El correo del viento - Oscar Barrientos Bradasic - E-Book

El correo del viento E-Book

Oscar Barrientos Bradasic

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Beschreibung

Relato sobre Opasnost, pueblo de la Patagonia en donde los habitantes viven aislados por un extrañísimo fenómeno climático que concentra vientos impulsivos y arremolinados, dificultando el acceso al lugar y templando el temperamento de su gente.

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Seitenzahl: 58

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© LOM ediciones Primera edición, mayo 2022 Impreso en 1.000 ejemplares ISBN impresa: 9789560015273 ISBN digital: 9789560016324 RPI: 2022-a-4391 Motivo de portada: gentileza de Pablo Ruiz. Edición y Composición LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 68 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta NormalImpreso en Santiago de Chile

El autor:

Óscar Barrientos Bradasic (Punta Arenas, 1974). Escritor magallánico, autor de varios libros; entre ellos: El barco de los esqueletos (2014); Rémoras en tinta (2014); Saratoga (2018) y Paganas Patagonias (2018). Ha obtenido diversos reconocimientos, como el Premio Municipal de Valdivia Fernando Santiván (2013); el Premio Nacional Francisco Coloane de Narrativa y Crónica (2014); el Premio Iberoamericano Julio Cortázar (2015) y el Premio a la Trayectoria Poética Fundación Pablo Neruda (2018).

Pertenece al Colectivo Pueblos Abandonados.

Según la mitología tehuelche, el viento o Xóchem era el aliento de un dios fundacional llamado Kóoch, cuyas lágrimas crearon también el mar primordial. Desde entonces, ese mismo viento, que disipó las tinieblas y las nubes para que entrara la luz, sopla interminablemente sobre la anchura de la Patagonia, y en él reconocemos a la remota deidad que gobierna el curso de las olas, que silba entre los cerros y vaga por los acantilados, las islas perdidas, los bosques húmedos y los coironales. Pese a que algunos lo consideran un castigo, ese dios que viaja en el aire cede su majestad ante el transcurrir de los seres más sencillos en los parajes meridionales. El mito, en el sur del mundo, cobra una patente cotidianidad.

El viento, esa energía inmaterial pero de indiscutida reciedumbre, su resoplar huracanado, su presencia inabarcable, su incorpórea bofetada, ejerce la fascinación en quien cae imantado de su poder y encarna en el alma de los navegantes la plena sinfonía del océano. De esta manera, el viento ingresa por las ciudades como un ser evanescente y se empapa de nuestra memoria, de nuestros sonidos, para luego abrir las alas y emigrar hacia nuevas latitudes, dejándonos una melancolía feroz.

Dedico esta breve narración icárica, un poco disfrazada de cuento infantil, a todos los artistas y escritores que conciben su obra en lugares alejados, en puntos donde la geografía es un capricho del primer día de la creación y los dioses de otro tiempo tienen carta de ciudadanía en el corazón de quienes quieren crear.

I

¿Sabe lo que es el amor? Yo sí: caída libre y fuerza ascendente a la vez.

Como el viento.

Si quiere comprobarlo deberá visitar un lejano poblado que queda al interior de la pampa magallánica, antes de llegar a Puerto Natales, siguiendo una dilatada huella de tierra que probablemente nunca será pavimentada, un desvío en la carretera que se interna como una lombriz ancestral en rutas donde solo encontrará desolación, aridez y coirón. Opasnost –así se llama el lugar–, al igual que otras aldeas, es resabio de la antigua idea que gobiernos pasados tuvieron de poblar la Patagonia. Los gobiernos actuales evocan ese sueño, pero se esmeran en boicotearlo. Aunque en este caso la palabra poblado pudiese resultar un tanto pretenciosa.

Se trata con suerte de cuarenta y tantas casas con tejados de latón rojo, la capilla religiosa, la enfermería, el cementerio de mascotas, la sede del club deportivo Brisa Austral, la Casa del Escritor de Pueblo Abandonado, una oficina de carabineros que oficia de retén policial y en cuyo mástil ondea deshilachada la bandera de Chile. Queda al borde de una ladera con pastizales secos y encorvados.

