El cuento del cuervo - Carlos Marín - E-Book

El cuento del cuervo E-Book

Carlos Marín

0,0

Beschreibung

Abrid bien los ojos, pues el mal debe seguir vivo y su legado tiene que continuar   España, mediados del siglo XVII. La peste acecha sin piedad y los cementerios se llenan de cadáveres. Mientras la gente huye de esa bestia hambrienta y cruel, Jerónimo Saavedra, un humanista científico, viaja a Barcelona invitado por su amigo Diego Casares. Una vez allí descubrirá la verdad sobre el repentino y misterioso ofrecimiento. Jerónimo nunca pudo imaginar que aquel viaje le cambiaría la vida para siempre. Una sucesión de infortunios y muertes misteriosas lo obligarán a investigar qué se esconde detrás de unos actos tan perversos, donde el mal campa a sus anchas, sembrando el caos y la desesperación. Aristócratas, malhechores y gente de toda índole se cruzarán en su camino. Unos suplicarán por no terminar sus días en la prisión de las Dársenas, y otros lo harán por no acabar en manos del monstruo del Borne.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 714

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



El cuento del cuervo

El cuento del cuervo

Carlos Marín

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación, u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y siguientes del código penal).

Diríjase a CEDRO (Centro Español De Derechos Reprográficos). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

© de la fotografía del autor: Archivo del autor

© Carlos Marín 2025

© Entre Libros Editorial LxL 2025

www.entrelibroseditorial.es

04240, Almería, (España)

Primera edición: julio 2025

Composición: Entre Libros Editorial

ISBN: 979-13-87621-25-4

Índice

Nota

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Nota del autor

Nota

Esta novela es una obra de ficción histórica. Aun así, no pretende ser un retrato fiel de los mismos.

Aunque ha habido una documentación exhaustiva y algunos datos y eventos han sido levemente modificadas a conciencia por necesidades de la trama.

Introducción

Juana estaba agonizando. Tan solo tenía ocho años. La peste, esa bestia hambrienta y cruel que nos mira a todos y elige a unos cuantos, sin misericordia alguna, había transformado la belleza angelical de un ser indefenso en un cuerpo aterrorizado por la muerte.

Jerónimo, su padre, era el único que se encontraba a su lado. Asumió el riesgo, sabiendo que podría enfermar. Roto de dolor, no dejaba de consolar a su hija, quien lloraba sin descanso.

—¡Padre! ¡Padre! ¡La muerte viene a por mí! ¡Está mirándome! ¡La siento cerca!

—Hija, no tengas miedo. Estoy aquí. No llores, por favor.

—¡Y mi madre! ¿Dónde está?

—Cariño, tu madre vendrá pronto.

—¡Padre! ¡Ayúdame!

Un silencio extraño invadió la habitación. Duró unos segundos.

—¡Dios mío!

Jerónimo comenzó a llorar. La imagen silenciosa de su hija en la cama, cubierta de pústulas por todo el cuerpo y con los ojos cerrados, quedó grabada en su memoria para siempre.

En aquel momento, Jerónimo no pudo sentirse más desgraciado y en su alma ya no cabía más dolor, aunque el futuro le tenía guardado un destino lleno de misterios y sufrimientos que harían de su vida una tortura a partir de entonces.

Capítulo 1

Tortosa, comienzos de 1651

La peste, la más devastadora de las enfermedades, reinaba de forma implacable. Era el monstruo enviado por la muerte, que señalaba con su dedo inmisericorde a todos aquellos que tenían la desgracia de cruzarse en su camino. Niños y adultos de toda condición morían o quedaban desfigurados, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo. Los cementerios se llenaban de cadáveres y el terror se apoderaba de los vivos. Las gentes buscaban refugio en sus casas, cerrando puertas y ventanas al amparo de una esperanza que no llegaba. Eran tiempos oscuros, dominados por el dolor y la resignación, donde vivir se convertía en el mayor de los triunfos.

En esos días de angustia, Jerónimo Saavedra, un humanista científico afincado en Tortosa, viajaba a Barcelona en un carruaje negro que se comía las millas a trompicones.

Unas semanas atrás, recibió de forma inesperada una carta de su viejo amigo Diego Casares, un afamado médico barcelonés. En ella, lo invitaba a una reunión que tendría lugar en el Palacio Real Menor de Barcelona. El motivo era la presentación de una técnica revolucionaria que podría evitar la aparición de la peste. En la carta, le escribía con gran satisfacción que Cándido Sáez, médico de la embajada española en Gran Bretaña, sería el encargado de hacer la exposición bajo el auspicio del señor Anacleto De Guzmán, un antiguo miembro del órgano del Aula Regia.

Jerónimo estuvo pensativo durante el viaje, sin decir nada ni prestar atención a sus compañeros de habitáculo, los cuales, como él, parecían mudos.

Juana, su única hija, acababa de fallecer víctima de la peste. En su rostro ojeroso se reflejaba la inquietud por separarse de Inés, su esposa, aunque solo fuera durante unos días.

Le dio instrucciones antes de partir para que saliera poco a la calle y no hablara con desconocidos. La advirtió que la peste era traicionera y extremadamente silenciosa. Podía venir de cualquier persona, incluso de aquellas con apariencia de estar sanas. Sumido en sus pensamientos, se dejó llevar por ellos mientras el carruaje avanzaba por un camino embarrado. Ni el frío que se colaba por todas las rendijas ni el traqueteo constante evitaron que se durmiera de forma profunda. De vez en cuando recibía algún golpecito en el pie para que dejara de roncar. Servía de poco. El sueño lo había derrotado. Cuando despertó, poco antes de llegar a su destino, miró con cara de extrañeza a sus acompañantes. Enfrente, una mujer joven y poco distinguida no le quitaba los ojos de encima; junto a ella se encontraba su madre, quien miraba nerviosa por la ventanilla, deseando abandonar aquella caja de madera lo antes posible. Ambas se desplazaban a Barcelona para reclamar la herencia de un familiar lejano que había muerto rico. Jerónimo se fijó en la persona sentada a su lado, un sacerdote entrado en carnes que apenas le dejaba espacio. La expresión de su rostro era de apuro. No sabía dónde poner sus ojos, ya que existía el peligro de mirar en exceso a las dos mujeres y que se interpretara como un gesto pecaminoso.

Al inicio de la tarde, el carruaje accedió al patio de una posada en la calle del Este, en la Ribera, al sur de Barcelona. Era un barrio situado al otro lado del río, lejos de la jurisdicción de las autoridades. Jerónimo se sintió cansado, pero con ánimo. Tenía previsto hospedarse en casa de Diego y regresar a Tortosa lo antes posible. Cogió una bolsa de piel de vaca que tenía bajo sus pies y se colocó bien el sombrero.

Cuando salió del carruaje, dudó de la respuesta que pudieran darles sus piernas. Estaban agarrotadas. Alzó la vista y vio el interior de un patio al borde del derrumbe. Solo un milagro podría mantenerlo en pie. Permanecer en aquel sitio era un acto heroico en sí mismo, pero adentrarse en el bullicio de las calles adyacentes prometía convertirse en una aventura más heroica si cabe. Atravesó el patio con rapidez y salió. Tenía que caminar hasta el barrio del Borne, lugar de gran distinción en el que se situaba la casa de su amigo.

La primera imagen que apareció ante sus ojos fue la de un borracho. Se tambaleaba como el péndulo de un reloj y milagrosamente no se caía al suelo. Era tan delgado que su ropa dejaba vislumbrar un cuerpo difícilmente articulado, en el que sus brazos, largos en proporción a sus piernas, parecían las aspas de un molino de viento. Tenía tanta práctica en el complicado arte de mantener el equilibrio que desafiaba las leyes de la física con asombrosa naturalidad. Jerónimo lo contempló con asombro, sin percatarse del lugar en el que se encontraba, una calle invadida por el gentío. Estaba inmerso en un enjambre de charlatanes que se creían sus propias mentiras, recaderos en busca de alguna moneda, mercaderes borrachos, prostitutas que se vendían al mejor postor y mendigos harapientos pidiendo limosna.

