El despertar de Belle - Catherine Roberts - E-Book
SONDERANGEBOT

El despertar de Belle E-Book

Catherine Roberts

0,0
3,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Una red de engaños, mentiras y sensualidad. La plácida vida de Belle-Marie Du Berry, joven y traviesa condesa de Chambord, está a punto de ponerse patas arriba. Huérfana de madre, criada por un viejo conde huraño y dedicado a la caza, Belle es algo salvaje para su posición y no entiende como debería de bailes y de modales, por lo que la idea de tener un nuevo profesor particular que la instruya en materias intelectuales la horroriza y pretende burlarse de él a su llegada. Belle no sabe que caerá en las redes del amor y la pasión con el joven, guapo e inteligente profesor español contratado por su padre, un noble arruinado en búsqueda de la salvación del patrimonio de su familia. Marco tampoco imagina todo lo que le espera en Francia: mujeres libertinas, bailes, secretos, asesinatos y una joven alumna algo rebelde. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 322

Veröffentlichungsjahr: 2020

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2014 Carolina Iñesta Quesada

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El despertar de Belle, n.º 259 - enero 2020

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime y Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-328-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Nota de la autora

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

Una novela inteligente, con buena dosis de intriga,que rezuma sensualidad y esmerado erotismo.

Ángeles Ibirika, escritora.

 

 

Una combinación perfecta del erotismo y la vida intelectual de la época.

Genialmente narrado, cuenta una historia que va en contra de todo pronóstico.

Olivia Monterrey, escritora y correctora.

 

 

Una ambientación exquisita, en la que los personajes ficticios conviven con revolucionarios y libertinos reales que poblaron el siglo XVIII.

Una trama envolvente en la que la inocencia, el deseo y la experiencia se dan la mano, adentrándonos en un mundo que no dejará a nadie indiferente.

Noelia Amarillo, premio Narrativa Romántica.

 

 

Me ha hecho sentir muy Sade.

Nieves Abarca, escritora y criminóloga.

 

 

 

 

 

A mi marido, Tomás; por ser mi lector más entusiasta, mi mejor amigo, mi amante, mi inspiracióny mi compañero en el viaje de la vida.

Tú eres mi Marco de Gaula.

 

 

A mi hermana pequeña, Sandra (@unavezporelmundo): mi misteriosa y bella Tramise, la señorita fantasma.

 

 

A mi abuelo Antonio, un gran hombre que fue un auténtico padre para mí y que nos dejó mientras yo vivía en Francia, soñando entre castillos.

 

 

A todas las mujeres dispuestas a ser las amas de su vida.

Nota de la autora

 

 

 

 

 

Esta novela está ambientada en escenarios reales del Valle del Loira o Valle de los Reyes francés, cuando, durante mi estancia de estudios en la zona, visité los preciosos castillos de Chambord y Chenonceau. Su historia y los excéntricos personajes que allí vivieron, dejaron huella en mí. Algunos de ellos aparecen en estas páginas: Rousseau, Voltaire, Diderot, Denis Papin, Gastón de Orleans, Louise-Marie Dupin, Erik y Antonietta. Están, en su mayoría, cronológica y espacialmente bien situados, aunque envueltos en una historia de ficción, y la ficción está hecha para disfrutar. No obstante, el lector conocerá algunas de sus frases, ideas y también curiosidades.

 

 

 

 

 

Uno aprende, cuando se hace viejo, que ninguna ficción

puede ser tan extraña ni parecer tan improbable

como lo sería la simple verdad.

Emily Dickinson

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Valle del Loira o de los Reyes, Francia. Año 1745

Diario del barón Marco de Gaula

 

Nunca me había sentido tan humillado como aquel día. Todo empezó cuando mi buen amigo Jean-Édouard du Berry, conde de Chambord, me pidió el favor personal de acudir a Francia, nuestro país vecino, con el fin de educar a su joven hija en las materias que solíamos debatir en nuestro selecto y secreto club. Aquel mismo día, la dama cumpliría diecisiete años y podría unirse a este, arrebatándome el honor de ser el miembro más joven.

«Puede que encuentres a mi querida hija algo salvaje, cher ami. Desde que murió mi esposa, dejé de exigir modales», me había advertido Édouard.

Ningún placer suponía para mi padre que un hijo suyo, un portador de su «ilustre apellido», tuviera que verse rebajado de aquella manera, palabras textuales. Eso le parecía el hecho de trabajar para otros. Pero la precaria situación económica por la que atravesaba mi familia tras una larga racha de malas inversiones y préstamos no devueltos me había llevado a aceptar aquel trabajo. No había elección… Por otro lado, mi entusiasmo juvenil y mi utópica creencia de que las cosas podían cambiar me hacían sentir la vocación por transmitir ideas. Nuestras ideas. Iba a convertirme, a mi corta edad, veinte años recién cumplidos, en profesor.