Hay otros parajes de la inmensa región magallánica que son célebres en todo el mundo por su difícil acceso, como la famosa Bahía de los Cuarenta Días, escala obligada para llegar al islote donde se erige el Faro Evangelistas; o el dificultoso canal Brecknock, ruta marítima de chubascos y cerrazones, que conocieron aquellos corajudos navegantes que se aventuraron al sur del Cabo de Hornos. Opasnost, pese a ser un villorrio totalmente distante del océano al cual solo se llega por vía terrestre, tiene como factor que dificulta el arribo a ella la intrincada y devastadora naturaleza de sus vientos.

En todo caso, el poder de las fuerzas eólicas constituye un elemento transversal a toda la región magallánica, aspecto ya consignado por la poeta Gabriela Mistral cuando estuvo dos años en la más alejada provincia de Chile, a comienzos del siglo XX: «La tierra a la que vine no tiene primavera: / tiene su noche larga que cual madre me esconde. // El viento hace a mi casa su ronda de sollozos / y de alaridos, y quiebra, como un cristal, mi grito. / Y en la llanura blanca, de horizonte infinito / miro morir intensos ocasos dolorosos».

Los temas eólicos en Opasnost, sin embargo, están fuera de todo pronóstico y son dignos de estudio. Se trata de una profunda garganta donde solo gobierna la tempestad, adquiriendo inusitadas formas.

El fenómeno que se produce en la localidad de marras obliga a que las tres largas cuadras que la componen se encuentren interconectadas, ya que salir como un sencillo transeúnte conlleva considerables riesgos, incluso mortales. Los corredores techados entre edificios parecen fuelles. Aquellos vientos descienden, a la manera de voraces dragones de aire, sobre las dos calles y la improvisada plazuela de pocos árboles y un desvencijado columpio. Allí, como largas e implacables manos de antojadizos dedos, entran ventarrones huracanados de rugido ensordecedor hasta Opasnost, formando al principio un poderoso remolino que luego se convierte en un cono invertido cuyos espirales se ensanchan elevándose al cielo. El ulular de la ventisca estremece las estructuras de las casas y replica torbellinos similares en los extremos del poblado.

Ser vivo u objeto que ingrese en el radio que generan las ondas concéntricas de ese vórtice furioso es sometido a una suerte de estado antigravitatorio y al poder de la fuerza centrífuga. Levitación y rotación al unísono es el castigo de los elementos, hasta ser expulsado lejos por esa pujanza telúrica. En invierno, la situación suele ser más adversa: esas vorágines ventosas se convierten en alargados tifones que avanzan, convirtiendo en bloques de hielo cualquier obstáculo que se les presente.

De hecho, Opasnost tiene una escueta historia fundacional. Su fundador, don Dražen Smiljanovic, un pionero venido desde la isla de Brač, decidió, alrededor de los años treinta, construir galpones de maestranza y ranchos para habilitar el tránsito a su estancia, no muy distante de allí. El hombre, calvo, regordete y de largos bigotes rubios, abría sus enormes ojos claros ante los estragos de la ventisca. Cuando los trabajadores alzaban los tijerales, enfrentaban ráfagas de viento que más de una de vez los derribaron, y el prohombre gritaba consternado: ¡Opasnost! ¡Opasnost! Vocablo que en croata se traduce como ¡Peligro! ¡Peligro!

Ya sé lo que estarán preguntándose. ¿Quiénes viven en Opasnost? La respuesta es bastante obvia. Peones de la estancia del clan Smiljanovic y sus respectivas familias, dos carabineros, el padre Alamiro Molina y Mike, un ornitólogo loco que trabaja para National Geographic y que anda hace años en busca de un pajarito declarado extinto, pero que él insiste en que migra por ahí: el zarapito boreal. (Creo que ya mencionamos que está un poco loco. ¡