La vida transcurría al amparo de hogueras que ahuyentaban el frío, tabernas que ofrecían orujo barato y edificios apuntalados que anunciaban su caída en cualquier momento. Jerónimo pronto se convirtió en un reclamo, no solo por su aspecto elegante, sino también por su figura alta y delgada. Su rostro, afilado como un cuchillo, resultaba extrañamente cercano. Vestía una blusa blanca de manga larga con flecos en los puños, oculta por un chaleco dorado y una casaca azul oscura a juego con el calzón. Las pantorrillas quedaban ocultas por medias blancas. Su estampa se completaba con un sombrero negro y una peluca corta recogida en una pequeña coleta. Sus zapatos de hebilla todavía relucían. Apenas dio unos pasos cuando alguien le gritó:

—¡No se mueva o le clavo el cuchillo! ¡Ni una palabra!

Jerónimo se detuvo. Miró al frente, giró la cabeza a ambos lados y no vio a nadie. Ante la insistencia de las amenazas, inclinó la cabeza hacia abajo. Apareció un cuchillo empuñado por un hombrecillo rechoncho, con gesto poco amistoso y aspecto de no haberse aseado nunca. No tendría más de veinte años, pero aparentaba el doble. El vello de su rostro ocultaba una cara castigada por el frío y el exceso de orujo. Un sombrero viejo y redondo aplastaba su cabello pelirrojo. La capa que colgaba sobre sus hombros, sucia y raída, cubría su cuerpo hasta las rodillas.

No sintió miedo, aunque sí compasión.

—¿Cómo se llama, joven? —le preguntó Jerónimo.

El ladrón se quedó confundido.

—¡Eso no importa! ¡El dinero o la vida! ¡No lo repetiré más veces!

—Joven, durante mi vida he conocido a muchas personas, pero ninguna que no tuviera nombre.

El grado de perplejidad del ladrón fue en aumento.

—¡Me ha tocado un charlatán! ¡El dinero! ¡Rápido!

—No le daré ni un real —le dijo Jerónimo con firmeza—. Le advierto que, si me quita la vida, a la que tengo gran aprecio, le ahorcarán. Tras ser ahorcado, su cuerpo se hinchará como una vejiga y luego se pudrirá en una fosa común. El hedor será tan insoportable como el recuerdo que dejará en este mundo.

El desconcierto se apoderó del ladrón, quien no supo qué hacer, si agujerearlo como si fuera un queso o retirar el cuchillo. Sintió tal angustia que se vio obligado a confesarle el motivo de su acción:

—Señor, mi nombre es Jacobo Borges, y tengo hambre. ¡Ayúdeme!

Jerónimo sonrió.

—Me complace que recapacite, pero primero guarde el cuchillo.

Jacobo lo retiró con lentitud mientras lo miraba con desconfianza. Entre tanto, un hombre vestido de negro se acercaba con sigilo. Su nombre era Isaías Villalba. Se trataba del cazarrecompensas más conocido de Barcelona. Carecía de escrúpulos, solitario y temible, quien se ganaba la vida capturando a ladrones y criminales. Si algo caracterizaba a Isaías, era su enorme sombrero negro, al que siempre le hacía una muesca cuando capturaba una presa.

La amenaza estaba escrita en su mirada.

—¿Qué está pasando aquí? —les preguntó Isaías cuando los alcanzó.

Jacobo escondió con disimulo el cuchillo debajo de la capa.

—Señor, estoy de visita en Barcelona —le respondió Jerónimo—. Estaba preguntándole a este joven tan amable el camino más corto para llegar al barrio del Borne. En este momento estaba dándome las indicaciones oportunas.

—¿Cómo se le ocurre hablar con un ratero como este? —le preguntó Isaías sorprendido—. Fíjese en su aspecto. ¡No espere encontrar mucho juicio en su cabeza!

Jacobo trató de mantener la calma. Isaías lo miró con desprecio y le preguntó:

—¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica?

—Señor, mi nombre es José Zúñiga —le mintió asustado—. Trabajo en una destilería junto al río.

—Si es tan sucia como usted, pronto tendrá que echar el cierre. ¡A saber dónde mete las manos! —exclamó Isaías y rio a carcajadas.

Jerónimo se mantuvo callado, esperando que aquel hombre se marchara lo antes posible. Sin embargo, no fue así. Continuó haciendo preguntas a Jacobo:

—¿Conoce a Pedro Borges? —El joven se ruborizó e Isaías insistió—: ¡Conteste!

—No, señor. Nunca he oído hablar de él.

—¡Todo el mundo miente en esta condenada ciudad!

—Le digo la verdad. ¡Se lo juro!

Isaías clavó su mirada en Jacobo de forma desafiante. En su cara se reflejaba la rabia de alguien que sabe que están engañándolo y no puede hacer nada para evitarlo. Sin perder tiempo, saludó a Jerónimo y se marchó contrariado calle abajo. Jacobo respiró aliviado.

—Pedro Borges es su hermano, ¿no es así? —le preguntó Jerónimo de forma cómplice.

El joven lo miró con recelo.

—¿Cómo sé que puedo confiar en usted?

—Acabo de salvarle el pellejo.

Jacobo se mantuvo pensativo unos instantes. Finalmente le dijo de forma dubitativa:

—Pedro es mi hermano. Mentí porque están buscándolo. Lo espera la horca.

Jerónimo echó mano del bolsillo de la casaca y le entregó una moneda.

—Tenga, como gesto de buena voluntad.

El joven miró la moneda que tenía en la mano y preguntó confuso:

—¿Solo medio real?

—¿Le parece poco? —inquirió Jerónimo sorprendido.

—¡Claro! ¡Seguro que tiene más!

—Joven, debería ser más agradecido. Nadie regala nada en esta ciudad. Vaya a comer algo antes de que caiga en otras tentaciones.

Jacobo miró la moneda de nuevo y se dio por satisfecho.

—Sí, señor. Prometo no robarle si el destino nos une de nuevo.

—Me tranquiliza saberlo.

Jacobo corrió hacia una callejuela próxima mientras Jerónimo reanudaba la marcha hacia el río. Debía darse prisa.

El frío era intenso. Caminar por aquellas calles repletas de charcos e inmundicia era un acto de fe. Multitud de miradas incisivas y nada tranquilizadoras fueron agolpándose sobre su figura, obligándolo a acelerar el paso. Se sintió en un lugar olvidado, en el que la belleza y la armonía estaban prohibidas. Solo había espacio para la miseria, que atrapaba a las personas como si fueran sus esclavas para siempre.

Llegó a la calle Carrera, conocida como la principal de la Ribera. Las casas eran de madera y parecían podridas. En una esquina vio a una niña de unos catorce años, tiritando de frío, sentada en el suelo y con el cuerpo inclinado hacia delante. Vestía una blusa larga y descolorida, su cabello era una maraña tan negra como su propia existencia y aquel rostro lloraba, mostrando angustia y desesperación.

Jerónimo comprendió lo que ocurría: estaba embarazada. Trataba de ocultar su barriga prominente, imaginó que sintiendo vergüenza de sí misma. La miró con compasión y se acercó hasta ella. La sujetó de la mano y la animó a levantarse. La niña obedeció. Al ponerse de pie, su tripa resaltó sobre una figura demacrada, como si fuera un apéndice unido a su persona por el destino y la desgracia.

—No llores, pequeña. ¿Cómo te llamas?

—Ana —le respondió con una voz casi inaudible.

—Tienes un nombre muy bonito. ¿Por qué lloras?

—Tengo miedo.

—¿Tienes familia?

—Soy huérfana, señor. Vivo en la calle.

Jerónimo acarició su cabello y trató de consolarla.

—¿Sabes lo que te ocurre?

—Sí, señor. Tengo un niño en mi tripa.

—¿Tienes hambre?