A diferencia de mi padre, barón de Gaula, yo no encontraba nada negativo en trabajar, como decía él: «Como los pobres». Pero, sobre todo, aquel empleo era una gran oportunidad para acudir a las reuniones clandestinas de los miembros franceses de nuestro club. Tan libertinos, tan avanzados en ideas, tan amantes del lujo y los placeres, tan… interesantes. Las reuniones, peligrosas e ilegales, eran organizadas en el château de Chenonceau. Madame Dupin, la encantadora anfitriona de aquel castillo, las disfrazaba sabiamente de inocentes «meriendas». Madame Dupin, famosa, decían, no solo por su belleza y su generosa hospitalidad, sino por su secreta defensa de la filosofía y las ciencias. «Todos deberíamos estudiarlas para comprender el mundo en el que vivimos», me había dicho en una de sus cartas, «incluidas las mujeres». ¡Qué ansia sentía por conocerla! A pesar de que yo no era de los que se entusiasmaban fácilmente con cualquier mujer, su compendio de cualidades me obligaba a subirla a un idílico pedestal.

Madame Dupin estaba casada y era unos veinte años mayor que yo. Aunque, también, según me contaban, en Francia ninguna de las dos cosas suponía un impedimento para llevar a cabo cualquier tipo de affaire. De hecho, era a partir del matrimonio cuando empezaba la verdadera vida social de una mujer, su libertad y la coartada de tener un marido al que achacar cualquier paternidad. Aun así, yo no albergaba más esperanza que su amistad.

Yo, curtido en letras y ciencias, amigo de hombres y mujeres de mundo, a mis veinte años apenas había visto este. Tenía la teoría, pero no la experiencia. Y, recién salido de la lúgubre y mojigata España, estaba deseoso por conocer Francia y su liberté.

Pero ese día, el día de mi llegada al castillo de Chambord, se había visto empañado. Gravemente empañado.

Había viajado desde España tan solo acompañado por Manuel, el viejo cochero de la familia. Una escolta contra los asaltadores de caminos era un lujo que no me pude permitir. Aun así, todo el viaje transcurrió casi sin incidencias, ya que siempre habíamos seguido la estela de otros carruajes y caravanas. Pero el último tramo hasta Chambord nadie más lo compartía. Todos recelaban cuando les comunicábamos nuestro destino, como si sobre las tierras de mi amigo, el conde, pesara un mal presagio. Incluso hubo mujeres en los pueblos y en los carromatos del camino que se santiguaron cuando nombré «Chambord», como si así espantaran algún tipo de demonio o alguna clase de maldición. Decían expresiones, al oírlo, que mi buena madre cristiana hubiera expresado como: «Lagarto, lagarto», para así alejar al mal. Así que pronto nos quedamos en la más absoluta soledad, en aquellos verdes y mullidos senderos franceses.

El mapa reflejaba que el camino hasta el castillo daba un gran rodeo, rodeo que se podía evitar usando los senderos que atravesaban el bosque. Pero el conde me había desaconsejado con gran ansiedad atajar de esta forma. Leía en sus veladas palabras un peligro inminente que en el bosque habitaba. Pudiera ser aquello por lo que nuestros compañeros de viaje se santiguaban, pero que nadie mentaba. Un peligro que, fuera cual fuera, parecía peor opción que enfrentarse a una banda de asaltadores.

Así que, a pocos kilómetros de nuestro destino, sucedió lo inevitable: un grupo de cuatro jóvenes emergió de la soledad y el silencio para desposeernos del carruaje, del equipaje y del poco dinero que llevaba conmigo. Manuel y yo, un pobre viejo y un hombre de letras y de paz, apenas opusimos resistencia. Una parca resistencia: nuestras manos desnudas contra sus cuatro largos y afilados cuchillos. Suerte tuvimos de acabar prácticamente ilesos; tan solo con el pelo desgreñado y las camisas hechas jirones. Las casacas y los zapatos se los habían llevado también. Gracias a la enorme prisa con que pretendían acabar, conseguimos quedarnos con los pantalones, afortunadamente. Y también con mi maletín, en él no portaba más que algunos libros y apuntes para mis clases, cosa que no pareció interesar demasiado a los asaltadores que, con toda seguridad, no sabrían leer. Tan ignorantes eran que no sabían que muchos de aquellos libros que allí portaba tenían más valor que mi carruaje.

E, igual que aparecieron, desaparecieron.

Mal empezaba en aquel país, tendría que pedirle a Édouard un adelanto de mi sueldo de profesor para volver a vestirme de diario y, sobretodo, si quería que esa noche asistiera a la presentación en sociedad de su hija. Por primera vez en mi vida, era literal cuando decía que no tenía nada que ponerme. Además, Édouard tendría que adelantarme otra cantidad para pagar el viaje de Manuel de regreso a España. Estaba completamente abochornado; sentía ganas de dar la vuelta y emprender viaje de regreso a España. Pero esa opción hubiese sido cobarde.

