El demonio que me acecha - Inés Torralba Arjona - E-Book

El demonio que me acecha E-Book

Inés Torralba Arjona

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Beschreibung

En las afueras de Almodóvar del Río, a menos de un kilómetro de distancia entre ellos, son hallados en sus respectivas casas, el cuerpo de un joven desangrándose y el cadáver de una mujer. El joven es Luis, un muchacho atormentado y vulnerable, que huye desesperadamente de la sombra siniestra de su hermano Lucas y de la mujer rubia que siempre lo acompaña, porque ellos han convertido su vida en una tragedia. Para Elena Suárez, la teniente de la Guardia Civil al mando de la investigación, Luis se convierte en la clave del asesinato de Manuela, la mujer hallada en su casa con el cráneo destrozado. Todo apunta hacia él, aunque resulta materialmente imposible que Luis sea el autor del crimen. Amelia Torres, es la psiquiatra que atiende a Luis tras su intento de suicidio. Ella se encuentra en un momento muy difícil de su vida personal y ayudar al joven se convierte en un objetivo prioritario. La psiquiatra se gana la confianza de Luis y consigue liberar los recuerdos más dolorosos de la sórdida infancia del joven. Elena y Amelia, se verán involucradas de forma personal en la tóxica y peligrosa relación de los hermanos. Todos aprenderán que nadie está libre y a salvo del acoso de algún demonio.

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Seitenzahl: 384

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Inés Torralba Arjona

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-154-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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Para Sergio, Daniel, Gebreyesus y Pedro Mehari. Ellos son los que me mantienen lejos de los demonios.

1

La mujer se giró sobresaltada, con las manos chorreando de agua y jabón salpicó sus pies y las baldosas del suelo de la cocina. No le había oído entrar, el ruido del chorro de agua que salía a presión del grifo y su concentración al frotar con fuerza el estropajo sobre el culo ennegrecido de la cazuela que tenía en el fregadero la abstrajeron de la inesperada presencia.

—Buenas tardes —había dicho en voz alta el recién llegado.

Lo reconoció al momento, pero la sonrisa que tras el susto inicial se empezaba a dibujar en el rostro amable de aquella mujer se quedó helada.

—¿Qué pasa abuela? Te has quedado pasmá —dijo el joven con socarronería.

El tono burlesco de sus palabras, la sonrisa lobuna que había desplegado a juego con una mirada desdeñosa y sus pasos firmes hacia ella transformaron el desconcierto inicial de la mujer en intranquilidad y estupor.

—¿Qué coño quieres? —dijo incrédula mientras intentaba entender.

—No te asustes, solo pasaba por aquí y me he preguntado si me pondrías algo fresco para beber. La gente del campo sois muy amables, ¿no?

—No entiendo nada. Te estás riendo de mí, ¿verdad? Ya puedes irte por donde has venido, chico. Serás sinvergüenza, no me gusta que me tomen el pelo, ya tengo muchas canas para que se guaseen de mí en mi cara. ¡Largo de mi casa! —le gritó en un arranque de rabia mientras se secaba en el delantal las manos que aún le goteaban.

—Tranquila, abuela. Que igual te da un jamacuco —dijo con desdén mientras se acercaba hacia la mujer-. Y una cosita, a mí no me da órdenes ni Dios. Así que no te pongas chula porque no tienes ni media hostia. Y hoy estoy con ganas de partirle la cara a alguien.

La mujer ni siquiera dedicó unos segundos en valorar la situación. Actuó de forma visceral, sin tener en cuenta la diferencia de fuerzas entre ambos, que se decantaba ampliamente del lado del intruso. Él, un hombre joven que, aunque de complexión delgada, la superaba en altura y en fuerza, frente a ella, una mujer que rondaba los sesenta y cinco, bajita y rechoncha. Manuela solo tenía a su favor, si en ese momento servía para algo, ese pronto indómito que en ocasiones le había proporcionado el beneficio del arrojo suficiente para solventar situaciones adversas. Pero qué, en otras tantas, ella misma había maldecido, porque su temeraria acción empeoraba ostensiblemente los hechos. Y en ese momento solo se dejó llevar. Sus gritos pidiendo ayuda se alternaban con insultos y maldiciones intentando armar el mayor alboroto posible, al tiempo que agarrada por las dos asas la cazuela que estaba fregando, iniciaba una ofensiva a empujones contra el joven utilizando ese utensilio de cocina como un ariete. El hombre tras recibir el primer golpe comenzó a retroceder sin borrar la sonrisa burlona de sus labios. Parecía estar jugando con ella. Manuela siguió el ataque enajenada por la rabia, esperanzada en que alguien pasara por el camino, la oyese gritar y viniese en su auxilio o que aquel sinvergüenza, al ver su resistencia y su coraje, desistiese y se fuera. El joven la dejó llegar hasta la entrada de la casa y allí le arrebató de las manos la cazuela y la tiró a la calle a través de la puerta que permanecía abierta.

—Te vas a callar de una puta vez, bruja. Me estás provocando dolor de cabeza —bramó.

—Eres un desgraciado, un hijo de put… —continuó gritando Manuela ya sin la cazuela en las manos.

La mujer le lanzó un manotazo a la cara del joven que apenas lo rozó. No pudo terminar la frase. Un sonido seco la enmudeció, y Manuela cayó al suelo desplomada como si fuera un saco de cemento. El joven que empuñaba un cilindro metálico en la mano izquierda observaba el cuerpo de la mujer en el suelo; sus ojos estaban encendidos de ira. En su pecho palpitaba una furia feroz que deseaba ser liberada. Se agachó sobre Manuela y levantó nuevamente la mano para dejarla caer con fuerza sobre la cabeza de su víctima.

