que él había corrido largas extensiones de tierra para encontrar al animal. El sabor de su boca era a polvo. Resultaba natural que lo tragara, perdido en la conmoción de la carrera.
Ella arrastró la mitad del cuerpo del ciervo sobre el suelo de la caverna. Los cuernos dibujaron líneas y figuras indescifrables en la tierra. El hombre había dejado la otra mitad en la orilla de la laguna, sepultada bajo ramas pesadas y hojas amplias.
La mujer fue hacia un rincón a buscar el cuchillo de piedra. Se sentó en el suelo para tomar una de las pezuñas del ciervo y tirar de ella, con la intención de dejar frente a sus ojos el pecho extendido. Separó el pelo con los dedos y vio la piel grisácea. Empuñó el cuchillo y tomó distancia con el brazo para, desde la verticalidad, asestar la piedra afilada sobre el pecho. El hombre, en aquel momento, se hallaba recostado con los ojos apenas abiertos, pero desde allí la miró y aprobó en silencio el inicio de la carnicería.
Ella hundió la mano entera dentro de la herida y la sumió más para buscar lo que preferían comer primero: el corazón. Movió la mano dentro, estaba sintiendo el calor de la carne, la humedad de la sangre, la textura de aquel interior habitado por las vísceras. Es probable que hiciera a un lado el pulmón izquierdo y que encontrara el corazón a la par.
Gimió para llamar al hombre. Él se incorporó despacio. Cuando consiguió erguirse a su modo se aproximó, también le gemía como si pudiera prever lo que ella quería mostrarle. La mujer enseñó los dientes. Luego, preparada para lo que viniera, agarró con fuerza lo que sus dedos habían sentido en el interior del ciervo. Sacó la mano de un tirón y acercó una piedra a los ojos del hombre.
En el jardín conviven los animales. Los cerdos andan alrededor de las jaulas de cuatro conejos robustos. Cada uno es semejante al otro en alguna de sus funciones o sus partes. William considera que la mano de Dios está en la creación, y con el uso audaz de sus instrumentos indaga dentro de cuerpos. Algunos son cuerpos vivos de animales, otros son cuerpos muertos de ladrones o personas repudiadas por haber cometido crímenes.
En su estudio privado, William Harvey se dedica a observar los misterios de las entrañas. Sus ojos dieron con los órganos y dirigió su atención al corazón. Harvey quiso saber de qué manera circula la sangre dentro de los cuerpos. Para averiguarlo, él disecciona.
Es bajo y tiene el pelo oscuro. Lleva consigo, al cinto, una daga. Podría presentarse con la misma estampa cada día. Habla de manera precisa y veloz con los demás. Una voz que corta. Tal vez pueda asociarse la manera punzante de hablar a su vocación por la cirugía. Herir para sanar. William cree en la potencia de las palabras y en los testimonios con el mismo ímpetu con que cree en las disecciones y vivisecciones.
Se mueve de manera rápida, su cuerpo parece electrizado. Decir que la sangre, primera morada del alma, realiza un movimiento circular dentro del cuerpo, no es cualquier cosa. Los miembros son relevantes. La sangre encuentra su destino final en las manos y los pies, luego viaja en sentido contrario. Es lo que el médico dirá.
Tiempo atrás, William abrió el cuerpo vivo de una paloma y, de inmediato, sus ojos se detuvieron en el pequeño corazón del ave para notar sus latidos. La paloma murió. Harvey, compasivo, mojó su dedo en saliva y lo posó sobre el corazón del ave. Por el calor del dedo y la humedad, tal vez, el corazón otorgó algunos latidos más y luego se detuvo.
William sabe que la sangre circula de manera perpetua. Le interesa averiguar de qué modo ocurre esto. Con los ojos entreabiertos, mira por la ventana de su estudio y anota en su libreta varias observaciones acerca del comportamiento animal. Deduce que el desplazamiento de un cerdo, en sus averiguaciones sobre el suelo, es semejante a la ciencia humana que procura indagar los secretos del organismo. El cerdo olfatea para vincularse al mundo, el hombre de ciencia realiza experimentos para que el mundo no deje de vincularse con él. Al médico le gustan los carnavales porque el cuerpo se hace del mundo otra vez, en un ciclo perpetuo de putrefacción y nacimiento. Observa la inquietud de los conejos en sus jaulas. La provocación de unos hacia otros, sus cuerpos erizados de impulsos, de principios naturales. William devuelve la atención a su libreta para escribir lo que ve.
Las precisiones no son justas. Solo Dios ofrece justicia. A veces, mira el suelo para ser humilde de nuevo. Sabe que sus acciones son un desafío a la divinidad. El médico es de carácter soberbio y frágil.