Había que ahorrar tiempo para llegar al castillo o el baile comenzaría sin mí. No nos quedaba otra que caminar atravesando el bosque. No importaban ahora los consejos y prevenciones. Manuel y yo lo decidimos: atajaríamos por el bosque.

 

 

Como decía, no imaginaba una llegada más humillante, una situación más patética, hasta que, después de largas, eternas horas andando por aquella espesura supuestamente maldita, cubiertos de barro y magullados por los arañazos de las ramas, aquella joven a caballo con aspecto de sirvienta se cruzó en nuestro camino.

Ni siquiera escuchamos aproximarse al caballo increíble que montaba, tal debía ser el alboroto que nuestros pasos inexpertos causaban en la soledad del bosque.

De repente, alzamos ambos la cabeza y nos encontramos frente a aquel enorme caballo bayo y a la hermosa muchacha que lo montaba.

—¿Monsieur Marco de Gaula? —preguntó la dama con, lo que me pareció, una sonrisa burlona en el rostro.

Motivos no le faltaban.

Sus ropas eran sencillas y sin colorido, como suelen ser las ropas del personal de servicio de cualquier parte, pero su blanquísimo y bello rostro desprendía una luz impropia de una simple criada.

—El mismo —respondí con toda la dignidad que me fue posible. La muchacha me miró de arriba abajo y sonrió descaradamente. Me pareció un gesto bastante indigno. Me sentí mucho más humillado de lo que había imaginado. Sin duda, era una enviada o una sirvienta de Chambord. Y había esperado algo de respeto y preocupación por su parte.

—Raudo llegó, a través de los campesinos, el rumor y la noticia del ataque a vuestro carruaje. Una partida de hombres salió en vuestra búsqueda por el camino —dijo sin apearse, desde lo alto de su hermoso caballo de pelaje blanco amarillento—. No debisteis aventuraros a través del bosque. ¿No habéis oído las leyendas que corren acerca de él?

—Aunque de alguna leyenda hubiera oído, esto no me habría impedido continuar mi marcha, mademoiselle. No quería demorar más mi llegada pues necesito entrevistarme con el conde lo antes posible; antes de la fiesta en honor de la joven condesa. Supongo que vos pertenecéis al servicio de Chambord. Si tuvieseis la amabilidad de guiarme hasta el castillo…

—Sí… Sí, por supuesto. Soy una moza de cuadras. Yo misma los llevaré hasta el castillo. Síganme.

Ante mi asombro, tiró de las riendas, girando el caballo, y pretendió que la siguiéramos a pie. Lo lógico hubiese sido que me ofreciera a mí el caballo, conociendo quién era yo, y que ella continuara a pie. También me sorprendió que afirmase trabajar en las cuadras siendo mujer y manteniendo ese aspecto, demasiado pulcro para andar entre paja sucia y sudor de caballo. Aunque parece que así lo delataban sus botas de montar.

El viejo Manuel y yo cruzamos nuestras atónitas miradas y, tras un encogimiento de hombros, la seguimos.

—Sabéis, en España no es muy habitual encontrar mujeres trabajando en las cuadras. Es un trabajo bastante duro.

—Quizá encontréis aquí, en Chambord, muchas cosas que os parezcan fuera de lo habitual.

Había algo en esa desconcertante muchacha que me hacía desconfiar. Esa sonrisa burlona, ese rostro finísimo, su salvaje cabello moreno que brillaba con el sol, ese porte sobre el caballo, propio de una reina. Ella era algo sobrecogedor.

 

 

Tras completar el penoso camino por aquel húmedo y verde bosquecillo, por fin, los árboles se apartaron y el castillo apareció ante nosotros como una visión.

Nunca olvidaré la primera vez que vi Chambord. Sobre una extensa base de piedra blanca en la que se podían contar veinte ventanales, se erguían seis torreones: dos en los extremos de la base de piedra y otros cuatro en el centro del patio, conformando un blanco e impresionante castillo central. Entre los torreones, acabados en tejadillos de pizarra negra, había una torre más, puntiaguda y más alta que las demás; más tarde sabría que la llamaban la Torre-Linterna de Chambord. Y alrededor de esta se levantaban un sinfín de chimeneas y torrecillas con geométricos dibujos negros y a diferentes alturas. Creaban la impresión de que en el tejado del castillo estuvieran dispuestas las piezas del ajedrez, en mitad de una partida entre gigantes.

Y para poderosos y gigantes lo había concebido el rey Francisco I cuando soñó el diseño de Chambord. A reyes y emperadores abrumaba por su magnificencia, construido según la teoría del número áureo.

Yo era noble de nacimiento. Consecuentemente, había vivido entre palacios y castillos, pero podía jurar que nunca había visto nada como Chambord.

 

 

—Os debo despedir aquí —anunció la dama de las cuadras—. Seguid; en el lateral izquierdo hallaréis una entrada abierta. Enseguida acudirán los criados para ocuparse de vuestro alojamiento. Espero que no se os presenten más inconvenientes y que tengáis una agradable estancia.