2

La imagen del atardecer de ese incipiente verano, con el cielo ensangrentado y denso como envuelto en llamas, parecía presagiar lo inevitable. La oscuridad con rapidez iba tiñendo de negro la paleta de rojos y naranjas que resaltaban la imponente figura en la cima de El Redondo del castillo de Almodóvar del Río. En las calles, la vida transcurría con normalidad, hasta que el aullido de la sirena de una ambulancia seguida de un coche de la Guardia Civil anunciaba la urgencia del viaje, y cruzaban a toda velocidad el pueblo. Aquel estrépito provocó revuelo a su paso en los corrillos de vecinos que se iban formando, elucubraban sobre lo que podría haber ocurrido. Algunas ancianas sentadas en un banco al fresco se santiguaron con devoción justo en el momento en que estos dos vehículos se cruzaron ante ellas con una furgoneta de la funeraria que circulaba en sentido contrario. Aquello era un mal augurio.

El sonido de la sirena repiqueteaba en la cabeza de Luis que, tumbado en la camilla semiinconsciente, se debatía entre el delirio y la realidad. Lo único de lo que tenía certeza era de su voluntad de acabar con su vida. Lo había pensado durante mucho tiempo, pero hasta esa tarde, o le había faltado valor, o sobrado miedo. El rostro angelical de la mujer rubia se le aparecía y se transformaba en el huesudo y ajado rostro de su madre. En su cabeza se mezclaban los gritos de gente sin rostro con la voz que le susurraba «cobarde, cobarde». La sangre lo salpicaba todo. Su paso por el mundo se había convertido en un calvario. Sobrevivía en una huida interminable del mal que lo perseguía y que aquella misma tarde le había demostrado que jamás le permitiría zafarse de él.

—Vamos, Luis —dijo el sanitario intentando mantener su atención—, me dijiste que te llamabas Luis, ¿verdad? Venga, chaval, atiéndeme, escúchame, no te abandones.

La voz de aquel desconocido se fue apagando en los oídos de Luis y todo se fundió en negro.

Una sacudida feroz que atravesó su cuerpo catapultó su consciencia de nuevo al interior de la ambulancia. La descarga del desfibrilador espoleó con éxito su corazón, que reanudó un latido débil para devolverlo a una vida que no deseaba vivir. Ahora, sus recuerdos se adueñaban de su mente con toda nitidez y realismo, colocándolo en el punto de partida. En el momento exacto en que su vida giró para dejar de ser un drama y pasar a convertirse en una tragedia.

La noche tras la muerte de su madre había sido interminable, insomne. Repasó los acontecimientos e intentó tomar la decisión más acertada. Asfixiado por la angustia y con la enorme necesidad de liberarse de su pasado, llegó a la conclusión de que quizás aquello no era más que la oportunidad de empezar de nuevo. Hacer borrón y cuenta nueva. Al fin y al cabo, tenía veinte años y un mundo que se abría ante él. Sin embargo, el transcurso de los acontecimientos le demostró que aquello fue el inicio de la mayor de sus desgracias. A pesar de su apocamiento y su timidez, apostó por el cambio, y decidió poner el máximo de espacio posible entre él y todo lo que temía. Marcharse todo lo lejos que le fuera posible y empezar de cero era la única posibilidad de sobrevivir. Pero la suerte nunca estuvo de su lado, y la fatalidad se cruzó en su camino para castigarlo con fuerza. Su huida lo convirtió en un lisiado enganchado a los psicotrópicos legales o ilegales y a cualquier sustancia que le mitigara la tristeza y la desesperación. Ni la indemnización miserable que había recibido por el accidente, fruto de la intervención en la reclamación de un inepto y negligente abogado y que ya se había gastado, le había proporcionado algo de dignidad a su existencia. Aquel día, el día del accidente, asumió que su destino estaba maldito y que esa maldición le perseguiría siempre, porque el secreto que guardaba había envenenado definitivamente su vida. El día del accidente tras la muerte de su madre fue un maldito día, pero no el único, solo el primero. Su catálogo de días se había ampliado según había ido cumpliendo años. Desde el momento en que supo que el mundo se extendía más allá de las paredes de su casa, en su vida habían predominado los días regulares. Eran días anodinos, llenos de soledad e incertidumbre, sin demasiadas sonrisas ni caricias. Pero sin apenas darse cuenta, fueron apareciendo los días malos abriéndose paso entre los regulares, afianzándose y aumentando en número. Esos estaban repletos de angustia y reproches, de gritos y lágrimas. Y como la propia vida cambia y evoluciona, esos días también lo hicieron, y los muy malos irrumpieron con fuerza. El miedo, el desprecio y la violencia desplegaban todo su poder y todo sucumbió al terror. En todos aquellos días de su vida, los vividos con Victoria, su madre, fueron además extraños y caóticos. Los buenos se podían contar con los dedos de las manos. Ella sentía una enorme animadversión por sus hijos y lo hacía patente en el día a día, y solo cuando el efecto de las drogas borraba de su alma ese desprecio, era capaz de mostrar calidez o afecto. A Luis le dolía infinitamente, pero nunca la odió por ello. Y tras la muerte de aquella mujer a la que nunca pudo llamar madre, los días malditos coronaron su realidad. Recordar aquella cascada de imágenes y sentimientos negativos le oprimía hasta la asfixia, pero en mitad de aquel delirio, como un mecanismo de defensa ante el dolor, se abrieron paso los únicos recuerdos a los que se aferraba siempre que necesitaba sentirse humano. Su subconsciente se aferró a lo más recóndito de sus recuerdos para aliviar aquel estado de devastación. Sin apenas transición en los pensamientos, su niñez apareció frente a él. Y allí, siempre protectora y amorosa su abuela Candela. Esa evocación provocó en el cuerpo convulso de Luis un necesario sosiego, que concedió una pequeña tregua en la preocupación del médico que lo trasladaba al hospital, porque parecía serenar su lucha por desangrarse.

Luis apenas ya recordaba la cara de su abuela, pero sí su voz y el olor a lavanda de su pelo. Era capaz, si se concentraba lo suficiente, de paladear el sabor graso y terroso del pan con aceite y azúcar que le preparaba para merendar. Y como si estuviera allí mismo, se vio rodeado de su tío Ginés, de Candela, Lucas y Viki en el Bar La Higuera. El recuerdo del banquete humilde de su primera comunión que celebraron en la terracita de ese bar, vestidos los dos hermanos con sus trajes de segunda mano, pero de almirante, le provocaba una enorme emoción. No eran una familia como las demás, él lo sabía, pero era su familia y esa sensación de pertenecer o formar parte de algo le provocaba felicidad. Candela sí que le cuidó con mimo hasta que dejó de quererlo.

