El cuaderno de Nacho - Marcel René Gutiérrez - E-Book

El cuaderno de Nacho E-Book

Marcel René Gutiérrez

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Beschreibung

¿Vos te acordás de él? Esa es la pregunta que hiere a Alejandro, quien empujado por el súbito recuerdo de un rostro y de una historia de la adolescencia, sale de su presente olvidadizo y frágil, y avanza no solo hacia el pasado sino hacia sí mismo, para mirar un viejo dolor escondido. Esta novela, escrita con una prosa diestra y cuidadosa de los detalles, que recrea con nitidez los escenarios y terrores juveniles vividos por su protagonista en la Medellín de los noventa, nos permite acompañar a un hombre mientras, dedicado a recuperar los ritos de la memoria, despierta su sensibilidad y le abre campo.

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Seitenzahl: 128

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Marcel René Gutiérrez

Sonsón, 1975. Ha publicado los libros de cuento La abuelatelevisor y otros extravios (Fundación Arte y Ciencia, 2004) y Pequeña colección de ausencias (Hombre Nuevo, 2010), que obtuvo la Beca de Creación de la Alcaldía de Medellín en 2009.

El cuaderno de Nacho

Marcel René Gutiérrez

Gutiérrez Gómez, Marcel René, 1975-

El cuaderno de Nacho / Marcel René Gutiérrez Gómez. – Medellín : Editorial EAFIT, Editorial Cesa, Editorial Icesi, Editorial Uninorte, 2024.

154 p. ; 20 cm. – (La Flecha).

ISBN: 978-958-720-950-1

ISBN: 978-958-720-952-5 (versión PDF)

ISBN: 978-958-720-951-8 (versión EPUB)

I. Novela colombiana –Siglo XX. I. Castiblanco, Claudia L-F-, Ilust. II. Tít. III. Serie.

C863 cd 23 ed.

G984

Universidad EAFIT - Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas

El cuaderno de Nacho

Primera edición: diciembre de 2024

© Marcel René Gutiérrez

© Editorial EAFIT, Editorial Cesa, Editorial Universidad Icesi, Editorial Uninorte

© Claudia L-F-Castiblanco, de las ilustraciones de la carátula y de las páginas interiores

Coordinación editorial y corrección de textos: Carmiña Cadavid Cano

Lectura editorial: Jorge Iván Agudelo

Diseño y diagramación: Ricardo Mira

ISBN: 978-958-720-950-1

ISBN: 978-958-720-952-5 (versión PDF)

ISBN: 978-958-720-951-8 (versión EPUB)

Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Nú me ro 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158 emitida el 13 de febrero de 2018.

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de los editores.

Editado en Medellín, Colombia

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Para Nacho, Andrés y Alexander

Al día siguiente ve cómo Antonio, su profesor de Matemáticas, intenta comenzar la clase del modo habitual. Sin embargo, le parece que duda, que busca con esmero algo que no logra encontrar y Alejandro imagina que tal vez sean las palabras, porque ha esperado a que ellos, uno a uno, atraviesen la puerta en calma, en silencio, en una quieta inquietud que quizás lo ha sorprendido porque, contrario a lo usual, el profesor también ha permanecido casi en silencio. Nada de bromas, nada de risas, apenas un corto y bronco saludo que no obtiene respuesta de ellos. Entonces lo ve buscar sus apuntes, extenderlos sobre su escritorio y disponerse a escribir en el tablero. Pero ni él ni sus compañeros se mueven, ni se escucha el usual silbido de las cremalleras que se abren ni el chasquido de las hojas cuando son hurgadas por los dedos presurosos. Lo ve darse media vuelta y encontrarse con treinta y ocho pares de ojos que tratan de mirarlo, pero se quedan enganchados en el asiento vacío y, por primera vez en aquella mañana, lo descubre fijando también sus ojos ahí, en esa silla, en esa ausencia, en ese agujero que se ha abierto para siempre en medio de todos ellos. El salón se paraliza. Nadie se mueve. Incluso podría decirse, piensa Alejandro, que las manecillas del reloj que pende encima del tablero, a la vista de todos, también están intimidadas por la tensión que se ha apoderado del aula y se sienten incapaces de moverse, o por lo menos que han decidido hacerlo un poco, solo un poco más despacio, pero ninguno lo notaría porque todas las miradas están ancladas en esa primera silla. La voz fuerte y rítmica de la profesora Alba, desde el piso superior, dicta la lección de Biología a sus estudiantes de séptimo. Alejandro sabe que Antonio también la escucha y sabe que él debería estar haciendo lo mismo, o algo parecido, y sabe también que no encuentra la manera, que no sabe cómo hacerlo, porque así como le ocurre a él y a las treinta y ocho miradas que lo acompañan, para su maestro también es la primera vez. Entonces, presa de una voluntad que no sabe de dónde le nace, Alejandro se levanta, se dirige a esa silla que todos quieren ignorar, pero ninguno puede y deja sobre ese pupitre vacío el cuaderno de Matemáticas que Nacho le había prestado días atrás, lo abre en la página donde están las últimas anotaciones y escribe: “10 de octubre de 1990”. Deposita el lapicero rojo en el centro del cuaderno, justo en esa hendidura donde las hojas se unen unas con otras por el gancho metálico, y procurando evitar que se le derrame la tristeza que le ha estado llenando los ojos sentencia:

—El que quiera anota la fecha mañana, pero nadie, nunca, quita el cuaderno de aquí.

Descubrió la invitación una tarde mientras les hacía el quite a las horas de un sábado que no sabía cómo gastar. El sol calentaba su cuarto, la sala de televisión y la hamaca del balcón, y decidió refugiarse en la parte de atrás, donde los mangos de la casa vecina refrescaban con su sombra de pájaros y su canto verde. Tampoco logró dormir. Un par de bichofués se disputaban la pulpa madura de un fruto, ahuyentándose con persecuciones y trinos. Alejandro no podía verlos, solo intuirlos entre la agitación de las ramas y los gritos cada vez más intensos que iban del uno al otro. Los buscó en vano entre el oscuro verde intenso casi negro del árbol. Solo cuando la fruta cayó entendió. En ese mismo momento la agitación en el árbol cesó. Era un mango mediano, con vetas rojas y amarillas y con una sola perforación, profunda, hecha por los vigorosos picos en su incesante búsqueda de comida. Pensó en tomarlo, pero algo le dijo que no le pertenecía, que allá arriba, entre las hojas, dos pares de ojos lo miraban, miraban la fruta y volvían a mirarlo a él, analizando, calculando, decidiendo. Esperó. Luego de un instante alcanzó a ver una mancha amarillo limón que salía de las ramas y se perdía entre los demás árboles, mientras que la otra aterrizaba a muy poca distancia del mango. El enmascarado lo miró con su ojo derecho, miró la fruta, avanzó de un salto y volvió a mirarlo. Alejandro no se movió. El ave lo observó entonces con el otro ojo y dio un salto más. Él siguió sin moverse. Quería ver qué tanto comía y cómo lo hacía. Sin embargo, ahora que estuvo junto al mango el animal dudó. Contempló la cáscara desde dos puntos distintos, dio dos saltos más y, como si no fuera lo que esperaba, como si visto ahora desde el suelo el manjar ya no fuera tan apetitoso, se fue.