Dicho esto, la muchacha giró el corcel y se marchó al galope, dejándome desconcertado y con una palabra de agradecimiento en la boca.

Manuel y yo echamos a andar.

Ya cerca de la puerta principal del castillo, un mayordomo reparó en nuestra presencia. Se precipitó hacia nosotros con la conveniente cara de preocupación, algo que yo consideraba más apropiado y acogedor que el trato que nos había dispensado la moza de cuadras.

—¡Monsieur De Gaula! Estábamos terriblemente preocupados por usted —jadeó el emperifollado mayordomo, sudando dentro de su chaqué—. Espero que se encuentre bien después del desafortunado incidente. ¿Cómo es que no llega en el carruaje que enviamos a buscarle?

Al fin me habían recibido con un poco de hospitalidad. Ese hombre tenía un aspecto bonachón. De gesto amable y algo regordete, parecía caminar con una tabla metida bajo la camisa del uniforme, en continua posición de «firmes».

—Atajamos por el bosque —le expliqué—, y allí encontramos a una moza de cuadras que nos acabó de guiar hasta el castillo.

—¿Una moza dice? —Por la cara del mayordomo pensé que debía de haberme expresado mal; era posible, mi pronunciación del francés no era totalmente correcta—. Tan solo hay hombres trabajando en nuestras cuadras.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Memorias de Belle-Marie du Berry

 

Esa mañana me vestí con el traje más sencillo de mi guardarropa: un vestido de muselina marrón con el que aparentaba ser una simple sirvienta. Me abroché atropelladamente, presa de la excitación, y dejé que los mechones sueltos de mi cabello continuaran así. Corrí escaleras abajo, saltando los escalones de dos en dos. Nuestras dos enormes escaleras de mármol blanco se enrollan la una sobre la otra, girando en doble hélice a través de los cuatro pisos, formando la columna vertebral del castillo. Fue un diseño del mismísimo Leonardo da Vinci para el rey Francisco I, el mismo que mandó construir nuestro querido Chambord, mi hogar. Quería, aquel viejo rey, este castillo: una mole de cuatrocientas cuarenta habitaciones, trescientas sesenta y cinco chimeneas y ochenta y cuatro escaleras, tan solo como «refugio» y museo de sus trofeos de caza; tan monumental como el castillo era su ego.

Aún, a veces, cuando uso esa escalera, sonrío al recordar cómo de niña corría por ella jugando al escondite con los hijos del capataz y de las cocineras.

Salí, sonriente, a la luz del patio sobrio y cuadrado del castillo y me dirigí a las caballerizas del ala sudoeste. Touraniere era mi enorme bayo, traído de la salvaje Camargue. Se sorprendió de que lo ensillara a esas horas de la mañana, demasiado tardías para salir de caza. El caballo giraba las orejas intrigado. A él nunca se le escapaba ni uno solo de mis miedos o sentimientos y esa mañana notaba perfectamente mi corazón, latiendo acelerado. Me divertía muchísimo la situación que estaba a punto de acontecer y quería salir a su encuentro.

 

 

Todo comenzó cuando, tras interminables luchas dialécticas con mi padre, conde de Chambord, finalmente no pude evitar que este me hiciera traer un nuevo profesor. A mis diecisiete años ya era diestra en equitación y tiro, y eso era lo único realmente indispensable en un habitante de Chambord.

Pero mi tía, regente de las decisiones del castillo tras la ausencia de mi madre, había considerado que era apropiado que yo recibiera nociones de artes refinadas. A mi pesar.

Mi tía Marie, hermana de mi padre y también viuda desde hacía años, había sido acogida entre los muros de Chambord después de que sus propias posesiones fueran llevadas a la ruina por su difunto marido, por causa de la bebida y el juego.

Mi tía había aparecido frente a las puertas de Chambord cuando yo tenía apenas cinco años, cargando un pequeño bulto lloroso que había resultado ser mi prima favorita: Tramise.

Así que, tras cinco años de vestidos sucios por jugar en el barro de las calles del pueblo y rodillas peladas de trepar a los árboles, llegaron las lecciones de música, modales, oratoria y de lenguas como el inglés, el español y el italiano, tan de moda. Aprovechaba mi tía estas clases para que su hija, Tramise, también recibiera una buena educación. Y yo lo agradecí; sin una compañera todo hubiese sido aún más aburrido.

Aunque, eso sí: a pesar del disgusto y la rabieta de mi tía, la institutriz que enseñaba modales y protocolo duró en casa bastante poco. Mi padre la echó cuando vio, palabras textuales: «los gansos estirados y patituertos» en que nos estábamos convirtiendo mi prima y yo. Siempre decía que le daban ganas de coger la escopeta de caza y jugar al tiro al ganso con mi prima y conmigo, y añadía que las niñas debían correr libres y ensuciarse las manos para convertirse en verdaderas damas: damas fuertes, tenaces, capaces de dirigir un castillo como el nuestro. Recuerdo que mi tía se desvaneció.