Una náusea profunda ascendió desde el estómago hasta su boca llenándola de vómito. El médico con rapidez lo giró, lo puso de costado y liberó sus vías respiratorias del espeso engrudo que estaba expulsando.

—Joder, vaya coctelazo te debes haber metido. Venga, respira tranquilo. —Y retiró con una gasa húmeda los últimos restos que se mantenían en su boca.

Luis abrió los ojos con esfuerzo y se reconoció en el mismo escenario que el día del accidente, volvía en bucle al primer maldito día.

—Ella no me ayudó. Ella sabe mi secreto —susurró con debilidad.

Como el viajero de una máquina del tiempo, tras unos instantes de confusión perdió la conciencia y volvió al pasado. Se encontró tirado en el asfalto duro y húmedo por la lluvia. Poco a poco, recobraba la conciencia entre una sinfonía de gritos de dolor y llantos ajenos. En sus labios, el sabor metálico de la sangre que como un pequeño arroyo le brotaba de una herida que tenía en la cabeza y se deslizaba por el rostro hasta llegar a la boca. En su radio de visión, entre charcos de agua y combustible, pudo distinguir otros cuerpos que yacían esparcidos por la carretera. Unos pedían auxilio a gritos y otros estaban inmóviles y en silencio. No se podía mover, su cuerpo parecía pegado al suelo. Sus piernas retorcidas e inertes parecían las de un muñeco de trapo, pero el intenso dolor que las recorría le confirmaba que en realidad eran las suyas. Frente a él, el autobús volcado en la mediana. En su interior, se veía al resto de los viajeros que no habían salido disparados a través de las ventanillas a pesar del tremendo impacto, pero que habían corrido una suerte similar al resto. Había atardecido, el cielo se mantenía oscurecido por las nubes que acababan de descargar una rápida, pero abundante tormenta y la débil luz que todavía se resistía a desaparecer permitía observar con detalle aquella dantesca escena. Luis giró la cabeza al otro lado y, a menos de un par de metros de donde él estaba, un muchacho delgaducho y muy pálido susurraba «tengo frío, tengo frío» tumbado boca arriba en el arcén. A su lado, de rodillas, una mujer rubia con la mayor delicadeza acariciaba el cabello pegajoso de aquel chico y apretaba con fuerza su mano derecha para darle ánimo y apoyo. Le sonreía con ternura y le prometía que no le iba a dejar allí solo. El joven parecía serenarse, su rictus se relajó e incluso le pareció ver que sonreía. Luis conmocionado y asustado, contemplaba la escena. Él también necesitaba ayuda y comenzó a gritar para llamar la atención de la mujer. Pero ella ignoró sus súplicas, ni siquiera giró la cara para mirarlo a pesar de la insistencia de sus gritos. Se mantuvo junto al muchacho hasta que en sus ojos se extinguió el último hálito de vida y con la misma serenidad con la que había actuado hasta entonces, cerró los ojos del pobre infeliz y se puso de pie. Luis, con un enorme esfuerzo, alargó el brazo derecho, el único que podía mover, y se aferró a la pierna de aquella superviviente en el momento que pasó junto a él. Ella se zafó de la mano de Luis y lo miró fijamente a los ojos. Su rostro era hermoso, sus facciones perfectas, pero la dulzura que reflejaba hacía unos instantes se había tornado en una mueca de indiferencia. La mirada de aquellos hermosos ojos azules ahora era fría y deshumanizada. Fue entonces cuando recordó que la había visto antes. Estaba en el hospital el día que murió Viki. Llegó con Lucas.

—Ayúdame, por favor —le rogó.

La mujer desoyó la súplica y sin cruzar palabra alguna con él se dirigió impasible hacia otra de las personas heridas. Los gritos desesperados de Luis quedaron solapados por el sonido de las sirenas que resonaban cada vez más cerca, y las luces relampagueantes de los coches de la Guardia Civil y las ambulancias centelleaban en el horizonte. El dolor aumentó tanto de intensidad que le hizo perder la consciencia.

Desde aquel maldito día, habían pasado cinco años, nuevamente estaba en una ambulancia, pero ahora no deseaba ayuda ni consuelo. Ahora Luis había intentado quitarse la vida, acabar con su sufrimiento y liberarse del peso de la culpa. Enfrentarse a la maldición que lo perseguía destruyendo el objeto que la alimentaba. Ese objeto no era más que él mismo.

—Ella sabe siempre donde estoy, ella sabe nuestro secreto, y siempre lo precede a él —dijo nuevamente en mitad de su delirio.

—Tranquilo, aquí no hay nadie. Ya llegamos, Luis, enseguida te atenderán en el hospital. Pero si no dejas de intentar arrancarte el torniquete de la muñeca izquierda te tendré que atar los brazos a la camilla. Yo estoy para salvar vidas y no voy a permitir que te desangres, aunque esa sea tu intención. Por muy graves que sean tus problemas, esta no es la solución.

La debilidad lo sumió en un nuevo desvanecimiento que supuso una tregua en el forcejeo con el sanitario y de alguna manera alimentó la esperanza en Luis de no volver a despertar.