La forma de un órgano puede indicar pormenores sobre su funcionamiento, pero solo mediante la observación y los experimentos se da con los detalles. No importa, por ejemplo, que el cerebro sea semejante a una nuez, aunque la ingesta de la nuez sea buena para la salud cerebral. Ocurre algo semejante con la forma y la función. No son correspondientes, aunque una dé señales al respecto de la otra. William acepta que algunas ideas se disuelvan porque es un hombre afecto a la mecánica. Por lo mismo, su consideración del cuerpo como máquina le otorga los atributos del hombre que conoce, sobre todo, las causas. Las consecuencias se encuentran en un segundo plano, lo que persigue es un descubrimiento científico de alcances milenarios.
William se inquieta al traer la idea de la espontaneidad a su mente. El cuerpo-máquina funciona así. ¿Qué quiere decir esto? Se trata de movimientos y acciones que no responden a nada, salvo a la voluntad de Dios. En este punto, las particularidades de cada cuerpo, animal o humano, se desdibujan y aparecen iguales ante los ojos de los hombres. La espontaneidad es decisión del todopoderoso, él otorga la vida y permite que suceda.
Cuando anochece, el médico se descalza y se coloca las zapatillas de cuero. Anda por su casa como cualquiera andaría. Busca en las repisas de su biblioteca un libro. Y lee.
Se ha hecho demasiado tarde, piensa, cuando la noche llega por completo y se ha olvidado la luz solar. El cambio del día a la noche lo perturba, pues nada vuelve a ser igual después. William sabe que la vida se pierde cada día. Ver al corazón como el centro, como el órgano principal del cuerpo, lo lleva a pensar con frecuencia en figuras circulares. Y justo cuando está por cerrar los ojos para dormir con placidez, imagina el encadenamiento perpetuo del círculo y siente alivio, pero también temor.
Desde allí observas la esfera azul en otro tiempo. No hay día y no hay noche. Te entregas a tus tareas. El día anterior la Luna se encontraba más cerca. Acabas de salir a reparar los circuitos externos porque la electricidad ha mostrado fallas.
Tras los padecimientos que sufrió Ryu, tu resistente compañero de viaje, te has dedicado a estudiar las bacterias en la nave. Descubriste la proliferación del estafilococo, pero no le has externado tu inquietud a él y has permanecido en silencio. Tu imaginación te arroja hacia un porvenir epidémico poco probable, aunque la nave está cundida por bacterias.
Tus labores fuera se prolongan durante tres horas colgado de la nave, como la cría de una ballena junto a su madre. El plan inicial era que Ryu realizara las reparaciones a la par tuyo, pero decidió no acompañarte.
Aunque se dedican al uso de las consolas y las computadoras, les resta media jornada para hacer cualquier otra cosa. Te inquieta el comportamiento de los circuitos, alucinas que las pulsaciones de tu corazón se acompasarán a ellos o al tintineo de sus luces, que tu cuerpo inflado se disolverá entre los cables, excepto los restos que has dejado al oprimir los botones y operar los controles: escamas de piel, pelos, virutas de moco.
Por la noche, en una llamada intercambias con tu hijo las formas que descubres en las gráficas de desplazamiento. Le dices que algo extraño ocurre en el universo, pues, al contraponer una gráfica con otra, has visto lo más sorpresivo: las claves resultantes son las mismas que describen la rotación de la Tierra. Alucinado, le pediste a tu hijo que procurara desplazarse en la tierra a partir de ahora. Sabes que las cosas ya no son, de ningún modo, como han sido. El significado de las palabras y los números es otro. Se trata de un hecho no experimentado antes, le explicaste. Intentaste escribirlo en tu bitácora sin revelar el secreto, porque te asustó: cualquier señal contraria al orden, incluso el propio texto que te ocupaba, la suma de palabras, podía alterar el devenir del universo. Te referías a los hechos circulares e incesantes. Las gráficas mostraban la dirección universal.
Le pediste a tu hijo que, si asistía a convivir con otros, buscara sitios con nombres positivos, el restaurante de nombre Pacífico, o el Parque de la Reconciliación, por ejemplo. Se lo dijiste: “El lugar por el que te desplaces, el sitio donde decidas vivir, te otorgará sentido”, pero no se trataba, en realidad, de un pormenor espacial. No querías que se confundiera con eso. Te referías a que la estancia en el mundo conocido había perdido validez, pues los habitantes ya no estaban en los lugares. “Lo importante (y con eso remataste la conversación), lo relevante”, le dijiste, “es aparecer y desplazarse con el cuerpo por lo que antes conocíamos como espacio”.