Pero cuando pensaba que todo al fin había acabado y que podría empezar a disfrutar los bailes y reuniones sociales que me deparaba mi temporada, venía un nuevo maestro. Y lo que era peor, solo para mí; mi prima ya era libre. ¿En qué me instruiría el nuevo profesor?

Me fastidiaba que tuviera que estar pendiente de recibirlo precisamente ese día, el día de la celebración de mi puesta de largo. Me fastidiaba que me distrajera de ella. Tenía todos mis pensamientos puestos en comenzar a arreglarme para lo que sería mi presentación e introducción en sociedad. Y para ese momento ya apenas faltaban horas.

Lo más ridículo de todo era que para impartir estas nuevas lecciones, de materia aún desconocida, se había contratado a un rufián con título de noble de España, pero en situación económica familiar comprometida. Es decir: un pedante obligado a trabajar. ¡Y se estaba retrasando!

Me acababan de informar de que el estirado galán español había sufrido en el camino el robo de su carruaje. Ni siquiera le alcanzó el dinero para una escolta. Para su vergüenza aparecería a pie, de un momento a otro, por el lado sureste del bosque. Y yo sabía qué senderos tomar para adelantar a la aparatosa partida que había salido en su búsqueda. Le daría una «calurosa» y particular bienvenida.

Metí en el estribo izquierdo la punta de la bota de montar que escondía bajo el vestido, me agarré a la silla, tomé impulso y monté. Un mozo de cuadras abrió un ala del portón, dejando que un chorro de luz inundara la cuadra en penumbra. Touraniere comenzó a avanzar al paso hacia los jardines, acostumbrando los ojos a la luminosidad. A ambos lados del camino que llevaba hacia el bosque se extendía una enorme manta de césped, ahora ocupada por los enseres y el personal que preparaban la fiesta de esta tarde en mi honor. Vi cómo algunas criadas se apresuraban a poner adornos florales por doquier.

Yo nunca había visto flores en el castillo, ni una sola, a mi padre le producían una inmensa tristeza. Por todo jardín solía haber enormes dibujos en el césped, surcos de tierra que formaban rebuscadas flores de Lis.

Había oído decir una vez a las cocineras que cuando mi madre vivía todo el castillo vivía y que las flores lo inundaban por dentro y por fuera. Los arreglos florales decoraban cada rincón y en los jardines se combinaba una inmensa variedad de plantas para formar llamativas figuras geométricas de colores, al más puro estilo de la jardinería clásica francesa: todo muy cuadrado y ordenado, como los franceses mismos.

Dejé la ermita a la derecha, la vieja granja a la izquierda y me adentré en el espeso bosque. Guardaba silencio tratando de no ahuyentar a los corzos, ardillas o a los majestuosos ciervos que habitan la vasta extensión de Chambord. La marcha discurría entre fresnos, chopos y grandes tejos todavía húmedos por el rocío matinal que reflejaba toda variedad de verdes y dorados. Las luces y colores del bosque en el inicio de la primavera, acompañados por el trino de los pájaros y el sonido de los riachuelos que iba sorteando, conferían al bosque un aspecto irreal.

A pesar de esta belleza, corrían aterradoras historias acerca de monstruos de fieros hocicos y fantasmas de viejos habitantes del castillo que intentaban cazarlos en las noches de luna. Los campesinos eran muy supersticiosos y acrecentaban los rumores sobre el bosque, convirtiéndolos en pavorosas leyendas. El personal de servicio del castillo, formado por lo general por gentes cobardes e intrigantes, también contribuía a ello. Así que eran pocos los que se aventuraban solos demasiado lejos, pero yo iba a cazar al bosque con mi padre cada domingo desde que me sostuve encima de un caballo, y aquello que se conoce no da miedo.

Para mí, lo más aterrador siempre fue escuchar los aullidos de las manadas de lobos que poblaban el bosque cuando trataba de conciliar el sueño, a solas, en mi dormitorio.

A pesar de los malos comentarios de las gentes del pueblo, mi padre, el buen conde de Chambord, prefería la caza a la misa dominical. Si de adorar un altar se hubiese tratado, él hubiese preferido adorar el de Diana, diosa pagana de la caza.

Mi padre no había vuelto a pisar la ermita ni la capilla real del castillo desde que mi madre falleció al darme a luz. Estaba enfadado con Dios por habérsela llevado tan pronto, había perdido la fe.

 

 

Detuve el caballo expectante. Algo pareció moverse a lo lejos. Algo demasiado ruidoso incluso para ser un jabalí en plena estampida. Lo que debía buscar era un joven de unos veinte años, muy alto, muy apuesto (según la camarera que había acompañado a mi padre en un viaje a España) y de pelo moreno, habitualmente recogido en un lazo bajo, al modo de la nobleza. Sorprendería al noble caballero en tan humillante situación y, al parecer, acababa de cazar a mi presa. Un hombre alto y realmente apuesto apareció de entre la espesura, acompañado de un lacayo. Una camisa rasgada dejaba ver un fuerte y duro pectoral, cubierto de un vello muy masculino. Su pelo despeinado caía sobre su cara y el sudor bañaba su cuerpo.