3

A pesar de llevar casi treinta años juntos, aquel hombre seguía provocando en Amelia una fascinación y una atracción casi patológica. Recostada sobre la montaña de cojines apilados en el cabecero de su cama, observaba como él se acicalaba. Álvaro se convirtió en el centro de su vida desde que los presentó un amigo común en Madrid, donde ambos estudiaban sus respectivas carreras universitarias. Ni los años transcurridos, ni alguna crisis esporádica le habían restado ni un poco de atractivo a sus ojos de mujer enamorada, aunque ahora dudase algunas veces de la sinceridad de sus palabras. Ya no era aquel jovencito moreno, de pelo negro y ondulado, con una mirada descarada e insolente. Pero Amelia seguía perdiéndose en el fuego que desprendían sus enormes ojos negros, amaba todo lo que fue y todo lo que era aquel hombre. Álvaro se mantenía en una magnífica forma física y su atractivo era considerable para un hombre que estaba muy cerca de cumplir cincuenta años. Se sabía seductor y atractivo, además de un maestro de la persuasión. Su personalidad producía, de forma generalizada en quien lo rodeaba, y en Amelia particularmente, un efecto similar al de los encantadores de serpientes. Aquel hombre podía llevarte dócilmente a su terreno y hacerte bailar de forma frenética al son de su música, aunque hubieras jurado por lo más sagrado que no moverías un músculo. Esas cualidades, junto con su magnífico conocimiento del derecho y su enorme ambición le habían convertido en un reputado abogado de derecho fiscal y tributario y, como consecuencia directa, a conquistar una posición social y económica envidiable, algo que Álvaro siempre deseó.

Los ojos de Amelia se deleitaban viendo cómo su marido se abotonaba la camisa que le quedaba como un guante, y como la impoluta blancura de esa prenda resaltaba el perpetuo moreno de la piel de aquel cordobés que la tenía subyugada desde hacía tanto tiempo. Ella lo amaba, sin reservas, sin reproches, sin condiciones, le consentía y lo perdonaba.

—No me esperes despierta, Meli, el cliente con quien ceno esta noche es muy pesado, cree que somos amigos y le gusta hablar de negocios compartiendo mesa. Es un ignorante y un ordinario, pero está forrado, es uno a los que más facturamos. Le llevamos todos los asuntos financieros y algún otro penal. Así que no tengo más remedio que atenderlo yo personalmente. Quiere que le agasajemos y así será —explicaba Álvaro mientras se miraba al espejo, que ocupaba gran parte de la pared a los pies de la cama, y se anudaba la corbata.

—¿Otro listo que quiere que le mandes los millones de vacaciones al Caribe o a esquiar a Suiza? —dijo Amelia con ironía—. Cuánta chusma, qué gentuza. Cuanto más tienes, más quieres. No sé cómo lo soportas.

—Yo utilizo todas las herramientas que están a mi alcance en beneficio de mis clientes, en eso no hay nada ni ilegal ni ilegítimo. Quien tiene algo, siempre quiere conservarlo, hasta los más miserables y pobres se aferran a lo que tienen —replicó girándose hacia su mujer y la miró con dureza—. Preferirías que defendiera a asesinos, violadores o pederastas. Esa sí que es verdaderamente chusma. Y eso tú lo conoces bien, ¿no?

—Yo confío en ti, y no dudo de tu integridad, pero sí que es verdad que en los últimos años algunos de tus clientes son gente que, aunque no consigan sus fortunas con el delito, sí que actúan de forma inmoral o poco ética, por decirlo de una manera menos dura —replicó Meli y su voz sonó en la habitación como el preludio de un enfrentamiento, como el fugaz relámpago anuncia el inminente trueno y la incontenible tormenta.

El rostro de Álvaro se tensó y en sus ojos se podía advertir una furia contenida, esa rabia que le producían los comentarios de su mujer cuando se ponía moralista. Sin elevar la voz y forzando una sonrisa hiriente contraatacó, esperando producir el máximo estrago, porque sabía cómo hacerlo. Él casi nunca perdía los nervios, sabía mantener la cabeza fría, estaba bien entrenado en el combate dialéctico y, en este caso, conocía a la perfección al oponente.

—Siempre me maravillan tus escrúpulos y tus principios morales. Eres la defensora de las causas perdidas. Pero esos clientes que tanto desprecias son los que mantienen nuestro nivel de vida, los que permiten que juegues a ser la madre Teresa de Calcuta oliendo a Dior rodeada de tus marginados. Igual te crees más digna porque te pasas el día con psicópatas y tarados, intentando darles un sentido a sus miserables vidas. Tus locos y tus desarrapados no pagan nuestras facturas. Tus gustos son caros, igual que los míos, y disfrutas de todo sin renunciar a nada; todo eso va a cargo de esos que tú denominas gentuza. Ir por casa con ese vestidito barato y esas chanclas de goma, como si fueras la chica del servicio, es solo un alarde ficticio de humildad, una extravagancia de burguesa acomplejada.

La cara de Amelia había perdido el color, había palidecido escuchando los reproches de su marido, estaba inmóvil e intentando entender la razón del ataque que acababa de recibir y sopesando su respuesta. No deseaba una pelea, no. Se esforzaba por contener las lágrimas de rabia que pugnaban por aflorar en sus ojos. Cómo odiaba que Álvaro la humillase de aquella forma. Era absolutamente cierto que vivían rodeados de lujo, que disfrutaban de todo aquello que deseaban y que se pudiera pagar con dinero; pero también era cierto que para ella nunca había sido algo prioritario ni esencial, al contrario que para Álvaro, que siempre fue su principal objetivo convertirse en rico, poderoso y admirado, e impulsó sus pasos desde muy joven en esa dirección. Ambos procedían de familias de clase media trabajadora, y el orgullo que para Amelia suponía saber desde donde partían, para su marido era una rémora, que deseaba borrar de su pasado. Tras unos segundos de un silencio tenso, Meli notó como sus mejillas ardían de golpe. La rabia y la vergüenza se mezclaban y se manifestaban enrojeciendo su rostro. Aquellas palabras la convertían en una niña a la que se la reprende por decir una estupidez y se la castiga con severidad de forma injusta. Se sentía ridícula, abochornada y a la vez rabiosa.

—Perdona, Meli, se me ha ido la cabeza. —La voz del abogado sonó dulce y lastimera, y su mirada se tornó cálida y amorosa. Conocía a su mujer y podía leer en su rostro la desolación que había sembrado—. No sentía nada de lo que te he dicho, lo juro. Estoy un poco estresado y lo he pagado contigo, lo siento. Tengo muchas cosas en la cabeza, decisiones importantes que tomar. Lo siendo de verdad. A veces me comporto como un imbécil. No te merezco.