—Sí —le confesó.

Jerónimo le pidió que lo acompañara hasta una posada llamada la Casona, el único lugar cercano que le inspiró cierta confianza. En su interior, un recibidor pequeño y descuidado daba paso a varias salas conectadas entre sí. Todas estaban repletas de mesas y taburetes, con viajeros que hablaban de forma exagerada mientras comían y bebían. La barra se situaba en el fondo de la sala principal, junto a una pared con decenas de botellas apiladas en estantes torcidos. En el piso superior se encontraban las habitaciones. No eran muy limpias, pero servían para dar descanso y pasar la noche. El posadero se llamaba Braulio, un hombre adusto y de pocas palabras. Su cara estaba esculpida en la piedra. Solo sus ojos, vivaces y profundos, rompían la quietud de su expresión. Jerónimo entró con la niña cogida de la mano y se dirigió hasta la barra. Los clientes dejaron de hablar a la vez. No lo hicieron porque entrara un caballero bien vestido, pues de vez en cuando alguno se dejaba caer por allí, sino porque apareció acompañado de una niña tan esquelética que parecía la muerte en persona. Además, estaba embarazada.

«Si la mismísima muerte espera un hijo, este solo puede ser el demonio», pensó más de uno.

—¡Posadero! —lo llamó Jerónimo—. Quiero comida caliente y abundante para los dos.

Soltó un puñado de monedas sobre la barra y aquello atrajo todavía más la atención de los presentes. Braulio le preguntó con asombro:

—¿Quiere comida por valor de diez reales? ¿Acaso precisa que le sirva un buey entero?

—Por supuesto que no.

—No le entiendo, señor.

—Es muy sencillo. Quiero que le dé cobijo a esta criatura en alguna de sus habitaciones.

—¿Cómo dice? —inquirió Braulio sin mover un solo músculo de la cara.

—Lo que escucha. Deberá comer caliente dos veces al día. Cuando se ponga de parto y el dolor sea insoportable, lo cual ocurrirá pronto, tendrá que llamar a alguna matrona, que seguro encontrará en estas calles. Cuando el niño vea la luz, si sobrevive, deberá apiadarse de los dos. ¿Lo ha comprendido?

Braulio no era una persona dada a la compasión, y mucho menos a sentir piedad por alguien. Sin embargo, sus ojos brillaron con fuerza. Calculó el beneficio y tomó las monedas sin titubear. Quedaba pendiente una cuestión de vital importancia y así lo hizo saber:

—¿Qué hago después con ellos? ¡No puedo mantenerlos! —exclamó enfadado.

—Llame a las puertas de algún orfanato y allí se harán cargo.

Braulio no dijo nada, pero pensó que las ganancias serían más cuantiosas si echaba a la niña cuando aquel desconocido se marchara.

—Le diré algo más —continuó diciendo Jerónimo, mirándolo a los ojos—. Dentro de unos días regresaré y deberá decirme el nombre del orfanato. Si no lo hace o descubro que miente, le acusaré de ser el causante de una plaga de tifus que puede extenderse por toda España.

—¿Plaga? ¿Por qué?

—¡Por cocinar carne de rata!

La cara de Braulio se transformó en un manojo de músculos temblorosos. Algunos se movieron por primera vez en su vida. No dijo nada para evitar tartamudear y prevenir que alguna risa impertinente rompiera el silencio. Varios clientes, incómodos por lo acontecido, se marcharon. El posadero se dirigió a la carrera hacia la cocina. Poco después, sirvió dos cuencos con sopa de guisantes y zanahorias, vino rancio con especias y agua.

—Aquí tiene, señor —le susurró sin mirarlo a la cara.

Ana comenzó a comer de forma compulsiva sin quitar sus ojos del cuenco que tenía delante. Jerónimo sació su estómago, bebió un poco de vino y esperó. Aquella niña le recordaba irremediablemente a su hija. Al final, cuando Ana terminó de comer, le dijo: —Tengo que irme. Come todo lo que te den. Cuando te duela mucho debajo de la barriga, llama al posadero, sea de día o de noche. Él sabe lo que tiene que hacer.

—Sí, señor. ¿Volveré a verle? —le preguntó entre sollozos.

—Espero que sí.

Le dio un beso en la frente y colocó unas monedas en sus manos.

—Guarda este dinero contigo y compra ropa de abrigo para ti y para tu hijo.

—Gracias, señor —le contestó Ana llorando.

Jerónimo se despidió con pesar, y la cara de Ana se quedó grabada en su recuerdo. Caminó pensando en todos los seres indefensos y desamparados que deambulan solos en este mundo. Meditando sobre la vida y sus tragedias, llegó hasta el final de la calle. Allí se cruzó con un jovenzuelo de no más de trece años, que vestía una bata larga atada a la cintura con una cuerda. Se ganaba la vida como podía, ya fuera robando, engañando o peleando. Empujaba una carreta de madera llena de patatas que acababa de robar en el puerto. Tenía mucho frío. En su cara se reflejaba la agudeza de alguien que lucha todos los días por su vida. Se dirigía calle abajo, en busca de alguna taberna en la que poder vender su mercancía sin despertar sospechas.

Jerónimo le cortó el paso y le preguntó:

—Joven, ¿puede indicarme dónde está el puente?

El muchacho se detuvo y lo contempló de manera extraña. Le hizo un gesto para que siguiera recto, sin decir una sola palabra. Aquel joven estuvo a punto de abalanzarse sobre Jerónimo para robarle. Lo pensó durante un instante, pero desistió. Unos meses más tarde, sería ahorcado en el Ensanche por cometer un robo con violencia, ya que la víctima murió cuando se negó a entregarle el dinero que llevaba encima.

El joven desapareció en la distancia con su destino escrito a modo de condena, y Jerónimo siguió su indicación.

Poco después, y tras caminar unos metros, oyó un grito. No estuvo seguro, pero le pareció que procedía de una casa abandonada al otro lado de la calle. Su fachada de madera se levantaba como una estatua mortal esculpida en el pasado. En su interior, los escombros y el olvido habitaban en perfecta armonía. Se decía que la casa estaba embrujada por el espíritu del señor Manrique, razón por la cual nadie se atrevía a entrar.

Manrique fue conocido por regentar una panadería cerca del Palacio de Clariana. En la madrugada del once de agosto de 1566, un incendio originado en el horno de su negocio ardió y arrasó gran parte de Barcelona durante cuatro días. El fuego destruyó multitud de edificios, incluyendo el monasterio de San Pablo y el ayuntamiento; miles de personas se quedaron sin casa.

Según la leyenda, el señor Manrique vivió atormentado el resto de sus días. Tras su muerte, ocurrida cuatro años después del incendio, su espíritu vagó por la ciudad hasta encontrar una vieja casa de madera abandonada junto a la Iglesia de San Pedro de las Puellas en el barrio de la Ribera. Desde entonces, la gente decía que oía sus lamentos.

Jerónimo desconocía esta historia, pero aquel grito lo asustó, obligándolo a caminar más deprisa. Observó que todas las personas evitaban pasar cerca de la casa. «Por algo será», pensó convencido.

Un arco de piedra apareció a lo lejos. El olor a humo y pescado se mezclaba con la sensación de bullicio. Cuando lo atravesó, vio una calle atestada de gente con decenas de casas agolpadas a los lados; era el comienzo del puente, el único que cruzaba el río. Miró a su alrededor antes de zambullirse en la aventura que suponía cruzar aquel puente histórico sujeto por muros torcidos y que parecía un milagro que siguiera en pie. Un sinfín de barcazas se movían de forma desordenada enfilando hasta el mar. Tras su espalda, las murallas romanas le daban cobijo y, sobre ellas, se adivinaba una ciudad que crecía por momentos.