Capítulo 3

 

 

 

 

 

Diario de Marco de Gaula: Un extraño recibimiento

 

No había mujeres trabajando en las cuadras de Chambord…

Lo cierto es que me pareció extraño. Quizá debí de entender mal a la joven del bosque; empezaba a dudar de mi dominio del francés…

—El simple hecho de que encontraran a una muchacha sola en el bosque ya es, de por sí, extraño —continuó el mayordomo, algo aturdido aún, reparando por vez primera en la existencia de Manuel, para volver a dirigirse de nuevo únicamente a mí un segundo después—. Quizá se trate de la criada de alguien alojado en el pueblo. ¡Ha venido tanta gente con motivo de la fiesta de esta noche! Pero permítanme presentarme: Mi nombre es Philippe, y soy uno de los mayordomos que estaremos gustosos de servirle en lo que desee durante su estancia, aquí, en Chambord. Aunque me temo que hoy tenemos más trabajo que nunca atendiendo a todos los invitados que están llegando.

—Precisamente por esa razón me gustaría poder entrevistarme cuanto antes con el conde, pues me temo que mis ropas…

—No se preocupe por eso, monsieur Marc —me rebautizó Philippe—. Nada más enterarse de la noticia de su asalto, el conde mandó traer desde Blois un traje y una peluca que más o menos pudieran encajar con sus medidas. Aunque los datos que teníamos de usted eran escasos, me temo. El conde no nos dijo que fuera usted tan alto… Esperemos que los enviados hayan podido encontrar algo con tanta precipitación.

—Cualquier cosa estará bien. Estaba preocupado por no poder siquiera asistir.

—En cambio, ha habido un inconveniente con su alojamiento. Verá, al llegar usted con tanto retraso y no tener noticias, la duquesa de Gramont ha insistido en instalarse en los aposentos que le estaban destinados a usted, por lo que le hemos preparado una habitación temporal, algo más cerca de las del servicio… Désolé. Espero que aun así la encuentre acogedora. En cuanto la duquesa se marche, todo volverá a la normalidad.

Aquello era una ofensa y un menosprecio en toda regla. Me recibían como a un esperado invitado y me asignaban la habitación de un simple profesor. Al fin y al cabo, debía empezar a asimilar que ese sería mi sitio en realidad.

—No se preocupe, Philippe. Con tal de poder asearme y tener un lecho donde descansar, cualquier cámara va a parecerme más que bien.

—Se agradece un poco de comprensión y unas palabras amables de alguien de su posición en un día como hoy.

—Lo mismo digo, Philippe. Lo mismo digo…

 

 

Una vez en el interior del castillo, lo primero que llamaba la atención era una extraña escalera de caracol central, con doble entrada y doble rampa. Philippe se fijó en que la estaba observando con curiosidad.

—Es una escalera de caracol de hélices combinadas, modelo del genial ingeniero Leonardo da Vinci. Termina en la cúpula a la que llamamos Torre-Linterna. Cuando tenga ocasión, suba y admírela. Desde ella podrá acceder a la terraza de las chimeneas, desde la cual hay unas panorámicas… spectaculaires!

El mayordomo hizo que acompañaran a Manuel hasta las cocinas. Me despedí afectuosamente de mi fiel cochero y Philippe me guio por el fascinante castillo. Entramos en un laberinto de escaleras de caracol, salas de puertas cerradas, grandes chimeneas, curiosas y bellas estufas de cerámica que me doblaban en tamaño, esculturas, tapices, cabezas de ciervos colgantes y sirvientes, muchos sirvientes que corrían apresurados por las exigencias de los invitados y los últimos preparativos para la fiesta.

Llegamos hasta la que iba a ser mi estancia. Una habitación en el ala llamada «de Francisco I». Efectivamente, la cámara no era demasiado grande, pero era acogedora. En la pequeña chimenea, un débil fuego caldeaba ya la habitación de paredes pétreas. A un lado, el armario. La ancha cama, frente al hogar y, entre los ventanales, un escritorio que muy bien me podría servir para preparar el trabajo. Una pequeña puerta, casi oculta, comunicaba con una estancia de aseo que quedaba separada del dormitorio: un lujo que no era nada fácil de encontrar. Allí había un espejo, una palangana para las «evacuaciones», unos paños, una jofaina para el aseo diario y algo que me sorprendió: un estupendo y moderno material de afeitado. Mi amigo Édouard, siempre a la última moda.