Se acercó hasta la cama y la besó en la boca. No con la pasión y el deseo que necesitaba notar ella, pero si con la ternura y la delicadeza suficiente para hacerla estremecer; le acarició las mejillas y se disculpó nuevamente. Ella, a pesar de saber que no debía humillarse más y que con toda probabilidad más tarde se arrepentiría por claudicar como siempre, aceptó las disculpas. Hundió sus dedos en el pelo aún mojado de Álvaro, lo besó en el cuello y aspiró el aroma que desprendía su marido. Lo hizo con una inspiración profunda, con la ansiedad y la necesidad de impregnarse de él hasta lo más profundo de su ser; quería absorber ese olor personal e inequívoco que lo representaba y que era resultado de la mezcla perfecta del caro perfume que utilizaba con el sensual olor natural que destilaba su piel. Sin pudor reconoció para sus adentros que era una adicta a él. Meli, en un acto de reconciliación, intentó nuevamente culminar ese beso húmedo y ardiente que deseaba haber recibido hacía un instante. Entreabrió sus labios y buscó la boca de su hombre que apenas cedió a la vehemencia que ella demostraba.

—Se me está haciendo tarde, Meli —apremió consultando el reloj—. Ya hablamos mañana. Lo dicho, no me esperes despierta.

El abogado se puso la americana, se dio el último vistazo en el espejo, se retocó un poco el cabello que había despeinado Meli con sus caricias y salió de la habitación como si nada hubiese ocurrido. Con la misma velocidad con la que se alejaba el sonido de los pasos de Álvaro en su camino hacia la calle, aparecía en Meli aquella sensación agridulce de sentirse manipulada y sometida por el amor y la dependencia emocional que sentía por su marido. Ella era una mujer adulta, madura e inteligente. Era psiquiatra y en su día a día evaluaba, diagnosticaba, prevenía y trataba trastornos mentales y de conducta en los demás, les facilitaba las herramientas necesarias para que quien los padecía se desarrollara y adaptara a la vida cotidiana con autonomía. Y, sin embargo, ella no podía liberarse de aquella cárcel dorada que la mantenía prisionera, de la jaula que ella misma había forjado a base de amor y necesidad. Era cautiva de sus propios sentimientos. En medio de aquel doloroso silencio, escuchó el insolente soniquete que emite el móvil alertando de los nuevos mensajes del WhatsApp, e inmediatamente se dio cuenta de que no se trataba del suyo. Ella lo tenía silenciado y sobre la mesilla de noche. El sonido provenía del cuarto de baño y antes de que llegase a entrar para cerciorarse de que era el de su marido, sonó de nuevo.

—Con el rifirrafe que hemos tenido se ha olvidado el móvil —dijo Amelia en voz alta mientras entraba en el aseo.

El teléfono estaba sobre la encimera de mármol rosa donde descansaban los dos senos del lavabo. La luz del aparato parpadeaba, Meli lo cogió y sin pensar un segundo lo que estaba a punto de hacer, lo desbloqueó porque conocía la contraseña y abrió la aplicación para leer los mensajes. Los últimos tres mensajes eran de Carola, la nueva abogada que se había incorporado al bufete hacía poco más de seis meses. Amelia clavó los ojos en la foto del perfil de la mujer; un rostro joven con una pose algo descarada, sonriente y sensual. Recordó la impresión que le provocó el día que se la presentó Álvaro en el despacho. Sabía que su juicio no era objetivo, nunca lo era cuando se trataba de alguien a la que percibía como una contrincante. Aquella mujer le pareció excesiva en todos los aspectos; la cara muy maquillada, la ropa muy ajustada, la actitud muy desinhibida y además, para su orgullo de esposa del jefe, insolentemente guapa y joven. Ese recuerdo le produjo un arrebato de mal humor y los celos guiaron sus pasos. Sin un segundo de reflexión pulsó para leer los mensajes.

«Holaaaa, estoy en las Tendillas tomando una cervecita con unas amigas. ¿Cenamos donde siempre?». Y para finalizar el enunciado, una ristra de emoticonos de caras amarillas lanzando besos, que hirieron los ojos de Meli como un fogonazo.

«Te echo de menos».

«No me hagas esperar. Hoy, además de ganas de cenar, tengo ganas de…». Y de nuevo una cara amarilla guiñando un ojo y sacando la lengua.

—¡Hija de puta! —gritó Amelia sin soltar el aparato de la mano—. Será zorra.

El ruido de la cerradura de la puerta principal al abrirse y los ladridos de Sigmund la alertaron de la vuelta de Álvaro. Escuchó la rapidez con la que su marido cruzaba la entrada y ascendía por la escalera en dirección a donde ella se encontraba; por un momento pensó en dejar el móvil sobre la encimera, regresar a la cama y mantener las apariencias, hacer como si nada pasara. No era la primera vez que él había tenido una aventura y ella lo había perdonado, en dos ocasiones su matrimonio hizo aguas por «haber echado una canita al aire». Amelia disculpaba esa enorme falta de voluntad que tenía su marido para frenar el impulso que lo llevaba a sucumbir a la tentación de estar con otras mujeres, justificándolo como alteraciones de su personalidad. Autoconvenciéndose de que sus actos tenían la raíz en la inmadura necesidad de Álvaro de sentirse el ganador, el conquistador. Nunca quiso verlo como una falta de amor por ella, aunque le doliese el comportamiento de su marido; ella lo consideraba como un acto puramente físico y de reafirmación de su desmesurado ego. En ambas ocasiones, fue el propio Álvaro quien confesó las infidelidades a Meli que lo perdonó y se autoengañó para evitar lo que hoy podía acabar siendo inevitable. Incluso en posteriores ocasiones en las que tuvo sospechas de otros escarceos prefirió esperar y confiar. Álvaro siempre volvía a su lado y demostraba que ella era la única mujer a la que amaba y la única que realmente le importaba. De forma inconsciente le permitía esa licencia, le quitaba importancia a sus engaños para compensar el irracional sentimiento de culpabilidad que abrigaba ella, por no poder haber tenido hijos con él, por ser una mujer estéril. Con su condescendencia creía compensar la frustración que, suponía, padecía Álvaro y a su manera agradecer su incondicional amor por ella. La idea de que se acostara con otras mujeres le dolía y decepcionaba, porque eso suponía que le mentía y la engañaba; era una forma de hacerla de menos como mujer, pero nunca lo consideró una traición porque él siempre le juró que nunca había habido verdadero amor, que había sido solo sexo.