Durante los meses de invierno, era habitual que el mar quedara difuminado por la lluvia y la niebla. Verlo en todo su esplendor en un día despejado como aquel llamó la atención de Jerónimo. Pero lo que realmente lo impresionó fue el enorme gentío que trabajaba en sus márgenes, ganándose la vida de cualquier manera. Había astilleros, muelles de madera y edificios con techos picudos que albergaban talleres para curtir pieles, mataderos, depósitos de carbón y fábricas de jabón, telas y vinagre. La gente se arremolinaba en la entrada de las destilerías y en los puestos malolientes de comida. Mujeres de todas las edades acudían con cestos sobre las cabezas en busca de frutas, verduras o pescado. La actividad era incesante. Un ir y venir de marineros, artesanos y mercaderes se mezclaban con personas sin oficio conocido, que aprovechaban cualquier descuido para robar todo lo que estuviera a su alcance. Jerónimo se acercó con precaución.

Los carruajes no siempre avisaban y el riesgo de morir atropellado era considerable. Mientras se adentraba, tuvo la sensación de estar penetrando en las tripas de una ciudad acorazada, que, desde el gran incendio, estaba transformándose en la más importante del mundo moderno. Un grito le dio la bienvenida:

—¡Ya cae! ¡Ya cae!

Alguien lanzó el contenido de un cubo desde lo alto de un edificio de dos plantas. La gente que caminaba cerca demostró tener una gran habilidad para esquivar el impacto. No ocurrió lo mismo con Jerónimo, quien se quedó quieto en lugar de correr para refugiarse en un lugar seguro. Sin embargo, la suerte quiso que se salvara por muy poco, evitando que se presentara en casa de su amigo empapado de orina.

Caminó unos metros, todavía con el susto incrustado en el cuerpo, y vio una cúpula inmensa que sobresalía a lo lejos entre todas las casas y que parecía que tocaba el cielo. Era la Catedral de Barcelona, que se había convertido en la más imponente de España tras su reciente reconstrucción. Recordó que, en su última visita a la ciudad, muchos años atrás, todavía estaba en obras. Según decían en aquellos años, cuando estuviera terminada, marcaría el inicio de una nueva época en la ciudad. Se dirigió hacia la calle de Guardia, una calle con casas ennegrecidas por el hollín de las chimeneas, en las que mercaderes y artesanos de la vida vivían hacinados en habitaciones minúsculas. Descubrió multitud de tabernas, comercios con dibujos en sus fachadas que mostraban lo que vendían, callejones que servían de basureros y carnicerías con cerdos abiertos en canal colgando de las paredes. Al final de la calle, observó que la gente se arremolinaba en la entrada de una panadería. No pudo vencer su curiosidad y se acercó, pensando que venderían pan a buen precio. Pero el motivo era bien distinto: un cartel colocado en la puerta anunciaba el próximo ahorcamiento en el Ensanche. Decía así:

«Anuncio de ejecución inminente: Antonio Osorio. Delito: Sodomía. Cinco de febrero de 1651. Al mediodía en el Ensanche».

La gente olía estos anuncios a lo lejos. Los que no sabían leer, que eran la mayoría, formulaban todo tipo de preguntas. La curiosidad inicial siempre se transformaba en alegría. Sus ilusiones renacían, sabiendo que pronto irían al Ensanche, dispuestos a aplaudir al condenado si moría de forma heroica, o bien abuchearlo si demostraba cobardía y debilidad. Aquella imagen con decenas de personas alegrándose del próximo ahorcamiento provocó que Jerónimo reflexionara en el alma.

Durante años, Barcelona había sufrido guerras, plagas de todo tipo e incluso un incendio devastador que casi arrasa la ciudad entera. Miles de personas habían muerto de forma trágica, y otras muchas quedaron mutiladas o lisiadas de por vida. La insalubridad, la miseria y la delincuencia eran protagonistas del día a día. Jerónimo llegó a una conclusión: la muerte y la desgracia estaban tan unidas a las vidas de las gentes que también podían ser motivo de felicidad. «Así es Barcelona», pensó conmovido.

Atravesó unas callejuelas antes de llegar a la plaza en la que se encontraba la catedral. Se quedó impresionado al verla de cerca. La inmensidad de la cúpula, escoltada por sus dos torres a modo de guardianes, contrastaba con las casas que la rodeaban, pequeñas e insignificantes. La gente parecía vivir al margen de la catedral y apenas la miraba, intuyendo quizá que la vida diaria y la belleza resultaban incompatibles. Muy a su pesar, se marchó con celeridad hacia la calle de los Pinos, que se mostró ruidosa, amplia y con cierto grado de distinción. Siempre fue la salida natural hacia la Barceloneta, la parte noble de la ciudad, pero con los años había ganado fuerza y vitalidad.

Pudo ver posadas y tabernas, tiendas de telas y zapatos, colegios de abogados y arquitectos, imprentas y algunas iglesias escondidas entre las casas. El influjo del mar resultaba lejano. Un ruido lo hizo detenerse; parecía el sonido de un cencerro. Continuó caminando y descubrió que no se trataba de ninguna vaca. Un anciano tan pobre como un ratón anunciaba el fin del mundo en la puerta de la Iglesia de San Miguel del Puerto. Se valía de un cencerro que agitaba con fuerza. Estaba descalzo, apoyado en una rama tan larga y torcida como su propia existencia. La cabellera blanca y larga caía sobre sus hombros y en su cara se adivinaba una barba descuidada y sucia que se movía al son de las amenazas. Gesticulaba de forma exagerada. Habría sido posible entender sus palabras sin necesidad de escucharlas. El cencerro ponía el contrapunto sonoro a sus advertencias. Nadie le prestaba la más mínima atención, pensando que era un viejo chiflado, porque todos aceleraban el paso para alejarse.

—¡El final! ¡El final se acerca! ¡Llegará el día en el que las tinieblas se apoderen de todos nosotros! ¡La maldición se acerca! ¡Busquen refugio en la casa del Señor! ¡Es el único que podrá salvarnos! —gritaba a la multitud mientras hacía sonar el cencerro.

Jerónimo no supo descifrar si aquel hombre era realmente un charlatán, un adivino o un loco. Por primera vez desde que llegó a la ciudad, sintió un escalofrío que agitó su interior. «Mal augurio», pensó.

Continuó caminando hasta llegar a la Iglesia de Nuestra Señora de Belén. Aquel lugar señalaba el inicio de la zona más importante de Barcelona: Las Ramblas. Jerónimo se sintió en un lugar diferente, marcado por su pasado aristocrático. Palacetes de piedra, comercios refinados y elegantes tabernas, como la Pajarera, que formaban parte de un decorado distinguido. Al fondo, la imagen borrosa del Convento de San José marcaba el final de la calle. Se mostró aliviado. Solo le faltaban unos pasos para llegar al barrio del Borne. Dejó atrás los temores que azotaban su mente, sin perder ningún detalle de lo que veía, desde la elegancia de los edificios y las tiendas, hasta los ropajes de los caballeros y las damas. Estaba tan distraído que un carruaje estuvo a punto de atropellarlo. Una mano desconocida lo cogió del brazo, tiró de él y evitó lo peor.

—¡Tenga cuidado, caballero! ¡No puede caminar entre los carruajes! —exclamó una voz anónima.

—Lo siento —le dijo confuso.

—Debería prestar más atención. Estamos en Barcelona y toda precaución es poca —le aseguró el desconocido.

—Tiene usted razón.

Jerónimo se fijó en la persona que tenía enfrente. Era un hombre orondo de baja estatura y aspecto elegante, pero no le inspiró confianza. Su mirada resultaba turbia y esquiva a la vez.

—Déjeme que me presente. Me llamo Pascual Montalbán y soy abogado. Me dedico a luchar contra todas las causas, sean justas o no. Siempre gano, se lo aseguro.

—Gracias, señor Montalbán. Me ha salvado de un accidente. Mi nombre es Jerónimo Saavedra.

—Es un placer conocerle, señor Saavedra. Por casualidades del destino, ¿necesita usted un abogado? —le preguntó con una sonrisa maliciosa.

—No, señor, lo lamento —le contestó Jerónimo, arqueando los brazos.