Me acerqué a los dos ventanales que iluminaban la estancia. A través de ellos se veía el bosque y el foso que rodeaba tres cuartas partes del castillo. Por el foso navegaban un par de barcas de remos, portando pequeños grupos de caballeros ataviados con sombreros de día y elegantes damas, parapetadas bajo sus sombrillas para huir del enemigo declarado de la piel de los nobles: el sol.

—¡Mi querido amigo Marco! —exclamó una voz estridente desde la puerta. Era el conde, con un aspecto más alegre y opulento de lo que yo recordaba—. ¡Dame un abrazo! ¡Menuda bienvenida a Francia que te han dispensado! —ironizó, divertido. Se giró hacia el mayordomo—. Philippe, puedes retirarte. Monsieur no tiene mucho equipaje que desempacar ¡jou, jou, jou!

El conde emitió una sonora carcajada. Tenía buen humor para ser francés. Y aunque era Francia un país donde reinaban e imperaban las apariencias, me sentía con el conde como si tratara con un ganadero pueblerino y campechano de mi tierra. Por eso mismo habíamos llegado a ser grandes amigos.

—Por suerte he salvado los libros que me pediste que trajera —le informé.

—Esos ladronzuelos analfabetos no saben apreciar el verdadero valor de las cosas. No sospecharían nunca lo que hubiesen obtenido por este botín. En cambio, malvenderán tu ropa y quizá veamos al herrero del pueblo paseándose con uno de tus trajes el domingo. Pero no te preocupes, te he encargado un traje para esta noche. He pedido que la peluca sea lo más discreta posible, ya sé que no te gustan, querido amigo. Considéralo un regalo de bienvenida.

—Si no te ofende, prefiero no aceptarlo como un regalo, Édouard. Pensaba pedirte un adelanto del sueldo para pagar esto y el viaje de regreso de Manuel, el cochero.

—El viaje del cochero ya está organizado y también corre de mi cuenta. El traje para esta noche será un regalo. No me vas a hacer ese desprecio por más que insistas. Ya sabes que eres uno de los pocos a los que realmente me apetece ver estos días en la casa. Se me ha llenado de gente extraña a la que tengo que hacer la corte y el paripé —dijo el conde, realizando una graciosa burla a una reverencia—. Todo esto de la puesta de largo y la temporada de mi hija ha sido idea de mi hermana Marie; si por mí hubiera sido, le habría concertado a mi hija un buen pretendiente y se acabó. Alguien con más paciencia que fortuna es el pretendiente ideal, amigo. Por eso dudo que lo vaya a encontrar aquí, esta noche.

»Pero no quiero aburrirte más, querido Marc. Me alegro de que estés aquí, con nosotros, a pesar de tu bienvenida a Chambord. Ahora tengo que ir al comedor enseguida a comer con algunos de los invitados que ya están aquí. Por supuesto, puedes venir, si gustas, aunque supongo que desearás asearte un poco y descansar.

Necesitaba tanto descansar que me molestaban incluso las subidas de volumen repentinas de mi camarada Édouard. Sabía que en aquellos reinos de la Europa central los españoles teníamos fama de ruidosos pero los repentinos chillidos franceses que saltaban en medio de su sarta de susurros molestaban un poco en los oídos.

—La verdad es que sí, querido amigo. Sin duda necesito dormir un poco antes del baile si quiero sostenerme en pie en él.

—La siesta española, ¡ese invento del diablo que os permite vivir y trabajar hasta esas horas que nosotros consideramos noche! Muy bien. Por supuesto, amigo Marc. Pediré que te traigan el almuerzo a la cámara. Descansa, amigo mío. Esta noche tendremos más oportunidad de charlar y por fin podré presentarte a mi pequeña Belle-Marie y a los otros miembros del club. ¡Madame Dupin está deseando conocerte!

 

 

Édouard salió de la habitación. Me quité la camisa estropeada. Mi cuerpo estaba ligeramente magullado. Las ramas puntiagudas y los espinos del bosque habían dejado su marca en él. Lavé rápidamente mis heridas y, por fin, me eché sobre la amplia cama. Antes de darme cuenta, estaba dormido.

Soñé con la imagen de la muchacha del bosque y también con el forcejeo que había mantenido con los asaltadores. Justo cuando estos sacaban sus puñales en mis pesadillas, me despertaron unos golpes en la puerta.

Me levanté con desgana y abrí, sin recordar que no llevaba la camisa.

 

 

Era una criada de cara desagradable, con grandes pechos, que me miraba de arriba a abajo.

—Le traigo su traje y más agua caliente para la palangana —dijo, secamente, y entró sin esperar mi permiso—. Los invitados comienzan a reunirse en la galería. De aquí a una hora hará acto de presencia la «condesita». ¡Oh!, perdón, es un apodo familiar. Me refiero a la joven condesa.

La mujerzuela dejó la palangana y se plantó frente a mí.

—En fin… Soy Charlotte, servicio de comedor y ayuda de cámara, pero tan solo hoy su criada —dijo molesta, con lo que me pareció grosería y casi desdén—. Supongo que nos veremos a menudo a partir de ahora, monsieur Du Gaule.