Su primer pensamiento de ignorar lo que acababa de descubrir desapareció de su mente con la misma rapidez con la que se acercaba el sonido de los pasos de su marido. Se quedó quieta en la puerta del cuarto de baño con el teléfono en la mano como si se le hubiera adherido y no pudiera despegárselo de la palma; una enorme bola opresiva y ardiente se expandió desde su estómago hasta llegar al pecho. Cuando levantó los ojos de la pantalla que ya se encontraba apagada, se encontró de frente con los ojos de Álvaro, que la miraba intuyendo que había leído los mensajes y que eso le habría puesto en evidencia, en una posición incómoda cuanto menos.

—He vuelto a por el móvil, se me había olvidado —dijo en un tono neutro mientras alargaba la mano, recuperaba el aparato y lo guardaba en el bolsillo de la americana.

—¿Por qué? —preguntó Meli con los ojos brillantes y húmedos—. ¿Por qué? ¿Por qué? —repetía con un hilo de voz negando al tiempo con la cabeza.

—¿Por qué, qué, Meli? —preguntó con cierta desgana, intentando quitar importancia y escabullirse cuanto antes—. Tengo prisa.

—Por qué me mientes, por qué me engañas, por qué me humillas. Me juraste que no habría nadie más en tu vida. Que solo habían sido errores, momentos de confusión y debilidad. Y yo te perdoné, joder. Te creí y te perdoné.

—Meli, por favor, una escena ahora no. Vamos a comportarnos como seres inteligentes y civilizados —el tono que empleaba era conciliador y amable—. Hace tiempo que tenemos que hablar de nosotros, de nuestra situación.

—¿De nuestra situación? ¿De qué situación? ¿De que cada vez que tienes una crisis de edad o de autoestima te tiras al primer putón que se cruza en tu camino o de cómo yo, una auténtica gilipollas, llevo los cuernos que tú me pones con una dignidad y un consentimiento que produce arcadas? —La rabia había hecho acto de presencia en la voz de Meli que sin gritar ya sonaba dura y en un tono elevado.

—Estás confundida, creo que estás sacando las cosas de sitio. Necesitas tranquilizarte y cuando lo hagas hablaremos. Creo que lo mejor es que ahora me vaya —dijo en un tono paternalista y de superioridad típico de Álvaro. Eso aún exacerbó más el ánimo de Meli que, ante la evidente intención de su marido de salir de aquella habitación, lo sujetó fuertemente por un brazo.

—Qué cojones de que ya hablaremos, lo hacemos ahora. —La voz y los ojos de la mujer rezumaban dolor y rabia—. ¿Crees que te vas a marchar a cepillarte a esa zorra y que luego yo voy a estar aquí para perdonarte y aguantar tus mierdas?

—No me gusta que hables como una arrabalera, Meli, compórtate como la señora en que te has convertido, ya no eres aquella chica de provincias que hablaba como un carretero; y, por favor, no me obligues a decirte cosas que ahora podrían significar más sufrimiento —dijo Álvaro serio, pero sin reflejar en su semblante enfado o disgusto.

Meli, sin embargo, descubrió en los ojos de su marido una hiriente mirada de indiferencia, casi rozando la lástima cuando él intentó soltarse de la mano que lo agarraba fuertemente y le impedía marcharse.

—Eres despreciable, sabes cómo ofender de la forma más infame, pero no me vas a confundir con tu palabrería y con tus estrategias de abogado defensor. No te voy a permitir ni una humillación más. Si cruzas esa puerta y te vas con esa putita, no vuelvas. Esa zorra lo tenía planeado desde el mismo momento en el que entró a trabajar. ¿Es qué no te das cuenta? ¿Cuántos años tiene, veintiséis, veintisiete? Le llevas más de veinte años, eres un iluso. Solo quiere prosperar y conseguir que le proporciones una magnífica reputación entre tus clientes. Es una trepa, una zorra sin escrúpulos. Por edad podría ser tu hija —exponía Meli en un acalorado alegato sin poder contener la rabia y sus palabras parecían escupidas a la cara de su marido—. No entiendo por qué insistes tanto en que me comporte como una dama, si a ti solo te gusta ir con furcias.

Las palabras de Amelia surtieron efecto en Álvaro, pero no el que esperaba. Ella, a pesar de la furia y el dolor que le producía el descubrimiento de los líos de su marido, nunca concibió esos hechos como motivo suficiente para abandonarlo y como en anteriores ocasiones esperaba que admitiese su culpa y que protagonizase una rendición sumisa y humillante como tenía por costumbre. Pero nada más lejos de lo esperado. Álvaro sujetó por los antebrazos a su mujer y la zarandeo con fuerza; su rostro estaba crispado y su mirada se había tornado furiosa. La sujetó frente a él sin soltarla. Parecía otro y le habló con una sequedad y aspereza desconocida.

—Basta ya, no te voy a permitir que sigas insultando a Carola. Ni tampoco a mí. Meli, todo tiene un principio y un final, nada es eterno, las cosas se acaban y lo nuestro se ha acabado. Es cierto que en el pasado he tenido algunos escarceos con otras mujeres y fueron exactamente lo que te confesé, solo sexo ocasional. Pero ahora, es diferente. —Soltó los brazos de Meli que se había quedado completamente quieta frente a él y lo miraba con los ojos abiertos como platos, temiendo escuchar las palabras que su marido estaba a punto de pronunciar—. Estoy enamorado de Carola, y ella de mí. Quiero vivir con ella, formar una familia, todavía puedo ser padre y no quiero renunciar. Estaba buscando el momento oportuno para hablar contigo. Porque, aunque ya no te amo, te aprecio y te quiero.