Entonces, Alejandro volvió a su estudio y se dedicó a indagar en las vidas ajenas a través de internet. Llevaba un buen rato saltando de un nombre al otro, de una foto a la siguiente cuando en una de ellas encontró un rostro que no había visto en muchos años. A su lado estaba la invitación. Sintió un ligero hormigueo que le recorría el cuello, desde el hombro hasta la parte posterior de la oreja izquierda, el mismo que le daba cuando algo lo tomaba por sorpresa. En la imagen, su grupo del colegio, sentados en las gradas del patio principal. Aumentó varias veces la imagen, buscando detalles que desde el primer vistazo supo que no estaban, recorrió los rostros, entre ellos el suyo, tan pequeños, tan jóvenes, tan distantes, observó las miradas, muchas pícaras, casi todas alegres. Así, dando y dando rodeos, encontró la que no quería, la que desde el comienzo había advertido, pero se había negado vanamente a enfrentar, la que le demostraba con hechos que él no tenía memoria, que la memoria lo tenía a él y era justo por eso que dos décadas después, cuando ya la creía enterrada por el tiempo pasado y la vida vivida, la figura de Nacho lo sorprendía y venía a descorrer el velo con el que se había esmerado en ocultar una ausencia tan honda y sentida que ni siquiera esos veinte años de dolores, alegrías y experiencias habían logrado encubrir. Un comentario breve y una fotografía algo desenfocada, tal vez debido al aumento al que la había sometido, vistos en la pantalla de su computador, fueron suficientes para “arrasar con un presente construido sobre la frágil premisa de haber olvidado para siempre un pasado doloroso”, una sentencia que había leído o escuchado, no recordaba dónde, y que decidió, primero, aceptar, y, luego, con el tiempo, atribuirse como propia.

“… por dos panteras de Cleopatra y por… ¿hojalata?, no, así no es, por dos panteras de hojalata y por Sumatra”, sonríe porque sabe que ese no es el orden, pero el juego de sonidos le gusta y desde el viernes pasado ha estado recitando las palabras al vaivén de su memoria, sin importarle si coinciden o no con las originales. Mientras hace el recorrido entre el patio y el salón observa el cielo azul, despejado y frío, con un sol que todavía no calienta, y va dándose ánimos para preguntarle a Isabel por el título, pero siente que todavía le falta valor y entonces desea que el trayecto fuese más largo. Viene, en doble fila y en estricto orden, de escuchar los diez minutos de saludos, avisos y regaños que a diario el rector les brinda como bienvenida, pero, contrario a otros días, esta vez no intercambia las respuestas de las tareas pendientes ni escucha las burlas que se hacen los demás porque el día anterior Nacional le ganó a Medellín, ni responde cuando le preguntan si tiene el uniforme para el partido contra Once B y ni siquiera se ríe con las primeras bromas del día, no, esta mañana ha estado concentrado en convertir el título en una excusa para acercarse hasta el escritorio, sentir su aroma e intentar mirar entre su escote.

Delgada y blanca. Sin gafas. Así es Isabel. Eso lo hace inmune al desgano que sus demás compañeros padecen las primeras horas del primer día de la semana y disfruta comenzar la jornada mirándola. A veces, muchas, la erección hace que se revuelva en su asiento para evitar ser descubierto y atenuar de paso el dolor que le causa la presión del bluyín. Lo otro que también le gusta son los poemas que les lee al comienzo de cada clase. Algunos lo atrapan y le es inevitable intentar repetirlos, sin importar que entre los ires y venires por los vericuetos de su memoria terminen desordenándose, como ese del viernes pasado en que alguien cambiaba su vida por baratijas.

—Ve a tu puesto que ya te lo digo, ¿listo?... Chicos… chicos, a ver, a ver, buenos días. Al parecer además de descansar también estudiaron este fin de semana y por eso hoy, a petición de uno de ustedes, otra vez, juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos…

El timbre del teléfono lo sacó de sus cavilaciones y de la penumbra de los mangos. El viejo aparato estaba cerca de la entrada y reclamaba con insistencia su atención.

—Ya me tenías preocupada, ¿por qué no contestas? –fue lo primero que escuchó.

—¿Qué estoy haciendo entonces? –se burló.

—En tu celular –continuó ella, ignorando la respuesta que acababa de escuchar y que aún antes de marcar imaginó.

—Debe estar descargado –contestó y recordó que esa mañana las gotas de sudor en la nuca y la camiseta pegada a su espalda lo sacaron de la cama. “Con razón tanto silencio”, pensó.

Ella estaba de viaje y regresaría el lunes en la mañana, así que pasaría el fin de semana solo. Era la tercera o cuarta vez que se encontraba en la misma situación y, según él, había aprendido a sobrellevarlo bien, sin embargo esta vez aún no lo lograba: sus padres también estaban fuera de la ciudad, así que no podía autoinvitarse a almorzar a la casa de ellos; con Gabriel tampoco podía contar, pues intentaría, de nuevo, sacar a flote una relación en la que ya ni él mismo creía, pero cuyo recuerdo parecía bastarle para olvidar quién era y tratar de ser lo que no podía, como lo había descrito Manuela.