—Me tomo la libertad de decirle que, si alguna vez precisa de mis servicios, podrá encontrarme en el Tribunal de la Nación. También frecuento las posadas y alguna que otra taberna.

—Gracias. Lo tendré presente.

Pascual se despidió, pensando que toda oportunidad era buena para hacer clientes. No corrían buenos tiempos para él; era uno de los pocos abogados que se ganaban la vida defendiendo a traidores, criminales y deudores. Su vida transcurría de cárcel en cárcel. Sobornaba a los carceleros para visitar las celdas de los presos notables. Siempre les prometía lo mismo: evitar la horca.

Decía ser amigo de todos los jueces y fiscales, y que podía hacer milagros por unas cuantas monedas. Fuera verdad o no, prefería el soborno de los testigos al manejo de las leyes. Era un hombre que solo se fiaba de su instinto. Por este motivo, se había iniciado en el mundo de los seguros. A su entender, era el futuro.

Jerónimo reanudó la marcha con el pensamiento de que debería estar más atento. El cansancio comenzaba a dar señales de vida. Cuando llegó al Convento de San José, al final de la calle, el panorama cambió por completo. Apareció la Plaza de Oriente, una plaza que fue un antiguo cruce de caminos, en la cual, el rey Felipe IVmandó construir una gran cruz de madera tras la muerte de su esposa. La cruz ya no existía, y en su lugar, una estatua ecuestre presidía la plaza. Al fondo, vio un parque de grandes dimensiones, pero apenas concurrido debido al frío.

Jerónimo se encontraba en el barrio del Borne, junto al parque que le daba nombre. Sintió deseos de visitarlo, aunque tuvo que desistir porque comenzaba a oscurecer. Lo bordeó a través de su paseo, en una avenida amplia flanqueada por decenas de árboles, y finalmente encontró su destino.

Su rostro mostró un gesto de satisfacción.

Capítulo 2

La casa de Diego Casares era un reflejo de sí mismo: alta, grande y distinguida, aunque el origen de Diego fuera más humilde. Era hijo de un sastre afincado en Barcelona que murió joven. Tuvo la fortuna de que Francisco Argüelles, amigo de la familia y secretario del Hospital de la Santa Cruz, lo tomase bajo su protección.

Estudió en la Universidad de Salamanca, donde conoció a Jerónimo. Ambos fueron grandes amigos, pero la vida los separó. Mientras Diego regresaba a Barcelona, Jerónimo se estableció en Tortosa, la ciudad natal de su esposa. Desde entonces mantenían correspondencia. De vez en cuando planeaban verse, aunque nunca llegaban a hacerlo. Diego se casó con la hija de su mentor, y poco después fue contratado en el Hospital de la Santa Cruz, a la vez que inauguraba una consulta privada en la Plaza de Oriente, que le generó prestigio y fortuna. Su enorme éxito lo llevó a relacionarse con la élite social y científica del país.

En 1634, presentó en el Palacio Real Menor el ensayo titulado «Efectos del opio para el tratamiento de la histeria y otras enfermedades relacionadas», el cual causó un gran impacto. Semanas después se lo nombró miembro oficial. Su fama fue creciendo con los años hasta convertirse en uno de los médicos más reputados de Barcelona y también de los más ricos. El edificio que Jerónimo tenía ante sus ojos le causó gran impresión. Se limpió los zapatos con un pañuelo y dio dos golpes en el picaporte de la puerta. Segundos después, se abrió una ventanilla situada en la parte superior, y dos ojos azules se clavaron en su rostro.

—¿Qué desea? —le preguntó una voz femenina.

—Soy el señor Saavedra. Soy el invitado del señor Casares.

La ventanilla se cerró en seco. Acto seguido, la puerta se abrió y apareció Nicolasa, la sirvienta, una mujer que rondaba los sesenta años. Un delantal inmaculado marcaba su figura obesa y de corta estatura. Su cara rolliza transmitía simpatía, aunque no siempre la pusiera en práctica. Nunca fue refinada en el trato, sin embargo, tuvo que aprender a serlo para mantener su trabajo. Dominaba todas las tareas de la casa, pero cocinar era su ocupación favorita y comer su mayor placer. Vivía en el desván, que fue transformado en una habitación amplia con una cama, una silla y un armario minúsculo. Se sentía privilegiada por vivir allí, en comparación con las habitaciones que ocupaban las sirvientas en otras casas. Sin embargo, el desván estaba lleno de incomodidades. El frío era tan intenso en invierno que la única forma de calentarse era meterse en la cama y rezar para dormirse pronto. Si algo caracterizaba a Nicolasa, era su tendencia inevitable a sufrir todo tipo de enfermedades, ya fueran reales o inexistentes. Cada semana padecía una dolencia diferente. Diego no salía de su asombro. Tras estudiar el caso con detenimiento, llegó a una conclusión clara: aquella mujer estaba más sana que una manzana. Para solucionar el problema, le recomendó que bebiera una infusión de hierbas con unas gotas de orujo nada más despertarse. Nicolasa se molestaba cada vez que Diego le sugería el mismo remedio, aunque después no se privara de la infusión, y mucho menos del orujo.

Nicolasa inclinó la cabeza hacia arriba para buscar la cara de Jerónimo y luego lo hizo hacia abajo, tratando de encontrar su equipaje. Cuando llegaba un invitado, no prestaba demasiada atención a su aspecto, pero siempre se fijaba en sus pertenencias. Cuanto más voluminosas fueran, más larga sería la estancia, y, en consecuencia, su empeño debería ser mayor.

—Le esperaba, señor Saavedra —añadió Nicolasa sin mostrar mucho entusiasmo—. El señor y la señora Casares no están en casa, pero me han dado instrucciones. No tardarán. Pase, por favor.

—Gracias —le respondió Jerónimo con cortesía.

—¿Le llevo el equipaje?

—Se lo agradezco, aunque no es necesario.

Jerónimo miró a su alrededor y se quedó sorprendido por la sensación de calidez que transmitía el vestíbulo.

—Vamos, no se distraiga, señor Saavedra. Su habitación está arriba —lo informó Nicolasa impaciente.

Subieron por la escalera hasta el segundo piso y llegaron a un pasillo poco iluminado que olía a cerrado, donde el suelo de madera crujía con cada paso. Nicolasa, con la mente puesta en el guiso que cocinaba, abrió la puerta del dormitorio y dijo con apremio:

—Esta es su habitación. He encendido unas velas y la chimenea. Espero que no pase frío. Llámeme si precisa de algo. Estaré en la cocina.

—Gracias.

Un profundo sentimiento de soledad se apoderó de él al entrar. La luz era escasa pero suficiente para ver el interior. Había una cama de columnas y un mueble modesto que servía de sustento a un candelabro de bronce y una palangana con agua limpia. Las paredes estaban revestidas con paneles de madera oscura. La chimenea, situada en una esquina, luchaba contra el frío sin poder espantarlo. A su lado, un gran ventanal quedaba oculto por una cortina de color violeta. El dormitorio se completaba con un armario de dos puertas y un pequeño banco.

Jerónimo colocó la bolsa en el armario y se acercó a la chimenea para calentarse; no lo consiguió. Su corazón latía inquieto. Llegó a pensar que alguna enfermedad podría estar al acecho. Se quitó el sombrero y la peluca, y acto seguido se lavó las manos y la cara. Luego se tumbó en la cama y se cubrió con una manta. Se quedó profundamente dormido mientras pensaba en todo lo ocurrido desde su llegada a Barcelona. Estaba agotado.

El ruido de un carruaje lo despertó cuando la noche era casi cerrada. Se levantó sobresaltado en medio de una habitación que le resultó desconocida. Tardó unos segundos en darse cuenta del lugar en el que se encontraba. Acababa de sufrir una pesadilla en la que cientos de cuervos lo acechaban mientras corría angustiado a través de un paraje desconocido. «Mal presagio», pensó con desánimo.