—Vete, vete de aquí. No quiero volver a verte en la vida, cabrón, eres un cabrón. —Cerró los puños y comenzó a golpear con toda la fuerza que era capaz de generar su cuerpo, que ahora ardía inundado por la ira; sus manos cerradas impactaban en el pecho y la cara de su marido empujándolo fuera de la habitación. Las lágrimas emborronaron todo lo que estaba ante ella—. Vete, vete —gritaba enfurecida.

Álvaro, una vez fuera del cuarto, se paró en el distribuidor contemplando el estado de enajenación que estaba experimentando su mujer, pero no se compadeció de ella ni un instante. Nunca había sentido empatía con los perdedores y esa era la imagen que le transmitía la mujer con la que había compartido su vida; una patética y solitaria perdedora que no asumía su situación. Solo Sigmund, el perro de Meli, que había subido hasta la segunda planta alertado por los gritos de su dueña, se acercó y, a modo de caricia, restregó su cabeza contra las piernas de aquella mujer superada por los acontecimientos.

—No quería esto. Este espectáculo no es digno de gente con un mínimo de saber estar. Te estás comportando como una loca, quizás, tanto tiempo, rodeada de desequilibrados, te ha afectado. Solo tienes que ver al engendro que tienes por mascota, puto chucho —concluyó el abogado. La crueldad de las palabras de Álvaro era absolutamente innecesaria, pero él no dejaba escapar la ocasión para asestar una estocada mortal. Se dio la vuelta y salió de la casa con rapidez.

Amelia, parada en mitad de la habitación, lloraba desconsolada, con las manos se cubría la cara como para evitar ver lo inevitable; se había quedado sola, Álvaro la había dejado por otra mujer a pesar de haberse dedicado por completo a él. Durante unos minutos, permaneció sumida en un llanto inconsolable y en la perplejidad de ver como en menos de diez minutos su vida había estallado en mil pedazos. Poco a poco consiguió ir tranquilizándose y al cesar la llantina se dio cuenta de la presencia incondicional de su perro que permanecía junto a ella. Era un perro mestizo, pequeño y de pelo corto, con bastantes años, al que le faltaba media oreja y un ojo, fruto de alguna pelea o maltrato recibido en su vida en la calle y que Meli había acogido en su casa. Se agachó para acariciar al viejo Sigmund que lamía sus piernas y la miraba con aquel único ojo brillante y cargado de ternura; entendió con resignación que los lengüetazos del perro eran las únicas muestras de comprensión y cariño que iba a recibir aquella noche. Al ponerse de pie vio su imagen reflejada en el espejo que estaba colgado sobre el tocador y que formaba parte del exquisito mobiliario de la habitación. Su aspecto le pareció horrible, se vio envejecida, desgastada, deslucida y, al observar el vestidito de flores, al que se había referido con desprecio su marido, ese que a ella tanto le gustaba y que le hacía sentir tan bien, le pareció que llevaba un ridículo disfraz. Meli se acababa de declarar en siniestro total, no había nada en aquel momento a sus ojos que fuera digno de sobrevivir. Y dejó de contenerse, permitió fluir un sentimiento feroz de odio, una furia incontrolable que se abrió paso entre la desolación y la tristeza; sin poder ni querer controlarse, fue estrellando contra las paredes, con fuerza y entre gritos uno a uno, todos los tarros y los frascos de cremas y perfume que ambos tenían ordenadamente colocados frente al espejo del tocador; prosiguió lanzando y haciendo añicos todo lo que encontró a mano: marcos de fotos, lamparillas, adornos, figuras. El dormitorio acabó como si lo hubiese arrasado un huracán. Meli se dejó caer sobre la cama exhausta más por el estado emocional que por el esfuerzo físico. Se tumbó encogida, hecha un ovillo, y Sigmund, su leal compañero, se tumbó en silencio a su lado. El animal durante el caos se había escondido atemorizado en el cuarto de baño, pero ahora sabía que Amelia volvía a ser Amelia. En pocos segundos el cuarto se había impregnado con la intensidad mareante de los olores de los productos que había destrozado contra las paredes; a pesar de los mocos que acompañaban sus constantes sollozos, su nariz fue capaz de percibir el olor del perfume que Álvaro llevaba siempre, era muy intenso y sobresalía del resto de los aromas.

—Maldito seas —dijo en voz alta y se hundió nuevamente en la desesperación y el llanto más amargo.

4

La oscuridad de la noche aumentaba la dificultad que suponía para la comisión judicial llegar al punto donde habían ocurrido los hechos. La ubicación facilitada por la Guardia Civil a la juez de guardia correspondía a una casa en las afueras de Almodóvar del Río, y llegar añadía una dosis de complejidad al viaje si no conocías bien los alrededores del pueblo. Se encontraban en el margen izquierdo del río Guadalquivir, habían dejado atrás las fincas de Villaseca y Los Trances torciendo a la derecha tras cruzar el puente de la Algodonera para dirigirse hacia la fuente de Villaseca. Siguiendo las precisas instrucciones que habían recibido y las indicaciones de la voz impersonal del Google Maps, los dos ocupantes del Citroën Picasso se fueron alejando de la población a través de una solitaria carretera secundaria que estaba flanqueada a ambos lados por terrenos de cultivo, pequeñas huertas y algunas construcciones para guardar los aperos del campo. Tras desviarse y proseguir el viaje por un camino de tierra, comenzaron a aparecer algunas casas solitarias distanciadas entre sí, donde se podían distinguir las habitadas, en cuyo interior las luces encendidas confirmaban una cierta actividad doméstica, y aquellas otras que permanecían en completa oscuridad y por deducción, vacías.

—Igual deberíamos haber pedido que una patrulla de la Guardia Civil nos llevara hasta la casa. Espero que no acabemos perdidos —dijo el hombre que ocupaba el asiento del acompañante en el interior del Picasso azul, al tiempo que soltaba un profundo suspiro.