Fue así como en las primeras horas de la tarde del sábado, después de almorzar en un restaurante recién abierto en su barrio y a unas pocas cuadras a pie de su casa, que llevaba el mismo nombre de una telenovela que veía en su niñez y al que llegó por accidente, se encontró otra vez frente al televisor, indeciso entre viejos partidos de fútbol argentino o una seguidilla de series de televisión, también repetidas, y supo que tendría un fin de semana en el que las horas se le irían acumulando, como si la arena del reloj cayera no en un flujo constante, sino grano a grano, y, como una manera de evitar la angustia del tiempo detenido y de huir del calor que entraba por la ventana y se reflejaba en la pantalla del televisor, decidió sumergirse en internet. Fue entonces cuando el teléfono sonó.

—Hazme un favor –continuó Manuela–, mándame la presentación que te mostré ayer, parece que no la traje. Y pon a cargar tu teléfono.

Volvió a la pantalla y cayó en cuenta de que debió haberle preguntado dónde estaba guardado ese archivo. Como había escuchado y leído muchos comentarios sobre las explosiones que ocurrían cuando se utilizaban los teléfonos mientras se cargaban, no se animó a llamarla. En cambio, buscó en cada una de las carpetas en las que ella trabajaba hasta que lo encontró. La meticulosidad con que lo hizo respondía no solo al interés de ayudarla sino, sobre todo, al afán de sacar de su mente los recuerdos que habían comenzado a poblarla. Después de enviarlo, revisó los periódicos y entre las noticias de actualidad y del espectáculo lo sorprendieron la noche y el hambre. Buscó en la cocina algo para comer y en la televisión algo para ver. Encontró una película en la que un hombre se tatuaba palabras con la intención de salvar del olvido unos cuantos momentos de su vida, que iban cambiando a medida que los enfrentaba, pero no supo cómo terminaba pues el sueño lo venció.

A la mañana siguiente, su primer pensamiento fue la invitación. Ni la actualidad, ni la farándula, ni la película la borraron. Por eso ahora volvía, como el zumbido que en época de lluvias llenaba su cuarto y le impedía dormir, y entonces dejaba un brazo por fuera de la cobija y acechaba, como un gato a su presa, hasta que sentía ese ligero pinchazo, casi igual al de una inyección, que inducía la probóscide –afilada trompeta que hace las veces de boca del díptero– al clavarse en su piel para chuparle la sangre hasta llenarse la panza, le daba tiempo para que se acomodara y lo aplastaba de una palmada. Pero esta vez las palmadas no servirían. El zumbido lo llevaba adentro. Volvió a la pantalla y comenzó a hurgar en las vidas de ese grupo de desconocidos con los que había compartido el azar de asistir al mismo colegio.

La profusión de fotos y comentarios publicados le permitió enterarse de los hijos, las esposas, los viajes, los trabajos, las casas, las separaciones, los nuevos viajes, los nuevos hijos, las nuevas esposas y demás cotidianidades de ese grupo que el tiempo había convertido en unos desconocidos, pero a los que conoció bien cuando apenas comenzaban a ser hombres. Poco a poco empezó a relacionar los rostros del presente con nombres y apellidos del pasado pero solo cuando llegó a los apodos la bruma se disipó del todo y entonces los rostros que veía en la pantalla fueron perdiendo las arrugas, la grasa, las frentes se fueron poblando de cabellos oscuros y fuertes, los cuerpos perdieron volumen, ganaron firmeza y fue como si un alud de imágenes, voces y sensaciones se le fuera encima, al igual que la tierra, los árboles y las rocas de una montaña sobre la carretera, y lo dejara sepultado bajo una pila de recuerdos que apenas ahora reconocía tener. Se vio otra vez sentado en el penúltimo puesto, lejos del tablero y del profesor y cerca de la ventana y la pared, contemplando, más que asistiendo, a las clases del colegio.

—Bueno, mis niños, ¿listos para el paseo?