Se asomó a la ventana. La luz de la lámpara de aceite situada en la entrada apenas lo dejó ver a dos personas que se bajaban de un carruaje. Los señores Casares acababan de llegar. Se colocó la peluca de forma apresurada y se dispuso a salir de la habitación con la mejor de las sonrisas. Abrió la puerta, bajó por la escalera despacio, y cuando faltaban pocos escalones para llegar al final, escuchó una voz que le resultó familiar:

—¡Jerónimo! ¡Cuánto tiempo! ¡Qué alegría verte! —exclamó Diego desde el vestíbulo con los brazos abiertos.

El anfitrión tenía el mismo aspecto de antaño: alto, robusto, distinguido y eternamente sonriente. Parecía que el paso del tiempo se había olvidado de su persona. Vestía con una elegancia extrema: casaca de color mostaza, chaleco de color perla con detalles dorados, calzón amarillo oscuro y una peluca inmensa empolvada a la perfección. La mano derecha sujetaba un sombrero negro acorde con el tamaño de su peluca. Le acompañaba su esposa junto a Nicolasa, quien había anunciado su llegada con antelación. Diego abrazó a Jerónimo con efusividad cuando llegó a él y después argumentó:

—¿Qué ven mis ojos? ¡No has cambiado nada!

—Me alegro mucho de verte —le dijo Jerónimo con una sonrisa.

—Te presento a mi esposa Catalina —le indicó Diego con la mano.

Jerónimo mantuvo la distancia, hizo un gesto de cortesía con la cabeza y respondió:

—Es un placer, señora.

—El placer es mío, señor Saavedra —le respondió Catalina con otra amplia sonrisa—. Diego me ha hablado mucho de usted.

—Espero que bien.

—¡Por supuesto! —interrumpió Diego, riéndose.

Jerónimo se quedó impresionado por la extraña belleza de Catalina. Sus facciones finas y delicadas daban forma a un rostro aniñado, en el que sus labios dibujaban una sonrisa que resultaba contagiosa. Sin embargo, su mirada era frágil y distante, bordeando el terreno de la tristeza más absoluta. Jerónimo tuvo la impresión de que Catalina no parecía una mujer feliz, por mucho que su sonrisa se encargara de mostrar lo contrario.

—Querido Jerónimo, ¿has seguido mis indicaciones desde la Ribera?

—Así es.

—¿Has tenido algún problema?

—En absoluto —le contestó con un gesto formal, sin dar detalles de las peripecias vividas.

—Me tranquiliza saberlo. Ese barrio es poco distinguido para caballeros como nosotros.

—¿Subimos al comedor? —les preguntó Catalina impaciente.

—¡Adelante! —exclamó Diego—. Tenemos mucho de qué hablar. ¡Si es necesario, estaremos toda la noche recordando los viejos tiempos!

Los tres se rieron mientras Nicolasa se dirigía nerviosa hacia la cocina para seguir preparando la cena. Todo tenía que estar perfecto. Diego le había llamado la atención los últimos días para que no cometiera más errores, como el ocurrido unas semanas atrás, cuando manchó la vestimenta del reverendo Evaristo, un amigo de la familia. La advirtió de que podría prescindir de sus servicios en cualquier momento si volvía a equivocarse. Nicolasa tomó sus advertencias en serio. Era consciente de que el señor Casares estaba muy raro últimamente y que todo era posible en aquella casa.

Diego presidió una gran mesa rectangular, con Catalina a su derecha y Jerónimo a su izquierda. Las velas de la lámpara del techo iluminaban con fuerza el centro de la estancia. Alejarse hacia los extremos suponía adentrarse en un espacio diferente, cuyo único habitante era la sirvienta. Jerónimo miró a su alrededor y se quedó impresionado por la gran chimenea que había en la estancia. Todas las paredes estaban cubiertas con paneles blancos de madera, que contrastaban con las cortinas de color mostaza. Los muebles eran de roble, simples y robustos, y en uno de ellos se apilaban decenas de libros.

Catalina acababa de cambiar la decoración del comedor, añadiendo tres cuadros que representaban paisajes de la campiña. Antes de comenzar a cenar, Nicolasa sirvió vino tinto de Borgoña. Los tres alzaron las copas y brindaron. Diego tomó la palabra, comenzando un monólogo interminable en el que todo fueron alabanzas hacia su persona y su trabajo. Habló de su prestigio como médico, de sus descubrimientos en el campo de la histeria, de su proyecto para mudarse a un palacete al norte de la Barceloneta, y de sus grandes amigos, como Baltasar Hurtado, arquitecto de la Catedral de Barcelona. Solamente los sorbos de vino consiguieron interrumpir su discurso durante unos segundos. Jerónimo lo contemplaba sin decir nada, suspirando por la cena que no llegaba. Miró a Catalina y sintió gran admiración por su persona. Estaba callada y se mantenía estoica con una sonrisa eterna, escuchando un monólogo que ya sabría de memoria. Diego agitó la campanilla y Nicolasa apareció con la comida: un guiso de lentejas con carne. De repente, se hizo el silencio.

Aquel instante fue la salvación de Jerónimo. Entre cucharada y cucharada, pensaba en los estragos que el tiempo provoca en algunas personas. Observaba a su amigo, intuyendo que vivía en una burbuja autocomplaciente, alimentada por la vanidad y la ceguera de quien se cree un elegido.

—Jerónimo, cuéntenos qué ha sido de su vida —le pidió Catalina mientras miraba a su marido para que no comenzara a hablar de nuevo.

Diego le devolvió la mirada y bebió un nuevo sorbo al vino.

—Pues soy humanista científico y trabajo en Tortosa desde que me casé, en un centro gubernamental cercano al mar. Si debo ser sincero, mi vida era feliz hasta hace unos días.

—¿Qué ocurrió? —le preguntó Catalina con curiosidad.

—Mi hija Juana falleció de peste. En menos de una semana se fue para siempre.

El silencio regresó de nuevo; fue incómodo. Catalina se mostró afligida. Su sonrisa desapareció, pero su mirada continuaba siendo la misma. Diego se sintió obligado a intervenir y dijo con gesto serio:

—Lo sentimos mucho. Te transmitimos nuestras condolencias. Tiene que ser devastador.

—Gracias, os lo agradezco —añadió de forma pausada—. Mi esposa está destrozada, pero, por suerte, ninguno de los dos hemos enfermado.

Diego bebió de nuevo.

—La peste está siendo una catástrofe en el sur —continuó—. La gente muere sin que podamos hacer nada para evitarlo. El temor a enfermar es enorme. Me siento impotente y muy preocupado.

El anfitrión no dudó en volver a intervenir:

—Mi querido amigo, la peste aparece y desaparece a su antojo. El año pasado sufrimos algunos casos en Barcelona, aunque la enfermedad remitió misteriosamente poco después. Imagino que también ocurrirá en Tortosa. Deberías ser más optimista.

—Es difícil serlo, amigo. La situación es crítica.

—Eres muy pesimista, querido. Debemos ver el lado positivo. La peste, como cualquier dolencia, nos da de comer. ¡Y muy bien, por cierto! ¡Qué sería de nosotros sin ella!

Catalina le propinó un golpe con el pie para que se callara mientras le lanzaba una sonrisa forzada, abochornada por las palabras de su marido. Jerónimo se quedó paralizado sin decir nada; Diego carraspeó y bebió de nuevo.

—Siento el comentario —lamentó Diego—. No siempre se puede decir lo que se piensa.

Catalina le dio otro golpe con el pie, sintiéndose cada vez más incómoda.

—Deja de beber, Diego. ¡Por favor!

Jerónimo no supo qué decir. Miró a su amigo y trató de cambiar el discurrir de la conversación:

—¿Qué puedes decirme de esa técnica tan novedosa contra la peste que citabas en tu carta?

El golpeado anteriormente miró con severidad a su mujer antes de responder:

—Se llama inoculación y procede de Oriente. Se trata de introducir pus de un caso leve de peste en personas sanas, mediante incisiones en la piel para provocar una enfermedad leve y pasajera.