Y, dicho esto, salió rápidamente de la habitación, antes de que yo pudiera decir palabra. ¿Qué les pasaba a las mujeres de ese país?

Me asombró el descaro de esa criada, camarera o lo que fuera. Parecía tener malas pulgas y el tono con el cual se había referido a la condesa no me pareció ni cariñoso ni familiar. Parecía una burla en toda regla.

En mi Corte alguien así estaría en la calle rápidamente. Pero no era asunto mío.

 

 

Devoré el frugal almuerzo de panes y quesos franceses, con algo de fruta fresca y confituras, y comencé a asearme. Cuando terminé de vestirme me sentía ridículo. La casaca y los leotardos violáceos me quedaban demasiados ajustados, la camisa era un poco recargada para mi gusto y los zapatos me estaban pequeños, pero no se lo tuve en cuenta a mi amigo; un número tan grande como el que uso solo se podía encontrar hecho a medida. Pero lo peor era la peluca blanca. Aunque era muy sencilla, esta moda de la nobleza me parecía incomoda y poco higiénica.

Cuando abrí la puerta me sentí aliviado al ver que Philippe, el mayordomo, me esperaba para acompañarme hasta la galería de recepción.

Philippe sonrió un poco al verme. Debía parecer la mona vestida de seda. No me sentía tan cómodo como en mis trajes confeccionados en España, más holgados y menos afeminados.

—Está muy elegante, señor —dijo Philippe, cortésmente, a pesar de su mal disimulada sonrisa.

—Creo que me sentía mejor esta mañana —bromeé.

Me guio, servicial, hasta la galería de recepción situada en el torreón central al que llamaban «donjon» y en este punto me despidió.

La galería era una preciosa sala decorada en bermellón y blanco, con elegantes lámparas de cristal y un gran hogar coronado por un enorme espejo de marco de plata. Presidían la galería los retratos de los distintos dueños que Chambord había tenido a lo largo de su historia, desde el rey Francisco I hasta el, en esos momentos, rey de Francia: Luis XV; pasando por los Médicis o por el rey destronado de Polonia que Luis hospedó aquí.

Un nudo atenazó mi cuello antes de entrar en la sala. Temía tantas miradas extrañas puestas sobre mí. En cambio, ocurrió que dejé de sentirme ridículo al contemplar el interior de aquella galería. Me tranquilizó ver que yo pasaría completamente desapercibido… por mi sencillez.

Los elegantes invitados llenaban la galería con el lujo y fasto que desprendían sus coloridos vestidos de las más ricas sedas y terciopelos, sus muy numerosas y pomposas joyas y la decoración de sus peinados y pelucas. Pelucas empolvadas con blancos polvos de talco. Pelucas estilo allonge para los caballeros y al modo fontange para las distinguidas damas. Pelucas decoradas con toda una serie de flores, joyas, figuras y excéntricas formas: desde sencillos moños blancos con perlas hasta recreaciones exactas de la maqueta del castillo de Chambord.

En aquella variada muestra de la moda francesa se veía claramente cómo superaba en originalidad y opulencia a la Corte española, enranciada por la continua intromisión de la Iglesia, que trataba por todos los medios de apagar la sensualidad y el vivo espíritu festivo de mi pueblo.

Enseguida divisé, entre los nobles vecinos de la región, el corrillo que formaban los miembros de nuestro club, al fondo, bajo el retrato del conde. Una sonrisa llena de emoción y admiración acudió a mi rostro. Era un honor y una suerte poder conocerlos en persona. El grupo estaba formado por tres jóvenes treintañeros que vestían de forma casi tan sencilla como yo (si a aquello se le podía llamar sencillo) y también los acompañaba una pareja de más edad y abolengo, que parecía liderar la conversación. Reconocí a cada uno por las descripciones que Édouard me había referido en sus cartas. Los tres jóvenes eran Denis Diderot, el filósofo y matemático Jean d’Alembert y el genial escritor y compositor Jean-Jacob Rousseau. Este último rezumaba tanta dignidad y sabiduría en su rostro que nunca me hubiese imaginado que así sería en persona, pero no había duda: era el rebelde que se hacía llamar Rousseau. Monsieur Rousseau estaba muy bien acompañado por quien no podía ser otra que la preciosa madame Dupin, esposa del secretario del rey y señora de las magníficas propiedades de Chenonceau. A sus casi cuarenta años, era la dama que más expectación creaba en la sala y a la cual yo soñaba con conocer. Efectivamente, era una mujer radiante, de sonrisa bondadosa y rizos dorados que caían en cascada sobre sus hombros y su amplio escote. Pero su imagen real distaba algo de la que yo había formado en mis sueños…

Eso sí: me sentía un privilegiado, parte de algo grande.

Tragué saliva y avancé hacia el grupo. Pero, cuando me dirigía hacia ellos, alguien me agarró del brazo reteniéndome.