—No te preocupes, Sergio, llegaremos. Vamos en la dirección correcta. Los agentes están ahora dedicados a lo importante. No soy Dora la exploradora, pero me oriento bien —dijo la juez Ana Aparicio que sonrió ampliamente intentando tranquilizar a su compañero—. Además, a cierta distancia ya distinguiremos la casa, no te quepa la menor duda.

Ella conocía el despliegue y el barullo que se monta en ese tipo de situaciones; llevaba varios años como juez titular del juzgado de instrucción número 2 de Posadas. En el desempeño de sus funciones de guardia había intervenido en algunos casos relacionados con muertes violentas o accidentes con víctimas mortales y se podía imaginar lo que se iban a encontrar.

Pocos minutos después de la conversación, ambos confirmaron que estaban llegando al destino. A media distancia se podía observar a un grupo de agentes uniformados de la Guardia Civil que se movían alrededor y en el interior de una vivienda que tenía todas las luces encendidas porque apenas un par de farolas iluminaban el exterior. Luz suficiente para distinguir a un corrillo de personas, no más de diez, que permanecían expectantes apostadas en la parte exterior del muro que cercaba el perímetro de la casa. Un murete de muy poca altura que les permitía observar con total claridad todo lo que estaba ocurriendo en el interior. Aunque la distancia entre las viviendas era considerable, el trasiego de coches de la Guardia Civil había alertado a algunos vecinos que se habían acercado a comprobar qué pasaba.

La juez aparcó su coche al lado del resto de los vehículos que estaban ocupando la explanada delante de la puerta principal. En su camino en dirección a la casa, Ana fue correspondiendo a los saludos que los agentes le dedicaban al reconocerla; el letrado de la Administración de Justicia caminaba a su lado expectante, pues era la primera vez que iba a redactar una diligencia de levantamiento de cadáver. Dentro del coche aparcado más próximo a la puerta, se encontraba un hombre sentado en la parte de atrás con las piernas fuera del vehículo; junto a él, un cabo de la benemérita que parecía hacerle compañía más que estar custodiándolo, así como otro hombre que se mantenía de pie junto a ambos, con el rostro desencajado y tenso. Al pasar la juez a su lado, saludó al cabo y con discreción observó al hombre del interior del vehículo. Aparentaba estar más cerca de los setenta que de los sesenta años, iba vestido con ropa de trabajo y, en su rostro arrugado y curtido por el sol y el trabajo al aire libre, resaltaban sobremanera unos ojos perdidos e inexpresivos, el hombre parecía estar en shock.

—Señoría —una voz femenina la llamó desde el interior de la vivienda y seguidamente una mujer joven vestida con unos pantalones vaqueros, una camisa roja y un chaleco de la guardia civil salió a recibirlos—. Buenas noches, el cuerpo está dentro.

—Buenas noches. La teniente Suárez, Sergio Redondo, el letrado de la Administración —saludó la juez y presentó a ambos.

La teniente Elena Suárez de la unidad de policía judicial de Palma del Río se encontraba al mando de la investigación. Con la profesionalidad de la que siempre hacía gala, saludó y acompañó a la comisión judicial al lugar donde se encontraba el cuerpo. La juez Aparicio la conocía y la tenía en muy buena consideración, sabía que era meticulosa, disciplinada y tenaz. Sentía una especial simpatía por ella, no solo por sus méritos. Conocía su formación académica, la teniente era licenciada en Derecho y Criminología, pero aún más valoraba y reconocía en ella el esfuerzo y la perseverancia que acompaña a toda aquella mujer que desea abrirse paso en un ámbito tradicionalmente de hombres.

—Se llamaba Manuela Arcos Pérez —comenzó a explicar al tiempo que le mostraba el documento nacional de identidad al letrado para que tomara nota de los datos en la diligencia de levantamiento de cadáver—. Su marido se la ha encontrado así cuando ha llegado del campo.

—¡Qué horror, pobre mujer! —exclamó Ana consternada por la visión del cuerpo de la víctima tirado en el suelo, y con el cráneo abierto.

—Cuando llegó la primera patrulla desde Almodóvar confirmaron la muerte y se inició el operativo. Se ha hecho una batida en los alrededores por si el agresor o agresores permanecieran todavía cerca y se ha preguntado a los vecinos, que no han visto nada extraño.

—Buenas noches, Baena —saludó la juez a un hombre orondo y medio calvo que semiflexionado ante el cuerpo inerte de aquella pobre mujer, observaba los indicios y las pruebas completamente abstraído—. Te presento a Sergio Redondo, es el letrado de la Administración que acaba de tomar posesión en el juzgado.

El hombre levantó la mano a modo de saludo, las llevaba enfundadas en unos guantes de látex, les sonrió con amabilidad y permaneció junto al cuerpo sin cambiar de posición. El joven letrado apenas podía disimular el espanto que sentía observando la imagen del que era su primer cadáver en el ámbito profesional. Los muertos en los tanatorios no impresionan, su presencia provoca pena y dolor, porque el entorno donde se encuentran al fin y al cabo es el natural en el trance de la muerte. La causa, las circunstancias y el sufrimiento hasta llegar allí no se perciben. Pero en las muertes violentas nada es natural, todo es horror y crueldad. La escena era impactante. El aspecto cotidiano y sencillo de aquel cuerpo vestido con una bata sin mangas, su delantal y sus chanclas de goma, parecía inconexo e imposible de relacionar con el de aquella cabeza rodeada por un charco de líquido negruzco que no era más que su propia sangre derramada, que además había manchado su cara y apelmazado el pelo ensortijado y gris que ahora parecía una maraña rodeando las profundas heridas del cráneo. Sergio intentó sofocar la náusea que le brotó del estómago para evitar la posterior arcada que parecía estar anunciando su presencia, cuando de forma inconsciente se cruzó en su mente la imagen de su propia madre atareada en la cocina con un atuendo e imagen parecida a la de aquella mujer. Eso lo sobrecogió.