—Interesante.

Diego hizo un gesto de desaprobación y continuó hablando:

—Soy muy escéptico. ¿Te imaginas lo que ocurriría si alguien muere cuando se inocula el pus? No me atrevería a hacer algo así. ¿Cómo se puede curar una enfermedad inoculando el propio mal en el cuerpo? ¡Es absurdo! Si se acepta, acabará con la reputación de todos nosotros. ¡Me opondré de forma tajante!

—Cariño, puede salvar vidas... —añadió Catalina bajo la atenta mirada de Jerónimo, quien se mostraba perplejo por la pronta rotundidad de su amigo.

—Querida —continuó diciendo Diego—, bajo ningún concepto estaría dispuesto a ocasionar una enfermedad como la peste en una persona sana. ¡Es inaceptable!

—Cariño, debes tranquilizarte.

—No te preocupes tanto, querida.

—Lo digo por tu bien —añadió ella, despacio.

—Por favor, tenemos un invitado.

Catalina enmudeció.

—Ha llegado a mis oídos —continuó hablando Diego de forma despectiva— que la inoculación es una ocurrencia de la señora Carolina Cárdenas, hija del Duque de Rivas. Al parecer es una mujer audaz, pero también impertinente, escandalosa y demasiado atrevida. ¡Dicen que debería haber nacido hombre! —comenzó a reírse.

—Cariño, creo que estás exagerando —lo interrumpió Catalina.

—¡En absoluto! Me han dicho que esa mujer tuvo conocimiento de la inoculación en Gran Bretaña. La probó con su propio hijo en Londres y después hizo lo mismo con su hija en Barcelona. ¡Debería estar en prisión!

—¿Sobrevivieron los hijos de la señora Carolina? —le preguntó Jerónimo.

—Sí, pero fue un milagro —le contestó de forma casi inaudible.

Jerónimo no replicó a su amigo. Pensó que era preferible ser cauto. La figura del vino apareció en su mente, ya que no existía mejor aliado contra la impostura y la mentira. Catalina interrumpió aquella conversación:

—Señores, creo que sería buen momento para retirarnos. Mañana les espera una jornada larga y repleta de ocupaciones.

—Cierto, querida. —Diego hizo sonar la campanilla para que Nicolasa retirara los platos. Después se dirigió a Jerónimo y comentó—: Amigo mío, te recuerdo que la reunión en el Palacio Real Menor será mañana a las cuatro de la tarde. Por la mañana te enseñaré el Hospital de la Santa Cruz para que conozcas el lugar donde trabajo. Iremos en mi carruaje con la primera luz del día.

—Gracias, será un placer. La cena ha sido exquisita. Les agradezco su compañía y hospitalidad. Me retiro a descansar.

—Gracias por tu presencia —le dijo Diego mientras Catalina sonreía una vez más.

Jerónimo cogió un candelabro y se marchó a su habitación. Antes de acostarse, se dirigió al armario y buscó la bolsa que había traído consigo. Sacó tinta, una pluma y un diario que se disponía a estrenar en ese momento. Era norma habitual para él escribir unas palabras poco antes de dormir. Se sentó en la cama y permaneció abstraído durante unos segundos. Se sentía un extraño en aquella casa. No dejaba de pensar en por qué Diego lo había invitado a la reunión del Palacio Real Menor si no creía en la inoculación. La incertidumbre comenzaba a ganar terreno en su mente.

Puso la vela cerca y escribió unas reflexiones al dictado de su conciencia.

4 de febrero de 1651

Hoy he viajado a Barcelona con la esperanza de encontrar un resquicio que nos permita luchar contra la peste. He llegado con el corazón roto por la muerte de mi pequeña Juana y con el recuerdo continuo de mi esposa. La pobreza y miseria que han visto mis ojos me han causado una profunda impresión. Es el medio ideal para que la peste, como cualquier otro mal, se asiente y domine a los hombres sin piedad. Las gentes parecen vivir de espaldas a una enfermedad que tarde o temprano será dueña de sus entrañas. Barcelona es una ciudad monstruosa llena de contrastes. Se pasa muy rápido del hambre a la vanidad y del peligro a la complacencia. Pero también he visto signos de esperanza y belleza, como la Catedral de Barcelona, que parece formar parte de otro mundo. Por fin me he reencontrado con mi viejo amigo Diego. Debo reconocer que me causa gran desconfianza. Vive en una burbuja de falsedad y soberbia. Espero que los malos augurios que he sentido en el día de hoy se queden en el olvido, porque no existe peor sentimiento en el alma, que percibir la tragedia que se avecina. Mi último pensamiento es para esa pobre niña que encontré en la calle. Qué Dios se apiade de ella.

Capítulo 3

El repiqueteo de la lluvia sobre la ventana despertó a Jerónimo en mitad de la noche. Abrió los ojos y se sintió poseído por la oscuridad más absoluta. Estaba desorientado, inmerso en las tinieblas, sin saber si se encontraba vivo o muerto. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sonido de la lluvia hasta que pudo dormirse.

Unas horas más tarde, el ruido de un puño golpeando la puerta lo despertó de nuevo.

—¡Jerónimo! ¡Buenos días! ¡Despierta! ¡El carruaje nos espera! ¡Nos vamos enseguida! ¡Arriba!

Las palabras sonaron confusas, aunque reconoció el tono inconfundible de la voz de su amigo.

—¡Ahora salgo! —le contestó de forma apresurada.

Se levantó de la cama como un resorte. Se acercó a la ventana y corrió la cortina; continuaba lloviendo. El día prometía ser muy frío. Se vistió con rapidez. Prestó especial atención a la peluca y al sombrero para asegurarse de que no quedaran torcidos. Abandonó la habitación y se dispuso a bajar por la escalera. Diego salió a su encuentro.

—Buenos días, querido amigo. Siento haberte despertado, pero no podemos perder tiempo.

—Buenos días, Diego.

Jerónimo miró a su amigo con una sonrisa cómplice y entraron en el comedor donde Nicolasa había preparado un desayuno suculento a base de chocolate, pan, leche, mantequilla, mermelada y crema dulce de avena. Todo estaba perfectamente ordenado sobre la mesa.

—¿Y Catalina? ¿No nos acompaña? —le preguntó Jerónimo mientras se sentaban.

—Tiene jaqueca. Dormirá toda la mañana.

—Lo lamento.

—La padece con frecuencia. Tan solo el reposo y el láudano balsámico hacen desaparecer sus dolores. Lo preparo con un poco de opio.

—¿Opio?

—Así es.

—Me parece un tratamiento arriesgado —opinó Jerónimo sorprendido.

—¿Por qué?

—Creo que el opio transforma a los hombres en siervos.

—Estás muy equivocado —le dijo Diego, visiblemente contrariado.

Jerónimo no se inmutó y le argumentó:

—Prefiero la corteza del sauce blanco. Es amarga y sabe a espíritus, pero los resultados son excelentes y no tiene efectos dañinos.

—Olvidas que la corteza de sauce solo aplaca el dolor; sin embargo, el opio también tiene propiedades tranquilizantes. Yo mismo he descrito sus virtudes para tratar la histeria.

—Lo sé.

—Querido amigo —Diego lo contempló con semblante serio—, jamás utilizaría el opio si considerara que fuera peligroso.

—No pretendía cuestionar tus principios.

Diego apenas bebió un poco. Parecía preocupado. Sacó del bolsillo del chaleco una cajita de ébano que contenía polvo de tabaco aromatizado con menta y albaricoque. Colocó un poco en el dorso de la mano y lo inhaló con fuerza. Repitió el mismo gesto por segunda vez, sintiendo un picor intenso que lo obligó a restregarse la nariz.

—Disculpa, no te he ofrecido.

—Gracias, Diego. El tabaco no me gusta; me resulta irritante.

—No sabes lo que te pierdes.

Nicolasa se presentó en ese momento y les dijo con una amabilidad forzada:

—Señor, el cochero está esperando. ¿Precisan algo más los señores?

—No, gracias, ya nos vamos —le respondió el anfitrión.

—Lo que usted diga, señor.

—Esté pendiente de la señora, por favor.

Nicolasa asintió con la cabeza sin mover los labios.

Salieron a la calle. Jerónimo se quedó deslumbrado al ver la elegancia del carruaje. Era cerrado, de color negro brillante. En su interior, había espacio para cuatro personas. Estaba enganchado a dos caballos que no se inmutaban por la lluvia que los empapaba. El cochero de la familia, Joaquín Videla, se encontraba sentado en el asiento delantero, maldiciendo el mal tiempo. Era un hombre de mediana edad que hablaba poco. Las escasas palabras que pronunciaba resonaban ásperas y sucias. Apenas tenía dientes que pudieran detenerlas. Joaquín no destacaba por su inteligencia, pero hacía su trabajo sin quejarse. Vivía en una pequeña caseta de madera situada junto al establo, en la parte posterior de la casa. Su labor consistía en estar a disposición de los señores durante todo el día. No era un trabajo exigente, aunque sí peligroso, pues mover un carruaje en Barcelona no resultaba tarea fácil, dado el estado de las calles y el incremento de los carruajes.

Jerónimo se sentó enfrente de Diego y enseguida percibió que estaba inquieto.

—Querido Jerónimo, vamos a visitar el Hospital de la Santa Cruz, mi humilde lugar de trabajo durante varios días a la semana. Te lo enseñaré para que conozcas nuestra historia y compruebes los avances médicos en la ciudad. Espero que sea una visita gratificante.

—Será un placer por mi parte —añadió con enorme curiosidad.

Diego dio un golpe en la parte delantera de la cabina, y Joaquín no tardó en gritar y fustigar a los caballos para que se movieran.

El viaje no fue tranquilo. El carruaje se movía a una velocidad inusitada, salpicando a todos aquellos que tenían el infortunio de pasar cerca. Diego habló sin descanso. Forzó tanto la voz que fue inevitable que terminara tosiendo. Una vez recuperado, continuó su discurso:

—Sabes, querido Jerónimo, los barceloneses somos personas diferentes, con una fortaleza a prueba de cualquier desgracia. ¡Somos un ejemplo para el mundo!

Jerónimo disimulaba prestarle atención, asintiendo a sus palabras, pero su mente estaba puesta en todo aquello que lograba ver en el exterior. La gente deambulaba con asombrosa naturalidad y la lluvia no era un obstáculo para nadie.

El carruaje se detuvo de forma brusca.

—Por fin hemos llegado. ¿Has visto algún fantasma? —le preguntó Diego, riéndose.

—Estaba distraído mirando por la ventanilla. Tengo la sensación de que la lluvia transforma a Barcelona en una ciudad diferente, con más vida si cabe. Me sorprende.

—La ciudad es la misma, pero más sucia —sentenció de forma categórica—. ¡Odio la lluvia! Salgamos de aquí.

Joaquín bajó de un salto del asiento delantero para abrir la puerta, tiritando de frío, y se dirigió a Diego cuando salieron:

—¿El próximo servicio, señor?

—Al caer la tarde, junto a la fonda Sarcosa. Ya conoce el lugar. Espere en la calle de los Pinos hasta que nos vea.

—Sí, señor.

—Le ordeno que limpie el establo y dé comida a los caballos, que parecen hambrientos. ¿Ha entendido?

—Lo que usted diga, señor.

—¡Váyase! ¡Rápido!

Joaquín lo maldijo para sus adentros. Subió al carruaje y se marchó, dejando una estela de agua y barro a su paso.

La fachada principal del Hospital de la Santa Cruz era imponente. Estaba presidida por una enorme estatua que Jerónimo no logró distinguir, y tampoco preguntó para salir de la duda. Un friso apoyado en dos columnas proporcionaba un carácter regio al edificio. Sin embargo, el aspecto esplendoroso del hospital terminaba ahí, en la puerta principal. Para cualquier enfermo que tuviera el infortunio de atravesarla, la esperanza de seguir con vida se alejaba sin ningún remedio.

Jerónimo y Diego se cobijaron bajo el arco para protegerse de la lluvia. Unos instantes después, cuando cesó, se dirigieron hasta un pequeño patio. Nadie transitaba por él, como si la iglesia que lo presidía, decrépita y decadente, ahuyentara a todos los mortales. Se detuvieron enfrente. Jerónimo se mostró asombrado al ver la torre. Pensó en los misterios que esconde el universo, gracias a los cuales, una torre tan vieja como aquella todavía se mantenía en pie.

—Esta es la Iglesia Mayor de la Santa Cruz —le explicó Diego—. Nuestro hospital es el único de Barcelona que alberga una iglesia en su interior.

—Imagino que dará consuelo a muchos enfermos, que no es poco.

—No te engañes, solo sirve para oficiar responsos.

Jerónimo no dijo nada y reanudaron la marcha. Llegaron a un segundo patio, delimitado por cuatro edificios de varias alturas. Un ir y venir de cuidadoras, médicos y aprendices convertían aquel lugar en el más transitado del hospital. El sonido de las pisadas sobre los charcos producía una sinfonía anárquica que nadie escuchaba. Se detuvieron de nuevo y Diego le contó:

—Querido amigo, este es el corazón del hospital. A tu alrededor tienes los edificios que albergan los pabellones.

—Son imponentes. ¿Se utiliza alguno para los enfermos con peste?

—El pabellón que está a tu espalda.

Los dos se dieron la vuelta.

—Somos pocos los que nos atrevemos a entrar cuando recluimos a enfermos con peste. —Sonó orgulloso.

—Lo comprendo. Es fácil enfermar.

—Dios nos ampara. Es un milagro que no nos haya pasado nada.

—¿Qué hacéis con los enfermos?

—Los sometemos a sangrías y lavativas. También aplicamos agua hervida con flores sobre la piel. Si debo ser sincero, nada funciona. Todos mueren tarde o temprano.

—En Tortosa los encierran en sus casas. Los pocos que sobreviven quedan marcados con cicatrices para siempre.

—Es el designio divino. ¡No hay otra explicación! —exclamó con rotundidad.

—Triste destino.

—Así es. La vida es dulce para unos pocos, y amarga para la mayoría.

Un hombre menudo manchado de sangre hasta el tuétano saludó a Diego. Llevaba un serrucho en la mano y no dejaba de silbar. Diego esperó unos instantes a que se alejara antes de hablar:

—Ese hombre que ves ahí es nuestro mejor barbero-cirujano.

—¿Dónde preparáis las cirugías?

—En la misma sala. Intento no estar presente. Los gritos son insoportables y me agitan la conciencia.

—Es terrible —declaró compungido—. ¿Sobreviven muchos?

—Muy pocos. Lavamos las heridas con vino para mantenerlas limpias, pero no evitamos la gangrena.

—Mal oficio el de barbero-cirujano —suspiró Jerónimo.

—Alguien tiene que hacerlo. Reconocerás que manejan los cuchillos y las sierras con una habilidad digna de elogio.

—Sin duda. Espero no caer nunca en sus garras.

—¡Yo tampoco! —Diego rio.

Jerónimo se fijó en varias mujeres que caminaban deprisa hacia uno de los edificios. Hablaban inquietas y sin descanso. Su amigo las señaló con la mano.

—Ellas se encargan de la manutención y los cuidados básicos. Son charlatanas, pero no podrían dedicarse a otro oficio.

—No será fácil alimentar a tantas personas.

—Aquí todo es difícil. La comida es siempre la misma: caldos y patatas. Te aseguro que salvan más vidas que nosotros mismos.

—Es caridad —afirmó Jerónimo.

—Sin duda.

—¿Dónde encerráis a las mujeres enfermas?

—En el pabellón que está a tu izquierda. Es el más desagradable, sobre todo cuando hay parturientas.

Se escuchó un grito y fue desgarrador.